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domingo, 10 de noviembre de 2019

#hemeroteca #memoria #franquismo | La desmemoria histórica de un pueblo que se llamó Azaña

Imagen: El País
La desmemoria histórica de un pueblo que se llamó Azaña.
La cacicada de un comandante franquista hizo perder a Numancia de la Sagra su nombre de ocho siglos.
Miguel González | El País, 2019-11-09
https://elpais.com/politica/2019/11/02/actualidad/1572728470_298464.html

El 18 de octubre de 1936, las tropas franquistas entraron en la localidad toledana de Azaña, a 40 kilómetros de Madrid. No tuvieron que pegar un solo tiro, pero los pegaron. Dejaron como un colador el cartel con el nombre del pueblo, que coincidía con el apellido del presidente de la República. Al día siguiente, el comandante Jesús Velasco reunió en el ayuntamiento a ocho vecinos, en sustitución de los concejales legítimos que se habían dado a la fuga, y puso la pistola sobre la mesa. “Recogiendo el sentir del pueblo”, según el acta del pleno, acordaron por unanimidad “solicitar de su Excelencia el Jefe del Estado [Franco] que en lo sucesivo esta villa lleve el nombre de Numancia de la Sagra [comarca esta última donde está ubicada], por el hecho trascendental de haber sido reconquistada por los gloriosos escuadrones del Regimiento de Numancia”.

No consta que nadie tuviera el ánimo de explicar al victorioso comandante que el pueblo no debía su nombre a don Manuel. Su etimología se remontaba al árabe ‘al-saniya’, en alusión a la aceña o molino de agua que aún figura en el escudo municipal. De un plumazo, ignorando la historia y las instrucciones de sus superiores, el militar franquista eliminó un topónimo de 800 años, que aparece por vez primera en un documento del rey Sancho III de 1158 y figura en escritos de Lope de Vega sobre la hija más ilustre de la localidad, sor Juana de la Cruz.

El 19 de octubre, coincidiendo con el 83 aniversario del cambio de nombre, se celebró en la antigua casa consistorial el Día de Azaña, que reunió a muchos de los más de 40 azañeros, los vecinos nacidos antes de la Guerra Civil, que todavía viven.

Clemente Serrano, de 94 años, aún recuerda la copla que se cantaba cuando él era niño: “Nuestro pueblo no quiere llamarse como ‘El Verrugas’, que se llame Numancia nos honra y nos ‘orgulla’”. Manuel Azaña nunca visitó el pueblo, pero sí conocía su existencia. Serrano cuenta que quien sería luego presidente de la IIª República asistió en 1925, como notario, a la legalización de la herencia de su padre, muerto cuatro meses antes de que él naciera.

Farmacéutico de profesión, el menor de siete hermanos, Clemente Serrano fue alcalde de la localidad durante 11 años, en la década de los noventa y principios del siglo XXI, por el PP, y se propuso recuperar el nombre tradicional porque “la historia”, repite aún hoy, “merece justicia”.

Sus compañeros de partido le dieron la espalda. Le decían que no convenía meterse en ese embrollo y que el cambio costaría mucho dinero porque habría que modificar desde las escrituras hasta los DNI, lo que no era cierto. “Yo le he elegido alcalde de Numancia, no de Azaña”, le espetó una vecina. Ya con Zapatero en La Moncloa, acudió a la Dirección General de la Memoria Histórica, donde se lavaron las manos alegando que la decisión dependía del consistorio.

Tampoco los alcaldes socialistas que le sucedieron se atrevieron a dar el paso, aunque limpiaron el callejero de la nomenclatura franquista. “Yo propuse incluir el cambio de nombre en nuestro programa electoral”, recuerda Iñaki Gauna, veterinario y exmilitante del PSOE. “Si hacemos eso no ganamos', me respondieron. Y ¿para qué queremos ganar si tenemos que renunciar a nuestro programa?”

El actual alcalde, Juan Carlos Sánchez Trujillo, del PP, alega que el pueblo “tiene otras prioridades”, como la ocupación ilegal de casas vacías, el desempleo o el transporte (el tren pasa de largo por la estación y los vecinos deben desplazarse a Illescas, a cinco kilómetros, para tomarlo). Cuando se le insiste, alega que el tema genera “crispación” entre los vecinos y que quien lo intente “se meterá en un lío”.

Incluso los defensores de Azaña reconocen que, si el cambio se sometiera a referéndum, se perdería. La localidad ha multiplicado por cinco su población en los últimos 25 años, se ha convertido en un pueblo dormitorio de Madrid y el 90% de sus habitantes no ha conocido otro nombre que Numancia de la Sagra.

