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miércoles, 5 de octubre de 2016

#hemeroteca #mujeres | El primer restaurante de mujeres para mujeres de Afganistán

Imagen: Noticias de Guipuzkoa / Homira Kohzad, dueña del restaurante
El primer restaurante de mujeres para mujeres de Afganistán.
El espacio femenino nació como un proyecto para víctimas del maltrato.
EFE | Noticias de Gipuzkoa, 2016-10-05
http://www.noticiasdegipuzkoa.com/2016/10/05/ocio-y-cultura/que-mundo/-el-primer-restaurante-de-mujeres-para-mujeres-de-afganistan-

Nacido como un proyecto para víctimas del maltrato, un grupo de mujeres ha abierto el primer restaurante para mujeres en Afganistán, un espacio pensado para ayudar a aquellas que sufren el abuso físico y psicológico de una sociedad machista y además quieren disfrutar de una comida sin sufrir estigma o acoso.

Un sitio donde comer sin que docenas de ojos estén mirando, donde una mujer pueda tomar agua sin que el marido tenga que pasar el vaso por debajo del burka o donde se pueda conocer la vida de la mujer afgana a través de los rostros de otra época, así es el Restaurante Bost Family.

Pensado como un proyecto para mujeres maltratadas, tras un trabajo de casi tres años de la organización no gubernamental Centro para el Desarrollo del Talento de las Mujeres Afganas (AWSDC) y desde hace alrededor de un mes es un lugar de encuentro para mujeres y familias que quieren disfrutar de una salida no siempre fácil en Kabul.

Alrededor de 25 jóvenes, en su mayoría víctimas de violencia doméstica, trabajan como camareras y cocineras en el primer restaurante en ser construido, decorado y dirigido por mujeres en la capital de Afganistán.

En una pared naranja, retratos de las mujeres de los reyes afganos; en las mesas, comida tradicional y de otras latitudes con la calidad de un restaurante de primer nivel con la que alimentar el cuerpo pero también el espíritu.

"Nuestra sociedad todavía no ha alcanzado la madurez para aceptar nuevas prácticas y costumbres para la sociedad de hoy", indico a Efe Humaira Kohzad, fundadora del restaurante y consultora.

Kohzad quiere que el local sea un "lugar seguro para que las mujeres se puedan reunir, sentirse libres, lejos del acoso en las calles y donde puedan charlar mientras comen".

"Si un chico va a un restaurante con su novia en Kabul, todos los hombres mirarán a la chica ¿Cómo van a disfrutar de la comida?", se preguntó esta activista, al señalar que esa es una de las razones para que las familias no frecuenten este tipo de locales.

La única forma que tienen de hacerlo, dice, es pagando un dineral para viajar al extranjero y poder disfrutar allí de un espacio público.

"Queremos darles eso a menor costo", indicó, al mencionar un menú en el que el plato más caro cuesta 350 afganis, alrededor de cinco dólares.

Y está funcionando. Decenas de familias visitan ya a diario este restaurante situado en el corazón de la ciudad en el que los hombres solo se encargan de la protección, y donde el resto de trabajos, salvo el del jefe de cocina, son desempeñados por mujeres.

Durante un año las trabajadoras serán también aprendices que se capacitarán en asuntos como gestión de negocios, hospitalidad o servicios gastronómicos y se graduarán con la idea de comenzar ellas mismas un negocio en el que la AWSDC les ayude.

"Pueden establecer su propio restaurante, da igual si grande o pequeño, incluso si es una cafetería", dijo la promotora.

Los beneficios del restaurante también van a los bolsillos de las empleadas, sobrevivientes de la violencia y de las dificultades que han tenido que pasar, algunas de ellos sin familia y todas en la lucha por continuar su vida tras el trauma.

Aryan tiene 23 años y es madre de tres niños de entre 1 y 4 años. Fue víctima de violencia en su hogar y se separó de su marido hace un año quedándose sin un medio para continuar con su familia.

Buscó refugio en una casa de acogida de la ONG y hoy es una camarera más del restaurante, pero a pesar de los 15 años de avances para la mujer tras la caída de los talibanes en 2001, la conservadora sociedad afgana sigue considerando un tabú que las mujeres trabajen fuera o lleven su propio negocio.

"Sufrí mucho, mi familia no me permitía trabajar, vengo aquí en busca de refugio, mi único objetivo es ahora permanecer firme y tener mi propio negocio para alimentar a mis tres hijos", indicó con cara de tristeza Aryan.

"Como miembros de la sociedad, quiero cuidar de mis hijos, quiero otra vez mi propia vida y mi propia identidad", indicó.

Kohzad dice que es el momento de cambiar y que las mujeres deben pelear por tener su propia identidad.

"¿Cuánto tiempo deben las mujeres ser identificadas a través de la identidad de su marido, de su padre?, se preguntó, mirando a la pared naranja.

En ella, entre los rostros de las primeras damas aparece una mujer con burka.

"¿Conoces a esa mujer?", pregunta, y sin esperar responde "es la mujer del mulá Omar", la esposa del fallecido líder de los talibanes.

Explicó que todos los afganos saben de los reyes de Afganistán, pero apenas de las mujeres que les acompañaron y por eso han tratado de retratarlas a ellas en el tiempo en que vivieron.

