Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Pastor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Francisco Pastor. Mostrar todas las entradas

miércoles, 19 de mayo de 2021

#hemeroteca #transfobia #terf | Las TERF o el último clavo ardiendo del PSOE

ctxt / Carmen Calvo y otras ministras del PSOE en el 8M 2020 //

Las TERF o el último clavo ardiendo del PSOE.

Solo hay un motivo por el que los socialistas bloquean la llamada Ley Trans: la nostalgia de cuando el suyo sí era el partido de las mujeres
Francisco Pastor | ctxt, 2021-05-19
https://ctxt.es/es/20210501/Firmas/36075/terf-psoe-ley-trans-irene-montero-feminismo.htm 

Recordarán las elecciones europeas de 2014 porque fueron las primeras a las que se presentó Podemos. También, por los inesperados cinco escaños que en ellas obtuvo Pablo Iglesias. El PSOE perdió allí nueve diputados, los cuales no solo fueron hasta la formación morada. Izquierda Unida, que acudió con una lista propia a los comicios, obtuvo cuatro asientos más que en ocasiones anteriores. Y Primavera Europea, la puntual coalición de Compromís y Equo, logró llegar también a Bruselas. Les sonará que aquellos eran tiempos de fervor y expectación hacia la griega Syriza. Que no pocas voces en Europa reclamaban plantar cara a la troika y mostraban su antipatía hacia los mercados. Entonces habían pasado apenas tres años desde el 15M, y claro: por el tablero de juego de siempre empezaban a asomar demasiadas palabras que al PSOE le resultaban tan lejanas como temerarias.

¿Recuerdan quién fue la candidata de los socialistas en aquellas elecciones? Elena Valenciano, a quien se asociaba al movimiento feminista. ¿Y de qué trató su reclamo electoral? Sobre la defensa del aborto, lo cual habría estado estupendo, si no fuera porque este se estaba poniendo en jaque en España, y desde luego no en Europa. Pero el PSOE lo tenía claro: los derechos civiles, y en especial los de las mujeres, componían la única baza que podían jugar en aquel momento. Solo así podrían conformar una alternativa a la derecha sin tener por qué mezclarse con esos otros locos que paraban desahucios y montaban asambleas en corro.

Desde luego, en Ferraz fue un alivio que meses más tarde Syriza no incluyera una sola mujer en su primer gobierno. Los socialistas de Valenciano podían señalar al Mediterráneo y gritar entonces que sí, que la única izquierda comprometida con los derechos civiles era la suya, la institucional y moderada, la que había puesto alfombra roja a Felipe VI y hacía suyos, uno tras otro, los recortes de Europa. Ahora, el alivio duró poco. En 2015, Manuela Carmena y Ada Colau conseguían lo que, hasta la fecha, jamás había logrado el PSOE: llevar una mujer hasta las alcaldías de Madrid y Barcelona. Las manifestaciones del 8M –que durante décadas apenas habían reunido a unas miles de manifestantes bajo las siglas de los partidos y sindicatos tradicionales– se trasladaban en la capital desde la calle de Atocha hasta la Gran Vía, para así acoger a todas las mujeres que venían de los movimientos indignados y de las asambleas vecinales. Sumémosle a esto que, en enero de 2020, Pedro Sánchez decidió nombrar a Irene Montero, señalada en Podemos por ser la pareja de Pablo Iglesias, y mucho más joven que las feministas del PSOE, ministra de Igualdad. ¿Cómo podrían los socialistas, después de todo esto, seguir siendo el partido de las mujeres? ¿Cómo defender la única plaza que les quedaba en la izquierda, después de haber claudicado en todas las demás?

Muy sencillo. Haciendo oposición a Irene Montero y a su ley estrella, que satisfaría décadas de reivindicaciones arcoíris. Bloqueando, como han hecho esta semana, la norma en el Congreso. Dejando que hasta Ciudadanos o Junts les adelanten por la izquierda. Creando una falsa tensión entre un giro feminista que acaban de improvisar ellos solitos, aunque venga acompañado por voces muy añejas, y el de los mozos estos de las pancartas, que no entienden nada y que están, como ellos dicen, borrando a las mujeres. Y actuando como lo han hecho en tantas otras ocasiones: creando plataformas que se dicen ciudadanas, pero que no dejan de trabajar como satélites de los socialistas. Porque, ¿quién se encuentra al frente de la llamada Plataforma Contra el Borrado de las Mujeres, principal voz contra la Ley Trans? Ángeles Álvarez, otrora diputada y concejala del PSOE, y habitual en los equipos electorales de Elena Valenciano. Porque así eran los movimientos sociales asociados a la izquierda antes del 15M: nacidos de arriba, no de abajo, y sin otro propósito que el de ampliar el electorado de los partidos políticos.

