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jueves, 2 de mayo de 2019

#hemeroteca #lenguajeinclusivo | ¿Qué tiene que pasar para que usemos el femenino para referirnos a hombres y mujeres?

Imagen: El País
¿Qué tiene que pasar para que usemos el femenino para referirnos a hombres y mujeres?
Los cambios en gramática son lentos, difíciles y no se pueden controlar.
Jaime Rubio Hancock | Verne, El País, 2019-05-02
https://verne.elpais.com/verne/2019/03/18/articulo/1552902519_086128.html

-Hola a todos.

Esta frase es correcta si me refiero a 20 hombres. O a diez hombres y a diez mujeres. O a 19 mujeres y un hombre.

En español, el masculino puede usarse para referirse tanto a ellos como a ellas, mientras que el femenino solo se usa para ellas. ¿Esto podría cambiar en un futuro? ¿Podríamos acabar usando también el femenino para referirnos a grupos de hombres y mujeres? ¿La RAE acabaría admitiendo este cambio si todos (¿todas?) usáramos así el femenino?

Por qué no es correcto
En su 'Libro de estilo de la lengua española', la RAE explica que el masculino en español es el género no marcado. Es decir, es la forma por defecto y considerada más o menos neutral. Igual que en otros idiomas, la forma no marcada funciona tanto para el femenino como para el masculino.

No es algo que ocurra solo con el género, como explica a Verne Pedro Álvarez de Miranda, miembro de la Real Academia Española y autor de 'El género y la lengua'. También pasa con el singular y el plural: el singular es el número no marcado y puede asumir la representación del plural en frases como “el perro es el mejor amigo del hombre”, en la que no nos referimos a un perro en concreto sino a todos en general.

Lo mismo ocurre con los tiempos verbales y el presente. El tiempo no marcado, el presente, puede usarse para el pasado ("la Revolución Francesa comienza en 1789") y para el futuro ("la semana que viene no voy a trabajar").

Álvarez de Miranda explica que es muy posible que el origen de esta característica de la lengua está “en que la sociedad ha sido en buena medida androcéntrica o patriarcal”. Pero también apunta que “es ingenuo pensar que vamos a cambiar la sociedad por cambiar el lenguaje. En todo caso, será al revés”.

¿El femenino podría llegar a usarse para hombres y mujeres?
Cuando Pedro Sánchez nombró a una mayoría de ministras en su Gobierno, se mencionó la posibilidad de hablar del Consejo de Ministras. No cuajó, pero Fundéu recordó que "cuando estos usos se generalicen” y los hablantes “entiendan que el femenino es más adecuado que el masculino en algunas situaciones y lo empleen así”, la RAE, “notaria de la lengua, previsiblemente registrará que el masculino ya no es la única forma correcta de referirse a un grupo mixto".

Pero esto no es nada fácil, sobre todo si tenemos en cuenta que hay más de 480 millones de personas que tienen el español como lengua materna: “Los cambios en el sistema gramatical son lentísimos -explica Álvarez de Miranda-. Pueden durar siglos”. Coincide en este punto María Márquez, profesora de la profesora de la Universidad de Sevilla y autora del libro 'Género gramatical y discurso sexista', que añade que los cambios se deciden en el uso de los hablantes. Son ellos quienes decidirán qué soluciones son “las más eficaces, económicas, claras y precisas”. Estos cambios, apunta, no se llevan a cabo por un acuerdo, sino que son “inconscientes y progresivos”.

No es lo mismo que introducir un neologismo, que puede tener éxito más o menos rápido, dependiendo del término y del contexto, como tuitear, walkman o televisión: “La gramática es la columna vertebral de la lengua”, recuerda Álvarez de Miranda. Podemos incorporar una palabra y luego dejar de usarla si ya no es útil, pero los cambios en la gramática afectan a toda la lengua.

Otra cosa, apunta Márquez, es el uso político de algunas de estas formas, como la candidatura de Unidas Podemos: este uso del femenino genérico “quiere reflejar cuestiones sociales” y generar debate, “pero difícilmente pasará a la lengua general”.

Por qué a veces es un problema
Pero todo esto no quiere decir que el masculino genérico se entienda siempre bien. Como recuerda Márquez, el masculino genérico puede presentar ambigüedad, ya que “su mención puede ser específica o genérica, dependiendo del contexto”.

Esto quiere decir que ha habido “usos abusivos del masculino genérico en el que no funcionaba como un auténtico genérico”. Por ejemplo, recuerda, “en la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, de la Revolución Francesa, en ningún momento se contemplaba a la mujer, que ni siquiera votaba”.

