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martes, 2 de noviembre de 2021

#hemeroteca #lgtbi #queer | Por una política a caraperro (*) de Paco Vidarte

Google Imágenes / Fefa Vila y Javier Sáez, editores de la obra //

Por una política a caraperro (*) de Paco Vidarte.

Eduardo Nabal | Parole de Queer, 2021-11-02

https://paroledequeer.blogspot.com/2021/11/paco-vidarte-por-una-politica-caraperro.html 

Paco Vidarte como, en ocasiones, su colaborador Ricardo Llamas contribuyeron a difuminar aún más y mejor las fronteras entre el activismo intelectual y el activismo de calle. Gran parte de esta necesidad por visibilizar al colectivo LGTBQ en tiempos de crisis sanitaria o activarlo en tiempos de “apoltronamiento capitalista” se ha plasmado en su labor al hacer posibles algunos de los primeros cursos y seminarios de teoría queer por estos lares, acercarnos de forma lúdica al pensamiento de grandes filósofos, lanzar proclamas desde la propia universidad (“ora pro nobis”) por la queerización de los saberes, ejerciendo un contrapoder que unía y, en cierto modo, enfrentaba los trayectos del pensamiento académico de alto nivel del que formaba parte y las inquietudes de una amplia y diversa comunidad en transición interna.

No conocí lo suficiente a Paco para hablar de él en una dimensión personal aunque su legado intelectual sí ha llegado a afectarme y/o condicionarme. Paco nos trajo a Preciado, supo darle una forma activa y reactiva a la ira y la insumisión contra los feminismos a la antigua usanza, dio la oportunidad de hablar y debatir a gente muy diversa y comprometida como su amigo Javier Sáez, Sejo Carrascosa, Carolina Meloni, Fefa Vila, y compuso a cuatro manos “Homografías” y “Extravíos” junto a Ricardo Llamas llamando la atención del acomodamiento de los gays y lesbianas del cambio de milenio.

Su testamentario libro “Ética marica” ha supuesto una interpelación activa y nada complaciente al lector, ganándose infinidad de admiradores. También -junto a Ricardo Llamas- dio forma bella, valiente y, como siempre, provocadora al sentimiento que de muchos gay, les, trans, etc. teníamos frente al dogmatismo inmovilista de la izquierda cavernícola. Nos habló de las “infancias maricas” en regímenes de invisivilización o terror, de los contra-saberes, de la mercantilización de lo LGTB por parte de los grupos de poder y, gran filósofo y pensador inimitable, dejó un hueco en el avance del pensamiento queer, un vacío que aún hoy sentimos.

En “Por una política a caraperro”, editado por Traficantes de Sueños, se recogen algunos de sus textos más importantes con su continua batalla contra los binarismos de género y su forma airada y valiente de dar voz a las subjetividades negadas. Pasando de lo “naif” a lo inmisericorde, pero sin abandonar nunca el compromiso, la obra de Paco Vidarte es ya una página insustituible en la historia de la filosofía y en la lucha contra las reglas establecidas sobre cuerpos, sexos y géneros.

(*) A pesar de que el título nos parece una utilización del lenguaje especista, entendemos que debíamos publicar esta reseña de un libro que es un merecido homenaje a Paco Vidarte y la importancia de sus aportaciones a las políticas queer.

domingo, 1 de diciembre de 2019

#hemeroteca #vih #gais | 23 años de maricones vivos peleando contra el SIDA, contra la homofobia, contra el auto-odio y contra el estigma

Imagen: Parole de Queer / Gay Pride 1983 en Nueva York
23 años de maricones vivos peleando contra el SIDA, contra la homofobia, contra el auto-odio y contra el estigma.
Itziar Ziga | Parole de Queer, 2019-12-01

http://paroledequeer.blogspot.com/2019/12/maricones-vivos-itziar-ziga.html

En 1996, la vida humana cambió. Al menos la posibilidad de vivir para aquellas y aquellos, millones, infectadas por el VIH. Los tratamientos antirretrovirales eran sintetizados. Casi perdemos el aliento por el camino, muchísima gente lo perdió. Pero al fin, esa misteriosa enfermedad que, como el virus zombie en ‘The Walking Dead’ lo menos importante es de dónde viene, pudo empezar a ser cronificada. Compatible con la vida. Había herido a la comunidad gay de muerte, como tantas otras veces nos sucedió en la Historia. Y como tantas otras veces en la Historia, renacimos como el puto Ave Fénix, bañadas en purpurina. Esta es parte de nuestra épica y orgullosa supervivencia.

Un bellísimo azafato francocanadiense llamado Gäetan Dugas, era convenientemente demonizado en plena era reaccionaria Reagan como el Paciente Cero, concepto extendido desde entonces aunque epidemiológicamente descabellado. Aquel pavoroso 1984 se publicaba un estudio que lo señaló como el probable propagador del VIH desde África. Él se había mostrado especialmente colaborador en las primeras investigaciones sobre esa nueva enfermedad tan desconcertante. Fue capaz de recordar unos dos mil hombres con los que había mantenido sexo por todo el mundo, en sus viajes como asistente de vuelo de Air Canada. Gracias a él, descubrieron que el semen era uno de los fluidos corporales que portaba aquel virus capaz de fulminar en poco tiempo a jóvenes sanos como robles. El otro, principalmente, era la sangre. Si se sabía cómo el nuevo enemigo pasaba de un cuerpo a otro, existía la posibilidad de pararlo.

