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sábado, 11 de junio de 2016

#hemeroteca #memoria | Casas Viejas: la reedición de las crónicas que acabaron con Azaña

Imagen: El Diario
Casas Viejas: la reedición de las crónicas que acabaron con Azaña.
Libros del Asteroide ha reeditado ‘Viaje a la aldea del crimen’, los textos escritos por Ramón J. Sender sobre el levantamiento y la represión de la aldea gaditana. Aquellas crónicas fueron determinantes para la suerte del Gobierno de Azaña. El texto construye una dolorosa descripción de la miseria del campo andaluz entonces: "Después de ver a estos hombres da vergüenza comer".
Néstor Cenizo | El Diario, 2016-06-11
http://www.eldiario.es/andalucia/lacajanegra/libros/Casas-Viejas-cronicas-acabaron-Azana_0_521448620.html

Azaña dijo que "en Casas Viejas no ha ocurrido sino lo que tenía que ocurrir", y echó así una buena palada de tierra sobre su propia tumba política. La cita abre ‘Viaje a la aldea del crimen’, las crónicas que Ramón J. Sender envió al periódico La Libertad y que este año ha reeditado Libros del Asteroide. "Documental de Casas Viejas" es el subtítulo, y algo de documental hay en este libro: ‘Viaje a la aldea del crimen’ es un acercamiento casi naturalista a un suceso determinante en la caída de Azaña, que Sender teje a partir de una descripción cruda de la miseria infinita del campo andaluz en aquella época.

Las crónicas, agrupadas y depuradas por el propio Sender apenas un año después de los sucesos de 1933, habían caído extrañamente en el olvido después de servir de agarradero a las tesis historiográficas dominantes durante años. "De aquí beben Gerald Brenan, Federica Montseny o Gabriel Jackson, que creyeron esta versión a pies juntillas", explica Antonio García Maldonado, autor del prólogo en la nueva edición de un texto que descubrió leyendo la obra de Tano Ramos, ‘El caso Casas Viejas’.

Las crónicas de Sender dieron forma a una manera de entender lo que ocurrió: Azaña habría ordenado acabar con aquella rebelión de campesinos sin tierra que amenazaba con gangrenar la República llamando al comunismo libertario. Para salvar el cuerpo habría amputado el brazo de cuajo. 19 lugareños y tres agentes (dos de la Guardia Civil y uno de la guardia de asalto) murieron en los sucesos de 1933. Sólo la recuperación de los ‘Cuadernos Robados’ (Crítica, 1997), los diarios que Azaña escribió entre julio de 1932 y agosto de 1933, limpiaron su memoria mostrándolo como un gobernante atribulado ante el suceso de Casas Viejas y desconocedor del alcance de la carnicería.

El propio Sender pareció renegar de su obra. En una entrevista concedida en 1976 en ‘A fondo’, a propósito de un libro "polémico, debatido, discutido, en el que usted tomaba posición contra los gobernantes de la República", el escritor responde que aquello fue "algo deplorable". Sus conclusiones inmisericordes con Azaña contribuyeron definitivamente a la caída del político en septiembre de 1933 y, a medio plazo, de la República, y fueron usadas durante años por el franquismo en su propio beneficio. "Sender es una muestra de que la República perdió la guerra no tanto por encabronar a sus enemigos de siempre sino por generar la enemistad de sus aliados", cree García Maldonado.

"Monarquía o República es cosa que en el campo andaluz tiene poquísima importancia"
‘Viaje a la aldea del crimen’ está trufado de crudos retratos del hambre, "hambre negra, solitaria". "Después de ver a estos hombres da vergüenza comer", escribe Ramón J. Sender, paradigma del intelectual desencantado, que concluye: "Monarquía o República es cosa que en el campo andaluz tiene poquísima importancia". En esa tesis, Casas Viejas no es más que una representación en miniatura de los problemas seculares que tampoco la República está sabiendo resolver y Sender representa la izquierda impaciente con la lentitud de las reformas.

Más allá de su valor historiográfico, el relato es también un ejemplo de eso que luego los americanos llamaron Nuevo Periodismo. "El libro introduce unas técnicas narrativas de superposición de escenas que se suponen inventadas por Truman Capote en ‘A Sangre Fría’", opina García Maldonado. El resto es un texto que funciona como un ‘western’, un duelo al sol más de Peckinpah que de John Ford, en el que hay atrincherados mascando ruina y asaltantes disparando al estómago. Pero esta historia de héroes tozudos, escopetas de caza e impíos agentes del orden ocurrió. Este es el asalto al Fuerte Apache o a la comisaría del distrito 13, trasladado a la choza misérrima de Seisdedos, el héroe trágico de la historia.

