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viernes, 27 de mayo de 2022

#hemeroteca #homofobia #psicoanalisis | Didier Eribon pone el dedo en la llaga: por qué el psicoanálisis tradicional odia la homosexualidad

Página12 / Didier Eribon //

Didier Eribon pone el dedo en la llaga: por qué el psicoanálisis tradicional odia la homosexualidad.

En 'Escritos sobre el psicoanálisis', recientemente distribuido por El cuenco de plata, Didier Eribon nos invita a pensar fuera y en contra del marco heterosexista del psicoanálisis lacaniano. Más allá de ese objetivo, su libro es muy rico en observaciones para pensar una política cuir.
Daniel Link | Página12, 2022-05-27
https://www.pagina12.com.ar/423869-didier-eribon-pone-el-dedo-en-la-llaga-por-que-el-psicoanali 

Los libros de Didier Eribon ‘Reflexiones sobre la cuestión gay’, ‘Una moral de lo minoritario’, ‘Regreso a Reims’, ‘La sociedad como veredicto: clases, identidades, trayectorias’ y ‘Teorías de la Literatura: sistemas del género y veredictos sexuales’ (que fue ya objeto de la atención de este suplemento) lo confirmaron como un pensador al mismo tiempo afilado y delicadísimo sobre los asuntos que sus títulos despliegan: las identidades de género y los comportamientos sexuales que se reconocen como disidentes. En ‘Escritos sobre el psicoanálisis’ (El cuenco de plata) continúa y radicaliza sus apuestas previas en ‘Escapar del psicoanálisis’ (2005).

A partir de Mayo del 68, escribe Eribon, Barthes, Deleuze y Foucault (por citar sólo tres ejemplos) se ponen bajo el signo de la resistencia al psicoanálisis, cuando no en una directa confrontación, como es el caso de Deleuze y su socio Guattari, con quien escribe ‘El Anti-Edipo’ y ‘Mil mesetas’, dos armas de destrucción masiva que acaban para siempre con el edificio freudiano y su inventor, al que llaman Coronel Freud.

Ese acontecimiento permitió la aparición de colectivos que desestabilizan el orden patriarcal para siempre. El 68 habilitó la toma de la palabra por parte de los movimientos minoritarios y, en particular, sostiene Eribon, el movimiento homosexual. Dado que, como sostuvo Deleuze en su momento, el psicoanálisis odia el deseo, los “dispositivos colectivos de enunciación” que surgieron por entonces llevó a Barthes, a Deleuze-Guattari y a Foucault a una puesta en entredicho radical del psicoanálisis, de todos sus conceptos y de la teoría del inconsciente, así como de la práctica analítica. “Para decirlo con toda crudeza (ustedes me perdonarán): el movimiento homosexual no solo desafiaba al psicoanálisis, sino que lo tornaba imposible” (126), escribe Eribon.

Nada de eso es demasiado novedoso. La tarea de demolición contra el freudismo estaba ya completamente terminada y lo que Eribon viene a agregar es un rechazo revulsivo al psicoanálisis lacaniano, al que considera sostenedor de una fantasía de exterminio que, justo es decirlo, tal vez merezca algún matiz (pero reivindicamos el gesto de ménade enajenada de Didier, porque hay verdad en los gestos).

Las largas citas que hay en ‘Escritos sobre el psicoanálisis’ para probar el desprecio de la homosexualidad por parte de Lacan, por lo general están articuladas en relación con “la función del Edipo”. Por eso habría que recordar que el mismísimo Deleuze (insospechable de complicidad psi alguna) dijo en su momento que “toda la fuerza de Lacan es haber hecho pasar al psicoanálisis del aparato edipico a la máquina paranoica” (clase del 12/02/1973). En cuanto a las críticas y correcciones de Lacan a Freud, son tantas y tan sutiles que no habría espacio para resumirlas.

No es, pues, tanto Lacan el que quiere corregir a los homosexuales, sino que es la freudiana función del Edipo la que merece todas las críticas que, en efecto, Lacan le formula (y por eso piensa la práctica analítica en otra dirección: “la peste lacaniana”). En la famosa entrevista de la revista Panorama, Lacan subraya que “El análisis empuja al sujeto hacia lo imposible, le sugiere considerar el mundo como es verdaderamente, es decir imaginario, sin significación. Mientras que lo real, como un pájaro voraz, no hace más que nutrirse de cosas sensatas, de acciones que tienen un sentido” y censura una práctica inclinada a “la readaptación del individuo a su entorno social”.

Yo creo que todas las bestialidades que en Francia se dijeron últimamente en contra de los feminismos, la homosexualidad y la transexualidad no tienen, en el fondo, base psicoanalítica sino más bien católica: el catolicismo francés es de una solidez y de una capacidad de exterminio como no lo tiene en ninguna otra parte. Pero admitamos que, a lo mejor, Lacan es un impostor y un reaccionario.

Un debate norteamericano
Más interesante para pensar y para actuar políticamente es la afirmación polémica de Eribon, cuando acusa a sus compañeras de ruta, Judith Butler, Eve Kosofsky Sedgwick y Leo Bersani de haber intentado reconciliar a Foucault (el Bien) y el psicoanálisis (el Mal) cuando en verdad hubiera sido “sin duda más simple, eficaz y productivo –en lo político y lo teórico– recusar lisa y llanamente su pertinencia” (pág. 101) para pensar lo cuir, lo trans, lo gay, lo no binario, en fin: todo aquello que se aparta de lo heterosexual tal y como el psicoanálisis lo había erigido en modelo de lo deseable para el deseo.

Judith Butler, escribe Eribon, no puede decidirse a recusar las categorías del psicoanálisis por completo, “debido a que no pone en tela de juicio la evidencia con la cual esas categorías circulan en el campo universitario e intelectual americano en el que ella está inscripta y donde escribe” (pág. 101).

Los intentos butlerianos de reconciliación de una teoría maniquea, binarista y que “odia el deseo” (Deleuze) y el pensamiento ético de Foucault “equivalen, a mi juicio, a desactivar la fuerza radical del pensamiento de Foucault al querer encontrar un compromiso entre lo que él procura hacer –elaborar otro pensamiento de la subjetividad y la relacionalidad– y lo que procura deshacer: la concepción psicoanalítica del deseo y del sujeto de deseo” (pág. 106).

Así, sin quererlo tal vez, Eribon interroga algunas palabras que hemos incorporado inocentemente a nuestro vocabulario. “Invisibilización”, teniendo en cuenta esas complicidades con el psicoanálisis (aún en sus versiones más silvestres), equivaldría e “represión” y nuestra querida “autopercepción” no sería sino el “Yo” tal y como nos lo revela el registro (psicoanalítico) de lo Imaginario.

Si tuviéramos que recusar enteramente el vocabulario psicoanalítico, habría que desprenderse de ciertas palabras claves (o situarlas, como quiere Eribon, en un contexto sartreano). La “autopercepción como víctima”, por ejemplo, debe entenderse en relación con una dialéctica que inmediatamente percibe a alguien como “victimario”. De modo que la “autopercepción” no sería meramente un asunto de soberanía sino también, y sobre todo, de veredicto sobre los demás (y Eribon nos ha regalado en libros previos una teoría preciosa sobre los veredictos sociales).

De modo que 'Escritos sobre el psicoanálisis', a pesar de sus excesos (o precisamente por ellos) nos permite, más allá de debates escolásticos, pensar en las palabras que usamos para definir nuestro mundo y en lo que queremos ser.

viernes, 27 de marzo de 2020

#hemeroteca #saludpublica #controlsocial | Aprendiendo del virus

Imagen: El País / Ilustración se Sr. García
Aprendiendo del virus.
La gestión política de las epidemias pone en escena la utopía de comunidad y las fantasías inmunitarias de una sociedad, externalizando sus sueños de omnipotencia de su soberanía política.
Paul B. Preciado | El País, 2020-03-27
https://elpais.com/elpais/2020/03/27/opinion/1585316952_026489.html

Si Michel Foucault hubiera sobrevivido al azote del sida y hubiera resistido hasta la invención de la triterapia tendría hoy 93 años: ¿habría aceptado de buen grado haberse encerrado en su piso de la rue Vaugirard? El primer filósofo de la historia en morir de las complicaciones generadas por el virus de inmunodeficiencia adquirida, nos ha legado algunas de las nociones más eficaces para pensar la gestión política de la epidemia que, en medio del pánico y la desinformación, se vuelven tan útiles como una buena mascarilla cognitiva.

Lo más importante que aprendimos de Foucault es que el cuerpo vivo (y por tanto mortal) es el objeto central de toda política. ‘Il n’y a pas de politique qui ne soit pas une politique des corps’ (no hay política que no sea una política de los cuerpos). Pero el cuerpo no es para Foucault un organismo biológico dado sobre el que después actúa el poder. La tarea misma de la acción política es fabricar un cuerpo, ponerlo a trabajar, definir sus modos de reproducción, prefigurar las modalidades del discurso a través de las que ese cuerpo se ficcionaliza hasta ser capaz de decir “yo”. Todo el trabajo de Foucault podría entenderse como un análisis histórico de las distintas técnicas a través de las que el poder gestiona la vida y la muerte de las poblaciones. Entre 1975 y 1976, los años en los que publicó ‘Vigilar y castigar’ y el primer volumen de la 'Historia de la sexualidad', Foucault utilizó la noción de “biopolítica” para hablar de una relación que el poder establecía con el cuerpo social en la modernidad. Describió la transición desde lo que él llamaba una “sociedad soberana” hacia una “sociedad disciplinaria” como el paso desde una sociedad que define la soberanía en términos de decisión y ritualización de la muerte a una sociedad que gestiona y maximiza la vida de las poblaciones en términos de interés nacional. Para Foucault, las técnicas gubernamentales biopolíticas se extendían como una red de poder que desbordaba el ámbito legal o la esfera punitiva convirtiéndose en una fuerza “somatopolítica”, una forma de poder espacializado que se extendía en la totalidad del territorio hasta penetrar en el cuerpo individual.

