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domingo, 20 de septiembre de 2020

#hemeroteca #inmemoriam | Adiós a la jueza Ruth Bader Ginsburg, icono de las nuevas generaciones

Imagen: El País / Ruth Bader Ginsburg
Adiós a la jueza Ruth Bader Ginsburg, icono de las nuevas generaciones.
La legendaria magistrada del Tribunal Supremo estadounidense, un símbolo feminista global, falleció el viernes, a los 87 años, tras haber luchado todas las luchas justas de los derechos civiles.
Amanda Mars | El País, 2020-09-20
https://elpais.com/internacional/2020-09-19/ginsburg-icono-de-las-nuevas-generaciones.html

La juez del Tribunal Supremo estadounidense Ruth Bader Ginsburg, figura capital en la lucha por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, falleció este viernes a los 87 años. Pionera y jurista de leyenda, Ginsburg luchó todas las luchas justas de los derechos civiles desde mediados del siglo XX, como estudiante, como abogada y como magistrada. Los pleitos de discriminación que ganó ante los tribunales marcaron puntos de inflexión en las conquistas laborales y sociales, y sus votos y argumentos como miembro de la máxima autoridad judicial han ayudado a construir el cuerpo legal de los avances feministas de las últimas tres décadas.

En un país en el que el Supremo moldea el destino de la sociedad a golpe de sentencias, ella se había erigido en un ídolo progresista, una heroína juvenil, convertida siendo anciana en un sorprendente icono pop, del que se hacían camisetas y disfraces en Halloween. Fue la segunda mujer en llegar al alto tribunal, en 1993, nominada por el entonces presidente, Bill Clinton, y siguió en activo hasta el último momento, atendiendo las argumentaciones orales —que se realizaron por teléfono, debido a la pandemia— desde su cama de hospital.

Formaba parte de la minoría progresista del estrado (de cuatro jueces, frente a cinco considerados conservadores) y quiso vivir mucho, todo lo posible, obstinada en que un presidente distinto de Donald Trump escogiese a su reemplazo. El cáncer pancreático que padecía acabó imponiendo su ley.

Menuda, de aspecto frágil y efigie inconfundible —gafas, cabello peinado hacia atrás, recogido en una coleta baja— su figura llamaba la atención en las audiencias del Supremo, que solo se pueden seguir en persona y son largas batallas dialécticas, a medio camino entre la discusión técnica y el debate sofista. Este periódico estuvo en la exposición del último gran caso sobre derechos civiles de la vida de Ginsburg, el 9 de octubre de 2019. La sesión giraba en torno a Aimeé Stephens, despedida tras comunicar su condición de mujer transgénero, y a otros dos hombres que perdieron su empleo por su condición homosexual. La cuestión de fondo que los jueces debían decidir estribaba en si la ley de Derechos Civiles de 1964, que prohíbe la discriminación de los trabajadores por motivo de raza, sexo o religión, también cubría la orientación sexual y el cambio de sexo.

“Nadie pensó nunca que el acoso sexual cubriese la discriminación sobre la base del sexo en 1964. No se puso así sobre la mesa hasta un libro que se publicó a mediados de los setenta. Y ahora decimos que, por supuesto, acosar a alguien, someter a alguien a unas condiciones de empleo que serían diferentes de ser hombre, es discriminación de sexo”, replicó la juez al procurador general del Gobierno, Noel J. Francisco, que actuaba contra los despedidos y con quien ella, ya muy enferma y con un hilillo de voz, protagonizó aquel día un memorable toma y daca.

La juez Ginsburg había sufrido esa discriminación, sobre la base del sexo, en su propia piel desde el inicio de su vida pero, lejos de sucumbir, se volcó en estudiarla. Aunque tal vez la primera gran acción feminista de su vida, radical y determinante, fue enamorarse de un hombre de una pieza, un joven estudiante de Derecho llamado Martin Ginsburg, que la apoyó y consideró como una igual desde el principio y la siguió en su carrera en Washington, cuando el presidente Jimmy Carter la hizo juez federal, con la misma naturalidad que ella se había dedicado a él años antes.

