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miércoles, 16 de octubre de 2024

#libros #precariedad #feminismo | La nada fértil

La nada fértil / Sarah Babiker Moreno.
Madrid : Continta Me Tienes, 2024 [10-16].
296 p.

/ ES / Libros / ENS / Desigualdad social / Feminismo / Necropolítica / Precariedad

📘 Ed. impresa: ISBN 9788419323279 / 16.95 €
📝 Cita APA-7: Babiker Moreno, Sarah (2024). La nada fértil. Continta Me Tienes.

La periodista y antropóloga Sarah Babiker Moreno esboza en este ensayo los mapas posibles de la precariedad y la desigualdad de la ciudad actual, para tratar de dimensionar los efectos de la deshumanización y la necropolítica, desde una mirada que evita el derrotismo. De este modo, ‘La nada fértil’ presenta un recorrido por las edades en la ciudad precaria: infancia, adolescencia, juventud, edad adulta y vejez, en un estilo a medio camino entre la crónica y la (auto)ficción feministas.

En palabras de Layla Martínez, autora del epílogo: «Las ciudades actuales son el escenario de una violencia atroz del capital en forma de rentismo, explotación y contaminación, pero también el lugar donde es posible dar rienda suelta al deseo de encuentro con los demás. Puede que la ciudad se presente ahora ante nosotros como un lugar desolador y desesperanzador, como un espacio cada vez más vacío de afectos y posibilidades de vida, pero, como dice Babiker, es también un lugar fértil, el escenario de una tensión de fuerzas que podemos volver a poner a nuestro favor. […] La nada fértil pertenece a esa tradición de libros que retrata la ciudad y a sus habitantes en un momento concreto que sin embargo se acaba convirtiendo en un reflejo de toda una época».

😏 Sarah Babiker (Madrid, 1979). Hija de una chica madrileña de familia obrera y de un joven sudanés de clase media que pasó de estudiante a migrante en la España franquista, Sarah supo de clase y raza sin salir del barrio, aprendió de justicia social en un cole jesuita y, ya en la Facultad de Periodismo, constató que iba a ser todo muy difícil. Ha vivido en Italia, Marruecos, Argentina y Omán. Quiso saber más de antropología, países del sur, feminismos. Empezó estudios que ampliaban el mundo y generaban el vértigo de lo inabarcable. Aprendió humildad. Tuvo muchos curros precarios y de todos se llevó algo, aunque solo fuera una profunda aversión al trabajo. Hace años encontró casa laboral y política en El Salto Diario. Después de una vida de poesías y cuentos, de cartas y mails, de monográficos y artículos, a los cuarenta años empieza esta novela: 'Café Abismo'. Escribe, como escribía su abuelo Pablo, quien le legó su olivetti, sobre las cosas que le atraviesan el cuerpo y lo que le interpela de los otros, cerca y lejos.

domingo, 5 de abril de 2020

#hemeroteca #saludpublica | Judith Butler: “Debería haber otras formas de refugio que no dependan de una falsa idea del hogar”

Imagen: La Tercera / Judith Butler
Judith Butler ante el ataque de coronavirus: “Debería haber otras formas de refugio que no dependan de una falsa idea del hogar”.
Constanza Michelson | Ramona Cultural, 2020-04-05 [Recogido de: La Tercera, 2020-04-03]
https://www.ramonacultural.com/contenido-r/judith-butler-ante-el-ataque-de-coronavirus-deberia-haber-otras-formas-de-refugio-que-no-dependan-de-una-falsa-idea-del-hogar/
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Publicado también como:
Judith Butler · Filósofa Feminista: “El mundo debe cambiar, y los ideales del socialismo democrático deberían ser los más valiosos”-
Constanza Michelson | ctxt, 2020-04-20
https://ctxt.es/es/20200401/Politica/31943/Constanza-Michelson-entrevista-Judith-Butler-coronavirus-ideales-socialismo-democratico.htm

'Sopa de Wuhan: pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemia' es el título de una publicación digital que recopila artículos de diversos intelectuales. En días oscuros, la exigencia al pensamiento es urgente. En entrevista para La Tercera, la cual reproducimos en la Ramona, la filósofa norteamericana Judith Butler, una de las autoras incluidas en este libro, reflexiona acerca de lo que esta catástrofe nos impone.

Judith Butler es filósofa y académica de la Universidad de California, Estados Unidos, y sus aportes son reconocidos en la filosofía política y en la ética. ¿Habrá una nueva forma de eugenesia y cómo se administrará? ¿Qué vidas estarán dotadas de valor y qué vidas se considerarán prescindibles? Son preguntas sobre la pandemia, que de acuerdo con la autora de 'El género en disputa', deben responderse con ciencia, ética y política.Hace unos días, la editorial ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio) lanzó 'Sopa de Wuhan: pensamiento contemporáneo en tiempos de pandemia', una recopilación de las ideas que Butler y otros pensadores como Byung Chul-Han han escrito sobre el Covid-19. La obra gratuita reúne textos publicados entre el 26 de febrero y el 28 de marzo.

-¿Cómo estás? Estos días tu país ha sido duramente azotado por el virus.
-Estoy bien, gracias. Estoy confinada en casa como todos en California, pero puedo caminar y encontrarme a través de la aplicación Zoom. Todos conocemos a personas que están enfermas, y algunos de nosotros conocemos a otras que han muerto.

-¿Cómo lees el tratamiento que se le ha dado a la pandemia? En una entrevista decías que Trump quiso comprar los derechos exclusivos de una posible vacuna a una empresa alemana, pero que le respondieron: “el capitalismo tiene un límite”.
-Por un lado, hay gobiernos que tienden a negar la realidad del virus y cómo se propaga, y están poniendo en peligro a su gente. Bolsonaro es el ejemplo más obvio. Por otro lado, la gestión del virus puede convertirse en una ocasión para afirmar y fortalecer el control gubernamental. Esto lo vemos en Israel y en Hungría, pero también en muchos países donde los militares están llamados a administrar a la población. Personalmente estoy a favor de una respuesta gubernamental fuerte, ya que se necesita más espacio en el hospital, más tratamiento y más información. Al mismo tiempo, vemos muchos casos en los que las comunidades comprenden la necesidad de autoaislarse por su propio bien, por su propia salud y la salud de los demás. Y esta es una forma de autogobierno muy impresionante. No hay forma de predecir en qué dirección se moverá la política después del coronavirus, pero ahora tenemos la oportunidad de fortalecer los ideales de solidaridad social.

-Aunque no se puede hacer futurología, hay muchos que están preocupados por el devenir del modelo económico. ¿Podría realmente el capitalismo verse obligado a tener un límite? O quizás, como ha ocurrido en otras catástrofes, cobre un nuevo impulso.
–El mundo debe cambiar, y los ideales del socialismo democrático son los que deberían ser más valiosos. Cuando vemos cómo ciertas poblaciones se ven privadas de atención médica y derechos básicos, y que esto lleva a su muerte más probable, debemos responder con indignación y compromiso. Nunca ha sido más importante garantizar refugio, atención médica y participación pública en la construcción de una democracia. Muchas corporaciones están listas para beneficiarse de tratamientos médicos, especialmente vacunas, y en la medida en que los gobiernos permitan que los mercados decidan el precio y la distribución de dichos bienes, los pobres quedarán privados de sus derechos. Trump trata al gobierno como si fuera un negocio; esta puede ser una característica definitoria del neoliberalismo. Pero idealmente debería preservar los derechos básicos de las personas, especialmente de los pobres, a una vida habitable.

-Una controversia que la pandemia ha acentuado es acerca de la ecuación entre seguridad y libertad. ¿Cuánto debemos ceder a la vigilancia en beneficio de la salud?
-La intervención de Agamben (filósofo italiano criticado por su artículo “La invención de una epidemia”, en el que denunció los riesgos que traen los estados de excepción decretados por el virus) fue claramente un error. Él solo podía ver la intensificación del poder estatal y la pérdida de libertades civiles para el pueblo. Pero es necesaria una respuesta gubernamental fuerte para garantizar que los recursos médicos estén disponibles para las personas y que se distribuyan equitativamente. Entonces, para asegurar tanto la vida como la igualdad, necesitamos un poder gubernamental responsable.

