Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Amor. Mostrar todas las entradas

miércoles, 25 de mayo de 2022

#hemeroteca #amor | Aura García-Junco sobre las relaciones abiertas: «Quería entender por qué generan tanto rechazo»

El País / Ana García-Junco //

Aura García-Junco sobre las relaciones abiertas: «Quería entender por qué generan tanto rechazo»
La escritora mexicana ha publicado ‘El día que aprendí que no sé amar’, un libro que rompe con el mito del amor romántico.
Beatriz Martínez | SModa, El País, 2022-05-25
https://smoda.elpais.com/placeres/aura-garcia-junco-sobre-las-relaciones-abiertas-queria-entender-por-que-generan-tanto-rechazo/ 

Aura García-Junco (Ciudad de México 1988) estudió letras clásicas, conoce los textos antiguos, pero también los contemporáneos. Así que se le ocurrió la idea de utilizar a Ovidio para enfrentarlo a las nuevas teorías feministas. Todo surgió una noche en la que tenía una cita y, tras explicitar que estaba en una relación abierta, la persona en cuestión reaccionó diciéndole: “Lo que pasa es que tú nunca te has enamorado”. Esa anécdota personal es la que precisamente abre ‘El día que aprendí que no sé amar’ (Seix Barral) un libro a medio camino entre el ensayo y la experiencia propia absolutamente revelador que intenta a golpe de investigación romper con el mito del amor romántico al mismo tiempo que se trata toda una serie de temas que impactan de manera directa en cómo abordamos las relaciones las mujeres en la actualidad.

¿Cómo empezó tu proceso de investigación para escribir el libro?

Estaba pasando por un periodo confuso en mi vida y mucha gente a mi alrededor estaba en la misma situación. Empecé a plantearme la pregunta, ¿qué está pasando con las relaciones en mi generación? Me di cuenta de que había una incertidumbre muy grande al respecto y pensé que era una buena línea de investigación. ¿Por qué nos sentimos tan perdidos, por qué estamos naufragando? Me puse a bucear en libros que hablaban sobre el amor, pero había tantos que decidí delimitar mi estudio y los temas que quería tratar. También quería introducir de qué forma impacta la cultura popular en nuestro modo de concebir las relaciones a través de las canciones, las películas.

Sería un trabajo arduo, hay montones de citas en el libro que nos remiten a otras tantas lecturas fundamentales...


Pasé alrededor de cuatro años de escritura, reescritura, lectura e investigación. Al final también le pedí a un amigo sexólogo que lo leyera por si estaba diciendo alguna tremenda barrabasada. Quería que fuera muy completo en el tema de la bibliografía para no reducir los temas a mis propios prejuicios y ofrecer todos los ángulos posibles.

De entre todas esas lecturas, ¿hubo alguna que te resultara más reveladora?

Fueron varias, siempre en el lado más radical de la balanza. Por supuesto, Brigitte Vasallo y su ‘Pensamiento monógamo. Terror poliamoroso’. También muchos libros de sociología, los de Eva Illouz, que tienen un sustrato histórico muy importante que ayuda a generar perspectiva.

Durante el tiempo que estuviste escribiéndolo supongo que se colaría no solo la actualidad, sino también los cambios en tu propia vida. ¿Cómo combinaste esa parte más ensayística con la personal?

Ha sido una época muy convulsa al respecto y hemos tenido que reformular los términos constantemente. Es una materia muy viva y lo interesante es que se trata de temas que no se pueden separar de tu propia existencia. Así que, conforme vives, tienes que repensarte. En ese sentido, se trata de un libro bastante impermanente, porque todo está cambiando constantemente. Por eso decidí incluir algunas de mis experiencias para introducir asuntos que me interesaba explorar.

No sé cómo estructuraste el libro, porque se hablan de muchos temas, algunos que están desde siempre, otros son muy nuevos y los estamos viviendo en tiempo presente...

Totalmente, creo que es algo que está en movimiento y es muy difícil de asir. Si escribiera el libro ahora, tendría que agregar unas cuantas cosas. Por ejemplo, hay algo que me obsesiona últimamente: El balance tan delicado entre la vida pública y la privada. Parece que tenemos que retransmitir todo lo que nos ocurre como si fuera un espectáculo y solo compartimos aquello que es bueno. Hay mucha mentira y vacío. Todo parece como parte de un experimento, así que nos va a tomar un rato entender las consecuencias y el análisis de estos fenómenos. Por eso creo que nos encontramos en una época bisagra tras el estallido de las redes sociales. No sabemos ahora dónde nos puede llevar.

También abordas de qué forma ha cambiado nuestra forma de buscar el amor (o el sexo) a través de las Apps de contactos...

Me parecía muy importante escribir de eso, porque es fácil perder la perspectiva cuando estamos rodeados de tanta tecnología que acaba impactando en la forma en la que nos relacionamos sin que nos demos cuenta. Hay cosas que son muy evidentes, estás viendo una pantalla, no a una persona, por lo que la deshumanización está muy presente. La tecnología se presta a crear una especie de aparador, una vitrina donde hay muchas caras que más bien parecen maniquíes con cierto grado de capacidad para contestar algunas preguntas estándar. Y con las redes sociales es muy fácil perder la perspectiva. Lo que más me incomoda es la propensión tan grande para agredir a otras personas, porque la lejanía que proporciona la tecnología te lo permite. Hay una enorme diseminación de los afectos y me parece muy duro ver cómo se pierde la capacidad de ver a las personas tal y como son, no solo como portadoras de ideas.

¿Qué aspectos fundamentales querías desmitificar a través de este libro?

Al principio no lo tenía claro, así que empecé con intuiciones y terminé con otras impresiones y muchas preguntas. Lo que sí me interesaba entender era por qué había personas que reaccionaban de una manera tan drástica e intensa al hecho de que yo tuviera una relación abierta, y para llegar a ese punto tenía que ver por qué era tan importante la idea de la monogamia y el concepto del amor romántico. Son fundamentos medulares no dichos, pero sí explícitos que condicionan todo lo demás. Por ejemplo, la idea del matrimonio, a la que yo tengo tanto rechazo. Tenía que desmitificarme a mí misma para hablar sobre eso, porque si no, hubiera sido un panfleto, y era algo de lo que quería huir. Así que para mí ha sido una especie de terapia enfrentarme a ciertos temas.

En el libro dices que el amor es un aspecto ideológico, social y económico. Por lo que ir en contra de la monogamia es hacerlo contra los constructos sociales que parecen inamovibles...

Estamos rodeados de estos valores y hay gente a la que le va la vida en defenderlos, porque para ellos es la base de nuestra sociedad, y eso implica la moral. Solo hace falta que hurgues un tantito para darte cuenta de que esto no es así. Las relaciones homosexuales están ahí desde el principio de los tiempos, así que es como tapar el sol con un dedo, y así muchas otras cosas. En el capítulo sobre la monogamia me interesaba hablar de que la no monogamia también ha existido siempre y desde otros lugares que no tienen que ver con el poliamor o las relaciones abiertas occidentales. Así que esos mitos están destinados a chocar con una pared. Para mí el libro es una invitación a pensar, a dar cabida a otras realidades que existen.

¿Por qué crees que las mujeres seguimos acumulando tantos traumas en torno a esa idealización del amor romántico? ¿Por qué a pesar de que seamos más conscientes que antes, sigue ocurriendo?

Efectivamente, sigue pasando. Yo creo que ahí es donde está el entramado más complejo. Porque, por un lado, nuestro primer aprendizaje sobre el amor nos lo dan nuestros padres. ¿Por qué eso se nos queda grabado a pesar de la cantidad de libros que hayamos leído? Por supuesto, ayuda leer, también la terapia para reflexionar, tener buenos amigues con los que hablar. Pero hay un sustrato del cual partimos. No surgimos de la nada, y en parte tenemos asumido ese discurso patriarcal tan nocivo. Es difícil desprenderse de todo eso. Por eso para mí es súper importante el llamado a la paciencia con nosotras mismas, porque al final, cambiar es difícil e implica muchas cosas, no solamente querer hacerlo.

¿Crees que se puede educar de alguna manera a las nuevas generaciones para que esa cadena heteropatriarcal se vaya rompiendo?

Creo que sí. De hecho, está ocurriendo, sobre todo porque tienen más referentes y referentes más diversos. Creo que antes, en anteriores generaciones no se hablaba lo suficiente de sentimientos. En la medida que tengamos una educación emocional sana, van a cambiar muchas cosas. Las emociones estaban relegadas al campo de lo que no se podía hablar, convirtiéndolas en algo estrictamente femenino y, por tanto, minusvalorado. Se ha intentado enseñar a través de la imposición de lo racional, aplastando lo emocional y eso es un error.

