Mostrando entradas con la etiqueta Astronomía. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Astronomía. Mostrar todas las entradas

sábado, 13 de agosto de 2022

#hemeroteca #homofobia | ¿Homofobia o revisionismo? Un documental reabre la polémica sobre el nombre del telescopio 'James Webb'

El País / James E. Webb comparece ante el Senado estadounidense //

¿Homofobia o revisionismo? Un documental reabre la polémica sobre el nombre del telescopio ‘James Webb’.

Numerosos astrónomos mantienen sus críticas a la NASA por la opacidad con la que se bautizó el aparato, en homenaje a un antiguo administrador durante la época de la purga a homosexuales.
Luca Tancredi Barone | El País, 2022-08-13
https://elpais.com/ciencia/2022-08-13/homofobia-o-revisionismo-un-documental-reabre-la-polemica-sobre-el-nombre-del-telescopio-james-webb.html 

Justo unos días antes de que el mundo quedara asombrado y boquiabierto con las primeras imágenes del Telescopio Espacial James Webb (JWST por sus siglas en inglés), un grupo de tres mujeres compartía en YouTube un vídeo de 40 minutos titulado 'Detrás del nombre: el Telescopio Espacial James Webb'. Este nuevo documental resucita la polémica: parte del mundo astronómico reclama el cambio de nombre del telescopio espacial más emblemático de nuestros días por el papel que pudo desempeñar James Webb, el hombre que da nombre al aparato, en la purga de personal homosexual dentro de la NASA.

En el documental, las astrónomas Erika Nesvold y Lucianne Walkowicz y la productora de vídeo Katrina Jackson cuentan la historia de cómo la NASA decidió dar el nombre a su telescopio espacial más puntero, del por qué un grupo de astrónomos pertenecientes al colectivo LGBTIQ+ lleva tiempo pidiendo cambiar ese nombre, y de cómo la NASA se ha negado tozudamente a tomar en serio esta petición.

La noche en la que el presidente Joe Biden iba a presentar con gran expectación la primera imagen del telescopio, su retraso de más de una hora tuvo un resultado inesperado. La espera se tradujo en que muchas voces de las ciencias espaciales aprovecharon para reclamar el cambio de nombre (y sugerir otros nuevos) y para darle difusión al documental en redes sociales. El nombre de James Webb, descubrieron muchos en ese momento, estaba en entredicho.

James Webb fue un administrador de la NASA entre 1961 y 1968, cuando, en plena Guerra Fría, EE UU buscaba ganar la carrera espacial a la Unión Soviética. Una carrera que culminó con la llegada a la Luna en el verano de 1969 de tres astronautas con su flamante bandera a barras y estrellas.

Terror Lila
El problema es que, según cuatro miembros de la comunidad astronómica estadounidense, Chanda Prescod-Weinstein, Sarah Tuttle, Brian Nord y la propia Lucianne Walkowicz, Webb fue “en parte responsable de la puesta en marcha de la que era entonces una política federal: la purga de las personas LGBT de las plantillas”, como escribieron en una carta abierta en la revista Scientific American. Se trata del llamado Terror Lila (Lavender Scare, en inglés), una caza de brujas contra las personas sospechosas de ser homosexuales con cargos en la Administración, que Webb habría implementado cuando era administrador de la NASA y en su etapa política anterior, como número dos del Departamento de Estado.

Las activistas lanzaron una petición que recibió el apoyo de 1.800 personas de la comunidad científica, y la NASA se vio forzada a trabajar “con historiadores para examinar el papel de Webb en el Gobierno” a pocos meses del lanzamiento. Sin embargo, el 27 de septiembre, sin haber acabado las investigaciones, el administrador de la NASA, Bill Nelson, de 79 años, sentenció: “No hemos encontrado ninguna evidencia en este momento que justifique un cambio de nombre”. Acto seguido, Walkowicz, impulsora de JustSpace Alliance (organización dedicada a imaginar un futuro más inclusivo y ético para el espacio), decidió dimitir del comité asesor de astrofísica de la NASA. Como explica en el nuevo documental, para ella la posición de la NASA “fue como una bofetada en la cara”.

La NASA defiende que el nombre, que fue elegido de manera unilateral por parte de otro administrador de la NASA, Sean O’Keefe, en 2002, homenajea el legado de una persona clave para que EE UU tuviera éxito en la carrera espacial. Sin embargo, existen pruebas de que durante su etapa en el Departamento de Estado y en la NASA, diversas personas fueron despedidas por su homosexualidad. El caso más famoso es el de Clifford Norton, que luchó en los tribunales durante años contra su despido de la NASA.

