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martes, 29 de junio de 2021

#hemeroteca #lgtbi #memoria #policias | "Pin, pon, fuera, la policía la queremos fuera": enfado entre los agentes con Irene Montero

El Confidencial / Entrega de los Premios Arcoíris //

"Pin, pon, fuera, la policía la queremos fuera": enfado entre los agentes con Irene Montero.

Un coro cantó la controvertida estrofa durante su actuación en el acto oficial del Día del Orgullo. El Ministerio de Igualdad dice que no entiende por qué se dan por aludidos.
Pablo D. Almoguera | El Confidencial, 2021-06-29
https://www.elconfidencial.com/espana/andalucia/2021-06-29/policia-nacional-irene-montero-igualdad-dia-del-orgullo_3157280/ 

“¡Ya están aquí las bolleras! [...] Pin, pon, fuera, la policía la queremos fuera”. Esta es la breve y polémica estrofa del popurrí de canciones adaptadas que este lunes interpretó un coro durante el acto central del Ministerio de Igualdad para conmemorar el Día del Orgullo. Unas palabras que han generado malestar entre muchos agentes y que han sido consideradas como un ataque gratuito y sin fundamentos que se produce en un evento organizado por el Gobierno.

El Coro LGTB de Madrid puso el broche musical a una convocatoria que contó con las intervenciones de la ministra de Igualdad, Irene Montero, y la directora General de Diversidad Sexual y Derechos LGTBI, Boti G. Rodrigo.

La veintena de componentes del grupo interpretaron el himno del Día del Orgullo, titulado 'Mundo BinarioCisHeteroPatriarcal', así como adaptaciones de canciones conocidas. Una de ellas fue 'Muchas Flores', de Rosario Flores, a la que cambiaron su conocido 'Pin, pon, fuera, que se me sale la camisa fuera' por 'Pin, pon, fuera, la policía la queremos fuera'.

Esta variación ha generado cierto enfado en muchos agentes, que no entienden por qué en un acto organizado por el Gobierno se permite este ataque y recordaron a la ministra de Igualdad que "sus escoltas son policías nacionales exactamente iguales a los que quieren fuera".

"Lo que más me avergüenza es que nuestro ministro —Fernando Grande-Marlaska— no haya dicho nada al respecto", ha explicado una agente a El Confidencial, que ha recordado a Irene Montero que, en la Policía Nacional, la Guardia Civil y las policías locales, "hay muchas mujeres trabajando".

El sindicato Justicia Policial (Jupol) ha remitido un comunicado en el que ha hablado de "ataque inadmisible" y solicita al ministro del Interior que "realice una reprobación pública a la ministra de Igualdad". "A la señora Montero le exigimos una disculpa pública a todos los agentes de la Policía Nacional y de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado", añade, para seguidamente recordarle que los agentes están día a día en las calles para "garantizar los derechos y las libertades de todos los ciudadanos" y que "una de las tareas que tienen encomendadas es la lucha contra cualquier tipo de discriminación".

El Sindicato Unificado de la Policía (SUP) ha recordado en sus redes sociales el carácter "integrador" del movimiento LGTBI y ha acusado al coro que interpretó la canción de "querer echar a este colectivo". "La Policía se queda, les guste o no, porque ustedes no deciden", ha finalizado.

Un portavoz de esta organización ha agregado que “estamos por y para todos, independientemente de su sexo, raza o religión”, para después lamentar que “estas canciones no vienen al cuento”, ya que “nuestra labor es defender y proteger a todos los colectivos”.

Fuentes del Ministerio de Igualdad han mostrado su extrañeza por la reacción de las organizaciones sindicales. "No entendemos muy bien por qué se dan por aludidos en una canción que, como dijo también el propio presentador del acto, habla de una manifestación de Nueva York liderada por Marsha P. Johnson por los derechos de las personas trans y contra la violencia policial de la época", han apuntado a este periódico.

Las citadas fuentes han querido precisar que "lo que hace esa canción es reproducir a través de la ficción los cánticos de esa protesta celebrada hace décadas".

sábado, 27 de junio de 2020

#hemeroteca #lgtbi #28J | Stonewall, una noche que la comunidad LGTBI no quiere olvidar

Jóvenes en la entrada del Stonewall Inn //

Stonewall, una noche que la comunidad LGTBI no quiere olvidar

El 28 de junio de 1969, tras la redada de la policía en el célebre bar de Nueva York, se iniciaron una semana de revueltas que se conmemoran cada año con el día del orgullo gay
Carlos Sala | La Razón, 2020-06-27
https://www.larazon.es/cataluna/20200623/e64l2kmupbbt5ispo52k7w7tvy.html

A la 1.20 horas de la madrugada del 28 de junio de , seis agentes de la policía entraban en el bar Stonewall, un local del Greenwich VIllage de Nueva York donde homosexuales, lesbianas, transgénero, y travestis se reunían para beber y bailar. Apagaron la música y encendieron las luces al grito de: “¡Policía, tomamos el control del local!”. Había 205 personas allí dentro y todas quedaron en silencio. Algunas intentaron huir, pero la policía tenía controlada las salidas. A las demás se las obligó a formar filas en la pared y a identificarse. Redadas de ese tipo eran constantes y todas seguían el mismo patrón. Pero aquella noche nada fue como siempre.

La redada oficial era clausurar el local debido a no tener licencia de alcohol. Stonewall, como muchos locales similares, estaban regidos por la mafia, que conocía de antemano el calendario de aquel tipo de redadas. Sin embargo, aquella noche era diferente. Nadie hacía avisado. Además, la ley municipal prohibía que ningún hombre vistiese más de tres prendas femeninas, así que de pronto el objetivo de la redada pasó a ser la detención de los travestis y personas transgénero.

En el local había dos hombres y dos mujeres, policías de paisano, que llegaron antes al local de incógnito en busca de confirmar que se vendía alcohol, algo que sabían de sobra, y la presencia “indecente” de personas transgénero. Pasada la una de la madrugada, cuando el pequeño local estaba lleno, (un viernes noche de verano), con la intención de mandar un claro mensaje, llamaban desde el teléfono público instalado en la parte de atrás del local para que se iniciase la redada.

Los protocolos dictaban que las mujeres policía llevasen a las personas vestidas de mujer al lavabo y certificar su sexo. Si éste resultaba ser masculino, eran arrestadas. Nunca se habían atrevido a contravenir las instrucciones de la policía, pero aquel día fue distinto. De pronto, los hombres se negaron a enseñar sus identificaciones y las mujeres no aceptaron que se las llevase aparte a ningún lado. La policía, confusa, no estaba acostumbrada a que se pusiese en duda su autoridad, sobre todo en estos colectivos. Decidió que detendría a todo el mundo e hizo llamar a furgones policiales para arrestos colectivos. “Mi primer miedo fue que me arrestaran. Aunque mi mayor temor era que saliese mi foto al día siguiente en el periódico con el vestido de mi madre”, recordaba Mary Ritter, una joven transexual que aquella noche celebraba su 18 cumpleaños y el fin del instituto. “Yo conocía lo que se contaba que les pasaba a los queer en la prisión... así que imagina”, añadiría.

El local tenía dos salas de baile y se intentó separar a los gays de los transgénero y travestis. Empezó a hacer desfilar a la gente fuera del local a la espera de que llegaran las furgonetas. La sorpresa fue que el boca oreja había hecho que la noticia de la redada corriese por el barrio y ya había más de un centenar de personas observando lo que ocurría y dando ánimos a los que estaban dentro. La policía retrocedió mientras hacía inventario y confiscaba el alcohol. Incluso pretendían llevarse el jukebox que servía de banda sonora. Así que se empezó a dejar marchar a los que no iba a detener. La sensación de injusticia empezó a crecer. ¿Por qué estos sí se podían marchar y los otros no? En lugar de marcharse a su casa, los liberados se quedaron con los recién llegados y la atmósfera de unidad dentro de la comunidad LGTBI fue in crescendo.

Cuando todavía no eran las dos de la mañana, el arresto de una mujer, que salía esposada del local, provocó las primeras reacciones de rechazo. Ella intentó zafarse, asegurando que las esposas le hacían daño. Un policía la agredió y a partir de aquí los ánimos se descontrolaron. “¡Por qué no hacéis nada!”, gritó a los que miraban la detención. Otro punto de fricción empezó cuando una mujer travestida agredió con su bolso a un policía que la estaba empujando. “No me toques”, gritaba. La policía, de pronto, ya no era intocable.

Empezaron a volar monedas hacia los policías, después fueron botellas de cerveza, hasta que empezaron a lanzarse contenedores de basura. Los agentes, que todavía no entendían lo que estaba pasando, en inferioridad numérica, no pudieron más que refugiarse en el local y esperar a que llegaran los refuerzos. Pero ya era tarde, un nuevo movimiento había nacido. Por primera vez, la comunidad LGTBI se daba cuenta que, unida, era una fuerza poderosa y podía hacer recular a sus perseguidores. “Creo que todos sentimos de forma colectiva que ya habíamos aguantado suficiente este tipo de humillación. No hubo nada que lo provocase, ninguna acción o palabra, sino una acumulación de mierda que esa noche superó a todos y explotamos. Cada uno de los que estábamos allí sabíamos de forma inconsciente que no había marcha atrás, era el momento de reclamar lo que nos habían negado todo este tiempo... nuestra dignidad”, recordaba el activista Michael Faber.

