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jueves, 14 de mayo de 2020

#hemeroteca #gais #vih #testimonios | “Me llamo Greg Louganis, soy gay y soy seropositivo”: la inspiradora historia del campeón olímpico que se enfrentó al mundo

Imagen: El País / Greg Louganis, 1988

“Me llamo Greg Louganis, soy gay y soy seropositivo”: la inspiradora historia del campeón olímpico que se enfrentó al mundo.

El estadounidense, que sufrió acoso escolar, tuvo devaneos con el consumo de sustancias, varios intentos de suicidio y un representante extorsionador, supo sobreponerse a los peligros que conlleva convertirse demasiado pronto en una estrella mundial.
Blanca Lacasa | Icon, El País, 2020-05-14
https://elpais.com/elpais/2020/05/13/icon/1589365417_176275.html 

“Me llamo Greg Louganis. Soy gay y soy seropositivo”. Así se presentaba Gregory Efthimios Louganis (San Diego, Estados Unidos, 1960), el mejor saltador de todos los tiempos, ante los medios y un puñado de estudiantes en 1995. Ocurrió tras la publicación de su libro autobiográfico 'Breaking the Surface', coescrito junto al ensayista Eric Marcus. En él, el deportista se atrevía a contar su historia siete años después del accidente que sufrió en los Juegos Olímpicos de Seúl donde, por un error de cálculo, se golpeó la cabeza contra el trampolín con la consiguiente hemorragia. Durante esos años, a Louganis le reconcomió la obsesiva sombra de la responsabilidad: cuando se produjo aquel percance él ya había contraído el VIH. Lo sabía y calló. Y, aunque el Comité Olímpico Internacional salió rápidamente al paso exonerándole de cualquier tipo de culpa (tal y como publicó El País en 1995), empezó a cuestionarse la ética de su comportamiento.

Este episodio no era sino el penúltimo eslabón de una carrera deportiva que parece haber sido escrita por el más dramático de los guionistas de Hollywood. Aunque quizás el elevado número de deportistas con relato trágico de fondo no sea más que el patente reflejo de que el deporte de élite suele llevar emparentado en muchas ocasiones brutales abusos e inhumanas exigencias. “Desde que trabajé en las autobiografías con Greg y luego con Rudy Galindo, un campeón de patinaje artístico de EE.UU., ya no veo las Olimpiadas o el patinaje artístico de la misma manera", explica el ensayista Eric Marcus. "Sé demasiado sobre las terribles vidas de los atletas de élite. Lo que les hacemos, al menos aquí en EE.UU., llega al nivel de abuso. Lo encuentro espantoso. La mayoría de los deportistas de élite se retiran jóvenes de sus deportes porque sus cuerpos les fallan a una edad temprana. Y entonces se dan cuenta de que prácticamente no están preparados para vivir una vida normal”.

La historia de Louganis tiene todos los ingredientes de deportista que empieza demasiado pronto y se convierte enseguida en una estrella mundial (problemas familiares, acoso escolar, tempranos devaneos con sustancias de todo tipo, intentos de suicidio y representante extorsionador) con un añadido: el de ser homosexual en unos tiempos en los que la homofobia campaba a sus anchas en el mundo del deporte. “Cuando Greg estaba compitiendo no había atletas olímpicos LGTBQI que hubieran salido del armario. Al ser percibido como gay, Greg se convirtió en el blanco de hostilidad abierta por parte de otros saltadores. Una de las cosas que él temía cuando decidió reconocer que era gay y que tenía SIDA era que sus fans le dieran la espalda. Sin embargo, fue justo lo contrario, lo cual fue muy alentador. Pero algunos de los medios de comunicación mostraron cierta histeria por la percepción errónea de que Greg había puesto a los atletas y al personal médico en peligro de exposición al VIH al golpearse la cabeza con el trampolín. De todos modos, conviene recordar que, aunque no en todos los deportes, la situación sigue siendo terrible para los atletas LGBTQ que compiten en la élite”, reconoce a ICON Marcus.

Con nueve meses, Greg fue dado en adopción. Sus padres de ascendencia samoana y sueca solo tenían 15 años y encontraron en el matrimonio de Peter y Frances Louganis, que ya habían adoptado una hija mayor, la familia perfecta para el pequeño. Mientras su madre y su hermana adoptivas siempre fueron para Louganis el mayor de los consuelos, con su distante padre la relación basculaba entre el amor y el odio. Su progenitor solo empezó a interesarse por él cuando fue consciente de que el muchacho tenía un talento fuera de lo común para las acrobacias. Y, como en tantos casos similares, el interés se convirtió en la peor de las pesadillas. Autoritario y exigente, su padre lo puso demasiadas veces al límite. Esa sensación de indefensión se extendería fuera de las dominios del hogar.

El colegio tampoco representaba un lugar más seguro. Por su color de piel, se ganó toda clase de insultos racistas; por su dislexia (que se le diagnosticaría sólo mucho más tarde) lo tacharon de ‘retrasado’ obligándole a imaginar estrategias de escapismo ("en la escuela siempre odié leer delante de otras personas porque cometía muchos errores. Así que me llevaba el libro a casa, memorizaba algunos párrafos y luego me ofrecía voluntario para leer esos párrafos en concreto") y por su afición a las piruetas y a la danza, era reiteradamente calificado de afeminado por los gallitos del instituto. Todas estas trabas llevaron a Louganis a meterse en los procelosos mundos del alcohol y las drogas a una edad muy temprana, llegando incluso a intentar quitarse la vida en más de una ocasión.

Sin embargo, su destreza en el salto era incontestable. Según recoge el documental Back on board: Greg Louganis (2014) de HBO dirigido por Cheryl Furjanic, para Sammy Lee, su descubridor y primer entrenador, Louganis era “caballo ganador”. Tenía esa habilidad que solo tienen los elegidos: “Es capaz de crear la ilusión de que lo que hace no requiere esfuerzo en absoluto”, explica en el documental Ron O’Brien, el hombre que le llevaría al éxito. El trampolín era el único lugar en el que Louganis era perfecto, inalcanzable e imbatible. A él no le motivaba competir, solo quería saltar. “No me interesaba la competición. Me interesaba actuar”, declaró en una entrevista a Harvard Business Review. Quizás por eso escogió el más solitario de los deportes, uno en el que estar solo frente al vacío buscando la perfección. “Es un deporte muy solitario", afirma O’Brien en el documental. "Estás ahí, con tu minúsculo bañador y no puedes decir: ‘Me han pasado mal la pelota’. Todo depende de ti”.

Se trata de un deporte en el que la única referencia es un entrenador que ordena y tutela cada minuto de una vida en la que lo único que cuenta es algo que llega a convertirse, como bien puntualiza O’Brien, en la “persecución obsesiva de un sueño”. En alguna ocasión, Louganis confesó viajar siempre con un Speedo en la bolsa porque nunca se sabe cuando surgirá la ocasión de subirse a una tabla a entrenar. “Cuando trabajaba con Greg pensaba en la suerte que tenía de no ser un atleta de élite. Greg y yo tenemos más o menos la misma edad y cuando estábamos escribiendo el libro, yo me encontraba a mitad de mi carrera y con muchas oportunidades por delante. Greg ya estaba retirado y esperaba morir más pronto que tarde. Pero incluso cuando tuvo claro que iba a vivir, se enfrentó a un camino plagado de retos. Lo único para lo que fue entrenado desde una edad temprana no era algo que pudiera seguir haciendo el resto de su vida. Carecía de las habilidades para la vida que la gente normal adquiere cuando crece”, señala Marcus.

Antes del aparatoso accidente de Seúl, la carrera de Louganis ya había protagonizado capítulos truculentos. Desde la muerte del saltador soviético Sergei Chalibashvili de la que Louganis se sintió indirectamente culpable (el soviético se vio obligado a igualar a Louganis realizando un salto de una extrema peligrosidad que, por aquel entonces, solo hacía el norteamericano) a la supuesta ayuda al también saltador soviético Sergei Nemtsanov para que desertara (cosa que a Louganis le valió el apodo de ‘marica comunista’), pasando por la ausencia de patrocinadores por los rumores de su homosexualidad.

