Mostrando entradas con la etiqueta =Putivuelta. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta =Putivuelta. Mostrar todas las entradas

lunes, 26 de agosto de 2024

#hemeroteca #gais #cruising | En busca de sexo anónimo e instantáneo: viaje al templo del ‘cruising’ en Madrid

Cruising en la Casa de Campo de Madrid //

En busca de sexo anónimo e instantáneo: viaje al templo del ‘cruising’ en Madrid

Un centenar de hombres gais acude cada día a la Casa de Campo para mantener relaciones sexuales a pesar de los robos, palizas y enfermedades a las que se exponen
Juan José Martínez | El País, 2024-08-26
https://elpais.com/espana/madrid/2024-08-26/en-busca-de-sexo-anonimo-e-instantaneo-viaje-al-templo-del-cruising-en-madrid.html

Los últimos destellos de sol doran las copas de los árboles de la Casa de Campo, los rabos de los conejos rebotan entre los setos como pelusas de algodón antes de desaparecer en las madrigueras. De fondo, el soliloquio de los pájaros y el silbido del tren invitan a cerrar los ojos y a respirar profundo en actitud contemplativa. En este idílico paraíso, unos 20 hombres deambulan por separado en búsqueda de más hombres. Parecen espectros que salen de los árboles y vuelven a perderse en la vegetación. Todos vienen a lo mismo: cruising, una práctica que moviliza a un centenar de gais diariamente hasta el pulmón verde de la ciudad para practicar sexo anónimo y ocasional. Estudiantes, trabajadores, desempleados, pensionistas, solteros, casados, jóvenes o con nietos buscan en los recovecos del bosque a algún amante efímero. El placer se encuentra fácil y el sexo es inminente, aunque los peligros merodean. Robos, palizas y enfermedades de transmisión sexual son algunos de los riesgos que han narrado a EL PAÍS estos discípulos del cruising durante los días en que este periódico ha hurgado en la meca del sexo instantáneo al aire libre en Madrid.

Para adentrarse en territorio desconocido, los periodistas suelen buscar un 'fixer', una figura esencial que ejerce de traductor de idiomas y de códigos culturales distintos. El término se popularizó en las guerras de Oriente Próximo y, desde entonces —aunque podría pensarse que desde siempre—, son una pieza fundamental del oficio. El ‘fixer’ de este reportaje ha pedido llamarse Camilo, prefiere no ser identificado para “evitar el estigma”. Es un latinoamericano de 30 años, practicante ocasional del ‘cruising’, aunque bastante enterado, la clave para desencriptar los códigos de esta práctica de señales sutiles.

Pronto llega la experiencia inaugural. Era un miércoles como cualquier otro de julio, antes del mediodía, en la zona cero de los encuentros fugaces. “Háblale”, azuza Camilo en su primera intervención como ‘fixer’, apuntando a un señor de sombrero Panamá, lentes de sol, bolso colgado, pantalón de dril, camisa de cuadros blancos y azules y unos 70 años. El ‘fixer’ se aleja para no despertar sospechas. “Buenos días”, dice el reportero. El hombre solo asiente tras unos impenetrables lentes polarizados. Entre dientes, responde que hace ‘cruising’ dos veces por semana y que tiene bastantes experiencias positivas que contar.

Tras unos segundos de conversación, saca una bolsa de plástico verde del bolsillo del pantalón y comienza a desdoblarla. Con ella, improvisa un asiento sobre el suelo y se sienta, sin mediar palabra. El periodista, que cree haber captado el silencio, se despide con el deseo de una buena tarde. Camilo se reincorpora a su lado y le da su primera lección: “¿Viste lo que pasó? Se ha puesto en posición”. Cuesta creerlo. “Volvamos”, reta Camilo. El señor sigue en el mismo lugar, aún sentado sobre el plástico verde.

—¿Qué te gusta hacer?

—¿Qué te gusta que te hagan?— responde el hombre con una pregunta, mientras se quita las gafas.

—¿Te gusta el sexo oral?― intenta descifrar el reportero, instigado previamente por el ‘fixer’.

—Sí, ¿quieres?— ofrece, mientras estira la mano hacia la pantorrilla de su interlocutor.

—No, gracias.

—Bueno, hasta luego.

