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lunes, 18 de mayo de 2020

#hemeroteca #saludpublica #vih | El mito del Supercontagiador: ¿contagió un asistente de vuelo el sida a miles de amantes?

Imagen: El Confidencial / Gäetan Dugas
El mito del Supercontagiador: ¿contagió un asistente de vuelo el sida a miles de amantes?.
En la leyenda del bautizado como paciente cero del VIH nada fue como se contó; el excelente libro 'Contagio' de David Quammen recupera su historia entre otras muchas.
Daniel Arjona | El Confidencial, 2020-05-18
https://www.elconfidencial.com/cultura/2020-05-18/contagio-gaetan-dugas-gay-sida-paciente-cero_2596955/

La leyenda dice así. Un asistente de vuelo canadiense homosexual y extraordinariamente promiscuo sacó el virus del sida de África a finales de los setenta y lo diseminó por las principales ciudades de Estados Unidos llegando a apuntarse unos 2.500 amantes. Gäetan Dugas era guapo, rubio y encantador, toda una sensación en aquella edad dorada de las saunas. Cuando los síntomas de una rara enfermedad empezaron a acosarle, Dugas no paró. Según relató el periodista Randy Shilts en su célebre ensayo 'Y la orquesta siguió sonando' sobre cómo el VIH diezmó la comunidad homosexual americana, cuando el asistente de vuelo concluía una relación con un desconocido en la sauna Eight-and-Howard de San Francisco, encendía las luces, mostraba su piel descompuesta por el sarcoma de kaposi y anunciaba: "Tengo cáncer gay. Voy a morir, y tú también". El problema es que todo, o casi todo, resultó ser falso.

En su fascinante libro 'Contagio: la evolución de las pandemias' (Debate) que acaba de publicarse en una España acechada por el covid-19, el divulgador científico estadounidense David Quammen relata una vez más la historia de Gäetan Dugas que sirve como eficaz 'vacuna' contra el sensacionalismo, las malas metáforas o las puras y duras mentiras desnudas que hoy, como ayer, se enseñorean en tiempos de miedo y plaga.

El mito del paciente 0 supercontagiador prendió en marzo de 1984, el mismo mes en que Dugas, aquejado por una neumonía entre otras muchas afecciones oportunistas desencadenadas por la inmunodepresión del VIH, murió a los 31 años tras un fallo renal. Aquel mismo mes un equipo de epidemiólogos de los CDC estadounidenses dirigido por el doctor David M. Auerbach argumentaba que aquella nueva y misteriosa enfermedad que por el momento parecía cebarse con homosexuales, hemofílicos y haitianos, estaba causada por un agente infeccioso transmisible por la sangre y los fluidos sexuales. Los investigadores habían entrevistado a los pacientes la mayoría de ellos residentes en el sur de California y Nueva York o, si habían fallecido, a sus contactos cercanos, y con los resultados habían dibujado un gráfico de 40 esferas interconectadas que mostraba quién se había acostado con quién. En el centro de la red, conectado de manera directa o indirecta con casi todos los demás había una persona etiquetada como "O". Se trataba, como adivinan, de Gäetan Dugas.

¿Paciente "O" o paciente "0"?
Aquella "O" no era más que una letra que formaba parte del código utilizado por los investigadores para facilitar su tarea. Pero un avispado periodista gay, el ya citado Randy Shilts, convirtió la letra en número naciendo así el mito del "paciente cero" que ha llegado hasta hoy, un concepto engañoso y pseudocientífico que supuestamente designaría al primer supercontagiador de una nueva enfermedad zoonótica que recogería la antorcha infecciosa del animal de turno para repartir dolor y muerte al resto de la Humanidad. Pero, como relata Quammen en 'Contagio', si bien es cierto que el imprudente Dugas había infectado a muchos otros, él mismo se había contagiado a su vez y no precisamente en África, ni en Haití. Porque, cómo han demostrado recientes investigaciones, el VIH-1 había llegado ya a Norteamérica (y a Europa) cuando el infausto asistente de vuelo aún era un crío que no había pisado una sauna.

"Aquellas no fueron las primeras víctimas, ni muchísimo menos", afirma Quammen. "Más bien representan puntos intermedios en el curso de la pandemia y señalizan la fase en la que un fenómeno, lento, casi imperceptible, alcanzó de pronto un 'crescendo'. Una vez más, en los términos escuetos de los matemáticos especializados en enfermedades, cuya labor es tan importante para la historia del sida: el R0 para el virus en cuestión había superado el 1,0 con cierto margen, y la epidemia estaba en marcha. Pero el auténtico origen del sida estaba en otra parte, y tuvieron que transcurrir varias décadas y varios puñados de científicos trabajando para descubrirlo".

El autor de 'Contagio' prosigue su investigación en páginas más y más emocionantes que van desplazando hacia atrás el origen de la enfermedad que a día de hoy ha matado a más de 35 millones de personas y para la cual, pese a contar con retrovirales eficaces, aún no existe vacuna. La extrema capacidad mutante del virus del que existen al menos dos versiones bastante diferentes lo ha impedido hasta hoy. Quammen desecha conspiraciones como un muy eficaz 'fake' que a punto estuvo de convertirse en teoría oficial sobre el nacimiento del sida que lo databa en una campaña de vacunación masiva en África en los años 60. Finalmente, y apoyado por la potente herramienta de la secuenciación genética, aparece una fecha mucho más remota de lo esperado: 1908. Aquel año, en alguna aldea del sudeste de Camerún, alguien cazó a un sabroso chimpancé en la selva, se hirió gravemente en la refriega y la sangre contaminada del animal se mezcló con la suya. Aquel cuerpo humano diferente y no preparado iba a convertirse en un inédito festín para un virus hambriento.

Mitos e injusticias
Ochenta años después, en 1988, la intelectual estadounidense Susan Sontag reflexionaba así en 'El sida y sus metáforas' -una extensión de su libro anterior 'La enfermedad y sus metáforas' escrito después de superar milagrosamente un cáncer de mama muy agresivo: "La transmisión sexual de esta enfermedad, considerada por lo general como una calamidad que uno mismo se ha buscado, merece un juicio mucho más severo que otras vías de transmisión, en particular porque se entiende que el sida es una enfermedad debida no solo al exceso sexual sino a la perversión sexual. Una enfermedad infecciosa cuya vía de transmisión más importante es de tipo sexual, pone en jaque forzosamente, a quienes tienen vidas sexuales más activas; y es fácil entonces pensar en ella como un castigo".

Ninguna otra enfermedad como el sida había arrojado un oprobio tan virulento sobre sus primeras víctimas como mostraba la excelente 'Philadelfia' en la que Tom Hanks encarnaba al abogado Andrew Beckett despedido tras declararse seropositivo. En 1991 el hetero Magic Johnson conmocionaba al mundo al anunciar que era portador del sida tras acostarse con centenares de mujeres de todo el país entre partido y partido de la NBA y empezaba a quedar bastante claro que aquello no sólo era cosa de homosexuales o heroinómanos. Ni de africanos pobres pese a los estragos que causaría en el continente su expansión. Pero sólo recientemente una profunda investigación refutaba el injusto estatus de 'paciente cero' adjudicado a nuestro Gäetan Dugas.

Un nuevo estudio publicado en 2016 en 'Nature' y capitaneado conjuntamente por Richard McKay, investigador del Departamento de Historia y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Cambridge, y Michael Worobey, experto en evolución vírica y director del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la Universidad de Arizona, demostraba que Dugas no había sido en realidad más que un "chivo expiatorio" situado en un estado intermedio no ya de la evolución de la enfermedad en el mundo como hemos explicado sino incluso de la evolución de la enfermedad en el propio EEUU. Desde África el VIH saltaría a Haití en forma probablemente de plasma sanguíneo alrededor de 1967 desde allí a Nueva York en torno a 1971, ciudad que serviría de cabeza de playa para su posterior viaje a San Francisco. Según explicó el propio Worobey en una entrevista a El Mundo, la epidemia pasó desapercibida hasta su desembarco en Nueva York. "En esta ciudad el virus encontró una población que era como yesca seca".

viernes, 27 de marzo de 2020

#hemeroteca #saludpublica | Por qué es tan importante seguir el rastro del mal llamado ‘paciente cero’

Imagen: Público / Medidas de protección en el acceso a un supermercado
Por qué es tan importante seguir el rastro del mal llamado ‘paciente cero’.
Laura Chaparro | Sinc, 2020-03-27
https://www.agenciasinc.es/Reportajes/Por-que-es-tan-importante-seguir-el-rastro-del-mal-llamado-paciente-cero 

Identificar al primer paciente que contrajo la enfermedad producida por el coronavirus SARS-CoV-2 en China es fundamental para averiguar su origen. También se está haciendo en otros países, una tarea en la que los epidemiólogos se convierten en verdaderos detectives. Los expertos recalcan la importancia de preservar la identidad de estas personas para evitar que se les culpabilice. 

Un hombre de 55 años de la provincia de Hubei (China) podría haber sido la primera persona en contraer el COVID-19, la enfermedad causada por el coronavirus SARS-CoV-2. Así aparece publicado en el diario ‘South China Morning Post’, que cita datos del gobierno chino a los que habría tenido acceso ese medio. Según la información, el varón habría contraído la enfermedad el 17 de noviembre de 2019.

