Mostrando entradas con la etiqueta Derechos Civiles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Derechos Civiles. Mostrar todas las entradas

martes, 18 de mayo de 2021

#hemeroteca #lgtbi | Pelo ensortijado y acento cubano

Imagen: El Obrero / Pedro Zerolo //

Pelo ensortijado y acento cubano.

Manuel Zaguirre | El Obrero, 2021-05-18

https://www.elobrero.es/opinion/66911-pelo-ensortijado-y-acento-cubano.html 

Era a principios de los 90. Una compañera del área social, Carmen Urrutia, hacía días que venía insistiendo en que yo debía participar en aquella manifestación de nombre exótico para mí, el "día del orgullo gay". Yo intentaba zafarme con argumentos endebles que, sin saberlo, no eran más que un reflejo piadoso de mi homofobia: que si nosotros no tenemos nada que ver con los homosexuales, que este no es un tema sindical, que en el sindicato no lo van a entender...

Carmen, que me conocía, echó mano de un argumento de emergencia: "Manolo, este no es un tema de homosexuales; es un tema de defensa de los derechos civiles, los de ellos en este caso, que son discriminados y perseguidos aun..." Se acabó la discusión y nos fuimos, Carmen y yo, a la manifestación en nombre de la USO.

Salía de la Puerta de Alcalá y el punto de concentración era una de las varias puertas de El Retiro que hay allí. No había mucha gente, aunque era ruidosa y muy explícita, , y no recuerdo a nadie significado de partidos o sindicatos, salvo a Rafael Ribó, actual Defensor del Pueblo en Catalunya, secretario general del PSUC entonces. Se desplegó una pancarta grande y humilde, hecha a mano, y aquel muchacho con aquella vistosa pelambrera ensortijada y acento más cubano que español, me acomodó en un sitio central de la cabecera, me agradeció mucho y muy sinceramente mi presencia allí, me hizo notar que la escasa participación y apoyos tenía que ver con los fuertes prejuicios ambientales (si lo sabría yo), y me sintetizó las reivindicaciones básicas de aquel "día del orgullo gay", que no eran más que el abc del reconocimiento de sus derechos y dignidad elementales de ciudadanía...

Salvo debilidad de mi memoria, nada extraño, creo que aquella fue la primera vez que se celebraba en España el Día del Orgullo Gay. Desde hace años, esa celebración reúne en Madrid a más de un millón de personas cuando concluye la primavera.

Allí conocí a Pedro Zerolo, el del pelo ensortijado y acento cubano, como lo describiría Homero, y la sonrisa y el afecto sincero de una buena persona y un gran militante por la igualdad y la dignidad de todas las personas sin que sus preferencias sexuales puedan ser nunca más coartada infame para humillarlas... añadiría yo.

Y desde aquel día se estableció una corriente de cariño y respeto que tuvimos muchas ocasiones de constatar y alimentar, basada en un recíproco agradecimiento: Zerolo nunca olvidó que yo fui el primer sindicalista de cierta relevancia que estuvo con ellos cuando no lo hacía casi nadie ni en el campo de la izquierda siquiera, y yo aprendí a mirar a mis congéneres y conciudadanos homosexuales sin los repugnantes prejuicios al uso durante siglos, y ello gracias al testimonio y a la relación militante con Pedro Zerolo.

Fueron innumerables las ocasiones que tuvimos de compartir calle, pancarta, micrófono, al lado siempre de los más castigados, explotados, discriminados, llámense inmigrantes, Palestina, víctimas universales de la pobreza y las guerras impuestas, los trabajadores y las mujeres y, por supuesto, los y las homosexuales también...

Recuerdo con especial emoción –e ira- una mesa redonda sobre inmigración que celebramos en un centro de formación que tenía la USO en Madrid, en Alonso Martinez. Participaban Pedro Zerolo por el PSOE, un amigo de Izquierda Unida que ahora no recuerdo y uno del PP, de cuyo nombre no quiero acordarme, que apareció con un nutrido grupo de forofos, al frente de los cuales iba un vocinglero con fuerte acento colombiano y cuya misión en el coloquio era jalear al patrón y provocar a Pedro Zerolo con referencias a su homosexualidad y a su izquierdismo. No tuve la menor vacilación, como moderador de la mesa redonda, en reprender y quitarle la palabra a aquel patotero homófobo y en alterar el manejo de los tiempos para que Zerolo lo tuviera en abundancia y lo usara en legítima defensa.

Yo sostengo que nadie muere mientras perdura en la memoria y el cariño de quienes sobrevivimos. Por lo tanto, cómo va a morir Zerolo con la vida y la lucha que libró por la igualdad y la dignidad de todo el mundo y, en consecuencia, con la contribución decisiva que hizo a la ley del matrimonio homosexual que llevó adelante, hace ahora 10 años, el primer gobierno de Rodríguez Zapatero, situando a la España democrática en el corazón y el interés de todas las buenas personas humanistas y progresistas del mundo.

Gracias, Pedrito, una vez más, hasta siempre.

Manuel Zaguirre. ExSecretario General de la USO (1977-2002), militante del PSC. 

martes, 13 de abril de 2021

#hemeroteca #mujeres #historia | El amanecer feminista en la Segunda República

Imagen: El Diario

El amanecer feminista en la Segunda República.

En cinco años trepidantes, las mujeres consiguieron derechos civiles como el matrimonio civil, el divorcio y el voto. Para terminar de conquistar la igualdad, habrían necesitado más tiempo del que tuvieron.
Elena Cabrera | El Diario, 2021-04-13
https://www.eldiario.es/sociedad/amanecer-feminista-segunda-republica_130_7799577.html 

Todas las crónicas recuerdan que el día en el que se declaró la Segunda República era soleado. No se conocían entre ellos pero, a juzgar por sus respectivas memorias, la aristócrata comunista Constancia de la Mora y el periodista catalán Josep Pla, coincidieron al mismo tiempo —entre las tres y las tres y media de la tarde— en la plaza de Cibeles de Madrid, una en un taxi y el otro a pie derecho, mirando embobados los balcones del segundo piso del Palacio de Correos y Telégrafos. Había tanta gente agolpándose en la calzada, que el chófer que llevaba a la joven Constancia a su casa tuvo que frenar en seco. Ella sacó la cabeza por la ventanilla para enterarse de lo que sucedía y pudo ver, con el don de la oportunidad, cómo el personal de la casa desplegaba en el balcón central una bandera de colores rojo, amarillo y morado. Constancia y el taxista salieron del coche y se mezclaron con la multitud, que no paraba de crecer. En el resto de nobles edificios públicos que rodean la fuente de la diosa griega, descendían las banderas monárquicas y "entre aplausos frenéticos de la muchedumbre" se alzaba la tricolor. En esa tarde "clara y magnífica", escribe Pla, "una gran cantidad de gente, más bien pasmada, mira la bandera izada". Podría haber llovido, algo plausible un 14 de abril en Madrid, pero que se recuerde siempre con tanta viveza el clima de aquel día tiene que ver, para algunas historiadoras, con la identificación del sol como símbolo de luz, renacimiento y sabiduría, una escenografía entusiasta para el apasionante momento histórico que oficialmente se decretaba aquel día.

Constancia, que vivía arrullada por el mundo de la alta burguesía del barrio de Salamanca, nieta de ministros, emparentada con los Maura —conservadores hombres de gobierno—, casada con un antirrepublicano, gracias a la República se desclasó como pudo y se divorció en cuanto pudo, aprovechando la primera ley que lo permitió en España, poco menos de un año después de la soleada mañana. La Segunda República fue un periodo de cambios significativos para la vida de las mujeres, tanto en el ámbito público como el privado, en la cuestión del acceso a la igualdad legal y a la ciudadanía política. Pero "debido a lo corto del periodo y a la lentitud con la que cambian las mentalidades y las relaciones de género", según afirma la profesora de la Universidad de Valencia Vicenta Verdugo, no dio tiempo a que estas transformaciones llegaran a todas las mujeres. Entre mayo de 1931 y el verano de 1933, el Gobierno socialista promulgó 17 textos legales que hacían referencia específica a la igualdad entre hombres y mujeres y los derechos cívicos de estas, aunque encontrarían limitaciones posteriores en la práctica.

Lo que aparece en los años 30 es una élite femenina que ha podido disfrutar de estudios superiores, desde el 8 de marzo de 1910 las mujeres estaban autorizadas para matricularse en las universidades públicas. Son cultas, críticas, muchas de ellas feministas y transgresoras. No surgen de la nada: vienen del intenso asociacionismo anterior, como la Asociación Nacional de Mujeres Españolas (ANME), creada ya en 1918 por la directiva y concejala María Espinosa de los Monteros y la periodista y enfermera —conservadora y católica— Consuelo González Ramos para luchar por el sufragio femenino, la educación y el trabajo digno. La Unión de las Mujeres de España, presidida por la marquesa Lilly Rose Schenrich o la valenciana Liga Española para el Progreso de la Mujer, presidida por Ana Carvia Bernal, se constituyeron también en la década de los diez. En el manifiesto fundacional de la ANME ya llamaban a "la unión de todas las mujeres para formar un partido feminista capaz de imponer el debido respeto a nuestros ideales". "El feminismo de hoy —explica la profesora de Historia Contemporánea de la Universidad Carlos III Rosario Ruiz Franco— es deudor no solo del de la Segunda República sino de todas aquellas iniciativas, propuestas y reivindicaciones históricas anteriores. Durante la Segunda República lo que ocurre es que el contexto histórico favorece que se concreten demandas e impulsen medidas".

