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jueves, 28 de junio de 2018

#hemeroteca #lgtbi #memoria | ¿Dónde está la historia LGTBI?

Imagen: InfoLibre / Manifestación del 26 de junio de 1977 en Barcelona
¿Dónde está la historia LGTBI?
Varios libros publicados en el último año evidencian un vacío en la historiografía y en los archivos, cuidados por los activistas e ignorados aún por la academia. Los nuevos investigadores tratan de construir un campo de estudio y de abrir el foco a relatos no triunfalistas mientras luchan contra la precariedad.
Clara Morales | InfoLibre, 2018-06-28
https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2018/06/28/donde_esta_historia_lgtbi_84458_1026.html

El World Pride, la celebración del Orgullo Mundial celebrada el año pasado en Madrid, dejó en la ciudad el paso de 2,2 millones de personas, 1,4 millones en la gran manifestación que corona las fiestas, 2,5 millones de euros de gasto público y una ocupación hotelera media del 84%. También dejó algo menos cuantificable: la exposición de varios archivos que contienen la memoria del movimiento LGTBI español y el encuentro entre quienes que lo estudian. La exposición 'Subversivas' exponía los de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais Transexuales y Bisexuales (FELGTB); las muestras '¿Archivo queer?' y 'Anarchivo sida', los de los grupos LSD, la Radical Gai o RQTR, además de fondos privados coordinados por Fefa Vila Núñez... Muchas de esas piezas no se habían mostrado jamás. En torno a ellas, una generación de investigadores que se pregunta dónde está la historia del colectivo y que está decidida a ir a buscarla, cuatro décadas después de la primera marcha del Orgullo en España, un 26 de junio (el 28 es la fecha oficial), en Barcelona.

"El año pasado fue clave para la historia del movimiento en España, porque aparecieron varias publicaciones sobre la materia después de un gran vacío", señala Ramón Martínez, doctor en Filología por la Universidad Complutense. Su libro 'Lo nuestro sí que es mundial. Una introducción a la historia del movimiento LGTB en España' (Egales) apareció, de hecho, a finales de 2017, con una segunda edición ya en 2018. Por las mismas fechas se publicaba 'Tiran al maricón. Los fantasmas queer de la democracia (1970-1988)' (Akal), de Brice Chamouleau, doctor en Estudios Hispánicos por la Universidad Burdeos-Montaigne. El pionero 'Deseo y resistencia (1977-2007). Treinta años de movilización lesbiana en el Estado español' (Egales), de Gracia Trujillo, ha visto también una nueva edición. El dibujante Nazario Luque sigue retratando en sus memorias ('Sevilla y la Casita de las Pirañas', recién salido, es el segundo tomo) el mundo del underground gay de los setenta y ochenta. Y, en las universidades, se presentan cada vez más trabajos de fin de grado y tesis doctorales que abordan esta cuestión.

¿De dónde beben estos nuevos trabajos? La bibliografía de unos y otros es elocuente. Figuran las memorias de quienes protagonizaron las primeras revueltas en los setenta, como Armand de Fluvià o Jordi Petit, militantes históricos del Front d'Alliberament Gai de Catalunya, fundado en 1975. Hay relatos sobre la cultura homosexual en España, como 'De Sodoma a Chueca', de Alberto Mira, o 'Lorca y el mundo gay', de Ian Gibson. Hay estudios puntuales sobre la represión franquista, como 'Redada de violetas', de Arturo Arnalte, con testimonios de quienes la sufrieron. Con alguna excepción, como 'Al margen de la naturaleza. La persecución de la homosexualidad durante el franquismo', de Víctor Mora, publicada en 2016, se ve un cierto vacío bibliográfico en los últimos diez años. "Es una materia tan sumamente amplia que no hemos hecho más que empezar. Hemos barrido la capa de polvo superficial", asegura Martínez. Chamouleau, desde París, matiza: "Hay mucho hecho, pero solo en un sentido, el del reconocimiento de la protección estatal a través de las leyes. La discusión que cuesta un poco es esta: ¿contamos solo una historia de los logros que se han conseguido o bien pasamos a explicar otras cosas?".

