Mostrando entradas con la etiqueta Gabriela Wiener. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gabriela Wiener. Mostrar todas las entradas

miércoles, 26 de febrero de 2020

#hemeroteca #transfobia #feminismo | Inoportunos

Imagen: La Voz / 'Travajo y reparación', reclamo de Colectiva Lohana Berkins en Argentina
Inoportunos.
Apuesto el poco dinero que tengo a que jamás han hablado con adolescentes trans, que no saben con qué sueñan, de qué hablan, a dónde van cuando se juntan.
Gabriela Wiener | El Diario, 2020-02-26
https://www.eldiario.es/zonacritica/Inoportunos_6_999910022.html

A estas alturas, llámenme prejuiciosa, pero creo que no han conocido de verdad a una mujer trans en su vida. Estoy casi segura de que no han comido nada que saliera de sus manos, ni se han sentado a la mesa, ni conversado durante horas mirándola a los ojos. Me juego un brazo que no han besado a ninguna persona trans, mucho menos han hecho el amor con una. Ni han bailado con ellas, ni cantado una canción a coro. No han tenido un amigo trans. Mucho menos un hijo. No han abrazado largamente a una amiga trans sintiendo su dolor, su desamparo, su frío o su miseria; y otras veces su alegría, su locura, su posicionamiento político y su amor.

Apuesto el poco dinero que tengo a que jamás han hablado con adolescentes trans, que no saben con qué sueñan, de qué hablan, a dónde van cuando se juntan. O por qué tantos, ya adultos, dejaron de soñar, estrellándose contra la falta de empatía. Se decía que España era un buen lugar para ser trans –aunque, ojo, nunca tanto para ser una trans migrante. Si solo alguna vez en su vida hubieran cruzado de la acera de sus prejuicios y privilegios, si se hubieran dado una vueltecilla por la realidad, no se atreverían a llamarles patriarcado, puteras, misóginos, proxenetas, individualistas, juguetes del capitalismo, mujeres con barba, hombres con vestido.

Si hubieran compartido algo al menos con los que sufren, no intentarían enfrentar los derechos de unas personas vulnerables con los derechos de otras personas vulnerables, a ver quién gana –así tarde o temprano va a ganar el fascismo–. Si al menos hubieran ido a ver las cifras de desempleo, mortandad y calidad de vida de las personas trans, que existen, en lugar de comportarse como bots de Vox agitando el miedo por cosas fake, otro gallo cantaría: ¿Cuántas mujeres trans han violado a otras mujeres en un baño mixto? ¿Cuántas veces un baño ha impedido una violación? ¿Cuántas mujeres trans han violado a otras mujeres en las cárceles? ¿A cuántas mujeres trans han eliminado de carreras deportivas? ¿Cuántas mujeres embarazadas van a dejar de ser nombradas porque se nombre también a los hombres gestantes? ¿Me pasan las preocupantes cifras?

No se atreverían a hablar de un "lobby trans" empeñado en invisibilizar a las mujeres hasta su extinción y poniendo en peligro el sujeto político mujer si alguna vez hubieran considerado a una mujer trans una mujer. Duele que el debate acerca de abstracciones teóricas como ésta se ponga por encima de las sensibilidades, que el lenguaje transexcluyente de su argumentación esté hiriendo y maltratando en la práctica al colectivo trans y que siga sin ser escuchado, comprendido, reparado cuando acusa transfobia en medio de la discusión. Tanta ilustración para tan poco disimulo. No se atreverían a acusar de individualismo capitalista a nuestras identidades subalternas si las conocieran de cerca o si hubieran sentido alguna vez cómo abrazan nuestras redes y comunidades de afectos para la supervivencia.

Por eso estamos tan tristes últimamente. Y sí, qué inoportuno es todo este sentimiento, que Izquierda Unida expulse al Partido de Falcón, ahora que se acerca el 8M y mira cómo estamos, divididas, haciéndole el juego al patriarcado, dicen. Y yo, no sé qué decir. A mí hay cosas que me parecen más inoportunas. La transfobia, por ejemplo, me parece súper inoportuna: tenemos la ciudad sitiada por carteles de Hazte Oír; Vox tiene a sus treinta energúmenos tirando odio desde los poderes del Estado contra la comunidad LGTBQI+ y podrían llegar más lejos en cuanto se acabe el Gobierno de coalición y se seque el oasis del Ministerio de Igualdad; la ultraderecha se ha fortalecido en Europa y en Polonia, por ejemplo, se ha decretado a la tercera parte del país "libre de gais"; hay presidentes del "mundo libre" como Bolsonaro que normalizan cada vez que abren la boca la homofobia; se extienden por el mundo las criminales prácticas de reconversión para "curar" la homosexualidad.

¿Y qué ocurre en medio de ese horror que promete más horror? Pues que un bloque variopinto que incluye a gente de izquierda y de derecha, del feminismo y del antifeminismo, está excluyendo y discriminando a personas para apuntalar unas teorías sobre otras. Y, entonces, cuando deberíamos estar afianzando derechos, garantizando vidas, guardando pan para mayo, más aún desde los movimientos y organizaciones por la inclusión y contra la discriminación, haciendo de la diversidad motor y riqueza de nuestra revolución, se pretende jerarquizar derechos, luchas y hacer un mero cambio de cromos en el álbum de la desigualdad.

