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sábado, 17 de agosto de 2019

#hemeroteca #federicogarcialorca | 'Enlorquecidos': por qué Federico sigue levantando pasiones más de 80 años después

Imagen: El Diario / Miguel Poveda, 'enlorquecido'
'Enlorquecidos': por qué Federico sigue levantando pasiones más de 80 años después.
Músicos, escritores y artistas plásticos siguen inspirándose en la figura del poeta, convertido en inagotable paradigma de la libertad. ¿No veis a Federico sonreír tras cualquiera de los videoclips de Rosalía, lorquiana sin saberlo, o sabiéndolo?, se pregunta el escrito Víctor Amela, otro cautivo del "duende" de Lorca.
Alejandro Luque | El Diario, 2019-08-17
https://www.eldiario.es/andalucia/lacajanegra/patrimonio/Federico_Garcia_Lorca-Lorca-Cultura-enlorquecidos-memoria_0_932306992.html

Hay un grupo de whatssap que no descansa. Es la de un grupo de fanáticos de Federico García Lorca en la que figuran nombres como los del cantaor Miguel Poveda, el escritor Ian Gibson o el periodista Víctor Fernández, y en el que comparten cualquier noticia que tenga que ver con el granadino, ya sea el anuncio de una exposición, alguna reedición de su obra o una subasta de manuscritos. El propio artista flamenco lo definió muy bien en el título que dio a su homenaje a Federico: ‘Enlorquecido’. Son muchos los que se reconocen en esa expresión, la prueba de que el poeta de Fuentevaqueros sigue despertando pasiones, más que nunca, 83 años después de su asesinato en el barranco de Víznar.

Poveda explica que decidió acometer el proyecto de ‘Enlorquecido’ porque "empecé a preguntarme por qué después de tanto tiempo queriéndole, no había viajado aún hasta el fondo, hasta las entrañas de su poesía, y me había quedado en la superficie", recuerda. "Pero las cosas pasan cuando tienen que pasar: me propuse hacerlo como reto, al principio era una montaña como el Everest, pero el propio Federico te arrastra. Más quieres saber, y más te enseña. Una persona tan noble y tan sabia siempre te deja con hambre de más”.

Con esa idea coincide otra cantaora, la granadina Marina Heredia, que está en cartel del Generalife de su ciudad natal hasta el 31 de agosto con el espectáculo ‘Lorca y la pasión’, con guion de Rosario Pardo: "Aparte de su legado artístico, que es muy amplio e intenso, por lo que he leído, Lorca tuvo que ser una persona muy interesante, no sólo como artista, sino por su filosofía de vida. Y una persona muy de verdad, leal a su gente, a su familia", explica.

Aunque es consciente de que una infinidad de creadores han trabajado sobre el mismo poeta antes que ella, defiende que García Lorca "es diferente cada vez que le metes mano. En mi caso, he preferido hacerlo mío, que es como aportamos los artistas. La personalidad es el tesoro más grande que tenemos. Y yo tenía clarísimo que no quería hacer nada que hubieran hecho otros, ni en cuanto a músicas ni en cuanto a propuestas escénicas. Tuvimos la suerte de que la generación anterior, la de los Morente y Camarón, rompió moldes e influyó sobre todos nosotros. Pero ahora se trataba de partir de cero". La tierra, que tira mucho, también influyó en el hecho de decantarse por esta poesía. "Los granadinos somos muy granadinos, llevamos dentro mucho amor por la ciudad. Nos quejamos mucho, pero no salimos de aquí", bromea.

Dibujantes de cómic enlorquecidos
Enlorquecidos están también los dibujantes de cómics, que una y otra vez caen rendidos ante la fuerza iconográfica del personaje, la riqueza de sus imágenes y el dramatismo de su final. Sólo en los últimos años han visto la luz títulos como ‘La huella de Lorca’ (Norma) de Carlos Hernández, con ‘Vida y muerte de Federico García Lorca’ (Ediciones B) de Quique Palomino, ‘Un poeta en Nueva York’ (Evolution) de Carles Esquembre, ‘La araña del olvido’ (Astiberri) de Enrique Bonet, o ‘Los caballeros de la Orden de Toledo’ (El ángel caído), de Javierre y Juanfran Cabrera, una saga de aventuras protagonizada por Lorca, Buñuel y Dalí, que ya tiene en marcha su segunda entrega.

Según Cabrera, "la figura de Lorca es un personaje icónico y de una personalidad tan arrolladora, que sólo está al alcance de algunos personajes de ficción. Es difícil imaginarse un personaje tan complejo, sensible y con tanta obra y tan magnífica a sus espaldas habiendo vivido tan poco. Sus distintas facetas, y el misterio que envuelven su muerte y asesinato, nos permiten fantasear con cien mil historias sobre lo que realmente ocurrió y de lo que podría haber sucedido de haber seguido con vida", comenta.

"Su poesía y obras", prosigue este dibujante granadino, "son tan visuales y de una sensibilidad tan extrema, que creo que difícilmente haya en el mundo nadie que haya inspirado a su vez muchas más obras de otros tantos genios. Hoy día, se repiten de nuevo ciertos movimientos sociales, políticos o yo qué sé, que según palabras de mi amigo Carlos Hernández, granadino de pro, si Lorca naciera de nuevo, lo volverían a fusilar. No sé si porque esto es cíclico, se dan las circunstancias idóneas para ello, o qué, pero lo cierto es que los creadores no somos indiferentes a ello".

