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domingo, 18 de enero de 2026

#hemeroteca #homofobia | Manicura contra la homofobia: “Apoyamos a Borja Iglesias y nos posicionamos contra el odio y la discriminación”

La afición del Celta de Vigo apoya a Borja Iglesias pintándose las uñas //

Manicura contra la homofobia: “Apoyamos a Borja Iglesias y nos posicionamos contra el odio y la discriminación”

La afición del Celta de Vigo se moviliza para condenar los insultos homófobos que recibe su delantero y reivindicar una masculinidad que rompa con los estereotipos
Raúl Novoa | El País, 2026-01-18
https://elpais.com/deportes/futbol/2026-01-18/manicura-contra-la-homofobia-apoyamos-a-borja-iglesias-y-nos-posicionamos-contra-el-odio-y-la-discriminacion.html

Uñas de azul celeste, azul eléctrico, negras, rosas, de gel, con brillos e incluso con un panda estampado en ellas. La enumeración podría parecer el catálogo de uñas de un salón de belleza, pero así lucían las manicuras de los aficionados celtistas en la previa del Celta de Vigo en el partido contra el Rayo Vallecano de este domingo. Los talleres de nail art de hombres entre 20 y 50 años con camisetas de Mostovoi o Iago Aspas generaban una imagen muy particular en los aledaños de Balaídos. La iniciativa no es aleatoria: es una muestra de apoyo y solidaridad al delantero de su equipo, Borja Iglesias, quien recibió insultos homófobos en el último partido de su equipo contra el Sevilla FC.

“A ver si te mueres, maricón de mierda”. “Sinvergüenza, vete a tu casa. ¡Píntate las uñas, maricón!”, fueron algunos de los insultos homófobos que soportó el jugador compostelano por parte de los aficionados sevillistas después de la victoria de los celtistas en el Sánchez Pizjuán. “Qué raro, si esto en el fútbol no pasa nunca”, comentó con ironía el propio Borja Iglesias en su cuenta de X. Desde hace años, jugadores como él, Héctor Bellerín, Sergio Camello y Aitor Ruibal han visibilizado las descalificaciones xenófobas que se sufren en la élite del fútbol español.

No solo los futbolistas toman partido contra el odio. También los aficionados. Al poco del enésimo ataque homófobo a Borja Iglesias, la peña celtista Carcamáns Celestes decidió impulsar que todos sus socios se pintasen las uñas en apoyo al delantero compostelano. “Nos pareció una buena idea hacerlo para buscar conciencia en la sociedad. No entendemos por qué insultan a un jugador por pintarse las uñas. Debemos vivir en una sociedad libre y respetarnos mutuamente unos a los otros”, se sensibiliza Belermo Dios, presidente de la peña de Illa de Arousa. A su alrededor, decenas de celtistas se hacen sus correspondientes diseños.

Poco después se unió la peña celtista Merlegos Celestes, de Santiago de Compostela, que ofreció la sesión de manicura gratis el día anterior al partido. “Nos parece horrible lo que tiene que aguantar Borja, pero el apoyo es más para la gente que padece estas vejaciones que para Iglesias. Queremos que los que sufren vean cómo nos reímos de los odiadores”, explica Miguel Varja, presidente de la peña picheleira. “Vivimos en un país de cazurros. No tiene sentido que lo insulten. Es de gente mala”, se enfada. “Seguro que hay futbolistas homosexuales y si lo declarasen, llevarían palos por todos lados… Eso no puede ser”, critica.

El propio Iglesias ha insistido en muchas ocasiones que aunque él reciba los insultos, quien más lo sufre es quien no se puede sentir cómodo expresándose como realmente es por miedo al rechazo. “El odio contra mí me da igual, pero si alguien sufre porque no tiene un espacio, porque se siente juzgado o le tratan mal… Joder, ahí tenemos un problema serio. Lo normal sería que seas como seas todo el mundo te respetase, pero a veces no pasa”, explicaba en una entrevista El Panda a EL PAÍS. Hace apenas dos años, hizo una campaña contra la homofobia. Borja Iglesias es heterosexual. No lo critican por su sexualidad, sino por vestir diferente y mostrar una estética, sensibilidad y compromiso social fuera de la masculinidad tradicional en general y el fútbol en particular.

