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miércoles, 12 de enero de 2022

#hemeroteca #lgtbifobia #justicia | Condenado a nueve meses de cárcel por amenazar en Twitter a un activista LGTBI

La Marea / Fran Pardo //

Condenado a nueve meses de cárcel por amenazar en Twitter a un activista LGTBI.

El caso ha tardado siete años en ser juzgado tras ser denunciado por Fran Pardo. La suspensión de prisión está condicionada a que haga un curso de derechos humanos, pague la indemnización de mil euros y no cometa delitos en dos años.
Miquel Ramos | La Marea, 2022-01-12
https://www.lamarea.com/2022/01/12/condenado-a-nueve-meses-de-carcel-por-amenazar-en-twitter-a-un-activista-lgtbi/ 

Sergio S.M., uno de los acusados por amenazar en Twitter al activista LGTBI valenciano Fran Pardo, ha sido condenado a nueve meses de prisión por un delito de amenazas (artículo 169.2) con la agravante de motivación ideológica por orientación sexual. Las partes han llegado a este acuerdo durante el juicio, celebrado este jueves en València. La pena solicitada inicialmente por la acusación era un año y medio de prisión.

El tuit por el que finalmente ha sido condenado pedía acabar con la vida de Pardo «a lo Palomino style«, en referencia al joven antifascista vallecano Carlos Palomino, asesinado de una puñalada en el corazón en noviembre de 2007 por un neonazi en el metro de Madrid. El acusado, que ha reconocido los hechos, ha pedido perdón a la víctima y deberá abonar las costas del procedimiento, además de indemnizarlo con mil euros.

El juez ha aceptado la suspensión de su ingreso en prisión condicionada a que el autor de las amenazas realice un curso de derechos humanos, pague la indemnización y no cometa delitos en dos años.

El otro acusado, un hombre residente en Guadalajara, era el titular de la línea de Internet desde la que se realizaron otras amenazas contra Pardo, y ha confesado que se trata en realidad de su hijo. La fiscal de Delitos de Odio, Susana Gisbert, ha pedido que se investigue a esta persona y que el procedimiento contra este siga adelante.

El caso ha tardado siete años en ser juzgado desde que Pardo recibiera las amenazas y las pusiera en conocimiento de la Justicia. La Policía solo ha identificado a dos de los más de diez individuos que profirieron las amenazas durante meses vía Twitter, incluso cuando la víctima era menor de edad. Aun así, tanto la víctima como su abogado han valorado positivamente el resultado del juicio, y animan a denunciar cualquier amenaza en las redes contra activistas por los derechos humanos. Se trata de una de las primeras condenas contra miembros de la extrema derecha por amenazas lgtbfóbicas, al menos en València, según el abogado de la víctima.

“Creemos que haber pasado todo este tiempo ha valido la pena al conseguir esta condena”, ha afirmado Pardo a lamarea.com. “Yo, como víctima, no olvido que han quedado muchos impunes, y que seguirán esparciendo su odio. No pierdo la perspectiva, sé que otros de los que me amenazaron siguen libres, pero creo que he hecho lo correcto y que hay que denunciar siempre y que todavía queda mucho que hacer. No voy a parar de luchar contra la LGTBIfobia y contra la impunidad de la extrema derecha en este país. Estas cosas no les pueden salir gratis”, ha remarcado la víctima a la salida del juicio.

martes, 6 de julio de 2021

#hemeroteca #homofobia #crimenesdeodio | Samuel y esa homofobia que hace gracia

Imagen: La Marea / Las amigas de Samuel //

Samuel y esa homofobia que hace gracia.

La homofobia, como la lgtbiqfobia, es uno de los pilares de la agenda involucionista para cuya implantación la ultraderecha internacionalista lleva años coordinándose. Y entre sus aliados juegan un papel estratégico esos hombres hetero supuestamente progresistas que hacen bromas sobre maricones y 'hombres con tacones'.
Patricia Simón | La Marea, 2021-07-06
https://www.lamarea.com/2021/07/06/samuel-y-homofobia/

C. era el más bajito de la clase y el empollón, así que el sitio más seguro que encontró en la escuela era entre las niñas. Era raro el recreo en el que los niños-machos-alfa de nuestro curso no le pegaban, le empujaban o le metían en el contenedor para el papel reciclado mientras le gritaban maricón. Estábamos a mediados de los 90, ya habían pasado las Olimpiadas del 92, la Expo de Sevilla y este país seguía siendo, mayoritariamente, igual de cazurro. Lo sé porque durante los, aproximadamente, ocho años en los que se sucedió diariamente ese maltrato nunca sentí que los profesores le protegieran, a pesar de que era de sobra conocido que era víctima de una violencia física y psicológica brutal en ese salvaje oeste que eran -y que seguirán siendo, imagino– los patios de las escuelas.

Cualquier personita que se saliese de la maldita (hetero) norma –demasiado buena estudiante, demasiado gorda, demasiado delgada, demasiado fea, demasiada pluma, demasiado hombruna…– era machacada por una minoría de niños-verdugo. Eran el fiel reflejo del antiguo régimen del que veníamos, reproducían lo que veían en su entorno, legitimados por la impunidad que le brindó con su inacción parte del profesorado: el siempre necesario silencio de los cómplices. Fue así como sus víctimas no encontramos en la escuela pública la protección que habría supuesto una verdadera inmersión en una cultura democrática y la enseñanza de una ética pública compartida.

El mundo en el crecimos seguía siendo el de la ley del más fuerte, también cuando un profesor entrado en canas empleaba la regla contra los más revoltosos y uno muy joven se esforzaba por hacer pasar por juego con sus alumnas lo que era, a todas luces, pederastia. Teníamos entre 11 y 14 años. Todo eso pasaba ante nuestros ojos infantiles, sin saber descifrar ni nombrar la incomodidad de lo que nos estaba pasando porque eran los adultos, la autoridad, quienes lo permitían. No era un mal colegio para la época. Tampoco excepcional. Me acordé mucho de C. viendo la serie de Bob Pop ‘Maricón Perdido’ porque mi compañero, de quien desconozco su orientación sexual, también hacía como que no pasaba nada: quitaba importancia a las agresiones, a los insultos, y seguía sacando las mejores notas. Tan pequeños y ya habíamos aprendido a actuar para sobrevivir.

Por aquel entonces, el PSOE llevaba gobernando unos quince años y resultaba evidente que no había conseguido recuperar el espíritu de las Misiones Pedagógicas de la República ni el sistema educativo de la Institución Libre de Enseñanza. La educación seguía perpetuando un sistema de castas que se establecía en parvulitos: ahí ya se determinaba quiénes serían los listos, los tontos, los que llegarían al Instituto, los que se decantarían por el trabajo en la obra... Las niñas y los C. también tuvimos que aprender desde tan pronto que íbamos a crecer rodeadas de depredadores y primates.

Ya de adulta, me sorprendió compartir mantel de tela blanca con una subcategoría de estos: apoyaban los paquetes de tabaco y los gin-tonics de las sobremesas en los libros de sus ‘amigos’ y ‘referentes’, a los que peloteaban hasta la vergüenza ajena para ver si algún día les designaban a dedo como sus dignos sucesores en las columnas de los semanales, en las estanterías de los más vendidos y en el reino de sus batallitas dialécticas: ganaba el más ingenioso para conjugar clasismo, homofobia y sexismo. Un sexismo, por cierto, muy retorcido: habían visto cómo sus líderes supremos aceptaban de vez en cuando a una mujer vanguardista e inteligente entre sus filas, para convertirlas en su estandarte de progresía y aperturismo.

No solo eran la ‘crême brûlée’ de la intelectualidad de izquierdas sino que compartían amistad con algunas de las mujeres más vanguardistas del momento, que nos abrieron buena parte del camino que después nosotras hemos transitado pero que, en algunos casos, tuvieron que asumir las maneras de tíos enrollados, misóginos y patanes para poder participar en la vida pública del tardofranquismo. Por eso, si hay algo que no soportan ahora sus cachorrillos, tras tantos años interpretando su rol de groupies a la espera del asalto a los cielos de la popularidad, es constatar que se han hecho viejos y reaccionarios muy rápido mientras una revolución cultural les pasaba por encima.

Ahora, el músico bisexual del que se reían cuando coincidían en un festival es el que está ganando todos los premios con su última novela, mientras ellos siguen creyendo que algún día alguien les comparará con Paul Auster. Lo que más les molesta -ellos, que siempre se creyeron los más listos y vanguardistas–, es que las mujeres que están cambiando el canon cultural con su talento, inteligencia, esfuerzo e ideología feminista no tienen ni el más mínimo interés en perder tiempo con ellos, ni con sus ingeniosas frases salpicadas de ‘maricones’ y ‘mujeres con tacones’’, ni con su concepto ‘ayusístico’ de la libertad para verbalizar discriminaciones disfrazadas de jocosas ‘incorrecciones políticas’, ni con su humor que cada vez hace menos gracia y da más pena.

Porque claro que el crecimiento de la extrema derecha en las tertulias, en las urnas y en los parlamentos –recordemos ese orden cronológico para no omitir responsables– tiene una correspondencia directa con el aumento de las agresiones y asesinatos de personas del colectivo LGTBIQ+; porque por supuesto que tener una judicatura a la que mayoritariamente ha podido acceder miembros de la clase social más alta y reaccionaria del país conlleva sentencias como la que ha dado patente de corso a la propaganda xenófoba y de odio contra los menores que migran solos del partido neofascista de Vox; y claro que todo ello, contribuye a afianzar una agenda involucionista para cuya implantación la ultraderecha internacionalista lleva años coordinándose -y que tiene en la abolición de los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres otro de sus puntos fuertes–; y acaso alguien duda de que en este país sigue faltando formación entre las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado y los trabajadores de la Administración de Justicia para entender los delitos de odio, investigarlos correctamente y que así sus ejecutores sean condenados...

