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lunes, 19 de febrero de 2024

#hemeroteca #inmemoriam | Fernando Delgado: réquiem de amor por la vida

Fernando Delgado, en octubre de 2023 //

Fernando Delgado: réquiem de amor por la vida

Juan Cruz Ruiz | APM – Asociación de la Prensa de Madrid, 2024-02-19

https://www.apmadrid.es/personas/fernando-delgado-requiem-de-amor-por-la-vida/

La primera vez que vi en mi vida a Fernando Delgado, entonces Fernando González Delgado, luego Fernando G. Delgado y finalmente, con el doble apellido definitivamente adelgazado, Fernando Delgado, él estaba esperando su turno para examinarse de griego en el Instituto de Santa Cruz de Tenerife, donde nos tocaba rendir cuentas a los que íbamos por libre.

Era alto, muy delgado, algo ingenuo. Como sucedió en el resto de su vida, en todas las épocas de su vida, era un solitario que necesitaba amigos alrededor. En Santa Cruz, donde nos veíamos desde que nos conocimos, era el jefe de una enorme cantidad de amistades, amigas y amigos, a los que alentaba o sugería, como un maestro, qué cosas debían hacer en la vida. Su mejor amigo de entonces, y en adelante, hasta ahora mismo, José Luis Toribio, le servía de 'sparring' para su manera de interpretar el arte, pues Toribio era pintor (un gran pintor) y a Fernando, poeta desde adolescente, la plástica le resultaba el terreno de ensayo de su carácter poético.

Salíamos con mucha frecuencia con ese grupo de amigos, nos servíamos del Mercedes enorme que tuvo Toribio en su juventud, e íbamos a todas partes en una ciudad que se acababa en seguida. En un coche más modesto, el primero que se compró Fernando cuando empezó a ganar dinero por su trabajo en Radio Nacional de España, hacíamos excursiones a La Laguna y al sur, donde a veces ellos, todos ellos, es decir, el grupo de amigos que capitaneaba Fernando, trataron de aliviar mi primer mal de amores.

Esos amigos lo han sobrevivido, excepto los mayores, como Domingo Pérez Minik o Pedro González o Pepe Hierro, entre otros muchos, naturalmente, arrasados por la odiosa muerte, mientras cada uno de nosotros envejecía echando de menos aquellos sobresalientes magisterios. Sobrevive, gozosamente, don Emilio Lledó, cuyo fructífero paso por la universidad lagunera ha sido para nosotros como una bendición civil, permanente, inolvidable.

Vivimos cerca de esos maestros, en las islas, en Madrid, como quienes estábamos aprendiendo a salir del territorio sagrado de las madres, pues los tres o cuatro más próximos, Toribio, Alberto Omar (el escritor, el dramaturgo); Julio Pérez, periodista, abogado y político; el propio Fernando, y yo mismo, teníamos metido en la cabeza el viaje que al fin hicieron, antes que ninguno, el pintor y el radiofonista precoz que fue quien nos ha dejado con este desconsuelo.

Fernando era, de todos nosotros, el más aguerrido y el más alegre, excepto quizá en aquel examen de griego al que volveré más tarde. Nos contaba historias que sucedían en la radio, fue pronto empleado fijo en la emisora más importante de entonces, Radio Nacional de España (RNE), y en cuanto halló sitio se desplazó a Madrid, con Toribio, para convertirse sucesivamente en un periodista imprescindible, ante el micrófono o fuera de él.

Lo recuerdo cuando ya era el director de RNE, que por esas casualidades que eran frecuentes en nuestras vidas se desplazaba conmigo a la emisora... Uno de los presentadores de la mañana decidió poner música donde debía haber noticias. Tuvo la mala fortuna de que Fernando estaba escuchando su emisora, de modo que en el mismo instante en que oyó aquel desmán profesional preparó en su cabeza una reprimenda que ensayó conmigo.

Lo vi muchas veces en ese despacho de RNE. Me llamaba la atención cómo había asumido, siendo de natural cachondo y bromista, la seriedad de su empeño. Esa seriedad siempre la mantuvo luego, siempre que era imprescindible. De hecho, ahora que lo recuerdo, y el recuerdo me vuelve en semanas recientes, cuando lo vi por última vez, cuando le costaba hablar y sobre todo reír, siempre estaba Fernando con ese rictus de persona que sabe que aquello que él diga será importante para el minuto siguiente de su vida. Fernando serio como un abrazo de adiós.

En tiempos más pletóricos, y fuera de las obligaciones de sus sucesivos cargos, era el juerguista que no dejaba que la noche le ganara la partida. Y podía seguir hasta el día siguiente desafiando los sucesivos embates de la intemperie. Aparte de los amigos que le seguimos a Madrid, él fue haciéndose una caterva enorme de amigos, diurnos y nocturnos; a veces, como era aun un muchacho, él y Toribio, por ejemplo, me dejaban en los bares de buena nota de la ciudad para que yo no tuviera la tentación de beber como ellos, por ejemplo.