Y la mujer con el burka refleja el gobierno de los talibanes, cuando todas fueron obligadas a llevar ese atuendo y a ser siempre acompañadas por un hombre cuando salían de casa, dijo.

sábado, 7 de noviembre de 2015

#hemeroteca #mujeres | La colina de las viudas de Kabul

La colina de las viudas de Kabul.
Un grupo de mujeres cuyos maridos han fallecido desafía la tradición cultural al crear su propio barrio en la capital afgana.
Silvia Ayuso | El País, 2015-11-07
http://internacional.elpais.com/internacional/2015/11/07/estados_unidos/1446929734_467662.html

Bibikoh llega casi sin aliento a su casa, que se levanta en uno de los puntos más altos de una colina en el este de Kabul conocida como Zanabad, que en darí (variedad afgana del persa) significa “construido por mujeres”. Otro de los sobrenombres que tiene este barrio de viviendas de adobe y empinadas callejas sin asfaltar es el de “colina de las viudas”, por la comunidad de mujeres que se instaló hace 30 años en esta empobrecida zona de la capital afgana para vivir solas y por su cuenta, desafiando todas las tradiciones y costumbres del país, que condena a las viudas a una vida de sumisión a sus familiares o de marginación social.

Tras casi cuatro décadas de conflictos bélicos encadenados, Afganistán tiene una de las tasas de viudedad más altas del mundo. Entre 1,5 y 2 millones de mujeres han perdido a sus maridos en un país con 30 millones de habitantes. La mayor parte enviudaron jóvenes, entre los 25 y los 35 años, una edad a la que la mayoría de ellas cargaba ya con varios hijos. En un país donde la mujer pertenece al cabeza de familia —ya sea padre o marido—, una viuda se convierte en deg-e be-sarposh, o una “cazuela sin tapa”, explica Naheed Esar, una antropóloga cultural que lleva años estudiando su situación en Afganistán. Ello las convierte en uno de los grupos “económica y socialmente más vulnerables” de la población.

Bibikoh, considerada la líder de la comunidad de Zanabad, no sabe si tiene 60 o 70 años. A veces se siente como si tuviera 100, suspira. Enviudó a principios de los noventa, en la guerra de los muyahidines, cuando un cohete impactó en su casa en la provincia de Parwan y mató a su marido, uno de sus siete hijos y a sus padres, dos primos y un hermano. Bibikoh sobrevivió, pero perdió un ojo y su cara quedó marcada por la metralla, aunque las profundas arrugas que ahora surcan su rostro casi ocultan esas heridas. Fue casada, como suele ser tradición en este país, con su cuñado. Cuando este murió también, su familia política la acusó de ser la causante de las desgracias familiares y acabó huyendo con sus hijos a rastras hasta Kabul, donde se topó con la colina en la que construiría una vida junto a otras mujeres en similar situación.

Terrenos militares
No lo tuvieron fácil. Las mujeres —hoy son ya unas 1.000 viudas— tenían que construir sus casas de noche, puesto que durante el día la policía les pegaba y les impedía continuar las obras, erigidas en unos terrenos militares ocupados ilegalmente. Hoy siguen sin título de propiedad. Hace solo cinco años que las modestas casas de adobe en las que se agolpan familias numerosas tienen agua corriente; la electricidad llegó hace uno.

En los pasados años, las viudas se coordinaron para aprender a leer y escribir, ya que muchas de ellas son analfabetas y trabajan, cuando encuentran empleo, en tareas como lavandería o limpieza de casas que apenas les dan para sobrevivir. Durante un tiempo recibieron raciones de comida de una ONG, pero eso se acabó hace ya más de un año. Nunca han percibido una ayuda del Gobierno, asegura Bibikoh.

La vida no ha sido amable con esta mujer, que hace un par de años perdió a otro de sus hijos en un accidente. Dice que fue como enviudar por tercera vez. Cuando su nuera —para la que no ahorra improperios— se volvió a casar, dejó a sus siete hijos con Bibikoh, ya que su nuevo marido no quería cargar con ellos. Este es uno de los motivos por los que muchas viudas se niegan a casarse de nuevo y acaban en lugares como Zanabad. Lo que más le duele a Bibikoh es que su nieta mayor, María, de 13 años, tuviera que dejar la escuela para encargarse de la casa y de sus hermanos menores mientras la abuela sale en busca de trabajo todos los días. El ciclo de pobreza y marginación social amenaza así con repetirse en la nueva generación de Zanabad.

Aun así, Bibikoh afirma que no lamenta haber apostado por convivir con mujeres en su misma situación: “Estoy contenta aquí porque estoy rodeada de viudas, podemos compartir experiencias y el mismo dolor. Eso nos alivia, y no nos sentimos solas”.

Un oficio para aprender a ser autosuficientes
“Antes era como una sonámbula, pero ahora me siento viva de nuevo y tengo esperanzas para el futuro”. Para Anisa, una viuda de Kabul de 39 años y seis hijos, la existencia cambió el pasado 1 de agosto. Ese día se convirtió en una de las 20 mujeres, 14 de ellas viudas, todas analfabetas, que participan en un taller del que saldrán, en diciembre, con un título de costureras y sabiendo leer, escribir y con nociones de matemáticas.

El proyecto, financiado por España, pretende “empoderar” a estas mujeres afganas, hasta ahora condenadas a una vida de dependencia y marginación social. “Ahora podrán ser autosuficientes”, explica la directora del proyecto, Shukria Jalalzay. La primera fase del proyecto ha costado unos 18.000 euros. Jalalzay espera obtener financiación para una segunda fase del programa con el objetivo de educar a otras 40 mujeres el año que viene. La lista de espera no para de crecer, asegura.