Debate histórico
Como escribe uno de los investigadores contratados por la NASA en uno de los muchos emails internos que la revista Nature desveló en abril, “que Webb haya tenido una posición central durante el Terror Lila es indudable. Lo único que queda para el debate histórico es si él creía en ello o no”. Sin embargo, “probablemente, no encontraremos nunca frases escritas por Webb explicando sus motivaciones”.

Según la historiadora Audra Wolfe, Webb jugó un papel clave para integrar la ciencia en la política exterior, como explica en un email a El País. Durante su etapa en el Departamento de Estado, “fue el representante en el comité que supervisaba las operaciones de guerra psicológica” contra la Unión Soviética. En un libro que escribió en 1969, después de dejar la agencia espacial, el ex administrador explicaba que “el logro más importante del proyecto Apolo no fue el éxito científico y tecnológico de llegar a la Luna, sino demostrar al mundo que las democracias podían llegar a completar proyectos técnicos de larga escala”. En ese mismo libro, explica Wolfe a este diario, es el propio Webb quien da argumentos a los detractores de su nombre para el telescopio espacial, ya que escribe que “los dirigentes son los que tienen la responsabilidad última de las acciones de sus agencias y tienen la obligación de responder ante la opinión pública”.

Aunque no sea muy frecuente, existen casos en los que la agencia espacial estadounidense cambió el nombre de misiones espaciales. El caso más conocido es el del observatorio espacial Swift, lanzado en 2004, que fue rebautizado en 2018 como Neil Gehrels Swift Observatory, en honor del que había sido su responsable científico. En 2020, pocos meses antes del lanzamiento del satélite para la observación oceánica Sentinel-6A/Jason, que añadió “Michael Freilich” a su nombre en honor a un geólogo que se acababa de jubilar de la propia agencia espacial como responsable de la división Ciencia de la Tierra. En el documental se recuerdan más casos, como el del observatorio a rayos X Chandra, cuyo nombre fue cambiado mediante un concurso público pocos meses antes de su lanzamiento, en 1998.

La oficina de comunicación de la NASA en un escueto email a este diario asegura “no tener más información para compartir”, que “el historiador de la NASA y un historiador contratado han completado exitosamente su investigación de otros archivos históricos anteriormente cerrados por COVID-19″ y que “están recopilando la información que la agencia compartirá”.

Una decisión opaca
“Lo que más nos fastidia como astrónomos es que la NASA nunca ha explicado muy bien cómo ha tomado la decisión”, dice Enrique López Rodríguez, astrónomo del Instituto Kavli de Astrofísica de las Partículas y Cosmología de la Universidad de Stanford, y uno de los firmantes de la petición. “No han sido ni transparentes, ni sinceros. Los científicos estamos acostumbrados a tomar decisiones con lógica y argumentos”, añade este canario, uno de los futuros usuarios del telescopio.

Según Erika Nesvold, “las conversaciones internas de la NASA que hemos leído no han sido amables”. “Ha habido mucho desdén y mala educación hacia los promotores. Aunque decidan no rebautizar el telescopio, podrían haberlo gestionado mucho mejor y causar menos daño a la comunidad de astrónomos y astrónomas LGBTIQ+”, explica Nesvold. Y añade: “No nos han convencido de que Webb no tenía nada a que ver con las políticas homófobas, pero sí han perpetuado la homofobia hoy”.

Como apunta Sarah Tuttle en el documental, “parecía muy sencillo y debería haberlo sido: hay informaciones de sobra en los archivos, y como comunidad deberíamos haber sido capaces de identificar nuestros valores y la manera de expresarlos. Me parece que la NASA se ha complicado las cosas a sí misma”.

Entre los posibles nombres propuestos están el de Harriet Tubman, una activista y abolicionista de la esclavitud en EE UU que usó las estrellas para liberar a otros esclavos, o “Just Wonderful Space Telescope” (telescopio espacial simplemente maravilloso en inglés) para mantener el acrónimo JWST. “Aunque yo creo que usar valores para estos nombres sería más seguro y menos controvertido”, dice Nesvolt, que subraya que en todo caso debería ser una elección “de la comunidad”.

“Personalmente, me he tomado el compromiso de no mencionar nunca el nombre del tipo ese”, apunta Javier Armentia, director del Planetario de Pamplona y miembro de PRISMA, una asociación para la diversidad afectivo-sexual y de género en ciencia, tecnología e innovación. “Cuando hable o escriba sobre descubrimientos u observaciones del JWST, diré simplemente J-W-S-T o ‘el nuevo telescopio espacial”, asegura.

