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domingo, 6 de abril de 2025

#hemeroteca #asexualidad | Cinco vivencias asexuales para entender la orientación más invisible de la sociedad

Bandera asexual en el Stockholm Pride 2012 //


Cinco vivencias asexuales para entender la orientación más invisible de la sociedad

Un grupo de personas asexuales hemos decidido redactar este escrito, donde contamos nuestras vivencias, nuestros anhelos o nuestros sentimientos, en el Día de la Visibilidad Asexual.
Varias autoras | El Salto, 2025-04-06
https://www.elsaltodiario.com/lgtbiq/asexualidad-orientacion-invisible 

“El espectro asexual es tan complejo como las personas a las que cobija, y a quien no le encajemos en su imagen mental de asexual, que amplíe su definición”, dice Clara. “Si no te atraen las mujeres, es porque te atraen los hombres”, le decían a Víctor. “Cuando encontré el espectro asexual fue cuando entendí todo lo que me había pasado en todos los años anteriores”, explica Olivia.

La asexualidad define a quienes no sienten atracción sexual, o a quienes la sienten poco o con menor frecuencia. En este sentido, conviene realizar la siguiente aclaración. Cuando hablamos de no sentir atracción sexual o de sentirla de manera no normativa no nos referimos a que no sintamos deseo sexual o ganas de tener relaciones sexuales. Habrá quienes sí y quienes no. La atracción sexual es la forma en la que nos atraen las personas, o dicho de otra forma, es cuando una persona en concreto despierta nuestro deseo sexual. Podemos querer intimar (o no) con alguien porque nos hemos enamorado, porque queremos conectar más o porque a nuestro cuerpo le apetece.

La asexualidad es, probablemente, la orientación sexual más ignorada o invisible en nuestra sociedad. Por ello, un grupo de personas asexuales hemos decidido redactar este escrito, donde contamos nuestras vivencias, nuestros anhelos o nuestros sentimientos, en el Día de la Visibilidad Asexual, que es el 6 de abril.

Clara

—Yo no bebo, ni fumo.

—Follar, entonces, tampoco, ¿no?

Es una conversación real que tuve con un conocido de conocida. De estas personas con las que te encuentras por primera vez en alguna quedada por el centro y no vuelves a ver en tu vida. Cuando era adolescente, este tipo de charlas esporádicas era mi espacio seguro para practicar el salir del armario, para comprobar cuáles podrían ser las consecuencias de dejar escapar las ideas que me flotaban por la cabeza.

—Pues no.

El chaval ya no supo qué responderme, el chiste le había salido un poco rana. ¿Cómo hacer que me avergonzara por algo que admitía con tanto desparpajo? ¿O era el momento de darme el sermón de positividad sexual? No sería el primero.

El sexo es una cuestión compleja. De pequeño te dan a entender que es algo malo, pero si no lo haces no eres un adulto de verdad. Es una manera estupenda de conectar con los demás, pero ten cuidado con los peligros que tiene para la salud. Hazlo sólo en el momento adecuado, en las condiciones adecuadas, pero no le tengas miedo. Se parece mucho a las drogas y al alcohol, en ese sentido. Nunca le he visto el atractivo a ninguno, en general las molestias y el riesgo superan con creces el nulo beneficio.

Desde el activismo asexual se lucha tanto por desmentir los estereotipos que hasta da vergüenza cuando encajas en alguno. Pero no querer participar en todo esto del sexo, drogas, y rock and roll no me hace una persona menos adulta, ni más pura. Podría hablar de mi experiencia como persona asexual como si fuera algo que nada tiene con el resto de mi personalidad, o resaltar todo lo que desencaja con estos estereotipos (el rock and roll sí que me gusta, por ejemplo), pero sería mentir por omisión. El espectro asexual es tan complejo como las personas a las que cobija, y a quien no le encajemos en su imagen mental de asexual, que amplíe su definición.

Ser asexual no es una elección, pero tampoco siento que lo sea el no consumir. Se acerca más a una necesidad, a mi naturaleza, a algo tan mío como lo es el hecho de no tener una cola de mono. Lo que me pide el instinto es dejar espacio en mi vida para otras experiencias que no me hagan daño.

Seguro que hay algo que desearías que no estuviese en tu vida, aunque no sea ni el sexo ni el alcohol ni el tabaco. Pero, ¿puedes pensar en algo cuya ausencia enriquece tu vida?

Víctor (pseudónimo)

Decía el escritor alemán Hermann Hesse que quien no encaja en el mundo está siempre cerca de encontrarse a sí mismo. En mi caso, sin embargo, esto no ha sido así en absoluto. O, por lo menos, en lo que se refiere a la sexualidad. Siempre sentía que algo no encajaba. Mi vida era, de alguna manera, un puzle en el que la mayoría de las piezas encontraban su lugar, salvo aquellas que tenían que ver con mi sexualidad. Pero nunca lo entendía, nunca llegaba a darle explicación, nunca conseguía comprender dónde encajaban aquellas piezas, si es que en algún momento podrían encajar. Y, al final, desechaba estos pensamientos, los apartaba de mi mente, casi como cuando se pospone la molesta alarma del despertador.

Y así iban transcurriendo los años, con una ligera pero constante desazón en torno a este tema. Un día, fruto de la más absoluta casualidad, me topé con la asexualidad. Visto ahora, lo veo incluso como un favor que me hizo el destino. Y es que, a partir de ese momento, me di cuenta de que eso es lo que soy. De repente, todo cobró sentido. Todas las piezas del puzle encajaban. La desazón había dado paso a un sentimiento de plenitud que yo no había conocido antes.

Reflexionando ahora, con el paso del tiempo, me doy cuenta de que uno de los grandes obstáculos a los que nos enfrentamos las personas asexuales es, precisamente, la falta de referentes, de visibilización. Para parte de la población, sencillamente no existimos. Y mejor no hablemos de las mofas que en ocasiones se hacen dirigidas a nuestro colectivo. Por todo ello, quisiera con esto aportar mi granito de arena. Un granito que, tal vez, pueda ayudar a alguien que esté leyendo estas palabras. Y no es ésta una cuestión baladí puesto que, en nuestro mundo hipersexualizado, puede no resultar nada sencillo comprender que uno es diferente. Que uno, simplemente, no siente atracción sexual. Algo tan fácil pero tan complejo al mismo tiempo.

¿Cómo darse cuenta? ¿Cómo ser conscientes de ello? “Si no te atraen las mujeres, es porque te atraen los hombres” es la idea reduccionista que se suele escuchar. Y parece que la inmensa mayoría de personas han llegado tácitamente a un acuerdo para aceptar esa afirmación como una verdad inamovible. Espero que, como dije antes, estas palabras sirvan para ayudar a alguien. Y que, de alguna manera, hagan cierta la afirmación de Hermann Hesse con la que empezaba este escrito.

Olivia (pseudónimo)

Desde el comienzo de la adolescencia, ya me sentía diferente al resto, algo que no acababa de encajar con el resto de personas de mi entorno, pero no entendía exactamente qué es lo que me pasaba.

En aquel entonces, la gente de mi edad comenzaba a tener encuentros con sus primeras parejas o ligues en el cual contaban sus experiencias más eróticas, pero a mi parecer no le veía gran sentido a lo que hacían. Tenía otra visión, otra manera de percibir a una pareja o cualquier tipo de relación.

Es verdad que en aquella época no le daba gran importancia a la situación porque no me interesaba mantener ningún tipo de contacto en cuanto a lo sentimental como a querer experimentar temas de adultos, pero si me sentía de algún modo “rechazada” por la sociedad, por no tener las mismas expectativas o lo que se puede considerar normal de tener las primeras experiencias.

Años más tarde, cuando comencé a experimentar más en la vida, y al ver que mi círculo de amistades ya llevaban unos años manteniendo relaciones con parejas, sacaban el tema del sexo, seguía sintiéndome fuera de lugar, no aportaba nada a la conversación. Veía una vez más que no acababa de entender exactamente porque la gente le daba tanta importancia al sexo y por qué no podían disfrutar de otra cosa, como por ejemplo poder salir a ver una película al cine, salir a hacer deporte o simplemente disfrutar de la compañía de la otra persona simplemente hablando, sin que pasará nada más que eso.

Un día entre tantos en mi adultez, y hablando con una amiga, nos dio la curiosidad de saber cuántos tipos hay de sexualidad. Nosotras sabíamos los más básicos como las personas gay, bisexual, hetero… ya que son los más comunes por así decirlo en esta sociedad, o al menos los que más se habla, y encontré el espectro asexual en el cual me identifiqué completamente y fue cuando entendí todo lo que me había pasado en todos los años anteriores. En parte debo darle las gracias a mi amiga y a la charla que tuvimos en aquel entonces, pude investigar y hablar con ella sobre el tema y poder expresarle todas las partes que estoy identificada en este espectro.

Aun así quise arriesgar y conocerme mucho mas y decidí emprender un viaje en cuanto a lo sentimental, tener una pareja y tener ese contacto. Lo que descubrí en ese momento es que no deseaba tener intimidad hacia esa persona, si no que lo hacía más por obligación para poder complacerle a el más que porque quisiera en ese momento hacer nada más. Decidimos acabar.

También debo agradecer a esta pareja a conocerme un poco más y saber que es lo que quiero y lo que no y hasta qué punto quiero alcanzar.

Quiero llegar a todo esto, a que no tengáis miedo y no dejéis de investigar, conoceros ya sea de una manera o de otra, tener experiencias sentimentales y descubrir quiénes sois en realidad.

Lucía (@acetivismo)

Entender quién soy y cómo funciono no me ha resultado nada fácil. Creo que todes estamos en constante evolución y aprendiendo sobre nosotres mismes día a día. Sin embargo, cuando eres una persona disidente, la sociedad te da la espalda, te invisibiliza y te violenta. ¿Cómo puede una persona entenderse cuando le están diciendo constantemente que sus experiencias no son reales? ¿Cómo puede una persona entender que no siente atracción sexual cuando ni siquiera has escuchado a alguien que parezca no sentirlas? Y si a nadie le pasa nada de esto, es que el problema lo tienes tú.

Yo soy una mujer bi (bisexual y birromántica), asexual (grisexual) y neurodivergente (ansiedad, TDAH sin hiperactividad y Altas Capacidades) y ha sido a un par de meses de mis 28 años cuando por fin he podido entender cómo funciono realmente. Y, aunque no lo parezca, incluso mis neurodivergencias afectan a la manera de ver, entender y gestionar mi sexualidad.

Para mí, el famoso despertar sexual de la adolescencia fue muy diferente al de otras personas. Me empezó a interesar el sexo más tarde que a otres (soy sex-favorable), yo funcionaba de manera menos normativa y también sentía que tenía muchas más dificultades a la hora de conectar con todo aquello relacionado con el sexo. El resto de las personas parecían funcionar mejor, pero yo no entendía por qué. Pero claro, el ser asexual y tener un déficit de atención hace que necesites conectar con el sexo de otras formas distintas. Es decir, que por asexual igual puedes conectar menos con el cuerpo de la otra persona y necesitas conectar de manera más emocional (o con gustos más específicos) y que por tener TDAH es normal que a veces te descentres un poco.