La celebración del Día de Azaña es “un acto de reconocimiento a nuestros mayores”, en palabras del alcalde, la oportunidad para que se encuentren azañeros que viven fuera con los que aún siguen en el pueblo.

Para Andrés Cenamor, coordinador local de IU, es mucho más. La moción que su grupo consiguió aprobar en 2012 pedía también que se explicaran “en los colegios e institutos los motivos” del cambio de denominación del municipio y que se recurriera a historiadores para que el desprecio al pasado no sea consecuencia de la ignorancia.

Hasta ahora se ha hecho muy poco, según Cenamor: una placa en la sede del antiguo ayuntamiento y una exposición de fotos del pueblo antes de la guerra. Demasiado tarde y demasiado lento para Inés, la tía de Andrés, veterana de los azañeros a sus 96 años. “Nació en Azaña y tiene derecho a morir en Azaña”, alega su sobrino.

sábado, 11 de junio de 2016

#hemeroteca #memoria | Casas Viejas: la reedición de las crónicas que acabaron con Azaña

Imagen: El Diario
Casas Viejas: la reedición de las crónicas que acabaron con Azaña.
Libros del Asteroide ha reeditado ‘Viaje a la aldea del crimen’, los textos escritos por Ramón J. Sender sobre el levantamiento y la represión de la aldea gaditana. Aquellas crónicas fueron determinantes para la suerte del Gobierno de Azaña. El texto construye una dolorosa descripción de la miseria del campo andaluz entonces: "Después de ver a estos hombres da vergüenza comer".
Néstor Cenizo | El Diario, 2016-06-11
http://www.eldiario.es/andalucia/lacajanegra/libros/Casas-Viejas-cronicas-acabaron-Azana_0_521448620.html

Azaña dijo que "en Casas Viejas no ha ocurrido sino lo que tenía que ocurrir", y echó así una buena palada de tierra sobre su propia tumba política. La cita abre ‘Viaje a la aldea del crimen’, las crónicas que Ramón J. Sender envió al periódico La Libertad y que este año ha reeditado Libros del Asteroide. "Documental de Casas Viejas" es el subtítulo, y algo de documental hay en este libro: ‘Viaje a la aldea del crimen’ es un acercamiento casi naturalista a un suceso determinante en la caída de Azaña, que Sender teje a partir de una descripción cruda de la miseria infinita del campo andaluz en aquella época.

Las crónicas, agrupadas y depuradas por el propio Sender apenas un año después de los sucesos de 1933, habían caído extrañamente en el olvido después de servir de agarradero a las tesis historiográficas dominantes durante años. "De aquí beben Gerald Brenan, Federica Montseny o Gabriel Jackson, que creyeron esta versión a pies juntillas", explica Antonio García Maldonado, autor del prólogo en la nueva edición de un texto que descubrió leyendo la obra de Tano Ramos, ‘El caso Casas Viejas’.

Las crónicas de Sender dieron forma a una manera de entender lo que ocurrió: Azaña habría ordenado acabar con aquella rebelión de campesinos sin tierra que amenazaba con gangrenar la República llamando al comunismo libertario. Para salvar el cuerpo habría amputado el brazo de cuajo. 19 lugareños y tres agentes (dos de la Guardia Civil y uno de la guardia de asalto) murieron en los sucesos de 1933. Sólo la recuperación de los ‘Cuadernos Robados’ (Crítica, 1997), los diarios que Azaña escribió entre julio de 1932 y agosto de 1933, limpiaron su memoria mostrándolo como un gobernante atribulado ante el suceso de Casas Viejas y desconocedor del alcance de la carnicería.

El propio Sender pareció renegar de su obra. En una entrevista concedida en 1976 en ‘A fondo’, a propósito de un libro "polémico, debatido, discutido, en el que usted tomaba posición contra los gobernantes de la República", el escritor responde que aquello fue "algo deplorable". Sus conclusiones inmisericordes con Azaña contribuyeron definitivamente a la caída del político en septiembre de 1933 y, a medio plazo, de la República, y fueron usadas durante años por el franquismo en su propio beneficio. "Sender es una muestra de que la República perdió la guerra no tanto por encabronar a sus enemigos de siempre sino por generar la enemistad de sus aliados", cree García Maldonado.

