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viernes, 2 de mayo de 2025

#hemeroteca #queer #terminologia | Torcer lo ‘queer’, traducir las disidencias

Torcer lo ‘queer’, traducir las disidencias
Lo ‘queer’ es marica, sí, pero también muchas otras cosas. Hay palabras que verbalizan una comunidad. O la generan, hasta cierto punto, al delimitarla desde dentro
Darío Gael Blanco | El Diario, 2025-05-02
https://www.eldiario.es/cultura/torcer-queer-traducir-disidencias_1_12262233.html 

Cartel 'De un plumazo' de La Radi //
Hasta donde tengo constancia, cuando la palabra ‘queer’ llegó a España quedó registrada por escrito por primera vez en un fanzine que se puso en circulación en 1993. El número 666 de ‘De un plumazo’, genial proyecto de La Radical Gai, se titulaba ‘QueerZine’ e incluía una página que reza “Queer against Aids” y su propuesta de traducción: “Maricas contra el sida”.

Lo ‘queer’ es marica, sí, pero también muchas otras cosas. Es bollera, travesti, trans, bi, no binario, asexual, intersex, se emparenta y entrelaza con lo disca, el antirracismo, lo migrante, las luchas obreras. En definitiva, con todo horizonte que sopla aires de liberación y se rebela ante la angostura de la norma y la coacción de sus mandatos. Con esa palabra basta, hay quien sostiene. No hace falta seguir añadiendo siglas, ya lo incluye todo. Todo salvo, quizás, una conexión directa con nuestra tradición disidente anterior a los años 90. Y, más allá del ombligo europeo, mayoritariamente blanco y anglosajón, también con el vocabulario y las resistencias del resto de los países hispanohablantes.

Hay palabras que verbalizan una comunidad. O la generan, hasta cierto punto, al delimitarla desde dentro. O bien reúnen varias ya existentes, evidenciando un espacio compartido que no siempre salta a la vista. Tal vez en mesas distintas, cada uno con su silla, habrá quien prefiera la mesita de los tentempiés, estar a su aire o bien apoyado en la barra del bar. Palabras toldo, más que paraguas.

La palabra ‘queer’ es una de esas palabras. No obstante, despojada de su trayectoria sociolingüística previa al acceder al español como préstamo, se plantea la posibilidad de mantenerla tal cual, de adaptarla ortográficamente o de traducirla asociándola a alguna palabra de nuestro acervo, priorizando su elasticidad a sus usos más habituales. La forma adaptada “cuir” goza de aceptación en algunos entornos académicos y más aún en espacios activistas, pero no creo que el auténtico acercamiento pase necesariamente por la ortografía o deba quedarse ahí.

Creo que, en cierta medida, lo ‘queer’ ha vivido un principio de proceso de higienización que es explícito en el término homosexual, patologizado e institucionalizado desde su primer susurro. Y, posteriormente, según Christo Casas en ‘Maricas malas’, lo gay “ha propiciado un nuevo tránsito de la enfermedad al nicho de mercado”. Aunque lo ‘queer’ sin duda no goza del mismo atractivo comercial, la cruel banalización y burla por parte de muchos sectores reaccionarios (también dentro de los feminismos) ha hecho cierta mella pese a que su intento por convertir en insulto algo tan resignificado resulte casi conmovedor, de tan burdo. Pero para mí la clave es que ‘queer’ se coló en el ‘mainstream’ y llegó a los medios de comunicación en parte gracias al halo de respetabilidad que imprimen la academia y sus muros blandos, que absorben y amortiguan el rumor de las calles. Todo ello a pesar de sus raíces rebeldes y usos políticos, y de lo potente de la metáfora y la desestigmatización en su idioma original.

En nuestro entorno, la palabra ‘queer’ ha llegado a muches, y en especial a quienes más discurso generan al respecto, de una manera muy poco ‘queer’. Pero su uso es reciente y ni ha sido mercantilizado con mucho éxito ni hemos explorado todas sus posibilidades. “Si no incomoda, si no revuelve en el asiento y fuerza la mirada hacia un afuera frondoso, no es ‘queer’”, sostiene Víctor Mora en ‘¿Quién teme a lo queer?’ Coincido con él y creo que precisamente por eso sigue siendo útil y teniendo su lugar en nuestro imaginario y estrategias. Pero hay otras palabras en español que incomodan, revuelven en el asiento y fuerzan la mirada hacia un afuera frondoso. Si es que se lo permitimos.

