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jueves, 25 de julio de 2019

#hemeroteca #lesbianismo | ¿Dónde estaban las lesbianas?

Imagen: Google Imágenes / Fotograma de 'Elisa y Marcela', de Isabel Coixet
¿Dónde estaban las lesbianas?
Beatriz Gimeno | Con la A, 2019-07-25
https://conlaa.com/donde-estaban-las-lesbianas/

Este año el movimiento LGTB celebra el año de la memoria y es una buena ocasión para pensar sobre la memoria lésbica, porque no hay presente ni futuro sin pasado.

Y es ahí dónde nos hacemos la primera pregunta: ¿Quiénes han sido las lesbianas? No lo sabemos. Mientras que solemos ser capaces de identificar en la historia a varones que han tenido sexo con varones, amores con varones, que han escrito sobre ello, que han sido castigados por ello..., de la existencia lésbica apenas existe rastro más allá de las relaciones sexuales entre mujeres representadas por varones con el objetivo de excitarse sexualmente, de las que tenemos vestigios muy antiguos. Pero no podemos identificar existencias lesbianas verdaderas; no hay rastro de las lesbianas porque apenas existe rastro de las mujeres. No conocemos casi nada de los deseos íntimos de las mujeres a lo largo de la historia porque las mujeres no son las que cuentan la historia; pero sí sabemos que hasta hace muy poco tiempo (y aún es así en gran parte del mundo) las mujeres no han sido dueñas de su sexualidad ni de sus cuerpos, no han tenido acceso al placer. Su sexualidad, sus deseos, sus cuerpos y sus vidas no les han pertenecido a ellas, sino a sus familias, a sus comunidades, a sus padres o maridos. Los hombres son dueños de sí mismos, aunque sea para infringir la ley o para pecar, mientras que a menudo las mujeres no han dispuesto de esa libertad ni de ese dominio de sí. ¿Puede ser lesbiana una mujer cuyo único destino posible es casarse con un hombre y darle hijos? Según los estándares actuales, en los que el deseo es la base de la identidad sexual, sí podría, pero históricamente el deseo femenino simplemente no existía. Por eso no importaba y por eso los castigos eran generalmente menores para las mujeres que tenían sexo con otras mujeres que para los hombres. Lo que en el caso de los hombres era un ejercicio (perverso quizá) de su libertad, en el caso de las mujeres era visto muy a menudo como un entretenimiento sin importancia, porque a la hora de la verdad las mujeres eran puestas a disposición de los varones vital y sexualmente.

Por eso el lesbianismo va indisolublemente unido al feminismo en su lucha por conseguir grados de libertad y agencia para las mujeres. Y por eso también, a lo largo de la historia es muy difícil distinguir entre lesbiana y mujer autónoma; y por eso a cualquier mujer autónoma se la ha tratado de insultar con el calificativo de “lesbiana”. Porque sólo las mujeres con un grado importante de autonomía podían ser lesbianas; porque para ser lesbiana hay que disponer de la propia vida y ser dueña del propio cuerpo. Esta condición de posibilidad entre las mujeres autónomas (entendiendo por tales aquellas que no dependen de un hombre ni material ni subjetivamente) y las lesbianas es evidente también para el imaginario patriarcal que, históricamente, ha construido ambos tipos de mujer como la misma mujer y, siempre, como una mujer amenazante. Así, históricamente, “lesbiana” no definía a una mujer que tuviera sexo con otra mujer (algo imposible de verificar) sino que se trataba de una calificación estigmatizante para cualquiera que se saliera del rol tradicional ya fuera que se saliera sexualmente, socialmente, económicamente, que no quisiera ser madre, que no quisiera casarse, que se vistiera de hombre, etc. Por tanto, la categoría de lesbiana se ha utilizado desde siempre como un instrumento de control y castigo para las que se situaran fuera del rol femenino tradicional.

