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sábado, 2 de noviembre de 2019

#hemeroteca #feminismo | Las feministas racializadas alzan la voz

Imagen: El Salto / Leocadia Bueriberi interviene en las Jornadas 'Salda badago'
Las feministas racializadas alzan la voz.
El discurso de las feministas racializadas se impone ante el feminismo blanco en las quintas Jornadas Feministas de Euskal Herria, que durante tres días reúne a 3.000 mujeres en el municipio de Durango.
Gessamí Forner | El Salto, 2019-11-02
https://www.elsaltodiario.com/feminismos/las-feministas-racializadas-alzan-la-voz-en-euskal-herria

Las feministas racializadas pusieron ayer en evidencia al feminismo blanco y hegemónico en las quintas Jornadas Feministas de Euskal Herria, que se celebran durante este puente de noviembre en el municipio de Durango bajo el título ‘Salda badago’ (‘Hay caldo’, en castellano) y cuentan con la presencia de 3.000 mujeres.

Cuando llega el otoño, la mayoría de tabernas vascas cuelga el cartel de ‘Salda badago’, caldo cocinado a fuego lento durante horas en pucheros de grandes dimensiones repletos de buenos ingredientes, como este encuentro histórico que define la agenda del feminismo para los próximos diez años. Se comentaba antes de las jornadas, y se oía si querías escucharlo, que la mesa de decolonialidad se presentaba potente y que iba a dar guerra.

No defraudó y la temperatura del caldo servido en las jornadas subió a ebullición durante las dos horas en las que los colectivos de mujeres racializadas tomaron la voz y cuestionaron desde la presencia de una mujer blanca sentada en la mesa hasta los privilegios que ejercemos sin ser conscientes, pero no por ello menos opresivos, las feministas autóctonas.

Gran parte de las asistentes se sintieron interpeladas. Pero tras escucharlas, muchas se arrancaron a aplaudir y a ovacionar su discurso, que incide en una cuestión semántica para ellas de vital importancia: “No es lo mismo alianzas que nos instrumentalizan que tender puentes entre nosotras”. Lo dijeron alto y claro: las feministas racializadas vascas no quieren sentirse parte de una cuota, ni ser tuteladas, ni mucho menos lideradas, por el feminismo blanco. Ellas tienen su propia voz y nosotras debemos aprender a callar y a escuchar.

Y aún así, aún habiéndolo reivindicado, dos de las intervenciones en el tiempo de preguntas estuvieron destinadas a cuestionarlas. Primero, una asistenta que habló de las bondades de España. La segunda insistió en la colonización que vive Euskal Herria. Ambas fueron abucheadas por la mayoría de las presentes, mientras desde la mesa les recordaron que no es lo mismo la opresión que sufre Euskal Herria de España que la que sufren sus países de origen, y fueron más allá: "Las empresas vascas internacionales nos explotan no solo aquí, sino también en nuestro país de origen". Aplausos, aplausos y aplausos.

La voz que más incomodó, por su discurso tajante y sin fisuras, fue la de Leocadia Bueriberi, de la Red de mujeres racializadas de Euskal Herria. Tras la mesa, indicó que “era de esperar que íbamos a incomodar, pero me lo he pasado bien”. “Al final he sido un poco hostil, pero hay que serlo, sino no se remueve nada”. Fue ella la que pronunció la metáfora que hizo cambiar la perspectiva de quienes la escuchaban: "La secretaría de un sindicato no la puede ocupar un patrón. Ni los hombres liderar el feminismo. Simplemente, las blancas deben mantenerse al margen de nuestro discurso".

Su compañera Manuela Jaffrey, del colectivo Raizes, remató la idea al recordar que "la mujer blanca, heterosexual y burguesa sigue siendo la representante de discursos categóricos e intenta homogeneizar y universalizar trayectorias diversas. Señora, ¡esto es colonizar! ¿Por qué no hablamos más de la colonialidad del ser o del discurso?", preguntó.