Cada año, los cereales Wheaties sacaban cajas especiales con las leyendas del deporte. Por aquel cartón pasaron Edwin Moses, Carl Lewis, Evelyn Ashford y un sinfín más. Todos menos Louganis, que no lo haría hasta 2016. Pero si por algo destacó Louganis es por ser el vivo ejemplo (como Nadia Comaneci) de la perfección. Fue el primero en poner de acuerdo a siete jueces para puntuarle con sendos dieces y el único en atesorar cuatro medallas de oro olímpicas conseguidas en dos Juegos consecutivos (Los Ángeles 1984 y Seúl 1988, en las dos modalidades posibles: trampolín y plataforma). Todo esto a pesar de ser uno de los damnificados del boicot estadounidense a los Juegos de Moscú en 1980 en los que se esperaba que cosechara un oro.

Vergüenza y silencio
Unos meses antes de ir a los Juegos Olímpicos de Seúl, Jim Babbitt, pareja y manager de Louganis, descubre que tiene SIDA. Inmediatamente Louganis se hace las pruebas. Da positivo. No sabe qué hacer. Seúl está a la vuelta de la esquina. Le aconsejan fervientemente que siga entrenado: si él no va a los Juegos, el resto del equipo tampoco podrá hacerlo. Probablemente, el creciente clima de homofobia desatado a raíz de las primeras oleadas de SIDA desaconsejaba hacer pública la enfermedad. Era el año 87 y, según recoge el documental ‘Back on board: Greg Louganis’, en aquellos años no era raro ver a policías enguantados para detener a manifestantes gais o leer noticias en las que se decía que uno de cada siete encuestados estaban a favor de tatuar a los afectados por el SIDA.

El único camino posible para el deportista en aquel momento fue callar. Y la única solución para transitar por ese silencioso y pesado camino era un medicamento llamado AZT. Una medicación terriblemente agresiva de la cual se sabía poco pero que consiguió mantener a Louganis en la competición a cambio de no poder dormir más de cuatro horas seguidas. En ese estado físico y mental, se presenta Louganis en Seúl. Y entonces sucedió lo único que no podía, ni debía suceder. En el primer salto Louganis se golpea la cabeza con la tabla. Algo que no deja de revestir peligro si tenemos en cuenta que la velocidad de zambullida puede llegar a ser superior a los 50 kilómetros/hora. Louganis sale de la piscina. Sin confianza y con un charco de hemorragia detrás. Solo puede pensar en su responsabilidad, en aquel médico que le cose sin guantes quirúrgicos y en los rastros de sangre dejados en la piscina y en la cubierta. Aún así, Louganis se enfrenta al que sabía que sería el último salto de su carrera. "Ha terminado", se repetía. Y entonces Louganis se alza una vez más y consigue el salto que le daría su segunda medalla de oro en esos Juegos.

Alegando que los chinos le pisaban los talones, el saltador anuncia su retirada en 1989. Pero lo peor está aún por llegar. Hasta ese momento, Louganis –como tantos otros atletas demasiado enfocados en sus éxitos deportivos, sus marcas, sus entrenamientos y sus competiciones– se había despreocupado de unas cuentas que Babbitt manejaba a su antojo, y que le había estafado grandes cantidades de dinero. Cuando se quiso dar cuenta, Louganis estaba prácticamente en la ruina y sin poder deshacerse del causante de su bancarrota. Babbitt le amenazó con contar toda su historia si le retiraba el papel de manager y administrador. Pero en 1989 Louganis consigue una orden de alejamiento (nada sorprendente si tenemos en cuenta que Babbitt violó a Louganis a punta de cuchillo). El manager murió un año después víctima del VIH.

En 1994, Louganis decide escribir su biografía. ¿Por qué justo en ese momento? En 1993, el saltador se asusta: estaba perdiendo peso muy rápidamente y pensó que le quedaba poco tiempo. “Greg y yo fuimos presentados por un amigo común. Cuando nos conocimos, Greg estaba deprimido y triste. ¡Tenía razones para estarlo! Quería contar su historia con sus propias palabras antes de morir. Tenía SIDA y en 1993, el pronóstico era terrible. Su esperanza de vida era corta y emprendimos una loca carrera por terminar el libro para que pudiera estar vivo cuando se publicara. Lo que quería lograr era un relato completo de su existencia que había mantenido en secreto. Lo que me sorprendió durante nuestras más de sesenta horas de entrevistas y conversaciones fue cómo Greg compartía sus experiencias mostrándose muy poco afectado. Tenía poca perspectiva de algunas de las cosas horribles por las que había pasado y de lo extraordinario de sus logros en las Olimpiadas de 1988. Ganó dos medallas de oro mientras tomaba altas dosis de AZT, un poderoso medicamento con importantes efectos secundarios, incluyendo el deterioro de su equilibrio, lo que probablemente contribuyó a que se golpeara la cabeza. Creo que mis reacciones, incluyendo las lágrimas, le ayudaron a poner en perspectiva lo que vivió”, cuenta Marcus.

Cuando en la entrevista a la ‘Harvard Business Review’ se le pregunta a Louganis cuándo salió del armario él responde: “Depende de a quién le preguntes. Fui a la Universidad de Miami, lejos de donde crecí, y en el departamento de teatro, conocí a otros gais. Con mi madre, salí del armario en el 83. Así que para mis amigos y mi familia no era ningún secreto, pero mi política era no hablar de mi vida personal con los medios de comunicación”. Es en 1995, con la salida de ‘Breaking the Surface’, cuando Louganis le dice al mundo “Me llamo Greg Louganis, soy gay y soy seropositivo”. El libro se agotó a la media hora de salir a la venta. A pesar de la valentía, hubo quien quiso aprovechar el río revuelto. Fue el caso de Larry King, quien en su ‘late show’ en la CNN acorraló a Louganis preguntándole una y otra vez cómo es posible que un muchacho inteligente se contagiara de VIH.

Después de todo esto, a Louganis le llevó años convertirse en mentor del equipo de saltos estadounidense para los Juegos Olímpicos. Mentor, que no entrenador. Porque Louganis, víctima como fue de ese mal endémico de los deportistas de élite de salir al mundo sin herramientas, se empeña en preparar a los deportistas para lo que vendrá después, para su vida después de los saltos y para no seguir engrosando el historial de héroes olímpicos hechos pedazos.

A fecha de hoy, Louganis está felizmente casado con Johnny Chaillot, ha dejado atrás sus problemas financieros (tuvo que vender muchas de sus pertenencias, medallas olímpicas incluidas, para conservar su casa), se ha convertido en un tenaz activista y continúa siendo el mejor saltador de la historia con unas marcas que aún no han sido batidas. “Greg sigue siendo la misma persona encantadora, amable y gentil que conocí hace más de 25 años", asegura Marcus a ICON. "Por aquel entonces estaba muy deprimido. Creo que ha trabajado duro para llegar a un lugar donde su aparente serenidad refleja una paz interior”.

martes, 14 de abril de 2020

#hemeroteca #vih | Otros tiempos, otra pandemia: las dos muertes de Albert Delègue, el gran ‘top model’ de los noventa

Imagen: El País / Albert Delègue
Otros tiempos, otra pandemia: las dos muertes de Albert Delègue, el gran ‘top model’ de los noventa.
Un 14 de abril de 1995, hace 25 años, fallecía uno de los modelos más célebres de su tiempo. La familia dijo que había sido un accidente de esquí. El mundo solo tardó una semana en conocer la verdad.
Ianko López | Icon, El País, 2020-04-14
https://elpais.com/elpais/2020/04/13/icon/1586761850_009121.html

Hace veinticinco años murió uno de los hombres más bellos del mundo. Lo de su belleza es un dato más o menos objetivo: de hecho era tan bello que vivía de ser bello hasta que dejó de hacerlo (de vivir, se entiende). Se llamaba Albert Delègue. Y es importante recordar su nombre, como es importante recordar el motivo de su muerte, que fue la pandemia del sida.