En aquellos momentos había mucha gente en las inmediaciones de la calle Christoph, donde estaba el Stonewall Inn. Allí estaba, por ejemplo, Holly Woodland, actriz warholiana y la mujer transvestida que inspiró a Lou Reed su “Walk on the wildside”. También estaba el crítico y escritor Edmund White, el músico folk y mentor de Bob Dylan, Dave van Ronk. O artistas como el escultor Martin Boyce, el pintor Richard Segalman, el creador kitch Thomas Lanigan-Schmidt o el escritor John O’Brian. “Los gays nunca habían sido una amenaza para la policía. Se esperaba que fuéramos débiles, incapaces de defendernos. Pero ahí estábamos, peleando y atacándolos”, rememoraba éste.

Además, junto toda aquella confusión, dos mujeres transgénero empezaron a liderar la revuelta, empezando a lanzar ladrillos a los furgones blindados de la policía. Eran la portorriqueña Sylvia Rivera y la afroamericana Marsha P. Johnson, amigas desde 1963 y activistas a favor de las mujeres transgénero cuya vida estaba tan al límite que se les llamaba “ratas callejeras” por su capacidad de supervivencia a pesar de todo. “Fue el mejor día de mi vida”, afirmaba Rivera. “Recuerdo ver desfilar a los drags más ostentosos y extravagantes en fila, acercándose al local, gritando todo tipo de cosas. Todo tenía una aureola cargada de energía, en una de las noches más calurosas que recuerdo”, comenta Joey P, uno de los primeros homosexuales que liberaron.

Los cánticos ahora conocidos como “¡Gay power!” empezaron a oírse y el espíritu de fiesta fue creciendo, a la par que los roces empezaron a crecer y los nervios sustituyeron a los comentarios jocosos. Cuando llegaron los refuerzos, ya nada era una broma. Las inmediaciones del Stonewall ahora estaban repletos y empezaron a haber las primeras cargas. A las cuatro de la madrugada, la situación estaba controlada, el silencio volvía a imperar en la calle, y la policía había regresado a sus comisarías. 13 personas fueron detenidas, una docena tuvo que ser hospitalizada y cuatro policías fueron heridos. Todo lo que había en Stonewall quedó destrozado, el teléfono público, los lavabos, los espejos, la máquina de tabaco, el jukebox, no se sabe si por los clientes o la propia policía. Y, aun así, el local abrió al día siguiente.

Pero el recuerdo de aquella larga noche no paraba de crecer. La prensa informó en primera página de lo sucedido y la noticia se convirtió de interés nacional. Ahora que la comunidad LGTBI veían lo que podían conseguir juntos, no iban a dar marcha atrás, y aquella misma tarde se inició la primera manifestación por defender sus derechos. “¡Poder gay! No es maravilloso... ya era hora de que hiciésemos algo para darnos valor”, dijo el poeta beat Allan Ginsberg, que vivía en la misma calle de Stonewall. Aquella noche, él no había estado, pero sí fue al día siguiente. “Los chicos eran tan hermosos, habían perdido la mirada herida que todos los maricones teníamos hace diez años”, afirmó.

Cada día hasta el 3 de julio se reprodujeron este tipo de protestas, hasta que empezó a tener eco en otras ciudades americanas. Más de 50 años después, su alcance es ahora universal y cada 28 de junio se celebra el día del orgullo gay para no olvidarlo nunca.

miércoles, 24 de junio de 2020

#hemeroteca #trans #memoria | Sylvia Rivera, La pionera Latinx que estuvo al frente de la revolución por los derechos LGBTQ+ en Estados Unidos

Imagen: Al Dia / Sylvia Rivera

Sylvia Rivera, La pionera Latinx que estuvo al frente de la revolución por los derechos LGBTQ+ en Estados Unidos.

“El infierno no conoce la furia de una drag queen despreciada.”
Ana María Enciso Noguera | Al Día, 2020-06-24
https://aldianews.com/es/articles/culture/sylvia-rivera-la-pionera-latinx-que-estuvo-al-frente-de-la-revolucion-por-los 

Con motivo del mes del orgullo LGBT recordamos a Sylvia Rivera: una gran líder y activista trans latina, que estuvo en Stonewall, hizo parte del nacimiento del movimiento por los derechos civiles, guió iniciativas innovadoras para apoyar y proteger a la comunidad LGBT de la violencia estructural.

Sylvia Rivera marcó un antes y un después.

¡La revolución finalmente está aquí!
Stonewall Inn era un bar controlado por la mafia. Ese, el famoso bar en Greenwich Village en que empezaron los disturbios que marcaron el inicio de la lucha por los derechos LGBT el 28 de junio de 1969.

La mafia no tenía especial compasión por la comunidad gay y lesbiana de Nueva York. Se trataba, simplemente, de un tema de negocios: había un sector de la población que nadie más quería pero que estaba dispuesto a pagar para tener un lugar. Y donde hubiera dinero, la mafia estaba.

Los vínculos que la mafia tenía con la policía hacían que habitualmente fueran avisados de las redadas que se llevarían a cabo en sus bares, pero el día de Stonewall fue diferente.

Las redadas eran tan frecuentes y el mecanismo entre los dueños de los bares y la policía estaba tan preestablecido, que habitualmente la policía llegaba temprano, alineaba a todos los clientes del bar afuera, revisaban documentos, arrestaban a quienes no tuvieran y a las personas trans y luego se iban. Acto seguido, el personal del bar sacaba el licor que tenían en una bodega trasera aparte y retomaban funciones suficientemente temprano para que, aún con el operativo, fuera una noche habitual de negocios para el establecimiento.

Ese 28 de junio el inicio fue el esperado, pero no el desenlace. Los carros de policía en que se habrían llevado a las personas arrestadas tardaron en llegar; los que habrían podido irse no se fueron y una batalla se desató entre los clientes del bar y la policía.

Sylvia Rivera contaba que en el momento en que vio la primera bomba molotov volar por los aires, hacia la policía, se dijo a sí misma, en español, “¡Dios mío, la revolución finalmente está aquí!” y empezó a gritar “Freedom! We’re free at last!”.

Al ver los videos que se conservan de ella hablando en público –como el discurso que dio en la marcha de la liberación de 1973– es fácil imaginarla con esa furia de fiera maltratada y herida, esa furia que ni el infierno conoce, rugiendo “Freedom!”, confrontando a la policía, gritando, golpeando oficiales y lanzando botellas.

Porque al fin había llegado el momento en que todos habían decidido que era suficiente. El momento que marcaría un antes y un después.

Hay versiones encontradas sobre este hecho. Sylvia sostuvo hasta la muerte que estuvo allí, pero según otras narraciones, ella estaba dormida, luego de haberse inyectado heroína.

Sobre dos cosas no hay controversia: uno, que en ese momento estuvo Marsha P. Johnson, recordada como la Rosa Parks de los derechos trans, y dos, que Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera harían un dúo incansable en la lucha por los derechos LGBT, incluso en los momentos en que su propia comunidad les daba la espalda.

Damas a la espera
Sylvia Rivera nació bajo el nombre de Ray Rivera el 2 de julio de 1951 en Nueva York y murió a los 50 años, el 19 de febrero de 2002, de cáncer de hígado, en la misma ciudad.

De ascendencia puertorriqueña y venezolana, sufrió a una temprana edad el abandono de su padre y a los tres años el suicidio de su madre. Quedó bajo al custodia de una de sus abuelas, con quien tuvo una relación conflictiva por sus gestos afeminados y por haber empezado a maquillarse en cuarto grado.

A los diez años y medio huyó de casa y empezó su vida en la prostitución y cometiendo crímenes menores. Pero su abuela siguió velando por ella en la distancia y muchas veces pagó su fianza, como le contaría a Eric Marcus –el anfitrión del podcast Making Gay History– en una entrevista en 1989. Fue un grupo de drag queens quienes la acogieron y la llamaron Sylvia, nombre al que respondería durante la mayoría de su vida adulta.

Para este momento Sylvia se identificaba como drag queen porque era la palabra que había en el momento para describir las identidades sexuales que no se sentían en consonancia con el sexo asignado al nacer. Los términos “transexual” y “transgénero” empezaron a aparecer a medidados de los 60’s y como términos en manuales de patología sexual.

De hecho, la Organización Mundial de la Salud sacó la transexualida de su lista de enfermedades mentales apenas en junio de 2018.

Como dijo Sylvia Rivera en un fragmento de su libro “Travestis callejeros, revolucionarios de acción: supervivencia, revuelta y lucha antagonista queer”, las drag queens soportaron toda la opresión imaginable, como damas en espera, esperando a que algo pasara. Y cuando pasó, ellas estaban en el lugar indicado.

Nace STAR
Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson fundaron STAR, Street Transvestite Action Revolutionaries, en 1970.