Una de las portavoces de las jornadas, Itizar Gandarias, valoró que “hemos empezado con dos debates muy fuertes y la mesa de la decolonialidad nos ha impactado. Ahora lo tenemos que digerir. Nos hemos sentido interpeladas y eso es positivo”.

La mañana transcurrió más tranquila en la mesa destinada a poner las vidas en el centro, pero con dos discursos que sobresalieron. El primero el de Txef Roco, del colectivo de Trabajadoras No Domesticadas, quien ya alertaba a su manera de lo que iba a llegar a la tarde. “Cuidado con el debate de la izquierda entre la reforma y la revolución. Cuidado, compañeras. Para nosotras el trabajo interno es el esclavismo del siglo XXI”, advirtió. Y recordó que en las componentes de su colectivo, las cuales trabajan o han trabajado como cuidadoras del hogar, “se cruzan las grandes opresiones: capitalismo, clasismo, machismo y racismo. Si las conseguimos ganar, cambiaremos el mundo”.

El segundo discurso que emocionó a las asistentes fue el de agrofeminismo, del colectivo Etxaldeko Emakumeak, quien su portavoza, Amets Ladislao, insistió en que “la soberanía alimentaria es nuestro objetivo y es un objetivo político para que todas podamos vivir mejor. Y el esfuerzo lo tenemos que hacer entre todas, nosotras solas no podemos cambiar el sistema entero”. Las ‘baserritarras’ apuestan por una agricultura y ganadería ecológica y por un sistema ecofeminista que permita la sostenibilidad, tanto de las personas como del planeta.

Tras las dos mesas, hubo un total de 18 talleres y 11 debates que se celebraron en las aulas del instituto del pueblo. Renta básica, prostitución, cuerpos, migración y cultura fueron algunos de los temas abordados ayer viernes primero de noviembre. Las jornadas continuarán hoy con las mesas de ‘Cuerpos y sexualidades’ y ‘Construyendo vidas libres de violencias’. La última mesa se celebrará el domingo y lleva por título ‘Observando las entrañas del movimiento feminista’.

Estas son las quintas jornadas feministas. Las primeras se celebraron en Leioa en 1977, después en 1983 y 1994. Las anteriores tuvieron lugar en 2008, en Portugalete. Rosa Pintor, de la Asamblea de Mujeres de Bizkaia, ha asistido a tres de ellas. “Se van complejizando, como lo hace el mundo, y los sujetos cambian. Ahora hay más pluralidad y este año era el turno de las mujeres racializadas y su discurso”, resume.

lunes, 9 de julio de 2018

#hemeroteca #ecofeminismo | Mujer, urbanismo y ecología

Imagen: El Salto
Mujer, urbanismo y ecología.
El urbanismo actual responde al proyecto patriarcal y hegemónico, condicionando nuestras vidas en las ciudades que habitamos. Oihane Ruiz Menéndez propone una nueva forma de urbanidad: que nos permita construir urbanismo desde un pacto social y transformar las ciudades en algo radicalmente distinto, para poder enfrentar los sistemas de opresión que nos atraviesan.
Oihane Ruiz Menéndez. Arquitecta urbanista | El Salto, 2018-07-09
https://www.elsaltodiario.com/saltamontes/mujer-urbanismo-y-ecologia

Hace poco escuché a la escritora Laura Freixas esta afirmación de Simone de Beauvoir: “la sociedad ha decidido dar prioridad al sexo que mata por encima del sexo que da vida”

Como tan bien apunta Freixas en esa misma entrevista, “el problema fundamental para que las mujeres nos integremos en la cultura, de igual a igual, que evidentemente no lo estamos desde ningún punto de vista, es la identificación en la cultura patriarcal en la que vivimos entre el varón y el ser humano. Es decir, lo masculino se considera humano y lo humano se confunde con lo masculino, mientras que lo femenino no es visto como realmente humano, sino como algo parcial, la desviación de la norma, lo distinto, o lo que solo es para mujeres y solo interesa a mujeres. Mientras, las experiencias masculinas representadas en la cultura, incluso, las más exclusivamente masculinas como el hacer la guerra, son vistas como experiencias universales.”