Pero tampoco podemos omitir la responsabilidad de los supuestos ‘progres’ que con sus bromas, sus silencios o su displicencia abonan el estiércol de los que medran, se lucran y ganan poder con el odio, el sufrimiento y la muerte de los que consideran ‘los otros’, y que somos la inmensa mayoría menos ellos. A Samuel le gritaron maricón mientras le apalizaban a patadas y, como escribía Begoña Gómez Urzaiz sobre este crimen, “lo que te llaman cuando te matan importa”. Hace una semana, también le gritaron “maricón” a un chico mientras le dejaban inconsciente a golpes en las fiestas de Sant Cugat del Vallés. La víctima tenía 20 años y los presuntos agresores 15 y 17. También recibieron insultos homófobos los dos jóvenes que este fin de semana recibieron una paliza por parte de una decena de hombres, como ha publicado Miquel Ramos.

Desde 2017, tanto el Ministerio de Interior como los distintos observatorios autonómicos de LGTBIQfobia han registrado un aumento notable de las agresiones a este colectivo, de hasta un 15% en Catalunya y un 25% en la Comunitat Valenciana. Y aun así, sus responsables estiman que solo se denuncia entre un 2 y un 5%.

Las personas del colectivo LGTBIQ+ son las más discriminadas, agredidas, violadas, empobrecidas, torturadas y desaparecidas en la inmensa mayoría de los países del mundo. También son entre las que se registra un porcentaje más alto de pensamientos suicidas e intentos de suicidio no solo en la etapa adulta, sino cuando aún son menores.

Niños, niñas y adolescentes que recién empiezan a vivir y ya se quieren morir porque sienten que el mundo no solo no les quiere, sino que les odia. Y hay una parte de la clase política, la de derecha y la extrema derecha, que se ha constituido y que crece atizando ese querer que no existan, que se mueran. Si pudiesen llevarlo a cabo, se trataría de un genocidio por razones de orientación sexual e identidad de género. Como por ahora no pueden, cobran salarios de dinero público por proponer políticas que les hagan la vida tan imposible que sean ellos y ellas mismas quienes terminen por acabar con ella. Y lo más eficaz es sembrar la semilla del odio y del auto-odio en las aulas, en su etapa más vulnerable. Por eso la extrema derecha se está volcando en extender su basura mental en los institutos, en los que está consiguiendo que, como contaba en un artículo Noelia Isidoro, una parte de su alumnado sienta que la rebeldía juvenil es cantar el Cara al Sol, odiar a los catalanes y machacar a los maricones.

Las élites reaccionarias de todo el mundo están en guerra con la igualdad y la libertad de las mujeres, de las personas LGTBIQ+ y de las migrantes y que buscan refugio. Somos sus enemigos porque nuestra mera existencia impugna el modelo de sociedad que quieren imponer. No tienen ningún problema con los hombres heterosexuales que votan a partidos de izquierda y van de modernitos, pero en la práctica son igual de machistas, lgtbiqfóbicos, racistas y clasistas. Porque, en el fondo, son también de derechas, pero al ocultarlo contribuyen a esa falacia de que se puede ser fascista, abierto de mente, progresista y hasta buena persona. Y no. A Samuel lo mataron, presuntamente, trece asesinos, pero el odio que impulsaba y engrasaba sus patadas y puñetazos es responsabilidad de todos y todas. Sobre todo, de a los necios a los que el odio les sigue haciendo gracia.

jueves, 1 de abril de 2021

#hemeroteca #memoria | Y antes de todos, estuvo Ida B. Wells

Imagen: la Marea / Ida B. Wells

Y antes de todos, estuvo Ida B. Wells.

Recordamos a la periodista estadounidense, y su lucha antirracista y feminista, en el 90º aniversario de su fallecimiento. En 2020 se le concedió el premio Pulitzer a título póstumo.
Manuel Ligero | La Marea, 2021-04-01
https://www.lamarea.com/2021/04/01/no-conoces-a-ida-b-wells-pues-deberias/ 

Antes de Rosa Parks, antes de Martin Luther King, antes de Malcom X, antes de James Baldwin, antes de todos ellos estuvo Ida B. Wells. Ignorada durante buena parte del siglo XX, solo recientemente se ha empezado a reivindicar la figura de esta mujer adelantada a su tiempo. Muy adelantada. Tanto que nació siendo esclava, unos meses antes de que Abraham Lincoln dictara la orden de emancipación de los esclavos afroamericanos en septiembre de 1862. Que una niña negra, nacida en el Estado sureño de Mississippi y en una época salvaje, lograra alfabetizarse, estudiar, independizarse, trabajar como periodista de investigación y militar como sufragista y defensora de los derechos civiles es una proeza. En realidad, lo sería para cualquier mujer, pero para una mujer negra, en ese contexto histórico, es algo sencillamente increíble.

Ida B. Wells estaba hecha de una pasta especial. A los 16 años, cuando se quedó huérfana (sus padres murieron a la vez y repentinamente por un brote de fiebre amarilla), en un manifiesto ejemplo de remango, decidió cuidar y sacar adelante a sus seis hermanos pequeños. Así que consiguió un empleo de profesora en una escuela de secundaria de Holly Springs. Profesora a los 16 años.

Es muy revelador colocar su vida y sus escritos en una línea temporal y compararlos con otros similares que ocurrieron mucho después. Fue, por ejemplo, una Rosa Parks ‘avant la lettre’. Wells sufrió un episodio parecido a bordo de un tren, cuando un revisor la conminó a abandonar su asiento en el vagón de mujeres y pasarse al vagón de los fumadores, que ya iba lleno de pasajeros. Ida, que estaba muy alejada del perfil del negro obediente, se negó. Ella estaba donde debía estar, en el vagón de mujeres, y de ahí no la iban a mover. La disputa subió de intensidad y otros dos hombres ayudaron al revisor a arrastrar a la brava Ida fuera del tren. Durante este forcejeo, y antes de ser expulsada, logró morder en la mano al revisor. Era indomable.

¿Qué hizo tras este lamentable suceso? Contó el caso en un artículo publicado en un periódico adscrito a una iglesia negra, con lo que ganó bastante popularidad en su comunidad, y denunció oficialmente a la compañía ferroviaria. El juez falló en su favor y consiguió una indemnización de 500 dólares. Era 1884, setenta y un años antes del sonado incidente protagonizado en un autobús por Rosa Parks.

La activista periodista
La fecha del incidente es importante porque ocurrió en una época y un lugar, los Estados del Sur, en el que los negros podían ser linchados impunemente por el simple hecho de ser «descarados» con los blancos o por «no ceder el paso en la acera a una persona blanca si esta se lo exigía». Así lo explicaba Ida B. Wells en su obra The Red Record (1895), un pormenorizado alegato contra el linchamiento cuya lectura produce escalofríos.

La turba podía linchar a un negro por un delito imaginado (el más común era el de la violación de mujeres blancas, había una verdadera obsesión con ese tema) incluso después de ser declarado inocente por un jurado. Para más señas: por un jurado enteramente blanco y en un tribunal presidido, obviamente, por un blanco. Ni siquiera eso los ponía a salvo. Es lo que le ocurrió a Meredith Lewis en Roseland (Luisiana) en 1893. Algunos días después del juicio por asesinato en el que fue absuelto lo sacaron de su casa y lo colgaron.

Wells denuncia en su obra la impunidad y la frecuencia con la que ocurrían estas atrocidades. Lo hace limitándose a relatar los casos ocurridos en los meses inmediatamente anteriores y el recuento es abrumador. Particularmente espeluznante es el caso de Henry Smith, torturado lentamente y quemado en la plaza pública el 1 de febrero de 1893 en Paris (Texas). El suplicio tuvo lugar ante una masa enfervorecida de 10.000 personas que celebraba con vítores «cada grito, cada contorsión» producida por el efecto del hierro candente en los ojos, la garganta y el cuerpo de Smith. Eso fue antes de que lo rociaran con queroseno y le prendieran fuego. Según varios diarios, aún estaba vivo mientras ardía en el patíbulo.

Aquella barbaridad, «más allá de toda descripción», como apunta Wells, fue cubierta por varios periódicos nacionales. Pero había muchos casos que pasaban totalmente inadvertidos. En el año 1893 nuestra reportera contabiliza cinco víctimas mortales sin que se sepa el motivo por el que fueron linchados. De dos de ellos ni siquiera se sabía el nombre. «El linchamiento es tan común en Estados Unidos que el hallazgo del cadáver de un negro, colgado de una rama entre el cielo y la tierra, tiene tan poca importancia que ni las autoridades civiles ni las agencias de prensa consideran que el asunto sea digno de ser investigado», denuncia Wells. En el prefacio de 'The Red Record', el líder abolicionista Frederick Douglass ponderaba así su ejercicio periodístico: «Usted ha tratado los hechos con una fidelidad fría y minuciosa, y ha dejado que esos hechos desnudos y sin contradicciones hablen por sí mismos».