Igual que conocemos mucho mejor Stonewall que el Pasaje Begoña, repleto de locales de ambiente, y la redada policial del 25 de junio de 1971 en la que se arrestó a más de 100 personas, tendemos a abrazar con más facilidad ‘queer’ que sus posibles equivalencias, a cada cual más sugerente. Tenemos una plétora de insultos LGTBIfóbicos que podemos convertir —y muches ya están convirtiendo— en un traje de escamas irisadas: invertido, desviado, torcido y degenerado son, cada cual con sus flexiones correspondientes, quizás los más evidentes.

En el régimen franquista, ‘invertido’ fue una manera harto frecuente de referirse a los hombres que tienen relaciones con (o podrían desear a) otros hombres, o bien a personas que no eran hombres pero se empeñaban en considerar como tales. Pese a parecerme limitada por estar más apegada a la experiencia marica y travesti que a otras más marcadas por la represión desde el ámbito familiar, la iglesia y la psiquiatría, pongo en valor su asociación con la idea de alterar, modificar o subvertir algo. Dar la vuelta a lo que nos vilipendia tergiversando los renglones que nos apuntalaron contra nuestra voluntad. Algo similar sucede con ‘desviado’, aunque también pueda ser adoptada por toda la comunidad, heredera directa de sus bifurcaciones. Comparte con ‘degenerado’ esa idea de depravación reivindicable que nutre tantos estigmas y violencias que nos afectan, pero también destaco las acepciones que apuntan a rodear o esquivar. A ejercer nuestra agencia evitando activamente la norma.

Todas estas me parecen alternativas perfectamente viables, pero para mí ‘torcido’ es la mejor. Y poco tiene que ver con dos de sus posibles etimologías, ya sea del bajo alemán medio (‘quer’ sería oblicuo) o con el verbo en latín ‘torquere’ (torcer). O con el hecho de que ya en 1998 Ricardo Llamas titulase su libro ‘Teoría torcida’ y Marta Pascua Canelo publicase ‘El ojo torcido, la mirada disidente del feminismo queer’ en 2023. Lo que me interesa es su deliberada ambigüedad, que conecta directamente con el espíritu que ha conseguido que ‘queer’ dinamite fronteras geográficas e idiomáticas.

Lo torcido, lo chueco —que tantísima falta le hace a Chueca— nos conecta con las primeras experiencias de disciplinamiento al aprender a sentarnos y a escribir, con la imperfección física, moral o metafórica, con la supuesta rectitud que deja, al fin, de fingir, con la posibilidad de modificarnos o alterar algo a nuestro alrededor para ser más felices, para ver qué sucede o para sobrevivir. No todo el mundo quiere reconocerse en lo desviado, lo invertido, lo degenerado (y eso es parte del problema), pero creo que la mayoría se sabe hasta cierto punto torcido. “¿Qué ser humano no está torcido?”, se preguntaba con acierto Roberta Marrero. Y yo me pregunto, ¿qué hay más ‘queer’ que desbordar las identidades, que poder acariciar las vivencias de cualquiera con una sola palabra?
Este texto es uno de los contenidos del número 26 (enero de 2025) de la revista trimestral impresa ‘Archiletras’. Conoce nuestro proyecto en archiletras.com Ahí puedes suscribirte a ‘Archiletras’, la revista trimestral impresa de divulgación en torno a la lengua y a la literatura, y a ‘Archiletras Científica’, la revista semestral de investigación académica, o adquirir números anteriores de cualquiera de ellas.

domingo, 17 de diciembre de 2023

#hemeroteca #trans | Nacha Sánchez (‘Vestida de azul’): "Llevaba 40 años esperando que alguien me llame por teléfono para decirme 'Oye, ¿estás viva?"

Nacha Sánchez //
Nacha Sánchez (‘Vestida de azul’): "Llevaba 40 años esperando que alguien me llame por teléfono para decirme 'Oye, ¿estás viva?"

40 años después del estreno del documental de culto, un equipo capitaneado por Valeria Vegas y los Javis retrata las vidas de sus protagonistas trans en Vestidas de azul, de Atresplayer. Nacha Sánchez es la única de ellas que sigue viva para verlo (y aparecer en la serie).
Darío Gael Blanco | Vanity Fair, 2023-12-17
https://www.revistavanityfair.es/articulos/nacha-sanchez-entrevista-vestidas-de-azul-serie

Cuando hace unas semanas conocí a Nacha María Sánchez, de 61 años, no pude evitar pedirle que me dedicase un ejemplar de 'Vestidas de azul', el ensayo de Valeria Vegas editado en 2019 por Dos Bigotes. Sin él no existiría tal y como es ‘Vestidas de azul’, la nueva serie producida por los Javis y por la propia Valeria (ejerciendo también de guionista) que se estrena hoy 17 de diciembre. Una suerte de secuela de su ya histórica ‘Veneno’, que en esta ocasión recurre a la ficción para explorar, retratar y homenajear las vidas de las protagonistas de ‘Vestida de azul’ (1983). Me llamó la atención su exquisita educación y su habilidad para ocupar el menor espacio posible pese a acaparar todas las miradas. Al despedirme me hizo entrega, no sin cierta ceremonia, de su tarjeta: una bandera trans con su nombre bien grande en una tipografía tan coqueta como ella. Los datos de contacto eran claramente lo de menos.