Me parece oportuno empezar con estas palabras una reflexión en torno al urbanismo, la ecología y la lucha de las mujeres (que a mi entender es, en esencia, la lucha por la vida).

La posición de las mujeres en los debates públicos
Como resultado de una de las síntesis analíticas del patriarcado (enfoque parcial e interesado de la realidad, aunque a veces no sea explícito) las propuestas que provienen de mujeres son entendidas como parciales, y las que provienen de hombres, como universales. Así, en la esfera pública (política) del urbanismo actual es hegemónico el proyecto patriarcal y capitalista, pero con la perversión de ser urbanismo universalizable.

Las arquitectas con conciencia feminista conformamos una voz y un dique de defensa de la ciudad igualitaria. La propuesta feminista a la ciudad no es parcial, no habla de la ciudad de las mujeres, sino de una transformación radical de la estructura de pueblos y ciudades. El proyecto de ciudad feminista es, sobre todo, una invitación a construir una nueva urbanidad fundamentada en un pacto social. 

La ciudad feminista plantea conflictos relacionados con la violencia (que tiene vertientes machistas, de clase, racistas, etc.), con las condiciones de salubridad, con la protección y los derechos de la infancia, con los cuidados y las dependencias, con la mezcla de usos y ritmos, con la protección de quien vive y convive, con el derecho a la ciudad y al acceso a la participación urbana (no como consumidoras, sino como sujetos activos). Un ejemplo de esta forma de entender el urbanismo es el trabajo de Franziska Ullmann en Viena, donde introduce parámetros comunitarios en el diseño de un barrio. Ella llama "los ojos de la ciudad" a conectar espacios de trabajo (cocina) con parques y patios de juego para fomentar autonomía de la infancia. También introduce la mezcla de perfiles y los apartamentos para personas mayores dependientes junto a estudios de jóvenes para fomentar el cuidado y las sinergias informales.

Se nos vende el urbanismo hegemónico como único posible: se nos comunica que todo planteamiento fuera de sus parámetros mercantiles y especulativos, simplemente, no es viable.

Urbanismo como pacto social
Bien, pues nosotras negamos la mayor: no solo lo que se materializa en el contexto urbano es ciudad. La ciudad es un constructo cambiante, es fruto de una urbanidad que se constituye como pacto social. Afirmamos que, en esta evolución permanente, queremos ser sujeto protagónico y que basta ya de decidir en despachos cerrados llenos de señores el devenir de nuestras vidas. 

La praxis urbana que defendemos, de la que habitualmente solo se ve la cara activista-feminista, es la única respuesta posible al contexto de declive en torno al proyecto de ciudad. Porque, a pesar de la violencia y desprecio de la administración, escuelas de arquitectura y sobre todo de la empresa privada, nosotras sabemos mirar y ver, sabemos que la vida asoma. 

La soberbia de los habituales “gestores de la ciudad”, de la gerontocracia instaurada en la profesión, se nutre de falsos debates. Es el caso, por ejemplo, de todo el desarrollo de las smart cities. Un debate hueco para vender una ciudad más tecnológica, más demandante de energía. Un modelo que fomenta mayor división de clases y mayor individualismo. Se considera más "eficiente"... pero no en clave de resiliencia o de adaptación a los retos de la crisis ecológica y climática. No: se trata de hacer mejores "coches", para no dejar de usarlos.

Pese a todo, o precisamente por lo nítido de la ausencia de propuestas para resolver las cuestiones trascendentales de nuestro tiempo, ante este aburrimiento y somnolencia que parece azotar a la disciplina urbana, resistimos abriendo brechas que nos permiten determinar escenarios de esperanza y transformación. Nosotras, por ejemplo, hicimos el inventario de vivienda vacía en Larrabetzu, Bizkaia, que sirvió, entre otras cosas, para que dichas viviendas computaran como "oferta de nueva vivienda" en el nuevo Plan General del municipio. Este inventario se realizó en auzolan (trabajo colectivo), entre mujeres del pueblo y estudiantes de arquitectura. Nosotras creamos espacios comunes, plazas, patios, recorridos urbanos, equipamientos... trabajando con la infancia, con mayores, comerciantes, asociaciones... generando mapas de voces, relatos, vivencias y necesidades. Trabajando los conflictos, rescatando las bellezas y emociones vividas por cada comunidad.