De momento, estos datos no han sido confirmados por las autoridades chinas ni tampoco han sido validados por la comunidad científica. Lo que se sabe es que el 31 de diciembre de 2019, la Comisión Municipal de Salud y Sanidad de Wuhan (en la provincia de Hubei) informó sobre un agrupamiento de 27 casos de neumonía de causa desconocida con inicio de síntomas el 8 de diciembre.

Los pacientes habían estado expuestos a un mercado mayorista de marisco, pescado y animales vivos en la ciudad de Wuhan, aunque la fuente del brote sigue sin estar identificada. El mercado se cerró el 1 enero de 2020 y el 7 de enero las autoridades chinas identificaron como agente causante del brote un tipo de virus de la familia Coronaviridae, al que denominaron SARS-CoV-2.

De confirmarse la información publicada por el medio chino, esa persona sería el ‘paciente cero’, lo que en epidemiología se conoce como caso primario o caso índice auténtico. “El caso primario es el caso inicial de un brote de una enfermedad infecciosa localizada, el que introduce una infección en una familia, grupo o red”, explica a SINC Richard A. McKay, investigador del departamento de Historia y Filosofía de la Ciencia de la Universidad de Cambridge (Reino Unido).

Desde la Sociedad Española de Epidemiología (SEE) prefieren referirse a esta persona como caso índice auténtico. “Hay quienes hablan de casos primarios y casos secundarios pero en el estudio de contactos quizás queda un poco más claro si hablamos de caso índice, casos secundarios y el caso índice auténtico, que sería el primero que inicia el brote epidémico”, aclara a SINC Joan Caylà, epidemiólogo de la SEE y presidente de la Fundación de la Unidad de Investigación de Tuberculosis de Barcelona.

Los primeros casos de otros países también importan
A veces el primer caso identificado por el sistema sanitario (caso índice o paciente 1) no coincide con el caso que da origen a la epidemia (caso índice auténtico o paciente cero), lo que dificulta saber cómo se originó el brote.

“Si el paciente 1 no coincide con el paciente cero, toda la trazabilidad de la propagación de la infección se complica, puesto que quiere decir que otra persona infectada puede estar transmitiendo el virus”, señala a SINC César Velasco, epidemiólogo y director de la Agencia de Calidad y Evaluación Sanitarias de Cataluña (AQuAS).

Los expertos coinciden en la importancia de identificar a la persona que inició el brote para trazar un patrón sobre el origen del virus y sus causas. Como apunta Caylà, a partir del caso índice auténtico podríamos saber si esta persona tuvo contacto con murciélagos, con pangolines o con algún otro animal. “Esto ayudaría a precisar cómo saltó de animales a personas”, detalla.

En paralelo, los científicos se afanan también en encontrar los primeros casos de cada país afectado por la pandemia. Hace unos días se publicaba una carta en la revista ‘The New England Journal of Medicine’ en la que los científicos apuntaban al posible primer caso alemán, un varón de 33 años que pudo haber contraído la enfermedad tras estar en contacto en una reunión de trabajo con una mujer china cerca de Múnich el 20 y 21 de enero. La mujer, residente en Shanghái, empezó a experimentar síntomas en el vuelo de vuelta a su país, el 22 de enero y a los pocos días dio positivo en COVID-19.

Según los autores, la transmisión del virus pudo haberse producido cuando la mujer no tenía síntomas aún. El varón alemán empezó a encontrarse mal, con dolor de garganta, escalofríos, dolor de cabeza, fiebre alta y tos productiva desde el 24 de enero, pero a los pocos días se sintió mejor y volvió a trabajar el 27 de enero. Al informar a la compañía, le hicieron el test por COVID-19 y dio positivo. Los autores creen que pudo contagiar a otros dos empleados antes de desarrollar los síntomas.

Una labor de detectives
En el caso de Estados Unidos, una investigación publicada en esa misma revista el pasado 5 de marzo informaba del posible primer caso confirmado en el país. Se trataría de un hombre de 35 años que el 19 de enero acudió a una clínica de urgencias en el condado de Snohomish (Washington) con tos y fiebre. Según contó al personal sanitario, había viajado a Wuhan para visitar a su familia y regresó a Washington el 15 de enero.

Pero la investigación epidemiológica avanza casi tan rápido como el virus y este pudo no haber sido el caso índice de EE UU. En una investigación posterior publicada el 13 de marzo en ‘The Lancet’, los autores afirmaron que el caso identificado en el condado de Snohomish fue el primero confirmado en el estado de Washington, pero no en todo el país. En su artículo, los científicos reportan otro caso previo, una mujer sexagenaria que viajó el 25 de diciembre a Wuhan para visitar a familiares y regresó a Illinois el 13 de enero, desarrollando la enfermedad a los pocos días.

“Los epidemiólogos realizan un verdadero trabajo de detectives, tratando de identificar a casos y a sus contactos para remontar al primer paciente. A veces es muy difícil encontrar al paciente índice, sobre todo cuando han pasado varios meses”, declara a SINC Adelaida Sarukhan, inmunóloga y redactora científica en el ISGlobal.

En busca del origen del brote español
En España, el primer caso confirmado por COVID-19 se identificó en La Gomera el 31 de enero y se trataba de un turista alemán que había tenido contacto con un paciente con la enfermedad en su país. No obstante, aún se desconoce el origen del brote que despuntó a principios de marzo.

“Tendría interés averiguarlo para ver si los primeros pacientes que introdujeron el coronavirus en España procedían del norte de Italia, si eran un grupo o cómo fue y a qué sitios de España fueron. Parece que la mayoría habrían ido del norte de Italia a la comunidad de Madrid y eso en parte explicaría que Madrid esté más afectada”, baraja Caylà.

Además del meticuloso seguimiento de los pacientes y de sus contactos, el análisis genético molecular también ayuda a identificar los posibles casos índice, junto a otras herramientas computacionales.

“Existen métodos que comparan los datos del mundo real en la red de personas infectadas con las simulaciones de la propagación de la enfermedad en la misma red, suponiendo un nodo determinado como paciente cero”, afirma Velasco.

Con epidemias con menos casos, como brotes de sarampión, tuberculosis o infecciones de transmisión sexual, al estudiar a los pacientes y a sus contactos, se suelen encontrar los casos índice.

El caso del VIH: el peligro de dar nombres y apellidos

Una vez que se identifican a estas personas, los expertos hacen hincapié en que no se difundan sus datos personales para evitar que se les culpabilice. “Si se identifica el caso índice, no se trata de revelar su identidad, lo cual podría ser muy estigmatizante. Se trata de obtener la mayor información posible sobre los comportamientos o factores que pueden favorecer que se repita esta situación en el futuro”, recalca la inmunóloga del ISGlobal.

El caso más famoso de paciente identificado con nombre y apellidos y acusado erróneamente de introducir el VIH en EE UU fue el del auxiliar de vuelo canadiense Gaétan Dugas (1952-1984). En 1984, un estudio publicado en la revista ‘The American Journal of Medicine’ apuntaba a que varias infecciones por VIH en ese país podrían atribuirse a una misma persona.

Posteriormente, el periodista Randy Shilts que en su libro 'And the band played on' (1987) documentaba el brote de VIH en el país, publicó el nombre y apellidos del auxiliar de vuelo, calificándolo como ‘paciente cero’, una etiqueta que le persiguió hasta su muerte. Investigaciones posteriores demostraron que no era así. Un trabajo publicado en ‘Nature’ en 2016 reveló, tras analizar el genoma completo de Dugas, que no existían pruebas biológicas ni históricas para creer que él desencadenara la epidemia en Norteamérica.

“El concepto de ‘paciente cero’ suena científico pero es cualquier caso menos eso. De hecho, el término no existía antes de la epidemia del SIDA y fue creado por accidente”, recuerda McKay, coautor del estudio de Nature y autor de 'Patient Zero and the Making of the AIDS Epidemic' (2017).

En el libro, el investigador narra cómo investigadores de los Centros para el Control de Enfermedades de Estados Unidos crearon el término de ‘paciente cero’ sin darse cuenta, cuando realizaban los primeros análisis sobre la entonces aún emergente crisis de salud pública. Ese concepto y la identidad del hipotético primer caso fueron los que utilizó erróneamente el periodista Shilts en su libro, que se convirtió en un ‘best seller’.

Para no repetir los mismos errores con la pandemia del coronavirus, McKay recomienda que cuando se escriba sobre el proceso de búsqueda de casos y contactos “siempre se haga con extremo cuidado ya que existen fuertes impulsos sociales para atribuir responsabilidad y culpa”.

PUBLICADO TAMBIÉN EN:
Por qué es tan importante seguir el rastro del mal llamado ‘paciente cero’.

Laura Chaparro · Agencia Sinc | Público, 2020-03-27
https://www.publico.es/politica/crisis-coronavirus-importante-seguir-rastro-mal-llamado-paciente-cero.html

domingo, 1 de diciembre de 2019

#hemeroteca #vih #gais | 23 años de maricones vivos peleando contra el SIDA, contra la homofobia, contra el auto-odio y contra el estigma

Imagen: Parole de Queer / Gay Pride 1983 en Nueva York
23 años de maricones vivos peleando contra el SIDA, contra la homofobia, contra el auto-odio y contra el estigma.
Itziar Ziga | Parole de Queer, 2019-12-01

http://paroledequeer.blogspot.com/2019/12/maricones-vivos-itziar-ziga.html

En 1996, la vida humana cambió. Al menos la posibilidad de vivir para aquellas y aquellos, millones, infectadas por el VIH. Los tratamientos antirretrovirales eran sintetizados. Casi perdemos el aliento por el camino, muchísima gente lo perdió. Pero al fin, esa misteriosa enfermedad que, como el virus zombie en ‘The Walking Dead’ lo menos importante es de dónde viene, pudo empezar a ser cronificada. Compatible con la vida. Había herido a la comunidad gay de muerte, como tantas otras veces nos sucedió en la Historia. Y como tantas otras veces en la Historia, renacimos como el puto Ave Fénix, bañadas en purpurina. Esta es parte de nuestra épica y orgullosa supervivencia.