Construyendo un campo de estudio
Sucede que ni Ramírez ni Chamouleau tiene, en origen, una formación clásica como historiadores. El primero es filólogo y el segundo comenzó su formación en estudios hispánicos y se doctoró luego en Civilización e Historia española contemporánea. Gracia Trujillo, por ejemplo, es socióloga, y Víctor Mora se dedica a los Estudios de la Cultura. Pareciera que la memoria del movimiento no está, como en otros casos, al cuidado de los historiadores, sino en manos de investigadores activistas de formación variada, más o menos cercanos a los Estudios de Género. "Es un problema más de campo académico que de desinterés por parte de la historiografía", defiende Martínez. "En España, este campo de estudio no existe. Somos un grupo de personas que nos hemos ido acercando al tema". Paralelamente, se ve cómo en los libros de historia que estudian, de manera general, la represión franquista o la Transición, pocos dedican un apartado específico a las vivencias de las personas homosexuales, bisexuales y trans, pese a la violencia específica que sufrió esta parte de la población.

Pero este no es el mayor impedimento para la investigación. Ramón Martínez denuncia que "la precariedad en España, que afecta más a las Humanidades, que con las Sociales son la tercera regional de la investigación". La historia de los movimientos sociales, o de las minorías o disidencias sexuales, advierte, apenas reciben fondos por no considerarse "útiles o productivas". "No es el campo más prestigioso", se queja. "Hay una generación de investigadores en condiciones muy difíciles", se suma Chamouleau, "y es urgente que mejoren para que esta generación pueda continuar con su trabajo". Desde 2009 hasta 2017, los programas dedicados a fomentar la I+D+i en España acumulan un recorte de 20.000 millones de euros. El sector se ve, además, especialmente afectado por la temporalidad, lo que deja imaginar un futuro oscuro para los jóvenes (y no tan jóvenes) investigadores.

La escasez de recursos afecta también a los archivos que contienen documentos, panfletos y memorias del movimiento LGTBI. La FELGTB y el Colectivo de Lesbianas, Gais, Transexuales y Bisexuales de Madrid (COGAM) cuentan con sus propios fondos pero, como apunta Ramírez, no están todavía catalogados. Este trabajo recae en los sucesivos investigadores que lo consultan y que contribuyen, poco a poco a la indexación de las obras. En peores condiciones están los materiales de otras asociaciones ya extintas o mucho más precarias, que reposan en cajas, con frecuencia en casa de los propios activistas. "Los papeles corren peligro y hay que preocuparse mucho por ellos", urge Martínez. Una pequeñísima parte de estos fondos, pertenecientes a Radical Gai, LSD y RQTR, están alojados en el Museo Reina Sofía, como resultado de una estancia de investigación que dio lugar al ‘¿Archivo queer?’, y aunque están bien conservados, su acceso es restringido. En Cataluña, el Casal Lambda (fundado en 1976) tiene un archivo catalogado, y el Front d'Alliberament Gai de Catalunya y el Collectiu Gai de Barcelona cuentan también con sus fondos históricos. Por comparar: en Estados Unidos, los ONE Archives, el mayor repositorio de materiales sobre la lucha por la diversidad sexual del mundo, están auspiciados por la Universidad del Sur de California.

Los archivos públicos también plantean problemas. Chamouleau se acercó, para su investigación, a los del Fondo de Vagos y maleantes, en el Arxiu de la Ciutat de la Justícia de Barcelona, que incluyen también los expedientes de la Ley de peligrosidad social. La primera, que criminalizaba a vagabundos o proxenetas, fue modificada en 1954 para incluir expresamente a los homosexuales. La segunda entró en vigor en 1970 y creaba centros de detención especializados. "Fue el único archivo de este tipo que se me abrió", dice el investigador, y subraya que se hizo bajo un régimen muy estricto, tratándose, como señala en el libro, de "datos sobre la vida sexual considerados, con otros, 'especialmente protegidos". Para ello le hizo falta una autorización especial condicionada a una divulgación parcial de los datos. Chamouleau apunta que desde la publicación de su trabajo, otros se han hecho accesibles a los investigadores, como el de Sevilla, pero que en ningún caso son cauces que se abran con facilidad.