Las autoras del documental son pesimistas: “Soy cínica respecto al cambio de nombre”, comenta Nesvolt, “aunque espero que al menos esto cambie la manera como NASA da el nombre a las cosas en el espacio, que lo haga consultando la comunidad y no de manera arbitraria”. “Si cambiasen el nombre sería fantástico; pero me conformo con haber abierto esta discusión, y que la NASA aprenda a tomar en cuenta prospectivas diferentes”, zanja la productora Jackson.

jueves, 29 de diciembre de 2016

#hemeroteca #mujeres #ciencia | Vera Rubin

Imagen: El País / Vera Rubin
Vera Rubin.
Es odioso generalizar sobre los sexos, pero también lo es ignorar la historia de la ciencia del siglo XX.
Javier Sampedro | El País, 2016-12-29
http://elpais.com/elpais/2016/12/28/opinion/1482925344_747416.html

Ha muerto Vera Rubin. Nació en 1928 en Filadelfia, y no pudo ir a la Universidad de Princeton porque en los años cuarenta no aceptaba mujeres para estudiar Astronomía. De hecho, siguió sin aceptarlas hasta 1975, cuando yo tenía 15 años. Pero Rubin pudo estudiar en otros centros norteamericanos menos retrógrados, y acabó haciéndose con un buen aparato astronómico (espectrómetro) en la Institución Carnegie de Washington. Eso le permitió concluir que la Física de su tiempo estaba mal. Como el lector podrá imaginar, esa fue una idea difícil de sacar adelante.

Allá lejos, en el cielo nocturno, camuflada entre las estrellas de la constelación de Andrómeda, visible a simple vista pese a que su luz tarda dos millones y medio de años en llegar a nuestros ojos, se exhibe al mundo la galaxia más próxima a nuestro arrabal del cosmos: la galaxia de Andrómeda, el grumo espiral de materia más cercano, y más similar, a la Vía Láctea. Rubin la enchufó con su telescopio de alta tecnología, y lo que vio la dejó perpleja.

Las galaxias no giraban de acuerdo con las leyes de Newton o de Einstein, que obligaban a las estrellas centrales a rotar mucho más deprisa que a las exteriores. Más bien, todas las estrellas giraban al mismo ritmo. O las leyes estaban mal, razonó Rubin, o había en las galaxias un montón de materia que no podíamos ver, pero que regía su comportamiento gravitatorio. La materia oscura.

Hoy calculamos que la materia oscura que descubrió Rubin da cuenta del 25% del universo; otro 70% consiste en energía oscura, la “constante cosmológica” que Einstein inventó para que el cosmos no se colapsara, y que hoy explica que se esté expandiendo de forma acelerada. Solo el 5% restante es lo que solemos llamar materia, esa cosa que estudiamos en el colegio y que constituye por entero nuestro cuerpo y nuestra mente. El hallazgo de Rubin no fue precisamente una nota al pie de la Física. Más bien aspiraba a constituir el texto principal. Hoy seguimos sin saber qué es la materia oscura, pero también seguimos sabiendo que tiene que existir. O que nuestras leyes están mal.

Es odioso generalizar sobre los sexos, pero también lo es ignorar la historia de la ciencia del siglo XX. Henrietta Leavitt descubrió la cinta métrica de medir el cosmos que permitió a Hubble postular la expansión del universo; Barbara McClintock descubrió los transposones, o genes saltarines esenciales para el desarrollo y la evolución humana; Lynn Margulis descubrió el origen de la célula moderna.

Y Vera Rubin descubrió el 25% del cosmos. Vaya tontos que fueron en Princeton.

martes, 27 de diciembre de 2016

#hemeroteca #mujeres #ciencia | Muere Vera Rubin, la mujer que aportó la primera prueba de materia oscura

Imagen: El País  / Vera Rubin
Muere Vera Rubin, la mujer que aportó la primera prueba de materia oscura.
La astrónoma estadounidense era una de las favoritas a ganar el Nobel de Física.
Nuño Domínguez | El País, 2016-12-27
http://elpais.com/elpais/2016/12/26/ciencia/1482786531_050929.html

Vera Rubin, la astrónoma estadounidense cuyas observaciones fueron fundamentales para sostener la existencia de materia oscura en el universo, ha muerto a los 88 años en Nueva Jersey, según ha confirmado hoy uno de sus hijos a AP.

Nacida en Filadelfia en 1928, Vera Rubin realizó en los setenta unas observaciones que cambiarían para siempre la forma de entender el cosmos. De joven había pensado ir a Princeton, pero no pudo porque la prestigiosa institución no admitió mujeres en astronomía hasta 1975. Acabó yendo a Cornell, hizo la tesis en la Universidad de Georgetown mientras cuidaba de sus hijos y, años después, comenzó a investigar en la Institución Carnegie de Washington. Allí, junto a Kent Ford, que había desarrollado nuevos espectrómetros, comenzó a medir la velocidad de rotación de la galaxia de Andrómeda y decenas de galaxias de espiral, del mismo tipo que la Vía Láctea.