El mismo atrevimiento fan que tuve yo lo habría tenido cualquiera que también se conociese al dedillo el casi desaparecido (e hipnótico) documental original, ahora disponible en Atresplayer Premium. En el erial de representación trans que seguía siendo España hasta hace muy pocos años, esta rareza era una de las poquísimas cintas en las que fijarnos quienes estábamos sedientos de ver y conocer a las que nos precedieron, ya fuese dentro o fuera de las pantallas. Sus seis protagonistas, cinco de ellas mujeres trans (Josette detransicionó en los años 90) se dedican, en su mayoría, al mundo del espectáculo, al trabajo sexual o a ambos. A Nacha, un huracán rubio platino al que adora la cámara, le debe alguna de sus escenas más icónicas, como la de la conversación con el falso cura con el emotivo alegato (este sí, real) de nuestra protagonista o aquella descacharrante llamada con un cliente, también falso. Suyas son, a su vez, algunas de las ocurrencias más replicables, como aquel “bueno, cariño, esto no es El Corte Inglés, aquí no hay rebajas en enero” ante alguien que trataba de regatear el precio de sus servicios.

Y es que a Nacha ‘la Poderosa’ no la torea nadie. Ni con 20 o 21 años, cuando Antonio Giménez-Rico rodó el documental, ni ahora. “La tontería del poderío viene de cuando salíamos a trabajar por las noches. Yo siempre he tenido mucha suerte, y cuando acabábamos de trabajar nos juntábamos, nos íbamos a cenar a algún lado y cuando yo abría la cartera tenía una manía: contaba el dinero y me frotaba las manos diciendo ‘¡Ay, qué poderío!’... y de ahí me sacaron el apodo las chicas que venían de Canarias. La gente lo tomaba por otro lado... que ojalá, pero no. Yo no he tenido ni mansiones ni quince coches. Sí he tenido muy buenas casas en unos sitios fabulosos, unos pedazo de abrigos de pieles, unas joyas y unos vestidos de muerte. Pero todo eso con los años va pasando. Hay que seguir viviendo, ahora más humildemente. Cuando no había dinero, las joyas se vendieron, claro, así que el poderío se quedó en el Monte de Piedad", explica con el sentido del humor tierno y fiero de quien lo ha vivido casi todo, de ida y de vuelta, mientras me atiende por videollamada desde Vigo. Allí reside desde hace 17 años: “Yo no sé si es que son más abiertos de mente por lo mucho que han emigrado, pero aquí todo el mundo me trata bien y me respeta… la única queja que tengo es la pésima comunicación de la ciudad".

Su periplo vital y geográfico se inició en el madrileño barrio obrero de Embajadores ("¿Qué te creías, que yo era del barrio de Salamanca?", se chotea en un momento dado). Se marchó de casa a los 13 años y se vio abocada a ejercer la prostitución poco después. Me enseña un libro titulado ‘A través de los ojos de mi madre’, de Tania Navarro. “Yo tenía trece años cuando la conocí y era un crío que no sabía por dónde tirar. Me acogió y me dijo ‘tú ven aquí'. Ella y Laura Frenchkiss fueron mis maestras”. Otra más de tantas genealogías trans iniciadas al duro abrigo del asfalto. Inició su transición en Barcelona, pero cuando se rodó ‘Vestida de azul’ residía en Madrid y trabajaba con el resto de las protagonistas (excepto Josette) en las inmediaciones del Paseo de la Castellana, concretamente en las calles María de Molina y Almagro. Ha vivido en Austria, Suiza, Alemania, Italia, Francia, Portugal y “en España entera”. Cuenta que allá donde iba no socializaba únicamente con sus colegas españolas y solía salirle un novio lugareño, algo que, unido a la costumbre de ver la televisión y a su desparpajo ha facilitado que se defienda con soltura en cinco idiomas. Vivía en Italia cuando conoció a Cristina Ortiz ‘La Veneno’, con quien nunca trabajó pero sí mantuvo una gran amistad, mucho antes de nombrarse así. Cuando se enteró de que había iniciado su transición fue porque su hermana Tatiana Sánchez, que también es una mujer trans, la avisó de que la había visto por la tele. “Y allá que cogimos el coche y nos fuimos a verla”, cuenta con una sonrisa.

