Mostrando entradas con la etiqueta 20180119-120. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 20180119-120. Mostrar todas las entradas

lunes, 22 de enero de 2018

#hemeroteca #cine #vih | Robin Campillo, cineasta: «Los musulmanes son los nuevos maricones»

Imagen: Google Imágenes / Robin Campillo
Robin Campillo, cineasta: «Los musulmanes son los nuevos maricones»
El virus de la inmunodeficiencia humana, en pantalla.
Nando Salvá | El Periódico, 2018-01-22
http://www.elperiodicodearagon.com/noticias/escenarios/los-musulmanes-son-nuevos-maricones_1258283.html

La tercera película de Robin Campillo, '120 pulsaciones por minuto', recuerda los primeros años de la epidemia del sida en Francia recreando las luchas de Act Up Paris, un grupo de activistas que usaron métodos de guerrilla para dar visibilidad y lograr una mayor implicación del Gobierno y las farmacéuticas en la lucha contra la enfermedad. Tras obtener el Premio Especial del Jurado en Cannes, la película acaba de estrenarse en nuestro país.

–¿Hasta qué punto es autobiográfica su película?
–Esencialmente, es la historia de mi juventud. Yo acababa de entrar en la escuela de cine cuando las primeras imágenes de la crisis del sida en Estados Unidos empezaron a aparecer en la prensa francesa a principios de la década de los 80. Esas imágenes brutales y esos titulares que anunciaban cómo los homosexuales serían barridos por el virus me dejaron totalmente paralizado por el miedo. De repente, el cine me pareció algo trivial. Después de todo, los directores que yo siempre había admirado, como Robert Bresson y François Truffaut, jamás se habían preocupado por asuntos como virus y enfermedades.

–¿Cómo reaccionó ante ese miedo?
–Me borré de la vida, por decirlo de alguna manera. Dejé de tener relaciones sexuales por miedo al contagio, incluso dejé de ver a mis amigos. Perdí mi juventud, mientras me llegaban noticias de gente cercana a mí que caía enferma. Afortunadamente, en 1992 entré en Act Up y poco a poco fui recuperando mi ánimo y mi espíritu creativo. Dejé de ser una víctima. La vergüenza de ser gay había sido reemplazada por la vergüenza de estar enfermo, pero gracias a Act Up y otros grupos el orgullo volvió a imponerse entre nuestra comunidad.

–La película habla de tragedia y muerte, pero está llena de humor y alegría de vivir.
–Éramos gente joven y nos estábamos muriendo, y lo que nos empujaba a luchar por sobrevivir no era la promesa de una familia y un trabajo, sino el placer del sexo y la música y las drogas y todo eso. Teníamos un gran espíritu hedonista que es inconfundiblemente gay, y que yo he querido reflejar en la película.

–¿Es un homenaje a los amigos que fueron víctimas y murieron?
–Sinceramente, me interesa más la gente que sobrevivió. Muchos seropositivos se volcaron en la lucha contra la enfermedad y en Act Up, y sus carreras quedaron en suspenso. Hoy en día muchos viven existencias precarias, algunos siguen sometidos a la medicación. Lo que más me emociona es todo lo que esa gente ha perdido. Si te preocupas demasiado por aquellos que murieron, te olvidas de los que siguen vivos.

–¿Sigue vinculado al activismo?
–Estoy bastante desconectado. En general, los movimientos políticos eran mucho más poderosos en los 90. Entonces no había internet, y para hacer ruido y crear confrontación había que salir a la calle. Hoy la gente se contenta con ponerse agresiva en Twitter. En la actualidad, la sociedad ha renunciado a la lucha política.

–¿No cree que se ha dado al sida por muerto antes de tiempo? Después de todo, siguen dándose casos.
–Y están aumentando en número, de hecho. Por eso me parece grotesco que la juventud esté dejando de usar el condón en sus relaciones sexuales. A nosotros los condones nos cambiaron la vida; gracias a ellos recuperamos nuestra vida sexual y nuestra alegría. Nunca me han gustado, pero los he usado siempre. Y comprendo el deseo de los jóvenes de tener sexo sin usarlos, pero me da miedo que piensen que están protegidos por arte de magia. Sinceramente, creo que las campañas de prevención deberían volver a activarse, al menos en mi país.

–¿Cómo describiría la evolución de la imagen que la sociedad tiene de la enfermedad?
–Cuando presentamos la película en el festival de Cannes, tuvimos la sensación de que todo el mundo se esforzaba por dejar claro lo mucho que apoyaba a Act Up. Era como si todos quisieran demostrar su implicación con la causa. Como si todos los franceses hubieran estado en Act Up del mismo modo que todos los franceses habían estado en la resistencia en la segunda guerra mundial. Mentira. En su día se nos despreciaba y se nos llamaba «maricones de mierda» en las calles. Es solo que ahora han encontrado un nuevo enemigo, la religión. Los musulmanes son los nuevos maricones.

sábado, 20 de enero de 2018

#hemeroteca #cine #vih | Robin Campillo: "Decidimos convertirnos en diablos, en maricas malos, y acabar con la ley del silencio del SIDA"