Un bellísimo azafato francocanadiense llamado Gäetan Dugas, era convenientemente demonizado en plena era reaccionaria Reagan como el Paciente Cero, concepto extendido desde entonces aunque epidemiológicamente descabellado. Aquel pavoroso 1984 se publicaba un estudio que lo señaló como el probable propagador del VIH desde África. Él se había mostrado especialmente colaborador en las primeras investigaciones sobre esa nueva enfermedad tan desconcertante. Fue capaz de recordar unos dos mil hombres con los que había mantenido sexo por todo el mundo, en sus viajes como asistente de vuelo de Air Canada. Gracias a él, descubrieron que el semen era uno de los fluidos corporales que portaba aquel virus capaz de fulminar en poco tiempo a jóvenes sanos como robles. El otro, principalmente, era la sangre. Si se sabía cómo el nuevo enemigo pasaba de un cuerpo a otro, existía la posibilidad de pararlo.

Gäetan Dugas murió ese mismo año, con el sistema inmunológico tan derruido como llegaría a estarlo su nombre. Asociar promiscuidad, y sobre todo promiscuidad gay, con fatalidad y peligro social, fue muy conveniente para volver a poner las cosas en su reaccionario sitio tras la explosión de libertad de los setenta. Todavía circulan publicadas patrañas infames que le atribuyen la depredadora voluntad de convertir su enfermedad en plaga. A pesar de que desde el principio hubo infectadas personas de todo género y opción sexual, el SIDA sería conocido durante un tiempo como el cáncer gay. Hoy es genéticamente irrebatible que Gäetan Dugas solo fue uno de los miles de infectados antes de que se identificara el VIH. La leyenda del Paciente Cero viene incluso de un error de lectura: el archifamoso cero era en realidad una o, de ‘outside of California’.

Uno de los primeros lugares donde se investigó aquel extraño brote mortal fue en San Francisco, entre su extensa comunidad gay. Asentada en el barrio de Castro desde que miles de soldados, con preferencias sexuales inconvenientes, fueron enviados allí durante la Segunda Guerra Mundial, para ser juzgados por sodomía. ¡Ultrahomófobo ejército de los USA, te cubriste de gloria! Queriendo acabar con ellos, provocaste uno de los mayores y más combativos guetos gais del mundo. Desde el que arrancaría valerosamente la lucha contra la terrible represión policial y social que sofocaba sus vida.

En octubre de 1984 fueron cerradas nueve saunas gais en San Francisco por orden legal, para tratar de parar la infección. Y porque les tenían homófobas ganas, claro. Los maricones se opusieron a follar con preservativo y a que sus clubs de recreo sexual fueran clausurados. Defendían su libertad ganada a pulso en los últimos años. Y también les podía su legendario vicio. Eso sí, las lesbianas empezaban a practicar sexo oral a través de celofán, por si acaso. Está demostradísimo que es imposible infectarse con el VIH por ingesta de coño. Desde el conocimiento científico convencí hace doce años a mi amiga Kat, portadora desde el 85, para que me dejara comérselo. Todo fue perfecto.

Una activista imprescindible por el cuidado hacia la gente seropositiva llamada Montse Pineda me explicó, cuando la entrevisté en 2002, que “la incapacidad de las mujeres para negociar sus relaciones sexuales porque no se les está patriarcalmente permitido, es otra forma de violencia machista”. Pronto se comprobó que la infección entre mujeres heterosexuales se disparaba: ya no era solo un problema de maricones. Nunca lo fue.

A principios de los ochenta y durante casi veinte años, las marchas del 28 de junio que celebran por todo el mundo aquella revuelta de travestis, maricones y bolleras que explotó en Manhattan frente al bar Stonewall en 1969, se llenaron de fantasmas. Los gais caían como moscas y nadie parecía hacer nada. Cuando ya se había avanzado un poco, gracias a una lucha heroica, en la posibilidad de existir socialmente para las desviadas sexuales, llegó la maldición en forma de virus.

A enfrentarse al mayor estigma de la virilidad y al habitual rechazo de sus familias, se les sumó el miedo, la enfermedad, la muerte propia y de los amigos. El estigma renovado, la discriminación renovada... y ese otro virus terrible que te carcome por dentro, cortesía de la dominación cristiana, también renovado. El televisivo y gran escritor Jorge Javier Vázquez lo explica así. “Del miedo que pasé durante aquellos años me quedó, como a mucha gente de mi generación, un complejo de culpa tan grande como la Catedral de Burgos”. Mi amigo Rodrigo Van Zeller me lo decía hace poco, “¿cuál va a ser mi canción favorita de los Pet Shop Boys? Soy maricón, It´s a Sin.” Es un pecado.

Hay un activista gay, maravilloso, guionista de Hollywood, empeñado en restituir el amor propio a su comunidad, llamado Larry Kramer, que dice esto: "tenemos que hacer de nuevo algo en este mundo, por nuestra propia vida, que vale muchísimo. Al no hacerlo, tú estás diciendo que nuestras vidas son una mierda, y que nos merecemos morir. Y que la muerte de todos nuestros amigos y nuestros amantes no ha servido para nada. No puedo creer que en tu fuero interno te sientas así. Yo no puedo creer que te quieras morir. ¿Y tú?”

Desgraciadamente, hay también fuerzas en contra desde nuestras filas: el infame, cómodo e irresponsable negacionismo del SIDA. Nunca olvidaré las lágrimas de una agente de salud comunitaria que conocí en México cuando le hablé de la negación entre gente que tiene acceso a tratamiento gratuito, gracias a nuestra sanidad universal. Y que, al final, siempre se dejan remontar antirretroviralmente cuando ven de frente a la de la guadaña. Lo he visto varias veces, entre mi gente en Barcelona. “A mí se me mueren en los brazos, porque son pobres. Mientras esos niños mimados europeos...”, me dijo llena de justiciera rabia.

La lucha contra el SIDA, contra la homofobia, contra el estigma y contra ese terrible auto-odio interiorizado patriarcalmente, continúa. Nunca olvidaremos la muerte de tantos de los nuestros. Ni de lamentar que la cura no llegara a tiempo para Freddie Mercury. ¡Qué canciones suyas nos hemos perdido desde 1991! Horas antes de morir, confirmaba que tenía SIDA. Su decisión fue histórica para desactivar el tabú. “Deseo que todos se unan a mí, a los médicos y a quienes padecen esta terrible enfermedad, para luchar contra ella”. Aquel último gesto valiente, impulsado por la misma grandeza que guió siempre su vida, lo cambió todo.

Porque el cantante de Queen era una estrella del rock, venerada por mujeres y hombres. Aunque, muy especialmente, por hombres heterosexuales. Admiraban su masculinidad, fuerte pero glamourosa, sin percatarse de que provenía de la cultura gay. Eran incapaces de decodificarla, ya se sabe que la estética no es cosa de machos. O eso creen. Ésta es una de nuestras grandes victorias: se lo hemos colado todo. Donó póstumamente más de 30 millones de euros para la investigación contra el SIDA. ¡Cómo de guapo sería Freddie Mercury, ahora, con 71 años! Nunca lo sabremos. Aunque yo cierro los ojos, y puedo verlo.

Como Madonna, hoy deseo celebrar estas dos décadas de maricones vivos. La existencia de tantos amigos a los que, sin los antirretrovirales -y sin la cobertura sanitaria universal y gratuita que tanto nos ha costado conseguir y que no debemos perder jamás-, igual ni hubiera llegado a conocer. O me habría tocado enterrar. Y, sí, mi canción favorita de Pet Shop Boys siempre será ‘You’re always on my mind’. Siempre estaréis en mi mente. En la nuestra.

Wim Vandevelde: el Robin Hood Gay

¿Qué hacías antes de estar involucrado en la negociación para el acceso al tratamiento por VIH con las compañías farmacéuticas y los Estados?
- Era el director de la filial portuguesa de una agencia de marketing financiera con sede en Lisboa. Empecé a involucrarme en el activismo en pro del tratamiento del VIH después de mi diagnóstico, en el año 2000, y tres años después ya estaba trabajando a jornada completa como activista del SIDA.
 
¿En qué consiste tu trabajo activista?

