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miércoles, 16 de abril de 2025

#hemeroteca #gais #cofradias | "Mariquitas capillitas": así es el documental que se mete dentro de la comunidad LGTBI en la Semana Santa de Sevilla

Los 'chillaores' a la Virgen de los Dolores en Sevilla //

"Mariquitas capillitas": así es el documental que se mete dentro de la comunidad LGTBI en la Semana Santa de Sevilla

Los 'chillaores' son la pieza más escandalosa de la Semana Santa... pero no tienen nada de nuevo
John Tones | Xataka, 2025-04-16
https://www.xataka.com/magnet/mariquitas-capillitas-como-comunidad-lgbti-sevilla-vive-pasion-semana-santa-dentro 

En 2019 se viralizó un vídeo que mostraba a un grupo de jóvenes vitoreando a la Virgen de los Dolores en una procesión de la Semana Santa de Sevilla. Lo entregado de los piropos ("¡Reina del Martes Santo!", "¡El barrio entero pa ti!") y el tono con el que éstos se lanzaban desató todo tipo de comentarios, muchos de ellos abiertamente homófobos y, sobre todo, plumófobos. En cualquier caso, no sorprendieron a quienes están habituados a la Semana Santa de la capital andaluza y a su íntima relación entre el fervor católico y la personalísima militancia LGTBI de muchos de los devotos de las imágenes.

A chillar, joven. En realidad, el fenómeno de los "chillaores", como se conoce a estos jóvenes, no tiene nada de nuevo, como creen algunos guardianes de las esencias de la Semana Santa (aunque es cierto que es ahora cuando la Iglesia se ha mostrado a favor de "cortar los histerismos"). Por ejemplo, en 1916, Eugenio Noel ya documentaba frases como "Esta Virgen se pasa por la entrepierna a todas las vírgenes de Sevilla" gritadas al paso de la Esperanza Macarena.

Barrios humildes. Estos vítores tenían en su día mucho de reivindicación social, ya que tanto el barrio de Triana como la Macarena eran zonas populares que engalanaban a sus vírgenes como desafío a la aristocracia de las procesiones centrales. Ahí tenían sentido los gritos con un punto corrosivo, intolerable para el poder central (y eclesiástico). Hoy Sevilla es una ciudad muy distinta, pero las costumbres florecen de nuevo: Noel hablaba de cómo en la Madrugá "la catedral no se cierra, las tabernas tampoco, y la vida de los prostíbulos es más activa que nunca". La Semana Santa es una actividad performativa, tanto si se opta por el amaneramiento como por la sobriedad extrema.

"¡Dolores guapa!". De esto se dio cuenta Jesús Pascual cuando vio el vídeo viral. Comenzó a indagar en el fuerte componente LGTBI de la Semana Santa de sevilla y lo plasmó en un documental titulado como el grito que lanzaban los ‘chillaores’ del vídeo, y que se puede ver en Filmin y Prime Video. El resultado es una amalgama de influencias que dejan clara la naturaleza popular de la Semana Santa en Sevilla y cómo los símbolos pueden ser reinterpretados sin que pierdan nada de su significado original. A la vez paradójicamente corrosivo y tradicional, '¡Dolores guapa!' es revelador sobre todo cuando los autodenominados "mariquitas capillitas" hablan de la tradición de los pasos y los costaleros como terreno abonado para el sentir gay.

Dos formas de verlo. En ¡Dolores guapa! se dice que "hay dos religiones: la de Roma y la de Sevilla". Se hace referencia así al catolicismo y a las múltiples formas de entender su iconografía, donde la Virgen María, pura feminidad y símbolo maternal, es a la vez símbolo pío y diva a la que vestir como a una folclórica (otro entorno eminentemente andaluz que los gays han hecho suyo, pese a la oposición tradicionalmente homófoba de la Iglesia y la España más inmovilista).

Rodríguez Ojeda, referente. En el documental se menciona, como referente imprescindible, al bordador Juan Manuel Rodríguez Ojeda, homosexual reconocido que revolucionó la Semana Santa a finales del XIX. Entre sus obras esenciales están el manto de la Virgen de la Macarena (que fue revolucionario en su día, por distanciarse de los mantos más sobrios vistos hasta ese momento) o los trajes de la Centuria Romana, que decoró con plumas y leotardos. Este colorido y preciosismo hicieron mucho por inyectar de una inaudita sensibilidad ‘queer’ a la Semana Santa de Sevilla. De hecho, con él se estableció un prototipo de participación gay en labores artísticas, de joyeros a vestidores de vírgenes.

