Mostrando entradas con la etiqueta Elena Álvarez Mellado. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Elena Álvarez Mellado. Mostrar todas las entradas

lunes, 16 de julio de 2018

#hemeroteca #lenguaje | Más allá de la economía del lenguaje

Imagen: El Diario / Sede de la Real Academia Española
Más allá de la economía del lenguaje.
La negación es un buen ejemplo de cómo la economía no es necesariamente el principio que siempre prevalece en lengua. Cuando queremos decir que no a algo podemos simplemente decir ‘no’. Esta sería la respuesta más neutral y económica. Pero también podemos decir que ni de broma; que de ninguna manera; que ni harta a vino; que ni por todo el oro del mundo...
Elena Álvarez Mellado | El Diario, 2018-07-16
https://www.eldiario.es/zonacritica/alla-economia-lenguaje_6_793430676.html

Hace unos días, el presidente de la RAE Darío Villanueva decía lo siguiente al ser preguntado por el lenguaje inclusivo en una entrevista de El País: "Las lenguas se rigen por un principio de economía; el uso sistemático de los dobletes, como miembro y miembra, acaba destruyendo esa esencia económica".

La economía del lenguaje es uno de los argumentos estrella que nunca falta en los debates lingüísticos y que, sobre todo, vemos aparecer cuando se habla de lenguaje inclusivo y desdoblamiento (aunque no solo). Básicamente, lo que el principio de economía lingüística viene a decir es que los hablantes tienden a expresarse de la manera más corta, más breve y menos trabajosa posible. Este principio de mínimo esfuerzo lingüístico es el que explicaría la creación de abreviaturas (‘mates’, por ‘matemáticas’), la tendencia fonética a que las palabras se erosionen hacia formas más sencillas de pronunciación (como el desgaste fonético que nos lleva a comernos la D del participio: ‘te he llamao’), o la manera en que se distribuyen las frecuencias dentro del vocabulario de una lengua (con unas pocas palabras muy frecuentes y una larga ristra de palabras muy infrecuentes).

Que la economía y el ahorro lingüístico rigen el lenguaje es un mantra tan repetido que hasta los hablantes más desapegados de las cuestiones lingüísticas lo han interiorizado y es ahora una verdad absoluta inamovible: el agua hierve a 100ºC y la lengua se rige por el principio de economía lingüística. Sin embargo, merece la pena pararse a matizar algunas ideas generalizadas (pero erróneas) que se suelen asumir alegremente cuando hablamos de economía lingüística.

Y es que mentamos el principio de economía lingüística como si fuese el pilar fundamental sobre el que se asienta toda la estructura del idioma. Pero esto no es así. Si el principio de economía fuera la única fuerza motora de la lengua, nos veríamos abocados a expresarnos en gruñidos mínimos. De hecho, si nos paramos a mirar con detenimiento cómo hablamos, observaremos que buena parte de nuestra comunicación lingüística no puede ser explicada bajo una óptica tan limitada como la del principio de economía del lenguaje.

La negación es un buen ejemplo de cómo la economía no es necesariamente el principio que siempre prevalece en lengua. Cuando queremos decir que no a algo podemos simplemente decir ‘no’. Esta sería la respuesta más neutral y económica. Pero también podemos decir que ni de broma; que de ninguna manera; que ni harta a vino; que ni por todo el oro del mundo; que muchas gracias pero que prefiero quedarme en casa. Hay infinidad de situaciones lingüísticas de la vida cotidianas en las que el muy económico ‘no’ se nos queda corto o no nos parece la forma más adecuada de rechazar algo, así que optamos por hacer giros más largos: sacrificamos lo económico en aras de una mayor expresividad, bien para ser más contundentes o para que nuestra negativa resulte socialmente más aceptable, por ejemplo. Economía y expresividad son dos fuerzas contrapuestas que viven en un sutil equilibrio lingüístico. No debemos otorgarle todo el peso al principio de economía del lenguaje obviando el resto de fuerzas que rigen el funcionamiento de la lengua.

