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sábado, 29 de febrero de 2020

#hemeroteca #vih #sida #arte | Una bandera de España teñida de rosa para recordar al hombre que visibilizó el sida

Imagen: El País / La bandera española rosa en homenaje a Pepe Espaliú
Una bandera de España teñida de rosa para recordar al hombre que visibilizó el sida.
Arco lleva a las calles de Madrid una acción artística que homenajea a Pepe Espaliú, fallecido en 1993.
Héctor Llanos Martínez | El País, 2020-02-29
https://elpais.com/espana/madrid/2020-02-28/una-bandera-de-espana-tenida-de-rosa-para-recordar-al-hombre-que-visibilizo-el-sida.html

Las banderas de España han proliferado en los balcones en los últimos años, pero la que luce desde una de las viviendas de la plaza de Cascorro de Madrid es rosa. Su autor, el guatemalteco Esvin Alarcón Lam, rinde homenaje con ella al también artista Pepe Espaliú (Córdoba 1955-1993), una de las primeras personas que visibilizaron el sida en España.

“Me llamaron unos desconocidos al telefonillo y me dijeron que si quería formar parte de una acción artística. Les dije: ‘subid ahora mismo’”, cuenta en el salón de su casa la propietaria de la terraza en la que ahora cuelga la enseña rosada, que prefiere identificarse con el que dice que es su “nombre de guerra”, Brinca. Después de conocer su significado, la ha colocado junto a otros dos símbolos que ondean desde hace años en sus ventanas. Uno es el pañuelo verde que ha aparecido en las marchas internacionales que piden la despenalización del aborto y el otro es una bufanda morada feminista.

El remozado emblema español de Alarcón Lam llegó el domingo pasado al barrio como parte de ‘El requerimiento’, una de las propuestas que forman parte de la feria de arte Arco 2020, que se celebra en el recinto de Ifema hasta el domingo. Recaló en un principio en un piso del número 4 de la plaza madrileña, en el que vive un amigo del gestor artístico Paco Martín (La Pelubrería), que ha ayudado a impulsar esta acción. El voluntario, argumentando problemas con los vecinos de su bloque, prefirió retirarla días después. Los responsables de la iniciativa buscaron entonces a alguien que quisiera ‘adoptarla’ hasta que termine el salón de arte contemporáneo. Así es como este viernes llegó a casa de Brinca.

Alarcón Lam ha querido que su particular bandera recorriera algunos de los lugares de la ciudad por los que pasó Espaliú el 1 de diciembre (Día Mundial del Sida) del año 1992 durante su performance titulada Carrying. El artista fue entonces desde el Congreso de los Diputados hasta el Museo Reina Sofía sin pisar el suelo y con los pies descalzos. Era el representante de los excluidos por culpa del sida, una enfermedad en ese momento repudiada y por la que falleció menos de un año después. La solidaridad de los muchos voluntarios, que iban cargando en sus brazos con el cordobés, le permitieron llegar a su destino. Entre ellos, se encontraba Carmen Romero, esposa del que era el presidente del Gobierno, Felipe González.

Ese mismo día, el artista publicaba una tribuna en El País titulada Retrato del artista desahuciado. “Es este sórdido túnel el que de forma súbita y violenta me ha hecho volver a la superficie. El sida me ha forzado de forma radical a un estar ahí. Me ha precipitado en su ser como pura emergencia”, decía en su descarnado texto.
Una de las imágenes de esta gesta colectiva tomada por el fotógrafo Bernardo Pérez fue portada del periódico. El galerista Joaquín García también estuvo allí en 1992. “Tanto el texto como la acción fueron una bomba en aquella España. Yo era un estudiante de arte. Aprendía mucho sobre el Barroco y el Renacimiento, pero no sabía nada de las tendencias creativas del momento. Ver a un hombre plantarse así y hablar en primera persona, como no había hecho nadie antes, sobre la fragilidad de esa enfermedad supuso una revolución”, cuenta García desde Arco. García organizó en 2018 una antología de la obra del cordobés para conmemorar el 25 aniversario de su muerte y celebra haber vendido dos de sus obras en Arco 2020. Una de ellas, apunta, ha ido a parar a la colección Masaveu, que expone parte de su catálogo en su sede del barrio de Chamberí.

La bandera española del guatemalteco Esvin Alarcón Lam no solo se tiñe de rosa para enfrentar un símbolo considerado a menudo como patriarcal con ideas relacionadas con lo femenino o los derechos de la comunidad LGTBI+. El artista también ha sustituido el lema imperialista Plus Ultra de su escudo por Abya Yala, nombre indígena con el que se conoce el continente americano. Combina así símbolos considerados opuestos “para generar fricción entre ellos e invitar a un diálogo, en vez de generar un enfrentamiento ideológico”, explica el autor por teléfono, que expone en Arco 2020 dentro del espacio Henrique Faria Fine Art de Nueva York.