Ruth Bader nació en Brooklyn, Nueva York, el 15 de marzo de 1933, en el seno de una familia de comerciantes modestos, que regentaban una tienda de sombreros y peletería. Creció como hija única, ya que su hermana mayor murió de meningitis a los seis años, cuando Ruth apenas era un bebé, y perdió a su madre a los 17 años, justo antes de acabar el instituto. Estudiante brillante, logró una beca para empezar sus estudios en la Universidad de Cornell, donde conoció a Martin. “Fue el primer chico que conocí al que le importaba que yo tuviera cerebro”, contó ella años después. Se casaron nada más graduarse, en 1954, y después se matricularon juntos en Harvard.

Ginsburg era allí una rareza, una de las nueve mujeres entre los más de 500 alumnos varones de aquel curso. Solo a ellas el entonces decano las convocó a una cena y les hizo explicar, una por una, por qué consideraban que debían estar en el lugar que podría ocupar un hombre. En su segundo año, se colocó entre los 25 mejores estudiantes. En el tercero, cuando ya era padre de la primera de sus dos hijos, Martin fue diagnosticado de cáncer testicular, así que Ruth seguía sus propias clases, cuidaba de la casa y de la niña y, por las noches, mecanografiaba los apuntes que le pasaban los compañeros de él.

Martin, un año mayor, se graduó a tiempo pese a la enfermedad y, cuando recibió una oferta de trabajo en Nueva York, se mudaron juntos. Ruth acabó Derecho en la Universidad de Columbia con un expediente de oro, pero ni un solo despacho de abogados de la ciudad le dio trabajo, así que comenzó a dar clases en la universidad. En los setenta la gran organización de derechos civiles de Estados Unidos (ACLU, en sus siglas en inglés) la fichó y desde allí defendió y ganó casos trascendentales.

En 1973, por ejemplo, llevó hasta el Supremo —entonces formado solo por hombres— el caso de la teniente Sharon Frontiero, que se había visto privada junto a su marido de los subsidios a la vivienda que sus compañeros y esposas recibían de forma automática. Ganó y acabó con el doble rasero de las ayudas del Ejército. En 1975, mostró como la discriminación sexual no solo era nociva para las mujeres, sino también para los hombres, por la demanda del joven viudo Stephen Wiesenfeld. Cuando Wiesenfeld pidió ayudas a la Seguridad Social para criar a su bebé, se las negaron porque estaban destinadas solo a mujeres. También el Supremo le dio la razón y cambió la historia.

Era una ferviente defensora del derecho al aborto, pero rechazaba la lógica argumental que el Supremo usó para decidir su constitucionalidad en todo el país (el famoso caso Roe contra Wade, en 1973), no basada en la idea de igualdad entre sexos. Su distancia de aquel caso le supuso algunas críticas de los flancos más progresistas del país cuando fue nominada como juez del alto tribunal. Con todo, en un tiempo muy distinto del actual, de otra altura política, Ginsburg salió confirmada por el Senado por una abrumadora mayoría bipartita, de 96 votos a favor por tres en contra. La primera mujer en llegar al órgano, Sandra D. O’Connor, en 1981, había sido confirmada por unanimidad.

El libro Hermanas de ley, de Linda Hirshman, repasa el trabajo que ambas llevaron a cabo juntas pese a proceder de galaxias aparentemente lejanas: una era neoyorquina y la otra procedía de la rural Arizona; una era judía y la otra de la iglesia episcopal, una era progresista y la otra conservadora moderada. Ante su primer gran caso por discriminación ya como juez del Supremo, en 1996, Ginsburg se valió de la base legal sentada años atrás por O’Connor. Una joven demandó poder entrar en la prestigiosa escuela militar de Virginia, hasta entonces reservada solo para hombres. Ginsburg argumentó que todas las mujeres que cumplieran los requisitos tenían derecho a asistir, sobre la misma base que en 1982 su colega opinó que la escuela de enfermería de Mississippi no podía vetar a hombres basándose en estereotipos arcaicos. De nuevo, mostraron cómo los sesgos no dejaban víctimas solo en el lado de las mujeres.