Esta élite femenina intelectual, muy presente en la opinión pública, estaba ligada al institucionismo, un proyecto pedagógico que tuvo en la Institución Libre de Enseñanza su máxima expresión. Formaba parte de él la Residencia Internacional de Señoritas, creada por la Junta de Ampliación de Estudios, que ayudaba a los universitarios a estudiar fuera de España, como un Erasmus de la época. Estaba dirigida por María de Maeztu, quien había tenido una formación universitaria tanto en España como en el extranjero, de donde se trajo la idea del 'college' anglosajón. Por la Residencia pasaron las abogadas Victoria Kent y Clara Campoamor, la escritora Margarita Nelken, las pintoras Maruja Mallo y Deli Tejero, la periodista Josefina Carabias, la química Dorotea Barnés González o la meteoróloga Felisa Martín Bravo, por citar solo algunas de las muchas mujeres destacadas que convivieron compartiendo una educación integral que definió el espíritu del momento. De Maeztu dirigía también el Lyceum Club Femenino desde 1926, un espacio de libertad, encuentro y discusión del que formaban parte algunas de las anteriores y muchas otras intelectuales del momento, como María Zambrano, Carmen Conde, Elena Fortún, Ernestina de Champourcin, Zenobia Camprubí o Rosa Chacel.

Tres de esas mujeres residentes se convirtieron en las tres primeras diputadas de las Cortes en España: Kent, Campoamor y Nelken, elegidas gracias al derecho de sufragio pasivo pero en unas elecciones con sufragio universal únicamente masculino. El Congreso constituyente del que formaron parte tuvo la encomienda de aprobar o no el derecho al voto para las mujeres. Es conocida la opinión contraria de Victoria Kent: "creo que no es el momento de otorgar el voto a la mujer española", dijo dirigiéndose a sus señorías, "no es cuestión de capacidad, es cuestión de oportunidad", defendiendo por parte del Partido Radical Socialista una estrategia política por el miedo a que las mujeres volcaran su voto hacia las derechas. Al poco, Alcalá-Zamora le dio un cargo en su Gobierno Provisional, ejerciendo durante un año la Dirección General de Prisiones, materializando así el proyecto de humanización de las insalubres cárceles españolas que ya había iniciado Concepción Arenal. Desarmando el pensamiento en clave electoral de Kent, Campoamor le contestó que no dar el voto a las mujeres sería "un gravísimo error político" y que ella había constatado cómo los mítines congregaban a más mujeres que a hombres. Tras el intenso debate político, las Cortes aprobaron el sufragio activo universal por 161 votos a favor, pero con 121 en contra y 188 abstenciones. Dos años después, las derechas ganaban en las elecciones de 1933. La historiografía posterior adjudicó a la participación electoral —y en particular su abstención— de las mujeres el triunfo de la derecha y no fue hasta el año 2000 que estudios más rigurosos analizaron el comportamiento por sexos y concluyeron que la izquierda hubiera perdido aunque las mujeres no hubieran votado. Ideologías aparte, el reconocimiento del derecho a voto de las mujeres no supuso, en cualquier caso, ni su plena integración en la vida política ni la consecución de la igualdad real, sino un primer paso truncado por culpa de la sublevación militar y la dictadura posterior.

En el mundo laboral, lo que realmente representó un revulsivo no fue la presencia de una amplia mayoría de mujeres trabajadoras de las clases populares, porque ya existía de antes; la novedad fue la incorporación de las mujeres de clases medias al sector servicios, un acontecimiento que según explica Verdugo en su conferencia 'La República de las mujeres', suscitó la opinión entre el sector conservador de que "tendría consecuencias funestas como la desaparición de la familia y la pérdida de la feminidad".

Según las estadísticas oficiales, que por supuesto no visualizan, al igual que hoy en día, la ingente cantidad de trabajo sumergido, en especial en el servicio doméstico, tenían un empleo remunerado solo el 9% de la población femenina. En general, las mujeres suponían el 12% del total de trabajadores y trabajadoras, que en su gran mayoría realizaban el trabajo productivo fuera del hogar y el reproductivo dentro. Las condiciones laborales eran peores para las mujeres que para los hombres. Aunque en 1931 se estableció la jornada laboral de ocho horas, esta tenía algunas excepciones, como por ejemplo en el trabajo doméstico. Y, por supuesto, los salarios también eran inferiores, pues las mujeres ocuparon primero los empleos no cualificados. Otro de los avances del Gobierno Provisional fue el seguro de maternidad. Isabel Oyarzábal, candidata socialista a las cortes, periodista y primera mujer inspectora de trabajo en España, fue de las que lo defendió firmemente, así como la UGT. He ahí otra de las desinformaciones habituales sobre la Segunda República: las mujeres no se sindicaron. No es así, en el año 32 la UGT vió un notable incremento de afiliadas, en parte debido a la efectiva propaganda sobre el seguro de maternidad; en ese año eran casi 42 mil las ugetistas y el sindicato había visto subir sus inscripciones de 277.000 a casi un millón en el primer año de la República.

Mientras se normalizaba la presencia femenina en la esfera pública, la sociedad se preguntaba cómo debería ser una mujer, qué es ser una mujer. El Gobierno podía laicizar las relaciones familiares pero el patriarcado tiene sus propios tiempos y maneras. Para Rosario Ruiz es "el ámbito privado y la vida cotidiana la gran desconocida" en los estudios sobre la historia de las mujeres en la Segunda República —o historia de las relaciones de género, como prefiere llamarla la profesora Luz Sanfeliú—, "por dos razones: la falta o dificultad de las fuentes y el interés prioritario por lo público y la participación política como novedoso de esa época". El cuestionamiento amoroso es otro pequeño paso en la emancipación de las mujeres de los años 30. Desde el "amor plural" enraizado en el anarquismo y que ya había propuesto Teresa Claramunt, como una predefinición del poliamor, a la discusión en torno a una nueva idea de maternidad como la que expuso públicamente la anarquista Lucía Sánchez Saornil: "antes que la madre, debe estar la mujer".

El debate sobre los entornos no mixtos ya estaba sobre la mesa durante la Segunda República. Mientras Federica Montseny era contraria a ellos, la poeta, activista y empleada de Telefónica Sánchez Saornil se separó de la CNT para crear la muy reivindicada —en la actualidad— asociación y revista Mujeres Libres, que alcanzaría las 20.000 afiliadas tras la sublevación militar. Saornil, junto a la abogada Mercedes Comaposada y la médica Amparo Poch, recogieron el legado cultural del movimiento libertario y lo reformularon para abordar el tema central de la autonomía de las mujeres. Saornil fue expulsada de la Compañía Telefónica por sus actividades anarcosindicalistas en 1931, puesto que fue una de las impulsoras de las huelgas que tuvieron lugar en la empresa en los años anteriores. A partir de ahí, se dedicó a la militancia, a la lucha de clase con una decidida defensa de la emancipación femenina, diseñando espacios para la capacitación laboral, y la organización de las mujeres de la clase obrera.

La disidencia política y sexual
La reconocida historiadora de origen irlandés Mary Nash se ha dedicado a estudiar a las mujeres de este periodo durante toda su carrera. De muy joven, en los años 70, localizó la documentación de Mujeres Libres en un infierno, las salas donde se escondían los materiales prohibidos por el franquismo. A partir de ahí, tuvo la oportunidad de entrevistarse con algunas de las mujeres que habían participado en esta organización feminista. Tuvo que ser el lenguaje corporal de ellas, y no la palabra, lo que le dio a entender cuál era la orientación sexual de Lucía Sánchez Saornil. El lesbianismo era un tema absolutamente tabú. Desde 1919, Lucía publicaba poemas en las mejores revistas de la vanguardia literaria, en los que hablaba del deseo sexual lésbico, pero lo hacía oculta tras el pseudónimo masculino Luciano de San-Saor. No era raro que las escritoras de la época se escondieran tras la máscara de la masculinidad, como María de la O. Lejárraga tras la creación teatral firmada con el nombre de su esposo, Gregorio Martínez Sierra. La investigadora Laura Vicente, experta en Mujeres Libres, dice que Lucía nunca ocultó su lesbianismo ni la relación con su pareja, América Barroso, en la organización que dirigía. Aunque el silencio sobre ello se impuso hasta los años 80, porque la historia de las lesbianas está "marcada por los silencios, la marginación y los eufemismos" como dice María Jesús Fariña, profesora de la Universidade de Vigo. Una de las socias del Lyceum madrileño fue la escenógrafa Victorina Durán, quien dejó constancia del Círculo Sáfico, un grupo de lesbianas entre las que estaba Victoria Kent, quien a diferencia de Victorina ocultaba su orientación celosamente, y la propia María de Maeztu, a quien se suponía amante de la chilena Gabriela Mistral. Ni siquiera en tiempos de la República es fácil la disidencia sexual para las mujeres: "en general la mirada sobre la homosexualidad en esos años ya era complicada y desfavorable, no se veía con normalidad, a pesar de los círculos modernos y liberales como el del Lyceum Club", explica Luz Sanfeliú. Victoria Kent y el socialista Luis Jiménez de Asúa impulsaron que en la reforma del Código Penal de 1932 se eliminara la homosexualidad como agravante de la delincuencia. Un año después, la Ley de Vagos y Maleantes eliminó las relaciones entre personas del mismo sexo como delito, excepto entre militares.

