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martes, 25 de febrero de 2020

#hemeroteca #arte #sida #memoria | Un virus en la institución: por qué el arte vuelve al sida

Imagen: El País / 'Ignorance = Fear', de Keith Haring (1989)
Un virus en la institución: por qué el arte vuelve al sida.
El homenaje de Arco a Félix González-Torres demuestra el creciente interés que museos e instituciones (y, ahora, también el mercado) demuestran por los años de la epidemia.
Álex Vicente | El país, 2020-02-25
https://elpais.com/cultura/2020/02/24/babelia/1582564844_427444.html

“Quiero ser un virus en la institución”, anunció Félix González-Torres en 1994, durante una conversación con el artista estadounidense Joseph Kosuth. “Todos los aparatos ideológicos se están replicando porque es así como funciona la cultura. Si funciono como un virus, un impostor, un elemento infiltrado, podré replicarme con estas instituciones”. En tres frases escasas, el artista cubano sentaba las bases de su práctica artística, pero también de su proyecto político. Uno de sus correligionarios en el Nueva York de los ochenta, Keith Haring –que nació un año después y murió seis antes que él, víctima de la misma enfermedad—, funcionaba, pese a las diferencias de forma, de una manera casi idéntica: adoptando los códigos gráficos del mundo capitalista para inocular en él ideas susceptibles de destruir su dogma blanco y heterosexual. Cada dólar gastado en los productos derivados que reutilizan los motivos de sus obras supone una victoria para su causa.

El homenaje a González-Torres que le dedica ahora Arco, que arranca mañana en Madrid, es sintomático del creciente interés que las instituciones –y, ahora, también el mercado— demuestran por una generación de creadores que, mientras el sida hacía estragos, cambiaron la manera de hacer arte y activismo político. En los últimos tiempos, los nombres de artistas como Nan Goldin, David Wojnarowicz, Mark Morrisroe, Dana Wyse o Zoe Leonard –que exigía “una persona con sida de presidenta” en una obra firmada en 1992— se han vuelto omnipresentes en museos y bienales de todo el mundo, a la vez que el legado de colectivos como General Idea o Group Material, que forzaron la conversión de los museos en espacios para el debate y el pensamiento, parecía cada vez más relevante en el contexto actual.

“No es una simple moda, sino una puesta al día, que sigue el paso de la cultura popular, donde la cuestión está más avanzada que en los museos. Siempre ha habido exposiciones sobre el sida, pero ha hecho falta un salto de generación para ver las cosas con perspectiva”, analiza la crítica de arte francesa Élisabeth Lebovici, que acaba de publicar 'Sida' (Arcàdia), que reúne sus ensayos sobre esta cuestión. La autora lleva años indagando en la relación entre el arte de los ochenta y noventa y las distintas formas de militancia que surgieron durante la epidemia. “Los activistas de la época fueron a buscar herramientas en el arte conceptual. Por eso, la lucha contra el sida empezó a usar la fotocopia, la instalación y la ‘performance’, produciendo una contracultura que se oponía a la representación mediática del enfermo de sida como un ser monstruoso”, señala Lebovici. El más conocido de todos fue el llamado ‘die-in’, variante del ‘sit-in’ de los ‘hippies’ que popularizó la organización Act Up. Los manifestantes se tumbaban en el espacio público y simulaban estar muertos, en una puesta en escena simbólica de las defunciones masivas que tenían lugar ante la indiferencia general.

