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domingo, 23 de junio de 2019

#hemeroteca #lgtbi #memoria | Noches en barrancos, abusos sexuales y prisión: el sinvivir de ser LGTB en el franquismo

Imagen: El Diario / Manuel López 'Manolín'
Noches en barrancos, abusos sexuales y prisión: el sinvivir de ser LGTB en el franquismo.
Las Palmas de Gran Canaria dedica el Orgullo LGTB 2019 a los mayores en un año de aniversarios: se cumplen 40 años desde la primera manifestación del colectivo en la Isla, 50 de los disturbios de Stonewall y 25 del nacimiento de la asociación Gamá . Los activistas Manuel López y Montse González sufrieron la represión franquista por pertenecer al colectivo y, aunque coinciden en que "no son buenos tiempos", piden a la juventud que se movilice por sus derechos ante los discursos de odio. El campo de trabajos forzados de Fuerteventura es un símbolo de la represión homófoba de la dictadura franquista, donde los prisioneros eran obligados a picar piedra aislados del resto de presos para "evitar el contagio". Torturas, interrogatorios y abusos sexuales por parte de la propia autoridad eran prácticas frecuentes que sufría el colectivo LGTB durante sus retenciones: "Nos quitaban las pelucas, nos tocaban, nos pegaban, nos humillaban".
Natalia G. Vargas | El Diario, 2019-06-23
https://www.eldiario.es/canariasahora/sociedad/Noches-barrancos-sexuales-LGTB-franquismo_0_912359334.html

Una noche de 1964, el bar Polonia, en Gran Canaria, fue escenario de la primera detención de Manuel López, ‘Manolín’, activista del colectivo LGTB. Él tenía 14 años y con un traje folclórico bailaba por Lola Flores. De pronto, un agente se acercó y lo apresó. Desde entonces, las encarcelaciones se convirtieron en rutina. La ley de Vagos y Maleantes vigente en el franquismo le había convertido en un delincuente por su orientación sexual. “Me conozco todas las cárceles de España”, bromea. Barcelona, Cádiz o Huelva son algunos de los lugares en los que estuvo preso.

La discriminación había sido su compañera desde el colegio. Manolín recuerda las palabras de las madres de sus compañeros de clase: “No te juntes con él, que es mariquita”. “Las piedras volaban hacia mí”, confiesa. Cincuenta años después, López guía sin cadenas un movimiento que no se rinde y que no se doblega aunque “corran vientos desfavorables”. “A la juventud de hoy le pido que no se achique, porque yo nunca me escondí”.

Las Palmas de Gran Canaria dedica el Orgullo LGTB 2019 a los mayores en un año de aniversarios. Se cumplen 40 años desde la primera manifestación del colectivo en la Isla, 50 de los disturbios de Stonewall y 25 del nacimiento de la asociación Gamá. Sin embargo, la lucha no cesa. Montse González, presidenta de la plataforma, recuerda que aún hay leyes escondidas en un cajón que custodian una consecución determinante de derechos para el colectivo, haciendo referencia a la Ley de Igualdad propuesta por Podemos contra la discriminación por orientación sexual, identidad o expresión de género y características sexuales y de igualdad social de lesbianas, gais, bisexuales, transexuales, transgénero e intersexuales.

Imagen: El Diario / Montse González
Para Montse, ser una mujer trans en plena dictadura franquista tampoco fue fácil. “Recuerdo una niñez muy triste. Éramos despreciadas, discriminadas por ser diferentes. Si podían, nos dejaban a un lado y no nos dejaban jugar”, revela. En la adolescencia, salir a la calle era todo un reto. “Bajabas por Primero de Mayo, en la capital grancanaria, y cuando veías a la policía pasar tenías que tirarte debajo de los coches a esconderte para que no te apresaran”. Su minoría de edad la salvó de ser encarcelada. Sin embargo, las noches que “había suerte” las pasaba en comisaría. Las que no, tirada en un barranco por las propias autoridades. “Nos dieron leña, palos, abusaron de nosotras, pero no nos rendimos”, afirma con fuerza.

El miedo se apoderó de la rutina de todas las personas LGTB durante el franquismo y distintos puntos de Canarias se convirtieron en prisiones destinadas a “rehabilitarlas”. “O si no, te mandaban a Valencia a darte electroshock para curarte”, cuenta la presidenta de Gamá. Los mecanismos de represión institucional se fundamentaron en la aplicación de ciertas leyes. En 1954 se reformó la norma de Vagos y Maleantes para incluir a las personas homosexuales. A esta, la sustituyó la ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social, que entró en vigor en 1970. Además, muchas condenas se sustentaron en el artículo 431 del Código Penal, que recogía el delito de escándalo público. Así lo explica Víctor M. Ramírez, investigador de las disidencias sexuales en el Archipiélago durante la dictadura.