El propio Hernández, que considera a Lorca casi un subgénero en sí mismo, cree que la clave está en "que su obra y su vida giran en torno a una gran pasión por el arte, la música, el teatro y la poesía. Su aportación a nuestra herencia cultural es tan enorme que no es de extrañar que atraiga e inspire a todo tipo de artistas de todos los ámbitos". Por otro lado, el dibujante cree que, a pesar de todo, sigue siendo un gran desconocido. "Como contaba Cercas en el prólogo de su ‘Anatomía de un instante’, una encuesta en Reino Unido revelaba que una cuarta parte de la población pensaba que Winston Churchill era un personaje de ficción. Este mecanismo que aleja de la realidad a ciertas figuras importantes de la Historia, rodeándolas de una serie de "certezas" inventadas, o de realidades apócrifas, explica muchas veces el alto nivel de desconocimiento y simplificación alrededor de la vida y significado de Federico García Lorca", añade.

"La obra de Federico bebe de lo universal"
Tampoco la narrativa ha sido indiferente al magnetismo de este personaje, como demuestran obras como ‘Granada 1936’ de Manuel Ayllón o ‘Los amores oscuros’ de Manuel Francisco Reina, entre otros. El escritor barcelonés Víctor Amela es el último que se ha inspirado en la figura de García Lorca para escribir una novela. ‘Yo pude salvar a Lorca’ (Destino) reconstruye la vida de Manuel Bonilla, su abuelo, labriego y pastor de la Alpujarra convertido en pasador clandestino de personas de un lado al otro del frente de guerra de Granada, y que vivió de cerca el fusilamiento del poeta. "La obra de Federico está impregnada de su duende. Y su duende proviene del fondo de los siglos, del corazón de la tierra, es perenne, bebe de lo más hondo de lo humano, y por eso es universal, palpitante en toda época y lugar, capaz de fascinar a Leonard Cohen en Montreal y a cualquier chino o sueco que tenga sensibilidad", asevera.

"¿No veis a Federico sonreír tras cualquiera de los videoclips de Rosalía, lorquiana sin saberlo, o sabiéndolo?", se pregunta Amela. "Y en los cantes de Poveda, en el ‘Omega’ de Morente, y por todos lados a los que mires y haya algo de arte. Casi no se puede hoy ser artista sin conectar con Lorca. Porque el artista es el que hace visible lo invisible, y ahí está Federico García Lorca con la santa Alegría y la reverenda Pena: canta por y para todos los Descartados del Mundo: los Gitanos, los Moriscos, los Negros, los Pobres (buenos), los Epénticos (Homosexuales) y las Mujeres. ¡Las Mujeres constreñidas, sojuzgadas, y, entre ellas, las más penalizadas y despreciadas, las Yermas! Las que no pueden ni podrán -¡como Él mismo, ¡qué bien entendía su Pena!, hubiese querido hacer-, no pueden ni podrán saber de la felicidad muda de derramarse en otra criatura viva. ¿Quién no conecta con eso, por poco que haya sufrido un poco? ¿Quién no va a conectar con Federico en cualquier punto del Planeta si está vivo y es sensible? Y por eso es que Federico vive en nosotros, bien lo dijo Machado al saber del asesinato de su admirado discípulo: la sangre de Federico no la seca el tiempo".

sábado, 29 de junio de 2019

#hemeroteca #homosexualidad #memoria | "Epentismo": Así era la «masonería gay» del 27

La Razón / Víctor María Cortezo, Blanca Pelegrín, Luis Cernuda, María del Carmen García Lasgoity, Manuel Altolaguirre y María del Carmen Antón, verano de 1937 //

"Epentismo": Así era la «masonería gay» del 27.

Los poetas homosexuales de la época, forzados a esconder su tendencia sexual, crearon códigos de reconocimiento entre ellos, de los que, el más llamativo, fue la invención de Lorca de una palabra que les sirviera, en tono jocoso, para definir su mutuo entendimiento.
Gonzalo Núñez | La Razón, 2019-06-29
https://www.larazon.es/cultura/epentismo-asi-era-la-masoneria-gay-del-27-HA23984113/ 

Si colocáramos en fila todas las palabras y expresiones que, a lo largo de la historia, han servido de eufemismo a la condición de homosexual, habría suficientes letras como para recubrir no una, sino dos, tres o cuatro plazas de Chueca. Nada como «el amor que no osa decir su nombre» (Oscar Wilde) se ha expresado con más cantidad de silencios, sobreentendidos, medias palabras o nombres encubridores, caretas y máscaras de una orientación reprimida. Muchos han sido los idiomas y las contraseñas de la homosexualidad a lo largo de la historia, el idiolecto de los «entendidos», fuese éste un lenguaje gestual, social (ropa, hábitos compartidos, etcétera) o realmente fonético. En el Londres de los 50 y 60, por ejemplo, el Polari (contaminado del italiano y las lenguas romances) se convirtió en el «slang» de los maricas de la la metrópoli británica. Y en Estados Unidos, el enorme éxito de «El mago de Oz» llevó a los gays a usar la expresión «amigos de Dorothy» («Friend of Dorothy», abreviado como FOD) para vincularse y reconocerse en medio de un entorno hostil.