Pero es que además, tal y como solemos verlo enunciado parece que el principio de economía lingüística fuese una norma que ha de ser obedecida, como si existiese una cifra máxima de prolijidad lingüística o un techo de gasto lingüístico no rebasable que los hablantes tuviésemos que respetar conscientemente y en todo momento. “¡No hagáis eso con la lengua, que incumplís el mandamiento de economía lingüística!”. Pero esto no es exactamente así: el principio de economía lingüística no es una norma que debamos cumplir porque si no se nos viene abajo la torre del idioma. El principio de economía lingüística es una descripción que intenta dar cuenta de un fenómeno (fascinante) que hacemos naturalmente los hablantes en diversas facetas del idioma y que ocurre al margen de nuestra voluntad y consciencia. Volviendo al ejemplo de la erosión fonética, no es que un buen día los hablantes nos sentásemos y dijéramos “¡Qué derroche de consonantes! Hay que ahorrar, ¡a la basura con ellas!”. Precisamente, que esa autorregulación ocurra al margen de nuestra decisión consciente es lo que la hace fascinante. La economía del lenguaje, pues, es una cosa que sucede, no algo que los hablantes tengamos que obedecer.

Podemos argumentar ateniéndonos al principio de economía que cierta propuesta lingüística puede tener pocos visos de arraigar y sobrevivir a largo plazo. Pero creer que la economía del lenguaje es una ley que debemos cumplir (y hacer cumplir) o el único principio que rige y sustenta todo el equilibrio de una lengua es una aproximación muy limitada que refleja mal como funciona el lenguaje en su conjunto.

lunes, 2 de abril de 2018

#hemeroteca #lenguaje #sororidad | Palabras de ida y vuelta: 'sororidad'

Imagen: El Diario / Manifestación 8M en Uruguay
Palabras de ida y vuelta: 'sororidad'.
‘Sororidad’ es una de esas propuestas léxicas nacidas al amor del activismo y a la que en los últimos tiempos hemos visto asomar la patita en tertulias, pancartas, titulares y redes sociales. Lo que los puristas le afean a ‘sororidad’ es fundamentalmente su pedigrí lingüístico, claramente anglófilo.
Elena Álvarez Mellado | El Diario, 2018-04-02
https://www.eldiario.es/zonacritica/Palabras-ida-vuelta-sororidad_6_756684354.html

El activismo feminista no deja de darnos alegrías lingüísticas. Aunque no es ni de lejos el meollo de esta lucha, la efervescencia feminista de los últimos tiempos está resultando apasionante desde las gafas de la lengua: préstamos nuevos (‘manspreading’, ‘mansplaining’), metáforas poderosas (‘brecha salarial’, ‘techo de cristal’), pronombres subversivos (‘elle’), neologismos arriesgados (‘portavozas’), experimentación morfológica (‘todas, todos, todes’). La jerga feminista es un safari lingüístico bullente de actividad en el que es imposible decidir dónde mirar porque todo es fascinante. No todas las propuestas que están surgiendo sobrevivirán a largo plazo: es posible que algunas arraiguen en la lengua; otras, sin embargo, se las llevará el viento y quedarán tan solo como un ‘souvenir’ lingüístico de los tiempos que nos tocó vivir, sin que esto signifique que sean menos valiosas o resulten menos interesantes lingüísticamente.