Torturas, interrogatorios y abusos sexuales por parte de la propia autoridad eran prácticas frecuentes que sufría el colectivo LGTB durante sus retenciones. “Nos quitaban las pelucas, nos tocaban, nos pegaban, nos humillaban”, comparte Manuel López. Por su parte, el estudio elaborado por Ramírez le ha permitido localizar un total de 191 expedientes de personas homosexuales acusadas por la ley de Vagos y Maleantes. De ellas, un total de 68 se resolvieron con condenas. 24 fueron recluidos en Tenerife, 20 en Fuerteventura, 12 en La Palma, 6 en Gran Canaria y el resto en otros lugares. “La mayoría de los encarcelados eran grancanarios, pero el objetivo era aislarlos por lo que eran trasladados a otras islas”, explica.

El campo de trabajos forzados de Tefía, en Fuerteventura, es un auténtico símbolo de la opresión de la época. En la actualidad, sus muros acogen un albergue. Sin embargo, entre 1956 y 1966 unas 20 personas fueron obligadas a picar piedra o a levantar bloques. La prisión no era exclusiva para homosexuales, sino que eran retenidas también otras personas condenadas por la ley de Vagos y Maleantes. Si bien es cierto que, los miembros del colectivo eran aislados del resto para “evitar el contagio”.

Manolín y Montse coinciden en que no corren tiempos fáciles para el colectivo ante la irrupción de discursos políticos sustentados en el odio y la intolerancia. Sin embargo, todas sus esperanzas están puestas en la juventud. Piden que sean valientes y “que no se achiquen”. “Si Franco no pudo con nosotras en aquel momento por mucho que lo intentara, ahora tampoco podrán. Ya nos han hecho mucho daño. Para reprimirnos de nuevo a mí tendrán que sacarme con los pies por delante”, concluye la activista.

lunes, 15 de abril de 2019

#hemeroteca #lesbianismo #memoria | Las pioneras de Chueca

Imagen: El País
Las pioneras de Chueca.
Es un hecho real que merece ser publicitado para reconocerles a Juanita y Amelia el lugar que les corresponde en la historia de Chueca.
Nieves Concostrina | El País, 2019-04-15
https://elpais.com/ccaa/2019/04/15/madrid/1555338168_598027.html

En el 21 de la calle Gravina, la que discurre por un costado de la plaza de Chueca, murió el 29 de agosto de 1964 el coronel Emilio Rodríguez Tarduchy, consejero nacional de Falange, responsable de la Prensa del Movimiento y procurador en Cortes. El diario “La Vanguardia Española” publicó que falleció tras una larga enfermedad que llevó “con viril entereza y acendrado espíritu cristiano”.

Mentira cochina. Estaba sano como una pera. Ocurrió que su corazón no pudo superar un disgusto muy gordo: solo unos días antes de morir se enteró de que llevaba manteniendo relaciones con una lesbiana desde hacía 24 años, 20 de ellos de legítimo matrimonio (tuvo que esperar cuatro a que se muriera su primera esposa para poder casarse con Amelia).

Durante ese cuarto de siglo, Rodríguez Tarduchy convivió con la pareja de su mujer, Juanita (más cerca de la edad del falangista que de la de su novia), que estuvo todo ese tiempo interpretando el papel de “madrina”. Entre las dos pergeñaron a principios de los cincuenta “la caza” de un alto cargo que las mantuviera, les aportara una pátina de excelencia y, sobre todo y por encima de todo, les permitiera mantener su relación homosexual sin despertar sospechas. El falangista no descubrió el paripé hasta aquel agosto del 64, cuando las pilló en plena faena. Dos días duró vivo el octogenario tras ver lo que vio.

Esta historia no está basada en un hecho real. Es un hecho real que merece ser publicitado para reconocerles a Juanita y Amelia el lugar que les corresponde en la historia de Chueca: fueron las pioneras. Tapadas, pero pioneras.

Rodríguez Tarduchy murió cuando Chueca solo era una zona castiza con familias adineradas y como dios manda, lo que permitió a la pareja de lesbianas mantener más libremente su relación de puertas para adentro en el cuarto piso de Gravina 21, y seguir sin levantar sospechas de puertas para afuera. Siempre juntas. Siempre agarraditas del brazo cuando iban a misa. A veces a la parroquia de Santa Bárbara, a veces a la de San Antón.