Ovidio y su ‘Ars Amatoria’ se convierten en un eje estructurador del libro. Cada capítulo comienza con una de sus citas en las que borras aquello que debemos desterrar...

Ha sido muy divertido hacer eso. Eran tres libros, en realidad, dos para los hombres, uno para las damitas de la época que se consideraban cortesanas, no mujeres de bien, como se decía. En su momento, se le tachó de libertino y revolucionario, porque explicitaba lo que se hacía y no se decía. Pero luego, corte a 2000 años después y, yo que estudié letras clásicas, me encuentro con que se habla de él en foros de Internet en el que los pick up artists lo utilizaban como modelo, porque, en el fondo, ahí hay ideas encapsuladas de muchos supuestos del amor romántico, incluyendo los más fieros y desagradables, como las incitaciones a la violación, explícito en el Rapto de las Sabinas, que él dice que fue por el bien de la comunidad, de la patria. Increíble, ¿no? Y a lo largo de los libros hay un montón de cosas que ahora son absolutamente inaceptables, pero… que siguen vigentes en muchos sectores de la sociedad, como la idea de poseer a la pareja y demás. Y claro, hay una movida con todo eso, porque es un receptáculo de valores súper occidentales y súper patriarcales, súper machistas que les encantan a los hombres. Ellos piensan: es lo que merezco, esto es lo que voy a obtener y lo voy a hacer de esta manera, porque estoy en mi derecho, porque soy hombre. Así que yo tengo una relación bipolar con Ovidio, porque es uno de mis poetas favoritos de la antigüedad por la belleza de sus textos, pero es cierto que hay que leerlo desde una perspectiva crítica.

¿Cómo querías tratar el cuerpo femenino en el libro?


Me interesaba tratarlo desde dos lados, desde la manera en la que la mirada de los demás conforma nuestra mirada sobre nosotras mismas, pero también sobre las otras personas. No se trata ya de que te guste más alguien o no, no es cuestión de autocensurarse, pero a las mujeres nos han jodido mucho históricamente con eso y ha constituido un arma para desvalorizarnos. Me gusta hablar también del cuerpo que envejece. ¿Por qué a los hombres se les permite envejecer y a las mujeres no? ¿No estamos yendo todos al mismo lado? También me interesaba mucho la manera en que nos ven desde fuera como objetos, y ahí entra en juego la cultura de la violación. ¿Cómo encajan en nuestro cuerpo esos supuestos, cómo nos sentimos, cómo tenemos que actuar, por qué tenemos que continuar tragando? Muchas veces siento que tendemos a hacer esa diferenciación tajante entre alma y cuerpo, o mente y cuerpo. Y no es así, porque una cosa impacta en la otra.

Todo esto entronca con lo que tú llamas “esa pequeña o gran red de abusos a los que toda mujer, incluso sin darse cuenta, ha estado sometida a lo largo de su vida”


Nadie se salva de eso, siempre hay fisuras entre las fichas del rompecabezas. Pero en el caso particular de las mujeres, se incrementan esas fisuras desafortunadamente, porque hay acoso, menosprecio sexual, presión social. Y todo eso se vuelve tan cotidiano que es difícil de desarraigar. Así que muchas mujeres optan por una supervivencia reptiliana, especialmente si han estado sometidas a algún tipo de violencia. Afortunadamente tenemos recursos que los hombres no tienen, la capacidad de poder hablar y tener amigas que nos escuchen. Creo que es algo que tenemos que sanar colectivamente, no hay nada peor que el dolor individual.

En el libro hablas de ‘La princesa prometida’ como una película que te marcó negativamente a la hora de hacer frente a la idea del amor romántico. ¿Crees que están surgiendo nuevas ficciones que ayudan a romper los tabúes y los clichés?


Ahora hay muchas, ninguna abarca todo, pero pienso en ‘Sex Education’, que además de ser una serie juvenil, tiene la capacidad de hablar de muchos temas profundos de una manera muy amena. Es la clase de series que pueden romper los estereotipos en los adolescentes. Hay otras que se enfocan en cosas muy concretas, acabo de ver ‘Heartstopper’, sobre el despertar homosexual de dos personajes y otros que se abren a la diversidad sexual. Si hubiera tenido ese referente cuando era adolescente hubiera sido como una caricia a mi alma. Me gusta que exista y que se pueda ver de una manera tan masiva. También es muy interesante 'Todo va a estar bien', de Diego Luna, porque rompe con muchos paradigmas, qué pasa cuando un matrimonio se acaba y hay hijes, cómo se reconfiguran las familias. Todas esas cuestiones empiezan a plantearse en la pantalla tratando se saltarse las reglas no dichas, los prejuicios naturales, me parecen súper imprescindibles.

viernes, 26 de noviembre de 2021

#libros #masculinidad | El deseo de cambiar : hombres, masculinidad y amor

El deseo de cambiar : hombres, masculinidad y amor / bell hooks ; traducción de Javier Sáez.

Manresa : Bellaterra, 2021 [11-26].
180 p.

/ ES / ENS / Libros / Amor / Hombres / Masculinidad / Patriarcado
📘 Ed. impresa: ISBN 9788418684401 / 19,00 €

[.es] No es cierto que los hombres no estén dispuestos a cambiar. Es cierto que muchos hombres tienen miedo de cambiar. Es cierto que muchísimos hombres ni siquiera han comenzado a observar cómo el patriarcado les impide conocerse a sí mismos, estar en contacto con sus sentimientos, amar. Para conocer el amor, los hombres deben ser capaces de abandonar el deseo de dominar. Deben poder elegir la vida sobre la muerte. Deben estar dispuestos a cambiar.

Todo el mundo necesita amar y ser amado, incluso los hombres. Pero para conocer el amor, los hombres deben poder ver las formas en que la cultura patriarcal les impide conocerse a sí mismos, estar en contacto con sus sentimientos, amar. En ‘El deseo de cambiar’, bell hooks llega al meollo del asunto y muestra a los hombres cómo expresar las emociones, una parte fundamental de quien son, independientemente de su edad, estado civil, etnia u orientación sexual. La masculinidad castiga estas emociones fundamentales, y está tan profundamente arraigada en nuestra sociedad que es difícil para los hombres romper con ella. Hooks quiere ayudar a cambiar esto.

Con franqueza y una inteligencia feroz, hooks aborda las preocupaciones más comunes de los hombres: el miedo a la intimidad y la pérdida de su lugar en la sociedad. Cree firmemente que los hombres pueden encontrar el camino a la unidad entre cuerpo y espíritu volviendo a estar en contacto con la parte abiertamente emocional de sí mismos y reivindicando las gratificantes vidas interiores que históricamente han sido dominio exclusivo de las mujeres. ‘El deseo de cambiar’ es una obra valiente y sorprendente, pensada para ayudar a los hombres a recuperar lo mejor de sí mismos.

Gloria Jean Watkins (Hopkinsville, Kentucky; 1952-2021), conocida como bell hooks (escrito en minúsculas), es una escritora, feminista y activista social estadounidense. El nombre "bell hooks" deriva del de su bisabuela materna, Bell Blair Hooks.El enfoque de la escritura de hooks ha sido la interseccionalidad entre raza, clase y género, y lo que ella describe como su capacidad para producir y perpetuar sistemas de opresión y dominación de clase. Ha publicado más de 40 libros y numerosos artículos académicos, ha aparecido en documentales y participado en conferencias públicas. Se ha ocupado de la raza, la clase y el género en la educación, el arte, la historia, la sexualidad, los medios de comunicación y el feminismo. En 2014, fundó el Instituto bell hooks en Berea College, Berea, Kentucky.

domingo, 17 de enero de 2021

#hemeroteca #amor | Eva Illouz: “El capitalismo ha creado grandes bolsas de miseria sentimental”

Imagen: La Vanguardia / Eva Illouz

Eva Illouz: “El capitalismo ha creado grandes bolsas de miseria sentimental”.