Los museos y los investigadores llevan años regresando a este turbulento periodo y corrigiendo su deficiente representación. En 2015, una exposición itinerante, ‘Art AIDS America’, lanzó una mirada sobre la época en Nueva York y Los Ángeles. Pero, por bienintencionada que fuese, la iniciativa levantó protestas, recordando el difícil encaje de estas radicales propuestas en un contexto institucional: un colectivo organizó un 'die-in' en las salas de la muestra para protestar contra la ausencia de artistas negros, que consideraban sistemática en las instituciones del arte. En 2018, sucedió algo similar con una gran retrospectiva dedicada a David Wojnarowicz, que luego recaló en el Museo Reina Sofía de Madrid. Durante su paso por Nueva York, la muestra no gustó a Act Up, en la que militó el mismo Wojnarowicz, que murió de sida en 1992. La asociación acusó al museo de inscribir la epidemia del VIH en un pasado lejano y de no reconocer que seguía matando, mientras que la revista especializada ‘Frieze’ denunció que la muestra vehiculaba una versión “saneada” y “digerible” de la obra de Wojnarowicz, azote de la sociedad estadounidense que llegó a tildar a sus compatriotas de “esvásticas andantes”. ¿Era correcto hacer entrar en el canon occidental a un artista que escupía sobre él?

Los ejemplos abundan. Dos muestras recientes en Nueva York y Berlín han rescatado la figura del artista y director teatral Reza Abdoh, iraní establecido en Los Ángeles que murió en 1995 por complicaciones ligadas al sida. Al mismo tiempo, ‘Ángeles en América’, la obra que Tony Kushner estrenó en 1991, regresaba a Broadway, protagonizada por una estrella como Andrew Garfield. La Comédie Française de París, el gran templo del teatro público que fundó Luis XIV en 1680, acaba de incorporar ese texto a su repertorio, con un montaje del director Arnaud Desplechin. Mientras tanto, en Bruselas, el museo Bozar propone una retrospectiva dedicada a Keith Haring que presta atención a ese compromiso político que el ‘merchandising’ ha logrado disimular.

En España, existe la iniciativa del Anarchivo Sida, ambicioso proyecto de investigación que recopila prácticas artísticas y experiencias colectivas relacionadas con el VIH, atendiendo al espacio geográfico no anglosajón, a cargo del Equipo Re, formado por Aimar Arriola, Linda Valdés y Nancy Garín. El resultado ha sido visto, entre otros lugares, en centros como el Macba, en Barcelona, donde el proyecto se expuso en 2018 y 2019. "En nuestro proyecto museográfico figura la idea de releer la década de los noventa e introducirla en la narrativa del museo, que hasta hace poco estaba anclada en los setenta", explica el jefe de programas del Macba, Pablo Martínez. "Cuando se analiza ese momento histórico, es imposible no entender que el sida fue un acontecimiento fundamental, que afectó no solo a los artistas como individuos, sino también a sus formas de hacer. La crisis del sida reclamó una concurrencia pública del arte, un compromiso claro ante un conflicto concreto". Además, el genio individual y las prácticas en primera persona regresaron contra pronóstico, invalidando la muerte del autor enunciada por Roland Barthes y Michel Foucault. "Vuelve el yo, aunque sea un yo distinto al de antes. Ya no se puede entender como una entidad individual o atada al sujeto", añade Martínez.

Lebovici coincide en que esa primera persona fue "un yo plenamente político, como demuestran los casos de Wojnarowicz o González-Torres". A esta especialista, la presencia estelar de este último en Arco no le supone un problema, pero sí le genera ciertas dudas. "Nunca dijo que no quisiera vender su trabajo, pero puso condiciones drásticas: él no vendía bienes ni objetos, sino posibilidades", señala la crítica de arte. Es decir, las características de sus relojes de pared o el número de caramelos necesarios para recrear una de sus obras, pero nunca la instalación en sí. "Cuando esa potencialidad se reserva a quienes tienen el poder de comprar esas obras –es decir, un círculo reducido de coleccionistas e instituciones muy ricas— se produce una contradicción respecto a su concepción del arte", apunta Lebovici. Para Martínez, si el sida se infiltra incluso en una feria como Arco es porque nuestra época no es tan distinta a la que se enfrentó a aquella epidemia desbocada. "La era de la expansión del sida coincide con un momento ultraconservador, el del thatcherismo y el reaganismo, cuando se atacan los avances de las mujeres y los de las minorías negras y homosexuales. Hoy vuelven a estar en peligro las identidades subalternas", concluye. Y las lecciones de aquel tiempo remoto siguen siendo útiles.