Durante y después de la crisis del sida, numerosos autores ampliaron y radicalizaron las hipótesis de Foucault y sus relaciones con las políticas inmunitarias. El filósofo italiano Roberto Espósito analizó las relaciones entre la noción política de “comunidad” y la noción biomédica y epidemiológica de “inmunidad”. Comunidad e inmunidad comparten una misma raíz, ‘munus’, en latín el ‘munus’ era el tributo que alguien debía pagar por vivir o formar parte de la comunidad. La comunidad es ‘cum’ (con) ‘munus’ (deber, ley, obligación, pero también ofrenda): un grupo humano religado por una ley y una obligación común, pero también por un regalo, por una ofrenda. El sustantivo ‘inmunitas’, es un vocablo privativo que deriva de negar el ‘munus’. En el derecho romano, la ‘inmunitas’ era una dispensa o un privilegio que exoneraba a alguien de los deberes societarios que son comunes a todos. Aquel que había sido exonerado era inmune. Mientras que aquel que estaba ‘desmunido’ era aquel al que se le había retirado todos los privilegios de la vida en comunidad.

Roberto Espósito nos enseña que toda biopolítica es inmunológica: supone una definición de la comunidad y el establecimiento de una jerarquía entre aquellos cuerpos que están exentos de tributos (los que son considerados inmunes) y aquellos que la comunidad percibe como potencialmente peligrosos (los ‘demuni’) y que serán excluidos en un acto de protección inmunológica. Esa es la paradoja de la biopolítica: todo acto de protección implica una definición inmunitaria de la comunidad según la cual esta se dará a sí misma la autoridad de sacrificar otras vidas, en beneficio de una idea de su propia soberanía. El estado de excepción es la normalización de esta insoportable paradoja.

A partir del siglo XIX, con el descubrimiento de la primera vacuna antivariólica y los experimentos de Pasteur y Koch, la noción de inmunidad migra desde el ámbito del derecho y adquiere una significación médica. Las democracias liberales y patriarco-coloniales europeas del siglo XIX construyen el ideal del individuo moderno no solo como agente (masculino, blanco, heterosexual) económico libre, sino también como un cuerpo inmune, radicalmente separado, que no debe nada a la comunidad. Para Espósito, el modo en el que la Alemania nazi caracterizó a una parte de su propia población (los judíos, pero también los gitanos, los homosexuales, los personas con discapacidad) como cuerpos que amenazaban la soberanía de la comunidad aria es un ejemplo paradigmático de los peligros de la gestión inmunitaria. Esta comprensión inmunológica de la sociedad no acabó con el nazismo, sino que, al contrario, ha pervivido en Europa legitimando las políticas neoliberales de gestión de sus minorías racializadas y de las poblaciones migrantes. Es esta comprensión inmunológica la que ha forjado la comunidad económica europea, el mito de Shengen y las técnicas de Frontex en los últimos años.

En 1994, en ‘Flexible Bodies’, la antropóloga de la Universidad de Princeton Emily Martin analizó la relación entre inmunidad y política en la cultura americana durante las crisis de la polio y el sida. Martin llegó a algunas conclusiones que resultan pertinentes para analizar la crisis actual. La inmunidad corporal, argumenta Martin, no es solo un mero hecho biológico independiente de variables culturales y políticas. Bien al contrario, lo que entendemos por inmunidad se construye colectivamente a través de criterios sociales y políticos que producen alternativamente soberanía o exclusión, protección o estigma, vida o muerte.

Si volvemos a pensar la historia de algunas de las epidemias mundiales de los cinco últimos siglos bajo el prisma que nos ofrecen Michel Foucault, Roberto Espósito y Emily Martin es posible elaborar una hipótesis que podría tomar la forma de una ecuación: dime cómo tu comunidad construye su soberanía política y te diré qué formas tomarán tus epidemias y cómo las afrontarás.

Las distintas epidemias materializan en el ámbito del cuerpo individual las obsesiones que dominan la gestión política de la vida y de la muerte de las poblaciones en un periodo determinado. Por decirlo con términos de Foucault, una epidemia radicaliza y desplaza las técnicas biopolíticas que se aplican al territorio nacional hasta al nivel de la anatomía política, inscribiéndolas en el cuerpo individual. Al mismo tiempo, una epidemia permite extender a toda la población las medidas de “inmunización” política que habían sido aplicadas hasta ahora de manera violenta frente aquellos que habían sido considerados como “extranjeros” tanto dentro como en los límites del territorio nacional.

La gestión política de las epidemias pone en escena la utopía de comunidad y las fantasías inmunitarias de una sociedad, externalizando sus sueños de omnipotencia (y los fallos estrepitosos) de su soberanía política. La hipótesis de Michel Foucault, Roberto Espósito y de Emily Martin nada tiene que ver con una teoría de complot. No se trata de la idea ridícula de que el virus sea una invención de laboratorio o un plan maquiavélico para extender políticas todavía más autoritarias. Al contrario, el virus actúa a nuestra imagen y semejanza, no hace más que replicar, materializar, intensificar y extender a toda la población, las formas dominantes de gestión biopolítica y necropolítica que ya estaban trabajando sobre el territorio nacional y sus límites. De ahí que cada sociedad pueda definirse por la epidemia que la amenaza y por el modo de organizarse frente a ella.

Pensemos, por ejemplo, en la sífilis. La epidemia golpeó por primera vez a la ciudad de Nápoles en 1494. La empresa colonial europea acababa de iniciarse. La sífilis fue como el pistoletazo de salida de la destrucción colonial y de las políticas raciales que vendrían con ellas. Los ingleses la llamaron “la enfermedad francesa”, los franceses dijeron que era “el mal napolitano” y los napolitanos que había venido de América: se dijo que había sido traída por los colonizadores que habían sido infectados por los indígenas... El virus, como nos enseñó Derrida, es, por definición, el extranjero, el otro, el extraño. Infección sexualmente transmisible, la sífilis materializó en los cuerpos de los siglos XVI al XIX las formas de represión y exclusión social que dominaban la modernidad patriarco-colonial: la obsesión por la pureza racial, la prohibición de los así llamados “matrimonios mixtos” entre personas de distinta clase y “raza” y las múltiples restricciones que pesaban sobre las relaciones sexuales y extramatrimoniales.

La utopía de comunidad y el modelo de inmunidad de la sífilis es el del cuerpo blanco burgués sexualmente confinado en la vida matrimonial como núcleo de la reproducción del cuerpo nacional. De ahí que la prostituta se convirtiera en el cuerpo vivo que condensó todos los significantes políticos abyectos durante la epidemia: mujer obrera y a menudo racializada, cuerpo externo a las regulaciones domésticas y del matrimonio, que hacía de su sexualidad su medio de producción, la trabajadora sexual fue visibilizada, controlada y estigmatizada como vector principal de la propagación del virus. Pero no fue la represión de la prostitución ni la reclusión de las prostitutas en burdeles nacionales (como imaginó Restif de la Bretonne) lo que curó la sífilis. Bien al contrario. La reclusión de las prostitutas solo las hizo más vulnerables a la enfermedad. Lo que curó la sífilis fue el descubrimiento de los antibióticos y especialmente de la penicilina en 1928, precisamente un momento de profundas transformaciones de la política sexual en Europa con los primeros movimientos de descolonización, el acceso de las mujeres blancas al voto, las primeras despenalizaciones de la homosexualidad y una relativa liberalización de la ética matrimonial heterosexual.

Medio siglo después, el sida fue a la sociedad neoliberal heteronormativa del siglo XX lo que la sífilis había sido a la sociedad industrial y colonial. Los primeros casos aparecieron en 1981, precisamente en el momento en el que la homosexualidad dejaba de ser considerada como una enfermedad psiquiátrica, después de que hubiera sido objeto de persecución y discriminación social durante décadas. La primera fase de la epidemia afectó de manera prioritaria a lo que se nombró entonces como las 4 H: homosexuales, ‘hookers’ —trabajadoras o trabajadores sexuales—, hemofílicos y ‘heroin users’ —heroinómanos—. El sida remasterizó y reactualizó la red de control sobre el cuerpo y la sexualidad que había tejido la sífilis y que la penicilina y los movimientos de descolonización, feministas y homosexuales habían desarticulado y transformado en los años sesenta y setenta. Como en el caso de las prostitutas en la crisis de la sífilis, la represión de la homosexualidad sólo causó más muertes. Lo que está transformando progresivamente el sida en una enfermedad crónica ha sido la despatologización de la homosexualidad, la autonomización farmacológica del Sur, la emancipación sexual de las mujeres, su derecho a decir no a las prácticas sin condón, y el acceso de la población afectada, independientemente de su clase social o su grado de racialización, a las triterapias. El modelo de comunidad/inmunidad del sida tiene que ver con la fantasía de la soberanía sexual masculina entendida como derecho innegociable de penetración, mientras que todo cuerpo penetrado sexualmente (homosexual, mujer, toda forma de analidad) es percibido como carente de soberanía.

Volvamos ahora a nuestra situación actual. Mucho antes de que hubiera aparecido la Covid-19 habíamos ya iniciado un proceso de mutación planetaria. Estábamos atravesando ya, antes del virus, un cambio social y político tan profundo como el que afectó a las sociedades que desarrollaron la sífilis. En el siglo XV, con la invención de la imprenta y la expansión del capitalismo colonial, se pasó de una sociedad oral a una sociedad escrita, de una forma de producción feudal a una forma de producción industrial-esclavista y de una sociedad teocrática a una sociedad regida por acuerdos científicos en el que las nociones de sexo, raza y sexualidad se convertirían en dispositivos de control necro-biopolítico de la población.