Su doble moral, gracias. Aunque esta presencia homosexual es abierta y reconocida, en muchos casos declarada, no deja de haber cierta tensión: la integración está ahí, pero el señalamiento también: la Iglesia exige comportamientos "morales" a homosexuales y divorciados. Los gritos a la Virgen son así una forma de reivindicación de una realidad que, por la presencia de la Iglesia, no puede ser oficial: una vez más, como pasó antes en el cine y en la música, la sensibilidad camp sirve como declaración de intenciones (y como construcción de un entorno familiar alternativo ante el rechazo del propio).

Nuevos tiempos para el barroco. En los últimos tiempos, han surgido nuevos artistas y movimientos que reivindican esta realidad. Carlos Carvento fusiona mantillas sevillanas con actitudes de ‘drag queen’; colectivos como Proyecto Palio luchan por la visibilidad trans en las cofradías; y finalmente, escándalos como el del cartel de la Semana Santa de 2024 de Salustiano García, que cuestionó la iconografía de Cristo, abren debates que ayudan a visibilizar una lucha de estéticas y voluntades que lleva años burbujeando dentro de las cofradías.

sábado, 13 de mayo de 2023

#hemeroteca #literatura #trans | Alana S. Portero: “Es muy fácil ser sobrio cuando todo está hecho a tu medida”

Vanity Fair / Alana S. Portero //

Alana S. Portero: “Es muy fácil ser sobrio cuando todo está hecho a tu medida”
La mala costumbre, el debut narrativo de la escritora, dramaturga y directora escénica madrileña, es un brillante conjuro literario que confirma que los mal llamados márgenes conforman el núcleo de muchas otras vidas que no se suelen contar.
Darío Gael Blanco | Vanity Fair, 2023-05-13
https://www.revistavanityfair.es/articulos/alana-s-portero-la-mala-costumbre-novela-debut

Llevamos años pudiendo disfrutar de la pluma ágil, mordaz y tierna de Alana S. Portero en medios como Vogue España, El Salto Diario, Agente Provocador y eldiario.es o en su Patreon, pero ahora debuta en la ficción con una novela que triunfó en su puesta de largo en la Feria del Libro de Frankfurt, meses antes de publicarse. Desde entonces, ya son once las editoriales que han adquirido sus derechos y por el momento será traducida al menos a ocho idiomas. Tras su publicación el 3 de mayo, 'La mala costumbre' (Seix Barral) no ha dejado de cosechar críticas excelentes y demostrar que las altas expectativas de sus lectores estaban más que justificadas.

Alana me recibe de riguroso negro en la biblioteca y antigua Casa de Fieras del Retiro, en una suerte de aula con un imponente escritorio sobre el que descansa un ejemplar. Lleva un camafeo de Mar del Valle y bromea con que, entre su look y el escritorio a nuestra derecha, guarda cierto parecido con Emilia Pardo Bazán. Parece escuchar atentamente nuestra charla la estampita de santo Domingo Savio que forma parte de la cubierta obra de Roberta Marrero, artista y escritora a la que admira desde hace mucho tiempo y que “apela a casi todos mis fetiches estéticos y culturales”. Al igual que muchos otros habitantes disidentes de la noche dosmilera madrileña, “yo la buscaba muy a menudo en sus pinchadas. Era para mí esa esfinge a la que aspirar, ese ángel en el que te quieres convertir”. Y matiza, bajándola del pedestal, que al fin y al cabo deshumaniza: “es una artista admirable e inteligentísima. Una mujer ejemplar, en el buen y en el mal sentido”.