Pasaron los años y yo acabé aceptando que simplemente era “una pringada” que no había conseguido madurar aún en ese sentido. Acabamos creyendo que el sexo es como una puerta de entrada a la madurez como si realmente esto significase algo.

Pasado un tiempo me empezó a atraer una amiga, pero no entendí que realmente era bisexual porque no sentía que me atrajese sexualmente ningún género y simplemente tenía muchas ganas de tener una amistad cercana con mi amiga, no que sintiese atracción romántica. Visibilizar la asexualidad no solo es necesario para el colectivo asexual sino para todo el colectivo LGBTQIA+. Si hubiese sido consciente antes de que era ace, habría sufrido menos discriminación por ser bi y me habría identificado antes como tal.

Pasaron los años y cada vez veía más como desconectaba muchísimo con la forma de funcionar de todo mi entorno por lo que me acabé encerrando cada vez más en mi burbuja y no hablando de mi sexualidad con nadie.

Un día llegué a dar con la etiqueta “demisexual” y pensé que tenía que ser lo que me estaba pasando porque tenía deseo sexual pero no me fijaba en las personas que me atraían de la misma manera que el resto. Entonces, si tenía deseo sexual, mi atracción sexual seguro que aparecía al encontrar a la persona indicada. Pero no fue así. Como siempre hablan de que la atracción sexual va unida al deseo sexual, separar esto en nuestras cabezas es algo que cuesta muchísimo. Si lo hubiese entendido antes, me habría evitado muchísimas violencias.

Llegué a tener una relación sentimental de más de cuatro años con un hombre alosexual y fue ahí cuando me di cuenta de que la atracción sexual no iba a aparecer por lo que adopté la etiqueta de asexual entre lágrimas pensando que nunca podría ser feliz porque nunca podría llegar a acceder a ese mundo de “les adultes” que tienen sexo y son felices.

Pero pasaron los años y finalmente di con la etiqueta que realmente era la mía: “grisexual”. Me di cuenta de que podía sentir atracción sexual por las personas aunque no es muy común que suceda y tampoco es muy intensa. La mayoría de las veces podría decirse que es como que te da lo mismo que esté presente que no porque no es tan fuerte como para que te den muchas ganas de actuar demasiado. Es decir, es como que esa atracción no despierta tanto tu deseo sexual.

Y ahora por fin puedo entender como funciono y que hay maneras de gestionar todas mis dificultades con herramientas diferentes a las que me estaba dando la normatividad.

A lo largo de todo este camino me he encontrado a gente maravillosa que me ha ayudado a sanar y a entender qué me estaba pasando, pero también a gente que me ha violentado.

He sufrido agresiones sexuales por ser asexual de alguien que consideraba un apoyo importante en mi vida. Aprovechó mi vulnerabilidad para agredirme. Hay muchos recuerdos que mi cerebro ha borrado por el trauma, llegando incluso a olvidar que había sido agredida. Mi agresor siguió teniendo una relación muy cercana a mí después de agredirme repetidas veces porque yo ni siquiera sabía que había pasado. A día de hoy todavía no se bien qué pasó en cada momento, cuantas veces pasó y ni siquiera exactamente cuándo pasó todo.

Habrá mucha gente que dirá que el odio asexual no existe y que lo mío fue solamente una agresión machista (que también lo fue). Pero mi agresor me decía que yo no podía ser asexual, que me estaba autosugestionando, que igual tenía yo algún problema psicológico y que debería ir a terapia para arreglarlo porque yo sola no iba a poder. Y sí, psicológicamente me encontraba muy mal por las agresiones, pero no había ningún problema en mi forma de funcionar. Me hicieron sentir constantemente que no podía dejar a la otra persona sin sexo y cuando corté totalmente mi relación con esta persona, a una amiga mía le dijo que “demasiado había aguantado mi asexualidad”.

Nos hacen creer que después de sufrir violencias y discriminación no podemos ser felices y rehacer nuestra vida, pero para nada es así. A día de hoy soy más feliz que nunca y por fin estoy en el lugar que debería haber estado siempre. Soy feliz siendo asexual y si volviese a nacer elegiría volver a serlo porque creo que no me imagino la vida de otra manera. Ser asexual me ha marcado a muchos niveles, me ha permitido desarrollarme, deconstruirme y aprender a mirar el mundo con unos ojos mucho más amables y respetuosos. Por supuesto que ser asexual tiene sus dificultades porque no nos ponen el mundo para nada fácil pero el problema viene siempre de la sociedad que nos oprime.

Ro

Supongo que todo empezó cuando estaba acabando primaria o entrando en la ESO. Todo el mundo hablaba de si alguien te parecía guapo/a (el guape ni se mencionaba) y de quien te gustaba. Normalmente, eso iba relacionado, si una persona te parecía guapa, en esas edades se asociaba con que esa persona te gustaba. Hasta que no descubrí que era asexual con unos 15 años o así, era incapaz de decir que una persona me parecía guapa o atractiva, porque pensaba que si lo decía iban a asumir que me gustaba. En ese momento no lo vi, pero ahora reflexionando un poco, creo que me pasaba lo mismo con el contacto físico como los abrazos. No quería demostrar afecto de ningún tipo a nadie, no fuese a ser que alguien pensase que me gustaba. Algo super absurdo, pero en mi visión del mundo tenía todo el sentido. Siento que por no querer dar ningún indicio de que me pudiese gustar alguien rechazaba todo tipo de muestra de cariño.

Quiero aclarar que el sentido en el que digo gustar me refiero a sexualmente, ya que sí que siento atracción romántica. En esa época, aunque no supiese la diferencia entre romántica y sexual, todo iba junto, nunca pensaba en la atracción sexual, eso no significa que yo no supiese que algo no estaba igual en mi que en el resto y que no sentía las cosas como mis compis de clase o mis amigues. Por todo esto, mucha gente me preguntó, algunas personas de forma educada o amigable, otras de forma incriminatoria y despectiva, que si era lesbiana y no lo quería decir.

Tras esto y sabiendo lo que era, empecé a decírselo a mis amistades. En su mayoría fue bien, no lo entendían, pero no por ello me rechazaban ni me sentía juzgade. Si han hecho alguna broma de qué si era una ameba porque se reproducen de forma asexual, pero en sí todo bien. Muchas preguntas para intentar entender, a veces las mismas preguntas de forma repetida y no solo de elles, sino del resto de personas con las que salía del armario.

Con todas esas preguntas, une se cansa de ser profe de la gente en ese tema y estar todo el rato educando, yo descubrí todo lo que soy por internet y por leer testimonios (pocos), artículos… la gente puede hacer un esfuerzo, aunque sea pequeño, para leer algo, antes de volver a preguntar por enésima vez lo mismo. Además, algunas de estas preguntas eran, y siguen siendo, bastante invasivas como ¿Te masturbas? ¿Follas? También, algunos comentarios negativos como una profesora de la universidad que me dijo que las personas asexuales tienen un trauma y que deberían recibir atención psicológica u otras personas que me han dicho que eso no existe y que todavía no he encontrado a la persona indicada como si eso influyera en algo. Igual que es lógico y conocido por la sociedad que está mal decirle a una persona homosexual que no conocido a una persona de su mismo género que le atraiga todavía, también está mal y es una violencia hacia el colectivo asexual.

Por otro lado, está el tema de las parejas y conocer a alguien de forma romántica. Conocer a alguien de esa forma se me hace muy complicado, muchas veces me han rechazado (principalmente haciendo ghosting) al enterarse que era una persona asexual. Cuando no ha pasado eso y he estado conociendo a alguien, siempre tengo el miedo que esa persona acabe cansándose por no “poder darle lo que necesita” (sexo), porque, aunque soy sex-positive (no me incomoda hablar de sexo, ver/leer cosas eróticas…), no soy sex-favorable (querer mantener relaciones sexuales).

A día de hoy es algo en lo que todavía estoy trabajando para que no me afecte, aunque la teoría la tengo a la hora de la verdad pienso que nunca voy a encontrar a alguien y que me iría mejor si fuese hetero o lesbiana. Sé que por ser ace no estoy mal, pero sigo sintiendo la presión de la sociedad y el querer encajar en un mundo en el que no tenemos mucha representación ni visibilidad y a veces ni cabida.
  • Sobre algunas de las autoras de este artículo...
  • La asociación LGTBIQA+ DeFrente y Grupo asexual ACEmos Piña son algunos colectivos bisexuales que hay en activo en este momento y que las autoras de este artículo citan como referencia. Lucía divulga sobre asexualidad en @acetivismo.

lunes, 3 de marzo de 2025

#hemeroteca #gordofobia | ¿Caben los cuerpos gordos en la utopía?

Guitarricadelafuente en 'Full time papi' //

¿Caben los cuerpos gordos en la utopía?

Enrique Aparicio · Periodista cultural y escritor | Público, 2025-03-03

https://www.publico.es/opinion/columnas/caben-cuerpos-gordos-utopia.amp.html

Hace unos días, Guitarricadelafuente estrenaba su nueva canción ‘Full time papi’ y, al terminar de ver el videoclip, me acordé de ese meme que traducido al castellano reza: decepcionado pero no sorprendido. El vídeo, muy influido por el imaginario del australiano Troye Sivan –en cuyo último disco Guitarrica aparece en un dueto–, es una celebración del deseo homosexual masculino a través de una dionisíaca caterva de muchachos que bailan, se besan y se magrean. Como ocurriera con ‘Rush’, los cuerpos gordos se quedan de nuevo fuera de la utopía ‘queer’.

Es significativo que, incluso cuando se plantean mundos imaginarios que trasgreden algunos mandatos sociales (en este caso la heteronorma), el rechazo o la invisibilidad de los cuerpos no normativos siga funcionando a pleno rendimiento. No es solo que la fantasía no nos incluya a los gordos, es que se diría que, para que algo pueda ser considerado una fantasía utópica, ni siquiera puede haber un cuerpo con una cantidad de grasa estándar.

Como vivimos los tiempos que vivimos, vaya por delante que ni el vídeo me ofende ni reflexionar sobre él significa censurarlo. No creo que en lo personal ninguno de los dos cantantes sea más gordófobo que cualquiera –muchos gordos incluidos, porque no nos han educado en un mundo aparte–, pero me parece pertinente y útil que los cuerpos que nos salimos de la norma compartamos cómo se nos ve o se nos deja fuera, también de las fantasías. Porque estas pueden moldearnos tanto como el entorno que habitamos.

De pequeño, siempre me imaginé delgado de mayor. No sabía cuándo se obraría el cambio ni qué tendría que sacrificar para lograrlo –de eso me enteré más tarde–, pero el mundo me indicaba que no era una opción seguir siendo gordo cuando creciera. Hablando con otras personas gordas, he sabido que incluso hay quien sueña de manera habitual que tiene un cuerpo delgado. Hasta ese punto llega el desgarro entre lo que somos y lo que nos han dicho que debemos ser.

