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martes, 14 de marzo de 2017

#hemeroteca #psiquiatria #franquismo | Karl Marx en el diván: la psiquiatría franquista como arma

Imagen: El País / Ingreso de López Ibor (9i) en la Real Academia de Medicina, 1951
Karl Marx en el diván: la psiquiatría franquista como arma.
La dictadura creó un género de autoridad científica para combatir a los enemigos del régimen.
Javier Arroyo | El País, 2017-03-14
http://cultura.elpais.com/cultura/2017/03/13/actualidad/1489394797_521817.html

La higiene mental entendida como higiene moral y racial. O en conceptos más actuales, la salud mental como resultado de la rectitud moral y la pureza racial… sean estos dos últimos conceptos lo que fueren. El franquismo comprendió que necesitaba un instrumento revestido de ciencia que sustentara su distinción del mundo entre buenos y malos. O, mejor, entre españoles católicos como Dios manda y antiespañoles rojos, marxistas y ateos. Y ese instrumento fue la psiquiatría. Los historiadores de la ciencia no dudan en considerar la psiquiatría franquista un ‘género’ aparte, un arma infalible para el régimen. El grupo de ‘malos’ era diverso: separatistas vascos y catalanes, milicianas, brigadistas, etc. No obstante, en aras de la simplicidad, una definición única era más útil: ‘marxista’ (seguidor de Karl Marx, de quien este martes se cumplen 134 años de su muerte y 150 años de la publicación de su obra cumbre ‘El Capital’) definía con claridad a quien no era de fiar para el régimen. Bajo esa premisa, en las primeras décadas del franquismo se organizó un sistema psiquiátrico capaz de dar cobertura a esa necesidad.

La revista Dynamis, una publicación científica sobre historia de la medicina y la ciencia editada por la Universidad de Granada, hace en su último número un recorrido por la psicopatología franquista. Ricardo Campos y Ángel González de Pablos han coordinado ‘Psiquiatría en el primer franquismo: saberes y prácticas para un Nuevo Estado’, un trabajo que describe una psiquiatría que creció en paralelo al franquismo y, por tanto, adaptándose a él: ultraortodoxa en hispanidad y catolicismo hasta la década de los 50 y, desde ahí, virando hacia una cierta apertura e internacionalización que, sin perder algunos de sus rasgos originales, la hiciera más exportable.

La construcción del sistema arranca en 1938, aún en la Guerra Civil. Antonio Vallejo Nágera, psiquiatra y militar, jefe de los servicios psiquiátricos del ejército franquista pone en pie su experimento ‘El psiquismo del fanatismo marxista’. Lo cuenta Rafael Huertas, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), en un estudio de hace algunos años. El proyecto buscaba encontrar las causas de la maldad en, concretamente, brigadistas internacionales, milicianas presas, “separatistas vascos y marxistas catalanistas”. Finalmente, Vallejo Nágera solo ofreció resultados de brigadistas y milicianas. El resultado fue el esperado: una gran mayoría mostraban “reacciones antisociales” como “antipatriotismo y antimilitarismo”. Con diagnósticos que servían de condena, Vallejo Nágera orientaba ya la psiquiatría de las siguientes décadas.

Ricardo Campos, científico del Instituto de Historia del CSIC, enumera los rasgos principales de la psiquiatría franquista: “Depuración de las personas y de las prácticas psiquiátricas anteriores, patologización del disidente político, oposición a las ideas extranjerizantes y, sobre todo, ultracatolicismo y defensa a ultranza de la hispanidad”. Y junto a Vallejo Nágera, el segundo ‘factotum’ fue Juan José López Ibor. Ángel González de Pablo, profesor de Historia de la Ciencia de la Complutense de Madrid, explica que “López Ibor desarrolló una batería de conceptos muy significativos relacionados con el catolicismo, una especie de psicoterapia religiosa”, concluye González de Pablo.

Sin duda hubo internamientos en manicomios y prisión pero en general, la primera psiquiatría franquista no tuvo realmente un objetivo clínico, de tratamiento, sino que fue una construcción quasi-científica necesaria para un fin político mayor. Ese armazón científico fue, además, parte del ‘éxito’ ya que los psiquiatras y sus teorías estaban dentro del aparato investigador y teórico del momento. Luego, algunas piruetas en el método científico les permitían alcanzar los resultados científicos buscados sin realmente serlo.

