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martes, 14 de marzo de 2017

#hemeroteca #transgresion | El antro más canalla de Barcelona

Imagen: El Periódico / Flor de Otoño
El antro más canalla de Barcelona.
Los 11 perversos años de vida de La Criolla, cuando Barcelona era el Shanghái del Mediterráneo, son revividos por Paco Villar.
Carles Cols | El Periódico, 2017-03-14
http://www.elperiodico.com/es/noticias/barcelona/antro-mas-canalla-barcelona-5896788

A veces hay quien se pregunta qué pecados ha cometido Barcelona para tener no uno sino dos templos expiatorios, la Sagrada Família y el Sagrado Corazón del Tibidabo, un récord de beatería sin igual a este lado del Atlántico. Tal vez sean los que se cometieron en La Criolla los pecados que allí se expían, porque aunque de vida breve, solo fueron 11 años, fue sin rival el local más canalla de la historia de esta ciudad, “la locura de la noche empujada hasta la exasperación”, según palabras del novelista y patafísico Pierre Mac Orlan, uno entre los cientos de aquella legión de famosos que entre 1925 y 1936 se adentraron en la calle más golfa de Barcelona para conocer de primera mano aquel templo del vicio.

Las puertas de La Criolla se abren de nuevo (literariamente, claro, que no se asuste la municipalidad) porque el escritor y periodista Paco Villar acaba de publicar lo que debería considerarse ya la biblia canónica de aquel cabaret en el que Josephine Baker (que estuvo) no era la estrella, sino el público, un establecimiento en el que bajo un mismo techo cabían chulos, prostitutas, travestidos por placer, travestidos por dinero, Jean Genet, travestidos anarquistas, Flor de Otoño, premios Nobel, Jacinto Benavente, carteristas, Douglas Fairbanks, padre e hijo, Simone Weil de paso por la ciudad, presos fugados del penal de la mismísima Isla del Diablo, camellos de cocaína (mandanga chachi, llamaban a la de mejor calidad), los burgueses de palco del Liceu y, sobre todo, grandes plumas periodísticas y literarias que dieron fe de todo aquel pandemonio.

Cid, 10
Autor ya de un libro de cabecera sobre la Barcelona más sórdida, ‘Historia y leyenda del barrio chino, crónica y documentos de los bajos fondos 1900-1992’, Villar centra el foco esta vez casi exclusivamente en el epicentro de lo que fue aquel despiporre, La Criolla, un local que iluminó con su fama la que entonces era la calle más perversa y peligrosa de la ciudad, Cid. Estaba en el número 10. 'La Criolla, la puerta dorada del barrio chino', de la editorial Comanegra, es el retrato hiperrealista de aquel momento.

La del Cid Campeador es una calle que hoy en día, aunque aún en el chino (Raval sur, en lenguaje políticamente correcto), es más bien sosainas. Aburrida, incluso. No queda nada en pie de lo que un día fue. De La Criolla se escribió mucho en los años 20 y 30. Eran los bajos fondos de Shanghái, pero en Europa. Gui Befesse, periodista y topógrafo de la mala vida, lo definió así: “En la calle Cid, centro de la crápula con prostíbulos de cariátides jalbegadas y floripondiadas en los quicios, refugio de ese submundo de mecheras, rateros, carteristas, espadistas y demás fauna del delito, del vicio y del infortunio (…) se halla instalada La Criolla, salón de baile en el que hay hombres afeminados con las caras pintadas y las manos pulidas como si fuesen damiselas. (…). La Criolla es el puente que une a la gente de abajo con la de arriba. Nosotros creíamos encontrar un antro lleno de gente del hampa e invertidos; pero hemos visto, además, a un público selecto y a ese sector de la sociedad que se denomina gente honnrada”. El relato sigue y alcanza la sima del desenfreno cuando Befesse dice ser testigo de cómo un matrimonio de un palco, tras hacerse falsamente ambos los ofendidos, terminan por entrar en el reservado con un grupo de homosexuales que les ofrecían un rato de entretenimiento.

Un cronista irrepetible
Cabe siempre, por supuesto, la posibilidad de que aquellos ecos del pasado no fueran más que la consecuencia de otro vicio, el de los periodistas y escritores a ponerle a sus pasteles más guindas de las necesarias. A veces pasa. Pero parece que no es el caso. El trabajo arqueológico de Villar es impecable. Echa mano, cómo no, de Francisco Madrid (Barcelona, 1900 – Buenos Aires, 1952), mucho más que un periodista de sucesos, un maestro de la crónica negra, jamás de la crónica roja, un hombre dotado como pocos para la descripción, no en vano fue él quien acuñó la expresión barrio chino de Barcelona cuando en un golpe de suerte, pues por ahí no había orientales, vio a uno salir de una taberna del Arc del Teatre, “con la cara de luna de todos los orientales, los ojos abiertos como un concejal…”. Así era Madrid. No daba puntada sin hilo. Entre dos comas asestaba un golpe. Hay un libro extraordinario, ‘Asesinato en América’, que recopila los premios Pulitzer de los grandes crímenes de Estados Unidos. Madrid merecería estar en ese libro coral, entre sus contemporáneos James Mulroy, Alvin Goldstein y Joy Brier.

El caso es que Madrid llegó a ser hasta guía turístico a su pesar de aquellos que querían visitar la calle Cid, la Criolla, y no se atrevían. Todo era muy extraño entonces, ‘très bizarre’. La Sociedad de Atracción de Forasteros, el equivalente de la actual Turisme de Barcelona, recomendaba la visita al local como parte de lo indispensable de una ruta por la ciudad.

Lo dicho antes. Habrá quien diga que la fama de La Criolla se exagera, pero el libro de Villar tiene unos cimentos formidables. Su amigo Lluís Permanyer, fascinado también por “aquella cueva del vicio”, le facilitó una copia íntegra del único material tangible que queda de aquel ‘dancing club’, un libro de firmas de visitantes ilustres, una joya con 535 dedicatorias y 43 dibujos, Opisso entre ellos, cómo no. El tomo es el único que se ha conservado de los tal vez tres o cuatro que hubo en el despacho del dueño de La Criolla, Antonio Sacristán, una dependencia con el primer cristal de Barcelona que era espejo solo por un lado, como el de las ruedas de identificación de la policía, ya que así, desde aquella sala oculta, que presidía una imagen de la Moreneta, podía seguir todo cuanto ocurría en el local y, si era necesario, huir por un pasadizo secreto, que también lo había. Sí, era como una película de Scorsese, pero con personajes extremos de aquí, como María de la Paz Guerrero Molina, hija de una familia de militares de Palma de Mallorca, políglota, pianista, educada en la cristiandad, pero que prefería prostituirse en la calle Cid a saber por qué.