Gäetan Dugas murió ese mismo año, con el sistema inmunológico tan derruido como llegaría a estarlo su nombre. Asociar promiscuidad, y sobre todo promiscuidad gay, con fatalidad y peligro social, fue muy conveniente para volver a poner las cosas en su reaccionario sitio tras la explosión de libertad de los setenta. Todavía circulan publicadas patrañas infames que le atribuyen la depredadora voluntad de convertir su enfermedad en plaga. A pesar de que desde el principio hubo infectadas personas de todo género y opción sexual, el SIDA sería conocido durante un tiempo como el cáncer gay. Hoy es genéticamente irrebatible que Gäetan Dugas solo fue uno de los miles de infectados antes de que se identificara el VIH. La leyenda del Paciente Cero viene incluso de un error de lectura: el archifamoso cero era en realidad una o, de ‘outside of California’.

Uno de los primeros lugares donde se investigó aquel extraño brote mortal fue en San Francisco, entre su extensa comunidad gay. Asentada en el barrio de Castro desde que miles de soldados, con preferencias sexuales inconvenientes, fueron enviados allí durante la Segunda Guerra Mundial, para ser juzgados por sodomía. ¡Ultrahomófobo ejército de los USA, te cubriste de gloria! Queriendo acabar con ellos, provocaste uno de los mayores y más combativos guetos gais del mundo. Desde el que arrancaría valerosamente la lucha contra la terrible represión policial y social que sofocaba sus vida.

En octubre de 1984 fueron cerradas nueve saunas gais en San Francisco por orden legal, para tratar de parar la infección. Y porque les tenían homófobas ganas, claro. Los maricones se opusieron a follar con preservativo y a que sus clubs de recreo sexual fueran clausurados. Defendían su libertad ganada a pulso en los últimos años. Y también les podía su legendario vicio. Eso sí, las lesbianas empezaban a practicar sexo oral a través de celofán, por si acaso. Está demostradísimo que es imposible infectarse con el VIH por ingesta de coño. Desde el conocimiento científico convencí hace doce años a mi amiga Kat, portadora desde el 85, para que me dejara comérselo. Todo fue perfecto.

Una activista imprescindible por el cuidado hacia la gente seropositiva llamada Montse Pineda me explicó, cuando la entrevisté en 2002, que “la incapacidad de las mujeres para negociar sus relaciones sexuales porque no se les está patriarcalmente permitido, es otra forma de violencia machista”. Pronto se comprobó que la infección entre mujeres heterosexuales se disparaba: ya no era solo un problema de maricones. Nunca lo fue.

A principios de los ochenta y durante casi veinte años, las marchas del 28 de junio que celebran por todo el mundo aquella revuelta de travestis, maricones y bolleras que explotó en Manhattan frente al bar Stonewall en 1969, se llenaron de fantasmas. Los gais caían como moscas y nadie parecía hacer nada. Cuando ya se había avanzado un poco, gracias a una lucha heroica, en la posibilidad de existir socialmente para las desviadas sexuales, llegó la maldición en forma de virus.

A enfrentarse al mayor estigma de la virilidad y al habitual rechazo de sus familias, se les sumó el miedo, la enfermedad, la muerte propia y de los amigos. El estigma renovado, la discriminación renovada... y ese otro virus terrible que te carcome por dentro, cortesía de la dominación cristiana, también renovado. El televisivo y gran escritor Jorge Javier Vázquez lo explica así. “Del miedo que pasé durante aquellos años me quedó, como a mucha gente de mi generación, un complejo de culpa tan grande como la Catedral de Burgos”. Mi amigo Rodrigo Van Zeller me lo decía hace poco, “¿cuál va a ser mi canción favorita de los Pet Shop Boys? Soy maricón, It´s a Sin.” Es un pecado.

Hay un activista gay, maravilloso, guionista de Hollywood, empeñado en restituir el amor propio a su comunidad, llamado Larry Kramer, que dice esto: "tenemos que hacer de nuevo algo en este mundo, por nuestra propia vida, que vale muchísimo. Al no hacerlo, tú estás diciendo que nuestras vidas son una mierda, y que nos merecemos morir. Y que la muerte de todos nuestros amigos y nuestros amantes no ha servido para nada. No puedo creer que en tu fuero interno te sientas así. Yo no puedo creer que te quieras morir. ¿Y tú?”

Desgraciadamente, hay también fuerzas en contra desde nuestras filas: el infame, cómodo e irresponsable negacionismo del SIDA. Nunca olvidaré las lágrimas de una agente de salud comunitaria que conocí en México cuando le hablé de la negación entre gente que tiene acceso a tratamiento gratuito, gracias a nuestra sanidad universal. Y que, al final, siempre se dejan remontar antirretroviralmente cuando ven de frente a la de la guadaña. Lo he visto varias veces, entre mi gente en Barcelona. “A mí se me mueren en los brazos, porque son pobres. Mientras esos niños mimados europeos...”, me dijo llena de justiciera rabia.

La lucha contra el SIDA, contra la homofobia, contra el estigma y contra ese terrible auto-odio interiorizado patriarcalmente, continúa. Nunca olvidaremos la muerte de tantos de los nuestros. Ni de lamentar que la cura no llegara a tiempo para Freddie Mercury. ¡Qué canciones suyas nos hemos perdido desde 1991! Horas antes de morir, confirmaba que tenía SIDA. Su decisión fue histórica para desactivar el tabú. “Deseo que todos se unan a mí, a los médicos y a quienes padecen esta terrible enfermedad, para luchar contra ella”. Aquel último gesto valiente, impulsado por la misma grandeza que guió siempre su vida, lo cambió todo.

Porque el cantante de Queen era una estrella del rock, venerada por mujeres y hombres. Aunque, muy especialmente, por hombres heterosexuales. Admiraban su masculinidad, fuerte pero glamourosa, sin percatarse de que provenía de la cultura gay. Eran incapaces de decodificarla, ya se sabe que la estética no es cosa de machos. O eso creen. Ésta es una de nuestras grandes victorias: se lo hemos colado todo. Donó póstumamente más de 30 millones de euros para la investigación contra el SIDA. ¡Cómo de guapo sería Freddie Mercury, ahora, con 71 años! Nunca lo sabremos. Aunque yo cierro los ojos, y puedo verlo.