Intelectuales y torerillos
Y así llegamos al «epentismo», que sería la palabra clave, el «amigo de Dorothy» de la intelectualidad homosexual española de los años 30: la contraseña con la que se engarzaban y se parodiaban Federico García Lorca y el círculo de invertidos, muchos de ellos grandes poetas, que pululaban por el Madrid a caballo entre la dictadura de Primo de Rivera y la II República. Lo primero que habría que decir es que el «epentismo» no es un fenómeno extendido. Es más bien la broma interna de una serie de creadores que, como era habitual en la época, escondían de puertas afuera su orientación sexual. Pero estos «epentes» no eran moco de pavo: Lorca, Vicente Aleixandre, Luis Cernuda, Carlos Morla Lynch, Eduardo Blanco Amor, una galaxia a la que se sumaban como satélites aquella cofradía de amigos homosexuales de distinta extracción (a veces hasta buscavidas o torerillos) que tenían algo en común: el pecado nefando.

A Luis Antonio de Villena, fue un ya anciano Vicente Alexandre quien le puso en antecedentes de aquel término: «''Epentismo'' y ''epente'' eran (según todos, pero yo lo supe primero por Aleixandre) términos inventados por Federico para aludir a la homosexualidad o a los homosexuales en contextos donde la palabra –en los años 30 y aún con la libertad de la República– eran indecibles. Por ejemplo, todos sabían (en intimidad) que el gran erudito José María de Cossío era homosexual, pero eso era secreto y nadie lo hablaba. Así, en una comida Federico le decía a Vicente: ''He oído que Cossío es un gran estudioso del epentismo. ¿Tú lo sabías?''. Y Aleixandre contestaba: ''Sí, lo sabía. Sé que lo ha estudiado mucho. Es un ''epente'' muy notable''».

El origen: «intercalar»
Buena parte de lo que narra Ian Gibson en «Lorca y el mundo gay» le viene de sus conversaciones con Luis Antonio de Villena, que trató a Aleixandre y Blanco Amor ya en los años 70 y quienes le confiaron mucho de sus vidas privadas. Pero el biógrafo del poeta granadino añade datos jugosos, como la raíz etimológica y la metáfora que dio pie a la palabra: según el británico viene del griego «epéntesis», o sea, «intercalar», y añade Gibson que se trata de una «figura de dicción, según la Real Academia de la Lengua, que consiste en añadir algún sonido dentro de un vocablo, como ''coránica'' por ''crónica''». El hecho de consistir en una intercalación ya da idea de por dónde iban los tiros de la palabra «epente». Según Saiz de la Calzada –añade siempre Gibson–, se referiría también con el término «a los que crean, pero no procrean».

«¡Somos la gran masonería epéntica!», solía decir Lorca con humor. Las cartas entre todos ellos ofrecen ejemplos del uso jocoso de esta palabra. Letras de Lorca a Aleixandre, a Blanco Amor... Y, desde luego, a Rafael Sánchez Nadal, gran íntimo amigo del poeta. «El epentismo granadino es ya epidemia. ¡Qué barbaridad!», le escribe a este último en una misiva en 1934.

Y es que, más allá de los, digamos, socios preferentes, en el círculo del «epentismo» se movían, como es natural, los amantes pasajeros de estos artistas. Algunos incluso rebotaron de unos a otros. Ese fue por ejemplo el caso de Serafín Fernández Ferro, un gallego de familia de anarquistas y formación autodidacta que se ganaba la vida a los 17 años en Madrid ejerciendo todo tipo de profesiones, incluida la de chapero. Fue en el café El Universal, en 1931, cuando conoció a los «epentistas». Según el relato de los orígenes de esa relación, parece ser que el gallego se acercó a Lorca y Rafael Martínez Nadal, y les pidió un pepito de ternera porque llevaba días sin comer. Se supone que se insinuó al poeta andaluz, pero éste rechazó la oferta, aunque otras fuentes indican que pudo tener un «affaire» con él más tarde. Lo que está claro es que Lorca le procuró contactos para trabajar y le consiguió un amante fiel: Luis Cernuda. Morla Lynch describe a Serafín Fernández como un bello muchacho de cara «chispeante, simpática y agraciada. Pequeño de estatura, pero proporcionado, de cabellera ondulada y de tez ligeramente broncínea, tiene esa expresión, entre risueña y dolorida, propia de los adolescentes que acaban de atravesar por una infancia triste», según dejó escrito el músico y diplomático, de orígenes acomodados, pero que se sentía cómodo con las clases más populares.