Y ahora, ¿qué?
La aviación italiana borbardeó el barrio en 1938 y el edificio de La Criolla fue borrado de la faz de Barcelona. Sin embargo, no fue aquel ataque el que puso fin a la vida del local, sino el estallido de la guerra civil. Conviene releer ‘Homenaje a Catalunya’, de George Orwell, porque retrata cuán puritanos resultaron ser los anarquistas que tomaron el control de la calles de Barcelona, en “aquella ciudad donde las clases acomodadas habían dejado de existir” y donde “nadie decía señor, ni siquiera usted, sino que todos se llamaban camarada”, y en la que “llamativos carteles animaban a las prostitutas a dejar de prostituirse. Fue entonces cuando, a bordo de un Rolls Royce, Sacristán huyó del chino.

Cerró La Criolla en 1936, pero, claro, el vicio en Barcelona es como los géiseres en Yellowstone. No hay tapón. La presión periódicamente se alivia. El agua nunca ha alcanzado la altura de aquel local del número 10 de la calle Cid. No lejos de ahí abre cada noche el que tal vez sea estos días el bar más canalla de la ciudad. Que tampoco se asuste la municipalidad. No es una criolla revivida. Mañana se lo contamos.

sábado, 11 de marzo de 2017

#hemeroteca #transgresion | 'La Criolla': cuando las drogas y el sexo reinaban en el Chino

Imagen: La Nación / Miss Barrio Chino en La Criolla, 1934
'La Criolla': cuando las drogas y el sexo reinaban en el Chino.
Gustau Nerín | El Nacional, 2017-03-11

http://www.elnacional.cat/es/cultura-ideas-artes/criolla-paco-villar_143703_102.html

La editorial Comanegra, con el Ayuntamiento de Barcelona, ha publicado ‘La Criolla. La puerta dorada del Barrio Chino’, de Paco Villar. Villar es toda una autoridad en el Barrio Chino de Barcelona: en 2009 ya publicó otro libro emblemático: ‘Historia y leyenda del Barrio Chino (1900-1992)’ y también escribió un libro delicioso sobre los cafés de la capital catalana: ‘La ciudad de los cafés: Barcelona, 1750-1880’. En su último libro se centra en la historia de La Criolla, un local del Barrio Chino que no tuvo mucha duración: se inauguró en 1925 y se cerró en 1936; quedaría absolutamente destruido por una bomba de la aviación italiana en 1938. Pero en el poco tiempo que existió se convirtió en todo un referente de la Barcelona canalla. Villar lo define como "el local nocturno más transgresor y cosmopolita que ha tenido Barcelona".

Drogas, homosexualidad y transformismo
Villar explica que La Criolla estaba en la calle del Cid, detrás de Drassanes, y que era uno de los sitios más sucios y siniestros de Barcelona. Como estaba muy cerca del puerto, era frecuentado por marineros, delincuentes y prostitutas. No era infrecuente que estallaran peleas, que de vez en cuando acababan a navajazos. En esta calle, y en algunas otras de la zona, se acumulaban los burdeles y las tabernas. La Criolla se convirtió en el principal local de diversión de la zona por su oferta de baile, sexo y drogas. Tenía un pequeño escenario y un gramófono, y ofrecía tanto música en directo como grabada. Cada día, en La Criolla, se juntaba mucha gente para bailar sensualmente, sin ningún tipo de freno. El principal atractivo del local era el sexo: se podían negociar todo tipo de encuentros sexuales: con prostitutas, con casadas, en grupo, con menores, homosexuales, para hacer de ‘voyeur’... Durante una temporada en La Criolla se celebraban muchos espectáculos de transformismo, e incluso en una ocasión se convocó el concurso de Miss Barrio Chino, reservado exclusivamente a transexuales. En el reservado y en las habitaciones del local se producían todo tipo de encuentros sexuales. Y había una fluida circulación de drogas: según Villar gracias a la proximidad del puerto se podía conseguir la mejor cocaína, poco adulterada, la que llamaban, en la época, "mandanga chachi".

Entre el vicio y el espectáculo
La Criolla no era uno más de los locales de los bajos fondos de Barcelona: era todo un referente de la vida nocturna de la ciudad, porque en este establecimiento se mezclaban los marineros y las prostitutas con los burgueses de la ciudad. La alta sociedad barcelonesa hacía incursiones en la calle del Cid, incluso en familia, para mezclarse con los sectores más marginales de la sociedad y volverse, al cabo de unas horas, a los confortables barrios altos de la ciudad. Pero en La Criolla también llegaban muchos extranjeros: esta taberna se convirtió en una escala obligada en la ruta turística de la Barcelona de los años 30. Visitantes de todo el mundo acababan su estancia en la capital catalana con una noche loca en La Criolla. El libro de Villar no intenta mitificar este local, sino que reconoce su papel ambiguo, como local de diversión popular por una parte, pero también como escenario donde las clases populares se convertían en el espectáculo de las clases dominantes.

La Criolla sobre el papel
Si La Criolla consiguió ser tan famosa, es porque fue frecuentada, no sólo por mafiosos, prostitutas, proxenetas, asesinos, marineros y turistas, sino también por muchos intelectuales catalanes, que más tarde la darían a conocer, en sus obras. Este local era punto de encuentro de periodistas, escritores y artistas y muchos de ellos reflejaron el ambiente del Chino en sus obras. Domènec de Bellmunt, Paco Madrid y Alfonso Martínez Rizo escribieron sobre La Criolla; los fotógrafos Brangulí, Gabriel Casas y Josep Maria de Sagarra fotografiaron al público de esta sala, y también a los artistas que actuaban allí y a las prostitutas que la visitaban; el ilustrador Ricardo Opisso, un habitual del local, realizó algunos dibujos sobre el lugar... Pero también muchos escritores extranjeros se pasaron por la Criolla y la retrataron en sus obras, desde Jean Genet, Joseph Kessel o Pierre Mac Orlan (todos ellos especialistas en explicar historias de ambientes "canallas") hasta Ilyá Ehrenburg. Y sabemos que pasaron por la calle del Cid otros famosos personajes, como la bailarina afroamericana Josephine Baker o la filósofa francesa Simone Weil, aunque no escribieron nada sobre el local.