- Primero me involucré en la mayor ONG portuguesa que lucha en temas relacionados con el VIH y poco después empecé a trabajar a nivel europeo, en el Grupo Europeo para el Tratamiento del SIDA, la mayor organización activista de pacientes con VIH en toda Europa. Su misión es conseguir a la mayor velocidad los mejores productos e instrumentos médicos y tests diagnósticos para prevenir o tratar una infección por VIH o para mejorar la calidad de vida de personas que bien tienen VIH o bien están en riesgo de poder contagiarse. Cuando me convertí en responsable de la organización, asumí la responsabilidad de liderar actividades “lobbistas” con las instituciones nacionales y europeas que se encargan de la salud pública y de la prevención de enfermedades de transmisión sexual como el VIH y la hepatitis. La estrecha relación de trabajo que tengo con la Comisión Europea y con el Parlamento nos permite influir positivamente en el marco legal y favorece medidas de salud pública para prevenir y tratar la epidemia de VIH que sufre el continente. También trabajamos con las industrias farmacéuticas para influir en el desarrollo de nuevas y mejores drogas para el VIH y sus co-infecciones, desde el punto de vista del paciente. No solo queremos medicinas mejores y menos tóxicas, sino que queremos que sean baratas para que nadie que necesite el tratamiento se quede sin él por razones económicas. La innovación sin acceso es inmoral y las innovaciones en el tema del VIH/SIDA tienen que llegar a todas las personas en países en vías de desarrollo, a todas en países desarrollados y a todas las del “norte global”. Para que las medicinas para el VIH sean más baratas y sea posible comprarlas, tenemos que hacer campañas de presión públicas a las compañías farmacéuticas y crear marcos legales que posibiliten la proliferación de patentes de genéricos, que costarían una pequeña parte de lo que cuestan las medicinas de marcas con patentes protegidas.
 
¿Hubo negligencia gubernamental en los primeros años del brote?

- A principios de los 80, el SIDA era conocido como la "Enfermedad 4H", ya que parecía afectar principalmente a los adictos a la heroína, homosexuales, hemofílicos y haitianos en los Estados Unidos. A excepción de los hemofílicos, el gobierno republicano conservador de Ronald Reagan despreciaba el estilo de vida de las primeras víctimas conocidas del SIDA y, de hecho, descuidó la extensión de la enfermedad y rechazó gastar dinero en investigación para encontrar una cura. Aunque el SIDA fue identificado por primera vez en 1981, Reagan no lo mencionó públicamente durante varios años más. Lo hizo finalmente durante una conferencia de prensa en 1985. Para entonces más de 13.000 muertes conocidas de SIDA habían ocurrido en los Estados Unidos. Muchas muertes por VIH se podrían haber evitado si los EE.UU. y otros gobiernos hubieran prestado más atención y dólares de investigación antes en la epidemia. Afortunadamente, hoy en día la mayoría de los estados entienden que tienen una responsabilidad específica para la salud pública, incluida la prevención, tratamiento y control de enfermedades epidémicas como el VIH / SIDA, sin importar cuán vulnerables y estigmatizadas sean las poblaciones a las que afectan.

¿Dónde estamos en la lucha contra esta pandemia?
- Más de 30 años después del descubrimiento del virus, tenemos las herramientas para prevenir la infección y para hacer que el VIH sea una enfermedad crónica gestionable y que las personas que lo contraen tengan una expectativa de vida similar a la de personas que no están infectadas. Desafortunadamente, en muchos países alrededor del mundo, los gobiernos no quieren invertir los recursos necesarios en la salud y en la supervivencia de las personas más vulnerables y más estigmatizadas. Personas como hombres que tienen relaciones sexuales con otros hombres, personas trans, migrantes, trabajadoras sexuales y personas que se inyectan drogas. Demasiado a menudo, son las personas más vulnerables a la infección las que tienen menos acceso a la salud pública. Factores como el estigma, la discriminación y la criminalización hacen que estas personas no sean tenidas en cuenta y se les prive de los servicios de salud que necesitan. En Europa Occidental, donde el acceso a la salud pública es mejor que en muchas partes del mundo, las personas que viven con VIH todavía sufren el estigma y la discriminación en muchos sectores de la sociedad y no pueden revelar su estatus sin repercusiones serias. Para derrotar a esta pandemia, necesitamos acabar con la discriminación en la legislación, en la práctica y en nuestros corazones.

miércoles, 22 de noviembre de 2017

#books #hiv #aids | Patient Zero and the Making of the AIDS Epidemic

Patient Zero and the Making of the AIDS Epidemic / Richard A. McKay.
Chicago : The University of Chicago Press, 2017 [11-22].
400 p. : il.
ISBN 9780226063959

/ ENS / EN
/ Enfermedades infeccionas / Epidemiología / Estados Unidos / Estigma / Gaetan Dugas / Gais / Salud pública / VIH-Sida

The search for a “patient zero”—popularly understood to be the first person infected in an epidemic—has been key to media coverage of major infectious disease outbreaks for more than three decades. Yet the term itself did not exist before the emergence of the HIV/AIDS epidemic in the 1980s. How did this idea so swiftly come to exert such a strong grip on the scientific, media, and popular consciousness? In ‘Patient Zero’, Richard A. McKay interprets a wealth of archival sources and interviews to demonstrate how this seemingly new concept drew upon centuries-old ideas—and fears—about contagion and social disorder.

McKay presents a carefully documented and sensitively written account of the life of Gaétan Dugas, a gay man whose skin cancer diagnosis in 1980 took on very different meanings as the HIV/AIDS epidemic developed—and who received widespread posthumous infamy when he was incorrectly identified as patient zero of the North American outbreak. McKay shows how investigators from the US Centers for Disease Control inadvertently created the term amid their early research into the emerging health crisis; how an ambitious journalist dramatically amplified the idea in his determination to reframe national debates about AIDS; and how many individuals grappled with the notion of patient zero—adopting, challenging and redirecting its powerful meanings—as they tried to make sense of and respond to the first fifteen years of an unfolding epidemic. With important insights for our interconnected age, ‘Patient Zero’ untangles the complex process by which individuals and groups create meaning and allocate blame when faced with new disease threats. What McKay gives us here is myth-smashing revisionist history at its best.

domingo, 16 de julio de 2017

#hemeroteca #vih #activismo | 21 años de maricones vivos

Imagen: Google Imágenes / Orgullo contra el SIDA en Nueva York, 1983
21 años de maricones vivos.
Como Madonna, deseo celebrar estas dos décadas de maricones vivos. La existencia de tantos amigos a los que, sin los antirretrovirales –y sin la cobertura sanitaria universal y gratuita que tanto nos ha costado conseguir y que no debemos perder jamás–, igual ni hubiera llegado a conocer. O me habría tocado enterrar.
Itziar Ziga | Zazpika, Naiz, 2017-07-16
http://www.naiz.eus/es/hemeroteca/7k/editions/7k_2017-07-16-07-00/hemeroteca_articles/21-anos-de-maricones-vivos

En 1996, la vida humana cambió. Al menos la posibilidad de vivir para aquellas y aquellos, millones, infectadas por el VIH. Los tratamientos antirretrovirales eran sintetizados. Casi perdemos el aliento por el camino, muchísima gente lo perdió. Pero al fin, esa misteriosa enfermedad que, como el virus zombie en “The Walking Dead” lo menos importante es de dónde viene, pudo empezar a ser cronificada. Compatible con la vida. Había herido a la comunidad gay de muerte, como tantas otras veces nos sucedió en la Historia. Y como tantas otras veces en la Historia, renacimos como el puto Ave Fénix, bañadas en purpurina. Esta es parte de nuestra épica y orgullosa supervivencia.

Un bellísimo azafato francocanadiense llamado Gäetan Dugas era convenientemente demonizado en plena era reaccionaria Reagan como el «paciente cero», concepto extendido desde entonces aunque epidemiológicamente descabellado. Aquel pavoroso 1984 se publicaba un estudio que lo señaló como el probable propagador del VIH desde África. Él se había mostrado especialmente colaborador en las primeras investigaciones sobre esa nueva enfermedad tan desconcertante. Fue capaz de recordar unos dos mil hombres con los que había mantenido sexo por todo el mundo, en sus viajes como asistente de vuelo de Air Canada. Gracias a él, descubrieron que el semen era uno de los fluidos corporales que portaba aquel virus capaz de fulminar en poco tiempo a jóvenes sanos como robles. El otro, principalmente, era la sangre. Si se sabía cómo el nuevo enemigo pasaba de un cuerpo a otro, existía la posibilidad de pararlo.

Gäetan Dugas murió ese mismo año, con el sistema inmunológico tan derruido como llegaría a estarlo su nombre. Asociar promiscuidad, y sobre todo promiscuidad gay, con fatalidad y peligro social fue muy conveniente para volver a poner las cosas en su reaccionario sitio tras la explosión de libertad de los setenta. Todavía circulan publicadas patrañas infames que le atribuyen la depredadora voluntad de convertir su enfermedad en plaga. A pesar de que desde el principio hubo infectadas personas de todo género y opción sexual, el sida sería conocido durante un tiempo como el «cáncer gay». Hoy es genéticamente irrebatible que Gäetan Dugas solo fue uno de los miles de infectados antes de que se identificara el VIH. La leyenda del «paciente cero» viene incluso de un error de lectura: el archifamoso cero era en realidad una «o», de outside of California.

Uno de los primeros lugares donde se investigó aquel extraño brote mortal fue en San Francisco, entre su extensa comunidad gay. Asentada en el barrio de Castro desde que miles de soldados, con preferencias sexuales inconvenientes, fueron enviados allí durante la Segunda Guerra Mundial, para ser juzgados por sodomía. ¡Ultrahomófobo ejército de los USA, te cubriste de gloria! Queriendo acabar con ellos, provocaste uno de los mayores y más combativos guetos gays del mundo. Desde el que arrancaría valerosamente la lucha contra la terrible represión policial y social que sofocaba sus vidas.