"Monarquía o República es cosa que en el campo andaluz tiene poquísima importancia"
‘Viaje a la aldea del crimen’ está trufado de crudos retratos del hambre, "hambre negra, solitaria". "Después de ver a estos hombres da vergüenza comer", escribe Ramón J. Sender, paradigma del intelectual desencantado, que concluye: "Monarquía o República es cosa que en el campo andaluz tiene poquísima importancia". En esa tesis, Casas Viejas no es más que una representación en miniatura de los problemas seculares que tampoco la República está sabiendo resolver y Sender representa la izquierda impaciente con la lentitud de las reformas.

Más allá de su valor historiográfico, el relato es también un ejemplo de eso que luego los americanos llamaron Nuevo Periodismo. "El libro introduce unas técnicas narrativas de superposición de escenas que se suponen inventadas por Truman Capote en ‘A Sangre Fría’", opina García Maldonado. El resto es un texto que funciona como un ‘western’, un duelo al sol más de Peckinpah que de John Ford, en el que hay atrincherados mascando ruina y asaltantes disparando al estómago. Pero esta historia de héroes tozudos, escopetas de caza e impíos agentes del orden ocurrió. Este es el asalto al Fuerte Apache o a la comisaría del distrito 13, trasladado a la choza misérrima de Seisdedos, el héroe trágico de la historia.

Seisdedos es el hombre que sabe que no saldrá vivo, el líder que se da cuenta demasiado tarde que detrás de él no marcha un ejército, sino una cuadrilla de desesperados que hacen de la lealtad la única bandera. Enfrente, hay un malvado de manual, el Capitán Rojas, que al mando de 40 guardias de asalto ordenó que se ametrallara y se quemara la choza de unos campesinos que resistían con cuatro cartuchos, y la ejecución a sangre fría de una docena de lugareños. "Si yo le digo que dispare a esa niña que ve usted por la ventana... Usted no lo haría…", le dijo meses después el director general de seguridad, intentando comprender cómo pudo aquel bruto asesinar a medio pueblo. "Sí lo haría", le respondió el capitán. El fascista Rojas fue condenado por los jueces que investigaron los crímenes y liberado poco antes del golpe de 1936.

Hoy Casas Viejas se llama Benalup, y es un pueblo en el que hay un campo de golf y un buen puñado de restaurantes. Sobre el lugar donde ardió Seisdedos y su gente alguien quiso hacer un hotel y el pueblo orgulloso se levantó de nuevo. A 1.500 kilómetros, reposan en el cementerio de Montauban los familiares de Seisdedos, apenas separados unos metros de los restos de Azaña. Catalina Silva, la mujer que huyó bajo las balas de la choza de su abuelo, contó hace años en El Mundo que se encontró con el político en el exilio, y que este, ya loco, masculló: "Los muertos de Casas Viejas me persiguen". También le persiguió hasta su muerte aquella frase, "ha pasado lo que tenía que pasar", puesta al comienzo del libro de las crónicas que escribió Sender y que tumbaron un Gobierno.

sábado, 27 de febrero de 2016

#hemeroteca #laicismo | Los desafíos pendientes del laicismo

Imagen: Google Imágenes / Protesta en la capilla de la Complutense, 2011-03-10
Los desafíos pendientes del laicismo.
La mayor parte de los españoles —creyentes o no— vive al margen de la disciplina eclesiástica. Es hora de adaptar el Estado a una sociedad secularizada y abordar lo más importante: las cuestiones fiscales y presupuestarias de la Iglesia.
Javier Moreno Luzón | El País, 2016-02-27
http://elpais.com/elpais/2015/11/10/opinion/1447165865_097785.html

La famosa frase de Manuel Azaña, pronunciada en 1931 y tantas veces utilizada como ariete contra la Segunda República, se aproxima hoy más que nunca a la realidad: “España ha dejado de ser católica”. Es decir, los españoles se declaran en su mayor parte católicos pero se hallan inmersos en un rápido proceso de secularización y ya no se comportan de acuerdo con los preceptos de la Iglesia. Los practicantes sólo representan —en el mejor de los casos— un tercio de la población, mientras los rituales religiosos, relacionados con la sociabilidad más que con las creencias, pierden peso: las bodas civiles suman el doble que las canónicas. Y los contribuyentes que dedican una cuota de su impuesto sobre la renta a la financiación eclesiástica no pasan del 35%.