Entrevista con la gran investigadora del amor contemporáneo. La socióloga franco-israelí publica su ensayo 'El fin del amor'.
Xavi Ayén | La Vanguardia, 2021-01-17
https://www.lavanguardia.com/cultura/20210117/6183807/eva-illouz-amor-libro-fin-katz.html 

Eva Illouz (Fez, 1961) es, para algunos, la mayor teórica del amor contemporáneo. Esta socióloga franco-israelí ha publicado obras como ‘El consumo de la utopía romántica (1997), ‘Intimidades congeladas’ (2007), ‘La salvación del alma moderna’ (2008) o ‘Por qué duele el amor’ (2012). Atiende por videoconferencia a este diario desde París para hablar de su último ensayo, ‘El fin del amor’ (Katz). Su método tiene la virtud de atraer tanto a lectores académicos como profanos, alternando referencias intelectuales (Hegel, Freud, Marx, Durkheim...) con entrevistas de campo (92 personas han sido interrogadas sobre su vida sentimental para este último libro), referentes de la cultura popular -como la serie ‘Sexo en Nueva York’- o incluso chats de Tinder.

-¿Por qué un libro más sobre el amor?
-Para mi supone el final de un ciclo. Es más sobre el desamor que el amor. Me interesa la manera en que nuestras experiencias emocionales son conducidas por las instituciones, la manera en que somos moldeados, cómo actúan en nuestro interior unas fuerzas sociales que no vemos ni comprendemos. Del mismo modo que, en su día, intenté comprender el tránsito del amor burgués del siglo XIX al amor de la sociedad de consumo, veo ahora que todas esas construcciones burguesas y capitalistas se están hundiendo. Es un libro sobre la contradicción entre el ideal que tenemos del amor, que viene de esas estructuras del pasado, y las potentes fuerzas institucionales que trabajan en otra dirección y que hacen que no pueda funcionar bien.

-Cuando tenemos problemas amorosos, buscamos a los psicólogos. Usted propone la aproximación sociológica, muy distinta. El desamor es visto como fruto del sistema en que vivimos, no como una ineptitud de las personas.
-Exactamente. Una parte importante de mi trabajo es escribir contra la psicología, que es la competidora epistemológica de la sociología. Escribo contra la psicología clínica, que tiene cosas que se pueden utilizar individualmente, que son útiles, pero eso no significa que no haya grandes causas colectivas, problemas sociales, también en este campo. La incertidumbre se ha convertido en un problema sociológico, porque hoy la certidumbre es una anomalía en una relación sentimental. En general, cuando entramos en cualquier otro tipo de relación social, laboral, sabemos a qué atenernos, cuáles son las reglas: lo que significa ser un padre, un vendedor de helados, una prostituta callejera... Son roles que interpretamos. Pero, hoy, entrar en una relación amorosa es introducirnos en un territorio totalmente incierto. No sabemos cuál es la buena conducta a seguir, y esta tremenda incertidumbre no tiene precedentes en la historia. La sociología nos ayuda a gestionar esto. Ojo, no estoy diciendo que los individuos no sean diferentes, sino que hay individuos con muchos más problemas que otros. Los individuos se mueven en instituciones y entornos que no dominan, cosas que no funcionan, y que son constantemente eludidos en la comprensión de los psicólogos en sus terapias.

-Usted habla de desregulación amorosa...
-Utilizo voluntariamente conceptos económicos porque ha habido transformaciones en las relaciones amorosas que tienen un carácter económico. Muy importante resulta, por ejemplo, que, hoy, los encuentros amorosos son un mercado, han adoptado esa forma: hay dos entidades que se encuentran en una arena libre y van a intercambiar algo entre ellos, sin mediaciones ni regulaciones. Antes nadie se casaba fuera de los preceptos de una religión, de los estereotipos, de su clase social... Había un montón de mecanismos sociales que regulaban las parejas. La desregulación es lo mismo que en el terreno de las mercancías: la libre circulación de cuerpos y de psiques. Eso va a hacer que la gente se aparee en función de mecanismos de acumulación de valor, de capital, que maximicen sus posibilidades en el mercado matrimonial. La regulación implica muchas prohibiciones y tabúes, y en el mercado no los hay, solo dos personas que intercambian utilidades. Ese es el amor del neoliberalismo. La paradoja es que las ideas de Thatcher y Reagan, tan defensores de la familia tradicional, conducen a su destrucción, a la ley del más fuerte.

-De hecho, usted muestra cómo, en el amor, coinciden los libertarios y los neoliberales...
-Uno de los desafíos del libro es proponer una sociología de la libertad. Pensamos comúnmente en la libertad en términos morales y políticos, pero yo lo que quiero es ver sus efectos profundos en las prácticas sociales, porque es absolutamente claro que la libertad cambia de contenido, según las épocas. Por ejemplo, en los años 70 y 80 el escritor Gabriel Matzneff podía tener comportamientos pedófilos, acostarse con niños, impunemente, se consideraba parte de su libertad sexual. Hoy eso ya no es posible. Hay, pues, ajustes y redefiniciones de la libertad. Me doy cuenta de que los grandes valores que han defendido las feministas y los homosexuales, que jugaron un papel importantísimo en todo el siglo XX y en el advenimiento de la democracia, cambian de cariz al ser cooptados por lo que yo llamo el capitalismo escópico, las industrias que utilizan la mirada, el ojo del espectador, para extraer valor de otra persona, a partir de la belleza evaluable del cuerpo de una mujer. La idea de libertad de ese capitalismo escópico cambiará profundamente la definición de la masculinidad y la feminidad, así como de la sexualidad. Se trata de algo muy político: privilegiar a la vez la libertad y la desigualdad. Dado que no existe una igualdad de partida, la libertad sexual se utiliza contra las mujeres.

-Desmenuza las consecuencias de la falta de ética en el terreno sexual. Pero ¿quién podría dictarla?
-No creo que haya que crear una organización internacional que dicte una ética sexual, han de ser los hombres y las mujeres los que la creen conjuntamente. Esa es una gran cuestión de la que ocuparnos en los años que vienen. El feminismo es una gigantesca reacción al gran malestar que existe en las relaciones sexuales y emocionales. Tenemos una gramática compartida entre hombres y mujeres para tratar las desigualdades en el campo laboral. Pero no hemos formulado la gramática de la sexualidad y las relaciones íntimas para que no sean un campo donde reinen la humillación, la herida, el sufrimiento, los sentimientos de invisibilidad social. No es siempre el caso, de acuerdo, pero sí a menudo. La libertad implica el derecho a hacer lo que queramos sexualmente pero aquello que queremos da lugar a mucha violencia, en lo físico, simbólico y emocional. Hace falta comenzar esta discusión ética. Hasta ahora, hemos percibido este tipo de cuestiones como un intento de reglamentar lo íntimo, pero se trataría simplemente de meterlo en los carriles de la ética. Que la relación ética con los otros no se detenga o se extinga al llegar a la sexualidad y al deseo.

-¿Libertad, igualdad, fraternidad?
-Las tres cosas son una demanda clara, también en lo íntimo.

-Usted habla de la ‘deselección’, el abandono de las relaciones, como la característica más importante de hoy.
-Parto de la constatación de que la idea de ‘elección’ ha sido absolutamente central en la modernidad. El feminismo puede ser definido como un combate para que las mujeres elijan, ya sea en casa o fuera de ella (con el voto). La misma sociedad de consumo se presenta como una cultura del derecho a tener muchas posibilidades de elección... El individuo moderno se define a través de su toma constante de decisiones: en su profesión, en la sexualidad, en sus amistades, sus compras... Pero hoy vivimos una nueva etapa en la historia cultural de la elección porque el individuo se define según sus ‘deselecciones’, su ruptura de compromisos y decisiones anteriores. Eso es algo muy nuevo, un modo de sociabilidad negativa, donde el individuo es quien es por aquello que rechaza, por la experiencia repetida de rechazar o no escoger algo. Bien porque prescinde de algo o alguien o porque lo toma pero luego ya no. El verdadero yo surge de rechazar a alguien: entrevisté a una mujer casada durante 25 años, relativamente contenta con su matrimonio, que estaba bien, pero se decía que, al haberse casado joven, no había conocido nada de la vida, quería probar la vida de soltera y dejó a su marido. Es al menos una acción inteligible, se comprenden las causas. Rechazar es constitutivo de la identidad.

-Habla de poliamor, del más común ‘casual sex’ pero también destaca la gran fuerza que mantiene el ideal del amor romántico.
-Esa es una idea clave del libro, la contradicción entre la ideología que sigue siendo poderosísima en nuestra sociedad y el hecho de que nuestras instituciones trabajan en otra dirección...