-Agamben respondió a las críticas diciendo –entre otras cosas- que las guerras siempre dejan legados a los tiempos que siguen, el alambre de púa, las centrales nucleares, por ejemplo. Quizás esta catástrofe nos deje “la distancia social” o la educación en línea. ¿Qué podría ocurrir con la biopolítica?
-Biopolítica es un término que describe aquellas operaciones de poder que buscan gestionar poblaciones. No son necesariamente decisiones emitidas por el poder soberano, sino que, más a menudo, son políticas y prácticas que surgen de diversos orígenes dentro de las regulaciones gubernamentales y sociales. El manejo del coronavirus ha sido dirigido por el poder ejecutivo o soberano, que no es lo mismo que la biopolítica. Al mismo tiempo, el tipo de racionalidad que utilizan los gobiernos está impregnado de presunciones biopolíticas. ¿Quién debe recibir los medicamentos cuando se desarrollan y quién no? ¿Habrá una nueva forma de eugenesia y cómo se administrará? ¿Qué vidas estarán dotadas de valor y qué vidas se considerarán prescindibles? Estas formas de dividir las poblaciones son biopolíticas. Joseph-Achille Mbembe los llamó “necropolíticos”: formas de organizar la muerte. A medida que entra en juego el cálculo de costo-beneficio, escuchamos a los funcionarios del gobierno decidir implícita o explícitamente quién debe vivir o quién debe morir. No tienen que “ejecutarlos” como lo han hecho los soberanos tradicionales. Pueden “dejarlos morir” al no proporcionar beneficios para la salud o refugios seguros, al mantener a las personas en las cárceles donde la tasa de infección es alta o, en el caso de Gaza, al mantener la frontera cerrada.

-Volvimos a hablar de la importancia de la verdad, por un lado, para enfrentar el daño que hacen las fake news. Pero también ha aparecido un discurso, quizás oportunista, sobre la ciencia como única disciplina verdadera, que parece estar más bien al servicio de negar los conflictos políticos. En Chile, por ejemplo, hay quienes dicen que hoy no se debería seguir pensando en la crisis social que estalló en octubre.
-Eso me parece un movimiento cínico, muy parecido a que Netanyahu suspenda los procedimientos judiciales en su contra, ¡debido al virus! Este tipo de movidas invisibles son injustas y hay que oponerse a ellas. También creo que es el momento de la verdad y la ciencia. En Estados Unidos tenemos un presidente que nos miente sobre el virus, la ciencia y el futuro. Estoy muy agradecida de que haya epidemiólogos valientes. Todos dependemos vitalmente de una buena atención médica, trabajadores de salud confiables y una excelente investigación científica. Por lo tanto, el conocimiento sobre el virus debe ser veraz. Luego si nos preguntamos por qué debe ser veraz, hay muchas razones: los ciudadanos tienen derecho a conocer las condiciones en las que viven y a emitir juicios sobre si sus gobiernos los están atendiendo bien. En esta última declaración, notará que “el derecho a saber” y el “juicio” son conceptos que están fuera de la ciencia, y que pertenecen a la ética y la política de la atención médica. ¿Quién decide si alguien puede tener acceso y qué condiciones deciden si puede pagar? La ciencia del tipo médico no puede responder esa pregunta, pero la ética y la política sí. Y si preguntamos qué constituye “autonomía” y cómo se define, entonces estamos en el campo de la interpretación, la ética y las humanidades. Por lo tanto, ni siquiera podemos describir algunos de los problemas más importantes de nuestro tiempo si no recurrimos a todos estos modos de investigación. Y sería una tontería pensar que todos estamos de acuerdo de antemano sobre qué es la autonomía o quién debería tenerla. Estas son cuestiones de interpretación y definición que impregnan el mundo político. Tales preguntas no niegan a la ciencia, pero la ciencia no puede responder a estas preguntas.

-Un asunto político, sin duda, es acerca de quiénes pueden o no estar confinados. Asimismo, lo que ocurre puertas adentro. En Sudamérica ya se han registrados femicidios y el asesinato de una niña durante la cuarentena.
-El hogar suele figurar como un espacio “seguro” contra el virus. Incluso si lo es (lo cual no siempre es cierto), eso no significa que sea seguro para las mujeres que sufren violencia dentro de sus propios hogares. Debería haber otras formas de refugio que no dependan de una falsa idea del hogar como un lugar seguro. Espero que podamos reimaginar lo que significa “refugiarse”: ese es un concepto en el que se basan los gobiernos, pero a menudo es una noción idealizada del hogar familiar que oculta la verdad.

-En tu último libro, 'La fuerza de la no violencia', trabajas la idea de la interdependencia. La relación con otros no es un “buenismo”, sino algo que nos constituye. Dices entonces que destruir a otro es destruir algo de nosotros mismos. ¿Esta crisis nos obliga a experimentar la interdependencia más allá de un eslogan?
-No quisiera decir que el virus está sirviendo a los propósitos de la educación. El virus debe curarse, y no hay una lección necesaria que el virus nos enseñe. Y, sin embargo, la forma en que funciona el virus nos desafía a repensar lo que es ser uno mismo. Puedo estar infectado, pero también puedo infectar a alguien más. Y esto puede suceder sin que yo lo sepa. Entonces, este “yo que soy” puede ser dañado, y puede dañar a otros. Estoy conectado no sólo con personas que conozco, comunidades a las que pertenezco, sino también con el extraño. Puedo dañar a ese extraño o ser dañado por ese extraño, y esto es cierto no solo en el mundo creado por el virus, sino que también en nuestro mundo cotidiano. La avaricia corporativa del Norte depende de la política extractivista que ha devastado el Sur; sin embargo, aquellos que insisten en este “derecho” a la explotación no se ven interpelados por el perjuicio ético. Se destruye el potencial de reciprocidad, la idea de que podríamos vivir juntos en condiciones de igualdad en un mundo habitable, una tierra habitable.

-¿Qué significa el poder de la no violencia? ¿Es posible convencer de eso a quienes la ejercen desde el poder, pero también a aquellos que la consideran una vía legítima de lucha social?
-Mi argumento es que generalmente cometemos un error si pensamos que la violencia es el medio por el cual podemos lograr un fin no violento. Los medios que usamos para cambiar el mundo ya conllevan una visión del mundo. Si elegimos la violencia como un medio, traemos más violencia al mundo, y esa violencia no podemos controlarla.

-¿Es posible una política de la interdependencia, cuando los regímenes de subjetivación promueven el individualismo y el “capitalismo del ego”?
-Por supuesto, un mundo de igualdad e interdependencia parece imposible desde esa perspectiva. Pero esa es una razón más para desarrollar tal visión. No debemos aceptar que el “capitalismo del ego” sea un hecho necesario e inmutable. Se puede resistir y socavar. Lo vemos en los fuertes movimientos de solidaridad por parte de las mujeres, los indígenas y los pobres.

Colaboró en esta entrevista María Inés La Greca, docente e investigadora en Estudios de género de la UBA y la U. Nacional de Tres de Febrero.

viernes, 27 de marzo de 2020

#hemeroteca #saludpublica #controlsocial | Aprendiendo del virus

Imagen: El País / Ilustración se Sr. García
Aprendiendo del virus.
La gestión política de las epidemias pone en escena la utopía de comunidad y las fantasías inmunitarias de una sociedad, externalizando sus sueños de omnipotencia de su soberanía política.
Paul B. Preciado | El País, 2020-03-27
https://elpais.com/elpais/2020/03/27/opinion/1585316952_026489.html

Si Michel Foucault hubiera sobrevivido al azote del sida y hubiera resistido hasta la invención de la triterapia tendría hoy 93 años: ¿habría aceptado de buen grado haberse encerrado en su piso de la rue Vaugirard? El primer filósofo de la historia en morir de las complicaciones generadas por el virus de inmunodeficiencia adquirida, nos ha legado algunas de las nociones más eficaces para pensar la gestión política de la epidemia que, en medio del pánico y la desinformación, se vuelven tan útiles como una buena mascarilla cognitiva.

Lo más importante que aprendimos de Foucault es que el cuerpo vivo (y por tanto mortal) es el objeto central de toda política. ‘Il n’y a pas de politique qui ne soit pas une politique des corps’ (no hay política que no sea una política de los cuerpos). Pero el cuerpo no es para Foucault un organismo biológico dado sobre el que después actúa el poder. La tarea misma de la acción política es fabricar un cuerpo, ponerlo a trabajar, definir sus modos de reproducción, prefigurar las modalidades del discurso a través de las que ese cuerpo se ficcionaliza hasta ser capaz de decir “yo”. Todo el trabajo de Foucault podría entenderse como un análisis histórico de las distintas técnicas a través de las que el poder gestiona la vida y la muerte de las poblaciones. Entre 1975 y 1976, los años en los que publicó ‘Vigilar y castigar’ y el primer volumen de la 'Historia de la sexualidad', Foucault utilizó la noción de “biopolítica” para hablar de una relación que el poder establecía con el cuerpo social en la modernidad. Describió la transición desde lo que él llamaba una “sociedad soberana” hacia una “sociedad disciplinaria” como el paso desde una sociedad que define la soberanía en términos de decisión y ritualización de la muerte a una sociedad que gestiona y maximiza la vida de las poblaciones en términos de interés nacional. Para Foucault, las técnicas gubernamentales biopolíticas se extendían como una red de poder que desbordaba el ámbito legal o la esfera punitiva convirtiéndose en una fuerza “somatopolítica”, una forma de poder espacializado que se extendía en la totalidad del territorio hasta penetrar en el cuerpo individual.