La idea original se le ocurrió a Rivera y era a la vez simple e inmensamente compleja de realizar: dar un refugio a quien lo necesitara y evitar que tuvieran que pasar por lo mismo que ella.

Sylvia y Marsha, con el apoyo del Gay Liberation Front consiguieron un apartamento de cuatro habitaciones en el 213 East 2nd Street, en el East Village de New York. El apartamento no tenía electricidad ni calefacción y ellas adecuaron, aún sin saber bien cómo se hacía.

En la casa STAR, Marsha y Sylvia recibieron personas trans y gay sin hogar y les protegieron. Ellas dos siguieron ejerciendo la prostitución para lograr mantener a quienes acogían al margen de las calles.

Simultáneamente, STAR también fue una plataforma para el activismo con la que Sylvia se relacionó con los movimientos por los derechos civiles más radicales que había, los Young Lords de Puerto Rico y las Panteras Negras entre ellos.

Desafortunadamente, la casa STAR sólo duró un año. El 15 de julio de 1971 las dos activistas fallaron en el pago del alquiler, por la precariedad en que ya vivían y sostenían a tantas personas y el dueño del apartamento los desalojó.

“Todos ustedes deberían callarse, más bien”
La historia de Sylvia y Marsha nos lleva a recordar la manera en que los privilegios y las formas de discriminación se cruzan entre sí.

Ellas no solamente lucharon contra la discriminación por ser transexuales, sino también por ser mujeres de color. Y en su momento fueron discriminadas incluso por la comunidad gay, por cuyos derechos lucharon tanto.

La postura de Sylvia podría describirse como una búsqueda por la liberación, mientras que buena parte del movimiento gay de la época podría caracterizarse como de asimilación.

Por eso las mujeres trans no eran bienvenidas: porque destacaban, les chirriaban los dientes de lo distintas y, con frecuencia, estrambóticas que eran: mientras Sylvia y Marsha salían a marchar en spandex y plumas, la primera marcha gay fue en traje de paño y corbata.

Uno de los momentos de indignación más grandes para Sylvia, cuando más dolorosamente se sintió traicionada por el movimiento, fue en la marcha por la Liberación de 1973: tras todos sus esfuerzos por los derechos LGBT, a Sylvia le habían prometido un espacio para dar un discurso público. En vez de eso, fue empujada al fondo de la marcha, con vergüenza por su transexualidad.

Sylvia, harta, se abrió paso a los codazos y en el video en blanco y negro se ve la cara de desconcierto del anfitrión de la ronda de discursos cuando vio que no había manera de evitar que ella hablara. Sylvia le arrebató el micrófono –en un momento parece que le fuera a pegar con el trípode que lo sostenía– y acalló a la multitud que la abucheaba.

Marsha P. Johnson murió en 1992. El caso fue cerrado como si se tratase de un suicidio en el río Hudson, pero sus familiares y amigos sostienen que ha debido tratarse de un homicidio.

Tras su muerte, Sylvia vivió en la calle durante años, hasta que gracias al apoyo de Rusty Mae Moore y Chealsea Goodwin se recuperó del alcoholismo y retomó el activismo.

A pesar de que la lucha por los derechos de la comunidad LGBTQ ha avanzado en los últimos treinta años, la población trans, y más aún la población trans de color, sigue siendo terriblemente vulnerable. A penas la semana pasada la Corte Suprema reconoció que no era constitucional negar a alguien el derecho al trabajo por ser transexual.

Pero esta furia que llevaba Sylvia en el pecho ha seguido y seguirá empujando la conquista de los derechos que en toda ley les pertenecen.

lunes, 19 de agosto de 2019

#hemeroteca #lgtbi #orgullo #stonewall | El caso de Stonewall y cómo nació el movimiento del orgullo gay

Imagen: El Mundo / Marty Robinson, activista gay, un mes después de Stonewall, 1969
El caso de Stonewall y cómo nació el movimiento del orgullo gay.
Gonzalo Ugidos | El Mundo, 2019-08-19
https://www.elmundo.es/yodona/lifestyle/2019/08/18/5d514b36fdddff85178b4623.html

Si a alguien le quedan dudas de por qué el Día Internacional del Orgullo se celebra a finales de junio, en la sexta entrega de nuestra saga del verano queda aclarado. En dicho mes, hace ahora medio siglo, una redada policial en un antro nocturno, santuario de homosexuales y otros 'apartados' de la sociedad más tradicional, fue la mecha que encendió el movimiento de reivindicación de derechos de este colectivo, hasta entonces criminalizado.

La madrugada del 28 de junio de 1969 en Nueva York, la oveja plantó cara al lobo. En palabras del poeta gay Allen Ginsberg fue la noche "en que los maricas perdieron su cara de miedo". Los homosexuales se extrañaron de su propio milagro, pero muy poco, porque la rabia había alcanzado masa crítica y desencadenó una catalítica explosiva, como cuando arrimas la lumbre al gas.

El Stonewall Inn, en el 53 de la calle Christopher del Greenwich Village neoyorquino, había abierto sus puertas en 1967 como club gay nocturno dirigido por la mafia. El clan de los Genovese invertía en estos tugurios 'underground' para vender alcohol manipulado, tabaco de contrabando y ese tipo de delicatessen. El garito no tenía salida de emergencia, el alcohol era de juzgado de guardia -bautizado y encima caro-, y de la higiene mejor no hablar: los vasos se enjuagaban en tinas con agua sucia, como para jugar a la ruleta rusa con la hepatitis. Cutre y ruidoso era, sin embargo, muy popular: el santuario de los que eran demasiado jóvenes, demasiado pobres o demasiado amanerados para ir a otra parte. A las reinas del cuero, pipiolos afeminados de espinilla rebelde, osos de pelo en pecho, drags, cachorros trans y demás forajidos sexuales les parecía guay por su tolerancia, por sus espectáculos y porque era uno de los pocos bares de ambiente en donde se podía bailar. Allí se sentían en su salsa, podían ser ellos mismos, respiraban libertad y compartían su calvario. Se escuchaban historias de gais que por culpa de la pluma habían sido despedidos del ejército y habían terminado sus días como chaperos; de lesbianas que habían perdido su trabajo por un arrumaco y habían fingido que todo estaba bien porque no podían ver la manera de cambiarlo: tenían miedo.

A pesar de que los dueños del Stonewall untaban a la policía con generosos sobornos, no eran raras las redadas so pretexto de que el local violaba la ley con demasiado descaro o, simplemente, para que la pasma sacara más tajada. O porque era año electoral, como el de 1969, y el alcalde quería enjabonarse ante la prensa.

Aquella noche, unos doscientos clientes -trans, drags, boys y hasta tipos convencionalmente trajeados- estaban bailando el frug, un tipo de rock en el que apenas se mueven los pies. Se comían con los ojos a los go-go boys o buscaban plan cuando irrumpió la bofia. Se esperaba lo normal en esos casos: algún que otro grito y algún arañazo al arrastrar a las locas fuera del local para ficharlas por vestirse de mujer. Lo previsible era que la mayoría de los clientes se identificara y se esfumara rápidamente. Pero no fue eso lo que pasó aquella calurosa noche de fin de semana.

En su libro 'Stonewall', cuenta David Carter que Seymour Pine, inspector adjunto de la policía de Nueva York, estaba decidido a cerrar el local que, sin serlo, pretendía ser un bottle bar (un club privado que no servía alcohol pero donde los clientes podían llevar sus botellas). El martes 24 de junio, Pine entró y confiscó todas las botellas, pero cuando se fue, el gerente Michael Fader se jactó de que volvería a abrir al día siguiente. Pine se fue picado, en parte porque sabía que era verdad. De hecho, el bar abrió el miércoles y Pine rumió el contragolpe. Volvió en la noche del viernes 28 al sábado 29 con ganas de guerra y un plan meticuloso: obtuvo una orden de registro, colocó agentes de paisano dentro del bar e invitó a presenciar la operación a los funcionarios municipales y federales concernidos.

A la una y veinte de la madrugada, Pine y su escuadrón del vicio llegaron a las puertas dobles del bar. La música se apagó, las luces principales se encendieron y comenzó el baile cuando la pasma se incautó de veintiocho cajas de cerveza y diecinueve botellas de licor. Eran la prueba de cargo de que el Stonewall no era un bottle bar. Ordenaron a los clientes alinearse contra la pared e identificarse, aquellos cuyo sexo no estuviera claro serían llevados a un reservado para verificarlo. Los intersex y las drags se negaron a acompañar a los agentes al reservado. Otros clientes tenían buenos motivos para no identificarse y empezaron a gritar y a maldecir a los asaltantes. Cuando los iban a llevar a comisaría, Marsha P. Johnson, una negra trans, se opuso con poca diplomacia: lanzó una botella al espejo. Marsha celebraba en el local su 25 cumpleaños y, como muchas mujeres trans, actuaba como drag queen. Su gesto marcó un antes y un después porque su botellazo mostraba el camino a la resistencia: algunos clientes se escabulleron, pero la mayoría se quedó para armar alboroto.

