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lunes, 9 de octubre de 2017

#hemeroteca #libros #testimonios | Vicente Molina Foix: “Solo amé una vez”

Imagen: El País / Ramón (Terenci Moix) y Vicente Molina Foix en Barcelona en 1965
Vicente Molina Foix: “Solo amé una vez”.
En 'El joven sin alma', el escritor ajusta cuentas con su juventud. Desdoblándose para convertirse en personaje, recrea su relación con Terenci Moix y las alegrías y tristezas de los 'Nueve novísimos'.
Juan Cruz | El País, 2017-10-09
https://elpais.com/cultura/2017/10/09/babelia/1507538057_694863.html

No hay trampas en este libro, aunque haya ficción. ‘El joven sin alma’ (Anagrama) es la historia personal de Vicente Molina Foix. En primera persona, aunque empiece (y acabe) siendo él dos Vicente, afrontados por un espejo inquietante. Los nombres propios (Pedro, Guillermo, Ramón, Ana, Leopoldo) son los nombres que tuvieron entonces, en los años 60 del siglo XX, algunos de los escritores más notorios de la generación del autor que es, él lo dice, “el joven sin alma”. Él tuvo amores con Ramón, que pasó luego a la historia como Terenci Moix. El resto (Pere Gimferrer, Guillermo Carnero, el citado Terenci, Ana María Moix, Leopoldo María Panero) son los amigos de Vicente. Es una historia, tantas veces triste, de amores y de amistad y de cine y de alegría de un grupo que, en parte, consagró Josep Maria Castellet en ‘Nueve novísimos’.

Pregunta. Eran la 'coqueluche'.
Respuesta. Así lo bautizó Castellet, sí. En el libro se habla de este grupo, del personaje llamado Vicente cuando los encuentra. Es una novela muy de formación porque es la historia de cómo se forma una conciencia: un grupo de personas en el tiempo de un cambio no sólo político, aunque haya política, sino sobre todo moral y personal, de un cambio de vida.

P. Existe un juego literario, el de los dos Vicentes. ¿Quién es Vicente Molina-Foix de los dos?
R. No es un ‘alter ego’, ni un super­ego ni un ego. Hay un narrador que es Vicente, el protagonista del libro y también vividor de lo que se cuenta, un verificador. Lo dice al principio: “Yo no me voy a llamar de ninguna manera”. Y nunca se dice quién es, aunque se sabe que es él mismo. Me gustó hacer este juego, y tiene esta finalidad: que el Vicente con nombre y apellido quiere ser personaje en este libro, no quiere ser autor. Soy autor y personaje.

P. ¿Cuál de los dos vive ahora con usted?
R. Yo sigo siendo el primero, el que tiene la memoria interior de todo aquello, el que retrata todas las cosas; igual que sucede en El abrecartas, aunque yo no lo sabía, ahí no soy yo, soy el que escribe las cartas de todos los personajes. En este caso yo he vivido muchas de las cosas, desde mi encuentro con Cela en mi adolescencia al conocimiento de unas hermanas bellísimas y a mi descubrimiento de un grupo de personas que me cambió la vida cuando entré en contacto con ellas en Film Ideal. Esa es la persona que soy. Pero como el libro no es una memoria ni una autobiografía, sino una novela, una novela romántica, he tenido una enorme libertad.

P. “Sin alma”. El apellido del título es muy terminante. ¿Es así como se ve?
R. Me veo sin alma en el sentido amoroso de la palabra, en el sentimental, porque la novela tiene una parte sentimental muy importante. No me veo como una persona desalmada. El “sin alma” es, además, una manera de hablar de los personajes; disfruté mucho siendo personaje, tratándome de personaje. De todos los personajes de este grupo de seis, Vicente es el que menos ama, el que no sabe amar, el que ama el cine, la amistad, sus vivencias, su ideología, sus abrigos, pero no se entrega amorosamente en una novela en la que todos los demás, excelentes escritores en la realidad conocida, saben amar y de alguna forma viven pendientes del amor. Únicamente en ese sentido se dice “sin alma”.