No te puedes fiar de los blancos
Ida B. Wells aprendió pronto, y por experiencia propia, a desconfiar de los blancos. La victoria que consiguió en primera instancia en su caso contra la compañía ferroviaria fue posteriormente revocada por el Tribunal Supremo del Estado de Tennessee. «El sistema judicial de este país está enteramente en manos de la gente blanca», escribió Wells. «A esto hay que añadir el prejuicio inherente contra las personas de color, con lo que se verá claramente que un jurado blanco encontrará inevitablemente culpable a un acusado negro si hay la menor evidencia para justificar tal hallazgo». Las estadísticas, 126 años después de que escribiera estas líneas, parecen darle la razón: en 2020, más del 41% de los presos sentenciados a muerte en Estados Unidos (2.555 personas) eran negros; en cambio, el porcentaje de población negra del país no llega al 13,5%.

Al no encontrar en casa el suficiente apoyo a su causa antilinchamiento, Ida B. Wells hizo un «llamamiento mundial», con similar resultado. Vio con especial tristeza cómo eran recogidas en la prensa inglesa las noticias sobre la violencia contra los negros americanos. El Times de Londres, en un ejercicio supremo de cinismo y frío cálculo capitalista, desaconsejaba estas prácticas, pero no por inhumanas sino en aras de la productividad: «La matanza de negros por turbas sedientas de sangre no es un hecho infrecuente y no conduce al éxito de la industria. (...) El trabajo negro, que significa, en el mejor de los casos, trabajo ineficiente, aún debe confiarse a ellos en gran medida, y este terrorismo espasmódico disminuye aún más su eficiencia».

Afirmaciones como aquella ratificaron a Ida B. Wells en su idea de llevar la resistencia a otro nivel: «El dólar es el dios del hombre blanco, y detener esto será detener los atropellos en muchos municipios», escribió a principios de la década de 1890 en un artículo recogido después en el volumen 'Southern Horrors: Lynch Law in All Its Phases'. Esta convergencia entre la lucha por la igualdad racial y la lucha obrera podía, a su juicio, tener el beneficioso efecto de una «revolución incruenta». Pero había aprendido a no ser ingenua. Sabía que había que ir más allá y por eso empieza a hablar de autodefensa (una noción particularmente perseguida en nuestros días por los críticos del antifascismo).

«Las únicas veces en las que un afroamericano ha sido asaltado y ha podido escapar ha sido cuando tenía un arma a mano y la usó en defensa propia», afirma Ida en uno de sus escritos más revolucionarios. «La lección que esto nos enseña, y que cada afroamericano debería sopesar bien, es si el rifle Winchester debería tener un lugar de honor en cada hogar negro, con el objeto de ser utilizado para conseguir la protección que la ley le niega».

No es un miembro de las Panteras Negras quien así se expresa (el partido de los Panteras Negras no se fundaría hasta 1966), es una joven periodista afroamericana a finales del siglo XIX. «Cuando el hombre blanco, que siempre es el agresor, sea consciente del riesgo que corre de morder el polvo al atacar a una víctima afroamericana, más respeto tendrá por las vidas afroamericanas», añade. El concepto, en esencia, ya está ahí: las vidas negras importan. Black Lives Matter.

En todos los frentes
Evidentemente, todos estos artículos tendrían consecuencias para ella. Durante un viaje a Filadelfia, sus enemigos aprovechan su ausencia para quemar la redacción del periódico en el que trabaja como editora y del que es copropietaria en Memphis, el ‘Free Speech and Headlight’. Ida B. Wells se mantuvo, bajo amenaza, lejos de su antiguo trabajo. De hecho, no volvería a Memphis en los siguientes 30 años.

Se instaló primero en Nueva York, donde sus artículos contra el fenómeno de los linchamientos en los Estados del Sur armaron un ruido considerable, y después en Chicago. Allí protestó por el hecho de que se excluyera a los afroamericanos de la Exposición Universal de 1893. Solo desde el pabellón de Haití pudo poner en circulación un pequeño libro en el que contaba la historia de opresión que habían sufrido los negros americanos en «la tierra de los hombres libres y el hogar de los valientes».

Como pionera que fue en todos los frentes, Ida B. Wells también militó en el movimiento en favor del derecho de la mujer al voto, una reivindicación a la que tenía sus propios matices que aportar. Creía que había que tener en cuenta todas las discriminaciones de las que somos objeto en su conjunto. No es lo mismo ser marginada por mujer que serlo por mujer, por pobre y por negra. A eso, mucho más tarde, se le llamaría interseccionalidad.

En 1913 fundó en Chicago el Alpha Suffrage Club, una asociación de mujeres negras en favor del derecho al voto. Como presidenta del club participó en la primera manifestación sufragista que tuvo lugar en Washington ese mismo año. Lo hizo a pesar de que la mayoría de sus compañeras blancas eran notorias segregacionistas y quisieron mandarla al final, cerrando la marcha, para que las blancas del Sur no se molestaran. Pero a Ida nadie le iba a decir dónde tenía que ponerse, ni en un tren ni en una manifestación. Así era ella.

Ida B. Wells murió en Chicago hace 90 años, el 25 de marzo de 1931. Tuvo que esperar hasta el año pasado para obtener el más alto reconocimiento de la prensa en Estados Unidos. En 2020 se le concedió el premio Pulitzer a título póstumo.

domingo, 21 de marzo de 2021

#hemeroteca #ideologiadeodio #educacion | El PIN de los necios

Imagen: La Marea

El PIN de los necios.

"Quieren encerrarnos en el pasado, pretenden que nos autocensuremos y hacer de la educación bandera de lo retrógrado", reflexiona Noelia Isidoro.
Noelia Isidoro | La Marea, 2021-03-21
https://www.lamarea.com/2021/03/21/el-pin-de-los-necios/ 

Creo que fue Cortázar quien dijo que no había que confundir lo actual con lo moderno. Lo de esta semana en Murcia lo ha dejado claro. También insisten las abuelas en no confundir lo urgente con lo importante, pero a veces, como en días en los que se entrega la educación al partido que alardea del atraso y lo impone desde las instituciones, eso es tarea complicada. Tal vez el PIN parental no sea lo más relevante. Pero puede que sí. Más allá del mercadeo de las consejerías y los tránsfugas, está el entregar la educación a partidos que la maltratan y que presumen de ello. No llega así el final de una negociación política, llega la victoria. La suya.

El triunfo de Vox y sus ideas macabras en la enseñanza ha sido paulatino y tiene mucho que ver con lo material y menos con lo simbólico. Que te quiten sitio en clase no es simbólico, es material. Que te priven de conocimientos no es simbólico, es material. Que quien no es ni siquiera experto en una materia indique qué es lo que está prohibido en ella no es simbólico, es material. No hay nada más material que quitarle a los y las menores su derecho a tener posibilidades.

La escuela, especialmente la pública, ha sido durante décadas garantía –o espejismo– de ascensor social. El único al que subirse en una sociedad donde los contactos y el capital determinaban el futuro. Durante años, estudiar era en muchas familias motivo de orgullo y nido de posibilidades. Pero llevamos tiempo con el ascensor roto y sin nadie que lo arregle: a la masificación en las aulas y el recorte de recursos que conllevan la privatización y el abandono, se une la evidencia de que estudiar no salva. Los hijos no viven ya mejor que sus padres. La universidad ha dejado de ser accesible y, además, tener carrera no garantiza ninguna prosperidad.

Si el ascensor no funciona, lo intentamos por las escaleras. Pero es que el pavimento ya tampoco se sostiene. La escuela era casa del conocimiento. Antes. Ahora que todo es relativo, que no hay tiempo para desmentir bulos y que cualquiera accede a supuestas noticias con el pulgar, la educación nos habla cada vez más alto de emociones. No son nuevas las incursiones de la empresa privada en la escuela pública, como tampoco lo es que el sistema educativo esté imbricado en un sistema sociopolítico que reproduce, así que no: no se transforma el mundo desde una clase.

Lo que sí pueden cambiar las tizas es la forma de pensar. Pero es difícil hacerlo cuando se habla de lo emocional, simplificándolo y mercantilizándolo, y se lanzan mensajes de misterwonderful al tiempo que se deja de lado el conocimiento. Si llenamos las aulas de mensajes que digan que soñando fuerte se consiguen cosas mientras bloqueamos los conocimientos para supuestamente atender la diversidad del grupo, infantilizamos a los y las estudiantes. En un mundo donde han desaparecido los expertos, el conocimiento pierde valor. Si prima la emoción, ganan las vísceras frente a la razón. Ya no hay refugio donde hay pizarras.

Cuando el currículo es inabarcable, repetitivo y está desvinculado de la realidad bajo una apariencia de neutralidad, solo nos quedan los contenidos transversales. En realidad, estos contenidos que cambian de nombre en las distintas leyes educativas siempre estaban ahí. Estaban en la Filosofía, en la Historia, en las Ciencias Naturales y en la Literatura, por ejemplo. Estaban también cuando el profesor de Física nos explicaba los avances científicos, cuando la de Griego nos contaba cómo se negaban los troyanos a escuchar a Casandra. Igual que estaban en las excursiones que hacíamos antes de la pandemia o en las charlas de profesionales que venían a hablarnos de sus proyectos, de sus trabajos, de cómo luchar contra el racismo, identificar el maltrato a un compañero, prevenir embarazos no deseados o denunciar abusos en las relaciones de pareja.

Las actividades complementarias son educación no formal. A medida que se han ido dotando de contenido (ya no vamos a la fábrica CocaCola de excursión, como en los 80) se ha ido demostrando que esa educación es en muchos casos una herramienta válida e imprescindible para la formación de los y las menores. Hay un abismo entre leer teatro en clase y asistir a su representación. No es lo mismo salir al campo que ver plantas y animales en su ecosistema que verlos solo en imágenes. Igual que no es lo mismo escuchar en casa comentarios homófobos sin más rigor que el odio que poder plantear tus dudas y deseos ante psicólogos especializados si tienes la suerte de recibirlos en tu instituto.