Seisdedos es el hombre que sabe que no saldrá vivo, el líder que se da cuenta demasiado tarde que detrás de él no marcha un ejército, sino una cuadrilla de desesperados que hacen de la lealtad la única bandera. Enfrente, hay un malvado de manual, el Capitán Rojas, que al mando de 40 guardias de asalto ordenó que se ametrallara y se quemara la choza de unos campesinos que resistían con cuatro cartuchos, y la ejecución a sangre fría de una docena de lugareños. "Si yo le digo que dispare a esa niña que ve usted por la ventana... Usted no lo haría…", le dijo meses después el director general de seguridad, intentando comprender cómo pudo aquel bruto asesinar a medio pueblo. "Sí lo haría", le respondió el capitán. El fascista Rojas fue condenado por los jueces que investigaron los crímenes y liberado poco antes del golpe de 1936.

Hoy Casas Viejas se llama Benalup, y es un pueblo en el que hay un campo de golf y un buen puñado de restaurantes. Sobre el lugar donde ardió Seisdedos y su gente alguien quiso hacer un hotel y el pueblo orgulloso se levantó de nuevo. A 1.500 kilómetros, reposan en el cementerio de Montauban los familiares de Seisdedos, apenas separados unos metros de los restos de Azaña. Catalina Silva, la mujer que huyó bajo las balas de la choza de su abuelo, contó hace años en El Mundo que se encontró con el político en el exilio, y que este, ya loco, masculló: "Los muertos de Casas Viejas me persiguen". También le persiguió hasta su muerte aquella frase, "ha pasado lo que tenía que pasar", puesta al comienzo del libro de las crónicas que escribió Sender y que tumbaron un Gobierno.

lunes, 22 de febrero de 2016

#libros #memoria | Viaje a la aldea del crimen


Viaje a la aldea del crimen / Ramón J. Sénder ; prólogo de Antonio G. Maldonado.
Barcelona : Libros del Asteroide, 2016 [02-22].
212 p.
ISBN 9788416213634 / 16,05 €

/ ES / Crónicas
/ Andalucía / Cádiz (Provincia) / Casas Viejas / Historia – Siglo XX / Manuel Azaña / Memoria histórica / Segunda República / Testimonios

En enero de 1933 se produjo una revuelta en un pequeño pueblo gaditano, Casas Viejas, que fue brutalmente sofocada por las fuerzas del orden republicanas. Veinticinco personas perdieron la vida en unos sucesos que a la postre acabarían forzando la dimisión del presidente del Gobierno, Manuel Azaña. Desde el primer momento hubo dudas respecto a la versión oficial de los hechos y varios periodistas se desplazaron enseguida a Casas Viejas para recabar más información. Uno de ellos fue Ramón J. Sender, ya por entonces famoso escritor y periodista, quien el 19 de enero publicaría en el periódico La Libertad la primera de una serie de crónicas sobre lo sucedido. Poco después, Sender aprovecharía la información recopilada por la comisión parlamentaria y el posterior juicio a los mandos que dirigieron la represión para reestructurar y ampliar los textos de las crónicas y darles forma de libro. Publicado por primera vez en 1934, ‘Viaje a la aldea del crimen’ es uno de los mejores reportajes españoles del siglo xx y un libro fundamental para entender las profundas tensiones políticas y sociales a las que tuvo que hacer frente la Segunda República.

DOCUMENTACIÓN
La matanza que hundió a Azaña.

Se reedita el ejemplar reportaje de Ramón J. Sender sobre la brutal represión de una rebelión campesina en Casas Viejas por parte de las fuerzas del orden republicanas.
Ramon J. Sender | El País, 2016-02-19
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/02/19/actualidad/1455879550_388156.html
El reportaje de Ramón J. Sender que hundió a Manuel Azaña.
Alfredo Valenzuela · EFE | El Mundo, 2016-02-17

http://www.elmundo.es/andalucia/sevilla/2016/02/17/56c447e1e2704ee8188b45b7.html

viernes, 19 de febrero de 2016

#hemeroteca #memoria | La matanza que hundió a Azaña

Imagen: El País
La matanza que hundió a Azaña.
Se reedita el ejemplar reportaje de Ramón J. Sender sobre la brutal represión de una rebelión campesina en Casas Viejas por parte de las fuerzas del orden republicanas.
Ramón J. Sender | El País, 2016-02-19
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/02/19/actualidad/1455879550_388156.html