Los primeros años del franquismo fueron duros. Después, en la década de los cincuenta llega la necesidad de acercarse al mundo. El modelo psiquiátrico, como el régimen, sabe que debe actualizarse. Además, la idea de marxistas como antiespañoles llegados del infierno ya está firmemente instalada. Los psiquiatras franquistas comienzan a admitir a algunos disidentes y, sin perder ese aroma ultracatólico e hispánico, levantan un poco el pie. Ricardo Campos, especialista en historia de la psiquiatría, recuerda que un congreso que en Barcelona, en 1954, reunió a todos los psiquiatras relevantes del momento adoptó cambios importantes como que el término higiene mental se sustituye por salud mental o que se admite la posibilidad de que el psicoanálisis de Freud tenga algunas virtudes.

En España, definir a alguien como marxista ha tenido una connotación más allá del mero pensamiento ideológico. Hasta hace poco o quizá hasta hoy mismo, ha conllevado aparejado un aire de maldad, de peligrosidad o, cuando menos de sospecha. Ese fue el éxito de la psiquiatría franquista. Ahora sabemos que la realidad está en el subtítulo del libro que el historiador y psiquiatra Enrique González Duro publicó en 2008: ‘Los psiquiatras de Franco. Los rojos no estaban locos’.

Sin pastillas, terapias de choque
Hasta los 50 no aparecen los primeros psicofármacos por lo que las ‘soluciones’ psiquiátricas eran algo expeditivas. Por ejemplo, el ingreso en manicomios, con o sin terapias de choque. Algo, por otra parte, en lo que a psiquiatría española no difería del resto del mundo. Quizá sí en la intensidad con la que se abrazaron esas terapias. No obstante, existen casos su uso represivo, como hacía el muy falangista y muy católico Marco Merenciano, director del manicomio de Valencia. La terapia de choque más usual en los 40 era la inyección de Cardiazol; sin perder la conciencia, el paciente sufría terribles convulsiones. Luego llegaron el schock insulínico, el electroshock y la lobotomización prefrontal. Su objetivo, explica Ángel González de Pablo, de la UCM, “era producir un choque cerebral capaz de reorganizar las conexiones cerebrales teóricamente dañadas”. ¿Fueron eficaces esas terapias? “La eficacia es más que dudosa”, concluye González de Pablo.

domingo, 6 de mayo de 2001

#hemeroteca #sexualidad #franquismo | El libro sexual de dos "negros"

Portada de 'El libro de la vida sexual'
El libro sexual de dos "negros".
En pleno franquismo, el afamado psiquiatra Juan José López Ibor publico "El libro de la vida sexual", autentico manual de consulta de los españoles de la dictadura. Lidia Falcón revela que Eliseo Bayo y ella fueron los "negros" de aquel superventas.
Lidia Falcón | Crónica, El Mundo, 2001-05-06
https://www.elmundo.es/cronica/2001/CR290/CR290-07.html

En aquel año de 1966 corrían malos tiempos para nosotros, aunque unos años atrás todavía hubiese sido peor: en 1962 Eliseo Bayo, que compartía mi vida, mi amor y mis ilusiones, fue detenido, juzgado y encarcelado por aquel siniestro Tribunal de Represión de Actividades Extremistas que dirigía el conocido fascista coronel Eymar. Pero ya Eliseo había salido en libertad hacía unos meses, después de haber estado encarcelado en el sórdido y helado penal de Burgos, y se había reunido conmigo en el minúsculo y desamueblado piso que tenía alquilado en Barcelona.

Yo había terminado la carrera de Derecho y ejercía la profesión libremente, lo que significaba ingresos precarios y total inseguridad. Ni sueldo fijo ni seguridad social. Ni para mí ni para mis dos hijos, de 10 y 12 años, que desde mi traumática separación matrimonial, acaecida una década atrás, dependían exclusivamente de mis recursos.

Todos, Eliseo, mis dos hijos, una mecanógrafa que me ayudaba y yo, compartíamos sesenta metros cuadrados. La minúscula habitación de la entrada servía de sala de espera y dormitorio, y mi despacho nos albergaba de noche a los dos adultos y contenía una mesa plegable para servir las parcas comidas que nos permitían mis ingresos, los únicos que entraban en nuestra casa, ya que Eliseo apenas podía aportar ayuda económica.

