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jueves, 11 de agosto de 2022

#hemeroteca #lgtbi #orgullo | Orgullo LGTBI, más de 50 años de reivindicación

Marca / la bandera arcoíris, símbolo del Orgullo LGTBI //

Orgullo LGTBI, más de 50 años de reivindicación.

Las reivindicaciones, la lucha y el activismo LGBTIAQ+ nacieron hace más de 50 años en EEUU. En España, la primera manifestación se produjo en 1977. A lo largo de este tiempo, el movimiento de este colectivo se ha convertido en una celebración de la diversidad, de la vida libre y de la identidad.
Ana Antelo Pousa | CuídatePlus, Marca, 2022-08-11
https://cuidateplus.marca.com/bienestar/2022/08/11/orgullo-lgtbi-mas-50-anos-reivindicacion-179978.html 

Hace algunas semanas se celebró en muchos lugares del mundo el Día (y el Mes) del Orgullo LGBTIAQ+ y, aunque junio pueda parecer ya lejano, las reivindicaciones, la lucha y el activismo LGBTIAQ+ siguen siendo hoy tan importantes como lo eran hace poco más de 20 días o lo fueron hace 40 años.

El motivo por el que esta reivindicación se realiza el 28 de junio tenemos que buscarlo en el Nueva York de 1969, cuando los disturbios de Stonewall desembocaron en una movilización masiva y combativa de todo el colectivo, que se lanzó a las calles con orgullo y valentía, para manifestarse ante la persecución social, institucional y policial a la que se veían sometidos, reclamando los derechos que se les estaban negando.

Durante los años 60 en EEUU, la diversidad sexual era duramente perseguida y era muy habitual que la policía realizara redadas en los bares en los que habitualmente se reunían las personas LGBTIAQ+. Allí, se detenía a aquellas personas que no pudiesen identificarse, que vistieran ropas asignadas al sexo contrario al que figuraba en su identificación o que estuviesen ligando con personas de su mismo sexo.

El 28 de junio de 1969 se produjo una redada policial en el Pub Stonewall Inn, que no tenía licencia para servir bebidas alcohólicas porque estas no se concedían a establecimientos que tuviesen como clientela habitual a personas del colectivo. En esta ocasión, sin embargo, las personas que estaban contemplando el arresto comenzaron a increpar a la policía y se resistieron ante la injusticia de estas detenciones. El disturbio, al que se fueron sumando personas ajenas al pub que se encontraban en la zona, generó, durante toda la noche, una movilización que no había vivido nunca el colectivo.

El movimiento empezó al día siguiente. Esta rebelión sirvió como revulsivo para el surgimiento de una oleada de manifestaciones por la lucha contra la opresión y la violencia que soportaban. Hasta este momento, las instituciones y la sociedad les había hecho sentir que su diversidad sexual, su orientación y sus identidades eran algo de lo que avergonzarse y, por tanto, algo que ocultar. Pero, apoyándose en esa indignación acumulada que facilitó los disturbios de Stonewall, invadieron las calles, haciéndose visibles, ocupando espacios públicos, reivindicando la diversidad, mostrándose orgullosos de ella, en lucha contra el silencio y la vergüenza.

El Orgullo en España

En España, la primera manifestación del orgullo se organizó en Barcelona en 1977 y fue disuelta de manera violenta por la policía. Un año después, en 1978, se celebró en Madrid la primera manifestación autorizada en favor de los derechos de las personas del colectivo. Fue en noviembre [i.e. diciembre, 26 de] de este mismo año cuando, por fin, se modificó parcialmente la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social (que no fue derogada definitivamente hasta 1996), que penalizaba la homosexualidad con multas e ingresos en prisión o centros psiquiátricos.

Han pasado 45 años desde esta primera manifestación y el Orgullo se ha convertido en una celebración de una diversidad que nos enriquece como sociedad, un canto a la libertad de ser uno mismo y demostrarlo. Sin embargo, el Orgullo no es únicamente un despliegue festivo; el Orgullo sigue siendo una reivindicación de unos derechos adquiridos, que pueden perderse si no se siguen luchando, y una denuncia de la discriminación que el colectivo sigue sufriendo (acoso, bullying, ataques y agresiones en aumento, intentos de invisibilización, etc.). El Orgullo pone de relieve que no se avanza en toda la diversidad con la misma facilidad, que hay personas del colectivo más invisibilizadas que sufren estas violencias en mayor medida, luchando desde el feminismo, la clase, la raza, las disidencias de género, etc.

Y es que el ser humano se construye en diversidad, desde la diversidad, gracias a la diversidad. De la misma forma que nuestras manos y ojos son únicos, nuestra sexualidad también lo es. Desde nuestra propia concepción, en la que un óvulo y un espermatozoide se unen (con cargas genéticas únicas e irrepetibles), empieza nuestro proceso de sexuación y empezamos a ser diferentes de todas las personas que existen y existirán.

Durante la gestación, las cargas hormonales y las condiciones intrauterinas serás distintas para cada bebé y cada cuerpo irá conformándose de manera distinta. La identidad, que vertebra nuestra existencia irá forjándose, de la misma manera que lo hará nuestra orientación, nuestros deseos y nuestra manera de mostrarnos en el mundo.

El Orgullo ha sido siempre una celebración de la diversidad, de la vida libre y de la identidad, una gran fiesta en la que hacerse visibles y demostrarle al mundo que están ahí, que forman parte de la naturalidad del ser humano y que, aunque durante muchos años hayan tenido que ocultarse para protegerse en una sociedad que los violentaba, que negaba su realidad y su proceso de sexuación, y que pregonaba que se trataba de una vergüenza a ocultar y enmendar como si fuese un error (considerándolo incluso enfermedad mental), nunca dejaron de estar.

El Orgullo es también, y precisamente quizá por ello, un grito de presencia para asegurar que no se olvida de ese pasado, que los derechos se consiguen pero que también pueden perderse, de subrayar que siguen sufriendo violencia, y de que, en algunas partes del mundo, ser persona LGBTAQ+ sigue siendo un delito, que por algo tan natural como la orientación o la identidad, pueden ser penados. Y de que aún queda un largo camino por transitar.

Ana Antelo Pousa. Psicóloga especializada en terapia sexual y de pareja

lunes, 18 de abril de 2022

#hemeroteca #queer #lgtbi | Con 17 años da una clase de historia LGTBQ a sus compañeros en la escuela y se hace viral

Yasss / Will Larkins //

Con 17 años da una clase de historia LGTBQ a sus compañeros en la escuela y se hace viral.

Un joven de 17 años impartió una lección de historia LGTBQ en su escuela y el vídeo se volvió viral. La clase ocurrió en el marco de la ley 1557 en Florida que limita la educación LGTBQ en el estado y entrará en vigor el 1 de julio.
Paloma Suárez Echeverría | Yasss, 2022-04-18
https://www.yasss.es/actualidad/viral/clase-historia-lgtbq-companeros-escuela_18_3316172476.html 

Will Larkins, el joven estudiante y presidente de la Unión de Estudiantes Queer de la secundaria Winter Park High School ha sido el foco de atención en redes sociales estos últimos días. Como propia iniciativa el adolescente de 17 años propuso a su profesor brindar una lección de historia para sus compañeros de clase y el vídeo se ha hecho viral.

Con tacones, perlas y envuelto en un vestido rojo, es posible ver a Larkins al frente de sus compañeros tomando las riendas de la clase, presentado la historia del levantamiento 'Stonewall' en 1969, un hito histórico e importante en la historia del colectivo LGTBQ. El joven aclaró en las entrevistas que había preguntado antes a su profesor de historia si podía hablar sobre el hecho y el profesor accedió porque "no sabía lo que era".

A través de su cuenta de Twitter, el adolescente explicó junto al vídeo las causas de su iniciativa que lo movieron a preparar la lección para sus amigos: "La historia estadounidense LGBTQ no se enseña en las escuelas públicas de Florida, así que me encargué de explicar los eventos del levantamiento de Stonewall a mi clase de historia de los Estados Unidos del cuarto período".

Pero sus actos tuvieron consecuencias. Luego de haberse replicado y haber tenido miles de respuestas en redes ante sus actos, Larkins volvió a publicar que al profesor de historia no le gustó lo que hizo y que se encuentra en investigación gracias a ello por la escuela: "Mi escuela actualmente me está "investigando" sobre esta pieza porque a mi profesor de historia no le gusta", manifestó.

Esta lección se impartió en el marco político de la ley 1557 que recientemente el estado de Florida aprobó, también llamada "Ley de Derechos de los Padres en la educación" que consiste en la limitación de la instrucción LGTBQ en las escuelas y que ha generado mucha polémica en el estado y el país y entrará en vigor el 1 de julio de este año.

El 'Stonewall' de 1969

A fines de la década de los sesenta, al frente del famoso bar gay en Greenwich Nueva York, 'Stonewall Inn' se desató una protesta en respuesta a una redada policial que ocurrió en el bar y que significaría un giro en la historia del colectivo LGTBQ y que marcaría un hito histórico. Gracias a este evento, el bar se convirtió en símbolo de lucha al ser el primer lugar gay en incluirse en el Registro Nacional de Lugares Históricos.

sábado, 27 de junio de 2020

#hemeroteca #lgtbi #28J | Stonewall, una noche que la comunidad LGTBI no quiere olvidar

Jóvenes en la entrada del Stonewall Inn //

Stonewall, una noche que la comunidad LGTBI no quiere olvidar

El 28 de junio de 1969, tras la redada de la policía en el célebre bar de Nueva York, se iniciaron una semana de revueltas que se conmemoran cada año con el día del orgullo gay
Carlos Sala | La Razón, 2020-06-27
https://www.larazon.es/cataluna/20200623/e64l2kmupbbt5ispo52k7w7tvy.html

A la 1.20 horas de la madrugada del 28 de junio de , seis agentes de la policía entraban en el bar Stonewall, un local del Greenwich VIllage de Nueva York donde homosexuales, lesbianas, transgénero, y travestis se reunían para beber y bailar. Apagaron la música y encendieron las luces al grito de: “¡Policía, tomamos el control del local!”. Había 205 personas allí dentro y todas quedaron en silencio. Algunas intentaron huir, pero la policía tenía controlada las salidas. A las demás se las obligó a formar filas en la pared y a identificarse. Redadas de ese tipo eran constantes y todas seguían el mismo patrón. Pero aquella noche nada fue como siempre.