La historiadora Lillian Faderman ha escrito una importante obra sobre la historia y la memoria de las lesbianas con la intención de demostrar que el interés sexual por otra mujer no puede ser lo central si buscamos lesbianas en el pasado. Debido a ello, muchas activistas lesbianas la acusaron de desexualizar el lesbianismo. Sin embargo, si nos guiáramos únicamente por el interés sexual de las mujeres en el pasado nos podría ocurrir que no encontráramos apenas lesbianas, pero tampoco heterosexuales, pues la heterosexualidad obligatoria hacía que fuera de ella las mujeres no pudieran sobrevivir. No tenemos ninguna prueba de que las mujeres heterosexuales en el pasado no hubieran preferido librarse de las ataduras a las que dicha heterosexualidad las conducía, como el matrimonio, que era una institución de absoluta sumisión legal y dependencia vital. Si no podemos inferir que las mujeres que estaban obligadas a casarse eran heterosexuales, tampoco podemos deducir que no fueran lesbianas. También sabemos que, en el pasado, muchas mujeres escogieron hacerse pasar por hombres para poder desarrollar sus vidas, ¿eran lesbianas, eran trans? No lo sabemos, pero sí sabemos que, históricamente, ser leída como un hombre era casi la única manera de poder viajar, de poner un negocio, de trabajar, de ganar dinero, si no se contaba con un hombre que te mantuviera o si, simplemente, se deseaba ser libre. A veces olvidamos que las mujeres siempre han querido ser libres. De lo que sí tenemos pruebas es de que cuando las mujeres comienzan a poder elegir, a partir del siglo XIX, muchas de ellas escogieron construir vidas con otras mujeres fuera de la norma heterosexual. Es el caso de la mayoría de las intelectuales, escritoras, artistas, profesionales, viajeras... pioneras que necesitaron situarse al margen de la heterosexualidad para poder construir sus propias vidas. No sabemos cuántas de estas mujeres que vivían con otra mujer tenían sexo. No lo sabemos porque el sexo no deja muchos rastros en una cultura contada casi exclusivamente por los hombres. Saber si en una relación íntima entre dos mujeres había genitalidad es muy difícil, y lo es también saber qué relaciones estaban definidas por la atracción sexual y en cuales otras el sexo surgía después o no llegaba a surgir nunca. Si en alguna mujer conocida del pasado hubieran existido evidencias de que mantuvo relaciones sexuales con otras mujeres lo más probable es que esto se hubiera borrado intencionadamente de su biografía, mientras que en el caso de los hombres, por el contrario, la homosexualidad siempre es posible leerla como un subtexto oculto. Dadas las restricciones sociales que esta cultura impone a los hombres para experimentar, para sentir o para establecer cualquier tipo de lazo emocional o sexual con otro hombre, a un varón siempre es más fácil situarle a un lado u otro de la norma heterosexual y eso hace que cualquier desviación de la misma sea muy visible. Las mujeres siempre han podido tocarse, besarse, abrazarse o acariciarse sin que ninguno de estos comportamientos tuviera importancia, ya que la norma para ellas venía determinada por la necesidad de contraer matrimonio y ser madres. Para las mujeres la mayor ruptura con la norma heterosexual era permanecer soltera, escapar de la sumisión legal que significaba el matrimonio. En definitiva, que no se trata de negar la existencia del sexo entre mujeres en el pasado (de hecho a pesar de la vigilancia hay muchas pruebas de que hubo mujeres que tenían relaciones sexuales elegidas), sino de saber que la existencia o no de lesbianismo no puede depender de la prueba de existencia de genitalidad, al menos hasta el momento en que un número apreciable de mujeres pudieron ya escoger cómo vivir sus vidas.