Hoy estamos pasando de una sociedad escrita a una sociedad ciberoral, de una sociedad orgánica a una sociedad digital, de una economía industrial a una economía inmaterial, de una forma de control disciplinario y arquitectónico, a formas de control microprostéticas y mediático-cibernéticas. En otros textos he denominado ‘farmacopornográfica’ al tipo de gestión y producción del cuerpo y de la subjetividad sexual dentro de esta nueva configuración política. El cuerpo y la subjetividad contemporáneos ya no son regulados únicamente a través de su paso por las instituciones disciplinarias (escuela, fábrica, caserna, hospital, etcétera) sino y sobre todo a través de un conjunto de tecnologías biomoleculares, microprostéticas, digitales y de transmisión y de información. En el ámbito de la sexualidad, la modificación farmacológica de la conciencia y del comportamiento, la mundialización de la píldora anticonceptiva para todas las “mujeres”, así como la producción de la triterapias, de las terapias preventivas del sida o el viagra son algunos de los índices de la gestión biotecnológica. La extensión planetaria de Internet, la generalización del uso de tecnologías informáticas móviles, el uso de la inteligencia artificial y de algoritmos en el análisis de ‘big data’, el intercambio de información a gran velocidad y el desarrollo de dispositivos globales de vigilancia informática a través de satélite son índices de esta nueva gestión semiotio-técnica digital. Si las he denominado pornográficas es, en primer lugar, porque estas técnicas de biovigilancia se introducen dentro del cuerpo, atraviesan la piel, nos penetran; y en segundo lugar, porque los dispositivos de biocontrol ya no funcionan a través de la represión de la sexualidad (masturbatoria o no), sino a través de la incitación al consumo y a la producción constante de un placer regulado y cuantificable. Cuanto más consumimos y más sanos estamos mejor somos controlados.

La mutación que está teniendo lugar podría ser también el paso de un régimen patriarco-colonial y extractivista, de una sociedad antropocéntrica y de una política donde una parte muy pequeña de la comunidad humana planetaria se autoriza a sí misma a llevar a cabo prácticas de predación universal, a una sociedad capaz de redistribuir energía y soberanía. Desde una sociedad de energías fósiles a otra de energías renovables. Está también en cuestión el paso desde un modelo binario de diferencia sexual a un paradigma más abierto en el que la morfología de los órganos genitales y la capacidad reproductiva de un cuerpo no definan su posición social desde el momento del nacimiento; y desde un modelo heteropatriarcal a formas no jerárquicas de reproducción de la vida. Lo que estará en el centro del debate durante y después de esta crisis es cuáles serán las vidas que estaremos dispuestos a salvar y cuáles serán sacrificadas. Es en el contexto de esta mutación, de la transformación de los modos de entender la comunidad (una comunidad que hoy es la totalidad del planeta) y la inmunidad donde el virus opera y se convierte en estrategia política.

Inmunidad y política de la frontera

Lo que ha caracterizado las políticas gubernamentales de los últimos 20 años, desde al menos la caída de las torres gemelas, frente a las ideas aparentes de libertad de circulación que dominaban el neoliberalismo de la era Thatcher, ha sido la redefinición de los estados-nación en términos neocoloniales e identitarios y la vuelta a la idea de frontera física como condición del restablecimiento de la identidad nacional y la soberanía política. Israel, Estados Unidos, Rusia, Turquía y la Comunidad Económica Europea han liderado el diseño de nuevas fronteras que por primera vez después de décadas, no han sido solo vigiladas o custodiadas, sino reinscritas a través de la decisión de elevar muros y construir diques, y defendidas con medidas no biopolíticas, sino necropolíticas, con técnicas de muerte.

Como sociedad europea, decidimos construirnos colectivamente como comunidad totalmente inmune, cerrada a Oriente y al Sur, mientras que Oriente y el Sur, desde el punto de vista de los recursos energéticos y de la producción de bienes de consumo, son nuestro almacén. Cerramos la frontera en Grecia, construimos los mayores centros de detención a cielo abierto de la historia en las islas que bordean Turquía y el Mediterráneo y fantaseamos que así conseguiríamos una forma de inmunidad. La destrucción de Europa comenzó paradójicamente con esta construcción de una comunidad europea inmune, abierta en su interior y totalmente cerrada a los extranjeros y migrantes.

Lo que está siendo ensayado a escala planetaria a través de la gestión del virus es un nuevo modo de entender la soberanía en un contexto en el que la identidad sexual y racial (ejes de la segmentación política del mundo patriarco-colonial hasta ahora) están siendo desarticuladas. La Covid-19 ha desplazado las políticas de la frontera que estaban teniendo lugar en el territorio nacional o en el superterritorio europeo hasta el nivel del cuerpo individual. El cuerpo, tu cuerpo individual, como espacio vivo y como entramado de poder, como centro de producción y consumo de energía, se ha convertido en el nuevo territorio en el que las agresivas políticas de la frontera que llevamos diseñando y ensayando durante años se expresan ahora en forma de barrera y guerra frente al virus. La nueva frontera necropolítica se ha desplazado desde las costas de Grecia hasta la puerta del domicilio privado. Lesbos empieza ahora en la puerta de tu casa. Y la frontera no para de cercarte, empuja hasta acercarse más y más a tu cuerpo. Calais te explota ahora en la cara. La nueva frontera es la mascarilla. El aire que respiras debe ser solo tuyo. La nueva frontera es tu epidermis. El nuevo Lampedusa es tu piel.

Se reproducen ahora sobre los cuerpos individuales las políticas de la frontera y las medidas estrictas de confinamiento e inmovilización que como comunidad hemos aplicado durante estos últimos años a migrantes y refugiados —hasta dejarlos fuera de toda comunidad—. Durante años los tuvimos en el limbo de los centros de retención. Ahora somos nosotros los que vivimos en el limbo del centro de retención de nuestras propias casas.

La biopolítica en la era ‘farmacopornográfica’
Las epidemias, por su llamamiento al estado de excepción y por la inflexible imposición de medidas extremas, son también grandes laboratorios de innovación social, la ocasión de una reconfiguración a gran escala de las técnicas del cuerpo y las tecnologías del poder. Foucault analizó el paso de la gestión de la lepra a la gestión de la peste como el proceso a través del que se desplegaron las técnicas disciplinarias de espacialización del poder de la modernidad. Si la lepra había sido confrontada a través de medidas estrictamente necropolíticas que excluían al leproso condenándolo si no a la muerte al menos a la vida fuera de la comunidad, la reacción frente a la epidemia de la peste inventa la gestión disciplinaria y sus formas de inclusión excluyente: segmentación estricta de la ciudad, confinamiento de cada cuerpo en cada casa.

Las distintas estrategias que los distintos países han tomado frente a la extensión de la Covid-19 muestran dos tipos de tecnologías biopolíticas totalmente distintas. La primera, en funcionamiento sobre todo en Italia, España y Francia, aplica medidas estrictamente disciplinarias que no son, en muchos sentidos, muy distintas a las que se utilizaron contra la peste. Se trata del confinamiento domiciliario de la totalidad de la población. Vale la pena releer el capítulo sobre la gestión de la peste en Europa de ‘Vigilar y castigar’ para darse cuenta que las políticas francesas de gestión de la Covid-19 no han cambiado mucho desde entonces. Aquí funciona la lógica de la frontera arquitectónica y el tratamiento de los casos de infección dentro de enclaves hospitalarios clásicos. Esta técnica no ha mostrado aún pruebas de eficacia total.

La segunda estrategia, puesta en marcha por Corea del Sur, Taiwán, Singapur, Hong-Kong, Japón e Israel supone el paso desde técnicas disciplinarias y de control arquitectónico modernas a técnicas ‘farmacopornográficas’ de biovigilancia: aquí el énfasis está puesto en la detección individual del virus a través de la multiplicación de los tests y de la vigilancia digital constante y estricta de los enfermos a través de sus dispositivos informáticos móviles. Los teléfonos móviles y las tarjetas de crédito se convierten aquí en instrumentos de vigilancia que permiten trazar los movimientos del cuerpo individual. No necesitamos brazaletes biométricos: el móvil se ha convertido en el mejor brazalete, nadie se separa de él ni para dormir. Una aplicación de GPS informa a la policía de los movimientos de cualquier cuerpo sospechoso. La temperatura y el movimiento de un cuerpo individual son monitorizados a través de las tecnologías móviles y observados en tiempo real por el ojo digital de un Estado ciberautoritario para el que la comunidad es una coºmunidad de ciberusuarios y la soberanía es sobre todo transparencia digital y gestión de ‘big data’.

Pero estas políticas de inmunización política no son nuevas y no han sido sólo desplegadas antes para la búsqueda y captura de los así denominados terroristas: desde principios de la década de 2010, por ejemplo, Taiwán había legalizado el acceso a todos los contactos de los teléfonos móviles en las aplicaciones de encuentro sexual con el objetivo de “prevenir” la expansión del sida y la prostitución en Internet. La Covid-19 ha legitimado y extendido esas prácticas estatales de biovigilancia y control digital normalizándolas y haciéndolas “necesarias” para mantener una cierta idea de la inmunidad. Sin embargo, los mismos Estados que implementan medidas de vigilancia digital extrema no se plantean todavía prohibir el tráfico y el consumo de animales salvajes ni la producción industrial de aves y mamíferos ni la reducción de las emisiones de CO2. Lo que ha aumentado no es la inmunidad del cuerpo social, sino la tolerancia ciudadana frente al control cibernético estatal y corporativo.