En octubre de 1984 fueron cerradas nueve saunas gays en San Francisco por orden legal, para tratar de parar la infección. Y porque les tenían homófobas ganas, claro. Los maricones se opusieron a follar con preservativo y a que sus clubs de recreo sexual fueran clausurados. Defendían su libertad ganada a pulso en los últimos años. Y también les podía su legendario vicio. Eso sí, las lesbianas empezaban a practicar sexo oral a través de celofán, por si acaso. Está demostradísimo que es imposible infectarse con el VIH por ingesta de coño. Desde el conocimiento científico convencí hace doce años a mi amiga Kat, portadora desde el 85, para que me dejara comérselo. Todo fue perfecto. ¡Alguna ventaja teníamos que tener en todo esto nosotras!

Una activista imprescindible por el cuidado hacia la gente seropositiva llamada Montse Pineda me explicó, cuando la entrevisté en 2002, que «la incapacidad de las mujeres para negociar sus relaciones sexuales porque no se les está patriarcalmente permitido, es otra forma de violencia machista». Pronto se comprobó que la infección entre mujeres heterosexuales se disparaba: ya no era solo un problema de maricones. Nunca lo fue.

A principios de los ochenta y durante casi veinte años, las marchas del 28 de junio que celebran por todo el mundo aquella revuelta de travestis, maricones y bolleras que explotó en Manhattan frente al bar Stonewall en 1969, se llenaron de fantasmas. Los gays caían como moscas y nadie parecía hacer nada. Cuando ya se había avanzado un poco, gracias a una lucha heroica, en la posibilidad de existir socialmente para las desviadas sexuales, llegó la maldición en forma de virus.

A enfrentarse al mayor estigma de la virilidad y al habitual rechazo de sus familias, se les sumó el miedo, la enfermedad, la muerte propia y de los amigos. El estigma renovado, la discriminación renovada… y ese otro virus terrible que te carcome por dentro, cortesía de la dominación cristiana, también renovado. El televisivo y gran escritor Jorge Javier Vázquez lo explica así: «Del miedo que pasé durante aquellos años me quedó, como a mucha gente de mi generación, un complejo de culpa tan grande como la Catedral de Burgos». Mi amigo Rodrigo Van Zeller me lo decía hace poco: «¿Cuál va a ser mi canción favorita de los Pet Shop Boys? Soy maricón, It’s a Sin». Es un pecado.

Hay un activista gay, maravilloso, guionista de Hollywood, empeñado en restituir el amor propio a su comunidad, llamado Larry Kramer, que dice esto: «Tenemos que hacer de nuevo algo en este mundo, por nuestra propia vida, que vale muchísimo. Al no hacerlo, tú estás diciendo que nuestras vidas son una mierda, y que nos merecemos morir. Y que la muerte de todos nuestros amigos y nuestros amantes no ha servido para nada. No puedo creer que en tu fuero interno te sientas así. Yo no puedo creer que te quieras morir. ¿Y tú?».

Desgraciadamente, hay también fuerzas en contra desde nuestras filas: el infame, cómodo e irresponsable negacionismo del sida. Nunca olvidaré las lágrimas de una agente de salud comunitaria que conocí en México cuando le hablé de la negación entre gente que tiene acceso a tratamiento gratuito, gracias a nuestra sanidad universal. Y que, al final, siempre se dejan remontar antirretroviralmente cuando ven de frente a la de la guadaña. Lo he visto varias veces, entre mi gente en Barcelona. «A mí se me mueren en los brazos, porque son pobres. Mientras esos niños mimados europeos...», me dijo llena de justiciera rabia.

La lucha contra el sida, contra la homofobia, contra el estigma y contra ese terrible auto-odio interiorizado patriarcalmente, continúa. Nunca olvidaremos la muerte de tantos de los nuestros. Ni de lamentar que la cura no llegara a tiempo para Freddie Mercury. ¡Qué canciones suyas nos hemos perdido desde 1991! Horas antes de morir, confirmaba que tenía sida. Su decisión fue histórica para desactivar el tabú. «Deseo que todos se unan a mí, a los médicos y a quienes padecen esta terrible enfermedad, para luchar contra ella». Aquel último gesto valiente, impulsado por la misma grandeza que guió siempre su vida, lo cambió todo.

Porque el cantante de Queen era una estrella del rock, venerada por mujeres y hombres. Aunque, muy especialmente, por hombres heterosexuales. Admiraban su masculinidad, fuerte pero glamourosa, sin percatarse de que provenía de la cultura gay. Eran incapaces de decodificarla, ya se sabe que la estética no es cosa de machos. O eso creen. Ésta es una de nuestras grandes victorias: se lo hemos colado todo. Donó póstumamente más de 30 millones de euros para la investigación contra el sida. ¿Cómo de guapo sería Freddie Mercury, ahora, con 71 años? Nunca lo sabremos. Aunque yo cierro los ojos, y puedo verlo.

Como Madonna, hoy deseo celebrar estas dos décadas de maricones vivos. La existencia de tantos amigos a los que, sin los antirretrovirales –y sin la cobertura sanitaria universal y gratuita que tanto nos ha costado conseguir y que no debemos perder jamás–, igual ni hubiera llegado a conocer. O me habría tocado enterrar. Y, sí, mi canción favorita de Pet Shop Boys siempre será “You’re always on my mind”. Siempre estaréis en mi mente. En la nuestra.

miércoles, 16 de noviembre de 2016

#hemeroteca #vih #estigma | Un estudio genético permite identificar la trayectoria inicial de propagación de la epidemia del VIH en EE UU

Imagen: Google Imágenes
Un estudio genético permite identificar la trayectoria inicial de propagación de la epidemia del VIH en EE UU.
Sus conclusiones descartan que Gaetan Dugas fuese el “paciente cero” que la prensa señaló como responsable de introducir el virus en el país.
Miguel Vázquez | gTt-VIH · Grupo de Trabajo sobre Tratamientos del VIH, 2016-11-16
http://gtt-vih.org/actualizate/la_noticia_del_dia/16-11-16

Un nuevo análisis genético ha revelado que el VIH probablemente se propagó de la zona del Caribe a la ciudad de Nueva York (EE UU) y de ahí a San Francisco en torno al año 1976. Estos resultados ponen de relieve que se había atribuido de forma errónea a Gaetan Dugas (un asistente de vuelo de una aerolínea canadiense) el ser el "paciente cero", es decir, la persona que introdujo la epidemia en EE UU.

El origen de esta confusión se debe a la publicación en 1987 del libro 'And the Band Played On', del periodista Randy Shilts, sobre el inicio de la epidemia en EE UU. A pesar de que los CDC no habían publicado los datos personales de Dugan, algunos médicos sí lo hicieron y el autor del libro pudo descubrir la identidad del paciente que estaba numerado como "caso 057".

En los registros a los que accedió Shilts, este paciente estaba marcado con una "O" (correspondiente a "outside California") que en realidad quería decir que esta persona no era de California. Sin embargo, el periodista confundió esa "O" con un cero y pensó que Dugan era el "paciente cero".

Para caracterizar los primeros años de la epidemia en EE UU, un equipo de biólogos de la Universidad de Arizona en Tucson (EE UU) llevó a cabo un análisis genético de las muestras de sangre almacenadas procedentes de hombres gais que participaron en un estudio sobre hepatitis B a finales de la década de 1970 .

El equipo de investigadores realizó la secuencia genética de un subconjunto de virus procedente de las muestras disponibles. Como dichas muestras habían estado almacenadas durante décadas, el ARN viral se encontraba envejecido y degradado, por lo que el equipo tuvo que desarrollar una nueva técnica de análisis. Gracias a esto, consiguieron la información genética completa del VIH procedente de 5 muestras tomadas en Nueva York y de 3 tomadas en San Francisco.

El equipo de investigadores estableció un árbol evolutivo del grupo M y subtipo B del VIH-1 (responsable de la mayor parte de los casos de infección en América del norte y del sur, Europa y Australia). Como el VIH acumula mutaciones genéticas con el tiempo, una mayor diversidad genética equivale a una mayor antigüedad del virus.

El estudio concluyó que el subtipo B (que se creé se ha originado en la República Democrática del Congo) llegó a Haití en torno a 1967. De allí se propagó a Nueva York en torno a 1971, mucho antes de que Dugas, el supuesto paciente cero, empezara a viajar como asistente de vuelo de Air Canada.

El VIH llegó a San Francisco alrededor de 1976 y los tres virus secuenciados en esta ciudad parecieron proceder de una de las cepas de Nueva York. Los primeros registros de la enfermedad que posteriormente se conoció como sida se publicaron en 1981 y el virus responsable, el VIH, fue identificado en 1983.

Al realizar el análisis de una muestra procedente de Dugas, se comprobó que su virus ocupaba un lugar intermedio en el árbol evolutivo, no cercano a su base, como cabría esperar de ser realmente el "paciente cero ".

Este nuevo análisis genético proporciona pistas sobre el marco temporal en el que se introdujo el VIH en EE UU, pero no ofrece respuestas definitivas respecto a quien lo introdujo ni cómo sucedió aunque se sospecha que el inicio de la epidemia en EE UU se haya debido al uso de productos sanguíneos con el virus procedentes de Haití. En cualquier caso, estos resultados dejan fuera de sospecha a Dugas.