-Otra paradoja: la apariencia física es más importante que nunca.
-Nunca ha sido tan importante. Irónicamente, al tiempo que el feminismo ha hecho progresos, el rol de la sexualidad ha sido cada vez más importante en la autodefinición de las mujeres. Hay un enorme debate en el feminismo, el de analizar si la autodefinición a partir del cuerpo y la sexualidad representa una emancipación o una regresión. Tras investigarlo mucho tiempo, finalmente creo que el cuerpo juega un papel fundamental para sojuzgar a las personas. En el patriarcado tradicional, las mujeres tienen dos roles: el reproductor, son matrices o vaginas que van a dar niños; o bien son prostitutas, para dar placer sexual a los hombres. No sorprende que, en este sistema, el rol de la mujer esté hipersexualizado, y marcado como diferente. Este cuerpo sexualizado se ha integrado en las formas actuales de dominio capitalista, las que conciernen a la mirada, la que reconoce la belleza, y que da a algunas mujeres una sensación de empoderamiento, pero junto a la mirada también son necesarios los procesos de reconocimiento social, emocional y romántico, y ahí la hipersexualización de las mujeres –que los hombres no sufren- va a impedir que se produzca ese reconocimiento.

-Se ocupa también del ‘ghosting’...
-Es una forma cool de denominar una crueldad. Es un término que agrupa una serie de prerrogativas, una manera de legitimar un comportamiento maltratador. Si imagináramos un comportamiento parecido en el campo profesional ¿qué sería? ¡Un delito! Sería imposible, usted no puede tratar a un cliente así: que él le pregunte algo y usted decide arbitrariamente no contestarle más. Comportarse así sería considerado una afrenta en cualquier campo, pero lo aceptamos en las relaciones íntimas. Y no hay ninguna razón para ello.

-¿Qué son los ‘incel’?
-Un movimiento de ‘célibes involuntarios’, una subcultura violenta, de extrema derecha, que llama al odio contra las mujeres. La desregulación del mercado sexual crea una gran miseria sexual para mucha gente, enormes bolsas de miseria. El capital sexual es tan importante para los hombres, una fuente de poder, que, cuando no es satisfactorio, dado que está repartido de forma muy desigual, genera enormes resentimientos. Michel Houellebecq fue el primero en hablar de esto en su ‘Ampliación del campo de batalla’ en 1994. Hay un vasto campo de miserables sexuales.

-¿Y el consentimiento?
-Se ha convertido en la piedra angular de las relaciones entre hombres y mujeres basadas en la libertad, el libre albedrío de las partes. Pero a mí me recuerda el contrato del trabajo asalariado, que se presenta como un contrato entre dos partes, el que paga y el que le da su trabajo a cambio. Marx ya se reía de eso en las primeras páginas de ‘El capital’, ¡no es una relación entre iguales! Si no aceptas, te mueres de hambre, el empleador tiene un enorme poder sobre ti. Y hoy, en el terreno sexual, hay que recordar que definimos la identidad de las mujeres según el reconocimiento que la mirada de los hombres le da. Así, le sorprendería descubrir la cantidad de mujeres que dicen que ‘sí’ a propuestas sexuales que no les apetecen. Más allá del ‘sí’ y el ‘no’ hay una gran zona gris donde la mujer no quiere algo pero carece del repertorio adecuado para decir un ‘no’ sin ser insultada, vista como una calientabraguetas o una puritana frígida. Si el hombre te desea es que has hecho algo para que eso suceda y deberías ser consecuente y sentirte halagada. No solo está en juego la voluntad de la mujer. El libro ‘El consentimiento’ de Vanessa Springora es muy bueno porque expone el tema muy claramente: una niña de 14 años ¿qué sabe de la vida? ¿a qué puede consentir cuando un adulto de 50 la aborda? Del mismo modo, una chica de 22 años, que ha bebido en una fiesta, y lleva toda su vida escuchando y asumiendo mensajes sobre la sexualidad que le dicen que follar o responder a esas insinuaciones es cool, le resulta muy difícil oponerse. El debate sobre el consentimiento, reducido a ‘sí’ o ‘no’, elude la complejidad de toda la casuística real.

-¿En qué trabaja?
-En varias cosas. Analizo el populismo a través de las emociones, en el contexto de la sociedad israelí. Tengo otro proyecto antipsicológico: analizo 14 emociones y muestro que, en realidad, son sociales. Acabo otro libro sobre sexo. Y estamos haciendo, con un periodista y un académico, dos libros de entrevistas sobre toda mi obra.

domingo, 10 de mayo de 2020

#hemeroteca #amor #sentimientos | Sobre el derecho a sufrir

Imagen: ctxt / Forograma de 'Amor', dirigida por Michael Haneke (2012)
Sobre el derecho a sufrir.
No hay utopía más peligrosa que la de creer que se puede amar otro cuerpo sin exponer el propio y sin exponer también el alma; la de creer que la felicidad es un producto sanitariamente garantizado y la infelicidad una enfermedad o un crimen.
Santiago Alba Rico | ctxt, 2020-05-10
https://ctxt.es/es/20200501/Firmas/32201/dolor-amor-utopia-enfermedad-covid-Santiago-Alba-Rico.htm

Creo que todos estamos en contra de los cólicos renales y las migrañas y, desde luego, en contra de la covid-19 y sus consecuencias. No hay ningún plan de la naturaleza que contemple, exija o justifique mis ataques de ciática o mis dolores de cervicales; y por lo tanto es legítimo y sensato intentar aliviarlos. Ahora bien, otra cosa muy distinta es lo que tiene que ver con los “duelos”, cuyo concepto mismo evoca enseguida la dimensión propiamente humana del dolor. ¿Se puede evitar el dolor derivado de la relación con los otros? ¿Es bueno evitarlo? ¿Es legítimo siquiera proponerse o incluso reclamar como derecho una relación con el otro exenta de conflicto y, por consiguiente, de dolor? Pues bien, me parece que nuestras sociedades tecnologizadas y medicalizadas, por motivos al mismo tiempo económicos y culturales, están materialmente conformadas en torno al propósito de bloquear e impedir los “duelos”. El duelo mismo se ha convertido en una enfermedad que hay que tratar, de manera que enseguida aparece un psiquiatra, y no un cuervo, detrás de cada cadáver real o afectivo que sacude nuestra existencia. Lo que antes sólo lo curaba el tiempo ahora hay que curarlo ‘en’ el tiempo, mediante una intervención de emergencia, farmacológica o terapéutica, que borre lo más deprisa posible el acontecimiento luctuoso. ¿Es normal una pancreatitis? No. ¿Es normal que me hunda si se muere mi hijo, que llore si me abandona el hombre o la mujer que amo, que sufra moral y psicológicamente en caso de pérdida, separación o muerte? Me atrevo a pensar que una de las razones por las que nos encontramos sin recursos antropológicos para afrontar la presente crisis es la convicción subjetiva de nuestro derecho a la felicidad, asociado a la consideración de la adversidad misma como una enfermedad, y no como una experiencia, y al abordaje de las relaciones humanas como protocolos de consumo sin consecuencias. Se pueden evitar las relaciones humanas, como hacen los misántropos y hacían los filósofos cínicos en la Antigüedad; pero no se pueden evitar los dolores si se aceptan las relaciones humanas, porque sobre esos “duelos”, jalones en el recorrido de la vida, se construye al mismo tiempo el texto de la comunidad y la propia biografía. El feo, castizo, brutal refrán (“el muerto al hoyo, el vivo al bollo”) se ha convertido en la regla de comportamiento, y de ambición naturalizada, de una sociedad que pretende mirar, tocar, amar sin dolor alguno, olvidando que no puede haber ningún verdadero compromiso en el tiempo –ni ningún verdadero enganche en el espacio, ni siquiera con los ojos– sin conflicto y sufrimiento; y que, por lo tanto, la pretensión de suprimir el dolor sólo puede hacerse a costa de suprimir el tiempo y el espacio mismos como condiciones radicales de nuestra sensibilidad. De alguna manera eso ha ocurrido ya: la tecnología nos ha dejado fuera del espacio y del tiempo, esas dos enfermedades mortales contra las que, en paralelo a nuestras fantasías artefactas, no hay ningún tratamiento posible.