Fuera del local se había concentrado una multitud de unos seiscientos aliados y a Pine no le llegaba la camisa al cuello. Corrió el rumor de que en el interior la poli se había liado a golpes y uno de los espectadores gritó: "¡Poder gay!", alguien comenzó a cantar 'We Shall Overcome' [un tema de gospel que con el tiempo se convirtió en canción protesta] y, dispuestos a vencer, el himno se multiplicó en boca de todos. La policía arrestó a algunos, entre ellos al cantante Dave Van Ronk que, aunque no era gay, conocía bien la violencia policial por haber participado en manifestaciones contra la guerra de Vietnam: "Cualquiera que se enfrentara a la bofia me tenía de su lado, por eso me quedé", dijo resumiendo el credo de tantos.

Cuando sacaron a la primeras locas esposadas, Stormé DeLarverie -lesbiana marimacho, drag king, cantante y guardaespaldas- llevó la tensión a su punto de ebullición luchando cuerpo a cuerpo contra los agentes, que la zurraron de lo lindo. Cuando la metían en el furgón, se volvió hacia la multitud y gritó: "¿Por qué no hacéis algo?". Los gais y sus aliados podían hacer algo, por supuesto, a fin de cuentas eran muchos más que los polis. Una andanada de piedras, monedas, botellas de cerveza, latas, cubos de basura y ladrillos cayeron sobre los guardianes de la ley. Se pincharon neumáticos y se arrancaron parquímetros del pavimento, que usaron como arietes. No lograban identificar qué sentimientos estaban experimentando: oscilaban entre el triunfo y el miedo; pero sobre todo estaban a tope de adrenalina.

Con la pistola desenfundada, la policía tuvo que refugiarse en el bar y los insurrectos le pegaron fuego, hubo que llamar a los antidisturbios y a los bomberos. La escena era tan incendiaria, y al tiempo tan mística, que Sylvia Rivera, una drag queen portorriqueña de 17 años, gritó: "¡Es la revolución!". Fue de las más activas en la pelea, dominaba la técnica de tocar los huevos lanzando botellas. La peña del bar estaba compuesta de blancos, negros e hispanos, y aunque había pocas mujeres trans, lesbianas dyke y drags fueron las más decididas, el auténtico catalizador de los disturbios.

A las cuatro de la mañana, el Stonewall estaba en ruinas y las calles tranquilas. Parecía que todo había terminado; pero de eso nada. El espíritu Stonewall se reactivó la noche siguiente, y la siguiente, y la otra. Los que habían salido del armario no querían volver a entrar. No se había visto nada igual desde el Boston Tea Party.

Unos días después se fundó en Nueva York el Frente de Liberación Gay y, muy pronto, en otras ciudades otros grupos ya estaban predicando el "orgullo gay", enfrentándose a la poli y exigiendo que se cambiaran las leyes. De la noche a la mañana, surgieron cabeceras como 'Come Out', en Nueva York, 'Fag Rag' en Boston, 'Gay Sunshine' en San Francisco, todas con el mismo mensaje: la homosexualidad no era una enfermedad, una "perversión" o una forma inferior de sexualidad, era hora de que los gais dejaran de menospreciarse a sí mismos. Había que acabar con la ocultación de las preferencias sexuales, los hombres y mujeres homosexuales que fingían no serlo entorpecían la lucha, perpetuaban las prácticas discriminatorias de contratación y despido, y nutrían el hampa sórdida de bares gais, chantaje sexual y extorsión policial. El 'Manifiesto Gay' de Carl Wittman comparaba a los "maricas vergonzantes" con los Tíos Tom negros, cipayos que tenían la astucia del proscrito y su camuflaje. Wittman captó la idea, había llegado el tiempo de dejar de huir de "polis chantajistas, de familias que nos repudian o nos toleran, de rufianes que nos maltratan".

Antes de la rebelión en el Stonewall, todas las semanas más de un centenar de homosexuales eran detenidos en Nueva York. Travestirse o las demostraciones públicas de afecto podían resultar en graves acusaciones con cárcel o multa. Ser gay era tan ilegal como robar coches o asaltar bancos. Por eso vivían dentro del armario. El miedo los mantenía a raya, les impartía lecciones de moral. Después de Stonewall, el 'Manifiesto Gay' pedía que salieran a la luz del día: "No os escondáis más, salid".

Y lo hicieron. Salieron en tropel. La perpleja Norteamérica normal se encontró de repente conviviendo con una segunda sociedad gay, un mundo social paralelo que había surgido en todas las grandes ciudades y en muchas de las más pequeñas, que abarcaba a millones de hombres y mujeres. Hacia 1980 en Estados Unidos y Canadá se había desarrollado la minoría homosexual más grande, mejor organizada y más poderosa de la historia del mundo. La edición de 'Gayellow Pages' (páginas amarillas gais) de Nueva York-Nueva Jersey contenía 96 páginas de listas y anuncios que ofrecían a los homosexuales todo tipo de servicios. El nuevo mensaje, proclamado tanto desde las páginas de populares manuales matrimoniales, que explicaban los placeres del sexo, como desde los desplegables centrales del Penthouse, Playboy y Playgirl, era que el sexo ni está ni tiene por qué estar al servicio de la reproducción.

Por supuesto, los bares gais no se convirtieron milagrosamente en paraísos utópicos al día siguiente de los disturbios. El control de la mafia y las redadas de la policía continuaron; pero la poli se lo pensaba dos veces antes de pasarse de la raya. El miedo estaba cambiando de bando. Los humillados y sumisos se habían convertido en activistas irascibles del 'gay power'; los desesperados, en partisanos airados del 'gay pride'. Total, que los gais se soltaron el pelo, que es como tituló el antropólogo Marvin Harris un ensayo sobre la liberación homosexual.

Todavía hoy no es fácil saber lo que produjo aquella alquimia; tal vez la inspiraron los negros y sus movimientos de liberación, tal vez el movimiento feminista, seguramente los gais aprendieron de los hippies a dejar de guardar las apariencias. El cuerpo militar tebano llamado Batallón Sagrado debía su fuerza a la unidad homosexual de sus guerreros, ahí tenían los rebeldes del Stonewall un espejo en el que mirarse para enseñarle los dientes a la bofia. Eso sin olvidar que el calor funde el hielo y la redada en el Stonewall tuvo lugar un fin de semana muy caluroso del verano junto a Christopher Park, territorio de adolescentes sin hogar, sin familia, sin trabajo y sin nada que perder incendiando el barrio. También sumó la chiripa de que, como cientos de neoyorquinos, dos periodistas de The Village Voice, un semanal muy influyente, tropezaron con el motín y la redada se dejó oír de costa a costa. En cualquier caso, había algo en lo que los insurgentes podían estar de acuerdo: todo ocurrió rápida y espontáneamente. En 'El mago de Oz', Judy Garland, icono gay, cantaba 'Over the Rainbow', que evocaba un lugar más allá del arco iris donde los sueños se hacían realidad. Acababa de morir; pero su canción fue el himno de la movida.

Me tropiezo con esta frase de Camus: "En las profundidades del invierno, finalmente descubrí que dentro de mí había un verano invencible". Tal vez fue algo parecido a eso lo que, aquella noche sofocante, descubrieron de golpe los maricas del Stonewall. Aupados al pedestal de su victimismo histórico y de su inocencia manifiesta, conquistaron un largo verano.

viernes, 28 de junio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #orgullo | La piedra de Marsha P. Johnson 50 años después

Imagen: El salto / 'Soy más de Ocaña de la Butler'
La piedra de Marsha P. Johnson 50 años después.
Tras este medio siglo, podemos celebrar que quienes pusieron el cuerpo han conseguido liberar algunos de los derechos vitales que “la dictadura de lo normal” tenía secuestrados.
José Náufrago | El Salto, 2019-06-28
https://www.elsaltodiario.com/algarabias/piedra-marsha-johnson-50-anos-despues-lgtb-orgullo-critico-sevilla

En este mes de junio de 2019 se cumplen 50 años desde que Marsha P. Johnson arrojara una piedra contra el poder, materializado en forma de agente policial. Esa piedra portaba un mensaje: nuestros deseos no son perversos, nuestros afectos no están enfermos, y nuestros cuerpos e identidades nos pertenecen, le escueza a quien le escueza. Tras este medio siglo, podemos celebrar que quienes pusieron el cuerpo han conseguido liberar algunos de los derechos vitales que “la dictadura de lo normal” tenía secuestrados. Pero aunque en torno al Orgullo todo sea triunfal y los unicornios estén de moda, quedan muchas piedras por lanzar a diestro y siniestro.