Imagen: Público / Robin Campillo
Robin Campillo: "Decidimos convertirnos en diablos, en maricas malos, y acabar con la ley del silencio del SIDA".
El cineasta recupera la memoria de la lucha contra el SIDA de los 90 en Francia en '120 pulsaciones por minuto', película política, combativa y, al mismo tiempo, humanista, poética, emocionante y con momentos de gran cine. Se alzó con el Gran Premio del Jurado en Cannes.
Begoña Piña | Público, 2018-01-20
http://www.publico.es/sociedad/120-pulsaciones-robin-campillo-decidimos-convertirnos-diablos-maricas-malos-acabar-ley-silencio-sida.html

"Me retiré de la vida. En 1983 dejé de tener relaciones sexuales, tenía miedo. No tenía idea de si estaba infectado o no. Muchos de mis amigos enfermaron. Viví una pesadilla". Son confesiones, del cineasta Robin Campillo, recordando los años más crueles y bárbaros del SIDA en Europa, un tiempo en el que empezó a pensar en hacer una película donde capturar "esa sensación de no estar muerto, pero de no estar completamente vivo". El resultado, '120 pulsaciones por minuto', una película combativa, política, tierna y con momentos de gran cine, ha llegado después de tres décadas. Y conmociona.

Gran Premio del Jurado en el Festival de Cannes, esta historia recupera la memoria perdida de la lucha contra el SIDA, pero, sobre todo, desde y para la mirada de este siglo XXI, rescata la liberación de pertenecer a "un colectivo feliz, aunque fuera muy duro porque la gente estaba muriendo". Activismo, movimientos asociativos, solidaridad y lucha, para tiempos muy difíciles, que Campillo retrata casi desde el tono documental al tiempo que utiliza el más hermoso lirismo para contar una historia de amor, para transmitir el dolor, la fatiga de la enfermedad, el miedo.

'120 pulsaciones por minuto', que participó en el Festival de San Sebastián en su Sección Perlas, narra el nacimiento del colectivo Act-Up en París, dos años después de su fundación en Nueva York en 1987. Colectivo de acción directa, se convirtió en una auténtica revolución, con sus miembros paseando por las calles carros con montañas de 'supuestos' cadáveres. En él sus miembros dejaron de ser víctimas y se transformaron en enérgicos luchadores. "Decidimos convertirnos en diablos, en maricas malos, y acabar con la ley del silencio del SIDA". La honestidad de Campillo, protagonista directo de aquello, y la humanidad casi invencible que transmite el actor Nahuel Pérez Biscayart (en el papel de Sean Dalmazo) reflejan lo grande y urgente de esta tragedia desde el mejor cine.

P. La película nace de su propia experiencia, pero los recuerdos se convierten en una especie de ficción con el tiempo, ¿cómo rememora ahora las sensaciones de entonces?
R. Recuerdo que estábamos muy enfadados por el silencio que había alrededor del SIDA, de los enfermos, del tratamiento… y me uní a Act-Up por esa rabia que tenía, como la mayoría, infectados o no. Decidimos convertirnos en diablos, en maricas malos, y acabar con la ley del silencio del SIDA. No queríamos ser víctimas y lo que menos nos importaba en ese momento era dar buena imagen de la homosexualidad.

P. Act Up en Francia tuvo muchísima fuerza…
R. En Francia ha sido el último movimiento político que ha expresado algo diferente. Con Act Up por primera vez unos enfermos transformaron la enfermedad en un objeto político. El movimiento es contestatario porque es muy legítimo, por eso tuvo una fuerza increíble, es lo mismo que pasa con el aborto. Las personas del movimiento no tenían tiempo, estaban débiles, aquello era una emergencia, pero también dio mucha fuerza. Para todos fue una lucha política muy poderosa y personal.

P. La dimensión política de la película ¿qué mensaje transmite al espectador de hoy?
R. La biopolítica de los activistas contra el SIDA tiene relación con la revolución de las comunas de 1948, con las últimas revoluciones del siglo XX. No es lo mismo defender los derechos de los animales que la lucha de las mujeres por el derecho al aborto, Act Up era como ésta última. No se trata de defender una causa, es una lucha. Por cierto, que en la película quiero mostrar la energía de las mujeres que participaron en el movimiento, lideraron el grupo, organizaron muchísimas acciones. Por supuesto, cometimos errores y eso también está en la historia. Se luchaba contra el SIDA y contra la moral intolerante. Hoy en Francia hay racismo por todas partes, violencia policial, hay una irrupción de la política rápida. Es un país reaccionario y ese fondo reaccionario ha estado siempre y siempre ha tropezado con la revolución de pensamiento de los movimientos sociales. Europa y Occidente están bastante apagados hoy. Necesitamos acción.

P. ¿Hay que reactivar el movimiento asociativo?
R. Al comienzo de Act Up, Didier Lestrade, uno de sus fundadores, explicó que tardaron seis meses en crear las bases del grupo. "Todos estos gais juntos, ¿cómo vamos a hacerlo?" Eso no era lo que más me interesaba en la película. Ahora, mucha gente joven cuando ve la película se emociona con la causa política, pero me doy cuenta de que necesitan un motivo. Si no necesitas luchar de un modo vital… Muchos jóvenes no conocen siquiera Act Up.