El dinero de Cernuda
Cernuda lo adoptó y financió, y Serafín se dejó querer, tanto que Aleixandre, otro de los «epentes» a quien Lorca recomendó el chaval y que presenció la toxicidad de la relación, llegó a calificarlo de «un chulito de barrio que le hizo sufrir mucho, pues el pobre Luis se enamoró perdidamente y el tal Serafín le hacía poco caso, salvo para pedirle dinero». Sin embargo, este «chulito de barrio», según su descripción, tocó en el poeta sevillano las cuerdas precisas para extraer de él un poemario que se encuentra entre lo más alto de nuestra lírica, «Donde habite el olvido». Blanco Amor también lo tuvo bajo su tutela, y se supone que tuvieron una relación, pero sus recuerdos de Serafín no eran halagüeños y se desconoce si dejó algún fruto literario. El joven gallego acabaría inmerso en el mundo del teatro y, al haber compartido ambiente con los escritores, probó suerte en la poesía. En 1939 tuvo un pequeño papel en «L’espoir-Sierra de Teruel», de Malraux, y luego se le pierde la pista en México.

La guerra disgregó aquella «masonería gay» que refulgió en los años 30. El triste destino de Lorca ya se sabe que hay que buscarlo bajo tierra, quizá cerca de Víznar, donde fue asesinado, mientras Blanco Amor se exilió a Argentina hasta 1965. Cernuda acabó sus días en México presa de otro amor totalizante por un fornido culturista que le inspiró la maravillosa «Palabras para un cuerpo», a Ernesto Guerra de la Cal, otro «epente», la guerra le pilló en Nueva York y en aquellos lares se quedó. Por último, a Aleixandre le tocó en suerte el exilio interior y custodiar la memoria de aquella cofradía de talentosos homosexuales que nunca pudieron decir demasiado alto el tipo de amor que cultivaban.

Morla Lynch, el diplomático y los «garzones»
Por los salones de su distinguida casa del barrio de Salamanca, con vistas al Retiro, pasó lo más granado de la intelectualidad y la literatura española de la Edad de Plata. Carlos Morla Lynch, fue embajador de Chile en España entre 1928 y 1939. Nacido en París en 1888 era conservador, cercano a los falangistas y hasta admirador de Hitler en los años 30, pero todo ello no obstaculizó su admiración y amistad con los «epentistas» y, especialmente, con Lorca, ese granadino que describe como «guasón, bromista, chacotero, disipador de nubarrones», según sus palabras. Llegó a Madrid en 1928 por primera vez y regresó en 1930 tras residir en varios países. Hombre de mundo y elegante, sintió siempre, sin embargo, una querencia hacia las clases bajas y cultivó amores con todo tipo de jóvenes de humilde extracción. Como escribe Andrés Trapiello esa «afición a los guapos garzones le franqueó las puertas del muy clandestino club del que eran socios Lorca, Cernuda y otros artistas del 27».

«El Público», para buenos entendedores
Francisco Umbral veía a Lorca «el cantor de las tres grandes razas postergadas de nuestra civilización: los gitanos, los negros y los homosexuales». Pero, respecto a esta última, ni Lorca hizo gala de esta condición, por no ser aceptada en la época, ni sus obras se pueden leer directamente desde su homosexualidad. Aunque en todo su trabajo hay trazas de ello y de sus amores (como en «Los sonetos del amor oscuro», escritos bajo la influencia de Rafael Rodríguez Rapún), fue con la obra de treatro «El público» donde más cerca estuvo el escritor de mostrar su condición sexual. Eso sí, lo hizo a través de una dramaturgia rupturista, nada clásica, mostrando tanto como escondiendo. Sin embargo, Lorca llegó a proyectar un drama, éste sí realista, tradicional, sobre el asunto de la homosexualidad. Se iba a llamar «La bola negra» y en él quedaría claro el tema. Pero nunca llegó a escribirse.

jueves, 1 de septiembre de 2016

#hemeroteca #homosexualidad | Vida íntima de Vicente Aleixandre

Imagen: El Mundo / Vicente Aleixandre
Vida íntima de Vicente Aleixandre.
La publicación de 'La memoria de un hombre está en sus besos', de Emilio Calderón, recupera los amores del Premio Nobel.
Luis Antonio de Villena | El Mundo, 2016-09-01
https://www.elmundo.es/cultura/2016/09/01/57c72c9246163f865e8b4581.html

La editorial barcelonesa Stella Maris otorgó su segundo premio de Biografías y Memorias, allá por febrero, a una biografía de Vicente Aleixandre realizada por un escritor no muy popular, Emilio Calderón, que nunca conoció a Aleixandre, lo que, con todo, es secundario. El libro se titula (un verso del poeta) ‘La memoria de un hombre está en sus besos. Vicente Aleixandre. Biografía’. En un país tan poco dado a las biografías veraces y que no tiendan a convertir al biografiado en una sacra estatua de mármol, toda biografía con visos de verdad (aunque tenga lagunas y zonas peor que ambiguas) es bienvenida y despierta curiosidad.

Existían dos breves biografías de Aleixandre publicadas en vida del autor y ambas hechas al gusto -muy puritano en público- de Vicente, por dos muy cercanos amigos, la de Leopoldo de Luis (1971) y la de Antonio Colinas (1978) [i.e. 1977]. Siendo buenas, son biografías sólo fiables en lo superficial, pues recogen lo que Aleixandre quería que se dijera de él, y su vida sexual y amorosa -muy importante en su vivir- prácticamente no sale. Alguna vez amigos muy cercanos a Vicente comentamos lo importante que será su correspondencia cuando se edite entera (está lejos) y una biografía que no atendiera a la en apariencia muy anodina vida del poeta y premio Nobel Vicente Aleixandre (1898-1984) sino a su vida interior e íntima que él procuraba celar fuera del estricto circuito gay y amistoso, las dos cosas...