Los viejos republicanos querían no sólo separar a la Iglesia del Estado sino también reducir la influencia del catolicismo entre los españoles, pues la consideraban un factor de atraso, un obstáculo para el progreso de la patria. Algunas de sus medidas —por ejemplo, la Constitución de 1931 prohibía a las congregaciones ejercer la enseñanza— atentaban contra la libertad religiosa y resultaron contraproducentes. Pero ahora, desaparecido por fortuna el anticlericalismo tradicional, el problema es distinto: se trata de adaptar el Estado a una sociedad secularizada, de plasmar en la ley la notable distancia que existe entre los ciudadanos —sobre todo los jóvenes— y el compromiso religioso, en un país abierto además a otras confesiones como consecuencia de la masiva llegada de extranjeros. La efectiva separación de ambas instancias ha pasado de ser un deseo a convertirse en una necesidad.

El Partido Socialista abrazó la laicidad como uno de los ejes de su programa para las elecciones del pasado diciembre. Anunció que cambiaría la Constitución para suprimir las menciones a la Iglesia y que denunciaría los acuerdos con la Santa Sede de 1979, firmados poco después del referéndum constitucional y base de los privilegios eclesiásticos. En consonancia con los principios de neutralidad estatal e igualdad entre los credos, los socialistas animaban a buscar la autofinanciación de las organizaciones religiosas, a eliminar su presencia en los centros educativos públicos y a reclamar la titularidad de los bienes registrados sin títulos para ello. Algo no muy distinto proponía Podemos. Aunque se discutan los detalles, estas intenciones sintonizan con la secularización en marcha y podrían constituir uno de los pilares de un futuro Gobierno de izquierdas.

No obstante, cualquier fórmula progresista tendrá que aprender de los errores y experiencias acumulados por los últimos Gabinetes del PSOE, los que presidió Rodríguez Zapatero entre 2004 y 2011. Tras un comienzo audaz y lleno de declaraciones altisonantes, lograron aprobar varias normas significativas contra el sentir católico, como la que legalizaba el matrimonio entre personas del mismo sexo y la que introducía en las aulas la Educación para la Ciudadanía y rebajaba el valor académico de la asignatura de Religión. Pero esos mismos Gobiernos apenas impulsaron la diferenciación entre el poder civil y el eclesiástico y dieron incluso un paso atrás, crucial, en este terreno: en 2006 mejoraron y concedieron un carácter indefinido al sistema que financiaba a la Iglesia a través del fisco, provisional según los pactos de 1979. Quizás las autoridades socialistas se asustaron ante la ofensiva de la jerarquía episcopal, dirigida por papas antimodernos, y de quienes denunciaban una supuesta persecución religiosa. En todo caso, resulta difícil olvidar dos imágenes: la de los obispos en la calle, durante una manifestación contra los enlaces homosexuales; y la de la vicepresidenta Fernández de la Vega, vestida de negro y con la cabeza cubierta, en una visita al secretario de Estado vaticano.

Entre las tareas pendientes hay algunas más perentorias que otras. Tal vez puedan destacarse los aspectos simbólicos, del crucifijo en las tomas de posesión hasta los funerales oficiales, que violentan a los no católicos, pasando por la asistencia de los gobernantes, en representación de sus conciudadanos, a actos religiosos. O la neutralidad en las escuelas e institutos públicos, una vez se ha demostrado que el interés de la Iglesia residía no en eliminar la formación cívica sino en que sea complicado renunciar al adoctrinamiento y en que éste tenga validez curricular. Deberían impedirse asimismo los abusos generados por los conciertos educativos, a cuya sombra se han nutrido de fondos autonómicos colegios donde se segrega a los estudiantes por género, se ha cedido suelo a centros privados o se ha hecho la vista gorda ante el cobro de cuotas a los padres y ante el rechazo a pobres e inmigrantes. Al mismo tiempo que se deterioraba la enseñanza de todos y se desviaba a las familias de clase media hacia la concertada, casi siempre católica.

Pero lo más importante será, sin duda, abordar las cuestiones fiscales y presupuestarias. Como los tributos que no gravan a la Iglesia y, sobre todo, la financiación estatal de la misma, que según la fórmula vigente implica que los no católicos aporten más a los servicios comunes que los católicos: en concreto, un 0,7% más, el que se resta de las declaraciones confesionales. No será sencillo renegar de lo consagrado con notas diplomáticas en 2006 y poner otra vez la independencia económica en la agenda. Para ello habrá que explicar que no están en duda las subvenciones a la restauración del patrimonio —aunque debiera facilitarse su disfrute general— ni a labores asistenciales, sino el abono de sueldos a los sacerdotes a cargo del erario. Tampoco cabe el atajo de multiplicar las casillas y contentar así a pastores, imanes o rabinos. Dejar los avances al albur de una improbable reforma constitucional abre un expediente dilatorio, más aún cuando la Constitución habla de cooperar y no de obligaciones financieras.