martes, 28 de mayo de 2019

#hemeroteca #arte #memoria | Wojnarowicz, rigor y diversidad

Imagen: Hoyesarte / David Wojnarowicz en el Museo Reina Sofía
Wojnarowicz, rigor y diversidad.
Luis Domingo | Hoyesarte, 2019-05-28

https://www.hoyesarte.com/evento/david-wojnarowicz-el-rigor-y-la-diversidad/

El Museo Reina Sofía presenta la exposición ‘David Wojnarowicz. La historia me quita el sueño’, la primera gran revisión que se realiza de la multifacética obra del artista, escritor y activista David Wojnarowicz (Nueva Jersey, 1954 - Nueva York, 1992) desde la exposición realizada en 1998 en el New Museum de Nueva York y de la publicación en 2012 de ‘Fire in the Belly: The Life and Times of David Wojnarowicz’, la detallada biografía de Cynthia Carr.

Para esta retrospectiva, organizada por el Whitney Museum of American Art de Nueva York en colaboración con el Reina Sofía y el Mudam Luxembourg – Musée d’Art Moderne Grand-Duc Jean, se han reunido cerca de 200 obras –muchas de ellas pertenecientes a colecciones privadas estadounidenses– que muestran la pluralidad de estilos y medios empleados por Wojnarowicz (fotografía, pintura, música, cine, escultura, literatura, etc.) así como su relación con el contexto político, social y artístico de la ciudad de Nueva York de los años ochenta y principios de los noventa, marcado por el sida y las guerras culturales.

En su trabajo, la figura del marginado es el objeto de representación predilecto. Homosexual y seropositivo, se convirtió en un ardiente defensor de las personas enfermas de sida en una época en que muchos amigos y desconocidos morían ante la pasividad de la sociedad. Por otro lado, la obra de Wojnarowicz se puede enmarcar también en esa tradición de artistas iconoclastas, desde Walt Whitman a William S. Burroughs, que han analizado los mitos estadounidenses, sus repercusiones y su agresividad. Al igual que ellos aborda temas intemporales como el sexo, la espiritualidad, el amor y la pérdida.

East Village
Desde finales de la década de 1970 hasta su prematura muerte en 1992 debido a complicaciones relacionadas con el sida, Wojnarowicz realizó una obra conceptualmente rigurosa y estilísticamente diversa. Su trayectoria combina una amplia variedad de formas, medios y dispositivos, entre los que se encuentran el uso de la fotografía como herramienta narrativa; el recurso del ‘collage’ como soporte para la crítica y el posicionamiento político, apoyándose en la pobreza del propio medio; la adopción de la pintura para explorar diferentes procedimientos alegóricos, o el empleo del fotomontaje y el texto con el objeto de abordar las políticas ‘queer’ y de identidad que marcaron también su papel como activista.

Protagonista decisivo del efervescente entorno social y cultural que fue el East Village de Nueva York en los años ochenta, su trabajo es igualmente testigo del final de esa colectividad artística forjada en décadas anteriores y que se vio definida tanto por la precariedad económica de sus miembros como por su ánimo contestatario, colaborativo y experimental.

domingo, 26 de mayo de 2019

#hemeroteca #arte #sida | Siguen las guerras culturales y del sida: David Wojnarowicz llega al Reina Sofía

Imagen: Vanity Fair / David Wojnarowicz
Siguen las guerras culturales y del sida: David Wojnarowicz llega al Reina Sofía.
Este artista y activista fue uno de los protagonistas del entorno cultural del East Village, en Nueva York. Aunque falleció con 38 años le dio tiempo convertirse en uno de los autores de referencia de su época.
Ianko López | Vanity Fair, 2019-05-26
https://www.revistavanityfair.es/cultura/articulos/llega-a-madrid-david-wojnarowicz-el-artista-y-activista-victima-del-sida/38370

Cuando el verano pasado se inauguraba en el Whitney Museum de Nueva York la exposición “David Wojnarowicz: History Keeps Me Awake at Night” la crítica alabó su calidad y relevancia, pero también hubo polémica. Para muchos era vital que al abordar la figura de David Wojnarowicz (1954-1992) se tuviera en cuenta que no solo fue un artista plástico, sino un activo militante por los derechos LGTBI y contra el sida, la pandemia que acabó segando su vida. Miembros de la organización ACT UP, dedicada a llamar la atención sobre el sida y promover los avances necesarios para su erradicación, llegaron a protestar ante las puertas del museo.