Durante y después de la crisis del sida, numerosos autores ampliaron y radicalizaron las hipótesis de Foucault y sus relaciones con las políticas inmunitarias. El filósofo italiano Roberto Espósito analizó las relaciones entre la noción política de “comunidad” y la noción biomédica y epidemiológica de “inmunidad”. Comunidad e inmunidad comparten una misma raíz, ‘munus’, en latín el ‘munus’ era el tributo que alguien debía pagar por vivir o formar parte de la comunidad. La comunidad es ‘cum’ (con) ‘munus’ (deber, ley, obligación, pero también ofrenda): un grupo humano religado por una ley y una obligación común, pero también por un regalo, por una ofrenda. El sustantivo ‘inmunitas’, es un vocablo privativo que deriva de negar el ‘munus’. En el derecho romano, la ‘inmunitas’ era una dispensa o un privilegio que exoneraba a alguien de los deberes societarios que son comunes a todos. Aquel que había sido exonerado era inmune. Mientras que aquel que estaba ‘desmunido’ era aquel al que se le había retirado todos los privilegios de la vida en comunidad.

Roberto Espósito nos enseña que toda biopolítica es inmunológica: supone una definición de la comunidad y el establecimiento de una jerarquía entre aquellos cuerpos que están exentos de tributos (los que son considerados inmunes) y aquellos que la comunidad percibe como potencialmente peligrosos (los ‘demuni’) y que serán excluidos en un acto de protección inmunológica. Esa es la paradoja de la biopolítica: todo acto de protección implica una definición inmunitaria de la comunidad según la cual esta se dará a sí misma la autoridad de sacrificar otras vidas, en beneficio de una idea de su propia soberanía. El estado de excepción es la normalización de esta insoportable paradoja.

A partir del siglo XIX, con el descubrimiento de la primera vacuna antivariólica y los experimentos de Pasteur y Koch, la noción de inmunidad migra desde el ámbito del derecho y adquiere una significación médica. Las democracias liberales y patriarco-coloniales europeas del siglo XIX construyen el ideal del individuo moderno no solo como agente (masculino, blanco, heterosexual) económico libre, sino también como un cuerpo inmune, radicalmente separado, que no debe nada a la comunidad. Para Espósito, el modo en el que la Alemania nazi caracterizó a una parte de su propia población (los judíos, pero también los gitanos, los homosexuales, los personas con discapacidad) como cuerpos que amenazaban la soberanía de la comunidad aria es un ejemplo paradigmático de los peligros de la gestión inmunitaria. Esta comprensión inmunológica de la sociedad no acabó con el nazismo, sino que, al contrario, ha pervivido en Europa legitimando las políticas neoliberales de gestión de sus minorías racializadas y de las poblaciones migrantes. Es esta comprensión inmunológica la que ha forjado la comunidad económica europea, el mito de Shengen y las técnicas de Frontex en los últimos años.

En 1994, en ‘Flexible Bodies’, la antropóloga de la Universidad de Princeton Emily Martin analizó la relación entre inmunidad y política en la cultura americana durante las crisis de la polio y el sida. Martin llegó a algunas conclusiones que resultan pertinentes para analizar la crisis actual. La inmunidad corporal, argumenta Martin, no es solo un mero hecho biológico independiente de variables culturales y políticas. Bien al contrario, lo que entendemos por inmunidad se construye colectivamente a través de criterios sociales y políticos que producen alternativamente soberanía o exclusión, protección o estigma, vida o muerte.

Si volvemos a pensar la historia de algunas de las epidemias mundiales de los cinco últimos siglos bajo el prisma que nos ofrecen Michel Foucault, Roberto Espósito y Emily Martin es posible elaborar una hipótesis que podría tomar la forma de una ecuación: dime cómo tu comunidad construye su soberanía política y te diré qué formas tomarán tus epidemias y cómo las afrontarás.

Las distintas epidemias materializan en el ámbito del cuerpo individual las obsesiones que dominan la gestión política de la vida y de la muerte de las poblaciones en un periodo determinado. Por decirlo con términos de Foucault, una epidemia radicaliza y desplaza las técnicas biopolíticas que se aplican al territorio nacional hasta al nivel de la anatomía política, inscribiéndolas en el cuerpo individual. Al mismo tiempo, una epidemia permite extender a toda la población las medidas de “inmunización” política que habían sido aplicadas hasta ahora de manera violenta frente aquellos que habían sido considerados como “extranjeros” tanto dentro como en los límites del territorio nacional.

La gestión política de las epidemias pone en escena la utopía de comunidad y las fantasías inmunitarias de una sociedad, externalizando sus sueños de omnipotencia (y los fallos estrepitosos) de su soberanía política. La hipótesis de Michel Foucault, Roberto Espósito y de Emily Martin nada tiene que ver con una teoría de complot. No se trata de la idea ridícula de que el virus sea una invención de laboratorio o un plan maquiavélico para extender políticas todavía más autoritarias. Al contrario, el virus actúa a nuestra imagen y semejanza, no hace más que replicar, materializar, intensificar y extender a toda la población, las formas dominantes de gestión biopolítica y necropolítica que ya estaban trabajando sobre el territorio nacional y sus límites. De ahí que cada sociedad pueda definirse por la epidemia que la amenaza y por el modo de organizarse frente a ella.

Pensemos, por ejemplo, en la sífilis. La epidemia golpeó por primera vez a la ciudad de Nápoles en 1494. La empresa colonial europea acababa de iniciarse. La sífilis fue como el pistoletazo de salida de la destrucción colonial y de las políticas raciales que vendrían con ellas. Los ingleses la llamaron “la enfermedad francesa”, los franceses dijeron que era “el mal napolitano” y los napolitanos que había venido de América: se dijo que había sido traída por los colonizadores que habían sido infectados por los indígenas... El virus, como nos enseñó Derrida, es, por definición, el extranjero, el otro, el extraño. Infección sexualmente transmisible, la sífilis materializó en los cuerpos de los siglos XVI al XIX las formas de represión y exclusión social que dominaban la modernidad patriarco-colonial: la obsesión por la pureza racial, la prohibición de los así llamados “matrimonios mixtos” entre personas de distinta clase y “raza” y las múltiples restricciones que pesaban sobre las relaciones sexuales y extramatrimoniales.

La utopía de comunidad y el modelo de inmunidad de la sífilis es el del cuerpo blanco burgués sexualmente confinado en la vida matrimonial como núcleo de la reproducción del cuerpo nacional. De ahí que la prostituta se convirtiera en el cuerpo vivo que condensó todos los significantes políticos abyectos durante la epidemia: mujer obrera y a menudo racializada, cuerpo externo a las regulaciones domésticas y del matrimonio, que hacía de su sexualidad su medio de producción, la trabajadora sexual fue visibilizada, controlada y estigmatizada como vector principal de la propagación del virus. Pero no fue la represión de la prostitución ni la reclusión de las prostitutas en burdeles nacionales (como imaginó Restif de la Bretonne) lo que curó la sífilis. Bien al contrario. La reclusión de las prostitutas solo las hizo más vulnerables a la enfermedad. Lo que curó la sífilis fue el descubrimiento de los antibióticos y especialmente de la penicilina en 1928, precisamente un momento de profundas transformaciones de la política sexual en Europa con los primeros movimientos de descolonización, el acceso de las mujeres blancas al voto, las primeras despenalizaciones de la homosexualidad y una relativa liberalización de la ética matrimonial heterosexual.