En definitiva, habría que distinguir entre los asuntos morales y los que afectan de lleno a los vínculos institucionales entre Iglesia y Estado. Consolidados numerosos derechos civiles, pues hasta los sectores liberales del Partido Popular aceptan hoy la mayoría, es hora de abordar la separación, conforme a una sociedad cuyos lazos prácticos con el catolicismo se muestran cada día más tenues y minoritarios. No sólo porque, como afirmaba Azaña, la religión ya no oriente el rumbo de la cultura española, sino porque el grueso de los ciudadanos —creyentes o no— vive al margen de la disciplina eclesiástica. Sus palabras, más de 75 años después de su muerte, resuenan pues con un sentido nuevo: “España ha dejado de ser católica; el problema político consiguiente es organizar el Estado en forma tal que quede adecuado a esta fase nueva e histórica del pueblo español”.

Javier Moreno Luzón es catedrático de Historia en la Universidad Complutense de Madrid.

lunes, 22 de febrero de 2016

#libros #memoria | Viaje a la aldea del crimen


Viaje a la aldea del crimen / Ramón J. Sénder ; prólogo de Antonio G. Maldonado.
Barcelona : Libros del Asteroide, 2016 [02-22].
212 p.
ISBN 9788416213634 / 16,05 €

/ ES / Crónicas
/ Andalucía / Cádiz (Provincia) / Casas Viejas / Historia – Siglo XX / Manuel Azaña / Memoria histórica / Segunda República / Testimonios

En enero de 1933 se produjo una revuelta en un pequeño pueblo gaditano, Casas Viejas, que fue brutalmente sofocada por las fuerzas del orden republicanas. Veinticinco personas perdieron la vida en unos sucesos que a la postre acabarían forzando la dimisión del presidente del Gobierno, Manuel Azaña. Desde el primer momento hubo dudas respecto a la versión oficial de los hechos y varios periodistas se desplazaron enseguida a Casas Viejas para recabar más información. Uno de ellos fue Ramón J. Sender, ya por entonces famoso escritor y periodista, quien el 19 de enero publicaría en el periódico La Libertad la primera de una serie de crónicas sobre lo sucedido. Poco después, Sender aprovecharía la información recopilada por la comisión parlamentaria y el posterior juicio a los mandos que dirigieron la represión para reestructurar y ampliar los textos de las crónicas y darles forma de libro. Publicado por primera vez en 1934, ‘Viaje a la aldea del crimen’ es uno de los mejores reportajes españoles del siglo xx y un libro fundamental para entender las profundas tensiones políticas y sociales a las que tuvo que hacer frente la Segunda República.

DOCUMENTACIÓN
La matanza que hundió a Azaña.

Se reedita el ejemplar reportaje de Ramón J. Sender sobre la brutal represión de una rebelión campesina en Casas Viejas por parte de las fuerzas del orden republicanas.
Ramon J. Sender | El País, 2016-02-19
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/02/19/actualidad/1455879550_388156.html
El reportaje de Ramón J. Sender que hundió a Manuel Azaña.
Alfredo Valenzuela · EFE | El Mundo, 2016-02-17

http://www.elmundo.es/andalucia/sevilla/2016/02/17/56c447e1e2704ee8188b45b7.html

viernes, 19 de febrero de 2016

#hemeroteca #memoria | La matanza que hundió a Azaña

Imagen: El País
La matanza que hundió a Azaña.
Se reedita el ejemplar reportaje de Ramón J. Sender sobre la brutal represión de una rebelión campesina en Casas Viejas por parte de las fuerzas del orden republicanas.
Ramón J. Sender | El País, 2016-02-19
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/02/19/actualidad/1455879550_388156.html

Destruida la choza, asesinado también con las esposas puestas Manuel Quijada y golpeada bárbaramente su mujer, Encarnación Barberán, que quiso protestar, los guardias bajaron en una columna disforme hacia la plaza y formaron en el centro. Más de doscientos hombres. El cura preguntaba tímidamente si había que usar sus servicios y preparaba un sermón para la primera ocasión en que hubiera que repartir en la iglesia “la limosna”. Los oficiales iban y venían con papeles. Después de los disparos últimos contra un grupo de curiosos, todo el mundo había vuelto temerosamente a sus casas, a sus albergues. La luz de las siete de la mañana llegaba por la parte del mar, lívida y penetrante. El jefe paseaba ante la doble fila de las fuerzas formadas. La humareda que seguía subiendo desde lo alto de la colina terciaba el cielo de la aldea con una faja negra. Ardían los cuerpos desmedrados de los campesinos. Todas las viviendas de la aldea estaban cerradas. Los jefes iban y venían con papeles. Uno dijo apresuradamente:

—Tengo órdenes rigurosas y concretas de hacer un escarmiento.