Tantos siglos de arte y literatura para convencernos de que la muerte nos llega a todos por igual, y sin embargo la realidad se obstina en negarlo. Que nos llega a todos no vamos a discutirlo a estas alturas: es lo de por igual lo que chirría. Ni todas las muertes son iguales, ni lo son todas las pandemias. Tomemos por ejemplo esta que aún nos tiene sometidos: nunca una enfermedad había promovido tanto la exposición mediática como el COVID-19, y eso que estamos todos guardados en nuestras casas bajo siete llaves (para el ahí afuera de Instagram aún no hay restricción que valga). En el extremo opuesto, hay otra plaga que sigue perfectamente operativa sin que emerja el mismo deseo de airear su impacto individual. Pero es un impacto elevado, si consideramos que en todo el mundo hay unas cuarenta millones de personas viviendo con el VIH. Y, por mucho que afortunadamente hayan quedado atrás sus días de apogeo, el sida sigue matando unas 770.000 personas al año, según datos de ONUSIDA (Programa Conjunto de las Naciones Unidas sobre el VIH/sida).

Albert Delègue (1963-1995) nació en Rambouillet, a unos 42 kilómetros de Paris, en una familia de clase media acomodada: madre ceramista, padre médico, dos hermanas mayores. Pero su infancia y juventud transcurrieron en el pueblecito pirenaico de Mérilheu, donde trabajó durante varios años como instructor de esquí. Muy deportista, disfrutaba por igual descendiendo por las pendientes de la estación de La Mongie que de deslizándose por los meandros del río Adur.

Su gran oportunidad se manifestó en París en 1989. Allí le echó el ojo Olivier Bertrand, director de la prestigiosa agencia de modelos Success. Los había presentado uno de los becarios de la agencia, que casualmente pertenecía al grupo de amigos de Delègue, y su apostura no le pasó desapercibida al avezado ‘booker’. “Me di cuenta de inmediato de que se convertiría en un ‘top model’”, declararía Bertrand a la revista OK Podium. “Dos días después de que lo ficháramos, ya conseguía un contrato muy importante”.

Un spot para Parfums Bourgeois lo situaba en el mapa del modelaje a la edad de veintiséis años. Podría decirse por ello que Albert Delègue se presentaba a la carrera algo tarde, pero por otros motivos afirmaríamos que lo hacía en el momento justo. Porque su irrupción coincidía con los inicios de un fenómeno hasta entonces inédito y que apenas duraría una década: la profesión de maniquí jamás ha gozado de tanta divulgación y prestigio social como en aquellos años dorados, ni volvería a hacerlo. Por supuesto, y con gran diferencia, eran las mujeres las que en este asunto se llevaban la parte del león. Pero también hubo un pequeño grupo de supermodelos masculinos que se beneficiaron del ‘boom’: hoy solo a los más fanáticos les sonarán los nombres de Michael Bergin, Cameron Alborzian, Marcus Schenkenberg o Greg Hansen; con más nitidez recordamos a Mark Vanderloo. Junto a su amigo Alain Gossouin, Delègue formó parte de una avanzadilla de este advenimiento ‘fashion’ desde las filas de Success.

En aquellas filas precisamente lo conoció un español que hoy está al frente de otra importante agencia, y que prefiere que no se cite su nombre. A principios de los noventa, con apenas veinte años, también él comenzaba una carrera como modelo que lo llevó de Madrid a París. Y una vez allí fue Delègue quien le abrió las puertas de Success. Literalmente, queremos decir: “En cuanto llegué a la ciudad, me presenté en la agencia y llamé a la puerta. Pues bien, fue Albert quien abrió. Incluso me ayudó con la maleta. Él aún no era tan conocido, pero nada más verlo alucinabas por lo guapísimo que era, además de tan educado. No muy alto, eso sí”.

Poco importaba la estatura, ya que su fuerte no fueron las pasarelas sino la publicidad. Durante la primera mitad de la década, el rostro de Albert sirvió como reclamo para marcas como Calvin Klein, Valentino, Sonia Rykiel, Kenzo, Versace o la tan de aquella época Chevignon. Pero sobre todo fue requerido como imagen de los perfumes de Armani, un desempeño por el que entre 1991 y 1995 acumuló cinco millones de francos (al cambio, unos 760.000 euros). La suma, desde luego muy respetable, quedaba lejos de los honorarios de una Christy Turlington (que había firmado con Maybelline por una cantidad similar cada año) o una Claudia Schiffer (que solo en 1995 ganaba unos once millones de euros).

Pero el contrato lo hizo figurar poco menos que en toda revista vagamente aspiracional que en el mundo se imprimió durante aquel lustro, carteles y vallas publicitarias aparte. Y, cabe pensar que por lo armónico de unos rasgos que evocaban cierto clasicismo paneuropeo, estas fotos publicitarias fueron de inmediato reapropiadas para ilustrar incontables carpetas de colegiales/as. En fin, aquel era un mundo anterior al de la sobreabundancia de imaginería digital en el que ahora vivimos.

Las cosas eran, en efecto, muy distintas en aquel mundo de ayer que por tiempo no queda tan lejos del de hoy. Ofreceremos una prueba de ello, ya que incorpora a nuestro protagonista. En 1993, dos años antes de su muerte, Delègue acude a un programa del canal televisivo TF1 llamado ‘Coucou c'est nous!’, especie de antepasado galo de ‘El hormiguero’ donde suceden todo tipo de cosas a un ritmo vertiginoso y sin que al invitado se le conceda un papel más relevante que el de simple coartada. Una de esas cosas que suceden consiste en un adivino mezcla de Carlos Jesús y druida Panorámix que aconseja a los oyentes sobre sus cuitas amorosas. A una mujer que se huele lo peor porque su última pareja hace tiempo que no le contesta al teléfono, el vidente le confirma que acaban de abandonarla. Interviene entonces el presentador, de nombre Christophe Dechevanne: “Señora, los hombres que hacen eso son unos cobardes”. Tras una pausa se siente en confianza y añade: “Y a veces maricones”. El público lo jalea. “Así que no se pierde usted nada”. Más jaleos del público. Un plano brevísimo muestra a Delègue sonriendo con toda su profesionalidad de top model internacional, y solo desde la perspectiva que nos da el mundo de hoy notaríamos que por esa sonrisa se filtra cierta desazón. El momento se puede ver desde el minuto 17:45 de este vídeo.

Delègue murió en Toulouse el 14 de abril de 1995, y la familia no tardó en informar de la causa: un accidente de moto acuática sucedido el anterior verano. Hubo que esperar hasta cinco días para que el diario ‘L’Humanité’ publicara una breve nota informativa que rezaba: “El top model Albert Delègue ha fallecido de sida en el hospital Purpan de Toulouse, a la edad de 32 años”. El número de mayo de la revista gay ‘Idol’ repetía la información, especificando que la verdadera causa del fallecimiento había sido una encefalitis consecuencia del VIH. El País, en España, publicó la noticia el 23 de abril: "Albert Delègue (32 años), un modelo publicitario conocido por sus facciones angulosas, sus ojos claros y su sonrisa distante, falleció el viernes 14 de abril en Toulouse, Francia, víctima de una encefalitis desarrollada a consecuencia del virus del sida".

Sin embargo, se eliminó una intervención de Alain Gossuin en el programa televisivo ‘Tout est possible’ que confirmaba la versión de la prensa. De nuevo, se apunta a la familia como responsable de la censura. “Ellos querían silenciar los verdaderos motivos de la muerte”, declararía en 2010 a la revista 'Playboy' el colega de profesión y amigo de Delègue. “Pero yo pensé que mi intervención pondría de relieve una plaga que había alcanzado un alcance preocupante”.

Y no se equivocaba Gossuin. Ni respecto a la magnitud de la tragedia, ni respecto a lo acertado de sus intenciones. Si algo tenemos que agradecer a quienes han hablado públicamente de la pandemia durante estas larguísimas cuatro décadas que lleva acompañándonos es su contribución a que entendamos que el sida es un problema global, y que como tal a todos nos afecta. En realidad lo entendemos, y sin embargo ahí sigue el estigma, casi tan presente como el primer día. Los infectados pueden hablar de ello: ya lo hacen cuando les dejan, y lo harían aún más si el estigma no fuera aún una realidad, precisamente.