Por todo ello, Faderman establece que hay tres criterios para buscar vestigios de lesbianas en el pasado (criterios que no siempre coinciden en la misma persona): prácticas sexuales, desviación de las normas sociales de la feminidad y autoconcienca de sentimientos de amor o deseo por otra mujer. En todo caso, lo importante es afirmar que el lesbianismo en el pasado era casi siempre y de manera necesaria una práctica de liberación personal del patriarcado. Antes de que se desarrollara lo que hoy conocemos como la identidad lesbiana ha habido mujeres (muy pocas) que decidieron prescindir de los hombres en sus vidas y forjar alianzas con otras mujeres para ser libres; alianzas que a veces incluían relaciones sexuales y que a veces seguramente no. Lo importante es que no olvidemos que la heterosexualidad es, como dice Iván Ilich, la “ortopedia conceptual” del patriarcado y que siempre han existido mujeres que han combatido con sus vidas y sus cuerpos esta normatividad.

Beatriz Gimeno Reinoso es filóloga y feminista activista por los derechos LGTBI y contra la legalización de la prostitución. Perteneció a COGAM (Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Madrid) para luego unirse a la Federación Española de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales, de la que fue presidenta sustituyendo a Pedro Zerolo, trabajando para la aprobación en España del matrimonio entre personas del mismo sexo. Ha sido diputada por Podemos en la X Legislatura de la Asamblea de Madrid y responsable del área de Igualdad del partido al que representa en la Comunidad de Madrid. Autora de diversos libros y artículos relacionados con los temas de su competencia, ha dictado numerosas conferencias participando como ponente en distintos eventos.

miércoles, 3 de julio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #memoria | Estados Unidos: Cinco manifestaciones LGTBQ que sentaron el precedente de Stonewall

Imagen: Vice / Protesta en Black Cat Tavern, Los Angeles, 1967
Cinco manifestaciones LGTBQ que sentaron el precedente de Stonewall.
‘Si no puedes reunirte en sitios públicos sin riesgo de que detengan, no puedes vivir tu vida’.
Denio Lourenco | Vice, 2019-07-03
https://www.vice.com/es/article/d3nenv/manifestaciones-lgtbq-antes-de-stonewall

Han pasado 50 años desde aquellas trágicas y calurosas noches de junio de 1969, cuando los clientes del Stonewall Inn se rebelaron contra la policía durante una violenta redada. Lo que empezó como un ataque espontáneo a un bar gay de Nueva York terminó convirtiéndose en varias noches de disturbios por las calles de Greenwich Village.

Está bastante extendida la opinión de que de aquellos episodios nació el actual movimiento de lucha por los derechos del colectivo LGTBQ. Aunque es innegable que las protestas de Stonewall representaron un punto de inflexión para el movimiento, hay que destacar que no fueron en absoluto los primeros conflictos entre el colectivo LGTBQ y la policía.

A principios de la década de 1950, comenzaron a crecer las protestas de hombres y mujeres homosexuales y de personas transgénero que luchaban por sus derechos civiles. Desde entonces, en Estados Unidos los historiadores han registrado más de treinta manifestaciones, sentadas, protestas y disturbios del colectivo LGTBQ en los años previos a Stonewall.

En este artículo mencionamos cinco de las protestas más importantes que también convendría recordar.

Los disturbios de Cooper’s Do-Nuts, Los Ángeles, 1959

En mayo de 1959, varios clientes del colectivo LGTBQ del café Cooper’s Do-Nuts, en Los Ángeles, se rebelaron contra un grupo de policías que los acosaban durante una redada. En aquella época el travestismo era ilegal, hecho que la policía aprovechaba para llevar a cabo redadas y arrestos de ‘drag queens’ o personas transgénero en este tipo de establecimientos. Y eso fue exactamente lo que hicieron.

Aquella noche, agentes de la policía de Los Ángeles detuvieron a dos ‘drag queens’, dos trabajadores sexuales y un homosexual que ligaba con otros clientes, según las informaciones. Uno de los arrestados era el novelista John Rechy, que relató el incidente en su debut literario ‘La ciudad de la noche’, hoy todo un clásico. En una entrevista con la historiadora Lillian Faderman, Rechy recuerda que los presentes lanzaron vasos de café, donuts y basura a los agentes hasta que él y los otros arrestados lograron huir.