El libro de firmas
Paco Villar recupera uno de los libros de firmas que tenían en el despacho del gerente del local y que ofrecían a los visitantes más ilustres. Una perla con 784 firmas, 535 dedicatorias y 43 dibujos, que pone de relieve la fama y la transversalidad de este local. En primer lugar, se constata que tenía público de todas las tendencias políticas, desde el republicano Eduardo Barriobero hasta el nacionalista Ventura i Gassol. Entre los escritores, están las firmas de Josep Pla, de Josep Maria de Sagarra o del protofascista César González Ruano. Entre los dibujos, se encuentran algunos de artistas desconocidos o con una firma indescifrable, al lado de otros de genios como Opisso (del TBO) o Marcel·lí Porta (de La Esquila de la Torratxa). Y también se pone en evidencia que La Criolla era un lugar frecuentado por la gente del teatro, como la genial Margarida Xirgu.

De referencia
‘La Criolla’ es un libro sobre un local, un local de libro. Probablemente la historia de La Criolla y sus clientes daría para varios volúmenes. Si las paredes de este local hubieran hablado, habrían hecho tambalearse el país. Este libro, pues, parte de una excelente materia prima, y sabe extraer de ella el máximo provecho. Parte de una investigación de fuentes muy exhaustiva, que se combina con una magnífica redacción. En esta edición se reproducen numerosas imágenes de época de La Criolla y de su entorno, y gracias a eso el lector se puede transportar hasta el local más canalla de la capital catalana y vivir su ambiente. Pierre MacOrlan dijo que La Criolla era "La locura de la noche llevada hasta la exasperación". Y Paco Villar, en este ensayo mágico que se lee como una novela, nos sumerge en el mundo fascinante de este local nocturno y la vida canalla de una Barcelona que fue destruida, como La Criolla, con la guerra civil.

miércoles, 8 de marzo de 2017

#libros #transgresion #historia | La Criolla: la puerta dorada del barrio chino

La Criolla: la puerta dorada del barrio chino / Paco Villar Peña.
Barcelona : Comanegra, 2017 [03-08]
256 p. : il.
ISBN 9788416605750 / 22 €

/ ES / ENS
/ Barcelona / Catalunya / Espectáculos / Historia – Siglo XX / La Criolla / Ocio nocturno / Transgresión

La historia del local más famoso de la Barcelona de los años veinte y treinta. Ubicada en pleno Barrio Chino, en ella se congregaban desde los mejores travestidos de la ciudad hasta la flor y nata de la burguesía y aristocracia catalanas.

Vanguardia, cosmopolitismo y desenfreno. La Criolla, aquella «cueva del vicio», según la llamara Lluís Permanyer, fue mucho más que una gran fiesta. En ella se congregaban desde los mejores travestis de la ciudad (allí llegó a celebrarse un concurso memorable de Miss Barrio Chino) a la flor y nata de la intelectualidad catalana y europea pasando por no pocos altos cargos militares policías, políticos, etc. Todos en igualdad de condiciones, compartiendo pecados, miserias y algunos momentos de euforia absoluta. Atravesar la puerta de La Criolla es atravesar la puerta dorada del Barrio Chino.

Paco Villar vuelve a aquel Barrio Chino que conoce mejor que nadie: «La idea de volver al Barrio Chino me perseguía desde hacía bastante tiempo. Todavía había muchas cosas que contar, y el álbum de firmas de La Criolla era la gran oportunidad». Este álbum que menciona es inédito, el gran tesoro de los propietarios de La Criolla. Quienes pasaban por el local dejaban su huella: dibujos, firmas, dedicatorias, pequeñas crónicas de la noche... En definitiva, el retrato perfecto de La Criolla vista por los afortunados que pudieron bailar en su sala.

miércoles, 6 de julio de 2016

#hemeroteca #travestis #memoria | Barcelona, 1931, una manifestación gay recorre las calles

Imagen: El Periódico / La vespasiana de Genet en 1914
Barcelona, 1931, una manifestación gay recorre las calles.
Jean Genet relata en la autobiográfica 'Diario del ladrón' un Día del Orgullo LGTBI muy anterior a la existencia de esta celebración.
Carles Cols | El Periódico, 2016-07-06
https://www.elperiodico.com/es/barcelona/20160706/barcelona-1931-una-manifestacion-gay-recorre-las-calles-5251661

El saber wikipédico sitúa en el 28 de junio de 1969 el kilómetro cero de las celebraciones del orgullo gay. Fue en Nueva York, dicen, porque aquel día los clientes del bar Stonewall Inn, punto de encuentro de la comunidad homosexual, se hartaron de las redadas policiales. Pero, aunque con mucho menos ruido, puede que la primera manifestación gay documentada haya que situarla en verdad en Barcelona y en una fecha indeterminada, probablemente de 1931.

Lo ocurrido lo retrata Jean Genet en su autobiográfica ‘Diario del ladrón’, una de las mejores mirillas que se pueden encontrar en una biblioteca para fisgonear en el Raval más sórdido, en este caso en el de los años 30. El novelista francés recoge en una de las páginas un acontecimiento que le sorprendió. Un grupo de hombres travestidos, al parecer algo muy común en aquella década, fueron a llevar flores a las ruinas de un urinario situado en la parte baja de la Rambla. Mejor, sin embargo, que lo cuente él propio testigo.