P. ¿Usted era así?
R. Sí. Yo solamente he amado, lo que se dice amar, una vez en mi vida. Las otras veces no es que hiciera cabronadas, al menos no intencionadamente. No. Yo no sabía amar, o quizá no me interesaba tanto amar durante un periodo. Ese es el joven sin alma. Luego el personaje cambia, claro, en todo caso esa es también otra de las maneras por las que yo los veo unidos; se cuenta en El invitado amargo (que con El abrecartas constituye una especie de trilogía): ahí sí hay amor.

P. Hay muchas referencias a la carencia de alma. Como si fuera una autocrítica.
R. Sí, es una autocrítica. El libro tiene autocrítica en la parte que corresponde. Ahí es muy importante que un Vicente le diga al otro que no mienta. Se habla de un tiempo en que el joven no traiciona, sino que no sabe llegar. No es la historia de una traición ni de una maldad premeditada. Mis amigos estaban suicidándose continuamente por amor… Los demás tomaban cosas y amenazaban con irse de este mundo. Y mi carácter siempre fue un poco más frío, más prudeLnte.

P. ¿Y no hay ego? Escribe usted: “1969. Y todos habían publicado menos yo”.
R. Es una declaración muy verdadera. Ahí me reivindico como un alumno, he sido siempre muy buen alumno. Ahora que ya tengo una edad muy provecta hago una especie de mirada sobre la vida y me doy cuenta de que para mí el elemento creativo, en mi carácter y en mi obra, ha sido el aprendizaje de gente que he tenido la suerte de tener como maestros, algunos mayores, pero algunos de mi edad. Pedro, Ramón, Ana, Leopoldo, Guillermo fueron maestros coetáneos… Luego los he tenido de todas las edades. Y eso de no haber publicado como ellos no eran celos, quizá si lo hubieran sido me hubiera apartado de ellos: la mía era una voluntad de impregnación.

P. Ramón le dice: “Presumido indeciso”. Ana María le espeta: “Vicente, eres un triste, no morirás joven, lo cual no significa que serás un triste para siempre”. Ahí se quiebra el ego…
R. No, el libro no es egocéntrico. Es lo que más he trabajado, no sólo contar la trayectoria de Vicente, sino la vida de este con otras personas. Pedro va a presentar el libro en Barcelona: creo que es la primera vez que un personaje de ficción presenta un libro. Él dice que se ha reconocido cuando habla, aunque no del todo. Es muy importante en el libro Guillermo Carnero, que aún no lo ha leído. Otros por desgracia han muerto. Y para mí era fundamental crear compactadamente esta aventura que nos junta entre 1964 y 1969, el periodo que en realidad cubre el libro con mayor extensión. Y las voces están escritas por mí o, en el caso de algunas de las cartas, reescritas por mí, para darles la verdad que yo mismo me doy a mí mismo. Para darles una densidad que no traicionara su verdad.

P. ¿Y es un libro triste?
R. Es un libro lleno de humor. El arma de construcción masiva de mis libros y de mi vida es el humor; me considero un humorista, si no fuera tan tímido querría dedicarme a ser humorista en la tele. Pero al mismo tiempo hay una tristeza que es consustancial a mi carácter, una especie de pesimismo o melancolía contra la que yo mismo lucho con el humor. No lo quita pero lo palia un poco y lo hace más llevadero.

P. Con todos esos personajes tuvo mucha relación. Con Ramón (Terenci) hay una ruptura dramática. ¿Volvió la amistad o aquella se rompió?
R. Volvió la amistad. Con Ramón tardó tiempo pero volvió; con Pedro y el personaje llamado doctora Mabuse, se produjo el corte que se cuenta. Volvió con Guillermo Carnero, con el que no hubo ningún incidente, simplemente nos separamos por la vida. Y con la persona con la que más crisis hubo fue con quien probablemente fue mi mejor amigo de todos ellos, Leopoldo María. Con Leopoldo viví durante un periodo corto una relación de una intensidad amistosa enorme. Me deslumbró mucho Ramón, me intrigó mucho Ana María, también Pedro con su cultura y su manera de ser. Pero el Leopoldo que yo reflejo en el libro fue verdaderamente la persona más refulgente de aquel periodo. Me deslumbró, pero luego se apagó el fuego.