Hasta qué punto esta ilusión de una vida humana sin dolor se ha generalizado como horizonte axiológico lo demuestra el hecho de que incluso el feminismo ha acabado por reivindicar la seguridad total como fundamento de las relaciones sexuales y amorosas. Si hay una frase que me irrita profundamente es esa que proclama que “si es amor, no duele”. Entiendo que se quiera deslindar el amor de los malos tratos, pero no debería hacerse a costa de alimentar la ilusión de que sólo hay verdadero amor si “no duele”, en la serenidad y el equilibrio, porque lo único que no duele entre seres humanos es el intercambio contractual de objetos –mercancía por dinero, por ejemplo–, cuyo modelo más trivial es la relación cajero-cliente en un supermercado, modelo que, extrapolado a las relaciones sociales y afectivas, nos sitúa no en el punto más distante del amor sino en su contrario estricto. El amor duele. La belleza duele. La maternidad duele. Decía el poeta andalusí Ibn Hazm de Córdoba en ‘El collar de la paloma’ que los enamorados “quieren estar juntos allí donde hay mucho espacio y quieren estar solos allí donde hay mucha gente”. Pocas veces se dan en la vida, y menos bajo el capitalismo, las condiciones para que dos enamorados estén juntos y solos mucho tiempo; y cada vez que el espacio los separa y cada vez que la gente se interpone entre ellos, sufren; y si finalmente consiguen estar solos y juntos –con lenguas, brazos, pies y encadenados– también sufren, pues “en medio a tanto bien somos forzados/ llorar y suspirar de cuando en cuando”, como dice otro gran poeta del siglo XVI. Si amo sin correspondencia, sufro; si el amado me corresponde y se va de viaje, sufro; si está a mi lado –y encima y debajo de mí– y gozo infinitamente, sufro incluso más, porque no hay ningún goce infinito que, frenado por el tiempo, no roce dolorosamente en sus raíles. También los amantes apaciguados que envejecen juntos sufren: los reveses del otro, sus malentendidos, sus enfermedades, sus vulnerabilidades crecientes. Entre el “Amor” de Gaspar Noé y el “Amor” de Haneke se puede recorrer todo el arco de dolores que, inseparables del goce, la memoria y el aprendizaje vital, configuran la orografía del amor. Pocos han sabido exponer de un modo más descarnado y sutil este bellísimo dolor, inherente al conflicto voluntad-deseo, de imposible resolución incluso en el más idílico de los romances, como el director chino Wong Kar Wai en sus películas. Podemos adjetivar este amor, con desdén liberador, como “romántico”, pero no hay nada liberador en liberarse del dolor –el miedo, la inseguridad, la muerte– cuando se ama a otra persona, salvo que queramos precisamente liberarnos del amor y llamar a esa ausencia –blindada en la indiferencia de los intercambios digitales o en la seguridad total de los castillos– con el mismo nombre que a su opuesto dolorido.

Entre cuerpos, en el espacio y en el tiempo, todo es potencialmente doloroso. Ese dolor es inseparable de la belleza. El misterio de un cuadro de Rembrandt, que hay que explorar infinitamente, es doloroso, porque es doloroso no acabar nunca de mirar un objeto. Las catedrales, los bosques de hayas, los poemas de René Char, la música de Silvia Pérez Cruz, la ingenuidad de una niña que salta en un charco con zapatos nuevos, el cuerpo luminoso y pasajero que no se ha de tocar, duelen tan intensamente como intensamente nos vinculan a un mundo que hay que proteger y hacer durar. Algún defensor de las pasiones indoloras podría decir que el amor es como una flor: “Si es una flor, no duele”. ¡Pero es que las flores duelen! Más roja que el comunismo, la amapola es la bandera de la belleza más incómoda y modesta. Ese color duele. Y no porque, como la rosa de los poemas renacentistas, nos recuerde la caducidad de la vida; ni tampoco porque, convencidos militantes ecologistas, la vivamos amenazada por el cambio climático. Duele porque es un enigma; que ese rojo exista, y que no lo hayamos inventado nosotros, nos obliga a mirarlo –y vigilarlo– como si nos fuera a matar; y hace daño dejarlo vivir a nuestras espaldas para seguir nuestro camino. Así que ocurre exactamente lo contrario. Proclamar “si es amor, no duele”, y proclamarlo con empaque moralista y displicente, como si se tratara de una evidencia emborronada por el patriarcado, es lo mismo que regañar al amigo que llama “flor” al jazmín sobre el que se inclina: “No, hombre, si es una flor, no huele”. Las flores huelen, los otros duelen.

Hay algo, pues, política y moralmente peligroso en la negación organizada del dolor enraizado en el espacio y en el tiempo. Contra el “duelo” salimos tecnomédicamente de nuestros cuerpos a un exterior donde no corremos ningún riesgo; ni siquiera el de tropezar ya con una cursi amapola comunista. Si queremos acabar con la fealdad, lo mejor es acabar también con la belleza; si queremos acabar con la mentira, lo más eficaz es acabar también con la verdad; si queremos acabar con los duelos, lo más radicalmente seguro es acabar también con los compromisos. Porque todo viene en el mismo paquete, sí, y como en racimo y de la mano; y si se puede –y se debe– aliviar la ciática y buscar una vacuna contra la covid-19 (y contra el machismo, la desigualdad y la ignorancia) no hay utopía más peligrosa que la de creer que se puede amar otro cuerpo sin exponer el propio y sin exponer también el alma; la de creer que la felicidad es un producto sanitariamente garantizado y la infelicidad una enfermedad o un crimen; la utopía de la confusión –es decir– entre felicidad y seguridad. Esa es en realidad la distopía “romántica” en la que vivíamos cuando disrumpió el virus nuestro sueño. Y que deberíamos sacudirnos de encima antes de ceder a la tentación del autoritarismo tecnocientífico y sus promesas de normalidad indolora.

Tenemos derecho a las condiciones sociales para ser felices, pero no la obligación individual de serlo. Es un buen momento, en efecto, para reivindicar, al contrario, nuestro derecho inalienable a sufrir sin cuervos ni paños calientes. Nuestro derecho al luto y sus bellezas. “Antes muerto estaré que escarmentado:/ ya no pienso tratar de defenderme/ sino de ser de veras desdichado”. A Quevedo hoy le hubiesen suministrado un inhibidor de serotonina y no habría escrito más sonetos de amor. Si es amor, duele siempre; y si es solo deseo, al menos escuece.

lunes, 8 de julio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #identidades | “Love is love”: ¿Y si las reivindicaciones LGTB no tuviesen nada que ver con el amor?

Imagen: El País
“Love is love”: ¿Y si las reivindicaciones LGTB no tuviesen nada que ver con el amor?
Legitimar el amor y su forma establecida, la pareja, plantea numerosos problemas dentro de un colectivo tan diverso que también incluye a personas trans y queer. No se trata de amar, sino de ser.
Nacho M. Segarra | SModa, El País, 2019-07-08
https://smoda.elpais.com/moda/actualidad/love-is-love-y-si-las-reivindicaciones-lgtb-no-tuviesen-nada-que-ver-con-el-amor/

El Orgullo pasado, Madrid se llenaba de miles de gais solteros y guapos –los más visibles– que venían, como cada año, a celebrar, reivindicar y disfrutar de las fiestas patronales LGTB y el ayuntamiento los recibía con brazos abiertos con una campaña que decía: “ames a quien ames, Madrid te quiere”. Mientras tanto, en las calles paralelas a la Gran Vía, los ataques homófobos habían aumentado, tal y como denuncian algunas asociaciones como Arcópolis, y la derecha, a las puertas del gobierno municipal, estaba a punto de sustituir la diversidad por el diesel y de demostrar su deseo de mandar las celebraciones al exilio.

Este año, y en un concierto que justo se celebraba el 28 de junio, ese pedazo de diva que es Rosalía, voz de su generación, cogió el micrófono para decir a su público: “¡¡Hoy se celebra el día del Amor libre!!”, volviendo loco al personal pero por las razones equivocadas: el 28 de junio se celebra el nacimiento del movimiento de liberación LGTB pero no la libertad para querer. Sin embargo, este desliz lingüístico tenía algo de verdad: el amor, ese ‘popper’ de los sentimientos, estaba inundando con un “hedor insoportable” –que diría un político de Vox– las reivindicaciones del colectivo LGTBQIA hasta convertirse en uno de sus principales temas. Pero empecemos por el principio, ¿de dónde viene esta ola de amor?

Lo nuestro, cari, es histórico
Las palabras que utilizamos para hablar de las distintas expresiones de sexualidad no son fijas, sino que cambian con el tiempo. La ‘sodomía’, por ejemplo, hacía referencia al pecado; la ‘homosexualidad’, con origen médico, ha estado durante muchas décadas vinculada a la enfermedad, y ‘ser gay’ se asociaba a una identidad reivindicativa que surgió precisamente de la primera revuelta que se celebra en el Orgullo, la de Stonewall, en 1969. Esas mismas palabras cambian a lo largo del tiempo, por ejemplo, en 1970 declararse ‘gay’ tenía unas implicaciones políticas determinadas, como ser un hombre homosexual implicado en la liberación LGTB pero, cincuenta años más tarde, está más cerca de denominar a un estereotipo: un homosexual blanco, consumista y cada vez más, un hombre que ‘VIVE EL AMOR’. Si la homosexualidad entró en época contemporánea y para el gran público con una definición muy concreta lanzada por Oscar Wilde desde el juicio de 1895, como “el amor que no se atreve a decir su nombre”, ¿qué ha pasado para que ahora las empresas de telefonía, los fabricantes de snacks calóricos e incluso el pollero de tu mercado con una pegatina colocada sobre la vitrina de los contramuslos te animen a gritar tu amor a los cuatro vientos?