La gestión política de la Covid-19 como forma de administración de la vida y de la muerte dibuja los contornos de una nueva subjetividad. Lo que se habrá inventado después de la crisis es una nueva utopía de la comunidad inmune y una nueva forma de control del cuerpo. El sujeto del ‘technopatriarcado’ neoliberal que la Covid-19 fabrica no tiene piel, es intocable, no tiene manos. No intercambia bienes físicos, ni toca monedas, paga con tarjeta de crédito. No tiene labios, no tiene lengua. No habla en directo, deja un mensaje de voz. No se reúne ni se colectiviza. Es radicalmente individuo. No tiene rostro, tiene máscara. Su cuerpo orgánico se oculta para poder existir tras una serie indefinida de mediaciones semio-técnicas, una serie de prótesis cibernéticas que le sirven de máscara: la máscara de la dirección de correo electrónico, la máscara de la cuenta Facebook, la máscara de Instagram. No es un agente físico, sino un consumidor digital, un teleproductor, es un código, un pixel, una cuenta bancaria, una puerta con un nombre, un domicilio al que Amazon puede enviar sus pedidos.

La prisión blanda: bienvenido a la telerrepública de tu casa
Uno de los desplazamientos centrales de las técnicas biopolíticas ‘farmacopornográficas’ que caracterizan la crisis de la Covid-19 es que el domicilio personal —y no las instituciones tradicionales de encierro y normalización (hospital, fábrica, prisión, colegio)— aparece ahora como el nuevo centro de producción, consumo y control biopolítico. Ya no se trata solo de que la casa sea el lugar de encierro del cuerpo, como era el caso en la gestión de la peste. El domicilio personal se ha convertido ahora en el centro de la economía del teleconsumo y de la teleproducción. El espacio doméstico existe ahora como un punto en un espacio cibervigilado, un lugar identificable en un mapa google, una casilla reconocible por un dron.

Si yo me interesé en su momento por la Mansión Playboy es porque esta funcionó en plena guerra fría como un laboratorio en el que se estaban inventando los nuevos dispositivos de control ‘farmacopornográfico’ del cuerpo y de la sexualidad que habrían de extenderse a partir de principios del siglo XXI y que ahora se amplían a la totalidad de la población mundial con la crisis de la Covid-19. Cuando hice mi investigación sobre ‘Playboy’ me llamó la atención el hecho de que Hugh Hefner, uno de los hombres más ricos del mundo, hubiera pasado casi 40 años sin salir de la Mansión, vestido únicamente con pijama, batín y pantuflas, bebiendo coca-cola y comiendo Butterfingers y que hubiera podido dirigir y producir la revista más importante de Estados Unidos sin moverse de su casa o incluso, de su cama. Suplementada con una cámara de video, una línea directa de teléfono, radio e hilo musical, la cama de Hefner era una auténtica plataforma de producción multimedia de la vida de su habitante.

Su biógrafo Steven Watts denominó a Hefner “un recluso voluntario en su propio paraíso”. Adepto de dispositivos de archivo audiovisual de todo tipo, Hefner, mucho antes de que existiera el teléfono móvil, Facebook o WhatsApp enviaba más de una veintena de cintas audio y vídeo con consigas y mensajes, que iban desde entrevistas en directo a directrices de publicación. Hefner había instalado en la mansión, en la que vivían también una docena de ‘Playmates’, un circuito cerrado de cámaras y podía desde su centro de control acceder a todas las habitaciones en tiempo real. Cubierta de paneles de madera y con espesas cortinas, pero penetrada por miles de cables y repleta de lo que en ese momento se percibía como las más altas tecnologías de telecomunicación (y que hoy nos parecerían tan arcaicas como un tam-tam), era al mismo tiempo totalmente opaca, y totalmente transparente. Los materiales filmados por las cámaras de vigilancia acababan también en las páginas de la revista.

La revolución biopolítica silenciosa que ‘Playboy’ lideró suponía, más allá la transformación de la pornografía heterosexual en cultura de masas, la puesta en cuestión de la división que había fundado la sociedad industrial del siglo XIX: la separación de las esferas de la producción y de la reproducción, la diferencia entre la fábrica y el hogar y con ella la distinción patriarcal entre masculinidad y feminidad. Playboy acató esta diferencia proponiendo la creación de un nuevo enclave de vida: el apartamento de soltero totalmente conectado a las nuevas tecnologías de comunicación del que el nuevo productor semiótico no necesita salir ni para trabajar ni para practicar sexo —actividades que, además, se habían vuelto indistinguibles—. Su cama giratoria era al mismo tiempo su mesa de trabajo, una oficina de dirección, un escenario fotográfico y un lugar de cita sexual, además de un plató de televisión desde donde se rodaba el famoso programa ‘Playboy after dark’. ‘Playboy’ anticipó los discursos contemporáneos sobre el teletrabajo, y la producción inmaterial que la gestión de la crisis de la Covid-19 ha transformado en un deber ciudadano. Hefner llamó a este nuevo productor social el “trabajador horizontal”. El vector de innovación social que ‘Playboy’ puso en marcha era la erosión (por no decir la destrucción) de la distancia entre trabajo y ocio, entre producción y sexo. La vida del playboy, constantemente filmada y difundida a través de los medios de comunicación de la revista y de la televisión, era totalmente pública, aunque el playboy no saliera de su casa o incluso de su cama. En ese sentido, ‘Playboy’ ponía también en cuestión la diferencia entre las esferas masculinas y femeninas, haciendo que el nuevo operario multimedia fuera, lo que parecía un oxímoron en la época, un hombre doméstico. El biógrafo de Hefner nos recuerda que este aislamiento productivo necesitaba un soporte químico: Hefner era un gran consumidor de Dexedrina, una anfetamina que eliminaba el cansancio y el sueño. Así que paradójicamente, el hombre que no salía de su cama, no dormía nunca. La cama como nuevo centro de operaciones multimedia era una celda ‘farmacopornográfica’: sólo podría funcionar con la píldora anticonceptiva, drogas que mantuvieran el nivel productivo en alza y un constante flujo de códigos semióticos que se habían convertido en el único y verdadero alimento que nutría al playboy.

¿Les suena ahora familiar todo esto? ¿Se parece todo esto de manera demasiado extraña a sus propias vidas confinadas? Recordemos ahora las consignas del presidente francés Emmanuel Macron: estamos en guerra, no salgan de casa y teletrabajen. Las medidas biopolíticas de gestión del contagio impuestas frente al coronavirus han hecho que cada uno de nosotros nos transformemos en un trabajador horizontal más o menos playboyesco. El espacio doméstico de cualquiera de nosotros está hoy diez mil veces más tecnificado que lo estaba la cama giratoria de Hefner en 1968. Los dispositivos de teletrabajo y telecontrol están ahora en la palma de nuestra mano.

En 'Vigilar y castigar', Michel Foucault analizó las celdas religiosas de encierro unipersonal como auténticos vectores que sirvieron para modelizar el paso desde las técnicas soberanas y sangrientas de control del cuerpo y de la subjetivad anteriores al siglo XVIII hacia las arquitecturas disciplinarias y los dispositivos de encierro como nuevas técnicas de gestión de la totalidad de la población. Las arquitecturas disciplinarias fueron versiones secularizada de las células monacales en las que se gesta por primera vez el individuo moderno como alma encerrada en un cuerpo, un espíritu lector capaz de leer las consignas del Estado. Cuando el escritor Tom Wolfe visitó a Hefner dijo que este vivía en una prisión tan blanda como el corazón de una alcachofa. Podríamos decir que la mansión Playboy y la cama giratoria de Hefner, convertidos en objeto de consumo pop, funcionaron durante la guerra fría como espacios de transición en el que se inventa el nuevo sujeto prostético, ultraconectado y las nuevas formas consumo y control farmacopornográficas y de biovigilancia que dominan la sociedad contemporánea. Esta mutación se ha extendido y amplificado más durante la gestión de la crisis de la Covid-19: nuestras máquinas portátiles de telecomunicación son nuestros nuevos carceleros y nuestros interiores domésticos se han convertido en la prisión blanda y ultraconectada del futuro.

Mutación o sumisión
Pero todo esto puede ser una mala noticia o una gran oportunidad. Es precisamente porque nuestros cuerpos son los nuevos enclaves del biopoder y nuestros apartamentos las nuevas células de biovigilancia que se vuelve más urgente que nunca inventar nuevas estrategias de emancipación cognitiva y de resistencia y poner en marcha nuevos procesos antagonistas.

Contrariamente a lo que se podría imaginar, nuestra salud no vendrá de la imposición de fronteras o de la separación, sino de una nueva comprensión de la comunidad con todos los seres vivos, de un nuevo equilibrio con otros seres vivos del planeta. Necesitamos un parlamento de los cuerpos planetario, un parlamento no definido en términos de políticas de identidad ni de nacionalidades, un parlamento de cuerpos vivos (vulnerables) que viven en el planeta Tierra. El evento Covid-19 y sus consecuencias nos llaman a liberarnos de una vez por todas de la violencia con la que hemos definido nuestra inmunidad social. La curación y la recuperación no pueden ser un simple gesto inmunológico negativo de retirada de lo social, de cierre de la comunidad. La curación y el cuidado sólo pueden surgir de un proceso de transformación política. Sanarnos a nosotros mismos como sociedad significaría inventar una nueva comunidad más allá de las políticas de identidad y la frontera con las que hasta ahora hemos producido la soberanía, pero también más allá de la reducción de la vida a su biovigilancia cibernética. Seguir con vida, mantenernos vivo como planeta, frente al virus, pero también frente a lo que pueda suceder, significa poner en marcha formas estructurales de cooperación planetaria. Como el virus muta, si queremos resistir a la sumisión, nosotros también debemos mutar.