Como Madonna, hoy deseo celebrar estas dos décadas de maricones vivos. La existencia de tantos amigos a los que, sin los antirretrovirales -y sin la cobertura sanitaria universal y gratuita que tanto nos ha costado conseguir y que no debemos perder jamás-, igual ni hubiera llegado a conocer. O me habría tocado enterrar. Y, sí, mi canción favorita de Pet Shop Boys siempre será ‘You’re always on my mind’. Siempre estaréis en mi mente. En la nuestra.

Wim Vandevelde: el Robin Hood Gay

¿Qué hacías antes de estar involucrado en la negociación para el acceso al tratamiento por VIH con las compañías farmacéuticas y los Estados?
- Era el director de la filial portuguesa de una agencia de marketing financiera con sede en Lisboa. Empecé a involucrarme en el activismo en pro del tratamiento del VIH después de mi diagnóstico, en el año 2000, y tres años después ya estaba trabajando a jornada completa como activista del SIDA.
 
¿En qué consiste tu trabajo activista?

- Primero me involucré en la mayor ONG portuguesa que lucha en temas relacionados con el VIH y poco después empecé a trabajar a nivel europeo, en el Grupo Europeo para el Tratamiento del SIDA, la mayor organización activista de pacientes con VIH en toda Europa. Su misión es conseguir a la mayor velocidad los mejores productos e instrumentos médicos y tests diagnósticos para prevenir o tratar una infección por VIH o para mejorar la calidad de vida de personas que bien tienen VIH o bien están en riesgo de poder contagiarse. Cuando me convertí en responsable de la organización, asumí la responsabilidad de liderar actividades “lobbistas” con las instituciones nacionales y europeas que se encargan de la salud pública y de la prevención de enfermedades de transmisión sexual como el VIH y la hepatitis. La estrecha relación de trabajo que tengo con la Comisión Europea y con el Parlamento nos permite influir positivamente en el marco legal y favorece medidas de salud pública para prevenir y tratar la epidemia de VIH que sufre el continente. También trabajamos con las industrias farmacéuticas para influir en el desarrollo de nuevas y mejores drogas para el VIH y sus co-infecciones, desde el punto de vista del paciente. No solo queremos medicinas mejores y menos tóxicas, sino que queremos que sean baratas para que nadie que necesite el tratamiento se quede sin él por razones económicas. La innovación sin acceso es inmoral y las innovaciones en el tema del VIH/SIDA tienen que llegar a todas las personas en países en vías de desarrollo, a todas en países desarrollados y a todas las del “norte global”. Para que las medicinas para el VIH sean más baratas y sea posible comprarlas, tenemos que hacer campañas de presión públicas a las compañías farmacéuticas y crear marcos legales que posibiliten la proliferación de patentes de genéricos, que costarían una pequeña parte de lo que cuestan las medicinas de marcas con patentes protegidas.
 
¿Hubo negligencia gubernamental en los primeros años del brote?

- A principios de los 80, el SIDA era conocido como la "Enfermedad 4H", ya que parecía afectar principalmente a los adictos a la heroína, homosexuales, hemofílicos y haitianos en los Estados Unidos. A excepción de los hemofílicos, el gobierno republicano conservador de Ronald Reagan despreciaba el estilo de vida de las primeras víctimas conocidas del SIDA y, de hecho, descuidó la extensión de la enfermedad y rechazó gastar dinero en investigación para encontrar una cura. Aunque el SIDA fue identificado por primera vez en 1981, Reagan no lo mencionó públicamente durante varios años más. Lo hizo finalmente durante una conferencia de prensa en 1985. Para entonces más de 13.000 muertes conocidas de SIDA habían ocurrido en los Estados Unidos. Muchas muertes por VIH se podrían haber evitado si los EE.UU. y otros gobiernos hubieran prestado más atención y dólares de investigación antes en la epidemia. Afortunadamente, hoy en día la mayoría de los estados entienden que tienen una responsabilidad específica para la salud pública, incluida la prevención, tratamiento y control de enfermedades epidémicas como el VIH / SIDA, sin importar cuán vulnerables y estigmatizadas sean las poblaciones a las que afectan.

¿Dónde estamos en la lucha contra esta pandemia?
- Más de 30 años después del descubrimiento del virus, tenemos las herramientas para prevenir la infección y para hacer que el VIH sea una enfermedad crónica gestionable y que las personas que lo contraen tengan una expectativa de vida similar a la de personas que no están infectadas. Desafortunadamente, en muchos países alrededor del mundo, los gobiernos no quieren invertir los recursos necesarios en la salud y en la supervivencia de las personas más vulnerables y más estigmatizadas. Personas como hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres, personas trans, migrantes, trabajadoras sexuales y personas que se inyectan drogas. Demasiado a menudo, son las personas más vulnerables a la infección las que tienen menos acceso a la salud pública. Factores como el estigma, la discriminación y la criminalización hacen que estas personas no sean tenidas en cuenta y se les prive de los servicios de salud que necesitan. En Europa Occidental, donde el acceso a la salud pública es mejor que en muchas partes del mundo, las personas que viven con VIH todavía sufren el estigma y la discriminación en muchos sectores de la sociedad y no pueden revelar su estatus sin repercusiones serias. Para derrotar a esta pandemia, necesitamos acabar con la discriminación en la legislación, en la práctica y en nuestros corazones.

sábado, 20 de enero de 2018

#hemeroteca #queer #sexualidad | Carta de un hombre trans al antiguo régimen sexual

Imagen: Parole de Queer / Paul B. Preciado
Carta de un hombre trans al antiguo régimen sexual.
Paul B. Preciado / Traducción de Mayte Cantero-Sánchez | Parole de Queer, 2018-01-20
https://paroledequeer.blogspot.com.es/2018/01/paul-preciado-carta-hombre-trans.html
Publicación original:
Lettre d’un homme trans à l’ancien régime sexual.
Paul B. Preciado | Libération, 2018-01-15

http://www.liberation.fr/debats/2018/01/15/lettre-d-un-homme-trans-a-l-ancien-regime-sexuel_1622570


En reacción al polémico artículo por “le Monde” Paul B. Preciado denuncia la estética grotesca de la heterosexualidad que mantiene a los hombres en la posición de agresores y a las mujeres en la de víctimas.