En las últimas décadas hemos dedicado miles de horas a explicar en foros amplios nuestro enfoque feminista, y sin embargo, no puedo decir que este recorrido haya sido del todo satisfactorio. Hemos “conseguido” que normativamente se establezca la necesidad de redactar Informes de Impacto Ambiental e Informes de Impacto de Género. Y aunque haya casuísticas que instrumentalmente hayan tenido un impacto muy llamativo, desde un enfoque radical (de raíz), el incluir la “parcialidad de las mujeres” no solventa el problema de fondo. No está sirviendo para cuestionar la estructura patriarcal intrínseca del planeamiento y los debates urbanos: esta situación de “mirada a posteriori” o “correctora” nos sitúa en esa parcialidad, marginalidad y particularidad de la que hablaba Freixas.

Transformar la ciudad para enfrentar el futuro.

El derecho a la ciudad, recordando al geógrafo marxista David Harvey, no es solo la posibilidad de adquirir mayores cuotas de soberanía en la ciudad actual, lo que hoy vemos como ciudad, sino el derecho a transformar la ciudad en algo radicalmente distinto.

Tal vez sea oportuno empezar a preguntar a responsables y técnicos del “urbanismo neutro”; en foros de reflexión de urbanismo, bienales y congresos repletos de varones, ¿cuáles son los proyectos de referencia que les permiten mantener y/o defender sus privilegios en este contexto de relativa ofensiva feminista? o, ¿cuáles son las claves para mantener al arquitecto en la élite profesional? Desde 1932 solo se ha premiado a una mujer con el premio Nacional de Arquitectura y en los premios de Arquitectura Española del Consejo Superior de Colegios de Arquitectura de España solo a dos mujeres ex aequo con sus parejas (y socios). 

Ser urbanista feminista es ser urbanista activista, y defender un proyecto ideológico o político claro. Igual que quien blinda el urbanismo capitalista y/o patriarcal, defiende un proyecto claro que apuesta por mantener privilegios de clase, raza y género. 

Una de las claves que tendremos que aprender lo más rápido posible es la de reconocer el conflicto ideológico (proyecto social), para generar una resistencia clara a las propuestas urbanas segregadoras y elitistas, propuestas urbanas que yo vinculó a la “cultura de la muerte”. 

Hemos aprendido que solo desde la emoción podremos trasformar, hemos vivido procesos en los que lo que ganamos se queda en cada cuerpo, en comunidades y relatos, ampliando horizontes de posibilidad. Estamos armando una ideología por la vida, nuestra vida, y en ese nuestra incluirnos, sumarnos, contextualizarnos, medirnos, y, defender y fortalecer nuestras interdependencias. 

Sabemos que la ciudad es probablemente principio y fin de nuestra capacidad de articulación de una propuesta que plantee los problemas adecuados para generar la suficiente tensión como para invertir los procesos de acumulación, artificialización, segregación, expulsión, contaminación, etc. Todo esto será o no será, y probablemente este dilema se resuelva en la ciudad.

Sabemos que hay urbanidad, vida urbana, a pesar de su ciudad. Hemos aprendido de Lefebvre y Jane Jacobs que el derecho a la ciudad se conquista y se defiende construyendo un proyecto y una praxis común. Y en esto, ponemos en el centro nuestro derecho a la vida: pactando y constituyendo un nuestro más allá de – y tal vez precisamente, desde- los sistemas de opresión que nos atraviesan.