Quienes siguieron siendo consideradas criminales fueron las prostitutas. Las fuerzas políticas y sociales más progresistas del momento eran abolicionistas. En los primeros meses de República se sustituyó el Patronato para la Trata de Blancas por el de la Protección de la Mujer. "La ley no puede reglamentar un vicio", declamó Clara Campoamor en el hemiciclo durante el debate sobre la abolición de la reglamentación de la prostitución, que imperaba en España desde mediados del siglo XIX. Para la diputada, uno de los argumentos era que "las víctimas de la prostitución son, en un 80 por ciento, mujeres menores de edad" y carecía de sentido ser garantistas con la protección del menor por un lado y, por otro, permitir que ejercieran trabajo sexual. Finalmente, la abolición se consumó en 1935 aunque la República procuró defender los derechos de las prostitutas suavizando durante ese tiempo "el sesgo misógino de la reglamentación", como señala la profesora de la Universidad Rey Juan Carlos Mercede Rivas: eliminando la prohibición de las mujeres prostitutas de frecuentar espacios públicos y la inscripción forzosa en el registro de las prostitutas, así como el desarrollo de numerosos programas sanitarios de difusión de propaganda antivenérea y de educación sexual.

La genealogía —la fuerza de tiempos pasados con la que los seres colectivos dominamos nuestro presente— es importantísima para entender la mirada que desde hoy tenemos a la historia de las mujeres y en especial a la exhaustiva atención que se le ha puesto para reparar los olvidos históricos de este periodo del siglo XX. Aunque no está todo dicho. Para Luz Sanfeliú, "ningún periodo está nunca suficientemente estudiado. Hay mucho aún por conocer del siglo XX y, por supuesto, de la Historia de las Relaciones de Género (que comprende un análisis de los contextos, de las ideologías, de las identidades masculinas y femeninas, de todo el aparataje cultural, símbolos, imágenes, ritos, etc.). Hay millones de mujeres que se implicaron en la construcción de su tiempo, también mujeres obreras o de clases populares, de las que estamos ahora empezando a saber alguna cosa".

  • Clara Campoamor 1888-1972. Diputada por Madrid en las Cortes Constituyentes, fue una de las tres que consiguieron escaño cuando las mujeres podían ser elegidas pero todavía no podían votar, un derecho que Clara tomó por bandera y del que convenció a gran parte del hemiciclo.
  • Lucía Sánchez Saornil 1895-1970. Feminista anarcosindicalista, fue una de las líderes de la influyente organización y revista Mujeres Libres. Antes de eso y mientras trabajaba en Telefónica, Lucía estudiaba pintura y publicaba poesía en revistas del movimiento ultraísta.
  • María Teresa León 1903-1988. Escritora de la Generación del 27, María es hija de la Institución Libre de Enseñanza y licenciada en Filosofía y Letras. Durante la República, escribió numerosos cuentos y un drama proletario de apoyo a las insurrecciones obreras.
  • María de la O Lejárraga 1874-1974. Maestra y dramaturga, publicó gran parte de sus libretos con el nombre de su marido, Gregorio Martínez Sierra. Fue la autora de 'El amor brujo', con música de Falla. Además, se dedicó al activismo feminista y fue diputada por Granada.
  • Maruja Mallo 1902-1995. Poderosa, divertida, atrevida, apasionada, gustosa del maquillaje vistoso y extravagante, como buena pintora surrealista, 'Marúnica' es una figura de culto internacional a la que Dalí definió como "mitad ángel, mitad marisco".
  • Margot Moles 1910-1987. Atletismo, natación, esquí, capitana del Athletic Club (actual Atlético de Madrid) de hockey, campeona de España de lanzamiento de disco y plusmarquista mundial de martillo. Fue la primera española en acudir a unos Juegos Olímpicos invernales.

jueves, 1 de abril de 2021

#hemeroteca #memoria | Y antes de todos, estuvo Ida B. Wells

Imagen: la Marea / Ida B. Wells

Y antes de todos, estuvo Ida B. Wells.

Recordamos a la periodista estadounidense, y su lucha antirracista y feminista, en el 90º aniversario de su fallecimiento. En 2020 se le concedió el premio Pulitzer a título póstumo.
Manuel Ligero | La Marea, 2021-04-01
https://www.lamarea.com/2021/04/01/no-conoces-a-ida-b-wells-pues-deberias/ 

Antes de Rosa Parks, antes de Martin Luther King, antes de Malcom X, antes de James Baldwin, antes de todos ellos estuvo Ida B. Wells. Ignorada durante buena parte del siglo XX, solo recientemente se ha empezado a reivindicar la figura de esta mujer adelantada a su tiempo. Muy adelantada. Tanto que nació siendo esclava, unos meses antes de que Abraham Lincoln dictara la orden de emancipación de los esclavos afroamericanos en septiembre de 1862. Que una niña negra, nacida en el Estado sureño de Mississippi y en una época salvaje, lograra alfabetizarse, estudiar, independizarse, trabajar como periodista de investigación y militar como sufragista y defensora de los derechos civiles es una proeza. En realidad, lo sería para cualquier mujer, pero para una mujer negra, en ese contexto histórico, es algo sencillamente increíble.

Ida B. Wells estaba hecha de una pasta especial. A los 16 años, cuando se quedó huérfana (sus padres murieron a la vez y repentinamente por un brote de fiebre amarilla), en un manifiesto ejemplo de remango, decidió cuidar y sacar adelante a sus seis hermanos pequeños. Así que consiguió un empleo de profesora en una escuela de secundaria de Holly Springs. Profesora a los 16 años.

Es muy revelador colocar su vida y sus escritos en una línea temporal y compararlos con otros similares que ocurrieron mucho después. Fue, por ejemplo, una Rosa Parks ‘avant la lettre’. Wells sufrió un episodio parecido a bordo de un tren, cuando un revisor la conminó a abandonar su asiento en el vagón de mujeres y pasarse al vagón de los fumadores, que ya iba lleno de pasajeros. Ida, que estaba muy alejada del perfil del negro obediente, se negó. Ella estaba donde debía estar, en el vagón de mujeres, y de ahí no la iban a mover. La disputa subió de intensidad y otros dos hombres ayudaron al revisor a arrastrar a la brava Ida fuera del tren. Durante este forcejeo, y antes de ser expulsada, logró morder en la mano al revisor. Era indomable.

¿Qué hizo tras este lamentable suceso? Contó el caso en un artículo publicado en un periódico adscrito a una iglesia negra, con lo que ganó bastante popularidad en su comunidad, y denunció oficialmente a la compañía ferroviaria. El juez falló en su favor y consiguió una indemnización de 500 dólares. Era 1884, setenta y un años antes del sonado incidente protagonizado en un autobús por Rosa Parks.

La activista periodista
La fecha del incidente es importante porque ocurrió en una época y un lugar, los Estados del Sur, en el que los negros podían ser linchados impunemente por el simple hecho de ser «descarados» con los blancos o por «no ceder el paso en la acera a una persona blanca si esta se lo exigía». Así lo explicaba Ida B. Wells en su obra The Red Record (1895), un pormenorizado alegato contra el linchamiento cuya lectura produce escalofríos.

La turba podía linchar a un negro por un delito imaginado (el más común era el de la violación de mujeres blancas, había una verdadera obsesión con ese tema) incluso después de ser declarado inocente por un jurado. Para más señas: por un jurado enteramente blanco y en un tribunal presidido, obviamente, por un blanco. Ni siquiera eso los ponía a salvo. Es lo que le ocurrió a Meredith Lewis en Roseland (Luisiana) en 1893. Algunos días después del juicio por asesinato en el que fue absuelto lo sacaron de su casa y lo colgaron.

Wells denuncia en su obra la impunidad y la frecuencia con la que ocurrían estas atrocidades. Lo hace limitándose a relatar los casos ocurridos en los meses inmediatamente anteriores y el recuento es abrumador. Particularmente espeluznante es el caso de Henry Smith, torturado lentamente y quemado en la plaza pública el 1 de febrero de 1893 en Paris (Texas). El suplicio tuvo lugar ante una masa enfervorecida de 10.000 personas que celebraba con vítores «cada grito, cada contorsión» producida por el efecto del hierro candente en los ojos, la garganta y el cuerpo de Smith. Eso fue antes de que lo rociaran con queroseno y le prendieran fuego. Según varios diarios, aún estaba vivo mientras ardía en el patíbulo.

Aquella barbaridad, «más allá de toda descripción», como apunta Wells, fue cubierta por varios periódicos nacionales. Pero había muchos casos que pasaban totalmente inadvertidos. En el año 1893 nuestra reportera contabiliza cinco víctimas mortales sin que se sepa el motivo por el que fueron linchados. De dos de ellos ni siquiera se sabía el nombre. «El linchamiento es tan común en Estados Unidos que el hallazgo del cadáver de un negro, colgado de una rama entre el cielo y la tierra, tiene tan poca importancia que ni las autoridades civiles ni las agencias de prensa consideran que el asunto sea digno de ser investigado», denuncia Wells. En el prefacio de 'The Red Record', el líder abolicionista Frederick Douglass ponderaba así su ejercicio periodístico: «Usted ha tratado los hechos con una fidelidad fría y minuciosa, y ha dejado que esos hechos desnudos y sin contradicciones hablen por sí mismos».

No te puedes fiar de los blancos
Ida B. Wells aprendió pronto, y por experiencia propia, a desconfiar de los blancos. La victoria que consiguió en primera instancia en su caso contra la compañía ferroviaria fue posteriormente revocada por el Tribunal Supremo del Estado de Tennessee. «El sistema judicial de este país está enteramente en manos de la gente blanca», escribió Wells. «A esto hay que añadir el prejuicio inherente contra las personas de color, con lo que se verá claramente que un jurado blanco encontrará inevitablemente culpable a un acusado negro si hay la menor evidencia para justificar tal hallazgo». Las estadísticas, 126 años después de que escribiera estas líneas, parecen darle la razón: en 2020, más del 41% de los presos sentenciados a muerte en Estados Unidos (2.555 personas) eran negros; en cambio, el porcentaje de población negra del país no llega al 13,5%.