Sus resultados sugerían que las estrellas más alejadas del centro galáctico se movían igual de rápido que las que estaban más cerca de este. Con las leyes de Newton en la mano, aquello solo era posible si había una gran cantidad de materia invisible ejerciendo gravedad sobre esas estrellas. Los cálculos de Rubin, publicados en los años setenta, implicaban que había 10 veces más de esa materia invisible y misteriosa que materia convencional. Fue la primera prueba observacional de materia oscura, cuya existencia había teorizado Fritz Zwicky en 1933.

“Yo observé que las galaxias giraban de una manera totalmente inesperada según las leyes de Newton y Kepler”, explicaba la astrónoma a El País en 2009. “Esto se interpretó como la primera evidencia de que la materia oscura existía y continúa siendo la hipótesis más factible, pero también podría ser que arrastráramos un error fundamental en las ecuaciones que utilizamos para describir el movimiento de los cuerpos celestes”, señaló. Los resultados no fueron muy aceptados al principio, pero los datos observacionales eran difíciles de ignorar, así que pronto se asumió que la parte visible de las galaxias es como la punta de un iceberg de toda la materia que albergan.

Según la teoría más aceptada, la materia oscura compone en torno al 25% del universo, mientras la convencional apenas llega a ser el 5%. El resto es la energía oscura que acelera la expansión del cosmos. Más de cuatro décadas después del descubrimiento de Rubin, aún no se ha conseguido detectar materia oscura de forma directa y saber de qué está hecha.

Rubin reconocía las dificultades que experimentó por ser mujer en su campo, especialmente en sus comienzos. Siguió investigando durante décadas siempre abierta a las ideas más provocadoras. “Si tuviese que elegir, me gustaría que haya que modificar las leyes de Newton para poder describir de forma correcta las interacciones gravitatorias a grandes distancias”, explicó la astrónoma a ‘New Scientist’ en 2005.

La astrónoma era una de las grandes candidatas a ganar el Nobel de Física, especialmente si se confirmase pronto la primera detección directa de materia oscura. Para algunos su historia encarnó durante años la desigualdad que hay detrás del galardón más prestigioso en ciencia. Desde 1901, los hombres se han llevado el 99% de los Nobel de Física, unos premios que solo se otorgan en vida.

Rubin recibió importantes galardones como la Medalla de Ciencias de EE UU y era miembro de la Academia Nacional de Ciencias de su País. En 1990, en una entrevista a ‘Discover recogida por la Sociedad de Física de EE UU dijo: “La fama es pasajera. Mis números significan más para mí que los premios. Si los astrónomos siguen usando mis datos en el futuro, ese será mi mayor honor”.

martes, 13 de diciembre de 2016

#hemeroteca #mujeres #historia | Las calculadoras de estrellas: las mujeres que catalogaron el cielo

Imagen: Librópatas / Las calculadoras de estrellas
Las calculadoras de estrellas: las mujeres que catalogaron el cielo.
Raquel C. Pico | Librópatas, 2016-12-13
http://www.libropatas.com/libros-literatura/las-calculadoras-estrellas-las-mujeres-catalogaron-cielo/

A finales del siglo XIX, uno de los científicos de Harvard hizo algo un tanto sorprendente (sorprendente para la época, claro está) a la hora de formar su equipo. El científico, Edward Pickering, había sido puesto al frente de una tarea titánica. Tenía que conseguir catalogar todas las estrellas del cielo, partiendo de una colección de fotografías que había recibido la universidad de Harvard con un legado. Al principio, contrató a científicos hombres para hacer ese trabajo, pero pronto se dio cuenta de que no estaba obteniendo los resultados esperados. Tras un exabrupto de esos que suelen quedarse para siempre en la historia (gritó a uno de sus subordinados que su ama de llaves podría hacer el trabajo y podría hacerlo mejor) cambió de estrategia. Contrató a mujeres (su ama de llaves la primera) para encargarse de catalogar las estrellas. Así fue como nacieron las calculadoras de estrellas (o el ‘harén de Pickering’ en las lenguas malintencionadas), unas profesionales científicas poco conocidas por el público generalista pero con una historia fascinante.

Las calculadoras hacían un trabajo tedioso y muchas veces poco reconfortante. Les pagaban poco dinero por lo que hacían (menos que a los hombres) y su propio trabajo científico estaba muy limitado. Muchas de ellas, sin embargo, lograron, en ese ambiente un tanto hostil, hacer grandes y trascendentales descubrimientos científicos, como ocurre por ejemplo con algunas de las calculadoras que se convirtieron en mujeres homenajeadas en los cráteres de la Luna.