El ‘cruising’ sigue un patrón claro: mirar, tocar y copular. Frotarse la entrepierna es el símbolo universal. Si el cruce inicial de miradas se prolonga unos segundos, uno de los dos se envía la mano a los genitales ―da igual si es por fuera o por dentro del pantalón―. Cada cual modifica el protocolo en función de sus gustos. Hay quienes se soban los pezones, otros se llevan los dedos a la boca para ofrecer una felación. Si el lisonjeado corresponde, no queda más que acercarse para hacer en el cuerpo ajeno lo que antes en el propio y buscar un lugar para la desnudez. El encuentro pocas veces dura más de 15 minutos. Hablar es solo una opción, que la mayoría descarta, como explica un veterano que busca lo mismo que todos: “La gente aquí no viene por deporte, viene a tocar pollas”. Poco importa que alguien vea: todos van a lo mismo y el voyerismo es tan rutinario como inevitable.

En la Casa de Campo esta práctica está a la vista de cualquier curioso o caminante despistado. Basta con salir de la estación del metro y caminar paralelo a la autovía que conecta con el zoológico. La zona es ideal para la experiencia: está tupida de árboles que forman laberintos y trincheras donde los hombres se desnudan, se agachan, se hincan, se empinan, se reclinan y, finalmente, se limpian.

Las servilletas en el suelo, los pedazos de cartón y los condones añejos que se balancean en las ramas son testigos inertes de lo que se cuece en esos matorrales. Hay para todos los gustos: hombres sin camisa, en ropa deportiva, bañador, camisa leñadora o abuelos en chándal que no dudan en bajárselos hasta las rodillas para revelar a algún fisgón un par de nalgas escuálidas enmarcadas por unos tangas. Un paseo por este lugar basta para comprender el significado del término ‘cruising’ (crucero). Aquí todos navegan, deambulan a una velocidad moderada, casi en automático, sigilosos. Aquí todo parece que pasa lento porque lo que pasa rápido es tan fugaz que no logra percibirse.

Si bien la Casa de Campo es uno de los sitios más populares para el ‘cruising’, está lejos de ser el único. Numerosos foros digitales de la comunidad gay se encargan de geolocalizar y reseñar los lugares públicos para tener sexo: estacionamientos, baños públicos o parques. Las chinchetas más repetidas en estos catálogos revelan que otros puntos frecuentados para la práctica del ‘cruising’ son el El Retiro ―en los alrededores de la estatua del ángel caído―, los baños del intercambiador de Moncloa, o los del centro comercial Príncipe Pío. Los comentarios se centran mayoritariamente en quedadas: “¿Quien baja sobre las 19.00? Quiero comer buenos rabos”, o “Hola, ¿alguien esta tarde allí? Me va el cerdeo, escribirme por privado”, son algunas de las entradas más recientes de la Casa de Campo.

Desde primera hora de la mañana empieza el ajetreo. Los adultos mayores son los primeros en llegar, cuando los oficinistas apuran la tostada matutina. Algunos acuden a pie y otros en coche. Los segundos aparcan en el estacionamiento del zoológico y se apoyan en sus vehículos con la mirada clavada en los setos. Uno es un hombre de 75 años que tiene dos nietos. Viste camiseta polo rosada y pantalones cortos.

―¿Desde hace cuánto viene por aquí?

―Desde que me jubilé hace 11 años.

Acude cada mañana en su coche a este “expositorio de carne”, como él mismo lo define. Se considera “una persona muy respetuosa”, por el simple hecho de que no hace insinuaciones, aunque tampoco las rechaza. “Si alguien me dice ‘¿te la chupo?’, pues me la chupa, ¿qué le voy a decir?”, afirma cruzándose de brazos como si no tuviese más opción. No trae ni un duro por seguridad y no duda en voltearse los bolsillos para demostrarlo. Evita meterse en la arboleda, según dice, “porque roban”. “Me da miedo: yo soy muy mayor para andar con gente tan joven”.

Algunos jóvenes madrugadores llegan equipados con comida, botellas de agua y cartones, un elemento fundamental para evitar el roce de las posaderas con la maleza espinosa o la hierba seca. Se adentran sonrientes en la floresta deseosos de aplacar su libidinosa juventud en alguna zanja con olor a semen.

