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martes, 16 de julio de 2019

#hemeroteca #lgtbifobia #xenofobia #politica | Guiñar el ojo al fascismo

Imagen: El País / Las caras del 'trifachito' en la Comunidad de Madrid: Isabel, Rocío e Ignacio
Guiñar el ojo al fascismo.
Nadie encuentra una palabra mejor para este ejercicio de seducción repugnante entre partidos políticos.
Edurne Portela | El País, 2019-07-16
https://elpais.com/elpais/2019/07/12/ideas/1562928219_341873.html

No sé qué pasará entre hoy y el día en el que publique esta columna. Falta casi una semana y, a pesar de ser julio, un mes que normalmente es remolón, tenemos sorpresas políticas diarias: Ciudadanos estira hasta límites insospechados su victimismo y Vox su dignidad; Sánchez e Iglesias escenifican un partido de pimpón con la culpa como pelotita que va y viene y deja tuerta a la izquierda. Para cuando se publique esta columna, igual Vox ha cedido y dado su consentimiento a la investidura de Díaz Ayuso para la Comunidad de Madrid. Estaremos, más que seguro, a la espera de una ya anunciada investidura fallida para la presidencia del Gobierno español. Igual para entonces se habrán olvidado de que el martes 9 de julio los “guiños” que el PP-Ciudadanos hace a Vox para conseguir la investidura de Díaz Ayuso han sido titular. Esta noticia me preocupa, tanto por el tratamiento en los medios como porque corresponde a un patrón de actuación en contra de derechos fundamentales de comunidades vulnerables ya reconocible en los debates políticos de nuestro país.

En todos los medios se habla de “guiños”. Parece que nadie encuentra una palabra mejor para este ejercicio de seducción repugnante: entre otras medidas (anunciadas bien en el acuerdo escrito, bien a los medios), el PP y Ciudadanos abren la posibilidad de revisar la ley que protege los derechos LGTBI en la Comunidad de Madrid, particularmente los artícu­los que recogen la inversión de la carga de la prueba en casos de delitos relacionados con la identidad sexual y la inclusión de contenidos sobre el colectivo LGTBI en los colegios. También permitirán que los cuerpos de la Seguridad del Estado accedan a la información que tenga la Administración regional sobre extranjeros en situación irregular. Los medios de comunicación, al señalar estas medidas como “guiños”, están minimizando lo que realmente hay detrás: una ideología que señala, estigmatiza y persigue, que abre la puerta a un retroceso en libertades fundamentales y a la posibilidad de una persecución abierta a las personas migrantes en situación irregular. La ley que protege y ampara a personas LGTBI y los talleres en los que se enseña a niños y niñas a respetar y entender la diversidad existen porque responden a la necesidad de proteger el derecho fundamental a una vida digna, segura y en igualdad. No se puede llamar “guiño” a considerar propuestas de un partido que defiende que el único matrimonio legalmente válido (y, por tanto, garante de derechos) es entre hombre y mujer, que considera la homosexualidad una enfermedad, que pide listas de educadores/as del colectivo LGTBI, etcétera. Guiñar es enviar a través de un gesto un mensaje implícito. Aquí el mensaje es explícito: el colectivo LGTBI está marcado con una cruz o con una estrella, lo que ustedes prefieran.

Como es también explícito el mensaje de persecución contra las personas que llegan a Madrid en situación irregular. Que los cuerpos de seguridad tengan acceso a su información en la Administración regional implica su absoluto desamparo. Si saben que la Administración puede compartir su información con la policía, estas personas no buscarán cuidados médicos cuando lo necesiten, ni ningún otro servicio público, porque hacerlo significará arriesgarse a ser expulsados del país, previo paso por un CIE. Esto que llaman “guiños” es una clara invitación a políticas de señalamiento, estigmatización y persecución. Sí, me repito, pero si digo políticas fascistas, igual hay alguien que no me entiende.

jueves, 22 de septiembre de 2016

#hemeroteca #libros #violencia | “La carcajada de ‘Ocho apellidos vascos’ no es decente”

Imagen: El País / Edurne Portela
“La carcajada de ‘Ocho apellidos vascos’ no es decente”.
La escritora Edurne Portela defiende el papel de la cultura como herramienta de un cambio imaginativo que repare la responsabilidad de la sociedad vasca en el silencio.
Berna González Harbour | El País, 2016-09-22
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/09/21/actualidad/1474472394_579399.html

En el camino entre el silencio y la ‘neolengua’ que se apropió de buena parte de Euskadi hay otras estaciones legítimas, y son las que explora Edurne Portela en ‘El eco de los disparos’ (Galaxia Gutenberg). Portela aporta un libro complejo a una realidad compleja, huyendo del maniqueísmo y de la equidistancia y navegando con una precisión difícil pero certera en el territorio que abrió Primo Levi cuando defendió conocer lo complejo para comprender, no para justificar.