P. La película viaja entre lo colectivo y lo individual. ¿Ha sido complicado conseguir el equilibrio entre ambos?
R. Me ha dado mucho trabajo. Hice primero un guion de toda la primera parte, definí el elemento espacio tiempo, el anfiteatro blanco donde se crean las ideas, donde se reúne el colectivo. Toda esa gente hablando de las cosas que se podían hacer, de las acciones que iban a llevar a cabo… y eso tenía que mezclarlo con escenas con una atmósfera casi onírica. Estaban las ideas, el colectivo, pero también la discoteca, la fiesta, el lugar donde bailan, donde están fuera del mundo… Es como la vida, tenemos percepciones diferentes en distintos momentos. Tenía que conseguir la libertad de ir de un personaje a otro y comprender quién estaba en el centro en cada escena.

P. Parte del compromiso de la historia es con el dolor, con la enfermedad, con la soledad…
R. En la película enseño algunas partes de la enfermedad. Hubo personas que me advirtieron de que podría haber sido cine gore si me pasaba en esto. Esta enfermedad debilita a los enfermos, los afea y la pérdida de fuerza es lo peor. Todavía lloro al ver el cuerpo muerto de Sean (el personaje). Él asume esa fatiga que es terrible, la enfermedad. Con ello trato de enseñar lo terrible que es el fin de la vida, el dolor, la fatiga… Cuando estaba rodándolo me recordó a mi madre enferma y a los momentos de dolor interminables. Ella murió unos meses antes del rodaje y en el hospital, al mirarla, me acordaba de los amigos muertos en aquella época. Eso me revolvió mucho y volví a ese momento. Era importante reflejar la soledad del personaje central en la última fase.

P. Sean en el hospital, donde usted ha rodado una tierna, emocionante y maravillosa escena sexual. ¿Qué quiere contar?
R. Esa escena ha variado mucho, era más pornográfica al principio, aunque solo se iban a ver las caras de los actores. Lo que quería transmitir no era el sexo, sino que quería que el espectador se diera cuenta de que esa iba a ser la última vez que Sean iba a tener sexo. Me enternece mucho, Sean intenta masturbarse y no lo consigue. El de su amigo es un gesto de amor. Es muy dulce. Sean acaba emocionado y llorando y eso no era parte del guion, fue la reacción de Nahuel y de otros del equipo.

jueves, 18 de enero de 2018

#hemeroteca #vih #cine | ¡A las barricadas!

Imagen: El País / Fotograma de '120 pulsaciones por minuto'
¡A las barricadas!
Implacable, rigurosa, respetuosa, crítica, palpable y verdadera, la película abarca todos los ámbitos
Javier Ocaña | El País, 2018-01-18
https://elpais.com/cultura/2018/01/18/actualidad/1516298176_468824.html

La historia de la humanidad, centrada habitualmente en las grandes guerras, en los conflictos masivos, también está constituida por el estudio de los procesos sociales, de las pequeñas grandes revoluciones, transformadoras del presente y del futuro de los seres humanos y de sus sociedades. Esos gestos alejados de los estadistas, y agitadores del poder establecido, que acaban conformando verdaderas mutaciones y que, vistos en perspectiva, en su contexto y con un análisis objetivo de sus certezas y de sus complejidades, quedan articulados como materia de conocimiento.

Resulta sorprendente que en una misma semana se estrenen dos películas radicalmente opuestas en sus modos cinematográficos, aunque ambas formidables, y que puedan verse como objeto del saber, como gestos sociales individuales o de grupo relativamente pequeño, no demasiado lejanos en el tiempo, que es necesario analizar y conocer: la estadounidense ‘Los archivos del Pentágono’, sobre la libertad de prensa, y la francesa ‘120 pulsaciones por minuto’, sobre la lucha de la comunidad homosexual por evitar un desastre humano por la enfermedad del sida.

Centrándonos ya en ‘120 pulsaciones por minuto’, su director y guionista, el interesantísimo Robin Campillo, articula su película alrededor del movimiento Act-up París, con sus reivindicaciones sociales y médicas ante la pasividad de los poderes políticos, farmacéuticos y religiosos, en el cambio entre la década de los 80 y la de los 90. Implacable, rigurosa, respetuosa, crítica, palpable y verdadera, la película abarca todos los ámbitos. El activismo social, la crítica a las grandes empresas médicas y al gobierno de Mitterrand, con sus briosas reuniones, narradas casi en modo documental, a la manera de lo que hizo Laurent Cantet en ‘La clase’ (2008), coescrita no por casualidad por el propio Campillo. El retrato personal, individualizado; el amor, el deseo, la existencia en común, la emoción de vivir. El comportamiento sexual, esencial en este caso, explícito, sin cortapisas pero sin gratuidades, enérgico, a veces elegante, a veces abrupto, incluso con una mirada clave de uno de los protagonistas hacia la cámara, interpelando al espectador sobre su conducta. La vida familiar, con dos madres tan distintas, pero tan madres ambas, cada una en su estilo. El divertimento, las risas, el jolgorio, la amistad, la aventura. El dolor de la enfermedad, su inclemente avance, la tortura física, el rechazo social. Y, por supuesto, la muerte, con toda su crudeza.

Y todo ello con una mirada auténticamente personal, pero mostrando todas las aristas del problema, las desavenencias entre el grupo, sus excesos, los distintos modos de actuación, como en toda revolución. Y eludiendo las formas únicas del ‘cinéma vérité’, para abrazar también los detalles de estilo, los ralentís, los parones de sonido, el onirismo de un Sena ensangrentado, los interludios con música electrónica a todo trapo.