Nos pueden interesar más o menos las teorías de unos y de otros, pero hay a quienes no les interesan nuestras vidas. Y eso es lo más peligroso. Se acerca el día de la mujer trabajadora. Y muchas tenemos claro quiénes son aquí las mujeres proletarias que soportan la peor exclusión y la violencia desde todos los frentes, los crueles y los simpáticos. Tenemos claro quiénes son en realidad las verdaderas expulsadas del reino.

miércoles, 27 de febrero de 2019

#hemeroteca #trans | Quinceañeras

Imagen: El Diario / Lía García
Quinceañeras.
La semana pasada fui a una fiesta de quince años, aunque la cumpleañera los hubiera cumplido hace tiempo. Quizá porque a Lía García –artista, performer y activista trans– le hubiera encantado poder celebrarlo a sus quince reales en su natal México. Por entonces aún no había transitado. Por eso ahora su fiesta en Madrid tenía tanto de desquite, de revancha, de reparación.
Gabriela Wiener | El Diario, 2019-02-27
https://www.eldiario.es/zonacritica/Quinceaneras_6_872522780.html

La semana pasada pasaron algunas cosas, por ejemplo estuve comiendo en el puesto de comida de mi amiga K. Primero me habló, mientras me ponía una tierna y tibia empanada de carne, de ese chico del que estaba enamorada. Un tipo que en meses no se había dado cuenta de que ella era una mujer trans y que al descubrirlo había comenzado a comportarse raro, por ejemplo ahora solo se veían en su casa, ya no salían más, ni quería verla con sus amigos. De repente se ensombreció y cambió de tema. Me enseñó entonces el grafiti que le había dibujado un artista en una de las paredes de su puesto, en el que además de un montón de referencias folklóricas de su país había dibujado, a pedido de ella, a sus dos abuelos en medio de todo, a partir de una fotografía en la que los dos viejitos posaban al lado del mar, donde K había chapoteado en su niñez y había soñado con ser una sirena. Sonrió mirándolos.

También la semana pasada, una de las escritoras y activistas trans más lúcidas del movimiento feminista de este país, Alana Portero, había hablado de su abuela en Twitter, que "nunca supo que aquel preadolescente demasiado sensible y un poco raro que la buscaba tanto, era su nieta". Después del Eventazo, en el que Alana participó como una de las voceras del bloque de lesbianas del 8M, le llovieron los palos de siempre. En un mensaje le dijeron que debería haber un día de las mujeres trans separado del 8M, y mejor si coincidía con el aniversario de alguna muerta, "ya que siempre están diciendo que a las mujeres trans las matan y seguro tienen para elegir". Salvajadas de todos los días. Hubo también quien dijo que en el bloque bollero dejaban subir hombres. Alana tuvo que irse pronto del Eventazo porque tenía que cuidar a sus padres que están muy enfermos. Son dependientes y los cuida día y noche.

La semana pasada, decía, pasaron cosas realmente importantes. Fui a una fiesta de quince años, aunque la cumpleañera los hubiera cumplido hace tiempo. Quizá porque a Lía García –artista, performer y activista trans– le hubiera encantado poder celebrarlo a sus quince reales en su natal México, pero por entonces aún no había transitado, es que ahora su fiesta en Madrid tenía tanto de desquite, de revancha, de reparación. La decoración era la de una quinceañera, con globos rosas y estrellitas, y el vestido de Lía el de una princesa. En muchos países de Latinoamérica, esa celebración popular, de fondo patriarcal supone para quien cumple años un rito de paso, de niña a mujer, para comenzar a acatar lo que la sociedad tiene preparado para ella.

Después de bailar ‘Tiempo de Vals’ con los chambelanes, Lía sentó a su tía, una señora que había llegado especialmente de México para el ágape, en una silla en el centro de todxs. Se dedicó largos minutos a darle besos y abrazos, se sentó en sus piernas como una niña, se dejó mecer y arropar, diciéndole lo mucho que le agradecía que la quisiera como es, antes de ser la novia sirena, la performer, antes de que le dieran visa como migrante, antes de que le dieran un dni de mujer. Una voz en off iba contando que una de las cosas que más le duele de estar lejos de su tierra es no poder expresar toda su afectividad natural, abrazar, tocar a la gente porque aquí son muy fríos.

Lía dijo que estaba ahí para hacer de nuestras heridas perlas brillantes, como las que lloran las sirenas, y fue echando sobre la cabeza de cada una, un puñado de ellas. Pidió que llamáramos a nuestras muertas y ancestras con velas encendidas. Muchas dijeron, como mi amiga K, como Alana, el nombre de sus abuelas, de sus tías, de sus madres, invocaron toda esa corriente de feminidad, de vulnerabilidad y de resistencia que nos precedía y que en ese momento ella encarnaba, que nos guiaba a las otras en el camino contrario al odio, al rechazo, a las fobias, que hoy brotan de los lugares más inesperados, y nos fundíamos en comunión con esa esencia. Antes de partir la tarta de color rosa, muchas de las migrantes que estaban invitadas a la fiesta lloraban pensando en que lo que estaba pasando también era para ellxs una fiesta extemporánea pero que llegaba justo a tiempo.