Sobre todo a siniestro porque, tal vez, lo más tenebroso que pasa este año es que en el Estado español, y empezando por nuestra Andalucía, la extrema derecha ha salido de la incubadora y los partidos afines le han dado cobijo. No disimulan, lo repiten de un modo u otro, pero lo dejan claro: odian a la población LGTB+. Arremeten contra el colectivo cada vez que pueden: que si no puede llamarse matrimonio, que si en las escuelas se adoctrina, que si las terapias de conversión deberían ser legales... Entre eso y el genocidio checheno, entre eso y el asesinato de Marielle Franco, no hay tanta distancia. Entre otras cosas, porque la presencia de discursos como el de Vox normaliza y legitima actitudes que nos ponen en peligro (basta con ver el aumento de los ataques diversófobos). Pero las cifras que contabilizan la violencia diversófoba dejan fuera algo difícil de cuantificar, pero no por eso menos grave: entre las personas cisheterodisidentes existen mayores tasas de ansiedad, miedo social, depresión y suicidio. Los Orgullos institucionales invisibilizan estas realidades como parte de su estrategia comercial, los Orgullos están totalizados por los esbirros de la heteronorma.

Tenemos que desplazar a los cuerpos hegemónicos, asimilados por “la dictadura de lo normal”, que cuando bailan ostentosos la música que el opresor les pone con sus cuerpos normativos, silencian e invisibilizan a quienes menos espacio tienen dentro y fuera de la fiesta, y reproducen actitudes machistas, misóginas, tránsfobas, plumófobas, colonialistas, xenófobas, capacitistas, especistas... Los Orgullos críticos son propuestas que surgen desde la gente no binaria, la de género fluído, las bolleras, las marikas, los, las y les trans, las personas asexuales y bisexuales, las gordas, las viejas, las que habitan la diversidad funcional, las putas, y, por supuesto, las personas migrantes y racializadas. La disidencia que habita en los márgenes tiene que ocupar el centro, si no, la piedra de Marsha voló para nada.

La realidad es que, a pesar de las conquistas, Marsha P. Johnson hoy, en 2019, seguiría estando la última en la fila de las posibilidades, porque era trans, y las personas trans siguen siendo el colectivo más ninguneado dentro y fuera de nuestros círculos, quienes menos esperanza de vida tienen, quienes más difícil tienen el acceso al mercado laboral y a un sistema sanitario que las respete, incluso en Andalucía, con una ley trans con grandes aciertos, pero que no reconoce a las personas no binarias, porque la libre asignación de género solo tiene dos casillas: hombre o mujer.

Marsha P. Johnson, además de ser una mujer trans que lanzó una piedra contra la dictadura de lo normal, era una mujer racializada negra que tiró una piedra contra la opresión de la blanquitud y esa piedra sigue volando en 2019, con cientos de personas cisheterodisidentes racializadas que sienten el rechazo y la fetichización en los ambientes LGTB+ o cientos de migrantes que buscan refugio en este suelo pero las matan en el mar, las rajan en las vallas o las persiguen y apalean en la calle. Además, la piedra de Marsha era la piedra de una puta perseguida por su estrategia para subsistir económicamente, y tampoco esto ha cambiado demasiado, por eso es de recibo que las putas y las luchas transmarikabibollo tejamos alianzas, porque somos las putas y las putas tampoco somos bien recibidas en las familias de bien.

Finalmente, Marsha P. Johnson apareció muerta un día, la policía decidió que fue suicidio sin titubear y a otra cosa mariposa porque, aparte de todo lo anterior, era pobre y la justicia es clasista. Por todo esto, es humillante la presencia de Gaylespol (la asociación de policías LGTB+) en los Orgullos institucionales, porque no se puede estar en nuestra misa y con la porra dando, porque la persecución de personas indocumentadas, el asedio a prostitutas o la protección a grupos nazis es opresión, y todas las opresiones son una. En el mundo que queremos, no queremos una policía gayfriendly, queremos que las fuerzas represoras del Estado y sus centros de internamiento dejen de existir.

Pero aún hay más piedras por lanzar. Una para los partidos y las instituciones oportunistas que se creen que les vamos a dorar la píldora por que sonrían para la foto tras una pancarta y ondeen una banderita del arcoíris, que marchan acaparándose de todo, haciendo campaña electoral en primera plana. El mensaje es bien claro: no les debemos nada. Su sitio es atrás y a la escucha de nuestras demandas y nuestros gemidos, los de placer y los de dolor. Si quieren apoyarnos, que nos dejen ser en plenitud y sin cuestionamientos. No son dignos de entrar en nuestra causa, porque malversan nuestros símbolos para blanquearse lo burgués y lo fascista. Si lo que quieren es hacer campaña, que se vayan. Y que les sigan todas las empresas que decidieron un día que la piedra de Marsha podía empaquetarse y venderse como un souvenir y que nuestra vivencia es rentable. Esas empresas no nos quieren diversxs, sino clasificables, en categorías de consumo, quietecitxs en los nichos de mercado, y lo hacen con tal descaro que invaden nuestra marcha, la acaparan, la dominan y a cambio, ¿qué? ¿Van a acompañarnos de vuelta a casa, van a intervenir en los recreos cuando haya acoso, van a proporcionarnos algo que de verdad nos resulte necesario? Aunque el capitalismo se vista de rosa, capitalismo se queda, y tampoco lo queremos en nuestra orgía.

José Náufrago. Miembro de la Red Marikones del Sur e integrante del bloque crítico "Disidencias del Sur" (Sevilla)

sábado, 22 de junio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #orgullo | 50 años de Stonewall, los disturbios en los que nació el Orgullo

Imagen: El Periódico / Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera
50 años de Stonewall, los disturbios en los que nació el Orgullo.
Idoya Noain | El Periódico, 2019-06-22
https://www.elperiodico.com/es/mas-periodico/20190622/50-anos-de-stonewall-el-dia-que-nacio-el-gay-power-7514741

Jay Toole es ella, él, ellas, ellos. Con cualquier pronombre se siente bien. En su gorra hay cosido un parche en el que, bajo el bordado de 'llámame', queda un rectángulo en blanco. Con un rotulador negro ha escrito dos palabras: 'Super butch' [marimacho]. Con orgullo.

Algo así era impensable en 1961. Fue entonces, cuando Toole tenía solo 13 años, cuando su padre, que aprovechaba los ingresos en psiquiátricos de su esposa para violar a la pequeña, le echó de casa al verla vestida con ropas propias de un chico. Liberarse de las agresiones sexuales, que también sufría por parte de su hermano, fue para Toole "lo mejor que podía haber pasado". Se marchó del Bronx, libre para ser quien quería, aunque en una sociedad que no la aceptaba. También, convertida en sintecho.

Su hogar pasó a estar en las calles del West Village. Su cama, un banco de Washington Square, a veces Christopher Park. Su modo de supervivencia: lo que fuera necesario. Y su nueva familia, otras 'butches', 'femmes', lesbianas, gais, 'trans' ("aunque entonces se les llamaba travestis") y, en definitiva, toda una comunidad de gente cuya sexualidad o género en aquella época era contestada con marginación, discriminación, acoso y maltrato. De la familia, la sociedad, las leyes y la policía.

Ahora Toole vuelve periódicamente a un Village cambiado. Con el grupo Tours de Justicia Social organiza visitas guiadas por el barrio que fue y sigue siendo epicentro de la comunidad queer. Muestra sus escenarios clave mientras va detallando cómo era la vida en esas calles donde lo mismo les perseguía, golpeaba o detenía la policía que grupos de hombres que convertían su odio en cacerías; en los bares que eran refugio y lugar de liberación; en los muelles, donde todo era más arriesgado y salvaje; en la Casa de Detención, la cárcel de mujeres ahora derribada y solo recordada en una línea en una placa donde tantas veces estuvo ingresada y sufrió, como muchas otras, los abusos de un médico.

La chispa de una revolución
Antes, Toole hacía los 'tours' gratis para niños y jóvenes; ahora cobra 12 dólares por persona, porque, a sus 71 años, la necesidad vuelve a apretar. Pero lo que realmente le mueve a compartir una generosa narración en la que no esconde los trapicheos, ni el comercio del sexo, ni adicciones que pasaron por la heroína y el crack, es su convicción de que "es importante mantener viva la historia y no dejar que la cuenten, reescriban, distorsionen o blanqueen otros".

Esa historia en primera persona, con su contexto, con sus detalles y sus grises, es más importante si cabe este año, cuando se vuelve la mirada al 50º aniversario de la rebelión en el Stonewall Inn, el bar entonces en el 51 y 53 de Christopher Street que Toole describe como "un auténtico antro, controlado por la mafia", como todos los locales que atendían a la clientela homosexual en Nueva York, con bebidas aguadas y caras, insalubres. "Casi no tenían agua corriente y si eras cliente habitual sabías que no convenía pedir nada en vaso".

Era también uno de los locales en los que, junto a una mayoría de hombres gay (los más acaudalados, sujetos a las extorsiones de la mafia para no arriesgarse a ser expuestos públicamente), se mezclaban algunos trans de piel oscura, lesbianas, jóvenes de la calle como Toole. Un buen 'juke box' y dos pistas de baile –junto a la opción tan escasa esos días de poder bailar agarrados lentamente– convertía el Stonewall en un oasis.

Es allí donde, la madrugada del 28 de junio de 1969, una de las redadas policiales habituales por entonces en locales a los que acudía la comunidad queer encontró una inusitada resistencia. Aquello actuó como chispa para prender la llama de una revolución que no ha vuelto a apagarse pero que tampoco ha culminado.

