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viernes, 22 de enero de 2021

#hemeroteca #homofobia #politica | 'Levanten nalgas' y la 'insumisión marica' siembran la polémica en Zizur


'Levanten nalgas' y la 'insumisión marica' siembran la polémica en Zizur.

Navarra Suma ha censurado las charlas que se han realizado esta semana en torno al movimiento y los colectivos defienden su postura.
Virginia Urieta | Noticias de Navarra, 2021-01-22
https://www.noticiasdenavarra.com/navarra/comarca-pamplona/2021/01/22/levanten-nalgas-insumision-marica-zizur/1113711.html

Puede que las expresiones "insumisión marica" y "levanten nalgas" consigan hacer saltar por los aires el imaginario de la derecha más añeja, la tradicional y conservadora, pero como dicen quienes los acuñan –por cierto con mucho orgullo– no hay nada como apropiarse de un término para revolucionar su significado. Y es que parecen haber sembrado la polémica en Zizur, donde durante toda esta semana la Casa de Cultura ha acogido una serie de charlas y debates, además de una exposición, en torno al movimiento insumiso. Actividades que por cierto han atraído a un buen puñado de gente dispuesta a dialogar sobre un tema del que poco se habla, y que incluía en una de sus jornadas una ponencia a cargo del colectivo EHGAM, que lucha desde 1977 "por la liberación de gais, lesbianas, bisexuales, transexuales y otras expresiones sexuales no heteronormativas", como ellos mismos se definen.

Su ponencia ('Levanten nalgas', un relato de la insumisión marica) y la propia Semana insumisa llevaron a Navarra Suma en Zizur Mayor a emitir un comunicado en el que criticaron que es una actividad "totalmente rechazable en términos de inclusión e igualdad", además de "prescindible" en tiempos de pandemia y que "este tipo de actos sólo sirven para difundir mensajes ideologizados". Según indican, la actividad "cuenta con la colaboración pública del Ayuntamiento a pesar de que se haya rechazado una de sus actividades por todos los grupos políticos, a excepción de EH Bildu". Éste extremo fue desmentido desde el Consistorio, desde donde señalaron que el resto de grupos sí apoyó la iniciativa.

Desde EHGAM han avanzado que el título de su ponencia "ha sido el reflejo del lenguaje y la iconografía utilizada por un determinado número de personas contra el militarismo y la mili obligatoria, entre ellas jóvenes de Zizur. Sería una flagrante tergiversación de la historia el modificar tanto la iconografía como el vocabulario utilizado en aquella época para la tranquilidad de algunas personas. La utilización de la Insumisión Marika ha sido, es y será una estrategia de lucha contra el militarismo y la heteronorma".

Sobre el término "marica", asumen que "cuando nos reapropiamos del insulto lo que estamos haciendo es abrazar con alegría aquello con lo que los otros aspiraban a estigmatizarnos, dejando claro que no sentimos ninguna vergüenza ni deshonra por aquello que intentan afearnos. Al hacer bandera de la ofensa, no solo se desactiva el insulto y se desmonta el ataque, sino que además le damos la vuelta poniendo en evidencia a quien intentaba herir".

Les apena "terriblemente" el ataque a un acto y a una semana cultural de reflexión "de una lucha de luchas que tuvo el apoyo de casi la mayoría de la sociedad navarra y que con este apoyo consiguió acabar con el servicio militar obligatorio para todos los hombres. La LGTBIfobia sigue estando presente desde múltiples situaciones y frentes por lo que invitamos a una reflexión profunda desde el conocimiento y desde la vivencia de los propios colectivos", señalaron, y propusieron la organización de una semana LGTBI+ en Zizur Mayor "para ahondar en el discurso y pensamiento de las cuestiones que atañen a la diversidad sexual y de género".

También se ha pronunciado el colectivo insumiso, promotor de las actividades. "Hace tiempo que 'marica' en el mundo dejó de ser un insulto para ser patrimonio de un orgullo, de la misma manera que la palabra desobediente se reivindicó de la mano de Navarra en el país del toro demostrando que una actitud insumisa ante una legalidad injusta podía acabar con el servicio militar obligatorio, situación de la que hoy los hijos de esa derecha se benefician sin pudor", valoran. "Eso es lo que le produce sarpullido a esa derecha dominante y de mal perder: que desde el espacio público de Zizur se recuerde que Navarra fue bastión y ariete de una desobediencia que le ganó el pulso al poder militar y que parte de aquellos reductos desobedientes fueran maricones. Nosotras no escondemos que somos desobedientes ante lo injusto y maricas frente al homófobo y aunque ellos no lo entiendan, seguiremos contaminando las generaciones futuras desde el poder de lo público usando el derecho a dar nuestra versión".