Su historia se acaba de convertir también en material para la ficción. Miguel A. Delgado acaba de publicar ‘Las calculadoras de estrellas’ (publicado en Destino), una novela que se acerca a ellas a través de Gabriella Howard, una niña a la que la Guerra Civil estadounidense deja huérfana y que se acabará convirtiendo en una de estas pioneras de la ciencia. “Gabriella es un personaje de ficción”, explica el escritor al otro lado del teléfono, “pero a través de ella y de la relación que establece con Maria Mitchell funciona como mirada para descubrir todo ese mundo y a partir de ahí introducir todos los personajes y lugares reales”. Gabriella, atrapada en un orfanato, es reconocida por Mitchell, que conoció en el pasado a su padre y que la convierte en una especie de prohijada y, sobre todo, aprendiza científica.

La novela no se centra tanto en la labor de las calculadoras y del día a día en la universidad de Harvard, sino más bien en la formación de una de esas calculadoras. “Podría ser la historia de alguna de ellas”, apunta el escritor. “Muchas veces pensamos sobre los científicos que son gente especial, gente rara, y a mí me interesaba muchísimo contar la historia real, como estas científicas eran personas normales y corrientes, que tenían una situación muy similar a la de cualquier mujer de la época. Por eso, lo que más me interesaba era contar cómo se formaba una calculadora”, indica.

Por ello, la novela juega con la ficticia Gabriella y con los científicos reales que protagonizaron la historia. ¿Cómo se logra escribir sobre gente real y convertirlos en parte de la ficción? “Los personajes reales son personajes. Igual que cuando creas un personaje de ficción lo creas de una manera concreta que condiciona cómo se comporta el personaje y no puedes cambiarlo, para mí los personajes reales son iguales que los de ficción, con la diferencia de que yo no invento las reglas del juego”, apunta el autor.

Las grandes científicas
La gran protagonista de la novela es, además de la propia Gabriella, Maria Mitchell, un personaje real y una de las pioneras de la astronomía. “Maria Mitchell me enamoró como personaje: lo tiene todo. Si existieron las calculadoras, fue porque antes existió Maria Mitchell”, confiesa Delgado. “Maria Mitchell me atrapó. Es anterior a las calculadoras y fue profesora de muchas de ellas. Para mí era mucho más desconocida que las calculadoras. Las calculadoras no son conocidas por el gran público, pero sí aparecen en los textos de ciencia, cuando se habla del papel de la mujer y de lo poco reconocido que estaba su trabajo”, señala. Mitchell, que se formó en astronomía trabajando con su padre, se dedicó luego a la astronomía de forma profesional (fue profesora en Vassar) y se convirtió en un referente, al igual que en su momento lo fue Caroline Herschel, una astrónoma anterior a Mitchell y a las calculadoras pero que es mencionada en la novela.

“Si hablas con una astrónoma, Caroline Herschel es el gran símbolo, la gran figura, la que representa a muchas de esas mujeres”, indica. “Estaba a la sombra de su hermano, pero al final consiguió hacer una labor propia y que se la reconociera”, apunta. La historia de Caroline Herschel estuvo muy ligada al principio a la de su hermano, de quien era ayudante, aunque pronto se demostró que ella tenía talento y dotes propias. Herschel acabó trabajando en solitario y convirtiéndose en una de las mujeres de ciencia por antonomasia de principios del siglo XIX. Sin embargo, y como reconoce Miguel A. Delgado, aún no es tan conocida como debería.

Por qué desconocemos la historia de estas mujeres científicas
“En la ciencia ocurre lo mismo que ocurre en cualquier campo: somos ignorantes del papel de la mujer en muchísimos campos en los que estuvo presente”, apunta el autor de ‘Las calculadoras de estrellas’ cuando le preguntamos por qué sabemos tan poco (al menos quienes no somos el público especializado científico) sobre el papel que las mujeres han tenido a lo lago de la historia en la ciencia. “Se me ocurre por ejemplo el caso de la historia del arte, no se nos vienen a la mente muchos nombres de mujer, pero cuando uno rasca aparecen nombres de mujeres”, apunta.

En el caso de la ciencia, sin embargo, las mujeres tuvieron que enfrentarse a una serie de obstáculos que en otros campos fueron más fácilmente solventados. “Para empezar tuvieron un gran problema”, dice el escritor, recordando que “hasta el siglo XX la mujer no pudo estudiar estudios superiores, al menos en Europa y Estados Unidos. No poder acceder a las herramientas del conocimiento dificulta mucho el poder dedicarse a la ciencia”. A ello se sumaba que las mujeres estaban muy atadas al hogar, lo que hacía que tuviesen muchas menos oportunidades para el trabajo científico. “Era muy difícil que encontraran tiempo para dedicarse a su trabajo, sobre todo antes de que la ciencia se convirtiese en algo más establecido”, señala, recordando que los científicos del pasado eran “muchas veces eran personajes que tenían su vida resuelta de otra manera y se dedicaban a investigar por su cuenta”.