El fragmento
“Estaba (se refiere al urinario) cerca del puerto y del cuartel, y la cálida orina de millares de soldados había corroído su chapa de metal. Al constatar su muerte definitiva, las Carolinas, con chales, mantillas, trajes de seda y chaquetillas ajustadas acudieron a ella en solemne delegación para depositar un ramo de flores rojas anudado con un crespón de gasa. El cortejo partió del Paral·lel, torció por la calle de Sant Pau, bajó por la Rambla hasta la estatua de Colón. Eran las ocho de la mañana, el sol iluminaba la escena. Las vi pasar y las acompañé de lejos. Sabía que mi puesto estaba en la comitiva: sus voces heridas, sus gritos de dolor, sus gestos exagerados, se proponían atravesar el espeso desprecio del mundo. Las Carolinas eran grandiosas: las Hijas de la Vergüenza. Llegadas al puerto, torcieron a la derecha en dirección al cuartel y sobre la chapa herrumbrosa y hedionda del meadero público, sobre su chatarra muerta, depositaron las flores”.

Las Carolinas eran, obviamente, hombres de pelo en pecho, habituales de las vespasianas, ese tipo de urinario de calle que adoptó Barcelona a finales del siglo XIX, inspirados en los modelos originales de París, y que tantos quebraderos de cabeza dieron a las autoridades. En Francia sobrevivieron hasta muy avanzado el siglo XX, pero en Barcelona, que durante un tiempo fue conocida como la ciudad de las bombas, fueron el blanco ocasional de grupos anarquistas y eso precipitó su desaparición. Eran un lugar perfecto para colocar un explosivo y huir. Del que habla Genet, situado en la Rambla de Santa Mònica, sa sabe que saltó por lo aires tres veces solo entre 1904 y 1908, aunque por el relato del autor parece que lo que precipitó su eliminación fue la corrosión del ácido úrico.

La Criolla
Esa, en cualquier caso, no es la cuestión. Lo fundamental, ya que se celebra el Día del Orgullo Gay, es la desinhibición de Las Carolinas, que hoy puede parecer fuera de época, pero que no lo es tanto si rebusca en la historia del Raval de los años 30, cuando locales como La Criolla eran célebres por su ambiente homosexual. Ni siquiera era un lugar de encuentro discreto, como un Stonewall Inn antes de hora. Allí acudía incluso la burguesía barelonesa, no necesariamente a buscar pareja, sino a ver qué se cocía en ese caldero, de prostitutas, drogas, armas y, como le gusta decir a Nazario, maricones.

sábado, 3 de enero de 2009

#hemeroteca #jeangenet | La santidad de Genet

La santidad de Genet
La prostitución, el robo, la miseria y las humillaciones formaban parte de la cotidianidad en el Barrio Chino de Barcelona, en los años treinta, que Jean Genet narró de manera descarnada en Diario del ladrón. El escritor Juan Goytisolo, que conoció bien al autor francés, repasa la potente influencia que tuvo esa época en su obra posterior.
Juan Goytisolo / Jean Genet | Babelia, El País, 2009-01-03
http://elpais.com/diario/2009/01/03/babelia/1230943152_850215.html

1932. España estaba cubierta entonces de vagabundos: sus mendigos iban de pueblo en pueblo, por Andalucía en razón de su buen clima; por Cataluña, de su riqueza, pero todo el país nos era favorable. Fui así un piojo con la conciencia de serlo. En Barcelona, frecuentábamos sobre todo la calle Mediodía y la del Carmen. Nos acostábamos a veces seis en un jergón sin sábanas y, al amanecer, íbamos a pordiosear por los mercados. Salíamos en banda del Barrio Chino y nos dispersábamos con un capacho bajo el brazo, pues las amas de casa nos daban más bien un puerro o un nabo que unos céntimos. A mediodía regresábamos y nos hacíamos la sopa con lo recaudado. Lo que voy a describir son los hábitos de la canalla.

Caído en la abyección, Genet decidirá asumirla y convertirla en virtud suprema. La escala de valores de la sociedad biempensante no será la suya sino dándole la vuelta: lo vil se transmutará en noble y lo noble en vil. El proceso de subversión íntima iniciado en el antiguo Barrio Chino barcelonés será largo y accidentado, y se plasmará en la siguiente década en sus primeras obras poéticas y narrativas escritas en la cárcel parisiense de la Santé. El joven inclusero, mísero e indocumentado se consagrará al robo, la prostitución y la mendicidad en su anhelo de alcanzar la dureza empedernida del criminal con la misma entrega de quien se inicia en los arcanos de una creencia mística y de su áspero camino de perfección espiritual.

Los piojos, escribe en Diario del ladrón, eran el signo más visible de su indignidad, tan representativos de su condición de paria como las joyas que adornan a aristócratas y burgueses de la de su estatus de gente guapa. Los harapos y las llagas amorosamente cuidados para atraer la conmiseración mudarán en su fuero interior la vergüenza en gloria. El orgullo necesario para enfrentarse al desprecio ajeno, sólido y resistente como esa roca que parte la corriente de un río, se afianzará en su voluntad de envilecimiento: su patria será la chusma, y él su cronista y cantor.

Las fechas de la estancia de Genet en España no pueden fijarse con exactitud. Aunque en Diario del ladrón habla de 1932, lo cierto es que, tras alistarse por primera vez en el ejército a su salida del reformatorio de Mettray y ser destinado como "jenízaro colonial" a Siria en 1930, de donde fue repatriado el siguiente año, firmó un nuevo contrato de alistamiento y fue enviado al Séptimo Regimiento de tropas indígenas de Meknés, en el que permaneció hasta enero de 1933. Ni la exhaustiva biografía de Edmund White ni la cronología establecida por Albert Dichy fijan claramente la duración de su etapa española. Probablemente ésta se extienda de noviembre de 1933 a abril de 1934. La única prueba documental de la misma es la carta dirigida a André Gide el 12-12-1933 en la que, después de pintar su poco brillante situación material ("estoy sin un céntimo en Barcelona, el cónsul es intratable, soy huérfano y vagabundeo de tasca en tasca"), solicita su ayuda y da como remite el Apartado de Correos de la ciudad.

Tras su iniciación en la querencia barcelonesa del antiguo Distrito Quinto, la carrera de ladronzuelo de Genet continuará, primero por Europa Central y luego en Francia, hasta la publicación de sus primeras obras, escritas en la cárcel, a mediados de los cuarenta. Un breve repaso a sus sentencias condenatorias, reproducidas en el libro de Albert Dichy y Pascal Fouché (Jean Genet. Essai de Chronologie), revela que su fascinación juvenil por el crimen y devoción por sus profesionales no le llevaron a emular sus hazañas sino de forma muy modesta. Junto a los "delitos" de vagabundeo —el equivalente de nuestra infame Ley de Vagos y Maleantes—, carencia de carné antropométrico de identidad o intento de viajar en tren con una tarjeta militar falsificada, leemos: substracción fraudulenta de una docena de pañuelos en los almacenes La Samaritaine; idem, de autógrafos en una librería de la Rue Bonaparte; hurto de una camisa de seda en los almacenes del Louvre; de un retal de sábana en el Bazar de l'Hôtel de Ville; de una billetera y una maleta, etcétera.