No es solo que sobre los cuerpos gordos se proyecte el deseo de la delgadez: se proyecta que el deseo de la delgadez debe ser nuestra principal motivación en la vida, por no decir la única. Da la sensación de que nuestra existencia, al menos nuestra existencia de verdad, no comenzará hasta que logremos adelgazar. Lo cual nos arroja a una espiral perversa en la que en el presente estamos gordos por los errores del pasado, pero en el futuro adelgazaremos porque en algún momento empezaremos a hacerlo todo bien.

Ese todo bien quiere decir estar en guerra con nuestro cuerpo cueste lo que cueste. Porque para cuando uno asume que comer saludable y hacer algo de ejercicio casi nunca se traduce en un cuerpo delgado (algo que la ciencia ha explicado con claridad), debe valorar hasta qué punto está dispuesto a maltratarse para lograrlo. Y una de las maneras en las que el sistema nos lleva a explorar ese límite es el deseo.

La maquinaria social del deseo es la que hace que en los mundos de ensueño la diversidad corporal no exista. Todos entendemos por qué un videoclip, una película o una función teatral que se presenta como una materialización de fantasías eróticas prescinde de cuerpos que se alejan de la norma. Todos lo entendemos porque todos lo hemos aprendido. La carne solo es deseable ordenada de cierta manera, también en la utopía.

Y no solo es una cuestión de deseo sexual, la misma rigidez opera con la expectativa sobre cómo queremos ser en el futuro. No sé si hay alguna obra de ciencia ficción en la que entre los humanos del futuro sigue habiendo cuerpos gordos. Estamos acostumbrados a imaginar mundos por venir en los que el llamado sobrepeso ha sido erradicado con eficiencia. Y aunque esos escenarios no existan son muy reales: pensamos en el mañana y tanto delgados como gordos nos visualizamos delgados. Pareciera que si en el futuro sigue habiendo cuerpos gordos es porque algo ha fallado.

En el núcleo de este engranaje opera la idea de que ser gordo está mal y es algo que hay que solucionar. Por eso en un mundo ideal, aunque este se vislumbre en unos escasos minutos a través de un vídeo musical, parece lo natural que no haya gordos. Si a los equipos de Guitarricadelafuente y Troye Sivan no les resultó extraña la exclusividad de cuerpos delgados, fibrosos y musculados es porque en su proyección de la fantasía, incluso desde la fantasía disidente en cuanto a la heteronorma, los gordos no cabemos.

A decir verdad, tras las críticas por ‘Rush’, Sivan sí incluyó algunas personas con físicos menos normativos en su siguiente videoclip. Ahí están ese par de gordos atractivos y juguetones en el fondo de varios planos como si el australiano nos espetara: ¿estáis ya contentos? Las personas que usan ‘woke’ sin ironía lo llamarán inclusión forzada, y en este caso probablemente tienen razón. No parece que en el imaginario que Sivan ha trabajado sus videoclips los cuerpos gordos pinten algo que no sea evitar más críticas. Pero es que no puede ser de otra manera: toda inclusión es, al principio, forzada.

La presencia de cuerpos fuera de la norma en contextos de deseabilidad es igual de sorprendente al ojo de la persona gorda como al de la delgada. También nosotros tenemos que hacer un trabajo de deconstrucción para aceptar que nuestro cuerpo puede ser tan deseable como el de cualquiera. De hecho, en el activismo gordo el deseo es una de las grandes cuestiones (ahí está el episodio sobre sexo del podcast especializado ‘Nadie hablará de nosotras’), y lo que podríamos llamar deseo normativo no solo existe también entre los gordos, a veces incluso parece reafirmarse: si eres gordo pero no te atraen otros gordos, de alguna manera puedes sentirte más cerca de la delgadez.

Ojalá forcemos inclusiones hasta cambiar los paradigmas. Solo acostumbrándonos a ver, a tocar, a acompañar y también a desear cuerpos no normativos a todos los niveles –raza, discapacidad, tamaño, origen– lograremos entender que somos capaces de imaginar mundos mejores donde cabe todo el mundo. Mientras no sea así, no podemos llamar a esa estrecha realidad que deja tantos cuerpos fuera una verdadera utopía.

martes, 16 de abril de 2024

#hemeroteca #consentimientosexual | Clara Serra: “Legislar el sexo con arreglo al deseo es la vía directa al punitivismo”

Clara Serra: “Legislar el sexo con arreglo al deseo es la vía directa al punitivismo”
En ‘El sentido de consentir’, la filósofa defiende que el concepto de consentimiento es precario y ambiguo. Pese a su utilidad jurídica para hacer leyes, argumenta, no puede convertirse en la receta mágica mientras se obvia una conversación más profunda sobre la ética del deseo.
Patricia Reguero Ríos | El Salto, 2024-04-16
https://www.elsaltodiario.com/violencia-sexual/clara-serra-legislar-sexo-arreglo-al-deseo-es-via-directa-al-punitivismo

Clara Serra //
“Cuando se trata de consentimiento, no hay límites difusos” es la frase que encabezaba una campaña de ONU Mujeres que en 2019 defendía la claridad de este concepto que en España ha acompañado el debate en torno a la Ley Orgánica de Garantía Integral de la Libertad Sexual aprobada en 2022. Pero, para la filósofa Clara Serra, el consentimiento es precario y ambiguo. Esa es la línea base de ‘El sentido de consentir’ (Anagrama, 2024), un libro de poco más de cien páginas donde Serra aborda el origen de esta discusión en los feminismos y esboza su propuesta de un consentimiento jurídico y limitado.

Investigadora, activista y profesora, Serra es una de las voces feministas que ha alertado del punitivismo que conllevan las tesis con las que se ha defendido la ley del solo sí es sí que, pese a tener algunas medidas necesarias, se asienta en una confianza total en el contractualismo en su parte penal que ha conducido a medidas nada emancipadoras para las mujeres, argumenta. Serra cree que ha faltado en este proceso un debate político y profundo sobre el consentimiento. Y que no es tarde para que este debate pueda darse.

P. Tras estos meses de presentaciones desde que en enero se publicó 'El sentido de consentir', ¿dirías que el asunto del consentimiento suscita interés? ¿O es un tema que se da por debatido y cerrado?

Creo que el interés que ha suscitado el libro tiene que ver con varias cosas. En primer lugar, con que a pesar de que el consentimiento ha estado muy presente en los debates mediáticos, creo que no se ha abordado el debate político en su profundidad y eso era uno de los motivos principales para escribir el libro. Mucha gente tiene la sensación de que se ha pasado por encima del debate, de que se ha instalado un cierto mensaje, unos ciertos lemas, pero sin dar más profundidad al asunto y sin abordar sus aristas. Más allá de nuestro contexto en particular, creo que el consentimiento es un tema de nuestro tiempo que desborda por completo las fronteras del contexto español. Ahora está debatiéndose en Francia, o hay unas una serie de propuestas europeas, y creo que la perspectiva dominante que yo discuto en el libro es una perspectiva que Europa va a tratar de proponer a todos los países. Porque hay una perspectiva oficial, que muchos organismos van a asumir y, en ese sentido, el debate va a estar abierto en general en las democracias liberales y en el contexto europeo especialmente.

P. Partes de que el consentimiento, que ha servido de base a decisiones legislativas, es un concepto ambiguo.

Sí, aunque esto tiene varios sentidos. Por un lado, yo discuto un discurso oficial que persistentemente, al mismo tiempo que define el consentimiento, insiste en que es un concepto clarísimo y que todo el mundo entiende igual, cosa que yo quiero plantear que debe ser sometida a crítica. Lo que oculta esa insistencia en la claridad del consentimiento es una batalla política; está encubriendo que hay un debate político en juego y que “consentimiento” puede estar significando cosas diferentes y, por tanto, que en su nombre se pueda estar defendiendo proyectos políticos diferentes, incluso diría que confrontados. En el debate español se ha eclipsado un debate político feminista que nos precede. Una de las primeras cosas que pretendo es sacar a la luz una memoria y una historia feminista donde el consentimiento ha sido objeto de las mayores controversias. Si vamos en nombre del feminismo a “defender”, y lo pongo con todas las comillas, el consentimiento, hagámoslo haciéndole justicia a los debates feministas que nos preceden, donde las posiciones han sido radicalmente contrarias y donde se muestra muy bien que, en nombre del consentimiento, se pueden defender cosas muy distintas. Este es el primer sentido del que yo quiero discutir.

En segundo lugar, una vez delimitadas las diferentes posiciones posibles, yo argumento que el consentimiento merece ser defendido, y tiene que ser defendido, como una herramienta jurídica necesaria y que necesitan las leyes, pero no como una receta mágica. Defender el consentimiento como algo imperfecto, precario, que no sirve para todo y que tiene límites me parece muy legítimo. Parece que, o se defiende el consentimiento y se lo convierte en una especie de panacea que resuelve todo, o se lo impugna por completo. Mi posición es que tiene límites.

En ese sentido, yo discuto dos cosas. Una, un discurso de invalidación del consentimiento ligado a un feminismo que yo creo que es un feminismo abolicionista, podríamos decir, un feminismo de la dominación que considera que las mujeres están siempre secuestradas y nunca saben muy bien lo que quieren. Ese es un feminismo que impugna la voluntad de la trabajadora sexual, pero que yo creo que impugna la voluntad de las mujeres en muchos aspectos. Y, segundo, otra línea por la cual hay discursos actualmente muy ‘mainstream’ que están diciendo que consentir garantiza un sexo placentero, gratificante, deseado, que garantiza un encuentro satisfactorio.

Es una especie de idealización total del consentimiento. A mí me parece que el consentimiento es una delimitación de la violencia. Pero más allá de que el sexo no sea violento, el sexo puede ser malísimo, puede ser una mierda, y no ser violento... Discuto esa especie de sacralización, a mi juicio superingenua, por la cual el consentimiento se ha convertido en una promesa de felicidad, en una lógica hiperneoliberal del contrato, donde parece que la libertad de los sujetos depende de que contratemos cosas.

P. Hemos venido escuchando, explicando, que el consentimiento llega al debate en España como respuesta a la necesidad de adaptar nuestra normativa al Convenio de Estambul de 2011, un documento que sirve de guía en Europa para el abordaje de la violencia contra las mujeres. Pero una de las primeras cosas que haces en el libro es recoger una genealogía del debate que se remonta a varias décadas atrás, hasta los años 90 en Estados Unidos.

Sí, la propia expresión “solo sí es sí”, exactamente así, es una expresión que lleva oyéndose en el contexto norteamericano muchísimo tiempo. La hemos importado, y quería llamar la atención sobre el hecho de que hemos sido poco críticos con esto. Porque las izquierdas y los feminismos tenemos desde hace tiempo una posición crítica con respecto a las culturas que dominan otras culturas por razones coloniales o por razones imperialistas y que se imponen sobre otras, pero ha habido poca crítica sobre qué tipo de cosas se importan en el debate sobre las violencias de la sociedad norteamericana, que está en una situación de dominio cultural. Por ejemplo, el ‘MeToo’, que procede de EE UU, viene de una sociedad muy concreta, con una mirada sobre el sexo muy concreta. Creo que la sociedad norteamericana tiene perspectiva mucho más puritana del sexo que, por ejemplo, las culturas latinoamericanas y creo, por cierto, que el ‘MeToo’ viene de una determinada clase social. Localizar la geografía de las ideas y los viajes de las ideas me parece de lo primero que tendríamos que hacer cuando tenemos este tipo de posiciones. Como decía Rita Segato, el ‘MeToo’ vale en un sentido mientras que en otro sentido puede estar adherido a determinadas posiciones puritanas de una sociedad como la norteamericana que no es la nuestra, no es la sociedad latinoamericana.