Para la mayoría, la clave básica de Aleixandre está en saber si fue o no homosexual, como tanto se decía. Vicente fue bisexual hasta los 28 años, según narraba él mismo y homosexual después. Cuando su antigua amante alemana Eva venía a verle en la postguerra (ya no había nada sexual), Vicente aprovechaba esa visita como escudo. Pero te decía que ni Dámaso Alonso ni Pedro Sáinz Rodríguez mentían cuando aseguraban que, de jóvenes, habían ido de putas con Vicente. Era verdad. Tanto como sus amores masculinos posteriores (José Manuel, Andrés) que a los amigos nos detallaba. Más cauto era con los amores de postguerra, dentro del chalet de Velintonia, y cuyo nombre cimero y muy oculto en vida de Vicente (aunque el otro jamás calló en intimidad su pasión y admiración por el poeta) fue Carlos Bousoño, alto teórico y poeta algo preterido tras una larga vejez.

Uno de los ‘descubrimientos’ básicos del libro de Calderón es la carta de amor de Aleixandre -hay más o las hubo- a ‘Carlitines’. Un fragmento de esa carta: "Qué bonito estás Carlitines. Qué guapo y qué dulce para mi amor". Esto no es nuevo para ningún íntimo de Vicente, pero sí y mucho para el público en general. Aleixandre "epente" según la denominación lorquina de gay. No fue Bousoño el único en la postguerra, yo mismo sé otros nombres, pero Vicente era más reservado al hablar de lo cercano que de lo lejano.

Un grave error de Emilio Calderón es haber buscado la protección de los actuales herederos de Aleixandre (una sobrina nieta y el amigo que la apoya) cuando todos sabíamos lo mal que Vicente se llevaba con quien fue su segundo heredero -tras su hermana Conchita-, el primo ingeniero de caminos, padre de los actuales. En honor de aquel señor hemos de decir que aunque no apoyara en exceso a su primo, mantuvo en todo una discreta distancia. Cuando en 1988 y en un libro de la Universidad de Sevilla titulado ‘A una verdad’ yo hablé de la homosexualidad de Aleixandre, creo que por vez primera en público, a propósito de los recuerdos ‘cernudianos’ que el propio Aleixandre me había referido, el ABC de la época armó un cierto barullo llamándome "traidor a una amistad". El heredero y primo nada dijo. Pero claro, en el libro los amigos de los actuales herederos se buscan y eligen, mientras que se procura preterir a quienes defendimos que Conchita había regalado a Bousoño sus papeles personales siguiendo la voluntad del finado.

Bousoño y su ahora viuda, Ruth, son los poseedores legítimos de esos papeles según sentencia ratificada por el Tribunal Supremo, que no gusta al bando de los herederos. ¡Pobre Aleixandre al cabo, el más perjudicado sin duda!

La biografía vale porque sobreabunda en datos personales, familiares y literarios, aunque deja muchas lagunas (subsanables) sobre una intimidad revelada en lo básico, pero aún con notables sombras. Vicente fue un ser humano espléndido que llevó con dignidad una etapa muy difícil.

jueves, 10 de noviembre de 2011

#hemeroteca #federicogarcialorca #homosexualidad | Lecturas homoeróticas de García Lorca

Federico García Lorca, Madrid, 1934
Lecturas homoeróticas de García Lorca.
Luis Antonio de Villena. Escritor | I Encuentro de Internacional de Escritores: Lorca, viajero por América, 2011-11-10
http://www.casamerica.es/literatura/lorca-viajero-por-america
Texto: Centro Virtual Cervantes
https://cvc.cervantes.es/literatura/lorca_america/lorca_lecturas.htm

Circunstancias casuales (o no tanto) de la vida y el hecho de que Federico García Lorca fuera asesinado en trágicas circunstancias de guerra con 38 casi recién cumplidos, hizo que yo llegara a conocer —y en dos ocasiones con mucha intimidad— a notables personajes que habían sido muy amigos del propio Federico. La mayoría de las cosas que sé sobre la intimidad homoerótica de Lorca (con anécdotas casi «incontables») me las narraron ellos en largas tardes y años de conversaciones íntimas. Ellos también eran gais (como Federico) y sabían que estábamos entre amigos, porque fuera de tal amistad jamás hablaban de ese tema. Esos amigos comunes —la frase suena rara también para mí— fueron: Vicente Aleixandre (con el que compartí catorce años de muy estrecha relación amistosa), Rafael Martínez Nadal —el depositario de los manuscritos de ‘El público’— al que conocí algo más tarde, pero con quien la cordialidad fluía rápida, porque había algo en Rafael (esa misma cordialidad) que propiciaba la confidencia. Y finalmente —y lo traté menos— el escritor gallego (exilado en Argentina muchos años) Eduardo Blanco-Amor, al que conocí en sus años últimos, y siempre en el Café Gijón de Madrid, presentado por un simpático médico gallego, Juan Haguindey de nombre, que hacía por entonces (finales años 70) «mala vida» en la noche madrileña, de donde —lo confieso— vino mi trato y el hecho de que él me presentara a Blanco-Amor…