Al no encontrar en casa el suficiente apoyo a su causa antilinchamiento, Ida B. Wells hizo un «llamamiento mundial», con similar resultado. Vio con especial tristeza cómo eran recogidas en la prensa inglesa las noticias sobre la violencia contra los negros americanos. El Times de Londres, en un ejercicio supremo de cinismo y frío cálculo capitalista, desaconsejaba estas prácticas, pero no por inhumanas sino en aras de la productividad: «La matanza de negros por turbas sedientas de sangre no es un hecho infrecuente y no conduce al éxito de la industria. (...) El trabajo negro, que significa, en el mejor de los casos, trabajo ineficiente, aún debe confiarse a ellos en gran medida, y este terrorismo espasmódico disminuye aún más su eficiencia».

Afirmaciones como aquella ratificaron a Ida B. Wells en su idea de llevar la resistencia a otro nivel: «El dólar es el dios del hombre blanco, y detener esto será detener los atropellos en muchos municipios», escribió a principios de la década de 1890 en un artículo recogido después en el volumen 'Southern Horrors: Lynch Law in All Its Phases'. Esta convergencia entre la lucha por la igualdad racial y la lucha obrera podía, a su juicio, tener el beneficioso efecto de una «revolución incruenta». Pero había aprendido a no ser ingenua. Sabía que había que ir más allá y por eso empieza a hablar de autodefensa (una noción particularmente perseguida en nuestros días por los críticos del antifascismo).

«Las únicas veces en las que un afroamericano ha sido asaltado y ha podido escapar ha sido cuando tenía un arma a mano y la usó en defensa propia», afirma Ida en uno de sus escritos más revolucionarios. «La lección que esto nos enseña, y que cada afroamericano debería sopesar bien, es si el rifle Winchester debería tener un lugar de honor en cada hogar negro, con el objeto de ser utilizado para conseguir la protección que la ley le niega».

No es un miembro de las Panteras Negras quien así se expresa (el partido de los Panteras Negras no se fundaría hasta 1966), es una joven periodista afroamericana a finales del siglo XIX. «Cuando el hombre blanco, que siempre es el agresor, sea consciente del riesgo que corre de morder el polvo al atacar a una víctima afroamericana, más respeto tendrá por las vidas afroamericanas», añade. El concepto, en esencia, ya está ahí: las vidas negras importan. Black Lives Matter.

En todos los frentes
Evidentemente, todos estos artículos tendrían consecuencias para ella. Durante un viaje a Filadelfia, sus enemigos aprovechan su ausencia para quemar la redacción del periódico en el que trabaja como editora y del que es copropietaria en Memphis, el ‘Free Speech and Headlight’. Ida B. Wells se mantuvo, bajo amenaza, lejos de su antiguo trabajo. De hecho, no volvería a Memphis en los siguientes 30 años.

Se instaló primero en Nueva York, donde sus artículos contra el fenómeno de los linchamientos en los Estados del Sur armaron un ruido considerable, y después en Chicago. Allí protestó por el hecho de que se excluyera a los afroamericanos de la Exposición Universal de 1893. Solo desde el pabellón de Haití pudo poner en circulación un pequeño libro en el que contaba la historia de opresión que habían sufrido los negros americanos en «la tierra de los hombres libres y el hogar de los valientes».

Como pionera que fue en todos los frentes, Ida B. Wells también militó en el movimiento en favor del derecho de la mujer al voto, una reivindicación a la que tenía sus propios matices que aportar. Creía que había que tener en cuenta todas las discriminaciones de las que somos objeto en su conjunto. No es lo mismo ser marginada por mujer que serlo por mujer, por pobre y por negra. A eso, mucho más tarde, se le llamaría interseccionalidad.

En 1913 fundó en Chicago el Alpha Suffrage Club, una asociación de mujeres negras en favor del derecho al voto. Como presidenta del club participó en la primera manifestación sufragista que tuvo lugar en Washington ese mismo año. Lo hizo a pesar de que la mayoría de sus compañeras blancas eran notorias segregacionistas y quisieron mandarla al final, cerrando la marcha, para que las blancas del Sur no se molestaran. Pero a Ida nadie le iba a decir dónde tenía que ponerse, ni en un tren ni en una manifestación. Así era ella.

Ida B. Wells murió en Chicago hace 90 años, el 25 de marzo de 1931. Tuvo que esperar hasta el año pasado para obtener el más alto reconocimiento de la prensa en Estados Unidos. En 2020 se le concedió el premio Pulitzer a título póstumo.

domingo, 20 de septiembre de 2020

#hemeroteca #inmemoriam | Adiós a la jueza Ruth Bader Ginsburg, icono de las nuevas generaciones

Imagen: El País / Ruth Bader Ginsburg
Adiós a la jueza Ruth Bader Ginsburg, icono de las nuevas generaciones.
La legendaria magistrada del Tribunal Supremo estadounidense, un símbolo feminista global, falleció el viernes, a los 87 años, tras haber luchado todas las luchas justas de los derechos civiles.
Amanda Mars | El País, 2020-09-20
https://elpais.com/internacional/2020-09-19/ginsburg-icono-de-las-nuevas-generaciones.html

La juez del Tribunal Supremo estadounidense Ruth Bader Ginsburg, figura capital en la lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, falleció este viernes a los 87 años. Pionera y jurista de leyenda, Ginsburg luchó todas las luchas justas de los derechos civiles desde mediados del siglo XX, como estudiante, como abogada y como magistrada. Los pleitos de discriminación que ganó ante los tribunales marcaron puntos de inflexión en las conquistas laborales y sociales, y sus votos y argumentos como miembro de la máxima autoridad judicial han ayudado a construir el cuerpo legal de los avances feministas de las últimas tres décadas.

En un país en el que el Supremo moldea el destino de la sociedad a golpe de sentencias, ella se había erigido en un ídolo progresista, una heroína juvenil, convertida siendo anciana en un sorprendente icono pop, del que se hacían camisetas y disfraces en Halloween. Fue la segunda mujer en llegar al alto tribunal, en 1993, nominada por el entonces presidente, Bill Clinton, y siguió en activo hasta el último momento, atendiendo las argumentaciones orales —que se realizaron por teléfono, debido a la pandemia— desde su cama de hospital.

Formaba parte de la minoría progresista del estrado (de cuatro jueces, frente a cinco considerados conservadores) y quiso vivir mucho, todo lo posible, obstinada en que un presidente distinto de Donald Trump escogiese a su reemplazo. El cáncer pancreático que padecía acabó imponiendo su ley.

Menuda, de aspecto frágil y efigie inconfundible —gafas, cabello peinado hacia atrás, recogido en una coleta baja— su figura llamaba la atención en las audiencias del Supremo, que solo se pueden seguir en persona y son largas batallas dialécticas, a medio camino entre la discusión técnica y el debate sofista. Este periódico estuvo en la exposición del último gran caso sobre derechos civiles de la vida de Ginsburg, el 9 de octubre de 2019. La sesión giraba en torno a Aimeé Stephens, despedida tras comunicar su condición de mujer transgénero, y a otros dos hombres que perdieron su empleo por su condición homosexual. La cuestión de fondo que los jueces debían decidir estribaba en si la ley de Derechos Civiles de 1964, que prohíbe la discriminación de los trabajadores por motivo de raza, sexo o religión, también cubría la orientación sexual y el cambio de sexo.

“Nadie pensó nunca que el acoso sexual cubriese la discriminación sobre la base del sexo en 1964. No se puso así sobre la mesa hasta un libro que se publicó a mediados de los setenta. Y ahora decimos que, por supuesto, acosar a alguien, someter a alguien a unas condiciones de empleo que serían diferentes de ser hombre, es discriminación de sexo”, replicó la juez al procurador general del Gobierno, Noel J. Francisco, que actuaba contra los despedidos y con quien ella, ya muy enferma y con un hilillo de voz, protagonizó aquel día un memorable toma y daca.

La juez Ginsburg había sufrido esa discriminación, sobre la base del sexo, en su propia piel desde el inicio de su vida pero, lejos de sucumbir, se volcó en estudiarla. Aunque tal vez la primera gran acción feminista de su vida, radical y determinante, fue enamorarse de un hombre de una pieza, un joven estudiante de Derecho llamado Martin Ginsburg, que la apoyó y consideró como una igual desde el principio y la siguió en su carrera en Washington, cuando el presidente Jimmy Carter la hizo juez federal, con la misma naturalidad que ella se había dedicado a él años antes.

Ruth Bader nació en Brooklyn, Nueva York, el 15 de marzo de 1933, en el seno de una familia de comerciantes modestos, que regentaban una tienda de sombreros y peletería. Creció como hija única, ya que su hermana mayor murió de meningitis a los seis años, cuando Ruth apenas era un bebé, y perdió a su madre a los 17 años, justo antes de acabar el instituto. Estudiante brillante, logró una beca para empezar sus estudios en la Universidad de Cornell, donde conoció a Martin. “Fue el primer chico que conocí al que le importaba que yo tuviera cerebro”, contó ella años después. Se casaron nada más graduarse, en 1954, y después se matricularon juntos en Harvard.

Ginsburg era allí una rareza, una de las nueve mujeres entre los más de 500 alumnos varones de aquel curso. Solo a ellas el entonces decano las convocó a una cena y les hizo explicar, una por una, por qué consideraban que debían estar en el lugar que podría ocupar un hombre. En su segundo año, se colocó entre los 25 mejores estudiantes. En el tercero, cuando ya era padre de la primera de sus dos hijos, Martin fue diagnosticado de cáncer testicular, así que Ruth seguía sus propias clases, cuidaba de la casa y de la niña y, por las noches, mecanografiaba los apuntes que le pasaban los compañeros de él.