Señoras, señores, y les otres,

En medio del fuego cruzado que rodea el tema del acoso sexual, querría tomar la palabra como contrabandista entre dos mundos, el de "los hombres" y el de "las mujeres" (estos dos mundos podrían perfectamente no existir pero hay quien se esfuerza en mantenerlos separados por una especie de muro de Berlín del género) para traeros noticias desde la posición de “objeto encontrado” [1] o más bien de “sujeto perdido” durante el trayecto.

No hablo aquí en tanto que hombre perteneciente a la clase dominante, esos a los que se les ha asignado el género masculino al nacer, y que por tanto han sido educados como miembros de la clase gobernante, esos a quienes se les ha concedido el derecho o más bien que exigen (y esta es una clave de análisis interesante) ejercer la soberanía masculina. Tampoco hablo ya como mujer, puesto que he decidido voluntaria e intencionadamente abandonar esta forma de encarnación política y social. Me expreso aquí como hombre trans. Asimismo no pretendo, de ninguna manera, representar ningún colectivo. No hablo ni puedo hablar como heterosexual, ni como homosexual, si bien conozco y habito ambas posiciones, ya que cuando alguien es trans estas categorías se vuelven obsoletas. Hablo como tránsfuga de género, como fugitivo de la sexualidad, como disidente (a veces torpe, puesto que me faltan códigos preestablecidos) del régimen de la diferencia sexual. Como autocobaya de la política sexual que realiza la experiencia, aún no tematizada, de vivir de cada lado del muro y quien, a fuerza de tener que pasarlo cada día comienza a estar harto, señores y señoras, de la rigidez recalcitrante de los códigos y de los deseos que impone el régimen heteropatriarcal. Déjenme decirles que, desde el otro lado del muro, la cosa es bastante peor de lo que mi experiencia como mujer lesbiana me permitía imaginar. Desde que vivo como-si-fuera-un-hombre en el mundo de los hombres (consciente de encarnar una ficción política), he podido verificar que la clase dominante (masculina y heterosexual) no abandonará sus privilegios porque enviemos un montón de tweets o provoquemos algunos gritos. Debido a la conmoción causada por la revolución sexual y anticolonial del siglo pasado, los heteropatriarcas se han embarcado en un proyecto de contrarreforma, al cual se suman ahora las voces femeninas que anhelan continuar siendo “importunadas-molestadas”. Esta será la guerra de los mil años, la guerra más larga, sabiendo que afecta a las políticas de reproducción y a los procesos a través de los cuales un cuerpo humano se constituye en tanto que sujeto soberano. De hecho, será la guerra más importante, puesto que lo que está en juego no es el territorio o la ciudad sino el cuerpo, el placer y la vida.

Lo que caracteriza la posición de hombres en nuestras sociedades tecnopatriarcales y heterocentradas es que la soberanía masculina se define por el uso legítimo de técnicas de violencia (contra las mujeres, contra los niños, contra los hombres no blancos, contra los animales, contra el planeta en su conjunto). Podríamos decir, leyendo a Weber con Butler, que la masculinidad es a la sociedad lo que el Estado es a la nación: el detentor y el usuario legítimo de la violencia. Esta violencia se expresa socialmente bajo la forma de la dominación, económicamente bajo la forma de los privilegios, sexualmente bajo la forma de la agresión y de la violación. En contraposición, la soberanía femenina está relacionada con la capacidad engendradora de las mujeres. Las mujeres están sexual y socialmente sometidas. Únicamente las madres son soberanas. En el seno de este régimen, la masculinidad se define necropolíticamente (por el derecho de los hombres a dar la muerte) mientras que la feminidad se define biopolíticamente (por la obligación de las mujeres a dar la vida). Se podría decir que la heterosexualidad necropolítica es algo así como la utopía de la erotización del apareamiento entre Robocop y Alien, diciéndose que, con un poco de suerte, uno de los dos gozará.

La heterosexualidad, tal y como Wittig lo demuestra, no es únicamente un régimen de gobierno: es también una política del deseo. La especificidad de este régimen es que se da como un proceso de seducción y de dependencia romántica entre agentes sexuales “libres”. Las posiciones de Robocop y de Alien no se escogen individualmente ni son conscientes. La heterosexualidad necropolítica es una práctica de gobierno que no es impuesta por los que gobiernan (los hombres) a las que gobiernan (las mujeres) sino más bien una epistemología que fija las definiciones y las posiciones respectivas a los hombres y las mujeres mediante una regulación interna. Esta práctica de gobierno no adquiere la forma de una ley, sino de una norma no escrita, una transacción de gestos y de códigos que surte el efecto de establecer una división de lo que se puede y no se puede hacer en la práctica de la sexualidad. Esta forma de servidumbre sexual se apoya en una estética de la seducción, una estilización del deseo y una dominación históricamente construida y codificada erotizando la diferencia del poder y perpetuándola. Esta política del deseo es la que mantiene el antiguo régimen sexo/género con vida, pese a todos los procesos legales de democratización y de empoderamiento de las mujeres. Este régimen heterosexual necropolítico es tan degradante y destructor como lo era el vasallaje y la esclavitud en la época de la Ilustración.

El proceso de denuncia y visibilización de la violencia que vivimos forma parte de una revolución sexual tan imparable como lenta y sinuosa. El feminismo ‘queer’ ha situado la transformación epistemológica como la condición de posibilidad del cambio social. Se trata de cuestionar la epistemología binaria y la naturalización de los géneros al afirmar que existe una multiplicidad irreductible de sexos, de género y de sexualidades. En la actualidad comprendemos que la transformación libidinal es tan importante como la transformación epistemológica: hay que modificar el deseo. Hay que aprender a desear la libertad sexual.