Nada de eso es nuevo. Como tampoco lo es el hecho de que conocer más realidades es el camino para dejar de ser manipulable. Una realidad tan evidente como el que tener distintos puntos de vista es, precisamente, lo contrario al adoctrinamiento. Las maestras en este país siempre han sido cuerpo degradado, sujetos vulnerables en un sistema educativo que intentaba avanzar pese a todo. Ahora, bajo un paraguas de excusas aberrantes, los de siempre intentan lo de siempre: vetar a menores el conocimiento de los Derechos Humanos. Porque conocer es cuestionar y es de ahí desde donde una sociedad se remueve y avanza.

Hablan de adoctrinamiento quienes pretenden vetar las ideas en la escuela mientras en cuanto tienen ocasión meten Religión como materia en cada curso. Su radicalidad, su fanfarronería al proponer el PIN y gobernar para hacerlo es una muestra más de esa seguridad que solo tienen los necios. Quieren encerrarnos en el pasado, pretenden que nos autocensuremos y hacer de la educación bandera de lo retrógrado. Tomar conciencia y defender sus avances es urgente, importante y necesario. Cualquier abuela nos lo diría.

lunes, 20 de abril de 2020

#hemeroteca #saludpublica #punitivismo | Expresiones punitivas en la emergencia de la COVID-19

Imagen: La Marea
Expresiones punitivas en la emergencia de la COVID-19.
"La naturalización del encierro en el abordaje de esta y futuras pandemias nos llevará a una concepción de la libertad que necesariamente se transformará y será transformada", reflexiona la autora.
Paz Francés Lecumberri | La Marea, 2020-04-20
https://www.lamarea.com/2020/04/20/expresiones-punitivas-en-la-emergencia-de-la-covid-19/

Son muchas las dimensiones desde las que se puede analizar esta emergencia de la COVID-19: económicas, culturales, geopolíticas, desde la biopolítica, desde los feminismos... como excelentemente y en tiempo record han hecho, entre otros, Agamben, Butler, Preciado, Galindo (1) o Jiménez Franco. Yo quisiera centrarme exclusivamente en una dimensión muy concreta, en la dimensión de la respuesta punitiva a este acontecimiento y en un lugar específico, el Estado Español, si bien algunas de las reflexiones bien puedan servir para otras realidades territoriales.

Trataré de exponer cómo, a mi parecer, se relacionan algunas de las decisiones para el abordaje de la emergencia de la COVID-19 con la cuestión del abordaje del delito, de la pena y más ampliamente con la cultura sociopolítica basada prácticamente en exclusiva en lógicas del castigo y sus dispositivos. Creo que pensar la cuestión desde esta perspectiva es fundamental ya que los abordajes a esta emergencia se están dando desde este lugar, es decir, desde las prácticas que ya tenemos como sociedad. Con estas prácticas, con estas herramientas, estos bagajes, son con los que estamos tortuosamente transitándola (Así también Rodríguez Alzueta). La pregunta que me hago es: ¿acaso era/es posible otro modo de afrontar la pandemia al modo en que lo estamos haciendo? Considero que la respuesta es negativa porque las medidas que se han adoptado para afrontar esta crisis –en sus distintas dimensiones– no son casuales. Son simplemente el reflejo y resultado de la sociedad que tenemos. De las prácticas sociales que concurren en la respuesta a la COVID-19 algunas son más evidentes y otras no tanto. Nombraré y ejemplificaré aquellas prácticas sociales que se pueden reconducir en sentido amplio a expresiones punitivas y su presencia en la respuesta a esta crisis, apuntando algunas semejanzas o relaciones entre la respuesta a la emergencia y esas lógicas punitivas. En este sentido quisiera mencionar la concurrencia tanto de prácticas punitivas horizontales, es decir, entre miembros iguales de la sociedad basadas fundamentalmente en la cultura de la delación (que se enmarcan en el llamado control social informal) y las verticales o estatales, más claramente enmarcables en prácticas de castigo, abuso y hostigamiento –control social formal–.

La primera expresión que tiene una relación estrecha con el abordaje del delito es el manejo del miedo. El miedo a la pena, a la cárcel, al crimen, a la policía es un elemento fundamental de lo punitivo. De este modo lo punitivo utiliza el miedo en distintas dimensiones. El miedo a la exclusión social de las personas y la posibilidad de ser etiquetadas en la categoría de delincuentes para someterlas a su control. También se usa el miedo al crimen y al criminal y a lo diferente, fomentando en el común de la gente una alarma permanente para justificar el castigo y el control que conlleva. Por último se encuentra el miedo a la pena, la pura retribución, que como teoría preventiva justifica la existencia misma del castigo. En la emergencia de la COVID-19, el miedo está siendo también una parte nuclear al menos en tres dimensiones: el miedo a enfermar, el miedo a ser sancionado y el miedo a ser etiquetado no por delincuente sino por irresponsable. Estos miedos nos llevan a otras expresiones punitivas: el manejo del concepto “del otro”, el lenguaje de la guerra y la exacerbación de las sanciones. Me detendré en ellas.

El concepto de otredad está siendo manejado de forma muy evidente en esta crisis. Del mismo modo que el estigma recae en el delincuente y desde ahí se establecen las diferencias entre quienes cumplen las leyes y quienes no, entre quienes están presas y quienes están libres, entre víctimas y delincuentes, etc.; en esta emergencia el binarismo está extremadamente presente y todos los días acontecemos en los medios de comunicación a todo un elenco de casos que da cuenta de distintos ejemplos de personas incumplidoras e irresponsables. Es más, en las ruedas de prensa diarias de actualización de la situación ‘sanitaria’ el espacio para expresar los datos policiales de personas incumplidoras, sancionadas o detenidas es enorme. Se ofrecen datos específicos sobre actuaciones policiales que dan cuenta en detalle de los números pero también de actuaciones irresponsables atribuyendo en muchos casos características concretas a las personas que desobedecen. En contraposición se hiper elogian los comportamientos ejemplares de la policía y de personas “cooperadoras” con las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado, estableciendo claras líneas divisorias en los atributos de unas personas y otras.

El lenguaje de guerra, no solo porque son mandos policiales quienes tienen una presencia indiscutible en esta emergencia ‘sanitaria’, sino porque se ha extendido a toda la población, nos lleva también a ciertas semejanzas con los lenguajes político-sociales de abordaje del delito (3) (4). La «guerra contra el virus», «la guerra contra la pandemia», «derrotaremos al virus», «héroes y heroínas de esta batalla» o «ganaremos la batalla al virus» son algunas de las expresiones que emulan las bien extendidas de «guerra contra el crimen», «guerra contra las drogas», «guerra contra el delincuente», «la batalla contra los agresores»... La puesta en escena militar, en sí mismo el despliegue militar –y por supuesto policial– en todos los municipios como nunca antes se había visto en democracia, hace de esta emergencia una cuestión de orden público de primer orden y como tal se está abordando. Esto es una realidad a la vista de los acontecimientos. Frente a los comportamientos «irresponsables», expuestos del modo descrito por los altos mandos de las Fuerzas de Seguridad del Estado y también por medios de comunicación, la canalización para una indiscutible sanción es perfecta. Se debe decir que las posibles sanciones a imponer por no cumplir con las restricciones del Estado de alarma en España son las más altas de todo Europa y que es el país que, hasta el momento, y con los datos que se conocen, más sanciones –y más duras– ha impuesto de los países de nuestro entorno más cercano. En ningún momento se planteó que pudiera ser posible apelar a la responsabilidad y razonabilidad de las personas en el cumplimiento de las medidas impuestas y que la policía sirviese al interés de que las personas, en caso de salir, fuesen dirigidas a sus casas. Se decretó el estado de alarma y en el Decreto se remitió para la imposición de las correspondientes sanciones a lo dispuesto en las leyes. ¿Qué leyes son esas? Básicamente la Ley de Protección de la Seguridad Ciudadana, bien conocida como Ley Mordaza. Desde el principio se escucharon voces advirtiendo que no era automático encajar las conductas de incumplimiento de las medidas de restricción del confinamiento a los supuestos de desobediencia de la Ley de Seguridad Ciudadana y menos todavía a un supuesto de desobediencia del Código Penal. Hace pocos días así lo ha mostrado la propia Abogacía del Estado cuestionando las multas por desobediencia si no hay una advertencia previa del agente y la persona no atiende a la advertencia. Sin embargo, cada día se sancionan a más de 20.000 personas con multas de entre 600 a 30.000 euros y cientos son las detenidas. ¿Nos estamos parando a pensar detenidamente en la gravedad de esta situación?
El Ministerio del Interior, a pesar de las objeciones jurídicas que se suscitan en la aplicación de la Ley de Protección de Seguridad Ciudadana, ha dado instrucciones internas para que se utilice para sancionar a las personas incumplidoras prioritariamente esa ley “ya que es un instrumento ágil”. Esto lo dice el mismo ministro –Fernando Grande-Marlaska– que hace pocos meses anunció que una de las prioridades del Gobierno era derogar la Ley Mordaza. Pero no se trata solo del número de sanciones y personas detenidas, se trata también de los abusos de poder que están ejerciendo las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado, del escarnio público al que someten a muchas personas a las que se les para, supuestamente saltándose el confinamiento. Estos hechos han sido algunas veces filmados y por ello conocidos. Casos de violencia extrema de la policía deteniendo a una mujer que corría por su ciudad mientras los vecinos vitorean la hazaña; violencia frente a personas que van en bicicleta; violencia frente a chicas y chicos jóvenes que están en la calle, violencia frente a personas con claros signos de sufrimiento mental... y los casos no son pocos. Por tanto, en esta emergencia, como en el abordaje del delito, también están presentes, las más claras y oscuras prácticas de hostigamiento, tanto por el número de sanciones como por la forma de intervención.