Quienes sostienen que el ‘cruising’ es una manera fácil de aumentar las pulsaciones, desconocen que los peligros son múltiples. Casi todos tienen una experiencia amarga que contar. El aislamiento, la ausencia policial y la oscuridad son características que hacen posible el cruising, pero también lo convierten en una práctica de alto riesgo. De esto sabe un hombre de 42 años, nacido en Canarias, quien predica una hipótesis. “Donde hay luz, no hay ‘cruising’”. Sabe de lo que habla, lleva varias décadas en este mundo, desde los tiempos en que la sede madrileña para el sexo gay a la fresca era el Templo de Debod. Esta sucursal cerró después de que un restaurante cercano instalara unos reflectores para iluminar la montaña. De ahí aprendió su regla.

Pero donde no hay luz, pasan cosas muy oscuras. Él mismo lo vivió un noche, cuando vio aproximarse a un grupo de 10, “de esos que van de negro y con la cabeza rapada”. Pensó lo peor. Ya sabía que algunos grupos ultras suelen quedar en las zonas de cruising para pegar a homosexuales. El canario, de aspecto muy varonil en el sentido más patriarcal de la palabra, narra que miró a los ojos al líder del grupo por unos segundos: “No sé cómo paso, pero el hombre se detuvo y ordenó a los otros que cambiaran de dirección”.

De los cinco días que El País ha pasado en la zona, solo en uno ha advertido la presencia policial. Tener relaciones sexuales en un lugar público acarrea una sanción administrativa que va de los 100 a 600 euros por exhibicionismo, según el artículo 37 de la Ley Orgánica de protección de la seguridad ciudadana. Si ocurre frente a menores de edad o personas con discapacidad, constituye una infracción penal, castigada con una pena de prisión de seis meses a un año o multa de 12 a 24 meses.

Las infecciones de transmisión sexual (ITS) son el enemigo silencioso. El preservativo no es imperativo, como explica un joven mexicano de 28 años, pelo lacio hasta los hombros y tez morena, quien afirma tener dos condiciones que desaniman a la mayoría de los pretendientes: no recibe dinero y no lo hace sin protección. “Hay personas que tienen VIH y, por maldad, te lo pueden pegar”, alerta otro. Todo esto en medio de un repunte de todas las ITS en la Comunidad de Madrid ―a excepción del VIH―, según el Informe del Estado de Salud de la Población de 2023.

Cuando el deseo se hace carne, la Casa de Campo emerge como el santuario perfecto para la práctica del ‘cruising’, que no por ser gratuito y rápido puede definirse como fácil. Más que una práctica es una tradición que, como todas las relegadas a la clandestinidad, tiene un origen tan difícil de determinar como lo es su final. El sexo al aire libre seguirá practicándose por la comunidad gay en el principal pulmón verde de Madrid, a escasos metros de parques infantiles, de la entrada al zoológico y de la ruta del anillo verde del ciclista. Siempre habrá adeptos del ‘cruising’, amantes de la adrenalina sin decoro, deambulando por la arboleda, o como prefiere decirlo el canario que lo ha practicado más de la mitad de su vida: “Siempre hay un alma perdida”. Dispuesta.

sábado, 20 de mayo de 2023

#hemeroteca #gais #transgresion | Nazario: “Soy un superviviente del sida, del alcoholismo, del tabaquismo… y no tengo ningún complejo de culpa”

Nazario Luque //
Nazario: “Soy un superviviente del sida, del alcoholismo, del tabaquismo… y no tengo ningún complejo de culpa”

El dibujante presenta una exposición en la galería Bombon Projects dedicada a Anarcoma, el transgresor personaje con el que alcanzó la popularidad en la revista ‘El Víbora’ en los años ochenta
Ianko López | ICON, El País, 2023-05-20
https://elpais.com/icon/2023-05-20/nazario-soy-un-superviviente-del-sida-del-alcoholismo-del-tabaquismo-y-no-tengo-ningun-complejo-de-culpa.html 