Lía resignificaba la fiesta de la niña-mujer arquetípica proponiéndonos otro tipo de tránsito para su cuerpo surgido de los márgenes y los deshechos, como suele decir, hacia un lugar de sanación a través de un encuentro íntimo y afectivo que por un instante suspende el horror de la violencia transfóbica que le anula y niega el derecho a ser. No se estaba transformando para padecer el ser mujer, como las niñas quinceañeras, sino para celebrarlo con todas nosotras. Muchas quisiéramos ser ese tipo de quinceañera.

miércoles, 16 de enero de 2019

#hemeroteca #disidenciasexual #diversidadfamiliar | Desobediencia

Imagen: El Diario / Protesta feminista en Sevilla, 2019-01-15
Desobediencia.
El otro día nos dimos cuenta de algo. Alguien mencionó los oscuros tiempos que corren por culpas de los innombrables. Y empezamos a pensar en lo que podría ocurrir si esta alianza, si este contubernio reaccionario llegara al poder. Que nos dejen sin ley del aborto. Que nos dejen sin ley de violencia de género. Que nos expulsen. Que nos devuelvan a la casa, al armario, a la iglesia, al agua, a la guerra, a nuestro maltratador, a la muerte.
Gabriela Wiener | El Diario, 2019-01-16
https://www.eldiario.es/zonacritica/Desobediencia_6_857824242.html

Llevamos unos meses reuniéndonos en torno a un grupo de madres y padres heterodisidentes. Eso quiere decir pomposamente que criamos lejos de los modelos familiares heteronormativos y, dicho en fácil, que somos una panda de madres lesbianas, padres trans y alguna polifamilia. En nuestro pequeño grupo de trabajo hay un hombre trans al que su propio padre le ayudó a colocarse su primer binder y que ahora es papá de una bebé que chupa la teta de su madre durante las sesiones. Hay parejas de lesbianas casadas con todas las de la ley y madres de familia. Hay una familia monoparental de madre lesbiana y sus dos hijes. Hay madres de niños y niñas, pero también de adolescentes que se identifican ya como género fluido o agéneros.

Hay una madre a la que el otro día en el parque, mientras su hijo barría las hojas con su nuevo set de limpieza, un señor le soltó: “mírala a ella, barre que barre, toda una ama de casa”. Hay una madre lesbiana indignada porque no para de recibir comunicaciones del colegio de sus hijos en las que convocan a la asamblea a “la sra. madre y al sr. padre de familia”. Hay otra a la que el pelo largo de su hije ha llevado a creer a todas las señoras del bus que se trata de una niña o solo porque lleva una mochila lila. Hay una madre lesbiana a la que un familiar le dijo: “madre solo hay una”, refiriéndose a su pareja, la que parió al bebé, y pasándose por el forro su maternidad. Hay tres mapadres a los que no quisieron dejar entrar juntos a ver la ecografía de su bebé.

Algunos dirán vaya pijadas a las que te dedicas. Algunos no valorarán la importancia de ir desmontando el chiringuito tradicional, de denunciar sus prácticas discriminatorias y desiguales, de procurar impregnar de feminismo, diversidad, de cuidados, de nuevos vínculos la convivencia. Algunos no valorarán que haya gente pensando cómo hacer para tomar las Ampas de los colegios, los consultorios pediátricos, los parques, la secciones niños/niñas, rosa/azul de las tiendas de ropa; la sección de barbies y la de pistolas de las jugueterías; los libros del príncipe y la princesa… para combatir la exclusión, los estereotipos y roles de género, para nombrar lo que no se nombra hasta ahora porque se reprime su expresión, porque se censura su identidad, se persigue su orientación; para contar que estamos criando, educando, queriéndonos de otra manera, y que nos gustaría que eso se reflejara algún día en el mundo en el que se mueve nuestra prole.

Pero sí, aunque haya quienes no lo entiendan, estamos en ello, bueno, estábamos en ello, sintiendo digamos que trabajamos para seguir construyendo, pero situadas, partiendo desde cierta ganancia que proviene de haber ido dando la lucha, de haber conquistado ciertos derechos, aunque aún falte mucho por conseguir. Ni comparar la realidad española con las atrocidades que todavía ocurren, sin ir muy lejos, en mi propio país, donde no hay matrimonio igualitario, ni ley de identidad de género, donde hasta ahora grupos de poder religioso pretenden intervenir en políticas públicas. Llámales pijadas a lo que nosotros llamamos resistencia o desobediencia, el hecho es que estamos en ello.

Pero el otro día nos dimos cuenta de algo. Alguien mencionó los oscuros tiempos que corren por culpas de los innombrables. Y empezamos a pensar en lo que podría ocurrir si esta alianza, si este contubernio reaccionario llegara al poder. Y no, lo peor que se nos ocurrió no fue: devolvernos al armario de donde preferirían no habernos visto salir. Dos de nosotras dijeron que tenían miedo de que les quitaran a sus hijos. Yo era la primera vez que lo pensaba pero si lo meditas un momento no es tan descabellado. Y entonces, por un momento sentimos miedo. Alguna contó que sus padres pensaban votarlos. Haber llegado hasta aquí y que todo se vuelva a poner en duda, incluso lo esencial, que tu familia vote por eso, que tengamos que dejar de ocuparnos de estas “pijadas” para empezar de cero, de abajo, de dentro.

Que nos dejen sin ley del aborto. Que nos dejen sin ley de violencia de género. Que nos expulsen. Que nos devuelvan a la casa, al armario, a la iglesia, al agua, a la guerra, a nuestro maltratador, a la muerte. Sí, podríamos habernos quedado quietas o temblando en casa con la posibilidad de dar tantos pasos hacia atrás en igualdad y diversidad, pero hemos salido el martes en todas las ciudades españolas; no, no lo ha hecho ningún partido, ni de centro, ni de izquierda, ningún otro colectivo, asociación, sindicato, hemos sido nosotras, ha sido el feminismo el que acaba de plantarle cara una vez más a la fantasmada de los ultras y seguirá haciéndolo. Pero no olvidemos que nuestra peor pesadilla, que nos quiten a nuestros hijitos, es lo que ya le hacen a muchas madres migrantes en Melilla. Lo peor que nos podría pasar es lo que ya le pasa a muchas. Hagámoslo todas.