‘120 pulsaciones por minuto’ es una obra histórica, política y social. Pero no es solo un tratado. Es, al fin y al cabo, y fundamentalmente, una película. Una enorme película.

jueves, 11 de enero de 2018

#hemeroteca #vih #cine | El VIH en los medios: estigma y morbo

Imagen: El País / Fotograma de 'Estiu 1993'
El VIH en los medios: estigma y morbo.
Alberto G. Palomo | Planeta Futuro, 2018-01-11

https://elpais.com/elpais/2018/01/11/planeta_futuro/1515662678_056306.html

En 1981, el Centro de Control de Enfermedades de Atlanta publicó los primeros casos del Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH). Se diagnosticó en cinco varones homosexuales internados en varios hospitales de Los Ángeles. Entonces, la prensa y las televisiones estadounidenses extendieron la denominación del ‘cáncer gay’. Relacionaron la infección, causante del sida, con este colectivo concreto. Luego se sumarían las prostitutas y los drogodependientes. Han pasado casi cuatro décadas y el estigma permanece. A pesar de que los datos han demostrado que la dolencia puede afectar a cualquier persona, indistintamente de su orientación sexual o profesión.

No hay más que ver las cifras más recientes. En España, según el último estudio del Ministerio de Sanidad, se detectaron 3.353 casos nuevos en 2016. Unos 10 al día. Con un 26,5% de transmisión heterosexual y apenas un 3,6% por inyección de drogas. Sin embargo, un recorrido mental por algunas noticias que han resaltado la vigencia del virus deriva en temas como el ‘chemsex’ —reuniones de sexo sin protección y consumo de estupefacientes— o el ‘bugchasing’, la búsqueda voluntaria del ‘bicho’. Prácticas minoritarias, tal y como expusieron este miércoles Mili Hernández, editora y fundadora de la librería Berkana, Jorge Garrido, director de la asociación Apoyo Positivo, Juan Roures, periodista en M21Radio y el crítico de cine Yago García. El encuentro se produjo en la presentación del filme francés ‘120 pulsaciones por minuto’, que se entrena en España el próximo 19 de enero, y versó en torno a la representación de VIH en películas, libros y medios de comunicación.

“Se ha creado cierta conciencia a golpe de titulares y existe desinformación en los jóvenes. Se resalta un fenómeno mínimo en lugar de hablar de prevención o de los nuevos tratamientos. Hay mucha política desde los medios. Falta interés y tienen una gran responsabilidad. Eso es continuar con el estigma”, reflexionó Garrido. “No les gusta la normalidad, siguen apostando por el morbo”, apostilló Hernández, que rememoró sus años en Estados Unidos bajo el yugo de ese mencionado ‘cáncer gay’ cuando las lesbianas también estaban incluidas en esa categoría. Ambos, junto a sus compañeros de debate, insistieron en que la imagen del enfermo del VIH suele corresponderse con la de “hombre blanco homosexual” y se desdeña que gran parte de los 40 millones de casos y fallecimientos ocurren en países africanos o asiáticos. “No vemos la realidad del sida actual, sino del VIH occidental”, matizaron.

Una mirada etnocentrista, coincidieron, que también se produce en series de televisión y cine. Desde la irrupción en taquilla de ‘Philadelphia’, en el año 1993, con un abogado encarnado por el actor Tom Hanks, no hay tantas producciones que se hayan detenido en mostrar todas las aristas del VIH-sida. “Se nota una fijación por el gay blanco. Y se suele tratar desde un plano más individual”, apuntó Yago García mientras a su espalada desfilaban fotogramas de los telefilmes ‘Amor fatal’ (1992), ‘En el filo de la duda’ (1993) o una de las cintas más recientes, ‘Dallas Buyers Club’ (2013). Por norma general, incidieron, el enfoque hacia este virus no ha dejado de señalar al homosexual que contrae VIH como “castigo” por su comportamiento. Como consecuencia de experiencias promiscuas.

Al otro lado del espectro audiovisual se incluyen la controvertida ‘Kids’, de 1995, o la exhibida en el acto, ‘120 pulsaciones por minuto’, galardonada con el Gran Premio del Jurado en el pasado festival de Cannes. En este largometraje se aborda el papel de Act up París, una agrupación derivada de la matriz neoyorquina que emprendió su lucha por la sensibilización del VIH durante los años noventa, cuando –según narran en los primeros minutos- se producían en Francia 6.000 infecciones al año, el doble que en Alemania o Inglaterra. Y cuando, tal y como expresan al inicio, la mayoría creía que usar preservativo era “un signo de desconfianza o de vida sexual muy activa”.

“La respuesta institucional es muy tardía, como la respuesta del cine. Y el desconocimiento siempre lleva a la estupidez”, anotó Roures. El VIH, del que aún se investiga su origen, ha sido calificado como la gran pandemia del siglo XX. La Organización Mundial de la Salud afirma que “sigue siendo uno de los más graves problemas de salud pública del mundo” y calcula que 36,7 millones de personas de todo el mundo vivían en 2016 con el virus. De ahí que uno de los principales objetivos de la oficina del VIH/sida de la Organización de las Naciones Unidas (Onusida) sea acabar con la epidemia para 2030. De momento, este organismo internacional expone grandes avances en su erradicación: en el informe de 2017 destaca que el 81% de personas con el virus conoce su estado serológico, un 72% de estos recibe tratamiento y un 79% tiene la carga viral suprimida, es decir, con una presencia casi inexistente en sangre y semen.