Hace 45 años se publicaba la primera entrega del cómic 'Anarcoma', las aventuras de una detective transexual en los bajos fondos de Barcelona, salpimentadas de sexo explícito, que pronto pasaron de la estricta marginalidad a los expositores de los kioscos. La Transición española era quizá el momento propicio para este tipo de movimientos. Su autor, Nazario Luque (Castilleja del Campo, Sevilla, 79 años), bajo la firma Nazario, llevaba desde principios de la década de los setenta publicando sus rompedoras historias dibujadas, a menudo protagonizadas por hombretones cargados de testosterona y ligeros de bragueta. Pero fue gracias a la llegada de Anarcoma a las páginas centrales de la revista ‘El Víbora’ cuando alcanzaría la difusión que su obra merecía. Después pasó a temas en teoría más elevados, inspirados en la ópera y la literatura, y también a exponer sus pinturas en galerías convencionales, porque se había cansado de dibujar penes, según sus palabras. Y, sin embargo, la alta cultura y la cultura popular siempre acaban confluyendo: la galería de arte Bombon Projects, una de las más prestigiosas de Barcelona, dedica su actual exposición, ‘Anarcoma, tú y yo’ (hasta el 17 de junio) al personaje más popular de Nazario, lo que supone un justo homenaje con ocasión del aniversario.

¿Cómo se le ocurrió la idea de Anarcoma?
Yo quería hacer una historia para una serie estilo ‘continuará’ y publicar al final un álbum recopilando todas esas entregas, y para eso hacía falta un personaje potente. Y pensé que un detective sería lo adecuado. Lo que pasa es que un detective hombre me resultaba demasiado ‘déjà vu’, con Bogart y tal, y en mujer ya estaban Barbarella o Modesty Blaise. También quería retratar el ambiente homosexual de Barcelona, pero pensé que si el personaje fuera un homosexual sería lo mismo que un hombre, solo que acostándose con otros hombres. Hacerlo transexual daba más juego, y de paso podía retratar el ambiente de los locales de transformistas.

¿Se inspiró en alguien en particular?
Muchas amigas travestis me preguntaban: “¿Te has inspirado en mí?”. Pero yo me había inspirado en todas, con esos pechos hormonados y una polla grande, y la llamé ‘Anarcoma’ como mezcla de anarquista y carcoma. Empecé publicándola en la revista ‘Rampa’, una publicación de destape típica de esa época, que solo duró 4 números. Entonces, el director de ‘El Víbora’ pensó que estaría muy bien como página central en colores para su revista. Y fue un bombazo.

¿A qué atribuye ese éxito?
No era solo yo, sino todo los artistas que empezamos con el rollo ‘underground’: [Javier] Mariscal, [Francesc] Capdevila ‘Max’, [Antonio] Pamies, [Miguel] Farriol... 'El Víbora' llegó a vender 30.000 ejemplares en sus mejores momentos. Era una revista heterosexual, o para todos, porque yo me negué a participar en revistas solo homosexuales.

¿Por qué?
Porque eran una especie de gueto. Esta llegaba a todo el mundo. Muchos amigos me dijeron: “Recibir en mi pueblo la revista cuando estaba en el armario era una liberación”.

En aquel momento no se hablaba del personaje como trans, sino como travesti. ¿Cómo ha visto la evolución del movimiento trans en este tiempo?
Para los transexuales entonces el paso era más complicado y arriesgado, porque las siliconas fallaban o la operación no siempre funcionaba bien, y te quedabas a medio camino entre una cosa y otra. Yo tenía amigas a las que les había fallado y estaban arrepentidas. No era fácil la elección, pero había quien se arriesgaba. En ‘Anarcoma’ incluí también el personaje del robot, fabricado como supermacho, que empieza a sentirse mujer, a travestirse y hormonarse y actuar como mujer. Esto era llevar las cosas a un límite... no sé si estrambótico, pero sí rizar el rizo de la normalidad, dentro de la normalidad que ellas pudieran tener.

¿Qué le parece el feminismo transexcluyente?
Estar contra todo no es nada positivo, no me hace ninguna gracia. Me suena a cuando los maricones [sic] no dejaban entrar a mujeres en sus bares. Algo así, de intransigencia, es lo que sienten estas personas que no admiten la realidad que hay.