miércoles, 21 de noviembre de 2018

#hemeroteca #lesbianismo | Una lesbiana de libro

Imagen: El Diario / Segunda Marcha por la Igualdad, Lima, Perú
Una lesbiana de libro.
'Permafrost', de la poeta Eva Baltasar, es mucho más que una gran novela sobre una gran lesbiana. Hoy, que se quiere resucitar antiguas grescas y alimentar nuevos fantasmas entre el feminismo y el movimiento LGTBQI+, las lesbianas están más activas que nunca. Podrían cumplir un papel mediador y también aglutinador de fuerzas milenarias.
Gabriela Wiener | El Diario, 2018-11-21
https://www.eldiario.es/zonacritica/lesbiana-libro_6_838226219.html

¿Dónde están las lesbianas? Todas sabemos que hasta hace no mucho era difícil encontrar una lesbiana en una historia, pero mucho más difícil era encontrar una buena historia con una lesbiana. Podía pasarme horas buscando algo que ver y pocas veces valía la pena. Pero están cambiando las cosas. Desde San Junípero ya nada ha vuelto a ser igual, y tener buenos personajes lésbicos empieza a ser requisito de cualquier serie que se precie de ser mínimamente realista. Pero nos faltaba el libro. ‘Permafrost’ (Penguim Random House), de la poeta Eva Baltasar, podría serlo, aunque la novela, Premio Llibreter 2018, sea mucho más que una gran novela sobre una gran lesbiana.

Es imposible no conectar con la manera en que esa flipada de mucho cuidado que es la lesbiana protagonista, dice las cosas. No puedes seguir la historia sin pensar para tus adentros que después de leerla no vas a poder ser nunca más tibia, ni medias tintas, ni equidistante en nada. Porque lo que ella hace es la violación de una ley natural. De varias. Y de un destino trazado. El de su hermana, por ejemplo, que admite que si muriera jamás le dejaría a sus hijas a una lesbiana como ella: “la familia como eso que disipa la intensidad y te aleja del núcleo de las cosas, la familia como un magnífico disolvente”, escribe. Con un humor oscuro, la punki de ‘Permafrost’ se presenta como una existencialista, una extranjera del mundo: lo que le emociona a muchos a ella no le emociona, quizá sí jugar con sus amantes a que sus vaginas son porcelana en la que colocar frutas para ser devoradas. Ella no quiere ser feliz, ni heterosexual, ni esposa, ni madre, ni llorar a sus muertos, ni amar a su familia, mucho menos amar a los gatos.

La suya es una subjetividad poética que mira el mundo y descubre que todo eso que nos contiene puede mirarse por primera vez, que todo eso puede decirse por primera vez. Esta novela es sobre eso que persigue el lenguaje sin alcanzarlo: “¿Cómo es estar con una mujer?”, le pregunta la hermana gilipollas a la protagonista y ella ensaya toda clase de respuestas. Esta es mi preferida: “¿Recuerdas aquella película de cuando éramos pequeñas? –empiezo–. Se titulaba ‘La gran evasión’. La vimos con papá al menos siete u ocho veces. Iba de unos aviadores americanos reclusos en un campo de prisioneros de la Alemania nazi. Conseguían excavar un túnel larguísimo que atravesaba todo el recinto del campo. Pero la noche de la evasión, cuando salían del túnel, se percataban de que les quedaban seis metros para llegar al bosque. ¡Habían errado en los cálculos seis metros! Luego no tenían más remedio que jugarse la vida recorriendo esa distancia expuestos a la mirada de los guardias. ¿Te acuerdas? “No”, suelta con indiferencia. “No importa, lo que quería decir es que estar con una mujer es como sacar la cabeza al exterior y descubrir que de verdad has excavado esos seis metros que quedaban”.

No solo en la historia, en la literatura y en todo el mundo heteronormado que conocemos como mundo, sino incluso dentro del propio colectivo gay, las lesbianas no han tenido los relatos ni la visibilidad que se merecen. Ni siquiera dentro del feminismo que ayudaron a construir desde sus orígenes. Hoy, que se quiere resucitar antiguas grescas y alimentar nuevos fantasmas entre el feminismo y el movimiento LGTBQI+, las lesbianas están más activas que nunca y podrían cumplir un papel mediador y también aglutinador de fuerzas milenarias. Precisamente ‘¿Dónde están las lesbianas?’, se titula el manifiesto que el viernes pasado convocó a un grupo amplio de lesbianas en el centro de Madrid y que ha motivado que este 25N se unan para marchar organizadas dentro del Bloque Bollero. Así se saca la cabeza al exterior después de haber excavado los metros que faltaban, así se descongela el permafrost.

viernes, 16 de noviembre de 2018

#hemeroteca #abolicionsimo | La culpa es de las abolas

Imagen: El Diario / Marcha contra la trata de personas en Bilbao
La culpa es de las abolas.
No, no somos nosotras las que dividimos a las mujeres en putas y santas; eso lo hace muy bien el patriarcado. El sistema prostitucional se basa hoy en una industria que hace crecer la demanda cada vez más pero que se encuentra con el problema de que necesita cada vez más mujeres para cubrirla. Esta columna es una respuesta a la de Gabriela Wiener, 'Nosotras y las otras'.
Beatriz Gimeno | El Diario, 2018-11-16
https://www.eldiario.es/zonacritica/Prostitucion-feminismo_6_836476346.html

Decía ayer Gabriela Wiener en un artículo-exabrupto que la culpa de todo es de las abolas. Nunca dejará de sorprenderme la ira que se gastan algunas contra nosotras y que jamás vemos aflorar ante la noticia, casi cotidiana, de la policía rescatando a mujeres esclavizadas o ante las filas de puteros abriendo sus braguetas para que una mujer depauperada y con la mirada perdida les chupe la polla en una rotonda. Ni ante los negocios que se cierran en prostíbulos, ni ante los niñatos que acuden en manada a los puticlubs y que luego dejan en las páginas web sus calificaciones sobre las bocas y las vaginas de las "perras", ni ante los políticos que se premian unos a otros con volquetes de putas, por no hablar de los países cuyas mujeres y niñas pobres literalmente no tienen más opción vital que ser prostitutas. Eso nunca genera la misma ira en las regulacionistas que la que generamos las abolicionistas. Es, como poco, extraño.