La que tuvo retuvo, y no solo me la encuentro maquillada, sino también inmersa en plena búsqueda de la mejor iluminación, taza de café en ristre. “Ay, hijo, es que me acabo de mudar y todavía la luz no me la conozco”, se excusa. Su vida diurna no se diferencia mucho de la de cualquiera de las mujeres de su quinta que la rodean: “Yo me levanto, limpio mi casa, hago la compra y mis cosas como cualquier señora. Esta mañana he ido a hacer unos recados y me he metido en la iglesia de Santiago de Vigo, que le tengo mucha fe, y me he sentado, he dado una vueltecita viendo a mis santos, les he hablado y les he dado las gracias. Allí me siento muy bien, muy tranquila y menos sola. No es que sea la más católica del mundo, porque después de la vida que yo he llevado, pues sería un poco incoherente, pero mis creencias las tengo y no necesito a ningún cura”.

Su espiritualidad llamó la atención de Giménez-Rico, que al enterarse de que un cura no quiso darle de comulgar escenificó una toma con un falso sacerdote que le soltó tales barbaridades que “hubo un momento en que dije 'mira, corta que al final me voy a levantar y le voy a pegar un guantazo. Giménez-Rico no nos daba un guion: nos envenenaba". Y a pesar de la ausencia de guion, era él quien controlaba la narrativa. En un coloquio-homenaje al que la invitaron en el marco del Festival de San Sebastián 2023, lo resumía así: “Nos llenó la cabeza de pajaritos y ninguno voló”. Después de ‘Vestida de azul’ trabajó con actriz “haciendo dos o tres cositas más", en Alma de mujer y ‘Pepe Carvalho’, pero hasta que Vegas manifestó y defendió su interés por ella y hasta su paso por ‘Vestidas de azul’, condensado en 17 sesiones en las que “todo el mundo me trató de maravilla”, se pasó "cuarenta años esperando a que alguien me llame por teléfono para decirme 'Oye, ¿estás viva?". Con todo, hace 40 años experimentó brevemente las mieles de la fama: en ese mismo festival conoció a John Travolta, que se alojó a un par de habitaciones, y a Eleonora Vallone. También “estuve con José Luís López Vázquez, José Sacristán, Maruja Torres... me fui con ellos de bares, como una banda de amigos, una gente muy bohemia y muy simpática. Con Mónica Randall cenamos todas las chicas y Giménez-Rico y al día siguiente nos entrevistó Pepe Navarro para su programa", recuerda, como quitándole importancia.

“Yo soy defensora de la prostitución libre, sin acoso y sin que nadie te obligue"
Volviendo a su presente cotidiano, de noche su mundo es uno mucho más estigmatizado, pero no por ello inusual ni indigno: “Cuando dan las siete de la tarde una se convierte en otra. Cojo mi espejo, mi maquillaje, mis pinturas y me voy... pues a trotar por el mundo. Yo sigo trabajando, a mi aire. Imagínate en qué [sonríe pícara]. No me veo vieja, ni fea ni ordinaria, lo que pasa es que ya no hay clientes ni dinero, pero miedo no tengo y algo de dinero gano. Pero una se hace mayor y los cuerpos cambian, ahora llevo peor las perversidades del frío. También estoy muchas veces sola y ya no queda la alegría que había cuando estábamos todas juntas en este trabajo. Porque es un trabajo, ¿eh? Y un gran servicio social". Al sacar el tema del estigma y la posible regulación, me responde sin ambages: “Yo soy defensora de la prostitución libre, sin acoso y sin que nadie te obligue". Y con derechos laborales, que ella también paga impuestos "como la que más”. Pero aunque las instituciones le den algún que otro disgusto, ahora sí que puede acceder a alguna pequeña ayuda, a pesar de los paternalismos y otros obstáculos. Un gesto que no repara toda una vida de discriminación y que ella procura devolver con creces colaborando con la Cruz Roja o con asociaciones trans y LGTBI viguesas como la Asociación Nós Mesmas o PVLSE.