Medio siglo después, el sida fue a la sociedad neoliberal heteronormativa del siglo XX lo que la sífilis había sido a la sociedad industrial y colonial. Los primeros casos aparecieron en 1981, precisamente en el momento en el que la homosexualidad dejaba de ser considerada como una enfermedad psiquiátrica, después de que hubiera sido objeto de persecución y discriminación social durante décadas. La primera fase de la epidemia afectó de manera prioritaria a lo que se nombró entonces como las 4 H: homosexuales, ‘hookers’ —trabajadoras o trabajadores sexuales—, hemofílicos y ‘heroin users’ —heroinómanos—. El sida remasterizó y reactualizó la red de control sobre el cuerpo y la sexualidad que había tejido la sífilis y que la penicilina y los movimientos de descolonización, feministas y homosexuales habían desarticulado y transformado en los años sesenta y setenta. Como en el caso de las prostitutas en la crisis de la sífilis, la represión de la homosexualidad sólo causó más muertes. Lo que está transformando progresivamente el sida en una enfermedad crónica ha sido la despatologización de la homosexualidad, la autonomización farmacológica del Sur, la emancipación sexual de las mujeres, su derecho a decir no a las prácticas sin condón, y el acceso de la población afectada, independientemente de su clase social o su grado de racialización, a las triterapias. El modelo de comunidad/inmunidad del sida tiene que ver con la fantasía de la soberanía sexual masculina entendida como derecho innegociable de penetración, mientras que todo cuerpo penetrado sexualmente (homosexual, mujer, toda forma de analidad) es percibido como carente de soberanía.

Volvamos ahora a nuestra situación actual. Mucho antes de que hubiera aparecido la Covid-19 habíamos ya iniciado un proceso de mutación planetaria. Estábamos atravesando ya, antes del virus, un cambio social y político tan profundo como el que afectó a las sociedades que desarrollaron la sífilis. En el siglo XV, con la invención de la imprenta y la expansión del capitalismo colonial, se pasó de una sociedad oral a una sociedad escrita, de una forma de producción feudal a una forma de producción industrial-esclavista y de una sociedad teocrática a una sociedad regida por acuerdos científicos en el que las nociones de sexo, raza y sexualidad se convertirían en dispositivos de control necro-biopolítico de la población.

Hoy estamos pasando de una sociedad escrita a una sociedad ciberoral, de una sociedad orgánica a una sociedad digital, de una economía industrial a una economía inmaterial, de una forma de control disciplinario y arquitectónico, a formas de control microprostéticas y mediático-cibernéticas. En otros textos he denominado ‘farmacopornográfica’ al tipo de gestión y producción del cuerpo y de la subjetividad sexual dentro de esta nueva configuración política. El cuerpo y la subjetividad contemporáneos ya no son regulados únicamente a través de su paso por las instituciones disciplinarias (escuela, fábrica, caserna, hospital, etcétera) sino y sobre todo a través de un conjunto de tecnologías biomoleculares, microprostéticas, digitales y de transmisión y de información. En el ámbito de la sexualidad, la modificación farmacológica de la conciencia y del comportamiento, la mundialización de la píldora anticonceptiva para todas las “mujeres”, así como la producción de la triterapias, de las terapias preventivas del sida o el viagra son algunos de los índices de la gestión biotecnológica. La extensión planetaria de Internet, la generalización del uso de tecnologías informáticas móviles, el uso de la inteligencia artificial y de algoritmos en el análisis de ‘big data’, el intercambio de información a gran velocidad y el desarrollo de dispositivos globales de vigilancia informática a través de satélite son índices de esta nueva gestión semiotio-técnica digital. Si las he denominado pornográficas es, en primer lugar, porque estas técnicas de biovigilancia se introducen dentro del cuerpo, atraviesan la piel, nos penetran; y en segundo lugar, porque los dispositivos de biocontrol ya no funcionan a través de la represión de la sexualidad (masturbatoria o no), sino a través de la incitación al consumo y a la producción constante de un placer regulado y cuantificable. Cuanto más consumimos y más sanos estamos mejor somos controlados.

La mutación que está teniendo lugar podría ser también el paso de un régimen patriarco-colonial y extractivista, de una sociedad antropocéntrica y de una política donde una parte muy pequeña de la comunidad humana planetaria se autoriza a sí misma a llevar a cabo prácticas de predación universal, a una sociedad capaz de redistribuir energía y soberanía. Desde una sociedad de energías fósiles a otra de energías renovables. Está también en cuestión el paso desde un modelo binario de diferencia sexual a un paradigma más abierto en el que la morfología de los órganos genitales y la capacidad reproductiva de un cuerpo no definan su posición social desde el momento del nacimiento; y desde un modelo heteropatriarcal a formas no jerárquicas de reproducción de la vida. Lo que estará en el centro del debate durante y después de esta crisis es cuáles serán las vidas que estaremos dispuestos a salvar y cuáles serán sacrificadas. Es en el contexto de esta mutación, de la transformación de los modos de entender la comunidad (una comunidad que hoy es la totalidad del planeta) y la inmunidad donde el virus opera y se convierte en estrategia política.

Inmunidad y política de la frontera

Lo que ha caracterizado las políticas gubernamentales de los últimos 20 años, desde al menos la caída de las torres gemelas, frente a las ideas aparentes de libertad de circulación que dominaban el neoliberalismo de la era Thatcher, ha sido la redefinición de los estados-nación en términos neocoloniales e identitarios y la vuelta a la idea de frontera física como condición del restablecimiento de la identidad nacional y la soberanía política. Israel, Estados Unidos, Rusia, Turquía y la Comunidad Económica Europea han liderado el diseño de nuevas fronteras que por primera vez después de décadas, no han sido solo vigiladas o custodiadas, sino reinscritas a través de la decisión de elevar muros y construir diques, y defendidas con medidas no biopolíticas, sino necropolíticas, con técnicas de muerte.

Como sociedad europea, decidimos construirnos colectivamente como comunidad totalmente inmune, cerrada a Oriente y al Sur, mientras que Oriente y el Sur, desde el punto de vista de los recursos energéticos y de la producción de bienes de consumo, son nuestro almacén. Cerramos la frontera en Grecia, construimos los mayores centros de detención a cielo abierto de la historia en las islas que bordean Turquía y el Mediterráneo y fantaseamos que así conseguiríamos una forma de inmunidad. La destrucción de Europa comenzó paradójicamente con esta construcción de una comunidad europea inmune, abierta en su interior y totalmente cerrada a los extranjeros y migrantes.

Lo que está siendo ensayado a escala planetaria a través de la gestión del virus es un nuevo modo de entender la soberanía en un contexto en el que la identidad sexual y racial (ejes de la segmentación política del mundo patriarco-colonial hasta ahora) están siendo desarticuladas. La Covid-19 ha desplazado las políticas de la frontera que estaban teniendo lugar en el territorio nacional o en el superterritorio europeo hasta el nivel del cuerpo individual. El cuerpo, tu cuerpo individual, como espacio vivo y como entramado de poder, como centro de producción y consumo de energía, se ha convertido en el nuevo territorio en el que las agresivas políticas de la frontera que llevamos diseñando y ensayando durante años se expresan ahora en forma de barrera y guerra frente al virus. La nueva frontera necropolítica se ha desplazado desde las costas de Grecia hasta la puerta del domicilio privado. Lesbos empieza ahora en la puerta de tu casa. Y la frontera no para de cercarte, empuja hasta acercarse más y más a tu cuerpo. Calais te explota ahora en la cara. La nueva frontera es la mascarilla. El aire que respiras debe ser solo tuyo. La nueva frontera es tu epidermis. El nuevo Lampedusa es tu piel.

Se reproducen ahora sobre los cuerpos individuales las políticas de la frontera y las medidas estrictas de confinamiento e inmovilización que como comunidad hemos aplicado durante estos últimos años a migrantes y refugiados —hasta dejarlos fuera de toda comunidad—. Durante años los tuvimos en el limbo de los centros de retención. Ahora somos nosotros los que vivimos en el limbo del centro de retención de nuestras propias casas.

La biopolítica en la era ‘farmacopornográfica’
Las epidemias, por su llamamiento al estado de excepción y por la inflexible imposición de medidas extremas, son también grandes laboratorios de innovación social, la ocasión de una reconfiguración a gran escala de las técnicas del cuerpo y las tecnologías del poder. Foucault analizó el paso de la gestión de la lepra a la gestión de la peste como el proceso a través del que se desplegaron las técnicas disciplinarias de espacialización del poder de la modernidad. Si la lepra había sido confrontada a través de medidas estrictamente necropolíticas que excluían al leproso condenándolo si no a la muerte al menos a la vida fuera de la comunidad, la reacción frente a la epidemia de la peste inventa la gestión disciplinaria y sus formas de inclusión excluyente: segmentación estricta de la ciudad, confinamiento de cada cuerpo en cada casa.