Es necesario pasar de una mutación forzada a una mutación deliberada. Debemos reapropiarnos críticamente de las técnicas de biopolíticas y de sus dispositivos ‘farmacopornográficos’. En primer lugar, es imperativo cambiar la relación de nuestros cuerpos con las máquinas de biovigilancia y biocontrol: estos no son simplemente dispositivos de comunicación. Tenemos que aprender colectivamente a alterarlos. Pero también es preciso desalinearnos. Los Gobiernos llaman al encierro y al teletrabajo. Nosotros sabemos que llaman a la descolectivización y al telecontrol. Utilicemos el tiempo y la fuerza del encierro para estudiar las tradiciones de lucha y resistencia minoritarias que nos han ayudado a sobrevivir hasta aquí. Apaguemos los móviles, desconectemos Internet. Hagamos el gran ‘blackout’ frente a los satélites que nos vigilan e imaginemos juntos en la revolución que viene.

Paul B. Preciado es escritor

martes, 25 de junio de 2019

#hemeroteca #homosexualidad #exposiciones | Henrik Olesen dibuja un atlas de la homosexualidad perseguida

Alan Turing visto por Henrik Olesen
Henrik Olesen dibuja un atlas de la homosexualidad perseguida.
El artista danés protagoniza en el Reina Sofía su primera retrospectiva en España.
Ángeles García | El País, 2019-06-25
https://elpais.com/cultura/2019/06/25/actualidad/1561469214_637174.html

El matemático británico Alan Turing, considerado el padre de los ordenadores, fue procesado en 1952 por ser homosexual. De nada le sirvió su gigantesca contribución a la humanidad. Obligado a ingerir hormonas femeninas sintéticas que le convirtieron en un monstruo, decidió poner fin a su vida tomándose una manzana envenenada con cianuro. El drama de este científico, recogido parcialmente en la película ‘The Imitation Game’ (2014), de Morten Tyldum, inspira también uno de los más conocidos trabajos del artista Henrik Olesen (Esbjerg, Dinamarca, 1967): ‘The life of Alan Turing’ (2008), una serie en la que a través de collages, dibujos numéricos y fotografías se recuerda al científico como víctima de la ideología y se destaca su enorme aportación al desarrollo de la inteligencia artificial. Esta pieza forma parte de la primera retrospectiva que se le dedica en España a Olesen, que se podrá ver desde mañana miércoles hasta el 21 de octubre en el edificio Sabatini del Reina Sofía.

Toda la exposición es un recorrido por los temas que le preocupan a este artista de apariencia poderosa y timidez apabullante. El director del Reina Sofía, Manuel Borja-Villel, explica que, a través del minimalismo y del dadaísmo, el creador deshace ficciones convencionales para romper las normas heteropatriarcales: “Vista de manera global, podemos decir que lo suyo es una historia del arte de la homosexualidad, el primer atlas en el que se recogen los gestos y formas que han definido la homosexualidad occidental”.

Entre las seis instalaciones y medio centenar de piezas de las que se compone la exposición, una de las que mejor resume su filosofía es ‘Algunos artistas gais y lesbianas significativos para la cultura homosocial nacidos entre 1300 y 1870’. Varios paneles repletos de collages reproducen obras en pequeño formato de creadores que pudieron haber sido silenciados e ignorados solo por su apariencia. Son imágenes coleccionadas por Olesen de todos aquellos creadores que le parecían ‘queer’, que escapaban de lo que convencionalmente se considera heterosexual. Otra espectacular pieza es ‘Algunos gestos maricas’ (2007), consistente en siete paneles donde se juntan imágenes extraídas de la historia del arte antes de que las definiciones modernas de la sexualidad pasaran a castigar las relaciones entre personas del mismo sexo. Las imágenes están catalogadas por gestos o posiciones de los personajes que aparecen. Uno de los más llamativos está dedicado a la sodomía. Con esta cartografía, explica Borja-Villel, el artista construye una imagen múltiple y positiva de la historia cultural homosexual.

Parte esencial en algunas de las salas es la documentación que el visitante puede coger de las pilas de papeles que aguardan a la entrada. En una de las hojas se ilustra sobre los padecimientos, siempre documentados, de los artistas hombres que practicaban sexo en lugares de acceso público como los urinarios para caballeros. En Inglaterra, la ley de Sodomía, aprobada en 1533, sobrevivió con algunas modificaciones hasta 1967. Hasta 1861, quienes infringían la norma fueron castigados con pena de muerte. Después, la condena osciló entre los 10 años de cárcel y la cadena perpetua.

La instalación siguiente, ‘Falta de información’ (2001) está dedicada a los medios de comunicación y a los discursos legales. En ella se dice que 195 países del mundo cuentan con su propia ley anti sodomía. Su práctica sigue suponiendo prisión o pena de muerte. Helena Tatay, comisaria de la exposición explica que toda la obra de Henrik Olesen es un rechazo frontal de la sociedad patriarcal y una negación de la familia.

Uno de los grandes referentes de Olesen es el pensador francés Michel Foucault y, en especial ‘Vigilar y castigar’, su famosa obra dedicada al nacimiento de las prisiones publicada en 1975. Sencillos objetos cotidianos como cubiertos o vasos se muestran escondidos en cajas formando metáforas sobre la necesidad del ocultamiento ante el castigo inminente, como se puede ver en la obra ‘Superficies pintadas a mano’ (2018).

Todo el recorrido resulta tan agobiante como opaco y, en ocasiones, difícil de descifrar. Borja-Villel no duda en asegurar que la exposición es una biografía del artista. El aludido prefiere no responder. Todo lo que tiene que decir está en las salas.

sábado, 2 de abril de 2016

#hemeroteca #testimonios | El Foucault más íntimo, lejos de la gloria académica

Imagen: Clarín / Daniel Defert y Muchel Foucault
El Foucault más íntimo, lejos de la gloria académica.
Entrevista con Daniel Defert. El testimonio en primera persona del activista francés, compañero del filósofo por décadas, devuelve el retrato más emocionante del autor de “Vigilar y castigar”.
Tania Martini / Enrico Ippolito | Ñ · Revista de Cultura, Clarín, 2016-04-02
http://www.revistaenie.clarin.com/ideas/filosofia/Foucault-intimo-Daniel_Defert_0_1551444849.html

Compañero, testigo cercano y experto en su obra, Daniel Defert descubre en esta conversación al Foucault que las biografías no lograron terminar de pulir. Conoció al filósofo cuando era estudiante en la Universidad de Clermont-Ferrand, Francia. Y en 1963 comenzó la relación que terminó con la muerte de Foucault en 1984. Esta entrevista, publicada en Die Tageszeitung (Berlín), retrata la vida cotidiana del gran filósofo francés del siglo XX a través de la lente de quien fuera –además– el guardián del archivo Foucault hasta que fuera adquirido por de Biblioteca Nacional de Francia.

-Señor Defert, ¿por qué habla usted alemán? ¿Por Marx o por Goethe?
-Lo aprendí en la escuela. Pero en realidad viajo ya desde hace tiempo una vez por año a Alemania.

-En Alemania usted asistió a cursos sobre Bertolt Brecht.
-Eso fue en setiembre de 1960, cuando viajé por Alemania. En Heidelberg iba todos los días a clases sobre Bertolt Brecht. En Frankfurt conocí a un muchacho joven que era muy amigo de la esposa de Adorno. Él escribió un trabajo sobre André Gide. Tuve una historia con él. Me propuso visitar una clase de Adorno.

-¿Conoció usted a Adorno?
-No lo conocí. Rechacé la propuesta porque estaba cansado. Después volví a Francia y me presentaron a Foucault. Con el tiempo me arrepiento, ¡pues podría haber conocido a Adorno y Foucault en la misma semana!

-Parece que Foucault dijo una vez que si hubiera leído a Adorno más tempranamente, se hubiera ahorrado de escribir algunas cosas.
-Creo que lo dijo por cortesía.

-En la sociología de Frankfurt, Foucault fue rechazado por largo tiempo.
-El trato con la historicidad era todo lo contrario. Cuando la Escuela de Frankfurt (o incluso Hannah Arendt) hablaban de historia, siempre era algo de segunda mano. En cambio para Foucault era importante ir a los archivos y consultar las fuentes primarias.

-Al mismo tiempo, hasta el día de hoy la Escuela de Frankfurt no tiene demasiada recepción en Francia.
-Llegó a Francia a través de Jean Baudrillard, pero eso ya era una segunda ola. Antes ya había estado Henri Lefebvre.

-Foucault incorporó muchos filósofos alemanes.
-Yo incluso diría que era germanófilo. Leía y hablaba alemán. Cuando tuvo su examen en la École Normale Supérieure, pronunció mal una palabra alemana y el profesor se le rió. Foucault quedó avergonzado. Cuando su padre le preguntó qué le gustaría de regalo para tener éxito, él contestó: «clases de alemán».

–Después de la muerte de Foucault en 1984, usted fundó AIDES, la organización de lucha contra el SIDA más grande de Francia, y ha dedicado su vida a la lucha contra el SIDA.
–Sí, queríamos establecer un archivo de la historia de la organización. A mí no me gusta escribir, por eso hicimos el libro en forma de una entrevista. Hubo una primera versión del libro que no me gustó.

–¿Por qué no?
–Porque los entrevistadores reorganizaron la historia como algo demasiado personal. Desde el momento en que uno intenta trazar una cronología y llevar todo a una narrativa lineal, cambia el significado de los acontecimientos.

–¿Qué fue lo que le pareció demasiado personal?
–Tenía que ver con mi vida y mi relación con Foucault. Desde luego que la fundación de AIDES tiene que ver con la muerte de Foucault. Pero yo no quería hablar de cosas privadas, entonces descartamos el borrador y reestructuramos el libro.

–Usted también rechazó hablar con biógrafos de Michel Foucault, por ejemplo Didier Eribon, quien seguramente haya escrito la biografía más conocida de Foucault.
–Sí. Eribon conocía a Foucault muy bien. Después de la muerte de Foucault, no lo vi por dos años. Un día me llamó y me habló de la biografía. Yo no lo quise ver.