Yo era el jovencito de la pandilla; me trataron siempre como si este chico estuviera en peligro, por mis padecimientos pulmonares; pero también, lo digo ahora, porque al menos ellos dos sentían que el mundo al que me había arriesgado, el periodismo diario, podía acabar con mi inocencia y mi alegría y hacerme cínico o descuidado ante aquello que para ellos era lo más sagrado: la familia, los amigos, el respeto, la vida.

Él fue un gran periodista, y un poeta. Sus maestros, en este último extremo, eran José Hierro, José Manuel Caballero Bonald, Paco Brines, Carlos Bousoño, con tantos, con Vicente Aleixandre, con Luis Feria, con Pedro García Cabrera... Martín Chirino, entre los plásticos, fue un anfitrión y un amigo muy querido, como José Luis Fajardo, entre otros muchos, pues estaba rodeado, siempre lo estuvo, de la alegría de aprender y de amistar. Trabajó siempre con gusto en la escritura, a veces bajaba las escaleras recitando sus versos, como un chiquillo. Decía, mientras descendía escalones en La Gomera: “Hoy te recuerdo abuelo en la memoria/, con su acento cubano todavía...”. Ganó premios de poesía y de novela, no presumió ni de unos ni de otros galardones, pues él sabía que al día siguiente podía ser lunes, como hoy, y ya no quedar tiempo para nada.

Pasó todos los exámenes de la vida; no superó, sin embargo, aquel examen de griego, al que regreso en un minuto, pero sí el examen del amor. Y ahí está como testigo, su compañero, su marido, Pedro García Reyes, que añadió humor y melancolía a una vida plena que sólo se torció al final cuando Fernando dejó de sentir que no le respondía lo que más quiso, aparte de la amistad, el amor y la compañía: la palabra, la mejor herencia que le dejó María, su madre, a la que quiso con la locura asentada de la extraordinaria persona, del hijo feliz, que tuvo.

Ah, el examen de griego. Él llegó con su profesor, que le acompañaba, pero entró solo al tormento. El catedrático le puso un asunto sencillo, que dijera épsilon, esa palabra griega. Fernando se empeñó en acentuarla al final. Insistente como lo sería siempre, en ese examen jamás se bajó de esa convicción: que épsilon llevaba el acento en otro sitio. Yo salí adelante en la prueba, y él siempre me perdonó hasta eso.

lunes, 26 de junio de 2017

#hemeroteca #machismo | Puritanismo, dame el nombre exacto de las cosas

Imagen: El País / Gloria Fuertes
Puritanismo, dame el nombre exacto de las cosas.
Qué atrevido Javier Marías, arañar nombres de los recientes santorales.
Juan Cruz | El País, 2017-06-26
http://cultura.elpais.com/cultura/2017/06/25/actualidad/1498409952_858597.html

Es saludable que se atreva uno a decir “no me gusta”, en el tiempo del “me gusta”, porque de ese modo se rompe el árbol de la complacencia. Javier Marías suele cumplir esa función, entre nosotros. Entre los ingleses tenían a Christopher Hitchens: se establecía una corriente, él iba por el otro lado. Aquí ha habido otros contradictorios, pero en este momento Marías, a juzgar por lo que es atacado, debe ser el adalid de los que se atreven a llevar la contraria. En un libro de Guillermo Cabrera Infante, que fue amigo de Marías, por cierto, se habla de una tribu, probablemente norteamericana, que se llama ‘Los Contradictorios’, que hasta se sientan al revés, para darle la razón a su denominación y a su origen.

Pero antes de hablar de lo que trae aquí a Javier Marías y a los contradictorios, déjenme que vaya al Parlamento y a la ya extinta moción de censura. Recuerden ustedes que en ella hubo un rifirrafe, que ahora se llama así el debate, entre el líder de Podemos, Pablo Iglesias, y la diputada de Coalición Canaria Ana Oramas. Aquel señaló a ésta con el dedo (acusador, por supuesto) y terminó llamándola tránsfuga. Y Ana Oramas lo llamó a él machista. Se pegaron, pues, lo normal. A pesar de que ella había introducido versos, sarcásticos, en su respuesta, así como cierta retranca canaria, la diputada Irene Montero optó por deducir que la oponente de su compañero estaba irritada y buscó en seguida, en el baúl de los recuerdos de uno de los suyos, una razón para explicar la irritación supuesta de Ana Oramas.

Llevada por ese ánimo justiciero, Montero reprodujo en Twitter la razón por la que, según ella, Ana Oramas estaba irritada. Era porque ‘in illo tempore’ (‘in illo tempore’ ahora puede ser anteayer, o la semana pasada, o la última contienda electoral) el diputado podemita tinerfeño Alberto Rodríguez había contado en una reunión ante los suyos que la abuela de Ana Oramas, rica de La Laguna, había tenido a su propia abuela, la de Alberto Rodríguez, cosiendo y martirizada, mal pagada y humillada. Y exhibía Irene Montero, tan segura de sí misma como en el debate, esa pieza de documentación en la que se ve a su compañero narrando, con su correspondiente suspense, episodio tan ilustrativo.