11 años de investigación
Aunque sigue habiendo lagunas y distintas versiones sobre algunos hechos concretos, la reconstrucción más documentada de lo que ocurrió aquella noche es la que realizó, tras 11 años de investigación, el historiador David Carter en su libro 'Stonewall' (2004), base del documental 'Stonewall Uprising'. Y ese trabajo es una de las mejores guías para repasar aquella noche, en la que a la 1.20 de la madrugada el subinspector Seymour Pine dio la orden por la que él y siete agentes del ya difunto Escuadrón de Moral Pública de la policía neoyorquina iniciaron la redada, la segunda de aquella semana en el bar.

Como de costumbre en esas operaciones, obligaron a los clientes que estaban dentro, unos 200, a alinearse y a enseñar su identificación, dispuestos a empezar los arrestos de empleados por venta ilegal de alcohol o de 'drag queens' y 'kings' que podían ser acusados de la "desviación sexual" que supuestamente representaba llevar tres prendas de ropa que no correspondieran al género asignado en el nacimiento.

No era la primera vez que se vivía una operación policial del estilo, ni en el Stonewall, ni en el barrio, ni en la ciudad ni en el país, unos EEUU donde, salvo en Illinois, el sexo entre adultos del mismo sexo con edad de consentimiento se consideraba "sodomía" y estaba ilegalizado; donde la "perversión" se consideraba ofensa suficiente para ser despedido de un empleo federal; donde la Asociación Americana de Psiquiatría clasificaba la homosexualidad como una enfermedad mental "sociopática" (clasificación que mantuvo hasta 1973) o donde, en algunas ciudades, si eras arrestado, veías publicado en los periódicos tu nombre, tu dirección o tu lugar de empleo.

Esa noche en el Stonewall Inn, no obstante, las cosas fueron distintas. En el interior, algunos se negaron a identificarse, y las 'drag', a que comprobaran su sexo. Quienes no habían sido detenidos no se marcharon rápidamente, como era habitual. Fueron congregándose frente al bar y a ellos se fueron sumando decenas y luego centenares de otras personas, incluyendo Toole, conforme la noticia de la redada se expandía como la pólvora de boca a oreja por el Village.

La tensión, que empezó a crecer dentro y fuera, explotó cuando una lesbiana detenida, que nadie ha conseguido identificar con seguridad, se resistió al arresto y logró escapar, esposada, del furgón policial. Así empezó una lluvia de monedas, objetos, botellas, piedras e insultos sobre la policía, obligada a retroceder y refugiarse de nuevo en el Stonewall, que siguió siendo atacado desde fuera. Se plantó también cara a los agentes antidisturbios que llegaron de refuerzo, obligados por la gente a serpentear con retiradas y regresos por las calles del Village.

La noche fue larga y preludio de varios días más de revueltas. Pero la verdadera revolución fue que una comunidad acostumbrada a vivir en el armario, a esconderse o a pagar el precio de la brutalidad o el acoso cuando no lo hacía, esta vez salió de las sombras y, unida, con violencia pero también con euforia y expresiones festivas de celebración, se atrevió a llenar las calles del Village de un grito a pleno pulmón: "¡Gay power!".

"Lo que hizo a Stonewall diferente no fueron los arrestos, nos arrestaban todos los días", recuerda Toole. "Lo que lo hizo importante es que todo el mundo, todas las distintas pequeñas comunidades, gais, lesbianas, trans, gente de color, heteros, jóvenes sintecho y activistas contra la guerra de Vietnam nos unimos como una sola para decir basta, para exigir que parara la brutalidad policial, la violencia contra nosotros".

El antes y el después
La rebelión de Stonewall fue un punto de inflexión pero no sucedió en el vacío. Ahora, el 50º aniversario está sirviendo para divulgar la historia de la revuelta –donde cada vez se reconoce más el impacto de personas como las transgénero de color Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera, a las que se va a dedicar un monumento en Christopher Park–, pero también está ayudando a subrayar la importancia tanto anterior como posterior del movimiento de los derechos LGBTI+ [Lesbianas, Gais, Bisexuales, Trans e Intersexuales] en EEUU.

"Stonewall se ha convertido en la marca de gente que lucha contra la opresión policial y por la igualdad, pero es un error verlo como un acontecimiento aislado", recuerda el historiador Eric Marcus, autor del libro y el 'podcast' 'Making gay history'. "No marcó el principio del movimiento. Lo que la rebelión hizo fue crear una oportunidad para que los activistas, muchos de los cuales llevaban años en la lucha, canalizaran la energía que se desató y se creara una nueva fase, más expansiva y más militante".

Marcus recuerda, por ejemplo, que en 1950 cinco gais fundaron en Los Ángeles la Mattachine Society. Cinco años después, un grupo de lesbianas crearon Daugthers of Bilitis. Para mediados de los años 60 había manifestaciones públicas. Y en 1966 –el año en que se vivieron revueltas en el distrito Tenderloin de San Francisco tras una rebelión trans en la Cafetería Compton– hubo una convención en la que participaron unas 20 organizaciones del movimiento.

Cuando se produjo el alzamiento del Stonewall Inn, ya se contabilizaban unos 60 grupos, y por esa infraestructura existente, como explica el historiador, "fue posible organizarse y expandirse después. Y lo que solidificó el lugar de Stonewall en la historia fue, en el primer aniversario de los hechos, la marcha de protesta 'Christopher Street Liberation March', que fue hasta Central Park y se erigió en la mayor concentración LGTBI+ en el mundo hasta entonces".

De hecho, sin ese después hoy probablemente los disturbios de Stonewall no estarían tan destacados en los libros de historia; ni Barack Obama, en el 2016, habría designado Christopher Park, el bar (aunque es de propiedad privada) y las calles adyacentes donde se vivió la rebelión, monumento nacional, el primero dedicado a conmemorar la historia LGBTI de EEUU. Tampoco es probable que el actual comisionado de policía de Nueva York, James O’Neill, hubiera dado finalmente el paso, como hizo este mes, de pedir una disculpa por la redada: "Las acciones y las leyes eran discriminatorias y opresoras y por eso pido perdón".

Fricciones pasadas y actuales
El movimiento posterior a Stonewall no estuvo libre de fricciones, como tampoco lo está ahora. Hace cinco décadas se enfrentaron grupos que apostaban por una línea de asimilación con activistas, de renovado impulso, más cercanos en ideología y métodos a movimientos antiguerra o de poder negro. Eran grupos como el Gay Liberation Front, abiertamente antirreligioso, contrario a la familia nuclear, anticapitalista, antibelicista, antirracista y antipatriarcal, que planteaban métodos y objetivos más ambiciosos y radicales para avanzar en la lucha por la igualdad y la libertad que el matrimonio (legalizado por el Supremo en el 2015) o la posibilidad de servir en el Ejército (aceptada por Obama y ahora revocada por Donald Trump).

Sigue habiendo réplicas de tensiones y también sigue quedando mucha, demasiada, lucha por luchar. Solo en 20 estados hay leyes contra la discriminación LGTBI+. La actual Administración hace retroceder avances conseguidos. En los dos últimos años se han vuelto a incrementar las agresiones homófobas, y los mayores de una comunidad donde se rompieron y se siguen rompiendo muchos lazos familiares –y donde el sida hizo estragos en los 80– siguen siendo más vulnerables.

Hay además otros colectivos, especialmente los jóvenes que, como Toole hace seis décadas, hoy siguen siendo expulsados de sus casas. O los de los trans de color, que se siguen enfrentando a los mayores retos, las mayores amenazas a sus vidas. Quizá por eso en sus voces se escuchan los ecos más fuertes de un hartazgo como el que estalló en Stonewall.

Esa rabia se palpaba hace dos semanas en una manifestación para protestar contra la muerte –mientras estaba en régimen de aislamiento en la cárcel neoyorquina de Rikers– de Layleen Polanco, una joven encarcelada por no poder pagar una fianza de 500 dólares por un delito menor y la décima mujer transgénero muerta por causas violentas en lo que va de año en EEUU.

Violencia y dejación
En un acto donde solo se dio voz a personas trans, la indignación por la sensación de abandono de parte de la comunidad LGTBI+ y de políticos plagaba los discursos de la actriz de 'Pose' Indya Moore; de Kimberley McKenzie, que trabaja en el Sylvia Rivera Law Project y aseguró que "no hay motivo de orgullo", o de la activista Raquel Willis, que firmó una de las intervenciones más combativas. "No digo a nadie que tenga que empezar revueltas, pero tenemos mucho por lo que estar enfadados", decía. "A la mierda la respetabilidad, la asimilación, que nos digan que tenemos que ser como los cis, los heteros, los blancos, como todo el mundo... Somos como somos. Es nuestro deber luchar. Es nuestro deber ganar".

El domingo 30 habrá dos marchas en Nueva York, que este año acoge la celebración de World Pride por los 50 años de Stonewall. Una coalición de más de 100 organizaciones agrupadas bajo el lema "reclamar el Orgullo" ha preparado otra marcha que replicará la original de 1970, buscando el mismo recorrido y su espíritu reivindicativo. Consideran que la oficial, organizada por Heritage of Pride, con sus carrozas esponsorizadas y su acortado recorrido, se ha convertido en "una extravagancia corporativa que ignora las profundas luchas que aún libramos todo el mundo", en palabras del autor y activista Larry Kramer.