Las distintas estrategias que los distintos países han tomado frente a la extensión de la Covid-19 muestran dos tipos de tecnologías biopolíticas totalmente distintas. La primera, en funcionamiento sobre todo en Italia, España y Francia, aplica medidas estrictamente disciplinarias que no son, en muchos sentidos, muy distintas a las que se utilizaron contra la peste. Se trata del confinamiento domiciliario de la totalidad de la población. Vale la pena releer el capítulo sobre la gestión de la peste en Europa de ‘Vigilar y castigar’ para darse cuenta que las políticas francesas de gestión de la Covid-19 no han cambiado mucho desde entonces. Aquí funciona la lógica de la frontera arquitectónica y el tratamiento de los casos de infección dentro de enclaves hospitalarios clásicos. Esta técnica no ha mostrado aún pruebas de eficacia total.

La segunda estrategia, puesta en marcha por Corea del Sur, Taiwán, Singapur, Hong-Kong, Japón e Israel supone el paso desde técnicas disciplinarias y de control arquitectónico modernas a técnicas ‘farmacopornográficas’ de biovigilancia: aquí el énfasis está puesto en la detección individual del virus a través de la multiplicación de los tests y de la vigilancia digital constante y estricta de los enfermos a través de sus dispositivos informáticos móviles. Los teléfonos móviles y las tarjetas de crédito se convierten aquí en instrumentos de vigilancia que permiten trazar los movimientos del cuerpo individual. No necesitamos brazaletes biométricos: el móvil se ha convertido en el mejor brazalete, nadie se separa de él ni para dormir. Una aplicación de GPS informa a la policía de los movimientos de cualquier cuerpo sospechoso. La temperatura y el movimiento de un cuerpo individual son monitorizados a través de las tecnologías móviles y observados en tiempo real por el ojo digital de un Estado ciberautoritario para el que la comunidad es una coºmunidad de ciberusuarios y la soberanía es sobre todo transparencia digital y gestión de ‘big data’.

Pero estas políticas de inmunización política no son nuevas y no han sido sólo desplegadas antes para la búsqueda y captura de los así denominados terroristas: desde principios de la década de 2010, por ejemplo, Taiwán había legalizado el acceso a todos los contactos de los teléfonos móviles en las aplicaciones de encuentro sexual con el objetivo de “prevenir” la expansión del sida y la prostitución en Internet. La Covid-19 ha legitimado y extendido esas prácticas estatales de biovigilancia y control digital normalizándolas y haciéndolas “necesarias” para mantener una cierta idea de la inmunidad. Sin embargo, los mismos Estados que implementan medidas de vigilancia digital extrema no se plantean todavía prohibir el tráfico y el consumo de animales salvajes ni la producción industrial de aves y mamíferos ni la reducción de las emisiones de CO2. Lo que ha aumentado no es la inmunidad del cuerpo social, sino la tolerancia ciudadana frente al control cibernético estatal y corporativo.

La gestión política de la Covid-19 como forma de administración de la vida y de la muerte dibuja los contornos de una nueva subjetividad. Lo que se habrá inventado después de la crisis es una nueva utopía de la comunidad inmune y una nueva forma de control del cuerpo. El sujeto del ‘technopatriarcado’ neoliberal que la Covid-19 fabrica no tiene piel, es intocable, no tiene manos. No intercambia bienes físicos, ni toca monedas, paga con tarjeta de crédito. No tiene labios, no tiene lengua. No habla en directo, deja un mensaje de voz. No se reúne ni se colectiviza. Es radicalmente individuo. No tiene rostro, tiene máscara. Su cuerpo orgánico se oculta para poder existir tras una serie indefinida de mediaciones semio-técnicas, una serie de prótesis cibernéticas que le sirven de máscara: la máscara de la dirección de correo electrónico, la máscara de la cuenta Facebook, la máscara de Instagram. No es un agente físico, sino un consumidor digital, un teleproductor, es un código, un pixel, una cuenta bancaria, una puerta con un nombre, un domicilio al que Amazon puede enviar sus pedidos.

La prisión blanda: bienvenido a la telerrepública de tu casa
Uno de los desplazamientos centrales de las técnicas biopolíticas ‘farmacopornográficas’ que caracterizan la crisis de la Covid-19 es que el domicilio personal —y no las instituciones tradicionales de encierro y normalización (hospital, fábrica, prisión, colegio)— aparece ahora como el nuevo centro de producción, consumo y control biopolítico. Ya no se trata solo de que la casa sea el lugar de encierro del cuerpo, como era el caso en la gestión de la peste. El domicilio personal se ha convertido ahora en el centro de la economía del teleconsumo y de la teleproducción. El espacio doméstico existe ahora como un punto en un espacio cibervigilado, un lugar identificable en un mapa google, una casilla reconocible por un dron.

Si yo me interesé en su momento por la Mansión Playboy es porque esta funcionó en plena guerra fría como un laboratorio en el que se estaban inventando los nuevos dispositivos de control ‘farmacopornográfico’ del cuerpo y de la sexualidad que habrían de extenderse a partir de principios del siglo XXI y que ahora se amplían a la totalidad de la población mundial con la crisis de la Covid-19. Cuando hice mi investigación sobre ‘Playboy’ me llamó la atención el hecho de que Hugh Hefner, uno de los hombres más ricos del mundo, hubiera pasado casi 40 años sin salir de la Mansión, vestido únicamente con pijama, batín y pantuflas, bebiendo coca-cola y comiendo Butterfingers y que hubiera podido dirigir y producir la revista más importante de Estados Unidos sin moverse de su casa o incluso, de su cama. Suplementada con una cámara de video, una línea directa de teléfono, radio e hilo musical, la cama de Hefner era una auténtica plataforma de producción multimedia de la vida de su habitante.

Su biógrafo Steven Watts denominó a Hefner “un recluso voluntario en su propio paraíso”. Adepto de dispositivos de archivo audiovisual de todo tipo, Hefner, mucho antes de que existiera el teléfono móvil, Facebook o WhatsApp enviaba más de una veintena de cintas audio y vídeo con consigas y mensajes, que iban desde entrevistas en directo a directrices de publicación. Hefner había instalado en la mansión, en la que vivían también una docena de ‘Playmates’, un circuito cerrado de cámaras y podía desde su centro de control acceder a todas las habitaciones en tiempo real. Cubierta de paneles de madera y con espesas cortinas, pero penetrada por miles de cables y repleta de lo que en ese momento se percibía como las más altas tecnologías de telecomunicación (y que hoy nos parecerían tan arcaicas como un tam-tam), era al mismo tiempo totalmente opaca, y totalmente transparente. Los materiales filmados por las cámaras de vigilancia acababan también en las páginas de la revista.

La revolución biopolítica silenciosa que ‘Playboy’ lideró suponía, más allá la transformación de la pornografía heterosexual en cultura de masas, la puesta en cuestión de la división que había fundado la sociedad industrial del siglo XIX: la separación de las esferas de la producción y de la reproducción, la diferencia entre la fábrica y el hogar y con ella la distinción patriarcal entre masculinidad y feminidad. Playboy acató esta diferencia proponiendo la creación de un nuevo enclave de vida: el apartamento de soltero totalmente conectado a las nuevas tecnologías de comunicación del que el nuevo productor semiótico no necesita salir ni para trabajar ni para practicar sexo —actividades que, además, se habían vuelto indistinguibles—. Su cama giratoria era al mismo tiempo su mesa de trabajo, una oficina de dirección, un escenario fotográfico y un lugar de cita sexual, además de un plató de televisión desde donde se rodaba el famoso programa ‘Playboy after dark’. ‘Playboy’ anticipó los discursos contemporáneos sobre el teletrabajo, y la producción inmaterial que la gestión de la crisis de la Covid-19 ha transformado en un deber ciudadano. Hefner llamó a este nuevo productor social el “trabajador horizontal”. El vector de innovación social que ‘Playboy’ puso en marcha era la erosión (por no decir la destrucción) de la distancia entre trabajo y ocio, entre producción y sexo. La vida del playboy, constantemente filmada y difundida a través de los medios de comunicación de la revista y de la televisión, era totalmente pública, aunque el playboy no saliera de su casa o incluso de su cama. En ese sentido, ‘Playboy’ ponía también en cuestión la diferencia entre las esferas masculinas y femeninas, haciendo que el nuevo operario multimedia fuera, lo que parecía un oxímoron en la época, un hombre doméstico. El biógrafo de Hefner nos recuerda que este aislamiento productivo necesitaba un soporte químico: Hefner era un gran consumidor de Dexedrina, una anfetamina que eliminaba el cansancio y el sueño. Así que paradójicamente, el hombre que no salía de su cama, no dormía nunca. La cama como nuevo centro de operaciones multimedia era una celda ‘farmacopornográfica’: sólo podría funcionar con la píldora anticonceptiva, drogas que mantuvieran el nivel productivo en alza y un constante flujo de códigos semióticos que se habían convertido en el único y verdadero alimento que nutría al playboy.