A eso se suman otros problemas más recientes. “Si hablamos del siglo XIX y del siglo XX, entran muchas otras cosas. A la mujer no se la contrataba en los institutos o se le pagaba poco. Y ha habido casos de apropiación por parte de sus colegas hombres”, recuerda Miguel A. Delgado, poniendo como ejemplo a Lise Meitner, la física que descubrió la fisión nuclear (pero el Nobel se lo llevó un hombre), o a Rosalind Franklin, la pionera de la investigación sobre el ADN (y el Nobel también acabó en manos de los hombres). “Entran otras cosas como el corporativismo, el machismo imperante todavía en muchas instituciones académicas”, acusa. “Algo ha cambiado la cosa, pero por ejemplo en los premios Nobel de este año no ha habido mujeres. Eso hace 100 años se podía justificar, hoy parece poco justificable”, recuerda.

martes, 6 de diciembre de 2016

#hemeroteca #mujeres #historia | Las Calculadoras de Harvard

Imagen: El Mundo / Maria Mittchell impartiendo clase en Vassar College
Las Calculadoras de Harvard.
Realizaron importantes descubrimientos cuando aún no estaba permitido que se graduasen en esta universidad.
Eva Mosquera | El Mundo, 2016-12-06
http://www.elmundo.es/ciencia/2016/12/06/5845c8b4268e3eee468b463b.html

Maria Mitchell fue la tercera mujer en descubrir un cometa. Antes que ella lo habían hecho Caroline Herschel y María Winkelmann, pero ellas lo habían logrado a simple vista. En una época en la que las ciencias estaban reservadas a un mundo de hombres, Mitchell logró destacar el trabajo de las mujeres en la Astronomía al lograr la primera detección de un cometa con un telescopio. Después de eso, las cosas empezarían a cambiar en Harvard, donde las mujeres no podían ingresar.

Maria nació en 1818, durante el auge de la obra literaria de la monstruosa ballena Moby Dick. Y lo hizo en Nantucket, una isla que conseguía su riqueza de la industria ballenera. Creció en el seno de una familia cuáquera, una religión que defendía la educación igualitaria, pero hasta cierto límite, ya que aunque las mujeres recibían formación científica seguían estando destinadas al cuidado del hogar y a formar una familia.

Sin embargo, María tuvo la suerte de nacer en la familia del astrónomo oficial de Nantucket, William Mitchell, quien estaba muy orgulloso de llamarse igual que Herschel, el hermano de Caroline y descubridor de Urano. La pequeña cuáquera, que en sus clases aprendía ciencia a la vez que bordaba esferas estelares y globos terráqueos, tenía vocación con la astronomía, quería seguir los pasos de su padre y convertirse en su aprendiz.

Ese deseo se lo manifestó cuando su hermano más mayor, el primogénito, decidió hacerse a la mar para ser ballenero. "William deseaba que él continuase la tradición en el observatorio, y probablemente se le iluminó la mirada cuando una de sus hijas más pequeñas le dijo con ilusión que ella otearía el cielo con él cada noche", cuenta Miguel Ángel Delgado, autor del libro ‘Las calculadoras de Estrellas’ (Ed. Destino).

"Su madre, Lidia, era una cuáquera tradicional, le decepcionó que su hija tuviese vocación científica, quería que se uniese a las comunidades cuáqueras y no armase escándalo. Al final aceptó a regañadientes, porque como buena cuáquera tenía que aceptar los deseos de su marido", relata el escritor. William, aunque seguía la religión cuáquera, era más flexible. Además de dejar que María siguiese su vocación con la Astronomía, trataba de estimular a todos sus hijos con color, algo prohibido por la religión. Encontraba formas de aportar colores a la casa sin violar la doctrina cuáquera. Una vez colgó una bola de cristal llena de agua, y reflejaba todos los colores del arcoíris en las paredes de la casa.

"Siempre daba la casualidad de que las piezas que necesitaba para el telescopio tenían colores llamativos, como el rojo, al igual que las tapas de los libros de su biblioteca. Tampoco perdía la oportunidad de plantar flores en el jardín para que sus hijos pudieran rodearse de color", cuenta Delgado. "Al final, terminaron rompiendo con la religión cuáquera al descubrir a una de sus hijas tocando el piano. La música también estaba prohibida".