La redada oficial era clausurar el local debido a no tener licencia de alcohol. Stonewall, como muchos locales similares, estaban regidos por la mafia, que conocía de antemano el calendario de aquel tipo de redadas. Sin embargo, aquella noche era diferente. Nadie hacía avisado. Además, la ley municipal prohibía que ningún hombre vistiese más de tres prendas femeninas, así que de pronto el objetivo de la redada pasó a ser la detención de los travestis y personas transgénero.

En el local había dos hombres y dos mujeres, policías de paisano, que llegaron antes al local de incógnito en busca de confirmar que se vendía alcohol, algo que sabían de sobra, y la presencia “indecente” de personas transgénero. Pasada la una de la madrugada, cuando el pequeño local estaba lleno, (un viernes noche de verano), con la intención de mandar un claro mensaje, llamaban desde el teléfono público instalado en la parte de atrás del local para que se iniciase la redada.

Los protocolos dictaban que las mujeres policía llevasen a las personas vestidas de mujer al lavabo y certificar su sexo. Si éste resultaba ser masculino, eran arrestadas. Nunca se habían atrevido a contravenir las instrucciones de la policía, pero aquel día fue distinto. De pronto, los hombres se negaron a enseñar sus identificaciones y las mujeres no aceptaron que se las llevase aparte a ningún lado. La policía, confusa, no estaba acostumbrada a que se pusiese en duda su autoridad, sobre todo en estos colectivos. Decidió que detendría a todo el mundo e hizo llamar a furgones policiales para arrestos colectivos. “Mi primer miedo fue que me arrestaran. Aunque mi mayor temor era que saliese mi foto al día siguiente en el periódico con el vestido de mi madre”, recordaba Mary Ritter, una joven transexual que aquella noche celebraba su 18 cumpleaños y el fin del instituto. “Yo conocía lo que se contaba que les pasaba a los queer en la prisión... así que imagina”, añadiría.

El local tenía dos salas de baile y se intentó separar a los gays de los transgénero y travestis. Empezó a hacer desfilar a la gente fuera del local a la espera de que llegaran las furgonetas. La sorpresa fue que el boca oreja había hecho que la noticia de la redada corriese por el barrio y ya había más de un centenar de personas observando lo que ocurría y dando ánimos a los que estaban dentro. La policía retrocedió mientras hacía inventario y confiscaba el alcohol. Incluso pretendían llevarse el jukebox que servía de banda sonora. Así que se empezó a dejar marchar a los que no iba a detener. La sensación de injusticia empezó a crecer. ¿Por qué estos sí se podían marchar y los otros no? En lugar de marcharse a su casa, los liberados se quedaron con los recién llegados y la atmósfera de unidad dentro de la comunidad LGTBI fue in crescendo.

Cuando todavía no eran las dos de la mañana, el arresto de una mujer, que salía esposada del local, provocó las primeras reacciones de rechazo. Ella intentó zafarse, asegurando que las esposas le hacían daño. Un policía la agredió y a partir de aquí los ánimos se descontrolaron. “¡Por qué no hacéis nada!”, gritó a los que miraban la detención. Otro punto de fricción empezó cuando una mujer travestida agredió con su bolso a un policía que la estaba empujando. “No me toques”, gritaba. La policía, de pronto, ya no era intocable.

Empezaron a volar monedas hacia los policías, después fueron botellas de cerveza, hasta que empezaron a lanzarse contenedores de basura. Los agentes, que todavía no entendían lo que estaba pasando, en inferioridad numérica, no pudieron más que refugiarse en el local y esperar a que llegaran los refuerzos. Pero ya era tarde, un nuevo movimiento había nacido. Por primera vez, la comunidad LGTBI se daba cuenta que, unida, era una fuerza poderosa y podía hacer recular a sus perseguidores. “Creo que todos sentimos de forma colectiva que ya habíamos aguantado suficiente este tipo de humillación. No hubo nada que lo provocase, ninguna acción o palabra, sino una acumulación de mierda que esa noche superó a todos y explotamos. Cada uno de los que estábamos allí sabíamos de forma inconsciente que no había marcha atrás, era el momento de reclamar lo que nos habían negado todo este tiempo... nuestra dignidad”, recordaba el activista Michael Faber.

En aquellos momentos había mucha gente en las inmediaciones de la calle Christoph, donde estaba el Stonewall Inn. Allí estaba, por ejemplo, Holly Woodland, actriz warholiana y la mujer transvestida que inspiró a Lou Reed su “Walk on the wildside”. También estaba el crítico y escritor Edmund White, el músico folk y mentor de Bob Dylan, Dave van Ronk. O artistas como el escultor Martin Boyce, el pintor Richard Segalman, el creador kitch Thomas Lanigan-Schmidt o el escritor John O’Brian. “Los gays nunca habían sido una amenaza para la policía. Se esperaba que fuéramos débiles, incapaces de defendernos. Pero ahí estábamos, peleando y atacándolos”, rememoraba éste.

Además, junto toda aquella confusión, dos mujeres transgénero empezaron a liderar la revuelta, empezando a lanzar ladrillos a los furgones blindados de la policía. Eran la portorriqueña Sylvia Rivera y la afroamericana Marsha P. Johnson, amigas desde 1963 y activistas a favor de las mujeres transgénero cuya vida estaba tan al límite que se les llamaba “ratas callejeras” por su capacidad de supervivencia a pesar de todo. “Fue el mejor día de mi vida”, afirmaba Rivera. “Recuerdo ver desfilar a los drags más ostentosos y extravagantes en fila, acercándose al local, gritando todo tipo de cosas. Todo tenía una aureola cargada de energía, en una de las noches más calurosas que recuerdo”, comenta Joey P, uno de los primeros homosexuales que liberaron.

Los cánticos ahora conocidos como “¡Gay power!” empezaron a oírse y el espíritu de fiesta fue creciendo, a la par que los roces empezaron a crecer y los nervios sustituyeron a los comentarios jocosos. Cuando llegaron los refuerzos, ya nada era una broma. Las inmediaciones del Stonewall ahora estaban repletos y empezaron a haber las primeras cargas. A las cuatro de la madrugada, la situación estaba controlada, el silencio volvía a imperar en la calle, y la policía había regresado a sus comisarías. 13 personas fueron detenidas, una docena tuvo que ser hospitalizada y cuatro policías fueron heridos. Todo lo que había en Stonewall quedó destrozado, el teléfono público, los lavabos, los espejos, la máquina de tabaco, el jukebox, no se sabe si por los clientes o la propia policía. Y, aun así, el local abrió al día siguiente.

Pero el recuerdo de aquella larga noche no paraba de crecer. La prensa informó en primera página de lo sucedido y la noticia se convirtió de interés nacional. Ahora que la comunidad LGTBI veían lo que podían conseguir juntos, no iban a dar marcha atrás, y aquella misma tarde se inició la primera manifestación por defender sus derechos. “¡Poder gay! No es maravilloso... ya era hora de que hiciésemos algo para darnos valor”, dijo el poeta beat Allan Ginsberg, que vivía en la misma calle de Stonewall. Aquella noche, él no había estado, pero sí fue al día siguiente. “Los chicos eran tan hermosos, habían perdido la mirada herida que todos los maricones teníamos hace diez años”, afirmó.

Cada día hasta el 3 de julio se reprodujeron este tipo de protestas, hasta que empezó a tener eco en otras ciudades americanas. Más de 50 años después, su alcance es ahora universal y cada 28 de junio se celebra el día del orgullo gay para no olvidarlo nunca.

miércoles, 24 de junio de 2020

#hemeroteca #trans #memoria | Sylvia Rivera, La pionera Latinx que estuvo al frente de la revolución por los derechos LGBTQ+ en Estados Unidos

Imagen: Al Dia / Sylvia Rivera

Sylvia Rivera, La pionera Latinx que estuvo al frente de la revolución por los derechos LGBTQ+ en Estados Unidos.

“El infierno no conoce la furia de una drag queen despreciada.”
Ana María Enciso Noguera | Al Día, 2020-06-24
https://aldianews.com/es/articles/culture/sylvia-rivera-la-pionera-latinx-que-estuvo-al-frente-de-la-revolucion-por-los 

Con motivo del mes del orgullo LGBT recordamos a Sylvia Rivera: una gran líder y activista trans latina, que estuvo en Stonewall, hizo parte del nacimiento del movimiento por los derechos civiles, guió iniciativas innovadoras para apoyar y proteger a la comunidad LGBT de la violencia estructural.

Sylvia Rivera marcó un antes y un después.

¡La revolución finalmente está aquí!
Stonewall Inn era un bar controlado por la mafia. Ese, el famoso bar en Greenwich Village en que empezaron los disturbios que marcaron el inicio de la lucha por los derechos LGBT el 28 de junio de 1969.

La mafia no tenía especial compasión por la comunidad gay y lesbiana de Nueva York. Se trataba, simplemente, de un tema de negocios: había un sector de la población que nadie más quería pero que estaba dispuesto a pagar para tener un lugar. Y donde hubiera dinero, la mafia estaba.

Los vínculos que la mafia tenía con la policía hacían que habitualmente fueran avisados de las redadas que se llevarían a cabo en sus bares, pero el día de Stonewall fue diferente.