Pero cuando Delègue murió, no solo su familia trató de ocultar las causas: se dice que Karl Lagerfeld, amigo suyo, intentó comprar todos los ejemplares del número de ‘Paris Match’ donde aparecía el obituario con el fin de preservar su intimidad. La historia cojea por la pata de la verosimilitud, pero si fuera cierta tampoco habría nada que reprocharle al káiser. Entre las motivaciones de todo lo que piensa y hace el ser humano siempre estarán presentes el clima social y el instinto de proteger a sus seres queridos.

Pero desde 1995 hemos aprendido muchas cosas, y una de ellas es que hay que seguir hablando de las epidemias, de todas las epidemias, y hay que seguir rememorando a las víctimas con sus nombres y apellidos. Hoy, rememorando justamente a una de esas víctimas, de nombre Albert Delègue, nos viene a la cabeza la frase de Platón que afirma (y perdonen por el símil bélico): “Solo los muertos han visto el final de la guerra”.

domingo, 16 de febrero de 2020

#hemeroteca #homofobia | Arny, 25 años del caso en el que ardieron famosos gais inocentes: “Solo quiero olvidar”, dice el dueño

Imagen: El Español / Arny, Sevilla
Arny, 25 años del caso en el que ardieron famosos gais inocentes: “Solo quiero olvidar”, dice el dueño.
El Español localiza al culpable de la explotación sexual de menores en el pub de Sevilla. El escándalo se usó para señalar a gente por su condición.
Andros Lozano | El Español, 2020-02-16
https://www.elespanol.com/reportajes/20200216/arny-ardieron-famosos-inocentes-solo-quiero-olvidar/467703639_0.html

Cuando una voz de hombre responde al otro lado del telefonillo del portal, el reportero pregunta. Son las 10 horas de una tibia mañana de esta semana pasada en el centro de Sevilla.

-¿Es usted Carlos Saldaña? Me dicen que vive en este edificio, pero no sé en qué puerta exactamente.
-Sí, ¿qué quiere?
-Soy periodista.
-¿Y qué?
-En unos meses se cumplen 25 años del ‘caso Arny’. Usted era dueño de aquel pub y el que recibió la condena más alta de todos los implicados. Me gustaría hablar unos minutos con usted.
-No tengo ningún interés en hablar de aquello, lo siento.
-No le quitaría más de cinco o diez min… [Aquella voz todavía sin rostro interrumpe de forma brusca sin dejar terminar la frase]
-No me interesa. Sólo quiero olvidar aquello. Lo siento.

Carlos Saldaña, educado, da por acabada la conversación. No quiere remover el pasado para volver atrás un cuarto de siglo, cuando, tras romper con su vida anterior, dejar a su mujer y a su hija, regentaba un pub de ambiente gay en la calle Trastamara de Sevilla. En febrero de 1995, hace ahora 25 años, José Antonio Sánchez Barriga, un adolescente de 16 años, denunció ante la Policía que en aquel local se le indujo a prostituirse entre los clientes. A él y a otros menores.

Aquella denuncia destapó un escándalo que era real pero, a su vez, generó otro: a determinados personajes reconocidos y famosos de la sociedad pública española de aquel momento se les señaló injustamente para manchar su imagen, como se demostraría meses después durante un juicio que llenó horas y horas de televisión, ocupó titulares de periódicos y se coló en las tertulias de las radios.

En una España aún con los prejuicios de una época pasada y homófoba, se acusó directamente al presentador Jesús Vázquez, al humorista Jorge Cadaval, de Los Morancos, al cantante Javier Gurruchaga, a Antonio Tejado (hermano de María del Monte) o al juez de menores Manuel Rico Lara. Su culpa era ser homosexuales. Nada más. Por la calle alguna gente les llamaba pederastas.

Aunque el testimonio de aquel joven aireó una realidad que sí existía, en su declaración había gran parte de mentira. Finalmente, se llegó a juicio dos años después. Todos esos rostros conocidos de la televisión resultaron absueltos. Pero pagaron una factura demasiada cara ante la sociedad. Jesús Vázquez estuvo dos años sin trabajar. “Fue una muerte social y laboral atroz”, reconoció el artista en enero del año pasado en el programa ‘Chester’, de Risto Mejide.

De los 49 procesados, 33 resultaron absueltos. El principal condenado, al que se le impuso una pena de 33 años de prisión, fue ese hombre de pelo canoso que se lo recoge en un coletilla en la nuca y al que esta semana encontró El Español caminando por el centro de Sevilla cuando se disponía a tirar la basura.

El hombre, ya mayor, ha salido de una edificio próximo a la Alameda de Hércules, probablemente la zona más alternativa y moderna de la capital andaluza. Su casa no está muy lejos de donde estaba el pub que acabaría cambiando su vida. A pie no tardaría más de 15 o 20 minutos en llegar.

Tras el no dado a través del telefonillo de su casa, probamos de nuevo en la calle. Pero Carlos Saldaña, visiblemente enfadado por la llegada de un periodista y un fotógrafo, rechaza hablar del caso y de cómo ha vivido estos últimos 25 años.

“Ni un café ni leches. Aquello es pasado y no tengo nada de qué hablar. Déjeme en paz”.

El escándalo
Febrero de 1995. Sevilla, moderna pero antigua, bonita pero cruel, todavía se relamía por el buen sabor de boca que le dejó la feria internacional de la Expo del 92. Tras aquel acontecimiento, volvía a estar en boca de todo el mundo, fuera y dentro de España.

Pero la confesión del adolescente tres años más tarde iba a provocar un seísmo social en la capital andaluza. José Antonio Sánchez Barriga contó que en varios pubs de Sevilla, entre ellos el Arny, Valentino y 27, todos muy cerca uno del otro, se prostituían menores con clientes adultos. El pub Arny era una expresión vital de Carlos Saldaña, su dueño: lo había montado después de confesarle a su mujer que era gay, abandonar la casa y dejar en ella a su esposa y a una hija.

A la declaración de aquel menor, al que se le empezó a conocer como Testigo 1, se sumaron las de otros adolescentes sevillanos. José Antonio Sánchez Barriga señaló, entre otros clientes, al juez de Menores Rico Lara, el mismo que le había retirado la guarda y custodia a la madre de éste y que lo había internado en un centro.

Poco a poco, según iba avanzando la investigación policial y se tomaba declaración a otros testigos, la prensa fue aireando los nombres que daban los adolescentes. La sociedad española quedó atrapada con aquel escándalo.

La historia de ese pub se remonta a los primeros años de la década de los 90, cuando Carlos Saldaña y su amigo Domingo Arnaldo, argentino, decidieron abrir un local de ambiente gay frente a la estación de autobuses de Sevilla. El diminutivo de Arnaldo dio nombre al bar Arny, que pronto extendió su fama en la capital andaluza gracias, entre otras razones, a su llamado bingo loco musical. Se trataba de una especie de sorteo de chicos para mantener relaciones sexuales entre sí. Tuvo un gran éxito entre la clientela del local.

“Los chicos hacían unos seis o siete servicios cada noche, por los que cobraban entre 5.000 y 8.000 pesetas. Allí había colas", declaró un camarero del pub ante la Policía, que llevó a cabo un operativo dentro del establecimiento en octubre de 1995, ocho meses después de aquella primera denuncia.

El germen del caso está en el testimonio de José Antonio Sánchez Barriga, que denunció a un antiguo amante al que había conocido en La Algaba, un pueblo sevillano. El menor, por aquel entonces, tenía 13 años.

La fiscal Marta Valcárcel dijo en su escrito de acusación que el Testigo 1 mantuvo relaciones sexuales con él “a cambio de regalos y dinero". Con sus declaraciones puso en marcha el caso que más morbo levantó en aquella España.

