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lunes, 22 de junio de 2020

#libros #poblacionromani | El pueblo gitano contra el sistema-mundo : reflexiones desde una militancia feminista y anticapitalista

El pueblo gitano contra el sistema-mundo : reflexiones desde una militancia feminista y anticapitalista / Pastora Filigrana.

Tres Cantos, Madrid : Akal, 2020 [06-22].
160 p.
Serie: Inter Pares.

/ ES / ENS / Libros / Estigma / Identidades / Patriarcado / Población romaní / Resistencia
📘 Ed. impresa: ISBN 9786078683185

[.es] Una mirada inédita al ser del pueblo gitano: de víctima a fuente de inspiración. El varón blanco, occidental y heterosexual se sitúa en la cúspide de la escala de lo humano; todo lo demás es la otredad. Pastora Filigrana propone una mirada a las estrategias de resistencia al capitalismo, el patriarcado y el colonialismo históricas y actuales del pueblo gitano, la otredad por excelencia en Europa. En estas formas de vida encontramos prácticas propias de autogestión de conflictos, resistencias al modelo de producción y consumo neoliberal, o avanzadas formas de mutualismo de base. Todo ello ha sido y es objeto de castigo, criminalización e invisibilización por parte del discurso dominante, por lo que urge poner en valor estas formas de vida y combatir la estigmatización social.

«En este libro hablo de sindicalismo social, de eco-feminismo, de mutualismo de base, de autogestión del conflicto y vías de fuga al chantaje renta-trabajo. Lo hago porque salirme del paradigma académico de la izquierda blanca me mata de miedo. Lo hago porque quiero vuestra solemnidad, la de los payos. Para convenceros en vuestro lenguaje, que es el 50 por 100 del mío. Deberíais ser vosotros quienes buscaran en las formas de cooperación y resistencia al modelo de producción y consumo propias de los gitanos la inspiración para salir de este sistema-mundo que se sustenta sobre la muerte de dos tercios de la humanidad. Pero no haréis esas tesis doctorales en la carrera de Ciencias políticas. O al menos no todavía.»

👤 Pastora Filigrana. Licenciada en Derecho por la Universidad de Sevilla en 2004, en la actualidad abogada en ejercicio del Ilustre Colegio de Abogados de Sevilla. Especialista en Derecho Laboral y sindical, experta en Derecho de Extranjería. Maestría de Derechos Humanos Interculturalidad y Desarrollo por la Universidad de Pablo Olavide de Sevilla. Cooperativista. Activista por la Defensa de los Derechos Humanos en diferentes movimientos sociales, miembro del Sindicato Andaluz de Trabajadores y Trabajadoras (SAT), feminista y mestiza gitana.

sábado, 25 de abril de 2020

#hemeroteca #saludpublica #vih #sida #memoria | Así sobrevivimos a la plaga: lo que el sida nos enseñó sobre enfermedad, discriminación y vulnerabilidad

Imagen: InfoLibre / Acción de la Radical Gai y LSD contra el sida en diciembre de 1993
Así sobrevivimos a la plaga: lo que el sida nos enseñó sobre enfermedad, discriminación y vulnerabilidad.
Los antirretrovirales desarrollados para el VIH son una de las armas usadas contra el covid-19, pero aquella epidemia olvidada por muchos deja otras lecciones valiosas. El activismo contra el sida advierte de los peligros de la estigmatización y demuestra la importancia política de las alianzas y las redes de cuidados.
Clara Morales | InfoLibre, 2020-04-25
https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2020/04/25/como_sobrevivimos_plaga_que_crisis_del_sida_nos_enseno_sobre_enfermedad_vulnerabilidad_cuidados_106183_1026.html
Era un virus misterioso, proveniente de países remotos, se decía que de animales salvajes, de costumbres primitivas, y se extendía por todo el planeta con una rapidez inusitada. No se conocía un tratamiento eficaz, y mucho menos una vacuna. Generaba síntomas poco comunes y mataba con una rapidez terrorífica. Como en un primer momento se ignoraban las vías de transmisión, los enfermos eran aislados en sus domicilios, a veces en áreas de los hospitales dedicadas exclusivamente a ellos. Sus familiares y amigos no podían abrazar, besar o tocar a los enfermos, que a menudo morían solos, sin apenas atención médica, sin cariño. Pronto se extendió el miedo: nadie quería cerca a los portadores del virus, que fueron despedidos de sus trabajos, desahuciados de sus casas, obligados a llevar en silencio la enfermedad. Las muertes se contaban por miles. Luego, por cientos de miles, por millones.

El covid-19 es la pandemia más reciente a la que se enfrenta el mundo occidental, pero no es la primera que sufren quienes hoy viven en él. Ni siquiera hay que retroceder mucho en el tiempo, apenas unos años, para encontrar la anterior epidemia mortal: la causada por el VIH. La memoria de la crisis del sida, que dejó en España casi 32.000 muertes solo entre 1981 y 1996, la etapa más dura —sin contar quienes fallecieran sin diagnóstico en los primeros años—, se ha esfumado con la misma rapidez con la que golpeó la enfermedad. Sin embargo, quienes la vivieron en primera persona tienen marcado a fuego el recuerdo de una epidemia que muchos consideraron ajena. El lazo está ahí: en los hospitales, los enfermos de covid-19 son tratados con antirretrovirales desarrollados en un primer momento para el VIH —aunque su efectividad contra el nuevo virus todavía no se ha probado—. Pero, más allá de lo sanitario, en términos de memoria, experiencia histórica y lucha política, ¿qué podemos aprender de la crisis del sida?

"El sida fue la primera gran pandemia tras la gripe española, y cambió enormemente muchos escenarios", defiende Fefa Vila, socióloga y activista feminista que impulsó junto a otras compañeras el grupo LSD (siglas de Lesbianas Sin Duda, pero no solo), activo en Madrid durante los noventa y uno de los más guerreros contra la enfermedad. Tuvo consecuencias directas en las políticas de salud pública, que pasaron a incluir definitivamente la prevención de las enfermedades de transmisión sexual y el tratamiento de la drogodependencia; tuvo consecuencias políticas, uniendo al colectivo LGTBI y despertando unas prácticas activistas radicales; tuvo consecuencias culturales, insertando en el imaginario la idea de la epidemia y un cierto oscurantismo y temor en torno al sexo o a ciertas prácticas sexuales. Más de 75 millones de personas han contraido el VIH desde su aparición, y 32 millones de personas han muerto. Aunque muchos no lo recuerden, el virus arrasó a toda una generación en los países occidentales y, aunque hoy, gracias al tratamiento, en España se puede llevar una vida completamente normal teniendo VIH, el sida mata todavía a más de 700.000 personas al año en todo el mundo.

Jerarquías de la memoria

"La memoria es corta, y la memoria es jerárquica", reflexiona Vila. "La memoria tiene sus silencios: hablan unos, escuchan otros". Además de otras consideraciones, como la tasa de mortalidad —en sus inicios, el VIH generaba en todos los casos una enfermedad letal—, el VIH tiene una particularidad que no comparte con el coronavirus. Mientras que este último se percibe como un virus que puede atacar a cualquiera, aunque haya determinada población de riesgo, el VIH se asoció de inmediato a lo que entonces se conoció como las cuatro haches: homosexuales, heroinómanos, hemofílicos y haitianos. Es decir, grupos minoritarios, y, en el caso de los dos primeros, profundamente discriminados. A eso se sumó el estigma de la vía de propagación —a través de ciertos fluidos corporales en contacto con mucosas o lesiones—, que se asoció con el sexo anal y el uso de jeringuillas compartidas. Si los enfermos de sida se consideraron marginales, también se ha considerado marginal la memoria de la epidemia.

El virus podía, evidentemente, afectar a gente heterosexual, pero pasaron años antes de que se considerara un problema general de salud pública. El periodista y escritor Paco Tomás recuerda aquel proceso: "Cuando Rock Hudson o Freddie Mercury lo cuentan, el discurso es el mismo. Primero, de cierto morbo, porque equivalía a salir del armario. Y después, esa idea de que ‘es un problema de ellos’". El actor hizo público que sufría sida en 1985, pocos meses antes de morir, aunque nunca llegó a definirse como homosexual. El líder de Queen lanzó un comunicado el día antes de su muerte, el 24 de noviembre de 1991, tras años de enfermedad. "Yo creo que eso cambia cuando aparece Magic Johnson, un deportista heterosexual", lanza Tomás, cocreador de la serie documental 'Nosotrx somos' sobre la historia LGTBI reciente, que dedica un capítulo a este tema. Johnson contó que era seropositivo, de hecho, poco antes de la muerte de Mercury. "Ahí es cuando la sociedad en general es consciente de lo que está pasando".

Pero esa memoria, aun ignorada por la mayoría, no ha muerto. "Está encarnada en los cuerpos y las vivencias de quienes lo hemos transitado en primera persona", reclama Fefa Vila. Muchos viven ahora lo que significa que se te muera un ser querido al que no puedes ni acompañar ni despedir, pero ella recuerda el aislamiento al que se sometía en los hospitales a los enfermos de sida, los entierros solitarios. En el documental ‘How to survive a plague’ ('Cómo sobrevivir a una epidemia', 2012), del cineasta estadounidense David France, la médica Barbara Starrett cuenta que, en los primeros años, los cadáveres de los enfermos salían del hospital en enormes bolsas de basura negras. Al miedo al contagio se sumaba el estigma. "Estábamos condenados a la falta de rito, y eso fue hasta antes de ayer", dice Fefa Vila. "Mi amigo [el escritor, filósofo y activista] Paco Vidarte murió [en 2008] con 38 años, y su familia vino y se llevó el cuerpo y no quiso que fuésemos el entierro en Sevilla. Tuvimos que despedirnos de él a nuestra manera, al margen de todo".