Las redadas eran tan frecuentes y el mecanismo entre los dueños de los bares y la policía estaba tan preestablecido, que habitualmente la policía llegaba temprano, alineaba a todos los clientes del bar afuera, revisaban documentos, arrestaban a quienes no tuvieran y a las personas trans y luego se iban. Acto seguido, el personal del bar sacaba el licor que tenían en una bodega trasera aparte y retomaban funciones suficientemente temprano para que, aún con el operativo, fuera una noche habitual de negocios para el establecimiento.

Ese 28 de junio el inicio fue el esperado, pero no el desenlace. Los carros de policía en que se habrían llevado a las personas arrestadas tardaron en llegar; los que habrían podido irse no se fueron y una batalla se desató entre los clientes del bar y la policía.

Sylvia Rivera contaba que en el momento en que vio la primera bomba molotov volar por los aires, hacia la policía, se dijo a sí misma, en español, “¡Dios mío, la revolución finalmente está aquí!” y empezó a gritar “Freedom! We’re free at last!”.

Al ver los videos que se conservan de ella hablando en público –como el discurso que dio en la marcha de la liberación de 1973– es fácil imaginarla con esa furia de fiera maltratada y herida, esa furia que ni el infierno conoce, rugiendo “Freedom!”, confrontando a la policía, gritando, golpeando oficiales y lanzando botellas.

Porque al fin había llegado el momento en que todos habían decidido que era suficiente. El momento que marcaría un antes y un después.

Hay versiones encontradas sobre este hecho. Sylvia sostuvo hasta la muerte que estuvo allí, pero según otras narraciones, ella estaba dormida, luego de haberse inyectado heroína.

Sobre dos cosas no hay controversia: uno, que en ese momento estuvo Marsha P. Johnson, recordada como la Rosa Parks de los derechos trans, y dos, que Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera harían un dúo incansable en la lucha por los derechos LGBT, incluso en los momentos en que su propia comunidad les daba la espalda.

Damas a la espera
Sylvia Rivera nació bajo el nombre de Ray Rivera el 2 de julio de 1951 en Nueva York y murió a los 50 años, el 19 de febrero de 2002, de cáncer de hígado, en la misma ciudad.

De ascendencia puertorriqueña y venezolana, sufrió a una temprana edad el abandono de su padre y a los tres años el suicidio de su madre. Quedó bajo al custodia de una de sus abuelas, con quien tuvo una relación conflictiva por sus gestos afeminados y por haber empezado a maquillarse en cuarto grado.

A los diez años y medio huyó de casa y empezó su vida en la prostitución y cometiendo crímenes menores. Pero su abuela siguió velando por ella en la distancia y muchas veces pagó su fianza, como le contaría a Eric Marcus –el anfitrión del podcast Making Gay History– en una entrevista en 1989. Fue un grupo de drag queens quienes la acogieron y la llamaron Sylvia, nombre al que respondería durante la mayoría de su vida adulta.

Para este momento Sylvia se identificaba como drag queen porque era la palabra que había en el momento para describir las identidades sexuales que no se sentían en consonancia con el sexo asignado al nacer. Los términos “transexual” y “transgénero” empezaron a aparecer a medidados de los 60’s y como términos en manuales de patología sexual.

De hecho, la Organización Mundial de la Salud sacó la transexualida de su lista de enfermedades mentales apenas en junio de 2018.

Como dijo Sylvia Rivera en un fragmento de su libro “Travestis callejeros, revolucionarios de acción: supervivencia, revuelta y lucha antagonista queer”, las drag queens soportaron toda la opresión imaginable, como damas en espera, esperando a que algo pasara. Y cuando pasó, ellas estaban en el lugar indicado.

Nace STAR
Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson fundaron STAR, Street Transvestite Action Revolutionaries, en 1970.

La idea original se le ocurrió a Rivera y era a la vez simple e inmensamente compleja de realizar: dar un refugio a quien lo necesitara y evitar que tuvieran que pasar por lo mismo que ella.

Sylvia y Marsha, con el apoyo del Gay Liberation Front consiguieron un apartamento de cuatro habitaciones en el 213 East 2nd Street, en el East Village de New York. El apartamento no tenía electricidad ni calefacción y ellas adecuaron, aún sin saber bien cómo se hacía.

En la casa STAR, Marsha y Sylvia recibieron personas trans y gay sin hogar y les protegieron. Ellas dos siguieron ejerciendo la prostitución para lograr mantener a quienes acogían al margen de las calles.

Simultáneamente, STAR también fue una plataforma para el activismo con la que Sylvia se relacionó con los movimientos por los derechos civiles más radicales que había, los Young Lords de Puerto Rico y las Panteras Negras entre ellos.

Desafortunadamente, la casa STAR sólo duró un año. El 15 de julio de 1971 las dos activistas fallaron en el pago del alquiler, por la precariedad en que ya vivían y sostenían a tantas personas y el dueño del apartamento los desalojó.

“Todos ustedes deberían callarse, más bien”
La historia de Sylvia y Marsha nos lleva a recordar la manera en que los privilegios y las formas de discriminación se cruzan entre sí.

Ellas no solamente lucharon contra la discriminación por ser transexuales, sino también por ser mujeres de color. Y en su momento fueron discriminadas incluso por la comunidad gay, por cuyos derechos lucharon tanto.

La postura de Sylvia podría describirse como una búsqueda por la liberación, mientras que buena parte del movimiento gay de la época podría caracterizarse como de asimilación.

Por eso las mujeres trans no eran bienvenidas: porque destacaban, les chirriaban los dientes de lo distintas y, con frecuencia, estrambóticas que eran: mientras Sylvia y Marsha salían a marchar en spandex y plumas, la primera marcha gay fue en traje de paño y corbata.

Uno de los momentos de indignación más grandes para Sylvia, cuando más dolorosamente se sintió traicionada por el movimiento, fue en la marcha por la Liberación de 1973: tras todos sus esfuerzos por los derechos LGBT, a Sylvia le habían prometido un espacio para dar un discurso público. En vez de eso, fue empujada al fondo de la marcha, con vergüenza por su transexualidad.

Sylvia, harta, se abrió paso a los codazos y en el video en blanco y negro se ve la cara de desconcierto del anfitrión de la ronda de discursos cuando vio que no había manera de evitar que ella hablara. Sylvia le arrebató el micrófono –en un momento parece que le fuera a pegar con el trípode que lo sostenía– y acalló a la multitud que la abucheaba.

Marsha P. Johnson murió en 1992. El caso fue cerrado como si se tratase de un suicidio en el río Hudson, pero sus familiares y amigos sostienen que ha debido tratarse de un homicidio.

Tras su muerte, Sylvia vivió en la calle durante años, hasta que gracias al apoyo de Rusty Mae Moore y Chealsea Goodwin se recuperó del alcoholismo y retomó el activismo.

A pesar de que la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ ha avanzado en los últimos treinta años, la población trans, y más aún la población trans de color, sigue siendo terriblemente vulnerable. A penas la semana pasada la Corte Suprema reconoció que no era constitucional negar a alguien el derecho al trabajo por ser transexual.

Pero esta furia que llevaba Sylvia en el pecho ha seguido y seguirá empujando la conquista de los derechos que en toda ley les pertenecen.

miércoles, 21 de agosto de 2019

#hemeroteca #cine #queer | Un extraño camino de baldosas amarillas

Imagen: El País / Fotograma de 'El mago de Oz'
Un extraño camino de baldosas amarillas.
La influencia cultural de 'El mago de Oz' no ha cesado desde su estreno en agosto de 1939. La enigmática película es un ensayo del poder político de la rareza.
Carlos Primo | El País, 2019-08-21
https://elpais.com/elpais/2019/08/16/ideas/1565948918_002260.html

Si nos limitamos a los datos objetivos, la película ‘El mago de Oz’ fue resultado de una cadena de expectativas frustradas. Victor Fleming, el director que finalmente la firmaría, tuvo que ausentarse sin terminarla para rematar ‘Lo que el viento se llevó’, la gran apuesta de la Metro-Goldwyn-Mayer. Precisamente la historia de Scarlett O’Hara, estrenada ese mismo año, arrasó en los Oscar; ‘El mago de Oz’ compitió en seis categorías y se hizo solo con dos estatuillas, a la que se añadió un premio honorífico juvenil para Judy Garland. También en esto hay algo de equívoco: la actriz tenía 16 años en el momento del rodaje, pero el personaje que interpretaba, Dorothy Gale, contaba apenas 12, así que Garland, a la sazón una estrella en ciernes de la Metro, tuvo que enfundarse en un corsé y abrazar al perrito ‘Totó’ sin pausa para disimular el volumen de su pecho. Las frustraciones continuaron tras el estreno, en el que este largometraje tuvo resultados más bien discretos. Su éxito, a la larga, fue una bomba de relojería que solo estalló cuando las televisiones comenzaron a reponerla; de manera paradójica, varias generaciones de espectadores descubrieron la película sin disfrutar de su mayor golpe de efecto, que es el momento en que Dorothy abre la puerta de su casa en Oz y la imagen pasa del blanco y negro al brillo chillón del tecnicolor. En las televisiones de posguerra, Oz solo existía en escala de grises.

Sin embargo, lo que debía ser una película gafada por los vaivenes y por su propia era histórica (en muchos países no pudo ser estrenada hasta 1945, tras la II Guerra Mundial) acabó convirtiéndose en uno de esos artefactos estéticos que, a falta de otra etiqueta, se acaba calificando como “de culto”. Contaba Salman Rushdie en una crónica publicada en The New Yorker en 1972 que, en el Bombay de su infancia, ver ‘El mago de Oz’ fue una experiencia iniciática. La historia de una niña que, queriendo salvar a su perro, acaba convirtiéndose en la salvadora de un complicadísimo reino de fantasía ubicado al otro lado del arcoíris era todo un ejercicio de exotismo en el que, aseguraba Rushdie, solo un detalle falla: el empeño de la protagonista en regresar a la aburrida y gris Kansas. “Para mí, la idea de ‘Como en casa, en ningún sitio’ es la menos convincente de la película”, escribió.