A Carcamáns y a Merlegos se unieron más peñas: Centolos Celestes, Lechuzas Celestes o Blau Cel están entre quienes han seguido esta divertida iniciativa. Álex Costas, de Centolos, se ha estampado las uñas de azul celeste con su hijo Pedro y su mujer Mónica. “Es para apoyar a Borja y por posicionarnos contra todo tipo de odio y discriminación”, comenta de lo que dice. “Es vital que los niños conozcan desde pequeños la realidad de la sociedad donde viven. Tenemos que educar a una generación mejor: que no sea homófoba, machista o racista”, añade Mónica González. “Usan la homofobia con Iglesias, igual que el racismo con jugadores racializados. Se usa el odio como un arma y deja claro el problema de fondo”, opina Daniel Román, de 29 años, que no ha dudado en pintarse las uñas. “Que haya jugadores comprometidos como Borja hacen del fútbol un sitio un poco mejor”, valora.

Multitud de niños pequeños, además de Pedro, que prefiere no posar junto a su madre, se pintan su particular manicura. También niñas, madres y abuelas y abuelos. Incluso políticos, como el líder del PSdeG, José Ramón Gómez Besteiro, se han sumado a la iniciativa. ¿Sirve pintarse las uñas para combatir la homofobia? “Es una forma de visibilizar que estas cosas pasan en el día a día”, dice Daniel Román, rodeado ahora de decenas de celtistas con sus uñas estampadas. “Es un símbolo, como tantos otros. Este rompe estereotipos y molesta solo a quienes odian”, responde Álex Costas. Al fondo, una bandera LGTBIQ+ cuelga de las letras esculpidas de Balaídos.

El propio club ha decidido apoyar la iniciativa. “El respeto no se negocia. El odio no tiene cabida en el fútbol. Orgullosos de ti, dentro y fuera del terreno de juego”, publicó el Real Club Celta en sus redes sociales. Apoyaron la publicación inicial de Carcamáns y pidieron a la afición que subiera sus fotos a las redes etiquetando la cuenta del equipo. La presidenta, Marián Mouriño, subió un vídeo de sus uñas con un diseño de un panda dibujado, que es el mote de Iglesias.

“Está normalizado insultar a jugadores y árbitros en los partidos de fútbol. En los estadios se ve lo peor de la sociedad”, opina Aida Mosquera, una celtista que suele ir a los partidos del Celta con su novia. “La homofobia en el fútbol es un problema muy enquistado, pero hay que poner nuestro granito de arena para que esto llegue arriba y los clubs tomen medidas contundentes”. En lo que va de temporada, Borja Iglesias lleva 7 goles y dos asistencias en La Liga. Es el máximo goleador de su equipo. A veces tiene haters en su propia afición. “Conozco a quien dice “qué temporadón está haciendo Borja, pero no entiendo por qué se pinta las uñas”. Eso demuestra el problema de homofobia y lo veo siempre de hombres a hombres”, revela Mosquera.

Romper el rol de la masculinidad tradicional fue lo que llevó a Alexis Sánchez, un joven de 29 años, a pintarse las uñas antes del partido. “Borja ha dado el paso de intentar disipar esas barreras de género y que algo femenino también se puede contemplar como algo masculino, algo muy valiente y complicado de conseguir”, piensa, rodeado de sus amigos Iago y Nahuel, con el esmalte aún fresco. “El odio a Borja es la punta del iceberg. El fútbol representa la masculinidad más pura y actúa a veces de cápsula donde el patriarcado todavía puede estirar las patas y estar tranquilo. La homofobia no deja de ser una herramienta que nos dice cómo tenemos o no tenemos que ser para encajar”, reflexiona.

No todo el mundo está preparado para romper estereotipos. Menos aún en un mundo con una masculinidad tan heteronormativa como la del fútbol. “Vuestros muestros, maricones, fuera del fútbol ya”, “no cabe un tonto más en el Celta” o “y también con bolso y pintalabios y el culito abierto no vaya a ser”, fueron solo algunas de las críticas que recibió el club en su post por animar a sus aficionados a pintarse las uñas.

El Celta movió ficha de nuevo y, por la mañana, el equipo juvenil sacó una camiseta de Borja Iglesias en apoyo. Compartió también varias fotos en su cuenta de Instagram de aficionados con las uñas pintadas. A la hora de saltar al campo muchos de sus jugadores lo hicieron con la manicura lista. Hugo Sotelo, Hugo Álvarez, Javi Rueda, Óscar Mingueza, Miguel Román, Carlos Domínguez, Manu Fernández o el propio Borja Iglesias fueron algunos de los jugadores del primer equipo que salieron a jugar al terreno de juego con las uñas pintadas.