Otra dimensión punitiva que quería mostrar es la práctica del ‘chivato’, la del ‘policía de balcón’, la del ‘vecino’, la de ‘la vieja del visillo’, es decir, las prácticas de delación, cualquiera que sea el nombre que le queramos dar. Estas prácticas que parecían mayormente desterradas de nuestras vidas, están emergiendo de forma importante: personas que llaman a la policía porque hay una persona paseando, porque ha sacado tres veces al perro, porque están unos niños jugando en las zonas comunes del edificio, porque la vecina ha tenido visita de la familia, gritos desde los balcones con insultos a quienes van por la calle o gritos de “vete a tu casa”, “irresponsable”.

Otras se expresan poniendo piquetes en los accesos a pueblos, para blindar el municipio. Estas lógicas punitivas que antes denominaba horizontales, entre iguales, están adquiriendo una relevancia particular en el mantenimiento del miedo, del control, en posibilitar la intervención de mecanismos punitivos formales y lejos de ser expresiones solidarias, como se trata insistentemente de transmitir por los medios de comunicación, no son más que la expresión informal de un ejercicio de autoridad, en este caso de quienes se consideran que tienen la autoridad moral frente a quienes incumplen y la más antigua forma de escarnio público.

Para ir finalizando quisiera terminar con la expresión tal vez más evidente de la relación entre las prácticas punitivas y el abordaje de la crisis: el uso del encierro. Es sorprendente cómo se ha asumido que la solución a la crisis sanitaria sea el encierro, habiéndose dado una normalización nunca antes conocida de la contención y distanciamiento del cuerpo como solución a una emergencia. Es más, estamos ante el desarrollo del autoencierro o autoconfinamiento «por responsabilidad». Así, del mismo modo que la cárcel es comprendida por sus defensores como un mal necesario, también el encierro, la cárcel-casa, es un mal necesario debido al virus. De este modo, el encierro en las casas es entendido como algo irrefutable, incuestionable mientras no haya una alternativa, del mismo modo que la cárcel es irrefutable no teniendo –“por el momento”, se suele decir– alternativas. Sin embargo, ni se puede afirmar que el confinamiento ha funcionado –está funcionando– y mucho menos que la prisión esté siendo la solución a la criminalidad. La naturalización del encierro en el abordaje de esta y futuras pandemias nos llevará –nos está llevando– a una concepción de la libertad que necesariamente se transformará y será transformada.

Ello, pienso que inevitablemente, tendrá una incidencia en la comprensión de la pena privativa de libertad en el largo plazo. Veremos de qué modo. Son distintas las voces que consideran que esta situación puede ser un punto de inflexión para que comience un proceso empático con las personas presas e incluso para que se den transformaciones en la pena privativa de libertad donde se amplíen derechos. Yo no soy tan optimista más allá de que las nuevas tecnologías se introduzcan en las prisiones y/o en nuevas formas de castigo, pues lo carcelario está muy consolidado. No obstante, habrá que intentarlo y aprovechar esta emergencia en ese sentido. Lo que sí se puede decir hoy mismo es que la cárcel y otros espacios de encierro parecen menos irrefutables que ayer (5). En el Estado Español prácticamente se han vaciado los CIE y se han dado excarcelaciones de personas presas, lo que nos pone de frente a la realidad de que se está utilizando el mecanismo de la prisión y en general del encierro (6), más de lo que tal vez sea necesario, es decir: hay opciones de excarcelación y de semilibertad en casos donde, hasta hace pocas semanas, no se veían. Es cierto que el Estado Español ha excarcelado a pocas personas presas, lo cual está siendo denunciado por colectivos sociales. Sin embargo, en todo el mundo, se están dando excarcelaciones masivas sin objeciones porque es la recomendación dada por la OMS y el Consejo de Europa.

Para conluir, quisiera nombrar la importancia de los medios de comunicación en la transmisión de todas estas lógicas sociopolíticas, en la deformación de la legalidad y en la exacerbación del autoritarismo y la mano dura: exactamente igual que frente al delito.

Como decía al inicio del texto, estamos transitando esta emergencia con las prácticas que tenemos como sociedad y algunas de ellas están tristemente emergiendo con una gran clarividencia. Con todo lo anterior, aceptar y naturalizar la práctica del aislamiento como medida-solución, aceptar y naturalizar la suspensión de derechos fundamentales en nombre de la emergencia y aceptar y naturalizar la ocupación del espacio público por la policía no es un buen síntoma y debe ser revisado siempre. Por supuesto, no se trata –no es lo que se está tratando de decir aquí– de irracionalmente considerar que no hay que tomar medidas ante una situación de pandemia. En lo que se insiste es en evidenciar algunos de los elementos de por qué no se ha respondido de otro modo a la pandemia, en repensar las medidas adoptadas y sus consecuencias cuando queda implicada la afectación de derechos básicos. Hemos cedido sin apenas preguntar y desde el miedo prácticamente todos nuestros derechos fundamentales. ¿Dónde están los límites? ¿Hasta dónde estamos dispuestas a renunciar? Evidenciarlo nos puede permitir pensar en cambiar otras formas de abordaje de emergencias en el futuro –porque vendrán– y esto es siempre rico y necesario y no una “irresponsabilidad”.

Sin embargo, me temo que más bien al contrario, esta circunstancia se está aprovechando para componer consensos amplios que refuercen precisamente estas lógicas, sentando las bases con las respuestas de hoy, para todas aquellas que puedan venir mañana y peor todavía que esas lógicas y prácticas se sigan perpetuando en el resto de espacios y de toma de otras decisiones, siempre permeables al concepto del castigo y todo lo que a él es inherente.

*Paz Francés Lecumberri es profesora contratada doctora (interina) de Derecho Penal en la Universidad Pública de Navarra y miembro de Salhaketa Nafarroa.

(1) Una compilación de artículos publicados por estos autores y otros, sin perjuicio de otras publicaciones que han hecho después se puede encontrar en el trabajo colectivo Sopa de Wuhan. Pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemias, Ed. ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio), 2020.
(2) Rodríguez Alzueta, Esteban: ‘Delación social y policiamiento de la cuarentena’, en el seminario virtual ‘Pensar la crisis. El Estado y la comunidad frente a las emergencias’, organizado por la Asociación pensamiento penal.
(3) Diego Zysman Quirós en el seminario virtual ‘Pensar la cárcel después de la pandemia’, organizado por la Asociación pensamiento penal, 14 de abril 2020.
(4) Santiago López Petit en ‘El coronavirus como declaración de Guerra’, en: ‘Sopa de Wuhan’, Ed. ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio), 2020, p. 55.
(5) Brandariz, José Ángel, en el seminario virtual ‘Pensar la cárcel después de la pandemia’, Organizado por la Asociación pensamiento penal, 14 de abril 2020.
(6) Sobre los CIE y su vaciamiento y su impacto futuro se expresa Ana Ballesteros Pena en el seminario virtual ‘Pensar la cárcel después de la pandemia’, Organizado por la Asociación pensamiento penal, 14 de abril 2020.

miércoles, 8 de abril de 2020

#hemeroteca #saludpublica #aborto #saludsexual | Sanidad deja la decisión sobre los trámites para abortar en manos de las CCAA

Imagen: La Marea
Sanidad deja la decisión sobre los trámites para abortar en manos de las CCAA.
Desde el Ministerio de Igualdad aseguran que estudian propuestas. Las clínicas lamentan que el Gobierno no adopte una medida excepcional durante el estado de alarma para garantizar el derecho de las mujeres a decidir sobre su embarazo.
Olivia Carballar | La Marea, 2020-04-08
https://www.lamarea.com/2020/04/08/sanidad-deja-la-decision-sobre-los-tramites-para-abortar-en-manos-de-las-ccaa/

“Derecho a decidir”, decían las pancartas en las manifestaciones multitudinarias conocidas como el ‘tren de la libertad’, aquella marea que logró frenar la regresiva reforma de Gallardón de la ley de plazos. “Se reconoce el derecho a la maternidad libremente decidida. [...] Los poderes públicos, de conformidad con sus respectivas competencias, llevarán a cabo las prestaciones y demás obligaciones que establece la presente Ley en garantía de la salud sexual y reproductiva”, reza la norma vigente.

Esto, la protección y garantía de los derechos relativos a la salud sexual y reproductiva de manera integral que recoge la citada norma, avalada por la Organización Mundial de la Salud (OMS), es lo que llevan alegando las clínicas de aborto desde hace días para que el Gobierno permita a las mujeres, durante el estado de alarma, realizar el asesoramiento vía telemática y acudir, de este modo, una única vez a la clínica. Esta fórmula reduciría los riesgos de contagio por COVID-19 y facilitaría las cosas a mujeres que, por el motivo que sea, no quieren que las personas con las que conviven se enteren de que van a interrumpir su embarazo, explican desde la asociación de clínicas acreditadas ACAI.