¿Les suena ahora familiar todo esto? ¿Se parece todo esto de manera demasiado extraña a sus propias vidas confinadas? Recordemos ahora las consignas del presidente francés Emmanuel Macron: estamos en guerra, no salgan de casa y teletrabajen. Las medidas biopolíticas de gestión del contagio impuestas frente al coronavirus han hecho que cada uno de nosotros nos transformemos en un trabajador horizontal más o menos playboyesco. El espacio doméstico de cualquiera de nosotros está hoy diez mil veces más tecnificado que lo estaba la cama giratoria de Hefner en 1968. Los dispositivos de teletrabajo y telecontrol están ahora en la palma de nuestra mano.

En 'Vigilar y castigar', Michel Foucault analizó las celdas religiosas de encierro unipersonal como auténticos vectores que sirvieron para modelizar el paso desde las técnicas soberanas y sangrientas de control del cuerpo y de la subjetivad anteriores al siglo XVIII hacia las arquitecturas disciplinarias y los dispositivos de encierro como nuevas técnicas de gestión de la totalidad de la población. Las arquitecturas disciplinarias fueron versiones secularizada de las células monacales en las que se gesta por primera vez el individuo moderno como alma encerrada en un cuerpo, un espíritu lector capaz de leer las consignas del Estado. Cuando el escritor Tom Wolfe visitó a Hefner dijo que este vivía en una prisión tan blanda como el corazón de una alcachofa. Podríamos decir que la mansión Playboy y la cama giratoria de Hefner, convertidos en objeto de consumo pop, funcionaron durante la guerra fría como espacios de transición en el que se inventa el nuevo sujeto prostético, ultraconectado y las nuevas formas consumo y control farmacopornográficas y de biovigilancia que dominan la sociedad contemporánea. Esta mutación se ha extendido y amplificado más durante la gestión de la crisis de la Covid-19: nuestras máquinas portátiles de telecomunicación son nuestros nuevos carceleros y nuestros interiores domésticos se han convertido en la prisión blanda y ultraconectada del futuro.

Mutación o sumisión
Pero todo esto puede ser una mala noticia o una gran oportunidad. Es precisamente porque nuestros cuerpos son los nuevos enclaves del biopoder y nuestros apartamentos las nuevas células de biovigilancia que se vuelve más urgente que nunca inventar nuevas estrategias de emancipación cognitiva y de resistencia y poner en marcha nuevos procesos antagonistas.

Contrariamente a lo que se podría imaginar, nuestra salud no vendrá de la imposición de fronteras o de la separación, sino de una nueva comprensión de la comunidad con todos los seres vivos, de un nuevo equilibrio con otros seres vivos del planeta. Necesitamos un parlamento de los cuerpos planetario, un parlamento no definido en términos de políticas de identidad ni de nacionalidades, un parlamento de cuerpos vivos (vulnerables) que viven en el planeta Tierra. El evento Covid-19 y sus consecuencias nos llaman a liberarnos de una vez por todas de la violencia con la que hemos definido nuestra inmunidad social. La curación y la recuperación no pueden ser un simple gesto inmunológico negativo de retirada de lo social, de cierre de la comunidad. La curación y el cuidado sólo pueden surgir de un proceso de transformación política. Sanarnos a nosotros mismos como sociedad significaría inventar una nueva comunidad más allá de las políticas de identidad y la frontera con las que hasta ahora hemos producido la soberanía, pero también más allá de la reducción de la vida a su biovigilancia cibernética. Seguir con vida, mantenernos vivo como planeta, frente al virus, pero también frente a lo que pueda suceder, significa poner en marcha formas estructurales de cooperación planetaria. Como el virus muta, si queremos resistir a la sumisión, nosotros también debemos mutar.

Es necesario pasar de una mutación forzada a una mutación deliberada. Debemos reapropiarnos críticamente de las técnicas de biopolíticas y de sus dispositivos ‘farmacopornográficos’. En primer lugar, es imperativo cambiar la relación de nuestros cuerpos con las máquinas de biovigilancia y biocontrol: estos no son simplemente dispositivos de comunicación. Tenemos que aprender colectivamente a alterarlos. Pero también es preciso desalinearnos. Los Gobiernos llaman al encierro y al teletrabajo. Nosotros sabemos que llaman a la descolectivización y al telecontrol. Utilicemos el tiempo y la fuerza del encierro para estudiar las tradiciones de lucha y resistencia minoritarias que nos han ayudado a sobrevivir hasta aquí. Apaguemos los móviles, desconectemos Internet. Hagamos el gran ‘blackout’ frente a los satélites que nos vigilan e imaginemos juntos en la revolución que viene.

Paul B. Preciado es escritor

lunes, 25 de noviembre de 2019

#hemeroteca #feminicidio #violenciamachista | La heterosexualidad es peligrosa

Imagen: El País / Protesta feminista en Madrid, 2019-01-15
La heterosexualidad es peligrosa.
Los asesinatos de mujeres en el ámbito doméstico se producen dentro del marco de ese tipo de relación. El dato no se menciona cuando se habla de feminicidio, pero es quizás políticamente el más importante.
Paul B. Preciado · Escritor | El País, 2019-11-25
https://elpais.com/elpais/2019/11/24/opinion/1574609789_778125.html

Las estadísticas más recientes revelan que cada día siete mujeres mueren a manos de sus maridos, exmaridos, padres de sus hijos, compañeros sentimentales o novios en uno de los países de la comunidad económica europea. La mayoría de estos asesinatos se producen dentro del espacio doméstico o a menos de 300 metros de éste y tienen lugar, en su mayor parte, después de que las mujeres hubieran denunciado, al menos una vez, la violencia de sus compañeros, sin que estas denuncias hubieran dado lugar a medidas preventivas o cautelares, jurídicas o policiales que pudieran evitar la repetición y la amplificación de esa violencia. Hasta la muerte. Esto, señalémoslo por si hubiera podido pasarnos por alto, ocurre en países occidentales que tradicionalmente se presentan como desarrollados y que se rigen por constituciones así llamadas democráticas.

Estudiar de cerca las estadísticas de feminicidios nos permite sacar algunas conclusiones sobre la relación entre necropolítica y género, entre gobierno de la vida y la muerte y gestión de la sexualidad. En primer lugar: ser un cuerpo identificado como “mujer” sobre el planeta Tierra en 2019 es una posición política de alto riesgo. Y digo “posición política” y no posición anatómica porque no hay nada, empíricamente hablando, que permita establecer una diferencia sustantiva entre hombres y mujeres. No conozco mujeres que sean agredidas porque se paseen con una carta cromosómica XX dibujada sobre la frente, ni actos de violencia machista que requieran un examen del útero como condición previa para llevar a cabo el ataque.

Las mujeres son objeto de violencia porque son culturalmente situadas en una posición política subalterna frente al hombre hetero-patriarcal. Las mujeres transexuales, los hombres afeminados y las personas cuya coreografía corporal o código vestimentario no corresponde a lo que en términos de género se espera de ellas en un contexto social y político dado, son también objeto de violencia. En este contexto de violencia, resultan no sólo empíricamente erróneas sino también políticamente obscenas las críticas de las feministas conservadoras españolas como Amelia Valcárcel o Lidia Falcón contra las mujeres trans. No sólo las mujeres trans no son agentes de violencia, sino que, al contrario, son uno de los sujetos políticos más vulnerables frente a la violencia hetero-patriarcal.

Vivimos, como afirma la feminista boliviana María Galindo, en “machocracias”, o por decirlo con Cristina Morales, culturas “macho facho neoliberales” donde la violencia se ejerce sobre todas las mujeres y sobre todos los cuerpos no-binarios y no heteronormativos, ya sean cis (se denominan “cis” aquellas personas que se identifican como el género que les fue asiganado en el nacimiento, a diferencia de las personas “trans” o “no-binarias” que no se identifican con el género que les fue asignado) o trans y en esto en regímenes políticos aparentemente tan distintos como Bolivia, Irán y Francia. La revolución feminista será la revolución de todes o no será.