Si la cultura trans existe (que lo hace, pero no en singular), este libro aúna a dos de sus principales figuras en España. Pero esta delicada 'bildungsroman' nacida de la purpurina y el asfalto tiene múltiples facetas, más allá de iluminar y llenar de matices las vidas trans con información de primera mano, acercándolas a la experiencia de cualquiera. La clase es, junto al autodescubrimiento, uno de los principales ejes de una novela con mucha conciencia de clase a través del tamiz de la autora y sin rastro de la abultada épica condescendiente que se empeña en obviar toda experiencia más allá de ciertos hombres que desempeñan ciertos trabajos. Es una novela en la que abunda el puchero, las obras que son amores a falta de mejores palabras, en la que se ponen de relieve los aciertos y las contradicciones de la solidaridad entre vecinos y familiares, de sus límites y elasticidades. Al mentar sus influencias en este sentido, recurre a una anécdota de la escritora Ursula K. Le Guin, que al recibir la noticia de que había ganado uno de sus primeros premios “su manera de celebrarlo fue salir un momento a respirar a la parte de atrás de su casa y mirar el cielo porque estaba reventada de atender su hogar”. O a Toni Morrison, que iba esbozando sus historias mientras cargaba con las bolsas de la compra. Pero también halló inspiración en las “escritoras a las que conozco personalmente, que están vivísimas y son jovencísimas, que sé que se matan a trabajar y escriben cuando pueden, que es robándole horas a la noche”.

Otro de esos ejes es Madrid, el de las calles de San Blas y la Chueca y Malasaña previas a la gentrificación. “Esta es mi carta de amor a Madrid, una ciudad fea pero con gancho”, matiza sonriendo. “La idea de que Madrid es una especie de club privado para ricos en la que vienes y se te tritura es un relato interesado. Yo no digo que no tenga su traslación real porque aquí se pasa mal, sí. Madrid fue destruida durante la Guerra Civil y a Madrid se le aplicó un correctivo tremebundo que explica en parte que se haya decantado por ciertas cosas. El Madrid obrero, el de las luchas vecinales de finales de los 70 y los años 80, tuvieron que destruirlo y erradicarlo a través de la droga. Pero es una ciudad con un espíritu de lucha enorme, mucha magia y sitios por descubrir, así que me parece injustísimo que al final se piense en ella como un sitio donde solo hay franquicias de tapas”. Al hacer de San Blas su “Macondo particular”, Portero nos ofrece a través de sus páginas un imaginario mucho más cercano que el de los grandes autores del canon, y es que al fin y al cabo, “¿A quién te pareces más, a la protagonista de 'La mala costumbre' o a ese señor austrohúngaro que escribía de maravilla pero tocaba la campanilla para que le trajeran el café? Yo eso no lo he visto en mi vida, pero gente como ella, sin necesidad de ser trans, he conocido a mucha”.

Se nota su paso por las tablas en su manera de expresarse y en los diálogos vívidos de la novela. Pero también en su manera de sublimar las estructuras del teatro, la épica y los mitos griegos, con sus “oráculos que te empujan a seguir, esas mujeres que cumplen la función de las Moiras y te muestran por un instante el hilo del destino, que te cuentan quién eres, te hacen trizas y te dan alegrías a partes iguales”. Pero aplicado al contexto de la protagonista, esas son mujeres, como en el caso de las trabajadoras sexuales trans, a las que se empuja a los márgenes pero que “son el centro de la existencia de mucha gente”: “hacer literatura con ellas me parecía un acto de justicia, necesitaba contar sus vidas coronándolas con magia, con ficción de la mejor que yo fuese capaz de trenzar. También quise hacer un homenaje a esa generación que se llevó la peor parte de la Ley de peligrosidad social y que fue arrasada por el SIDA". Su formación como historiadora medievalista se hace notar en las numerosas referencias que intercala con un santoral mucho más pop ("igual que me he criado leyendo mitología, me he criado leyendo el ¡HOLA! y el Pronto", puntualiza), y con “nuestra cultura [LGTB+] de encontrarnos referentes en lugares donde en principio nadie los busca”.

Tiene todo el sentido, pues, que la protagonista con un pasado de niña confinada en las imágenes y mundos de ficción que le permitían ser quien era únicamente a escondidas del mundo exterior, se nutra con los mitos de transformación griegos, “mitos de seres que evolucionan, que cambian, que seducen adoptando otras formas corporales. Algo con una lectura muy directa para la cultura LGTB, pero también para cualquiera que haya fantaseado con ser otra cosa, con ser algo más o simplemente con cambiar de alguna manera”. También que los resignifique o devuelva a su ductilidad original, la de todas las culturas milenarias que engrandecen el juego, el disfraz y los cuerpos que supuestamente no son posibles, algo rabiosamente queer desde nuestro prisma actual.