La marca del virus
Así que ahí está la primera enseñanza: la enfermedad está siempre cerca de la discriminación. "Con la pandemia llega la necesidad de buscar un culpable para sentirte tú libre, alguien en quien focalizar el mal. Aquí con el coronavirus se ha hecho un alegato racista y xenófobo contra China increíble", critica Paco Tomás. Esta misma semana, Santiago Abascal, presidente de Vox, se refería al coronavirus como "el virus de Wuhan", provincia china donde se originó la epidemia, aunque hoy España cuenta con el doble de casos que el país asiático. Donald Trump sigue llamándolo "el virus de China", aunque Estados Unidos suma ya con 10 veces más. Javier Sáez, sociólogo y activista durante los noventa en La Radical Gai, otro de los grupos militantes más combativos contra el sida, recuerda también la discriminación sufrida contra la comunidad gitana, algo sobre lo que ha advertido el Consejo para la Eliminación de la Discriminación Racial o Étnica.

"Algo que nos mostró claramente la crisis del sida", dice Javier Sáez, "es que hay prioridades según las comunidades a las que afecta una enfermedad. La investigación entonces se demoró mucho porque parecía que afectaba a minorías sexuales, a personas racializadas, a drogodependientes. Ahora, por el hecho de que el coronavirus afecta a Europa, a personas blancas, se tiene más sensibilidad. Hay que estar atentos, porque cuando la enfermedad toca a otro tipo de población, esto deja de ser así, y vemos por ejemplo cómo en Estados Unidos parece que está afectando más a las personas negras, y se están tomando menos medidas". Coincide con él Fefa Vila, que recuerda cómo el activismo durante la crisis del sida fue un aprendizaje sobre la relación entre enfermedad, raza, género, orientación sexual y clase social: quiénes podían sufragarse tratamientos experimentales en el mercado negro y quiénes no, quiénes tenían una casa en propiedad y quiénes eran desahuciados, cómo los presos sufrían especialmente porque no eran convenientemente tratados, como apenas se hacían campañas de prevención para las mujeres...

Una política de los cuidados
La crisis del sida generó un activismo de la vulnerabilidad. La lucha desarrollada por colectivos como La Radical Gai y LSD en España, y otros como ACT UP en Estados Unidos o en Francia, exigía manifestaciones de presión al Gobierno, acciones para visibilizar la gravedad de la enfermedad, escraches a las farmacéuticas. Pero también eran determinantes los cuidados a los enfermos, las cajas de resistencia para pagar el alquiler de quien se había quedado sin trabajo, los recursos para parar los desahucios de los afectados —y de sus parejas, que no tenían reconocido derecho alguno sobre las propiedades comunes—, los bancos de alimentos, los gestos de cariño para paliar el desprecio con el que les trataba la sociedad. "Ahí empezamos a poner los cuidados y la vida en el centro", dice Vila, "a plantearnos otra forma de hacer política". Una que llega hasta hoy, a esos grupos de voluntarios y vecinos que se organizan para cuidar a los enfermos de covid-19 y que, sin saberlo, tienen sus antecesores en los grupos radicales LGTBI de los noventa.

"Rompimos con la idea neoliberal de la persona autónoma, hecha a sí misma...", explica Javier Sáez. "En momentos como estos, como aquellos, te das cuenta de que sola no eres nada. El sentimiento de solidaridad de exacerbó, y se creó una conciencia política de apoyo mutuo: un cuerpo solo es vulnerable, los cuerpos en red son fuertes". Y al mismo tiempo se cuestionó la idea de vulnerabilidad. Las personas seropositivas se negaron a ser percibidas "como alguien débil, sin agencia", cuenta, y encontraron poder y fuerza en su fragilidad. También encontraron en la rabia un utilísimo carburante de la acción política. Algunos de los principales activistas del colectivo LGTBI en esos años eran seropositivos; muchos murieron. Pero se negaron a adoptar el papel sumiso ante las autoridades médicas y políticas que se esperaba de ellos.

Porque otro de los grandes logros de aquellos años, poco reconocido, fue la politización de la enfermedad. Los grupos militantes contra el sida invadieron campos hasta entonces reservados a los expertos y reclamaron el derecho colectivo al conocimiento y a la salud. ACT UP creó grupos de documentación e investigación y presionó a los organismos públicos para que aceleraran una investigación sobre el VIH casi inexistente. En España, La Radical Gai y LSD realizaron campañas de prevención, sobre el uso del preservativo o la necesidad de esterilizar las jeringuillas entre usos, ante la inoperancia del Ministerio de Sanidad. En los panfletos repartidos por los primeros se leía un acusador: "Porque alguien tendrá que hacer la prevención". "Los que salieron adelante fue gracias al activismo militante, no gracias a las instituciones médicas ni gubernamentales", critica Fefa Vila. De nuevo, la herencia: en Estados Unidos, grupos activistas comienzan ahora a reclamar al Gobierno que facilite tests diagnósticos del coronavirus; en España los sindicatos luchan para que se proteja la salud de los trabajadores más vulnerables.

Los efectos del terror
"Los primeros grupos de liberación LGTBI tomaron fuerza en los setenta, y en los ochenta llegó el VIH y arrasó con todo", recuerda Paco Tomás. El colectivo cambió de la noche a la mañana la esperanza por el terror. Una generación entera, particularmente entre los hombre homosexuales, creció asociando el deseo con la muerte, temiendo al "cáncer gay" que le marcaría la piel y deformaría sus rasgos, esa enfermedad que le esperaba a la vuelta de la esquina si se atrevía a vivir como quería y que muchos veían como un castigo. "Yo soy del 65", cuenta Javier Sáez, "y toda mi sexualidad sucede ya en ese marco. Llevo 40 años de vigilancia, con amigos fallecidos siempre presentes, con amigos enfermos. Quizás mucha gente hetero despierta ahora a lo que es vivir con una amenaza así. Pero toda mi vida ha estado marcada por el miedo a la enfermedad". A la enfermedad y al estigma, que todavía no ha desaparecido. La existencia de fármacos que permiten vivir felizmente con VIH en los países desarrollados, donde el virus se mantiene fácilmente a raya, indetectable e intransmisible, apenas ha aliviado un trauma colectivo.

Los tres entrevistados asumen que el coronavirus conllevará una nueva concepción de las relaciones personales, de la cercanía física, y creen que hay mucho que aprender de esta experiencia. "El miedo es un factor que nos convierte en monstruos", advierte Paco Tomás. "Cuando una persona tiene miedo, no tiende a convertirse en alguien asustadizo, sino en gente agresiva y peligrosa. Eso sucedió en la sociedad con el VIH, pero también sucede con el coronavirus, esos carteles en las comunidades de vecinos diciendo que no quieren que viva ahí un médico o una cajera de supermercado. Por eso hay que estar siempre muy pendientes de ese impulso, que es natural, para reprimirlo". Durante la crisis del sida, los colectivos de riesgo supieron escapar al miedo y al odio y crearon nuevas alianzas —entre drogodependientes, presos, hemofílicos, víctimas de transfusiones inseguras, lesbianas, gais, bisexuales, trans...— que duran, en algunos casos, hasta nuestros días.

Y aprendieron también algo más intangible pero igual de poderoso. Habla Fefa Vila: "Los que hemos sobrevivido tenemos la pedagogía de la resistencia, tenemos la certeza de que hay dolor, pero que el dolor se puede convertir en rabia y en alegría, y eso fue lo que también nos dio mucha energía política". Y quien crea que puede permitirse olvidar lecciones como esa, que las olvide.

viernes, 27 de marzo de 2020

#hemeroetca #lgtbi #television | São Paulo ‘queer’ en tiempos de Bolsonaro

Imagen: El País
São Paulo ‘queer’ en tiempos de Bolsonaro.
HBO apuesta con ‘Todxs nosotrxs’ por la primera serie latinoamericana sobre diversidad de género.
David Marcial Pérez | El País, 2020-03-26
https://elpais.com/television/2020-03-26/sao-paulo-queer-en-tiempos-de-bolsonaro.html

En ‘Todxs nosotrxs’, la primera serie latinoamericana centrada en la diversidad de género, hay una representación holgada de la comunidad LGTBI+ en prácticamente cada uno de los escalones de la producción: guionistas, reparto, figurantes. Pero justo en la punta de la lanza, la protagonista de la serie, Clara Gallo, es una actriz ‘cis hetero’ interpretando el papel de Rafa, un adolescente no binario (las personas que no se identifican con el género masculino ni el femenino).

“Durante el casting probamos también con actores no binarios, algunos amateurs y otros profesionales, pero cuando apareció Clara nos dimos cuenta que tenía que ser ella. Sabemos que es un tema delicado y que puede que haya parte de la comunidad que nos critique, pero es ficción, interpretación, y hay cosas que tienen que funcionar”, explica Vera Egito, la codirectora de la serie, una producción brasileña de HBO Latinoamérica que se estrenó este domingo en toda la región, además de EE UU.

La serie, estructurada en su primera temporada en ocho capítulos de 30 minutos, es ante todo una historia de iniciación y un retrato del Sao Paulo 'queer'. Rafa, un adolescente de 18 años, llega a la megaurbe de los rascacielos de una provincia del interior de Brasil: libertad versus claustrofobia. Comparte casa con su un primo Vini y su compañera de piso, Maya. El ramillete de género se despliega casi desde el arranque: “Vini es gay pero no entiende mucho de que se trata eso del género no binario. Rafa se reúne con los tres en el salón de la casa y les explica que no es su prima es su prime, porque no es una chica, es un chique”, apunta el otro codirector, Daniel Ribeiro

Durante el metraje se suceden los ritos iniciáticos. Rafa invita a sus amigos a una fiesta ‘queer’ para que conozcan su mundo. En un teatro con solera paulista, la cámara sigue la entrada de los tres jóvenes a la fiesta. A medida que avanzan, el plano se va cerrando sobre el rostro de Rafa, que se encoge de hombros, da saltitos como si un hormigueo le recorriera todo el cuerpo, sonríe nervioso y abre mucho los ojos sin parar de mirar a su primo.