El giro conservador que dio el tribunal a partir de la Administración de George W. Bush resaltó el protagonismo de sus opiniones, a menudo disidentes, y escritas con un lenguaje sencillo, directo. Una vez contó que, cuando sabía que iba a oponerse a la mayoría, se ponía un collar colorido muy específico, que, en pleno boom de su popularidad, se hizo famoso conocido como el “collar de la disidencia” y llevó a la cadena de ropa Banana Republic a lanzar un diseño similar.

Empezaron a surgir libros, documentales y sus fans comenzaron a llamarla “Notorious R.B.G.”, en un guiño al rapero Notorious B.I.G. Pese a su disidencia, la serenidad caracterizaba sus intervenciones. Ella solía recordar el consejo de su madre: “Sé una dama y sé independiente”. En la campaña electoral de 2016 rompió una ley sagrada para un juez del Supremo y se pronunció contra Trump, tachándolo de “fraude”.

Con la ola feminista del Me Too, la fiebre por la juez Ginsburg cobró fuerza. Amante de la ópera, recibía una ovación cada vez que pisaba el Kennedy Center de Washington. Incluso llegó a aparecer en escena en alguna ocasión, interpretando un texto hablado. Un acompañante habitual fue el magistrado conservador Antonin Scalia, también fallecido, con quien mantuvo una fraternal amistad. Su esposo, Martin, falleció en 2010 por cáncer. Ella recordaba con adoración cómo su esposo se había hecho cargo de la familia durante esas largas jornadas que significaban su trabajo en Washington.

La salud de la juez se fue quebrando con los años, fue tratada cuatro veces por cáncer, y sufrió caídas con fracturas de huesos. En cada percance, a la mitad de Estados Unidos se le encogía el corazón, ya que los jueces del Supremo ocupan cargos vitalicios y, si Trump podía nominar a otro juez (ya lleva dos), consolidaría el giro conservador del alto tribunal por muchos años. Ella prometió que no se retiraría.

El viernes por la noche, centenares de personas se congregaron de forma espontánea ante el Supremo a rendir homenaje a la magistrada. Aimee Stephens, la mujer transgénero para la que luchó unas de sus últimas luchas justas también murió este 2020, en mayo. No pudo ver que cuatro semanas más tarde, el Supremo le iba a dar la razón gracias, entre otros, al esperado voto de Ruth Bader Ginsburg.

miércoles, 9 de octubre de 2019

#hemeroteca #lgtbi #lgtbifobia #justicia | Dos Américas chocan en la última batalla por los derechos LGTB en el Supremo

Imagen: El País / Activismo LGTBI frente al Tribunal Supremo
Dos Américas chocan en la última batalla por los derechos LGTB en el Supremo.
En una audiencia para la historia, jueces conservadores y progresistas discrepan sobre si la Ley de Derecho de Civiles protege a gais y transgénero contra la discriminación laboral.
Amanda Mars | El País, 2019-10-09
https://elpais.com/sociedad/2019/10/08/actualidad/1570560499_786985.html

El choque entre lo que prácticamente parecen dos naciones se hizo palpable este martes en una audiencia del Tribunal Supremo de Estados Unidos que pasará para la historia al abordar algo crucial, si la Ley de Derechos Civiles de 1964 protege también a gais y transgénero de la discriminación laboral. El cuerpo de jueces, que ha experimentado un giro conservador en los dos últimos años, con los nombramientos de la Administración de Donald Trump, mostró su división de opiniones durante la argumentación oral. Mientras, en la calle, los manifestantes por la libertad sexual chocaban con grupos ultrarreligiosos. Sobre la mesa se juegan tres casos particulares de despidos convertidos en parteaguas para el colectivo LGBT.

“¡Este es el aspecto de la democracia!”, “Igualdad”, “Los derechos de los gais son derechos humanos”. Los manifestantes coreaban cánticos ante las icónicas escalinatas del Supremo, las mismas ante las que se han celebrado o maldecido otras sentencias históricas, como la que legalizó el aborto en todo el país, la que acabó con la segregación racial en los espacios privados o la que validó el derecho a quemar la bandera de Estados Unidos. Todas estas decisiones que han transformado la sociedad estadounidense partieron de casos particulares. Este martes, allí dentro, frente a cinco jueces de perfil conservador y cuatro progresistas, se discutían los de tres personas particulares también llamadas a cambiar el futuro de la comunidad LGBT.