Portero lleva años construyendo y reconstruyendo, a través de sus artículos, genealogías trans y queer que nos han sido arrebatadas o a las que se ha tratado de despojar de su importancia. En 'La mala costumbre' lo hace trazando una urdimbre de redes de resistencia y cuidados, primero de un mundo que excluye en un principio a su protagonista, pero del cual siempre ha formado parte: el de la sororidad entre mujeres machacadas por el peso del patriarcado y de la clase, pero que en ocasiones abren el gineceo para recibir a las más desterradas. Y más adelante, el de las familias elegidas a golpe de epifanías y encuentros mágicos, maniobras de supervivencia, observación atenta y puro ingenio. Pero incluso en la masculinidad más normativa, marcada por la grisura y un disciplinamiento salvaje, hay lugar para esos cuidados, ya se manifiesten en la protección discreta pero constante de un hermano o en un padre que se quita la comida de la boca para dársela a una hija trans a la que no entiende. Y es que “no hace falta entender nada cuando se es una persona decente”, sintetizaba la autora en su presentación en Madrid, el pasado 10 de mayo. Precisamente en esa presentación, en la que estuvo acompañada por la ministra de Igualdad Irene Montero, esta última aludía a algo que Portero retrata de forma magistral: las "rupturas del pacto de caballeros" que abren una grieta y posibilitan otras maneras de cuidar y de relacionarse

Abunda también el humor en las páginas de este debut literario que se siente cómodo en lo camp y lo reviste de cierta solemnidad inherente a todo exceso, máxime cuando supone una respuesta a la tiranía de lo que la normalidad considera apropiado. Tan cómoda está en ciertas contradicciones esta “taurina antitaurina”, que sabe “mucho más de toros de lo que me gustaría” y que considera la tauromaquia una práctica aberrante, que no duda en reconocer abiertamente su fascinación por todo lo que tenga que ver con la realeza o el “chafardeo real”, como a ella le gusta decir. “Desde siempre he sentido un amor incondicional por la escenificación de las cosas, hasta el punto de haberme dedicado al teatro, y aquello me parece un teatro llevado al paroxismo, una manera de tratar de mantener la magia, pero que ya no funciona muy bien”. Ciñéndonos a la cultura, más allá de cuestiones tan relevantes como su legitimidad en un escenario actual, “lo camp y lo monárquico están íntimamente unidos. Es una pura teatralización que no puede revestirse de normalidad, porque la monarquía es una anormalidad que pertenece a los cuadros. Así que vístemela como tal. Ya que mantenemos la jefatura de Estado, ponte la corona, el armiño, dame oro, dame teatro”.

En la novela hay también muchos destellos de aparente frivolidad, de performance, rituales y liturgias más o menos ceremoniosas sin las que muchas personas cercenadas por la norma no se pueden construir ni contar a sí mismas, a falta de otras herramientas a las que al fin estamos empezando a tener acceso. Y en todo ello hay un respeto infinito y una hondura propia de quienes han tenido que valerse de estos artificios para aspirar a algo más que sobrevivir. “Es muy fácil ser sobrio cuando estás seguro en tu vida, cuando todo está hecho para ti y toda la fenomenología universal está hecha a tu medida. Pero cuando la cotidianidad no está hecha para ti, te queda fantasear y lo camp no es más que fantasía, teatralización y juego. Al final es un proceso de descubrimiento a través de la tragicomedia, el exceso, la fábula, el asombro, la picardía... ¿Cómo no va a tener hondura eso? Si es pura búsqueda y experimentación, llevada además hasta sus últimas consecuencias. Eso únicamente se puede ver ridículo desde la seguridad y sobriedad y de quien lo tiene todo a su alcance. Quien lo vea ridículo en realidad lo que nos está ofreciendo es una carta de privilegios, un ‘yo no necesito florituras para estar feliz porque no me hace falta’. Bueno, no te hace falta a ti, que lo tienes todo a tu alcance, pero hay muchas personas que necesitan esto que pertenece por derecho a las personas que lo tienen difícil. Y es un orgullo pertenecer a ese mundo. Es una auténtica alegría”, resuelve, acomodándose la melena.