Juanita y Amelia vivieron lo suficiente para sufrir la transformación del barrio. “¡Maricones!” se decían entre ellas y entre dientes, con tono rabioso, cada vez que se cruzaban con gais o presenciaban un beso en plena calle. Demasiado insoportable para su moral. Las dos murieron (una en el 90 y otra en el 99) quejándose de que a todos aquellos nuevos vecinos nadie les aplicara la Ley de Vagos y Maleantes, que Franco modificó para añadir “homosexuales” al artículo que hasta entonces solo contemplaba a rufianes y proxenetas.

Cuando paso por Gravina 21, siempre busco con la mirada el balcón de la casa donde murió “con viril entereza” Rodríguez Tarduchy y por cuyo velatorio pasó medio gobierno franquista dando el pésame a la viuda y a su novia. Las pioneras de Chueca que tendrían muy claro a quién votar el próximo 28 de abril. Dios las tenga en su gloria.

lunes, 8 de octubre de 2018

#hemeroteca #anticonceptivos | 40 años de la píldora de anticonceptiva en España

Imagen: Ideal
40 años de la píldora de anticonceptiva en España.
Hace 40 años España legalizó este anticonceptivo. «Las mujeres tenían muchas dudas sobre cómo tomarlo, pero no preguntaban para no llamar la atención», recuerda un farmacéutico.
Susana Zamora | Ideal, 2018-10-08
https://www.ideal.es/sociedad/pildora-discordia-20181008181249-ntvo.html

Llevaba tiempo con la mosca detrás de la oreja, pero le podía más la discreción profesional que la curiosidad humana. Todos los meses extendía dos recetas de la píldora anticonceptiva a una paciente sin atreverse a preguntar por qué dos. Aquello no le cuadraba y empezó a sospechar que «traficaba» con un medicamento que, por el año 1978, acababa de ser legalizado en España, pero al que todavía pocas mujeres accedían por temor al 'qué dirán' o a ir en contra de la moralidad de la época. Aquel médico necesitaba averiguar a toda costa qué estaba pasando, pero sin verse comprometido, así que buscó un cómplice. Acudió a la farmacia de Las Carreras, una pequeña localidad del municipio vizcaíno de Abanto y Ciérvana donde cada día pasaba consulta, en busca de su titular. Sabía de la confianza que el boticario cultivaba con sus clientes, de modo que así sería más fácil que su paciente 'confesara' la trama. «Tal y como me pidió el médico, le pregunté a esta vecina por qué sacaba tanta Neogynona (nombre comercial de la píldora) todos los meses. La respuesta nos dejó helados», expresa a sus 73 años Michel Catapodis, farmacéutico jubilado de origen francés. «Don Michel, ¿cómo que tanta Neogynona? Pues lo normal, una para mí y otra para mi marido», le soltó la paciente con una sinceridad abrumadora. «Ahora, nos sonroja y hasta puede parecernos un chiste, pero es totalmente verídico», recalca Catapodis.

La anécdota retrata una época, y una sociedad que, pese a vivir ya en democracia, no se sentía libre para hablar de temas como los anticonceptivos. Era tabú. «Si había dudas sobre cómo tomarlos, mejor se pasaba de puntillas y no se preguntaba para no llamar la atención», apunta el farmacéutico.

La despenalización en España de la píldora anticonceptiva, el 7 de octubre de 1978, supuso una revolución social, zarandeó conciencias y allanó el camino de la incorporación de la mujer al mundo laboral, cuyo papel estaba relegado al cuidado de la casa y de los hijos.

Bajo cuerda
Era lo que imponía el régimen, la familia y las leyes, porque hasta ese momento el artículo 416 del Código Penal castigaba con arresto mayor y multa de 5.000 a 100.000 pesetas la información, propaganda y prescripción de medicamentos o procedimientos «capaces de provocar, facilitar el aborto o de evitar la procreación», rezaba el artículo. No obstante, la píldora se empezó a comercializar en España 1964, aunque solo con receta médica y para tratamientos ginecológicos exclusivamente. Si se buscaba para uso anticonceptivo, había que obtenerla bajo cuerda y tirando de ingenio. «Hubo muchos profesionales que supieron leer entre líneas las necesidades que discretamente dejaban entrever las mujeres y les recetaban la píldora con la excusa de regularles el ciclo menstrual», explica el ginecólogo Modesto Rey, portavoz de la Sociedad Española de Contracepción.