Su fallida carrera en el robo le condujo no obstante a su condición de gran escritor: a convertirse en esa bomba literaria descubierta por Cocteau y cuya potencia subversiva no tardaría en conmocionar a Sartre.

"Detrás del Paralelo se extendía un solar en el que los marginados jugaban a cartas (El Paralelo es una avenida de Barcelona paralela a las célebres Ramblas. Entre estas vías, muy amplias, un laberinto de calles estrechas, oscuras y sucias forman el Barrio Chino)".

Con estas palabras, propias de una pequeña guía para turistas, Genet nos introduce en lo que será para él en adelante su "territorio moral" —el del robo, prostitución masculina, traición, humillaciones, miseria—, vinculado para siempre a España y a su iniciática experiencia barcelonesa. Su aprendizaje en el mal, de la mano izquierda de su mentor, el manco Stilitano, será el de un pícaro de escaso oficio y exiguo beneficio: hurto en los cepillos de las iglesias, timos menores, demanda en el consulado de su país de un bono de repatriación hasta la frontera con el correspondiente billete de tren que venderá en la estación de Francia, prostitución con marinos extranjeros por un puñado de pesetas. Su acto más audaz consistirá en el robo de la esclavina de un carabinero en los muelles del puerto. Después de satisfacer los deseos de éste en su garita de guardia, aprovechará el momento en que va a lavarse en la pila de una fuente cercana para apropiarse de la prenda y huir envuelto con ella a su querencia del Barrio Chino. La modesta hazaña le engrandece a ojos de su mentor, a quien confía la venta de su botín en muestra de su devota sumisión (El carabinero burlado irá a buscarle a La Criolla pero, advertido del peligro, Genet "toma las del Paralelo" y desaparece por un tiempo del local).

Extramuros de los reformatorios en los que fue internado desde la adolescencia y de los cuarteles en los que a continuación se alistó, Genet hallará en la España convulsa de la época el punto en el que asentará su aventura estética y moral. El Barrio Chino barcelonés —el actual Raval— era la guarida ideal para las heces y detritus de la sociedad. La "librea de la miseria" de la que hablan irónicamente nuestros clásicos —esto es, los harapos, la mugre y las alpargatas usadas hasta la trama— identificaba a la hermandad de mendigos y rateros acampada en él. La galería de personajes genetianos —buscavidas, rufianes, prostitutas, pordioseros, desertores, travestidos— se amadrigaba en la espesura urbana del ámbito como quien se acogía anteriormente a lo sagrado y no difiere mucho del hampa sevillana que conoció Cervantes. El aura sacra del execrado Distrito Quinto guiará a Genet, como veremos, por los caminos de su peculiar santidad.

El Genet ramblero e hijo espurio del Paralelo se adentrará en el territorio de la ignominia resuelto a convertirse en objeto de desdén y de asco, en una busca de acendramiento íntimo que en otra ocasión comparé con la de los malamatís del Islam, a quienes Ibn Arabi situaba en la esfera más alta de los bienaventurados. Él y sus cofrades de la miseria lucirán a través de España, nos dice, "una magnificencia secreta, humilde y sin arrogancia". Su empeño se cifrará en "dar un sentido sublime a una apariencia tan Mísera". La soledad moral a la que aspira convertirá su destino en una conciencia irreductible de la que surge una obra luminosa y de perturbadora singularidad. La aspiración al crimen condenado por sociedad, asociada a la de la traición, adquirirá una dureza y fulgor comparables a los del diamante.

La admiración de Genet por las locas españolas que frecuentó en Barcelona y Cádiz apareció más de una vez en nuestras conversaciones. Eran las más audaces y provocadoras de Europa, decía, como reacción natural al rechazo que suscitaban. Asumían el oprobio de la opinión común con un ritual de disfraces, gestos y voces agudas que, a partir de la histeria, alcanzaba la sublimidad.

Cuando me adentré por primera vez en el Barrio Chino en 1949 de la mano de un compañero de universidad aficionado como yo a los libros y experto en las zonas desaconsejadas de la ciudad, La Criolla y los bares en los que anidaba la especie maldita no existían ya. La red de callejuelas que se extendía del Portal de Santa Madrona a la calle del Carme albergaba tan sólo numerosos prostíbulos a cinco pesetas por ficha y la miseria reinante no debía diferir mucho de la que conoció Genet. El célebre burdel de Madame Petite, en el que posiblemente se inspiró al componer Querelle de Brest ("La Feria", de Madame Lysiane), era una sombra de sí mismo y la progenie de las execradas en público (y apreciadas por algunos en privado) ocultaban su maquillaje, abanicos, peinetas y faralaes a los ojos del ciudadano "decente".

Una foto publicada recientemente en El País, en la que dos travestidos merodean por La Rambla, avanzada ya la noche, a la caza de un turista borracho a fin de desvalijarlo me trajo a la memoria un pasaje de “Diario del ladrón” en el que dos "mariconas" muy compuestas, de ojos admirables y cejas inmensas pasean por las cercanías de una vespasiana (así se llamaba en Francia a los urinarios públicos, de chapa circular de metal, despiadadamente demolidos por el alcalde Chirac) con un mono amaestrado en los hombros. A la señal de una de ellas, el mono saltaba de un brinco sobre el ligón de apariencia más burguesa y, aprovechando su confusión, le robaban la cartera.