Empezó el partido después de una actuación folclórica del ‘entroido’ [carnaval] gallego. Las pantallas de Xinzo de Limia rememoraron la historia de su fiesta. Una tradición que más que contrastar con una grada y un equipo que exponen nuevas variantes de la masculinidad, recordó que lo nuevo y lo viejo pueden ir de la mano. “Una patada a la homofobia”, se leyó en un cartel que desplegó la grada de animación al inicio del encuentro. Cómo no, sujetadas por uñas cuadradas, redondas, ovaladas o almendradas, pero, todas ellas luciendo su esmalte impregnado. Borja no salió de titular, pero la solidaridad no va solo con él. “Homofobia nunca más”, inició el cántico una aficionada en el minuto uno del partido. Toda la grada y gran parte del estadio lo emularon al unísono.

jueves, 9 de octubre de 2025

#hemeroteca #homofobia #futbol | Josh Cavallo, primer jugador abiertamente gay, sobre la homofobia en el fútbol: "Queda mucho para que sea un espacio seguro"

Josh Cavallo //

Josh Cavallo, primer jugador abiertamente gay, sobre la homofobia en el fútbol: "Queda mucho para que sea un espacio seguro"

El futbolista australiano, actual jugador de Peterborough Sports FC de la sexta división inglesa, ha lamentado "el ambiente de masculinidad tóxica que existe" en el fútbol.
20minutos, 2025-10-09
https://www.20minutos.es/deportes/futbol/josh-cavallo-primer-jugador-abiertamente-gay-sobre-homofobia-futbol-queda-mucho-para-que-sea-un-espacio-seguro_6513676_0.html

Los mensajes de odio no han dejado de llegar a las redes sociales de Josh Cavallo, primer jugador abiertamente homosexual en el fútbol profesional masculino, desde que tomó la decisión de hablar públicamente sobre su orientación sexual. "Todavía queda mucho por hacer para que el fútbol sea un espacio seguro para personas como yo", ha lamentado.

"Cuando vi esos mensajes por primera vez, me rompieron el corazón. Estoy intentando mejorar como jugador y ser el mejor en el campo, pero me atacan por quién soy como persona. Es repugnante. Mi propósito es crear cambio. Eso es por lo que estoy aquí", ha confesado el australiano, que compagina su carrera deportiva con su labor como activista por la igualdad y la inclusión en el fútbol, en una entrevista en la BBC, en la que critica a la FIFA por organizar el Mundial en Qatar en 2022 y otorgar el de 2034 a Arabia Saudí, países donde la homosexualidad es ilegal.

El centrocampista, que este verano dejó el Adelaide United australiano para firmar por el Peterborough Sports FC de la sexta división inglesa, ha lamentado que "no pasa más de una semana sin recibir un mensaje" de este tipo, así como que "necesitamos mover montañas para revertir esta situación". "Todo lo que quiero es jugar al fútbol y ser tratado igual", ha añadido.

Cavallo también reveló haber sufrido una agresión en una gasolinera en Australia por alguien que le reconoció tras expresar abiertamente su orientación sexual: "Fue un momento aterrador. Pensé que esto era real y que había gente que quería hacerme daño".

Su mensaje, titulado Josh's Truth, se viralizó y generó apoyo de clubes como el Liverpool y figuras como Gerard Piqué y Jürgen Klopp, aunque le convirtió en blanco de abusos por parte de aficionados y desconocidos.

"Solo hay que ir a un partido y ver el ambiente de masculinidad tóxica que existe. Todavía queda mucho por hacer para que el fútbol sea un espacio seguro para personas como yo", concluyó el australiano, que reconoció que todavía existen muchos temores entre los futbolistas a declararse abiertamente homosexual.

sábado, 27 de julio de 2024

#hemeroteca #queer | ¿Abolimos el género o reescribimos la teoría queer con mirada perinatal?

¿Abolimos el género o reescribimos la teoría queer con mirada perinatal?
Debemos reflexionar sobre el sistema sexo-género en relación a los cuidados de las infancias y pensar cómo hacemos compatible los debates identitarios con las responsabilidades individuales y colectivas de sostener la vida.
Paco Herrero Azorín | El Salto, 2024-07-27
https://www.elsaltodiario.com/opinion/disputa-del-genero-cuidados-parentales

El sistema de género, en la medida que define roles sociales, es una construcción cultural que se puede modificar e incluso aspirar a abolir. Muchos son los estudios de filosofía política que han reflexionado sobre ello profundizando en su potencia de transformación social.

Desde un análisis antipatriarcal es claro que el sistema actual de género, basado principalmente en la aceptación del dimorfismo sexual como la base de la estructura social, sirve para perpetuar la opresión y la explotación de la mujeres, además de promover unos modelos de masculinidad tóxica que llevan a la infelicidad (más o menos consciente) de muchos hombres y, por extensión, de las personas con las que éstos se relacionan desde dichos postulados mutiladores y depredadores.