Fue el pretexto que aducían los profesionales más comprometidos con la salud femenina y el resquicio que encontraron las mujeres para no acabar al frente de una familia numerosa, que la dictadura premiaba y a las que aseguraba pisos de hasta 200 metros cuadrados. El control de la natalidad era pecado mortal y quienes seguían esa corriente, casi unos herejes. Una realidad que constata Michel Catapodis: «En un pueblo pequeño, cuando alguien entraba en la farmacia para comprar la píldora para su hija, sentía la necesidad de justificarse y explicar que era para tratar problemas hormonales. En el fondo, yo sabía que estaba saliendo con un chico y recurría a ella para evitar un embarazo no deseado».

En otras ocasiones, era el «mercado clandestino» el que proporcionaba los codiciados blíster de 21 comprimidos. «Acudíamos a ciertas tiendas de pipas que había en Madrid y las conseguíamos allí de extranjis», rememora Justa Montero, activista de la Asociación Feminista de Madrid. Otras, las que tenían posibilidades de cruzar a Francia, las podían obtener sin necesidad de receta médica, como asegura el farmacéutico Catapodis.

Los datos demuestran que la realidad iba muy por delante de la ley. En 1975 ya tomaban la píldora medio millón de españolas, la mayoría como método anticonceptivo, y en 1977 (año previo a su regulación), se vendieron más de ocho millones de píldoras.

Los Centros de Planificación Familiar se convirtieron en refugio para muchas mujeres, en tiempos en los que la red sanitaria prestaba más atención a la curación que a la prevención. «Era un espacio en el que la mujer se sentía libre para hablar de sexualidad y para obtener la píldora anticonceptiva sin miedo a ser estigmatizada. Los propios laboratorios farmacéuticos nos la proporcionaban», afirma Isabel Serrano, ginecóloga e impulsora de estos centros.

Hasta allí llegaban mujeres «aterrorizadas» ante un retraso de la regla. Conocían la píldora, pero no siempre cómo administrarla correctamente. «Tuve a una paciente que después de haber mantenido relaciones sexuales sin protección, recurrió a la píldora desesperada e ingirió de golpe los 21 comprimidos pensando que así evitaría el embarazo», describe Serrano.

En otras ocasiones, el uso de la píldora llegaba tarde y mal. «Algunas me preguntaban cómo era posible que se hubieran quedado embarazadas si habían tomado la píldora. Y era cierto, pero solo la usaban el día que iban a tener un coito y no de manera regular», resume Modesto Rey.

El ideario franquista y el adoctrinamiento de la iglesia católica pesaron como una losa para que este medicamento (autorizado en EE UU con el nombre de Enovid para el tratamiento de trastornos menstruales en 1957 y como anticonceptivo en 1960) tardase casi 20 años en estar al alcance de todas las españolas, resignadas hasta entonces «a tener los hijos que Dios quisiera».

Con la legalización de la píldora, la mujer vivió una auténtica liberación. Podía decidir cuándo ser madre y cuántos hijos tener. Y eso era mucho decir en una sociedad androcéntrica y machista, en la que el poder de decisión de las mujeres se circunscribía a cuatro paredes. Por primera vez, sexo y reproducción iban por separado. Pero aquella revolución no fue fácil. «Durante años, el régimen vertió todo tipo de calumnias sobre los efectos secundarios y los riesgos de los anticonceptivos hormonales». Y eso caló. El ginecólogo Modesto Rey lamenta que hubiera profesionales, que por motivos ideológicos o desconocimiento, no atendieran la demanda femenina, «que salían de las consultas con un sentimiento de culpa aún mayor».

A por la píldora lejos de casa
Tras su legalización, la objeción de conciencia estaba dentro de las consultas, pero también fuera. En Málaga, María Petra García recuerda a sus 72 años como una colega suya farmacéutica se negó desde el primer día a dispensar la píldora anticonceptiva. «A mí no me supuso un problema venderla. Soy muy católica y muy religiosa, pero nunca me planteé no hacerlo. Incluso, en mi círculo de amigos, siempre bromeábamos con que se las tendríamos que dar algún día a nuestras hijas».

Lo cierto es que pese al incipiente aperturismo, la sexualidad era un asunto tabú en las familias. «La información nos llegaba por el boca a boca y si empezabas a utilizar la píldora era porque alguna amiga ya la había utilizado y te daba la marca apuntada. Otra cosa era ir a la farmacia y comprarla. Yo nunca me atreví a hacerlo en la que tenía en la puerta de mi casa, me daba corte; siempre iba a otro barrio para que nadie me conociera», explica Ana, que pese a haber estudiado en la universidad en aquellos años y pertenecer a una familia con un buen nivel cultural, nunca se sintió con libertad para hablar del tema.