Bajo su perspectiva, la exposición incidía tanto en el retrato de un determinado lugar y tiempo –el barrio del East Village neoyorquino de finales de los 70 a principios de los 90- que parecía deducirse la idea de que la crisis del sida es hoy materia de historiadores más que de científicos y políticos, es decir, una cuestión del pasado: “El sida no es historia”, afirmaban en un manifiesto.

”La crisis del sida no murió con David Wojnarowicz. Cuando hablamos del VIH/sida sin admitir que aún hay una epidemia, la crisis continúa tranquilamente y la gente sigue muriendo”. El Whitney dio por concluida la cuestión incluyendo en la muestra una etiqueta adhesiva que reconocía la contribución de ACT UP a la lucha contra la enfermedad y sus consecuencias.

La exposición llega ahora al Reina Sofía (desde el 29 de mayo) con el mismo título (“La historia me quita el sueño”) y los mismos comisarios, David Breslin y David Kiehl, lo que hace pensar que se mantendrá el enfoque original. Pocos dudan de que se trata de uno de los eventos culturales de mayor calidad en esta temporada en Madrid, pero también se constata la expectación por comprobar si se reproducen las críticas recibidas en la versión neoyorquina.

David Wojnarowicz nació en New Jersey en 1954, en una familia disfuncional. Su padre, Ed, tripulante en embarcaciones de pasajeros, era un hombre alcohólico y violento y maltrataba a la madre y a los tres hermanos. Es conocida la anécdota de que en una ocasión les sirvió para cenar el conejo que hasta entonces había sido su mascota doméstica. David se trasladó con su madre a Nueva York, pero siendo aún adolescente se independizó para empezar una nueva vida que pasaba por ganarse el sustento en las calles. Se acostumbró a balancearse al borde del abismo vendiendo su cuerpo en los piers del este de Manhattan, mientras comenzaba a desarrollar un trabajo como escritor y artista plástico. Cantó en un grupo musical llamado 3 Teens Kill 4 (“Tres adolescentes asesinan a cuatro personas”), nombre que reproducía irónicamente un titular sensacionalista del New York Post. También trabajó como chico para todo en Danceteria, el mítico night club donde además de pincharse música se proyectaban vídeos, entonces una novedad. Con las experiencias recogidas en aquellos días (y noches) publicó un libro titulado “The Watefront Journals”, compuesto por una serie de monólogos de los personajes marginales con los que se cruzó.

Tras un breve viaje a París para visitar a su hermana Pat, que se había mudado a Francia, tomó contacto con la figura del poeta simbolista del siglo XIX Arthur Rimbaud, prototipo del artista maldito de vida breve y vertiginosa. De vuelta a Nueva York, a finales de los 70 realizó 'Rimbaud in New York', una serie fotográfica en la que varios de sus conocidos posaban realizando distintas actividades cotidianas en distintos entornos de la ciudad y con el rostro cubierto por una máscara de Rimbaud, como doble retrato íntimo y social, colectivo e individual, en el que el rostro del poeta francés le servía al mismo tiempo de disfraz y espejo.

En 1980 conoció a otra persona fundamental en su formación artística y emocional, el fotógrafo Peter Hujar. Era forzoso que de aquel encuentro surgieran chispas. Ambos compartían un historial de maltrato infantil y una irrupción precoz y conflictiva en la vida adulta. Pero Hujar tenía veinte años más, y había participado en 1969 en las revueltas por los derechos de la comunidad homosexual de Stonewall, por lo que poseía un robusto carnet de militancia. Además, había estudiado con el maestro de la foto de moda Richard Avedon y trabajado para publicaciones mainstream como GQ y Harper’s Bazaar antes de dedicarse en exclusiva a la fotografía artística.