‘Sororidad’ es una de esas propuestas léxicas nacidas al amor del activismo y a la que en los últimos tiempos hemos visto asomar la patita en tertulias, pancartas, titulares y redes sociales y que hace referencia a la relación de solidaridad y apoyo entre mujeres.
  • Cara de cona / 9 mar. 2018 / Sabéis que ha sido lo mejor de las manifestaciones? Las miradas de orgullo entre compañeras, las sonrisas, el apoyo al agarrarnos de la mano para avanzar por la calle. Eso. La sororidad. Ha sido lo más bonito de todo.
  • M. / 11 mar. 2018 / [Vídeo 8-M: histórica Huelga Feminista] SORORIDAD. Pelos de punta.
  • Cristia A / 8 mar. 2018 / Madre mía, tías, hemos conseguido convertir la calle en el baño de tías de un garito. Sororidad a tope.
  • Laura / 9 mar. 2018 / [Imagen “Lo que no tuve para mí, que sea para VOSOTRAS”] Si esto no es sororidad, ¿la sororidad qué es?
Como siempre, los cenizos de la lengua no han tardado en saltar para tachar el término de innecesario y de atentado contra la lengua:
  • Carlos Campillo / 11 mar. 2018 / Los neopalabros como Sororidad o empoderamiento me ponen de los nervios. En su lugar términos como Hermandad, solidaridad o potenciación existen y se pueden utilizar.
  • sr. apatosaurio / 11 mar. 2018 / A quienes les ha dado por usar la palabra "sororidad": ¿sí están al tanto de que existen "fraternidad" y "hermandad", cierto?
  • Afrusfrus / 15 abr. 2017 / No sois capaces de usar bien la lengua ("Sororidad" no existe) y aún habláis de intentar estar unidas.
  • Daniel Ari / 5 mar. 2018 / Sororidad. ¿Qué es esta cursilería? ¿Anglicismo para 'sorority'? ¿Y esto en boca de feminazis anti capitalistas? Me troncho. En nuestra cultura no hay de eso, pero se traduce como "hermandad" y es una pijada elitista de la IVY League estadounidense, ¡besugas!
  • Luis Malosnov / 25 abr. 2016 / La verdad "Sororidad" es un anglicismo horroroso.
Lo que los puristas le afean a ‘sororidad’ es fundamentalmente su pedigrí lingüístico, claramente anglófilo: ‘sororidad’ es la adaptación española del término inglés ‘sorority’, que en origen denominaba a las asociaciones de estudiantes femeninas de las universidades norteamericanas, y de ahí lo adaptamos al castellano para aplicarlo a la relación de hermanamiento feminista entre mujeres.

Vaya por delante que no hay nada que afear en el origen de los préstamos: las palabras saltan de una lengua a otra constantemente y todos los préstamos son lingüísticamente válidos, provengan de donde provengan. Al fin y al cabo, en una época de dominación cultural anglosajona como la nuestra es esperable que el inglés sea nuestro prestamista léxico fundamental, como en otro tiempo lo fueron el francés o el árabe. Pero lo interesante de ‘sororidad’ es que ni siquiera es verdaderamente un anglicismo de pura cepa como claman los tiquismiquis del purismo, sino que se trata en realidad de un latinajo muy viajado.

La palabra ‘sorority’ es la anglificación del término latino ‘sororitas’, con el que se denominaba en la europa medieval a las hermandades de mujeres (en contraposición a la fraternidad, que sería la hermandad entre varones). La injustamente denostada ‘sororidad’ es en realidad la hija viajera de la muy latina ‘soror’ (“hermana”), y por lo tanto prima no tan lejana de viejas conocidas como ‘sor’ (hermana de una congregación religiosa, como en ‘sor Ángela de la Cruz’) o ‘sœur’(“hermana” en francés). ‘Sororidad’ es un bumerán léxico que saltó del latín al inglés para emprender siglos después el viaje de regreso a las lenguas neolatinas. A pesar de su origen castizo, el tiempo y la distancia han hecho tal mella en ‘sororidad’ que son muchos los hablantes que la toman por forastera y la reciben con desconfianza y suspicacia.

El caso de ‘sororidad’ no es ni de lejos el único: son legión las palabras de ida y vuelta que saltaron de un idioma a otro para, siglos después, retornar a las lenguas que las vieron nacer (o a lo que queda de ellas). El símbolo & que hoy vemos a todas horas en nombres de marcas y comercios (y que solemos leer como ‘and’) puede parecernos una modernez americanizante, pero lo cierto es que el ampersand (que es como se llama esta criatura ortotipográfica) es en realidad una representación abreviada de la conjunción latina ‘et’ (“y”) propuesta por el muy sufrido secretario de Cicerón, Marco Tulio Tirón, que se generalizó en la Edad Media. El ubicuo & es todo un homenaje involuntario a la más exquisita tradición textual latina y medieval.