Factor esencial en el progreso de la dolencia, que ha pasado de deteriorar el sistema inmunitario hasta la muerte —generalmente provocada por alguna infección o cáncer— a ser algo crónico, posibilitando una vida prácticamente similar a la de los no afectados. De hecho, la medicación antiviral continuada puede conseguir que la transmisión del VIH entre parejas o de forma horizontal (madre-hijo) sea prácticamente eliminada y la investigación en posibles vacunas o pastillas preventivas pretenden eliminar las infecciones en un futuro próximo. “No se retratan estas novedades. Y da la sensación de que, cuando salen, solo se mira hacia un lado: por ejemplo, se habla de la profilaxis que evita la infección del feto en embarazadas, pero no de esta misma medicación en el homosexual con pareja. En este caso se le tacha de promiscuo, con tintes peyorativos, de sexualidad libre o marginal”, lamentó Jorge Garrido, que incluso culpó al propio colectivo LGTB de “serófobo” (rechazo a los seropositivos) e hizo hincapié en “no tirar balones fuera”. “Al final, la sociedad refleja cómo nos tratamos los unos a los otros”, concluyó.

Dictamen que Mili Hernández complementó aludiendo al papel que los homosexuales han tenido que desempeñar en la visibilización de sus batallas: “Siempre nos hemos visto obligados a dar un paso al frente, a sacarlo a la luz, a reivindicarlo”, exclamó, vinculando esta pelea a la que han hecho muchos escritores o directores por hablar del tema desde su propia posición gay. Fijándonos en España, una de las películas que ha tratado el VIH es ‘Todo sobre mi madre’, de Pedro Almodóvar. Anteriormente, algunas de la época del denominado ‘cine quinqui’ (en la que hasta los propios autores fallecían por la enfermedad) y en este año, la reciente ‘Verano 1993’, que gira a su alrededor del virus sin nombrarlo en ningún momento. “La primera interacción de cine y sida en Holywood fue la muerte de Rock Hudson, que creó en la industria una reacción de angustia”, agregó García.

La desaparición del actor a los 59 años “abrió los ojos al drama del sida”, según titulaba la BBC, por recaer en una figura que todos calificaban como la de un galán (“epítome de la masculinidad”, describen). A él se le enterró bajo las iniciales en mayúsculas del sida. Una conducta no tan habitual en el presente, donde se oculta a menudo la enfermedad con expresiones del tipo “una larga enfermedad” o “complicaciones cardiorrespiratorias”. “Hay más información. Hace años, llamaban a nuestra tienda día sí, día no para preguntar sobre dudas del VIH. Ahora, no”, sostuvo Hernández, “pero no es gracias a los medios”. Estos, zanjó, están más preocupados por el sensacionalismo y por mantener el estigma de que es cosa de homosexuales, prostitutas o drogadictos.

lunes, 8 de enero de 2018

#hemeroteca #vih #cine | Por qué es tan importante esta película para que no nos olvidemos del sida

Imagen: El País / Fotograma de '120 pulsaciones por minuto'
Por qué es tan importante esta película para que no nos olvidemos del sida.
'120 pulsaciones por minuto', de Robin Campillo, es una obra política, que también contiene una dolorosa y delicadísima historia de amor.
Beatriz Martínez | El País, 2018-01-08
https://elpais.com/elpais/2018/01/05/tentaciones/1515142738_376562.html

París, principios de los años noventa. En las discotecas se bailaba a ritmo de Jimmy Somerville mientras François Mitterrand presidía la República. La epidemia de sida era ya una terrible realidad que asolaba no solo al colectivo gay, sino que poco a poco se iba introduciendo en todas las esferas de la sociedad. Pero el Gobierno continuaba dándole la espalda, las compañías farmacéuticas no se mostraban colaborativas ante los avances que se iban produciendo en el campo científico y todavía existían muchos prejuicios hacia los enfermos que se encontraban marcados y estigmatizados en una sociedad que necesitaba tomar urgentemente conciencia. El sida no era solo cosa de gais, prostitutas e inmigrantes, como quería dar a entender el sector más reaccionario de la población. Se había convertido en una cuestión de salud pública. Y había que tomar partido de manera urgente.

Así surgió a finales de los ochenta la asociación militante Act Up. Su misión, luchar desde diferentes frentes para llamar la atención sobre los peligros de la enfermedad, entre ellos, que el Estado creara medidas preventivas contra el sida, así como denunciar la marginación a la que se veía sometido el colectivo homosexual, el de las prostitutas o los inmigrantes por parte de la sociedad y la falsa moral burguesa.

Siempre tuvieron claro que la única vía posible para hacerse escuchar era la del activismo más indómito y la provocación. No era momento de sentarse solo a debatir, había que salir a la calle y emprender acciones que tuvieran una repercusión no solo mediática, sino también social. Por eso su campo de acción abarcaba desde la presión a las farmacéuticas hasta el intento de introducir en las escuelas un plan de educación sexual. Pasando, claro está, por las imprescindibles manifestaciones callejeras para reclamar una serie de derechos que hasta el momento se encontraban silenciados.