Porque, en España, las llamadas TERF no existen: son el PSOE. Más allá de la citada plataforma, no hay en nuestro país ningún movimiento cívico, activista ni universitario que vea realmente, en la Ley Trans, un enemigo. Desde luego, ninguno que parta de abajo, de la ciudadanía desinteresada y de las votaciones a mano alzada. Escuchamos algunas voces académicas, sí: las que llevan décadas bailando junto a los socialistas, y que estaban acostumbradas a detentar, hasta ahora, el monopolio del feminismo de los Pirineos hacia abajo. Las que, como otras asociaciones de infantería, siempre unidas al PSOE, pretenden infiltrarse en los medios de comunicación y en la sociedad civil, a favor de este, cada vez que toca. Quizá no lo recuerden, pero yo sí: son las mismas firmas que hicieron campaña contra Colau y Carmena, mientras aseguraban que el único feminismo podría llegar de mano de los candidatos socialistas, aunque estos fueran hombres.

No hay más. Si Unidas Podemos no existiera, esta ley la estaría presentando el PSOE. Pero, para seguir siendo el partido de las mujeres, los socialistas tienen que marcar distancias con quienes, desde hace años y a todas luces, les están ganando la carrera. Las disquisiciones teóricas que estamos encontrando en las redes, desde hace unos meses, y que apelan a la distinción entre sexo y género, vienen de aquí. Del sueño socialista de improvisar un feminismo nuevo, junto al que Montero y sus allegadas parezcan unos trileros engañosos, dispuestos a saltarse la cola con reclamos a los que cuesta oponerse. En esto tienen razón: es difícil estar en contra de los derechos humanos. Quizá por ello, en Ferraz llevan meses buscando, de formas tan creativas como desesperadas, el reclamo que les devuelva el monopolio del feminismo. Verán cuando les toque hacer campaña contra Yolanda Díaz.

miércoles, 22 de agosto de 2018

#hemeroteca #gais | Hagamos la revolución: hundamos Grindr

Imagen: ctxt / El mítico beso entre Leonid Brézhnev y Erich Honecker, 1979
Hagamos la revolución: hundamos Grindr.
¿Podemos sostener el sueño de una comunidad LGTB sobre un aluvión de identidades anónimas descompuestas en cifras?
Francisco Pastor | ctxt, 2018-08-22
http://ctxt.es/es/20180822/Firmas/21269/Francisco-Pastor-LGTB-sexo-redes-sociales-movimientos-sociales-estado-mercado.htm

La mujer, como tal, no existe, y así lo explicaba la feminista Nuria Varela en una entrevista concedida a este medio. Existen las mujeres. Y cualquier tentativa de traducir el plural en singular parte del mismo objetivo: convertir a la mitad de la población en objetos iguales y, por ende, reemplazables. A los feminismos les toca, entonces, recordar que hay 3.000 millones de personas en el mundo que, al contrario de como busca el machismo, no son numerables e intercambiables. Una diatriba en la que, yendo más allá de las palabras de Varela, quizá también cupiera alojar a la población LGTB, si esta se encuentra en la trinchera frente al patriarcado.

Son variadas las formas en las que el mercado, al que muchas feministas y activistas LGTB asocian a la dominación masculina, se ha interesado por ese último grupo. En especial, por la G, la inicial que alude a los hombres gais. Y un negocio dirigido a ellos, que va camino de cumplir la década de vida, alcanza los 3,6 millones de usuarios al día. La aplicación móvil Grindr ayuda a los varones, en principio, a relacionarse los unos con los otros. Principalmente, con quienes se encuentren más cerca del cliente.

En una cuadrícula sobre la pantalla, la aplicación ordena las fotografías de los usuarios según los metros de distancia a los que se encuentren de quien les observa. Y esos metros se suman, después, a otra lista de cifras, como la edad, el peso o la estatura, que los clientes exponen voluntariamente, y con la que estos pueden tratar de anticipar hasta qué punto encontrarán, al otro lado, más cerca o más lejos, a un interlocutor de su agrado.

Usuarios al día, decíamos, ya que resulta difícil llevar las cuentas. Muchos de ellos son anónimos. Otros crean y destruyen sus cuentas según han encontrado, o desisten de encontrar, una experiencia. Algunos muestran sus caras en las fotografías cuando están de viaje, fuera de sus ciudades, pero giran hacia perfiles más anónimos cuando se encuentran en ellas. Hay quienes alojan más de una cuenta. Incluso, podemos pagar entre cinco y doce euros al mes por un servicio ‘premium’. Aunque de la tortuosa relación de muchos usuarios de Grindr hacia la aplicación ya se ha escrito, del machismo y la aversión a la feminidad presentes en ella, también, quizá no tanto, de hasta qué punto la comunidad LGTB, como sujeto político, no estará suicidándose al tratar de sostenerse sobre un aluvión de identidades anónimas y descompuestas en cifras. De respuestas binarias, también: tener o no tener sitio significa poder invitar, o no, a alguien a nuestra casa. Grindr hasta nos pregunta si somos portadores del VIH o, de nuevo, otra cifra: la fecha de la última vez que lo comprobamos.