jueves, 9 de abril de 2020

#hemeroteca #gais #arte | Keith Haring contra la insumisión

Imagen: El País / Untitled (1982), de Keith Haring, en el MoMA de Nueva York
Keith Haring contra la insumisión.
Los museos han cerrado sus puertas, pero la contemplación del arte sigue abierta. Cada día, recordamos la historia de una obra que visitamos a distancia. Hoy: 'Untitled (1982)'.
Peio H. Riaño | El País, 2020-04-09
https://elpais.com/cultura/2020/04/09/babelia/1586441125_777125.html

Imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida. Lo hizo Keith Haring en Nueva York, en los ochenta. Una década, hasta su muerte en 1990, en la que actuó sin pausa, en cualquier lugar y a la vista de todos. Tres virtudes que el arte sublime contempla como perversiones de la creación auténtica, que se hace sin prisa, en un lienzo y en secreto. Los mandamientos dictan que sin óleo no hay gloria ni posteridad. Haring vivió el arte con la urgencia de lo que va a desaparecer. Tan frágil como un ‘graffiti’ en la pared, tan fuerte como una rebelión. A Roy Lichtenstein le pareció que Haring tenía un enorme talento para componer sobre la marcha escritos que improvisaba y no corregía. “Supongo que Keith miró nuestro arte pop, nuestras figuras de dibujos animados y se dio cuenta de que podrían ser arte”, dijo uno de los padres del pop, cuyos orígenes se remontan al expresionismo abstracto. Haring, no: era el relevo pop neto, había mamado el ‘graffiti’ y la televisión como forma de expresión irremediable y natural, aunque nunca llegara a ser un escritor de grafito. No era un rebotado de la intelectualidad, ni un decepcionado con la angustia existencial. Era pura vida sin destilar procedente de Reading (Pensilvania), donde casi un cuarto de la población vive por debajo del umbral de pobreza.

“Keith era un ‘showman’”, remató con ternura Lichtenstein, que vio en el joven la culminación de su proyecto de fama en Nueva York. En parte tenía razón: la gente lo veía trabajar con sus tizas sobre los carteles del metro y Tseng Kwong Chi lo seguía y lo fotografiaba mientras ejecutaba los dibujos. Era una ‘performance’, era algo más que fama. Como escribía recientemente Álex Vicente en estas páginas, Haring adoptó “los códigos gráficos del mundo capitalista para inocular en él ideas susceptibles de destruir su dogma blanco y heterosexual. Cada dólar gastado en los productos derivados que reutilizan los motivos de sus obras supone una victoria para su causa”. El lenguaje imaginado por Haring fue la expresión desobediente de un diccionario contra la docilidad. Y uno de sus mejores ejemplos está en las paredes del baño The Center: Lesbian, Gay, Bisexual & Transgender Community Center, en Manhattan, donde en 1989 pintó un mural para celebrar el vigésimo aniversario de los disturbios de Stonewall, considerado el comienzo del movimiento de Liberación Gay y Derechos LGBT. El MoMA de Nueva York conserva un enorme mural de papel, de 1982, dividido en dos partes y con una extensión que supera los 17 metros de longitud.

Jeffrey Deitch, galerista, escribió en 1982 que “Haring nunca ha tenido que esperar a que alguien se le ofrezca para organizar una exposición. Su arte emerge directamente cuando está listo e invade las calles”. Tenía el metro. Haring encuentra en los vagones la edad dorada del ‘graffiti’ y “una increíble sensibilidad pop de dibujo animado”, que provenía de chavales que crecieron viendo dibujos animados y con “un concepto del color aprendido en la televisión”. Haring también incumplía todos los mandatos del ‘graffiti’ cuando sacaba sus tizas y actuaba sobre la publicidad de las paradas sin esconderse. Con una tiza dibujó una nueva forma de vida, era el arma perfecta de la insumisión.

sábado, 16 de noviembre de 2019

#hemeroteca #antimilitarismo #memoria | 30 años de insumisión, el movimiento que llenó calles y cárceles de desobediencia civil

Imagen: Cuarto Poder / Manifestación por la Insumisión en Albacete
30 años de insumisión, el movimiento que llenó calles y cárceles de desobediencia civil.
El 16 de noviembre de 1989 se celebraron los primeros juicios militares contra insumisos en nuestro país contra Josep María Moragriega y Carlos Hinojosa. “El rechazo a la mili era compartido por la mayoría de la sociedad, era muy transversal”, afirma Nacho Murgui, juzgado por insumisión en 1996. “Nuestra lucha sigue siendo un referente para los movimientos sociales”, señala José Manuel López, antimilitarista e insumiso a principios de los años 90.
Miguel Muñoz | Cuarto Poder, 2019-11-16
https://www.cuartopoder.es/espana/2019/11/16/30-anos-de-insumision-el-movimiento-que-lleno-calles-y-carceles-de-desobediencia-civil/

Año 1989. Mes de noviembre. El PSOE de Felipe González gobierna con una mayoría absoluta obtenida, en esta ocasión, por la mínima. En las calles aún resonaban los ecos de la huelga general celebrada un año antes. Y de las movilizaciones anti OTAN surgidas años antes del referéndum de permanencia celebrado en 1986. 1989 sería un año clave para entender un movimiento político histórico en nuestro país: la insumisión. El rechazo a formar parte del ejército, al servicio militar obligatorio. A “la mili”. Tal día como hoy, 16 de noviembre, se celebraron hace tres décadas los primeros juicios militares contra insumisos en nuestro país.