No caigamos ni en una oposición binaria, maniquea y genérica, entre hombre-violentos y mujeres-víctimas de violencia, ni en argumentos naturalistas que harían que los cromosomas y no las relaciones de poder determinen nuestra posición política. Si la violencia fuera sólo cosa de hombres entonces, cada día morirían también siete hombres a manos de sus amantes, compañeros o novios dentro de relaciones homosexuales. Miremos atentamente las cifras de feminicidios. La segunda conclusión que emerge del examen de estas cifras es que los ataques, abusos y asesinatos de mujeres en el ámbito doméstico se producen dentro del marco de la relación heterosexual. Este dato no es nunca mencionado cuando se habla de feminicidio, pero es quizás políticamente el más importante. La heterosexualidad es un régimen sexual necropolítico que sitúa a las mujeres, cis o trans, en la posición de víctima y erotiza la diferencia de poder y la violencia. La heterosexualidad es peligrosa para las mujeres.

El reconocimiento de esta relación silenciada entre violencia y heterosexualidad exige el cambio de nuestros objetivos políticos. Mientras el movimiento gay y lesbiano se ha concentrado en los últimos treinta años en la legalización del matrimonio homosexual, un movimiento de liberación somatopolítica se daría hoy como objetivo la abolición del matrimonio heterosexual como institución que legitima esa violencia. Del mismo modo, el reconocimiento del hecho de que la mayor parte de los abusos y las violencias sexuales contra niños, niñas y niñes tienen lugar en el seno de la familia heterosexual llevaría a la abolición de la familia como institución de reproducción social, en lugar de a la demanda de legalización de la adopción por parte de las familias homoparentales. No necesitamos casarnos. No necesitamos formar familias. Necesitamos inventar formas de cooperación política que excedan la monógama, la filiación genética y la familia hetero-patriarcal.

Si las mujeres trans fueran el problema del feminismo, entonces, déjenme decirles que no habría problema. Las mujeres trans no son el agente de la violencia, del abuso o del maltrato. Pero les es más fácil a las feministas naturalistas acusar a las mujeres trans en lugar de señalar un problema que concierne a sus propias vidas y requiere cuestionar sus propias camas: la heterosexualidad normativa. El carácter constitutivamente violento de la heterosexualidad normativa fue denunciado desde mediados del siglo pasado por buen número de feministas radicales, sin embargo, esas críticas no pudieron ser oídas a causa de la lesbofobia que atraviesa el sistema patriarcal y que impregna también el feminismo, una lesbofobia sólo equiparable a la transfobia del feminismo actual.

Tratemos de escuchar ahora a las guerrilleras de finales del siglo XX que habiendo sido situadas en la posición heterosexual (muchas de ellas lo fueron) se afirmaron como “cimarronas” y escaparon hacia el lesbianismo político: En 1968, Ti-Grace Atkinson se define como lesbiana y rompe con el movimiento feminista americano NOW presidido por Betty Friedan, denunciando la defensa que NOW hacía del matrimonio, una institución que para Atkinson legitima la expropiación del trabajo de las mujeres y les somete a la voluntad y al deseo masculinos. Betty Friedan verá en las lesbianas una “amenaza violeta” a los valores heterosexuales de su feminismo. Jill Johnston, la primera lesbiana que salió del armario en las columnas del Village Voice en Estados Unidos, solía presentarse en las reuniones y en las fiestas con su pelo largo y su camisa entreabierta dirigiéndose a las chicas heterosexuales con una actitud jovial e irreverente que ella misma denominaba “seducción como protesta política contra la heterosexualidad.” Es así como surgió la expresión “el feminismo es la teoría, el lesbianismo es la práctica”. Y algunas chicas pasaron a la práctica.

Unos años más tarde, Monique Wittig define la heterosexualidad no como una práctica sexual sino como un régimen político. La afirmación de que hay mujeres que son naturalmente heterosexuales es tan falaz como la de que los hombres son por naturaleza violentos. Para Adrienne Rich, la heterosexualidad no es una orientación o una opción sexual, sino una obligación política para las mujeres. No hay deseo, hay norma. Rich denomina a esa ley no escrita heteronormatividad. Audre Lorde examina la relación entre heterosexualidad y racismo y nos enseña a detectar las violentas formas de erotización de los cuerpos subalternos en las culturas hegemónicas. Si para Virginia Woolf una mujer necesitaba una habitación propia para escribir, para Audre Lorde esa habitación, si es libre y segura, no puede estar en el domicilio heterosexual y mucho menos conyugal.

Cincuenta años después de las primeras guerrilleras, las mujeres heterosexuales siguen siendo asesinadas por sus maridos y por sus novios. Si es cierto que hoy es más fácil afirmarse como lesbiana que en 1960, la heterosexualidad recalcitrante no ha dejado de ser por ello igualmente mortífera. Gayle Rubin, Pat Califia y Kate Bornstein, influenciadas por la cultura BDSM y trans, dan una vuelta más de tuerca y sugieren no entrar en relaciones heterosexuales, sea con quien sea. Esto exige una des-identificación previa tanto de los hombres, como de las mujeres. ¿Qué sería una relación heterosexual en la que aquel que supuestamente ocupa la posición política de hombre renuncia a la definición soberana de la masculinidad como detentora de poder? ¿Cómo sería una relación supuestamente “heterosexual”, pero sin hombres y sin mujeres? Son los hombres cis los que deben iniciar ahora un proceso de des-identificación crítica con respecto a sus propias posiciones de poder en la heterosexualidad normativa. Des-machificarse, des-fachoizarse, des-neoliberalizarse.

Con las políticas de género nos ocurre lo mismo que con las políticas del medioambiente: sabemos muy bien lo que está ocurriendo y nuestra propia responsabilidad en ello, pero no estamos dispuestos a cambiar. Esta resistencia al cambio se manifiesta no sólo por parte de aquellos que ocupan posiciones hegemónicas, sino también por parte de los cuerpos subalternos, aquellos que sufren de forma más directa las consecuencias de un régimen de poder. Nos da miedo perder privilegios, o renunciar a lo poco que tenemos, tememos reconocernos en lo abyecto. Pero lo supuestamente abyecto es mejor que la norma.Sólo la transformación del deseo podrá movilizar una transición política. Imagino que lo que estoy diciendo no genera un entusiasmo inmediato en las masas, pero es preciso afrontar colectivamente las consecuencias de la herencia necropolítica del patriarcado —si fuera un disco lo habrían llamado 'Expansive shit'—. Sólo la des-patriarcalización de la heterosexualidad permitirá redistribuir las posiciones de poder, sólo la des-heterosexualización de las relaciones haría posible la liberación no sólo de las mujeres, sino también y paradójicamente, de los hombres. Entre tanto, que cada mujer tenga una pistola y sepa usarla. No hay tiempo que perder. La revolución ya ha comenzado.

lunes, 4 de marzo de 2019

#hemeroteca #necropolitica | España salvaje : los otros episodios nacionales


España salvaje : los otros episodios nacionales / varios autores ; prólogo de Jorge Martínez.
Madrid : La Felguera, 2019 [03-04].
542 p.
Colección: Memorias del Subsuelo.
ISBN 9788494830587 / 24 €

/ ES / ENS / REC
/ España / Fascismo / Historia / Identidades / Necropolítica / Violencia

«Llegamos abriendo cicatrices tal como ruge La Historia: con fuego y con sangre» (Jorge Martínez, Ilegales, autor del prólogo). Se abre el telón. Una calavera y una guadaña. El sonido de una detonación. El espectáculo dantesco impresiona. España fue una danza macabra. ¿Lo sigue siendo? ¿Acaso volverá a serlo? Porque siempre nos acompañan visiones oscuras, pesadillas y, cada cierto tiempo, retorna la sombra de los garrotes y el ojo por ojo, la rencilla sanguinaria y goyesca, el atavismo como tradición que se dice (con sorna y casi con orgullo) «muy nuestra». Nos matamos, y mucho. Y de qué manera. Por «Dios y por España», dijeron algunos.

‘España Salvaje. Los otros Episodios Nacionales’, una orgía macabra de esperpentos patrios y necropolítica a través de nuestra historia y que comienza con el desastre de Cuba, la pérdida de las colonias, la literatura criminal y la llegada de la guerra de Marruecos, un bautismo de fuego legionario y nacionalismo militante que pronto dará paso a los grupos de asalto paramilitares tanto fascistas como ultracatólicos (algunos con el lema «Quien no está conmigo, está contra mí») y tradicionalistas. Tuvimos imitadores del fascio italiano, como Ramiro Ledesma y su lema «No parar hasta conquistar», o el matonismo de Onésimo Redondo, que desarrollaron una estrategia de terror callejero y fascinación por la milicia, el puñal y la futurista «guerra como higiene del mundo». Nos quedaba, eso sí, la antigua colonia de Guinea, donde también protagonizamos otro capítulo más de esperpento patrio con los «falangistas morenos» y el sueño de ser lo que ya no éramos. El franquismo y la muerte convivieron tan de cerca que la dictadura fue un alarde de necropolítica y exaltación de los «caídos», marchas nocturnas, «liturgias de fuego» y hasta «Día del Dolor».