En sus historias siempre sacaba unos arquetipos masculinos muy distintos de los hombres musculadísimos y perfectos. Los suyos eran robustos, peludos y calvos. ¿Se debía a un fetiche erótico personal?
Es que no me gustan los chicos jóvenes, no me atraen. Mis novios suelen tener mínimo 30 o 34 años y responden a ese prototipo que dices. No digo Alejandro, mi marido, que tenía una polla fantástica. pero no era así. Pero mis novios sí, me gustaban con barriguita y tal. Alejandro y yo formábamos una pareja abierta, y los novios que nos ligábamos cada uno los conocíamos con 30 años y al cabo del tiempo tenían 50. En cuanto te das cuenta, son mayores. No tienen mis 80, pero sí los sesenta y tantos. A uno al que conoció Alejandro hace 15 años le dio un ictus un día después de follar y lo ingresamos en el hospital. Y así sigue.

¿Cree que la pareja abierta es una opción mejor?
La pareja homosexual muchas veces es un remedo de esa pareja heterosexual. Tengo un vecino que en casa con su marido jamás va a meter un novio. Su normalidad es la suya y la mía es la mía, pero la de él a mí no me gusta, me parece una hipocresía. Yo me acuerdo de cuando al principio Alejandro me era infiel, y ahora la palabra “infiel” me resulta tan tonta como “marido” o como “viudo”.

¿Cómo lleva usted la viudedad?
Alejandro y yo nos casamos ‘in articulo mortis’ cinco días antes de morir él, y pasé de marido a viudo. Y veo los papeles y leo “viudo” y me parece que no tiene ningún significado. Con el matrimonio como lo conciben la iglesia y la sociedad nunca he estado de acuerdo. Cuando se aprobó pareja de hecho fuimos enseguida a registrarnos, pero después, cuando se podía uno casar, fuimos reticentes porque nos recordaba a el sacramento de la Iglesia. Pero hay muchos otros homosexuales a los que les gustaría hasta ir vestidos de novias, con toda esa parafernalia heterosexual.

¿Es usted más partidario de la disidencia que de la asimilación?
De joven tenía la falsa ilusión de considerar la homosexualidad como algo revolucionario. Pensaba que el homosexual debía ser de izquierdas y solidario, y otras cosas que me gustaban. Y luego me di cuenta de que no, que hay homosexuales burgueses, que no se preocupan del que tienen al lado. Los hay hasta de extrema derecha.

¿Se considera un activista?
Yo me enfado cuando me retratan como un cliché de homosexual activista por mis cómics. Activismo es, como también he hecho, acudir a manifestaciones en apoyo de los saharauis, o dar clases de español a inmigrantes, o participar en la lucha contra un macrovertedero que querían poner en mi pueblo, o retirarme de una exposición que hizo el ministerio de Cultura durante la guerra de Irak. Son otro tipo de implicaciones, no solo las del tema homosexual. Y luego sí, he participado en apoyo a los seropositivos o la campaña por el condón. Pero el primer dibujo que me publicaron en mi vida, en cuanto vine a Barcelona, fue por un cura de aquellos llamados obreros, que me preguntó si le podría hacer un panfleto y le dije que sí. Y yo pensé que un panfleto sería más atractivo para la gente si llevaba dibujos que con un texto duro, así que así lo hice, y ese fue mi primer dibujo publicado.

En cierto momento su obra cambió de rumbo y pasó a referentes de la llamada alta cultura, al parecer porque se había cansado “de dibujar pollas”. ¿Las pollas son incompatibles con la alta cultura?
Había veces que de verdad me cansaba de pintar pollas. Mucha gente me identificaba con ‘Anarcoma’ cuando yo hice muchas otras cosas. Lo que me gusta es contar historias, y como se me daba bien dibujar, lo he hecho con cómics. Pero también me gustan la ópera y el teatro. En ‘Salomé’ y ‘Turandot’ seguía estando el sexo, solo que de manera más sutil. Igual que cuando pinto mis cuadros. Nunca pierdo de vista el sexo porque me apasiona. Siempre sostengo que soy adicto al sexo como otro lo será a lo que sea. Me gusta practicar sexo a cualquier hora, y no siempre con hombres fantásticos, pero eso no se lo digas a nadie.

Cuenta usted que en la primera manifestación del orgullo gay en Barcelona se relegó a su amigo Ocaña por presentarse vestido de mujer, porque se quería mostrar la imagen de “un maricón macho, no afeminado”. ¿Hemos mejorado en eso?
No solo lo habían relegado a Ocaña, sino a travestis y afeminados en general, para dar la imagen de que el homosexual es “normal”, tan macho como cualquier macho. Y hubo protestas de los colectivos de travestis y homosexuales, como las hubo en Francia, donde ocurrió lo mismo. Nosotros luchábamos contra los que nos querían discriminar, pero resulta que discriminábamos a las mariquitas por no ser machos. Menos mal que hubo una revisión de esto.