El mercado, a través de los pequeños propietarios y de los pioneros que levantaron los primeros locales para personas LGTB, forma parte de los pasos de provecho en la historia del colectivo. En los bares de ‘maricas’, allá cuando empezaron a existir alrededor de Chueca, en los años 60, se confundían transexuales y travestis, hombres y mujeres jóvenes y mayores. En los 80 y los 90, también se reunieron allí los supervivientes (y no) de los peores años del sida. Personas de perfiles, experiencias e historias dispares que encontraban un refugio común. Un lugar donde descansar de los embates que, fuera de aquellos muros, realizaba contra ellos el patriarcado. Diferentes, pero alojados bajo el paraguas de lo ‘invertido’.

Al tiempo, estos eran espacios donde se creaban lazos y bloques que, de vuelta en las calles, permitían la solidaridad entre unos y otras y concedían cierto poder al grupo, de cara a la ofensiva política. De vuelta al presente, ninguna gran protesta, más allá de algunos tuits, tuvo lugar cuando se supo que Grindr había compartido con otras empresas el estado serológico de sus usuarios –si conviven o no con el VIH. Cuesta creer que la celebrada revuelta del neoyorquino Stonewall, ocurrida hace ya casi 50 años, pudiera tener lugar en un imaginario como este.

Cabría responder, claro, que los espacios meramente lúdicos pueden convivir con los que, como en otros tiempos, contaban con un agregado político, o que Grindr es un espacio hasta progresista, si favorecer las relaciones sexuales esporádicas ayuda a naturalizarlas. Esta última es una de las reivindicaciones tradicionales del colectivo LGTB: el sexo no es pecado. Pero, ¿está cómodo realmente el mercado con este sueño? Si lo estuviera, ¿sería el icono de Grindr, nada menos, una careta? ¿Una invitación a vivir la sexualidad desde el anonimato, y a separar al sujeto político de su lado más personal, es decir, el sexual, oculto tras la máscara? Mientras el Estado y los movimientos sociales nos animan a expresar nuestro deseo al descubierto y desde la sonrisa, ese mercado, temeroso de dejar de ser el punto de encuentro de los hombres gais, y de perder el filón económico que ello conlleva, nos prefiere con la cara tapada.

Especialmente entre los travestis, hay quienes, al llegar a la comunidad LGTB, lo hacían acompañados de un nombre o un mote: algo que les identificara como algo único, cuyo valor fuera más allá de los años que cumplieran, la peripecia que les acompañara o los kilos que engordaran. En el polo opuesto, aunque Grindr nos ofrece aportar un nombre, muchos usuarios prefieren dejar el hueco en blanco, como parte de un género literario en el que la creatividad –y la identidad misma– está fuera de lugar. Porque la aplicación cumple, a rajatabla, la máxima de McLuhan: el medio es el mensaje. Las conversaciones enmarcadas en ella no son más que preguntas y respuestas compuestas, muchas veces, por una sola palabra. Dónde, cuándo, cómo. ¿No es esta la forma en la que nos convertimos en el objeto del patriarcado? Anónimos, iguales e intercambiables.

Naturalmente, también reemplazables. Si un usuario no nos interesa, podemos bloquearle, en dos clics y sin siquiera haber mediado palabra con él, y la aplicación nos premiará por ello: su fotografía desaparecerá al momento y su lugar será ocupado por otro cliente. Como la red nos muestra siempre un número limitado de perfiles, la forma más rápida de encontrar caras nuevas es, por supuesto, bloqueando a las personas que descartamos. Solo desterrando aquello que nos desagrada podremos ‘encontrar’ lo que creemos buscar. Pero, ¿qué sujeto político se puede crear a partir de esta filosofía, según la cual es nuestro deber, un paso en la búsqueda que tarde o temprano habremos de asumir, apartar de nuestra vista aquello que nos sobra?

¿No nos alejaba el patriarcado a nosotros de la luz del día, cuando aún le resultaban indecorosos nuestros cuerpos híbridos o nuestras invertidas muestras de afecto? Somos la minoría que con más determinación ha logrado seducir, hacia sus reivindicaciones, al poder político. Debemos sentir esas conquistas demasiado afianzadas, si permitimos que esta forma de relacionarnos, que nos desarma por completo como sujetos políticos, sustituya a la comunidad LGTB. En su lugar, queda una jungla, opuesta a la convivencia, en la que los miembros de un grupo nos desterramos –y habrá quien lo haga, incluso, en nombre de la libertad– los unos a los otros. Y dejamos que valores como estos se cuelen en nuestra minoría mientras, ahí fuera, el machismo deambula haciendo manada.

Francisco Pastor. Pienso, luego la lío y, por ello, feliz firmante de esta publicación. En la ficción escribí para el 'Crónica' y soñé con Mulholland Drive.