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viernes, 13 de septiembre de 2019

#hemeroteca #abolicionismo | El veto a las putas, una historia de dogmatismo y cobardía

Imagen: El Confidencial / Manifestación de trabajadoras sexuales en Barcelona
El veto a las putas, una historia de dogmatismo y cobardía.
La Universidad de La Coruña ha vetado unas Jornadas sobre Trabajo Sexual donde tenían previsto participar varias trabajadoras sexuales tras la presión del feminismo abolicionista.
Loola Pérez | El Confidencial, 2019-09-13
https://blogs.elconfidencial.com/cultura/tribuna/2019-09-13/universidad-de-la-coruna-prostitucion-veto_2225059/

Hay, ciertamente, una virulenta ofensiva contra la libertad de expresión en el nombre del feminismo. Quizá esto no lo entierre, pero como movimiento social sí socava su coherencia, cuestiona su compromiso con los colectivos más vulnerables y pone en peligro su credibilidad. El último episodio tiene como escenario la Universidad de La Coruña y como protagonistas unas Jornadas sobre Trabajo Sexual donde tenían previsto participar varias trabajadoras sexuales y algunos investigadores sociales.

Desde que se conocieron las jornadas, el sector abolicionista del feminismo, que viene a ser ahora como una renovada Santa Inquisición, pero con bandera violeta; no ha dejado de presionar a la universidad y en especial, al rector, para que suspendiera el acto. Los argumentos para la censura de las jornadas se han centrado en una ristra de barbaridades, aderezadas con su correspondiente dosis de pánico moral y su tendencia a la difamación. Entre todos ellos, por su desmesura e histrionismo, destaco el que presentaba las jornadas, sin ningún tipo de indicio, prueba o pudor, como una estrategia del ‘lobby proxeneta’ para captar a jóvenes ‘prostitutas’ y educar a ‘nuevos puteros’.

No podemos pasar por alto que este énfasis en la inocencia del alumnado universitario no es más que una estrategia para alimentar el imaginario social sobre la figura de la trabajadora sexual. Es la forma que tienen las abolicionistas de insistir en la falsa idea de que una puta es sumamente ingenua y no puede ser una persona adulta, independiente, responsable de sus decisiones y sexualmente autónoma.

Obviamente, aunque parezca cada vez más difícil dada la tendencia al sensacionalismo y al dogmatismo, esto no quiere decir que no existan herramientas teóricas o buenos argumentos desde el feminismo a favor de la abolición del trabajo sexual. Sin embargo, lo ocurrido a propósito de estas jornadas parece más propio de posicionamientos ultraconservadores, puritanos y sectarios que de un feminismo que respeta las elecciones de las mujeres, por más que estas se encuentren fuera de la norma o de los propios valores personales sobre cuerpo y sexualidad. Simplificar el fenómeno de la prostitución como “esclavitud moderna”, coacción o engaño, catalogar a la trabajadora sexual como una víctima per se o incluso acusar a la propia universidad de fomentar el proxenetismo no es solo pasarse de la raya, es la muestra de una absoluta incoherencia ideológica.

La prostitución (y las trabajadoras sexuales) han pasado de lidiar con la tradicional crítica de los sectores religiosos y conservadores, que consideraban su conducta un pecado y un peligro social, a hacer frente a una crítica supuestamente progresista desde sectores de la izquierda y feministas que las cataloga, según interese, o bien como víctimas, o bien como siervas del patriarcado. Por supuesto, este discurso, lejos de mejorar las condiciones de las trabajadoras sexuales, velar por sus derechos o asegurar su protección frente a los abusos o riesgos para la salud, lo que provoca es una mayor estigmatización y exclusión. Se les niega no solo la condición de trabajadoras sino también la posibilidad de ser visibles e interlocutoras, demostrando así que no están traumatizadas, no son inadaptadas o no se identifican con la condición de ‘víctima’, ‘explotada’ o ‘violada por dinero’.

Clandestinidad
En este contexto de absoluta desvalorización, se las condena a la clandestinidad y a condiciones de mayor vulnerabilidad. Además, cuando la trabajadora sexual es migrante, el peso de la discriminación y la visión victimista de la misma se multiplica. Estas estrategias que giran en torno a la infantilización y la criminalización no son casuales o anecdóticas sino ampliamente deliberadas y compartidas en las políticas de protección. Responden a la pretensión de mantener a las trabajadoras sexuales asustadas, en silencio y arrinconadas en espacios marginales, ya sean sociales, académicos o incluso dentro del propio movimiento feminista.