No obstante, Dugas desempeñó un papel importante a la hora de entender cómo se produjo la transmisión del VIH, ya que mantuvo un diario de sus parejas sexuales y aportó esta información en su momento al equipo de investigadores de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades de EE UU (CDC, en sus siglas en inglés).

Respecto a este tema, varios activistas del VIH han afirmado que los errores cometidos en torno al "paciente cero" habrían contribuido a promover el estigma y la culpa contra las personas con el VIH y los hombres gais y otros hombres que practican sexo con hombres (HSH) en general . Según ellos, la historia del "paciente cero" ayudó a construir una figura popular que respondía a los miedos y prejuicios de la sociedad de EE UU que constituyó un reflejo que reforzó los clásicos estereotipos homofóbicos en los que se describe a los hombres gais como irresponsables, amorales, narcisistas, obsesionados con el sexo y autodestructivos. Unido a esto, el mito del 'paciente cero' constituye uno de los relatos más persistentes y dañinos que surgieron durante los años más oscuros de la epidemia del VIH.

Según estos activistas, resulta complicado determinar el daño que este mito del "paciente cero" ha supuesto a la hora de propagar el odio y la discriminación contra los hombres gais por haber sido supuestamente los responsables de iniciar la epidemia de la infección por VIH.

Fuente: HIVandHepatitis/Elaboración propia (gTt-VIH)
Referencia: M Worobey, TD Watts, RA McKay, et al. 1970s and 'Patient 0' HIV-1 genomes illuminate early HIV/AIDS history in North America. Nature. October 26, 2016 (online ahead of print).

viernes, 28 de octubre de 2016

#hemeroteca #vih #historia | Gaetan Dugas, el azafato promiscuo, no introdujo el sida en EEUU

Imagen: El Español / Gaetan Dugas
Gaetan Dugas, el azafato promiscuo, no introdujo el sida en EEUU.
Un estudio confirma lo que los científicos ya sospechaban: que no fue una única persona la responsable de traer y expandir la enfermedad en territorio americano.
Ainhoa Iriberri | El Español, 2016-10-28
http://www.elespanol.com/ciencia/salud/20161027/166234422_0.html

"Muchas gracias por tu cariñosa carta. Es la mejor medicina que he recibido hasta ahora". Con estas palabras agradecía el asistente de vuelo Gaetan Dugas a su amigo y antiguo amante Ray Redford su apoyo ante la enfermedad que, aún sin nombre, le había sido diagnosticada. Se trataba de una dolencia que se bautizó como el cáncer gay, y que cursaba con la aparición de tumores malignos muy raros en hombres jóvenes y sanos, como el sarcoma de Kaposi y que -aún no se sabía- acababa casi inevitablemente con la vida de los afectados.

Lo que Dugas no sospechaba entonces es que, pocos años después, su nombre se asociaría a un concepto aterrador: el del ‘paciente zero’, una figura identificada como la persona responsable de convertir una enfermedad minoritaria en toda una pandemia que arrasó la comunidad homosexual de EEUU durante la década de los 80 y mediados de la de los 90 y que aún en 2015 mató a 1.1 millón de personas en todo el mundo, la mayoría en países en vías de desarrollo, sobre todo en el África subsahariana.

Aunque los científicos llevan años desmintiendo que este asistente de vuelo canadiense gay y con una vida sexual muy activa fuera el responsable de la expansión de la enfermedad, ha hecho falta un nuevo estudio, publicado en la revista Nature, para exonerarle definitivamente.

En el trabajo, llevado a cabo por investigadores de la Universidad de Arizona y de Cambridge, se han analizado muestras de pacientes homosexuales que se habían hecho análisis en busca de la hepatitis B en 1978 y 1979. En ellas, se han encontrado pacientes infectados con un tipo de virus que ya circulaba en San Francisco y Nueva York en 1970. Si se tiene en cuenta que la enfermedad tarda varios años en desarrollarse desde que el virus entra en el organismo y que Dugas nació en 1952, este dato hace imposible que fuera él el responsable de la transmisión en masa, por muchas parejas sexuales que tuviera.

"Es ridículo intentar culpar a una sola persona de esta transmisión, como lo es culpar a un sólo cazador que descuartizara a un chimpancé -el virus saltó de su versión simia a la humana en el Congo- de introducir el VIH en humanos", declara a El Español el director de IrsiCaixa, Bonaventura Clotet.

Un error inocente y otro intencionado
Pero ¿cómo llegó Gaetan Dugas a convertirse en el 'paciente zero'? En esa época, apenas se conocía nada sobre la misteriosa enfermedad descrita en 1981 por los Centros para el Control y Prevención de las Enfermedades (CDC) de EEUU. Tan sólo se sabía que destrozaba el sistema inmunológico de hombres jóvenes previamente sanos que adquirían un tipo de cáncer insólito en su grupo poblacional y que muchos de ellos eran homosexuales y residían en San Francisco y Los Ángeles.

Para estudiar el fenómeno, el sociólogo de los CDC William Darrow viajó a California y allí empezó a sospechar que el agente que causaba el cáncer podía transmitirse sexualmente. Tras hablar con varios de los afectados, tres de ellos -de distintos condados- declararon haber tenido relaciones sexuales con el mismo hombre: el atractivo y promiscuo Gaetan, que entonces residía en Nueva York, donde estaba siendo precisamente tratado de un sarcoma de Kaposi.

Así, Darrow señaló en su informe al canadiense, aunque respetando su anonimato, como paciente O, la primera letra de la palabra 'Outside' (fuera). Era el primero que se localizaba en otro lugar que no fuera California. Sin embargo, al contar a la prensa su hallazgo esa O se transformó en un cero y los medios acuñaron el concepto de paciente cero, el primero en una cadena de transmisión. Hasta ahí el error involuntario.

En 1987, el periodista Randy Shilts publicó la obra que estigmatizó realmente a Dugas o, más bien, a su figura, ya que el azafato de Air Canadá había fallecido en 1984. Shilts sacó entonces a la luz su libro de investigación sobre la historia de los primeros años del sida -enfermedad por la que él mismo fallecería en 1994-, 'And the band played on' (publicado en España como 'En el filo de la duda', Ediciones B, 1994).

Para entonces, y a través de diversas fuentes, el periodista había identificado a Dugas pero, más allá de ello, le caracterizó como un hombre que había expandido su enfermedad intencionadamente, como el "pecador original", según escribe Nature en un editorial que acompaña a la publicación del estudio y que titula oportunamente Reescribiendo la historia.

La difusión de un falso hallazgo
Para la editorial St. Martin, que publicó el libro, la identificación del 'paciente zero' como un promiscuo homosexual que, a pesar de saberse enfermo, se había negado a hacer caso a una funcionaria de los CDC que le recomendó abstenerse de seguir practicando sexo, era un perfecto gancho para vender la novela, que arrasó en las librerías estadounidenses.

Como cuenta uno de los autores del estudio, Richard McKay, en un artículo previo que publicó en 2014 en el Bulletin of the History of Medicine de la Universidad Johns Hopkins, los medios de comunicación en seguida creyeron lo que escribía Shilts, a pesar de que los científicos siempre expresaron sus dudas.

El 6 de octubre de 1987, The New York Post abría su edición con una fotografía de Dugas sobre el titular: "El hombre que nos dio el sida". The New York Times, algo más cauto, titulaba: "Se acusa a un canadiense de haber jugado un papel clave en la expansión del sida", mientras que el periódico National Review bautizaba a Dugas como "el Cristóbal Colón del sida".

El programa 60 minutos dedicó un especial a Gaetan Dugas y su papel de 'paciente zero', en un momento en que, como recuerda McKay, se debatía en todo el país si había que actuar penalmente contra las personas que mantenían relaciones sexuales con otros sabiendo que tenían sida.

Razones para la injuria
Es difícil saber qué hizo a Shilts retratar a Dugas como principal culpable de la epidemia del sida en EEUU. En el libro, se mezclan verdades y falsedades y, según la investigación posterior de McKay, hubo ciertas declaraciones que el periodista omitió voluntariamente, como el testimonio de un amigo del azafato que le contó como éste había rechazado tener sexo con él estando ya enfermo o el de otro que le explicó lo agradecido que se había mostrado Gaetan después de pasar una tarde juntos, tras meses de discriminación por las marcas que la enfermedad había dejado visibles en su rostro, un estigma muy bien retratado en la película ‘Philadelphia’ (Jonathan Demme, 1993).

Pero también parecer ser cierto que, en efecto, Dugas siguió practicando el sexo cuando estaba enfermo, incluso cuando desde el CDC le dijeron que no lo hiciera. Amigos canadienses que habían hablado con el autor del libro después de que éste les prometiera que no haría público el nombre del azafato salieron en su defensa tras la publicación y dijeron que había reducido muchísimo su actividad sexual en sus últimos meses de vida.

McKay explica los posibles motivos detrás de la actitud de Gaetan. incluso si ésta fuera cierta, lo que no queda claro, diversas circunstancias históricas le disculparían. En primer lugar, el azafato fue diagnosticado de cáncer en 1980, meses antes de que se asociara el sarcoma de Kaposi a un nuevo síndrome que debilitaba el sistema inmunológico de los pacientes. Por esta razón, no sería raro que el canadiense se mostrara reticente a dejar de verse como un paciente de cáncer "normal" y señalarse como otro tipo de enfermo. Así se explicarían algunos de los episodios que se narran en el libro y que hablan de Dugas comentando que sufría el cáncer gay a amantes con los que se acababa de acostar. Lo que algunos de estos, convencidos de la relación causal sida-cáncer, interpretaron como sangre fría en su plan intencionado de dispersar la enfermedad, otros lo podrían ver como escepticismo a equiparar su dolencia con la nueva patología.