El solo sí es sí viene del contexto norteamericano y esto ha sido ocultado. Vayamos allí y miremos entonces cuáles son los debates allí. Y entonces veremos que no es para nada algo que haya tenido una posición uniforme del feminismo. Una gran parte del feminismo norteamericano ha hecho desde hace bastante rato unas críticas muy profundas de esa perspectiva, entendiendo que va acompañado de una serie de cosas dudosamente emancipatorias.

P. Tú reclamas el “no es no” cuando el discurso dominante es el del “sí es sí”. ¿Qué supone ese salto de un lema a otro y por qué tú dices estar más en el “no lo sé”?

Cuando se dice “no es no”, lo que se dice es que tenemos que tener la posibilidad del rechazo, de rechazar una oferta, o un deseo masculino o una proposición masculina. ¿Quiere eso decir que cuando no decimos que no es un sí? No lo creo. Igual es un “no sé”, un “estoy viendo” o un “ya veremos”. Me parece importante que exista para las mujeres la posibilidad de no saber, porque la posibilidad de descubrir cosas en el sexo va ligada a que no se nos pida saber siempre de antemano si sí o si no. El terreno del deseo de la exploración sexual, que es eso a lo que no se nos ha permitido acceder realmente, va de la mano de un cierto relax: igual no lo sé, igual tengo derecho a no saberlo, igual yo no tengo por qué ir al terreno sexual con absoluta claridad y teniendo que clarificar lo que quiero y lo que no quiero. El lema de “solo sí es sí” lo que nos promete precisamente es claridad, se dice que es un lema más seguro para las mujeres porque todo lo que no sea un no clarísimo es un clarísimo sí: pero es que esa clarificación acaba posándose en nuestros hombros y nos hace responsables.

Y es como decir que ahora las mujeres vamos a decir clarísimamente “sí” y que la única manera de que el sexo no sea delito es que la mujer clarifique exhaustivamente su deseo. Y yo estoy muy de acuerdo con algunas autoras que están preguntando si eso es liberador para nosotras o si se nos está haciendo a nosotras ser las depositarias de la responsabilidad de que, para no ser violentadas, para estar a salvo de la violencia, para que el Estado nos proteja, tengamos que llegar a la relación sexual con una transparencia total y pudiendo verbalizar nuestro deseo. Creo que no va por ahí la cosa.

Me parece que es mucho mejor un marco en el que las mujeres podamos decir que no, en el que podamos rechazar, refutar al otro. Me parece importante para que, mientras no digamos que no, no tengamos que decir qué deseamos. Hay que construir un mundo en el que la mujer pueda decir lo que no quiere para que, mientras tanto, pueda no tener que saber lo que se quiere y, por tanto, investigar lo que sí quiere.

¿Pero estamos en un mundo en el que la mujer pueda decir lo que no quiere? Yo creo que aquí está el trabajo político. El mundo está lleno de obstáculos para que las mujeres no podamos expresar libremente una negativa. El análisis feminista ha de partir de esta constatación. En este mundo es muy difícil para las mujeres y para otros sujetos subalternos decir que no. No solamente porque nuestro “no”, a veces, no se tiene en cuenta o no se respeta por condiciones estructurales, sino que en un mundo donde tienes menos poder, donde tienes menos dinero o donde tienes menos estatus somos menos libres para decir que no en el terreno sexual o en cualquier otro.

Ahora bien, me parece imprescindible para las izquierdas plantear si un feminismo de la emancipación es ese que renuncia a la ampliación del campo del no. Porque se nos está vendiendo como progreso y como paso adelante una especie de renuncia y de cambio de tercio. Se dice que es más seguro asumir la imposibilidad del no, y por lo tanto que vamos a cambiar de juego. Me parece bastante preocupante: la libertad de la mujer y de cualquiera va ligada a la posibilidad del rechazo. No creo que tenga ningún sentido decir que tú eres libre de elegir una cosa cuando no eres libre de rechazar otra, sea un trabajo, una familia, un novio, un marido o una tradición. La posibilidad del rechazo para mí es inseparable de la libertad en un sentido emancipador. Se nos dice: asumamos que las mujeres no podemos decir que no y trabajemos en un marco de protección. Eso me parece la renuncia del feminismo de la emancipación. Una vez dices que decir que no es imposible, ya no trabajas por hacerlo más posible. Esto es una derrota. ¿Hay que cambiar el mundo para que decir que no sea más fácil? Sí, pero esto nos compromete con toda una tarea política.

Al mismo tiempo, quiero decir que, aunque a mí me parezca que el marco de la emancipación sexual va ligado a la posibilidad de la negativa, me parece que cuando hay coacción y violencia, esas condiciones han sido truncadas. En determinadas circunstancias, tú ya no eres libre para decir que no. No eres libre para decir que no en un portal donde cinco hombres se te imponen amenazantes. Y no eres libre para decir que no si un tipo que se llama Dani Alves te encierra en un baño y no te deja salir. Y el derecho tiene que saber muy bien reconocer dónde eso ha sido vulnerado.

Lo que me parece preocupante es que el discurso diga, no ya que en el portal de La Manada no se pueda decir que no, sino que en general, en el mundo en el que vivimos, no se puede decir que no, que es lo que presupone el cambio de lema. Allí donde no se puede decir que no, y estoy comprometida con la necesidad de que el derecho identifique a veces esas circunstancias, no sé en qué sentido un sí salva la situación. Allá donde no se puede decir que no, el sí es inválido. El caso de Dani Alves no es una agresión sexual porque ella no haya dicho que sí, el caso de Dani Alves es una agresión sexual porque ese tipo ha construido unas circunstancias y una situación en la que ya no se puede decir libremente ni que no ni que sí.

P. Un problema que identificas es el de mezclar violencia y poder. Se banaliza lo que es violencia porque si todo es violencia nada lo es. En un caso como el de Dani Alves, ¿se puede hacer esa distinción?

Estamos en un contexto en el que cuando sale un caso como ese, un montón de gente sale a decir solo sí o sí. Pero este caso es muy nítidamente claro con respecto al Código Penal precedente; ahí sí hay violencia. De hecho, es un caso más nítido que el de La Manada, donde hubo un debate acerca de si se trataba de una intimidación ambiental o un abuso de poder, de si se entraba dentro de la categoría de intimidación o de prevalimiento. En el caso de Dani Alves, el Código Penal anterior a eso es clarísimo. Si un tipo que te encierra en un baño y tú das muestras de querer salir y el tipo no te deja, es un caso donde hay violencia y es un caso de agresión sexual.

Lo que pasa cuando se confunde el poder con la violencia es no solo que el poder empieza a parecer violento, sino que la violencia empieza a difuminarse y no la localizamos bien. Por eso defiendo el consentimiento, porque ha sido ese criterio que ha servido para delimitar el poder de la violencia. ¿Qué distingue una lógica proderechos a la trata y la explotación de la prostitución? Que en un caso no hay consentimiento y en el otro sí. Y que no haya consentimiento en el caso de la trata quiere decir evidentemente que hay violencia, hay un grado de violencia, o de coacción o de intimidación por el cual esa mujer no está en condiciones de dar un sí libre. Es muy peligroso confundir el poder con la violencia, porque el poder está por doquier. En un análisis feminista estructural, no podemos decir que ninguna de nosotras esté a salvo del poder.

Pero claro, si lo confundimos, entonces la violencia está por doquier. Y, si la violencia está por doquier, entonces todo es asunto del Código Penal, porque evidentemente el derecho penal tiene como objetivo, y ha de tenerlo, la persecución de la violencia, su delimitación y su respuesta. En la lógica de un cierto feminismo, se empiezan a difuminar en poder la violencia con lo cual pasa que la prostitución voluntaria es igual de coactiva y violenta que la trata, y esa distinción carece por completo de sentido.

A ese feminismo le dará igual que en una relación sadomasoquista la mujer diga que ha consentido. Dirán: “No, este sexo es violento y por tanto es delito”. A eso nos lleva la confusión del poder con la violencia. Si queremos no acabar ahí, entonces hay que saber que, en condiciones de desigualdad de poder, no obstante, puede haber consentimiento y por tanto, no violencia. Luego, la desigualdad de poder no puede ser el argumento por el cual se invalida el consentimiento. No se puede decir: “Ella tenía 30 años menos que él, hay una gran desigualdad de poder”. Y a mí me parece que en el debate español hemos ido adoptando una cierta lógica de difuminación entre la violencia y el poder.

P. Diría que las trabajadoras sexuales tienen mucho que enseñar sobre el consentimiento y lo han estado diciendo en todo este proceso. Empezaba preguntándote si el debate estaba cerrado, pero también creo que la propuesta del PSOE para “prohibir el proxenetismo en todas sus formas”. El texto propuesto pasa por reformar el artículo 187 del Código Penal, que actualmente solo castiga la obtención de lucro de la prostitución si ha habido “explotación”, que pasaría a castigarse para quien “promueva, favorezca o facilite la prostitución de otra persona, aun con el consentimiento de la misma”. ¿Qué pueden enseñar las trabajadoras sexuales sobre el consentimiento? ¿Por qué vale todo consentimiento excepto el de ellas?

Se va a volver a abrir, efectivamente. Y diría, además, que va a entrar en el debate el porno, un tema que se está abriendo por el lugar, digamos, más posible, que es el de los menores. Que el porno supone un problema para los menores, es algo con lo que estoy de acuerdo. Pero también creo que algunas posiciones feministas quieren prohibir el porno no porque sea malo para los menores, sino porque consideran que es malo en general. Pero se usa el tema de los menores como una vía de entrada a esas posiciones donde hay también una posición de invalidación del consentimiento de la actriz porno.

Y el tema del trabajo sexual hace emerger este este asunto. La gran paradoja de nuestro momento es esta por la cual todo el mundo dice defender el consentimiento y todo el mundo dice hay que “poner el consentimiento en el centro”, con esta fórmula repetida que sugiere algo así como que el consentimiento no solo ha de ser necesario, sino suficiente. Y estas posiciones las están defendiendo las mismas personas que van a traer una propuesta legislativa de invalidación del consentimiento de las trabajadoras sexuales. Es clamorosa la contradicción.

Yo quería parar un momento y preguntarnos a qué estamos llamando consentimiento. Si una posición va a decir que algo es delito, aun cuando la mujer consienta, lo que está en el centro ahí no es el consentimiento. Será otra cosa. Será considerar que eso es tan malo como para que el consentimiento de la trabajadora sexual dé igual. Será considerar que hay un abuso. Pero el consentimiento no está siendo el criterio.