Cuando la Policía comenzó a investigar, Jesús Vázquez recibió una llamada a su casa. Se puso su madre. Alguien de un juzgado de Sevilla le dijo que su hijo debía presentarse al día siguiente si no quería que se dictara una orden de ingreso en prisión contra él de manera inmediata. “Pero hijo mío, ¿qué has hecho?", preguntó la señora. El escarnio público empezó en ese momento. Vázquez nunca había puesto un pie en aquel local.

El juicio
El juicio arrancó en septiembre de 1997 en la Audiencia Provincial de Sevilla. Hubo 49 acusados. 29 de ellos eran clientes. Las vistas se celebraron a puerta cerrada. Sin público ni prensa. Los tres nombres que más impacto habían generado eran los de Jesús Vázquez, Jorge Cadaval y Javier Gurruchaga, que se sentaron en el banquillo de los acusados por supuesta corrupción de menores. Pero hubo otros que también generaban interés, como el de Ramón de Carranza y Villalonga, marqués de Sotohermoso, o el catedrático de Derecho Santiago Oliveros Lapuerta.

Aquel tiempo de martilleo social y mediático por parte de una parte de la prensa española sirvió para que Vázquez y Cadaval tejieran una amistad que todavía hoy perdura. “Jorge me salvó la vida en ese momento porque estuve viviendo en su casa", explicó el presentador ante Risto Mejide. “Nunca supe por qué me imputaron, por qué yo. Al final he querido pensar que fue el último coletazo de la España de la caverna para asestarle un golpe a la homosexualidad".

El caso levantó tanto interés que se mercadeó con la información. Hasta cinco periódicos, entre ellos ‘El País’ o ‘El Mundo’, recibieron llamadas de presuntos representantes de testigos y acusados. Llegaban a pedir 600.000 pesetas por hablar. Los directores de programas televisivos competían por hacerse con el testimonio de algún implicado y se lamentaban cuando aparecía en un canal de la competencia.

Durante el juicio, se constató que era cierto que en aquellos tres pubs, entre ellos el Arny, se prostituían menores de edad a cambio de dinero. Pero también se evidenció que muchas de las acusaciones estaban basadas en mentiras y en una cierta gana de inflar el caso. Algunos de los testigos se retractaron y otros entraron en evidentes contradicciones.

Uno de los testimonios más reveladores fue el del Testigo 10. Cuando llegó el juicio ya tenía 18 años. Le apodaban ‘el Caqui’. Era un ladrón y un consumidor habitual de cocaína. Acusó a 12 clientes. Dijo que se había acostado en un hotel con el cantante y actor Javier Gurruchaga. También reconoció en una foto al juez de Menores Manuel Rico Lara. Aseguró que era "ese médico bajito con barba que salía en la tele" y que iba por el Arny.

Los letrados de la defensa se agarraron a la propia declaración de ‘El Caqui’ ante la Policía. En ella admitió que durante los reconocimientos iba "puesto de coca hasta los ojos". También reconoció que cuando iba al Arny consumía constantemente cocaína y heroína. ‘El Caqui’ era conocido como jefe de una banda de atracadores de repartidores de pizzas. Admitió que en sus “mejores noches” ganaba hasta 40.000 pesetas y que cobraba el servicio a 5.000.

Francisco Baena, letrado del juez Rico Lara, le preguntó si conocía a Jorge Cadaval. El joven ratificó que estuvo a punto de mantener relaciones sexuales con él. “Llegué a bajarme los pantalones", dijo. Pero agregó que Cadaval desistió justo cuando el menor le dijo su edad: “Tengo 16 años". Aquel juicio duró 5 meses. La expectación mediática fue máxima.

La sentencia
El 19 de marzo de 1998, tres años después de aquella denuncia que destapó un escándalo de prostitución de menores, se conoció la sentencia del ‘caso Arny’, de 72 páginas. En ella se reconoció la absolución de los acusados más famosos. La Audiencia de Sevilla no halló pruebas contra 32 de los procesados.

Consideró que las contradicciones y, en algunos casos, la “animadversión" de los testigos hacia varios de ellos obligaba a dejar libre a la mayoría de los trabajadores del Arny y a casi todos los clientes, entre ellos Jesús Vázquez, Javier Gurruchaga, Jorge Cadaval, el juez de menores Manuel Rico Lara y Antonio Tejado.

Sin embargo, en el caso del marqués de Sotohermoso y Villalonga, el tribunal estimó que la “mantenida y sincera declaración" del Testigo 48 “transmitió la convicción necesaria" de que mantuvo un encuentro sexual con el acusado. Ramón de Carranza fue condenado a un año de prisión.

El fallo explicaba por qué se condenó a los seis clientes que se pudo demostrar que mantuvieron relaciones sexuales con menores en el Arny. Uno de ellos, Manuel Mora Waflar, ni siquiera llegó a mantenerlas debido a un incidente con dos chicos sobre quién debía realizar a quién el coito. El tribunal consideró que la mera negociación del precio del acto sexual era en sí misma la incitación a la prostitución.

El Testigo 1, el chico que había dado origen al caso con su denuncia a un antiguo amante, fue castigado en aquella sentencia. El tribunal dijo que no merecía "absolutamente ninguna credibilidad” por las “múltiples declaraciones prestadas y contradicciones en que ha incurrido, ignorándose cuándo ha dicho la verdad, si es que alguna vez la ha dicho".

En la actualidad, a José Antonio Sánchez Barriga se le ha perdido la pista. En noviembre de 2005 admitió una pena de 15 años de prisión por matar a un cliente de 72 años tras golpearle y robarle el coche en el que se vieron.

La condena más dura recayó sobre el dueño del Arny, Carlos Saldaña. Le fijaron 33 años de cárcel. 18 de ellos por haber facilitado en su negocio seis relaciones sexuales entre clientes y menores. Los 15 años restantes, por los cinco actos mantenidos por él mismo con chicos que no tenían la mayoría de edad.

Sin embargo, ese hombre que ahora separa la basura entre los distintos contenedores en el centro de Sevilla sólo cumplió ocho años de prisión. La sentencia fijó el máximo de pena en el triple de la condena por el delito de mayor gravedad. Ahora vive solo en su piso del centro de la capital andaluza y no quiere hablar del caso. Su amigo Domingo Arnaldo Concha, el bailarín argentino que dio nombre al pub Arny, murió de un infarto el 19 de febrero de 2008. Nunca el diminutivo de un nombre levantó un escándalo similar en España.

jueves, 23 de enero de 2020

#hemeroteca #gais #testimonios | Jorge Cadaval, de Los Morancos: “Para muchos sigo siendo un pederasta”

Imagen: El País / Los hermanos Cadaval, Jorge y César, en 'Planeta Calleja'
Jorge Cadaval, de Los Morancos: “Para muchos sigo siendo un pederasta”.
En su paso por 'Planeta Calleja', los cómicos hablaron sobre el 'caso Arny', sus familias y el referéndum catalán.
El País, 2020-01-23
https://elpais.com/elpais/2020/01/23/gente/1579770753_901146.html

El miércoles por la noche, el programa ‘Planeta Calleja’ (Cuatro) mostraba cómo su presentador, Jesús Calleja, se llevaba hasta Turquía a los hermanos César y Jorge Cadaval, Los Morancos. Además de intentar montarles en globo —pese al madrugón a las cuatro de la mañana no pudieron subir, dadas las condiciones climatológicas— y pasear en bicicleta, los sevillanos charlaron con el aventurero sobre su infancia, su familia y algunos de los momentos más duros de su vida, como cuando Jorge estuvo acusado en el llamado caso Arny a mediados de los noventa.

Arny fue uno de los casos más famosos y polémicos de la justicia española en aquel momento. Cuatro jóvenes aseguraron que, en junio de 1995, acudió a un pub de Sevilla llamado Arny y acusó a diversos personajes conocidos como el propio Jorge Cadaval, el presentador Jesús Vázquez, el músico Javier Gurruchaga o el exjuez Manuel Rico Lara de prostitución de menores. La sentencia llegó en marzo de 1998, pero tanto Cadaval como el presentador Jesús Vázquez —que hace unos meses afirmaba que el caso había supuesto su "muerte social y laboral" — habían quedado exculpados a finales de 1997.