Sea o no por la buena estrella que menciona al comienzo de nuestra charla, lo cierto es que de las cinco mujeres trans (entonces “transexuales” o “travestís”, según la terminología de la época) que protagonizaron el documental, ella es la única que está aquí para contarlo. La palabra “superviviente” sale a colación más de una vez a lo largo de nuestra conversación. Al ponerlo de relieve, responde: “Pues qué quieres que te diga, me da un poco de miedo aquello de ser la única superviviente. Tampoco quiero que a nadie le dé por pensar que hay que ser como yo, aunque me siento muy segura y creo que doy una imagen y tengo una manera de ser y de vivir muy respetable. Veremos cómo es la experiencia y la reacción de la gente, porque es muy fuerte que seamos dos. Penélope [Guerrero, la actriz que la interpreta] se ha comido a la Nacha de entonces y la ha resucitado”. Eso sí, reconoce que siente algunos celos, que no envidia, por lo que estará viviendo “porque claro, nosotras hicimos un documental, pero ellos han dado vida a nuestras palabras. Han hecho historia. Y yo eso no lo he podido vivir la primera vez porque no era mi momento, ahora es el de ellas. Eso sí, lo poquito que he hecho esta vez lo he hecho con todo mi corazón”.

Pero además es consciente de que su supervivencia también significa que es posible ser trans y vivir para contarlo: “Para mí es un orgullo haber llegado a los 61 años con salud y haciendo las cosas con bastante coherencia. Gracias a Dios en la vida lo he tenido todo, todo. Una familia maravillosa, dinero, joyas, lo que me ha dado la gana. Nunca me ha faltado de nada. He tenido gente que me quería muchísimo y gente que me odiaba también", esto último lo adereza con una carcajada.

Reconoce que le cuesta apañarse con el inclusivo y la terminología actual, pero usa el “todes” siempre que cae y asegura que muchas diferencias se quedan en el lenguaje porque todas las personas trans y no binarias “sentimos lo mismo”. Se alegra cuando le comento que yo también soy trans porque reconoce sentirse más a gusto al hablar “de igual a igual”, y me cuenta animada que incluso de joven conoció a algún hombre trans como yo "pero antes lo llevaban más escondido”. También es una firme defensora de no exigir ningún tipo de modificación quirúrgica para validarnos ni hacer de menos a quien no las acometa: “Que Dios me perdone, que esto que voy a decir es muy vulgar, pero yo no sé si eres transgénero ni si estás operada o no porque el coño no lo lleva nadie en la frente, aquí somos todas iguales".

Al hablar de sus difuntas compañeras de reparto, cuenta que “a la pobre Renée la martirizaba porque ella no servía para la prostitución, con Tamara me llevaba divinamente y cuando se volvió a Málaga para morir allí le regalé unos pendientes y antes de morir le dijo a su hermana que me los devolviese... no te digo más. A Eva, bueno, pues la ayudé mucho a marcharse a su pueblo y luego me arrepentí, porque aquello fue su perdición por culpa de las drogas. Y mi historia con la Loren fue una muy larga, muy larga y si empiezo no termino”. A Loren le está dedicado el primer episodio de la serie. En el estreno por todo lo alto del documental en San Sebastián, fue precisamente ella quien, al asomarse por el balcón del Hotel María Cristina, donde se alojaban, le dijo asustada: “Maricón, yo no bajo que nos está esperando la policía ahí abajo y nos llevan presas”. Rompe a reír al recordarlo, explicándome que resulta que en aquella ocasión estaban allí para escoltarlas hasta la alfombra roja. Y se emociona al rememorar el aplauso de más de diez minutos que les dedicó el público tras la proyección. Un recuerdo que contrasta con el mal trato recibido entonces por buena parte de la prensa.

En la emotiva escena final del primer episodio, que le da una vuelta de tuerca terapéutica a la escena en el Palacio de Cristal del documental, aparecen las siguientes palabras: “En memoria de Isabel Torres, Laura Frenchkiss y de todas aquellas cuya historia se quedó sin contar”. Afortunadamente, no es el caso de la de Nacha, que ve "un sueño hecho realidad” con el estreno de ‘Vestidas de azul’, una serie que además cuenta con muchas personas trans delante y detrás de las cámaras, como el director Ian de la Rosa. Nada que ver con la cinta original y su sesgadísima mirada. "Ya me verás en la serie, ya. Estoy divina", dice con una mezcla de orgullo y coquetería.

Nacha tiene alquilados dos trasteros repletos de recuerdos, enseres y prendas fabulosas. Y mucho, muchísimo por vivir y por contar. Aprendamos de nuestros errores y enamorémonos de ella y de su historia mientras lo pueda disfrutar. Larga vida a Nacha María Sánchez y a todas las que, como ella, sembraron el barro de azulejos para que no nos hundamos al caminar.