Hemos de pensar también el género en función de lo reproductivo, y viceversa, para que la alternativa sea, además de performativa y subversiva, responsable con los cuidados y comprometida con la supervivencia.

Por tanto, “el género en disputa”, como decía Judith Butler, y disputar el género, es una de las principales batallas culturales y sociales en las que hemos de participar para promover un orden social al servicio del bienestar. Se hace preciso transformar los mandatos y las expectativas que acciona la cultura hegemónica para que podamos convivir todas en libertad, independientemente de cómo vivamos nuestra sexualidad y de cómo expresemos nuestra identidad.

Pero pienso que hay un límite: jugar con lo social, con los roles y las identidades de género —y “jugar” es lo más sagrado, nos jugamos la vida y vivimos jugando cuando hacemos de la política desde un lugar creativo, como hacen los niños y niñas que ensayan sus nuevos mundos en su sagrado juego simbólico—,, no nos puede hacer perder el rastro de la base material en la que se sustenta todo ello, que no es otra que nuestros cuerpos en relación y las condiciones que precisa la vida para manifestarse. Esto es, hemos de pensar también el género en función de lo reproductivo, y viceversa, para que la alternativa sea, además de performativa y subversiva, responsable con los cuidados y comprometida con la supervivencia. Un sistema de sexo-género anclado exclusivamente en las identidades individuales (binarias o no binarias) nos puede venir bien puntualmente, pero no sirve para vertebrar comunidad

El planteamiento radical respecto al género defiende que los cuerpos van detrás, que vemos los cuerpos con nuestra visión de género y que por tanto cuando, por ejemplo, definimos “mujer” u “hombre” hay mucho más género que cuerpo, mucho más de proyección cultural que de materialidad objetiva. Más allá del debate metafísico, políticamente es muy interesante pensarlo así, ya que cuanto más género aceptemos más capacidad de intervención tenemos y más posibilidades de transformación política se despliegan, más potencia antipatriarcal.

Pero la cosa se nos complica cuando llevamos el debate a lo identitario y queremos relacionarlo con los cuidados: reforzar (o disolver) las identidades de género, teniendo en cuenta principalmente el lugar social que se desea ocupar para dialogar con las demás en términos individualistas, puede entrar en conflicto con los roles sociales que se derivan de las funciones reproductivas necesarias para el cuidado de las personas, y específicamente para el cuidado de las infancias.

Es muy fácil (incluso pasa sin querer) que la práctica performativa de género adopte formas adultocéntricas —entre otras cosas, no todos los sujetos están autorizados por el sistema neoliberal a ensayar diferentes posiciones identitarias—. El sistema con nuevas representaciones puede tanto subvertir como reforzar la estructura del privilegio, y la reforzará sin duda si no se entrenan paralelamente posibilidades compatibles con las necesidades de los y las bebés y de las personas que protagonizan los procesos sexuales-reproductivos, como son la gestación, el parto/nacimiento, el puerperio, la exterogestación o la lactancia.

Hablar “género” en clave de reproducción no es definir una expectativa social fija para los distintos roles de las personas en los cuidados -y a partir de ahí entrar en las nocivas dinámicas de juicio- sino integrar en el sistema de género la realidad de interdependencia que nos caracteriza como sociedad humana.

Así, cuando hablamos de “padres” o de “madres” (o de “mapas” no binarias), cuando pensamos en “identidades reproductivas”, esto es, en identidades que surgen directamente de la participación, con un cuerpo físico y sexualizado, en los procesos reproductivos mamíferos de nuestra especie —y que, pese a todas las transformaciones culturales que ha habido y a la participación intensa del mercado y de las tecnologías reproductivas, como la fecundación in-vitro, o de las tecnologías sociales, como la gestación subrogada, no han variado sustancialmente en miles de años— no es tan fácil subordinar el sexo biológico al género, máxime cuando en la función reproductiva las mujeres y los hombres (o como queramos llamarnos) son objetivamente diferentes.

El hecho reproductivo de nuestra especie es un hecho sexual, un proceso biopsicosocial autorregulado con dinámicas libidinales en las que la necesidad y el placer, el deseo y la supervivencia, se entremezclan para posibilitar la vida y garantizar el bienestar necesario para que ésta acontezca. No parece muy razonable, ni prudente, vincular todo esto exclusivamente a un sistema de género que queremos volátil y modificable, al menos sin una reflexión profunda al respecto que sirva para salvaguardar lo imprescindible.