Martin, un año mayor, se graduó a tiempo pese a la enfermedad y, cuando recibió una oferta de trabajo en Nueva York, se mudaron juntos. Ruth acabó Derecho en la Universidad de Columbia con un expediente de oro, pero ni un solo despacho de abogados de la ciudad le dio trabajo, así que comenzó a dar clases en la universidad. En los setenta la gran organización de derechos civiles de Estados Unidos (ACLU, en sus siglas en inglés) la fichó y desde allí defendió y ganó casos trascendentales.

En 1973, por ejemplo, llevó hasta el Supremo —entonces formado solo por hombres— el caso de la teniente Sharon Frontiero, que se había visto privada junto a su marido de los subsidios a la vivienda que sus compañeros y esposas recibían de forma automática. Ganó y acabó con el doble rasero de las ayudas del Ejército. En 1975, mostró como la discriminación sexual no solo era nociva para las mujeres, sino también para los hombres, por la demanda del joven viudo Stephen Wiesenfeld. Cuando Wiesenfeld pidió ayudas a la Seguridad Social para criar a su bebé, se las negaron porque estaban destinadas solo a mujeres. También el Supremo le dio la razón y cambió la historia.

Era una ferviente defensora del derecho al aborto, pero rechazaba la lógica argumental que el Supremo usó para decidir su constitucionalidad en todo el país (el famoso caso Roe contra Wade, en 1973), no basada en la idea de igualdad entre sexos. Su distancia de aquel caso le supuso algunas críticas de los flancos más progresistas del país cuando fue nominada como juez del alto tribunal. Con todo, en un tiempo muy distinto del actual, de otra altura política, Ginsburg salió confirmada por el Senado por una abrumadora mayoría bipartita, de 96 votos a favor por tres en contra. La primera mujer en llegar al órgano, Sandra D. O’Connor, en 1981, había sido confirmada por unanimidad.

El libro Hermanas de ley, de Linda Hirshman, repasa el trabajo que ambas llevaron a cabo juntas pese a proceder de galaxias aparentemente lejanas: una era neoyorquina y la otra procedía de la rural Arizona; una era judía y la otra de la iglesia episcopal, una era progresista y la otra conservadora moderada. Ante su primer gran caso por discriminación ya como juez del Supremo, en 1996, Ginsburg se valió de la base legal sentada años atrás por O’Connor. Una joven demandó poder entrar en la prestigiosa escuela militar de Virginia, hasta entonces reservada solo para hombres. Ginsburg argumentó que todas las mujeres que cumplieran los requisitos tenían derecho a asistir, sobre la misma base que en 1982 su colega opinó que la escuela de enfermería de Mississippi no podía vetar a hombres basándose en estereotipos arcaicos. De nuevo, mostraron cómo los sesgos no dejaban víctimas solo en el lado de las mujeres.

El giro conservador que dio el tribunal a partir de la Administración de George W. Bush resaltó el protagonismo de sus opiniones, a menudo disidentes, y escritas con un lenguaje sencillo, directo. Una vez contó que, cuando sabía que iba a oponerse a la mayoría, se ponía un collar colorido muy específico, que, en pleno boom de su popularidad, se hizo famoso conocido como el “collar de la disidencia” y llevó a la cadena de ropa Banana Republic a lanzar un diseño similar.

Empezaron a surgir libros, documentales y sus fans comenzaron a llamarla “Notorious R.B.G.”, en un guiño al rapero Notorious B.I.G. Pese a su disidencia, la serenidad caracterizaba sus intervenciones. Ella solía recordar el consejo de su madre: “Sé una dama y sé independiente”. En la campaña electoral de 2016 rompió una ley sagrada para un juez del Supremo y se pronunció contra Trump, tachándolo de “fraude”.

Con la ola feminista del Me Too, la fiebre por la juez Ginsburg cobró fuerza. Amante de la ópera, recibía una ovación cada vez que pisaba el Kennedy Center de Washington. Incluso llegó a aparecer en escena en alguna ocasión, interpretando un texto hablado. Un acompañante habitual fue el magistrado conservador Antonin Scalia, también fallecido, con quien mantuvo una fraternal amistad. Su esposo, Martin, falleció en 2010 por cáncer. Ella recordaba con adoración cómo su esposo se había hecho cargo de la familia durante esas largas jornadas que significaban su trabajo en Washington.

La salud de la juez se fue quebrando con los años, fue tratada cuatro veces por cáncer, y sufrió caídas con fracturas de huesos. En cada percance, a la mitad de Estados Unidos se le encogía el corazón, ya que los jueces del Supremo ocupan cargos vitalicios y, si Trump podía nominar a otro juez (ya lleva dos), consolidaría el giro conservador del alto tribunal por muchos años. Ella prometió que no se retiraría.

El viernes por la noche, centenares de personas se congregaron de forma espontánea ante el Supremo a rendir homenaje a la magistrada. Aimee Stephens, la mujer transgénero para la que luchó unas de sus últimas luchas justas también murió este 2020, en mayo. No pudo ver que cuatro semanas más tarde, el Supremo le iba a dar la razón gracias, entre otros, al esperado voto de Ruth Bader Ginsburg.

miércoles, 13 de mayo de 2020

#hemeroteca #trans #inmemoriam | Muere la mujer que impulsó el gran caso sobre los transgénero pendiente en el Supremo de EE UU.

Imagen: El País / Aimee Stephens
Muere la mujer que impulsó el gran caso sobre los transgénero pendiente en el Supremo de EE UU.
Aimee Stephens fue despedida en 2013 tras comunicar que viviría como una mujer. El tribunal aún debe decidir si la Ley de Derechos Civiles de 1964 cubre la orientación y el cambio de sexo.
Amanda Mars | El País, 2020-05-13
https://elpais.com/internacional/2020-05-13/muere-la-mujer-que-impulso-el-gran-caso-sobre-los-transgenero-pendiente-en-el-supremo-de-ee-uu.html

Aimee Stephens ya no verá el desenlace del caso con más trascendencia sobre los derechos de gais y transexuales al que se ha enfrentado el Supremo de Estados Unidos en años. Stephens, que fue despedida de la funeraria en la que trabajaba en 2013 al comunicar que había cambiado de género, murió este martes a los 59 años por complicaciones en la enfermedad de riñón que padecía. La cuestión de fondo a la que se enfrenta el alto tribunal es si la ley de Derechos Civiles de 1964, que prohíbe la discriminación de los trabajadores por motivo de raza, sexo o religión, también cubre la orientación sexual y el cambio de sexo.

Stephens parecía una mujer frágil y abrumada. Costaba imaginarla al frente del caso que iba a escribir un capítulo de la historia de los derechos LGBT. Cuando El País la entrevistó el pasado octubre, en una biblioteca pública cercana a su casa en Michigan, relató su historia de amor y descubrimiento e insistía en que los jueces deben comprender que el género “es algo más de lo que hay entre tus piernas al nacer”. Había crecido como Anthony en un pueblo llamado Fayetteville, en la sureña Carolina del Norte, en el seno de una iglesia baptista. Se había ordenado pastor. Se había casado y enviudado y vuelto a casar con Donna, hoy su viuda.

A lo largo de su historia, el Supremo estadounidense ha moldeado la sociedad con sentencias históricas, como la que legalizó el matrimonio igualitario en todo el país o la que vetó la segregación racial en los espacios privados, todas a partir de casos particulares, denuncias que escalaron de juzgado en juzgado hasta llegar a la máxima autoridad judicial del país. El caso de Aimee Stephens era uno de ellos.

Stephens llevaba varios viviendo una doble vida: Aimee llevaba faldas por casa, Anthony vestía uniforme masculino en el trabajo. Hasta el que el 31 de julio de 2013 entregó una carta a su jefe, Thomas Rost, dueño de Harris Funeral Homes, para comunicarle su transición de género. Este la despidió dos semanas después alegando que él había contratado a un hombre y que su apariencia femenina supondría “una distracción” para las familias de luto y un rechazo a los mandamientos de Dios. Entonces comenzó la batalla judicial. Otras dos denuncias de empleados gais despedidos -uno de ellos, ya fallecido también- mantienen abierto el proceso que va a marcar un punto de inflexión para la comunidad LGBT estadounidense, pues la mitad de los Estados carecen de legislación específicas contra la discriminación laboral de este colectivo.

Donna Stephens, la viuda de Aimee, dio las gracias a las entidades e individuos que las apoyan por mantener en sus oraciones a su “mejor amiga y compañera del alma". Ambas se conocían desde la infancia, pero hicieron su vida con otras personas y se reencontaron años después. En 2008, cuando a Donna se la llevaban los demonios porque sospechaba que Anthony la engañaba con otra mujer, supo la verdad y se amoldó. A primero de octubre, ambas acudieron juntas a la argumentación oral del Supremo.

martes, 12 de mayo de 2020

#hemeroteca #inmemoriam #trans | Muere la primera mujer transgénero que motivó caso de discriminación ante la Corte Suprema de EE.UU.

Imagen: El Comercio / Aimee Stephens
Muere la primera mujer transgénero que motivó caso de discriminación ante la Corte Suprema de EE.UU.
AFP | El Comercio, 2020-05-12
https://www.elcomercio.com/actualidad/muerte-mujer-transgenero-discriminacion-eeuu.html

Una mujer transgénero estadounidense, que fue la primera en llevar los derechos de esta comunidad ante la Corte Suprema de Estados Unidos, murió el martes 12 de mayo del 2020, cuando esperaba que el máximo tribunal emitiera una decisión sobre su caso.

Aimee Stephens, de 59 años, murió en su domicilio de Detroit, en el norte de Estados Unidos, al lado de su pareja Donna, anunció en un comunicado la poderosa asociación de defensa de los derechos cívicos ACLU.