En su exabrupto, lleno además de inexactitudes, Gabriela Wiener descubre con pasión a la puta; a esa figura fantasmática que recorre la literatura y que tantos y tantos escritores y pensadores han descubierto antes que ella. La puta como esa figura romántica, libre, empoderada, destinada a derribar las barreras de la moral conservadora que todas las feministas denostamos. Esa figura mítica y consoladora (en todos los sentidos) destinada, en realidad, a servir de pantalla para ocultar a las verdaderas putas.

Siempre que alguien descubre a esa puta como epítome de alguna liberación no puedo dejar de sorprenderme de la fuerza propagandística de esa imagen. Siempre que alguien descubre la fuerza transgresora de la prostitución me sorprende su capacidad para ocultar la realidad, que no es otra que el hecho de que desde su origen la prostitución ha estado siempre institucionalizada, regulada, protegida e incentivada por todos los poderes conocidos (Iglesia, Estado y ahora industria global) y que sólo comienza a problematizarse cuando unas mujeres del siglo XIX, las sufragistas, se escandalizan y se rebelan ante las leyes británicas que pretendían obligar a las putas a pasar un humillante examen médico.

Aquellas que seguramente nunca se verían obligadas a someterse a dicho examen sintieron como propia la humillación de esas otras y rompieron así la separación patriarcal y de clase entre ellas y nosotras; estas feministas supieron entonces que para el patriarcado putas somos todas o podemos serlo y comenzó la lucha feminista por la abolición de la prostitución.

No, no somos nosotras las que dividimos a las mujeres en putas y santas; eso lo hace muy bien el patriarcado. Esa es, en realidad, una de las bases del patriarcado y del sistema prostitucional, y somos las feministas las que denunciamos y combatimos esa división. Nunca dejará de sorprenderme que se pueda escribir un artículo-exabrupto sobre prostitución sin mencionar, en realidad, ni la prostitución, ni a los puteros ni a la industria, la segunda mayor del mundo, sino sólo a las abolas.

El hecho de que una megaindustria global haya convertido a las mujeres pobres del planeta en materia prima muy barata, que no necesita costes de transformación y cuya plusvalía es una de de mayores posibles... eso no parece tener nada que ver con la prostitución ni con las políticas que se hacen alrededor de ella, ni con los discursos, ni con nada en realidad, sólo con las abolicionistas.

El hecho de que los gobiernos de los países pobres, incitados por el Banco Mundial y los poderes económicos hayan decidido que utilizar a millones de sus mujeres como materia prima les garantiza una subida de su PIB, eso tampoco merece un comentario... somos las abolas. Y el hecho, como bien explica Rita Segato, de que ante una desigualdad creciente causada por el neoliberalismo y ante los avances feministas cada vez más hombres estén utilizando la prostitución como uno de los espacios que les quedan de refuerzo de una subjetividad fragilizada y de una masculinidad basada en la desigualdad, eso no tiene nada que ver tampoco con la prostitución.

El sistema prostitucional se basa hoy en una industria que hace crecer la demanda cada vez más pero que se encuentra con el problema de que necesita cada vez más mujeres para cubrirla. Para eso necesita fabricar putas. Y lo hace. Lo hace de múltiples maneras, pero sobre todo utilizando su poder económico global para bloquear y desincentivar cualquier posibilidad que implique que las mujeres pobres puedan hacer otras elecciones.

Lo que las abolicionistas defendemos es un derecho que en muchos lugares del mundo ya no existe, y es el derecho a no ser prostituidas, usadas como mercancía, como materia prima al servicio de un sistema económico y patriarcal depredador que funciona, además, con las mismas lógicas y los mismos mecanismos que las industrias extractivistas globales.

No, no queremos putas sin derechos; queremos mujeres con todos los derechos pero combatimos un monstruo que crea falsos sindicatos de prostitutas para legalizarse como industria normalizada y legal. Lo ha hecho en todo el mundo ¿No te lo crees? Pues lee a las prostitutas anti regulación, cuyo discurso no llega a los medios con la misma facilidad que el otro, pero que existe. Se puede estar o no de acuerdo con las abolicionistas pero detrás de nosotras no hay nadie más que nosotras mismas.

¿Quién podría estar interesado en el abolicionismo sino las abolicionistas? La prostitución es una industria millonaria con ramificaciones en muchas otras industrias y negocios; da inmensos beneficios a los países y a muchos sectores económicos relacionados indirectamente con ella; la prostitución tiene millones de "clientes" interesados en que no desaparezca, clientes que pertenecen a todas las clases sociales y a todas las instituciones, que son jueces, policías, curas, políticos, médicos, obreros, taxistas, funcionarios... votantes, en definitiva. Y hombres, muchos de ellos con poder.

Y esa maraña inmensa de dinero e intereses obviamente presiona incentivando hasta el infinito la demanda, comprando voluntades, generando discursos legitimadores, comprando medios de comunicación... En el mejor de los casos esta industria hace lo mismo que haría cualquier industria de este tamaño.