Josep María Moragriega y Carlos Hinojosa fueron los nombres propios de aquel día. Ambos formaron parte de los 57 primeros insumisos declarados. Se presentaron, coordinadamente, el 20 de febrero del citado año 89, ante diferentes gobiernos militares. Solo 11 fueron detenidos. Moragriega fue uno de ellos. Pasó quince días en prisión preventiva. Y posteriormente fue citado, junto a Hinojosa, a juicio militar para el mes de noviembre.

“Organizamos una movilización estudiantil muy potente, hubo huelga ese día. Culminó con una macromanifestación a las puertas del gobierno militar donde se realizaba el juicio en Barcelona”, recuerda el propio Moragriega en conversación con cuartopoder. El juicio se celebró un año después de la primera presentación. La condena fue de 13 meses de prisión. “Intentaron hacer una condena suave para intentar desmovilizar a los futuribles insumisos. Eso no fue así porque en la segunda presentación se incrementó el número de manifestantes”, señala Moragriega.

Aunque el primer objetor de conciencia por razones no sólo religiosas fue Pepe Beunza, que se declaró insumiso en 1971 y estuvo preso hasta 1974, el año 1989 marca un antes y un después. Se había anunciado la próxima puesta en marcha de la Prestación Social Sustitutoria (PSS) por parte del Gobierno. Es decir, realizar un servicio social en sustitución de la mili. Además, se comenzaron a denegar las declaraciones colectivas de objeción de conciencia que habían sido aceptadas en años anteriores. Los colectivos antimilitaristas, entre los que destacan el Movimiento de Objeción de Conciencia (MOC) o el Mili KK, intensificaron sus acciones.

“Usaban la represión selectiva de baja intensidad, con el objetivo de intentar frenar la ola que se les venía encima. Fue una ola que creció exponencialmente. No tuvo fin ni siquiera cuando sacaron la ley civil para regular la PSS”, reflexiona. La variedad de movimientos también produjo diferentes estrategias que variaban entre hacer visible la causa entrando voluntariamente a la cárcel o la “insumisión total”, que incluía no presentarse a los juicios.

La sentencia de Moragriega tardó en llegar tras varias vistas. No ingresó en prisión hasta el año 1991. “Del juicio militar salí por la puerta, la sentencia salió 48 horas después”, recuerda. Entonces pasó a situación de clandestinidad para no ser detenido. La idea era entregarse cuando más le interesara al movimiento, para que causara mayor impacto. Ese momento llegó el 15 de Mayo, Día Internacional de la Objeción de conciencia.

Moragriega fue detenido. Se presentó solo porque Hinojosa seguía la línea de la “insumisión total”. “Fui al gobierno militar, dije que ahí estaba y que procedieran a hacer lo que tuvieran que hacer. Me trasladaron a Cartagena después de un viaje larguísimo, incomunicado. Me aplicaron ley antiterrorista, estuve desaparecido más de 72 horas, todas de conducción. Pisé cuatro prisiones: Modelo y Trinidad en Barcelona. Modelo de Valencia, Sangonera (Murcia) y finalmente Cartagena, en el Penal Naval de Santa Lucía”, relata. Pasó allí unos 11 meses.

Dentro de prisión, la lucha seguía. Entre otras cuestiones, aportaba textos que eran leídos en actos del movimiento insumiso. “Había que mantener alta la moral antirepresiva. Yo desde la cárcel poca cosa más podía hacer, confiar en todos mis compañeros y esperar mi día”, apunta. Moragriega “celebró” su 25 cumpleaños en prisión y allí acabó su carrera universitaria. Luego empezó a trabajar como profesor.

Con los años se vinculó mucho a la situación creada por la Guerra de los Balcanes. “La insumisión continuaba activa pero ya dejé paso a nuevos insumisos. A nivel de organización me retiré y pasé a fundar y trabajar en Maestros por Bosnia”, señala. En febrero de este año, aprovechando el aniversario de aquella primera presentación ante los gobiernos militares, la prisión de la Modelo en Barcelona, convertida ahora en un centro de memoria, organizó un acto de recuerdo y homenaje de aquellos pioneros.

Coordinación y multiplicación de casos

El número de personas insumisas creció exponencialmente con el paso de los años. Los juicios pasaron a ser de carácter civil por la entrada en vigor de la PSS. Las historias son innumerables. Otros hitos a tener en cuenta tuvo lugar en 1991 en Albacete. Allí tuvo lugar el primer juicio contra insumisos a la PSS. Los juicios siguieron mientras la administración ejecutaba esa “represión selectiva” o “de baja intensidad”. Entre otras cosas esto derivaba en diversidad de condenas dependiendo del juez en cuestión e incluso absoluciones.