–¿Se ha arrepentido de eso?
–Pensé que su biografía iba a quedar bien. Además, fue de todos modos mejor que la haya hecho sin mí, puesto que él debía buscar respuestas e investigar hechos concretos. Para mi gusto, le quedó un Foucault demasiado académico. Por eso quedé decepcionado: no mostraba al hombre como realmente era.

–¿En qué sentido?
–Suprimió todos los aspectos fantásticos y apasionantes de su vida. Me decepcionó y por eso acepté responderle algunas preguntas al biógrafo James Miller. Pero luego quedé horrorizado.

–¿Por qué?
–El libro de Miller no es serio. Es absurdo. La biografía de David Macey, ‘The lives of Michel Foucault’ (1993) es buena. Él investigó mucho, leyó los textos de Foucault, mientras Eribon ni los miró... Sólo le interesaba su vida académica. La mayoría de la gente que trabaja sobre Foucault usa el libro de Macey.

–Usted dijo que se arrepiente de haber hablado con James Miller.
–Miller quería a toda costa hacer una historia sadomasoquista de Foucault. Macey se interesó por el intelectual.

–Pero no sólo Eribon consideraba a Foucault un académico extraordinario. En un sistema universitario tan estricto y jerárquico como el francés, Foucault alcanzó la cima y llegó a ser profesor del Collège de France.
–Cuando conocí a Foucault en 1960, él acababa de regresar de Alemania. Era un «Herr Professor», uno de aquellos a quienes se les sostenía el abrigo —como se hacía en Alemania con los profesores antes de 1968. Él tenía treinta años y yo, veintiuno. Yo estaba impresionado por su look «Herr Professor».

–¿Y eso cambió en el 68?

–Foucault ya había cambiado antes. En 1966 se fue de Francia hacia Túnez y allí era muy cercano con sus estudiantes. En marzo del 66 estuvo involucrado en el primer movimiento estudiantil.

–¿Y en el 68?
–En mayo del 68 estaba en Túnez. Fue allí, no en Francia, donde cambió su relación hacia los estudiantes. Estaba involucrado en las luchas antijerárquicas. Incluso en el Collège de France, que tendía a mantener el estatuto del «Herr Professor», intentó conservar otro tipo de relación con los estudiantes. Allí tenía más de seiscientos oyentes en sus cursos: era un espectáculo. A él le gustaba más la forma de enseñar en EE.UU., los seminarios pequeños donde los estudiantes podían hablar con gran libertad. Todo eso se aleja del académico extraordinario al que usted aludió.

–¿Y esto es omitido por Eribon?
–Eribon está bien informado, pero es bastante pudoroso respecto de la vida privada. Eribon proyectó el deseo de una vida académica en Foucault. Por su parte, Miller reveló acontecimientos ocurridos en EE.UU., cosa que para mí fue muy interesante. Tenía algo original, como de inescrutable, que le faltaba a Eribon. Pero el resto ya es un disparate; creo que Miller proyectó sus propias fantasías sexuales.

–Resulta interesante que ambas miradas proyecten un tipo de fantasía sobre la vida de Foucault.
–Sí. Mire, la madre de Foucault era una mujer muy elegante y burguesa. Una vez me dijo: «No podés hablar de él porque sos su pareja». Pienso que tenía razón, por eso le hice caso y tampoco quise hablar sobre él en mi biografía, por más que los lectores lo hayan esperado.

–Los lectores esperan eso porque él es una superestrella, pero seguramente Foucault mismo habría rechazado ese interés por su vida. Por cierto, en 2015 visitamos su lugar de nacimiento y su tumba en Vendeuvre...
–Su madre hizo poner en su tumba «Profesor del Collège de France», ¿lo ha visto? A mí me impactó. Yo hablé con ella del tema y me dijo: «Bueno, las palabras son sólo palabras, la gente las olvida, pero no los títulos». De modo que es la tumba de un académico.

–Usted quiso contar la historia política más que la privada y, sin embargo, ahora estamos hablando aquí de él ...
–Es que mucho de lo que yo he pensado y escrito fue inspirado por Foucault. No en el sentido de lo que él decía, sino más bien en relación a un cierto hábito del pensamiento. Uno de los miembros de AIDES dijo una vez: «Defert nos impone siempre estas teorías foucaultianas». Pero yo jamás tuve intención de hacer tal cosa.

–¿Fue su muerte la razón de su trabajo con AIDES?
–En cierto modo yo fundé AIDES en nombre de Foucault. Su madre me dio su apoyo y me dijo que yo debía hacerlo por él.

–Usted dijo que no le agradaría hablar de su vida. ¿Por qué es tan difícil hablar de uno mismo? ¿Es lo mismo que escribir? Usted dice en su libro que resulta ocioso escribir si uno no encuentra una nueva forma para expresar lo que se tiene para decir.
–Eso tiene que ver con mi profundo convencimiento de no ser un autor. Foucault, en cambio, escribía todos los días. Durante 25 años lo vi cuatro, cinco horas diarias escribiendo. Cuando no escribía por dos días, ya estaba cerca de la neurosis. Le encantaba escribir. Yo no lo disfruto en absoluto. Y cuando uno no escribe, tampoco puede cambiar su propia escritura, encontrar nuevas formas de expresarse.

–¿Entonces se ha concentrado en su trabajo político?
–Siempre me gustó hacer cosas concretas y cuando estaban hechas, estaban hechas. Quizás eso sea una señal de histeria. El trabajo en el G.I.P. (Grupo de Información sobre las Prisiones) fue excelente. Foucault también estaba feliz con ello.

–¿Cuán estrecho era su trabajo en conjunto con él?
–Cuando conocí a Foucault, él no tenía la intención de quedarse en Francia. Había estado en Suecia, Polonia, Alemania y quería irse a Japón. Yo quería finalizar la Agrégation en filosofía para ganar algo de dinero. Como yo no quise irme a Japón, Foucault se quedó también en Francia. Jamás le dije que había reconsiderado mi decisión y que me quería ir con él, porque él ya lo había descartado. Así que nos quedamos en París, él escribió 'Las palabras y las cosas' (1966) y yo me preparé para mi Agrégation. Ese fue su primer éxito. Nosotros éramos una pareja joven y muy enamorada, lo cual pienso que se reflejó en el proceso de escritura y también en el libro y su éxito. Luego yo me fui a Túnez y Foucault vino conmigo después. Surgió el 68 y yo adherí más tarde al movimiento, con los maoístas, cuando éstos ya estaban prohibidos. Me comprometí con los procesos de los presos políticos. ‘Vigilar y castigar’ (1975), el primer éxito internacional de Foucault, era una obra naturalmente vinculada a nuestra vida juntos y al G.I.P. Las intervenciones políticas eran importantes para Foucault, para su pensamiento y sus teorías.

– Una vez más, vuelve usted a la estrecha relación entre la obra de Foucault y los movimientos políticos, sus intervenciones políticas.
–Foucault elevó a la categoría de objetos políticos temas que antes no estaban politizados. Cuando escribió sobre la locura a finales de los 50 y principios de los 60, eso todavía no era una cuestión política. Y las prisiones tampoco lo eran en el 68, en absoluto. Eso sucedió recién después del 71 ó el 72, cuando en Francia surgieron grandes revueltas en las prisiones, en total unas 35, algunas de las cuales fueron completamente destruidas. Para la mayoría de los de mi generación, cuando yo hablo de política es como si fuera un chiste porque para muchos yo no estaba en la política por no estar afiliado al Partido Comunista. Pero mi vida política era con el movimiento de las prisiones y el de lucha contra el sida. En ambos casos fue necesaria una politización del objeto. De modo que una vida política significa también una transformación de la política. Justamente en relación a este segundo aspecto es que Foucault estaba políticamente involucrado. Estuvo por un lapso muy breve en el Partido Comunista y lo abandonó de inmediato. Estaba más entretenido que involucrado con la política. Pero su accionar era político.

–Hablemos de las formas de lo político. Usted escribe en su libro que después del 68, el análisis social era más un movimiento de masas que parte de la sociología.
–Esa fue mi experiencia. En Inglaterra hice una encuesta para un instituto sociológico y me di cuenta que el análisis estaba en la calle, que los movimientos sociales en sí mismos eran el análisis.

–En Alemania hay un modo de leer a Foucault como apolítico o incluso como pensador neoconservador.
–Porque él rechazó un análisis centrado en el Estado y observó la diversidad de las prácticas de poder, estudiándolas como parte de la relación de fuerzas del poder. Para él se trataba más de las prácticas y las relaciones por debajo del poder estatal o, dicho de otra manera, de la relación entre médico y paciente, maestro y alumno, así como entre gobernante y gobernado. Para los marxistas, el poder sólo existía en su forma represiva. Foucault no estaba tan obsesionado con el Estado, más bien preguntaba por las formas del devenir-gobernado. Le interesaban las técnicas de control, no las instituciones en sí.

–¿Era por esto escéptico respecto a los militantes radicales de izquierda, quienes apuntaban al Estado con sus acciones?
–Foucault estaba contra el terrorismo en los países democráticos. Ésa fue también la razón por la cual se negó a apoyar las Brigadas Rojas en Italia. A raíz de una entrevista que dio en Italia para L‘Unità , se generaron algunas tensiones con Felix Guattari y Gilles Deleuze. Yo estaba más cerca de Adriano Sofri y Lotta Continua. Cuando Guattari publicó el escrito de Trotsky sobre el fascismo en Alemania, Deleuze y Foucault rompieron relaciones. Foucault pensaba que no se podía decir que el Estado alemán era un país fascista en aquel momento. Él se interesó por la RAF (Rote Armee Fraktion, el grupo Fracción Ejército rojo), pero le resultaba algo sospechosa. Estaba seguro de que Alemania Federal había sido apoyada por los soviéticos.

–En Berlín usted fue vigilado por la policía. ¿Foucault peleaba a menudo con la policía?
–Lo detuvieron varias veces y luchaba permanentemente con la policía. Lo tenían como un radical de izquierda.