Al terminar el rodaje, al que tuvo acceso El País, Clara Gallo, una actriz pujante que ya ha protagonizado un par de largometrajes brasileños sobre historias de iniciación posadolescente, contaba que el trabajo más fructífero para preparar su personaje ha sido con el resto del equipo: “las personas no binarias saben explicar muy bien cómo fue su proceso de deconstrucción. Y de algún modo, al ser un tema tan real, me puedo identificar con lo difícil que es luchar contra los dogmas de la sociedad”.

‘Todxs nosotrxs’ fue concebida durante la primera mitad de 2018, antes de la llegada a la presidencia del reaccionario exmilitar Jair Bolsonaro. “Ha cambiado mucho el contexto y ha convertido este trabajo en más relevante. Ha pasado de ser una serie sobre la libertad a ser una serie sobre la resistencia”, explican los directores. Brasil, y más concretamente Sao Paulo, presume de celebrar cada año la fiesta del orgullo gay más multitudinaria del mundo, pero tiene a un presidente explícitamente homófobo. Alguien que para atacar Lula da Silva, le llama homosexual; que afirma que preferiría “que un hijo muriera en un accidente a que apareciera por aquí con un bigotudo” o que ha dicho que Brasil “no puede ser un país de turismo gay”.

Los creadores de la serie elevan en todo caso el foco a la hora de definir su temática: “No somos un producto de nicho, existe un respeto en el tratamiento de la comunidad LGTBI+, pero le puede interesar a todos los que les gusten las comedias dramáticas sobre jóvenes que empiezan a vivir su vida”, explican los creadores, ellos mismos dos jóvenes cineastas que se estrenan en el formato serie con esta cinta. De hecho, ‘Todxs nosotrxs’ es la respuesta a una búsqueda por parte de HBO Latinoamérica, que lleva 15 años produciendo en Brasil, de contenidos destinados al público ‘millenial’.

Como retrato, los guionistas también han tratado de cuidar otros conflictos generacionales propios de una ciudad tan desigual y mestiza como Sao Paulo. Rafa viene de una familia de provincias conservadora y pudiente. “Su siente amargada, sola, incomprendida y coartada por la figura autoritaria de su padre. En Sao Paulo vive como una revelación, una toma de conciencia tanto de género como de clase y raza”, cuentan los directores. La realidad, por ejemplo, de la comunidad trans, su doble discriminación cuando su piel es negra, su casi inevitable salida al mundo de la prostitución por las calles de Sao Paulo, su pobreza y marginación.

martes, 11 de febrero de 2020

#hemeroteca #leather #cine | ‘Mr. Leather’, fetichismo gay como forma de resistencia contra la homofobia de Bolsonaro

Imagen: El País / Los cuatro candidatos y el anterior Mr. Leather Brasil
‘Mr. Leather’, fetichismo gay como forma de resistencia contra la homofobia de Bolsonaro.
Este documental que puede verse en Filmin retrata y desmitifica a la creciente comunidad del cuero y el BDSM en Brasil.
Héctor Llanos Martínez | El País, 2020-02-11
https://elpais.com/cultura/2019/12/17/doc_and_roll/1576582268_856236.html

“Los gais son fruto de las drogas, solo una minoría lo es por defecto de fábrica”, decía Jair Bolsonaro en 2014, antes de ser candidato al poder en Brasil. Como contrapunto, un grupo de hombres gais se disputan cada año el título de Mister Leather, organizado por el club Eagle de São Paulo. Quien luce mejor en cuero y representa con más solidez los valores de su comunidad es quien se lleva el premio. El concurso, más allá de la excentricidad, se ha convertido en un símbolo de resistencia ante la homofobia de su presidente.

Cuando el cineasta Daniel Nolasco recogió con su cámara la trastienda de esta competición en 2018, no esperaba que su documental adquiriera tantos nuevos significados en tan poco tiempo. “En ese momento, había gente como yo que pensábamos que las posibilidades de que él ganara las elecciones eran mínimas”, cuenta a El País sobre la película que hereda el nombre del concurso, presentada en el festival de cine documental de Montreal RIDM y disponible en Filmin.

A medida que Bolsonaro y su ideología de ultraderecha iban ganando apoyos hasta llegar al Gobierno brasileño, “la comunidad fetichista del país ha ido creciendo de forma paralela, para reivindicar su espacio como minoría”, explica Nolasco. “La película es parte de ese despertar”. A lo largo de 85 minutos, el espectador conoce en profundidad a los cuatro aspirantes a la corona de cuero: Dom PC, Kake, Deh Leather y Maoriguy.

Cada uno de ellos, con sus particularidades y matices, se muestra como parte de una gran familia y juntos derriban ideas preconcebidas en torno a sus fetiches. Tan pronto enseñan al espectador sus prendas de ropa más codiciadas como se dejan grabar durante una sesión de asfixia erótica. Sus armas son la naturalidad y el diálogo. En el proceso, recuerdan que sus referentes están próximos al ‘mainstream’ de lo esperado: del cómic homoerótico ‘Tom of Finland’ a la sensualidad del ‘Querelle’ de Jean Genet y Fassbinder.

“En este contexto, una chaqueta de cuero no es solo una chaqueta. Hay una narrativa completa sobre esa pieza, está llena de simbolismo y de un código que va mucho más lejos que la pieza misma”, defiende el director. Los protagonistas de ‘Mr. Leather’ nos descubren su armario al tiempo que relatan cómo salieron de él... por partida doble.

“No creo que decir que te gusta el cuero sea más difícil para ellos que admitir que son homosexuales, pero sí que supone una vivencia muy diferente. La comunidad gay actual defiende la idea de que el modo de vida adecuado es el que emula al de los heterosexuales, así que el cuero y el ‘bondage’ o el sadomasoquismo son grandes desconocidos incluso dentro de la comunidad LGTBI+”, dice Nolasco, que intenta derribar “la caricatura edulcorada que ‘50 sombras de Grey’ ha enviado al mundo sobre este asunto“.

Mientras este colectivo brasileño lucha por su visibilidad, surgen otros retos, como el de adaptar su identidad ante un momento histórico que no tolera el asesinato animal ni el rechazo a lo femenino. “En este tiempo, la comunidad ya ha dado el primer paso, que es el de reconocer la existencia de estos dos problemas y la necesidad de un debate en torno a ellos. Ahora es el momento de dar el segundo, que es el de proponer cambios realmente efectivos e intentar que las cosas cambien para que el viaje continúe”, comenta el cineasta.

¿No es contradictorio que la contracultura ‘leather’ defienda su idea de masculinidad imitando los tradicionales concursos de belleza femeninos? “No tiene que ser necesariamente una contradicción”, defiende Nolasco. “Así como los hombres que son ‘drag queens’ ensalzan una idea concreta de feminidad, los hombres en cuero destacan una idea concreta de masculinidad, que defiende la virilidad. Se reúnen en clubes nocturnos para desfilar y ser admirados y deseados. Esa es su lucha".

domingo, 13 de octubre de 2019

#hemeroteca #lesbianismo #identidades | “Soy lesbiana, no mujer”: ¿Por qué algunas lesbianas no se consideran mujeres?

Imagen: Infobae / Canela Gravilla y Amanda Alma
“Soy lesbiana, no mujer”: ¿Por qué algunas lesbianas no se consideran mujeres?
Amanda Alma es periodista parlamentaria, Canela Gavrila, docente e investigadora. Las dos son activistas lésbicas y forman parte de las lesbianas que no se sienten parte de la categoría “mujeres”. En el marco del #34Encuentro hablaron con Infobae y explicaron por qué. ¿Separatismo o una forma de resistencia?
Gisele Sousa Dias | Infobae, 2019-10-13
https://www.infobae.com/sociedad/2019/10/13/soy-lesbiana-no-mujer-por-que-algunas-lesbianas-no-se-consideran-mujeres/

El cambio de nombre del Encuentro Nacional de Mujeres viene siendo tema de debate hace tiempo. Para simplificarlo: ¿alcanza con que sólo exista la categoría “mujer”? Si la premisa es "lo que no se nombra no existe”, la respuesta es no. Por eso, desde la campaña “Somos Plurinacional” lo que se propuso es cambiar el nombre y, en definitiva, su identidad: “Encuentro Plurinacional de Mujeres, Lesbianas, Bisexuales, Travestis, Trans y No Binaries”.

La semana pasada entonces, alguien escribió en Twitter: “¿Separar mujeres de lesbianas? Otra que tres hombres y un boliviano”. Adriana Carrasco, periodista e histórica activista lésbica, le contestó: “Te diría que estás un poco atrasada de noticias. Desde Monique Witting (1976) un amplio sector del movimiento de liberación de lesbianas considera que las lesbianas no somos mujeres. [Tampoco te enteraste de que hay compañeras transbianas y masculinidades lesbianxs. Dinosaurias.] ”.

Lo de nombrar por separado -en las convocatorias, en las banderas- viene ocurriendo cada vez que los feminismos salen a reivindicar sus derechos a las calles de todo el país. Y muchas veces despertó la misma pregunta: ¿hay lesbianas que no se consideran mujeres? ¿Por qué? ¿Desde cuándo?

Monique Wittig -la pensadora feminista francesa que Adriana Carrasco citó en su tuit- planteó, hace unas cuatro décadas, que "la heterosexualidad obligatoria, que para muchos es solamente una práctica sexual, es en realidad un régimen económico y político”, explica a Infobae Amanda Alma, periodista parlamentaria y lesbiana. Es decir, un régimen que, como tal, supone la división sexual del trabajo: si sos varón te ocupás de la productividad, si sos mujer, de las tareas de cuidado (de niños y adultos mayores).