Su pasado que era presente subversivo, la condena de 11 años de prisión por su adscripción a las juventudes libertarias, su situación en libertad condicional, sometido a las inspecciones de la Junta de Libertad Vigilada, le situaron en la lista negra de los escritores. Ningún medio de comunicación le empleó, ningún periódico le publicaba, ninguna editorial estaba dispuesta a contratarle un libro.

Sin apoyos económicos familiares, sin fortunas personales, dependíamos de únicamente de solas fuerzas para mantener y educar a mis hijos y sobrevivir nosotros. Eliseo no tenía otras titulaciones ni conocía profesión diferente que la de periodista. Y mi bufete no podía rendir mucho cuando, llevada de los ideales que han regido mi vida, me dedicaba fundamentalmente a defender obreros, mujeres maltratadas y presos políticos.

En estas circunstancias llegó una oferta que nos pareció estupenda. La editorial Danae nos proponía escribir El libro de la vida sexual, que ocuparía varios cientos de páginas y alcanzó más de mil mecanografiadas, pagándonos a treinta y cinco pesetas el folio. Según el tiempo que empleáramos en tal tarea, podríamos recibir una ayudita salvadora durante bastantes meses. La propuesta nos pareció digna de aceptarse inmediatamente.

La oferta poseía un único inconveniente, que aunque parezca mentira no era el precio, tan miserables eran entonces los estipendios habituales que proporcionaba la literatura: la obra la firmaría el ya afamado psiquiatra Juan José López Ibor, porque el nombre de Eliseo no debía aparecer impreso en ningún lado. El mío, por lo visto, tampoco podía publicarse, y en este caso nadie nos dijo la razón. Pero nos pareció un insignificante inconveniente. En nuestra situación no podíamos poner condiciones. Más importante era comer cada día, pagar el piso y el colegio de los niños, que defender nuestro orgullo de autores. De tal modo nos pusimos a la tarea.

Con afán sin igual, para reunir el mayor número de páginas, consultamos multitud de obras de los más famosos entendidos en la materia. Comenzamos por la vida sexual de los pueblos primitivos, cuyas peculiaridades aprendimos de varias obras sobre la materia, especialmente de Margaret Mead y de Malinowski; seguimos por las peculiaridades de la vida amorosa en otros países, estudiamos la Edad Media y la Moderna y llegamos entusiasmados a las obras de Freud, de Wilhelm Reich, de Foucault, de Beauvoir. Era la ocasión de difundir las teorías ocultas hasta entonces por la demente censura del franquismo, y ofrecer un tratado, aunque fuese elemental, sobre sexualidad, especialmente a los jóvenes, tan necesitados de él para superar la represiva educación sexual que habían recibido sus mayores.

Eliseo trabajaba todo el día en el libro, y yo lo hacía de noche, cuando ya concluidas las gestiones en los juzgados, despedidos mis clientes y cenados y acostados mis hijos, podía tener unas horas de libertad, que se restaban sin misericordia al sueño. Leíamos y escribíamos a la vez. Cada uno se ocupaba de un tema, y luego nos lo comentábamos y corregíamos al unísono. Las máquinas de escribir a veces hacían tanto ruido que algunos vecinos vinieron a quejarse a media noche.

Cada semana entregábamos un capítulo, o casi, y cobrábamos con gran alegría lo estipulado. Debo reconocer que en ningún momento nos sentimos humillados ni ofendidos por el anonimato en que nos había sumido la empresa. Sabíamos que pertenecíamos al submundo de los perseguidos, de los anatemizados, de los vencidos. Éramos supervivientes de la generación derrotada por la Guerra Civil, estábamos sometidos por el fascismo a todas las torturas, muchas de las cuales ya habíamos sufrido en la propia piel, y no íbamos a sentirnos indignados por aquella que nos permitía comer. Como decía mi padre, César Falcón, el periodista y escritor peruano, para mantener la lucha y oponerse a la hipócrita moral burguesa, «los comunistas no tenemos honor».