Por otra parte, estoy de acuerdo en que las trabajadoras sexuales pueden decir sobre el consentimiento es muy interesante para el feminismo, no solamente en el sentido de reclamar la validez de su consentimiento frente al Estado, sino porque creo que una trabajadora sexual nos diría también otras cosas como que cuando una consiente no es porque lo desee profundamente, sino que puede ser por otras cosas, y que puede ser por dinero.

Fijémonos en esto. Es algo que se reclama, pero no es algo que las trabajadoras sexuales conviertan en algo así como lo que lo que da cuenta de su deseo erótico profundo. Te diría una profesional: “No, perdona. Yo defiendo que se valide el consentimiento. Pero después que ningún feminismo me imponga que ese consentimiento tiene además que ser mi profundo deseo.

P. Hablas con ironía de un “consentimiento entusiasta”.

Es que el feminismo que está reivindicando el consentimiento también está diciendo una cosa sobre lo que debería ser el consentimiento de las trabajadoras sexuales con la que tampoco estoy de acuerdo, que es que debería ser entusiasta, que debería ser deseoso, deseante, ligado al placer sexual. ¿Por qué? ¿Por qué el consentimiento o nos lo cargamos o tiene que convertirse en una especie de receta de felicidad y de placer y de deseo profundo? Lo que está ocurriendo es una especie de transmutación del sentido del consentimiento.

El consentimiento en una lógica anterior, en todo texto jurídico se suele nombrar junto a la palabra “voluntad”: se habla, por ejemplo, de la voluntad del paciente en el contexto de un consentimiento informado médico. Y la palabra voluntad nunca ha venido, definida por el deseo. Yo me puedo casar sin ganas, pero nadie se plantea invalidar ese matrimonio por eso. Es como si esa noción de voluntad, que siempre ha sido la del consentimiento, estuviera dando paso a otro sentido de consentir. El sentido de consentir se está transformando, está dando lugar a una cosa que me parece que tiene más que ver con el deseo que con lo que clásicamente podríamos decir que es la voluntad de alguien. Y algunos organismos consideran que esto es un paso adelante: a mí me parece que debe ser discutido.

Soy súper partidaria de que, en general, hagamos las cosas con deseo, y más si se trata del sexo, pero me parece que igual no nos estamos dando cuenta de que este debate lo estamos teniendo en términos legislativos, legales, penales, en términos de políticas del Estado. Si vamos a darle al consentimiento la noción de deseo, que tengamos muy claro que le estamos diciendo al Estado que tiene legislar el sexo con arreglo al deseo de los sujetos. Para mí, esto es la vía directa a una perspectiva punitiva de la ley. Yo no quiero que la ley tenga nada que ver con mi deseo. Yo no quiero que la ley crea que conoce mi deseo. Yo no quiero que la ley me exija conocer mi deseo. Y yo no creo que los sujetos muchas veces lo sepamos, mucho menos que lo sepa un tribunal. Entonces, el debate sobre el punitivismo, a mi juicio, está aquí.

Y más allá del caso español, lo que es problemático es una filosofía que muchas veces va en la letra pequeña. Yo en el libro quiero discutir lo que me parece que son presupuestos filosóficos no explicitados, que están sobrevolando. Es el debate que un feminismo no punitivo, tiene que tener: si la ley pretende legislar delitos en función de los deseos profundos de las personas, les estamos dando un poder ilimitado a las leyes.

P. Acabas concluyendo que el sentido de consentir que se ha impuesto es neoliberal, reaccionario y es punitivista, algo que afirmas en un contexto en el que este debate ha estado liderado por un Ministerio de Igualdad de izquierdas, y además de una fuerza a la izquierda del PSOE. ¿Qué crees que ha pasado para que se imponga esto?

La tarea de la filosofía es recorrer la coherencia de las ideas, y yo he querido mostrar esas líneas. Alerto de la posible deriva. Pero no estoy discutiendo con una ley en concreto, porque me parece que habría que hilar mucho más fino con respecto a los distintos aterrizajes de esto. Dicho de otra manera, una ley puede tener una filosofía y luego, en su concreción, llevarla más o menos a cabo de manera más o menos coherente. Lo que me parece más preocupante de la ley del solo sí es sí es el discurso con el que se ha defendido. Porque si entráramos en la materia de la ley, primero diría que hay una gran parte de lo que esa ley propone que me parece defendible: todo lo que no es lo penal, y que lamentablemente no ha sido de lo que más se ha hablado. Ahora bien, la filosofía que esta ley deja, el discurso con el que se la ha defendido, me parece que conlleva un tipo de perspectiva, a mi juicio, muy peligrosa.

Yo acuso a unas ideas de llegar de conducirnos hacia unos lugares peligrosos. Creo que se ha defendido ciertas cosas sin ser muy conscientes de su origen y de a qué han conducido en otros lugares. Por eso creo que es importante que abramos este debate. No es cosa de arrojar todo por la borda con respecto a una ley de la que no he querido entrar en su contenido, sino una filosofía sobre el sexo, sobre el consentimiento, que tiene consecuencias jurídicas, penales, sociales y políticas de largo alcance. Quizás ese es el debate de los próximos años. ¿Estas puertas que abrimos, a dónde nos pueden llevar?

P. Tú llegas a explicar cómo el consentimiento en Estados Unidos está en el mismo centro de la división del feminismo. ¿Crees que eso es extrapolable al contexto español?

Creo aquí que progresará este debate, pero que no lo ha habido. El feminismo se ha dividido fundamentalmente, al menos a nivel más mediático, por la cuestión trans, aunque a mi juicio estas dos cuestiones están vinculadas. Lo que hay en el fondo de la posición de un feminismo contrario a los derechos trans es una acusación de que las personas trans son esclavas de un sistema y de una ideología de género y, por tanto, no saben lo que quieren, que es la acusación que se les hace a las trabajadoras sexuales. El feminismo del PSOE es muy coherente con respecto a esto.

P. Es decir, que el sí de una trabajadora sexual no vale igual de la misma forma que que no vale el sí de una persona trans.

Exacto. Y también hay una discusión sobre el consentimiento aquí, con respecto a la cuestión trans, la hormonación y muchas decisiones de estas. Hay un feminismo muy coherente que siempre opta por invalidar la voluntad de los sujetos, acusándoles de no saber lo que quieren y ser cómplices del poder y de la estructura, aunque no lo sepan. Ese debate se ha tenido poco con respecto a la violencia sexual y algunas hemos querido hacer ver que algo de ese debate tiene que darse, que una cierta posición de victimización total de las mujeres es peligrosa en el terreno de la de la violencia sexual. Que cuando se asume la imposibilidad de decir que no, se está asumiendo una premisa donde creo que lo coherente es la posición abolicionista: si tú asumes la imposibilidad de decir que no, y eres coherente, tienes que cargarte el sí.

Por eso creo que la única manera de defender la validez del sí de la trabajadora sexual y de muchos otros sujetos es el horizonte en el que esos sujetos puedan decir que no; esa es la cuestión que no ha aparecido tanto en el debate, pero está aquí como un elefante en el salón. La llegada de una ley abolicionista por parte del Partido Socialista, y ahora ya no con Podemos, lo va a hacer emerger mucho más.

P. La salida de tu libro es cercana a otro título, 'Ceder no es consentir' (Ned Ediciones, 2023), de la psicoanalista francesa Clotilde Leguil, que también reflexiona sobre la ambigüedad del consentimiento. Sin embargo, el debate francés es diferente en el sentido de que se plantea en torno al consentimiento sexual de las personas menores de edad. ¿Cómo dialogan vuestros libros?

Hice el prólogo a ese libro y me pareció muy importante advertir de la diferencia de contextos, porque si no podríamos estar transportando posiciones que no son hermanas. La pregunta interesante para los feminismos es esta: si defendemos el consentimiento, ¿cuál es el punto de apoyo para que podamos decir que estamos defendiendo algo que no es encubrir una cesión? Lo que diría el feminismo de la dominación es que todas las que defienden el consentimiento están validando la cesión de las mujeres en poder de los hombres. Hasta ese punto el debate es confrontado. Pero algunas queremos defender el consentimiento sin que se convierta en una manera de encubrir o de legitimar lo que más bien es una cesión ante el otro.

Francia viene de una tradición que no quiso legislar el sexo por considerar que era una intromisión ilegítima del Estado el imponer una edad de consentimiento sexual. Esto no solo lo defendieron Jacques Derrida o Foucault, lo defendió Simone de Beauvoir. Nosotras estamos en un momento en el que, en la sociedad española, donde debatimos del consentimiento de las mujeres, y Francia está en una situación de debate sobre el consentimiento de las mujeres menores de edad. Ojo, porque si lo transportamos podemos estar tratando a las mujeres mayores de edad en España como las menores de edad y eso es una de las cosas que yo quería decir en mi libro, que no puede ser así.

Ahora bien, como diálogo con el libro, Clotilde Leguil defiende la ambigüedad del consentimiento, defiende la oscuridad del consentimiento porque es una psicoanalista y porque sabe que, en realidad, aunque el derecho tenga que tratarnos como sujetos que saben lo que quieren, por ejemplo, cuando firmamos un consentimiento médico, ella sabe, como psicoanalista, que el sujeto es mucho más opaco para sí mismo de lo que la ley reconoce el Estado.

Entonces, a mí me parece valiente que como feministas podamos pensar el consentimiento desde ahí. Y me parece muy problemático que al decir que el consentimiento es complejo o ambiguo se considere que se rechaza. Ambas lo defendemos, pero con sus dificultades. Mi preocupación es más jurídica, y Clotilde Leguil lo piensa desde el psicoanálisis. A ella le da un poco igual que una cosa sea delito o no, y me parece muy importante que esta posición exista. Hay un sentido ético del consentimiento en el que el consentimiento sí que tiene que ver con el deseo. Un sujeto puede decir: “¿Por qué le valió con un frío sí y le dio igual mi deseo?”. Los feminismos se tienen que hacer esta pregunta porque creo que muchos de los malestares del sexo tienen que ver con esto. Ahora bien, lo que creo es que eso no se resuelve en un tribunal y eso no va a poder ser resuelto por la ley penal.

P. En el libro mencionas a El Xocas, el ‘influencer’ que explicó en su canal su “técnica” para ligar, que consistía en tratar de tener relaciones con mujeres “colocadas”. Los comentarios en su canal de Twitch desataron una serie de análisis sobre si esto era delictivo. ¿Dirías que El Xocas es un imbécil y no un delincuente?


Lo que vengo a decir es que, si creemos que todo tipo machista es un delincuente, al final nos va a pasar que si no es un delincuente no es un machista. Y no: es que puede seguir siendo machista y una persona deleznable y una persona que debe ser criticada y ante la que tenemos que tener herramientas las mujeres para identificar lo que no es aceptable, pero no porque me lo valide un tribunal. Si se solapa en el terreno ético y el terreno jurídico, no nos volvemos una sociedad más despierta y más abierta a pensar el patriarcado sino una sociedad más sorda a ciertas cosas.