“Las lesbianas decimos ‘ese es un problema de las mujeres heterosexuales, que están dentro de ese régimen’. De hecho, esa es la discusión del feminismo, por ejemplo, cuando habla de la desigualdad entre los géneros y de las relaciones de poder entre hombres y mujeres. Las lesbianas somos fugitivas de ese sistema. Lo que decimos es que ser lesbiana no es solamente una forma de amor entre nosotras sino una posición política, una renuncia a ese lugar dentro de la división sexual del trabajo. Si ser mujer es producir y cuidar para los varones, entonces no soy mujer”, continuó Alma (42).

No es entonces la genitalidad (tener vagina, útero, mamas) lo que determina qué es sentirse parte de la categoría “mujer” sino una construcción social de lo que, precisamente, implica ser varón o ser mujer. Canela Gavrila, 35 años, profesora de historia e investigadora de la Universidad de La Plata, fue por primera vez a un Encuentro hace 15 años. En diálogo con Infobae, sumó: “Muchas lesbianas nos desmarcamos, nos corremos de un eje de dominación. El hecho de no considerarnos mujeres tiene que ver con una salida de ese juego binario de ser mujer o varón”.

Sin embargo, quienes todavía no entienden que no existe un solo feminismo y ven en estas discusiones el estereotipo de “conventillo de minas”, las acusan de “separatistas”. “Mucho de lo que se plantea como separatismo, a mí entender, es negar experiencias particulares que tienen una lucha específica. Por ejemplo, las lesbianas sufrimos otro tipo de violencia: económica, de exclusión, invisibilidad e incluso las llamadas ‘violaciones correctivas’, un delito que pretende curar o corregir la orientación sexual”, sigue Gavrila.

Se refiere, también, a los crímenes de odio que padecen, como el de “La Pepa Gaitán”, una lesbiana asesinada de un escopetazo por el padrastro de su novia. “Su asesino dijo que la mató porque sentía que atentaba contra su masculinidad”. Por eso su posición es clara: no es separatismo sino “una forma de autonomía de las luchas y un modo de mostrar las rupturas frente al código binario de género".

Hace 15 años que Gavrila milita -en la organización de actividades por la visibilidad o en contra de la violencia hacia las lesbianas y travestis, por ejemplo- y fue en ese proceso que logró salir de “la heterosexualidad dominante” y reconocerse como lesbiana.

“Esa salida tiene un montón de costos para las lesbianas, no sólo las violaciones correctivas. Me ha pasado en distintos espacios, donde se sabía que era lesbiana e igualmente algún chongo me seguía encarando, una y otra vez. Eso es un intento de disciplinamiento. La autoridad masculina fue construida de un modo en el que se considera que es el hombre quien siempre tiene la voz cantante y que, incluso, tiene el poder de hacerte cambiar”, explica. Una forma de decir “no te gustan los hombres porque no probaste uno como yo”.

Amanda Alma agrega que también las lesbianas más masculinas son castigadas, “por ejemplo, no dándoles trabajo o metiéndolas presas con distintas excusas. Muchos soportan a las lesbianas mientras sean femeninas y cumplan las fantasías sexuales de los varones. Ahora, si tu pinta o tus modales no corresponden con la feminidad, te condenan”.

En esta 34° edición del Encuentro hay un cronograma de talleres sobre el tema: “Lesbianismos”, donde se abordarán la multiplicidad de identidades lésbicas (translesbianas, es decir, las mujeres trans que gustan de mujeres; lesbianas; mujeres lesbianas; lesbianas masculinas; lesbianas no binaries; lesbianas femeninas), “Activismos Lésbicos”, donde se debatirá también sobre lesboodio, lesbocidios, abusos y violencias correctivas.

También habrá otros llamados “Mujeres, lesbianas, trans, travestis, bisexuales, no binares y la relación con sus cuerpos”, “Mujeres, disidencias y relaciones afectivas y/o sexuales” y “Mujeres, disidencias y acceso a la salud”. También se podrá participar de otro taller llamado “violencias entre lesbianas, translesbianas, travestis, mujeres trans y no binaries”.

En paralelo, seguirá también hoy el “Encontrolazo” y por ahí andarán Alma y Canela. Es un espacio para recibir a “las identidades más ‘mostris’, es decir, quienes se corren de los binarismos y encuentran resistencias en los Encuentros, como las maricas, trans, travestis, lesbianas que se referencian como no mujeres, bisexuales”, concluye Gavrila.

En ese marco se harán 19 talleres teóricos y prácticos (de electricidad, peluquería, bicicletería). También habrá fiesta permanente, un clásico de la “resistencia torta”, como la llama Amanda Alma en su podcast “Territorio liberado”. “Eso: mucho baile y mucho chape”, se ríe, y se despide.

jueves, 12 de septiembre de 2019

#hemeroteca #queer | Con un poco de azúcar

Cartel de 'Furia Queer'
Con un poco de azúcar.
En Madrid también hay reinos que emergen cuando la noche cae, para los cuerpos desobedientes.
Chenta Tsai Tseng | El País, 2019-09-12
https://elpais.com/ccaa/2019/09/11/madrid/1568192242_856802.html

“Prueba esto”. A. me acercó la copa. “Qué es?”, le pregunté. El Gaoliáng jia yanglèduo es una bebida compuesta por una mezcla con licor de sorgo, cuyo sabor amargo se hace más tolerable con el sabor dulce del Yakult. A pesar de beber un pequeño sorbo notaba cómo se me ruborizaba la cara. Fui al baño a echarme agua en la cara como si eso fuera a quitar mi ‘asian flush’. Al lado mío había una compañera intoxicada abrazando el váter. Estábamos en el sótano de Fairy, un club gay en Taipéi cuyas paredes al entrar al sótano están forradas de papel de aluminio. “¿Necesitas ayuda?”, le dije. “No, gracias, me he pasado pero lo necesitaba. Ha sido un día largo...”.

Es gracioso cómo, a pesar de los supuestos progresos de los derechos de la comunidad, el aumento de referentes o las banderas de arco iris que flamean sobre las fachadas de empresas que se benefician del capitalismo rosa, haya una sensación de aceptación y a la vez sigamos sintiendo que el espacio público nos limita. Quizás y ojalá sea un sentimiento generacional que la siguiente generación de ‘ku'ers’ (‘queers’) no sientan.

En ese momento me acordé de las primeras líneas del libro ‘Nièzi’, escrito en 1983: “En cuanto sale el sol, nuestro reino se esconde [...] nadie nos reconoce ni respeta, nuestra ciudadanía es poco más que una chusma...”. Es impresionante cómo una novela ambientada en el Taipéi de los 60 siga siendo relevante a día de hoy. Cómo la amargura del espacio público nos obligan a construir espacios como los de Fairy, de resistencia, con sabor a Yakult.

“Los bares siempre han funcionado como la institución central de la vida ‘queer’, sirviendo como un centro social y un crisol para la política”, dicen Matthew Reimer y Leighton Brown, autores del libro ‘We Are Everywhere’. Estos lugares son aquellos ‘reinos’ que emergen cuando la noche cae, para los cuerpos desobedientes, como la de Justin Taylor de la serie ‘Queer As Folk’ cuando visita la escena nocturna gay de Pittsburgh por primera vez.

Estos espacios existen en Madrid gracias a colectivos y fiestas organizados por Chica Gang, Tsunami Genderfluid, Stop Plumofobia, Bling Club, o Furia Queer, que además de habilitar espacios LGTBIQ+, proponen protocolos para que estos espacios no se vulneren. En Furia Queer, organizado por el proyecto Las Bajas Pasiones, es una fiesta que además de recibir diferentes disciplinas artísticas unidas por la disidencia sexual y de género, es un espacio que, como indican, es “libre de actitudes machistas, racistas, homófobas, tránsfobas, gordófobas, edadistas o serófobas”, y que este 14 de Septiembre en la Sala Caracol organizan su última edición contando con artistas como Eskarnia, Samantha Hudson, Elandorphium o Belén Zer. Que continúe la resistencia con un poco de Yakult para contrarrestar la amargura.

viernes, 26 de julio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #arte | Arte en defensa propia

Imagen: El Mundo
Arte en defensa propia.
Las Naves acoge la exposición Museari Queer Art aprovechando el 50 aniversario de la revuelta por los sucesos de Stonewall Inn,
Salva Torres | El Mundo, 2019-07-26
https://www.elmundo.es/comunidad-valenciana/2019/07/26/5d3ab44821efa0e82e8b46b8.html

El cineasta Pier Paolo Pasolini, aludido en la exposición Museari Queer Art por Ricard Huerta, se refirió a su obra caracterizándola por un «anhelo de vida» que lindaba con cierto «sentimiento de exclusión». Sentimiento que, según él, no disminuía, sino que aumentaba «el amor a la vida». También habló de la soledad inherente al creador que dedica muchas horas para dar forma a algo que, a su juicio, «es fuerza, abandono, vicio, libertad, para dar estilo al caos». Soledad y exclusión con las que imprimió de intenso canto a la vida sus películas.

La muestra Museari Queer Art que, aprovechando los sucesos de Stonewall Inn ocurridos en 1969, acoge en esta ocasión Las Naves, se hace eco de las palabras de Pasolini para insistir en esa voluntad de resistencia a través del arte. De manera que en su cuarta edición, con 50 exposiciones realizadas desde 2015 en su museo online, reúne un total de 14 proyectos, en los que diversos artistas exhiben sus diferentes formas de representar ese anhelo de vida. Anhelo que suele estar asociado con cierta incomprensión.