Aimee Stephens, una mujer transgénero de Michigan, fue despedida en 2013 en una funeraria cuando le dijo a su jefe la transición en la que se hallaba y pretendía hacer pública en el trabajo, donde hasta entonces había sido contratada siete años atrás como un hombre llamado Anthony. Gerald Bostock perdió su empleo como trabajador social en Georgia el mismo año tras apuntarse a una liga de fútbol LGBT. Y el monitor de paracaidismo Daniel Zarda corrió la misma suerte en 2010, cuando, para tranquilizar a una clienta que recelaba de pegarse a él durante un salto, le reveló que era “100% gay”.

En los tres casos, tanto la defensa de los trabajadores como la de los empresarios gira en torno a la misma idea: el título VII de la Ley de Derecho Civiles de 1964 prohíbe la discriminación con motivo de raza la religión y el sexo, pero ¿cómo interpretar esto último? ¿”Sexo” cubre también la identidad de género y la orientación sexual? En la mayor parte de Estados Unidos, vetar a trabajadores por su orientación sexual o por su identidad de género es legal, de modo que lo que decidan los jueces puede significa prohibir la discriminación laboral a la comunidad LGBT por primera vez en todo el país.

Pamela Karlan, la abogada en representación de los empleados gais, alegó que toda discriminación con motivo de orientación sexual conlleva, per se, un acto de discriminación con motivo de sexo también. “Despide a un hombre por salir con un hombre, cuando no despediría a una mujer por salir con un hombre”, señaló ante los jueces. “Nadie dice que sexo y orientación sexual sean lo mismo, pero cuando hay discriminación por orientación sexual también hay una parte de discriminación por sexo”. Además, arguyó, también supone discriminación en función de los estereotipos del empleador, sobre cómo debe ser el comportamiento de hombres y mujeres.

“Lo que usted quiere es cambiar el significado de la palabra sexo”, recriminó el juez Samuel Alito, uno de los conservadores. “Ampliar el significado de esa palabra sería actuar como legisladores”, protestó. El Supremo no puede alterar el sentido de las leyes, por injustas que les puedan parecer, solo interpretarlo, de modo que, si la palabra sexo no cubre orientación sexual, los jueces no pueden modificarlo. Solo el Congreso tiene esa potestad. Ese es el principal argumento en contra de la demanda de los trabajadores. Lo manifestó el también conservador Neil Gorsuch. Aunque reconoció fuertes argumentos para apoyar a los despedidos, dijo, el asunto correspondía a los legisladores: “Es una cuestión de modestia judicial”.

Sin embargo, el significado de la palabra sexo en el Titulo VII sí ha ido reinterpretándose a lo largo de los años, como recordó la jueza progresista Ruth Bader Ginsburg. El concepto de acoso sexual, que no era conocido en 1964 y difícilmente estaba contemplado por los legisladores de la época, sí fue reconocido como un motivo de discriminación por cuestión de sexo desde 1998. Y en otro fallo, de 1989, también se aplicó el concepto de discriminación sexual a los estereotipos. La progresista Sonia Sotomayor clamó que, sencillamente, “se despide a los trabajadores simplemente por ser gais, no se puede negar”. “En algún momento tendremos que meternos”, recalcó.

En el caso de Stephens, los abogados argumentan además que si la mujer de Michigan hubiese nacido con el sexo de mujer, su jefe no la hubiese despedido “por vivir abiertamente como una mujer”, así que hay discriminación con motivo de sexo. Además, su despido también incluye algo sí reconocido en el pasado como tal, y es el hecho de que ella no cumplía la idea que tiene el dueño de la funeraria “de cómo hombres y mujeres deberían identificarse, mirar y actuar”. El abogado de la funeraria, John Bush, alegó que "tratar a hombres y mujeres por igual no significa tratar a los hombres como si fueran mujeres", recalcando que no considera a Stephens una mujer. El dueño de la empresa, Thomas Rost, justificó el despido defendiendo, entre otros motivos, que comportarse como una mujer suponía "contravenir los mandamientos de Dios".