En diciembre de ese año, el testigo que los había acusado se retractó y aseguró que se había inventado su presencia en el pub. Pero aún así, el escarnio público al que los demandados se vieron sometidos fue incesante. "Para muchos sigo siendo el pederasta, la maldad sigue ahí...", recordaba no sin dolor Jorge Cadaval, que también explicaba que había obtenido alegrías y enseñanzas de ese duro trance. "Saqué varios amigos maravillosos y mis hermanos estuvieron ahí en todo momento. Salí muy reforzado. Nos dieron de baja en muchísimos sitios y perdimos muchos trabajos", ha explicado Jorge, que ha asegurado que César siempre le apoyó: "Es un tío de los pies a la cabeza, yo le adoro".

"Lo viví fatal. Recibí cartas con amenazas de muerte, me decían que sabían a la hora a la que mis sobrinos salían del colegio. Lo pasé peor por los míos que por mí", rememoraba Cadaval aquellos dos duros años, que coincidió con una etapa especialmente complicaba en la vida de la familia porque su padre había muerto apenas siete meses antes. "Me alegro de que no llegara a vivirlo, porque me hubieran matado. Mi madre sí que lo vivió, pero siempre me miraba con una mirada, esa complicidad...", recordaba el mayor de los dos hermanos. María Pérez Montané, la madre de los cómicos, falleció en Sevilla en enero de 2015. Estaban muy unidos, como explicó Jorge, y ella nunca se tomó a mal su homosexualidad. "En ningún momento mi madre me puso ninguna traba, tengo una familia maravillosa y un padre maravilloso y no hay diferencia con los hijos, porque cuando tú quieres a tu hijo, lo quieres como sea".

Pérez Montané era oriunda del Poble Sec y conoció a su marido en Barcelona, de ahí el origen de la familia. Como los cómicos han explicado en alguna ocasión, sienten un gran amor por Cataluña. De hecho, confesaron e hicieron ver en ‘Planeta Calleja’ que hablan un más que correcto catalán. Pero el presentador también les cuestionó sobre si era cierto que César había dicho en TV3 que estaba a favor del referéndum de independencia. "Fue una encerrona", aseguraba el menor del dúo cómico. "Se confundieron mis palabras, dije que cada uno tiene libertad para hacer lo que quiera. Yo soy español, soy de España y me encanta Cataluña".

Los Morancos también hablaron de su infancia, que calificaron de "de diez, maravillosa" y de la que afirman que proviene todo su humor: "En mi casa hemos sido muy cachondos". "Vivíamos en Triana en un piso de tres habitaciones, seis hermanos y mis padres con muchos muebles-cama", rememoraban. Sus padres ya han fallecido y también han perdido a dos de sus hermanos: Carlos, de un infarto hace dos años y medio; y Diego, de cáncer, hace ocho. Pero los que quedan siguen manteniendo su unión y la refuerzan, puesto que la familia cena junta todas las semanas.

Quien también estuvo presente en el programa fue Ken, el marido de Jorge, un estadounidense de Michigan al que conoció hace 20 años. Fue en un pub de Sevilla y entonces Ken estaba con otro hombre: "Pero a mí lo que más me gustó fue la mirada hacia esa persona con la que estaba bailando". Se volvieron a ver poco después y ya se cambiaron los teléfonos y empezaron a salir y a quedar. Se casaron en 2007 y volvieron a celebrar su boda en Nueva York en 2016.

martes, 19 de marzo de 2019

#hemeroteca #trabajosexual #derechos | El “Hasta siempre” de las Hetairas

Imagen: Google Imágenes / Hetaira en las calles de Madrid
El “Hasta siempre” de las Hetairas.
Hetaira, 2019-03-19 
Recogido por: Rebelión, 2019-03-20
http://www.rebelion.org/noticia.php?id=253812 

Interior aeropuerto
-Caye: Mi amiga, que se va porque quiere.
-Policía: ¿Perdón?
-Caye: Que se va porque quiere, que no la echa nadie. Se va ella, a ver a su hijo.
-Policía: Estupendo.
-Caye: Nada más que eso.
(‘Princesas’, de Fernando León de Aranoa).


Hace justo hoy 24 años, el 12 de marzo de 1995, nacía en Madrid Hetaira, colectivo en defensa de los derechos de las prostitutas. Hoy, 24 años después, decidimos colectivamente que Hetaira llega a su fin. Ésta es, sin duda, la comunicación más difícil que hemos tenido que realizar en todos estos años de andadura.

Hetaira nace de las ganas de un grupo de mujeres (unas prostitutas y otras no) que, tras reunirse durante dos años antes pensando sobre las estrategias y necesidades de quienes ejercían la prostitución, decide dar el paso de alquilar un espacio en una calle de nombre hermoso, la calle del Desengaño (la misma que le producía “Malegría” a Manu Chao en su canción y, con parecido sentimiento, nos asentamos). Los últimos años nos trasladamos -obligadas por la gentrificación- a la calle Fuencarral, porque decidimos estar cerca de las mujeres más vulnerables entre quienes ejercen la prostitución: aquellas que captan a su clientela en la calle.

Hetaria creció y se hizo fuerte, gracias a las ganas y al impulso de un grupo de mujeres que tuvimos por bandera la generosidad; la generosidad por apoyarnos siempre, por aprender unas de otras y por estar dispuestas a compartir tristezas y alegrías, éxitos y fracasos. También supimos enfrentarnos a los conflictos internos y salir reforzadas de ellos, porque siempre supimos poner por delante lo único importante: la defensa de los derechos de las prostitutas desde nuestro pensamiento feminista.

Hetaira creció y se hizo fuerte, gracias a que había mujeres que tenían los pies en la tierra, que sabían qué necesidades materiales había que trabajar para mantener el local, para mantener el equipo, para buscar financiación, para crecer como asociación, para adentrarse en las instituciones.

Creció y se hizo fuerte, gracias a que había mujeres que echaban a volar la imaginación (no teníamos referentes, excepto alguna iniciativa en contextos distintos al nuestro) para cambiar la política tradicional e integrar la lucha de las prostitutas en los discursos sociales, políticos, culturales y económicos. Las prostitutas, por fin, son ya hoy sujet@s polític@s, le pese a quien le pese y están organizadas. Y estamos orgullosas en lo poco o mucho que hayamos podido influir para generar esta autoorganización en distintos puntos del país. Porque comenzamos solas, pero conseguimos generar alianzas indestructibles.

Creció y se hizo fuerte, gracias a que formamos parte de plataformas pro derechos internacionales, donde dejamos alguna pequeña huella y donde aprendimos de nuevas realidades y de otras posibles formas de actuar. También en la trata de personas y no solo en el trabajo sexual.

Creció y se hizo fuerte, gracias a que nos formamos, estudiamos y empapamos de realidad. Escribimos cientos de artículos, narramos nuestra experiencia en incontables charlas y mesas redondas y difundimos nuestras ideas a través de los medios de comunicación, del mundo de la cultura. Recordaremos siempre la primera vez que una puta puso el pie en una facultad no para ser “diseccionada” sino para impartir “saber”: explicar en qué consistía su trabajo y cuáles eran los derechos que reclamaban.

Creció y se hizo fuerte, gracias al contacto permanente con las prostitutas, algunas formando parte del colectivo y otras no, que nos recordaban cada día que era lo importante y que era accesorio. Porque había que estar en los polígonos, en los parques, en la Casa de Campo, en las esquinas, en los clubes, de noche y de día, con frío y con calor.

Creció y se hizo fuerte, relacionándose con cientos de mujeres que ejercen el trabajo sexual y estudiamos, junto a ellas, medidas y alternativas reales a sus diversas situaciones. Nos enriquecimos al encontrar una realidad diversa: mujeres de todas las edades, mujeres de diversas nacionalidades, mujeres racializadas, mujeres trans, mujeres lesbianas, mujeres bisexuales. Mujeres alucinantes.