El escritor Oscar Wilde se refería a esa incomprensión diciendo que no había ningún artista que viera las cosas como son en realidad, «si lo hiciera, dejaría de ser artista». Museari Queer Art acerca al espectador una serie de propuestas artísticas que hurgan en esa dificultad de entendimiento hacia lo propio y ajeno. Pasolini, de nuevo, trillando ese camino: «Hay que decir que mientras los intolerantes creen que la diferencia de los diferentes carece de explicación y, por lo tanto, sólo merece odio, los tolerantes a menudo se preguntan, más o menos sinceramente, por las razones de esa diferencia».

Desde el propio Ricard Huerta, que además de aludir a Pasolini en sus acrílicos se refiere también a Robert Indiana, Patricia Highsmith o Maria Mercé Marçal, al historietista Nazario Luque, pasando por Natividad Navalón, Eva Máñez, Graham Bell Tornado y Anna Maria Staiano (La Erreria), Sebas Martín o Pepa Arróniz, entre otros, la exposición se adentra en los vericuetos de la diversidad sexual, que es tanto como decir en el intrincado universo de las formas que tenemos de relacionarnos con nuestro propio cuerpo y, desde ahí, con el del otro. Incluso con la naturaleza, de cuyo proceso de colonización se hará cargo La Erreria en una visita guiada y performance P.I.N.Q. que tendrá lugar en Las Naves el 1 de agosto.

Nazario, en su propuesta, «convierte el sexo en tema obsesivo de sus cómics, siendo el primer dibujante que usa la temática gay como fuente de inspiración en su obra», según se hace constar en el catálogo de la exposición que hasta el 31 de agosto permanecerá en Las Naves. Temática gay que, asociada a los colectivos LGTBIQ+, fue precisamente el detonante de lo ocurrido en el bar Stonewall Inn de Nueva York un 28 de junio de hace 50 años, como protesta por la actuación violenta de la policía en una redada contra miembros de esa comunidad que frecuentaba el pub.

Eva Máñez refleja, en las fotografías expuestas en Museari, la intervención de un grupo de transexuales invitados todos los años en la ciudad Cusco en Perú, para que bailen en honor de la Virgen de Copacabana la danza denominada 'Morenada', que se remonta a la época colonial de cuando la trata de esclavos. Sebas Martín, utilizando sus propias palabras, se hace cargo en sus ilustraciones de hombres en diferentes entornos históricos, fantásticos o cotidianos: «Hombres, hombres, siempre hombres saliendo de mi lápiz. Historias de hombres con hombres en la fina barrera que puede separar el erotismo de algunos más explícito».

De la persecución de los homosexuales en el franquismo se ocupan Marina Cochet, Juan Sepúlveda y Antonio Santos, en ilustraciones de la novela gráfica 'El Violeta' (Draku Editorial). Un relato que se adentra en los años 50 y en la ley de peligrosidad social que en España llevó a muchos homosexuales a la clandestinidad, el exilio o la integración previa negación de su orientación sexual. Pepa Arróniz, tomando como punto de partida la representación plástica del cuerpo femenino, cuestiona los roles de la mujer, ampliando su crítica al conjunto de la sociedad «en unos momentos en que se está produciendo una polarización en demasiados ámbitos», señala la artista en el marco de su Proyecto Hyster.

Natividad Navalón, mediante unas obras impresas en papel de algodón, contrasta esta textura algodonosa con la más áspera imagen de diferentes cuerpos femeninos con agujas clavadas, fusiles o pistolas tatuadas. Arte en defensa propia contra esa hostilidad que, viniendo del cuerpo social en su conjunto, se inscribe en la propia mujer. Ángel Pantoja, por su parte, realiza un collage digital de bustos, en los que problematiza el binarismo de género mediante la dislocación que tenemos de la estatuaria clásica.

Museari Queer Art se completa con los trabajos de Ricardo Cotanda, Cacho Falcón, Randomagus, Elia Torrecilla y Del LaGrace Volcano. Todos ellos fieles al espíritu de Museari (Museu de l'Imaginari), cuyo objetivo principal es «la promoción de la educación artística y de la historia como instrumentos fundamentales para la defensa de los derechos humanos, con un especial énfasis en el respeto a la diversidad sexual y los colectivos LGTBIQ+». Como diría Pasolini, la tragedia actualmente es que «ya no hay seres humanos, hay máquinas extrañas que chocan entre ellas».

lunes, 15 de julio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #orgullo #politica | Despolitizar el Orgullo

Imagen: Mirian León / 'El cuento de le ciudadane' en MADO
Despolitizar el Orgullo.
Toño Abad · Activista por los derechos humanos y LGTBI | Público, 2019-07-15
https://blogs.publico.es/otrasmiradas/21309/despolitizar-el-orgullo/

Que un partido político se adueñe de las reivindicaciones civiles y ciudadanas es, cuanto menos, odioso. Ellos, los liberales, quieren quitarnos el Orgullo y hacer del debate público su propio debate, eliminando la reivindicación política que, por Justicia, es nuestra. No ponemos en duda su derecho a participar, pero sí que cuestionamos cuáles son los verdaderos motivos que les hacen querer participar en una Manifestación de la que no admiten ni siquiera el texto de la convocatoria, que pasa por aceptar con luz y taquígrafos que los derechos de todas las personas LGTB no se tocan y no se han de convertir en una moneda de cambio en ningún pacto electoral, ya sea de ámbito local, regional o nacional.

El pasado 6 de junio asistimos con estupor a una de las consecuencias de aquellos que solo desean aparecer en una foto: los protagonistas del Orgullo Estatal, convocado por la FELGTB y COGAM, nuestras y nuestros mayores, no fueron quienes coparon los titulares de la prensa. Inés Arrimadas y su séquito de cargos públicos, entre gritos e insultos, pese a su poco interés por la causa LGTB -al menos tal y como se constituye ahora, fueron quienes se llevaron la visibilidad en el día en el que homenajeábamos a quienes abanderaron nuestra lucha incluso cuando en este país la democracia era solo una utopía.

Nos dicen los liberales que hay que “despolitizar el Orgullo”, como si eso fuera posible. Nos lo reclaman desde formaciones políticas dedicadas a hacer política, paradójicamente, como si ello fuera algo malo o rechazable. Coincide con esta ofensiva que, además, quién más exige la despolitización del Orgullo es quién más interés tiene en alejarlo de la política para controlarlo. El partido de Albert Rivera, con su propuesta de regulación del alquiler de vientres, ha ejercido una verdadera acción contra el Orgullo, generando una tensión innecesaria y acusándolo de radical e ideologizado. Para la propuesta, su propuesta, sobre el alquiler de vientres, necesitan un colectivo LGTB desmovilizado, desmemoriado y dividido.
En todo este jaleo, algo ha pasado desapercibido. Ciudadanos registró el pasado día 3 de julio, en plena semana de celebración de la diversidad sexual, familiar y de género, la “Propuesta de Ley reguladora del derecho a la gestación por subrogación”. La fecha no era casual, aprovecharon nuestra semana para reivindicarse como partido que trabaja y lucha por los derechos LGTB.

Pero legalizar el alquiler de vientres no es una cuestión ni una reivindicación sociopolítica del movimiento LGTB. No tiene interés transversal, es decir, no afecta a todas las personas LGTB, ni se trata de un derecho. Es, en definitiva, el deseo de unos pocos quieren hacer pasar por reivindicación política lo que es interés particular. Y a pesar de que saben que no cuentan con el respaldo ni social ni parlamentario para aprobar esta propuesta, han colocado en la agenda el debate sobre el alquiler de vientres. Y si para visibilizar esta opción política hay que insultar a los activistas que se manifestaron llamándoles fascistas y demandándoles por un supuesto delito de odio, adelante. La propuesta de ciudadanos privatiza la maternidad, la desnaturaliza y la externaliza, convirtiendo los úteros de las mujeres en un mercado. Para ello hay que acabar con la fuerza transformadora y revolucionaria del Orgullo, y sus reivindicaciones históricas por la igualdad. Esas ya no importan. Ahora se trata de nuevas propuestas, liberales y modernas, porque lo moderno es ser familia heteronormativa. Hay que despojar de su sentido político a las manifestaciones y, sobre todo, a las entidades. Para limitar y controlar el poder reivindicativo del Orgullo, como herramienta de visibilidad y, ante todo, como celebración de nuestra historia de conquistas sociales es necesario despolitizarlo. Solo así conseguirán que triunfen sus propuestas.

Ciudadanos insulta nuestra causa con su instrumentalización partidista. El Orgullo es resistencia. Es la reivindicación y la protesta contra un sistema que nos oprime y que no deja que nos desarrollemos en libertad, en igualdad de condiciones que el resto de la sociedad. Es vivir sin miedo y sin temor por ser quienes somos. Es lo opuesto a la vergüenza con la que deberíamos existir, según nos dicen los que nos odian. Es una lucha colectiva, constituida en base a una coalición de identidades y orientaciones cuya propia existencia es reivindicación en sí misma y que nos aleja de la norma impuesta por el patriarcado. El Orgullo busca derrocar la estructura machista que basa la construcción de nuestras sociedades en la injusticia y que nos califica de ciudadanía de segunda. Olvidar esto es traicionar la lucha.

Todo activismo social es político. Hacemos política porque queremos transformar la sociedad. Construir un mundo mejor donde se nos respete. Y la causa LGTB ha hecho historia conquistando derechos que son políticos en sí mismos: la igualdad, la libertad y la dignidad. Paso a paso “hemos vencido a la Historia” como decía José Luis Rodríguez Zapatero convirtiendo la causa LGTBI no solo en nuestra causa si no de toda la sociedad que nos acompaña en las manifestaciones del Orgullo. Pero acompañarnos no significa utilizarnos.