La novela de L. Frank Baum (1900) en la que se basa la película era un ‘best seller’ de largo recorrido, un cuento de hadas enclavado en un paisaje típicamente estadounidense. Hay carreteras infinitas, páramos vacíos, localidades rurales y capitales de provincia aparentemente (pero solo aparentemente) sofisticadas. En este escenario conviven arquetipos procedentes de cuentos europeos clásicos. Hadas buenas y brujas malas, puntos cardinales irremediablemente enfrentados y personajes alegóricos. Un hombre de paja, otro de hojalata y un león. Un mago tan charlatán como un político, una terrateniente despótica y los conflictos de clase que, para los historiadores, hablan de las disputas monetarias y la desigualdad social.

Alegorías aparte, esta versión ‘country’ de la Alicia de Carroll podría haber sido material excelente para una película de animación (de hecho, Walt Disney sopesó la idea de adaptarla), pero sus productores decidieron emplearla como salvoconducto para mostrar al público el poder del tecnicolor. De aquella decisión deriva hoy una de sus mayores virtudes, que es la sensación de extrañeza y fascinación que experimenta el espectador ante esta fábula híbrida.

En ‘El mago de Oz’ todo, desde las flores de vidrio hasta el complicado vestuario diseñado por Adrian produce la atracción estética de las creaciones extremas. El 'kitsch' refinado de Fleming está más cerca de las fantasmagorías surrealistas de Cocteau que de las superproducciones de Hollywood. De hecho, es un caso aislado. En los años posteriores, el imperio de Disney estableció que la fantasía era territorio exclusivo del cine de animación, y hay que esperar a ‘delicatessen’ como 'Piel de asno' (1970), de Jacques Demy, para asistir a una cabalgata tan espléndidamente desquiciada.

Los derroteros críticos de la pe­lícula han sido, por lo menos, igual de retorcidos que el camino de baldosas amarillas desplegado en espiral desde el punto exacto en que la casa de Dorothy aplasta a la malvada Bruja del Este. Al fin y al cabo, ‘El mago de Oz’ es una historia de criaturas marginales que no acaban de encajar en el mundo racional del siglo XX. Y Judy Garland, futura estrella maldita del entretenimiento, supo convertir el tema musical más famoso de la película, ‘Over the Rainbow’, en el momento álgido de los espectáculos que ofrecía en los años sesenta en el Carnegie Hall, todo un punto de encuentro para la comunidad gay neoyorquina. Garland falleció en el verano de 1969, 30 años después del estreno de la película que la había consagrado. Tras sus multitudinarias honras fúnebres, muchos de sus fans se fueron a ahogar sus penas en alcohol a The Stonewall Inn, un antro de Greenwich Village. Y pocas noches después la rabia, el desencanto y el cansancio ante el atosigamiento policial fueron la chispa que prendió las protestas que dieron origen al movimiento del Orgullo Gay, y cuya bandera arcoíris es, en parte, una referencia al tema más famoso de la más inclasificable de las películas. ‘Over the Rainbow’, por cierto, suena este verano insistentemente como hilo musical de ‘Camp: Notes on Fashion’, la exposición en la que el Costume Institute del Metropolitan Museum de Nueva York explora fenómenos estéticos entre lo grotesco, lo cursi, lo disruptivo y lo sublime.

Si el ‘camp’ es político, ‘El mago de Oz’, como obra maestra ‘camp’, se adentra en profundidades simbólicas que convierten cada fotograma en un interrogante. El que ha reivindicado el diseñador Virgil Abloh en su colección de este verano para Louis Vuitton es uno de los más inquietantes: en su camino a la Ciudad Esmeralda, Dorothy cae en la trampa de la malvada Bruja del Oeste y se adentra en un campo de amapolas capaces de hacerla caer en un sueño letal. Basta entender la conexión entre la amapola y los opiáceos para que la imagen de Dorothy dormida se transforme en una alegoría y una premonición: la de los estragos que las drogas y la enfermedad hicieron en los años ochenta y noventa entre las filas de los “amigos de Dorothy”, una expresión habitual en la época para aludir a los hombres gais.

Tampoco resulta casual que, en una exposición dedicada a la influencia de la película celebrada en 2008 en el Wattis Institute de California College of the Arts, la obra que diera la bienvenida al público fuera Untitled (Passport II), una de esas instalaciones de Félix González Torres consistentes en una pila de láminas que el público puede coger libremente, decidiendo si contribuir o no a la desaparición final de la obra. La obra data de 1993, tres años antes de que González Torres falleciera de sida, y la imagen impresa en el papel mostraba la sombra de unos pájaros. Una visión del otro lado del arcoíris y una lectura insospechada, pero pertinente, de una película de entretenimiento que es, en realidad, todo un ensayo sobre el poder político de la rareza.

lunes, 19 de agosto de 2019

#hemeroteca #lgtbi #orgullo #stonewall | El caso de Stonewall y cómo nació el movimiento del orgullo gay

Imagen: El Mundo / Marty Robinson, activista gay, un mes después de Stonewall, 1969
El caso de Stonewall y cómo nació el movimiento del orgullo gay.
Gonzalo Ugidos | El Mundo, 2019-08-19
https://www.elmundo.es/yodona/lifestyle/2019/08/18/5d514b36fdddff85178b4623.html

Si a alguien le quedan dudas de por qué el Día Internacional del Orgullo se celebra a finales de junio, en la sexta entrega de nuestra saga del verano queda aclarado. En dicho mes, hace ahora medio siglo, una redada policial en un antro nocturno, santuario de homosexuales y otros 'apartados' de la sociedad más tradicional, fue la mecha que encendió el movimiento de reivindicación de derechos de este colectivo, hasta entonces criminalizado.

La madrugada del 28 de junio de 1969 en Nueva York, la oveja plantó cara al lobo. En palabras del poeta gay Allen Ginsberg fue la noche "en que los maricas perdieron su cara de miedo". Los homosexuales se extrañaron de su propio milagro, pero muy poco, porque la rabia había alcanzado masa crítica y desencadenó una catalítica explosiva, como cuando arrimas la lumbre al gas.

El Stonewall Inn, en el 53 de la calle Christopher del Greenwich Village neoyorquino, había abierto sus puertas en 1967 como club gay nocturno dirigido por la mafia. El clan de los Genovese invertía en estos tugurios 'underground' para vender alcohol manipulado, tabaco de contrabando y ese tipo de delicatessen. El garito no tenía salida de emergencia, el alcohol era de juzgado de guardia -bautizado y encima caro-, y de la higiene mejor no hablar: los vasos se enjuagaban en tinas con agua sucia, como para jugar a la ruleta rusa con la hepatitis. Cutre y ruidoso era, sin embargo, muy popular: el santuario de los que eran demasiado jóvenes, demasiado pobres o demasiado amanerados para ir a otra parte. A las reinas del cuero, pipiolos afeminados de espinilla rebelde, osos de pelo en pecho, drags, cachorros trans y demás forajidos sexuales les parecía guay por su tolerancia, por sus espectáculos y porque era uno de los pocos bares de ambiente en donde se podía bailar. Allí se sentían en su salsa, podían ser ellos mismos, respiraban libertad y compartían su calvario. Se escuchaban historias de gais que por culpa de la pluma habían sido despedidos del ejército y habían terminado sus días como chaperos; de lesbianas que habían perdido su trabajo por un arrumaco y habían fingido que todo estaba bien porque no podían ver la manera de cambiarlo: tenían miedo.

A pesar de que los dueños del Stonewall untaban a la policía con generosos sobornos, no eran raras las redadas so pretexto de que el local violaba la ley con demasiado descaro o, simplemente, para que la pasma sacara más tajada. O porque era año electoral, como el de 1969, y el alcalde quería enjabonarse ante la prensa.

Aquella noche, unos doscientos clientes -trans, drags, boys y hasta tipos convencionalmente trajeados- estaban bailando el frug, un tipo de rock en el que apenas se mueven los pies. Se comían con los ojos a los go-go boys o buscaban plan cuando irrumpió la bofia. Se esperaba lo normal en esos casos: algún que otro grito y algún arañazo al arrastrar a las locas fuera del local para ficharlas por vestirse de mujer. Lo previsible era que la mayoría de los clientes se identificara y se esfumara rápidamente. Pero no fue eso lo que pasó aquella calurosa noche de fin de semana.

En su libro 'Stonewall', cuenta David Carter que Seymour Pine, inspector adjunto de la policía de Nueva York, estaba decidido a cerrar el local que, sin serlo, pretendía ser un bottle bar (un club privado que no servía alcohol pero donde los clientes podían llevar sus botellas). El martes 24 de junio, Pine entró y confiscó todas las botellas, pero cuando se fue, el gerente Michael Fader se jactó de que volvería a abrir al día siguiente. Pine se fue picado, en parte porque sabía que era verdad. De hecho, el bar abrió el miércoles y Pine rumió el contragolpe. Volvió en la noche del viernes 28 al sábado 29 con ganas de guerra y un plan meticuloso: obtuvo una orden de registro, colocó agentes de paisano dentro del bar e invitó a presenciar la operación a los funcionarios municipales y federales concernidos.