Por aquella época un joven Robin Campillo ingresaba en Act Up-París. No podía permanecer indiferente sobre lo que estaba ocurriendo a su alrededor. Necesitaba información, saber de verdad qué estaba pasando, tomar partido y unirse a la causa. Era un momento de mucho miedo. Como él mismo ha declarado, la sensación en el ambiente era que todos iban a morir, que todos se infectarían, que nadie escaparía a la pandemia. Por eso la unión era tan importante.

Ese espíritu al mismo tiempo de guerrilla y de comunidad, de lucha y de camaradería está presente en ‘120 pulsaciones por minuto’, que se estrena el próximo 19 de enero. La película en la que el director vierte todas sus experiencias de juventud no solo para narrar desde un punto de vista pretérito lo importantes que fueron los inicios de la lucha contra el sida sino para certificar que esa batalla todavía no ha terminado y que todas las reivindicaciones de antaño, siguen siendo necesarias en el presente.

‘120 pulsaciones por minuto’ es una película política. También contiene una dolorosa y delicadísima historia de amor. Y precisamente la película se mueve en torno a esas dos esferas, entre lo público y lo privado. Por una parte, encontramos los debates donde se reúnen los militantes de la asociación. En ellos se discute a modo de asamblea cada una de las acciones que pondrán en práctica. Algunos miembros son impetuosos, más revolucionarios, otros prefieren el diálogo. Pero en cada una de las sesiones que filma Robin Campillo se percibe la impetuosa entrega de todos los participantes unidos por una causa común.

Puede que a muchos espectadores les suene la forma que tiene de filmar Robin Campillo estos momentos, muy cercana al estilo documental que practicó Laurent Cantet en otra obra de contenido social y humano tan importante como era ‘La clase’ (2008), ganadora de la Palma de Oro de Cannes. No es casual. Robin Campillo era el guionista de esa película. De esa y de todas las obras de Cantet a partir de la que sigue siendo su obra maestra ‘El empleo del tiempo’ (2001).

Quizás por esa razón aborda con esa precisión las escenas de grupo, como si su cámara se encontrara escondida y se limitara a registrar de manera transparente lo que ocurre, al mismo tiempo que capta cada pequeño detalle de ese grupo humano que se mueve de manera orgánica ante nuestros ojos.

Pero además de mostrarnos a todos esos personajes en su faceta comprometida, también seguimos los pasos de un joven, Sean, que lleva más de diez años siendo seropositivo después de haber sido infectado por su profesor de matemáticas en su primera relación sexual. Sean es nuestro vehículo en la narración. Y a través de él, de los ojos de ese fantástico actor que es el argentino Nahuel Pérez Biscayart (lo vimos en la española Todos están muertos), nos adentramos en la rabia, en la frustración y el dolor que implica la enfermedad, pero también nos contagia con su espíritu, con su energía, con sus ganas de comerse la vida a cada segundo. Su fuerza y también su fragilidad lo impregnan todo. Y resulta emocionante la manera tan extremadamente pudorosa, alejada de todo afán exhibicionista, con la que Campillo nos introduce en su intimidad, en su parcela más privada, no solo cuando lo vemos hacer el amor y se entrega a su amante, sino cuando nos abre su corazón y accedemos a sus miedos, a sus zonas más recónditas, a sus experiencias y a su pasado.

Hay una constante pulsión entre vida y muerte a lo largo de toda la película. Los personajes son conscientes de que cada momento puede ser el último y deben aprovecharlo al máximo. Por eso bailan en las discotecas, en la cabalgata del Orgullo. Ríen, se besan. El tiempo es precioso y preciado. A veces en la película ese tiempo parece que avanza muy despacio. En otras ocasiones prácticamente se detiene. Pero al final, todo se desarrolla demasiado rápido. Como en una pesadilla.

Historias en primera persona
Han sido muchas las películas que han girado en torno al sida. Aunque hacía tiempo que una no lo abordaba de una forma tan didáctica y necesaria. Precisamente durante el momento en el que transcurre la acción, principios de los noventa, comenzaron a proliferar las historias que giraban en torno a la enfermedad. Muchas de ellas se encontraban inscritas dentro del ‘queer cinema’ y continúan siendo icónicas, como es el caso de ‘Poison’ de Todd Haynes. Y dentro del propio cine francés todavía resulta difícil de superar los niveles descarnados y perturbadores de ‘Las noches salvajes’, que dirigió y protagonizó Cyrill Collard sobre sus propias memorias antes de fallecer. En ellas hablaba de su enfermedad, pero también de su irresponsabilidad a la hora de transmitir a sus amantes el virus por no utilizar protección sabiendo que era portador.