Una de las cosas que hace la película ‘How to have sex’ es mostrar cómo una de las relaciones sexuales que ocurre, ocurre con ella diciendo que sí, lo que no resuelve que el tipo sea un imbécil y que allí haya pasado algo que no debería haber pasado. Hay formas de tratar mal al otro que pasan por utilizarlo y por desoír su deseo, y esa es una conversación sobre el sexo que tenemos que tener. Lo que me preocupa es que una conversación donde todo está emburruñado nos ha hecho pensar que una herramienta de una ley penal nos va a solucionar estos problemas. Eso no solo no es así, sino que está impidiendo que se abra una conversación que tenemos pendiente y que tiene que ver con la ética de la sexualidad, con el machismo y con la utilización del otro. En una ética feminista de la sexualidad, el deseo del otro es importante, y una gran parte de las maneras de utilizar y tratar mal a la otra persona es pedirle su frío sí y en realidad utilizar a la otra persona de una manera en la que eso genera un daño… pero es que esta es otra conversación diferente a la que hemos tenido en España.

lunes, 18 de marzo de 2024

#hemeroteca #sexualidad #educacion | Javier Gómez Zapiain: “El foco no es la extinción del porno, sino la potenciación de la educación sexual”

Javier Gómez Zapiain //

Javier Gómez Zapiain: “El foco no es la extinción del porno, sino la potenciación de la educación sexual”

Idoia Alonso | Noticias de Gipuzkoa, 2024-03-18

https://www.noticiasdegipuzkoa.eus/sociedad/2024/03/18/foco-extincion-porno-potenciacion-educacion-8012250.html 

Doctor en Psicología, profesor jubilado de la Universidad del País Vasco e investigador en el campo del comportamiento sexual humano, Javier Gómez fue el fundador del Servicio de Psicología Aplicada de la UPV/EHU y profesor de Psicología de la Sexualidad desde 1983. Durante su dilatada carrera, el profesor Gómez ha centrado sus líneas de investigación en el estudio de las relaciones entre la vinculación, la experiencia sexual y la estabilidad en las relaciones de pareja y en el estudio de los mediadores afectivos asociados al riego inherente al comportamiento sexual de jóvenes y adolescentes.

Es autor de diversas publicaciones en revistas científicas de impacto (JCR) y monografías, entre ellas ‘Apego y sexualidad’ (Alianza Editorial, 2009) y ‘Psicología de la Sexualidad’ (Alianza Editorial, 2013). Además, este especialista es el impulsor de varios programas de educación sexual para los Gobiernos Vasco y de Asturias y profesor en diversos másteres en el ámbito de la sexualidad. Su programa Sexumuxu (2012), encargado a la UPV/EHU por la Comisión mixta de Educación-Sanidad del Gobierno Vasco, fue galardonado con el premio a la excelencia e innovación en por la World Association for Sexual Health en su congreso mundial (Porto Alegre, Brasil, 2013). En esencia, aquel proyecto adecuaba educación sexual a las directrices del Curriculum Vasco, incidiendo especialmente en la incorporación de las nuevas tecnologías.

Con anterioridad, lanzó el programa de educación afectivo-sexual Uhin Bare, dirigido a la educación secundaria obligatoria, cuya primera versión se publicó en 2000. Hoy, desde la atalaya de su retiro, el profesor Gómez Zapiain observa con cierto escepticismo el aparente interés que escenifican autoridades de un signo político y otro sobre la necesidad de regular la educación sexual en la escuela a raíz de incremento de las agresiones sexuales y el consumo de pornografía a edades cada vez más tempranas.

P. La protección del menor frente a la pornografía ha saltado a primera línea de la opinión pública. ¿Debería de plantearse la educación sexual como una asignatura?
La respuesta no es fácil. Tengo serias dudas acerca de la implantación de la educación sexual como asignatura. Se intentó, años atrás, implantar la educación para la ciudadanía, cuyo contenido fue bastante menos polémico. Fue imposible alcanzar un consenso. Los proyectos de integración de la educación sexual en el proyecto educativo que hemos propuesto desde la UPV/EHU al Gobierno Vasco (Uhin Bare, Sexumuxu) se basan en la interdisciplinariedad. Cada área de conocimiento es competente para impartir conocimiento y competencias en asuntos relacionados con la sexualidad. La cuestión es que existe una resistencia hasta ahora infranqueable a incluir y estabilizar materias relacionadas con la sexualidad, de modo que se establece una suerte de reserva mental sobre estos temas.

P. ¿Cómo se enseñan ahora educación sexual en las aulas?
Tendríamos que aceptar que siempre existen honrosas excepciones pero, en general, diremos que la situación es paupérrima. Desde el punto de vista político la hipocresía es inaudita. Se habla de educación sexual a modo de apagafuegos. En la época de los años 80 fue necesario asociar sexo y muerte (sida) para poder ver un preservativo en la televisión. En la actualidad el apocalipsis que parece que se aproxima por la irrupción de la pornografía en los dispositivos electrónicos lleva a políticos y bienpensantes a decir: “Habrá que hacer educación sexual”. Si hubiese voluntad política, solo tendrían que considerar todo lo que se ha hecho en este país en educación, programas, investigación, publicaciones, muchos de ellos excelentes, en los últimos 40 años. Si la hubiese, solo tendrían que aplicar los contenidos y recomendaciones que las leyes vigentes indican, pero que no se cumplen. Si la hubiese, solo tendrían que implementar las propuestas tanto de la OMS como de la UNESCO al respecto.

P. ¿Existe algún país de nuestro entorno en el que haya una asignatura obligatoria?
Si, un ejemplo muy relevante es el de Alemania. Asumen los criterios de la OMS y de la UNESCO. Los padres no pueden interferir en los contenidos de la educación sexual del mismo modo que tampoco lo pueden hacer en los de matemáticas, historia o lengua.

P. ¿De qué hablamos cuando se habla de educación afectiva y sexual? ¿De ETS, embarazos, VIH, se diversidad sexual, de identidades de género, de erotismo; de todo a la vez, de una parte sólo?
Conviene fijarse en los modelos desde los que se plantea. Tradicionalmente han sido el modelo moral, el de la iglesia católica, el modelo de prevención de riesgos, propuesto por la sanidad, o el modelo prescriptivo, combativo, heredero de la ‘sexpol’ de los años treinta del siglo pasado. Nosotros trabajamos desde el modelo biográfico/profesional. Se trata de dotar a las personas de los recursos necesarios para manejar sus necesidades afectivas y sexuales y, por tanto, para que las personas sean capaces de tomar decisiones al respecto, desde su autonomía personal. No se trata de adoctrinar a nadie en ningún sentido. Parte de la idea de que el deseo sexual es una de las motivaciones más importantes en el desarrollo personal y social, de modo que su integración en el conjunto de la personalidad constituye una fuente de riqueza que impulsa a las personas al encuentro con los demás.

P. ¿Qué papel juegan las familias en la educación sexual de sus hijos e hijas?
La sexualidad es un hecho multidimensional y, por tanto, su tratamiento debe ser interdisciplinar. La sexualidad es el modo sexuado de estar en el mundo en el que el deseo sexual y sus correspondencias en comportamientos tan solo son una parte de ella. En el fondo se trata de que los y las jóvenes y adolescentes encuentren su modo de estar en el mundo como mujeres o como hombres teniendo en cuenta que existen tantos modos de serlo como personas. De ahí, que la aceptación de la diversidad sexual es imprescindible en todo planteamiento de educación sexual. Decimos que es un modelo profesional porque no se basa en creencias u opiniones sino en el conocimiento científico, es decir, en aquello sobre los que contamos con suficiente evidencia empírica.

P. ¿La educación sexual es responsabilidad exclusiva de la escuela?
No, cada sector tiene que hacer lo que tiene que hacer. Educación tiene que aportar al alumnado el conocimiento y los recursos necesarios para que los y las jóvenes y adolescentes sean capaces de regular sus necesidades afectivas y sexuales. La mayor parte de los contenidos que una persona adolescente necesita están incluidos en el currículum escolar para la educación obligatoria donde se establecen contenidos y competencias. Cuando se plantea si la educación sexual en la escuela tiene que ser obligatoria, la respuesta es sí, en la medida en que el currículum escolar, que es una ley que se recoge en el decreto 77/2023 de 30 de mayo, también lo es. Sanidad debe contribuir facilitando el acceso a los servicios sanitarios específicos para jóvenes y adolescentes, algo a lo que hace ya mucho tiempo renunció, promoviendo la salud sexual y reproductiva. En este sentido, Educación y Sanidad deben colaborar.

P. ¿Quién debería impartirla?
La educación sexual no puede sustentarse en los especialistas. No somos partidarios de que el sistema educativo delegue esta responsabilidad en agentes ajenos al sistema educativo. La escuela debe hacer lo que debe de hacer. El profesorado es competente en materias como biología, ciencias sociales y ética. Los especialistas en sexología deben intervenir en aquello para lo que el profesorado carece de formación específica, pero en ningún caso deben sustituir al sistema educativo, en todo caso colaborar con él. Nada de esto es posible sin contar con madres y padres cuya función no debe ser instruir a sus hijos/as sino actuar como base de seguridad para la exploración. En una de nuestras últimas investigaciones obtuvimos apoyo empírico en el sentido de que el principal predictor sobre la disposición al riesgo en adolescentes fue la vinculación afectiva con la madre, tanto en chicos como en chicas.

P. ¿Cuál es la relación entre pornografía y educación sexual?
A mi modo de ver, existe una gran confusión acerca de la pornografía. En la actualidad cualquier manifestación erótica es pornográfica. El desarrollo psicosexual activa el deseo sexual a partir de la pubertad. Éste es una emoción que genera una tendencia de acción, la búsqueda de satisfacción sexual. Por ello, en estas edades, aparece una gran curiosidad, la conformación del imaginario erótico y la aparición de autoerotismo. Esto constituye una fuente de riqueza. La educación sexual debe contribuir a conocer el deseo sexual, reconocer sus manifestaciones y aprender a regularlo conforme a la ética de las relaciones. Este un principio irrenunciable para poder abordar la cuestión de la pornografía. No desde el apocalipsis, no desde el puritanismo, sino desde el uso de la razón y desde relaciones igualitarias que respeten la autonomía personal. La educación sexual debe de aportar al alumnado criterios básicos para poder manejarla, poniendo en evidencia la manipulación que se ejerce a través de estereotipos machistas, de distorsiones y de falsedad.

P. Pedro Sánchez ha anunciado ahora la creación de un comité de expertos para garantizar un entorno digital seguro en el consumo de pornografía...
El foco no puede estar puesto en la extinción de la pornografía, sino en la potenciación de la educación sexual. Los cuarenta últimos años demuestran que estabilizar la educación sexual en el sistema educativo sobre bases científicas no deja ser un desiderátum. Probablemente la mercadotecnia electoralista es uno de sus mayores frenos. Para una integración estable tan solo es necesario cumplir con la normativa legal ya existente. La Ley Orgánica 2/2010 de Salud sexual y reproductiva, y de la interrupción voluntaria del embarazo, en el Título I dice: “Los poderes públicos en el desarrollo de sus políticas sanitarias, educativas y sociales garantizarán: a) La información y la educación afectivo sexual y reproductiva en los contenidos formales del sistema educativo. b) El acceso universal a los servicios y programas de salud sexual y reproductiva. c) El acceso a métodos seguros y eficaces que permitan regular la fecundidad”. ¿Por qué los políticos son incapaces de imponer los contenidos y las recomendaciones que ellos mismos promulgan?