Respuesta corta: ha pasado el S.XX. Respuesta un poco menos corta: el S.XX y la normalización de la lucha LGTB y quizás, un poco, vale, el éxito de ‘Call me by your name’. En la década de 1980 vivimos la crisis del SIDA –un tema, el del VIH, por cierto, cada vez más ausente del Orgullo–, y pese a que la enfermedad creó una cierta retórica del amor, la lucha se hizo desde la rabia y la diferencia. El colectivo LGTBQ se radicalizó en los años más oscuros para, según nos informa Miguel Caballero, activista VIH, “a partir de la década de 1990 y una vez que se consiguieron los primeros tratamientos, que eran muy agresivos, se empezó a reclamar otros derechos civiles, como el matrimonio homosexual, cuya ausencia se había dejado notar. El matrimonio, ojo, significó adquirir unos derechos civiles básicos como que la ley reconozca tu unión con quien compartes tu vida, ya sea para pedir días libres en el curro porque tu novio está en el hospital, como para que la cerda de su madre que lo echó de casa por marica no se quede ahora con todas sus pertenencias e incluso impida a la pareja ir al funeral, pero fue, desde luego un cambio perspectiva, algunos dicen que más burguesa, pero para mí, muchos de los aspectos del matrimonio son radicales: ¿cómo vas a cuidar a tu pareja si no tienes derecho a los días que te corresponden?”.

¿Normales?: el amor nos iguala
La consecución del matrimonio y la lucha que la precedió creó un nuevo discurso, que la estudiosa Lisa Duggan calificó como ‘homonormatividad’ que es descrita como la intención política de representar el estilo de vida LGTBQ como esencialmente normal, para acceder a instituciones como la privacidad, el mercado o incluso el patriotismo. Ese tipo de discurso se tradujo en la televisión, la prensa o la ficción de finales de 1990 en una serie de representaciones conocidas como “Gais en…”: “Gais en el ejército”, “Gais en la familia”, “Gais en la escuela”… y su última representación: “Gais en el Amor”, es decir, la sentimentalización de la diferencia sexual. Mírenlos, se comportan de manera normal, incluso en el amor. No son pervertidos. AMAN, ‘LOVE WINS’. Debajo de esa abrumadora presencia construida sobre la respetabilidad, para el escritor y activista Victor Mora, se escondía una estrategia de “control de la población según parámetros normalizados de género (masculino y femenino) y de relación (monógama, familiar, institucional)”.

Para Lucas Platero, investigador Juan de la cierva en la UAB, reducir la lucha al eslogan de “un anuncio de colonia extranjera no es un medio demasiado eficaz para resolver problemas cotidianos de las personas LGTB. ¿Ayuda a rebajar la discriminación laboral, acoso escolar o el señalamiento?”. A este respecto, el comunicador Jesuchristopher, nos explica que la referencia al amor: “nos perjudica porque reduce nuestra discriminación a una cuestión de afectos, cuando de forma individual también somos oprimidas por nuestra pluma o nuestro passing (para la gente trans). El discurso ‘Love is Love’, por ejemplo, invisibiliza la opresión del chico agredido en McDonalds por ir vestido como quiere. ¿Dónde estaba ahí el amor? ¿Acaso no sería más conveniente para él ‘Clothes Are Clothes’? ¿Dónde entra el amor cuando hablamos del mayor índice de paro entre personas trans? ¿No sería más conveniente ‘Jobs are Jobs’?”. A este respecto Lucas Platero, afirma que el colectivo LGTB parece que está triunfando en las políticas del reconocimiento, las simbólicas, como demuestra el éxito mediático del Orgullo, pero faltan las de distribución, que “son acciones que tendrían que dirigirse a compensar una discriminación estructural y de raíz histórica, que se ceba con las personas LGTB en situaciones más vulnerables, como son las personas LGTB racializadas, obreras, mayores y peques, con diversidad funcional, migradas, y otras que solemos olvidar en un lánguido etcétera”

En un interesante artículo de Alva Gotby titulado El amor no nos salvará explica que en el contexto del Orgullo “el eslogan sugiere que el amor gay es igual que el amor hetero. Desde esa perspectiva, se anima a la comunidad hetero a aceptar a las parejas gais, que son parecidas a ellas mismas. Después de todo, ¿Quién puede negarle a alguien el derecho a amar?”. Poca gente está dispuesta a negar un sentimiento que parece muy básico pero muchas son las personas LGTBQ que se quedan fuera del paraguas del amor, paraMaria LaMuy, que trabaja de ‘Visual Designer’ pero que dice ser, en realidad, una marimacho precaria, afirma que el discurso “es domesticador, fácil y sentimentalizador, muy en la línea del ‘maricón amable’. Es un discurso que pone en riesgo a quien no encaja en la norma”. Junto a ello, y tal y como afirma Alva Gotby, después de décadas de que el feminismo hablara del matrimonio y el hogar como un lugar de explotación y violencia, el ideal doméstico gay y lésbico del Amor, despolitiza ese ámbito: “El amor es una zona puramente personal y privada donde lo político no tiene cabida”. Dicho de otro modo: ¿Quién friega los platos? ¿El/la que friega los platos es el que menos salario tiene?

Junto a ello, legitimar el amor y su forma establecida, la pareja, plantea numerosos problemas dentro de un colectivo tan diverso. Jesuchristopher afirma que no se identifica con ese discurso “porque soy maricón cuando amo, sí, pero también cuando follo sin amar, cuando busco trabajo y por mi pluma me rechazan, cuando voy al médico y se da por sentado mi supuesto riesgo a contraer más ETSs o VIH”. Del mismo modo, Adriana Delgado, que se identifica como mujer bi, nos explica que siente “atracción por las mujeres pese a que no me he enamorado de ninguna todavía y pienso que eso no me hace menos bisexual porque sí he tenido experiencias con ellas. No encajo en ese ‘Love is Love’”.

Call me by your name, pero call me, por favor
Las historias de amor, desde luego, son una parte muy importante de la historia de la cultura no heterosexual, desde época clásica con Patroclo y Aquiles hasta la última película de Netflix con ‘Elisa y Marcela’ de Isabel Coixet. La representación de parejas gais o lesbianas desde finales de 1990 significó un cambio de representación de las historias de violencia y autodestrucción que habían marcado los relatos anteriores. A pesar de ello, para Alberto Mira, ensayista y profesor en la Universidad de Oxford Brookes, el problema es que “el amor es de todos y está en todas partes. Ese es el problema. Desaparece nuestra especificidad en un mar de generalidades sentimentales. El amor es tema de cada uno. Los derechos son temas públicos”. El profesor Mira explica que el triunfo de una película como ‘Call me by your name’ explica muy bien todo ese discurso del ‘Love is Love’, al ser una historia “únicamente sentimental, donde los derechos o la identidad pasan a segundo plano. Es una película de adultos dentro del armario y chavales evanescentes”.

Hablar de amor en lugar de identidad es un cambio de discurso importante. Muchas de las personas que forman parte del colectivo LGTBQ han recorrido parte de su historia en la soledad de la adolescencia y el gran acto de afirmación identitaria –salir del armario–, que por cierto, es algo que se hace a lo largo de toda la vida, en trabajos nuevos o frente a nuevos amigos, suele ser un acto solitario. Andrea Galaxina recuerda que su adolescencia no fue traumática pero que fue consciente de la falta de referentes positivos sentirse empoderada y “para construirme como bollera, y no paraba de preguntarme a quién debería parecerme o no. Para mí eso sí que fue una lucha y sobre todo el tener que evitar a toda costa que se me pudiese identificar con alguno de los referentes LGTBQIA que tenía cerca (que eran la marimacho del pueblo, fulanito el maricón, etc.) y sobre los que se había construido un relato horrible que para mí los convertía en modelos completamente negativos, mientras que a su vez los modelos que sí que estaban legitimados (Jesús Vázquez, que será maricón pero no se le nota y es decente) no me representaban en absoluto. Este debate poco tenía que ver con el amor”.