El periodista Joan Canela es autor del libro ‘Insubmissió. Quan joves dearmats van derrotar a un exércit’ (Sembra Libres, 2019). También fue activista, en su caso del Mili KK. “El movimiento fue muy potente pero más tarde, no en sus primeros años”, señala a este medio. Canela destaca que la estrategia a seguir era dura, había que asumir que se iba a la cárcel y no se sabían bien las consecuencias de las acciones. “Al principio hubo muchas dudas y debates, si seguir una estrategia u otra, si había posibilidades, etc.”. El periodista recuerda además la actuación del PSOE amnistiando a todos los objetores acumulados en espera de aprobar la nueva ley. “Se hizo para quitarse un grueso de activismo de en medio”, afirma.

“El movimiento antimilitarista fue muy capilar. En número y cantidad, Catalunya y País Vasco fueron los puntos fuertes, pero hubo insumisos en todos sitios. En sitios con escasa presencia de movimientos sociales alternativos, había insumisos. Fue muy generacional y transversal”, describe este periodista. Además, destaca la coordinación estatal que había entre diferentes partes del Estado. El MOC y el Mili KK eran coordinadoras estatales, asamblearias. Tenían núcleos locales, intercomarcales y una coordinación estatal que cada dos meses iba a Madrid a reunirse durante el fin de semana.

“Era un nivel de militancia muy intenso, la gente estaba muy comprometida”, señala. La actividad era incesante, y en época pre-redes sociales. “Era muy espectacular, detenían a dos insumisos en Sevilla y desde allí llamaban por teléfono, local por local, a todo el Estado. A la mañana siguiente ya había concentración en Valencia, Madrid, etc. Había cierta cohesión de colectivo. Eso ayudó mucho a mantener la lucha contra la represión”, argumenta Canela.

Esa coordinación estatal la vivieron personas como Carlos Herrero Canencia. En 1988 descubrió el movimiento insumiso mientras estudiaba Filología en la Universidad Complutense. Además, participó en unas pioneras jornadas antimilitaristas en Zaragoza ese mismo año. “Me daba al principio mucho miedo, era algo ilegal, podías entrar en la cárcel”, reconoce. Su condición de homosexual, además, fue relevante para su lucha. “Tenía claro que el ejército era un sitio completamente homófobo. En el juicio, una de las razones que alegué era el hecho de ser gay y estar en contra del ejército por su homofobia”, afirma. En marzo de 1990 se presentó como insumiso y tuvo el juicio cuatro años más tarde.

Herrero pertenecía a la Coordinadora Antimilitarista. “Fueron años de muchísimo activismo, dando charlas, montando manifestaciones, acompañamiento a los presos, etc. En Madrid se hizo un trabajo antirrepresivo muy importante”, comenta. Recuerda una acción concreta en la prisión militar de Alcalá de Henares, donde el director de la prisión provocó agresiones entre algunos soldados presos y los insumisos. A él le tocó visitar a los presos el día de los hechos. “Llegué a casa, llame a toda la gente, se organizó mucho follón, una manifestación, etc. Aparte de que fue algo muy bonito y surgió un efecto grande. Contamos con el apoyo de varios diputados y el director de la prisión se acojonó”, señala.

Aquello fue en 1998. Pero antes, Herrero pasó por su proceso judicial. Juicio. “Fue, por un lado, muy tenso y por otro muy emocionante porque se montó un acto de solidaridad brutal. En el momento del discurso final vi que había entrando gente y la sala estaba hasta arriba”, apunta. Su condena fue de un año de cárcel por lo que te podían hacer firmar la libertad condicional y no entrar. “Me pasaba que no sabía qué hacer. Si firmaba me quitaba de problemas. Fue muy duro pero no lo firmé. Me volvieron a llamar pidiendo que firmara un papel diciendo que no había firmado el otro papel. Yo dije que no iba a firmar ya nada. Los meses que mayor tensión tuve fueron ahí cuando tenía la orden de búsqueda y captura. Me podían detener en cualquier momento”, recuerda.

La estrategia pasaba por elegir alguna acción concreta llamativa para provocar la detención y darle un sentido político. Pero había mandos policiales y políticos que preferían no dar más publicidad al movimiento y no los detenían. Finalmente, Herrero se presentó a entregarse junto con tres compañeros más. “Convocamos a la prensa y una concentración y fuimos. Fue muy emocionante, tener a toda la gente coreándote y gritando consignas mientras entras en prisión”. Cumplió su condena en Carabanchel, luego en Yeserías y finalmente en Valdemoro en régimen abierto. Desde entonces ha seguido vinculado a movimientos sociales y ha impulsado un colectivo en Madrid de Docentes LGBTi.