El Ministerio de Sanidad, de momento, no prevé intervenir en este asunto, que deja en manos de las comunidades autónomas. “Esta posibilidad existe y es competencia de las comunidades autónomas”, responde a través de un email a este medio. “Nosotros seguimos sin tener respuesta del ministerio a nuestra petición. Igual se acaba antes el estado de alarma”, asegura la presidenta de ACAI, Francisca García. Por ahora, Cataluña y Galicia –esta última gobernada por el PP– sí han dado ese paso y han eliminado las visitas presenciales de asesoramiento. “Decir lo que dice el ministerio es una incoherencia –expresa García–. Es competencia de las comunidades autónomas y es una ley del Gobierno. Es decir, si el Gobierno, en esta situación, decreta esta medida como hace en otros ámbitos, queda garantizado ese derecho en condiciones sanitarias adecuadas. Nos parece lamentable que no se le dé importancia”.

Desde el Ministerio de Igualdad aseguran que se están estudiando propuestas y se coordinará todo con Sanidad, que es el ministerio competente, sostienen.

Desde la declaración del estado de alarma, el número de abortos se está manteniendo en general en comparación con la primera quincena del mes de marzo, según los datos facilitados por ACAI. No obstante, en Madrid, la comunidad más afectada por la crisis del coronavirus, la afluencia de mujeres ha descendido en algunos centros entre un 15% y un 20% aproximadamente. La vicepresidenta de ACAI, Eva Rodríguez, explicaba días atrás varios motivos: “Puede deberse a que muchas veces las mujeres no quieren que se enteren en el ámbito familiar, por ejemplo, si son chicas menores que viven con sus padres, o mujeres que no quieren que se entere su hermana o su marido… Ahora mismo las personas tienen menos movilidad para hacer cosas sin que otras personas conozcan lo que hacen. Y probablemente tenga que ver también con que las mujeres crean que no se está haciendo ese servicio”.

La asociación informa de que en las clínicas están utilizando equipos de protección individual, se están espaciando las citas para reducir la presencia simultánea en los mismos espacios y se reduce la presencia de acompañantes. Al mismo tiempo –añade ACAI–, y para facilitar la movilidad de las mujeres y el personal médico y sanitario, se han elaborado documentos válidos jurídicamente que justifican sus desplazamientos.

La situación en Europa
En Europa, según varias organizaciones, las barreras que suponen las leyes restrictivas y los requisitos administrativos están haciendo que el acceso seguro al aborto sea extremadamente difícil. La mayoría de los gobiernos no han aplicado medidas para garantizar ese acceso seguro a los servicios, suministros o información esenciales en materia de salud sexual y reproductiva durante la pandemia, incluido el manejo en el hogar del aborto farmacológico, denuncian Amnistía Internacional, Centre for Reproductive Rights, Human Rights Watch e International Planned Parenthood Federation. Muchos hospitales y clínicas –destacan– han reducido los servicios de salud reproductiva hasta mínimos, o los han cerrado por completo debido, entre otras razones, a la escasez y a las reasignaciones de personal.

Las organizaciones denunciantes explican en una nota de prensa que estas restricciones afectan «desproporcionadamente a las mujeres que viven en la pobreza, las mujeres con discapacidad, las mujeres gitanas, las mujeres migrantes en situación irregular, las adolescentes, las personas trans o de género no binario, y las mujeres que son sobrevivientes de violencia doméstica y/o sexual o están en riesgo de sufrirla».

Además, inciden en la situación en los países europeos donde el aborto todavía es ilegal o está severamente restringido y en los países donde, debido a diversas barreras como son los procesos administrativos o la negativa a brindar atención sanitaria por creencias privadas, las mujeres a menudo se ven obligadas a viajar al extranjero para acceder a la atención del aborto u obtener por correo fármacos desde proveedores sanitarios que se encuentran en otros países.

martes, 31 de marzo de 2020

#hemeroteca #saludpublica #poblacionmigrante | Ordenan el desalojo del CIE de Barranco Seco por un «progresivo contagio» de coronavirus

Imagen: La Marea / Barranco Seco, Las Palmas de Gran Canaria
Ordenan el desalojo del CIE de Barranco Seco por un «progresivo contagio» de coronavirus.
El auto del Juzgado de Instrucción nº8 de Las Palmas de Gran Canaria recoge que las personas internas se encuentran en condiciones de "hacinamiento" que no garantizan el aislamiento de las personas con síntomas o que han dado positivo por coronavirus.
Alba Mareca | La Marea, 2020-03-31
https://www.lamarea.com/2020/03/31/ordenan-el-desalojo-del-cie-de-barranco-seco-por-un-progresivo-contagio-de-coronavirus/

La situación que viven los Centros de Internamiento de Extranjeros (CIE) no queda al margen de la crisis del coronavirus. Las plataformas que piden su cierre así lo han denunciado desde que comenzó el estado de alarma. El pasado viernes, el diario Canarias7 informaba de que dos hombres del CIE de Barranco Seco, en Las Palmas de Gran Canaria, habían dado positivo en la prueba de COVID-19. Este martes, el Juzgado de Instrucción nº8 de Las Palmas de Gran Canaria ha ordenado, mediante un auto al que ha tenido acceso ‘La Marea’, el desalojo de este centro.

En este documento, el juez Arcadio Díaz Tejera pide que «se proceda a remitir a los migrantes internos en el Centro de Internamiento de Extranjeros de Barranco Seco a aquellos centros de carácter social» conforme a la disponibilidad y ritmo que las autoridades administrativas consideren oportuno. «El ritmo de remisión debe ser el más ágil posible debido al progresivo contagio que se está produciendo en el centro por el hacinamiento en el que se encuentran los internos y por la inexistencia de las condiciones adecuadas para garantizar el debido aislamiento de los internos con síntomas o que han dado positivo por contagio del COVID-19″, continúa el auto. El juez insta a actuar con rapidez «por razones de salud pública y por razones de salud de los migrantes y los servidores públicos que están en Barranco Seco».

Esta orden se produce después de que el pasado domingo, el director operativo de la Policía Nacional, José Ángel González, negara en una rueda de prensa que exista hacinamiento en el CIE de Valencia. Lo hizo tras ser preguntado por un vídeo publicado la semana pasada en el medio de comunicación Cuartopoder, en el que varios internos denunciaban la falta de protección que están sufriendo durante esta emergencia sanitaria.

Consultados por ‘La Marea’, desde la plataforma CIEs No Madrid señalan que han denunciado la situación en la que se encuentran estas personas desde el primer momento: «Por el riesgo que tienen y también porque hay unas personas más vulnerables que otras dentro de los CIE». También la Asociación de Abogados Extranjeristas presentó una queja por las condiciones de los CIE en una situación como esta al Defensor del Pueblo, que instó al Gobierno a liberar los internos de este tipo de centros al ser imposible deportarlos por la crisis del coronavirus.

De desalojarse el CIE que se encuentra en Gran Canaria, se sumaría al de Barcelona, donde sus internos ya fueron puestos en libertad el pasado 19 de marzo. Desde 'CIEs No Madrid' explican a este medio que en el de Madrid quedan nueve personas que se prevé que sean liberadas pronto y en el de Murcia quedan 60 personas. «No se puede tener a gente en condiciones de falta de higiene y hacinamiento», insisten desde esta plataforma, denunciando también la falta de alternativas de algunos internos que son puestos en libertad. En muchos casos, por no encontrarse en la ciudad en la que viven sus familias y no tener dinero para comprar billetes de transporte, se ven obligados a permanecer en la calle hasta encontrar una solución, según explican, algo que dificulta su confinamiento conforme a las directrices del Gobierno.

viernes, 28 de febrero de 2020

#hemeroteca #transfobia #feminismo | Las compañeras trans ya estaban ahí

Imagen: La Marea / Una presentación de 'La doble transición'
Las compañeras trans ya estaban ahí.
'La mirada' de Laura Casielles: "No me cabe en la cabeza que en nombre del feminismo se enarbolen violencia y exclusión. No me cabe en la cabeza que un planteamiento teórico pase por encima de la vulneración de derechos".
Laura Casielles | La Marea, 2020-02-28
https://www.lamarea.com/2020/02/28/las-companeras-trans-ya-estaban-ahi/

La primera vez que conocí a una persona trans, ambas teníamos doce o trece años. Ni yo ni nadie de nuestro entorno entendíamos demasiado lo que estaba pasando cuando uno de nuestros amigos volvió de un viaje largo y nos explicó (¿cómo nos lo explicaría?) que ahora era nuestra amiga. En ese tiempo, formulaciones como “ha nacido en un cuerpo equivocado” eran lo más parecido a un apoyo que éramos capaces de pensar. Así que, ante aquel inesperado acontecimiento para el que no teníamos ningún referente, la gente de alrededor, en el mejor de los casos, asumió (asumimos) sin hacer preguntas la nueva identidad y se comportó (nos comportamos) como si no hubiera ocurrido nada. En el peor, otra mucha decidió ignorar la situación en sentido inverso: continuó llamándole por su viejo nombre y no le hizo la vida particularmente fácil.

Han pasado veinte años y hemos aprendido muchas cosas. De la mano del feminismo hemos comprendido qué es el género y en qué se diferencia del sexo, qué es la identidad y en qué se diferencia de la orientación. Hemos reflexionado sobre la relación que tiene la biología con nuestro papel en el mundo y hemos ido desentrañando cómo se edifican los constructos sociales. Hemos entendido que pensábamos desde la patologización y por qué eso hacía daño. Seguimos aprendiendo y pensando, todos los días, ampliando nuestra comprensión de la complejidad de cada vida, cada cuerpo y cada identidad.