No hubo reproches a Irene Montero por sacar tal documento para desmejorar, con una historia de antepasados, a la diputada presente, sólo con el deseo de dañar su reputación en función de la supuesta reputación de su abuela; no hubo compasión (por decir esta horrible palabra) con Ana Oramas. Las alusiones, machistas, sin duda, de Rafael Hernando, a la propia Montero en ese mismo debate, tuvieron un recorrido inmenso por las redes, pero a la diputada canaria nadie la salvó de la agresión, primero en el Parlamento y después en las dichosas redes sociales. Por otra parte, cualquier referencia a la identidad de las amistades propias de la diputada de Podemos alcanzan niveles de enorme agitación tuitera, pues el machismo irrita, y con razón, pero cuando la agitada es una persona que no tiene el aval de la ideología más dominante en Twitter, por ejemplo, el decibelio se queda a cero. Y eso tampoco es justo.

Pues, a lo que iba. Ahora se ha atrevido Javier Marías a tocar el árbol del me gusta y no me gusta y ha dicho algo que resulta muy normal decir, pues el gusto literario es el menos obligatorio de los gustos, y de los disgustos. Y ha dicho que Gloria Fuertes no es para tanto. Para que fue aquello. ¡Y además lo ha dicho en El País! Pues leña al mono. Te puede disgustar Hemingway, e incluso Camus, o incluso te puede disgustar, cómo no, Javier Marías. Pero tocas las nuevas santidades y acabas chamuscado. Y Gloria Fuertes está entre las glorias intocables de este momento histórico. Qué atrevido Marías, arañar nombres de los recientes santorales. Ha chocado contra el renovado puritanismo, que apunta con letras de oro lo que siempre estuvo en la división de bronce de la muy vapuleada historia de la literatura menor española. Y tendrá su merecido en las redes sociales, que ahora ya lo están tratando de quemar en las hogueras en las que se quema a aquellos que desafían la corriente.

Un día el nuevo puritanismo hará una lista de los intocables, para que Marías y otros desviados se fijen en ella.

miércoles, 23 de abril de 2008

#hemeroteca #lenguaje | La hombra

Imagen: Google Imágenes / Elliott Sailor
La hombra.
Juan Cruz | El País, 2008-06-22
https://elpais.com/diario/2008/06/22/domingo/1214105440_850215.html

Todo se arregla mirando a Suecia.

España ha vivido recientemente una polémica inútil que será resuelta dentro de veinte años, o quizá un mes. La discusión sobre la hombría o la femineidad de las palabras -miembra, miembro, esas zarandajas- es algo muy español, un país de tantos artículos femeninos y masculinos. No es un país articulado, ni vertebrado, pero es un país lleno de artículos. Con lo bien que le sentaría a este país un buen neutro.

Me asomé al sueco esta semana, para orientarme un poco, y hallé la ayuda del traductor de Vargas Llosa y de García Márquez, Peter Landelius, que fue embajador en Argentina y diplomático en España. Me dijo: "En Suecia no hubiera pasado nada. Allí El Hombre, en genérico, es La Hombra". Människa. "Miembro es neutro, como debe ser. Pero el hombre es genérico, y es femenino. Y, fíjate, Muerte es masculino".

El hombre propiamente dicho se dice Man, como en inglés, y es masculino. Pero el hombre, ese representante abstracto del género humano, tenga miembro o esté desmembrado, o tenga su propio miembro, porque aquí han decidido que los únicos que tienen miembro son los hombres, se dice La Hombra.

A Bibiana Aído no le hubieran sacado por ahí los colores; los ingleses son indiferentes al género, o casi, y los suecos dicen La Hombra para referirse al hombre sin atributos, esa cara desdibujada que representa la humanidad propiamente dicha.

¿Se imaginan hace cuatro décadas que alguien dijera ministra entre nosotros? Pues no se decía ministra, porque no había de ese género, y casi no se decía Igualdad. De hecho, y esto me lo ha contado también Landelius, Ministro en sueco es neutro, como en inglés, Minister, vale tanto para un roto como un cosido, e Igualdad es neutro tanto para la igualdad de género como para la igualdad social, esa que figura en los recuerdos sentimentales de la Revolución Francesa.

Cuando me dijo Landelius que hombre es hombra, algo que a los cimientos del sexo español le pone los vellos como escarpias, me encontré con Víctor García de la Concha, el director de la Academia, y se lo dije. Se me quedó mirando, como si acabara de darle una idea. Pero no dijo nada. Entonces alguien de alrededor comentó, ante el pensativo líder de los académicos: "A ver si siguen diciendo Miembra y un día los académicos, dentro de veinte años, o un mes, se encuentran considerando que ese vocablo puede salir ya del infierno de las palabras que aún suenan mal".

A Bibiana no le darán los suecos el Nobel, pero le darían una palmadita de consuelo.