A pesar de sus tablas, a Alana aún le cuesta acostumbrarse a ser entrevistada, a ser el foco de atención desde su faceta como autora, transitar la rueda promocional y leer las primeras reseñas que celebran su obra y aplauden su talento. En el clamor de la presentación en su Madrid natal hubo vítores y aplausos constantes, lágrimas de emoción, pañuelos ennegrecidos por el rímel y una cola de firmas que se prolongó hasta el horario de cierre. No es que haya nacido una estrella, lo que sucede es que esa estrella al fin tiene acceso al escenario y los camerinos que se merece. Este libro es la primera estancia del hogar que Portero nos ofrece, un aquelarre luminoso alrededor de una mesa camilla. Y yo os animo a poneros vuestras mejores galas y participar de él.

lunes, 27 de febrero de 2023

#libros #literatura #trans | Bisutería auténtica

Bisutería auténtica / Daniel María.

Barcelona [etc.] : Egales, 2023 [02-27].
118 p.
Serie: Narrativa.

/ ES / Libros / REL / Literatura / Camp / Disidencia sexual / Mujeres trans / Trans / Transformistas / Travestis

📘 Ed. impresa: ISBN 9788419728142 / 17.95 €
📝 Cita APA-7: María, Daniel (2024). Bisutería auténtica. Egales.

✅ Rebiun: https://catalogo.rebiun.org/rebiun/record/Rebiun33002352

Con una pluma única, Daniel María nos transporta a un mundo repleto de pelucas, pintalabios, focos y supervivencia. Una joya única e imprescindible. ‘Bisutería auténtica’ es una crónica de amor a las identidades disidentes y camp, personificadas en estos ocho relatos por travestis, transformistas y mujeres trans. Un joyero con el que el autor rinde homenaje a quienes han ayudado a construir su cultura, imaginario y personalidad.

«Aquella travesti mayor me miró y me sonrió. Guiñó un ojo. Su párpado sostenía el universo. Es lo más parecido a una bendición que he sentido nunca. Una diosa. Sí. Una revelación. La unción de lo sagrado. El aceite bendito de las travestis es una sombra de ojos. Supe que aquella travesti mayor era una madre, una hermana, una inspiración. Que mi infancia marica se había originado en sus pasos. Sin saberlo, le hice una promesa. Algún día imaginaría su vida y la escribiría. La he llamado Gladis, la Rubia, Lola Jurado, Sarasa, Nancy, Cherilyn... He soñado su vida de mil maneras, en diferentes etapas, en lugares distintos».


Reseña de Bisutería Auténtica de Daniel María
Gustavo Forcada | Un Cuarto Oscuro, 2023-04-04

https://www.uncuartooscuro.com/bisuteria-autentica-de-daniel-maria/

Terenci Moix ganó, en 1967, el premio Víctor Català con «La torre dels vicis capitals» (Edicions 62, 1968), un libro de nueve relatos traducido posteriormente al castellano como «La torre de los vicios capitales» que la censura mutiló a conciencia. Once años después, con Franco ya muerto, Edicions 62 recopiló seis de aquellos cuentos, en versión inédita y con todo su esplendor heterodoxo, bajo el título «Lilí Barcelona i altres travestís». El mitómano escritor acompañó al último de los relatos («Lilí Barcelona») de un subtítulo que podríamos transcribir del catalán como «una suerte de melodrama camp e incluso kinky. Sin rehuir nada, bien entendido. That charming queer touch (en inglés en el original)».

Le robamos a Terenci esta expresión para compartir la sensación con la que nos topamos al finalizar la lectura de «Bisuteria auténtica» (Ediciones Egales, 2023): un garbo que comienza agazapado en el estómago y que acaba cosquilleando todo el cuerpo. ‘That charming queer touch’. Ese encantador toque queer con el que Daniel María (La Gomera, 1985) ha revestido cada uno de los ocho relatos que conforman su nuevo libro. Ocho crónicas emocionales que son ocho ficciones consagradas a fijar la atención en lo que en «(1971: Sarasa)», el último relato del libro, le remarca una magnánima Sara Montiel a Sarasa Montiel (una artista travestí que subía al escenario a transformarse en la manchega): «No lo olvides nunca. Somos bisutería auténtica. La que más brilla». Artificio y autenticidad. Espectáculo, imaginación y verdad.