No se me ocurre ni en lo más remoto ninguna manera de que ese proceso colectivo de aprendizaje sobre qué significa ser trans pueda tener algo de negativo para las mujeres.

Y, sin embargo, va haciendo ya un tiempo que nos encontramos con una reacción virulenta dentro del propio feminismo que ha tomado a las mujeres trans como enemigo interno del movimiento. Os prometo que no lo entiendo. No entiendo los comentarios que leo en redes sociales, con un nivel de violencia que no creí que fuera a ver ejercerse entre nosotras mismas. No entiendo que se afirme que la inclusión de las mujeres trans en el feminismo pone en riesgo la potencia política del concepto de mujer. No entiendo que se pongan formulaciones teóricas y disquisiciones metafísicas por encima de la urgencia de personas que ven vulnerados sus derechos fundamentales. No entiendo argumentos como “es que entonces cualquiera podrá ir al registro civil y declararse como mujer siendo hombre” (¿por qué querría alguien hacer tal cosa a la ligera, si estamos de acuerdo en que sería una renuncia a privilegios?). No entiendo ese fantasma delirante de que las mujeres trans quieren entrar a los baños de mujeres para violarnos: me da hasta vergüenza escribirlo para decir que no lo entiendo. No entiendo la deslegitimación de las vivencias personales, no entiendo los insultos, no entiendo el odio.

Aunque en realidad es mentira. Sí que lo entiendo. Entiendo, en el sentido racional del término, lo que está pasando. Y eso solo lo hace peor.

Porque lo que está pasando es que este ataque a un colectivo particularmente vulnerable forma parte de una lucha de poder. El poder son muchas cosas, no solo dinero o puestos. El poder también es tener la autoridad dentro de determinado campo de conocimiento, la legitimidad en un entorno. El poder es definir un adentro y un afuera y situarse no solo en el adentro, sino como guardia de la puerta.

Falta apenas una semana para el 8-M. Hace dos años la “huelga feminista” era algo que aún no se había demostrado siquiera posible. Su éxito fue incontestable. El discurso feminista se convirtió en hegemónico. Y entonces, como pasa siempre que esto ocurre con un movimiento, entró en escena la lucha de poder. Frente al genuino desborde, la diversidad y la creatividad que caracterizaron a la primera huelga feminista, nació la tendencia a la fosilización que acecha a toda iniciativa que haya tenido éxito. El intento de definir, estructurar y perpetuar: nombres del control.

Y si en algo se fundan ese tipo de procesos es en exclusiones. Exclusión no es sino definir un “nosotros” por oposición a un “otro”. En este caso, un “nosotras mujeres”, un “nosotras feministas”, que, en lugar de intentar ampliar al máximo las posibilidades de identificación para que cualquier mujer pueda sentirse parte –como venía ocurriendo de manera masiva en los últimos años–, las está cerrando. Un “nosotras” que se siente amenazado no solo por la otredad de las mujeres trans –aunque esta esté siendo la más sangrante– sino también por las reivindicaciones de las mujeres racializadas o por la confluencia del feminismo con otras luchas sociales. (Con la clase no suelen atreverse, que suena más feo, pero no es difícil intuir que algo de eso hay al fondo, algo que tiene que ver con que importen más los techos de cristal que quienes barren los pedazos).

Cuando decía “no entiendo”, en realidad quería decir “no me cabe en la cabeza”. No me cabe en la cabeza que en nombre del feminismo se enarbolen violencia y exclusión. No me cabe en la cabeza que un planteamiento teórico pase por encima de la vulneración de derechos. No me cabe en la cabeza que una feminista sea capaz de decirle a otra: “Tú eres un hombre con peluca”. No me cabe en la cabeza que a estas alturas seamos capaces de un “no te creo y no eres mi hermana”.

Es paradójico el uso que se está haciendo, desde lugares muy distintos, de esa idea del “peligro de las identidades”. Defender una concepción biologicista y universalizante de qué sea ser mujer sí que es defender una identidad; y hacerlo de manera férrea y no permeable si que es un peligro. Uno que pasa por olvidar todo lo que habíamos aprendido de los enfoques interseccionales, que nos enseñaron a preguntarnos cómo se cruzan en cada vida concreta género, clase, raza, todos los factores de opresión y privilegio que condicionan nuestro estar en el mundo. Peligro de la identidad me parece más bien concebir el feminismo como algo que se es y no como algo que se hace, como algo dado y no siempre en proceso de reinvención y construcción.

Esa es la verdadera tensión que se está dando dentro del feminismo: entre apertura y cierre. Entre diversidad y esencialismo. Entre control y desborde. Entre exclusión y complejidad. Entre proyecto social y coto personal. Entre castillos que defender y realidades llamando a la puerta.

Pero, afortunadamente, si algo es el feminismo es genealogía y memoria. Y la genealogía y la memoria nos dicen que no es la primera vez que esto pasa, y que el feminismo siempre se ha enriquecido cuando se ha abierto para incluir a más mujeres, cuando se ha hecho cargo de la reflexión planteada por identidades que complejizaron para bien su pensamiento. Cuánto nos habríamos perdido sin el feminismo lesbiano, sin el feminismo negro. Cuánto peor nos entenderíamos a nosotras mismas, todas, en tanto mujeres, sin ser capaces de incorporar las miradas de aquellas para las que ser mujer significa algo diferente, en lo teórico y en lo concreto.

Y la genealogía y la memoria nos dicen también, sobre todo, que llevamos mucho tiempo trabajando codo a codo. Por eso hoy he querido mirar esta foto que muestra a activistas trans encabezando una manifestación en los años 70, cuando pusieron, como tantas, como tantos, los cuerpos ante los palos de la dictadura. La genealogía y la memoria nos dicen, como recordaban algunas voces estos días en las redes sociales, que en este país no ha habido históricamente un debate sobre la inclusión de las mujeres trans en el movimiento feminista: que siempre han estado ahí. Hasta la genealogía y la memoria de más cortito plazo nos dicen que hace apenas dos años, cuando las movilizaciones feministas masivas no eran ni siquiera pensables, a nadie le preocupaba que las compañeras trans fueran parte de las asambleas. Era así, simplemente. Siempre lo había sido.

No me cabe ni remotamente en la cabeza que alguien les diga ahora que no pueden estar.

Y pienso, por lo demás, que si mi amiga de los doce, trece años, viviera esa adolescencia hoy, todo sería un poquito mejor. Que en lugar de solo callar, sabríamos acompañarla. Que haríamos preguntas, que nos haríamos preguntas juntas. Y que en ese camino también mi comprensión de lo que significa ser una mujer se haría más compleja. Mi relación con mi biología menos determinante. Mi relación con mi sexualidad menos normativa. Mi mirada sobre la diversidad de las personas y las vidas más rica. Mis propias posibilidades más amplias.

No me cabe en la cabeza, en ningún mundo posible, cómo algo así podría ser malo para las mujeres o para el feminismo.

martes, 17 de septiembre de 2019

#hemeroteca #mujeres #franquismo | ¿Pioneras y olvidadas?

Imagen. La Marea / Pilar Primo de Rivera representada en 'Cartasvivas'
¿Pioneras y olvidadas?
"Dos prestigiosas universidades han puesto su sello en un proyecto que invoca la 'historia de la mujer' –sí, esa que empieza con Eva– para 'rescatar la memoria de Pilar Primo de Rivera'. Cuidado", reflexiona la autora sobre 'Cartas vivas', que promueve la Fundación Santander.
Noelia Adánez | La Marea, 2019-09-17
https://www.lamarea.com/2019/09/17/pioneras-y-olvidadas/

Estos días se ha hecho público un proyecto/producto audiovisual titulado 'Cartas Vivas', que promueve la Fundación Santander, y en el que participan las Universidades de Exester y la de Barcelona. Lo encabezan la escritora e historiadora Nuria Capdevilla-Argüelles y la directora Paula Ortiz. Se trata de una serie de vídeos de factura impecable en el que distintas actrices encarnan a personajes femeninos de la historia, mujeres españolas y de América Latina, a través de la lectura de fragmentos de sus cartas. En estas cartas se volcaron pensamientos íntimos, reflexiones e ideas que, sin duda, sirven para comprender mejor a las mujeres seleccionadas y sus contextos. De momento se han presentado tres mujeres: Hildegart Rodríguez, Pilar Primo de Rivera y Carmen Laforet.

En la breve presentación que aparece en la web del proyecto, leemos:

«Las 'cartasvivas' son voces de la historia de la mujer. Este proyecto nace de nuestro interés por acercarnos a mujeres que jugaron un papel importante en el siglo pasado o vivieron activamente la vanguardia social y literaria tanto en España como Iberoamérica. Presentamos sus pensamientos y palabras en un formato nuevo y pedagógico. En 'Cartasvivas' encontraréis ideas, emociones y logros de mujeres que participaron en la tensa modernidad del siglo XX. Esperamos que os gusten estos retazos de memoria”.

Sorprende toparse con la expresión “historia de la mujer”. Así, en singular. ¿La mujer una y eterna? Sorprende el uso de una denominación tan alejada de los planteamientos historiográficos actuales, donde el pasado, analizado desde una perspectiva de género, arroja una visión de las mujeres como sujetos plurales, inestables, contestados y diversos. Suponemos que se ha utilizado esta expresión por razones de marketing y comunicación, porque lo cierto es que a continuación se explica lo que a todas luces el proyecto es: un acercamiento a los planteamientos de mujeres “relevantes”, mujeres que vivieron activamente la vanguardia social y literaria; mujeres por otra parte muy distintas, a juzgar por la nómina escogida. En este punto quiero hacer notar: se habla de mujer y de mujeres; no se utilizan en ningún momento ni las palabras género ni, por supuesto, feminismo. Ni en la web del proyecto ni en la nota de prensa que la Fundación Santander ha colgado en su propia web.