Blanco-Amor era un viejito lúcido y muy cordial (me parece que murió a fines de 1979) que conoció al Lorca de La Barraca. Les unió «el epentismo», más al pronto que la misma literatura... «Epentismo» y «epente» eran (según todos, pero yo lo supe primero por Aleixandre) términos inventados por Federico para aludir a la homosexualidad o a los homosexuales en contextos donde la palabra —en los años 30 y aún con la libertad de la República— era indecible. Por ejemplo, todos sabían (en intimidad) que el gran erudito José María de Cossío era homosexual, pero eso era secreto y nadie lo hablaba. Así en una comida Federico le decía a Vicente: «He oído que Cossío es un gran estudioso del epentismo. ¿Tú lo sabías?». Y Aleixandre contestaba: «Sí, lo sabía. Sé que lo ha estudiado mucho. Es un epente muy notable». (De este modo me lo narró una de tantas tardes en su casa Vicente Aleixandre). Curiosamente Lorca dejó un testimonio escrito de esa palabra en un soneto dedicado al modernista uruguayo Julio Herrera y Reissig, prototipo de alambicado simbolista, decadente y aún protosurrealista, pero no «epente», que sepamos. Como de 1934 (pero puede ser aún posterior) se fecha el soneto «En la tumba sin nombre de Herrera y Reissig en el cementerio de Montevideo» en la edición de ‘Sonetos’ de Lorca que editó en 1996 la editorial Comares y la Fundación Federico García Lorca, en Granada. El primer endecasílabo del citado soneto (hecho como otros poemas al uruguayo para un número homenaje que le pensaba dedicar, pero no hubo tiempo para hacerlo, la revista de Neruda ‘Caballo Verde para la Poesía’) dice así: «Túmulo de esmeraldas y epentismo...». Ahí está el término y no lo conozco escrito en ningún otro sitio de la época. «Epéntico» (no epentismo) viene en el diccionario de la RAE, pero como adjetivo de «epéntesis», que es una figura de dicción, que consiste en añadir un sonido. Como se ve, nada que ver con «epentismo» (que no epéntesis) o «epente» que no «epéntico». No creo que los matices lingüísticos fueran a propósito, pero salieron bien.

Unidos por el epentismo y la literatura, Blanco-Amor vio los amores de Lorca (ya en 1935) con un muchacho gallego que trabajaba en La Barraca. A ese chico Lorca le dedicó los «Seis poemas galegos» de ese mismo 1935, en los que Blanco-Amor hubo de ayudarle, pues Federico no sabía gallego...

Rafael Martínez Nadal (que murió muy viejo, en 2001) fue un interesantísimo testigo de su época y del exilio en Inglaterra. Profesor de Literatura, escribió sobre Lorca, sobre Cernuda, y sobre él mismo colaborador (con pseudónimo) de la BBC antifranquista. Aficionado a los deportes y homosexual también (según Aleixandre) Rafael nunca hablaba de él mismo —estaba casado y tenía hijos— sino de la normalidad con la que veía y trataba a sus amigos homosexuales, como lo hacía el embajador de Chile y común amigo de casi todos, Morla Lynch. Conocía Rafael todo sobre la vida sexual de Federico (de nuevo, según Aleixandre, porque él la propiciaba o la compartía). Aleixandre —que después de la guerra no se hablaba con Martínez Nadal—, (incluso le tenía un pequeño encono) me contó que, sobre el año 35, estando él sentado en un café madrileño con Dámaso Alonso, cuya homofobia era bien conocida, aparte de los tardíos testimonios que aportó Cernuda que lo detestaba, vio pasar por otro extremo a Martínez Nadal que saludó a Vicente con un gesto de la mano. Entonces Dámaso le preguntó: «¿Quién es ese?» Y Vicente le contestó que un amigo muy cercano de Federico. Parece que Dámaso añadió: «Será maricón, entonces...» A lo que Vicente respondió, tratando de echar un cable: No lo creo. Es un hombre muy viril. Enormemente aficionado al deporte, incluso al boxeo. A lo que Dámaso habría replicado, inmisericorde: «Esos son los peores». La conversación, claro está, cambió de tercio. Martínez Nadal que, según él, conservaba muchas cartas cariñosas y agradecidas de doña Vicenta, la madre de Federico, por lo bien que se había portado con su «Federiquito», no se llevaba bien, al final, con la familia García Lorca, entre otras cosas (no pretendo saber todas las razones) porque, estando en Londres, les mostró a Francisco García Lorca (hermano del poeta) y a su mujer, Laura de los Ríos, el manuscrito de 'El público'. Se lo mostró para que vieran su autenticidad pero se negó a prestárselo... Hasta ahí sé. El caso es que además de 'El público' y algunos otros papeles creativos sueltos, Martínez Nadal poseía un enorme epistolario de Federico dirigido a él mismo y en parte publicado y autocensurado por el propio Rafael. Lo curioso es que al menos algunas de las cosas censuradas de cara al público —algunas— eran habladas con total naturalidad en privado. A fines de 1981 yo le leí en su casa de «El Olivar» a Martínez Nadal páginas de mi libro de memorias noveladas ‘Ante el espejo’ que se publicaría —con poco gusto de mi madre— en 1982. Leí para Rafael las partes más íntimas de contenido homoerótico. Al acabar, él me las alabó con enorme generosidad y me animó a publicarlas. «Será bueno para todos», me dijo o algo muy parecido. Poco después añadió que como yo le había hecho un bonito regalo leyéndole aquellas páginas de mi libro, él no quería dejar de corresponderme y me iba a hacer otro pequeño regalo... No dijo cuál. Salió un momento del salón, y al poco volvió con una carpeta clásica en la mano, una carpeta de cartón azul. Yo sólo la vi, no la toqué. De pie, Rafael pareció buscar entre los papeles que había dentro, y de repente me extendió una cuartilla escrita a mano por las dos caras y que empezaba diciendo «Querido Rafael». Me di cuenta antes de ver el «Federico» final, que se trataba de una carta de García Lorca fechada en Nueva York (creo recordar) a fines de 1929. Todo el misterio de la carta estaba en que Federico le contaba a su amigo —con alguna expresión muy viva— que la noche anterior había participado en una orgía con varios negros. Al final de la carta, incluso después de la firma, una línea decía: «Cuando la leas rómpela». Cuando Martínez Nadal vio que yo había completado la lectura y levantaba los ojos hacia él, me dijo sonriente: «Y la voy a romper». Será fácil imaginar mis inmediatas protestas. Le dije que yo entendía que la hubiese roto entonces (cuando la recibió) pero que si la había guardado tantos años sería por algo y que no la debía romper ya. No recuerdo bien las razones que argumentó pero el resultado era el mismo: Llegado el momento, la rompería. Tuve en las manos esa carta y la leí, nunca más la he vuelto a ver ni sé qué ha sido de ella y a buen seguro de otras más o menos similares en el recuento de la sexualidad…