Cuarenta años después de aquella gran conquista, el club de fans de la píldora no es tan grande como el que cabría esperar. «El miedo a las hormonas sexuales sigue existiendo y se refleja en las estadísticas: la píldora es el segundo método anticonceptivo más utilizado en España por las mujeres, detrás del preservativo, pero solo con un 17,3%», aclara Rey.

sábado, 7 de julio de 2018

#hemeroteca #homofobia | "Me volvía loco", dice británico de 72 años sobre terapia para revertir homosexualidad

Imagen: El Espectador / Peter Price
"Me volvía loco", dice británico de 72 años sobre terapia para revertir homosexualidad.
A Peter Price le indigna que la legislación británica no prohíba esta práctica, a pesar de que esta misma semana el gobierno de Theresa May anunció un plan para mejorar la vida de las personas LGBT.
Antoine Pollez · AFP | El Espectador, 2018-07-07
https://www.elespectador.com/noticias/actualidad/me-volvia-loco-dice-britanico-de-72-anos-sobre-terapia-para-revertir-homosexualidad-articulo-798775

Peter Price tenía 18 años cuando sufrió una terapia de conversión, que debía revertir su homosexualidad. Después de tres días de un duro tratamiento, no cambió su orientación sexual, aunque sus secuelas perduran. (Leer: Reino Unido prohibirá las terapias de "reorientación sexual").

Este presentador de radio, de 72 años, residente en Liverpool, le indigna que la legislación británica no prohíba esta práctica, a pesar de que esta misma semana el gobierno de Theresa May anunció un plan de 4,5 millones de euros (5,29 millones de dólares) para "mejorar la vida de las personas LGBT" (lesbianas, gays, bi y transexuales).

Después de muchos años de haber rehuido esta experiencia traumática, Price da su testimonio, con la esperanza de que ningún otro homosexual sufra esta "tortura".

En 1964, Peter Price aceptó ir al Diva Hospital, una clínica psiquiátrica situada en Chester, al lado de Liverpool. Quería calmar los temores de su madre: "Estaba desesperada cuando le anuncié que era homosexual".

La homosexualidad era considerada un delito en la década de los sesenta en el Reino Unido.

"Fuimos a ver a un médico, que nos dijo que había un remedio", recuerda Price. Este consistía en seguir un tratamiento durante cinco días, "una terapia por aversión", que somete al paciente a una estimulación sexual asociada a una experiencia desagradable.

Encerrado en una habitación sin ventanas, tuvo que seguir el mismo ritual, una hora tras otra. En un radio caset escuchaba el relato de actos sexuales, miraba fotografías de hombres en bañador y luego le hacían inyecciones que le provocaban diarreas y vómitos.

"Estaba estirado encima de mis excrementos, era horrible", lamenta. "La idea era provocar un sentimiento de repugnancia cuando uno piensa en otro hombre".

Después de seguir la terapia durante tres días sin interrupción, Price quería abandonar el hospital. "Me estaba volviendo loco, ya no me interesaba el tratamiento, lo único que quería era salir de allí".

Pese a la insistencia del psiquiatra de supervisar las operaciones, consiguió escapar antes de llegar a la última fase de la terapia: los electrochoques. Debían darle una descarga eléctrica cada vez que se excitara sexualmente.

"Después de esto, decidí cambiar de vida y asumir quien era", confiesa.

Nunca consiguió explicarle esta mala experiencia a su madre. Tuvo que esperar hasta el mediático caso de un grupo de soldados expulsados del ejército británico por su homosexualidad, a los que readmitieron tras una sentencia en 1999 del Tribunal Europeo de Derechos Humanos (TEDH), que situó las terapias de conversión en el debate público en Reino Unido.

"Cincuenta años de retraso"
"Este caso tuvo un impacto en mi estado de ánimo que no consigo explicar", reconoce el presentador de radio.

"Mi vida fue satisfactoria, mi carrera profesional exitosa, pero también hubo periodos terribles de depresión, pensamientos muy oscuros a causa de esto (de la terapia de conversión)".

El nuevo plan del gobierno británico pretende poner punto y final a las terapias de conversión, calificadas de "práctica abyecta" por la primera ministra Theresa May.

"Llevan cincuenta años de retraso", afirma indignado Price. "Salí adelante, porque soy una persona fuerte. ¿Pero cuántos habrán sufrido en silencio? ¿Cuántos no lo habrán superado?"

Según un estudio realizado en 2017 por la Oficina gubernamental de igualdades, con el testimonio de 108.000 personas homosexuales, bi o transexuales, al 7% de los integrantes de la comunidad británica LGBT les propusieron una terapia de conversión, y el 2% la padecieron.

En el 51% de los casos, grupos religiosos llevan a cabo estas terapias, mientras que profesionales sanitarios las efectúan entre el 19% y el 16% de los casos.