Durante años, la cultura ‘queer’ ha sido un laboratorio de creación de nuevas estéticas de sexualidades disidentes, frente a las técnicas de subjetivación y a los deseos de heterosexualidad necropolítica hegemónica. Somos muches les que hemos abandonado hace tiempo la estética de la sexualidad Robocop-Alien. Hemos aprendido de las culturas butch-fems y BDSM, con Joan Nestle, Pat Califia y Gayle Rubin, con Annie Sprinkle y Beth Stephens, con Guillaume Dustan y Virginie Despentes, que la sexualidad es un teatro político en el que el deseo, y no la anatomía, escribe el guion. En esta ficción teatral de la sexualidad es posible desear lamer suelas del zapato, ser penetrade por todos los orificios o cazar a le amante en un bosque como si fuera una presa sexual. Sin embargo, dos elementos diferenciales separan la estética ‘queer’ de la heteronorma del antiguo régimen: el consentimiento y la no-naturalización de las posiciones sexuales y la equivalencia de los cuerpos y la redistribución del poder.

Como hombre trans, me desidentifico de la masculinidad dominante y de su definición necropolítica. Lo más urgente no es defender lo que somos (hombres o mujeres) sino rechazarlo, no identificarnos con la coerción política que nos fuerza a desear la norma y reproducirla. Nuestra praxis política es desobedecer las normas de género y sexualidad. He sido lesbiana la mayor parte de mi vida, después trans durante estos últimos cinco años y estoy tan lejos de vuestra estética de la heterosexualidad como un monje budista levitando en Lhasa lo está de un supermercado Carrefour. Vuestra estética del antiguo régimen sexual no me hace gozar. No me excita eso de “importunar” a alguien, sea quien sea. No me interesa salir de mi miseria sexual metiendo mi mano en el culo de una mujer en el transporte público. No siento ningún tipo de deseo por el kitsch erótico-sexual que proponen: chavales que aprovechan su posición de poder para echar un polvo y tocar culos. La estética grotesca y asesina de la heterosexualidad necropolítica me da asco. Una estética que re-naturaliza las diferencias sexuales y sitúa a los hombres en la posición del agresor y las mujeres en la de víctima (dolorosamente agradecida o alegremente importunada). Si es posible afirmar que en la cultura ‘queer’ y trans follamos más y mejor es parcialmente porque hemos sacado la sexualidad del dominio de la producción, y sobre todo porque nos hemos liberado de la dominación del género. No digo que la cultura queer y transfeminista escape a toda forma de violencia. No hay sexualidad sin sombras. No obstante, no es necesario que la sombra (la desigualdad y la violencia) predomine y determine toda la sexualidad.

Representantes del Antiguo Régimen Sexual, arreglénselas con su parte de sombra ‘and have fun with it’, y déjennos enterrar nuestras muertas. Gocen de su estética de la dominación, pero no intenten hacer de ese estilo una ley. Y déjennos follar con nuestra propia política del deseo, sin hombre y sin mujer, sin pene y sin vagina, sin hacha y sin fusil.

[1] N. de la T. “objet trouvé” se refiere en francés a los objetos dadaístas “ready-made”, objetos cotidianos resignificados como obra de arte.

viernes, 10 de febrero de 2017

#hemeroteca #biotecnologia | Después del libro imprimamos la carne


Imagen: Libération / Modelo de clítoris en 3D, Odile Fillod
Después del libro imprimamos la carne.
¿Qué sexo te gustaría si pudieras dibujarlo con una impresora biológica 3D? 
Paul B. Preciado | Parole de Queer, 2017-02-10
http://paroledequeer.blogspot.com.es/2017/02/paul-b-preciado.html
Artículo compartido de Libération

No voy a hablar de Donald Trump. Voy a hablar de la posibilidad de imprimir un órgano sexual con una impresora biológica 3D. Puede que sea otra manera de responder a Trump. Hasta hoy la transformación anatómica de un cuerpo transexual implicaba un doble proceso: la destrucción del aparato genital y esterilización. Esto pasaba y pasa aun, en la mayoría de las operaciones de vaginoplastia y faloplastia. Estas cirugías son la secularización técnico-científica de un ritual del sacrificio en el curso del cual el cuerpo trans es sometido a un suplicio, mutilado e incapacitado para todo proceso de reproducción sexual. El objetivo no es la intensificación vital del cuerpo (a la que llaman salud, placer o bienestar) sino la reafirmación de la norma falocrática y de la estética heterosexual penetrante-penetrado.

Tendremos pronto, no cabe lugar a dudas, la posibilidad de imprimir nuestros órganos sexuales con una bio-impresora 3D. La bio-tinta se fabricará a partir de un compuesto de agregados de células madre provenientes del cuerpo al que el órgano está destinado: este órgano será primero diseñado por un ordenador antes de ser implantado en el cuerpo que lo reconocerá como suyo. Este proceso ha sido experimentado ya para imprimir órganos tales como el corazón, el riñón o el hígado.

Curiosamente los laboratorios de investigación no hablan de la impresión de órganos sexuales. Evocan límites “éticos”. Pero ¿De qué ética se trata? ¿Porque es posible imprimir un corazón, pero no un pene, una vagina o un clítoris? ¿No sería en algún caso posible imaginar una cantidad n+1 de órganos sexuales implantados? ¿Debemos considerar la diferencia sexual como límite ético de la transformación del cuerpo humano? Acordémonos de cuando Johannes Gutenberg declaró en 1451, que era capaz de imprimir 180 copias de la Biblia (supuesta palabra de Dios) con 42 líneas de texto por página en solamente algunas semanas (por entonces hacían falta 2 años para hacer una copia a mano), él no solo fue considerado inmoral sino también hereje. Hoy, sabemos concebir una impresora biológica 3D pero no somos capaces de utilizarla libremente. Nuestras máquinas son más libres que nosotros.
 