Lejos de la lógica agorera que entiende el vocabulario como un compartimento estanco inmutable y los préstamos como una agresión externa que hay que combatir, las palabras de ida y vuelta son la prueba viviente de que el préstamo léxico es un carril de doble sentido que no entiende de fronteras y en el que la solidaridad interlingüística funciona en ambas direcciones: tras siglos de préstamos recíprocos y saltos interlingüísticos es difícil discernir cuáles de estas palabras son tuyas y cuáles mías porque, sencillamente, son nuestras.

martes, 27 de junio de 2017

#hemeroteca #lenguaje | Todas, tod@s, todxs, todes: historia de la disidencia gramatical

Imagen: El Diario / Fotografía de Akio Takemoto
Todas, tod@s, todxs, todes: historia de la disidencia gramatical.
Para los legos, el género neutro en -e puede parecer una extravagancia gramatical sin futuro. Pero es que el género gramatical con el que alguien se refiere a sí mismo y con el que le tratan los demás tiene una inmensa trascendencia social e identitaria.
Elena Álvarez Mellado | El Diario, 2017-06-27
http://www.eldiario.es/zonacritica/Todas-todes-historia-disidencia-gramatical_6_659044117.html

No hay nada inherentemente femenino en una ‘grúa’, ni masculino en un ‘botón’. Aun así, decimos que en español grúa es femenino y botón es masculino. En realidad, cuando se trata de objetos, nada impediría que hablásemos de que las palabras tienen género A y B, en lugar de hablar de masculino y femenino. Pero cuando hablamos de personas, la cosa se complica. Es cierto que el género gramatical no tiene necesariamente por qué coincidir con el género social. Pedro puede ser una víctima y Mari Carmen un portento. Pero, en general y en la mayor parte de los casos, el género gramatical coincide con el género social y a los hombres se les denomina en masculino y a las mujeres en femenino. Sustantivos, adjetivos, pronombres: las frases están llenas de palabras que cuando van aplicadas a las personas exigen que nos decantemos entre masculino y femenino. Resulta complicado (por no decir imposible) expresarse en español sorteando los huecos de género que la gramática nos obliga a rellenar. ¿Y qué escapatoria tienen quienes no se identifican ni como hombre ni como mujer?

En los últimos años se ha popularizado la propuesta de utilizar la forma en -E (‘todes’, ‘elle’, ‘nosotres’, ‘tú misme’) como género neutro en español. La propuesta es que este tercer género sirva para denominar a las personas de género no binario (personas que no son hombre ni mujer) y ya de paso ejerza además de neutro genérico (la función que tradicionalmente ha asumido el masculino, como cuando decimos "nosotros" para referirnos a un grupo mixto).

Y es que el género gramatical es una de las grandes fallas lingüísticas activas del español. Desde hace tiempo, distintos colectivos de hablantes ven limitante y conflictivo el uso convencional del masculino y el femenino y proponen formas de disidencia gramatical. El género neutro en -e (‘todes’) es el último episodio en la sucesión de enmiendas y reformulaciones en torno al género gramatical que han surgido en el español de las últimas décadas.

En el comienzo fue el famoso "compañeros y compañeras", que lleva trayendo cola lingüística desde los años noventa. El masculino, que en principio hacía las veces de neutro colectivo, comenzaba a ser percibido como invisibilizador más que genérico. Las críticas contra el desdoblamiento de género fueron feroces y hoy sigue siendo fácil encontrar hablantes de a pie, columnistas beligerantes o académicos ilustres que claman contra lo que consideran un desatino en el mejor de los casos o una monstruosidad lingüística que acabará con el castellano tal como lo conocemos en el peor. El desdoblamiento de género no es, sin embargo, tan reciente. En ‘El Cantar del Mio Cid’ hay varios casos de desdoblamiento de género para incluir a todos y todas ("Salíanlo a ver mujeres y varones / Burgueses y burguesas por las ventanas son"). El clásico "damas y caballeros" es otro ejemplo de desdoblamiento habitual y nada sospechoso. A pesar de la ridiculización y el escándalo, el "compañeras y compañeros" prosperó hasta llegar a ser un recurso más del discurso y es hoy un habitual de las intervenciones políticas.