Referente de los movimientos sociales actuales
“Nuestra lucha sigue siendo un referente para los movimientos sociales”. Habla con José Manuel López, activista antimilitarista que formó parte del MOC desde el año 1987. Él estuvo presente, acompañando, aquel 20 de febrero, en Madrid en la primera presentación de insumisos pese a que todavía no lo era.

También pasó por la cárcel. “Hubo jueces que pensaban que no deberíamos ir a la cárcel y se inventaban eximentes. Es lo que pasó en mi caso, me condenaron a 6 meses”. Un tiempo que repartió entre las cárceles de Carabanchel y Valdemoro. “La PSS no tenía ninguna intención social, era simplemente un castigo. Durante los años que duró era una chapuza. Muchas organizaciones sociales se negaron a colaborar con el Estado. Como Cáritas, por ejemplo”, apunta.

Recuerda este activista aquellos años al movimiento “bastante coordinado y con muchos colectivos”. Y señala su vigencia. En su caso, el MOC pasó a llamarse Alternativa Antimilitarista. “A día de hoy se nos sigue llamando en muchos movimientos para pedirnos talleres sobre acción directa no violenta, desobediencia civil, campañas, etc. Desde el 15M hasta los movimientos por la crisis climática”.

Y es que los insumisos fueron en cierto modo pioneros en acciones llamativas. “Lo de colgarse de una pancarta en un puente, encadenarse en juzgados, ocupar cuarteles, etc. Fueron los primeros en actuar de esa forma. Supieron usar los medios de forma muy inteligente”, apunta por su parte el periodista Canela.

“El hecho de la desobediencia civil tiene una capacidad de impacto enorme. Se pusieron en juego todo un repertorio de acciones que de alguna manera fueron novedad y lograron que el movimiento tuviera mucha visibilidad: acciones en los cuarteles con las entregas de insumisos, encadenamientos en el gobierno militar, en el cuartel general del ejército, etc. Con no mucha gente lograbas un impacto enorme”. Quien habla es Nacho Murgui, insumiso en los años 90 y actual concejal de Más Madrid en el Ayuntamiento.

El movimiento, como decía López, sigue vigente. Su “horizonte utópico” es la desmilitarización de la sociedad. Por ello han desarrollado varias campañas. Una, contra el gasto militar. Más antigua aún que la insumisión que es la objeción fiscal a los gastos militares. Se lleva haciendo desde principios de los años 80. “En el 15M tuvo un importante impulso”, apunta López. También se realizan campañas contra fabricación y venta de armamentos, que incluye, por ejemplo, denunciar las ferias de armas que se celebraban en Ifema. La militarización de las fronteras, en colaboración con otros colectivos como Caravana Abriendo Fronteras, es otro de los temas que siguen.

Amplio apoyo social
“En el tiempo que estuve en busca y captura a mí me avisaban todo el rato los vecinos. El frutero de la esquina, que no era un hombre de izquierdas precisamente, estaba pendiente y cada vez que veía alguna cosa extraña de que fueran a por mí, me avisaba. Lo viví con mucho apoyo, se generó una comunidad potente”. Son los recuerdos de Murgui, que fue juzgado en 1996 tras estar más de un año en busca y captura. En su caso, optó por no asistir a la citación judicial y formaba parte de un pequeño colectivo autónomo madrileño.

Una de las acciones que realizaban era mandar cartas a los juzgados, una vez citados a declarar, exponiendo sus razones políticas para no asistir. "No reconozco a ningún tribunal la capacidad de juzgar las conciencias y mucho menos a un movimiento social ampliamente reconocido por la población”, destaca uno de los alegatos de Murgui en su momento.

“El rechazo a la mili era compartido por la mayoría de la sociedad, era muy transversal”, destaca el actual concejal. La gran cantidad de personas que se fueron declarando insumisas suponía un problema incluso práctico a la hora de que el Gobierno aplicará la ley. “Era una ley inaplicable por la extensión del movimiento de desobediencia civil”, comenta.

Por su parte, el periodista Canela comparte que la insumisión generaba muchas simpatías sociales. Y además pone de relevancia que, visto desde la perspectiva actual, al movimiento insumiso lo trataban muy bien en los medios de comunicación. “En el momento, el movimiento no se sentía demasiado apoyado. Pero si lo comparas con cómo se tratan ahora los movimientos similares, es impresionante. Destacaban al movimiento antimilitarista como un actor político, no como una tribu urbana. Después sacaban las barbaridades del ministro o artículos criminalizando. Pero también salía la otra parte. No fue un apoyo pero sí una cobertura seria”. Un ejemplo: el diario El País publicó un artículo de Moragriega e Hinojosa el día que fueron juzgados.