En poco tiempo dejaremos de imprimir libros para imprimir carne. Entraremos en una nueva era de escritura biológica numérica. La era de Gutenberg se ha caracterizado por la desacralización de la Biblia, la secularización del saber, la proliferación de las lenguas vernáculas frente al latín y la multiplicación de lenguas políticamente disidentes. Entrando en la era Gutenberg biológica 3D, conoceremos la desacralización de la anatomía moderna como lenguaje vivo dominante.

Los regímenes de la hegemonía masculina y de la diferencia sexual (que aún prevalecen hoy en días a pesar de que están en crisis desde 1968) son equivalentes en el dominio de la sexualidad a lo que el monoteísmo religioso fue a la teología. De la misma manera que parecía imposible (o sacrílego) para el Occidente medieval poner en duda la palabra divina, parece hoy aberrante poner en duda el binarismo sexual. Sin embargo solo se trata de categorías históricas, mapas mentales, limitaciones políticas a la proliferación indefinida de la subjetividad. Las lógicas del binarismo sexual y de la diferencia entre homosexualidad y heterosexualidad son los efectos de la sumisión de la potencia de un cuerpo a un proceso de industrialización de la reproducción sexual. Nuestros cuerpos no son reconocidos como potenciales productores de óvulos o espermatozoides que se someten a la cadena familia-fordista en la cual están destinados a reproducirse.

Maculinidad y feminidad, heterosexualidad y homosexualidad no son leyes naturales sino prácticas culturales contingentes. Lenguajes del cuerpo. Estéticas del deseo. La posibilidad de diseñar e imprimir nuestros órganos sexuales nos enfrentara a nuevas cuestiones. No solo ya con que sexo anatómico hemos nacido, sino que sexo queremos tener. De la misma forma que los cuerpos trans decidimos intencionadamente introducir variaciones hormonales o morfológicas que pueden ser reconocidas exclusivamente como masculinas o femeninas según los códigos binarios de género, será posible implantar multitud de órganos sexuales en un cuerpo. Será posible tener un pene con clítoris o ninguno de los dos, o un tercer brazo en lugar del pene, o un clítoris en el plexo solar o una oreja erotizada consagrada al placer del sexo auditivo. Vendrá el tiempo de la estética contrasexual definida no por las leyes de la reproducción sexual o de la regulación política sino por los principios de complejidad, de singularidad, de intensidad y de afecto.

miércoles, 2 de noviembre de 2016

#hemeroteca #libros #queer | Entrevista a Daniel J. García, autorx de “Rara avis. Teoría queer impolítica”

Entrevista a Daniel J. García, autorx de “Rara avis. Teoría queer impolítica”.
Eduardo Nabal | Parole de Queer, 2016-11-02
http://paroledequeer.blogspot.com.es/2016/11/rara-avis-editorial-melusina.html

Daniel J. García López (Almería, 1985). Licenciado y Doctor en Derecho por la Universidad de Almería. Fue profesor de esta Universidad durante 5 años hasta que, tras denunciar un caso de corrupción, fue “expulsado” de facto. Tras deambular un tiempo por varias instituciones y el paro, desde hace un año es Profesor de Filosofía del Derecho en la Universidad de Granada. Ha realizado estancias de investigación en universidades españolas, alemanas e italianas. Es autor de los libros “Organicismo silente. Rastros de una metáfora en la ciencia jurídica” (Ed. Comares, 2013), “Sobre el derecho de los hermafroditas” (Ed. Melusina, 2015) y “Rara avis. Una teoría queerimpolítica” (Ed. Melusina, 2016), co-editor de “Derecho, memoria histórica y dictaduras” (Ed. Comares, 2009) y “La luz más bella. Poesía joven almeriense” (Ed. en Huida, 2015) y traductor de “Biopolítica. Un mapa conceptual” (Ed. Melusina, 2016). Sus líneas de investigación son la historia de los conceptos/metáforas, el pensamiento impolítico y la gubernamentalidad biopolítica de corporalidades disidentes desde la teoría queer.

-¿Cuándo escribías “Rara avis” pensabas en los y las lectores/as? Porque hay conceptos y afirmaciones muy polémicas aún hoy dentro de la comunidad que se hace llamar a sí misma LGTBI?

Daniel J. García: No sé muy bien si “Rara avis” es la segunda parte de mi anterior libro, “Sobre el derecho de los hermafroditas”, o, quizás, una suerte de precuela. Sea uno u otro, lo cierto es que en “Sobre el derecho de los hermafroditas” realicé un diagnóstico terrible sobre las mutilaciones genitales que sufren las personas intersexuales en nuestros hospitales. Por eso sentía la necesidad de escribir desde ese diagnóstico pero dirigiéndome hacia un pensamiento en positivo: cómo podemos desactivar los dispositivos que llevan a la mutilación genital de bebés intersex o a la patologización de personas trans. Por tanto, si estos dos sujetos están siendo ubicados en la anormalidad, en la abyección, ¿por qué no reivindicar precisamente esa abyección, esa monstruosidad? Pero reivindicarla no para reafirmar la norma, sino, precisamente, para destruirla.

Por eso, es cierto, en el libro hay elementos que pueden ser polémicos para la comunidad LGTBI, pues en ocasiones se han reivindicado simples reformas sin acudir a la raíz de los problemas. Por ejemplo, en el capítulo en el que abordo una posible lectura queer del Derecho, analizo cómo la lucha por el incluir a todas las personas en la institución matrimonial, lucha legítima para hacer vidas vivibles, puede conllevar el reforzamiento de una institución, la marital (y piénsese en esta misma palabra: la vida matrimonial asociada al varón), fuertemente heterocapitalista.