“Aimee no deseaba ser una heroína o una pionera, pero lo fue”, comentó Chase Strangio, uno de los integrantes de ACLU que la ayudó a llevar su caso judicial.
La asociación no informó del motivo del deceso, pero la mujer sufría una grave insuficiencia renal.

Después de trabajar durante seis años como hombre en una funeraria, le dijo a su empleador que había comenzado su transición al sexo femenino.

En ese momento su jefe, Thomas Rost, que se decía “cristiano devoto”, la despidió argumentando que no quería distraer el duelo de sus clientes.

Aimee Stephens lo llevó ante la justicia por discriminación. Luego de haber perdido en primera instancia ganó la apelación y su empleador llevó el caso al más alto tribunal de justicia del país.
Paralelamente a su caso, la Corte Suprema revisó despidos de otros dos homosexuales y se espera que emita en junio su decisión final referente a los derechos de millones de empleados en esa situación.

viernes, 10 de abril de 2020

#hemeroteca #inmemoriam | Phyllis Lyon, activista lesbiana de por vida, muere a los 95

Imagen: CubaComunica / Del Martin y Phyllis Lyon
Phyllis Lyon, activista lesbiana de por vida, muere a los 95.
CubaComunica, 2020-04-10
https://cubacomunica.com/america/eeuu/2020/04/10/phyllis-lyon-activista-lesbiana-de-por-vida-muere-a-los-95/

Phyllis Lyon, quien cuando se casó con su pareja, Del Martin, en 2008 se convirtió en parte de la primera unión homosexual legal en California, murió el jueves en su casa en San Francisco. Ella tenía 95 años.

Su hermana, Patricia Lyon, confirmó la muerte.

No fue su primera boda. En 2004, a pesar de las prohibiciones estatales y federales sobre el matrimonio entre personas del mismo sexo, el entonces alcalde Gavin Newsom de San Francisco comenzó a emitir licencias de matrimonio a parejas del mismo sexo. La Sra. Lyon y la Sra. Martin fueron las primeras en recibir una, pero esa unión sería de corta duración. los Tribunal Supremo de California invalidado su matrimonio un mes después, argumentando que el alcalde había excedido su autoridad legal.

Cuatro años después, el mismo tribunal los matrimonios homosexuales declarados son legales y Newsom invitó a la pareja de regreso como la primera en casarse bajo el nuevo fallo. Ms. Martin murió poco después de.

«Estoy devastada», dijo Lyon después de la muerte de su esposa. «Pero me consuela saber que pudimos disfrutar del máximo rito de amor y compromiso antes de que ella falleciera».

Los trajes de color malva y azul turquesa que la pareja usó para sus bodas están en la colección permanente de Sociedad Histórica GLBT en San Francisco.

Sr. Newsom, quien ahora es el gobernador de California, ha dicho en Twitter: «Phyllis: fue el honor de toda una vida casarme contigo y con Del. Tu coraje cambió el curso de la historia».

Phyllis Ann Lyon nació el 10 de noviembre de 1924 en Tulsa, Oklahoma, de William Ranft Lyon, que era vendedor, y Lorena Belle (Ferguson) Lyon, que era ama de casa. La familia se mudó a Sacramento, California, a principios de la década de 1940.

Después de graduarse de la Universidad de California, Berkeley, en 1946 con un título en periodismo, la Sra. Lyon trabajó como reportera para el Chico Enterprise-Record en Chico, California. Se mudó a Seattle en 1949 para trabajar en una revista especializada en construcción, donde también trabajaba la Sra. Martin. Comenzaron a salir y, en el día de San Valentín en 1953, se mudaron juntas a San Francisco.

En 1955, se unieron a otras tres parejas de lesbianas para fundar las Hijas de Bilitis, una de las primeras organizaciones políticas de lesbianas en los Estados Unidos. El nombre se inspiró en «Songs of Bilitis», una colección de poemas de amor lésbico de Pierre Louÿs.

«Había muchas leyes que eran anti-homosexuales y había más cosas que hacer que solo fiesta», dijo Lyon en una entrevista para StoryCorps. «Decidimos publicar un boletín informativo».

El boletín, que la Sra. Lyon editó desde su inicio en 1956, se convirtió en una de las primeras revistas de lesbianas en el país. Se publicó hasta que el grupo se disolvió en la década de 1970.

La Sra. Lyon y la Sra. Martin también escribieron dos libros: «Lesbian / Woman» (1972), que ganó un Stonewall Book Award, y «Lesbian Love and Liberation» (1973).

«Realmente no había ningún libro» sobre lesbianas cuando era pequeña, Sra. Lyon dijo en una entrevista de 1992 con Terry Gross «Y luego no había nada que fuera bueno en las bibliotecas en esos primeros días».

A lo largo de sus 55 años de relación, la Sra. Lyon y la Sra. Martin estuvieron comprometidas políticamente. Se encontraban entre las primeras lesbianas en unirse a la Organización Nacional para la Mujer, y la Sra. Martin fue elegida más tarde para su junta directiva. La pareja también ayudó a formar el Consejo de Religión y los Homosexuales para convencer a los ministros de que acepten lesbianas y hombres homosexuales en las iglesias.

A nivel local, eran miembros del Club Democrático Alice B. Toklas, la primera organización política gay de San Francisco, que influyó en la entonces alcaldesa Dianne Feinstein para patrocinar un proyecto de ley para prohibir la discriminación laboral basada en la orientación sexual. En 1979, activistas locales establecieron el Servicios de salud de Lyon-Martin, un proveedor de atención médica, en San Francisco, que aún opera.

«Estábamos tratando de ayudar a las lesbianas a encontrarse», dijo Lyon en una entrevista de 1989. «Quiero decir, no puedes hacer un movimiento si no tienes personas que vean que vale la pena».

Junto con su hermana, a la Sra. Lyon le sobreviven una hija, Kendra Mon; dos nietos y una bisnieta.

Incluso después de la muerte de la Sra. Martin, la Sra. Lyon continuó abogando por los derechos de las lesbianas.

«Si tienes cosas que quieres cambiar, tienes que salir y trabajar en ellas», dijo Lyon en una entrevista de 2017 con el reportero del área de la bahía. «No puedes simplemente sentarte y decir: ‘Desearía que esto o aquello fuera diferente’. Tienes que luchar por ello».

#hemeroteca #inmemoriam | Muere Phyllis Lyon, pionera y activista de los derechos LGTBQ

Imagen: Telemundo / Phyllis Lyon y Del Martin
Muere Phyllis Lyon, pionera y activista de los derechos LGTBQ.
Fue cofundadora en 1955 de una de las primeras organizaciones de lesbianas en EE.UU., y formó, junto a su pareja, Del Martin, uno de las primeros matrimonios gais en California.
Telemundo, 2020-04-10
https://www.telemundo.com/noticias/2020/04/10/muere-phyllis-lyon-pionera-y-activista-de-los-derechos-lgtbq-tmna3741203

Phyllis Lyon, pionera de los derechos homosexuales, murió este jueves en su casa de San Francisco con 95 años. Lyon fue cofundadora de Hijas de Bilitisuna en 1955, una de las primeras organizaciones de lesbianas en Estados Unidos, y formó, junto a su pareja, Del Martin, uno de las primeros matrimonios gais en California cuando se legalizó en 2008.

Lyon nació el 10 de noviembre de 1924 en Tulsa, Oklahoma. Creció en Sacramento (California) y se graduó de la Universidad de Berkeley, donde fue editora del diario ‘Daily Californian’. También fue reportera de sucesos en Fresno y en el ‘Chico Enterprise-Record’ durante la década de 1940.

Pero más que periodista, Lyon cultivó su activismo cuando conoció al su amor de toda la vida, Martin, mientras trabajaba en una revista en Seattle. La pareja se mudó a San Francisco en 1953.

Kate Kendell, amiga de la pareja y exdirectora ejecutiva del Centro Nacional para los Derechos de las Lesbianas, recordó que Lyon y su esposa eran activistas y mentoras mucho antes de que hubiera un movimiento o comunidad. Ambas vivieron la vida con "alegría y determinación", recordó.

Kendell puso en valor la constancia y generosidad de las activistas: "Antes de que existieran los celulares siempre tenían su número de teléfono en la guía telefónica en caso de que cualquier persona LGBTQ joven o aterrorizada necesitara ayuda o apoyo. Y recibieron docenas de llamadas a lo largo de los años", explicó. Juntas cofundaron, junto a otras parejas de lesbianas las Hijas de Bilitis, una organización política y social para lesbianas, y lanzaron una publicación nacional mensual para su colectivo titulada ‘The Ladder’. En 1972, editaron el libro ‘Lesbian/Woman’.

El gobernador de California, Gavin Newsom, la calificó como una de sus heroínas. En su cuenta de Twitter publicó el siguiente mensaje: "Phyllis y Del fueron la manifestación del amor y la devoción. Sin embargo, durante más de 50 años se les negó el derecho a decir dos palabras extraordinarias: 'Sí, quiero'. Phyllis: fue el honor de toda persona casaros a ti y a Del. Tu coraje cambió el curso de la historia. Descansa en paz, mi querida amiga".

Newsom era un alcalde recién elegido en San Francisco en 2004 cuando decidió desafiar las leyes de matrimonio de California mediante la emisión de licencias a parejas del mismo sexo. Sus asesores y defensores de los derechos de los homosexuales tenían en mente a la pareja perfecta para ser la cara pública del movimiento.

Lyon y Martin, que habían estado juntas durante más de 50 años, fueron llevadas en secreto a la oficina del secretario. Intercambiaron votos ante un pequeño grupo de miembros del personal de la ciudad y amigos y se casaron, según la agencia de noticias The Associated Press.

Después fueron a almorzar, solo ellas dos. "Por supuesto, nadie lo sabía, así que nos dejaron solas como queríamos", dijo Martin.