Destruida la choza, asesinado también con las esposas puestas Manuel Quijada y golpeada bárbaramente su mujer, Encarnación Barberán, que quiso protestar, los guardias bajaron en una columna disforme hacia la plaza y formaron en el centro. Más de doscientos hombres. El cura preguntaba tímidamente si había que usar sus servicios y preparaba un sermón para la primera ocasión en que hubiera que repartir en la iglesia “la limosna”. Los oficiales iban y venían con papeles. Después de los disparos últimos contra un grupo de curiosos, todo el mundo había vuelto temerosamente a sus casas, a sus albergues. La luz de las siete de la mañana llegaba por la parte del mar, lívida y penetrante. El jefe paseaba ante la doble fila de las fuerzas formadas. La humareda que seguía subiendo desde lo alto de la colina terciaba el cielo de la aldea con una faja negra. Ardían los cuerpos desmedrados de los campesinos. Todas las viviendas de la aldea estaban cerradas. Los jefes iban y venían con papeles. Uno dijo apresuradamente:

—Tengo órdenes rigurosas y concretas de hacer un escarmiento.

Miró el reloj y añadió:

—Doy media hora para hacer una razzia, sin contemplaciones.

Esta orden no se limitaba expresamente a los sucesos de Casas Viejas, sino que se había dado el día 11 con carácter general a todos los lugares donde se habían producido desórdenes, como otras órdenes no menos bárbaras; las fuerzas rompieron filas y se diseminaron en dirección a la torrentera, hacia las chozas de los jornaleros.

Un guardia preguntaba:

—¿Qué es una razzia?

Y otro respondía, cerrando la recámara del fusil:

—Que hay que cargarse a María Santísima.

En las calles no había un alma. Los campesinos permanecían con sus familias, silenciosos, en las chozas. A la puerta de una de ellas lloraba el niño de once años Salvador del Río Barberán. Llevaba en la mano un cartucho de fusil, disparado. Los guardias le dijeron, riendo:

—Tira eso, muchacho, que no es un pastel.

Luego empujaron la puerta. En el fondo, el viejo Antonio Barberán —el de la chaqueta de rayadillo— yacía sobre un charco de sangre. El muchacho lloraba y juraba que su abuelo no era anarquista. El guardia bisoño subió calle arriba con los otros, conocedor ya de lo que era una razzia. Atrás quedó el muchacho midiendo con los ojos la soledad de la calle. El pueblo había enmudecido. Después de las ilusiones de la noche del día 11, todo volvía a su viejo ser. Las tierras seguirían alambradas y cercadas “para nadie”. El hambre y la desesperación, el no hacer nada y la esperanza —como único horizonte— de que el cura los convocara un día u otro —quizá mañana, siempre ese “quizá”— para darles un bono de una peseta canjeable por sesenta céntimos de víveres; ese porvenir inmediato les aguardaba. No se veía otra cosa en los meses que faltaban hasta la siega. Las hoces esperaban clavadas en la paja de la techumbre. La ilusión de las cuarenta y ocho horas anteriores los había vivificado. Nadie se acordó de comer ni de dormir.

Pero la represión, la destrucción de la choza de Seisdedos, los asesinatos de Francisca Lago y de su padre cuando intentaban huir con las ropas ardiendo, todo aquel estruendo de bombas y fusilería al que estuvieron atentos los campesinos desde sus camastros; el recuerdo de Manuel Quijada, esposado, que caía bajo los culatazos de los guardias y era levantado a puntapiés para morir, por fin, ametrallado frente a la choza; los asesinatos de otros tres detenidos, muertos a bocajarro junto a las cercas; la muerte del septuagenario Barberán al lado de la cama que acababa de abandonar, esos acontecimientos eran conocidos rápidamente en todo el pueblo.

Durante la noche, los campesinos afiliados al sindicato, que tenían armas, huyeron. El campo los acogería en la noche fraternalmente. Por la tierra, por la superficie cultivable, todavía virgen, habían intentado implantar el “comunismo libertario”. En la conquista del campo empeñaban la vida. La habían dado ya muchos campesinos. Al campo fueron a refugiarse. Entre los que quedaban en el pueblo apenas se podrían contar dos o tres testigos de los sucesos y miembros del sindicato.

En la aldea había teléfonos misteriosos que comunicaban con Madrid y con Cádiz constantemente. Había papel para los atestados, sellos judiciales, casas donde tomaban el desayuno los oficiales y los enviados del Gobierno —había llegado uno, de Cádiz—. Había la inseguridad de ofrecer la paz sin que la aceptara el enemigo. La probabilidad de levantar los brazos inermes ante cuatro fusiles y recibir, sin embargo, la descarga. Estaba a cada paso la tapia de los fusilamientos. En el pueblo todo les podía ser hostil. En el campo, un obscuro instinto les decía que todo habría de serles favorable.

‘Viaje a la aldea del crimen’, de Ramón J. Sender, publicado en 1934, ha sido reeditado por Libros del Asteroide.