Añadamos un último aspecto al debate: los difíciles tiempos que vivimos. Con el auge de la extrema derecha y su intoxicación mediática, el tema del Orgullo se ha convertido en una nueva batalla cultural. En redes sociales aparecen confusas imágenes de bacanales públicas que resucitan la idea de la perversión y contaminación homosexual, ¿podría la formalidad del amor contradecirla? Frente a ese debate, Alberto Mira explica: “Lo nuestro no va de amor. Va de odio. Va de los que nos odian. Va de homofobia. Va de derechos. Va de plantearnos qué significa el deseo no normativo y de que asumamos de que no siempre va a ser asimilable. Va de problematizar no sólo lo que ‘somos’ sino también lo que ‘son’ ellos”. Estas palabras nos llevan a una pregunta esencial: ¿es el amor lo contrario del odio o lo es la rabia?

viernes, 30 de noviembre de 2018

#hemeroteca #amores #musica | Sólo pienso en ti: la verdadera historia de la canción 40 años después

Imagen: El Mundo / Mariluz y Antonio (c) en Promi, Cabra (Córdoba)
Sólo pienso en ti: la verdadera historia de la canción 40 años después.
En noviembre de 1978, Víctor Manuel grabó este himno a la tolerancia inspirado en el amor entre dos discapacitados. Ella era Mariluz. Él, Antonio. Hoy, un matrimonio, tres hijos y 40 noviembres después, Antonio y Mariluz están aquí. Juntos de la mano se les ve por el jardín.
Rafael J. Álvarez | Papel, El Mundo, 2018-11-30
https://www.elmundo.es/papel/historias/2018/11/30/5c001488fdddff83068b4637.html

Llevan un rato mirándose, quietos, de pie. Están cogidos de la mano y no dicen nada. Sólo se oye un viento breve contra las hojas y de vez en cuando el clic mundano de una cámara. En este instante de silencio, en medio de los dos, una canción se echa a hablar.

‘Hey, sólo pienso en ti, juntos de la mano se les ve por el jardín…’

Son ellos. Mariluz y Antonio. Hacen un gesto y sonríen. Ella se arranca a tararear. Él asiente.

Son ellos. Una mujer y un hombre gobernando su discapacidad, casados frente a tantas cosas, inventores de tres hijos, pareja con horario.

Son ellos. Mariluz y Antonio, los protagonistas reales de ‘Sólo pienso en ti’, aquella candidatura de Víctor Manuel contra el estigma que es ya el himno colectivo de una era.

La canción se grabó en Milán en noviembre de 1978 y hoy, 40 noviembres después, Mariluz y Antonio están aquí.

Son ellos. ‘Sólo pienso en ti’.

«Yo la vi y me gustó. Le dije: 'Si quieres, nos vamos a enamorar'». «Yo pensé lo mismo. Pero le dije que era pronto, que fuéramos despacio».

Él tenía 25 años. Ella, 22. Ya se habían echado el ojo en el centro donde Antonio trajinaba en la carpintería y Mariluz en el equipo de limpieza. Un día, ella estaba bordando en el sillón y él se le acercó con la pregunta que inauguró su historia.

Estamos en Promi, la asociación para la Promoción de Minusválidos, como se llamaba antes a estos héroes de hoy. Es un complejo de residencias, pisos y talleres que lleva casi medio siglo dignificando la vida de personas con discapacidad intelectual. Los habitantes de Cabra conocen a los vivos de Promi, sus paseos por el pueblo, la vida en sus bloques de barrio, los productos que trabajan y la cultura que reparten. «Me gusta hacer teatro. Hice ‘Caperucita Roja’ y ‘El mago de Oz’. Este año hemos hecho una obra de mimos sobre el amor». Mariluz habla más que Antonio. Hay un alzheimer asomándose que lo aleja cada vez más del presente. Así que empecemos por el pasado.

‘Ella fue a nacer en una fría sala de hospital. Cuando vio la luz su frente se quebró cómo cristal...’

Porque entre los dedos, a su padre Mariluz se le escurrió. Fue hace 63 años, un 2 de marzo, en Córdoba. El golpe contra el suelo provocó un daño cerebral que acompañará a Mariluz hasta que muera.

Mariluz Castro Jiménez, niña distinta, cosa a esconder, carne de cañón. «Mi padrastro era un rayo encendido. Quería aprovecharse de mí y le metí una patada en sus partes». La cría fue aparcada en varios centros de Sevilla y un psiquiátrico de Córdoba, pero no todos eran un abrigo. «A finales de los 70, don Juan, el fundador de Promi, fue reclutando personas de otras residencias donde las cosas no se hacían bien. Veía en qué condiciones vivían y su falta de integración y se las traía a Promi. Y entre ellas estaba Mariluz. Entró aquí el 3 de noviembre de 1977». Habla Plácido Carrasco Navarro, uno de los cinco psicólogos y psicólogas de la asociación, mientras caminamos junto a residentes intrigados por la presencia de dos tipos con cámaras y un bloc.

‘Él nació de pie, le fueron a parir entre algodón. Su padre pensó que aquello era un castigo del Señor. Le buscó un lugar para olvidarlo...’

Y siendo niño, Antonio conoció el sabor de la diferencia. Todo había empezado hace ahora 66 años, un 31 de enero, en Antequera. «En mi pueblo todos me llaman Miguel».

Miguel Antonio Roldán Molero se crió criando cabras, gallinas, vacas, una vida rural sin escuela, una infancia abrupta. «La situación con algún familiar se hizo insostenible y todas las partes pensaron que lo mejor para Antonio era vivir en Promi. Llegó el 1 de octubre de 1977», cuenta Plácido. «Yo fui de los primeros en entrar aquí. Vine con un primo mío. No me arrepiento. Soy feliz».

Con Mariluz y Antonio en Promi, el destino se puso a trabajar.

‘En el comedor les sientan separados a comer. Si se miran bien...’

Mariluz y Antonio se enamoraron, hormigas por los pies. Se veían en los talleres de ultracongelados o en las tareas comunes, se hablaban «como novios», salían a pasear por el jardín.

Víctor Manuel se topó en el ‘Diario de Córdoba’ con un reportaje sobre Promi, hombres y mujeres viviendo y trabajando juntos. Y entre ellos, dos que eran uno. Sólo pienso en ti.

Al cabo de un tiempo, Mariluz y Antonio pensaron en casarse, la segunda revolución de sus vidas. Y de las de otros. «Si ya era extraño que se aceptara la relación de dos personas con discapacidad, imagínate el matrimonio», evoca este psicólogo militante en los derechos de los humanos.

La pareja se lo contó a don Juan. «¿Cómo iba yo a oponerme a su amor? Me pareció muy bien, pero había que saltar muchos obstáculos». Es Juan Pérez Marín, don Juan, como lo llaman aquí. Este médico andaluz aún se deja caer muchos días por Promi, como un padre eterno, como un abuelo en forma. Su hijo, Juan Antonio Pérez, preside ahora todo esto, un latido de profesionales y residentes capaces.

- Yo le pregunté al cura: 'Si Mariluz y yo nos casamos, ¿usted nos casa?'.

- ¿Y qué dijo el cura?

- ¡Que sí!

Pero el asunto no era tan fácil: España, años 70, una boda entre «retrasados mentales»... Nació un calvario de permisos, el esfuerzo de los argumentos, las ocho letras de libertad, una lucha para convencer al mundo. Y a la Iglesia.

Plácido relata que el cura, el fundador de Promi y la pareja viajaron hasta el arzobispado de Córdoba. En eso, Mariluz nos sonríe y se acuerda: «Tuvimos que declarar nuestro amor ante el obispo para que nos dejara casarnos».

En la capilla, que hoy sigue guardando susurros para Dios, no cabía un alma aquel 24 de enero de 1982. Todos los compañeros, los amigos, los trabajadores, las familias... Ahora pedimos a Mariluz y a Antonio que entren en la capilla y posen en el mismo lugar.

- ¿Os volveríais a casar?

- Yo no.

- Ni yo. ¡Así estamos bien!

Antonio y Mariluz se fueron a vivir a un piso tutelado por la asociación. «Cuando volvíamos del trabajo en Promi, yo guisaba y limpiaba la casa. Antonio sabía hacer migas». Y entonces Antonio nos rescata la receta rescatándose la memoria.

El amor y el sexo trajeron al mundo a tres niños: Juan Manuel y los gemelos Francisco y Antonio. Mariluz los amamantó como una madre clueca. Antonio dice que se les daba bien. «A las cinco, yo los recogía del colegio, los bañaba, y Mariluz ya tenía el trabajo hecho».