Por eso no es posible un Derecho queer. Esto es, si queremos resistir debemos hacerlo con otras categorías o instituciones que no sean las de quienes te han estado oprimiendo. El léxico político-jurídico moderno no puede dar respuesta ante las personas trans o intersex (ni tampoco, por ejemplo, ante lxs refugiadxs): son insuficientes y por eso ya no es posible la legitimación por los Derechos Humanos si las personas mutiladas/esterilizadas/refugiadas quedan reducidas a meras vidas desnudas (lo que en Grecia llamaban zoè o simple hecho de vivir frente a la vida cualificada del bíos). Para explicar esto suelo utilizar un cuento breve de Kafka: “Las intenciones con las que aceptas en ti el mal no son las tuyas, sino las del mal. El animal arranca de las manos el látigo al amo y se fustiga él mismo para convertirse en amo, y no sabe que esto es solo una fantasía producida por un nuevo nudo en la correa del látigo”. En definitiva, ¿qué queremos: fustigarnos nosotrxs mismxs o eliminar el látigo y al amo?

-Aunque en otra línea tu libro lleva en el subtítulo la palabra “impolítica” pero al contrario que otros ensayos recientes como los de Edelman o Bernini, tu ensayo, es, a su manera, una caja de herramientas para repensar muchos conceptos y universales desde los márgenes. ¿Estamos ante un libro impolítico o político desde otra localización o ubicación?

Daniel J. García: El concepto impolítico (que no es una antipolítica) que aparece en el libro se enmarca en aquella corriente que viene de autores de tradición italiana, desde Giorgio Agamben a Roberto Esposito, y que guarda, bajo mi punto de vista, umbrales de intersección con la teoría queer, de Judith Butler a Donna Haraway: frente al carácter normativo o representable de la política, ambas concepciones (lo queer y lo impolítico) convergen precisamente en la antinormatividad y la irrepresentabilidad, pues parten de la idea de la desobra, de la identidad como algo no cerrado ni obrado, sino como una singularidad cual sea que no reivindica identidad alguna, una suerte de forma-de-vida, esto es, una vida indisolublemente unida a su forma (en este caso, la forma de la mutilación). En esto, como digo, lo queer y lo impolítico parecen ir de la mano.

Lo que trato, en definitiva, es de construir un imaginario político fuera de las categorías políticas modernas, viciadas por los dispositivos biopolíticos. Por ejemplo, frente a la categoría “persona”, reivindicar la “corporalidad”; frente a los “derechos humanos”, los “deberes corporales”. Se trata, en fin, de inventar otros conceptos que escapen de las lógicas biopolíticas. Porque si seguimos hablando de derechos humanos sin tener presente que estos mismos son un tentáculo de los dispositivos biopolíticos, seguiremos reproduciendo el vicio originario de la política moderna: situar la nuda vida (la simple zoè que soporta la violencia) en el plano de la polis.

Por tanto, pienso que tanto lo queer como lo impolítico son conscientes de que el Derecho es y solo es violencia, que su contenido esencial es el uso de la fuerza (y esto también lo pensaba Kelsen, el mayor jurista del siglo XX). Partiendo de esto, ambas concepciones pretenden construir otras realidades que escapen a esta violencia. De ello se habla en el libro con varios ejemplos: el Quijote lo que pretendía era imaginar otra vida, concebir otro mundo; en las fiestas del Carnaval o de los Locos lo que se hacía también era imaginar otra realidad; lxs niñxs al jugar inventan mundos (por eso Nietzsche reivindicaba la Kinderland, la tierra de lxs niñxs, como desarraigo de toda patria, tierra de los padres)…

-El sexo, los géneros, las deslocalizaciones. La politización de las sexualidades llega con el feminismo y el transfeminismo pero a veces se ha criticado a las modernas teorías y corrientes de quedarse en lo “meramente cultural”. Tú que te has movido en terreno de la práctica jurídica ¿Qué nos puedes contar al respecto?

Daniel J. García: Lo simbólico es sumamente importante. El derecho es un discurso como lo es también la performance. Solo que uno y otro actúan en espacios distintos y con violencias diferentes. En ‘Rara avis’ planteo dos mecanismos de resistencia: uno desde dentro del sistema y otro desde fuera.

Desde dentro del sistema lo que tenemos que aprender es a tergiversar y retorcer el discurso jurídico, de tal modo que podamos operar con un uso alternativo del derecho (utilizo esta locución con toda la fuerza que tuvo en el marxismo jurídico de los años 60-70) que desmonte los pilares de los sistemas jurídico-políticos. Esto es, no solo conseguir reformas, sino trastocar, contactar, contagiar. Porque podemos dar razones para entender como crímenes contra la humanidad las mutilaciones genitales de bebés intersexuales, pero eso es solo una reforma, muy necesaria y que evitaría muchas vidas truncadas, pero solo un maquillaje del sistema. Por eso, como digo, en el libro planteo mecanismos de resistencia desde dentro del Derecho, pero que tratan de ir más allá de la simple reforma y atacar los dispositivos biopolíticos que encierran, incluso, los Derechos Humanos. Y en segundo lugar, plantear también una ofensiva desde fuera del sistema. Decía Bataille que el valor de lo inútil es precisamente su inutilidad porque el sistema siempre se apropia de todo lo útil: por eso, debemos buscar espacios inútiles para evitar que nos reapropien. De ahí que en Rara avis se han buscado ejemplos históricos de carcajadas inútiles como la fiesta de locos o el carnaval. Y a partir de ahí construir una subjetividad rarita similar a la de la infancia, donde un lápiz es una nave espacial. Pero esto no solo se queda en lo “estético”, sino que también puede incidir en los marcos jurídicos como ocurrió originariamente con el “usus pauper” de la comunidad franciscana que le hizo renunciar a la propiedad privada y, por tanto, al derecho.