«Bisutería auténtica» se articula como una especie de breviario pasional y de salmo reverencial (la mística religiosa cristalizada en la figura de la Virgen María adquiere una importancia fundamental en los relatos) que picotea en cuatro décadas (desde 1971 a 2009) por las que se pasean, con sus gasas púrpuras y su rastro de lavanda, varias travestis mayores, mujeres trans y transformistas. En realidad, Lola Jurado, la Rubia, Cherily, la Gladis… son la misma persona enmarcada en arquitecturas y coordenadas vitales distintas, en un sentido homenaje a la travestí que de pequeñito, en la peluquería a la que acudía a cortarse el pelo con su madre, le abrió a Daniel María la compuerta de la creatividad y le mostró la dimensión ‘camp’ de la realidad. La vida imaginada de esta mujer, desdoblada en las vidas contadas de ocho mujeres fascinantes, recorre «Bisutería auténtica» horadando la normatividad y procesionando la diferencia.

Una temática ambiciosa que Daniel María arma además con una prosa y un estilo que, remitiendo por afinidad a la topografía de Pedro Lemebel o de Camila Sosa Villada, planta sus raíces en el suelo fértil de dos enormes escritores canarios, Isaac de Vega y Agustín Espinosa. Dos maestros de los que el autor de «Un camerino propio» (Editorial Egales, 2020) hereda su capacidad para retratar a los que bandean las imposiciones sociales y su habilidad para los requiebros verbales («la duda de vivir, porque para qué, durmiendo cómo, comiendo cuándo, cagando dónde»).

Cada relato de «Bisutería auténtica» es una celebración (en algunos, incluso en sus ecos tristes cuando planea la sombra del SIDA en los ochenta) y una ofrenda a la memoria de nuestras hermanas en la lucha cuyas vidas imaginadas llenas de recovecos, de frases brillantes y afiladas como un delineador de ojos, y de caras rotas por no ceder en su disidencia, engarza el autor canario en unas páginas de oropel cargadas de palabras poderosas. Palabras de travestí. Amén.
 

LECTURAS
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Daniel María: "La producción artística queer cada vez gana más visibilidad y ocupa los espacios que merece"

El escritor y gestor cultural gomero publica 'Bisutería auténtica', una recopilación de ocho relatos sobre lo disidente. "Mi origen está en las travestis, las maricas, las bolleras, que vivieron una etapa durísima durante la dictadura militar"
Carla Rivero | La Provincia, 2023-04-05

https://www.laprovincia.es/cultura/2023/04/05/daniel-maria-produccion-artistica-queer-85673007.html
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Daniel María: “La Virgen María es la travesti más excesiva, hermosa y barroca”
Carlos Asensio | El Asombrario, 2023-09-07

https://elasombrario.publico.es/daniel-maria-la-virgen-travesti-excesiva-hermosa-barroca/

miércoles, 21 de agosto de 2019

#hemeroteca #cine #queer | Un extraño camino de baldosas amarillas

Imagen: El País / Fotograma de 'El mago de Oz'
Un extraño camino de baldosas amarillas.
La influencia cultural de 'El mago de Oz' no ha cesado desde su estreno en agosto de 1939. La enigmática película es un ensayo del poder político de la rareza.
Carlos Primo | El País, 2019-08-21
https://elpais.com/elpais/2019/08/16/ideas/1565948918_002260.html

Si nos limitamos a los datos objetivos, la película ‘El mago de Oz’ fue resultado de una cadena de expectativas frustradas. Victor Fleming, el director que finalmente la firmaría, tuvo que ausentarse sin terminarla para rematar ‘Lo que el viento se llevó’, la gran apuesta de la Metro-Goldwyn-Mayer. Precisamente la historia de Scarlett O’Hara, estrenada ese mismo año, arrasó en los Oscar; ‘El mago de Oz’ compitió en seis categorías y se hizo solo con dos estatuillas, a la que se añadió un premio honorífico juvenil para Judy Garland. También en esto hay algo de equívoco: la actriz tenía 16 años en el momento del rodaje, pero el personaje que interpretaba, Dorothy Gale, contaba apenas 12, así que Garland, a la sazón una estrella en ciernes de la Metro, tuvo que enfundarse en un corsé y abrazar al perrito ‘Totó’ sin pausa para disimular el volumen de su pecho. Las frustraciones continuaron tras el estreno, en el que este largometraje tuvo resultados más bien discretos. Su éxito, a la larga, fue una bomba de relojería que solo estalló cuando las televisiones comenzaron a reponerla; de manera paradójica, varias generaciones de espectadores descubrieron la película sin disfrutar de su mayor golpe de efecto, que es el momento en que Dorothy abre la puerta de su casa en Oz y la imagen pasa del blanco y negro al brillo chillón del tecnicolor. En las televisiones de posguerra, Oz solo existía en escala de grises.