–¿Por las acciones con el G.I.P., donde Sartre también estuvo involucrado?
–Sartre y Foucault eran muy cercanos en aquella época. Pero no se trataba de una relación intelectual porque discutían muy poco. Cuando Foucault conoció a Sartre, éste ya estaba muy viejo y casi ciego. Tenían un trato muy amigable. Foucault llevaba a Sartre a todos lados: a las fábricas de Renault, a las huelgas y demás. Era una amistad práctica, no hablaban de sus diferencias.

–¿Cómo era la amistad con Roland Barthes?
–Se conocieron en los 50. Quizás yo sea algo culpable de que no tuvieran una relación tan estrecha. A Barthes le gustaba ir a los bares a partir de las 18, pero en 1963 yo estudiaba filosofía y Foucault escribía 'Las palabras y las cosas', por lo tanto dejamos de salir. Barthes se quedó muy triste por ello, ya que Foucault le prestaba brillo intelectual a su vida nocturna. Sin Foucault, era sólo un programa con gigolós. Foucault y Barthes tenían una relación singular. Barthes siempre le copiaba un poquito a Foucault.

–¿Conoció Foucault a la otra gran figura de la izquierda radical francesa, Guy Debord?
–No. ‘Vigilar y castigar’ (1975) es incluso contrario a ‘La sociedad del espectáculo’ (1967). Foucault leyó en parte a Debord, pero no demasiado. En ‘Vigilar y castigar’ está este abogado del siglo XIX; allí describe las prisiones como algo exactamente opuesto al circo de Roma. Foucault tomó esto como punto de partida para mostrar que la sociedad moderna consiste, precisamente, no en el espectáculo sino en el control y la vigilancia. Así que va directamente en contra de Debord. Pero en los situacionistas también estaba Isidore Isou, quien asistió a los cursos de Foucault y le envió sus obras.

–Perdón, usted lo llama Foucault y nunca Michel...
–Antes siempre decía Michel cuando hablaba de él pero luego se convirtió en una figura pública y cada vez que decía Michel, la gente a mí alrededor también decía Michel. Eso siempre me molestó porque él era mi Michel. Toda la experiencia con AIDES fue una posibilidad de estar con él. Pensé por él, con él. Fue la posibilidad de estar cerca suyo.

jueves, 25 de junio de 2015

#hemeroteca #filosofia | Michel Foucault: por el amor a los muchachos

Imagen: Google Imágenes
Michel Foucault: por el amor a los muchachos
31 años de la muerte del pensador francés. Foucault, después de estudiar a gran nivel las relaciones de poder, de lo que se ocupa es de las pequeñas grietas que nos permiten ver la luz, de los mecanismos que fallan, de las líneas de fuga por las que entrar a dinamitar aquello que se desea cambiar.
Germán Santiago, Belén Quejigo | Diagonal Periódico, 2015-06-25
https://www.diagonalperiodico.net/culturas/27158-michel-foucault-por-amor-muchachos.html

Poco antes de morir de sida en el Hospital de la Salpêtrière, donde tanto había investigado sobre el nacimiento de la clínica, las desviaciones de la razón y la locura, los dispositivos sexuales y el hospital como espacio crítico de las sociedades disciplinarias, Michel Foucault se dirigió alegre a sus amigos al enterarse de que existía una enfermedad que castigaba a los homosexuales con la muerte, con la frase “¡Qué sería más bello que morir por el amor a los muchachos!”. Si le damos la razón a Hegel –con todo lo que eso supone– y uno muere de una muerte muy a tono a su sistema, ¿qué otra muerte le estaría reservada a Foucault si no fuese la producida por una enorme pasión?

A estas alturas, explicar quién fue Michel Foucault es ridículo. Existen miles de manuales que, muy a su pesar, desgranan su obra y la dividen, la cortan en los ejes saber-poder-sujeto, le impiden una lectura libre y, como en aquella enciclopedia china de Borges descrita al principio de Las palabras y las cosas, dividen su obra en una infinidad de partes inexistentes que sirven más para que los especialistas se prodiguen en congresos internacionales que para el lector que se acerca de manera humilde a sus libros. Pero si un lector humilde se acercara a su obra y nos preguntara cuál es el centro de su pensamiento, si nos viéramos obligados a reducirlo de esa manera, nos atreveríamos a decirle que de lo único que trata es de lo intolerable. Pero no nos conformaríamos con eso. Nos veríamos fatalmente destinados a someterle a la misma fastidiosa tarea de coger una hoja en blanco y que, como Foucault en aquel curso 1976 en el Collège de France, escribiera una situación que hayan vivido como intolerable y encontraran los dispositivos y estrategias para acabar con ella, para que sienta lo difícil que es luchar y denunciar todo aquello que nos disgusta, y al mismo tiempo crear un discurso valiente con parresía (decir lo que se piensa, pensar lo que se dice), oponer resistencia y buscar líneas de fuga. No hace falta escoger una situación que se nos escape de nuestras pequeñas manos como la guerra, los bombardeos y las ciudades destruidas, por mucho que nos indignen cotidianamente dichas prácticas, sino una propia para una situación concreta con su propia geografía y edad para así no universalizar recetas morales y políticas. Y así de pronto, verá por su propio ojo surgir algo nuevo después de Marx.

En el texto breve “¿Es inútil sublevarse?” publicado en 1979 en el diario Le Monde habla precisamente sobre lo inútil de la recetas universales contra el poder y a favor de la resistencia y equipara esta práctica de libertad a una promesa religiosa de un tiempo por venir que nos redimirá de todo el pasado, pues en todas las sublevaciones hay una especie de promesa de salvación. Pero para Foucault, si algo tiene que aprender la resistencia es a no aprender a salvar su tiempo como si de la religión se tratara, sino a problematizarlo y a limitar sus espacios y, como en ese hermoso libro de El arte de la guerra, conocer contra lo que se puede luchar y contra lo que no, e inventar y multiplicar las formas de resistencia ya que nos encontramos ante una forma de poder radicalmente nueva. La gran práctica de libertad para Foucault será el saber, es decir, conocer cómo funciona el poder. Así dice que probablemente en un pasado próximo, cuando la forma del poder estaba concentrada y funcionaba linealmente, la resistencia en forma de revolución resultaba suficiente para cambiar las cosas, sin embargo ahora la tarea es más complicada es la inventar nuevas formas de resistencia ante nuevas formas de poder porque cada vez que una forma de poder se apropie de la realidad, el tejido social inventará nuevas formas con las que resistir a lo intolerable.

Todo esto no es fácil. Llevemos el problema a un plano microfísico, molecular, casi personal. Nos enfrentamos cada día ante este tipo de situaciones: cuando un jefe nos invade, cuando alguien nos dice cómo deberíamos hacer las cosas, cuando un compañero impone moralmente su criterio, cuando una ley prohíbe alguna práctica o cuando impone otra... Pensemos sobre ellas, sobre lo complejo de su análisis, sobre la búsqueda de soluciones, sobre la imposibilidad de su aplicación, sobre la valentía de revelarse a pequeña escala… Todo esto no es fácil pero una cosa es cierta, siempre que exista poder existirá la resistencia por reprimida que se encuentre porque de no ser así, todo se vería reducido a relaciones de obediencia.

Foucault, después de estudiar a gran nivel las relaciones de poder, de lo que se ocupa es de las pequeñas grietas que nos permiten ver la luz, de los mecanismos que fallan, de las líneas de fuga por las que entrar a dinamitar aquello que se desea cambiar. Tal vez merecería la pena apasionarse por una causa a ojos de la mayoría pequeña e intentar cambiar su rumbo desde el conocimiento profundo de esta causa. Es por eso que movimientos como la PAH y Gamonal han sido efectivos, porque reducen su intensidad a un foco mínimo –mínimo no es sinónimo de fácil ni quiere decir exactamente pequeño–. No podemos cambiar el mundo entero pero sí puede cambiarse un dispositivo, una ley, un decreto, una práctica abusiva y además puede cambiarse a corto plazo porque en un mundo en el que todo cambia, en el que la única continuidad vital es la propia vida humana (antes los imperios y los países sobrevivían a las personas) ¿por qué la revolución tiene que estar en un mundo más allá, en un tiempo por venir y lejano? La revolución (proponemos cambiar el nombre por “prácticas de resistencia”) tiene que poder ser aquí y ahora, y la impaciencia de nuestra libertad nos lleva a quererla aquí y ahora –aunque fracase-. De esa manera evitamos el gatopardismo “que todo cambie para que nada sea diferente” y todas las promesas de felicidad futuras.

Foucault nos invita a focalizar y agrandar las pequeñas causas, nos invita a una resistencia mínima y efectiva. El término “efectividad” resulta bastante problemático en este contexto ya que responde a categorías propias del capitalismo dando lugar a una preguntas urgentes: ¿debe la revolución tener resultados inmediatos, ser productiva, útil rápida, eficiente, espectacular, mediática y eficaz a ese nivel? ¿Debe producirse siguiendo esos esquemas de pensamiento? Tendemos a pensar que todo aquello que no consigue resultado inmediatos, que no es efectivo en un corto plazo o que no es útil, ha fracasado. Tendemos además, a moralizar el concepto fracaso como “lo malo”. ¿Puede fracasar una revolución? Sí y no. En el momento en el que existe una sublevación ya hay una forma de resistencia más a lo establecido. En ese sentido no puede leerse como un fracaso. Pero en otro sentido sí, pues ¿cuánto duran las gentes en las plazas y en las barricadas?