Focos diversos y genealogía recuperada
En otros casos, dice, "la documentación está, pero hay que cambiar las gafas: los archivos de Peligrosidad Social están, y siempre me sorprendo de que no se cuente la parte de los años ochenta y nos centremos solo en la preconstitucional". Aunque en 1978 se suprime de la Ley de peligrosidad social la referencia a los "actos de homosexualidad", pero esta norma sigue castigando a la población LGTBI en nombre de la "convivencia social". Las detenciones se extienden no solo hasta 1985, cuando se desmantelan los tribunales y jurisdicciones especiales de peligrosidad social, sino hasta 1989, fecha de cierre del último expediente según la investigación de Chamouleau. Esta es una de las reivindicaciones del autor. En su opinión, la historiografía mayoritaria es aquella "que cuenta un reconocimiento progresivo de la democracia de las formas de vida no heterosexuales", pero reivindica que esta "no explica que sigue habiendo violencia homofóbica en España". "La Transición abre un espacio de derechos, pero mientras eso se produce, muchos siguen sometidos a la Ley de peligrosidad social", critica. Y confía en que la producción de más investigaciones haga más diverso el foco de estudio.

Tanto Martínez como Chamouleau coinciden en que una de las dificultades de la investigación es la ruptura generacional. El segundo tuvo dificultades para encontrar testimonios del paso de los setenta a los ochenta: "Las personas con las que me cruzaba siempre me devolvían a Armand de Fluvià, a Jordi Petit, y te encontrabas con que los propios actores históricos volvían a contar sus propias vidas". Este eco se agravaba por la dentellada del sida: "La enfermedad abre un nuevo militantismo, pero sobre todo cierra una etapa de la juventud de los años setenta, que se va muriendo, y sus prácticas y lenguajes mueren con ellos". "Yo siempre hablo de la maldición de la desmemoria", añade Ramón Martínez, "porque las mujeres, con el movimiento feminista y de madres a hijas, establecen algún tipo de genealogía. Pero las personas LGTB no tenemos progenitores LGTB que nos transmitan una historia, y hay una especie de adanismo". Frente al "corte generacional", historia.

viernes, 6 de mayo de 2011

elkarrizketa | Gracia Trujillo, memoria bollera

Imagen: MariBolheras
Memoria bollera
Activista lesbiana queer y socióloga, la española Gracia Trujillo publicó el año pasado el libro Deseo y resistencia. Treinta años de movilización lesbiana en el Estado español (1977-2007), el primer trabajo que recupera la historia del movimiento lésbico en ese país. Invitada a la Argentina por el Instituto Gino Germani de la UBA, esta bollera que es profesora en la Universidad de Castilla-La Mancha y que participó en la creación del fanzine Bollus Vivendi, que se mueve entre la academia y el activismo, cuenta los vaivenes de la escritura de las memorias de las lesbianas de su país, así como los desafíos políticos que considera fundamentales en la era post matrimonio.
Valeria Flores | Soy | Página 12, 2011-05-06

—¿Cuáles fueron tus principales motivaciones para escribir este libro?
—El libro surge de mi experiencia activista y de darme cuenta de que hay una laguna, un vacío inmenso sobre el tema de la protesta sexual en general y bollera en particular. Cuando comienzo a leer e investigar dentro del doctorado, veo que ya hay trabajos desde la academia, reportes activistas sobre el feminismo y el movimiento gay, pero no hay prácticamente nada sobre las organizaciones políticas de lesbianas, que curiosamente están en el centro del activismo feminista y del movimiento lgtbi. Entonces, en esos primeros años en que estaba dibujando el proyecto de tesis doctoral, decido al final lanzarme al tema del movimiento de lesbianas —yo llevaba ya militando un tiempo—, porque me parecía algo que era necesario, había que combatir infinidad de silencios, analizar los debates y dar respuesta a un montón de preguntas que nos hacíamos muchas. Y sobre todo me parecía que era algo justo: tenía que ver con el reconocimiento de unos activismos que eran claves y no estaban siendo recogidos en ninguna parte. Yo creo que al final lo que me empuja es la rabia de decir: una vez más nos van a dejar fuera de la película, en las notas a pie de página. Y es un libro que no sólo arranca desde mi activismo, sino que lo hago, desde el primer minuto, destinado al activismo, para al final devolvérselo. Es mi modo también de homenajearlo.