Pero ese matrimonio fue anulado por los tribunales ese mismo año. Cuatro años después, después de que la Corte Suprema legalizara el matrimonio entre personas del mismo sexo, se convirtieron en la primera pareja gay en casarse en San Francisco. Del Martin murió semanas después de su segunda boda a los 87 años.

"Estoy devastado por perder a Del, pero me consuela saber que pudimos disfrutar del máximo rito y compromiso del amor antes de que ella falleciera", declaró Lyon en ese momento.

En 2015, la Corte Suprema legalizó el matrimonio homosexual, abriendo un nuevo e importante capítulo en la historia de derechos civiles del país. Desde entonces la unión entre dos personas del mismo sexo es reconocida por el Gobierno federal y todos los estados.

Los líderes políticos más importantes de California expresaron su dolor este jueves y agradecieron a Lyon, y a su difunta esposa, por sus incansables esfuerzos por hacer de la ciudad un lugar mejor.

"Todos aquellos que tuvieron la bendición de conocer a Phyllis y Del recuerdan el extraordinario amor que se tenían", señaló en un comunicado la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, que también es de San Francisco. "Encontramos paz al saber que ella y Del están juntas de nuevo", concluyó.

Pelosi, además, les dedicó unas palabras en la Cámara de Representantes: "Para Phyllis [Lyon] y Del [Martin] y otras parejas LGBTQ mayores, para los trabajadores LGBTQ que se esfuerzan por mantener a sus familias, para los jóvenes, jóvenes LGBTQ, este es un momento histórico y transformador", dijo.

domingo, 29 de marzo de 2020

#hemeroteca #saludpublica #crisissociales La tormenta perfecta de autoritarismo

Ilustración de Martín Elfman
La tormenta perfecta de autoritarismo.
La crisis sanitaria amplía el poder policial en nuestras instituciones y normaliza el acoso social. Tenemos una patrulla ciudadana tras cada visillo. La España de los balcones es el país de los chivatos de terraza.
César Rendueles | El País, 2020-03-29
https://elpais.com/elpais/2020/03/27/opinion/1585301613_468266.html

‘Marea roja’ es una película de 1995 cuyo argumento gira en torno al conflicto que estalla en un submarino atómico norteamericano entre el capitán de la nave y el segundo de a bordo, en el contexto de una crisis internacional que amenaza con desencadenar una guerra nuclear. Al poco de empezar la misión se produce un incendio en el submarino. Mientras los equipos de emergencia tratan de sofocar el fuego, el capitán pide al resto de la tripulación que realice unos ejercicios de combate. Su ayudante se desespera hasta el límite de la insubordinación ante lo que le parece una irresponsabilidad en una situación crítica. Cuando todo acaba, el capitán le explica que ese era el momento idóneo para hacer unas maniobras, lo más parecido que cabía imaginar a las condiciones de estrés y caos que se dan en una batalla real.

La respuesta al incendio del coronavirus está siendo no solo una movilización general de todos los recursos sanitarios públicos, sino también de las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado e incluso el Ejército, con atribuciones sin precedentes en la historia de nuestra democracia. Seguramente son medidas inevitables, pero plantean desafíos evidentes por lo que toca a la salvaguarda de las libertades ciudadanas y al mantenimiento de los límites legales del uso de la fuerza por parte del Estado. Hay gente a la que la preocupación por un problema como ese, mientras miles de muertos se amontonan en las morgues, le resulta irresponsable y frívola. El deterioro de la democracia puede parecer un fenómeno transitorio y, sobre todo, un precio a pagar razonable en el contexto de una catástrofe sin parangón. En mi opinión, las cosas son justo al contrario. La fortaleza del Estado de derecho se demuestra en los momentos de crisis. Pensar que los derechos civiles son para cuando nos los podemos permitir es sencillamente no creer en los derechos civiles. Si en algún momento necesitamos que funcionen los mecanismos de control de las fuerzas de seguridad es cuando les otorgamos poderes extraordinarios. Y con frecuencia las pérdidas en libertades no son transitorias, sino que dejan secuelas en las instituciones y la cultura política de un país. De hecho, España sufre un déficit histórico, heredado del franquismo, en lo que respecta a la supervisión ciudadana del monopolio de la fuerza por parte del Estado. Se trata de un problema que se acentuó en el contexto de la lucha antiterrorista, cuando cualquier duda sobre las actuaciones judiciales o policiales era interpretada como un signo de deslealtad o complicidad con la violencia.

¿De verdad es razonable que la policía haya impuesto 150.000 sanciones relacionadas con el coronavirus en 12 días (el triple que en Italia en un mes)? Además, hay indicios razonables de que la vigilancia policial del confinamiento está deparando, como mínimo, algunos abusos de poder no meramente anecdóticos. En las redes sociales proliferan los vídeos y testimonios que documentan los excesos policiales y, sobre todo, un repertorio asombroso de arbitrariedades. Hace unos días, el administrador de una cuenta de Facebook que reúne a una gran cantidad de policías (tiene más de 130.000 seguidores), lanzaba un mensaje de alarma que resume bastante bien el problema: “Os pido calma y mano izquierda, compañeros. (...) Esto se ha convertido en una cacería absurda, en un descontrol de macarrismo uniformado. Somos policías”. Es comprensible que los agentes estén abrumados por una tarea gigantesca y que en ocasiones la tensión o el cansancio les lleven a cometer errores. Tampoco estoy sugiriendo de ningún modo que sea una pauta generalizada. El problema es el clima de impunidad que ampara esas conductas minoritarias.

Porque lo cierto es que muchas personas justifican e incluso jalean los abusos de poder. Esta especie de masoquismo ciudadano, de subordinación entusiasta, forma parte de un fenómeno más amplio de normalización del linchamiento social. Las personas que vigilan desde la ventana de su casa a sus vecinos y acosan a quienes salen a la calle por un motivo que no les parece apropiado se han convertido en el paisaje social de muchos barrios durante el confinamiento. Esta especie de comunitarismo represivo era bastante previsible, en realidad. A menudo, las catástrofes aumentan la cohesión, pero al precio de un incremento de la coacción social. El resultado es que ahora tenemos una patrulla ciudadana tras cada visillo. La España de los balcones era el país de los chivatos de terraza. Los medios de comunicación han señalado que muchas veces las víctimas del acoso balconero son, en realidad, personas que disfrutan de alguna excepción legal al confinamiento: niños con trastornos de la conducta, enfermos que necesitan caminar por prescripción médica o personas que salen de su domicilio para ayudar a familiares dependientes. Incluso ha llegado a surgir alguna iniciativa para que quienes tienen derecho a salir a la calle durante el confinamiento lleven una prenda distintiva que los vecinos al acecho puedan reconocer desde sus ventanas. Como si el problema fuera la puntería de los chivatos. Tal vez aún más estremecedora es su falta de empatía cuando aciertan, su incapacidad para preguntarse qué puede haber llevado a alguien a quebrantar el confinamiento arriesgándose a una multa y a los reproches de sus vecinos. Hay mucha gente imprudente e insolidaria, sin duda, pero hay también personas desesperadas, que viven muy solas y están asustadas, hacinadas en pisos diminutos o en situaciones familiares insostenibles, con problemas graves de ansiedad...

La resaca que dejará la ampliación del poder policial en nuestras instituciones combinada con la normalización del acoso social puede producir una tormenta perfecta de autoritarismo. En especial, porque se solapa sobre una tendencia aún no generalizada, pero sí creciente hacia la normalización de la democracia iliberal en nuestro país. Es un proceso que tiene hitos legales, como la Ley de Partidos y la ley mordaza, pero en el que también está desempeñando un papel destacado el Poder Judicial. La Audiencia Nacional parece haberse especializado en la persecución de supuestos delitos de opinión completamente triviales. Del mismo modo, en el contexto de la crisis catalana hemos asistido a una intensísima movilización judicial de dudosa compatibilidad con la separación de poderes. ¿Qué ocurrirá cuando se levante el confinamiento y la catástrofe económica que se avecina empiece a dar lugar a movilizaciones laborales o sociales? ¿Jueces y policías se dejarán arrastrar por la inercia represiva creada durante el estado de alarma? ¿Se seguirá apelando a la excepcionalidad de la situación y a la unidad frente a la catástrofe? ¿Continuarán las metáforas bélicas para exhortarnos a acatar las decisiones del Gobierno?

En muchos lugares del mundo la derecha radical se está imponiendo como una alternativa al derrumbe de la globalización neoliberal, ofreciendo una promesa de orden y retorno a los viejos buenos tiempos anteriores a la Gran Recesión. Las inmensas conmociones económicas que va a desencadenar la pandemia del coronavirus son un escenario perfecto para una extrema derecha capaz de conjugar un programa económico posneoliberal con una gestión inteligente del rencor social y el miedo colectivo. En realidad, un país en cuarentena se parece mucho a las distopías políticas de la nueva ultraderecha: el Ejército en la calle, llamamientos a la unidad nacional, limitación del poder autonómico, comunitarismo represivo y ruedas de prensa en ‘prime time’ a cargo de un general cuyos comunicados parecen un diálogo desechado de ‘La escopeta nacional’.