Creció y se hizo fuerte, gracias a que animó a la autoorganización de las prostitutas en plataformas autónomas, en donde ellas tuvieran la palabra: la ya desaparecida Agrupación Montera y AFEMTRAS (en buenísimo estado de salud) por ejemplo. Y porque, en la medida de nuestras posibilidades, siempre estuvimos apoyando a las nuevas asociaciones que surgían en otras ciudades del país.

Creció y se hizo fuerte, gracias al empuje definitivo de las primeras líderes de entre las chicas de la calle, que arriesgaron todo porque nada tenían que perder. Que dieron la cara ante los medios de comunicación, que se plantaron ante los problemas e injusticias. Mujeres que sufrieron, en ocasiones, un estigma injusto y una persecución difícilmente soportable.

Creció y se hizo fuerte, gracias al activismo de todas; porque a lo largo de todos estos años, entraron y salieron a lo largo de todos estos años un buen puñado de mujeres que supieron dejar huella en quienes continuaron en el proyecto y que dejaron en Hetaira lo mejor de sí mismas. Lo hemos pasado en grande -el sentido del humor siempre fue nuestro gran aliado- organizando en todos estos años manifestaciones, concentraciones, conciertos, festivales, pasarelas de moda fashion, fiestas, aniversarios. Cualquier formato era bueno para llevar la realidad de las prostitutas a la agenda política y social.

No es fácil mantener un proyecto como Hetaira que necesita de muchas, muchísimas, horas de activismo: hay que salir cada semana a la calle, acudir a todas las reuniones precisas, atender a investigadoras y/o becarias, a artistas que llaman a nuestra puerta con su proyecto bajo el brazo (un documental, un proyecto fotográfico, una obra de teatro, un guión de cine), para atender a los medios de comunicación, para escribir artículos, para preparar ponencias y viajar a donde nos llamaran, para atender a las redes sociales, y, además, continuar formándonos ante las nuevas realidades que se presentan...

Así quisimos que fuera, no deseamos nunca ni un proyecto asistencial dirigido a las prostitutas ni mucho menos una asociación que se redujera a contratar personal que las atendiera. Y la apuesta significa horas de activismo en los tiempos libres de cada una de nosotras en el mejor de los casos, y en horas de sueño en el peor y más realista de los casos.

No sabríamos por dónde empezar a agradecer, tampoco tendríamos espacio suficiente para hacerlo.

Habéis sido tantas las personas que nos habéis acompañado a lo largo de todos estos años, haciendo que los momentos difíciles siempre se dulcificaran. Gracias a quienes nos ayudasteis a levantar cuando desesperábamos (y no solo económicamente). Gracias a quienes empujasteis siempre a nuestro lado. Gracias queridas y queridos socios. Gracias a quienes defendisteis nuestro trabajo en lugares no demasiado “amables”, Gracias a la vida por ponernos delante a tantísima gente inteligente y luchadora con quienes hemos trabajado en alianza durante todos estos años. Gracias en definitiva a todas las personas que en algún momento gritasteis a nuestro lado: ‘Yo Soy Hetaira’. Gracias, gente valiente.

Quienes nos conocéis bien sabéis que quienes conformamos Hetaira continuaremos trabajando en la defensa de los derechos humanos y por un feminismo que escuche y esté al lado de las necesidades de nuestras queridas chicas de la calle, de quienes tanto continuamos aprendiendo y de todas las trabajadoras del sexo. Lo sabéis y es lo único que hoy -que escribimos este “hasta siempre” tan difícil- nos hace felices: siempre estaremos ahí. Con vosotras. Y, aunque parezca el final de una historia es al contrario, esta lucha no ha hecho más que comenzar.

¡Qué viva la lucha de las prostitutas!
¡Hasta siempre y seguimos!
¡Nos vemos en las calles!



Y TAMBIÉN…
Hetaira, 20 años de lucha por los derechos de las prostitutas.

El colectivo Hetaira lleva dos décadas luchando por la defensa de los derechos de las prostitutas, por la normalización de su trabajo y por acabar con la estigmatización que supone dedicarse a ello. Repasamos con ellas estos 20 años de trayectoria.
María Arranz | Madriz, 2015-11-27
http://www.madriz.com/hetaira-20-anos-de-lucha-por-los-derechos-de-las-prostitutas/ 

martes, 18 de septiembre de 2018

#hemeroteca #trabajosexual | Polémica sobre el sindicato de prostitutas: ¿Tienen derechos laborales las llamadas “trabajadoras sexuales”?

Imagen: El País / Sabrina y Conxa, representando a OTRAS
Polémica sobre el sindicato de prostitutas: ¿Tienen derechos laborales las llamadas “trabajadoras sexuales”?
Los tribunales distinguen entre la actividad de alterne y el ejercicio de la prostitución, en la primera sí consideran que existe una verdadera relación laboral mientras que en la segunda no.
Patricia Esteban / Irene Ruiz de Valbuena | El País, 2018-09-18
https://elpais.com/economia/2018/09/18/mis_derechos/1537259033_067126.html

La polémica sobre la autorización y registro oficial de un sindicato de trabajadoras sexuales (sindicato OTRAS), que motivó la dimisión de la directora general de Trabajo, Concepción Pascual, ha reabierto la polémica sobre la situación de este colectivo. ¿Se les reconocen derechos de tipo laboral?

La prostitución en España no está prohibida, su ejercicio es libre. Sí es delito, en cambio, la trata de personas y su ejercicio coactivo, la explotación sexual. A lo sumo, conforme a la Ley de Seguridad Ciudadana, se puede imponer una sanción administrativa leve por "exhibición obscena" y grave si esa exhibición se produce en lugares públicos en los que hay menores.

Fuera de estos supuestos, y partiendo del hecho de que es una actividad no regulada o alegal, los tribunales han examinado la posibilidad de considerar la laboralidad de la relación en determinados casos, admitiendo la necesidad, incluso, de que las trabajadoras estén dadas de alta en la Seguridad Social. En estos casos ¿debería admitirse también que un sindicato les representara y defendiera?

¿Derechos laborales?
Lo cierto es que, y aunque sea por error, la inscripción del sindicato OTRAS, cuya función principal es la defensa de los derechos laborales de las trabajadoras sexuales, se ha realizado.

En este sentido, como apunta María Jesús Herrera, socia de Sagardoy Abogados, en una sentencia de 2016 el Tribunal Supremo hizo una distinción respecto a la existencia de una verdadera relación laboral entre la actividad de alterne y el ejercicio de la prostitución. La primera fue definida por el Supremo como aquélla consistente en la captación y entretenimiento de clientes induciéndoles a realizar consumiciones y obteniendo por ello una comisión y por tanto admitió calificarla como relación laboral. Por su parte quienes ejercen la prostitución a pesar de hacerlo en un local, perciben directamente de los clientes una cantidad, y por ello, su relación no tiene carácter laboral.

A pesar de ello, como explica la abogada, el Supremo advirtió que el ejercicio de la prostitución despertaba una "indudable sensibilidad social", reconociendo "contornos difusos" en los problemas jurídicos al ser una actividad alegal, es decir, que no está regulada pero tampoco prohibida por ley. "Aunque se haya dado un paso hacia su liberalización", consecuencia de la despenalización de la prostitución voluntaria entre adultos en el año 1995, "no se ha abordado la reglamentación del ejercicio de dicha actividad" reconoce el alto tribunal.

Existen por tanto, numerosas sentencias que han apreciado carácter laboral en la denominada "relación de alterne". No ocurre igual con la prostitución libremente ejercida por cuenta ajena. A este respecto, Iván García de la Riva, socio director del Área Laboral de Abdón Pedrajas, señala una sentencia del Juzgado de lo social nº 10 de Barcelona de febrero de 2015, que se desmarcó de la tendencia general y admitió la "laboralidad" de la prostitución ejercida libremente partiendo de la despenalización de conductas voluntarias. El juez estimó la demanda planteada por la Tesorería General de la Seguridad Social "entendiendo que lo contrario llevaría a una mayor desprotección de la víctima". Es más, la resolución reprochaba directamente al Estado el mantenimiento de la situación de alegalidad y no reconocimiento del carácter laboral de la relación, ya que suponía "agravar más aún la lesión de la dignidad, libertad e igualdad que comporta una relación de prostitución por cuenta ajena para la mayoría de las mujeres que la ejercen".