—¿Cuáles han sido tus experiencias como activista?
—Desde que era adolescente empecé a simpatizar y a emocionarme con las ideas feministas. Cuando acabo la carrera, vuelvo a España de vivir fuera con un par de becas Erasmus en Inglaterra e Islandia y empiezo a contactar con grupos feministas de Madrid. Ahí conozco gente activista, entre ellas la que luego fue mi pareja, Mónica Redondo, con la que empezamos a proponer la creación de grupos de lesbianas radicales dentro del activismo feminista porque nos parecía necesario, los necesitábamos. Es el año ’96, cuando se okupa la Eskalera Karakola, que fue un centro social autogestionado por mujeres. Arrancamos con un grupo que se llamó Las Goudous, que significaba bollera en francés, con la intención de articular una lucha lesbiana visible dentro de ese espacio feminista. A partir de esa experiencia, que no siempre fue fácil, vimos la necesidad de sacar adelante un fanzine, porque no había ningún tipo de publicación parecida. Nos movíamos en unos años en los que no había gran cosa, había existido el fanzine Non Grata de LSD, y más allá de las publicaciones más comerciales del ambiente, destinadas a los chicos gays, no había nada. Así que decidimos poner en marcha el fanzine Bollus Vivendi, destinado a la comunidad lesbiana, o a la idea que imaginábamos entonces de lo que podía ser esa comunidad.

—¿En quiénes pensaban cuando idearon el fanzine?
—Queríamos llegar a todas, las politizadas y las chicas del ambiente, pero siempre con esa perspectiva ya más queer de tender puentes a los activismos y luchas afines. Fue un proyecto divertido, que duró casi tres años. La gente se hacía con el fanzine, lo fotocopiaba, y nos llegaban cartas de chicas lesbianas, bisexuales, trans, que nos escribían desde mil rincones de la geografía española, desde pueblos, desde la cárcel... Bollus Vivendi se escinde por las diferencias que al final se hacen ya muy evidentes entre las posiciones más cercanas al lesbianismo feminista y al lesbianismo queer, en el que algunas nos movíamos. Recuerdo discusiones, por ejemplo, sobre el uso de dildos entre lesbianas y de pornografía en general que algunas compañeras no compartían para nada, es más, las discusiones eran bastante duras. Después de aquello, el siguiente proyecto en el que participo fue el Grupo de Trabajo Queer, que se arma con gente que viene de diferentes activismos feministas, maricas, bolleros, trans, que nos ponemos a leer y debatir textos queer que nos interesaban. A partir de ahí surge un grupo muy majo, con esa combinación de discusión teórica y activismo en la calle, que luego quedó plasmada en el libro que editamos, El eje del mal es heterosexual, que se puede descargar de la web. Y el último proyecto en el que he participado ha sido Ciclobollos, un grupo en el que pretendíamos aunar la cuestión feminista maribollotrans con el ecologismo, hacer ese ejercicio de activismo interseccional, de combinar todos esos frentes en los que estamos, que son nuestras vidas.

—En el libro mencionás que les hiciste entrevistas a activistas lesbianas y que en algunos casos era la primera vez que alguien lo hacía para recuperar su historia. ¿por qué te parece que pasa eso?
—Creo que pasa porque, por un lado, hay una falta de reconocimiento absoluto a todo el trabajo que hicieron muchas activistas lesbianas durante muchos años. Ha habido investigaciones o libros que se han escrito sobre el feminismo o el movimiento “gay” que no se han preocupado por ir a buscar a estas activistas y entrevistarlas, cuando han sido piezas fundamentales no sólo del activismo lesbiano, sino del feminista, y de la protesta sexual en general. Por otro lado, yo lo que observo es que algunas de ellas se han ido retirando por cansancio, es normal, pero también que en algunos casos esa falta de reconocimiento hacia ellas y hacia el activismo lesbiano en general al final cala. Y algunas, que siguen activas ya con sus años, han ido diluyendo o redirigiendo su activismo bollero hacia otras cuestiones.

—¿Cómo respondieron las lesbianas queer a la desexualización e invisibilización de las lesbianas que se hace tanto desde los medios de comunicación como desde el propio feminismo?
—Responden con orgullo, con ironía, con mucha creatividad, con una puesta en marcha de unos discursos y unas representaciones que están cargadas de elementos sexuales, reivindicando la existencia y la belleza de esos otros cuerpos, otros deseos, otras prácticas sexuales. Responden con rabia y cierto hartazgo, como diciendo ‘hasta aquí estuvo bien, pero ya está’: nosotras no nos vemos parte de un movimiento feminista que ha invisibilizado las sexualidades y vidas lesbianas. Y lo hacen poniendo en marcha una serie de artefactos artísticos, de escritos, de acciones, de performances, donde los cuerpos bolleros queer están en primera línea de batalla, orgullosos y visibles.