La procesión fúnebre de las llamadas también Carolinas (valientes precursoras de las "gasolinas" parisienses de Mayo de 68) al emplazamiento de uno de los meaderos destruidos durante los disturbios callejeros de 1933 es uno de los momentos más bellos de Diario del ladrón:

Estaba cerca del puerto y del cuartel, y la cálida orina de millares de soldados había corroído su chapa de metal. Al constatar su muerte definitiva, las Carolinas con chales, mantillas, trajes de seda y chaquetillas ajustadas acudieron a ella en solemne delegación para depositar un ramo de flores rojas anudado con un crespón de gasa. El cortejo partió del Paralelo, torció por la calle San Pablo, bajó por La Rambla hasta la estatua de Colón. Eran las ocho de la mañana, el sol iluminaba la escena. Las vi pasar y las acompañé de lejos. Sabía que mi puesto estaba en la comitiva: sus voces heridas, sus gritos de dolor, sus gestos exagerados, se proponían atravesar el espeso desprecio del mundo. Las Carolinas eran grandiosas: las Hijas de la Vergüenza.

Llegadas al puerto, torcieron a la derecha en dirección al cuartel, y sobre la chapa herrumbrosa y hedionda del meadero público, sobre su chatarra muerta, depositaron las flores.

¿Qué cineasta de genio filmará algún día la escena con la bella precisión de un Visconti y el humor cruel de Fassbinder? El heroísmo tragicómico de las Carolinas merece un recordatorio y su inclusión en los breviarios de una nueva forma de santidad en los antípodas de la de Monseñor Escrivá y de la del fundador de los Legionarios de Cristo Rey. Genet se reprochó siempre, me dijo, su falta de arrojo. Permaneció junto a la multitud indulgente e irónica que acogía su duelo en vez de ocupar el lugar honroso que le correspondía.

Una de las páginas más bellas de Diario del ladrón es la del episodio del tubo de vaselina. Detenido en una redada y conducido con otros sospechosos a la comisaría del distrito (imagino muy bien la escena, pues el poeta Jaime Gil de Biedma y yo corrimos la misma suerte a fines de los cincuenta del pasado siglo, cuando callejeábamos de noche por el barrio, en el cruce de San Pau y Robadors), el policía que cachea a Genet le saca del bolsillo el lubrificante empleado para la penetración anal (que yo acostumbraba a llevar también en mis primeras incursiones por Barbés y la Gare de Nord): un tubo usado ya y cuya mera presencia en el lugar es la prueba palmaria de su pertenencia al gremio de las "mariconas" (Genet emplea siempre la palabra española, consciente de su brutal carga peyorativa):
"En medio de los objetos elegantes sacados de los bolsillos de los detenidos en esta redada, era el símbolo mismo del oprobio que se disimula con el mayor cuidado, pero el signo también de una gracia secreta que iba a salvarme pronto del desprecio […]. Estaba en el calabozo, y sabía que toda la noche mi tubo de vaselina sería objeto de burla —a la inversa de una Adoración Perpetua— de un grupo de policías […]. No obstante, me animaba la certeza de que este frágil y humilde objeto les resistiría y, por su simple existencia, derrotaría a todas las policías del mundo".

Invulnerable al insulto —pienso en el I'm completely dead to decency de T. E. Lawrence—, la comparación de la prueba concreta de su deshonra con el Santísimo Sacramento permitirá a Genet rehabilitar y ensalzar su vida de indigente en el Barrio Chino, y luego su erranza hasta Cádiz y San Fernando, mediante el recurso a los términos más sagrados y nobles. Su victoria verbal le llevará así a bendecir la miseria que la suscita y le imanta a una nueva forma de perfección moral:

Cuanto mayor sea mi culpabilidad a vuestros ojos, entera y totalmente asumida, mayor será mi libertad y más perfectas mi soledad y mi unicidad.

El encuentro con Stilitano, el serbio desertor de la Legión Extranjera francesa, marca un antes y un después en la vida de Genet y será el primer eslabón de una cadena de fascinaciones sucesivas por criminales o gente del hampa —los Harcamone, Bulkaen, Maurice Pilorge, etcétera—, elevados por él al altar de la excelencia y la gloria. Sus primeros robos en el Barrio Chino los dedicará, nos dice, a su fortaleza e impudor severos, a la singularidad de su brazo derecho amputado, cuya mano se pudre bajo un castaño en algún bosque de Europa Central. La fuerza irradiante de este muñón le galvanizará con una imantación similar a la que experimentará, cuarenta años después, por el sudanés Mubarak en los campos palestinos, cuando le pide que tenga su cigarrillo mientras se desabotona y orina tranquilamente junto a él: el timbre gutural de su voz es en ambos el de un sexo en erección.

Stilitano reúne en su persona el rigor del soldado, el aventurero, el sicario, el hampón. Aunque admite la intimidad física con Genet —los dos duermen en el mismo catre en un hotelucho del barrio— le niega el sexo. Desprecia a las "mariconas" y ejerce ocasionalmente de chulo. No obstante, para atraer a aquellas y a las prostitutas, sujeta con un imperdible un racimo con granos de celulosa y algodón en rama en el interior de la bragueta, de modo que abulte y la realce por pura provocación. Genet se encarga de la tarea, sin poder evitar el temblor de las manos mientras prende y desprende el racimo al comienzo y fin de la jornada de merodeo y cambalache. Un día, en vez de dejarlo sobre la estufa, como de costumbre no pude retenerme de guardarlo entre mis manos y llevarlo a mis mejillas. El rostro de Stilitano, encima de mí, se endureció.

—¡Suéltalo, cabrón!

Me había agachado para abrir la bragueta, pero la furia de Stilitano, como si mi fervor habitual no bastara, me hizo caer de rodillas, en la posición que mentalmente anhelaba. Con sus dos pies y su único puño me golpeó. Hubiera podido huir y me quedé allí.

Su delación posterior a la policía del amigo común a ambos, Pepe el Gitano, por su homicidio cometido en las cercanías del Paralelo, no rebajará la devoción de Genet por él: la revestirá al revés, nos dice, con los atributos luminosos de la traición.

Las numerosas referencias de Genet a La Criolla, el cabaré en donde se prostituía por devoción a Stilitano, no mencionan su ubicación en el Barrio Chino ni incluyen una descripción del local.