El término medio —y pretendidamente el lugar de encuentro de la necesidad de corresponsabilidad con un sistema de género funcional al orden social— es plantear el “género reproductivo” en términos igualitarios, que la función social de un padre y una madre sean intercambiables en términos de parentalidad y cuidados: de ahí lo de los permisos iguales e intransferibles, o que los chicos podamos disfrutar del permiso de lactancia.

Más allá de las ventajas que puede tener como propuesta política en igualdad, los beneficios en clave de parentalidad no están tan claros. En lo concreto, a efectos prácticos, implica una homogenización de la crianza, un modelo de mínimos, un low cost que devalúa lo singular, lo que sólo pueden hacer determinadas personas —de nuevo se devalúa la particularidad de las mujeres-madres—, e instaura como paradigma parental el que “solo es importante para cuidar a las criaturas lo que pueden hacer por igual todas las personas, todos los cuerpos reproductivos”, el factor común, desestimando aquellos elementos que nos obligan a abordar el debate no solo en términos de género, sino también de sexo.

Se da la paradoja de que por huir de la violencia del marco esencialista, en el que el género está absolutamente condicionado por lo reproductivo en un sistema de opresión y explotación de las mujeres, validamos un sistema que no garantiza el respeto a los procesos perinatales ni el bienestar de las infancias. Validamos una organización social de desamparo y descuido.

Esa construcción salomónica y funcional al sistema —que además conecta con la precariedad que viven la mayoría de las familias que necesitan conciliar para llegar vivas a fin de mes— puede llegar a amenazar los mecanismos biológicos fundamentales para la autorregulación y la salud comunitaria, y afianzar que la reproducción en nuestra sociedad se dé siempre en condiciones precarias.

Así, con nuestra organización social y con el sistema de roles sociales que la sustenta —el género— mutilamos el ecosistema de la vida en vez de nutrirlo y vertebrarlo en clave de respeto y derechos. La potencialidad política que se abre por la performatividad del sistema de género se acaba cerrando al poner este juego al servicio de las estructuras de violencia patriarcal que agreden la vida.

Esto no quiere decir que estemos obligadas a vincular para siempre el sistema de género al sistema de sexos y a la capacidad reproductiva de las personas, ni tampoco que haya que abolir el sistema de género para que las diferencias sexuales operen sin filtro cultural desde el determinismo biológico. Hemos de ser creativas y proponer un sistema de representaciones en sintonía con el cuidado y el bienestar, un sistema de género producto de la fragilidad humana, de las necesidades de amparo y de las dinámicas saludables de interdependencia. Un sistema de género al servicio de la sexualidad “colectiva” del “cuerpo social” y de sus procesos reproductivos, y que esté emancipado de las identidades que sostienen, y fijan, el sistema de privilegios.

Lo “masculino” y lo “femenino”, y otras muchas caracterizaciones que podamos inventar, no tienen que estar lastradas por las diferencias sexuales de los cuerpos en sus identidades biológicas. Podemos, y en mi opinión debemos, fantasear con emancipar el género del sexo, pero lo que sería un desastre social es dejar los procesos reproductivos -que a su vez necesitan unos roles y una organización social para hacerlos viables- en un territorio de nadie, sin respuesta, abandonados, porque no nos va bien cargar con esto en la batalla cultural.

Se nos complejiza el juego y nos obliga dialogar con la diferencia y el dimorfismo en la reproducción, y parece que así no se hacen amigas en la izquierda transformadora.

Así, por ejemplo, la identidad parental “madre”, o la identidad parental “padre”, no deberían ser simplemente la evolución en base al sistema de sexo-género “del hombre o mujer que se reproduce”, de manera que los hombres devengan automáticamente en padres (independientemente de que sean padres ausentes, igualitarios o corresponsables) y las mujeres devengan automáticamente en madres (independientemente de si paren o no). Estas identidades, en un sistema de sexo-género que estuviera en sintonía con las necesidades de cuidado, se tendrían que definir teniendo en cuenta la participación diferenciada en el hecho reproductivo desde sus roles como personas cuidadoras —podría darse el hecho de que personas con identidad de género “hombre” devengan en “madres”, y viceversa—, y hoy por hoy, las madres y los padres son diferentes y no son intercambiables.

Si bien “madre” y “padre” como identidades de género siguen reproduciendo el sistema binario, al menos son identidades que -si se basan en los cuidados y no el el Código Civil-, surgen en relación y por tanto tanto integran la alteridad, y es justo la aportación de los hijos, hijas, hijes, las necesidades de las criaturas, lo que hace que se definan como diferentes -y por ello es problemático hablar de igualdad de género en términos reproductivos, pero, por otro lado, ambas identidades son compatibles con identidades de género masculinas y femeninas, lo que multiplica las posibilidades en los roles de acompañamiento a las infancias, a la vez que se tienen en cuenta los procesos libidinales que necesitan para crecer saludables-.