A Brinca, su inesperada aliada desde la plaza de Cascorro madrileña y nieta de cubanos, le resulta muy pertinente este doble recuerdo a Latinoamérica y, en especial, al hombre que visibilizó el sida en España. A finales de 2018, España llevaba una década sin apenas descender sus registros de nuevos diagnósticos, cerca de 4.000 por año, según datos del Ministerio de Sanidad. “Está la gente tonta con el coronavirus, cuando el sida sigue estando aquí”, protesta Brinca quien tiene intención de que la bandera permanezca en su balcón más tiempo del que dure la feria de arte contemporáneo en Madrid.

Imagen: El País / 'Carrying', con Pepe Espaliú, Madrid, 1992
Retrato del artista desahuciado, por Pepe Espaliú

Para los que ya no viven en mí.

Algunos creen que el arte es una forma de entender el mundo. En mi caso, siempre fue la manera de no entenderlo..., de no oírlo. Comencé haciendo del arte una ‘topera’ en la que sobrevivir en el subsuelo, manteniéndome ajeno y protegido de una Realidad que siempre viví como insoportable. El arte ha sido mi gran coartada,... Un estar fuera de algo que siempre me fue extraño, anclado en parámetros que nunca compartí.

Mi homosexualidad fue el primer signo de exclusión de ese mundo. Los homosexuales hemos aceptado cobardemente vivir dentro de un esquema social impuesto del que estamos excluidos y con el que nada tenemos que ver. Limitados por el miedo al rechazo de nuestra condición sexual, hemos abolido sus legítimas y necesarias formas de expresión. El mundo que nos rodea en nada nos concierne: no nos concierne su modelo de estructura social, basado desde su origen solo en la idea de familia. No nos concierne su modelo jurídico, que no tiene en cuenta en ningún momento la posibilidad de la existencia legal ole la pareja homosexual y que en nada contempla nuestros derechos. No nos concierne su modelo religioso, hoy dependiente de los propósitos y desvaríos homófobos y reaccionarios de Juan Pablo II. No nos concierne su modelo político, en el que en ningún momento nos vemos representados como colectivo. No nos concierne su modelo publicitario, ya que los medios de comunicación son reflejo de una sola forma de relación de pareja, excluyendo de sus imágenes nuestra ‘diferente’ forma de ser y de amar.

Nosotros, homosexuales, hemos sido obligados a inventarnos un mundo paralelo, construido a partir de nuestro peculiar modo de entender sus leyes, sus instituciones, sus creencias y su forma de concebir el amor.

Frente a esta perpetua ‘otredad’ en la que vives, frente a un ‘estar en el mundo’ que ni comprendes ni te interesa, y al que sientes perennemente agresivo con todo aquello que eres y como eres, sólo el arte me ofreció la posibilidad de crear una silenciosa mentira que se convirtió en mi única verdad, último reducto de lo real... Escultor de esa topera laberíntica en la que mil pasillos subterráneos se entrecruzan; perdido en sus túneles sombríos, sorprendido en senderos sin final. Existencia reducida a Resistencia. En ese vivir subterráneo he oído al mundo tan sólo como un rumor que venía de allá arriba y he desarrollado mi arte y mi ser sin conexión con una realidad que decidí no ver. El artista es una paradoja, pues configura la mirada de los otros para continuar él mismo en una completa ceguera. Inventa la visión de los demás obteniendo a cambio la garantía de su oscuridad. En ese subterráneo que has elegido, sólo percibes fragmentos imprecisos y construyes con ellos una verdad supuesta.

Un día ese rumor de arriba se hace más intenso. Un insistente ruido ensordece tus oídos... Están perforando un pozo que, desde la superficie, avanza poco a poco en profundidad, atravesando la quietud de la topera. Desde ese rumor oyes que lo llaman "sida".

El sida es ese pozo por donde hoy escalo ladrillo a ladrillo, tiznando mi cuerpo al tocar sus negras paredes, ahogándome en su aire denso y húmedo... Y sin embargo, es este sórdido túnel el que de forma súbita y violenta me ha hecho volver a la superficie. El sida me ha forzado de forma radical a un estar ahí. Me ha precipitado en su ser como pura emergencia. Agradezco al sida esta vuelta impensada a la superficie, ubicándome por primera vez en una acción en términos de Realidad. Quizás esta vez, y me es indiferente si se trata de la última, mi hacer como artista tiene un sentido pleno, una absoluta unión con un límite existencial que siempre rondé sin conocerlo del todo, bailando con él sin nunca llegar a abrazarlo. Hoy sé cuál es la verdadera dimensión de ese límite. Hoy he dejado de imaginarlo. Hoy yo soy ese límite.