Hujar vio en Wojnarowicz potencial como artista plástico, y fue él quien le convenció para que se aplicara en el dibujo y la pintura en lugar de centrarse en su vocación original como escritor. Que al inicio ambos se implicaran en una relación erótico-sentimental puede entenderse como una etapa breve y necesaria hacia una relación más compleja, que los convertía al mismo tiempo en amigos, hermanos, padre e hijo. El arte de Hujar, más estático y plásticamente sofisticado, tendía pese a su superficie moderna al pictoricismo de maestros como Avedon o Horst P. Horst, mientas el arte radical de Wojnarowicz resultaba más “sucio” estéticamente y performativo en su desarrollo.

Gracias a una dinámica escena creativa y a la abundancia de edificios abandonados, en aquellos días el East Village se convirtió en el nuevo SoHo: donde antes no se registraba más vitalidad que la de los siempre boyantes negocios de la droga y la prostitución, ahora (también) abrían galerías de arte y espacios alternativos. A la espera de la explosión gentrificadora por llegar, una comunidad de artistas hacían la guerra por su cuenta, lo que incluía nombres como Keith Haring, Nan Goldin, Jenny Holzer o Jean-Michel Basquiat.

En una breve visita a Madrid el año pasado con motivo de la exposición que la Fundación Loewe dedicó a las fotografías de Hujar y Wojnarowicz, la escritora Fran Lebowitz, amiga de los artistas, rememoraba el frenesí de aquellos días y bromeaba sobre la escasa importancia que entonces daba al trabajo de sus compañeros: “No paraban de regalarme sus obras. Llegó un momento que no me cabían en la basura, tenía que saltar encima del cubo para que entraran” (en una reciente subasta se vendían obras de Wojnarowicz por precios que se acercaban al millón de dólares).

Pero por aquel entonces empezaban a librarse dos grandes batallas cuyo fragor arrasó especialmente en aquel entorno. La primera tienen de hecho nombre de contienda militar: las llamadas guerras culturales enfrentaban al establishment conservador (la administración Reagan comenzaba en 1981) con el sector de los creadores, a menudo irreverentes en su enfoque cuestiones políticas y religiosas (recordemos el caso del Piss Christ de Andrés Serrano).

La segunda ofensiva a la que tuvo que hacer frente fue al estallido de la crisis del sida. En 1987, Hujar fallecería como consecuencia de complicaciones derivadas de la infección. Ese mismo año le esperaba el diagnóstico positivo al propio Wojnarowicz. Pero también era aquel el año en que se creaba la organización ACT UP, dedicada a llamar la atención sobre la pandemia y promover los avances necesarios para su erradicación, a la que Wojnarowicz se adscribió rápidamente. En los años siguientes combinó este activismo con un intenso proceso creativo, de manera que de algún modo ambas cosas –y su propia vida- se convirtieron en una misma. En ese tiempo realizó algunas de sus mejores obras, como el foto-collage 'One Day, This Kid'. En él vemos una imagen de él siendo niño –un niño de rasgos irregulares y poco clásicos, que parece anticipar al hombre que surgirá de él pero que en su sonrisa aún conserva una ingenuidad inconmovible- plantado ante un texto que afirma:

“Un día, este niño llegará a un punto en el que sentirá una división que no es matemática. Un día, este niño sentirá algo despertarse en su corazón, en su garganta, en su boca (...). Un día, este niño hará algo que provocará que los hombres que utilizan los uniformes de sacerdotes y rabinos, hombres que habitan ciertos edificios de piedra, exijan su muerte. Un día los políticos aprobarán legislación contra este niño (...) Todo esto empezará en uno o dos años, cuando descubra que desea situar su cuerpo desnudo sobre el cuerpo desnudo de otro chico”.

Wojnarowicz falleció en 1992, con 37 años. La misma edad a la que, casi un siglo exacto antes, lo había hecho Arthur Rimbaud.