Su hallazgo pionero
María nunca se casó. Se comprometió con la ciencia y pasaba las noches observando el cielo con su telescopio, hecho que le llevó en 1847 a descubrir el cometa más tarde conocido como Miss Mitchell's Comet y a conseguir una medalla de oro que le otorgó el rey Federico VI de Dinamarca por descubrir por primera vez un cometa con un telescopio. Sin embargo, recibir ese reconocimiento no fue fácil para María. Cuando realizó el hallazgo se encontraba aislada por un temporal en Nantucket y su misiva al rey llegó demasiado tarde. Así que el astrónomo Francisco de Vico, que lo visualizó dos días después, pudo comunicar antes el hallazgo.

La justicia se hizo un año después, al volcarse Estados Unidos con la astrónoma para lograr que recibiese la medalla. «María tuvo su medalla, pero también adquirió una fama a la que ella no estaba acostumbrada y que la incomodaba», explica Delgado.

Sin embargo, la fama y el reconocimiento trajeron muchas cosas buenas a Nantucket y a las mujeres. En primer lugar, María invirtió el dinero de la medalla en reactivar un proyecto que llevaba años parado y que salvaría miles de vidas en la isla. Así, se cartografió la costa y se evitaron miles de muertes de marineros que volvían a sus casas después de meses en el mar. "Así, un descubrimiento científico trajo un beneficio incalculable para la sociedad. Fue una prueba de que la frase gasto en ciencia es errónea. Siempre debemos hablar de inversión en ciencia", asegura el escritor.

Ese mismo año, María se convirtió en la primera mujer que perteneció a la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias y, poco después, también obtendría un lugar en la Asociación Estadounidense para el Avance de la Ciencia. "Estuvo trabajando en la Oficina de elaboración del Almanaque Naval de Estados Unidos calculando tablas para las posiciones astronómicas de Venus y viajó por Europa visitando observatorios. "Sin embargo, el trabajo que despertaría su vena más activista en pro de las mujeres en la Ciencia sería su puesto como profesora de astronomía en el Vassar College, una facultad sólo para mujeres que pretendía llegar al mismo nivel que las universidades de élite en las que sólo se admitían hombres", cuenta Delgado.

María se dio cuenta de que a pesar de su gran reputación su salario era mucho menor que el de sus compañeros hombres, incluso aunque fuesen más jóvenes, así que luchó por la igualdad hasta consiguió el mismo sueldo. Ni siquiera se rindió ante las explicaciones de Vassar, donde le decían que una mujer soltera no necesitaba tanto dinero como un hombre que tiene que mantener a una familia. Después de eso, se involucró también en el movimiento sufragista y en la política, ayudando a fundar la Asociación Estadounidense para el Avance de las Mujeres.

Ella misma se dio cuenta de lo necesario que era el género femenino para la ciencia, y por ello dejó escrito en su diario lo siguiente: "En mis años jóvenes, solía decir '¡cuánto necesitan las mujeres las ciencias exactas!' Pero desde que he conocido a algunos científicos que no siempre atienden a las enseñanzas de la naturaleza, que se quieren a sí mismos más que a la ciencia, digo: '¡Cuánto necesita la ciencia a las mujeres!'".

María Mitchell falleció antes de que una mujer fuese aceptada y graduada en Harvard, pero probablemente su obra en el Vassar College allanase el camino. "La estampa de un grupo de mujeres lideradas por ella observando el eclipse de Sol de Denver en 1879 es una maravilla, dejó constancia de que estas mujeres hacían ciencia en un mundo de hombres", se entusiasma Delgado.

Junto con esta fotografía, hay otra que se produciría años después en plena Universidad de Harvard y que demostraría que el terreno allanado por María Mitchell o Caroline Herschel había dado sus frutos, aunque no todavía maduros, ya que faltaría aún mucho tiempo para que el trabajo de una mujer fuese realmente valorado por la comunidad científica.

Mucho antes de que la primera alumna de Harvard pudiese graduarse, hubo un grupo de mujeres sin formación que formó parte de un estudio científico. Fueron despectivamente conocidas como el harén de Pickering, pero realmente llamadas las Calculadoras de Hardvard. Edward C. Pickering, un astrónomo de la Universidad, despidió a su ayudante y se atrevió a decir que incluso su asistenta haría mejor sus cálculos. "Pickering no era un feminista, ni mucho menos, pero era más avanzado que el rector de Harvard, quien creía que las mujeres no debían estar en la universidad", aclara Delgado.