A la una y veinte de la madrugada, Pine y su escuadrón del vicio llegaron a las puertas dobles del bar. La música se apagó, las luces principales se encendieron y comenzó el baile cuando la pasma se incautó de veintiocho cajas de cerveza y diecinueve botellas de licor. Eran la prueba de cargo de que el Stonewall no era un bottle bar. Ordenaron a los clientes alinearse contra la pared e identificarse, aquellos cuyo sexo no estuviera claro serían llevados a un reservado para verificarlo. Los intersex y las drags se negaron a acompañar a los agentes al reservado. Otros clientes tenían buenos motivos para no identificarse y empezaron a gritar y a maldecir a los asaltantes. Cuando los iban a llevar a comisaría, Marsha P. Johnson, una negra trans, se opuso con poca diplomacia: lanzó una botella al espejo. Marsha celebraba en el local su 25 cumpleaños y, como muchas mujeres trans, actuaba como drag queen. Su gesto marcó un antes y un después porque su botellazo mostraba el camino a la resistencia: algunos clientes se escabulleron, pero la mayoría se quedó para armar alboroto.

Fuera del local se había concentrado una multitud de unos seiscientos aliados y a Pine no le llegaba la camisa al cuello. Corrió el rumor de que en el interior la poli se había liado a golpes y uno de los espectadores gritó: "¡Poder gay!", alguien comenzó a cantar 'We Shall Overcome' [un tema de gospel que con el tiempo se convirtió en canción protesta] y, dispuestos a vencer, el himno se multiplicó en boca de todos. La policía arrestó a algunos, entre ellos al cantante Dave Van Ronk que, aunque no era gay, conocía bien la violencia policial por haber participado en manifestaciones contra la guerra de Vietnam: "Cualquiera que se enfrentara a la bofia me tenía de su lado, por eso me quedé", dijo resumiendo el credo de tantos.

Cuando sacaron a la primeras locas esposadas, Stormé DeLarverie -lesbiana marimacho, drag king, cantante y guardaespaldas- llevó la tensión a su punto de ebullición luchando cuerpo a cuerpo contra los agentes, que la zurraron de lo lindo. Cuando la metían en el furgón, se volvió hacia la multitud y gritó: "¿Por qué no hacéis algo?". Los gais y sus aliados podían hacer algo, por supuesto, a fin de cuentas eran muchos más que los polis. Una andanada de piedras, monedas, botellas de cerveza, latas, cubos de basura y ladrillos cayeron sobre los guardianes de la ley. Se pincharon neumáticos y se arrancaron parquímetros del pavimento, que usaron como arietes. No lograban identificar qué sentimientos estaban experimentando: oscilaban entre el triunfo y el miedo; pero sobre todo estaban a tope de adrenalina.

Con la pistola desenfundada, la policía tuvo que refugiarse en el bar y los insurrectos le pegaron fuego, hubo que llamar a los antidisturbios y a los bomberos. La escena era tan incendiaria, y al tiempo tan mística, que Sylvia Rivera, una drag queen portorriqueña de 17 años, gritó: "¡Es la revolución!". Fue de las más activas en la pelea, dominaba la técnica de tocar los huevos lanzando botellas. La peña del bar estaba compuesta de blancos, negros e hispanos, y aunque había pocas mujeres trans, lesbianas dyke y drags fueron las más decididas, el auténtico catalizador de los disturbios.

A las cuatro de la mañana, el Stonewall estaba en ruinas y las calles tranquilas. Parecía que todo había terminado; pero de eso nada. El espíritu Stonewall se reactivó la noche siguiente, y la siguiente, y la otra. Los que habían salido del armario no querían volver a entrar. No se había visto nada igual desde el Boston Tea Party.

Unos días después se fundó en Nueva York el Frente de Liberación Gay y, muy pronto, en otras ciudades otros grupos ya estaban predicando el "orgullo gay", enfrentándose a la poli y exigiendo que se cambiaran las leyes. De la noche a la mañana, surgieron cabeceras como 'Come Out', en Nueva York, 'Fag Rag' en Boston, 'Gay Sunshine' en San Francisco, todas con el mismo mensaje: la homosexualidad no era una enfermedad, una "perversión" o una forma inferior de sexualidad, era hora de que los gais dejaran de menospreciarse a sí mismos. Había que acabar con la ocultación de las preferencias sexuales, los hombres y mujeres homosexuales que fingían no serlo entorpecían la lucha, perpetuaban las prácticas discriminatorias de contratación y despido, y nutrían el hampa sórdida de bares gais, chantaje sexual y extorsión policial. El 'Manifiesto Gay' de Carl Wittman comparaba a los "maricas vergonzantes" con los Tíos Tom negros, cipayos que tenían la astucia del proscrito y su camuflaje. Wittman captó la idea, había llegado el tiempo de dejar de huir de "polis chantajistas, de familias que nos repudian o nos toleran, de rufianes que nos maltratan".

Antes de la rebelión en el Stonewall, todas las semanas más de un centenar de homosexuales eran detenidos en Nueva York. Travestirse o las demostraciones públicas de afecto podían resultar en graves acusaciones con cárcel o multa. Ser gay era tan ilegal como robar coches o asaltar bancos. Por eso vivían dentro del armario. El miedo los mantenía a raya, les impartía lecciones de moral. Después de Stonewall, el 'Manifiesto Gay' pedía que salieran a la luz del día: "No os escondáis más, salid".

Y lo hicieron. Salieron en tropel. La perpleja Norteamérica normal se encontró de repente conviviendo con una segunda sociedad gay, un mundo social paralelo que había surgido en todas las grandes ciudades y en muchas de las más pequeñas, que abarcaba a millones de hombres y mujeres. Hacia 1980 en Estados Unidos y Canadá se había desarrollado la minoría homosexual más grande, mejor organizada y más poderosa de la historia del mundo. La edición de 'Gayellow Pages' (páginas amarillas gais) de Nueva York-Nueva Jersey contenía 96 páginas de listas y anuncios que ofrecían a los homosexuales todo tipo de servicios. El nuevo mensaje, proclamado tanto desde las páginas de populares manuales matrimoniales, que explicaban los placeres del sexo, como desde los desplegables centrales del Penthouse, Playboy y Playgirl, era que el sexo ni está ni tiene por qué estar al servicio de la reproducción.

Por supuesto, los bares gais no se convirtieron milagrosamente en paraísos utópicos al día siguiente de los disturbios. El control de la mafia y las redadas de la policía continuaron; pero la poli se lo pensaba dos veces antes de pasarse de la raya. El miedo estaba cambiando de bando. Los humillados y sumisos se habían convertido en activistas irascibles del 'gay power'; los desesperados, en partisanos airados del 'gay pride'. Total, que los gais se soltaron el pelo, que es como tituló el antropólogo Marvin Harris un ensayo sobre la liberación homosexual.

Todavía hoy no es fácil saber lo que produjo aquella alquimia; tal vez la inspiraron los negros y sus movimientos de liberación, tal vez el movimiento feminista, seguramente los gais aprendieron de los hippies a dejar de guardar las apariencias. El cuerpo militar tebano llamado Batallón Sagrado debía su fuerza a la unidad homosexual de sus guerreros, ahí tenían los rebeldes del Stonewall un espejo en el que mirarse para enseñarle los dientes a la bofia. Eso sin olvidar que el calor funde el hielo y la redada en el Stonewall tuvo lugar un fin de semana muy caluroso del verano junto a Christopher Park, territorio de adolescentes sin hogar, sin familia, sin trabajo y sin nada que perder incendiando el barrio. También sumó la chiripa de que, como cientos de neoyorquinos, dos periodistas de The Village Voice, un semanal muy influyente, tropezaron con el motín y la redada se dejó oír de costa a costa. En cualquier caso, había algo en lo que los insurgentes podían estar de acuerdo: todo ocurrió rápida y espontáneamente. En 'El mago de Oz', Judy Garland, icono gay, cantaba 'Over the Rainbow', que evocaba un lugar más allá del arco iris donde los sueños se hacían realidad. Acababa de morir; pero su canción fue el himno de la movida.

Me tropiezo con esta frase de Camus: "En las profundidades del invierno, finalmente descubrí que dentro de mí había un verano invencible". Tal vez fue algo parecido a eso lo que, aquella noche sofocante, descubrieron de golpe los maricas del Stonewall. Aupados al pedestal de su victimismo histórico y de su inocencia manifiesta, conquistaron un largo verano.

sábado, 10 de agosto de 2019

#hemeroteca #lgtbi #trans #activismo | De los disturbios a la respetabilidad del museo: así se celebran los 50 años de Stonewall

Imagen: El Diario / 'From Riot to Respectability'
De los disturbios a la respetabilidad del museo: así se celebran los 50 años de Stonewall.
El Museo Homosexual de Berlín se centra en la evolución del movimiento LGBTI con una muestra a cargo de un colectivo de creadores transexuales salidos del colectivo ‘people of color’.
Aldo Mas | El Diario, 2019-08-10
https://www.eldiario.es/cultura/arte/disturbios-respetabilidad-museo-celebran-Stonewall_0_928457726.html

En plena resaca por las festividades del Día del Orgullo Gay -una fiesta que se celebra en Berlín el 27 de julio-, el Museo Homosexual de Berlín abría una exposición que invita a la reflexión sobre qué ha sido y en qué se ha convertido el movimiento gay. Lo hace especialmente en una muestra titulada From Riot to Respectability o "De los disturbios a la respetabilidad", y estará abierta hasta finales del próximo mes de septiembre.

La exhibición sirve para celebrar el reciente 50º aniversario de los conocidos como "Disturbios de Stonewall", que enfrentaron en Nueva York a activistas del movimiento LGBTI con las autoridades a raíz de un altercado en el bar gay Stonewall Inn, en el barrio de Greenwich Village. Se tiene asumido que con esos disturbios surgió el movimiento de lucha por los derechos del colectivo LGBTI.

La muestra berlinesa, que ocupa uno de los grandes espacios del centro de exposiciones de la capital germana, la firma un colectivo de artistas que no suelen tener una voz predominante en el movimiento LGBTI. "El grupo de artistas y comisarios son personas transgénero salidos del colectivo ‘people of color’. Son creadores que no suelen estar muy representados aquí", dice a eldiario_es Daniel Sander, uno de los responsables del Museo Homosexual de Berlín.