P. ¿El libro le ha servido para recuperar el alma?
R. Sí, yo creo que me he planteado muchas dudas sobre mí mismo; también coincide que el libro está escrito a una edad en la que uno tiene que hacer balances de todo tipo. Creo que si al lector de este libro, el que no haya leído nada mío antes, le interesara y le intrigara, podría volverse a El invitado amargo, porque ahí se da respuesta a esa pregunta; aquella sí que fue una relación en la que el autor se implicó y luchó mucho. No llegó a suicidarse porque yo no soy del género suicida, y eso es una especie de predisposición, pero tuve un gran sufrimiento.

P. Es la vez que usted amó.
R. Sí, esa es la vez que amé, exacto.

Y TAMBIÉN…
La nata fresca de los clásicos.
Elegiaca y celebratoria, la novela de Vicente Molina Foix narra con intensidad y veracidad la iniciación cultural y sexual de su autor.
Jordi Gracia | El País, 2017-10-09
https://elpais.com/cultura/2017/10/09/babelia/1507539490_935109.html
Molina Foix evoca su educación sentimental de los años 60 en su nueva novela.
EFE | El Diario, 2017-10-09

http://www.eldiario.es/cultura/Molina-Foix-educacion-sentimental-novela_0_695381170.html
Vicente Molina Foix novela la historia de España "en zapatillas".
La España de la posguerra se explica entre la ficción y la narración.
Europa Press | La Vanguardia, 2017-10-09

jueves, 28 de julio de 2016

#hemeroteca #testimonios | Leopoldo M. Panero: el desencanto, sí, y qué...

Imagen: El Mundo / Leopoldo María Panero
Leopoldo M. Panero: el desencanto, sí, y qué...
Leopoldo María Panero hizo una épica de su genealogía familiar, y elevó un complejo de Edipo -repartido entre tres hermanos- a categoría histórica, fílmica y literaria (Michi mediante). Intentó digerir toda la heráldica y la locura de los genes y cuentan los papeles que no pudo, a pesar de su genio. Murió en 2014.
Jesús Nieto Jurado | El Cultural, El Mundo, 2016-07-28
http://www.elcultural.com/noticias/letras/Leopoldo-M-Panero-el-desencanto-si-y-que/9623

Aquí el abajo firmante ha conocido a estos héroes que se salen de horma, que van a su bola, que se escapan de todo fijamiento vital. Lo mismo un futbolista que un señor que come kiwis a la orillita del Estrecho (Montero Glez), la cosa es contar aquí las vidas y obras de gente que no encajan en lo que la mayoría cree un escritor. A todos menos a Panero, claro. En este esfuerzo van pasando vivos y conocidos, pero el caso que nos ocupa hoy es diferente por maldito. Leopoldo M. Panero es poeta por familia y por herencia, pero es maldito según van contando las crónicas y los forenses y una antología que va llegando. Porque escribir de Leopoldo María Panero es entrar en un submundo de monjas que regañan las lecturas, de metáforas que duelen, de sueros que adormecen las cocacolas zeros en un loquero al Norte del Norte (Mondragón...). Yo sé que a mi musa le gustan sus poemas, y que lee a Panero desde la comodidad de sus dos carreras, quizá al sol y tostada por ese verano malagueño. De Panero ha pasado a Gil de Biedma encima de la tumbona, y con esta rotundidad de lecturas va el pueblo, el pueblo bien comido, intuyendo su próxima boda.

Pongámonos en situación y veamos a Leopoldo María Panero unos minutos antes de que lo viera Chávarri en el rodaje de El desencanto. Había muerto el padre, el 'Conejito Blanco' ("acribillado por los besos de sus hijos/ absuelto por los ojos más dulcemente azules"). Era Leopoldo M. Panero en ese momento guapo y atractivo; con ese punto resabiado y heráldico que tanto vendía en las noches malditas de Madrid. Vivía su madre, que actuaba como antiácido y como musa de esa camada de genios: fiel a sí misma y a esa "disciplina del cardado" que diría Antonio Soler. Si se reviven las vidas y obras de Leopoldo M. Panero, hay que reseñar esa entomología que firmó Jaime Chávarri, que ideó Michi, y que titularon ‘El desencanto’. Hay quienes vieron en esa película una metáfora de Freud, del complejo de Edipo repartido entre tres hermanos, un símbolo familiar del 'fin de siecle' y demás. Pero cuando uno lee a Leopoldo María Panero se encuentra con una ristra de frustraciones visualizadas y encarnadas por un murciélago o por un ataúd ("os echaré de menos, nunca os olvidaré"), pero todo parece sanísimo a la espera de la crónica periodística o del poema fechado en el frenopático.