Portela, doctorada y profesora de Literaturas Hispánicas en EE UU, dedicó muchos años a investigar la violencia en Argentina o la Guerra Civil en la ficción hasta que se dio cuenta de que miraba hacia otro lado para no mirar al propio, a la sociedad silenciosa y cómplice del País Vasco en el que nació y creció. Y decidió ocuparse de ello. “Dediqué toda mi carrera académica a estudiar y escribir sobre la violencia, pero era siempre en otro sitio y en otro contexto. Hasta que conocí a Paddy Woodworth, escritor irlandés especialista en el conflicto vasco, y me dijo: ¿Te das cuenta del material que tienes sobre tu propia realidad?”

Pero Portela no solo había acumulado kilómetros de tinta sobre la violencia y el País Vasco, analizado películas, novelas, exposiciones y trazado una visión crítica sobre la responsabilidad de la sociedad civil. Sino que había nacido en Santurtzi en 1974, había bailado a Kortatu o La Polla Records, había recibido algún porrazo policial y crecido bajo la icónica mirada de Lasa y Zabala, dos desaparecidos a manos de los GAL. “Intenté abordarlo desde un punto de vista académico pero era imposible para mí hacerlo desde esa frialdad. Me di cuenta de que había sido testigo de experiencias que no había elaborado y que formaban parte de mis afectos, de mi ética y de mi forma de entender el mundo”.

Y por ello construyó este libro con un espíritu de hibridación: es un ensayo apoyado en reflexiones filosóficas, en marcos teóricos contundentes y en su propia investigación, pero imbricado en las dosis adecuadas de los recuerdos y vivencias que abonan la autocrítica más exigente y la propuesta de superación del pasado por la vía del reconocimiento de la responsabilidad. “He construido de una forma más personal, también más difícil y dolorosa, se trata de que los que no hemos sido víctimas ni perpetradores nos demos cuenta de que nuestra participación también ha sido fundamental”.

El secreto con el que pasaba a Francia con su familia para visitar al tío cura amigo de “los barbudos”; la ignorancia sobre el sufrimiento de la señora que les vendía anchoas, de la que solo con el tiempo supo que era viuda de un asesinado; o aquella vez en que unos chicos le enseñaron la cría de un gato que metieron bajo el felpudo para saltar encima mientras reían. Después nunca se atrevió a mirar debajo y lo recordó años después cuando otros hombres pisotearon a un ertzaintza en una calle de Bilbao. Tampoco entonces se atrevió a mirar bajo el felpudo, otro felpudo, el que cubría de silencio sucio la violencia rutinaria.

“La actitud de la sociedad vasca ha sido de complicidad y la complicidad tiene la idea de culpa implícita. Pero esta complicidad es muy compleja porque puede venir del miedo, de la connivencia o también de la ignorancia, una ignorancia activa, preferir no saber por ese terrible ‘algo habrá hecho’”, afirma Portela. “La participación de la sociedad vasca en el problema ha sido inconsciente, pero también ha sido responsable”.

Portela defiende un “cambio imaginativo que utilice las herramientas de la cultura, una cultura que nos haga despertar de la indiferencia, el silencio, la complicidad de estos años, que nos provoque una imaginación ética de ver al otro en toda su complejidad”. Y señala el papel constructivo que tienen en este sentido obras de Fernando Aramburu, González Sainz, Jaime Rosales, Clemente Bernad y muchos otros. Pero critica a fondo la falsa normalización que exhibe una película como 'Ocho apellidos vascos', paradigma para ella de lo que no debe ocurrir. “Salí enferma, muy afectada de la película, porque se ha pasado del silencio absoluto, de la negación, a la carcajada y eso no es decente”. El humor es legítimo sin duda, afirma, “pero hay un tiempo de reconocimiento de la profundidad del daño. Que guste fuera del País Vasco y se rían puede ser comprensible, es una comedia, aunque me parece retrógrada e insultante, pero que en el País Vasco la gente esté dispuesta a reírse con el personaje de Carmen Machi sin conciencia de lo que puede significar representar a una mujer viuda de un guardia civil que ha vivido en un pueblo abertzale; que se rían del ambiente de la herriko taberna cuando hace cinco años cambiábamos de acera para evitarla. Nos estamos saltando un paso fundamental: si no hay autocrítica, si no hay reconocimiento del daño, si no hay elaboración no podemos pasar al humor. No nos lo hemos ganado todavía”.