-Yo veo aún que los viejos debates no se han cerrado en muchos círculos. ¿Para ser una “rara avis” hay que saber cambiar de hábitat o simplemente ocupar subjetividades negadas sobre todo en campos tan marcados como los del género, la corporalidad, la normalidad social?


Daniel J. García: Tenemos una asignatura pendiente: reivindicar el cuerpo. El Derecho, desde Roma, se basa en la dicotomía “personas-cosas”, olvidándose la dimensión corporal. Esta queda excluida. Incluso los Derechos Humanos han excluido la corporalidad. Es cierto que las prácticas, pensemos en el poder, han girado en torno al cuerpo, a su disciplina, a su control. Pero en el ámbito del conocimiento, y, en concreto, del conocimiento jurídico, se ha eliminado del modelo al cuerpo porque no es ni persona ni cosa, sino que ha oscilado entre una y otra, pero sin ser una ni otra. La pregunta que se realiza en Rara avis precisamente toma el cuerpo como lugar central: ¿es posible un derecho que ya no sea de ni sobre, sino entre? De ser posible, ¿seguiría siendo derecho?

Es central la pregunta por el cuerpo como la pregunta por la identidad. El Estado puede aceptar cualquier tipo de reivindicación identitaria (desde las múltiples reivindicaciones nacionales dentro de un Estado hasta la identidad terrorista), pero lo que no puede consentir es una singularidad que haga comunidad sin reivindicar identidad alguna. En este caso el Estado queda desconcertado porque necesita siempre identificar (para preparar el orden en el que insertar o reapropiar esa identidad). Por eso el mayor peligro para la forma-Estado es una comunidad sin identidad.

He aquí lo que podemos aprender de lo queer y lo impolítico (o eso que llamo ‘queerimpoliticidad’): un cuerpo que expone sus heridas y cicatrices. Y he aquí la idea de justicia que se maneja en Rara avis: la justicia como hospitalidad. Lo explico: cuando recibimos a alguien en nuestra casa lo podemos hacer de dos maneras. Bien nuestx amigx ha llamado unas horas antes para avisar de su llegada o bien ha aparecido sin más (o nos hemos encontrado por la calle y decidimos subir a casa). En el primer caso, normalmente prepararemos su llegada: un repaso a la casa, limpiar un poco, comprar algunas bebidas. De esta forma, cuando nuestrx amigx llega a casa, hemos construido un orden que lo absorbe, que se apropia de nuestrx invitadx. Por el contrario, cuando aparece sin más no hay un orden preestablecido que pueda apropiarse de ese huésped, sino que su llegada trastoca nuestro orden. Este segundo caso es el que interesa para Rara avis: en la distancia que se produce entre ambas personas donde se ubica la justicia. Explico esto con tres ejemplos: la película/novela “Teorema”, de Pasolini, el teatro de Copi y algunos textos (“Así que pasen cinco años”, “Viaje a la luna”) de Federico García Lorca.

-¿Te consideras tu mismo una rara avis o depende del hábitat en el que te encuentres? ¿Es la academia o la universidad -con respecto a estos estudios todavía emergentes-, depende cuando y donde, un espacio natural protegido o una selva peligrosa e inexplorada?

Daniel J. García: Aquí debo hacer una confesión que es del todo obvia: yo trabajo para el sistema. Aquel que me proporciona los medios de subsistencia es un Estado heterocapitalista como el español. Trabajo en la Universidad y, por tanto, asumo las reglas del sistema. Cosa distinta es entender que este sistema no es un sistema justo y, por tanto, tengo la necesidad (también una necesidad de subsistencia) de luchar por construir otro radicalmente distinto. Ello lo he hecho y lo hago desde la teoría y desde la práctica. Con lo que me he ganado bastantes broncas: desde mi “expulsión” (de facto) de la Universidad de Almería tras cinco años trabajando como profesor por denunciar un “caso de corrupción” hasta la minusvaloración por parte de los organismos académicos que entienden que los trabajos sobre el cuerpo, sobre lo LGTBI, sobre personas intersex no son trabajos que merezcan la pena. Si, quizás, hubiera sido conformista con el sistema, hubiera trabajado cualquier tema considerado “importante” por la academia o políticamente correcto, ahora quizás no tendría un mero contrato de profesor sustituto interino. Pero al vivir entre la teoría y la práctica, y, por tanto, entender que la una y la otra van indisolublemente unidas, he asumido los riesgos de mi trinchera.

No obstante, tengo la inmensa suerte de haber tenido un “maestro” que me ha dado total libertad (y responsabilidad) para trabajar en lo que yo estimara más adecuado, así como, desde hace un año, un Departamento (de Filosofía del Derecho de la Universidad de Granada) que me ha acogido y arropado con mucho cariño desde el principio (cosa que no ocurría en la Universidad de Almería). Ello me permite tener, este curso, alrededor de 350 alumnxs. Eso me da la capacidad de discutir de determinados temas con una población bastante numerosa. Algunxs, obviamente, se aburrirán, no les interesará o no sabré llegar a ellxs. Otrxs, en cambio, y esto es uno de mis mayores orgullos, me paran por la calle (incluso con alguna copa de más: con lo que me creo más sus palabras) para decirme que les he abierto los ojos. Pienso que no hay mayor satisfacción para un profesor. Porque en mis clases, al inicio del curso, siempre tengo el mismo objetivo: inventar herramientas, entre todxs, para tratar de resistir la violencia del sistema cuando salgan del aula (la primera herramienta que construimos es pactar el sistema de evaluación: son mis alumnxs lxs que deciden cómo quieren que les evalúe, porque, eso sí, al final tengo que rellenar un acta con notas).

¿Esto me convierte en una “Rara avis”? Me gusta mucho una pegativa que una vez vi pegada en el maletero de un coche: “En mi mundo, el raro eres tú”.