El honor era un lujo que no podíamos permitirnos. El que debía haber reivindicado el suyo era López Ibor. Su nombre y su firma debían haber sido más valorados por él mismo, para no ser depositados ciegamente en un texto que no conocía, y que había sido escrito por dos jóvenes amanuenses desconocidos. Mucho más pecador era el supuesto autor que nosotros, porque según afirma Sor Juana Inés de la Cruz, menos culpable es «el que peca por la paga/ que el que paga por pecar». Y más habría debido ser el ilustre López Ibor, que con toda seguridad ni leyó el original antes de publicarse, porque como tenía que suceder, nos salió un libro desenfadado, progresista, rompedor de tabúes, prejuicios y estúpidos bulos como aquel que aseguraba que la masturbación producía impotencias varias, ceguera y locura, que tan difundido era entonces entre los jóvenes educandos de colegios religiosos. Un libro, que recopilaba historias y leyendas de pueblos primitivos donde los adolescentes se dedicaban alegremente a la coyunda sin limitaciones, prohibiciones ni castigos; que reivindicaba el amor libre, el divorcio, la separación de la reproducción de la sexualidad y en consecuencia el control de natalidad, y que estoy segura que poco de acuerdo se hallaba con los principios defendidos por Ibor.

Pero lo que no hicimos, porque los nuestros incluían mucha mayor integridad y honradez que los del famoso médico, fue vengarnos del mal trato que nos daban la editorial y el ilustre autor. Cuando hace poco, el escándalo de un plagio ha saltado debido a que el negro se precavió contra ciertos abusos copiando episodios enteros de obras de otros autores, me admiré de su astucia.

En nuestra ingenuidad nunca hubiéramos imaginado una argucia semejante. Utilizamos fuentes diversas, estudiamos con afán las obras importantes de los mejores especialistas en la materia y realizamos un resumen de varias de ellas, pero nunca copiamos párrafos enteros. Quizá porque desconocíamos, dada nuestra juventud e ignorancia, la estrategia de la «intertextualidad», que acabamos de conocer. Término que, por cierto, como sugería de forma tan original Carlos París, podría también aplicarse a los ladrones de otra clase de bienes y se formularía como «interpropiedad», por ejemplo.

Orgullosos del trabajo
El trabajo nos duró varios meses y nos permitió saciar hambres varias: de comida, de ropa y de libros. También, ¡qué buenos y qué ingenuos éramos!, nos alegramos cuando vimos el libro publicado. Nos gustó la edición y nos sentimos orgullosos de las muchas páginas que habíamos escrito. Lo que más nos llamó la atención fue que, debajo del nombre del ínclito Juan José López Ibor, como autor y director de la obra, aparecían una serie de colaboradores, profesionales de diversas materias, que nunca habíamos visto ni conocido, como equipo autor de diversos capítulos. Nuestros nombres brillaban por su ausencia. Y nos dimos cuenta de que había más personajes, además de Ibor, capaces de atribuirse el trabajo de los demás.

Y ya no volvimos a percibir ni una peseta más por la obra. Se hablaba de que se habían vendido miles de ejemplares, porque los lectores, especialmente los jóvenes, habían recibido el libro con entusiasmo
Menos mal que a nosotros no nos quitó más que horas de trabajo y descanso, y que nuestra propia vitalidad y optimismo nos hicieron superar sin trauma alguno aquella peripecia, que tomamos con mucho sentido del humor. Años más tarde, cuando se lo contábamos a nuestros amigos, que reaccionaban con incredulidad primero e indignación más tarde, sus sentimientos nos sorprendían y hasta emocionaban. Tan buenos y agradecidos éramos.

La aportación científica de López Ibor
Miguel Ángel Mellado


Juan José López Ibor (1907-1991) marcó un antes y un después en la historia de la psiquiatría en España. Fue el iniciador de la psicoterapia narcoanalítica. ‘El libro de la vida sexual’ (1968) no figura, en cualquier caso entre sus grandes obras científicas. Catedrático de Psiquiatría y Psicología Médica de Madrid, presidente de la Asociación Mundial de Psquiatría, tiene una vasta producción, con títulos muy conocidos en la comunidad científica de la época como ‘La agonía del psicoanálisis’, ‘El español y su complejo de inferioridad’, ‘Las neurosis como enfermedades del ánimo’ o ‘De la noche oscura a la angustia’. Aunque no compartió movimientos como la antipsiquiatría, propuesta del británico Ronald Laing que pedía el cierre de los psiquiátricos, López Ibor lo invitó a un gran congreso organizado en Madrid a mediados de los 70. La obra de López Ibor, que montó una conocida clínica psiquiátrica en Madrid, ha sido seguida por sus hijos Juan José y José Miguel, también médicos psiquiatras.