No es lo mismo parir que no parir, gestar que no gestar, poder o no poder amamantar, Independientemente de cómo llamemos (o se llamen desde una autodeterminación de género) a las personas que protagonizan estos procesos sexuales y reproductivos. Además, necesitamos que los y las bebés —sujetos políticos que suelen quedar fuera de los discursos de vanguardia— no queden en una situación de desamparo sin cuerpos ni prácticas que les sostengan, y necesitamos también que se puedan reivindicar, si se quiere, el parto o la lactancia como elementos propios de la identidad sexual (o de identidad de género), sin recibir un rechazo social y militante por ello.

Tan nocivo es defender el determinismo biológico como obviar que la biología tiene un papel fundamental en la sexualidad y la reproducción humana. Si sacamos la biología de la ecuación dejamos la reproducción (y la identidad) a merced del capitalismo, a expensas de su tecnología y consumo. La biología es lo que da la dimensión sexual a lo reproductivo, y esa dimensión sexual es la que hace que lo reproductivo no sea una mera “fabricación industrial de individuos nuevos”, sino un elemento de cohesión y de vertebración comunitaria desde la que edificar el sistema de cuidados y bienestar.

No deja de ser un sin sentido que defendamos la sexualidad como una construcción cultural que opera sobre los cuerpos y activa los procesos libidinales, sin reconocer que el deseo tiene una función biológica esencial para la supervivencia de la especie y que forma parte de nuestra existencia como animales mamíferos que somos.

Sabemos lo importante que es el lenguaje para crear realidad, y aunque aún no sepamos cómo hacerlo de manera precisa, hemos de empezar a nombrar e integrar en nuestros discursos los procesos reproductivos, con sus bases biológicas y con la organización social que precisan, y no dejarlo de lado porque pueda significar un inconveniente en nuestra propuesta política de disputar el género. Lo queer precisa también de su versión perinatal y de cuidados si se pretende reivindicar como una teoría política emancipatoria antipatriarcal.

Porque, parafraseando el título de la última obra de Judith Butler, ¿quién teme al género si éste se pone al servicio de la vida?
Paco Herrero Azorín. Educador social y coordinador del proyecto @femdinamo de la Dinamo Acció Social (Valencia)

miércoles, 10 de julio de 2024

#hemeroteca #lgtbi #drogas | “La gente queer se abre a un abanico de tipos de sustancias mayor”

Presentación del Proyecto Chueco en su local, en octubre de 2023 //

“La gente queer se abre a un abanico de tipos de sustancias mayor”

Proyecto Chueco es un recurso comunitario de acompañamiento integral que busca especializarse en los procesos de recuperación de personas LGTBIAQ+ con problemas con las drogas. El proyecto, además, se propone acompañar a trabajadoras sexuales y a personas en situación de calle.
Andrea Momoitio | Pikara, 2024-07-10
https://www.pikaramagazine.com/2024/07/la-gente-queer-se-abre-a-un-abanico-de-tipos-de-sustancias-mayor/

Las cosas como son: han triunfado. El local que una vecina ha cedido al Proyecto Chueco es una maravilla. Está a apenas cien metros de la parada de metro de Chueca; reformado, grande, agradable. Una lonja de dos plantas, unas escaleras de caracol de hormigón pulido, un espacio diáfano en el bajo para bailar y ver películas, un pequeño despacho. Proyecto Chueco es un recurso comunitario de acompañamiento integral que se construye desde el colectivo LGTBIAQ+ para el colectivo LGTBIAQ+.
“Hemos intentado ir más allá del ‘chemsex’. No hay un programa específico para personas LGTBIQA+ que no lo practican”
Abraham Mesa es la coordinadora del programa y eso significa que se encarga de... casi todo, pero prefiere no personalizar el proyecto en su figura. Por eso, opta por no aceptar que le haga fotos aunque contesta, con gusto, a todas mis preguntas. Hay algo que le hace especial ilusión: “Hay peña que hacía mil años que no venía a Chueca y que ha vuelto porque está este proyecto. Da mucha felicidad volver a traer lo asociativo”.

Proyecto Chueco tiene tres focos de acompañamiento: las personas con problemas con las drogas, las que ejercen un trabajo sexual y las personas sin hogar: “Lo correcto es hablar de situación de sin hogar o en situación de sinhogarismo porque no todas las personas en situación de sinhogarismo están en situación de calle”, explica. De momento, sin embargo, se han centrado, sobre todo, en lo relacionado con el consumo de drogas.