El proyecto tiene su lógica interna y sin duda alguna su interés. Cabe esperar que, en las cartas, estas mujeres conocidas, relevantes, interesantes, pusieran de manifiesto pensamientos íntimos y complejos que en sus textos públicos quizá no anotaran, lo que sin duda contribuirá a que sepamos más de ellas. Y digo más, porque al menos de las tres primeras que nos han presentado, ya sabemos. Hildegart Rodríguez, Pilar Primo de Rivera o Carmen Laforet son mujeres conocidas, lo que no resta interés al proyecto, ni mucho menos, pero contradice bastante el espíritu con el que se está comunicando su sentido a la sociedad. Un artículo de El País titulado 'Al rescate de las pioneras y olvidadas' produce cierta perplejidad en quien escribe, especialmente cuando leo que: “La iniciativa pretende enseñar a través de sus misivas la memoria y el pensamiento de mujeres clave del siglo XX español y latinoamericano, a menudo condenadas al olvido exclusivamente por su sexo”.

Pero ni Hildegart Rodríguez, ni Carmen Laforet ni desde luego Pilar Primo de Rivera han sido mujeres olvidadas y no es justo ni correcto, desde un punto de vista de la construcción de narrativas con criterios historiográficos serios, otorgarles a ellas un estatus que desafortunadamente otras sí tuvieron y tienen. El pacto por el olvido en España ha dejado fuera a muchas mujeres –y hombres– en la recuperación de cuya memoria es preciso trabajar. No parece de recibo que se apele a estas cuestiones para la difusión de un proyecto que, sin embargo, nada tiene que ver con ellas.

Por la misma razón, otorgarles la condición de pioneras, sin hablar de “feminismo” en la historia, palabra que no se emplea ni en la web del proyecto, ni en la nota de prensa que la Fundación Santander tiene en su propia web –perdonad mi elocuente insistencia–, me parece un intento de neutralizar –precisamente– el peso del feminismo en la historia. Pionera en las luchas por la ampliación de derechos de las mujeres pudo serlo en alguna medida la malograda Hildegart Rodríguez, no lo fue Carmen Laforet (quien vivió su condición de mujer en términos muy individuales) y desde luego no lo fue Pilar Primo de Rivera. Primo de Rivera apalancó su inmenso poder en la subordinación y el sometimiento de las mujeres españolas al mandato y las instituciones machistas que asentaron el pacto sexual subyacente a la dictadura de Franco. Llamarla pionera, sacando además al feminismo como fenómeno histórico –discurso y movimiento social y político– de la imagen (nunca mejor dicho en este caso) es hurtarnos el debate histórico, es neutralizar el juicio que demanda la elaboración de la memoria histórica de nuestro pasado reciente. Que Capdevilla-Argüelles afirme que estas mujeres “lucharon por su generación y para las que vendrían después” e incluya en el grupo a Pilar Primo de Rivera es algo que tenemos la obligación de controvertir.

Si este proyecto es sobre mujeres relevantes y conocidas que nos hablan de sus pensamientos y circunstancias vitales a través de sus cartas, lo considero interesante y bienvenido. Cualquier intento de hacerlo pasar por otra cosa diferente no se ajusta a los debates que estamos teniendo en el seno de la sociedad civil española ni sobre la memoria histórica ni sobre los feminismos, ni se integra en ninguna polémica historiográfica vigente. Y, desde luego, cualquier intento de usurpar el lugar de las pioneras y olvidadas o de hacer pasar a quienes no lo fueron por tal cosa, debe encender alertas y generar preocupación. Dos prestigiosas universidades han puesto su sello en un proyecto que invoca la “historia de la mujer” –sí, esa que empieza con Eva– para “rescatar la memoria de Pilar Primo de Rivera”. Cuidado.

martes, 23 de julio de 2019

#hemeroteca #feminismo | La historia feminista es polémica

Imagen: La Marea
La historia feminista es polémica.
"Lo que es coherente es que se esté produciendo este debate; lo que es incoherente, dogmático y malintencionado son los intentos de unas y otras por limitarlo o impedirlo".
Noelia Adánez | La Marea, 2019-07-23
https://www.lamarea.com/2019/07/23/la-historia-feminista-es-polemica/

Estos días la historia feminista ha sido invocada por una ministra del gobierno y por algunas feministas radicales en el marco de dos polémicas con un fuerte impacto mediático. En el caso de la ministra, atribuyó al socialismo una especie de relación de histórica complementariedad con el feminismo. De sus palabras se extraía que el feminismo y el socialismo han caminado siempre de la mano y que no hay feminismo de derechas.

Después de la polémica desatada y de las críticas recibidas a la muy gratuita asociación entre feminismo y socialismo, ella misma ha seguido insistiendo en que en las manifestaciones en las que las mujeres reclamaron el reconocimiento de derechos y una sociedad más igualitaria durante la transición y en los primeros años de la democracia, no había mujeres de derechas. La ministra se está refiriendo sin embargo a cuestiones distintas. Una cosa es hablar de feminismo y socialismo en términos absolutos y otra cosa muy diferente es referirse a lo sucedido en la historia reciente de España con relación a las luchas de las mujeres por el reconocimiento de derechos.

El socialismo, como teoría política o como discurso político, no ha integrado históricamente al feminismo. Mucho menos ha alumbrado el feminismo o facilitado su difusión y articulación políticas en el curso del siglo XX. Más bien ha dificultado y hasta confrontado el argumentario feminista desde su diagnóstico primigenio, al restar importancia al patriarcado en detrimento de la lucha de clases, y en sus desarrollos posteriores, al colocar la igualdad de género en una jerarquía en la que la lucha de clases siempre iba primero. En la historia del feminismo, por tanto, no hay rasgos de socialismo significativos más allá de las consabidas menciones a Engels, Tristán, Zetkin o Kollontai. Y en el caso concreto de España, los desencuentros entre el socialismo de partido y las mujeres a cuenta del debate sobre el sufragio femenino en el marco de la segunda República, hacen que la asociación entre feminismo y socialismo no solo no sea pertinente sino incluso sonrojante.

Otra cosa diferente es que en el contexto de los años sesenta y setenta, cuando aparecen los hasta hace no mucho llamados “nuevos movimientos sociales” en los que puede enmarcarse el feminismo tardofranquista y de la Transición, se produce una alianza lógica y necesaria de las feministas con otros grupos de la izquierda que están haciendo oposición a la dictadura y tratando de sentar las bases de la democracia. En esto tiene razón la ministra, hay una asociación histórica entre las izquierdas –también el socialismo– y el feminismo en nuestra historia reciente.

Feministas radicales y abolicionistas

Y aquí entra el tema de las feministas radicales y abolicionistas que estos días reclaman coherencia y continuidad con una historia feminista en cuyo nombre proponen la abolición del género y en cuyo nombre reclaman que el feminismo solo puede ser un proyecto político de las mujeres y para las mujeres. Mujeres que lo son, sin paliativos ni medias tintas, por su condición sexual. Y sostienen estas feministas que eso es lo que está inscrito en la “genealogía” del feminismo que invocan. Implicando de este modo que hay algo “familiar” e inconmovible en la historia feminista, puesto que se habla de genealogía –lo que me resulta muy inquietante– y suponiendo que esa historia tiene una linealidad y transcurre sobre unos supuestos que no se deben traicionar.

Pero lo cierto es que el feminismo, los feminismos, no tienen una historia unívoca. Han cambiado los enunciados, y los sujetos enunciantes, las propuestas y los diagnósticos que las sustentan. Teoría y movimientos sociales se han interferido de maneras muy complejas en el curso del siglo XX y lo que llevamos del XXI. Pensar lo contrario puede resultar reconfortante, pero es pensar ignorando completamente la historia.

Nuestros feminismos de ahora hunden sus raíces inmediatas en ese contexto que mencioné más arriba. Como ha explicado la historiadora Mary Nash, el feminismo tardofranquista y de la Transición está impulsado a partes iguales por políticas identitarias (lo que es propio de los nuevos movimientos sociales) y por políticas contra la dictadura. Las feministas de los sesenta y setenta criticaron la dictadura como lo que fue: un gran artefacto político en el que la opresión de las mujeres –a través de una cultura sexista y de unas instituciones machistas– jugó un papel fundamental. Desvelar el modo de operar del sexismo y sus confines es una tarea de la que los feminismos han ido ocupándose desde entonces. Debatir sobre la dimensión social del sexo –hablar del género– es condición necesaria para insuflar vida en los feminismos críticos.

La polémica entre algunas feministas radicales y algunas feministas de colectivos LGTBI más cercanas a planteamientos teóricos ‘queer’ forma parte y es coherente con la historia reciente de los feminismos en su devenir social y teórico. Lo que es coherente es que se esté produciendo este debate; lo que es incoherente, dogmático y malintencionado son los intentos de unas y otras por limitarlo o impedirlo. Mientras algunas pretenden abolir el género y otras tratan de elevarlo a la categoría de instrumento político, unas cuantas seguimos explorando el carácter polémico de la historia feminista y asumiendo debates y, por supuesto, adoptando posturas políticas frente a cuestiones concretas y decantándonos por unas corrientes y planteamientos en detrimento de otros. No es equidistancia lo que reclamo, sino honestidad intelectual.