Yo no digo nunca que todas las regulacionistas sean proxenetas, en absoluto; sabemos de sobra que hay regulacionistas a las que sólo mueve el ánimo de mejorar las condiciones de vida de las mujeres en prostitución. Con estas seguimos debatiendo y tenemos muchas cosas en común puesto que todas queremos combatir el patriarcado y mejorar las condiciones de vida de las mujeres en prostitución.

Pero como con Wiener está claro que no se puede debatir le diría que para construir un pensamiento independiente hay que leer a gente que no te da la razón. Le recomiendo a Wiener que lea, no ya a abolicionistas no vaya a salirle un sarpullido, pero sí a algunas activistas de la prostitución con discurso autónomo que explican de manera muy clara por qué las regulaciones estatales, todas, lo que hacen es perjudicarlas y no beneficiarlas. Una cosa es la despenalización (en España ser prostituta no es ilegal; Wiener parece ignorarlo también) y otra la regulación de la actividad como actividad laboral para terceros que, inevitablemente, se hace siempre en beneficio de los empresarios y que empeora, y mucho, las condiciones de la mayoría, especialmente de las más vulnerables. No sólo lo dicen muchas de ellas, sino que ya tenemos experiencias de sobra para comparar.

No, no queremos impedir que las prostitutas se asocien y, de hecho, están asociadas hace mucho tiempo sin problemas y también forman parte de algunas secciones sindicales. Me pregunto por qué Wiener no ha hablado con aquellas prostitutas que están en contra de este llamado sindicato. Es posible que dado el nivel de su ira concentrada contra las abolicionistas, la posibilidad de complejizar su discurso hablando con prostitutas que piensan otras cosas, o con abolicionistas con discursos diferentes a los que ella supone, la sumiría en una perplejidad irresoluble.

Lo que ha ocurrido es que después de muchos años de lucha si hay una ola que recorre el mundo (y para liberarlo) es la del feminismo. Y lo que ha ocurrido también es que esa Ola feminista, que ha puesto el foco no sólo en las consecuencias de la desigualdad sino también en cómo se construye la misma, no podía dejar de ver la prostitución como una de las grandes instituciones generadoras de desigualdad. Y ha estallado. Y el abolicionismo se ha llenado de jóvenes que no están dispuestas a pasar por alto esa estructura que se alza contra nosotras desde hace miles de años para reforzar y reconstruir permanentemente la desigualdad y un sistema de opresión que condena a millones de mujeres a ponerse al servicio de uno de los privilegios masculinos intocados e intocables desde hace miles de años, el de eyacular, cuando a ellos les apetezca, en una mujer. Va a ser que no.

miércoles, 14 de noviembre de 2018

#hemeroteca #trabajosexual #abolicionismo | Nosotras y las otras

Imagen: El Diario
Nosotras y las otras.
Atención, porque hay que hacer un anuncio: el feminismo abolicionista español se acaba de pasar al bando de los antiderechos. Hablamos de oponerse a la libre sindicalización, algo que está indicado en la Declaración Universal de los derechos humanos desde 1948.
Gabriela Wiener | El Diario, 2018-11-14
https://www.eldiario.es/zonacritica/Nosotras_y_las_otras_6_835776445.html

Un fantasma recorre el movimiento feminista, el fantasma de la puta. Si hay algo que nos parte en dos esa es la puta. Ahora el gran peligro es que la puta demandante de derechos termine de facto legalizando la prostitución en España. Sería el acabose. Tremendo peligro. Porque todo el mundo sabe que la prostitución en España es ilegal como las drogas. Así que no hay nada que abolir por ahora. Bueno, sí, eureka, un sindicato de personas que se consideran trabajadoras y sujetos políticos. Esa es la gran idea que han tenido el feminismo del PSOE, la Fiscalía y las tres mil firmantes del manifiesto por la ilegalización del sindicato Otras. Atención, porque hay que hacer un anuncio: el feminismo abolicionista español se acaba de pasar al bando de los antiderechos. Hablamos de oponerse a la libre sindicalización, algo que está indicado en la Declaración Universal de los derechos humanos desde 1948 nada más, y que se consiguió con sangre, sudor y lágrimas de trabajadores y trabajadoras explotadas y esclavizadas. Se fueron al pedo las feministas ‘abolas’, se desmadraron, se les fue la olla, se fueron a la re-mierda.

Digamos que no son abolicionistas, sino solo malas compañeras. Caída la careta ya no tienen que fingir que les importan las putas. No les importan una mierda las putas como no acepten abandonar su medio de vida y dejarse tutelar por la ONG ‘abola’ de turno. Será por eso que poco o nada ha cambiado para las prostitutas en tantos años de feminismo abolicionista y hegemónico. ¡Y así les parece raro que quieran organizarse! Se les pide que sigan como hasta ahora, que se queden calladitas, les perdonan la vida cada vez que les aconsejan que se asocien en las sombras, que sigan simulando ante la ley que trabajan en otra cosa y así se las condena por más siglos a la clandestinidad. De paso invisibilizan a todo el resto de trabajadores sexuales. Y lanzan su putofobia desde sus puestazos, desde sus salarios, desde sus derechos ganados, desde su legalidad europea. ¿Y tú qué tal? ¿Qué tal si pedimos lo mismo para ti? ¿Qué tal si tu trabajo a mí me parece peligroso, que perpetúa el paternalismo, o sea el machismo, y la violencia, o sea el silenciamiento y la invisibilización de muchas? ¿Propongo abolirte? ¿Por qué no abolimos mejor el matrimonio, la iglesia o la policía, como proponía Angela Davis el otro día, opresión con fachada de legalidad? 