El asunto irrumpe en un Supremo que acaba de experimentar un importante giro conservador impulsado por la Administración de Donald Trump a través de los dos últimos nombramientos (Neil Gorsuch en 2017 y Brett Kavanaugh en 2018). Se trata, además, del primer caso sobre derechos LGBT tras la jubilación del juez Anthony Kennedy, un conservador centrista cuyo voto de desempate fue clave en las últimas conquistas de los gais, como el matrimonio igualitario. Su sustituto es Kavanaugh, un conservador de la vieja escuela que llegó al cargo marcado por las acusaciones de abuso sexual y este martes apenas tomó la palabra.

La decisión del tribunal llegará en verano de 2020, en plena campaña electoral de las presidenciales de noviembre, donde el Supremo suele desempeñar un papel relevante en la decisión de voto. El nombramiento de los jueces, puestos de carácter vitalicio, es potestad del presidente, y Trump ya ha conseguido nombrar a dos. Por eso, la edad y salud quebradiza de Ginsburg, de 86 años, preocupa tanto a esa mitad del país que se manifestaba este martes ante las escalinatas.

La actriz transgénero Laverne Cox, conocida por la serie 'Orange is the New Black', y Sara Ramírez, abiertamente bisexual, de 'Anatomía de Grey', acudieron a arropar el caso de Aimee Stephens y los otros dos despedidos. A Daniel Zarda, fallecido en 2014 en un accidente de paracaidismo, los representaba su hermana. Aimee, en silla de ruedas, con sesiones de diálisis semanales a la espalda, se veía abrumada entre tanta gente y cámaras de televisión.

Brittney Benpelt, una joven afroamericana de 22 años pancarta en mano, no daba crédito a que “aún haya gente que pueda perder su trabajo por ser gay”. Benpelt, perteneciente a una generación que creía enterrado el armario, protestaba por “tener que venir a defender en los tribunales lo que debería ser un derecho automático para todo el mundo”.

martes, 22 de enero de 2019

#hemeroteca #transfobia | El Supremo permite a Trump vetar a los transexuales en los ejércitos

Imagen: El País / Protesta contra la discriminación LGTBI, Nueva York
El Supremo permite a Trump vetar a los transexuales en los ejércitos.
La prohibición no había entrado en vigor aún en Estados Unidos.
Yolanda Monge | El País, 2019-01-22
https://elpais.com/sociedad/2019/01/22/actualidad/1548174050_600081.html

El Tribunal Supremo de Estados Unidos se alinea con Trump y mantiene el veto a los militares transgénero. La más importante instancia judicial del país, de mayoría conservadora, en un comunicado breve y sin firmar, permite que la prohibición de la Administración republicana entre en efecto mientras que se tienen en cuenta apelaciones en tribunales inferiores.

Los jueces progresistas del Supremo, Ruth Bader Ginsburg, Stephen Breyer, Elena Kagan y Sonia Sotomayor disintieron. Se hace una excepción para aquellas personas transgénero que ya estén dentro de las fuerzas armadas pero siempre y cuando acepten "servir conforme a su sexo biológico".

En julio de 2017, a través de Twitter y por sorpresa, Donald Trump anunció que después de consultar con sus generales y expertos militares, el Gobierno de Estados Unidos no aceptaría ni permitiría individuos transgénero en el Ejército. El mensaje del mandatario tenía una brutal carga discriminatoria y dinamitaba la política de integración impulsada por su antecesor, Barack Obama. “Nuestros militares deben estar centrados en la victoria y no pueden cargar con los tremendos costes médicos y la alteración que los transgéneros supondrán en el Ejército”, afirmó entonces Trump. Los datos oficiales en este campo datan de 2016 y establecen que casi 9.000 militares se identifican como transgénero en Estados Unidos.