P. ¿Cómo llega la gente al proyecto?

Por Instagram, por el boca a boca, derivadas de otros recursos, tanto de otras entidades como Apoyo Positivo o como el Programa LGTBI de la Comunidad de Madrid. Nos empiezan a escribir desde otras entidades para preguntarnos cómo se hacen las derivaciones. Hay gente que de repente ve una actividad que le interesa, viene y después sigue participando en otras. Por ejemplo, llegan a través del club de lectura y se enteran de que hay un grupo de apoyo mutuo para personas con problemas con las drogas.

P. ¿Cómo surge este grupo?

Hablo de problemas con las drogas y no de adicciones. No todas las personas con problemas con las drogas son adictas, pero todas las adictas tienen un problema con las drogas. En los procesos de recuperación, hay una parte en la que sí que es necesario estar acompañada por un profesional, pero llega un punto del proceso en que el sentarse frente a otra persona adicta hace que afloren otras cosas. En el grupo de apoyo no pueden participar profesionales a no ser que vengan en calidad de personas adictas o con problemas con las drogas.

P. No pueden participar profesionales, pero en la información que difundís sí que es un requisito que estén en un proceso de acompañamiento terapéutico.

Sí. Esto nos crea conflicto. Lo decidimos así por si algo se va de madre dentro del grupo y no somos capaces de gestionarlo. Es verdad que es un poco contradictorio, pero no queríamos dejar a nadie con un melonaco abierto que no supiéramos cerrar.

P. ¿Cómo funciona?

Nos reunimos todos los lunes. Hay una estructura fija, que se ha decidido en común entre todas las personas participantes, que empieza con una ronda de sentires. Luego tratamos alguno de los temas que hemos elegido en una primera lluvia de ideas que se hizo cuando se formó el grupo: qué pasa con el estigma, por ejemplo, de no poder compartir el problema con tu familia o amigas.
“Algo que tenemos en común las personas LGTBIQA+ es el trauma, y lo queremos vivir todo superintensamente”
P. ¿Hay especificidades en el consumo de droga por parte de la comunidad LGTBIQA+?

Sí, hay especificidades que hacen que caigamos más en estas problemáticas. Desde Proyecto Chueco hemos intentado abrir un poco el discurso para ir más allá del 'chemsex' [el consumo de drogas para facilitar o intensificar la actividad sexual] sin menospreciar esa problemática. Durante los últimos años, en las entidades LGTBIQA+ se ha puesto el foco ahí, pero empezamos a ver a peña que solicitaba otro tipo ayuda. Si no practicas 'chemsex' no hay un programa específico para personas LGTBIQA+. Tendrías que ir a cualquier programa general y había una sensación de que nos estábamos dejando a gente atrás. Entonces lo que hicimos, simplemente, es ampliar el discurso con tres preguntas: ¿Crees que tienes un problema con las drogas? ¿Te cuestionas tu consumo? ¿Te preocupa que tus relaciones afectivo-sexuales se den únicamente cuando están mediadas por las drogas? Así ya estás ampliando el abanico de personas a las que llegas.

P. ¿Qué diferencias en el consumo habéis detectado?


Algo que tenemos en común las personas LGTBIQA+ es el trauma, y lo queremos vivir todo superintensamente porque históricamente hemos tenido encuentros de libertad clandestinos. Hemos llegado a la conclusión de que van un poco por ahí los tiros. Ninguna somos profesionales, pero son nuestras vivencias. Las adolescencias tardías que vivimos muchas veces las personas queer hacen que luego andemos a trompicones. Creo que compartimos el no habernos podido desarrollar con naturalidad de pequeñas. En lo relacionado con el 'chemsex' problemático, vemos mucha masculinidad tóxica y homofobia interiorizada; la soledad por no tener un grupo de amigas sólido y solo tener amigos de fiesta... Entonces, llega la pandemia y caen en el 'chemsex' problemático un montón de personas, porque no tiene esos lugares de socialización de fiesta.

P. ¿Qué tipo de consumo se aborda en el grupo? ¿Participan, por ejemplo, personas con adicciones al alcohol?


No ha venido nadie por eso, pero sí que estaría abierto. Es una droga legal, pero es una droga. Intentamos no poner el foco en qué sustancias se consumen y pedimos no ser muy detallistas con los consumos porque no es necesario y, muchas veces, nos recreamos.