Nits de Barcelona, publicado en 1931, esto es, dos años antes de su venida a España —obra reeditada por Proa, con las ilustraciones de Oleguer Junyent y el prólogo de Josep M. de Segarra de la edición original—, subsana dicha laguna y nos procura una valiosa información. Su autor, Josep M. Planes, colaborador de la mítica revista Mirador y empedernido noctámbulo, fue asesinado el 24 de agosto de 1936 en la Arrabassada por unos pistoleros incontrolados de la FAI a quienes había consagrado un reportaje poco ameno semanas antes del levantamiento militar contra la República. Segarra esboza un sugerente retrato suyo y coincide con Planes en su aguda percepción de la ciudad durante el periodo que va de la dictadura de Primo de Rivera al 14 de abril: "Quienes más aprovechan la noche en Barcelona son los turistas, los ladrones, los poetas, las prostitutas, la gente que no tiene un centavo y la que dispone de dinero a espuertas".

La Criolla —escribe Planes— se encuentra en plena calle del Cid. El cartel luminoso que cuelga verticalmente de la fachada emborrona el pobre paisaje urbano con un resplandor rojizo […] inmuebles y personas comparten el mismo aire de miseria y nunca se sabe si la suciedad de las paredes viene de los hombres y las mujeres que se apoyan en ellos o viceversa […]. El gentío aglomerado en la calzada y las prostitutas e invertidos que se exhiben por las aceras flotan en este fondo bermellón decorativos y estilizados, como en las ilustraciones en las que debe de soñar Francis Carco para sus libros.

La calle del Cid (¡qué ironía el nombre del Campeador, mantenido hasta hoy en lo que queda de ella, entre el Paralelo y la avenida de Les Drassanes!) está entonces llena de basuras, soldados, prostitutas, marineros, mendigos. Cualquier navajero puede sacar de improviso su útil de siete filos y asaltar a los viandantes acomodados que se asoman a él. El local de La Criolla, una antigua fábrica textil reconvertida en cabaré, encubre la austera desnudez de sus columnas con un decorado chillón de palmeras ornadas con falsas pencas verdes, cocos, monos y negros de tebeo de Tarzán que le confieren un menesteroso esplendor tropical. Una orquesta de tangos ocupa el estrado, ensordece al cliente y contagia su furia a las parejas que bailan en la pista.

(Genet evoca en Diario del ladrón los aires de "Ramona" mas no la voz de Irusta —en realidad del trío formado por éste, Fugazot y Demare— mencionado por Planes, cuya música barriobajera arrasaba en los años anteriores a la Guerra Civil. En una vieja gramola de manivela con bocina exterior, escuché en mi niñez la canción citada por Genet —cuya letra me sé de memoria— y los discos del, en aquel tiempo en boga, conjunto argentino, no sé si epígono o antecesor de Gardel. Mi familiaridad retrospectiva con La Criolla sale así reforzada. Su repertorio musical acunó mis oídos en la Barcelona "decente" de los barrios altos).

Al trazar su pintura del cabaré, Planes señala la existencia, en la acera de enfrente —perdóneme el lector el involuntario juego de palabras—, del bar de Cal Sagristà, famoso, dice, por sus "invertidos" —la gente bien de la época empleaba dicha palabreja: ¡se hallaba aún muy lejos la era de la identidad gay!—, al que acudían jovencitos de labios pintados y cabello untado de gomina. Curiosamente, Genet no habla de él.

Actualmente, el remozado Carrer del Cid no evoca ni remotamente el de la cochambre y bullicio de setenta años atrás. Cuando el Ayuntamiento de Barcelona puso el nombre del escritor a la plazuela o jardincillo del otro lado de la avenida de Les Drassanes, fui invitado a pronunciar unas palabras en la ceremonia de su rotulación. Inútil decir que no acepté: temía que Genet, encolerizado, resucitase de su tumba en Larache y me abrumara con el peso de sus burlas e insultos. Su percepción a la inversa de los términos honor y deshonor es también la mía. Prefiero volver a la pintura cruel de Planes con la que cierra el capítulo de su libro: la calle desierta al amanecer tras el cierre de La Criolla, la luz lívida, la visión goyesca de dos viejas horrendas y de los tricornios de una pareja de la Guardia Civil. 

Los hurtos y trapacerías de los que viven Genet y Stilitano no bastan para sacarles de la miseria. Aunque el futuro autor de Diario del ladrón entrega a su "protector" las pocas pesetas que gana o sisa en los urinarios públicos, éste decide que se prostituya en La Criolla. Allí, la vestimenta femenina se impone. Algunos amigos españoles de Genet la llevan y le dan las señas de vendedoras de prendas de segunda mano. Si bien "resulta muy difícil", escribe, "acceder a la luz a través del pus y las llagas de la vergüenza", el dueño del cabaré le exige que se exhiba "en señorita". Tragándose el sonrojo y convirtiéndolo en una especie de dardo dirigido contra quienes se lo provocan, Genet va a La Criolla y es invitado, con otro travestido, a la mesa de un grupo de oficiales franceses. La dama que les acompaña le pregunta con afectada indulgencia si le gustan los hombres. Genet resiste el impulso de abofetearla y, para vengarse, sustrae la cartera a uno de los mílites.

Una de las páginas más bellas del Diario se sitúa durante el Carnaval, época en la que es más fácil disfrazarse sin llamar la atención. Tras robar un traje de faralaes y una blusa, a los que agregará su complemento de abanico y mantilla, Genet cruza el Barrio Chino para ir a la calle del Cid. Como última trinchera de defensa, conserva el pantalón bajo la falda. Pero, apenas llegado a la barra, la cola de su traje se desgarra. Un joven ha tropezado con sus encajes y, por más que pida excusas y le indique que cojea, la actriz trágica oculta en su interior aúlla "¡No se cojea en mis faldas!", con esa histeria que rompe con la fuerza de un géiser la dura corteza del mundo.

Humillado, Genet sale del local en medio de las risas de los clientes y de las Carolinas. Aunque, al releer el texto, su autor rectifique y precise en una nota a pie de página que el lance ocurrió en Cádiz, en donde también se prostituyó con ropas de andaluza, el prestigio de La Criolla sale indemne del lapsus. La teatralidad de la escena alcanza ese punto en el que vileza y orgullo se confunden. La falda, blusa, abanico y mantilla arrojados al mar componen un ceremonial esperpéntico del que el vagabundo cubierto de oprobio extraerá la fortaleza necesaria para enfrentarse a la crueldad e hipocresía de la sociedad biempensante: la de ayer, la de hoy y sin duda también la que nos sucederá al correr de los días.