"Hasta ahora no habían tenido mucha voz en el museo, pero ahora tienen la oportunidad de alzar esa voz", añade este responsable del centro de exposiciones berlinés, uno de los pocos que hay en el mundo centrado en la temática LGBTI.

Cerca de unos cuarenta creadores han participado en la organización de la muestra. Apenas aparecen nombres propios en la misma. "Para ellos lo que es importante es el colectivo, no los nombres", apunta Sander. De ahí que nada más entrar en la exposición llame la atención que todo un muro del museo se haya convertido en un espacio para un ‘collage’ de gran tamaño. En él se han expresado buena parte de los artistas participantes en la exhibición a través de recortes, pegatinas, posters o parafernalia de protesta.

Esa es una obra aún en formación. "Este collage seguirá haciéndose durante los próximos dos meses, se hará tanto como dure la exposición. Tendrá que crecer y crecer", avanza Sander. En uno de los materiales de mayor tamaño pegados en ese mural se leen cosas como "Queers por una Palestina Libre" y "Terminen con la ocupación israelí".

En otro recorte, con un dibujo en él, un personaje de rasgos afroamericanos exclama: "¿Por qué no haces algo?". Otro de los mensajes es una foto en blanco y negro de una antigua manifestación. Una gran pancarta reza en ella: "Stonewall significa contraatacar y acabar con la opresión".

De precisamente ese espíritu de protesta parece beber directamente el colectivo de artistas que está detrás de ‘From Riot to Respectability’. Pero, según se cuestiona en la exposición, el espíritu de protesta de Stonewall parece haber dado paso a una supuesta "normalización" del movimiento LGBTI.

Vinculadas a esas ideas de "protesta" y "normalización" están los interrogantes de los artistas convocados a participar en la exposición del Museo Homosexual de Berlín. La actual "apropiación" de lo queer en instituciones o empresas también les ha ocupado. Los artistas se hacen preguntas en la muestra como, por ejemplo, "¿Quién busca hacer negocio? Me refiero a esas marcas de ropa que utilizan el arcoíris, o esos ayuntamientos en Alemania que estos días han llevado la bandera arcoíris", explica Sander.

En ‘From Riot to Respectability’ ocupan un papel central retratos de reciente factura hechos en honor a Marsha P. Johnson, mujer transgénero y activista implicada en los disturbios de Stonewall. En el mismo nivel de importancia hay un retrato de otra figura del movimiento LGBTI, la lesbiana Stormé DeLarverie. Su detención por la policía fue la chispa que hizo prender los disturbios de Stonewall. De ahí que se la considere la "Rosa Parks de la comunidad gay".

La muestra berlinesa presenta guiños al espíritu más combativo del movimiento LGBTI. Y, de hecho, se asocia incluso al del movimiento de ‘Black Lives Matter’, que rechaza la violencia hacia las personas negras, en el trabajo del artista Elliot Blue titulado "Black is me!". Se trata de un cortometraje en el que se ve a una mujer de rasgos afroamericanos bailar en una secuencia de movimientos precedida de imágenes captadas por la policía de una manifestación en la que se grita repetidamente "¡Black Lives Matter!": "¡Las vidas negras importan!".

Entender cómo es ser transexual y de color
El de Elliot Blue es uno de los pocos nombres propios que destacan en la exposición, aunque también sobresale el de Manuel Ricardo García, un reputado activista transexual y artista fotográfico. Su montaje ‘The pain of transactivism’ o "El dolor del activismo trans" muestra un retrato de una mujer transexual. La imagen presenta un marco hecho con bocas abiertas como si gritaran.

En una última sección de la exposición, una habitación oscura, a la que hay que entrar con gafas para ver en tres dimensiones, permite estar muy cerca las confesiones hechas a cámara por personas transexuales no blancas. "Sus testimonios explican cómo es ser transexual y de color hoy", comenta Sander, el responsable del Museo Homosexual de Berlín.

El optimismo de esos testimonios mezclado con el pesimismo de otros protagonistas de esas grabaciones terminan generando una sensación de cierta incertidumbre, un sentimiento similar al que despierta el objeto que ha dejado el artista Yori Gagarim en la exposición. Es uno de esos expendedores de bolas con pequeños juguetes que funcionan con monedas.

En la parte de arriba unas letras indican en letras mayúsculas ‘dreams’ -sueños-. En los días de enfrentamientos en Stonewall, muchos de los derechos ya adquiridos por el colectivo LGBTI en las democracias occidentales parecerían eso, sueños.

viernes, 12 de julio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #memoria | Pasaje Begoña de Torremolinos: pasado, presente y futuro de la lucha LGTBI

El Diario / Torremolinos recupera el Pasaje Begoña y su memoria //

Pasaje Begoña de Torremolinos: pasado, presente y futuro de la lucha LGTBI.

Declarado lugar de Memoria Histórica LGTBI por la Junta de Andalucía y por el Congreso de los Diputados, el Pasaje Begoña de Torremolinos necesita una reforma urgente para recobrar el esplendor de su pasado. Paraíso de las libertades sexuales en plena dictadura franquista, la ‘gran redada’ del 24 de junio de 1971 no solo supuso el arresto de 114 personas sino el cierre de los locales y la decadencia de la zona.
Laura Ferrer | El Diario, 2019-07-12
https://www.eldiario.es/andalucia/pasaporte/pasaje-begona-torremolinos-lgtbi-pasaje-begona_1_1444845.html

En el Pasaje Begoña, apenas una callejuela con forma de L en pleno centro de Torremolinos, hubo al menos 50 locales de copas y música en directo entre 1962 y 1971. En plena dictadura Franquista, este rincón de la costa malagueña era un pequeño oasis de libertad para el colectivo LGTBI. No es tan difícil de explicar. La entrada de divisas gracias al turismo, la presencia de celebridades de Hollywood y de la jet set internacional y el deseo de proyectar al mundo una imagen de modernidad hicieron que Torremolinos se convirtiera en una auténtica isla de libertad donde las autoridades, por lo general, hacían la vista gorda.

Los testigos de aquella época de libertad y diversión recuerdan a John Lennon con el manager de The Beatles, Brian Epstein, en una de las terrazas del Pasaje Begoña, mirando pasar a los muchachos. Ambos hacían apuestas sobre quién sería el elegido por Epstein para pasar la noche.

Fue tal la fama nacional e internacional que adquirió el Pasaje Begoña que allí era frecuente ver a personalidades de toda orientación sexual: Coccinelle, célebre transexual francesa; Amanda Lear, musa de Salvador Dalí; Helmut Berger, actor austriaco muy unido al director de cine Luchino Visconti y protagonista de muchas de sus películas; Luciana Paluzzi, actriz italiana y una de las primeras ‘Chicas Bond’; Grace Jones, cantante, compositora, supermodelo, productora y actriz jamaicana; o celebridades españolas como Sara Montiel y Massiel, entre muchas otras.

Mención aparte merece Pia Beck, uno de los personajes clave del Pasaje Begoña. Esta cantante y pianista de jazz holandesa puso al frente del bar Blue Note y no tuvo ni reparos ni miedo ni vergüenza de presentarse de la mano de su mujer y de convertir su local en un lugar de encuentro para gays, lesbianas, travestis y todo aquel que quisiera escuchar buena música y pasar un buen rato.

Toda esta historia, que había caído prácticamente en el olvido, ha vuelto al presente gracias a la labor de la Asociación Pasaje Begoña, que ha conseguido que tanto el Congreso de los Diputados como el Parlamento de Andalucía lo hayan declarado Lugar de Memoria Histórica y Cuna de las Libertades y los Derechos de las personas LGTBI.

Pasaje Begoña: Un futuro para un lugar cargado de pasado
Actualmente, el Pasaje Begoña, que debe su nombre a la hija del constructor del edificio donde se ubica, ni siquiera se llama así. Para localizarlo hay que buscar el Pasaje Gil Vicente. Le cambiaron el nombre en los años ochenta, pero la buena noticia es que el Consistorio ha accedido a recuperar su nombre original gracias al trabajo de la asociación y a la enorme repercusión que está teniendo su historia como cuna del movimiento LGTBI en España.

Pero lo más urgente para la asociación es que el Ayuntamiento de Torremolinos ejecute con urgencia un proyecto de reforma, ya redactado y definido, que le devolverá la esencia y el espíritu de aquellos años históricos.

La popularidad mediática que está adquiriendo el Pasaje Begoña no tiene un reflejo material. Quienes quieren visitar el pasaje se encuentran con que es complicado de localizar y con que no hay ni una placa o pequeño monumento que recuerde lo que allí sucedió.

Hermanamiento con The Stonewall Inn
La directiva de la asociación acaba de visitar EEUU, donde han hermanado el Pasaje Begoña con el mítico local The Stonewall Inn, donde se originó en movimiento LGTBI en 1969. El acto se celebró en junio, durante el WorldPride de Nueva York. Hasta allí viajaron Jorge Pérez y Juan Carlos Parrilla, presidente y vicepresidente de la asociación, respectivamente, quienes conocieron en persona a Stacey Lentz, copropietaria de The Stonewall Inn.

Y es que el Pasaje Begoña y el local neoyorquino tienen mucho en común. Es más, toda la atención mediática que han recibido en los últimos meses se ha centrado en recordar aquel pasaje terrible de la historia más oscura de España que les hermana con los disturbios en Estados Unidos. “Hay que recordarlo pero no hay que centrarse en el morbo ni en el pasado, tenemos que mirar hacia el futuro”, remarca Jorge Pérez.