Manuel Borja Villel, director del Museo Reina Sofía, resume a ‘Vanity Fair’ la importancia artística de Wojnarowicz: “Aunque con demasiada frecuencia se circunscribe su trabajo a un determinado contexto histórico de Estados Unidos, su obra es intemporal y resulta de enorme actualidad porque se instala en la tradición filosófica de la investigación y la defensa de las nociones de justicia e injusticia. Su labor artística y su activismo sirvieron para cuestionar un poder arbitrario y excluyente y para realizar una lúcida y cruda denuncia social y política del momento que le tocó vivir, y que a día de hoy sigue siendo completamente válida más allá de cualquier forma”.

Al hilo de la reflexión de Borja Villel, apuntemos que muchas de las cosas que consideramos parte del pasado siguen sucediendo hoy en día, o al menos extienden sus implicaciones al presente. Como sabemos, la crisis del sida no ha dejado de arreciar, aunque el número de víctimas no se acerque al de sus terribles inicios. Y las guerras culturales tampoco nos quedan tan lejos: en 2010, la National Portrait Gallery del Smithsonian en Washington cedió a las protestas de organizaciones católicas y retiró de una exposición temporal un vídeo de David Wojnarowicz llamado ‘A Fire in My Belly’ en el que se incluía un crucifijo recorrido por hormigas. Ir a ver ‘David Wojnarowicz. La historia me quita el sueño’ es un buen modo de recordar de dónde venimos y sobre todo dónde estamos ahora.

lunes, 9 de julio de 2018

#hemeroteca #homosexualidad #historia | Orgullo y denuncia en 64 imágenes

Imagen: El País / Detalle de la exposición sobre Peter Hujar y David Wojnarowicz
Orgullo y denuncia en 64 imágenes.
La Fundación Loewe expone hasta el 26 de agosto una muestra del trabajo de Peter Hujar y David Wojnarowicz, fotógrafos de la homosexualidad en el Manhattan de Warhol.
Jacobo Pedraza | El País, 2018-07-09
https://elpais.com/cultura/2018/07/06/actualidad/1530904043_813502.html

Muy cerca de la Plaza de Pedro Zerolo y el barrio de Chueca —el epicentro del Orgullo madrileño—, una tienda de lujo alberga en su sótano una exposición que trae a 2018 las coordenadas sociales, culturales, temporales y espaciales de lo que hoy es, sobre todo comparado con aquello, principalmente una celebración. Peter Hujar (1934-1987) y David Wojnarowicz (1954-1992) captaron con sus objetivos las dos décadas de mayor transformación de Manhattan tras la guerra, los 70 y los 80, y la situación de práctica marginalidad en la que vivía la comunidad LGTB de Nueva York, donde una serie de protestas espontáneas contra la redada en el pub Stonewall del 28 de junio de 1969 supusieron el inicio de un movimiento mundial por la igualdad y el respeto que dura hasta nuestros días. Hujar y Wojnarowicz fotografiaron y convirtieron en arte las razones del Orgullo neoyorquino de entonces. La vigencia de su relato se puede comprobar con una muestra de 64 piezas que se puede visitar gratuitamente hasta el 26 de agosto en la Galería Loewe (Gran Vía, 8).

La exposición, enmarcada en Photespaña 2018, está comisariada por María Millán, que ya trajo hace un año a Minor White al mismo lugar. “El East Village vivió en ese tiempo una profunda crisis social que dejaba entre otras cosas edificios abandonados y marginalidad. Esto es lo que exponen Peter y David, con especial énfasis en su entorno, que en buena parte era homosexual”, explica. Hujar y Wojnarowicz fueron amantes, el primero mentor del segundo, y mantuvieron una actitud crítica hacia el mundo del arte que los tuvo a menudo en una situación de precariedad, cuando no pobreza. Eran cronistas y coprotagonistas de lo que contaban. “Denunciaban la doble moralidad de Estados Unidos, pero siempre con una búsqueda de la normalización de la identidad sexual en el mundo gay”.