Poco después de ello, Genet y Stilitano abandonaron su querencia barcelonesa en un tren de mercancías y buscaron un nuevo refugio en Cádiz.

"Nací en París el 19 diciembre 1910. Pupilo de la Asistencia Pública, no pude conocer nada más de mi estado civil. Cuando cumplí veintiún años, obtuve una partida de nacimiento. Mi madre se llamaba Gabrielle Genet. Mi padre es desconocido. Vine al mundo en el 22 de la Rue d'Assas".

Aunque en la Maternidad le negaron toda información sobre sus orígenes, la imagen de la madre oculta aparece de forma intermitente a lo largo de su obra. Genet se aferra a su apellido, el de Genêt d'Espagne o retoma con el que saludó Cocteau su volcánica irrupción en la literatura, para identificarse con el mundo vegetal y considerar, dirá, que todas las flores son de su familia. A través de ellas, se comparará con los helechos arborescentes de las ciénagas y soñará con las supuestas especies vegetales del planeta Urano, en una metempsicosis que le convertiría en un ser rastrero, como la chusma del Paralelo, sin otra compañía que la de los presidiarios de su raza.

Pero ese malditismo literario no se corresponde en modo alguno con su futura rebelión contra el orden establecido, tanto en el campo social y político como en el artístico y moral. La madre ausente será el punto de partida de su andadura por una cartografía literaria que culminará en su obra maestra, Un cautivo enamorado.

En Diario del ladrón, Genet evoca la imagen de una mendiga anciana, de rostro macilento; chato y circular como la luna, que le pide unas monedas. Su estampa humilde e hipócrita le induce a creer que acaba de salir de la cárcel. Una descuidera, piensa, e inmediatamente la asocia, en una ensoñación efímera, con la mujer que le abandonó en la cuna:

¿Y si fuera ella? me dije mientras me alejaba de la pordiosera. Si lo fuese, iría a cubrirla de flores y de besos. Lloraría de ternura sobre sus ojos de pez luna, sobre su cara obtusa y boba.

La visión de la madre del fedai Hamza, de quien fue huésped en el campo de refugiados palestinos de Irbid en 1970, es mucho más elaborada y compleja. La mujer, más joven que Genet, que le acoge en el lecho de su hijo, partido en misión de combate a los Territorios Ocupados por Israel, y le lleva a oscuras, de puntillas, creyéndolo dormido, una taza de café, se transforma, como la Mater Dolorosa de las estatuas, en la madre simbólica del escritor, la que vela por él, como en aquella noche sagrada, a lo largo de su vida: una fantasía, nos dice, acariciada desde la infancia, cuando el escritor tenía cinco años.

La estampa de Hamza y su madre —la suya y la del guerrillero palestino—, superpuesta en calcomanía a la de la Pietà y el Crucificado, enlazará sucesivamente con la de la Virgen portada en procesión por las Falanges maronitas libanesas y con la Virgen Negra del monasterio de Montserrat. "Dios, creador del cielo y de la tierra, debió de divertirse mucho esculpiendo sus rocas rojizas y faloides", nos dice Genet, que asistió en su vejez, en la abadía, a la conmemoración religiosa de Pentecostés, con música de Palestrina evocadora en su mente de Palestina. El abad, refiere en Un cautivo enamorado, besa a los fieles y él acepta su doble ósculo, pero no lo trasmite a su vecino, como es la norma, con lo que rompe la cadena de confraternidad.

En su correspondencia conmigo de aquella época —substraída por un cleptómano compulsivo, que tuvo no obstante la delicadeza de dejar una fotocopia, durante su exhibición en la Diputación de Almería—, describe su viaje por la España del tardofranquismo, se burla del aburguesamiento de Barcelona y refiere un ligue con un chapero que se dice estudiante de sociología, en las faldas del Tibidabo. Por estas fechas, ya no es el delincuente en el que soñaba ser cuarenta años antes sino el escritor voluntariamente marginal que busca primero en las Panteras Negras y luego en los fedayín la causa que le aleje de una Francia y una Europa de las que se ha distanciado para siempre.

Al final de Diario del ladrón, Genet anuncia una segunda parte que nunca escribió: se propone en ella, dice, "relatar, descubrir, comentar, los fastos del presidio íntimo que hallé en mí después de atravesar este espacio interior que he llamado España". Su deseo juvenil de cubrir el mundo con su progenie abominable cederá paso, tras su estancia en los campos de refugiados palestinos de Líbano y Jordania, a un retorno a su origen desconocido. "Esta última página de mi libro —escribe en El cautivo enamorado— es transparente". Transparencia que deja pasar la luz: su camino de perfección moral a través de vericuetos imprevisibles y por vías distintas de las de Juan de la Cruz y del derviche sufí Mawlana, le ha conducido a una subversiva y pagana forma de santidad.

Lecturas francesas
El "territorio moral" de Genet atrajo, después del alzamiento popular de la Semana Trágica y de la bonanza originada por la neutralidad española durante la Primera Guerra Mundial a numerosos escritores franceses, seducidos por el bullicio y promiscuidad del Barrio Chino.

- Paul Morand, “La nuit catalane” (1929)
- Montherland, “La petite infante de Castille” (1929)
- Francis Carco, “Printemps d'Espagne” (1931)
- Pierre Mac Orlan, La Bandera, (1931), “Rues secrètes” (1934)
- Jérôme y Jean Tharaud, “Cruelle Espagne” (1937)
- Georges Bataille, “Bleu du ciel” (1935)

La perspectiva adoptada por estos escritores, excepto el último, es muy semejante a la de los viajeros orientalistas en busca de color local (vicio, miseria, pintoresquismo) con todos los atributos del voyeur.
Entre los autores catalanes de la época, además de Planes, cabe citar a Josep Maria de Sagarra, Vida privada (1932). Con posterioridad a la Guerra Civil, el Barrio Chino tuvo dos minuciosos cronistas que desmitificaron la realidad descrita por los novelistas franceses antes citados: Sebastian Gasch, en Barcelona de nit (1956), y Lluís Permanyer, en Cites et testimonis de Barcelona (1993).

El libro mejor documentado sobre la estancia de Genet en el Raval es sin duda el de Jérôme Neutres, “Genet sur le routes du Sud” (Fayard, París 2002), que recomiendo vivamente al lector. J. Goytisolo