—¿Y esto cómo fue recepcionado en el feminismo y el movimiento lgtb?
—Pues yo creo que un sector del feminismo hizo como que no se enteraba, y ahí sigue, y a otro sector claramente no le gustó nada. Es que se juntaban muchas cosas, era el orgullo, y otras propuestas políticas, pero también era la ruptura generacional. Muchas activistas reconocían, reconocíamos, toda esa labor que había hecho el feminismo y las compañeras lesbianas dentro del movimiento feminista, pero hubo un momento que ya nos pareció a todas luces insuficiente, ya estaba bien de eclipsar, de contener literalmente los discursos, los deseos, las representaciones lesbianas. Se partía de un reconocimiento pero a comienzos de los noventa también se dio un salto impresionante y no fue muy bien recibido en algunos casos. Y en el movimiento lgtb, al activismo queer se le veía como algo minoritario, esas chicas radicales que estaban defendiendo el activismo en la calle junto con los compañeros maricas, travestis y trans, que no estaban interesadas en la cuestión institucional o en la batalla por los derechos. El activismo queer está en otra batalla, claro que no considera desdeñables los avances legales, pero no son su prioridad política. No se puede entender la rabia y la contestación queer sin la pandemia del sida y su homofobia y sin la rebelión lesbiana frente a cierto feminismo (y lesbianismo) pacato, asexual, y frente a los prejuicios y violencias lesbófobas de la sociedad en general.

—¿Cuáles son los desafíos políticos en la era post matrimonio y de la ley de identidad de género en España?
—El primer desafío es no caer en la autocomplacencia, en el ya está, hemos conseguido derechos. Primero, no nos han regalado nada, hemos obtenido algunos derechos gracias a una constelación de movimientos feministas y lgtbi queer que llevan décadas en la calle. Eso es una cosa fundamental, no creernos que ya que hemos llegado a ninguna parte y que estamos en una situación que no se puede revertir. A partir de ahí quedan tantos frentes donde seguir dando la batalla. Porque esos derechos no sólo te los pueden arrebatar sino que a veces son precarios: la ley de identidad de género sigue considerando a las personas transexuales como enfermxs. Es fundamental la movilización por la despatologización de la transexualidad, de cara al 2012, y por las demandas de las personas intersexuales. Queda la lucha frente al sida, es impresionante que haya tan pocas campañas y tan insuficientes, a los colectivos les quitan las subvenciones, como ha sucedido ahora en la Comunidad de Madrid, y nada, tienen que seguir con la ingente labor que hacen sin un euro. Queda conseguir una ley de parejas de hecho a nivel estatal, que no tenemos, en España nos movemos con las leyes de algunas comunidades autónomas. Queda la cuestión de la educación, un ámbito fundamental para prevenir actitudes violentas, lesbófobas, homófobas, tránsfobas. Nos queda tanto por hacer en la educación primaria, secundaria, en la universidad, hay que seguir abriendo espacios de debate, de discusión, seguir visibilizando cuerpos, géneros y sexualidades diversas. Y reclamando que estos estudios tienen que estar ya en el espacio académico, que son importantes, y que tienen toda la legitimidad. Nos queda seguir la lucha contra las violencias de tantos tipos contra los cuerpos, las vidas distintas, disidentes de la heteronormatividad. No hay que perder la perspectiva de la lucha colectiva, en redes, manadas, como queramos, sino también internacionalista, para que no nos roben los derechos allá donde se han ido consiguiendo, para que no nos encierren o nos maten, para que la gente no se muera de sida... para que no nos roben la libertad. Cuando, haciendo la tesis, le pregunté a una de las feministas bolleras de los años setenta ¿por qué luchabais?, me encantó que me dijera: mira, sí, era por la derogación de la ley de peligrosidad social, por la que nos podían detener, pero era también para que nos dejaran vivir en paz, para ser libres. Ese horizonte yo creo que no lo deberíamos olvidar.