Diferencia esta película del humor de ‘Vaya semanita’, al que atribuye un grado de inteligencia que no está en ‘Ocho apellidos...' “'Vaya semanita' no solo se ríe de ETA y los pasamontañas, sino de todo el discurso nacionalista, hay una autocrítica que implica un concepto social más amplio, una sutilidad en el humor y un reconocimiento de que estamos hablando de algo más complejo que la caricatura. Es la diferencia entre una caricatura y una representación paródica de algo más complejo. ‘El negociador’, también de Borja Cobeaga, es brutal y tiene humor, pero un humor que reconoce la complejidad y es responsable, te puedes sonreír y reír, pero también reflexionar; te deja destrozado, sin ningún sentido de superioridad como el de ‘Ocho apellidos...’ y esa sensación de ‘menos mal que no soy de esos’”.

El ejercicio que propone Edurne Portela es más complejo y pasa por hacerse consciente de la neolengua orwelliana que la izquierda abertzale logró imponer en el País Vasco y que actuó como impulsora del silencio de quien no se reconocía en ella. Esa izquierda se apropió de todas las causas que un joven como ella podía abrazar, desde el rock radical vasco al feminismo, los movimientos de liberación en América Latina o la insumisión, y le dio un sentido etnicista que implica exclusión automática. En el otro lado, el de las víctimas, se impuso de facto un veto a las obras que ayudaran a entender al terrorista o sus defensores. Y autores que fijaron su cámara en ellos como el fotógrafo Bernad o el cineasta Rosales sufrieron duros ataques por una supuesta equidistancia que, dice, también ha hecho daño. “Milan Kundera dice que la novela destapa la complejidad de lo real. Debe romperse el tabú de representación por el que ese mundo violento se presenta como unidimensional y ajeno, cuando en realidad ese mundo lo hemos construido todos”. Por ello defiende también una política de víctimas que contenga la verdad, la reparación y la justicia, pero no solo en el plano de la justicia sino el de la empatía social. Y no solo en el cauce de los partidos. La vía Nanclares de encuentro entre terroristas y sus víctimas es el camino, sostiene, y debe ser voluntario, cuidadoso, privado. “Los tribunales no son la única solución”.

La cultura y la información son el camino. Escuchar a los líderes de ese bando como Otegi decir que estaba en la playa cuando mataron a Miguel Ángel Blanco o como Iñaki Recarte, que ni supo el nombre de su asesinado y aún sigue sin saberlo “es perfecto; déjales hablar”.

La verdadera normalización no será mantener “lo normal”, que es seguir evitando los temas, ni considerar el conflicto superado porque hayan cesado los muertos. “Todos estamos implicados y el relato no puede quedar solo en manos de los abertzales, de los partidos y de las víctimas. Esto lo tenemos que hacer entre todos”.

miércoles, 14 de septiembre de 2016

#libros #violencia | El eco de los disparos : cultura y memoria de la violencia

El eco de los disparos : cultura y memoria de la violencia / Edurne Portela.
Galaxia Gutenberg, 2016 [09-14].
224 p.
ISBN 9788416734115 / 19,50 €

/ ES / ENS
/ Euskal Herria / Memoria colectiva / Sociología / Testimonios / Violencia

'Somos cómplices de lo que nos deja indiferentes', señalaba George Steiner. Cuando el testigo del abuso y la violencia mira hacia otro lado, cuando prefiere no ver ni saber, cuando esgrime el 'algo habrá hecho', cuando una vez pasada la violencia exige el olvido, y cuando este testigo representa a una mayoría, nos encontramos ante una sociedad enferma. Lo hemos visto en nuestro país con las heridas de la guerra civil, también en otros conflictos europeos, como la guerra de los Balcanes, o la Irlanda del IRA. Y la historia se repite. Han pasado cinco años desde que ETA anunciara el cese definitivo de la lucha armada. Desde entonces, una buena parte de la sociedad española y vasca parece estar dispuesta a pasar página, como si las últimas décadas de violencia hubieran sido tan sólo una pesadilla, como si la violencia que afectó a tantas personas dentro y fuera de los territorios vascos se pudiera circunscribir a un pasado cerrado. Pero la historia, la responsabilidad frente al pasado, no desaparece por prescripción, sobre todo cuando ampliamos la mirada y consideramos parte del conflicto no sólo a víctimas y perpetradores, sino a la sociedad que fue testigo de la misma -a veces testigo cómplice, a veces testigo amedrentado, a veces testigo indiferente-. Edurne Portela ofrece en este libro una serie de memorias íntimas de la violencia y defiende, a través de reflexiones sobre la literatura y el cine actuales, una cultura para el presente que ayude a afrontar las heridas del pasado.