Sobre esos dos ejes, denuncia y normalización, pilota la muestra de la Fundación Loewe. La crítica toma varias formas y tonos en las imágenes de ambos autores, cedidas por coleccionistas privados y por el Archivo Hujar de Nueva York. “Hay fotos de espacios abandonados, como los muelles de Manhattan, que funcionaban como laboratorios o puntos de reunión”, relata Millán. En esos lugares semiolvidados se encontraban los amigos y artistas del círculo de Hujar y Wojnarowicz, realizaban ‘performances’, pintaban las paredes, hablaban y tenían encuentros sexuales. Su espacio seguro era aquello que carecía de interés para el resto del mundo. Las imágenes de animales, como los búfalos despeñándose por un acantilado captados por Wojnarowicz (1988-89, portada de su autobiografía ‘Close to the knives’ y del sencillo ‘One’, de U2) abundan en esa visión de arrinconamiento. La denuncia se hace totalmente explícita en los trabajos de Wojnarowicz tras la muerte de su mentor a causa del sida: un chico sirve de ilustración a un texto sobre la incesante violencia que sufrirá por parte de todos a medida que tome consciencia de su homosexualidad.

Los desnudos masculinos también son una reivindicación, pero a la vez una forma de asentar su condición y de ‘legalizarla’ como arte. "Mandar fotos de desnudos por correo había estado prohibido hasta 1965. Ellos fotografían su entorno, homosexual, trans... Y buscan normalizar el desnudo en la cultura americana", desarrolla María Millán. El tríptico del bailarín Bruce de Sainte Croix, que rebosa erotismo y belleza, es el mejor ejemplo: "Bruce se pensó mucho hacer ese posado por la doble moral. Decidió que su cuerpo era su herramienta y no debía causarle problemas. Por suerte no hubo repercusión".

La obra de Hujar y Wojnarowicz narra la historia de una comunidad. "Peter murió sin entrar en el mundo del arte. Su trabajo es muy intimista. En sus retratos se nota una conexión extraordinaria con el protagonista y apartada del sensacionalismo de otros fotógrafos como [Robert] Mapplethorpe". De Hujar son la mayor parte de los retratos de la exposición. "Todas las imágenes de personas que hemos traído no están elegidas gratuitamente. Todos los personajes, amigos de David y Peter, hicieron con su trabajo, fuera cual fuera, un gran llamamiento para que la actitud de la sociedad cambiara y se reconociera a las personas LGTB como ciudadanos de a pie, iguales que todos los demás", valora María Millán. Ahí están Lynn Davis,William Burroughs, Kiki Smith, Allen Ginsberg, Susan Sontag, Merce Cunningham y John Cage (fotografiados en pareja) o Andy Warhol.Y por supuesto Hujar y Wojnarowicz en diferentes momentos de sus vidas.

Entre los fotografiados está también la escritora y periodista Fran Lebowitz, que pasó por Madrid para charlar sobre Hujar y Wojnarowicz en Conversaciones Loewe junto a la galerista Gracie Mansion. Mansion subrayaba que era la primera muestra conjunta de los dos fotógrafos. Lebowitz, que alabó la sensibilidad de la selección de Millán, recordó las conversaciones con Hujar sobre su escaso éxito: "El estaba convencido de que no triunfaba porque su nombre y su apellido no empezaban por la misma letra, como los de Marilyn Monroe. Me decía '¿Crees que debería cambiarme el nombre?', y yo le contestaba 'No, David, deberías cambiar tu carácter".

María Millán destaca que en la exposición "también hay muchos personajes del mundo trans, actores que durante la noche hacían sus performances". Candy Darling, musa del propio Warhol y de The Velvet Underground, aparece "en su lecho de muerte". "La exposición también habla de la muerte, de vivir en el margen. Candy muere en el 73, y esta foto la hicieron porque Peter y ella querían hacer su última performance glorificando las escenas de muerte de Hollywood. Es un anuncio de lo que venía", cuenta la comisaria. Aunque Candy murió por un linfoma, ‘lo que venía’ era el sida. Fue la causa de muerte de Hujar, a los 53 años, y de Wojnarowicz a los 37, y también causa de su lucha y activismo durante sus últimos años.