Ocurrido diez años antes de los disturbios de Stonewall, este episodio se considera uno de los primeros alzamientos LGTBQ de los que se tiene constancia en Estados Unidos.

La sentada del restaurante Dewey’s, Filadelfia, 1965

Inspirándose en gran medida por el movimiento contra la segregación racial, con episodios como el boicot de autobuses de Montgomery de 1955 o la sentada en el restaurante Woolworth, el activismo político del colectivo LGTBQ adquirió un tono mucho más contestatario durante la década de 1960.

“El movimiento homófilo de los 50 se fortaleció durante los 60 y los 70, y el colectivo LGTBQ empezó a reunir el valor necesario en aquel periodo de importantes movimientos sociales”, señala Marc Stein, profesor de Historia de la Universidad Estatal de San Francisco. Un ejemplo de ello es la primera sentada LGBTQ de la que se tiene constancia, el 25 de abril de 1965 en el restaurante Dewey de Filadelfia. El local se había convertido en un punto de reunión de personas del colectivo de la ciudad, pero aquella primavera, los empleados empezaron a negarse a servir a todos los clientes que parecieran gais o de género no conforme. Aquel 25 de abril, se negó el servicio a unas 150 personas por este motivo, según el libro de Stein 'City Of Sisterly And Brotherly Loves: Lesbian And Gay Philadelphia, 1945–1972'. Sin embargo, tres adolescentes decidieron que no se marcharían.

Llamaron a la policía y los tres jóvenes fueron arrestados. Posteriormente también fue detenido Clark Polak, un líder del movimiento de defensa de los derechos de los homosexuales de Filadelfia que había intervenido para ayudar a los chicos a conseguir un abogado. A los cuatro se les imputó un delito de conducta desordenada.

Una semana más tarde, el 2 de mayo de 1965, otras tres personas protagonizaron una nueva sentada como protesta por las detenciones. De nuevo, los propietarios del restaurante llamaron a la policía. Esta vez, sin embargo, los agentes admitieron que no tenían excusa alguna para echar a esas personas del establecimiento. A partir de este suceso, los propietarios de Dewey’s accedieron a dejar de discriminar a las personas LGTBQ.

Los disturbios de Compton’s Cafeteria, San Francisco, 1966

En agosto de 1966, los encargados de Compton’s Cafeteria —un establecimiento nocturno de San Francisco que frecuentaban muchos homosexuales y trabajadoras sexuales— y la policía acosaron a un grupo de mujeres transgénero y ‘drag queens’. La comunidad LGTBQ de la ciudad respondió a las agresiones protagonizando disturbios durante dos noches.

No era la primera vez que los clientes del Compton’s habían tenido enfrentamientos con la policía, pero aquella noche la clientela decidió que no soportaría más abusos. “La policía maltrataba a personas trans y ‘drag queens’ con total impunidad. Muchas veces las obligaban a desnudarse y las registraban, las acusaban de algún delito menor y les dispensaban un trato vejatorio”, relata Susan Stryker, directora del documental de 2015 sobre aquel episodio, ‘Screaming Queens’. “Nunca había habido resistencia efectiva al acoso policial hasta lo de Compton’s”.

La protesta empezó con unos piquetes pacíficos contra el servicio cada vez más discriminatorio que dispensaban en Compton’s, pero la policía intervino cuando la tensión fue en aumento. Según los relatos de aquella noche, un agente intentó detener a una de las mujeres trans y ella le echó el café en la cara. Fue entonces cuando se desató el infierno. En ‘Screaming Queens’, Amanda St. Jaymes recuerda que los platos y los muebles volaban por el local. La pelea se trasladó a la calle, donde decenas de personas trans, drag queens y gais plantaron cara a la policía y rompieron los cristales de los ventanales del restaurante.