Pero la convivencia no fue todo lo buena que ellos habían imaginado. Al cabo de los años, se decidió que lo mejor era ceder los hijos en adopción. Los tres críos se fueron a vivir con una hermana de Antonio. «La familia de Antonio es muy buena, es como si fuera la mía. Hablamos con nuestros hijos por teléfono y a veces los vemos. Ahora vamos a pasar juntos la Navidad».

Antonio y Mariluz tenían unos planes con sus hijos pero la vida escondía otros. A ella aún le pellizca la separación. Él empieza a no acordarse. Es un tema delicado para ellos, un territorio de amor y dolor. No les preguntamos más.

La pareja de esta historia, los versos vivientes de esta canción, siguió trabajando. Carpintería, cocina, jardinería, manualidades... «Mira, aquí descargábamos los camiones», dice Antonio en una ráfaga de realidad. «Yo hacía salmorejo ahí dentro. Ahora lo hacen las cocineras», suelta Mariluz señalando las cocinas.

La vida fue pasando parecida a la de los demás. Antonio y Mariluz vivían juntos, iban a trabajar a Promi y volvían a casa. Pero el deterioro cognitivo hizo de las suyas y hace algunos años que ya no comparten techo. Mariluz duerme en una residencia clavada en un barrio de Cabra y Antonio en otro pabellón situado un poco más lejos del centro el pueblo.

Pero de nueve a cinco y media no se separan.

Estamos en el presente.

Parecen tan pareja que Mariluz le echa una bronca a Antonio por fumar y él se la traga pero sigue soltando humo. «Mando yo», dice el pícaro, riéndose.

Los fines de semana pasean por Cabra. «Merendamos, compramos cosas en los chinos y damos un paseo hasta la Virgen de la Sierra. Somos creyentes, sí. Bueno, lo justito».

Mariluz está a gusto y empieza a legarnos unas píldoras de sorna, un discurso salpicado con humor y una mueca cómplice. «Una vez estuvo aquí la reina Sofía. El marido no vino».

Y cuenta que dieron un paseo con su majestad y que le regalaron una mesa de ajedrez hecha por todas. «Otro día vino Vicente del Bosque. Llovía a mares».

- ¿Os gusta el fútbol?

- Yo soy del Málaga, dice Antonio.

- Yo soy del Córdoba, dice Mariluz.

Antonio no sabe leer, pero por la noche se sienta en un sofá y mira las revistas. Mariluz dice que le gustan los libros de aventuras. Y el teatro. «Me recuerda mi infancia, cuando hacía obras de pequeña. Me gusta maquillarme, y los nervios del escenario. Me gusta cuando actuamos porque nos relacionamos con gente. Ese día convivimos con las familias, hacemos paellas y nos damos premios. A mí me dieron el del club de los 40 años y a Antonio uno por jubilarse. El teatro y todo eso es por la integración. Yo me siento feliz».

Mariluz volverá a serlo el lunes. El 3 de diciembre, Antonio y ella encarnarán la jornada La diversidad funcional como ejemplo de vida, un desvelo más para mostrar la capacidad de la discapacidad. «Vamos a ir a los colegios para servir de ejemplo de que nosotros somos como los demás. Alguna gente mira mal a los compañeros y eso no me gusta. Todos tenemos dificultades, todo el mundo tiene defectos. Pero todos somos personas. En el fondo, los que se creen más listos son iguales que nosotros. Queremos que nos miren como a los demás. Somos capaces de hacer cosas, cada uno lo que puede». A Mariluz debe parecerle que este minuto de palabras le ha quedado muy serio y nos colma con otra carcajada. «Cada uno tiene su capacidad. Yo la tengo en la frente, por no decir otra cosa...».

Nos batimos a mandíbula riente.

Cuando les preguntamos si les interesa la política, Mariluz nos informa de que ve las noticias en Canal Sur. «Al Gobierno se le va la olla. Son todos iguales. Nosotros siempre hemos votado, pero este año que no cuenten conmigo». Ea.

Por la tele va a entrar otra humorada de mujer. «Antonio ve toros cuando los echan por la tele. A él le gustan desde pequeño. A mí los toros, regular. Lo que me gustan son los toreros».

Ahí está el ingenio, el latigazo de la risa. Una de las capacidades. Como la de sus manos, las gruesas de Antonio tras una biografía de animales, pesos y maderas, y las moderadas de Mariluz, con ese currículo de fogones, tejidos y algunas bayetas.

Ahora tocan «las aceitunas». Con una bata y un gorro blancos, Antonio, Mariluz y un puñado de residentes pueblan una de las tareas del centro. «Mira, coges la almendra y la metes en la aceituna», explica Antonio con energía, como quien sabe hacer algo bien y se lo cuenta a otro que nunca lo hizo. Aquí todos trabajan los pedidos que hacen las empresas, horas que suman sueldos y que les sirven para sentir que sirven.

Al otro lado de la sala hay un espacio diáfano con una enorme estructura de cartón que comienza a anunciarse. Cuando los periodistas dejen de preguntar y hacer fotos, Mariluz y Antonio volverán al taller de manualidades para terminar este sombrero gigante. «Este año nuestra carroza en la cabalgata de Reyes va de ‘Alicia en el país de las maravillas’».

Un país. Córdoba, Sevilla, aquel día en que fueron al Senado y al Bernabeu en Madrid, la playa del Palo en Málaga donde se meten en el agua hasta la cintura. Y aquella vez que estuvieron en Huesca en una fiesta con Víctor Manuel. «Hace muchos años vino aquí para conocernos. Le queremos mucho».

- Y eso de la canción, ¿qué os parece, Mariluz?

- Muy bien. Un día, una mujer nos puso la canción y nos dijo que éramos famosos. Pues muy bien. Se llama ‘Sólo pienso en ti’. Es muy bonita. Cuando la oímos, yo siento mucha alegría de que nos la hayan dedicado».

Ellos fueron una canción y una canción fue el principio de ellos. ¿Qué habría sido de Mariluz y Antonio sin esta vida? «Si no fuera por Promi, mi vida habría sido peor. Yo no quería seguir en Sevilla. Me vine con los ojos cerrados. Llevo 41 años y aquí está mi familia. Aparte de Antonio, mi familia es Promi».

Parece un eslogan. Igual es el de Mariluz. El de Antonio es «No me arrepiento».

‘Ella le regala alguna flor y él le dibuja en un papel...’

Algo parecido a un corazón se adivina en el folio y el rotulador que le damos a Antonio. Después, el fotógrafo vuelve a pedirles que se coloquen bajo un árbol. Y que se alejen juntos de la mano.

Vuelve a sonar el silencio de los ojos de Antonio y Mariluz. Y el chasquido de una cámara.

Plácido está siguiendo la sesión de fotos unos metros más allá del jardín y no se pierde un detalle de los dos. «Míralos, ésa es su verdad».

- ¿Y cuál es vuestra historia, Mariluz?

- ¿Nuestra historia? La de Pepito Zanahoria.

Qué fortuna la mía
Víctor Manuel


Qué fortuna la mía cuando en un hotel de carretera, en Montilla, hacía tiempo para ir a cantar en Aguilar de la Frontera y me dio por abrir el ‘Diario de Córdoba’. Una página completa hablaba de Promi y del hercúleo esfuerzo que estaba en marcha: la convivencia de discapacitados de ambos sexos en un espacio común y la resistencia de las familias a que les procurasen anticonceptivos a las mujeres. También contaban que fabricaban forjas, muebles y financiaban en parte sus vidas. Todo bajo la férrea y sabia mano del doctor Juan Pérez Marín. Toda esa información entró en mi cabeza como cuchillo en la mantequilla, pero aún quedaba una imagen final que remataba la página: cuando terminaban el trabajo Mariluz y Antonio se agarraban de la mano y paseaban por el jardín. Cuando se editó ‘Sólo pienso en ti’ todas las informaciones se referían a dos chicos con problemas. Cuarenta años después, el esfuerzo de las familias, de las asociaciones, ha dado visibilidad a los discapacitados, también integración y en el mejor de los casos trabajo digno. ¡Qué menos!  

DOCUMENTACIÓN
Un documental redescubre la historia que inspiró "Solo pienso en ti" de Victor Manuel.

La canción, compuesta hace más de treinta años, narra una historia de amor y superación real de dos personas discapacitadas que se conocen en una residencia en Córdoba.
RTVE, 2010-12-27
http://www.rtve.es/alacarta/videos/telediario/documental-redescubre-historia-inspiro-solo-pienso-victor-manuel/974847/