César Rendueles es profesor de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid.

jueves, 26 de diciembre de 2019

#hemeroteca #matrimonio #lesbianismo | Ellas ya se casan más que ellos: las bodas entre parejas de mujeres superan por primera vez a las de hombres

Imagen: El Diario / Brenda y María José luchan por la inscripción civil de su hijo Lennon
Ellas ya se casan más que ellos: las bodas entre parejas de mujeres superan por primera vez a las de hombres.
En 2006, primer año completo tras la aprobación del matrimonio igualitario, las bodas entre hombres constituyeron el 70% del total y en 2018 las de mujeres alcanzaron el 51,5%. Las expertas identifican como factores un aumento de la visibilidad de las lesbianas y bisexuales y el hecho de que casarse sigue siendo requisito para que las parejas de mujeres puedan inscribir a sus hijos. Los matrimonios homosexuales crecen y los heterosexuales descienden: "En muchas ocasiones, supone un reconocimiento social que estos últimos no necesitan", explica el antropólogo José Ignacio Pichardo.
Marta Borraz / Ana Ordaz | El Diario, 2019-12-26
https://www.eldiario.es/sociedad/casan-mujeres-superan-primera-hombres_0_977102690.html

Por primera vez desde la aprobación del matrimonio igualitario, las bodas entre mujeres superan a las bodas entre hombres. Según se desprende de la última estadística del Instituto Nacional de Estadística (INE) publicada hace unas semanas, en 2018 se celebraron 2.512 matrimonios entre parejas de chicas y 2.358 entre parejas de chicos. La diferencia es escasa, pero responde a la tendencia de crecimiento de las primeras en los últimos años que ha acabado por estrechar el amplio sesgo de género con el que se inauguró el matrimonio homosexual en 2005.

Ese año, apenas hubo un millar de bodas porque la ley que reformó el Código Civil entró en vigor a mitad de año, concretamente el 3 de julio. En 2006, primer año completo, se registraron 4.131 bodas entre parejas del mismo sexo, el 70% de hombres. Este es el margen que se ha contraído en los últimos años: en 2018, los matrimonios de mujeres alcanzaron el 51,5% del total.

La trayectoria de lo ocurrido con ellas y ellos es similar. El siguiente gráfico muestra cómo variaron cada año unos y otros respecto al año anterior. Por ejemplo, ambos tipos de enlaces descendieron en 2007 respecto a 2006 (las bodas entre mujeres cayeron un 20% y las de hombres hasta un 29%). Pero desde 2014 los casamientos entre personas del mismo sexo siempre han aumentado respecto al año anterior. Los últimos datos muestran que los matrimonios entre mujeres aumentaron en 2018 un 8,6% respecto a los celebrados en 2017, y un 1,5% los casamientos entre hombres.

Si analizamos la variación de unas y otras y respecto a 2006, los matrimonios 'femeninos' casi se han doblado al pasar de las 1.313 bodas de ese año a las 2.512 de 2018; y los 'masculinos' han experimentado un descenso del 21,4% (de 3.000 a 2.358). Habrá que esperar a los años siguientes para constatar si las de mujeres siguen al alza o, por el contrario, se estabilizan en el equilibrio entre géneros. "Los estudios disponibles señalan que más o menos el porcentaje de personas homosexuales en mujeres y hombres es similar, así que lo esperable es que se quede más o menos en el 50%-50%", opina el investigador y docente de Antropología de la Universidad Complutense de Madrid, José Ignacio Pichardo.

Las expertas consultadas para este reportaje coinciden en señalar varios factores que podrían haber influido en esta evolución progresiva de las bodas entre mujeres. "Por una parte, la mayor visibilidad lesbiana, que se ha ido conquistando en los últimos años y que hace que la exposición pública que supone casarse, de cara a las familias respectivas, los trabajos, etc. se perciba como menos costosa", apunta Gracia Trujillo, profesora de Sociología en la Universidad Complutense de Madrid (UCM) y activista queer.

El mismo elemento nombra Pichardo, que ha analizado la irrupción de los nuevos modelos familiares. El experto señala, en primer lugar, "la visibilización" que implica el matrimonio: "Por mucho que lo quieras mantener en secreto, es un acto público". En este sentido, la homosexualidad o bisexualidad femenina "ha estado y continúa estando cargada de un mayor estigma" con respecto a la que atraviesan los hombres, pero que en los últimos años se ha reducido.

Así, las expertas identifican el factor generacional como clave. "Personas que hoy tienen 30 años, tenían 15 cuando se aprobó el matrimonio igualitario. Prácticamente han crecido con ello", señala el investigador. El cruce de los datos disponibles de bodas con la edad de los contrayentes revela que las más comunes entre mujeres son aquellas en las que ambas integrantes de la pareja tienen entre 30 y 34 años (un 11,9% del total) y entre 35 y 39 (un 7,4%).

En el caso de los casamientos entre hombres, la cosa está mucho más repartida y el mayor porcentaje se encuentra también en la franja de entre los 30 y 34 años, pero solo alcanza un 6,4% del total.

Es requisito para inscribir a los hijos
Existe, además, otra circunstancia ineludible que influye en las bodas entre mujeres. Y es que, salvo en algunas comunidades autónomas como Catalunya, el matrimonio es requisito para inscribir a los hijos o hijas en el Registro Civil. Así lo especifica el artículo 7.2 de la Ley de Reproducción Asistida, que habla de la filiación y establece que una mujer puede manifestar que consiente en que se determine a su favor la filiación respecto al hijo nacido de su cónyuge siempre que esté "casada y no separada legalmente o de hecho con otra mujer".

La norma no exige esto mismo a las parejas heterosexuales porque el Registro Civil presupone que el hombre que acude a inscribir al bebé es el padre (lo sea o no). "Esto está haciendo que un número de estas bodas sea por esta imposición legal más que por voluntad o deseo, pero desconocemos los datos concretos", sostiene Trujillo. Por su parte, Elena Longares, miembro de LesBiCat, define este requisito como "discriminatorio de facto" hacia las parejas lésbicas o bisexuales y apunta a que en comunidades en las que no ocurre, como en Catalunya, donde ella reside, no es una exigencia, "pero sí facilita las cosas".

Más urbanización y turismo, más bodas
Si analizamos las bodas entre parejas del mismo sexo en términos globales, los datos del INE también permiten observar las diferencias territoriales. Por provincias, Madrid y Barcelona, las dos más pobladas de España, son las que registran los porcentajes más altos. Junto a ellas, Alicante, Valencia, Baleares, Tenerife y Las Palmas. En el otro extremo, se encuentran provincias de interior, fundamentalmente de Castilla y León y Aragón. Así, Teruel, Zamora, Soria y Lugo son las que menos porcentaje contabilizan.

El siguiente mapa muestra la tasa por cada 1.000 matrimonios celebrados en cada provincia entre 2005 y 2018. Por ejemplo, en Las Palmas ha habido 38 bodas entre parejas del mismo sexo por cada 1.000. En Teruel, solo 4.

De acuerdo con el análisis geográfico elaborado por Alberto Capote y José Antonio Nieto con ocasión del décimo aniversario de la aprobación de la ley, la distribución del matrimonio "guarda gran paralelismo con las provincias y ciudades que presentan un grado más alto de visibilidad homosexual" y las bodas se concentran "en los mayores centros urbanos del país y los enclaves turísticos", sobre todo del Mediterráneo y los dos archipiélagos.

En este sentido, el estudio interpreta que en las últimas décadas la diversidad sexual ha pasado a formar parte de las estrategias de marketing de algunos lugares con el objetivo de atraer a turistas homosexuales. Así, distingue dos tipos de espacios: áreas concretas en grandes ciudades, como Chueca en Madrid, o espacios denominados "satélites" en forma de ‘resorts’ para gais y lesbianas (fundamentalmente los primeros) en ciudades como Sitges en Catalunya o Torremolinos en Málaga y la España insular, por ejemplo Gran Canaria.

La importancia del reconocimiento social
La cifra de bodas entre parejas del mismo sexo contabilizada en 2006 no se volvió a repetir hasta 2016, pero esta vez motivada sobre todo por los matrimonios entre ellas. De acuerdo con los últimos datos, siguen al alza y en 2018 registraron un incremento del 12,9% con respecto a 2006. La trayectoria de los heterosexuales, sin embargo, es más titubeante y en los últimos años desciende ligeramente. Si comparamos la cifra registrada en 2018 con la de 2006, estas bodas han bajado un 20%.

Las expertas no dejan de lado "que, evidentemente, existe el amor romántico como base que caracteriza al matrimonio". También en las parejas homosexuales, según Longares. Pero, junto a ello, estas pueden estar usándolo "como herramienta". "Es un instrumento con el que mucha gente se siente más protegida en muchos sentidos. Las diferencias entre estar casada o no son abismales porque el imaginario tanto a nivel familiar como social cambia totalmente. Tiene más posibilidades de pasar de una carga negativa por ser LGTBI a, una vez que te casas, formar parte ya de la norma, de lo que es para ellos la vida real", señala.

Pichardo también considera clave esta explicación, "que sigue operando a día de hoy", y apunta a que el matrimonio, en muchas ocasiones, "fuerza un reconocimiento social que las parejas heterosexuales no necesitan". "Normalmente a un hombre y una mujer les van a tomar por pareja por defecto, pero en el caso de las parejas de mujeres u hombres, sobre todo las primeras, esto no es así", puntualiza Longares, que además incluye el elemento de la relación familiar. En base a esta idea, muchas personas LGTBI decidirían casarse para que fuera su pareja "la que decidiera sobre cuestiones como su salud" en el caso de "que hayan perdido relación con su familia" si han sido rechazados por no ser heterosexuales.

Junto a ello, también emerge el elemento de la reivindicación, citan las expertas. "Puede que haya también una parte de esto que empuje", cuenta Longares, también integrante de la Campanya Feminista pel Dret a la Reproducció Assistida. Eso teniendo en cuenta que también hubo y hay un movimiento crítico con el matrimonio dentro del propio colectivo LGTBI, pero que no es mayoritario: "Mucha gente en cuanto se aprobó quiso casarse para reivindicar que existimos. Al final, en el fondo, el tema del matrimonio es un reconocimiento de derechos civiles y, cuando la gente tiene acceso a ello, quiere reivindicarlo", concluye.