El Pasado oscuro: La noche del 24 de junio de 1971

“Había habido alguna redada anterior pero eran simples toques de atención que se quedaban en anécdota. Todo el mundo sabía lo que pasaba allí, pero nadie veía al colectivo como peligroso, se los tomaban a guasa”, relata Juan Carlos Parrilla. Pero algo cambió el 24 de junio de 1971. El Gobernador Civil de Málaga, Víctor Arroyo, ordenó una gran redada en la que se identificaron a 300 personas y 114 de ellas fueron arrestadas por “atentar contra la moralidad y las buenas costumbres”. Las vejaciones a las que les sometieron y el trato que recibieron escriben una de tantas páginas oscuras de la dictadura.

La Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, vigente en aquella época, consideraba delito la homosexualidad y la castigaba incluso con pena de prisión. De hecho, algunas de las personas arrestadas aquella noche fueron encarceladas y los extranjeros fueron deportados. A todos se les abrió un expediente policial y se les amenazó con estar “bajo vigilancia de las autoridades”, recuerda Pérez mientras muestra algunos de los documentos que han ido recopilando sobre aquellos acontecimientos.

Muchos de los locales fueron multados y clausurados, y la mayoría quedaron cerrados para siempre. La historia del Pasaje Begoña enmudeció enterrada bajo capas de polvo, suciedad y escombros. Esta callejuela acabó convertida en un lugar de prostitución y marginalidad.

Gracias a un recorte de prensa que hablaba de este lugar, los miembros de la asociación conocieron la historia hace pocos años y se pusieron en marcha, no solo para recuperar la memoria del movimiento LGTBI en Torremolinos, sino para darle un futuro al Pasaje Begoña.

Pasaje Begoña: Revitalizar un lugar histórico

Un grupo de valientes empresarios y empresarias se han atrevido a abrir sus negocios en este pasaje, todavía por reformar, y han bautizado a sus locales con los nombres de los emblemáticos bares que había allí en los años 60 y 70.

Además, los comerciantes han creado su propia asociación bajo el significativo nombre de Fénix. Entre sus objetivos está poner en marcha actividades de revitalización y dinamización del pasaje.

Poco a poco van dando vida y color a la calle. La agencia de viajes La Sirena recuerda con su nombre uno de los locales más glamurosos del pasaje; la tienda de ropa Gogó homenajea a un bar que abrió solo 21 días antes la gran redada; los apartamentos turísticos Aladín deben su nombre a la Cueva de Aladino, otro de los bares más populares; la inmobiliaria Pia Beck lleva el nombre de la carismática pianista y la heladería La Boquilla recupera la denominación de otro de los lugares míticos del Pasaje.

Investigación con la Universidad Pablo de Olavide
Investigación con la Universidad Pablo de OlavideLa recuperación de la memoria del Pasaje Begoña ha sido posible gracias a un exhaustivo trabajo de investigación dirigido por la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, en el que, además de la Asociación Pasaje Begoña, han contribuido un buen número de personas y entidades.

“La Universidad trabaja en el marco del Laboratorio Iberoamericano para el Estudio Sociohistórico de las Sexualidades”, explica Pérez, que subraya que esta investigación ha permitido entrevistar a personas que vivieron la ‘gran redada’, además de descubrir partes policiales y otros documentos entre miles y miles cotejados en diversos archivos (Archivo Histórico Provincial de Málaga, Archivo Municipal de Málaga, Archivo Histórico Provincial de Sevilla, Archivo Histórico Provincial de Granada). También han revisado las hemerotecas y libros con referencias a este lugar y al movimiento LGTBI.

“Muchos de los que fueron expulsados de Torremolinos se fueron a Ibiza, a Barcelona, a Benidorm, ciudades que comenzaron a crecer como destinos turísticos LGTBI. Pero el germen estuvo aquí: el boom de este tipo de turismo comenzó en los años 50 en Torremolinos. Aquí se hospedaba, por ejemplo, el poeta Luis Cernuda, que en sus poemas se refiere al pueblo como Sansueña”, apunta Parrilla mientras recorre el Pasaje Begoña.

Tras esta labor de investigación, ahora se centran en la recuperación. Quieren colocar placas en el suelo en homenaje a los personajes más emblemáticos de la época dorada del Pasaje Begoña y pintar grafitis y colgar placas informativas generales en las que se resumirá la información general sobre los motivos que explican que el Pasaje Begoña fuera un referente internacional. Además, gracias al kiosco que les ha cedido la ONCE podrán tener un ‘punto visible’ cerca del Pasaje Begoña donde informar a los turistas sobre este lugar y otros temas relacionados con el movimiento LGTBI.

El pasaje Begoña ya ha protagonizado un cupón de la Once y un décimo de la Lotería Nacional, otros detalles que contribuyen a la difusión de un lugar que no puede caer en el olvido.

Entre las acciones más exitosas de la asociación ha estado la exposición ‘Pasaje Begoña, isla de libertad’, con imágenes del artista cordobés Xe Marz y con una selección de documentos fruto de la investigación con la Universidad Pablo de Olavide.

Llaman la atención un conjunto de imágenes de gente en los locales durante los años 60 y 70, en las que aparecen todos con los ojos tapados con una franja negra. Preguntamos si se trata de una intervención artística. “No, en absoluto, las hemos tenido que publicar así porque hay personas que frecuentaban esos locales pero que ahora no quieren ser vinculados al ambiente gay. Personas que ahora tienen sus familias y su vida y para las que aparecer en estas fotos sería un problema”, explica el presidente de la asociación, Jorge Pérez. Un detalle que demuestra lo mucho que todavía queda por hacer en el movimiento LGTBI.

martes, 2 de julio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #memoria | Stonewall : el primer orgullo fue una revuelta

Stonewall : el primer orgullo fue una revuelta / escrito e ilustrado por Carlos J. Valdivia Biedma.

Barcelona [etc.] : Egales, 2019 [07-02].
90 p. : il.

/ ES / Libros / Activismo / LGTBI / Liberación sexual / Memoria histórica / Orgullo / Signos y símbolos / Stonewall Inn
📘 Ed. impresa: ISBN 9788417319700 / 15,95 €

[.es] En junio de 2019 hará 50 años que un grupo de personas se rebelaron a las puertas del bar Stonewall Inn en Nueva York contra la brutalidad policial, la discriminación y la desigualdad de las personas no normativas. Ese grupo de personas lo constituían mujeres lesbianas, hombres gais, personas trans, travestis, jóvenes, sintechos, latinas, negras. Todas marcaron, sin saberlo, el inicio del activismo LGTB moderno estadounidense y mundial. Este libro nace para recuperar esos acontecimientos, que vuelan por nuestro movimiento como mitos, y fijarlos basándose en los relatos históricos de las personas que estuvieron en Christopher Street...

domingo, 30 de junio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #orgullo | La cruzada del orgullo gay continúa 50 años después

Imagen: El País / Stinewall Inn, Nueva York
La cruzada del orgullo gay continúa 50 años después.
Cada 28 de junio activistas se concentran en el Stonewall para conmemorar la histórica revuelta y recordar a los que lanzaron la cruzada contra la opresión que sufrían los gais.
Sandro Pozzi | El País, 2019-06-30
https://elpais.com/sociedad/2019/06/28/actualidad/1561723758_580997.html

El orgullo empezó hace 50 años en el 53 de Christopher Street, en el Stonewall Inn. El bar en el Greenwich Village era un puerto seguro para los homosexuales. La policía entró de madrugada y comenzaron los arrestos. Lo que nadie esperaba es que esa redada se convertiría en el detonante de la rebelión que simboliza el nacimiento del movimiento de defensa de liberación LGTBIQ.

Cada 28 de junio desde entonces, activistas como Martha Shelley se concentran en ese mismo lugar para conmemorar la histórica revuelta y recordar a los que lanzaron la cruzada contra la opresión que sufrían los gais. Estuvo al inicio con la revolución que lideró el Gay Liberation Front. El 50 aniversario, dice, es el momento perfecto para hacer una pausa y examinar el camino recorrido para evolucionar.

“Los homosexuales estábamos destinados a no existir”, recuerda el artista Tommy Lanigan-Schmidt. Ir a Stonewall Inn le hacía sentirse humano. En Nueva York no era ilegal servir en un bar a gay, pero casi. En aquella época no ondeaban las banderas del arcoíris, ser homosexual era motivo de despedido e incluso les negaban el alquiler. Eran vistos como pervertidos sexuales o enfermos mentales.

El mundo es ahora muy diferente. El Stonewall Inn dejó de ser un lugar oscuro regentado por la mafia donde los homosexuales podían bailar juntos a escondidas. Pero la cruzada continúa. Los participantes en la concentración esperan que el hito del 50 aniversario represente una nueva de muestra de fuerza frente a los ataques que los derechos de la comunidad LGTBIQ sufren en el clima político actual.

El grito de Stonewall contra la discriminación retumbó con fuerza por todo el mundo. La actriz Whoopi Goldberg insiste en que la celebración debe ser una oportunidad para dar nueva energía a este movimiento de liberación e inclusión. “Los últimos 50 años de orgullo no fueron fáciles”, recordó, “siempre habrá fuerzas luchando contra la comunidad”.

Por el escenario montado en la calle Christopher con Waverly Place pasó también Lady Gaga. "Sois la pura definición del coraje", afirmó ante los asistentes bajo un calor intenso, "esta comunidad ha luchado y sigue luchando una guerra por ser aceptados, una guerra por la tolerancia". La llama que prendió el alzamiento sigue viva, pero los activistas coinciden que cambió el campo de batalla.

Familia global
El orgullo es ahora una fuerza imparable, como dice Maryanne Fine, copresidenta de NYC Pride, “ahora somos una familia global y tenemos que recordar a los que siguen luchando por el mundo”. Y no solo para defender los derechos de los homosexuales. Unen fuerzas por cualquier persona que se sienta marginada. Como dice Paris, “es una obligación hacia los que afrontan los mismos retos”.