Acaso les escuece que quieran conseguir algunos derechos para la vida, por ejemplo el derecho a llamarse trabajadoras, porque eso contradice la tesis abolicionista de que la prostitución es violación, es decir, todas estas inconscientes mujeres, todas, las de la trata y las que no están en la trata, las autónomas, las autogestionadas y las dependientes, las pobres y las de lujo, están siendo todas violadas sin darse cuenta y deben correr a los brazos de mamá ‘abola’ y blanca y asistencialista. No veo ninguna diferencia con la misoginia de toda la vida. Tampoco se organizan en realidad, son los lobbys puteros los organizados. Siempre hay alguien detrás moviendo los hilos de la puta, la puta no piensa con la cabeza porque tiene el coño ocupado. A Otras le llaman sindicato proxeneta. Para las ‘abolas’ las putas que trabajan en España y levantan la voz son todas proxenetas. Mira, me pongo más negra de lo que soy. Me pongo más puta de lo que soy. Y me pongo más putera de lo que soy. Y soy putera porque le voy a las putas, le voy a sus deseos, a sus problemáticas y a su urgencia de derechos.

miércoles, 24 de octubre de 2018

#hemeroteca #transfobia #transfeminismo | Mi problema con las transfóbicas (incluyéndome)

Imagen: Somos Chueca / Octubre Trans en Madrid
Mi problema con las transfóbicas (incluyéndome).
Las lesbianas, las bisexuales, las trans, las personas no binarias como sujetos políticos, no solo luchamos contra la opresión de lo heteronormal y por la libertad sexual, luchamos contra el patriarcado en toda su demencial violencia y racismo.
Gabriela Wiener | El Diario, 2018-10-24
https://www.eldiario.es/zonacritica/problema-transfobicas-incluyendome_6_828427171.html

Cometo transfobia cada dos días. Mi hija me mira mal cada vez que me equivoco y le digo Vania a su amigo Iván. He dado por hecho que una mujer trans era un hombre cis en su propia cara. He sido poco sensible a la disforia de algunes, hablando por ejemplo de mutilaciones, porque ser directa siempre fue mi pistola. Nunca me acuerdo de poner advertencias a mis artículos, aunque hablen sobre temas difíciles y debería. Quizá porque yo misma me abro en carne viva cuando, aunque me advierten que no lo haga, leo los insultos racistas que me dejan los trolls cada día. A mí nadie me advirtió lo que iba a ser la vida.

Me he pasado varios días sin saber cómo resolver el dilema de que alguna trans, solo alguna, no me deje hablar de mi coño, ni de mi menstruación, tras siglos de callarnos la boca sobre nuestros asuntos, que ahora resultan que son privis. No voy a entrar en el ‘challenge’ de las opresiones, pero me ha costado, me cuesta, con todo lo poco privilegiada que me he sentido siempre, mirarme como una privilegiada respecto a otres, pero lo cierto es que lo soy. Y le debo al transfeminismo mirarme así también, sin concesiones. Con esto quiero decir que soy una mujer cis pero por lo menos no soy blanca. Con esto quiero decir que soy consciente de mis propias cagadas porque se me han cagado demasiadas veces encima y sigue pasando.

En un artículo de Alana Portero, al que siempre vuelvo para curarme las fobias de todo tipo, ella está en la manifestación del 8 de marzo, preguntándose si encajará en medio de todas esas mujeres blancas vestidas de morado, cuando le sobreviene una imagen del pasado: el día que se desmoronó ante su psicólogo diciéndole que “lo único que quería era ser una de ellas, una de las chicas”. Y sin embargo, en plena celebración de la huelga feminista, a la que se ha atrevido a ir por fin tras dudarlo mucho, ella está ahí otra vez en medio de la multitud, sintiendo “el miedo de la mujer barbuda, el miedo del hombre elefante”. Solo porque no es, porque no somos exactamente como esas chicas. Y entonces la emoción se torna en cautela o la efusividad en prudencia porque hay algo que no se completa, porque no estamos todes.

Por eso, cuando alguien habla en nombre del feminismo para excluir, para hablar de usurpación en el movimiento, pero ni siquiera puede usar la palabra trans en femenino y esa omisión huele de lejos a transfobia; cuando apela a una criatura biológica llamada mujer para encabezarlo; cuando desliza que el sujeto político “mujer” está en peligro si se expande, si se diversifica, si incluye a más sujetos, me siento como si estuviera bailando en una fiesta, marchando en una manifestación, militando en un movimiento en el que no encajo y me quedan pocas ganas de estar, de hacer el esfuerzo, de seguir adelante.

No, las lesbianas, las bisexuales, las trans, las personas no binarias como sujetos políticos, no solo luchamos contra la opresión de lo heteronormal y por la libertad sexual, luchamos contra el patriarcado en toda su demencial violencia y racismo, porque es con nosotres con las que el patriarcado mejor se ceba. Yo como Alana pienso que es imposible “dejarnos llevar por esa marea mientras una sola mujer sienta que la calle no le pertenece o que sobra en esa comunión femenina”. Mientras sigamos pensando que el sujeto político del feminismo es más Ana Botín que Alana porque la primera es cis y la segunda es trans.