Me dicen mis maestros y mis amigos que de Leopoldo María Panero se ha escrito todo, que no queda por Iberia un esquinazo vacío de metáforas y ditirambos disparados hacia el genio. Pero aquí se sale de horma el autor de la sección, y al último de la fila, al cuerdo que los enterró, a Leopoldo María había que dedicarle un perfil. Sí, sé que del loco/cuerdo se ha escrito todo, pero es que yo abro los periódicos y no dejo de leer a Homero y no me quejo. Porque de ese complejo de Edipo repartido entre tres hermanos no iba yo a dejar de escribir. El padre con los sonetos pedernales, y la prole tan lúcida y tan clara por los campos llanos de Astorga. Michi Panero, que fue como el testaferro de sus hermanos, murió de los primeros; en tanto que el tiempo mató al mensajero. Yo siempre proyecto ‘El desencanto’ en mis clases, y así vamos manteniendo vivo al último maldito. Y es que si hablamos de ‘El desencanto’ hablamos de la proyección pública definitiva de Leopoldo María Panero. Si se ve esa película a la distancia el escribiente tiene que preguntarse, obligatoriamente, por la felicidad y por la propia existencia. Como yo conocí a Leopoldo María Panero gracias a la película de Chávarri, todo mi constructo vital vino a adecuarse a una imagen. Después, las lecturas enfermas; a mis años volví a la torre y a los castillos y a la muerte ("cuando la luna salga /y el primer somormujo me diga su palabra").

Y la muerte presentida de Leopoldo María (¿te acuerdas, Leopoldo?), y Leopoldo de psiquiátrico en psiquiátrico, enterrado con los barrotes de la moral. Podemos preguntarnos si Leopoldo María Panero fue una víctima de sí mismo, o una víctima del verso; podemos preguntarnos todo sobre los Panero encima de sus tumbas esas mañanas de sol sin cierzo ni 'levante'. Yo los llamé los claros varones de Astorga, paridos por Felicidad Blanc, tan rubia y tan linda y tan resabiada. Nadie dijo que airear las miserias familiares fuese un género literario, pero esta gente lo hizo a medias. O lo hicieron a calzón quitado con la metáfora de un camposanto. Los tres hermanos se amaban y se mataban, o deseaban amarse y matarse y ajustar cuentas mucho tiempo después; pasó que murieron de menos a más, y Leopoldo María lo mismo aparecía con Dragó que con Bunbury cantando verdades. Su discurso era lúcido en un 70%; el resto del porcentaje le iba en contarnos cómo lo quisieron envenenar y en el fracaso estudiado de la Transición.

Sobre los papeles queda que Leopoldo María Panero nació en Madrid en el 48 y que dejó de ver la luz hace dos años en Las Palmas; que entretanto fue 'novísimo' a su pesar; que vivió la noche de Madrid y que fundó 'Carnaby Street' entre que se desfundaba a sí mismo. Reivindicar el "fuera de horma" es una empresa ociosa, pues que Panero en sí mismo vino a romper compartimentos y estancos y esquemas. Y sin embargo hay que perfilarlo hoy, julio, entre que releemos a Michi Panero para una antología que nos dejarán sin pagar.

Hay que volver a Leopoldo María Panero y a sus poemas de antología, y a sus amantes premiados y muertos por ese sol vírico de Madrid de cuando llega la madrugada. Pero a Leopoldo María Panero hay que verlo como le vio Michi cuando le cargó el muerto a Chávarri para enfocarlos, a los hermanos, entre dientes y puñales. Podríamos constreñir todo en hijo rebelde y maldito, en padre arraigado por soneto complaciente; en madre que hacía como que tragaba y amaba 'sui generis' a sus vástagos... Fueron, insisto, claros hijos de Astorga, y Leopoldo el mártir último y zurdo de un tiempo ido que quizá sea el más nuestro, el de esta sección.

"¿Te acuerdas, Leopoldo...?", cantaba Felicidad Blanc -la madre- en la película de Chávarri. Y sí, Leopoldo fue disfrazado de sí mismo; iba disfrazado de Arlequín...