Sin embargo, lo que debía ser una película gafada por los vaivenes y por su propia era histórica (en muchos países no pudo ser estrenada hasta 1945, tras la II Guerra Mundial) acabó convirtiéndose en uno de esos artefactos estéticos que, a falta de otra etiqueta, se acaba calificando como “de culto”. Contaba Salman Rushdie en una crónica publicada en The New Yorker en 1972 que, en el Bombay de su infancia, ver ‘El mago de Oz’ fue una experiencia iniciática. La historia de una niña que, queriendo salvar a su perro, acaba convirtiéndose en la salvadora de un complicadísimo reino de fantasía ubicado al otro lado del arcoíris era todo un ejercicio de exotismo en el que, aseguraba Rushdie, solo un detalle falla: el empeño de la protagonista en regresar a la aburrida y gris Kansas. “Para mí, la idea de ‘Como en casa, en ningún sitio’ es la menos convincente de la película”, escribió.

La novela de L. Frank Baum (1900) en la que se basa la película era un ‘best seller’ de largo recorrido, un cuento de hadas enclavado en un paisaje típicamente estadounidense. Hay carreteras infinitas, páramos vacíos, localidades rurales y capitales de provincia aparentemente (pero solo aparentemente) sofisticadas. En este escenario conviven arquetipos procedentes de cuentos europeos clásicos. Hadas buenas y brujas malas, puntos cardinales irremediablemente enfrentados y personajes alegóricos. Un hombre de paja, otro de hojalata y un león. Un mago tan charlatán como un político, una terrateniente despótica y los conflictos de clase que, para los historiadores, hablan de las disputas monetarias y la desigualdad social.

Alegorías aparte, esta versión ‘country’ de la Alicia de Carroll podría haber sido material excelente para una película de animación (de hecho, Walt Disney sopesó la idea de adaptarla), pero sus productores decidieron emplearla como salvoconducto para mostrar al público el poder del tecnicolor. De aquella decisión deriva hoy una de sus mayores virtudes, que es la sensación de extrañeza y fascinación que experimenta el espectador ante esta fábula híbrida.

En ‘El mago de Oz’ todo, desde las flores de vidrio hasta el complicado vestuario diseñado por Adrian produce la atracción estética de las creaciones extremas. El 'kitsch' refinado de Fleming está más cerca de las fantasmagorías surrealistas de Cocteau que de las superproducciones de Hollywood. De hecho, es un caso aislado. En los años posteriores, el imperio de Disney estableció que la fantasía era territorio exclusivo del cine de animación, y hay que esperar a ‘delicatessen’ como 'Piel de asno' (1970), de Jacques Demy, para asistir a una cabalgata tan espléndidamente desquiciada.

Los derroteros críticos de la pe­lícula han sido, por lo menos, igual de retorcidos que el camino de baldosas amarillas desplegado en espiral desde el punto exacto en que la casa de Dorothy aplasta a la malvada Bruja del Este. Al fin y al cabo, ‘El mago de Oz’ es una historia de criaturas marginales que no acaban de encajar en el mundo racional del siglo XX. Y Judy Garland, futura estrella maldita del entretenimiento, supo convertir el tema musical más famoso de la película, ‘Over the Rainbow’, en el momento álgido de los espectáculos que ofrecía en los años sesenta en el Carnegie Hall, todo un punto de encuentro para la comunidad gay neoyorquina. Garland falleció en el verano de 1969, 30 años después del estreno de la película que la había consagrado. Tras sus multitudinarias honras fúnebres, muchos de sus fans se fueron a ahogar sus penas en alcohol a The Stonewall Inn, un antro de Greenwich Village. Y pocas noches después la rabia, el desencanto y el cansancio ante el atosigamiento policial fueron la chispa que prendió las protestas que dieron origen al movimiento del Orgullo Gay, y cuya bandera arcoíris es, en parte, una referencia al tema más famoso de la más inclasificable de las películas. ‘Over the Rainbow’, por cierto, suena este verano insistentemente como hilo musical de ‘Camp: Notes on Fashion’, la exposición en la que el Costume Institute del Metropolitan Museum de Nueva York explora fenómenos estéticos entre lo grotesco, lo cursi, lo disruptivo y lo sublime.