Cuando llegó el centenario del nacimiento de Lorca, en 1998, cené un día con su biógrafo por antonomasia, Ian Gibson, que quería que yo le contara lo que sabía de Lorca por sus amigos. Vicente Aleixandre y Blanco-Amor habían muerto ya, pero Martínez Nadal (al que por entonces yo veía menos) no. Conté a Gibson lo que antecede y lo vi lleno de interés. Martínez-Nadal (me dijo) nunca jamás había querido entrevistarse con él y nunca lo hizo. Gibson me dijo si podía añadir mi relato a su libro, y le respondí que por mí sí. Pero que si Martínez Nadal decía que yo mentía (aunque nunca lo supuse) su palabra tendría lógicamente más valor que la mía. Gibson añadió mi relato con todo detalle a su renovada biografía de Federico García Lorca, que se reeditó en 1998 y Martínez Nadal nunca dijo nada. Que se enteró del libro lo supe por varios amigos comunes y porque en las pocas ocasiones en que lo volví a ver estuvo algo más distante conmigo, dentro de la cordialidad. Nuestros momentos cenitales habían quedado en todo lo largo de los 80. Según Aleixandre me explicó en su día, el pudor «epéntico» de Martínez Nadal no procedía de una salvaguarda de Federico, de quien cada vez se sabía más, sino de un pudor hacia sí mismo. Yo ni agrego ni quito.

Vicente sí me pareció siempre el gran amigo de García Lorca. Jamás lo llamaba por sus apellidos (por mucho que hablásemos de él y hablamos mucho) siempre era «Federico». Me habló de sus manías dilapidadoras —dejar un taxi esperando en la puerta mientras estaba más de una hora con Vicente—, su falta de simpatía por Miguel Hernández (no compartida por Aleixandre), sus gustos sexuales «pasivos» y sobre todo la historia con quien Aleixandre calificaba como «el gran amor frustrado» de su vida, Emilio Aladrén, escultor joven, al que dedicó un poema en el ‘Romancero gitano’ («El emplazado»). Según Aleixandre la pasión había sido total y real, y se había cumplido por primera vez en un fin de semana que pasaron en Ávila. Desde allí Federico llamó por teléfono a Vicente por la mañana para darle la buena nueva. Pero Aladrén era bisexual y no gay y terminó yéndose con una mujer al parecer, como él, muy atractiva. Federico sufrió tanto por esa separación o ruptura que fue eso (el deseo de curación y lejanía, y en eso también coincidía con Martínez Nadal) lo que le llevó a Nueva York y en ningún caso la voluntad de aprender inglés... Con frecuencia (solía terminar Aleixandre, que admitía que Federico iba a menudo con algunos chicos por dinero) Lorca se enamoraba de muchachos que no eran homosexuales o no principalmente y él tenía muy claro que esa fue su personal y reiterada tragedia.

Podría añadir muchísimos más detalles (incluso alguno levemente picante) de entre los muchos que Aleixandre me fue refiriendo en tantos años, pero creo que lo narrado es suficiente para que entendamos dos cosas: Federico fue natural y totalmente homosexual y (segunda) a nivel superficial él vivió esa condición, entre sus amigos más próximos, con entera naturalidad y sin problemas aparentes... Y sin embargo el lector de Lorca, sabe que la homosexualidad (tan visible en su obra) no dejaba de tener sesgos problemáticos para el poeta. ¿Por qué?