La manifestación fue prohibida durante un tiempo, pero hoy se ha convertido en una gran oportunidad de mercado.
No me he perdido ninguna manifestación desde la primera. Está la manifestación y luego está la cabalgata, con los maricones vestidos de cuero y las travestis como si fuera el carnaval de Tenerife, que como espectáculo me puede resultar divertido, pero como militante prefiero ir a la de siempre. Pero no tengo nada contra los que quieran manifestarse divirtiéndose.

¿Qué opina sobre quienes dicen que había más libertad antes que ahora?
Depende de para qué cosa hoy hay mucha más libertad, claro. Recién llegado a Barcelona, me echaron del cine Arnau cuando el acomodador me pilló con otro en el váter. Y en Londres, en los urinarios de Piccadilly, me vino un tipo por detrás que resulta que era policía y me llevó a comisaría. Había falta de libertad en todas partes. Hoy coges el móvil y al maricón más cercano le mandas fotos o te vas a Montjuïc a estar con el culo al aire.

Antes citaba su apoyo a los seropositivos. ¿Se considera un superviviente de la crisis del sida, incluida la culpabilidad, que es típica de los supervivientes?
Superviviente me considero, por supuesto. No ya por el sida sino por todo. Llegar a los 70 es supervivencia. Al sida, al alcoholismo, al tabaquismo… he pasado muchas pruebas para llegar a esta edad. Ahora bien, no tengo ningún complejo de culpa.

Usted vive en plena Plaza Real de Barcelona, que ejemplifica muy bien el progreso de la turistificación en la ciudad. ¿Cómo vive usted este fenómeno?
Ahora mismo he salido de mi casa y he tenido que esperar que pasaran delante de mí 40 o 50 personas de la cuarta edad, más que de la tercera, que yo me preguntaba qué hacían aquí con lo a gusto que estarían en su casa o en la playa tomando el sol. Pero no, los llevan de un lado para otro viendo cosas que no sé si les resultarán interesantes. No comprendo esta histeria por hacer turismo hasta la muerte. Han comido el coco a todo el mundo de una forma tan fuerte que están con ansiedad por ver cosas que no les interesan en absoluto. Una persona a la que nunca le ha interesado el arte me parece una tontería que vaya a un museo solo para hacerse selfis.

Usted decidió abandonar Sevilla, donde vivía y ejercía como profesor, para trasladarse a Barcelona, de donde ya no se fue. ¿Por qué?
Por el cosmopolitismo de la ciudad. Para los jipis era lugar de paso a Formentera o Ibiza. Cuando por primera vez vi un jipi de pelo largo fumando porros me dio sensación de libertad. Además, las revistas se editaban en Barcelona, y aquí había gente de todos los sitios. No solo vine yo: Ocaña vino de Sevilla, y Mariscal de Valencia, y Ceesepe, Hortelano y Ouka Leele de Madrid. Había una amalgama de gente de fuera que vinimos buscando esta especie de libertad que se respiraba.

¿En qué trabaja ahora?
Estoy con muchas historias, muy ocupado entre las exposiciones, y las colaboraciones, y mi amigo el del ictus. Pero quiero seguir escribiendo, pero también disfruto de otras cosas.

jueves, 10 de noviembre de 2016

#hemeroteca #arquitectura | La verdadera Barcelona secreta

Imagen: El Periódico / Cartografía de cuartos oscuros
La verdadera Barcelona secreta.
Pol Esteve y Marc Navarro cartografiaron en el 2006 los 15 cuartos oscuros de la ciudad, la guinda que le faltaba a la mayúscula obra de Ernst Neufert.
Carles Cols | El Periódico, 2016-11-10
http://www.elperiodico.com/es/noticias/barcelona/verdadera-barcelona-secreta-5619934

Entre los meses de agosto y septiembre del 2006, el arquitecto Pol Esteve y su colega Marc Navarro cartografiaron la verdadera Barcelona secreta, un término que se usa muy alegremente por ahí, pues internet, por ejemplo, va lleno de entradas si se realiza esa búsqueda, medio millón más o menos, un despiporre. A algunas de esas barcelonas el calificativo de secretas les viene grande. A lo que exploraron Esteve y Navarro, no. Con una cinta métrica y un cierto espíritu de aventurero agrimensor visitaron en horas poco concurridas los cuartos oscuros de la comunidad gay más osezna de Barcelona. Levantaron los planos con oficio, como lo hace un buen profesional de su especialidad. El resultado es una cartografía inédita de Barcelona. ¿Qué, es secreta o no?