Su asistenta, Williamina Fleming, no sólo llevó a cabo el trabajo mejor que el antiguo ayudante de Pickering, sino que terminó liderando un gran grupo de mujeres cuyo trabajo fue catalogar más de 10.000 estrellas. Entre ellas se encontraban nombres hoy día tan ilustres como Henrietta Leavitt, cuyo estudio de las Cefeidas dio lugar a avances como el cálculo de distancia entre galaxias y permitió más tarde a Edwin Hubble medir la distancia hasta nuestra vecina Andrómeda. "Las calculadoras de Harvard no sólo se limitaron a catalogar, sino que fueron más allá y sus estudios sentaron las bases de la Astrofísica moderna, aunque en numerosas ocasiones sus trabajos fuesen firmados o respaldados por un astrónomo, ya que la figura de la mujer en la ciencia no era valorada por la comunidad científica", relata el escritor.

De hecho, el trabajo de una de las calculadoras, Cecilia Payne, cuyo nombre es ahora respetado, fue motivo de burla por parte de numerosos astrónomos, pues nadie se la tomó en serio cuando aseguró en una investigación que las estrellas estaban compuestas de hidrógeno.

"Por desgracia, muchas de las desigualdades que sufrieron María Mitchell y las Calculadoras de Harvard no se diferencian demasiado de las que sufren las científicas (y las mujeres) del siglo XXI. Se sigue entendiendo la maternidad como una carga, no así como la paternidad; sigue existiendo la brecha salarial y es un debate que sigue en voga. Además, todavía falta representación femenina al frente de instituciones", lamenta Delgado. "Sigue existiendo esa idea invisible y equivocada de que la ciencia no es para la mujer. Pero yo me pregunto... si unas mujeres sin formación lograron tantos avances y teorías para la Astronomía, ¿qué habrían conseguido si hubiesen tenido mejores oportunidades en educación?", se pregunta el autor.

miércoles, 30 de noviembre de 2016

#libros #mujeres #ciencia | Las mujeres de la Luna : historias de amor, dolor y valor

Las mujeres de la Luna : historias de amor, dolor y valor / Daniel Roberto Altschuler, Fernando J. Ballesteros.
Pamplona : Next Door Publishers [etc.], 2016 [11].
376 p.
Colección: El Café Cajal.
ISBN 9788494443541 / 18,50 €

/ ES / ENS / BIO
/ Astronomía / Carrera espacial / Ciencia / Mujeres – Historia / Mujeres en la ciencia / Visibilidad

En la superficie de la Luna contemplamos nuestra historia. Los accidentes selenográficos constituyen un registro intacto de la formación de la zona del Sistema Solar más cercana a la Tierra. Su nomenclatura es el reflejo de los claroscuros de nuestra sociedad. De las 1586 personas honradas con un nombre de cráter, únicamente 28 son mujeres y en su mayoría pertenecen a Europa y EE. UU., datos que evidencian que quienes han contribuido al avance de la ciencia han recibido un reconocimiento muy desigual.

A través de las páginas de este libro, los astrónomos y divulgadores científicos Daniel Roberto Altschuler y Fernando J. Ballesteros nos invitan a reflexionar sobre este hecho y, por encima de todo, nos brindan la oportunidad de conocer mejor la vida de estas 28 mujeres.

«Las mujeres de la Luna nos cuentan historias de amor, dolor y valor, de triunfos insólitos alcanzados por la perseverancia, y de tragedias inducidas por las circunstancias. Nos dan la oportunidad de contar historias olvidadas».

martes, 25 de octubre de 2016

#libros #literatura #mujeres | Las calculadoras de estrellas

Las calculadoras de estrellas / Miguel Ángel Delgado.
Barcelona : Destino, 2016 [10-25].
416 p.
ISBN 9788423351442 / 18,50 €

/ ES / NOV
/ Astronomía / Ciencia / Estados Unidos / Historia – Siglo XIX / Literatura / Maria Mitchell / Mujeres – Historia / Mujeres en la ciencia

Es 1865, y Estados Unidos lleva varios años de una guerra cruel que está afectando a todo el país. Gabriella Howard es una niña sin muchas opciones, huérfana de madre, que vive junto a su padre en Poughkeepsie, un pequeño pueblo del estado de Nueva York, a orillas del Hudson. Pero demasiado pronto la guerra le arrebatará también al padre y tendrá que trasladarse a un orfanato. Su suerte cambia el día que Maria Mitchell, una antigua amiga de su padre, aparece en el orfanato decidida a hacerse cargo de ella para que la asista y la acompañe en su nuevo empleo como profesora. La señora Mitchell es la joven y reconocida astrónoma que empezará a impartir clases de esta materia en Vassar College, una monumental universidad, y la primera en Estados Unidos dedicada a la formación superior para mujeres. ‘Las calculadoras de estrellas’ aborda una historia de superación, un canto a aquellas mujeres que lograron abrirse un camino con todo en su contra y que en muchos casos no llegaron a ver en vida ningún reconocimiento por su trabajo.