Otro aspecto curioso fue la cierta presencia del cristianismo de base. “El MOC, en sus orígenes, tiene cierta conexión con el cristianismo de base”, destaca el periodista. Conviene recordar que el mencionado Pepe Beunza venía de ahí. Esas conexiones se van diluyendo a partir de los 80 y 90 pero agrupaciones con peso en la base, como Justicia y Pau, representada por Arcadi Oliveres, tuvieron su importancia. No obstante, aunque desde la jerarquía católica tuvieron su reflexión interna, se hizo una pastoral criticando a los insumisos. “La Iglesia en sí no apoyó nunca la insumisión”, apunta Canela.

Un movimiento que logró vencer
La mili acabó porque el gobierno de José María Aznar lo pactó con la CIU de Jordi Pujol en el famoso pacto del Majestic, en 1996. Se hizo efectiva en 2001. “En una década acabar con la mili está bastante bien. Teniendo en cuenta que veníamos de una dictadura militar, que el ejército en este país era una institución sagrada, el éxito es bastante grande, nosotros así lo vivimos. Supuso un impulso importante y 30 años después seguimos luchando”, señala López.

“El movimiento murió de éxito. Al principio todos los insumisos formaban parte de un colectivo, estaban coordinados, tenían abogados del movimiento. Pero llega un momento en que se desborda, empiezan a salir montones de insumisos, no se pueden juzgar a todos. Se creó como un manual para hacer campañas, se replican de formas autónomas, se desbordó el movimiento”, destaca, por su parte Canela. El periodista considera que el movimiento no tuvo la fuerza necesaria para vender políticamente su victoria. “Creo que estaba un poco decaído pero también hay que entender que del 89 al 92 o 93 fue la dinámica de activismo frenético. Desgastó a muchos activistas. En el 95 o 96 había mucha gente en segunda línea porque no podía más”, añade.

“Fue una victoria enorme. El movimiento partía de un discurso de mayor alcance, logró acumular mucha fuerza contra la mili pero cuando esa cuestión se acaba, el movimiento antimilitarista queda mucho más aislado de la sociedad”, apunta Murgui. Considera, además, que “cuando los movimientos sociales logran algunos de sus objetivos muchas veces languidecen”. Murgui reconoce que no recuerda que por ejemplo hubiera actos celebrativos. “En estos ámbitos siempre tenemos un carácter muy crítico y cuesta reconocer las victorias. Pasa en los movimientos sociales y en la izquierda. Pero el acabar con una institución como la mili, tan arraigada en un país como éste, tiene un mérito tremendo, fue una transformación de un alcance tremendo. No se ha reconocido, ni siquiera por quienes formamos parte de él, el papel que tuvo el movimiento”, concluye.

jueves, 31 de octubre de 2019

#libbres #insubmissio | Insubmissió! : quan joves desarmats van derrotar a un exèrcit

Insubmissió! : quan joves desarmats van derrotar a un exèrcit / Joan Canela.
València : Sembra Llibres, 2019 [10].
216 p.
ISBN 9788416698356 / 17 €

/ CAT / ENS
/ Ejércitos / Historia – Siglo XX / Insumisión / Juventud / Movimientos sociales / Política

20 de febrer de 1989. 57 joves es declaren insubmisos al servei militar obligatori de manera coordinada arreu de l’Estat. Els somriures i els cops a l’espatlla tracten de dissimular la tensió i la preocupació que els tenalla. Amb raó. El seu «no» iniciaria una llarga batalla contra un dels principals exèrcits de l’OTAN. Una campanya de desobediència civil que acabaria sent la més massiva i reeixida de l’Europa del final del segle XX. Durant els dotze anys següents, uns 50.000 joves van desbordar, literalment, l’Estat espanyol. I malgrat que prop de 1.700 insubmisos van acabar a la presó, finalment van provocar el col·lapse del model militar de lleva obligatòria. Però, qui eren aquests joves? Com van aconseguir guanyar?

A ‘Insubmissió! Quan joves desarmats van derrotar un exèrcit’ l’activista i periodista Joan Canela reivindica, mitjançant els testimonis dels protagonistes, el relat d’aquella lluita que ha estat silenciada durant dècades. Un gran moviment social i contracultural que va marcar una generació i en va beneficiar totes les posteriors. Uns fets històrics que ens demostren el poder de la desobediència civil, pacífica i col·lectiva. Un llibre, en definitiva, com a homenatge a aquells joves insubmisos que van aconseguir, sense disparar ni un sol tret, una de les derrotes més humiliants de les Forces Armades i el Govern del Regne d’Espanya.

jueves, 15 de febrero de 2018

#hemeroteca #filosofia | Marina Garcés, la filósofa insumisa

Imagen: El Mundo / Marina Garcés
Marina Garcés, la filósofa insumisa.
Marina Garcés es la pensadora de la insumisión y de los movimientos sociales. Ha llevado la filosofía más allá del mundo académico. Flamente Premi Ciutat de Barcelona, en abril publicará 'Ciudad Princesa', un libro de lucha a pie de calle.
Marías Néspolo | El Mundo, 2018-02-15
http://www.elmundo.es/cataluna/2018/02/15/5a85d83b268e3eb5778b4615.html