Para el partido de Albert Rivera tenemos que ser un mercado. Solo así entienden la política, y los mercados carecen de causas sociales reconocidas. Para convertirnos en un mercado hay que dejar de ser una causa principalmente social, vaciar de contenido sociopolítico nuestras reivindicaciones y así poder dar rienda suelta a sus propuestas. No es la instrumentalización partidista del colectivo LGTB para sus intereses, es desactivar la causa para hacer de ella no política si no comercio. Nos queremos libres e iguales. Iguales y libres. Porque solo la libertad y la igualdad nos dotarán de las herramientas necesarias para constituir una sociedad que avance en el progreso de ser día a día mejores.

Libertad no significa la explotación de las mujeres abanderando una presunta reivindicación construida en una ficción. La agenda LGTB es, y será, nuestra. Como nuestra es la lucha.

lunes, 1 de julio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #orgullo | Nueva York exhibe su orgullo LGTBI 50 años después de crearlo

Imagen: El País / Queer Liberation March en Nueva York
Nueva York exhibe su orgullo LGTBI 50 años después de crearlo.
La ciudad acoge una marcha multitudinaria que reivindica la herencia de los disturbios de Stonewall, hito fundacional del movimiento.
Agencias | El País, 2019-07-01
https://elpais.com/sociedad/2019/06/30/actualidad/1561923973_456035.html

El Orgullo ha vuelto adonde nació. Nueva York, sede del World Pride 2019, ha acogido este domingo una marcha multitudinaria para conmemorar el 50º aniversario de los disturbios del club Stonewall, en el Greenwich Village, el local donde los gais, hartos del hostigamiento y las redadas, hicieron frente al asalto policial un 28 de junio de 1969, un hito que, para muchos, marcó el inicio del movimiento de reivindicación de derechos de la comunidad LGTBI. Se calcula que unas 150.000 personas han participado en el desfile, con cerca de cuatro millones de espectadores.

Horas antes de este acto, se ha desarrollado una marcha alternativa a los actos del World Pride, que pretendía recuperar el espíritu contestatario que marcó el hito de 1969. Miles de críticos a la presencia policial que ha escoltado el desfile oficial y al patrocinio comercial del Orgullo han organizado su propia manifestación.

La Queer Liberation March, como se ha llamado el desfile alternativo, ha recorrido bajo el lema "recuperemos el orgullo" el espacio entre el club Stonewall y Central Park. Tras una pancarta que mostraba el lema "resistimos", los organizadores han querido alertar sobre los asesinatos de mujeres trans negras, protestar por las detenciones de niños emigrantes en EE UU y mostrar su oposición a las medidas de la Administración Trump para cercenar los derechos de lesbianas, gais, bisexuales o transgénero.

El activista Jay Toole, de 71 años, que participó en los disturbios de 1969, ha decidido boicotear la marcha oficial. "Aquí estuve la primera noche y no fuimos solo un puñado de gente blanca. Había gente de color, transexuales... No contábamos con un término para eso entonces, pero, créame, ahí estuvimos", ha dicho. En la marcha alternativa se han visto pancartas con lemas críticos, como "mi orgullo trans no es marketing" y "descolonizad el orgullo".

"¿Justicia o grandes empresas?", esa es la elección que había que tomar este domingo, se ha preguntado Bill Bobs, uno de los organizadores de esta marcha alternativa, en relación al desfile oficial del Orgullo patrocinado por grandes compañías.

La marcha crítica ha dado paso luego a la principal. También en la protesta oficial se han oído voces críticas. "No quiero que a nadie lo engañen los colores de las calles, los arcoíris brillantes que rodean los anuncios de T-Mobile o de cualquier otra compañía maravillosa, y que piense que somos libres, porque no lo somos", ha dicho Indya Morre, activista transgénero popular por su actuación en la serie de televisión Pose. "Ver hoy, en el aniversario de Stonewall, las calles atestadas de policía, resulta traumático para algunos de nosotros". Además de los agentes a pie, se han visto otros de paisano, y varios drones y helicópteros han seguido el desarrollo de los actos desde el aire.

El alcalde demócrata de Nueva York, Bill de Blasio, defensor de la comunidad gay y candidato a la presidencia de EE UU en 2020, ha presentado el desfile como "la mayor marcha de todas las del orgullo en el mundo". La ciudad esperaba a unos tres millones de visitantes que se clausurará con una fiesta en Times Square y un concierto de Madonna, icono del movimiento gay.

El de Nueva York ha sido el principal de otros desfiles en todo el mundo. Macedonia del Norte ha acogido este domingo su primera manifestación del orgullo, mientras que en Singapur los manifestantes han reclamado la abolición de una ley que prohíbe el sexo homosexual.

En Turquía, la comunidad LGTBI ha organizado una concentración de un millar de personas que han acabado disueltas por la policía. Este es el quinto año consecutivo en el que la celebración reivindicativa está prohibida en Estambul. Las autoridades locales habían denegado el permiso para celebrar la marcha en la céntrica calle Istiklal, como se había hecho, sin incidentes, entre 2003 y 2014.

miércoles, 19 de junio de 2019

#hemeroteca #disidencia #identidades | Sigo queriendo mi Manhattan

Imagen: El País / Blanca Evangelista en 'Pose'
Sigo queriendo mi Manhattan.
El uso del arte como herramienta de resistencia política para personas racializadas.
Chenta Tsai Tseng | El País, 2019-06-19
https://elpais.com/ccaa/2019/06/19/madrid/1560950049_460245.html

Los camareros le miraron con desprecio. Estaba en el Boy Lounge -un bar para hombres cis gais blancos menores de 35 años- y no era la primera vez que llamaban la atención: "Este no es un bar para mujeres trans negras", decían sus miradas. A pesar de ello, Blanca Evangelista, una mujer trans negra del Nueva York de 1987 y una de las protagonistas de la serie 'Pose', resiste. Y lo hace ocupando el espacio que pretendía anularla. Esa noche, ella acaba en la calabozo. Su rival de la ballroom culture -escena nacida en el Harlem en la década de los sesenta-, Elektra Abundance, la rescata. "¿Por qué me has ayudado?", pregunta Blanca. "Fuera del ball, las trans racializadas y disidentes sexuales no importamos. Por eso, en esta vida, los balls son lo único que importa".

Viajamos de la ficción a la realidad. En los sesenta, Crystal LaBeija salía enfurecida del concurso drag Miss All-America Camp Beauty Pageant. Había quedado en cuarto lugar y su ira quedó inmortalizada en el documental de 1968 'The Queen' dirigido por Frank Simon. LaBeija le hizo un reading a Rachel Harlow, ganadora del concurso y reina blanca de Filadelfia. El reading es una mofa en la que se resaltan y exageran los defectos de una persona. En ese momento, LaBeija no estaba siendo una mala perdedora, respondía a los prejuicios racistas del concurso. No ganó el concurso, pero a finales de los setenta formó la House of LaBeija.

Los houses eran espacios configurados por una madre o un padre que cuidaban y mentorizaban a gais jóvenes, en su mayoría negros o latinos, conocidos como hijos y que habían sufrido el rechazo de sus familias biológicas, así como abusos. También acogían a personas sin hogar o víctimas de las drogas. Las madres y padres de las casas brindaron un hogar y un lugar de pertenencia a muchas personas.

El uso del arte como herramienta de resistencia política para personas racializadas tiene una larga historia. En Madrid lo encontramos en colectivos como Negras Malas, proyecto de Navxja, creado para que hubiera un espacio para su grupo afectivo de amigas artistas negras y tejer vínculos y una red de apoyo para ellas. Otro es el colectivo Cangrejo Pro, que se autodefine como "un grupo de chicas de origen chino en España que trabajan en el ámbito comunitario y educativo desde el arte performance".

Formado por Jiaying Li, Shishi Zhu, Zhihan Chen, Fengfan Yang, Wanru Li, Bixia Xu, Qirui Wan, Jiakun Lu, Huixuan Kang, Jiaping Ma y obra de Xirou Xiao, a ellas les conocí por primera vez en la ‘performance’ que dieron en la Sala de Arte Joven en la Calle de Avenida de América. Presentaban su obra ‘Me Importa Un Pepino’, que repetirían en las jornadas de la diáspora china en las residencias del Matadero, y más recientemente en la puerta del sol en el festival Antirracista con la obra ‘Me Importa Una Cuerda’, un proceso formativo de creación comunitaria a partir de acciones y conversaciones que visibilizan las necesidades, inquietudes y preocupaciones de las jóvenes chinas desde la performance.

Un lenguaje que les permite comunicarse más allá de las palabras, reflexionar sobre el género, el cuerpo, la identidad, la diversidad y los estereotipos basados en el desconocimiento de la cultura china, para encontrar juntas el formato, los materiales y la partitura de acción final. No buscan una "acción colectiva" entendida como espectáculo en un escenario puntual. Quieren crear una situación, una experiencia que transmita las emociones, los sentimientos y las inquietudes de las mujeres chinas en Madrid. Una plataforma de comunicación cómplice y una red de apoyo mutuo.

Se centran en una serie de temas concretos, propuestos para activar y potenciar la conciencia política y el pensamiento crítico. Valoran sus propias fuerzas y la fuerza que resulta de la unión de las mismas, la sororidad. Espacios donde no hablan por ellas sino ellas son las protagonistas de su lucha. Espacios que responden a la violencia creando espacios de resistencia sin obviar la realidad. No solo son una plataforma de resistencia: a veces se nos olvida que el activismo, además de militancia, implica cuidados.