—¿Qué sería esto del feminismo queer?
—Si pensamos en nuestras genealogías, te das cuenta de que en muchos contextos la cuestión de la crítica queer dentro del feminismo surge, mayoritariamente, como un punto de fuga, una señal de disidencia de algunas lesbianas que dicen soy queer, soy diferente, y aquí no me veo representada. Para mí el feminismo es queer, es trans, es mestizo o no es. Las prácticas políticas en la calle y los aportes teóricos queer han abierto un montón de horizontes a la gente rarita, desviada de la norma heteropatriarcal, queer. Han posibilitados espacios de existencia y visibilidad a otros cuerpos, otras vidas, otros deseos, otros discursos, entre los que estaban los nuestros, los bolleros, junto a los compañeros maricas, transgénero, intersexuales, bisexuales. Creo que las propuestas queer nos dieron a muchas un chute de energía que, en un momento concreto —te hablo de los noventa—, fue clave para que siguiéramos activas, para que no nos descolgáramos definitivamente del feminismo. Y para que ahí sigamos.

—En España, así como en otros lugares, comienza a emerger una línea crítica que se autodenomina transfeminismo, ¿qué desplazamientos se han operado desde el feminismo queer hacia los transfeminismos?
—Hay un montón de ideas y debates que convergen aquí. Yo creo que el transfeminismo continúa en gran parte la estela del feminismo queer, que a su vez se enmarca en la corriente del feminismo radical. Esta crítica que le hacemos a un cierto feminismo por invisibilizar otros sujetos y otros discursos estaba ya en lo que denominamos, en los ’90, feminismos bolleros queer. Ahora en el transfeminismo, o el transputafeminismo, tienen más importancia las luchas por la despatologización de las identidades transexuales y transgénero, la cuestión de la post pornografía, de cómo reapropiarse de unos discursos e imágenes que o nos han dejado fuera a las multitudes sexuales o nos han retratado de aquella manera. Y es urgente también la lucha por los derechos de las trabajadoras sexuales. En todo caso, es fundamental que conozcamos y reconozcamos de dónde venimos, nuestras propias genealogías, y cómo vamos profundizando en debates, sumando cuestiones y dándoles más espacios a luchas dentro de estas corrientes radicales y disidentes en las que estamos.

—En el libro trabajás la identidad como una ficción normativa que construye sus propias exclusiones y a la vez afirmás que es una estrategia política fundamental. En el escenario político actual, ¿qué potencialidad tiene la política identitaria?
—Yo creo que es una ficción necesaria todavía. La cuestión es cómo articular esas identidades para no dejar gente fuera y para que nos sirvan para movilizarnos. El punto de partida es que, como lesbianas, transgéneros, gays, tenemos una identidad que está estigmatizada, dañada, como dice Goffman, por instancias externas como la medicina, la ley, los medios de comunicación, la Iglesia. A partir de ahí intentamos revertir los prejuicios, los estereotipos, reivindicamos el ser raro o rara, es maravilloso (¡y legítimo!), y vemos cómo y en qué momentos las activamos colectivamente. Por ejemplo, si salimos a la calle el 25 de noviembre, el Día de la No Violencia contra las Mujeres, esa categoría mujeres tiene que ser lo más amplia del mundo. Ahí tenemos que estar representadas todas: no sólo las héteros que tienen un compañero violento, sino también las putas, las bolleras, las transexuales, las transgénero... Si me hablan de “la mujer” o de la visibilidad lesbiana sin considerar a las otras, a cómo nuestros cuerpos y nuestras vidas están atravesados por cuestiones de clase social, de etnia, de raza, de tener o no tener papeles entonces no me sirve, esa identidad es limitadora, excluyente, nos acaban robando el potencial político. Pero si hay una manifestación para reivindicar, por ejemplo, los derechos de las trabajadoras sexuales y vamos todas como putas, ahí no sólo despistamos al personal sino que estamos utilizando esa identidad para visibilizar unos sujetos discriminados, para revertir el estigma, para la lucha colectiva. Ahí hacemos un uso estratégico de la identidad que puede sernos muy útil políticamente hablando.