En ocasiones, “el abuso del masculino genérico invisibiliza a la mujer”, añade. “Esto no tiene que ver ni con sentimientos ni con lo políticamente correcto, sino que es un fallo en el comportamiento comunicativo”. Es decir, hay contextos en los que es necesario especificar si nos dirigimos solo a hombres o a hombres y mujeres. Hacerlo es, precisamente, una cuestión de “eficacia comunicativa”, apunta Márquez.

Hasta ahora, esta necesidad de especificar en muchos contextos no era tan habitual porque los hombres monopolizaban muchos espacios públicos, por lo que la ambigüedad no se manifestaba de forma tan habitual. No se trata de que con la lengua se quiera cambiar la sociedad, como se apunta en ocasiones, sino que la sociedad ha cambiado y los hablantes buscan nuevas formas de reflejar estos cambios.

Desdoblamientos: manual de uso
La RAE considera que desdoblamientos como “ministros y ministras” son “artificiosos e innecesarios desde el punto de vista lingüístico”. La mención del femenino solo se recomienda cuando es relevante en el contexto, como en el ejemplo “el desarrollo evolutivo es similar en los niños y las niñas de esa edad”.

Aun así, Álvarez de Miranda recuerda que usar los dos géneros es normal "como muestra de cortesía" en encabezamientos o en caso de duda. No es nada nuevo, sobre todo al principio de discursos que comienzan con encabezados como “señores y señoras”, aunque luego sigan con un “estamos reunidos”. En estos casos “es muy lógico subrayar la presencia de los dos sexos, poniendo como ejemplo el Cantar del Mío Cid: “Salíanlo a ver mujeres y varones, / burgueses y burguesas por las ventanas son”. Hace ocho siglos nadie se quejaba de la supuesta dictadura de lo políticamente correcto.

También apunta que es normal que lo veamos más a menudo que hace unos años porque cada vez hay más mujeres presentes en la esfera pública. Por ejemplo, en su opinión es lógico que el pie de una foto de Pedro Sánchez con sus ministros y ministras especifique que aparece el presidente con sus ministros y ministras: “En la foto se veían más mujeres y sería anómalo que solo pusiera ministros”. Pero estos desdoblamientos “no se pueden llevar a sus últimas consecuencias porque sería agotador”.

Al final, es lo que hemos hecho siempre: “Siempre han sido necesarias la precisión y la claridad”, explica Márquez. Simplemente ocurre que la precisión y la claridad que son necesarias no son estáticas, sino que responden a los cambios sociales. Si cada vez hay más mujeres en la esfera pública, es normal que en nuestros discursos las incluyamos más a menudo.

La creación de nuevos femeninos
La creación de femeninos también ha generado resistencias a lo largo de la historia, como pasó con presidenta y jueza. Pero “la creación de femeninos específicos cuando hay referencias humanas”, como en el caso de las profesiones, es “una de las tendencias estructurales desde los orígenes de la lengua” y “está asentada desde hace siglos”, explica Márquez, que añade

Palabras como señor, trabajador, infante y parturiente no tenían formas femeninas, que se crearon espontáneamente: señora, trabajadora, infanta y parturienta. Por ejemplo y como escribía en Verne Lola Pons, “señor” se usaba para hombres y mujeres hasta finales de la Edad Media, cuando se crea la forma femenina, con "a" al final, en lo que difícilmente se puede ver como una imposición de lo políticamente correcto, sino, como sucede siempre en estos casos, una respuesta que damos los hablantes a nuevas realidades.

Márquez también recuerda que muy a menudo los cambios en profesiones generan resistencias mayores cuanto más prestigio tenga esa profesión: los femeninos de sirvienta y asistenta no generaron ni de lejos tantas quejas como presidenta, a pesar de ser casos gramaticalmente iguales.

Es decir, no se trata de que se quiera cambiar la sociedad mediante cambios en la lengua, sino que la sociedad ha cambiado y queremos reflejar estos cambios a la hora de hablar y escribir. Es normal que surjan dudas e incluso que se cometan excesos lingüísticos, pero Márquez recuerda en su libro que estos cambios “siempre obedecen a necesidades expresivas de los hablantes, que pueden ser funcionales, sociales, culturales o estéticas, pero nunca son azarosas o caprichosas”. En su opinión, la lengua es “un proceso y no un código, y tiene un desarrollo dinámico. La lengua no refleja la realidad como un espejo, pero entre ambas hay “interdependencia e influencia mutua”.