Una segunda razón tiene que ver con la discriminación histórica de los homosexuales en aquella época. En 1982, hacía sólo seis años que la Asociación Americana de Psiquiatría había retirado esta orientación sexual de su listado de enfermedades. Por esta razón, muchos activistas gays veían que el intento de asociar la práctica del sexo homosexual con el sida era una forma de volver a etiquetar esta opción como patología.

En tercer lugar, y siempre recordando que en aquellos tiempos ni siquiera se había identificado al virus de inmunodeficiencia humana (VIH) como causa del sida, en esa época se puso de moda la teoría de la sobrecarga inmunológica o multifactorial, formulada por el especialista en enfermedades infecciosas Joseph Sonnabend. Según ésta, la exposición repetida a virus, infecciones, esperma y drogas hacían al sistema inmune colapsar. Por esta razón, bastaba con reducir el número de compañeros sexuales -y no abstenerse del coito- para mejorar. Es justo lo que hizo el canadiense.

Por último, McKay subraya el papel fundamental de Dugas en la investigación de la cadena de transmisión del sida. El azafato no sólo no se negó a colaborar con los CDC sino que, cuando se le pidió ayuda, desgranó los nombres de los 72 amantes que recordaba, un dato que ayudó a definir los movimientos de la enfermedad en territorio estadounidense. Eso sí, el nuevo estudio demuestra que sirvió de poco, ya que el virus llevaba casi una década campando libremente por el país del Tío Sam.

jueves, 27 de octubre de 2016

#hemeroteca #vih #historia | El VIH conquistó América desde Haití y Nueva York

Imagen: El País / Orgullo Gay en Nueva York, 1983
El VIH conquistó América desde Haití y Nueva York.
La mayor investigación de los genomas virales refuta la identidad del famoso “paciente cero”.
Javier Sampedro | El País, 2016-10-27
http://elpais.com/elpais/2016/10/26/ciencia/1477491753_345336.html

El virus de la inmunodeficiencia humana (VIH-1), causante del sida, fue reconocido en California en 1983, pero ni entró por allí en el continente americano ni quien lo propagó fue el famoso “paciente cero”, identificado en la literatura técnica y los medios como el azafato canadiense Gaëtan Dugas. Una innovadora investigación histórica y genómica revela que el virus saltó desde Haití hasta Nueva York en 1970, y que esta ciudad fue el foco central desde el que se propagó la epidemia por América. Y que el virus original no era el que llevaba Dugas.

El evolucionista Michael Worobey, de la Universidad de Arizona, y el historiador de la salud pública Richard McKay, de la Universidad de Cambridge, han logrado reconstruir con una precisión sin precedentes el origen y la propagación del virus en América. El VIH se originó en África en la primera mitad del siglo XX, pero no llegó a la atención pública hasta que fue reconocido como causa del sida en 1983.

La reconstrucción de Worobey y McKay demuestra que el virus llegó de África al Caribe, probablemente a Haití, en los años sesenta; que de allí saltó a Nueva York en 1970, y de esta ciudad no solo a zonas cercanas como Pensilvania y Nueva Jersey, sino también a Georgia y directamente a San Francisco y el resto de California, en el otro extremo de Estados Unidos. Presentan su investigación en la revista 'Nature'.

El trabajo logra también la rara proeza de limpiar el nombre del azafato canadiense Gaëtan Dugas, muerto de sida en 1984. Ese mismo año, un estudio de los centros de control de enfermedades (CDC) de Atlanta, publicado en el ‘American Journal of Medicine’, rastreó muchas de las infecciones iniciales por VIH hasta ese auxiliar de vuelo. El propio Dugas admitió haber tenido unas 2.000 relaciones con distintas personas homosexuales por todo el mundo.

Su trabajo de auxiliar de vuelo, unido a su notable promiscuidad, le convirtieron en un buen candidato a haber introducido el virus en América desde África. Los investigadores del CDC introdujeron esta hipótesis en su artículo técnico. Tuvieron el atino de no publicar su nombre, y lo identificaron solo como “paciente O”. Pero el secreto solo duró tres años. El nombre de Dugas fue publicado por el reportero ‘freelance’ del ‘San Francisco Chronicle’ Randy Shilts en un libro de 1987, y a partir de ahí reproducido por varios medios.

Puede que Dugas contribuyera a propagar el virus por el continente, pero desde luego no fue quien lo introdujo allí desde África. El análisis evolutivo de Worobey y McKay demuestra por encima de toda duda razonable que el virus de las muestras de Dugas es de tipo ‘tardío’, muy distinto de los primeros que entraron en Nueva York desde el Caribe. El azafato, por tanto, fue una más de las personas que se contagiaron en Nueva York o Georgia a mediados de los setenta. No fue el “paciente cero”. Nadie sabe quién fue el paciente cero.

Para acabar de arreglar este triste malentendido, resulta que aquel “cero” ni siquiera era un cero en la publicación original de los CDC. Era una O. Quería decir ‘Outside of California’, fuera de California. Un desastre colectivo. “No hay evidencias ni biológicas ni históricas que apoyen la extendida creencia de que [Dugas] fuera la causa primaria de la epidemia de VIH en Norteamérica”, asegura Worobey.

Los investigadores han partido de más de 2.000 muestras de sangre recogidas de hombres en Estados Unidos en los años setenta, antes de que se supiera lo que era el sida. Ese tipo de muestras, obviamente, no se extrajeron en condiciones adecuadas para analizar los genes de un virus, lo que ha obligado a Worobey y sus colegas a desarrollar unos métodos genómicos muy avanzados, en parte desarrollados específicamente para este estudio.

“Ahora podemos mirar adelante y ver realmente un futuro en el que, incluso si el virus no se elimina por completo, pueda ser reducido hasta que no cause ningún nuevo contagio en amplias zonas del mundo”, dice Worobey. Las técnicas desarrolladas para este trabajo pueden convertirse en unos ensayos ultrasensibles que puedan detectar el virus en la sangre de personas que no son conscientes de haberse infectado recientemente.

Lección de historia
Lo peor del caso de Gaëtan Dugas, el “paciente cero”, no es que haga agua después de haber leído el genoma de su virus VIH, sino que ya la hacía antes. El historiador de la salud pública McKay, uno de los autores del estudio, tiene aquí casi tanto que decir como su coautor, el evolucionista de los virus Worobey. El historiador no solo ha documentado que el cero era en realidad una letra O y que la atribución al auxiliar de vuelo de haber originado la epidemia americana de sida fue más bien obra de un escritor y algunos periódicos que de los laboratorios de referencia mundial en enfermedades infecciosas, los CDC de Atlanta. Hay más.

En su libro ‘And the Band Played On’ (y la banda siguió tocando), el periodista del ‘San Francisco Chronicle’ Randy Shilts pintaba a Dugas como un depredador sexual y un peligroso irresponsable, llegando a insinuar lo posibilidad de que hubiera propagado la enfermedad a propósito. Los periodistas que reseñaron el libro completaron la faena culpando al azafato de haber traído el virus desde África, generando una de las pandemias más mortíferas de todos los tiempos.

Pero Dugas no solo fue uno de los pocos afectados de la época que donó sangre para los análisis, sino también de los poquísimos que pudo aportar a los investigadores los nombres del 10% de las parejas sexuales que había tenido en los últimos años. El historiador McKay sospecha que su papel central en la propagación del virus que detectó aquel estudio de 1984 pudo tener mucho que ver con su buena memoria, en un caso claro de sesgo muestral: el que más parejas recuerda consigue más positivos entre ellas.

miércoles, 26 de octubre de 2016

#hemeroteca #vih #historia | Nueva York fue el epicentro de la epidemia del VIH en EE UU

Imagen: Sinc / Campaña de 1989
Nueva York fue el epicentro de la epidemia del VIH en EE UU.
Desmentida la supuesta identidad del ‘paciente cero’.
Sinc, 2016-10-26
https://www.agenciasinc.es/Noticias/Nueva-York-fue-el-epicentro-de-la-epidemia-del-VIH-en-EE-UU

El VIH-1, causante de la mayoría de infecciones por el virus del sida en el mundo, saltó desde el Caribe a Nueva York alrededor de 1970, lo que provocó la pandemia posterior. Así concluye un estudio que incorpora análisis históricos y genómicos y aclara el error en la identificación del hombre conocido como 'paciente cero'.

Investigadores de la Universidad de Arizona (EE UU) y de Cambridge (Reino Unido) han reconstruido los orígenes de la pandemia del sida gracias a una nueva técnica que permite analizar el material genético de muestras de suero de pacientes con VIH tomadas antes de que se conociera la enfermedad.

Para los científicos, este método ofrece una visión sin precedentes de los inicios de la epidemia en América del Norte. El hallazgo ayudará a entender mejor cómo se mueven los patógenos a través de las poblaciones y diseñar estrategias más eficaces para hacerles frente.

La técnica molecular desarrollada para el proyecto, cuyos resultados se publican esta semana en la revista 'Nature', permite recuperar el material genético de muestras de tejido de más de 40 años de edad y descifrar la secuencia genética del VIH, en concreto el subtipo VIH-1 que inició el brote en América del Norte.