Sarah Ellis dice en este sentido que “la aceptación no es algo sobre lo que se pueda legislar”. “Nuestras historias son la herramienta más poderosa para ser aceptados”, insiste, “si no, no estaremos seguros”. La activista Monica Helms, creadora de la bandera transgénero, denunció la represión que sufre entre su colectivo las mujeres de color. Diez murieron en lo que va de año en EE UU.

"El transgénero es el gran reto", señala Summer Minerva, "la gente se encuentra más cómoda con la sexualidad pero no con el género". El motivo por el que importan los primeros activistas como Sylvia Rivera, que puso la T al moviento, no es que tirara el primer ladrillo contra la intolerancia sino por todos los que siguieron después. "En lugar de esconderse aprendieron a representar", añade.

Aquel primer acto de resistencia duró cinco días y se saldó con docenas de arrestos. La policía acabó cerrando el bar. Pero la revolución estaba en marcha. La lucha por la supervivencia y la aceptación se transformó en la celebración del orgullo de ser gay. La primera marcha se celebró un mes después justo al lado, en la plaza de Washington Square, y congregó a medio millar de personas.

Disidentes
Stacy Lentz, dueña del Stonewall Inn, cuenta cómo su principal objetivo ahora es preservar el valor histórico del local. El bar es una meca a la que acude la comunidad para celebrar nuevas victorias, como la legalización del matrimonio sexual por parte de Tribunal Supremo. El presidente Barack Obama declaró la zona monumento nacional como reconocimiento a su papel en la historia de EE UU.

La comunidad LGTBIQ es una parte esencial de Nueva York. La ciudad acogió durante todo el mes de junio múltiples eventos para conmemorar el 50 aniversario de las revueltas en el Stonewall Inn. Culminará este domingo con la gran marcha anual del Orgullo. Es el evento más importante que se celebra en la ciudad de los rascacielos y coincide por primera vez con el WorldPride Festival.

Los organizadores de Heritage on Price esperan la participación de 150.000 personas, además de los cientos de miles que se concentran en las aceras por todo el recorrido. Pero este año habrá marcha alternativa de protesta, bautizada como la Queer Liberation March. Los disidentes se quejan de que la NYC Pride es demasiado festivo y comercial, como la cabalgata de Acción de Gracias de Macy´s.

Tom Viola participó por primera vez en la Marcha del Orgullo hace justo cuatro décadas, cuando seguía siendo un símbolo de rebeldía contra la opresión. Cree que la celebración se volvió excesiva. “No se trata de reconocer solo nuestros logros”, dice, “también hay que velar a los que perdimos y ser perseverantes frente a los que siguen tratando medio siglo después amedrentarnos y degradarnos”.

martes, 25 de junio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #orgullo #memoria | Martha Shelley: La mujer en el origen del arcoíris

Imagen: El País / Martha Shelley
La mujer en el origen del arcoíris.
Martha Shelley, veterana de la oleada de protestas en el bar Stonewall hace medio siglo, es la ideóloga de la primera manifestación del orgullo gay.
Antonia Laborde | El País, 2019-06-25
https://elpais.com/sociedad/2019/06/25/actualidad/1561490258_069495.html

Era una idea demente. De las que nacen producto de la embriaguez y se desvanecen con la resaca. Pero estaban borrachos de rabia, así que no había antídoto. Era 1969 y los gais arrastraban el seudónimo 'twilight' (crepusculares) porque solo salían de noche. Practicar un acto afectivo con alguien del mismo sexo era ilegal en Estados Unidos, así como los bares de ambiente, que solo operaban controlados por la mafia. Cuando la policía los detenía, se arriesgaban a años de cárcel, ser despedidos de sus trabajos o, en el caso de las mujeres, a perder la custodia de sus hijos. La prensa hacía de paparazzi para conseguir un rostro descubierto en el soterrado escenario nocturno. Pero ahí estaba Martha Shelley, la única lesbiana en una sala con 400 hombres homosexuales, proponiendo su idea: “Hagamos una marcha a plena luz del día, una marcha del orgullo”, dijo, antes de pedir que levantaran la mano quienes estuvieran de acuerdo. Los brazos se extendieron hacia lo alto.

La enajenación de los reunidos se debía a un episodio vivido una semana atrás, en la madrugada del 28 de junio. El bar Stonewall Inn, ubicado en el barrio neoyorquino de Greenwich Village, era la meca de los gais. Quienes acudían en esos años lo describen como una ratonera insalubre, pero era uno de los pocos sitios donde podían bailar con personas del mismo sexo, bebiendo cerveza aguada a precios escandalosos. Shelley, criada en una familia judía ortodoxa, tenía entonces 26 años. Deambulaba fuera del club nocturno cuando se percató de los disturbios. A pesar de que eran comunes las redadas policiales y los registros porque el bar carecía de licencia para vender licores, esa ocasión no fue como las demás. Cuando la policía entró en el local para desalojarlo, los clientes no bajaron la cabeza, ni salieron corriendo. Alzaron la voz y las botellas dando pie a una revuelta que duró tres días y tres noches. Esa histórica madrugada celebra este viernes su 50 aniversario en el bar declarado monumento nacional y convertido en el símbolo de la lucha por los derechos de la comunidad LGTBI.

Shelley, medio siglo después, recuerda en el Stonewall Inn cómo le ardía la sangre esas noches de abuso y humillación. El bar es un hervidero de gente a las 15.00 de un lunes, así que la entrevista transcurre, por decisión suya, en los escalones de la entrada de un edificio en un callejón. El carácter resolutivo de su juventud prevalece. A sus 75 años, su rostro parece el de una abuela, pero su cuerpo atlético, de poco más de metro y medio, aparenta estar casi cómodo en los peldaños.

“Los disturbios de Stonewall no fueron los primeros. Ya habíamos visto otros en San Francisco y Los Ángeles, pero no había pasado nada después porque nadie se organizó”, explica. “El día de la manifestación, antes de llegar al punto de encuentro, estaba muy nerviosa. Pensaba que me iban a disparar. Solo sabía que mucha gente odiaba a los gais”, recuerda en el corazón del barrio gay de Nueva York, que para estas fechas está vestido de pies a cabeza con la bandera de la comunidad LGTBI. Sin embargo, la convicción de que era lo correcto la movilizó a ella y a otros centenares de personas. “No era que nos aplaudieran, pero entre quienes participamos surgió una sensación de alivio y libertad que nos afectó para siempre”, recuerda. “Cuando se acabó la marcha me metí en una fuente y me encaramé en una escultura. Dije a los asistentes: ‘Vayan en paz. No hagamos disturbios. El recorrido ha finalizado, pero esta lucha acaba de comenzar”. Razón tenía. Al año siguiente no fueron cientos, sino miles los que participaron de la Marcha del Orgullo.

A los 20 años, Shelley le dijo a su padre —un estadounidense hijo de rusos— que era lesbiana. Este no se sorprendió, pero le advirtió de que no se lo dijera a su madre, judía ortodoxa. Cuando el activismo de la graduada en Ciencias Sociales y Literatura cobró más fuerza y se convirtió en la portavoz de Daughters of Bilitis, la primera organización de defensa de los derechos de las lesbianas, la entrevistaron para un programa de televisión junto a dos psicólogos que defendían la terapia de conversión. Antes de que se emitiera el episodio, Shelley llamó a su madre para contarle su verdad. Ella se negó a aceptarla y le ofreció pagarle una cirugía de nariz para que fuera “más bonita” y “le gustara a los chicos”. “Lo último que me dijo antes de morir fue ‘cásate”, narra con dolor. Aunque sí se casó. De hecho, ha contraído cuatro veces matrimonio con la misma mujer.

Hace 22 años fue una ceremonia judía. En 2004 volvieron a dar el sí cuando San Francisco aprobó el matrimonio homosexual, pero después la Corte Suprema estatal los anuló. En 2012 California legalizó la unión entre parejas del mismo sexo y ahí estuvieron las dos. Finalmente, cuando se aprobó nacionalmente en 2015 viajaron a Nueva York para casarse por cuarta vez. “Lo haremos las veces que sea necesario”, apunta. “La libertad no es algo por lo que peleas, ganas y se acaba. Es algo que cada generación debe luchar para mantener”.

Shelley tiene claro el discurso que dará en el Desfile Mundial del Orgullo este fin de semana. Los cimientos están en el Frente de Liberación Gay, que formó junto a otras tres personas tras los disturbios de Stonewall. Esa organización proderechos civiles pretendía ir un paso más allá. “En esa época los grupos de la comunidad LGTBI querían que la sociedad los aceptara, pero nosotros queríamos cambiar la sociedad”. Tenían una agenda antirracista, proderechos reproductivos, antidiscriminación, y una larga lista de reclamos. “Ahora, con Trump, esas conquistas se han visto amenazadas y estamos retrocediendo. Le diré a los jóvenes que salgan a la calle a pelear por todas ellas y por el planeta, que si desaparece, no habrá derecho que valga”.

“Las marchas parecen desfiles de publicidad”
Dentro del ajustado calendario de actividades que tiene agendado Martha Shelley en su visita a Nueva York por el 50 aniversario de Stonewall —hace más de tres décadas que se fue de su ciudad natal— figura un encuentro con los activistas de 1969. “Es de las cosas que voy a vivir esta semana que más ilusión me hace”.

Hace unos años que ya no participa de las marchas y está centrada en su escritura. “Las empresas se han apoderado de las marchas LGTBI y parecen desfiles de publicidad. No quiero participar de eso”, reclama. Por eso tiene curiosidad sobre cómo resultará la contramanifestación planeada para este domingo, en el que no se aceptaron donaciones de empresas, y por ende, no habrá logos en los carros ni ‘merchandising’ de regalo en las calles.