martes, 25 de febrero de 2020

#hemeroteca #arte #sida #memoria | Un virus en la institución: por qué el arte vuelve al sida

Imagen: El País / 'Ignorance = Fear', de Keith Haring (1989)
Un virus en la institución: por qué el arte vuelve al sida.
El homenaje de Arco a Félix González-Torres demuestra el creciente interés que museos e instituciones (y, ahora, también el mercado) demuestran por los años de la epidemia.
Álex Vicente | El país, 2020-02-25
https://elpais.com/cultura/2020/02/24/babelia/1582564844_427444.html

“Quiero ser un virus en la institución”, anunció Félix González-Torres en 1994, durante una conversación con el artista estadounidense Joseph Kosuth. “Todos los aparatos ideológicos se están replicando porque es así como funciona la cultura. Si funciono como un virus, un impostor, un elemento infiltrado, podré replicarme con estas instituciones”. En tres frases escasas, el artista cubano sentaba las bases de su práctica artística, pero también de su proyecto político. Uno de sus correligionarios en el Nueva York de los ochenta, Keith Haring –que nació un año después y murió seis antes que él, víctima de la misma enfermedad—, funcionaba, pese a las diferencias de forma, de una manera casi idéntica: adoptando los códigos gráficos del mundo capitalista para inocular en él ideas susceptibles de destruir su dogma blanco y heterosexual. Cada dólar gastado en los productos derivados que reutilizan los motivos de sus obras supone una victoria para su causa.

El homenaje a González-Torres que le dedica ahora Arco, que arranca mañana en Madrid, es sintomático del creciente interés que las instituciones –y, ahora, también el mercado— demuestran por una generación de creadores que, mientras el sida hacía estragos, cambiaron la manera de hacer arte y activismo político. En los últimos tiempos, los nombres de artistas como Nan Goldin, David Wojnarowicz, Mark Morrisroe, Dana Wyse o Zoe Leonard –que exigía “una persona con sida de presidenta” en una obra firmada en 1992— se han vuelto omnipresentes en museos y bienales de todo el mundo, a la vez que el legado de colectivos como General Idea o Group Material, que forzaron la conversión de los museos en espacios para el debate y el pensamiento, parecía cada vez más relevante en el contexto actual.

“No es una simple moda, sino una puesta al día, que sigue el paso de la cultura popular, donde la cuestión está más avanzada que en los museos. Siempre ha habido exposiciones sobre el sida, pero ha hecho falta un salto de generación para ver las cosas con perspectiva”, analiza la crítica de arte francesa Élisabeth Lebovici, que acaba de publicar 'Sida' (Arcàdia), que reúne sus ensayos sobre esta cuestión. La autora lleva años indagando en la relación entre el arte de los ochenta y noventa y las distintas formas de militancia que surgieron durante la epidemia. “Los activistas de la época fueron a buscar herramientas en el arte conceptual. Por eso, la lucha contra el sida empezó a usar la fotocopia, la instalación y la ‘performance’, produciendo una contracultura que se oponía a la representación mediática del enfermo de sida como un ser monstruoso”, señala Lebovici. El más conocido de todos fue el llamado ‘die-in’, variante del ‘sit-in’ de los ‘hippies’ que popularizó la organización Act Up. Los manifestantes se tumbaban en el espacio público y simulaban estar muertos, en una puesta en escena simbólica de las defunciones masivas que tenían lugar ante la indiferencia general.

Los museos y los investigadores llevan años regresando a este turbulento periodo y corrigiendo su deficiente representación. En 2015, una exposición itinerante, ‘Art AIDS America’, lanzó una mirada sobre la época en Nueva York y Los Ángeles. Pero, por bienintencionada que fuese, la iniciativa levantó protestas, recordando el difícil encaje de estas radicales propuestas en un contexto institucional: un colectivo organizó un 'die-in' en las salas de la muestra para protestar contra la ausencia de artistas negros, que consideraban sistemática en las instituciones del arte. En 2018, sucedió algo similar con una gran retrospectiva dedicada a David Wojnarowicz, que luego recaló en el Museo Reina Sofía de Madrid. Durante su paso por Nueva York, la muestra no gustó a Act Up, en la que militó el mismo Wojnarowicz, que murió de sida en 1992. La asociación acusó al museo de inscribir la epidemia del VIH en un pasado lejano y de no reconocer que seguía matando, mientras que la revista especializada ‘Frieze’ denunció que la muestra vehiculaba una versión “saneada” y “digerible” de la obra de Wojnarowicz, azote de la sociedad estadounidense que llegó a tildar a sus compatriotas de “esvásticas andantes”. ¿Era correcto hacer entrar en el canon occidental a un artista que escupía sobre él?