Asimismo, la sentencia señala como fundamentos que obstaculizan el reconocimiento de la laboralidad de la prostitución libremente ejercida por cuenta ajena lo recogido en los artículos 1271 y 1275 del Código Civil, ya que -según el primero- sólo se admitiría como "objeto de contrato todos los servicios que no sean contrarios a las leyes o a las buenas costumbres", mientras que el segundo dispone que "los contratos sin causa, o con causa ilícita, no producen efecto alguno", siendo considerada la causa como ilícita cuando se opone a las leyes o a la moral.

Libertad sindical
La otra duda legal que plantea este asunto es determinar si la anulación del acto administrativo que autorizó el registro y constitución del sindicato OTRAS, que pretende el Gobierno vulneraría el derecho fundamental a la libertad de sindicación.

El artículo 28.1 de la Constitución Española reconoce el derecho a sindicarse libremente a "todos" los trabajadores. El Tribunal Constitucional ha identificado "todos" con aquéllos que prestan servicios subordinados, es decir, empleados por cuenta ajena, ya sean del ámbito privado o público. Sin embargo, los autónomos que no tengan trabajadores a su servicio también tienen libertad de afiliación, como reconoce el Estatuto del Trabajo Autónomo.

La propia Constitución establece límites y peculiaridades en el ejercicio de este derecho a algunos colectivos. En primer lugar, a los miembros de las "Fuerzas o Institutos armados y demás Cuerpos sujetos a disciplina militar". Tampoco pueden sindicarse los jueces, magistrados y fiscales, si bien se les reconoce el derecho de libre asociación. Los policías tienen derecho a sindicación pero referida a una legislación específica, y el resto de funcionarios públicos tienen peculiaridades que afectan a la acción sindical del colectivo.

Para Herrera el debate sobre la anulación del acto administrativo que autorizó la inscripción y, por tanto, constitución, del sindicato OTRAS debe centrarse en que, realmente, lo que se está cuestionando "es el ajuste a la legalidad de la constitución y el objeto del sindicato".

Cauce procedimental
El Ejecutivo está barajando varias posibilidades para anular el acto administrativo que dio luz verde a la inscripción del sindicato. A este respecto, como señala López García de la Riva, la legislación sólo prevé la impugnación de los actos administrativos denegatorios de inscripción de sindicatos y no los que aprueban su registro. Por tanto, según apunta Herrera el "cauce previsible y posible" para su anulación sería acudir al procedimiento especial de impugnación de los estatutos de un sindicato, establecido en la Ley Reguladora de Jurisdicción Social. El artículo 173 de la ley procesal reconoce al Ministerio Fiscal y a quien acredite un interés legítimo la posibilidad de impugnar los estatutos de un sindicato, aunque ya haya sido inscrito y tenga personalidad.

En cualquier caso, en opinión de López García de la Riva, la Administración no podía denegar por motivos de fondo la inscripción del sindicato, sino que "debe plantear un procedimiento judicial para impugnar la constitución del sindicato". De tal manera que la Administración como impulsor del procedimiento de anulación será quién deba probar la ilicitud o incumplimiento en la que incurren los estatutos, lo cual dependerá de cómo esté configurada la actuación del sindicato en ellos.

jueves, 14 de abril de 2016

#hemeroteca #vih | Albert Delègue, el gran modelo de los noventa que murió en silencio

Albert Delègue en un anuncio de Armani
Albert Delegue, el gran modelo de los noventa que murió en silencio.
Se cumplen 21 años de la muerte de Albert Delegue, uno de los rostros más reconocibles de los noventa. Se dijo que había sido debido a un accidente de esquí. Una versión que solo duró días.
Guillermo Alonso | Vanity Fair, 2016-04-14
https://www.revistavanityfair.es/lujo/articulos/albert-delegue-el-gran-modelo-de-los-noventa-que-murio-en-silencio/20671

Morirse en los albores de Internet apenas deja rastro. Hace 21 años, el 14 de abril de 1995, se murió Albert Delegue. El nombre puede no decir nada, pero su rostro será familiar para los que ya tienen cierta edad y hojeaban revistas a principios de los noventa. Su físico perfecto, uno de esos que provoca una mezcla de atracción por síndrome de Stendhal y repulsión por pura envidia, saludaba desde los anuncios de Lacoste y Armani Parfums (los que le hicieron más popular en España) , Kenzo, Chevignon, Versace, Iceberg o Calvin Klein.

Morirse en los albores de Internet hace que ni siquiera Wikipedia te recuerde. La enciclopedia libre es tal vez el verdadero termómetro de popularidad para los que ya no están y en el caso de Delegue solo tiene una entrada raquítica en la edición francesa. Nada más. En algunos foros de moda aparecen testimonios dudosos sobre gente que afirma haberle conocido. No hay que dar crédito a nada de lo que dicen.

Esto es lo que sabemos. Su carrera empezó a los 26 años. Hijo de un médico francés y una ceramista portuguesa, tenía dos hermanas mayores y trabajaba como entrenador de esquí en los Pirineos hasta que en 1989 un amigo le presentó al director de una agencia de modelos. Fue cuestión de días que se prestase a una sesión de fotos y que firmase su primer contrato para ser imagen de la marca Bourgeois. Ganó 200.000 francos por aquello. Por el de perfumes Armani, en 1991, se embolsaría cinco millones.

Aquella campaña lo convirtió en una celebridad en Francia (‘seguro’ que usted conoce la imagen del anuncio de Aramani). Llegó a aparecer cantando en una película del director Karl Zero y, junto a otros supermodelos de la época como Cameron o Werner Schreyer grabó un single llamado 'Tender loving care' para ayudar a los niños de Bosnia. Su rostro se hizo célebre también en España. Compartió eventos con la infanta Elena y Pablo de Hohenlohe, como una gala para elegir a la Supermodelo del Mundo 1994 organizada por la Agencia Ford. Poco después dio comienzo una mentira que demostró que, aunque hubiese pasado casi una década desde la muerte de Rock Hudson, había asuntos que seguían siendo tabú en la vieja Europa.

La versión oficial dijo que el 2 de agosto de 1994 sufrió un accidente de esquí que le dejó paralizado durante meses y fue ingresado el 22 de marzo de 1995 en Toulousse debido a sus secuelas, que le condujeron a la muerte el 14 de abril de ese año. La versión no duró demasiado. El 19 de abril medios como ‘l'HUmanité’ e ‘Idole’ (revista destinada al público gay) informaron de que la verdadera causa de la muerte había sido una encefalitis desarrollada a consecuencia del virus del SIDA. El 21 de abril su hermana Paola tiró, acompañada del resto de su familia, las cenizas de Albert Delegue al mar. El 23 de abril la noticia llegó a España y fue publicada en medios como El País .

Según compañeros de profesión, como Alain Gossuin, fue su propia familia la que quiso silenciar la causa de la muerte de Delegue, que se fue con 32 años. Pero no pudieron evitar que el programa sensacionalista 'Tout est posible' le dedicase una emisión entera o que ‘Paris Match’ lo pusiese en su portada, junto al titular "El principio de una leyenda". Otra leyenda es que su amigo personal Karl Lagerfeld, intentando proteger la intimidad Albert, ordenó comprar todos los números posibles de la revista en París la misma mañana de su salida a kiosco.

Al contrario que otras ‘top models’ como Gia, cuya muerte la convirtió en leyenda y es objeto de libros, películas y documentales, el final de Albert Delegue fue silencioso y triste. Es habitual verlo a día de hoy en muros de Pinterest. Sus ojos azul cielo siempre llaman la atención de alguien que, en los comentarios, escribe: "Qué guapo. ¿Quién es?".