Y TAMBIÉN…
El colegio Presentación de María rechaza el traslado propuesto por el Consistorio.
El centro escolar cree que su reubicación en “parcelas lejanas” sería negativo para el alumnado, procedente de Gros y Egia.
Carolina Alonso | Noticias de Gipuzkoa, 2018-07-12
http://www.noticiasdegipuzkoa.eus/2018/07/12/vecinos/el-colegio-presentacion-de-maria-rechaza-el-traslado-propuesto-por-el-consistorio
Antton Longarón. Última generación al frente de la tienda Confecciones Longarón: “Me entristece saber que voy a ver el cierre de la tienda familiar, un comercio fundado en el año 1886”.
Antton Longarón nos recibe en Confecciones Longarón, una de las tiendas con más solera de Tolosa. Recuerda los avatares de toda una vida detrás del mostrador.
Marta San Sebastián | Noticias de Gipuzkoa, 2018-07-10
http://www.noticiasdegipuzkoa.eus/2018/07/10/vecinos/tolosaldea/me-entristece-saber-que-voy-a-ver-el-cierre-de-la-tienda-familiar-un-comercio-fundado-en-el-ano-1886

jueves, 19 de abril de 2018

#hemeroteca #ecofeminismo | Un modelo ecofeminista frente a los recortes

Imagen: El Salto
Un modelo ecofeminista frente a los recortes.
Desde hace muchos años, el ecofeminismo viene denunciando que circunscribir la realidad en toda su complejidad a una ecuación binaria es limitado y reduccionista. Dependemos de los recursos naturales, de los ecosistemas, de la biosfera y también necesitamos cuidados en los primeros años de nuestra vida, en la vejez y en la enfermedad.
Yolanda Fernández Vargas | El Salto, 2018-04-19
https://www.elsaltodiario.com/saltamontes/un-modelo-ecofeminista-frente-a-los-recortes

Simone de Beauvoir en su libro ‘El segundo sexo’ profundizó sobre la condición femenina, que ha sido definida a lo largo de la historia por y para los hombres. Situadas en una posición subordinada y asimétrica dentro de estas relaciones de poder, hemos sido caracterizadas como lo otro, como el no ser. Los hombres, sin embargo, han sido mostrados como seres trascendentes, porque dominan a la naturaleza, toman decisiones, actúan, mientras que las mujeres somos seres inmanentes, apegadas a lo cotidiano y a los cuidados.

Esta construcción social binaria ha ido conformando el imaginario colectivo cultural del pensamiento hegemónico occidental, en donde la naturaleza, lo femenino y la mujer, es decir lo Otro ha sido representado con características inferiores, expropiables y moldeables, pues sólo se nos ha reconocido desde la inferioridad. Este pensamiento androcéntrico divide y describe toda la complejidad de la realidad en pares dicotómicos, opuestos y jerarquizados: cultura/naturaleza, hombre/mujer, razón/emoción, público/privado, ciencia/saber tradicional, trabajo productivo/trabajo reproductivo; otorgando mayor valor a aquellos considerados tradicionalmente como masculinos, e invisibilizando y minusvalorando el mundo simbólico femenino.

Desde hace muchos años, el ecofeminismo viene denunciando que circunscribir la realidad en toda su complejidad a una ecuación binaria es limitado y reduccionista. En esta equiparación de las mujeres con la naturaleza, además de despojarlas de su capacidad de raciocinio y pensamiento, las coloca a ambas en una posición subalterna y olvida de manera palmaria y vital que somos seres interdependientes y ecodependientes. Dependemos de los recursos naturales, de los ecosistemas, de la biosfera y también necesitamos cuidados en los primeros años de nuestra vida, en la vejez y en la enfermedad. Es imposible vivir en soledad.

Esta evidencia durante muchos años ha sido resuelta por el sistema patriarcal a través de la división sexual del trabajo, privatizando la supervivencia y relegándola al espacio doméstico, en donde han sido confinadas las mujeres desde la revolución industrial. Allí, fuera de la mirada pública, las mujeres mayoritariamente se han visto obligadas a asumir esas funciones, no porque estén mejor dotadas genéticamente para realizarlas, sino porque es el rol que el patriarcado les ha asignado.