—¿Cómo articulás tu producción académica con el activismo político?
—Para mí van totalmente unidas, no las puedo separar ni compartimentar. Es mi vida y la de mi gente, las comunidades político-afectivas a las que pertenezco, y pensarlo así me da la fuerza para resistir dentro de la academia, para escribir lo que escribo y para seguir para adelante. Creo que, como se ha defendido desde posicionamientos queer, tenemos que dinamitar de una vez por todas esa división de espacios, los binarismos de activismo vs. academia, o teorías vs. prácticas. La universidad es la gente que estamos dentro y hay de todo, claro, pero es un espacio que tenemos que reclamar, no hay que dejar que nos lo roben. Cuando oigo que con cierto desdén alguien dice: tú que eres académica, pienso, bueno, tal vez habría que recordarle a la gente las mil situaciones precarias que pasamos muchxs dentro, y tantas batallas que hay que dar para entrar con unos contratos de mierda y para mantenerse y poder sobrevivir, en todos los sentidos. Y te lo dice alguien que no sólo ha sufrido la precariedad, sino que ha pagado un precio bastante alto por insumisa y rebelde, y por escribir sobre estos temas. Trabajo en una universidad que no es donde me doctoré, más pequeña, fuera de Madrid; salen pocas plazas, en general, pero también hay gente que es más incómoda que otra. Esto lo cuento al hilo de esa crítica fácil de “pero si tú estás en la universidad”; bueno, hay muchas maneras de estar. Y por eso es importante que, pese a todo, no dejemos de reivindicar unos espacios de conocimiento de los que las mujeres y las minorías étnicas y sexuales hemos estado excluidxs históricamente. Esas micropolíticas que ponemos en marcha en el espacio de cada cual, que son como piedrecitas en la máquina del sistema heteropatricarcal, clasista y racista en el que vivimos, y pueden ser muy “efectivas” políticamente hablando. Y, en este sentido, es también importante hacer esa labor de fiscalización queer de todo lo que se está haciendo con la etiqueta de estudios de género que muchas veces no son ni feministas, o utilizan queer porque decir gay, lesbiana o trans te visibiliza, te compromete. Luego en tu curriculum se ve, y de cara a promocionar puede ser que te complique..., es patético.

—¿Cuáles fueron las mayores dificultades para la escritura del libro?
—Para comenzar, tuve que hacer frente a mis propios miedos, escribir sobre el movimiento de lesbianas suponía enfrentarse a muchas cosas y en ocasiones fue complicado. Pero también tengo que decir que tuve bastantes apoyos en lo político-afectivo a mi alrededor. En la universidad me vi bastante sola y era todo un reto porque cada vez que hablaba de lo que estaba escribiendo, tenía que salir del armario, y algunas veces no eran situaciones muy apetecibles. Estos últimos años ya hay un grupo de gente que está trabajando en estos temas, aunque tampoco somos tantos. Claramente hay que trabajar en red, en colectivo, como en todas partes. También fue difícil la búsqueda de las fuentes. El libro es un ejercicio de rescate del silencio de nuestras memorias políticas, muchas veces perdidas, enterradas, ninguneadas. El rastreo de las fuentes primarias fue muy complicado porque no tenemos archivos. Muchos documentos, panfletos, carteles de los colectivos se han perdido, la gente los tiene en casa o los ha tirado porque pensaban que no eran importantes, o incluso vergonzantes. Mi pertenencia a grupos feministas y de lesbianas queer me permitió acceder a las activistas, llegar a otras menos conocidas, poder entrevistarlas; algunas de ellas buscaron en sus propias casas documentos, fotos, cartas y me los confiaron. El trabajo de campo fue todo un ejercicio de arqueología, como diría Foucault, de ir a la búsqueda de nuestras huellas para reconstruir las genealogías de esas múltiples resistencias.

Fuente
Memoria bollera
Activista lesbiana queer y socióloga, la española Gracia Trujillo publicó el año pasado el libro Deseo y resistencia. Treinta años de movilización lesbiana en el Estado español (1977-2007), el primer trabajo que recupera la historia del movimiento lésbico en ese país. Invitada a la Argentina por el Instituto Gino Germani de la UBA, esta bollera que es profesora en la Universidad de Castilla-La Mancha y que participó en la creación del fanzine Bollus Vivendi, que se mueve entre la academia y el activismo, cuenta los vaivenes de la escritura de las memorias de las lesbianas de su país, así como los desafíos políticos que considera fundamentales en la era post matrimonio.
Valeria Flores | Soy | Página 12, 2011-05-06 