P. Es un espacio libre de cualquier tipo de consumo, ¿apostáis políticamente por la abstinencia o el consumo cero?

Creemos que no se puede pedir la abstinencia total a una persona que acaba de llegar y que se está empezando a plantear que tiene un problema con las drogas. Las personas tienen que ser protagonistas de sus propios procesos de recuperación y tienen que estar implicadas. Creemos en la prevención de riesgos. Hay que ir tomando decisiones poco a poco y cada persona tiene que decidir si quiere ir hacia la abstinencia o no. En el grupo hay personas que tienen como objetivo la abstinencia total; otras que quieren reducir el consumo. En general, tenemos muy poca formación en drogas. Empezamos a consumir y lo hacemos mal.

P. Pero la falta de información está generalizada. ¿Por qué crees que nos afecta más a las personas LGTBIQA+?

Históricamente, al estar en la vanguardia de muchos movimientos, hemos consumido más tipos de sustancias que las personas heterosexuales, que no conocían otra cosa que no fuera la cocaína o los porros. La gente 'queer' se abre a un abanico de tipos de sustancias mayor. Estoy haciendo una reflexión que no es en absoluto académica sino que es una intuición. Llegamos antes a las nuevas sustancias y las probamos sin saber qué efectos producen, cuáles son los riesgos, cuáles son las vías de consumo.
“No hay una cultura del consentimiento con respecto a las drogas”
P. ¿Hay una aceptación demasiado amplia del consumo en entornos feministas y ‘queer’?

A lo mejor nos hemos pasado un poquito de frenada en determinados entornos. El consumo está en todas partes, pero cuando empiezan a aparecer personas que tienen problemas, ¿qué pasa? ¿Que dejen de ir a las fiestas y ya está? No hay una cultura del consentimiento con respecto a las drogas: la insistencia, la ridiculización de las personas que no consumen... No nos paramos a pensar que a lo mejor estamos ante una persona que tiene un problema y, por eso ha dejado de beber, por ejemplo. Quizá tenga que ver con el concepto de libertad... Pasa también con el 'chemsex' problemático, ¿esto era la libertad sexual? Pues vaya mierda.

P. Además, nos falta información sobre las consecuencias.


No tenemos datos de muertes ni de suicidios porque no se están contabilizando y las personas que atienden en los centros de urgencia no tienen formación. Si alguien llega con sobredosis de GHB [ácido gammahidroxibutírico, conocido como éxtasis líquido] pues a lo mejor es que estaba en una sesión de ‘chemsex’. La crisis del sida solo se abordó con medicamentos, pero no se abordó la cuestión psicológica de un universo criminalizador. Todo ese trauma sigue. Las nuevas generaciones no lo tienen tan presente, pero las que hemos nacido hasta los 90 sí teníamos muy presente la estigmatización. Es un trauma colectivo y el 'chemsex' problemático es el síntoma de que no está curado. De aquella época queda mucho de la masculinidad tóxica. Los hombres gais se empezaron a muscular para no parecer enfermos porque, entre los 90 y los 2000, el cuerpo homosexual masculino se empezó a construir por oposición al cuerpo marcado por la enfermedad del sida a través del desarrollo de la musculatura.

P. ¿Cómo se puede abordar este tema?

Desde el consumo solo, no. Porque hablamos de un trauma no resuelto y no trabajado en absoluto. No, tú no tienes un problema con las sustancias, tienes un problema contigo misma y el síntoma es la relación problemática con las sustancias, pero la sustancia en sí no es un problema. Entonces hay que abordar por qué has llegado ahí, buscar en todos los ámbitos de tu vida e ir rascando por ahí. Ir hablando y hablando, pero no solo hablar. Hay que ir moviendo el cuerpo también. Creo que en las entidades LGTBIQA+ no se ha puesto en valor, por ejemplo, la danza para los procesos de recuperación. Cuando mueves tus miserias con el cuerpo salen cosas increíbles y tiene un valor terapéutico superfuerte.

P. En el entorno transfeminista tampoco hay grandes críticas a las sustancias desde el punto de vista del consumo. Muchas marchas a la cárcel, pero ¿cuántas de las presas lo están por transportar drogas? ¿En qué condiciones se están produciendo las sustancias que consumimos?

Totalmente. Lo decía hace poco un compañero: ¿Desde dónde vienen las sustancias que se consumen? ¿Cómo podemos politizar esto? Quizá deberíamos hablar sobre este tema con las personas que participan en nuestros proyectos.

P. ¿Os habéis encontrado con alguien que, además de tener problemas con el consumo, los haya tenido por vender sustancias? Tengo la sensación de que no es una salida “laboral” muy habitual para personas LGTBIQA+.

Por venderla, no, pero se está viendo en Madrid, desde hace un tiempo, que la policía ya está entrando en cuartos oscuros de discotecas; se para a determinadas personas con un determinado aspecto por la calle el domingo por la mañana... Parece ser que están apareciendo muchas maricas en los calabozos.