En estos espacios se tejen relaciones. Igual que en las ‘houses’ y las ‘ballrooms’. Blanca Evangelista es rescatada de la cárcel por Elektra Abundance; son enemigas en el ‘ball’, pero aliadas fuera de allí. Pidamos otro Manhattan, uno por Blanca y otro por Elektra.

miércoles, 12 de junio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #testimonios | Jean Wyllys, el exdiputado brasileño LGTB que huyó de Bolsonaro: "La homofobia es el gran consenso en Brasil"

Imagen: El Diario / Jean Wyllys
Jean Wyllys, el exdiputado brasileño LGTB que huyó de Bolsonaro: "La homofobia es el gran consenso en Brasil".
Jean Wyllys fue elegido en 2010 como el primer diputado federal en llevar la causa del orgullo LGTB al Parlamento brasileño donde se convirtió en el principal opositor de Bolsonaro. Cuando el ultraderechista alcanzó la presidencia, aumentaron las amenazas contra su vida, por lo que decidió huir a Europa. "Bolsonaro pasó a la segunda vuelta de las presidenciales y yo estaba seguro de que ganaría; y de que si ganaba, yo no seguiría vivo".
João França | El Diario, 2019-06-12
https://www.eldiario.es/desalambre/Jean-Wyllys-exdiputado-Bolsonaro-Brasil_0_909209272.html

Jean Wyllys (Alagoinhas, Brasil, 1974) es periodista, profesor universitario y teórico de la comunicación, pero no es por eso por lo que se le conoce. Su fama está marcada por dos hitos: en 2005 fue el ganador de Big Brother Brasil, la versión local del reality Gran Hermano, y en 2010 fue elegido como el primer diputado federal en llevar la causa del orgullo LGTB al Parlamento brasileño.

Desde entonces ha desarrollado su lucha por los derechos humanos como diputado del Partido Socialismo y Libertad (PSOL), hasta que, tras la victoria del ultraderechista Jair Bolsonaro, optó por abandonar el país temiendo por su vida, ya que se habían intensificado las amenazas contra él y su familia. Actualmente se encuentra en Alemania, donde empezará una tesis doctoral sobre las fake news, con mucha atención a todo lo que ha sucedido en Brasil en los últimos años.

Jean Wyllys y Jain Bolsonaro coincidieron en el Congreso durante los últimos años como diputados. Según explicó el diputado de izquierdas en el documental 'Entre Hombres de Bien', mientras hablaba en el Parlamento, Bolsonaro le murmullaba detrás de él: "Marica, marica".

En otra ocasión el actual presidente de Brasil le espetó: "¡Fuera de aquí, maricón!". Jean Wyllys respondió escupiendo.

Cuando el ultra derechista obtuvo la victoria electoral, el parlamentario decidió exiliarse. Su vida, sostiene, corría aún más peligro en un Brasil presidido por Bolsonaro.

P. En 2011 entró en el Congreso brasileño como único diputado abiertamente LGTB.

R. Antes que yo hubo otra persona abiertamente gay en el Parlamento, Clodovil Hernandes, sin embargo, él era homófobo, y no abogaba por la extensión de la plena ciudadanía a la comunidad LGTB, al contrario. Se posicionó contra el matrimonio igualitario o la idea de orgullo LGTB. Era un tipo muy misógino. Yo llegué ahí con una historia completamente distinta de la suya.

P. ¿Cuál era su bagaje?

R. Yo venía del activismo LGTB, y antes de eso mi vida ya había sido politizada por el movimiento pastoral de la iglesia católica, orientado por la teología de la liberación, que fue muy combatida por Juan Pablo II y la derecha católica en América Latina. Esta oposición se debía a que era un movimiento de inspiración marxista, un movimiento de facto cristiano, porque no hay nada más comunista que el cristianismo primitivo. Es en los años 90 cuando empiezo el activismo en el movimiento LGTB, que entonces era llamado movimiento gay, muy en relación con la epidemia del sida.

P. ¿Y por qué dio el paso a la política institucional?

R. Cuando decidí presentarme a las elecciones fue para unir dos aspectos de mi vida que estaban separados. Mi formación académica y mi activismo político, por un lado, estaban disociados de una fama que conseguí a través de la participación en un programa de televisión, Big Brother Brasil.

Me convertí en una celebridad instantánea. El programa fue muy politizado por mi presencia, que generó incontables debates sobre lo que decía o hacía. Yo creía que esa fama pasaría, pero pasados cinco o seis años me seguían parando por la calle, pidiéndome fotos e invitándome a eventos en los que no quería participar. No podía librarme de eso, así que la manera de unir los dos caminos, el de la fama y el del activismo político y la actividad académica, era mi candidatura.

Así que me presenté, me eligieron y me convertí en la primera figura que llega al Parlamento diciéndose abiertamente gay pero con orgullo de serlo, abriendo la agenda de los derechos humanos para que incluya la cuestión LGTB. Pero también lo hice de forma distinta a como el movimiento LGTB conducía el debate.

P. ¿Cómo era esa perspectiva sobre la cuestión LGTB?

R. El movimiento se miraba mucho al ombligo, teniendo como buque insignia la criminalización de la homofobia. No trabajaba de manera interseccional. Todos los gays somos vulnerables a la homofobia, pero es obvio que un gay pobre y negro es triplemente vulnerable, y no puede tratarse cada cosa por separado, así que no podemos tratar la homofobia de manera uniforme.

Por otro lado, yo también quería afirmar que un hombre gay no tiene que tratar sólo las cuestiones LGTB. Eso quizás fue lo que más molestó de mi presencia ahí, porque además de llevar la agenda LGTB, entré para hacer la "gran política", participar en el "gran debate", hablar de economía, abordar las políticas públicas o disputar el presupuesto. Eso fue un hecho inédito y abrió las puertas para que el número de candidaturas LGTB no haya dejado de crecer en Brasil desde mi elección.

P. ¿Cómo vivió la homofobia en ese espacio institucional?

R. Tuve que enfrentar la homofobia social, practicada incluso por personas que son tus aliadas pero no se dan cuenta que están siendo homófobas. Diputadas a las que tengo mucho cariño pero que de repente soltaban algo como "no me gustaría que mi hijo fuera gay", y cuando se daban cuenta añadían: "porque va a sufrir mucho en este mundo".

¿Qué persona no sufre en este mundo? Eso no es una excusa para no querer un hijo gay. Desde este tipo de situaciones hasta los chistes con el objetivo de insultarme, por ejemplo dentro del baño cuando yo entraba.

Por otro lado, había también una homofobia institucional, que me trataba de manera distinta a los demás. Cada día tenía que imponerme para que los trabajadores de la cámara de los diputados me viesen y me respetasen como a un diputado, porque en su cabeza ese no es lugar para un gay. En su cabeza un diputado es un hombre blanco, hetero, rico, normalmente viejo, un oligarca y vinculado a una familia de políticos. A estos los servían como felpudos, pero personas como yo, o compañeros que venían del Movimiento Sin Tierra, no teníamos su respeto.

Finalmente enfrentaba también una homofobia deliberada, de amenazas de muerte, insultos programados, ataques orquestados, todo para silenciarme y coaccionarme para que desistiera.

P. ¿Qué significó la elección de Jair Bolsonaro como presidente?

R. La elección de Bolsonaro corona un cambio político que empieza en 2013. En junio de ese año hubo movimientos políticos iniciados por la izquierda con reivindicaciones muy justas, contra el aumento de los billetes de autobús o por la transparencia sobre los costes de las obras del Mundial de fútbol.

Sin embargo, ya en 2013, esos movimientos empiezan a ser cooptados y parasitados por una fuerza política que estaba silenciada pero presente: las fuerzas derrotadas por el proceso de democratización que tuvo lugar con la constitución de 1988. Tras 24 años de dictadura militar, esas fuerzas no fueron propiamente derrotadas. La ley de Amnistía en Brasil no castigó a ningún torturador ni a ninguno de los asesinos. Siguieron allí, recibiendo pensiones altísimas, y pudieron convertirse en empresarios con ese dinero. Veían su agenda derrotada en las urnas, y a partir de la primera elección de Lula no había perspectiva de que ese grupo volviera democráticamente al poder, porque la agenda que el Partido de los Trabajadores (PT) presentó contemplaba a los pobres, que eran la mayoría de la población. Era una agenda de reparación histórica a las injusticias practicadas contra los negros, que incluía los derechos sexuales y reproductivos de las mujeres o que abrazaba a la población LGTB.

P. ¿Y qué ocurrió?

R. Esas fuerzas políticas empiezan a parasitar el movimiento de 2013, se organiza, se financia no sabemos cómo, y empieza a producir un discurso usando sobretodo la táctica de la mentira y las ‘fake news’, aprovechando una inhabilidad de parte de la población, sobre todo la población mayor, con las redes sociales e internet.

Esos grupos empiezan a evocar un discurso de extrema derecha que encuentra su portavoz en Jair Bolsonaro, alguien que llevaba más de 20 años en el Congreso Nacional, como una voz solitaria, políticamente incorrecta, diciendo todo eso que empieza a decirse de manera más clara. Con el uso de la mentira y un portavoz como Bolsonaro, que por su naturaleza jocosa gana espacio en televisión, era obvio que la extrema derecha ganaría esa batalla, porque la izquierda, y me parece genial que sea así, no echa mano de esos artificios.

P. Pero más allá del uso de la mentira, parece que la izquierda tiene reparos en ocupar según qué espacio, como por ejemplo un ‘reality show’ como Gran Hermano.

R. La izquierda todavía tiene muchos prejuicios en relación al consumo cultural. Si bien se autoproclama defensora de los derechos de la mayoría de la población, y de hecho los defiende, la mayoría de la población no se identifica con la izquierda. Entiendo que la izquierda sea derrotada muchas veces, porque el suyo es un ejercicio de despertar las conciencias y mostrar las cadenas que atan a las personas, y no es fácil.

Pero además desprecia el consumo cultural de los pobres: las telenovelas, los ‘reality shows’, las divas del pop… Por ejemplo, la izquierda no ha percibido cómo las maricas en Internet aman a las divas. Esto no puede ser despreciado, nos tenemos que apropiar de ese lenguaje y hablar así con esas personas. En nuestro mandato contratamos a una persona especialmente para hacer eso, conectada con ese universo y esa jerga, y conseguimos politizar a muchas maricas de esa manera.