Nada mejor, entonces, que usurpar y contaminar ese sujeto puro y supremo del feminismo, porque el feminismo no es una identidad, el feminismo no es una mujer, el feminismo no es hegemonía, el feminismo es una suma de identidades para la auténtica revolución. Nadie intenta arrebatar el lugar de nadie en esta lucha. Dejemos de entender de una vez por todas el feminismo como una multitud uniforme de chicas en la que muches no encajan y sí como una comunidad diversa que nos abraza.

miércoles, 4 de julio de 2018

#hemeroteca #maternidad | Maternofobia

Imagen: El Diario / 'Tetada' proesta ante el Museo Picasso de Málaga
Maternofobia.
El mundo necesita madres, el mundo depende de que las mujeres tengan hijos, por eso cada vez que hay un descenso en el índice de natalidad estalla el pánico.
Gabriela Wiener | El Diario, 2018-07-04
https://www.eldiario.es/zonacritica/Maternofobia_6_789231089.html

Leo en el estupendo 'Madres, un ensayo sobre la crueldad y el amor' (Siruela), de la crítica literaria y feminista inglesa Jacqueline Rose, que el mundo necesita madres, el mundo depende de que las mujeres tengan hijos, por eso cada vez que hay un descenso en el índice de natalidad estalla el pánico y damos un pasito más hacia 'El Cuento de la Criada'. (Y en algunos países como el mío, todavía seguimos dando pasitos menos hacia el aborto legal). Sin embargo, al mismo tiempo, todo en el sistema social y económico está construido para expulsar a esas mismas madres, para no cuidarlas, para castigar sus cuerpos menstruantes, embarazados, puerpéricos y menopáusicos, para culparlas por los males que nos rodean, quizá porque, como dice la autora, “las madres son vistas como nuestra vía de entrada al mundo”, por lo tanto, son quienes nos corrompen desde la casilla de inicio.

“A las madres de occidente se las castiga por ser madres y, a la vez se les exige un amor sin límites. Y es un odio que guarda una proporción exacta con el amor: es decir, la intensidad de esa exigencia casa con las expectativas defraudadas; siendo la veneración la tapadera del reproche”, escribe Rose en poco más de 200 páginas, en las que viene a decir que las mamás somos el horco de la comunidad y los chivos expiatorios para que otros sigan esquivando el bulto, esa responsabilidad compartida de habitar el planeta. Desprotegidas ante la discriminación, la participación pública y política de las madres es aún casi una excepción. Ni siquiera las madres de desaparecidos y asesinados por los Estados son escuchadas cuando hacen activismo porque se las quiere dolientes más nunca politizadas. Hace unos días, cuando nos enteramos de que Trump separaba a niños de sus familias y ya llevábamos por aquí algún tiempo hablando del destino de los refugiados, el lugar común más cruel fue decir que las verdaderas responsables eran las madres, por meter a sus hijos en balsas o hacerlos cruzar el desierto, no importa que estuviéramos hablando de prófugos del hambre o la guerra, causados por las mismas voces que las señalaban.

¿Por qué somos crueles con las madres y las creemos/queremos siempre virtuosas, capaces de dar amor altruistamente, aunque eso las haga perder gran parte de su autonomía y poder? Jacqueline Rose echa mano del feminismo que cuestiona la idiotez de la madre perfecta y recoge una basta tradición altamente inflamable de referentes de nuestra cotidianidad maternofóbica. Desde un artículo publicado por The Sun titulado “De aquí a la maternidad” –en el que denuncian el gasto público que están ocasionando las mujeres que no son ciudadanas de la Unión Europea, por ejemplo nigerianas, por llegar a parir a Inglaterra y aprovecharse de la Seguridad Social Británica–; hasta la obra de Elena Ferrante: Las madres como las culpables de todos los males del mundo. Ni siquiera Simone de Beauvoir se salvó de demostrar una antipatía profunda contra las mamás porque estaban en las antípodas de su discurso liberador.

Hay un consenso cruel en la idea de que un ser humano es un producto fracasado si no ha sentido el amor devocional de una progenitora. Pero son constantes también los señalamientos a su amor invasivo. En lugar de normalizar el fracaso como parte de la vida, se han encargado de endilgárnoslo. Hoy es moneda de cambio achacar a las madres la crianza machista de sus hijos, pero no las madres como una pieza más del engranaje de una educación sin igualdad, conservadora y clerical, sino como las únicas culpables de irradiar la herencia patriarcal que, como por lo visto no resulta evidente, viene de patriarca. Cada día, también, tenemos que soportar a personas que acusan a las madres que dan de mamar en el espacio público de “estar haciendo sus necesidades fisiológicas delante de los demás”, es decir, como si cagaran, mientras se sigue negando el placer sexual mutuo entre madre y bebé en el periodo de lactancia, cuando no se convierte en crimen solo al mentarse.

La crítica feminista me ha permitido ver mis propios vicios en la forma desbalanceada en que suelo escribir por ejemplo de mi madre y de mi padre. Mientras que a él le he dedicado cada dos por tres palabras que homenajean su labor pública y ciudadana, como periodista o analista político, procurando destacar su influencia en mi vocación y hasta en mi propia agenda; de ella he revelado por lo general nuestra intimidad, la historia de nuestros afectos tantas veces en conflicto, la forma abrasiva de su amor, la influencia que ejerce sobre mí su pensamiento mágico y lo mucho que mi maternidad se ha mirado en la suya; hasta he escrito un poema en el que digo que nuestra vida juntas consiste en juntar nuestras narices y darnos leche. Ese, claro, es el relato de la hija.

Por fortuna, desde que las madres han empezado a hablar y a alzar la voz, a contarse, ya no hay a nuestro alcance un solo retrato reductor e injusto y externo y prejuiciosamente cruel de las maternidades, sino historias ricas, múltiples y diversas que nos acercan con mayor nitidez a la experiencia. Porque, como dice Rose, la maternidad es subversiva en sí misma: “Jamás he conocido a una sola madre (y yo me incluyo) que no sea mucho más compleja de lo que le hacen creer o la obligan a creer, y más critica y enfrentada a la serie de clichés que supuesta y alegremente encarna”.