Miró el reloj y añadió:

—Doy media hora para hacer una razzia, sin contemplaciones.

Esta orden no se limitaba expresamente a los sucesos de Casas Viejas, sino que se había dado el día 11 con carácter general a todos los lugares donde se habían producido desórdenes, como otras órdenes no menos bárbaras; las fuerzas rompieron filas y se diseminaron en dirección a la torrentera, hacia las chozas de los jornaleros.

Un guardia preguntaba:

—¿Qué es una razzia?

Y otro respondía, cerrando la recámara del fusil:

—Que hay que cargarse a María Santísima.

En las calles no había un alma. Los campesinos permanecían con sus familias, silenciosos, en las chozas. A la puerta de una de ellas lloraba el niño de once años Salvador del Río Barberán. Llevaba en la mano un cartucho de fusil, disparado. Los guardias le dijeron, riendo:

—Tira eso, muchacho, que no es un pastel.

Luego empujaron la puerta. En el fondo, el viejo Antonio Barberán —el de la chaqueta de rayadillo— yacía sobre un charco de sangre. El muchacho lloraba y juraba que su abuelo no era anarquista. El guardia bisoño subió calle arriba con los otros, conocedor ya de lo que era una razzia. Atrás quedó el muchacho midiendo con los ojos la soledad de la calle. El pueblo había enmudecido. Después de las ilusiones de la noche del día 11, todo volvía a su viejo ser. Las tierras seguirían alambradas y cercadas “para nadie”. El hambre y la desesperación, el no hacer nada y la esperanza —como único horizonte— de que el cura los convocara un día u otro —quizá mañana, siempre ese “quizá”— para darles un bono de una peseta canjeable por sesenta céntimos de víveres; ese porvenir inmediato les aguardaba. No se veía otra cosa en los meses que faltaban hasta la siega. Las hoces esperaban clavadas en la paja de la techumbre. La ilusión de las cuarenta y ocho horas anteriores los había vivificado. Nadie se acordó de comer ni de dormir.

Pero la represión, la destrucción de la choza de Seisdedos, los asesinatos de Francisca Lago y de su padre cuando intentaban huir con las ropas ardiendo, todo aquel estruendo de bombas y fusilería al que estuvieron atentos los campesinos desde sus camastros; el recuerdo de Manuel Quijada, esposado, que caía bajo los culatazos de los guardias y era levantado a puntapiés para morir, por fin, ametrallado frente a la choza; los asesinatos de otros tres detenidos, muertos a bocajarro junto a las cercas; la muerte del septuagenario Barberán al lado de la cama que acababa de abandonar, esos acontecimientos eran conocidos rápidamente en todo el pueblo.

Durante la noche, los campesinos afiliados al sindicato, que tenían armas, huyeron. El campo los acogería en la noche fraternalmente. Por la tierra, por la superficie cultivable, todavía virgen, habían intentado implantar el “comunismo libertario”. En la conquista del campo empeñaban la vida. La habían dado ya muchos campesinos. Al campo fueron a refugiarse. Entre los que quedaban en el pueblo apenas se podrían contar dos o tres testigos de los sucesos y miembros del sindicato.

En la aldea había teléfonos misteriosos que comunicaban con Madrid y con Cádiz constantemente. Había papel para los atestados, sellos judiciales, casas donde tomaban el desayuno los oficiales y los enviados del Gobierno —había llegado uno, de Cádiz—. Había la inseguridad de ofrecer la paz sin que la aceptara el enemigo. La probabilidad de levantar los brazos inermes ante cuatro fusiles y recibir, sin embargo, la descarga. Estaba a cada paso la tapia de los fusilamientos. En el pueblo todo les podía ser hostil. En el campo, un obscuro instinto les decía que todo habría de serles favorable.

‘Viaje a la aldea del crimen’, de Ramón J. Sender, publicado en 1934, ha sido reeditado por Libros del Asteroide.