Todos, todas y... ¿todes?
Tanto Álvarez de Miranda como María Márquez no le auguran ningún futuro a opciones como “chicxs, chic@s o chiques”. Ambos recuerdan que la arroba y la X ni siquiera se pueden pronunciar. Márquez apunta que pueden tener sentidos en ámbitos como mensajes de texto, igual que otras abreviaturas que la RAE considera admisibles en ciertos ámbitos, pero no cree que puedan pasar a la lengua general.

En el caso de “chiques”, Álvarez de Miranda explica que es un morfema inventado, que no viene del latín, como ocurre con el masculino y el femenino. “Jamás ha ocurrido, en ninguna lengua, que se imponga de arriba a abajo un morfema nuevo”, por lo que no cree que esta propuesta tenga mucho recorrido. Márquez apunta que esta forma se usa para hacer referencia también a identidades sexuales no binarias, pero recuerda que “aunque haya interrelación entre la lengua y la realidad, la primera no es un calco de la segunda”. Ni son independientes la una de la otra, ni hay un juego de espejos en el que la lengua refleje la realidad de forma exacta.

sábado, 29 de octubre de 2016

#hemeroteca #lenguajeinclusivo | La singular batalla del capitán Alatriste contra “el género y la génera”

Imagen: Google Imágenes / Arturo Pérez-Reverte
La singular batalla del capitán Alatriste contra “el género y la génera”.
María Márquez Guerrero · Universidad de Sevilla | Público, 2016-10-29
http://blogs.publico.es/dominiopublico/18291/la-singular-batalla-del-capitan-alatriste-contra-el-genero-y-la-genera/

El debate mediático sobre el sexismo lingüístico se ha reavivado recientemente con las publicaciones de los académicos. Álvarez de Miranda, Pérez Reverte, Gil Fernández y F. Rico. Sin entrar en la pelea cuerpo a cuerpo, con palabras que hieren como espadas, lo interesante es analizar si con estas intervenciones se produce algún tipo de avance en la clarificación de una cuestión que es relevante lingüística y socialmente, pues afecta a los modos de representación simbólica de más de la mitad de la población, esto es a su 'visibilización' o su encubrimiento discursivos.

Las alarmas se dispararon con la utilización del femenino genérico por parte de la diputada de EH Bildu, Marian Beitialarrangoitia, durante la penúltima sesión de investidura de Rajoy. El profesor Álvarez de Miranda (“Nosotras venimos dispuestos” El País 6/9/2016) manifestaba su estupor, recordando “evidencia tan indudable” como que el masculino es el género no marcado en español. Sin entrar en el análisis de los ejemplos aducidos, en el artículo no se tienen en cuenta la intención particular del acto de habla, ni el contexto, el Parlamento, donde se utilizaba la lengua en su función metalingüística como herramienta de acción política. Similar confusión entre los distintos usos, variedades y formas del lenguaje según los fines comunicativos está también en la base de los análisis de las Guías y documentos para un uso no sexista del lenguaje, que, recordemos, no van dirigidas al uso cotidiano, sino a la Administración y a los medios de comunicación (“lengua cultivada”, J. C. Moreno Cabrera).

Lo cierto es que se desconocen profundamente los consejos de estas guías, pues la parodia que han sufrido por parte de ciertos ilustres escritores y académicos ha conseguido confundirnos completamente tergiversando sus legítimas reivindicaciones. Por supuesto, como ocurre con todas las corrientes de pensamiento, movimientos ideológicos o culturales, también la lucha contra el sexismo lingüístico ha generado su propio fundamentalismo. Baste con mencionar la ‘Guía sobre comunicación socioambiental con perspectiva de género’, publicada por la Consejería de Medio Ambiente de la Junta de Andalucía. Resultan grotescas la tentativa de sustituir ‘futbolista’ por ‘persona que se dedica al fútbol’, o la de reescribir las legendarias palabras de la madre de Boabdil cuando éste pierde Granada. Aunque es una excepción de entre el conjunto de guías que puede consultarse, sin embargo, ha sido la más difundida, una verdadera joya para enturbiar el debate y generar polémica.

Salvo excepciones desafortunadas, las guías no cuestionan el uso, sino el abuso del masculino genérico; todas condenan las indiscriminadas e interminables duplicaciones y, por supuesto, cualquier medio que, so pretexto de combatir el sexismo, no haga otra cosa que exaltar las diferencias y perpetuar los estereotipos. En estos documentos, se apoya la creación de femeninos específicos, que, por cierto, es una tendencia general desde los orígenes del idioma, donde no existían, por ejemplo, las formas señora, infanta, parturienta, trabajadora etc., a pesar de que al siempre audaz capitán Alatriste, habitual en estas lides, un sustantivo como jueza le parezca una extraña y refinada “perla”. En todos los casos, estos femeninos específicos afectan exclusivamente a los sustantivos con referencia personal, nunca a los sustantivos con referencia inanimada o a los adjetivos, pues solo sobre el sustantivo recae el peso de la identificación referencial.