Es un lamento que comparte Toole, que cofundó el grupo Queers for Economic Justice, cuyo trabajo influyó en cambios legislativos que mejoraron los derechos de familias queer y transgénero sintecho en los refugios municipales y con cuyo nombre, junto al de la icónica activista transgénero Miss Major Griffin-Gracy, se ha bautizado un edificio neoyorquino que alberga a varias organizaciones LGTBI+. "Han vendido nuestra comunidad a las empresas, la ciudad y la policía. Lo suyo es un desfile, y los desfiles son para gente que tiene todos sus derechos. Yo marcho porque no tenemos aún todos nuestros derechos".

viernes, 7 de junio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #orgullo | La Policía de Nueva York se disculpa por la redada de Stonewall, considerada origen del Orgullo LGTBI

Imagen: El Diario / Stinewall Inn, Nueva York
La Policía de Nueva York se disculpa por la redada de Stonewall, considerada origen del Orgullo LGTBI.
"Lo que sucedió no debería haber ocurrido. Las acciones de la Policía de Nueva York fueron incorrectas", ha dicho el jefe del Departamento de Policía de Nueva York, James O'Neill en una rueda de prensa. Los disturbios de Stonewall Inn, en 1969, se produjeron tras una de las habituales redadas policiales en los bares frecuentados por la comunidad LGTBI, que harta de la persecución y el hostigamiento se enfrentó a los agentes. O'Neill ha calificado las acciones y las leyes de la época contra homosexuales y trans de "discriminatorias y opresivas". "Y por eso me disculpo", ha dicho entre aplausos.
El Diario, 2019-06-07
https://www.eldiario.es/internacional/Policia-Nueva-Stonewall-Orgullo-LGTBI_0_907459449.html

El jefe del Departamento de Policía de Nueva York (NYPD), James O'Neill, se disculpó este jueves por la actuación del cuerpo hace medio siglo en las revueltas del bar de ambiente Stonewall Inn que dieron lugar al Orgullo LGTBI. "Lo que sucedió no debería haber ocurrido. Las acciones de la Policía de Nueva York fueron incorrectas", aseguró en una rueda de prensa. Este año, Nueva York acoge el World Pride para celebrar el 50 aniversario de la protesta.

Aquel día una de las frecuentes redadas de la policía en los bares frecuentados por la comunidad LGTBI acabó con manifestaciones espontáneas de la gente que se encontraba en Stonewall, lo que desató una revuelta violenta que se ha erigido como catalizador del movimiento LGTBI tal y como lo conocemos. Ahora, O'Neill ha calificado las acciones de la Policía y las leyes de la época contra homosexuales y trans de "discrminatorias y opresivas". "Y por eso me disculpo", ha dicho entre aplausos de la audiencia.

Los disturbios de Stonewall han pasado a la historia por considerarse como una de las primeras ocasiones en las que la comunidad LGTBI se enfrentó al sistema que la perseguía y hostigaba. El pub, situado en Greenwich Village, era blanco habitual de de la brigada policial, llamada literalmente Escuadrón de la moral (Moral Squad, en inglés), capitaneada por el inspector Seymour Pine. El policía llegó a decir que las personas que solían frecuentar estos ambientes apenas habían dado problemas nunca porque tenían "las de perder".

Aunque habitualmente silenciadas, dos de las personas que han trascendido como protagonistas de la revuelta fueron Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera, dos mujeres racializadas que se convirtieron posteriormente en acicate del movimiento LGTBI, al que criticaron por excluir a los miembros que menos encajaban en la norma. Una de ellas, Sylvia Rivera, contestó a Pine años más tarde haciendo referencia a los disturbios de 1969: "No le quitamos nada a nadie, no teníamos nada que perder", dijo.

Esta mujer trans –en alguna ocasión también se refirió a sí misma como drag queen– relató en varias ocasiones los hechos de Stonewall, una noche que la propia Sylvia recordaba "cálida y húmeda": "Mi amante y yo estábamos bailando. Al momento siguiente se encendieron las luces. Era una redada. Empezaron a fichar a las queens y a meterlas en los coches de policía y sacaron las armas. Volaron cócteles molotov. Pensé 'Dios mío, la revolución está aquí. ¿Nos habéis tratado como mierda todos estos años? Ahora es nuestro turno'".

jueves, 30 de mayo de 2019

#hemeroteca #stonewall #memoria | Trans activists Marsha P. Johnson and Sylvia Rivera to get New York monument

Imagen: PinkNews / Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson
Trans activists Marsha P. Johnson and Sylvia Rivera to get New York monument.
Lydia Smith | PinkNews, 2019-05-30
https://www.pinknews.co.uk/2019/05/30/trans-marsha-p-johnson-sylvia-rivera-new-york-monument/

Transgender activists Marsha P. Johnson and Sylvia Rivera will be commemorated with a monument in the city of New York.

It may be placed down the street from the Stonewall Inn, where the 1969 Stonewall Riots took place led by Johnson and Rivera.

The two transgender women of colour led the uprising against homophobic police raids, an era-defining moment in the struggle for LGBT equality.

Rivera and Johnson also later co-founded the organisation STAR, or Street Transvestite Action Revolutionaries, a group dedicated to helping homeless young drag queens and trans women of colour.

The monument will mark the 50th anniversary of the Stonewall Riots and it is proposed for the Ruth Wittenberg Triangle in Greenwich Village, the New York Times reported.

It will also be one of the world’s first monuments dedicated to transgender people.

New York’s first lady, Chirlane McCray, told the newspaper: “The LGBTQ movement was portrayed very much as a white, gay male movement.

“This monument counters that trend of whitewashing the history.”

The Stonewall Riots
On June 28 1969, the police stopped by The Stonewall Inn on the grounds of checking for alcohol law violations and other transgressions, which is something they did regularly.

What actually occurred was police intimidation and demands for payoffs in return for not arresting or publicising the names of customers.

Johnson, known for her fierce activism and advocacy of homeless queer people and sex workers, was one of the first to resist police intimidation at the bar, and Rivera is rumoured to have thrown the first bottle.

The riot reportedly broke out when lesbian activist Stormé DeLarverie was attacked by police for saying her handcuffs were too tight.

Other Stonewall customers threw bottles, coins and other items at the officers as tensions boiled over when those inside the bar were dragged outside by police.

Both Johnson and Rivera, instrumental in the LGBT rights movement, are credited with playing major roles in the backlash against police brutality at the Stonewall Inn.

martes, 3 de julio de 2018

#hemeroteca #lgtbi #orgullo #memoria | El origen del Orgullo tiene nombre de mujer trans, drag queen, racializada y prostituta

Imagen: El Diario / Syvia Rivera y Marsha P. Johnson (i)
El origen del Orgullo tiene nombre de mujer trans, drag queen, racializada y prostituta.
Recuperamos la memoria de Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera, dos de las participantes en los disturbios de Sontewall del 28 de junio de 1969 que dieron lugar a la celebración del Orgullo LGTBI. Marsha, drag queen afroamericana, y Sylvia, mujer trans latina, eran trabajadoras sexuales y fueron un acicate del movimiento, al que criticaron por excluir a aquellas personas que no encajaban en la norma. "La noche de Stonewall fue para todo el mundo como una fiesta al aire libre. No había nada planeado", explicó en alguna ocasión Sylvia.
Marta Borraz | El Diario, 2018-07-03
https://www.eldiario.es/sociedad/origen-Orgullo-LGTBI-racializada-trabajadora_0_788471834.html

El inspector del Departamento de Policía de Nueva York (NYPD) que dirigió la operación dijo de ellos que apenas habían dado problemas nunca, porque "tenían las de perder". Se equivocaba. Seymour Pine, que capitaneó la acción policial del 28 de junio de 1969 contra el pub ‘de ambiente’ Stonewall, no cayó entonces en la cuenta de que lo que no tenían era nada que perder. Así lo explicó la activista Sylvia Rivera años más tarde al hablar de la noche en que estalló el movimiento por la liberación LGTBI tal y como lo conocemos: "No le quitamos nada a nadie, no teníamos nada que perder".

Con ello Rivera se refería a las personas más excluidas de la comunidad LGTBI: trans, jóvenes con pluma, gais en la cárcel, personas racializadas, ‘drags queens’, prostitutos, personas sin hogar... Un abanico de disidentes sexuales frecuentemente ignorados pero que jugaron un papel decisivo en los disturbios que se conmemoran cada Orgullo LGTBI desde hace casi 40 años. Las vidas de dos de ellas han trascendido al paso del tiempo: Sylvia Rivera y Marsha P. Johnson, una mujer trans y otra ‘drag queen’ racializadas que ejercían el trabajo sexual a las que la Historia les debe un lugar propio.