Si el ‘camp’ es político, ‘El mago de Oz’, como obra maestra ‘camp’, se adentra en profundidades simbólicas que convierten cada fotograma en un interrogante. El que ha reivindicado el diseñador Virgil Abloh en su colección de este verano para Louis Vuitton es uno de los más inquietantes: en su camino a la Ciudad Esmeralda, Dorothy cae en la trampa de la malvada Bruja del Oeste y se adentra en un campo de amapolas capaces de hacerla caer en un sueño letal. Basta entender la conexión entre la amapola y los opiáceos para que la imagen de Dorothy dormida se transforme en una alegoría y una premonición: la de los estragos que las drogas y la enfermedad hicieron en los años ochenta y noventa entre las filas de los “amigos de Dorothy”, una expresión habitual en la época para aludir a los hombres gais.

Tampoco resulta casual que, en una exposición dedicada a la influencia de la película celebrada en 2008 en el Wattis Institute de California College of the Arts, la obra que diera la bienvenida al público fuera Untitled (Passport II), una de esas instalaciones de Félix González Torres consistentes en una pila de láminas que el público puede coger libremente, decidiendo si contribuir o no a la desaparición final de la obra. La obra data de 1993, tres años antes de que González Torres falleciera de sida, y la imagen impresa en el papel mostraba la sombra de unos pájaros. Una visión del otro lado del arcoíris y una lectura insospechada, pero pertinente, de una película de entretenimiento que es, en realidad, todo un ensayo sobre el poder político de la rareza.

sábado, 4 de mayo de 2019

#hemeroteca #camp #homosexualidad | 'Camp': artificio y extravagancia (de Versalles a las 'drag queens')

Diseño de Marjan Pejoski que lució Björk en 2000
'Camp': artificio y extravagancia (de Versalles a las 'drag queens').
Exposición en el MET de Nueva York.
Núria Marrón | El Periódico, 2019-05-04
https://www.elperiodico.com/es/mas-periodico/20190504/camp-artificio-y-extravagancia-de-versalles-a-las-drag-queens-7436553

La genealogía camp lleva hasta el verbo «'se camper'» –adoptar una postura exagerada– y Andrew Bolton, comisario de la muestra 'Camp: notes on fashion', desovilla con 125 objetos el rastro del artificio y la extravagancia. Y lo hace desde las 'drag queens' y firmas jóvenes como Palomo Spain hasta el Versalles de Luis XIV –de quien recupera, por cierto, unos coquetones zapatos con tacón rojo–, cuando el lujo y la 'performance' se convirtieron en estilo de vida (y dominación). Según se explica en la exposición del Met de Nueva York –abierta desde el próximo jueves hasta septiembre–, paradigmático del 'camp' en la corte versallesca fue precisamente el hermano del rey, Felipe de Orleans. 'Monsieur', como se le conocía, estaba obsesionado con la ropa y las joyas, andaba fascinado con su corte masculina, y hacía acopio de rosarios y medallas para que los encuentros con su segunda esposa, madame Palatine, fueran productivos en descendencia.

Sin embargo, la primera vez que el término 'camp' aparece documentado es en una carta de lord Arthur Clinton a su amante Frederick Park («mis empresas 'campish' no han hallado el éxito que merecen»). Park se vestía de mujer, se hacía llamar Fanny y junto con su compañera de travestismo Stella (Ernest Bolton) acabó en los tribunales acusado de indecencia.

De Wilde a Stonewall
Tras la caída social de Oscar Wilde, que había envuelto al personaje en boato camp, el artificio extravagante pasó a la clandestinidad. Luego, la palabra ganó popularidad a principios del siglo XX en la moda y en los ambientes homosexuales y queer, donde los claveles verdes en el ojal, los zapatos de gamuza marrón y la ropa demasiado ajustada formaban parte de un código secreto para entendidos.

Luego, tras los disturbios de Stonewall, momento fundacional del nervio LGTBI, el 'camp' abrazó oficialmente la moda y la cultura, y empezó a latir bajo un 'continuum' que va de los flamencos de la resucitada Schiaparelli al cuello-cisne de Björk. «La subversión de los valores estéticos del camp se han trivializado, pero esta muestra revelará su profunda influencia tanto en el arte elevado como en la cultura popular», vindica Max Hollein, director del Met.