La popularidad del "todos y todas" llegó con el comienzo de los años 2000, cuando la burbuja inmobiliaria aún se llamaba milagro económico y teníamos fe en que la tecnología nos traería el progreso social. En pleno fervor por el advenimiento del tercer milenio se generalizó la forma ‘tod@s’ como abreviatura para englobar a ambos géneros. Utilizar la arroba como símbolo para representar al mismo tiempo la O y A nos parecía el no va más de la modernidad. El futuro ya estaba aquí y se escribía con @. Pero el uso de la arroba fue entrando en decadencia junto con los cibercafés y el optimismo y hoy aquellas propuestas malogradas nos producen la misma ternura y nostalgia que cuando leemos a alguien que sigue utilizando el ya canoso ‘salu2’ como fórmula de despedida. La lengua, como todo acto social, tiene modas que causan furor en una época pero horrorizan a los hablantes de las generaciones siguientes.

Cayó en desgracia la arroba pero no el desdoblamiento de género, que siguió usándose aunque pasó a ser representado gráficamente por algunos colectivos con la x, ‘todxs’. Quizá porque esta forma no llegó a extenderse fuera del activismo, quizá porque resultaba chocante y generaba dudas de pronunciación, lo cierto es que ‘todxs’ no llegó a alcanzar el tirón que su antecedente ‘tod@s’ había tenido.

Pero fue entonces, cuando hasta las élites de los partidos políticos ya habían perdido el sonrojo y se habían subido al carro del desdoblamiento de género (algunos por convencimiento, otros por no parecer malquedas o carcas), cuando en los movimientos asamblearios y los colectivos quincemayistas empezó a generalizarse el uso del femenino para denominar a grupos mixtos. Si el masculino había tenido históricamente la capacidad de ejercer de neutro y englobar a todo el mundo, ¿por qué no subvertirlo y crear un femenino genérico bajo el que denominar a todas las personas? Las vecinas, las compañeras, las integrantes. Despatriarcalizar la vida política iba de la mano de la feminización gramatical del discurso. ‘Nosotras’ frente a ‘ellos’.

Y llegamos hasta hoy y la irrupción de ‘todes’ en el plano lingüístico reivindicando que la disyuntiva masculino versus femenino es excluyente. Y es que la lengua obligue constantemente a escoger palabras y terminaciones que conllevan un género social que no se corresponde con el género de la persona es, como poco, conflictivo. ‘Todes’, ‘nosotres’, ‘elle’, ‘amigues’, ‘guape’. La propuesta de construir un género neutro en -e soluciona muchos de los escollos que las anteriores propuestas dejaban sin resolver: fácil de pronunciar, morfológicamente claro, lingüísticamente económico, socialmente inclusivo. Aunque en redes sociales está muy presente y se usa espontáneamente, está por ver aún si la propuesta arraigará o si el temblor sísmico será demasiado intenso. Al fin y al cabo, no estamos hablando de introducir una nueva palabra (que es un hecho de poca trascendencia dentro de la lógica general de un idioma), sino de un fenómeno que afecta a la estructura de los pilares gramaticales profundos. Es, en cualquier caso, uno de los fenómenos lingüísticos más interesantes de los últimos tiempos y de rabiosa actualidad. Merece la pena no perderlo de vista.

Para los legos, el género neutro en -e puede parecer una extravagancia gramatical sin futuro. Al fin y al cabo, nadie se lanzaría a proponer nuevos tiempos verbales de la nada o a reformar la contraposición entre singular/plural. Pero es que ni la conjugación verbal ni el número gramatical afectan a rasgos que determinan nuestra forma de habitar en sociedad y de ser reconocidos por nuestros congéneres. El género gramatical con el que alguien se refiere a sí mismo y con el que le tratan los demás sí tiene una inmensa trascendencia social e identitaria. ‘Todes’ es ejemplo de que, en ocasiones, la realidad desborda la gramática. Y cuando la lengua no dispone (aún) de mecanismos para denominar con exactitud lo que necesita ser nombrado… vendrán los hablantes a crearlos.