Aunque las cifras siempre han sido objeto de discusión. un estudio de JAMA (Asociación de Médicos de EE UU, siglas en inglés) ha establecido que cerca de 13.000 ya pertenecen al ejército (1%) y que los médicos militares no están preparados para atenderlos y mucho menos para asegurar su correcta transición. Pero según datos de la organización de defensa de los derechos de las personas transgénero (National Center for Transgender Equality) ese número asciende a cerca de 15.000 y “la decisión del Supremo pone sus carreras y modo de vida en cuestión”.

El Tribunal, con mayoría conservadora tras la llegada del polémico juez Brett Kavanaugh a finales del 2018, ha decidido que la propuesta del Departamento de Defensa estadounidense puede entrar en vigor próximamente. "La decisión del Tribunal Supremo (5-4) concede la solicitud de la Administración Trump para permitir que el veto del servicio militar de las personas transgénero entre en efecto, mientras que las apelaciones se escuchan en tribunales inferiores".

El Pentágono anunció en junio de 2016 que las personas transgénero podrían servir abiertamente en las filas del Ejército y que se crearía un programa para llevar a cabo y costear la transición de género para los militares que lo solicitaran. La medida de Barack Obama fue ambiciosa y rompió con largos años de oscuridad y discriminación. Se acababa con las normas que propiciaban que los militares ocultaran su identidad sexual por miedo a ser castigados o vejados. En 2010, la Administración demócrata había permitido que los homosexuales sirvieran en el Ejército acabando con la norma dictada bajo Bill Clinton conocida como 'Dont Ask Dont Tell' ('No preguntes, No digas'), que en 1993 estableció que los homosexuales pudieran integrar el estamento militar siempre y cuando no declarasen su condición sexual. A cambio, nadie tenía derecho a preguntarles por ella.

En 2016, los militares “solamente por ser individuos transgénero” ya no podían ser “involuntariamente separados, despedidos o que les negara realistamiento o continuación de su servicio”. A partir del 1 de octubre de ese año, los uniformados que lo desearan empezaron a poder recibir tratamiento médico para su reasignación de sexo. Y a partir de julio de 2017, se aceptarían las peticiones de entrada al Ejército de personas transgéneros que llevaran al menos 18 meses “estables” con su nuevo género y que debían superar los mismos requisitos físicos y mentales que el resto de solicitantes.

Pero entonces llegó Trump, quien consideró que la doctrina Obama iba a salir muy cara a pesar de que hubo incremento presupuestario para el estamento militar en aquel ejercicio (54.000 millones de dólares más). El primer día de julio de 2017, justo cuando la medida iba a entrar en vigor, el Pentágono anunció su paralización. El entonces secretario de Defensa de Trump, James Mattis, intentó justificar la decisión refugiándose en que la medida requería un estudio detallado. ¿Afectará a la disposición y letalidad de las fuerzas? Dicho de otro modo, ¿cómo influirá en la capacidad militar de defender la nación?”.

Tres tribunales federales echaron el freno al veto de Trump por considerar que constituía discriminación constitucional. Y el presidente recurrió al Supremo para pedirle que le permitieran poner en marcha su legislación mientras esas otras cortes estudiaban los casos. Eso es lo que ha sucedido hoy, lo que significa que en teoría el Pentágono puede desde este momento aplicar la prohibición de que estén en filas las personas transgénero. Como el Tribunal Supremo no verá este caso en este curso judicial, se abre un periodo de más de un año por delante en el que Defensa tiene barra libre para aplicar el veto de Trump.

lunes, 4 de junio de 2018

#hemeroteca #homofobia #justicia | El Supremo de EE UU respalda al pastelero que no quiso hacer una tarta nupcial para una pareja gay

Imagen: El País / Jack Phillips, el pastelero 'artista' y homófobo
El Supremo de EE UU respalda al pastelero que no quiso hacer una tarta nupcial para una pareja gay.
Los jueces evitan pronunciarse sobre el fondo de la cuestión, si un negocio tiene derecho a no servir a clientes homosexuales con la religión como argumento.
Amanda Mars | El País, 2018-06-04
https://elpais.com/internacional/2018/06/04/actualidad/1528123831_997331.html

El Tribunal Supremo de Estados Unidos dio este lunes la razón al pastelero de Colorado que en 2012 rechazó elaborar una tarta nupcial para la boda de dos hombres alegando sus creencias religiosas. Los jueces han amparado al artesano por una mayoría de siete a dos al considerar que la justicia del Estado no había sido neutral, pero evitan pronunciarse sobre el fondo de la cuestión, si un negocio tiene derecho a no servir a clientes homosexuales con la religión como argumento.