Esteve explica desde Londres, donde imparte clases en la Architectural Association, algunos pormenores de aquella exploración sin antecedentes conocidos y sin émulos después. “Íbamos a primera hora, cuando el local acaba de abrir, y tomábamos las medidas”. En total visitaron 15 cuartos oscuros, tantos como se supone había aquel año en Barcelona y que, por situar a quien aún no sepa de qué va la cosa (lo cual es normal, porque recuérdese que son secretos), decir solo que son espacios sin apenas luz consagrados al furtivismo homosexual, la evolución extrema de las londinenses ‘molly houses’ del siglo XVIII.

La arquitectura olvidada
¿Por qué? ¿Para qué? No, esto no fue el juego infantil de tocar el timbre y salir corriendo, una travesura de arquitectos adultos, en este caso. Esteve y Navarro sostienen que hay espacios públicos de los que la arquitectura se olvida, eso en una profesión que destaca por ser especialmente exhaustiva en la publicación de vademécums dirigidos a los profesionales del sector. Aunque descatalogado, ahí está, por ejemplo, el 'Atlas de plantas' de Friedericke Scheneider, un compendio de planos de hogares de medio mundo, pero sobre todo despunta en esa biblioteca lo que se considera la biblia si de esta materia se trata, 'El arte de proyectar en arquitectura', de Ernst Neufert, un manual publicado por primera vez en 1936 en Alemania y ampliado y reeditado hasta 40 veces en aquel país y 16 en España por la editorial Gustavo Gili, que detalla con precisión de relojero todo cuanto es indispensable saber para edificar a escala humana. ¿Todo?

Neufert fijó el canon de cientos de materias. La media común de una puerta es de 72 centímetros por Neufert. Los ladrillos miden 25 centímetros de largo por 12,5 de ancho, también por él. Los electrodomésticos, 60 centímetros de profundidad y 45 o 60 de ancho. Cualquiera que quiera salirse de ese estándar necesitará un trabajo de carpintería por encargo. ¿Qué altura es la correcta para una pila bautismal? Neufert. ¿De un pinball? Neufert de nuevo. Aquel sajón hizo tanto o más por el racionalismo arquitectónico que Le Corbusier, pero, a lo que íbamos, hubo rincones oscuros, y nunca tan bien dicho, en los que no reparó.

¿Cuál es la altura humana a la que debe situarse un ‘glory hole’ en un cuarto oscuro, que, de nuevo para los profanos, subrayar que es el agujero en la pared a través del cual se mantienen relaciones sexuales en esas salas sin luz? Y, ya puestos, ¿de qué diámetro? Y la pared, ¿es conveniente un ladrillo Neufert (recuérdese, 12,5 centímetros, ¿demasiado?) o mejor una simple plancha de pladur, que las hay en el mercado de hasta solo 10 milímetros de espesor?

Cajeros, probadores y nichos
La investigación neufertiana de Esteve y Navarro fue en realidad más allá de los cuartos oscuros. Cartografiaron también las diferentes tipologías de los cajero automáticos, los probadores de las tiendas de moda de Portal de l’Àngel y Portaferrissa y los nichos de los cementerios, la última de las viviendas. Poner el foco aquí y ahora en los cuartos oscuros no es un capricho. El conjunto de 15 planos que ambos levantaron en el 2006 forman parte de la exposición que hasta el próximo 19 de marzo dedica el CCCB a la arquitectura concebida expresamente para la práctica del sexo. Es solo una hoja colgada de un pared, casi una pequeña obra abstracta, porque no hay dos plantas iguales, pero tiene el magnético efecto sobre los visitantes de todo aquello que es tabú.

La mayoría de aquellos cuartos oscuros, puntualiza Esteve, ya no existen. La razón, en cualquier caso, podría ser materia para otra ocasión.