Era el año 1993. El mismo año en el que transcurre la película de Carla Simón que se ha convertido en la revelación de la temporada en nuestro cine. Se trata de otra obra de carácter experiencial. En ella la directora vierte los recuerdos que tiene de su infancia, cuando su madre falleció de sida y ella tuvo que adaptarse a una vida en la que fuera de su familia era tratada con un cierto temor. Tanto ‘120 pulsaciones por minuto’ como ‘Las noches salvajes’ o ‘Verano 1993’ están contadas casi en primera persona. Quizás sea la única manera de acercarse a un tema que puede tratarse a través de la alegoría, como bien demostró Haynes, pero que adquiere verdadero sentido cuando se hace a través de la experiencia vital más íntima, tanto física como emocional.

sábado, 20 de mayo de 2017

#hemeroteca #cine #sida | De la lucha, la muerte y el amor en tiempos del SIDA

Imagen: El Confidencial / Nahuel Perez Biscayart en '120 battements par minute'
De la lucha, la muerte y el amor en tiempos del SIDA.
'120 battements par minute', el tercer largometraje de Robin Campillo, una reivindicación de la militancia contra el SIDA a principios de los 90, cala profundo en Cannes.
Eulàlia Iglesias | El Confidencial, 2017-05-20
http://www.elconfidencial.com/cultura/cine/2017-05-20/cannes-2017-sida-robert-campillo-ruben-ostlund_1385633/

La almibarada nostalgia de los ochenta y los noventa tiende a olvidar que aquellos también fueron los años del SIDA. Y que entonces todo estaba todavía por hacer. '120 battements par minute' tercer largometraje de Robin Campillo, que ha calado hondo en su presentación en el Festival de Cannes, deviene, desde la ficción, un ejercicio de memoria viva sobre el activismo del grupo Act-Up París, una de las organizaciones que luchó por la visibilización de la enfermedad y la articulación de políticas sanitarias, desde la prevención a los cuidados paliativos, que la combatieran de forma eficaz.

'120 battements par minute' arranca con una presentación de Act-Up París por parte de uno de sus militantes a los nuevos miembros del grupo en una de las reuniones semanales que dan cuerpo a la película. Campillo combina a lo largo del metraje la plasmación del activismo organizado de los integrantes de Act-Up con la experiencia cotidiana de vivir con el SIDA por parte de estos mismos protagonistas.

También guionista para otros directores, Campillo colaboró por ejemplo en 'La clase' de Laurent Cantet, y la forma de filmar los debates de grupo de los activistas recuerda la viveza, verosimilitud y realismo con que se desarrollaban las escenas en el aula en ese film ganador de la Palma de Oro en 2008. En los continuos encuentros de Act-Up no solo se reconstruyen las principales inquietudes, retos y luchas de quienes afrontaban el SIDA de forma política a principios de los noventa. También la diversidad de posturas y actitudes (diplomáticos, airados, negociadores...), las confrontaciones dialécticas (consenso versus enfrentamiento, Día del Orgullo festivo o militante...) y los perfiles variados que conformaban la organización (en la película vemos sobre todo gais jóvenes, algunas lesbianas y trans, contadas madres, ningún padre...).

Campillo plasma estas divergencias internas, por momentos críticas y dolorosas, no como una problemática sino como una característica intrínseca de una organización militante viva y heterogénea. De hecho, dos de los principales protagonistas del film (como película activista, el protagonismo es colectivo y no de ningún héroe individual), Thibauld (Antoine Reinartz) que representa a uno de los principales portavoces de Act-Up y Sean (Nahuel Pérez Biscayart), que encarna en el film el drama humano de sufrir la enfermedad, no sienten especial simpatía uno por el otro.

En otra escena, Nathan (Arnaud Valois) recuerda la primera vez que leyó sobre el SIDA. En un periódico mencionaban el caso de una pareja gay norteamericana y lo ilustraban con dos fotos, un antes y un después que mostraba los estragos físicos de la enfermedad. "Por una vez que la prensa hablaba de los homosexuales y era para decir que íbamos a morir". Fue también a principios de los noventa que surgió el New Queer Cinema, una corriente del cine indie sobre todo estadounidense que no solo llegaba para cubrir ese hueco entre el cine mainstream heteronormativo y el cine gay más marginal.

También combatía esa nueva estigmatización de la comunidad gay a causa del SIDA que en cierta manera representan films como 'Filadelfia' de Jonathan Demme: hablar de los gais, pero asociándolos solo a la enfermedad y la muerte. El tramo final de '120 battements par minute' sigue la última etapa de la enfermedad de uno de los protagonistas.

Campillo habla de la muerte, una constante en esos años del SIDA en Europa (y todavía una emergencia trágica en incontables países de todo el mundo). Sin por ello dejar de exponer la vida del mismo personaje: su forma de relacionarse y hacer el amor, su apasionado activismo, sus fricciones con otros miembros del grupo. Su muerte y su funeral se convierten también en una forma de activismo y reivindicación vital por parte de la comunidad que le ha acompañado en este último tramo de vida. A su manera, '120 battements par minute' transmite la misma sensación que escuchar a Jimmy Somerville: te entran ganas de bailar y luchar al mismo tiempo. […]

#hemeroteca #cine #vih | El pulso acelerado de la lucha contra el sida

Imagen: El País / Robin Campillo (3i) con el elenco de '120 pulsaciones por minuto'
El pulso acelerado de la lucha contra el sida.
El director Robin Campillo levanta aplausos en Cannes con ‘120 pulsaciones por minuto’, devastadora crónica del combate contra la epidemia del sida en Francia.
Álex Vicente | El País, 2017-05-20
http://cultura.elpais.com/cultura/2017/05/20/actualidad/1495297952_522533.html

A principios de los años noventa, cuando el sida llevaba una década haciendo estragos ante la indiferencia relativa de las autoridades políticas y los laboratorios farmacéuticos, los militantes de Act Up-Paris decidieron que ya no podían esperar más. No tenían más tiempo que perder, porque se estaban muriendo. Encadenaron entonces acciones cada vez más radicales contra quienes hacían perdurar el mutismo. Rociaron de sangre las ventanas de quienes preferían seguir mirando hacia otro lado. Cubrieron esos monumentos parisinos que dibujan indudables signos fálicos –el obelisco de la Concorde, por ejemplo– con preservativos gigantes. Soñaron con teñir el Sena de color púrpura. Y, a falta de conseguirlo, orquestaron protestas con cierto aspecto de performance artística, en las que se tumbaban por el suelo como si estuvieran agonizando. Su logo era un triángulo rosa acompañado de esta inscripción: “Silencio = muerte”.