P. ¿Cómo habría que entender la pornografía y sus efectos en relación con la educación sexual?

La sociedad occidental actual se caracteriza por regímenes democráticos imperfectos y por el liberalismo propio de la economía de mercado. A pesar de ello, la dimensión erótica humana sigue tabuizada. Michel Foucault afirmó que el discurso de la sexualidad solo estaba presente en la alcoba y el confesionario. Hoy tendríamos que puntualizar que el discurso de la sexualidad se halla en las redes sociales, en los medios de comunicación y en el comercio sexual. Lo que se destabuiza son los espacios que la manipulan y la instrumentalizan con fines comerciales, como la pornografía, la trata de personas, la prostitución, siendo así que la sexualidad se presenta de modo desnaturalizado, mostrándola como una caricatura, un esperpento, del sentido profundo de la sexualidad humana. Este interés en manipular las necesidades eróticas humanas con fines comerciales está inyectando pornografía en los menores a través de dispositivos electrónicos del mismo modo que las mafias de los estupefacientes llegaron a colocar droga a la salida de las escuelas.

miércoles, 6 de marzo de 2024

#hemeroteca #consentimientosexual | Clara Serra: «Abogo por sacar el deseo de lo penal»

Clara Serra //

«Abogo por sacar el deseo de lo penal»
Lucía Tolosa | Ethic, 2024-03-06

https://ethic.es/2024/03/entrevista-clara-serra/

Sostiene la pensadora Geneviève Fraisse que el consentimiento es una bella figura de nuestra complejidad humana, entre sombra y luz. La filósofa Clara Serra (Madrid, 1982), autora de varios libros como ‘Leonas y Zorras’ o ‘Manual ultravioleta’, y actual investigadora en la Universidad de Barcelona, recupera la idea de la intelectual francesa en su último ensayo, ‘El sentido de consentir’, en la colección Nuevos Cuadernos de Anagrama, donde analiza filosóficamente el concepto del consentimiento y cuestiona la asunción del «solo sí es sí» en detrimento del «no es no». Serra, que se trasladó a la ciudad condal tras finalizar su etapa política en la Asamblea de Madrid, invita a los lectores a reflexionar sobre las fisuras y las paradojas del consentimiento.

P. En su ensayo defiende que la sexualidad, como el deseo, es un lugar opaco donde existen infinitos matices. ¿Estamos usando el consentimiento como un contrato rígido para solucionar todos los problemas?

El consentimiento es el criterio jurídico que permite delimitar la violencia sexual, ahí no puede haber matices. Lo que defiendo es que un campo penal que garantice la distinción entre la violencia y el sexo se consigue más con un «no» que con un «sí». En un contexto de intimidación, el sí no significa nada y debe ser invalidado. Cuando en un caso mediático como la violación de ‘La Manada’ se utiliza el lema del «solo sí es sí», me parece un error, porque el hecho de que una mujer diga que sí coaccionada por cinco hombres no sirve jurídicamente para delimitar nada. Abogo por sacar el deseo de lo penal para que la justicia proceda con clarificación y para que no penalice a las víctimas. Recuerdo un juicio en el que el juez ponía en duda la violación porque la mujer había lubricado, y otro reciente de un menor en el que se remarcaba que había tenido una erección. Da igual que haya habido deseo si no hay capacidad de consentimiento. Si intentamos clarificar el deseo y meterlo en el terreno penal, enturbiamos todo.

P. ¿El deseo es una noción incómoda para el consentimiento?

Es importante no mezclar ambos conceptos, porque el deseo excede la lógica del contrato que requiere el consentimiento. Si depositamos demasiadas expectativas en el consentimiento como si este fuera a salvarnos de un sexo incómodo, desagradable o incluso doloroso, estamos idealizando una herramienta que no sirve para eso. Si defiendo el lema del «no es no» es, entre otras cosas, porque resguarda mucho más el deseo. Te permite decir que no a ciertas cosas, pero no te obliga a saber de antemano qué es lo que quieres. Cuando nos obligan a emitir un «sí» alto y claro se nos impone la carga de saber lo que deseamos con exactitud. Hay una idea del deseo muy neoliberal en el hecho de concebir el sexo como un contrato donde ambas partes tienen todo estipulado.

P. ¿Considera que la Ley del Solo Sí es Sí, con la que ha sido muy crítica, impone una visión neoliberal del sexo y las relaciones?

Una ley es un texto jurídico complejo, en el libro me centro en la parte filosófica. Creo que la ley, que tiene cosas valiosas y otras mejorables, evidencia una corriente de fondo y una mirada sobre la sexualidad que desborda por completo cualquier texto jurídico. Hoy en día impera un discurso neoliberal sobre el sexo que yo localizaría en la pretensión de garantizar un pacto sexual donde se da por hecho que el sujeto es autosuficiente, porque se conoce a sí mismo, sabe lo que quiere y expresa en todo momento cómo obtener placer, y por lo tanto interactúa con otros de una manera fácil. Esta idea es muy naif, porque el deseo implica inevitablemente una oscuridad y vincularse con alguien supone asumir una incertidumbre. A menudo desconocemos lo que deseamos y lo descubrimos a través del otro, y en esa exploración no podemos recurrir al consentimiento para garantizar que nuestras relaciones sean plenamente deseadas. Una mujer puede consentir y después tener una relación sexual malísima y desagradable.

P. Esto conecta con la tesis de la psicoanalista y filósofa Clotilde Leguil, que afirma que en todo encuentro sexual estamos expuestos a un trauma o daño, y que debe ser abordable lejos de los tribunales.

Una parte de esos posibles daños tienen que ser competencia del Estado siempre y cuando se atribuyan a la violencia sexual, debemos ser protegidas de ese peligro. Sin embargo, una de las derivas de cierto discurso neoliberal es tratar de asegurarnos que las relaciones sociales pueden estar exentas de cualquier riesgo. Se dice que el amor no debe doler, pero ¿cómo no va a doler? El amor duele, igual que la amistad, porque estamos poniendo en manos de otro una parte importante de nosotros mismos, y ahí el Estado no puede protegernos. Clotilde Leguil es una autora que me gusta porque, como psicoanalista clínica, sabe que muchos de los traumas de sus pacientes nunca serían validados por un tribunal, pero eso no erradica el malestar, la decepción o la angustia. No podemos asumir que todo daño se resuelve con recetas penales, me gustaría que el feminismo recuperase espacios éticos donde abordar estas cuestiones, lugares donde plantearse qué supone la traición o la utilización del otro, sin necesidad de recurrir al Código Penal.

P. Critica las corrientes puritanas que juzgan el deseo de las mujeres, y pone de ejemplo la frase que se repitió a raíz del caso de La Manada: «Ninguna mujer desearía acostarse con cinco desconocidos en un portal». ¿Se está moralizando el terreno sexual?

Para una parte del feminismo, si una relación es consentida pero no es deseada, deberíamos considerarla agresión sexual, y eso puede empantanar todo. Asumir que el criterio para que algo no sea violencia es que haya sido deseado, le damos al Código Penal la capacidad de acceder a nuestros deseos y nos puede conducir a una deriva peligrosa. Lo feminista no es limitar nuestro deseo, sino permitirnos hablar y escribir de ello sin sentir culpa o vergüenza. Cuando se afirma que el deseo de las mujeres garantiza un límite a la violencia, se presupone la bondad del deseo femenino, como si no pudiera ser igual de agresivo que el del hombre, se nos limita y además se nos impone la obligación de desear bien. Lo más interesante de liberar el deseo de la obligación de ser bueno es precisamente reivindicar que existe también la voluntad. Una mujer adulta debe tener la posibilidad de elegir sin que nadie la juzgue.

P. Menciona en su ensayo la película ‘Elle’, donde una mujer sufre una agresión sexual y posteriormente fantasea con una violación. ¿No es conflictivo que la cultura patriarcal y la desigualdad emerja en la sexualidad?

El deseo está atravesado por el poder, tiene sombras y refleja a veces las dinámicas de poder, por eso no debe de ser el criterio jurídico para juzgar un delito de violencia sexual. En la película queda claro que la protagonista ha sido violada, pero lo interesante es que a medida que avanza la trama, ese sexo violento al que no ha consentido se vuelve deseado por ella. Puede resultar incómodo ver a una mujer independiente y poderosa deseando ser dominada, pero eso no invalida la agresión inicial que ha sufrido. De hecho, cuando elige denunciar a su violador, está anteponiendo a su deseo el hecho de que hayan violado su voluntad. Hay que permitir que las mujeres se enfrenten a sus propias contradicciones, aceptar que pueden tener deseos que conecten con fantasías ocultas que están condicionadas por relaciones de poder, y por tanto darle voz a su voluntad. En un mundo patriarcal, tanto la voluntad como el deseo tienen sombras, pero nadie debe decidir por nosotras. Si queremos conservar la noción jurídica de violación, esta solo puede ser entendida como una vulneración de la voluntad, no una violación del deseo. Lo contrario es invalidar nuestra mayoría de edad.

P. Últimamente se habla de la relación entre la pornografía y la violencia sexual. ¿Qué opina de la iniciativa del Gobierno para regular el acceso de los menores al porno?

Me preocupa que vayamos a un debate social en el que la cuestión de los menores empiece a ser un argumento para la prohibición del porno también para los mayores de edad. Hay una parte del feminismo que quiere prohibirlo porque le parece que es dañino y que configura una sexualidad violenta, y ahí discrepo. Cuando se aboga por censurar el porno para evitar cualquier violencia, pienso que ese era el argumento por el cual una parte de la izquierda, incluso del feminismo, quiso prohibir el voto a las mujeres. Se decía que las mujeres eran muy conservadoras, que tenían una manera tradicional de mirar al mundo y que votarían lo que les dijera el cura o el marido. Aunque las mujeres voten a la derecha o condicionadas por su entorno, tienen derecho al voto porque nadie puede decidir por ellas. Con el porno sucede lo mismo, un adulto es capaz de distinguir entre realidad y ficción.

P. ¿En este debate tendría que estar más presente la educación sexual?

A veces buscamos arreglar cualquier problema de forma ingenua cuando decimos que con educación sexual se resuelve todo. Me gusta lo que sostiene Agustín Malón, un sexólogo que ha escrito un libro sobre el consentimiento y que ha reflexionado mucho sobre el tema de los menores. Creo que tiene razón cuando dice que no hay una política realmente seria de educación sexual en España y que la izquierda se engaña un poco con esta solución, como si fuéramos a instruir a los jóvenes en la sexualidad sin hacer previamente una selección ética y moral de lo que debe ser un sexo malo y un sexo bueno. ¿Vamos a hablar de sadomasoquismo a los menores de edad? Lo dudo mucho. Hay que tener en cuenta que el sexo también tiene algo de secreto y pudoroso, y es normal no querer hablarlo con tus padres o en clase, y es algo que cada adolescente va conociendo cuando le toca. Tenemos un problema de acceso al porno con los menores, pero hay que preguntarse cómo lo abordamos.