En primer lugar —y es preciso tener en cuenta la época— la familia de Lorca o no sabía la condición sexual del poeta o le parecía negativa y procuraba ocultarla. Es obvio que Lorca tuvo temor y respeto en vida por su familia... Después de su asesinato podía (y debía) haber sido distinto, pero la realidad es que tardó mucho en serlo. Su hermano Paco —según me ha narrado su propia hija Laura— «no llevaba bien» la homosexualidad de su hermano. Y su hermana Isabel (a la que conocí) lo negó mientras pudo, hasta que muy a la postre no pudo oponerse a las evidencias, pero aún entonces era un tema del que eludía hablar. Además ¿qué podría saber ella, de verdad, de la vida privada y sexual de su hermano? En aquella época (y no sé si ahora) un hermano adulto no hablaría nunca ni una palabra de esos temas con la hermana más chica. Federico hubo de sortear siempre el problema familiar, y aún así fue más valiente de lo que se supone, pues la «Oda a Walt Whitman» (de ‘Poeta en Nueva York’) se editó en 1935, en Madrid, en una bella «plaquette». No fue un poema conocido solo «post mortem», ni mucho menos... Por lo demás, y como he demostrado en un trabajo editado varias veces: «La sensibilidad homoerótica en el ‘Romancero gitano’», ‘Revista Turia’, 1998 y ‘Revista Digital Castilla’ de la Universidad de Valladolid en 2011, he dejado claro, me parece, y sin alusión ninguna a su vida privada, que los ejes semánticos de todos los poemas del ‘Romancero’ son una continua celebración de la virilidad y de la belleza masculina, hombres o mozos... ¿Cómo entender sino esto?: «Niños de cara impasible / en la orilla se desnudan, / aprendices de Tobías / y merlines de cintura...» O esto otro: «Moreno de verde luna / anda despacio y garboso. / Sus empavonados bucles / le brillan entre los ojos». Y más: «Lo que en otros no envidiaban, / ya lo envidiaban en mí. / Zapatos color corinto, / medallones de marfil / y ese cutis amasado / con aceituna y jazmín. / ¡Ay Antoñito el Camborio / digno de una Emperatriz». Los ejemplos se podrían repetir casi «ad nauseam» pero no hace falta. El que no tiene anteojeras ya lo ha visto... Otra cosa es la posterior «Oda a Walt Whitman», espléndido poema, sin duda, en el que se enfrentan dos tipos contrapuestos de homosexualidad. De un lado la pura homosexualidad de los camaradas (la que Whitman buscaba) o la de «el niño que escribe / nombre de niña en su almohada, / ni contra el muchacho que se viste de novia / en la oscuridad del ropero, (...) pero de otro está, y de ella abomina y contra ella va, la homosexualidad de los “maricas de las ciudades, / de carne tumefacta y pensamiento inmundo...”». Sin embargo hoy sabemos bien que la homosexualidad que Lorca vivió plenamente como adulto era precisamente la que condena, la del «pensamiento inmundo», la del «marica» de la ciudad... ¿No hay en este poema una profunda contradicción en Lorca, que hace que muchos homosexuales no se reconozcan en él, pese a la belleza del texto? Sin duda. Este poema muestra, como ninguno, que una parte muy profunda de García Lorca (ya sabemos que la superficial no) vivía la homosexualidad como un personal, íntimo conflicto. Unos lo ponen en relación con la idea de un Lorca «afeminado» en sus gustos homoeróticos, que llega a sentir en sí mismo la tragedia (hoy diríamos que antigua) de ‘Yerma’. La «pasividad» de Lorca, el no hallar el amor de hombres no homosexuales sería otra una parte sustancial de este conflicto íntimo, muy hondo. Será ya muy difícil sino imposible resolverlo de veras. Pero (como el elogio a la belleza moceril) está y es evidente.

Creo que aún faltan estudios profundos —habiendo ya algunos— sobre el mundo y el sentir homoeróticos en la obra total lorquiana. Y creo, ítem más, que aún es tiempo de completar sexual y sentimentalmente su biografía y saber (por ejemplo) qué ha sido de las cartas que Martínez Nadal no publicó y aún qué textos o párrafos suprimió en su libro de recuerdos y correspondencia (lujosamente editado) ‘Federico García Lorca. Mi penúltimo libro sobre el hombre y el poeta’, Editorial Casariego, Madrid, 1992. Por ejemplo, en una carta escrita por Lorca a Rafael desde Granada a Madrid a su vuelta de América le dice, al final: «tengo muchos versos de ‘escándalo’ y teatro de escándalo también». (...) «Aquí en Granada me divierto estos días con ‘cosas deliciosas’ también. Hay un torerillo...». Y aquí se corta la carta, porque el propio Rafael la autocensura. ¿Se podrá conocer entera? ¿Habrá muchas más como la de la orgía de negros, que vi y no he vuelto a ver más? Queda mucho íntimo Lorca por dirimir y tanto la altura del hombre y del poeta, como la claridad y normalidad de la vida homosexual (sometida a tanto mal trato y tapujo) lo precisan y lo merecen. Mi testimonio, básicamente, opta por ello. Por ver a Lorca finalmente sin penumbra...