¿Existe acaso algo así como un ser «español» y una naturaleza «española»? Puede que lo que se muestra en esta antología ilustrada, resultado de una ingente labor de investigación y con una gran documentación visual, sea un buen comienzo de respuesta. Es terrible, sí, pero todo lo que se cuenta es cierto. Todos estos esperpentos patrios sucedieron. Pasen y vean. Lo sabemos, corta la respiración, pero ya va siendo hora de encontrarnos con aquello que también somos porque lo fuimos. Aquí están los otros Episodios Nacionales.

sábado, 26 de enero de 2019

#hemeroteca #resistencia | Chalecos desnudos

Imagen: El País / Ilustración de Nicolás Aznárez
Chalecos desnudos.
Hay que desenmascarar la disyuntiva falaz entre luchas de clase y luchas transfeministas y anticoloniales. Estamos ante un cambio de paradigma que exige la invención de nuevas instituciones y contratos sociales.
Paul B. Preciado | El País, 2019-01-26
https://elpais.com/elpais/2019/01/25/opinion/1548414649_175774.html

Como hace tan solo unos meses que me he mudado desde Atenas a París, el pasado sábado me levanté aún confundido y al abrir la ventana parisiense y ver varios cubos de basura ardiendo creí por un momento estar todavía en las calles que llevan hasta la plaza Sintagma. Con el levantamiento de los ‘gilets jaunes’ asistimos a la helenización del conflicto francés o, por invertir el sentido de la metáfora, a la europeización del conflicto griego. Lo que está sucediendo es el desplazamiento de las formas de opresión, pero también de resistencia y de contestación, desde los márgenes de Europa al centro. Este desbordamiento se repite en el perímetro nacional desplazándose desde las rotondas de las provincias a las avenidas de la capital. La onda expansiva de la crisis de las instituciones democráticas europeas que sacudió a los países designados como PIGS (Portugal, Italia, Grecia y España) en 2011 y que estalló en Grecia en junio de 2015, cuando la comunidad europea se negó a aceptar las consecuencias políticas del resultado del referéndum sobre el rescate financiero y la imposición de medidas de austeridad, no ha podido ser contenida en los márgenes y ha alcanzado progresivamente el centro, extendiéndose durante estos últimos años hasta Francia.

El derrumbe del Parlamento griego, que los que podríamos llamar, por oposición a los PIGS, ‘lobos’ de Europa, Francia y Alemania, propiciaron y aplaudieron desde su trono colonial, no era sino la primera detonación de una explosión programada de todas las instituciones democráticas europeas. Las brutales políticas aplicadas en Grecia se fueron extendiendo poco a poco desde Atenas hasta París: misma neoliberalización del mercado de trabajo, semejante estrangulación fiscal de las clases medias, similar desmantelamiento de las instituciones públicas, idéntica precarización extrema de los trabajadores pobres, idéntico recrudecimiento de las políticas migratorias, misma acentuación de los lenguajes institucionales racistas como único modo de dar cohesión nacional a un tejido social fracturado.

Si las revueltas se han manifestado así en Francia no es solo por la generalización del ataque neoliberal contra los Estados del bienestar, sino también porque Francia se ha convertido en otro ‘cerdo’ en relación con el coloso alemán. Las desigualdades del Euro acentuadas por las desigualdades de clase hacen que las clases populares francesas sean tratadas aquí como el “populacho” griego lo es en Europa: como el sur de la nación. “Que se pudran”, parecen afirmar al unísono multinacionales, accionistas y dirigentes, sin comprender que la podredumbre del lumpen será pronto la suya propia. A nadie en este extremo de Europa le importó que ardiera Exarchia: ahora lo que arden son los Campos Elíseos.

Con el paso de la crisis y la contestación de la periferia al centro, cambian los contrastes y los juegos de fondo y forma: Europa ocultó la crisis de la democracia representativa en Grecia bajo la apariencia de lo que llamó la doble crisis de la deuda y de los refugiados. Se dijo de los griegos, llamándolos negros y otomanos de Europa, que eran vagos e incapaces de pagar impuestos. El cuerpo del migrante, señalado como amenaza para los límites (raciales, sexuales) de la nación, fue atacado en beneficio de la reconstrucción de una imagen nacional (blanca, occidental, viril) fuerte. En Francia, el desplazamiento del problema se repite: la crisis de la democracia representativa se convierte en una contestación por la pérdida de poder adquisitivo de las clases trabajadoras blancas y en un conflicto por la gestión de la migración de la que la extrema derecha francesa —como ya lo hizo Amanecer Dorado en Grecia— se alimenta en un banquete que devora pobreza y desarraigo y vomita lenguajes y símbolos coloniales y patriarcales. La esvástica se come la energía transformadora de los ‘chalecos amarillos’. Estamos, por decirlo con Pasolini, frente al proceso a través del que una subcultura de la cólera absorbe una subcultura de la oposición.

Esta transformación alquímica de la potencia de la revuelta en neonacionalismo es la que lleva a enfrentar el chaleco amarillo y la bandera verde, el chaleco amarillo y el gorro rosa. Todo parece afirmar que debemos escoger entre revuelta de clase y la ecología, entre la crítica del neoliberalismo y la revolución transfeminista.

Las ideas patriarcocoloniales de representación política, de Estado-nación, de familia y de ciudadanía han sufrido una erosión sin precedentes en los últimos cincuenta años. Desde abajo, estas nociones han sido puestas en cuestión por las minorías (entendidas no en términos de número, sino en términos de opresión y potencial revolucionario) de género, sexuales y raciales que denuncian el funcionamiento de estas instituciones de la modernidad como tecnologías de opresión. Los procesos de descolonización y de despatriarcalización iniciados en los años cincuenta y sesenta alcanzan hoy una dimensión planetaria y reclaman la invención de nuevas instituciones y contratos sociales. Por otra parte, y de forma simultánea, aunque inversa, los procesos de financiarización de la economía y robotización del trabajo han vaciado de contenido y poder los centros de decisión nacional del antiguo régimen y han desdibujado las formas de acción y reacción que daban cohesión a la revuelta de la clase obrera. Endeudada y con trabajos precarios externos a la fábrica, la nueva masa de e-proletarios carece de conciencia de e-clase y desconoce sus posibles alianzas transfeministas y anticoloniales.

Es preciso desenmascarar la falacia que se esconde bajo la disyuntiva entre luchas de clase y luchas transfeministas y anticoloniales. Estamos frente a un único proceso de revolución planetaria, de cambio de paradigma en el que una multiplicidad de vectores nuevos se opone a la vieja cultura necropolítica patriarco-colonial-capitalista. Este nuevo movimiento ecotransfeminista solo puede ser revolucionario puesto que exige al mismo tiempo un cambio total (desde el cuerpo al territorio, desde la institución a la imaginación) de los modos de producir y de reproducir la vida sobre el planeta. Es frente a esta revolución planetaria frente a la que se alzan, utilizando parte de la energía de las revueltas de los precarios como combustible alquímico, un proceso también planetario de contrarrevolución en Estados Unidos, Brasil, Turquía, Andalucía, Grecia o Francia.

La deriva helénica del conflicto francés exige la europeización urgente de la lucha. Solo desde este horizonte europeo e incluso cabría decir planetario, desde la internacionalización ecologista, anticolonial y transfeminista del conflicto y de la lucha, es posible enfrentar la crisis de la democracia representativa y el final del régimen del carbón-patriarcado-capitalismo.

La cuestión ya no es llevar o no un chaleco amarillo, sino dejar caer los pantalones del luchador viril. Afirmemos nuestra condición de cuerpo vulnerable frente al capitalismo patriarcocolonial. Devolvamos la sensualidad y la poesía a la lucha, que cada chaleco amarillo bese a otro, cada día una boca diferente, sin identidad y sin papeles. Pongamos semen seropositivo en la rabia y purpurina en la cólera para que la extrema derecha no pueda de ellas alimentarse. Que la lucha sea loca y marica. Hablemos con violencia del poder: que sean las palabras y no los cuerpos los que se desgarren. Y seamos poderosos al abrazar las calles. Que en la lucha quepan las manos temblorosas y las piernas débiles. Que lo único que haya que inmolar sea el nombre de todos los caudillos, pasados y por venir.

Paul B. Preciado es filósofo.