Aunque de menor envergadura que los de Stonewall, que se produjeron tres años después, los disturbios de Compton’s sirvieron como revulsivo para que la comunidad LGTBQ del distrito de Tenderloin comenzara a organizarse. Durante los meses posteriores al incidente, el colectivo creó una red de servicios de apoyo médico y social para personas trans que a su vez llevó a la creación de la Unidad Nacional de Asesoramiento par Personas Transexuales estadounidense, a finales de la década de 1960.

Imagen: The New York Times / Acción de Mattachine Society en Julius' Bar
Protesta de Mattachine Society, Nueva York, 1966

Otra manifestación decisiva para la comunidad LGTBQ fue la del Julius' Bar, en Nueva York. Por aquel entonces, era habitual que los encargados de los bares se negaran a servir a personas gais, trans y de género no conforme.

Aunque ninguna ley aprobaba explícitamente esta discriminación, los bares tenían derecho a negarse a servir a clientes “problemáticos”, y en esa época, ser homosexual era motivo suficiente para que la gente te considerara problemático. El 21 de abril, Dick Leitsch y otros dos miembros del capítulo neoyorquino de la Mattachine Society, una de las primeras organizaciones pro derechos de los homosexuales estadounidense, se propusieron cambiar aquello.

Con la idea de llamar la atención sobre esta regulación, el grupo se dirigió con cuatro periodistas al Julius' Bar, donde días antes habían arrestado a un hombre por llevar a cabo “actividad gay”. Cuando llegaron, el camarero les sirvió unas copas. Sin embargo, como el mismo Leitsch recuerda en un episodio del podcast Making Gay History, cuando se identificaron como homosexuales, el camarero puso la mano sobre uno de los vasos y dijo: “No puedo serviros si sois gais. Ya lo sabéis”. Ese momento fue capturado en la ya icónica foto del fotógrafo Fred McDarrah, que posteriormente fue publicada en el periódico para el que trabajaba.

“Somos gais y solo queremos que nos sirvan comida y alcohol; somos pacíficos y queremos seguir siéndolo”, respondieron ellos. “Por favor, atiéndenos”.

“Para Dick, las encerronas eran el principal problema con el que debían lidiar los activistas a favor de los derechos de los gais. Si no puedes reunirte en espacios públicos sin peligro de que te detengan, no puedes vivir tu vida”, asegura Eric Marcus en Making Gay History. “Si eras hombre gay en Nueva York en esa época, corrías el riesgo de ser víctima de un agente de paisano, que hacía lo posible por conseguir que bajaras la guardia y mostraras interés por él. En aquel entonces, un arresto de ese tipo podía suponer la ruina personal, profesional y económica de muchos”.

La protesta terminó en dos demandas que acabaron con la práctica de retirar licencia de venta de alcohol a aquellos establecimientos que sirvieran a clientes LGTBQ, medida que a su vez favoreció la proliferación de bares para gais en la ciudad y propició el compromiso del alcalde de Nueva York, John Lindsay, para poner fin a la práctica de las encerronas en los bares gais por parte de la policía. Si bien estos ardides policiales no desaparecieron por completo, al menos se redujeron considerablemente.

Disturbios del Black Cat Tavern, Los Ángeles, 1967

La Nochevieja de 1966, el recién inaugurado Black Cat Tavern, en Sunset Boulevard, estaba repleto de personas LGTBQ preparadas para dar la bienvenida al nuevo año. Hasta que unos agentes de la policía secreta, que habían estado esperando entre la multitud, empezaron a arrestar a clientes por besarse cuando dieron las doce. Esa noche, golpearon violentamente a los presentes y detuvieron a 16 personas, dos de las cuales escaparon.