Los ejemplos abundan. Dos muestras recientes en Nueva York y Berlín han rescatado la figura del artista y director teatral Reza Abdoh, iraní establecido en Los Ángeles que murió en 1995 por complicaciones ligadas al sida. Al mismo tiempo, ‘Ángeles en América’, la obra que Tony Kushner estrenó en 1991, regresaba a Broadway, protagonizada por una estrella como Andrew Garfield. La Comédie Française de París, el gran templo del teatro público que fundó Luis XIV en 1680, acaba de incorporar ese texto a su repertorio, con un montaje del director Arnaud Desplechin. Mientras tanto, en Bruselas, el museo Bozar propone una retrospectiva dedicada a Keith Haring que presta atención a ese compromiso político que el ‘merchandising’ ha logrado disimular.

En España, existe la iniciativa del Anarchivo Sida, ambicioso proyecto de investigación que recopila prácticas artísticas y experiencias colectivas relacionadas con el VIH, atendiendo al espacio geográfico no anglosajón, a cargo del Equipo Re, formado por Aimar Arriola, Linda Valdés y Nancy Garín. El resultado ha sido visto, entre otros lugares, en centros como el Macba, en Barcelona, donde el proyecto se expuso en 2018 y 2019. "En nuestro proyecto museográfico figura la idea de releer la década de los noventa e introducirla en la narrativa del museo, que hasta hace poco estaba anclada en los setenta", explica el jefe de programas del Macba, Pablo Martínez. "Cuando se analiza ese momento histórico, es imposible no entender que el sida fue un acontecimiento fundamental, que afectó no solo a los artistas como individuos, sino también a sus formas de hacer. La crisis del sida reclamó una concurrencia pública del arte, un compromiso claro ante un conflicto concreto". Además, el genio individual y las prácticas en primera persona regresaron contra pronóstico, invalidando la muerte del autor enunciada por Roland Barthes y Michel Foucault. "Vuelve el yo, aunque sea un yo distinto al de antes. Ya no se puede entender como una entidad individual o atada al sujeto", añade Martínez.

Lebovici coincide en que esa primera persona fue "un yo plenamente político, como demuestran los casos de Wojnarowicz o González-Torres". A esta especialista, la presencia estelar de este último en Arco no le supone un problema, pero sí le genera ciertas dudas. "Nunca dijo que no quisiera vender su trabajo, pero puso condiciones drásticas: él no vendía bienes ni objetos, sino posibilidades", señala la crítica de arte. Es decir, las características de sus relojes de pared o el número de caramelos necesarios para recrear una de sus obras, pero nunca la instalación en sí. "Cuando esa potencialidad se reserva a quienes tienen el poder de comprar esas obras –es decir, un círculo reducido de coleccionistas e instituciones muy ricas— se produce una contradicción respecto a su concepción del arte", apunta Lebovici. Para Martínez, si el sida se infiltra incluso en una feria como Arco es porque nuestra época no es tan distinta a la que se enfrentó a aquella epidemia desbocada. "La era de la expansión del sida coincide con un momento ultraconservador, el del thatcherismo y el reaganismo, cuando se atacan los avances de las mujeres y los de las minorías negras y homosexuales. Hoy vuelven a estar en peligro las identidades subalternas", concluye. Y las lecciones de aquel tiempo remoto siguen siendo útiles.

sábado, 12 de mayo de 2018

#hemeroteca #arte | Santiago Carretero, de la censura en ARCO a exponer en Errenteria

Imagen: Noticias de Gipuzkoa / Los 'presos políticos' de Santiago Carretero
Santiago Carretero, de la censura en ARCO a exponer en Errenteria.
Noticias de Gipuzkoa, 2018-05-12

http://www.noticiasdegipuzkoa.eus/2018/05/12/ocio-y-cultura/santiago-carretero-de-la-censura-en-arco-a-exponer-en-errenteria

La polémica más sonada del último ARCO de Madrid fue la censura de la exposición de Santiago Carretero, titulada ‘Presos Políticos en la España Contemporánea’, muestra constituida por fotografías pixeladas de personas encarceladas como Oriol Junqueras y Jordi Sànchez, así como los jóvenes de Errenteria detenidos por unos incidentes en Iruñea y también los jóvenes de Altsasu, entre otros. Después de ser retirada de ARCO, Carretero vendió su obra a la galería Helga de Alvear por 80.000 euros y, tras ser expuesta en Lleida, la muestra recaló ayer en la Sala Reina de Errenteria, donde permanecerá hasta el 26 de mayo, antes de marchar hacia Barcelona.