Esa lucha, algo olvidada por una época que se esfuerza en creer en normalizaciones ilusorias, inspira una película presentada este sábado en el Festival de Cannes. Se titula ‘120 battements par minute’ (‘120 pulsaciones por minuto’) y es la tercera entrega del director Robin Campillo, guionista habitual de Laurent Cantet, que ya se llevó la Palma de Oro en 2008 con ‘La clase’. ¿Qué provoca esa pulso acelerado? Una mezcla de la adrenalina de la acción militante, los ritmos sincopados de la música electrónica y las noches orgiásticas de jóvenes condenados a una muerte prematura, pero que no renunciaron al hedonismo propio de los veinteañeros. En 1992, siendo un joven montador indignado por la inacción respecto a esta epidemia, Campillo se alistó en las filas de Act Up, fundada tres años antes siguiendo el modelo de la organización estadounidense del mismo nombre.

“Ya entonces pensé en rodar una película sobre el sida, pero no encontré la manera. En los últimos años, tenía la sensación de dar marcha atrás cada vez que llegaba la hora de afrontar el proyecto”, explicó el director en la rueda de prensa. Decidió que había llegado la hora de dejar atrás ese escollo. “El año pasado iba a rodar una película de ciencia ficción, pero cambié de opinión. Sentí que había llegado la hora de superar el miedo”, añadió.

Esta crónica transcurre en los primeros noventa, aunque no parezca, en absoluto, una cinta histórica o ubicada en un pasado rememorado con filtros retro. La ciudad no parece muy distinta a la de ahora. Sus protagonistas no hablan con un argot de otra época. Los debates sobre el militantismo son prácticamente los mismos que hoy. En los últimos treinta años las cosas han cambiado, pero puede que tampoco tanto. Ahí están los mismos desfiles en la plaza pública. Los mismos clubs donde suenan los mismos ritmos. La misma homofobia, puede que más sibilina. Y una ignorancia menor, pero todavía potente, respecto a una enfermedad que sigue matando año tras año.

“Desconfío del concepto de filme de época. Salvo el corte de los tejanos, no hay tantas diferencias. No quería caer en lo pintoresco. Prefería que el espectador la viera como si fuera parte del presente”, confirma Campillo. Solo una Game Boy traicionera y un himno añejo de Bronski Beat recuerdan que, en realidad, nos encontramos en otro tiempo. “Pero no rodé esta película por cuestiones de actualidad. Lo hice para recordar lo que fue esa unión de personas que nunca se habrían conocido si no fuera por el sida, lo que les permitió forjar un discurso y una potencia política”, afirma el director.

En el grupo había “hijos de peluquero y de director general”, como recuerda el director. Igual que en su reparto mezcla a estrellas locales, como Adèle Haenel, con anónimos que nunca habían actuado. De hecho, al principio de su película no hay ningún personaje principal, si no es la enfermedad. Solo un grupo de jóvenes en el que se acaban perfilando una pareja de protagonistas: el seropositivo Sean, que aboga por pasar a una acción más radical (a quien interpreta el argentino Nahuel Pérez Biscayart), y el seronegativo Nathan, recién llegado a la organización (el debutante Arnaud Valois).

A medida que avanza el metraje, de casi dos horas y media en total, la cinta abandona al grupo y encierra a esa pareja en un apartamento que hiede a muerte. Para evitar un exceso de lágrimas, Campillo se escudó en una relativa frialdad. “Yo he vivido cosas como las de la película. A mí se me murió un amigo. Y no es un momento en que te pongas a llorar. No es una emoción así de sencilla. Quise transcribir ese sentimiento yendo hacia la frialdad. En realidad, la emoción surge de ese lado glacial”, afirma el director.

Antes de ponerse a rodar, Campillo mandó el guion a Didier Lestrade, figura central en la lucha contra el sida en Francia, que cofundó Act Up y también fue su primer presidente, para que le diera su aprobación. “Quería saber si respetaba la historia del grupo. Le respondí que sí. En aquella época, nunca habría creído que nuestra experiencia terminaría convertida en una película que se estrenaría en Cannes”, recuerda al teléfono desde París.

“Act Up salvó la vida a miles de personas. Les aportó apoyo, amistad y catarsis”, asegura. “Fue como una terapia de grupo que nos familiarizó, siendo tan jóvenes, con conceptos como la muerte y el luto. Siempre lo comparo con ir al frente de batalla. Ahora vivimos como si fuéramos veteranos de guerra”. A juzgar por los aplausos que se han escuchado en Cannes, su combate es, desde este sábado, un firme aspirante a la Palma de Oro.