Según el relato de ‘Gay L. A.: A History of Sexual Outlaws, Power Politics, And Lipstick Lesbians’, de Faderman, la policía persiguió a los hombres calle abajo hasta el bar New Faces, en Sanborn Avenue. Una vez allí, los agentes agredieron al propietario del club y apalearon a sus dos camareros hasta dejarlos inconscientes. Uno de ellos, Robert Haas, sufrió un desgarro en el bazo como consecuencia de la paliza. Cuando se recuperó, tuvo que enfrentarse a una acusación por un delito de lesiones menores a un agente de la policía. Más tarde, a seis hombres se les imputaron cargos de conducta lasciva por lo sucedido aquella noche.

Seis semanas después de los disturbios, el 11 de febrero de 1967, 200 personas se reunieron en el Black Cat para organizar un piquete pacífico frente al club como protesta contra los acosos y la violencia policiales.

La protesta la organizó un grupo llamado P.R.I.D.E. (Personal Rights in Defense and Education), responsables también de la publicación de un boletín titulado ‘Los Angeles Advocate’ que acabó convirtiéndose en una revista de distribución nacional que todos conocen como ‘Advocate’.

martes, 22 de mayo de 2018

#books #biography | Harvey Milk : His Lives and Death

Harvey Milk : His Lives and Death / Lillian Faderman.
New Haven, CT : Yale University Press, 2018 [05-22].
304 p. : il.
ISBN 9780300222616

/ EN / BIO
/ Activismo / Crímenes de odio / Derechos / Estados Unidos / Harvey Milk / Historia – Siglo XX / Iconos / LGTBI / Movimiento gay / Política / Testimonios

Harvey Milk—eloquent, charismatic, and a smart-aleck—was elected to the San Francisco Board of Supervisors in 1977, but he had not even served a full year in office when he was shot by a homophobic fellow supervisor. Milk’s assassination at the age of forty-eight made him the most famous gay man in modern history; twenty years later Time magazine included him on its list of the hundred most influential individuals of the twentieth century.

Before finding his calling as a politician, however, Harvey variously tried being a schoolteacher, a securities analyst on Wall Street, a supporter of Barry Goldwater, a Broadway theater assistant, a bead-wearing hippie, the operator of a camera store and organizer of the local business community in San Francisco. He rejected Judaism as a religion, but he was deeply influenced by the cultural values of his Jewish upbringing and his understanding of anti-Semitism and the Holocaust. His early influences and his many personal and professional experiences finally came together when he decided to run for elective office as the forceful champion of gays, racial minorities, women, working people, the disabled, and senior citizens. In his last five years, he focused all of his tremendous energy on becoming a successful public figure with a distinct political voice.

Lillian Faderman is a distinguished scholar of LGBT and ethnic history and literature. She has received numerous awards for her previous eleven books, three of which, ‘Surpassing the Love of Men, Odd Girls and Twilight Lovers’, and ‘The Gay Revolution’, have been named by the ‘New York Times’ as Notable Books of the Year.

lunes, 21 de mayo de 2018

#newspaper #books #biography | The many lives of Harvey Milk: An excerpt from a new biography

Image: SFGate / Harvey Milk
The many lives of Harvey Milk: An excerpt from a new biography.
John McMurtrie | SFGate, 2018-05-21
https://www.sfgate.com/books/article/The-many-lives-of-Harvey-Milk-An-excerpt-from-a-12927063.php

In his brief but epochal political career, Harvey Milk fought passionately, and famously, for gay rights. Being Jewish had much to do with his zeal.

That’s the persuasive claim that historian Lillian Faderman makes in her new biography, “Harvey Milk: His Lives and Death.”

Yale University Press is publishing the book as part of its Jewish Lives series. It comes out on Harvey Milk Day, May 22, which this year would have been Milk’s 88th birthday.

“As a Jew and a homosexual,” Faderman writes, “he felt himself to be doubly an outsider; and even when he was invited inside through his election to political office, he clung to his sympathies for the outsider, which he extended far beyond his own tribe.”