Encontrar un hueco en la agenda de Marina Garcés (Barcelona, 1973) no es tarea fácil. Hay que abrirse camino entre los tribunales de doctorado en los que participa y las clases que dicta como profesora en la Universidad de Zaragoza, el tiempo que dedica a sus hijos o al colectivo alternativo de pensamiento crítico Espai en Blanc, sin contar con el que destina a su incesante producción filosófica con obras como ‘Un mundo común’ (2013), ‘Filosofía inacabada’ (2015) o ‘Fora de clase’ (2016), además de los diversos proyectos colectivos de experimentación cultural, social y pedagógica en los que se implica.

La polémica pregonera de las pasadas fiestas de la Mercè y reciente Premi Ciutat de Barcelona por el breve y contundente ensayo 'Nueva ilustración radical' (Cuadernos Anagrama, 2017) también colabora en los medios y no sólo escritos. El próximo domingo aparecerá en la pantalla junto a Jordi Évole en un Salvados dedicado al odio y los linchamientos en la red. «Creemos que Twitter es la barbarie y un infierno, pero es nuestro infierno. Esos taques de odio atávico, oscuro e irracional responden a marcos ideológicos y a un argumentario político. Representa el escenario de las guerras que tenemos abiertas en nuestra sociedad», apunta.

Algo de todo eso sabe la pensadora de la insumisión y de los movimientos sociales que las redes tildan de radical y antisistema. Lo cierto es que su formación debe tanto a Gilles Deleuze como a las luchas a pie de calle. De eso trata su próxima obra, ‘Cuidad Princesa’ que Galaxia Gutenberg publicará poco antes de Sant Jordi. «Es un relato en primera persona, una crónica de ciudad y un ensayo en el que repaso los aprendizajes de mi escuela política en el ciclo de luchas que va desde el desalojo del Cine Princesa en 1996 hasta el 1-O, que no entraba en el guion original», explica. Y esta conversación no sólo debe robar tiempo a la corrección de galeradas, sino a nuevos aprendizajes. Marina Garcés no tiene un minuto libre y, sin embargo: «He comenzado a tomar clases de piano», confiesa. «Es mi gran desacato», dice con una sonrisa de niña traviesa.

P: ¿Qué representa Espai en Blanc en su trayectoria?
R. Para mí la filosofía como práctica está vinculada no sólo al mundo académico, sino también al mundo de los movimientos sociales y de la cultura como territorio de experimentación, contestación y compromiso. Espai en Blanc, como tal, lo fundamos en 2002 en las grietas de la Barcelona post olímpica como un territorio donde experimentar nuevos formatos y maneras de relacionarnos con el pensamiento. Reúne gente de edades y disciplinas muy diversas, no es un grupo de militancia cerrado, sino más bien una sucesión de proyectos que nos vinculan en torno a un pensamiento experimental, práctico y colectivo. Nuestras prácticas van de jornadas y tertulias anónimas, a documentales, microvídeos, investigaciones en entornos reales. En los últimos años hacemos ‘El Pressentiment’, una hoja volante en la tradición obrerista, entre el cartelismo y el panfleto, cuyos primeros 50 números publicamos el año pasado en Edicions Bellaterra. Los presentimientos surgieron con el 15-M; el lugar de recubrir con discursos lo que estaba pasando que fue la gran tentación de los partidos políticos, nosotros dimos un paso atrás y abrimos un espacio para otro tipo de palabras.

P. ¿No le da miedo quedar institucionalizada con el Premi Ciutat de Barcelona?
R. Yo intento pensar en desviación y esas derivas siempre dan miedo. Confío en que mi recorrido sea lo bastante consistente como para no quedar atrapada. Si no tuviera mis vínculos colectivos con los lugares reales de compromiso, la captura institucional -o editorial como autora también- sería un riesgo mayor. Protegerse en los márgenes a veces suele esconder la actitud autocomplaciente y purista del intelectual que no se ensucia las manos. Se trata de saber atravesar los lugares. Mi relación con la filosofía es una declaración de compromiso con este mundo y también con mi ciudad y su gente. Participo en la vida cultural de Barcelona desde la independencia y por eso el premio no me sitúa ni me molesta, porque no es mi argumento de legitimación.

P. ¿Le sorprendió la polémica de su pregón de la Mercè?
R. Sí, porque fue un pregón muy crítico con muchos aspectos y lo que provocó mi linchamiento en Twitter fue la referencia que hice, desde un humanismo compasivo, a los terroristas muertos en Ripoll. Cuando mencioné las diversas ausencias que había dejado el 17-O como herida abierta en la Mercè, también añadí la ausencia de unos chicos de Ripoll que nos dejaban unas dudas que pensar. La muerte en el doble sentido, las que habían causado y las suyas, nos dejaban un interrogante como sociedad: '¿Qué hacemos con esas muertes?' Eso provocó todo tipo de acusaciones empezando por un comunicado del PP.