P. En los últimos años, por cuestiones como la Ley Trans o la prostitución, parece que el movimiento feminista está cada vez más dividido. Sin embargo, si se echa la vista atrás, los debates han existido siempre.

El feminismo siempre ha tenido distintas corrientes que se han enfrentado políticamente, en el tema de la prostitución y en muchísimos más, y me parece que esas peleas han sido fundamentales. Ahora llamamos feministas a señoras que se pelearon hasta el punto de poner en cuestión si había que dar el voto a las mujeres. Lo que veo negativo no es el desacuerdo sino la hostilidad, y esta no la ubicaría en el feminismo sino en un síntoma de nuestra época y nuestra sociedad. Hay una gran polarización y cabreo político que desemboca en linchamientos y descalificaciones que no llevan a ningún lado, pero eso no es causa del feminismo. La sexualidad siempre ha sido un campo de desacuerdo.

P. ¿Diría que el movimiento feminista ha sido instrumentalizado políticamente en los últimos años?

Ha sido secuestrado por un clima político de mucha pelea institucional, y viciado por la derecha y la extrema derecha. Las críticas ultrapunitivas distorsionan el debate y han llevado a la sociedad a creer en la solución de una ley penal dura y con un discurso alarmista. Insisto en que la reflexión es cómo restaurar espacios donde pongamos el foco en lo ético, las demandas feministas no tienen que terminar en una reforma penal. El lema «hermana yo sí te creo» es necesario, pero en un proceso penal no se va a creer a nadie, se va a obligar a todo el mundo a demostrar los hechos y se va a poner en cuestión y en tela de juicio a quien acusa. En una terapia, como afirma Clotilde Leguil, lo que necesita una persona que ha sufrido un trauma sexual es tener delante a alguien que crea su historia, pero en un juicio esto no puede ni debe de ser así. La acusación debe ser sometida a crítica y se va a buscar cualquier debilidad y fallo que sobresalga.

P. En el ámbito legal, una parte del feminismo critica el machismo que impera en la judicatura y las vías revictimizadoras del sistema penal. El lema «hermana yo sí te creo» pasa por dar credibilidad a la víctima.


El sistema penal no es el lugar donde dirimir este tipo de cuestiones. El código penal está pensado para ver si se mete a un sujeto en la cárcel con todas las garantías, y si la víctima lo pasa mal en el proceso, le da exactamente igual. La jurista Carme Guil, que preside la sección española del Grupo Europeo de Magistrados por la Mediación (GEMME España), promueve, entre otras cosas, la «justicia restaurativa». Muchas veces se pone en cuestión la palabra de las mujeres, y ahí es donde podríamos poner el foco, en crear nuevos espacios de escucha y acompañamiento. Para resolver los prejuicios machistas, creo que la educación es mucho más útil que los delitos penales.

P. Precisamente, con las acusaciones al director Carlos Vermut, ha habido reacciones que ponían en cuestión la palabra de las denunciantes y se ha criticado que recurran a los medios de comunicación en lugar de a los tribunales. ¿Ve problemática esta elección?

Me pareció interesante un hilo del juez Joaquim Bosch donde explicó que la condena penal no es la única respuesta posible, que una víctima puede preferir simplemente que se conozcan los hechos y se produzca un reproche social, y están en su derecho porque existe en nuestro ordenamiento jurídico la posibilidad de defenderse de una acusación falsa. Sin embargo, la denuncia pública es, a veces, un síntoma de que otras cosas fallan. El ‘Me Too’ evidencia bien el estallido del resultado de años de silencio, de impunidad y colaboración, y se ve claramente que no han existido los mecanismos para abordar bien la cuestión. Cuando estos casos salen, como el de Vermut, siempre me siento un poco incómoda porque no solo están expuestas las personas a las que se acusa, sino también las que denuncian. Aunque sean anónimas, ellas van a leer lo que la sociedad opina de sus testimonios. Si pensamos a partir de casos particulares de personas con nombres y apellidos, estamos jugando con una materia muy sensible.

P. En el libro menciona el término «cultura de la violación», un concepto que causó polémica cuando lo utilizó la exministra Irene Montero en el Congreso para referirse al PP. ¿Ve problemático el uso del concepto?

Es útil y a la vez problemático cuando se lleva a cierto extremo. Es innegable que existe una cultura donde se legitima la violencia y se vulnera la voluntad de las mujeres, y en ese sentido el uso del concepto es necesario, porque demuestra que estamos ante un problema estructural que tiene que ver con un sistema y con una educación colectiva. El problema es que, si lo llevamos al extremo, asumimos que estamos ante un problema que solo tiene que ver con la estructura social y que el individuo no tiene elección. Hay que colocarse en una posición intermedia, en la que, al mismo tiempo que analizamos esto como un problema estructural, seguimos considerando que el sujeto tiene una elección y por tanto una responsabilidad. En este sentido, el agresor debe responder ante la justicia, pero no vamos a cambiar el mundo llevándole a juicio. Si el problema es estructural, el derecho penal no va a solucionarlo, porque los problemas estructurales no se pueden abordar en un tribunal. Me parece un poco preocupante poner tanto énfasis en que estamos ante un problema cultural y a la vez apostar radicalmente por la solución penal. La solución está esperándonos en otro sitio.

P. ¿Qué soluciones podrían plantearse para paliar la «cultura de la violación»?

La penal desde luego que no, y creo que volcar todo en los castigos es la constatación de que no la estamos cambiando mucho. El derecho penal individualiza la culpa y la exterioriza con respecto al cuerpo social, por tanto, es ineficaz para combatir las desigualdades de poder. Si estamos ante un problema estructural, creo que en el terreno de la educación o del debate hay muchas más opciones de cambiar la mirada colectiva. La derecha siempre ha defendido que los problemas se solucionan con recetas penales precisamente porque ignora lo estructural y piensa que no hay condiciones que llevan a las personas a hacer ciertas cosas. Siguiendo esta lógica, el individuo que comete delitos es enteramente responsable porque es la causa de esos males. Para la derecha, un robo no tiene nada que ver con la pobreza, simplemente es un suceso aislado. La izquierda entiende que existe la desigualdad económica y el patriarcado, por eso no tiene sentido creer que un problema social puede abordarse en un juzgado. Si el problema es cultural, la solución no puede ser penal.

viernes, 1 de marzo de 2024

#hemeroteca #sexualidad #juventud | Por qué los jóvenes practican menos sexo: porno, móviles y la búsqueda de “algo más”

Evitar la masturbación aumenta la testosterona //

Por qué los jóvenes practican menos sexo: porno, móviles y la búsqueda de “algo más”

Los estudios sobre una disminución del sexo entre los jóvenes han generado un desfile de teorías sobre el porno o la digitalización. Algunos, en cambio, sugieren que solo buscan otras formas de intimidad
Daniel Soufi | El País, 2024-03-01
https://elpais.com/icon/2024-03-01/por-que-los-jovenes-practican-menos-sexo-porno-moviles-y-la-busqueda-de-algo-mas.html 

Hoy, Andrés, de 27 años, se ha masturbado cuatro veces. Tres por la noche, porque no podía dormir, y otra por la tarde. No quiere dar su nombre real. Las pajas se las ha hecho viendo porno en el móvil, dentro del baño. Prefiere su habitación, pero estaba su novia. Llevan seis años, y desde hace dos casi no tienen sexo. A él le parece “una cosa complicada”, más que cuando empezó. “A veces hasta me da asco pensarlo”.

Para parte de la sociedad, la relación con el sexo parece estar cambiando. No dejan de aparecer estudios en los que se asegura que cada vez se tiene menos sexo, sobre todo entre los jóvenes. En febrero, el periódico Libération publicó los hallazgos de una encuesta del IFOP (Instituto Francés de Opinión Pública) que revelaba que solo el 76% de las personas sexualmente activas tuvieron relaciones en el último año, una caída de 15 puntos desde 2006. El descenso era pronunciado en el tramo de 18 a 24 años, más de una cuarta parte sin actividad, el quíntuple que en 2006. La frecuencia también ha bajado: solo el 43% tienen actividad semanal, frente al 58% de hace 18 años. El británico The Telegraph se preguntaba: “Si Francia pierde interés en el sexo, ¿qué esperanzas tenemos el resto?”.

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El miedo a una “recesión sexual” mundial la introdujo en 2018 la revista ‘The Atlantic’, a raíz de una encuesta que ilustraba un declive en el interés de los jóvenes estadounidenses por el sexo. En España no hay estudios tan concluyentes. La ‘Encuesta sobre relaciones sociales y afectivas en tiempos de pandemia’ realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) y publicada en 2023 sí decía, al menos, que cuatro de cada diez españoles priorizaban la contribución de su pareja en las tareas domésticas sobre una buena vida sexual. Cada estudio viene seguido de un desfile de teorías, muchas vinculadas al porno. François Kraus, director de la encuesta del IFOP, señala: “Genera fantasías tan poderosas que, para algunos, la realidad resulta insípida”. Otros análisis hacen énfasis en el agotamiento causado por el sistema, que no deja energía para el sexo tras jornadas extenuantes. El estrés y la ansiedad también pueden mermar la libido. Se citan igualmente cambios en las relaciones interpersonales: la digitalización dificulta el desarrollo de lazos profundos y el contacto físico.

Muchos artículos coinciden en considerarlo un problema y lo califican de “crisis sexual de la generación Z”, “pandemia invisible” o “muerte del deseo”. Pero esa visión raramente emana de la generación aludida. En este sentido, Kraus cree que la actitud de los jóvenes podría ser una reacción contra lo establecido, especialmente la liberal relación con el sexo surgida de Mayo del 68.

La filósofa Margot Rot, de 27 años, autora de 'Infoxicación' (Paidós, 2024), sugiere que, en ausencia de prohibiciones que antes impulsaban el deseo de transgredir, el interés de los jóvenes podría estar desplazándose. “A lo mejor, lo que está más cercenado hoy es la posibilidad de generar intimidad. En una generación menos limitada por miedos, prejuicios o falta de información sobre el sexo, que ya ni siquiera es un tabú, puede haberse transformado en deseo de otra cosa”. Los jóvenes pueden estar buscando una forma distinta de intimidad.

En esta línea se manifiesta Teresa, de 26 años, sin relaciones desde diciembre: “Empezó como diciembre sin chicos, se convirtió en enero sin chicos y, según parece, al final también será febrero”. No le preocupa este periodo de abstinencia. “Si bien me parece fenomenal que haya quienes se sientan cómodos teniendo relaciones esporádicas, prefiero ir con más calma y establecer una relación de confianza”.

En 'Filosofía del deseo' (Ariel, 2024), el escritor Frédéric Lenoir sugiere que, de manera instintiva, se están redescubriendo las experiencias de generaciones pasadas, para quienes el período de conocerse era una práctica socialmente impuesta por el noviazgo. “No tener relaciones sexuales desde el primer encuentro permite que surja el deseo, pero un deseo no solo físico, sino más completo. El tiempo crea un clima de confianza necesario para que la relación sexual siga su curso”.