Los análisis filogenéticos estiman el salto a EE UU en 1970 y colocan el virus ancestral en Nueva York, lo que sugiere que este fue el eje fundamental a partir del cual el VIH se abrió camino a través del continente.

El equipo de Michael Worobey, experto en la evolución del virus, y Richard McKay, académico especializado en la historia de la salud pública, trabajó para descubrir los secretos que rodean a la epidemia del sida tal como ocurrieron.

Los datos confirman los hallazgos previos que describen las rutas por las que el virus entró y se propagó a través de EE UU, y confirman que la región del Caribe fue el escalón a partir del cual el VIH pasó a EE UU.

“Ser capaz de mirar hacia atrás en el tiempo y reconstruir la pandemia del VIH es alentador”, apunta Worobey. "Ahora podemos ver un futuro en el que, incluso aunque el virus no se elimine por completo, podría frenarse cualquier nueva transmisión en grandes áreas del mundo".

La pandemia silenciosa
Mediante el cribado de más de 2.000 muestras de suero recogidas de hombres de EE UU entre 1978 y 1979 –las cuales se habían degradado por el paso del tiempo–, la técnica permitió a los investigadores recuperar ocho secuencias casi completas de ARN del genoma viral, lo que supone el genoma de VIH más antiguo en Norteamérica.

Con la información genómica completa, los investigadores observaron que, una vez que el VIH cruzó el Atlántico desde África, se extendió rápidamente a través del Caribe y, de allí, a EE UU. Sin embargo, la epidemia pasó desapercibida hasta que llegó a Nueva York, el epicentro de la pandemia, donde apareció alrededor de 1970.

A partir de ahí, el VIH se propagó a San Francisco y, presumiblemente, a otros lugares de California, donde los pacientes de sida fueron reconocidos por primera vez en 1981. "En la Gran Manzana el virus se encontró con una población que era como yesca seca, lo que supuso una rápida epidemia que llamó la atención por primera vez”, explica Worobey.

"Esa información está grabada en el ARN del virus a partir de 1970", apunta. "Nuestro análisis muestra que los brotes en California que hicieron saltar la alarma y condujeron al descubrimiento del sida eran en realidad la secuela del brote anterior en la ciudad de Nueva York".

A partir de los datos genéticos, el equipo fue capaz de construir árboles evolutivos de las diferentes cepas de VIH y de cómo se propagaron a través de EE UU. Los datos subrayan que a finales de los años 70 el VIH se había diversificado genéticamente casi al nivel actual.

Un ‘paciente cero’ erróneo
Los autores también analizaron el genoma completo del hombre con VIH conocido como ‘paciente cero’. Gaétan Dugas (1952–1984), un canadiense que trabajaba como asistente de vuelo para Air Canada, fue nombrado así en el libro de Randy Shilts ‘And the band played on’, que documentaba el brote del VIH en EE UU. Sin embargo, el análisis genómico indica que no hay pruebas biológicas ni históricas para la creencia generalizada de que él desencadenara la epidemia en Norteamérica.

Aunque desde hace tiempo se sospechaba que el VIH ya estaba infectando a las personas en EE UU antes de 1981 –año en que el sida fue reconocido–, la sincronización y los movimientos anteriores del virus en el país eran un enigma hasta ahora.

Todo esto requería técnicas moleculares que hicieran posible recuperar y restaurar el material genético de muestras ya antiguas, pero los métodos analíticos existentes no permitían tratarlas.

"La metodología estándar –como la detección de anticuerpos mediante pruebas serológicas en sangre– puede decir si una persona tenía VIH, pero no es capaz de obtener cualquiera de las secuencias de genes de VIH. Para hacerlo, se necesita el ARN del virus", indica Worobey, director del departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la institución americana.

Los ensayos de biología molecular desarrollados en este trabajo podrían conducir a pruebas más sensibles que detecten antes el virus en las personas que no son conscientes de que se infectaron recientemente. "La detección temprana y una mejor alineación de las diversas opciones preventivas son clave para acabar con el VIH", concluye.

Referencia bibliográfica:

Michael Worobey, Thomas D. Watts, Richard A. McKay, Marc A. Suchard3, Timothy Granade, Dirk E. Teuwen, Beryl A. Koblin, Walid Heneine, Philippe Lemey & Harold W. Jaffe. 1970s and ‘Patient 0’ HIV-1 genomes illuminate early HIV/AIDS history in North America. ‘Nature’. DOI 10.1038/nature1982
http://nature.com/articles/doi:10.1038/nature19827

lunes, 30 de mayo de 2011

#hemeroteca #vih #historia | El falso 'paciente cero'

Imagen: Google Imágenes
El falso 'paciente cero'.
Un asistente de vuelo fue acusado de propagar el virus por EEUU. Había que encontrar a un 'culpable' de la enfermedad y un libro le señaló a él.
Isabel F. Lantigua | El Mundo, 2011-05-30
http://www.elmundo.es/elmundosalud/2011/05/27/hepatitissida/1306493455.html


Rubio, de ojos claros, cuerpo atlético y personalidad arrolladora. Al canadiense Gaetan Dugas, homosexual, no se le resistía ningún hombre en la década de los 70 y principios de los 80. Era el inicio de la liberación sexual para los gais, la época del florecimiento de los cuartos oscuros en los bares de San Francisco (EEUU). Y allí estaba este auxiliar de vuelo de la compañía Air Canada para probarlos y disfrutarlos. Al principio, todos los homosexuales querían ser como él, sin complejos. Al final, todos le temían. Apareció el sida y él fue señalado como el 'paciente cero', como el culpable de la epidemia.

Da igual que teorías posteriores desmintieran este origen y que fuera imposible que un solo hombre diseminara el virus de la inmunodeficiencia humana (VIH) tan rápido por todo el mundo. El temor y el desconcierto inicial por un síndrome nuevo y mortal, que afectaba de forma desproporcionada a la comunidad gay y del que se desconocían sus causas crearon el clima necesario para que Gaetan Dugas se convirtiera en 'cabeza de turco'.

El dedo acusador se debe a varios factores. El auxiliar de vuelo era muy promiscuo (dicen los escritos sobre él que reconoció haber tenido sexo con más de 2.000 varones), viajaba mucho debido a su trabajo, por lo que tenía relaciones en distintos países y participó en un estudio epidemiológico en el que se le identificó con la letra 'o' -lo que derivaría en paciente '0'- y en el que se demostró que más de 40 de los primeros homosexuales infectados por el VIH habían tenido encuentros sexuales con él. El trabajo se publicó en la revista 'Journal of American Medicine' en 1984, el mismo año en el que Dugas murió. No hizo falta más. El canadiense fue señalado por todos, sin posibilidad de defenderse.

Poco después, el libro 'And the band played on' -que luego se convirtió en película- contribuyó a echar más leña al asunto. Escrito por el periodista Randy Shilts -activista homosexual y uno de los primeros reporteros en contar cosas sobre el sida-, narraba los inciertos comienzos de la epidemia, las luchas entre el gobierno y los médicos por investigar el nuevo virus y, entre muchas intrahistorias, también retrataba el comportamiento promiscuo y arriesgado de Dugas. Precisamente fue este último aspecto el que se utilizó para promocionar el libro y lograr la atención de la prensa. Objetivo que se cumplió con éxito.

Del rumor a la culpa
Del acusado como 'paciente cero', Shilts escribió que, a pesar de sufrir sarcoma de Kaposi -un tumor característico de la infección por VIH aunque por aquel entonces no se sabía- seguía acostándose con todos los chicos que podía sin usar protección. Y la leyenda siguió alimentándose. De boca en boca corrió el rumor de que había un hombre muy guapo que era muy activo en los cuartos oscuros de los bares y que, cuando acababa el acto sexual, enseñaba sus lesiones cancerosas a la pareja de turno y le decía: "Tengo cáncer, voy a morir y tú también". Verdad o mentira daba igual. La gente lo creyó.

'El hombre que nos dio el sida', llevó a su portada 'The New York Post'. 'El Colón del sida', tituló 'National Review'. Son sólo algunos ejemplos. Dugas fue demonizado por la prensa y por la sociedad.

Tras su muerte, miembros de los propios CDC (los Centros de Control y Prevención de Enfermedades de EEUU) insistieron en que la idea de culpar a un solo hombre de la propagación del VIH era 'estúpida' y que si de algo sirvió el caso del mal llamado paciente 'cero' fue para demostrar que se trataba de un virus que se transmitía muy fácilmente a través de determinados comportamientos y, por tanto, también era prevenible si se evitaban esas actitudes de riesgo. Pero ya era tarde. Todavía hoy, tres décadas después, algunos siguen pensando en Gaetan como culpable.


DOCUMENTACIÓN
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Pedro Poza Maupain | El Mundo, 2011-05-30 
Tras la senda del 'si da, no da'
Cristina G. Lucio | El Mundo, 2011-05-30 | IMAGENES
Los 30 años del sida
Isabel F. Lantigua | El Mundo, 2011-05-30 | AUDIOVISUALES

La cara más célebre de la enfermedad
Hay famosos que han hecho visible su enfermedad, otros la esconden por miedo. El caso de Magic Johnson borró algunas de las falsas creencias sobre el sida. En España se conocen pocas 'celebrities' con sida en estos 30 años.
Silvia R. Taberné | El Mundo, 2011-05-30


Enlaces
30 Years of HIV/AIDS


Y además...

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Sexo y sida en la tercera edad 
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