P. ¿Le molesta que se la encasille como filósofa antisistema?
R. Nos damos prisa por etiquetar, por colgar siglas y banderas a todo el mundo. Mi pensamiento es saboteador de códigos. Cualquier etiqueta, como cualquier intento de codificarnos, me molesta, porque es un ejercicio de poder. Pero eso forma parte de las consecuencias que tiene hacer una filosofía que no se resguarda en las zonas de confort. La clave es confiar en que podemos seguir saboteando cualquier etiqueta.

P. ¿Asistimos a un boom filosófico en la ciudad?
R. Coinciden un cambio de generación y de época con el solapamiento de varias crisis: económica, política, de marco epistemológico y de civilización. Cuesta mucho imaginar futuros tanto a nivel urbano como planetario. Eso provoca una revitalización de la filosofía porque tenemos que ir a las raíces de los problemas para pensar hacia adelante. Y aquí además se da la emergencia de una generación que no nos hemos formado bajo el franquismo. Todo eso conecta con festivales como el Barcelona Pensa o la propuesta de Joan Subirats de crear una gran bienal de filosofía en la ciudad. Lo importante es superar la dualidad entre el saber de expertos inaccesible y el producto divulgativo porque la filosofía no es eso. Los problemas filosóficos son difíciles pero hay distintas estrategias y maneras de aproximación. La filosofía académica se ha dedicado a acomplejar a la gente con tecnicismos, a crear monopolios del saber y jerarquías. Y los templos de sabios y expertos producen más desigualdad. Yo concibo la palabra filosófica como antijerárquica, que interpela donde chocan el saber y el no saber con el cuestionamiento y la crítica. La filosofía es una forma de emancipación continua y esa potencia igualitaria que tiene es la que procuro activar.

P. Esa relación entre saber y emancipación es la hipótesis central de 'Nueva ilustración radical'...
R. Nadie tiene la receta de una vida mejor y más digna, pero si dejamos el saber en manos de expertos que nos solucionen los problemas reforzamos el sentido tecnocrático del poder y cerramos nuestro campo de participación política, epistemológico, cultural y humano. El saber los construimos juntos de manera recíproca. Nuestra emancipación de las formas de vida tutelada depende de eso, de reemplazar el universal proyectivo de la modernidad, el saber de los planificadores de futuro, por un saber recíproco, por un universal que elaboremos de forma recíproca, entre singularidades, identidades, epistemologías y formas de vida diversas.

P, Esta nueva ilustración radical tiene tanto de programa como de manifiesto y panfleto...
R. Exacto, es un libro encrucijada y semilla. Son apuntes y esbozos de líneas abiertas en distintas conferencias que marcan el programa de investigaciones por venir. Se trata de responder a los estados emocionales de la angustia y el miedo que alimentan el vacío de las filosofías apocalípticas que dominan nuestro tiempo. La crisis de la modernidad se ha convertido en sinónimo de crisis de la crítica. Recuperar el espíritu de la ilustración es recuperar su actitud crítica, no su proyector modernizador del siglo XVIII en cuyas ruinas vivimos. Mi preocupación es que no caigamos en la renuncia antropológica de esta actitud crítica. Una crítica radical en el cruce entre incredulidad y confianza. Se trata de poder declararnos incrédulos e insumisos frente a los dogmas de nuestro tiempo sin perder la confianza de que está en nuestras manos el hacer y rehacer las formas de vida que queremos en este mundo.

P, ¿De ahí la deriva política del texto?
R. Para mí todo es política, en el sentido amplio. Reapropiarnos de la potencia del pensamiento es la propuesta para la politización de la vida. El compromiso pasa por devolver a cada cual la potencia común del cuestionamiento crítico que nos emancipa individualmente. Levantar la cabeza y declararnos insumisos a los dogmas y las formas de opresión. Es una tarea singular y radicalmente común, porque nos implica y concierne a todos.

P, ¿Y el procés no ha generado algo similar?
R. Sí, mi diagnóstico es positivo, más allá de la historia política e institucional que ahora está en un callejón sin salida, muy dramático. Es un salto cualitativo más allá del pacto de la Transición, que resulta incomprensible institucionalmente. El espíritu de autodeterminación colectiva, en busca de un nuevo consenso, ha abierto una nueva situación política y eso es lo que da más miedo. El referéndum, más allá de su validez o no jurídica, fue un acto de autodeterminación colectiva en sí mismo. La pregunta que hay que hacerse es cómo el inoperante sistema de partidos sigue teniendo la fuerza suficiente como para desactivar un proceso colectivo. Y el gesto radicalmente permanente sería darnos cuenta de que el estado de excepcionalidad no es un paréntesis o un desvío, sino algo permanente que nos está haciendo aceptar como normales cosas que no lo son, como la presión o la autocensura.