La izquierda no ha leído a Gramsci, porque si lo hubiera leído entendería, a partir del concepto de hegemonía, que tenemos que ocupar todos los espacios, porque todos son campos de batalla. En cambio, la tendencia de la izquierda es decirme que si participo en Big Brother Brasil soy el enemigo o un traidor. No se da cuenta de que estoy ahí ocupando una posición estratégica, ‘hackeando’ un espacio que debe ser ‘hackeado’.

No tenemos que mentir como hace la extrema derecha, pero tenemos que apropiarnos del lenguaje que usan para mentir. No mentiremos pero tenemos que hacer una fábrica de memes, tenemos que poder decir nuestras verdades en forma de meme. Es por eso que quiero dedicarme al estudio de las ‘fake news’, no sólo porque destruyeron parte de mi vida, sino porque necesitamos encontrar los modos de combatirla. Tenemos que restituir la línea entre la verdad y la mentira.

P. Hay consenso en decir que Bolsonaro ganó las elecciones gracias a WhatsApp y a las ‘fake news’, pero parece una explicación simplista.

R. La ascensión de la extrema derecha está muy basada en prejuicios que están en la mayoría de la población. Lo que pasa es que son prejuicios que no se dicen, porque una ola democrática que vino tras 24 años de dictadura militar remarcó que ya no eran políticamente correctos. Justo después de la aprobación de la constitución ciudadana de 1988, el racismo se convirtió en delito.

¿Significa eso que los racistas desaparecieron por la fuerza de la ley? No. Como dice el poeta Carlos Drummond de Andrade, los lirios no nacen de las leyes. Los racistas no lo decían pero seguían ahí. ¿Y los homófobos? Igual, y el racismo no es tan unánime en Brasil; pero la homofobia, sí. La homofobia es ubicua, está en todas las clases sociales, entre letrados, académicos, iletrados, ignorantes… está en todas partes. ,

P. ¿Cómo?

R. En 2011 inventaron el bulo del "kit gay" [que teóricamente quería repartir el ministerio de educación], creando un pánico moral de que la homosexualidad es fruto de un proselitismo que se haría en las escuelas. Entonces hasta las personas enrolladas, de izquierdas, se sintieron aterradas con esa idea de que su hijo no iba a ver el partido del Flamengo el domingo en el Maracanã, sino que podría gustarle el ballet gracias al "kit gay".

Esa mentira inventada en 2011 dio la victoria a Bolsonaro en 2018. Y, por supuesto, para eso no era suficiente el discurso, sino que entra en juego un elemento que nunca debe ser menospreciado: la fuerza económica, que sigue definiendo quién gana y quién no. Antes el dinero se dedicaba a preciosas campañas de televisión, y ahora se está invirtiendo masivamente en las nuevas tecnologías.

Sobre todo porque trazan un perfil tuyo que permite enviar un mensaje muy específico, que te tocará específicamente a ti. Mediante esos bancos de datos se dispararon mensajes hechos a medida para diferentes grupos de personas con fake news.

Se caracterizan por su difusión a través de aplicaciones en las que estás con personas en las que confías o con las que has convivido y tienes un afecto, como tu grupo de la escuela, de la universidad, de la familia o del trabajo. Su transmisión en esos espacios hace que pienses que son ciertas o, aunque sepas que no lo son, prefieres no desmentirlas.

Cuando llegamos al punto de desmentirlas ya era demasiado tarde y empezaron las peleas y rupturas en los grupos de familia. Estabas en un grupo de familia y de repente tu tío ponía cualquier mierda contra los gays, faltándote al respeto. A lo mejor ni pensaba que estabas ahí, o le daba igual porque nunca le habías gustado y ahora no tenía problema en decírtelo.

P. Todo ese discurso cala porque había un conservadurismo en Brasil del que no parece que la gente fuera consciente.

R. Vivimos 350 años de esclavitud que se acabó porque una princesa blanca firmó una ley que liberaba a los esclavos. Punto. Esta ley se aprobó no porque ella fuera benevolente, sino porque Inglaterra presionó a Brasil, porque estaba viviendo una revolución industrial y necesitaba mano de obra y nuevos mercados de consumo.

La élite brasileña nunca quiso renunciar a la esclavitud. Todavía hoy hay personas que viven en condiciones similares a la esclavitud. No se desarrolló ninguna política de inclusión de la población negra en el mercado de trabajo, al contrario. Muchas haciendas importaron mano de obra blanca para sustituir a los esclavos en la agricultura como asalariados, sobre todo inmigrantes italianos. Había un propósito, después de la liberación de los esclavos, de emblanquecer la sociedad. Lo teorizaron y escribieron los intelectuales de la época.

Somos un país católico, de tradición judeocristiana, con una población de evangélicos neopentecostales que viene creciendo de forma abrumadora desde los años 80. Y en los fundamentos de estas religiones abrahámicas están el patriarcado, la subalternización de la mujer y el rechazo a la homosexualidad. Esto está dentro de la gente y lo que puede deconstruirlo son los sistemas educativos y de cultura, que nos llevan a conocer otros mundos y a pensar. Pero nuestro país tiene un déficit inmenso en términos de educación de calidad y de acceso a la cultura.

P. ¿Los gobiernos del PT no revirtió esa situación?

R. La era Lula amplió el acceso a la educación, lo pudo masificar, pero no necesariamente garantizó la calidad de la educación pública. Hay ciudades en Brasil que no tienen ni un solo equipamiento cultural, ni siquiera uno. Un cinema, un teatro, una sala de conciertos… nada. En un país como este, que no ha dado acceso a las personas a estos sistemas de ampliación del imaginario, las iglesias neopentecostales sólo pueden triunfar, porque ofrecen eso.

Ofrecen un espacio de sociabilidad. Las personas quieren convivir, estar juntas. Ofrece música, puedes ir a cantar, y ofrece una caridad directa. Evidentemente, a cambio de todo esto introduce en las personas unos valores horribles, de racismo, homofobia, misoginia…

P. ¿En qué momento los ataques a su persona lo llevan a optar por el exilio?

R. En realidad ya lo venía meditando antes de las elecciones. Estaba viviendo una vida muy mala, restringida, con guardaespaldas, sin poder ir a los lugares que frecuentaba, siendo insultado en los espacios, en una postura constantemente reactiva.

Desde 2016 mi equipo dejó de ser productivo para pasar a ser reactivo. No teníamos tiempo para proponer porque estábamos demasiado ocupados en defendernos. El equipo de comunicación gastaba el 20% del tiempo en difundir nuestro trabajo y el 80% en rebatir ‘fake news’. Con la muerte de Marielle Franco [concejal de su partido asesinada en Rio] esa voluntad de abandonar la política institucional ganó más fuerza dentro de mí, pero aún así hice la campaña, y fue muy difícil.

No quería estar en la calle, tenía crisis de pánico. Hay dos personas en Brasil que son odiadas en esta misma proporción, y quizás también queridas, pero una de esas personas es Lula, que fue presidente de la República dos veces, y la otra soy yo, que soy un simple diputado.

Cuando fui elegido para el nuevo mandato, Bolsonaro pasó a la segunda vuelta de las presidenciales y yo estaba seguro de que ganaría; y de que si ganaba, yo no seguiría vivo. Podría morir de muchas maneras, desde un asesinato ostensivo, como pasó con Marielle -porque cada vez hay más asociación entre organizaciones criminales y el poder constituido-. También podría morir en un asesinato fabricado, un asesinato político convertido en crimen pasional, por ejemplo.

Y, si no, moriría de depresión, porque no iba a aguantar cuatro años viviendo atrapado y amenazado. Pero cuando tomé esa decisión no imaginaba que la erosión del Gobierno sería tan rápida. Pensaba que duraría algo más, que engañaría a más gente durante más tiempo. Por suerte no está funcionando y mucha gente ya se ha dado cuenta del imbécil que es, pero no le causa ningún problema gobernar con la minoría contra la mayoría.

P. Ante cuatro años de Bolsonaro, ¿cómo se puede construir un futuro mejor?

R. No sé hacer futurología, pero la manera de construir un futuro mejor es trabajando, haciendo cada uno su parte en la resistencia y en la restitución del tejido democrático. Los movimientos sociales, los intelectuales, la universidad, los artistas… Los que fuimos desterrados, Débora Diniz, Marcia Tiburi y yo, estamos los tres en activo, actuando desde fuera junto a instituciones internacionales para denunciar las violencias que están sucediendo en Brasil. Incluso hemos conseguido cosas importantes, como que Bolsonaro no fuera a Nueva York, y pronto conseguiremos que no lo inviten a París.

En cada entrevista que doy, en cada denuncia, cuando cuento quién es esta figura, el mundo se asusta y quiere alejarse. Esto es un trabajo político en otro nivel, distinto del trabajo parlamentario. Me fui de Brasil para proteger mi vida, para tener una vida, pero no significa que me fuera para callarme, al contrario.

P. Y, en la política institucional, ¿también hay lugar para la esperanza?

R. Claro que hay esperanza, tiene que haberla, no hay más opción. Fuera de la política está la barbarie, así que lo que tenemos que hacer es política. Tenemos que aprender a hablar entre quienes somos diferentes, a articularnos contra el mal mayor que es el fascismo. Las personas de centroderecha, socialdemócratas, liberales, marxistas, socialistas, comunistas, tenemos que hablar más entre nosotros y defender la democracia contra el fascismo. Ese es el ejercicio que nos queda. Tengo muchas críticas al Congreso Nacional de Brasil y a los Parlamentos en todo el mundo, pero es peor sin ellos, sin el espacio de debate.