Pues bien, a pesar de la racionalidad de estos consejos, las parodias -siempre ingeniosas y con mucha frecuencia ácidas e hirientes- han hecho desfilar ante nuestra imaginación lobos machistas, “feminazis” “imbécilas”, “soplapollas y soplapollos políticamente correctos”, “jóvenes y jóvenas votantes y votantas”, y, en algún mal “dío”, una “mana” tonta buscando su “turna” en este festival de “el género y la génera”. Y claro está, entre tanto ruido, el temor ha generado sus monstruos, por ejemplo, el de una abrumadora variación lingüística, desatada y caótica, que terminaría por romper nuestro idioma. Afortunadamente, esa ilimitada libertad creativa solo existe en la ficción…, y en el corazón de algún Humpty Dumpty que todavía cree que vivimos en el país de las maravillas, donde el significado y la forma de las palabras pueden acomodarse alegremente a nuestros deseos. Al contrario, el carácter convencional del lenguaje implica que la lengua no pueda cambiar por la voluntad libre y consciente de ningún individuo o grupo, ni, por tanto, tampoco a golpe de decretos o mediante lecciones magistrales. Luego el espanto del capitán Alatriste, y de otros ilustres escritores y lingüistas, no pasa de ser un miedo irracional, como el que sobrecoge en la noche a Don Quijote y a Sancho Panza, cuando oyendo el ruido acompasado de los batanes lo identifican con el estruendo de los pasos de algún terrible gigante. Tal vez, como don Quijote, el capitán Alatriste busque una grandiosa aventura que resucite la edad dorada de las letras… Sin embargo, en la tranquilidad del amanecer, los desdobles que le quitan el sueño son tan inofensivos como los rústicos batanes.

De hecho, el propio Pérez Reverte los utiliza cuando quiere designar con total claridad y precisión la referencia deseada. Y no me refiero a su artículo “No siempre limpia y da esplendor”, donde están traídos paródicamente, a modo de cita hiriente vuelta contra sus adversarios, “algún tonto del ciruelo y alguna talibancita tonta de la pepitilla”. Me refiero a otros artículos suyos, como, por ejemplo, “Esas jóvenes hijas de puta”, donde trata de visibilizar la violencia femenina a raíz del suicidio de una chica a la que varias compañeras “amenazaban con esa falta de piedad que ciertos hijos e hijas de la grandísima puta […] desarrollan ya desde bien jovencitos”. Aunque utiliza desdobles en algunas otras partes del artículo (“El silencio de los borregos, o las borregas, que nunca consideran la tragedia asunto suyo, a menos que les toque a ellos”), no necesita repetirlos continuamente haciendo farragosa su prosa, basta con que especifique una vez (y lo recuerde alguna más, si es muy largo el texto) para que la referencia esté claramente identificada. Ya en el resto del artículo, el masculino cumple a la perfección su cometido de género no marcado capaz de una referencia global. Lógicamente, dado el marco cognitivo al que remite el texto (la violencia en nuestras sociedades), si el articulista no precisara con desdobles, los lectores interpretaríamos automáticamente que el masculino hace una referencia específica, solo a varones. Por tanto, su artículo es un ejemplo de lenguaje no sexista que muestra cómo los desdobles son absolutamente necesarios en ciertos contextos, sólo afectan a los sustantivos con referencia personal, y no dan lugar necesariamente a una prosa machacona que atente contra el principio de economía. Al contrario, el mensaje llega sin ambigüedad, claro y transparente, cumpliendo con las exigencias de precisión y eficacia de nuestra comunicación.

Con su artículo, el capitán Alatriste muestra que no hay ningún problema lingüístico, nada inquietante que afecte a la relación de la lengua con el pensamiento y la realidad. Que más bien se trata, como decía Coseriu, de un problema de la razón consigo misma y, en última instancia, de la voluntad de visibilizar o de encubrir ciertas presencias. No extraña que, consciente de lo necesarias que son la claridad y la precisión para que todas y todos se sientan incluidos, en el programa de la Sexta Noche, Pérez Reverte se dirigiera a “los lectores y lectoras” ante quienes promocionaba su nuevo libro. Y es que, a veces, los problemas los genera la propia razón y se dirimen con el corazón.