El mal desarrollo
Vivimos la paradoja de un modelo económico y una lógica del mercado que propugna y defiende un sistema de crecimiento ilimitado, con unos recursos naturales finitos. Este mal desarrollo como lo define Vandana Shiva, genera tensiones y desigualdades sociales entre el norte y el sur globalizado y tiene consecuencias desastrosas para la naturaleza y para las mujeres, que son consideradas como materia prima. ¿Cómo se ha conseguido si no el tan alabado desarrollo económico?, es evidente que se ha logrado con la sobreexplotación del trabajo gratuito y oculto de las mujeres y el dominio y subordinación de la naturaleza, condiciones esenciales para producir las reglas actuales de producción y consumo.

El sistema patriarcal, apoyado y ayudado por el sistema capitalista, ha declarado la guerra a los cuerpos humanos y a los territorios y los ha puesto al servicio del capital. Estos cuidados y recursos naturales no son contabilizados en el PIB, magnitud macroeconómica sobre la riqueza económica de un país. Los cuidados, a pesar de ser necesarios para la supervivencia no son tenidos en cuenta por este indicador económico. No es economía, ni siquiera se considera un trabajo. El nacimiento de un río, el aire sin contaminar tampoco hacen caja. Sin embargo, las catástrofes ambientales producen intercambios monetarios y el trabajo de las empleadas en el hogar sí es tenido en cuenta, aunque sea precario y sin garantías laborales.

Sólo así se explica que desde organismos como el FMI se hable de riesgo de longevidad o coste del envejecimiento, alertando de que hay que reducir el importe de las pensiones, porque ese aumento de la esperanza de vida es un coste enorme para los gobiernos, las empresas, aseguradoras y particulares, lo cual amenaza la estabilidad de las finanzas públicas.

No podemos vivir de espaldas a la crisis ecológica y a la crisis de los cuidados. Las políticas de austeridad o austericidio que inciden fundamentalmente en el ámbito social, sanitario y educativo, terminan por afectar la responsabilidad laboral de las mujeres y a revitalizar los roles de género debido a la derivación de los cuidados que antes eran cubiertos o apoyados por el Estado hacia nosotras, incrementando las brechas de género. Los recortes en servicios públicos o dependencia vuelven a encerrar dentro del entorno doméstico el bienestar de las personas e intentan asignar a las mujeres una responsabilidad, que no nos corresponde asumir en solitario.

Nuestra incorporación al mercado trabajo y a un modelo masculino del reparto del tiempo y el espacio ha tenido como efecto la doble jornada o la externalización de las tareas domésticas, que normalmente recae sobre otras mujeres. Con lo cual, lo que hacemos en este mundo globalizado desde los países más desarrollados es transferir los cuidados de unas mujeres a otras, que normalmente vienen de otros países menos desarrollados, estableciendo lo que se denominan cadenas globales de cuidados.

Poner la vida en el centro
La ocupación de los territorios del sur por megaproyectos de empresas transnacionales, ya sea extractiva o de infraestructuras, persiguen únicamente la acumulación de poder y ganancias de las grandes corporaciones, y ocultan en gran medida, la vulneración de los derechos de las mujeres y la explotación de la naturaleza. Esta lógica del sistema capitalista heteropatriarcal despoja a la población indígena de los bienes comunales y de una forma de vida sostenible repercutiendo más en las mujeres, pues destruye en muchos casos las fuentes de ingresos que tenían.

La ausencia de los medios de subsistencia se suma al deterioro ambiental del territorio, a la desaparición de tierras dedicadas a la agricultura y de las formas de vida tradicionales y a la ruptura del tejido social y redes de apoyo que daban soporte a la solidaridad comunitaria. La mercantilización de los servicios de agua, electricidad, sanidad y educación antepone la obtención de lucro sobre su función social y amplios sectores de la población, con ingresos muy escasos, no pueden acceder a ellos. Todo esto afecta de una manera más directa a las mujeres, que tienen peores condiciones socioeconómicas y menor disponibilidad de recursos.

Necesitamos, por tanto, pensar la realidad de nuestro mundo actual con las claves que nos proporcionan el feminismo y el ecologismo: cambiar el paradigma y dejar de considerar al mercado como medida de valor y poner en el centro de las políticas públicas la sostenibilidad de la vida.