La sentencia estaba llamada a ser parteaguas en la historia de los derechos civiles, como la que legalizó el matrimonio gay en todo el país a partir de un caso en concreto o la que vetó la segregación racial en espacios privados. Pero los jueces ha evitado emitir una opinión general sobre dónde acaba la libertad religiosa y empieza la discriminación a los homosexuales en la prestación de servicios. Aun así, supone un varapalo para la comunidad LGTB, que en los últimos tiempos han visto retroceder varias conquistas sociales.

Charlie Graig y Dave Mullins acudieron en julio de 2012 a la pastelería de Jack Philips en Lakewood, un suburbio a las afueras de Denver (Colorado), y le dijeron que querían encargar una tarta para su boda. Philips se negó, argumentado que eso violentaba sus creencias, y la pareja lo denunció ante la Comisión de Derechos Civiles, que le dio la razón. La justicia estatal lo ratificó en 2015. El pastelero llevó entonces el caso hasta el Supremo y este lunes salió victorioso.

El alto tribunal está formado por nueve jueces de mayoría conservadora, pero el fallo ha salido con el apoyo también de dos de los cuatro considerados progresistas. El apoyo al dueño de la pastelería Masterpiece Cakeshop estriba en lo que consideran un sesgo antirreligioso de la Comisión de Derechos Humanos de Colorado, que fue la que en primera instancia había multado al pastelero. “El tratamiento de este caso tiene algunos elementos de una clara e intolerable hostilidad hacia las sinceras creencias religiosas”, señala el juez Anthony Kennedy, en la opinión mayoritaria. Sin embargo, recalca que “el resultado de casos como este en otras circunstancias deben aguardar a una mayor elaboración en el Tribunal”.

Es ilegal que un comercio rechace a un cliente en función de su raza, religión u orientación sexual. Pero en su argumentación, el pastelero Jack Philips se define como artista y apela a la libertad expresión, primera enmienda de la Constitución, para defender su derecho a no elaborar una tarta nupcial para homosexuales. No les discrimina a ellos, dice, porque está dispuesto a venderles, dice, cualquier otro dulce. Pone como ejemplo que tampoco elabora tartas con motivo de Halloween o con mensajes ateos.

El argumento tropieza con el hecho de que los reparos a la tarta de Halloween tienen que ver con la tarta en sí, independientemente de quien lo compre, sin importar su raza, religión u orientación sexual. Pero las tartas nupciales para parejas gay no existen como tal, pues un pastel no tiene género ni orientación sexual. Philips rechaza elaborar para dos homosexuales la misma tarta que sí elabora para una pareja heterosexual. Su negativa no tiene que ver con el productos, sino con la orientación sexual de quien lo quiere servir en su boda. El conflicto no tuvo que ver con el diseño de la tarta, ya que, como reconoce el Supremo, las partes no llegaron a hablar sobre ello, ya que la negativa de Philips fue inmediata y explícita: no hacía tarta para bodas entre personas del mismo sexo.

Al no pronunciarse sobre el fondo del caso, el Supremo deja en el aire lo que va a ocurrir con otros casos pendientes similares, como el de floristas, diseñadores o fotógrafos que han rechazado trabajar en bodas de personas del mismo sexo. En su voto discrepante, las juezas progresistas Sonia Sotomayor y Ruth Bader Ginsburg advierten que, independientemente de lo que se pueda pensar de las declaraciones de “unos o dos” miembros de aquella comisión de Colorado que el Supremo pone en entredicho, estas no debería ponerse por encima del hecho de que Jack Philips se negó a hacer una tarta de boda para una pareja y el motivo es que eran homosexuales.