PUBLICACIONES

Deseo y resistencia (1977-2007): treinta años de movilización lesbiana en el Estado español / Gracia Trujillo Barbadillo
Madrid : Egales, 2009[10]
270 p.
ISBN 9788492813025

IGLU | Deseo y resistencia (1977-2007): treinta años de movilización lesbiana en el Estado español

jueves, 1 de octubre de 2009

libro | Deseo y resistencia (1977-2007): treinta años de movilización lesbiana en el Estado español

Deseo y resistencia (1977-2007): treinta años de movilización lesbiana en el Estado español / Gracia Trujillo Barbadillo
Madrid : Egales, 2009[10]
270 p.
ISBN 9788492813025

Las activistas lesbianas llevamos treinta años organizadas en el Estado español. Como poco. Al igual que en la primera manifestación que recorrió orgullosamente las Ramblas barcelonesas, en 2007 estuvimos de enhorabuena: cumplimos treinta.

De activismo en la calle, de debates y elaboración de textos, de pintar pancartas, de crear grupos, escindirnos, compartir luchas con los movimientos afines, volvernos a escindir, organizar más colectivos… De dejarnos la voz reivindicando la legitimidad (y el placer) de una opción sexual distinta a la norma heterosexual. De emplear, en definitiva, nuestras energías y nuestro tiempo en cambiar las cosas, en mejorar la vida de todas y todos, minorías sexuales y sociedad en general. Hoy en día no cabe duda de que sin las movilizaciones de feministas, lesbianas, travestis, gays y transexuales, la sociedad española no habría cambiado al ritmo vertiginoso con el que lo ha hecho en estas últimas décadas, digan lo que digan ciertos sectores.

Ahora que se ha empezado a hablar de memoria histórica es necesario, urgente, que empecemos a rescatar la(s) nuestra(s). Sin memoria no hay análisis ni historia posible, simplemente no existimos.

Gracia Trujillo Barbadillo. Doctora en Sociología por la UAM, actualmente es profesora en la UCLM. En 1998 ganó una beca predoctoral en el "Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales", de la Fundación Juan March, y en 2001 fue "Visiting Research Scholar en el Center for the Study of Gender and Sexuality" de la New York University, gracias a la Fundación Caja Madrid. Es además docente del Magister en Género y Cooperación de la Universidad Complutense de Madrid y del programa de doctorado en Género y Feminismos de la UNIA, entre otros postgrados. Le interesan las teorías y prácticas políticas feministas y LGTB-queer, ámbito en el que cuenta con diversas publicaciones y en el que ha colaborado en varios trabajos colectivos, entre otros: "El eje del mal es heterosexual. Figuraciones, movimientos y prácticas feministas queer" (2005), "Una discriminación universal. La homosexualidad bajo el franquismo y la transición" (2008) y "Lesbianas, discursos y representaciones" (2008). Activista feminista queer, el último colectivo del que ha formado parte ha sido GTQ (Grupo de Trabajo Queer). 

Documentación
Memoria bollera
Activista lesbiana queer y socióloga, la española Gracia Trujillo publicó el año pasado el libro Deseo y resistencia. Treinta años de movilización lesbiana en el Estado español (1977-2007), el primer trabajo que recupera la historia del movimiento lésbico en ese país. Invitada a la Argentina por el Instituto Gino Germani de la UBA, esta bollera que es profesora en la Universidad de Castilla-La Mancha y que participó en la creación del fanzine Bollus Vivendi, que se mueve entre la academia y el activismo, cuenta los vaivenes de la escritura de las memorias de las lesbianas de su país, así como los desafíos políticos que considera fundamentales en la era post matrimonio.
Valeria Flores | Soy | Página 12, 2011-05-06 
"Nunca te dirán en un trabajo que te despidieron por ser lesbiana, pero eres incómoda"
El coste de hacer pública una opción sexual distinta a la norma heterosexual aún es muy alto pese a lo logrado tras 30 años de lucha del movimiento lesbiano, destaca esta militante. Hoy persisten las "agresiones" físicas y verbales, y la invisibilidad social como forma de "violencia simbólica"
A. Ibarra | Noticias de Navarra, 2010-05-18 
Dos ensayos
elputojacktwist | Dos Manzanas, 2009-12-11