El poeta francés Jean Cocteau decía claramente que las revoluciones duran vivas quince días, y tenía razón. ¿Debemos seguir planteando las formas de resistencia en revolución? La respuesta es no. Las prácticas de resistencia son más efectivas. La revolución es un modelo que ya está agotado. Si nos atenemos a constantes históricas, podemos decir que el entusiasmo revolucionario dura vivo muy poco tiempo y con toda esa energía lo que hay que hacer el encauzarla hacia obras pequeñas en favor, no del gran intelectual que pide el gran cambio total, sino por el intelectual especializado en su campo que decide acabar con lo intolerable en un territorio limitado. Intelectual no sólo quiere decir persona especialidad con carrera universitaria, sino todo aquel que se informe sobre un tema y conozca tan afondo que sea capaz de señalar sus grietas. Un intelectual es todo aquel que domine un tema de cualquier índole. Y para pensar cualquier tema, hace falta tiempo y dedicación. Tiempo que en un presente como el nuestro donde dedicamos aproximadamente entre ocho y diez horas a la jornada laboral que nos impide la conciliación de la vida familiar y laboral con la vida pública, escasea. Bajo esta coyuntura que nos domina, la causa debe tener un territorio bien delimitado y centrarse en el fin a conseguir porque el tiempo que podemos dedicar a la vida pública es mínimo.

Por otro lado, si seguimos la obra de Foucault, el cambio de epistemes, de mentalidad de las personas, es lento pero rápido en su contagio viral. “Vamos despacio porque vamos lejos” podría ser otro de los grandes lemas de la obra de Foucault. Es imposible que las prácticas de resistencia puedan realizarse rápidamente sin conciencia previa de cambio. En ese sentido Foucault nos invita a realizar un manual inmediato y automático de la vida cotidiana en Introducción a un modo de vida no fascista, introducción a la edición americana de El Anti-Edipo (capitalismo y esquizofrenia) de Gilles Deleuze y Félix Guattari, contra todas esas humillaciones diarias, sobre cómo ejercer el papel de la resistencia contra el poder para poder decir “no”, y cómo una persona frente al cadalso o un grupo de personas dice “no” y pese al castigo y la escasa posibilidad de éxito, se sublevan.

Si las sociedades se mantienen y viven, es decir, si los poderes no son “absolutamente absolutos”, es que, detrás de todas las aceptaciones y las coerciones, más allá de las amenazas, de las violencias y de las persuasiones, hay la posibilidad de ese momento en el cual la vida no se canjea más, en el cual los poderes no pueden ya nada y en el cual, ante los cadalsos y las metralletas, los hombres se sublevan. Pero incluso dentro de eso no se encuentra un peligro que seduce, la práctica derivada de lo intolerable más complicada de todas: evitar el fascismo. No el gran fascismo histórico de Hitler y Mussolini , sino el fascismo cotidiano que habita en cada uno de nosotros que nos hace amar el poder y creer que nuestras razones son mejores y más válidas que las del resto. ¿Cómo hacer desaparecer de nuestro discurso y de nuestros actos y de nuestros corazones ? ¿Cómo arrancar ese fascismo incrustado en nuestro comportamiento? He aquí la gran pregunta de su obra.

En este punto, no queremos repetir una vez más la teoría del poder de Foucault, que como ya saben es un poder microfísico que no se encuentra centralizado ni se basta con contarle la cabeza al rey, basado en la relación de fuerzas que no se poseen sino que se ejercen, y que no sólo es negativo (reprime, rechaza, castra) sino que también es algo positivo (produce, perfecciona, construye) y se introduce en los cuerpos desde técnicas disciplinarias (individualizantes y colectivas) como la anatomopolítica y la biopolítica, y que sus formaciones son tanto discursivas (leyes, mandatos, marcos legales) como no discursivas (cárceles, ejército, panópticos, cámaras de seguridad). Esas que caminan desde una razón de Estado que excluye la diferencia, una especie de sentido común del Estado desde una falsa filantropía que separa en una lógica binaria todo el mundo de la vida: bueno-malo, normal-anormal, hombre-mujer, normal-patológico, locura-razón en un sinfín de dualismos que nos conducen a la asfixia de un pensamiento binario blanco-negro, esa historia de Lo Mismo y de Lo Otro.

Todo esto ustedes pueden extraerlo de los libros del mismo Foucault. que por otra parte están perfectamente escritos, son absolutamente claros y uno mismo puede entenderlos sin la necesidad y la vergüenza del eterno comentario, porque lo que hace Foucault no es invadir nuestro mundo de pesimismo con grandes obras académicas dispuestas a ser devoradas, sino mostrarnos que a través del estudio se pueden encontrar líneas de fuga , lo que Foucault nos enseña desde el saber es que somos más libres de lo que pensamos, lo que hace del saber una práctica y no una colección de documentos sino más bien un archivo audiovisual más parecido a una película que a un libro tradicional. Hay que romper las palabras, abrirlas, de ahí su fascinación y sus libros dedicados a la pintura de Manet y Magrite o la literatura de Mallarmé o Roussel. Lo que maravilla de la obra de Foucault son sus descripciones sobre lo que estamos a punto de no ser y su ontología del presente no es más que el estudio sobre qué somos ahora nosotros en este preciso momento de la historia (y no en otro) y subrayar que ese presente es frágil. Foucault es un nuevo archivista que introduce en el pensamiento la infamia. En sus textos La vida de los hombres infames, Locura y sociedad, Historia de la locura en la época clásica o Yo, Pierre Rivière lo muestra, así como cuando en 1971 crea el G.I.P. (grupo de información de prisiones) en Francia mientras redactaba su obra Vigilar y castigar, donde daba voz a los prisioneros tradicionalmente relegados dentro de la elaboración de una teoría de la prisión.

Y por esta senda hemos aprendido quizá, algunas cosas valiosas de su obra, espero que a ojos de algunos puedan valer por sí mismas. No creemos en esas grandes frases “es por tu bien”, “es por tu seguridad”, “me preocupo por ti” (a las que Foucault llamaba “las pequeñas prostitutas del pensamiento”). Hemos aprendido también a desarrollar esa legítima rareza contra toda normatividad, a impedir mi normalización a toda costa –no sabemos muy bien cómo ni con qué resultados-, a denunciar la crueldad disciplinaria, a comprender que el pensamiento es más complejo que lo discursivo, es decir, a pensar no descriptivamente, a no conformarnos con la descripción de una situación sino a ahondar en la complejidad de pensar entre lo discursivo y lo no discursivo pues es en ese entre donde se mueve todo el volumen del saber. Ésta es su gran lucha contra la fenomenología. Además por Foucault sabemos que el saber es algo más que juicios aunque la historia dogmática del pensamiento se haya empeñado en mostrarlo anclado especialmente para las prácticas de libertad y para la sexualidad (de ahí que todos seamos jueces: el vecino, el maestro, la amiga, la hermana, la madre, el transeúnte) y tengamos miedo a la libertad. También nos ha enseñado a denunciar de lo intolerable de un racismo de estado que se basa según su propia razón y sentido que en criminalizar, culpabilizar y buscar responsables del desorden del poder desde sanciones normalizadoras, exámenes y castigos –y que todas esas normas también están de alguna manera en nosotros (anatomopolítica)-.

También es importante señalar que Foucault nos ha enseñado la indignidad de hablar por boca de otros. Es indigno también universalizar los hechos. Que no hay que salvaguardar la identidad en categorías ni palabras. Que no hay ni dialéctica, ni sujeto, ni dios, ni tampoco identidad, que la vida es una obra única de arte de infinitas posibilidades, que no hay que actuar conforme a ninguna norma identitaria sino inventar y multiplicar las posibilidades de vida. Del mismo modo que Foucault afirma que hay momentos en la vida en los que pensar distinto de como se piensa es imprescindible para seguir pensando, podemos afirmar que hay momentos en la vida en los que vivir distinto de como se vive es imprescindible para seguir viviendo. Hemos aprendido que es imprescindible conocer el acontecimiento bajo cuyo signo hemos nacido, geografía única sobre la que seguir pensando y evitar quedarse anclado a un discurso incluso si este discurso pertenece a Foucault. Esa es nuestra tarea y no es fácil. No podemos desistir aunque lo que se combata sea abominable. Es muy difícil. Pero, como en aquellas frases con las que comienza su carrera en el Collège de France el 2 de diciembre de 1971, “hay que continuar”.

lunes, 31 de marzo de 2014

#libros #filosofia | Foucault, un pensamiento de lo discontinuo


Foucault, un pensamiento de lo discontinuo / Judith Revel
Amorrortu, Buenos Aires : 2014
252 p.
Colección: Biblioteca de filosofía
ISBN 9789505183623 [2014-03]

Filosofía
Michel Foucault

El pensamiento de Michel Foucault desorienta: considerado unas veces como el de un filósofo, otras como el de un historiador o un crítico de la cultura, este pensamiento no deja de renovar sus opciones metodológicas, sus campos de investigación y sus herramientas conceptuales. Al tiempo que sorprende por la belleza de su escritura, causa también cierta irritación, pues esta vecindad con la práctica literaria y la exterioridad a la filosofía resultan perturbadoras. ¿Qué sucede entonces cuando, en lugar de exigir una identificación, un posicionamiento o una declaración de fidelidad a tal o cual corriente, se toma como guía esa aparente discontinuidad de temas, enfoques e instrumentos? ¿Qué sucede cuando se apuesta a leer, tras la dispersión investigativa, un verdadero pensamiento de lo discontinuo, un trabajo filosófico riguroso y permanentemente reiniciado sobre la exigencia del pensamiento y la problematización de la actualidad? Se trata, pues, de reconstruir la compleja trama de una coherencia marcada y dificultosa, que recorre treinta años de práctica filosófica y nos conmina a intentar, por nuestro lado, esa «ontología crítica de nosotros mismos» de la cual Foucault sigue siendo el ejemplo más notable y conmovedor.

Judith Revel es catedrática en la Universidad de París I Panthéon-Sorbonne y miembro del Centre Michel Foucault. Filósofa, italianista y traductora, es especialista en filosofía contemporánea y se interesa por las representaciones de la historia en las teorizaciones políticas.