In the excerpt below, Faderman details Milk’s teenage years in Bay Shore, N.Y., the sleepy hamlet on the South Shore of Long Island — long before he served in the Navy, worked on Wall Street, got involved in the theater and ultimately moved to San Francisco, where he became one of the first openly gay men elected to public office in the United States, and, in death, a hero to millions around the world.

Harvey’s best friends in high school were Roman Catholic. In fact, there were few Jews in Bay Shore in 1945, and there were still traces of anti-Semitism in town, left over from the days when the Klan had a chapter there. The in-crowd at the high school excluded Jews, and Harvey’s stereotypical Jewishness was obvious to them, as one girl of the in-crowd observed of him: “He has the largest nose of anybody I’ve ever seen in my life.” But Harvey was as upfront about being Jewish in that uncomfortable atmosphere as he would always be. When he declared to his classmates that his real name was Milch, they nicknamed him Glimpy Milch after the character Glimpy McClusky in the East Side Kids movies that were hugely popular in the early 1940s. What Harvey shared with Glimpy, played by the actor Huntz Hall, was a substantial nose, soulful eyes, and a tough-sounding New York accent.

Harvey cultivated a tough image. It was a good disguise. In secret he could be an opera queen; but for the world he would be a man’s man, as much as he could. He played varsity football and basketball in high school. He ran track. He wrestled for the school team. His hypermasculine enthusiasm for sports was surely a way of placating Bill, who would not have been tolerant of effeminacy in his son. But Harvey also felt compelled to “butch it up” because he saw what his fate could be at Bay Shore High School if he did not. One of his classmates, the local paint store owner’s effeminate son, who was miserably inept at passing a basketball, had been teased and bullied until he broke down in tears. Harvey resolved that this would never happen to him.

To further prove his manly bona fides and heterosexual appeal he dated girls. He was slim and muscled, with dark brown hair and an engaging smile. Some of the prettiest girls, who were not in the in-crowd and were not prejudiced against Semitic features, found him good-looking. To confirm his interest in heterosexual activities, he even got himself on to the junior prom committee. He kept mum about his passion for opera, of course. And for good measure he cultivated a persona as the class clown, always ready with a wisecrack — lest anyone think he was not talkative because he had something to hide.

His parents’ new home was on the direct road to the ferries that went to Fire Island, a premier gay haunt. During the warm months there was a nonstop procession of gay men rushing to catch a ferry or returning home from the sorts of good times for which Harvey yearned. To observe them was both scary and thrilling. He went on double dates with his brother, Robert, to make sure his family did not suspect his fantasies.

In June 1947, Harvey graduated from Bay Shore High School. He had not been a stellar student and was not sure what he wanted to do next. But his parents let him know that drifting was not an option. Though neither Bill nor Minnie had gone to college, they urged him to apply to New York State College for Teachers at Albany. He could be a teacher. That was a good, steady profession. There was a lot to recommend the place too: Georgian-style red-brick buildings with classical white columns and verdant lawns that made it look like an expensive private liberal arts college; a student population of only fifteen hundred, which promised small classes and personal attention from professors. And best of all, since Bay Shore Furriers was only two years old and still getting a foothold, tuition was totally free.

Harvey was determined to have fun that last summer before he had to knuckle down and prepare for the rest of his life. Having fun meant going to the city as often as possible and cruising in the gay area he had discovered in Central Park. One broiling day in August he took his shirt off in the park — because of the heat but also to show off his muscled torso. Vice squad officers spotted him, ordered him into a paddy wagon with the other gay men they had collected in the cruising area, and deposited them all at the police station. Years later, when Harvey became political, he would wage energetic campaigns against such harassment of gay men, whose alleged crimes were victimless. But now he only swore when questioned that he was just trying to get a suntan, that he was a high school kid who was completely innocent. Though he was released without being booked, he was shaken. How calamitous it would have been had the police notified his parents that their seventeen-year-old son had been arrested in Central Park while trying to pick up homosexuals.