"En el relato oficial Stonewall ha pasado como una revuelta masculina, gay y blanca. Sin embargo, muchas de las que participaron eran como Marsha y Sylvia, trans, racializadas, negras e hispanas", explica la investigadora en raza, género y sexualidades Esther Mayoko Ortega, que hace hincapié en que esto "se debe a un doble factor fundamental: por un lado, la supremacía blanca y por otro la supremacía masculina".

Así se detalla en Stonewall. El Origen de una revuelta, el libro de Martin Duberman que en los años 90 arrojó luz sobre lo que había pasado en Stonewall. En él, además de recuperar la célebre frase "el primer Orgullo Gay fue una revuelta", el autor se propone acabar con lo que llama "el mito de Stonewall", que vendría a nombrar protagonistas a "tipos gais, cis, blancos, jóvenes, 'socialmente' guapos y 'liberados'". Sin embargo, "las trans racializadas lo dieron todo junto a las chaperas callejeras y a las bollos de todo tipo, y no faltó la presencia de maricas que luchaban ocultas en grupos anarquistas, autónomos, antibelicistas, comunistas o de liberación racial".

Así fue Stonewall
Dos de las personas que protagonizaron los disturbios fueron Marsha y Sylvia. Ambas, buenas amigas, ejercían el trabajo sexual en la misma calle y también juntas fundaron posteriormente STAR (Street Transvestite Action Revolutionaries) con el objetivo de prestar apoyo a las personas LGTBI más excluidas y las mujeres trans sin hogar.

Sylvia, de ascendencia portorriqueña y venezolana, fue una mujer trans –también se refirió a sí misma en alguna ocasión como ‘drag queen’– que en varias ocasiones relató los hechos que ocurrieron el 28 de junio en Stonewall, una noche que la propia Sylvia recordaba "cálida y húmeda": "Mi amante y yo estábamos bailando. Al momento siguiente se encendieron las luces. Era una redada. Empezaron a fichar a las ‘queens’ y a meterlas en los coches de policía y sacaron las armas. Volaron cócteles molotov. Pensé 'Dios mío, la revolución está aquí. ¿Nos habéis tratado como mierda todos estos años? Ahora es nuestro turno'".

El pub, situado en Greenwich Village, una de las zonas en las que se movía la comunidad LGTBI, era por aquella época uno de los pocos lugares en los que las personas que no encajaban en la norma podían alternar en un momento de enorme persecución y hostigamiento hacia los homosexuales y transexuales. Las redadas de la brigada policial, llamada literalmente 'Escuadrón de la moral' (‘Moral Squad’, en inglés), capitaneada por el inspector Pine, eran habituales en el local. Pero aquel 28 de junio fue diferente.

"La noche de Stonewall fue para todo el mundo como una fiesta al aire libre. No había nada planeado. Fue algo que simplemente ocurrió", explica Sylvia en una entrevista incluida en la recopilación de documentos sobre STAR elaborada por el colectivo editorial Untorelli Press.

"Cuando fui el sitio seguía en llamas. Sylvia Rivera y otras estaban en el parque tomando un cóctel. Estábamos volcando coches por las calles y, cielos, bloqueando el tráfico, gritando, chillando", dice la voz emocionada de Marsha P. Johnson en el documental sobre su vida estrenado en Netflix el año pasado. Marsha, una de las ‘drag queens’ más conocidas de la ciudad, era afroamericana nacida en Nueva Jersey y desempeñó un papel relevante en la lucha LGTBI y contra el VIH, en el colectivo Act Up.

La muerte de Marsha, que se produjo en julio de 1992, todavía sigue siendo un misterio. Su cuerpo fue encontrado flotando en el río Hudson. La policía consideró que se había suicidado, pero su entorno siempre dudó de esa versión. Exactamente en el lugar en el que fue encontrada se sucedieron los homenajes: "Hoy estamos aquí para hablar de qué vamos a hacer acerca de la pérdida de un tesoro nacional, de este icono de la comunidad gay, de este fuego en Stonewall", decía frente al micrófono su entonces compañero de piso Randy Wicker, que también se ha referido a ella para afirmar que "se elevó por encima de ser un hombre o una mujer".

Reinas Callejeras
Marsha y Sylvia participaron en las manifestaciones del Orgullo que comenzaron a celebrarse a partir de 1970, pero su discurso era un dardo cargado de crítica contra la comunidad LGTBI, a la que Sylvia llamó "un club blanco y de clase media". Desde su posición disidente, ambas consideraron siempre que el movimiento estaba dejando atrás a aquellas que no se ajustaban a la norma de lo que la sociedad consideraba mínimamente aceptable.

"Las reinas callejeras revolucionarias de color fueron un impedimento en el objetivo de asimilación en el mundo capitalista, blanco y heterosexual", afirma sobre ellas en su libro Duberman. La propia Sylvia lo resumió en una charla que ofreció en 2001 en el Centro comunitario de lesbianas, gays, bisexuales y transgénero de Nueva York.

"Integración, normalidad, ser normal. Entiendo cuánto les gusta a todos encajar en esa comunidad ‘mainstream’ gay y lesbiana. Veo que volvemos al llamado armario liberado porque nosotros, los miembros de esta comunidad dominante, deseamos casarnos, deseamos este estatus. Eso es todo perfecto. Pero te estás olvidando de tu propia identidad. No creo que tenga que encajar en ese armario de la sociedad normal y a la que se dirige la corriente principal homosexual".

Sylvia y Marsha fueron críticas con la exclusión que, consideraban, vivían las personas trans y no normativas en la comunidad LGTBI –"la comunidad trans ha permitido que la comunidad gay y lesbiana hable por nosotros"– y censuraron la tendencia habitual de justificar la consecución de derechos solo para algunos como un avance, mientras otros se quedan atrás. "Déjenos llegar y luego os ayudaremos a obtener el vuestro –explicaba Sylvia– Si lo escucho una vez más, creo que saltaré del edificio ‘Empire State’".

Ninguna estaba dispuesta a dar su brazo a torcer y su posición radical hizo que fueran a menudo marginadas y ninguneadas en el propio movimiento. Sin embargo, no se quedaron sin señalarlo. En la marcha del Orgullo de 1973, Sylvia, que moriría 29 años después, irrumpió en el escenario entre abucheos tras abrirse paso para aferrarse al micrófono. Allí dio un discurso que ha pasado a la historia: "He estado tratando de subir aquí todo el día por vuestros hermanos gais y hermanas lesbianas en la cárcel", comienza.

martes, 30 de junio de 2015

#libros #activismo | Acción Travesti Callejera Revolucionaria : supervivencia, revuelta y lucha trans antagonista

Acción Travesti Callejera Revolucionaria : supervivencia, revuelta y lucha trans antagonista / Marsha P. Johnson, Sylvia Rivera
Zaragoza : Ed. Imperdible, 2015 [06]
135 p.
ISBN 9788460679035 / 4 €

/ ES / ENS
/ Activismo / Disidencia sexual / Historia – Siglo XX / Liberación sexual / Queer / STAR / Transfeminismo / Transgénero

Después del 45 aniversario de la Revuelta de Stonewall Inn, tenemos en castellano quizás uno de los mejores trabajos sobre autoorganización y revolución queer y transfeminista: la historia de S.T.A.R. contada por dos de sus protagonistas, Marsha P. Johnson y Sylvia Rivera. La portada de este libro inmortaliza la presencia en una concentración frente al ayuntamiento neoyorkino por la ordenanza antidiscriminatoria a inicios de los 60. S.T.A.R., “Street Transvestite Action Revolutionaries”, puede traducirse como “Acción de Travestis Callejeras Revolucionarias”. Este acrónimo significa “estrella”, palabra que era un icono gay como recordada por los Panteras Negras por ser la Estrella del Norte referente para los esclavos negros que se fugaban de sus amos, aunque desconocemos por qué lo eligieron.

Fueron un referente para su época y las posteriores. Levantaron desde la miseria económica y social en la que se criaron un proyecto revolucionario de apoyo mutuo entre disidentes sexuales jamás visto en tal proporción en nuestra historia reciente. Sin estudios, sin dinero, sin trabajo estable y sin comodidades, siendo su campo de prácticas la calle y punto. Aquí gozamos de varios de sus textos, el último del orgullo gay de 2001. Casi diez años antes Marsha había sido hallada flotando en el rio Hudson, y casi en el décimo aniversario del fallecimiento de su amiga, Sylvia moría a los 51 años debido a un hígado demacrado por las drogas y diagnosticado de cáncer. En 2005 el progresista ayuntamiento neoyorquino, en un auténtico lavado de imagen dio su nombre a una de las calles de Greenwich Village, donde años antes Sylvia lanzaba un cóctel molotov contra la policía municipal que acosaba a las mariconas del Stonewall. La represión permanece en la ciudad, pero le toca camuflarse y cambiar con los nuevos tiempos de integración.

Este libro va dedicado a estas dos grandes personas, y a quienes siguen luchando bajo unos similares preceptos de auto-organización, apoyo mutuo y disidencia sexual. Recomendamos leerlo detenidamente. Las negras tormentas de sexofobia y violencia que se avecinan lo convertirán en una útil herramienta para nuestra supervivencia.