No hay que descuidar tampoco el rol que ha jugado la Universidad de La Coruña. Aunque en un principio se mantuvo firme con la decisión de realizar las Jornadas de Trabajo Sexual, finalmente ha cedido a las presiones. La justificación ha sido francamente cuestionable dado que se excusaba en que ‘el fuerte rechazo, el acoso y la crueldad’ que habían ocurrido en los días previos hacía imposible garantizar las condiciones de seguridad del debate. Aun cabiendo la posibilidad de que el comunicado no incurra en la mala fe, deberíamos preguntarnos muy seriamente sobre sus implicaciones en un país democrático. Si un espacio académico no puede asegurar el debate civilizado de ideas ni salvaguardar la armonía social en sus instalaciones, ¿dónde se va a poder discutir de forma segura? ¿Constituye esto una limitación de la libertad de expresión? Rotundamente sí.

La Universidad de La Coruña parece enfrentar el sectarismo del feminismo abolicionista con una excusa cobarde, ridícula y poco convincente. Con ello no solo ha puesto en evidencia lo lejos que está de asegurar un estándar de civilidad en sus espacios sino también su parcialidad al bloquear aquellas líneas de debate que según el feminismo abolicionista son supuestamente amenazadoras para la sociedad y la comunidad universitaria. El camino que ha tomado la institución resulta ciertamente aterrador: el veto de la puta genera una incómoda incertidumbre con respecto a la civilidad, la convivencia social, el respeto a los derechos humanos y la difusión del conocimiento.

Más allá de que el evento universitario pueda justificarse como un ejercicio amparado en la libertad de expresión y la autonomía de la universidad, dado que la prostitución es un debate abierto no solo en el movimiento feminista sino también en nuestra sociedad, las jornadas eran merecedoras de atención por otro tipo de razones. Abordar las realidades del trabajo sexual no es solo hablar de prostitución, de sus condiciones laborales, de cómo les afecta la legislación migratoria, de las consecuencias de la Ley Mordaza o la penalización de los clientes. Las ciencias sociales, con su correspondiente rigor y metodologías, nos permiten conocer otras opciones que caen bajo el mismo paraguas del trabajo sexual, pero que posiblemente son menos conocidas para el público en general.

Imposición
Es el caso de la asistencia sexual para personas con diversidad funcional, quienes lejos de ser ángeles sin sexo son sujetos que reclaman el derecho al propio cuerpo y la sexualidad. Hay quien desea y necesita el apoyo de una persona profesional para explorar su cuerpo, masturbarse, cambiar de posición, utilizar un juguete sexual o tener un orgasmo. Conocer el trabajo de la -o del- asistente sexual es una forma de evitar la confusión con respecto a lo que hacen y cómo lo hacen, pues su trabajo no consiste en mantener sexo con la persona con diversidad funcional sino en facilitar la masturbación o la relación con otra persona.

En todo caso, no se puede pasar por alto que la suspensión de las jornadas por parte de la institución académica, participa de la imposición del discurso dominante y la agenda marcada por el feminismo abolicionista. Sobre este episodio sumamente reaccionario se construyen discursos y políticas públicas que afectan a los derechos humanos de las trabajadoras sexuales y que suplantan sus intereses, demandas, vivencias y cuestionamientos propios sobre cómo se organiza la industria del sexo. La cuestión se ha tornado cada vez más preocupante porque está liderada por personas bien posicionadas y con gran influencia social: académicas, representantes públicos y colectivos o entidades de carácter feminista muy afines a los partidos políticos.

Para concluir, desde una visión de derechos humanos y desde mi compromiso feminista por no limitar la libertad de expresión, quiero incidir en la idea de que la prostitución contada por las putas no puede convertirse de nuevo en un tabú, en un tema sucio, en una realidad conflictiva. Es importante señalar que lo que estamos presenciando no es exclusivamente una batalla por el conocimiento y la verdad, hay una lucha por el poder de la palabra y una vuelta a la erotofobia. Las peticiones de censura por parte del feminismo abolicionista obedecen a la imposición de un único punto de vista, un único relato, una única opción sobre la manera en la que las mujeres deben vivir la sexualidad, la relación con su cuerpo o simplemente, sobrevivir. Pero asimismo responden a la persecución de una serie de valores y conductas sexuales. Existe una deliberada maniobra política para convertir el trabajo sexual, ya sea la prostitución, la pornografía o incluso la asistencia sexual, en focos de ansiedades sociales.

jueves, 28 de junio de 2018

#hemeroteca #lgtbi #discriminaciones | ¿Se discriminan las personas LGTBI entre ellas?

Imagen: La Sexta / Manifestación transgénero contra Donald Trump
¿Se discriminan las personas LGTBI entre ellas?
Gaycentrismo, transfobia o rechazo a los bisexuales. Aunque a muchas personas les pueda sorprender, la comunidad LGTBI no es tan homogénea como parece.
Loola Pérez | Tribus Ocultas, La Sexta, 2018-06-28
https://www.lasexta.com/tribus-ocultas/artes/discriminan-personas-lgtbi-ellas_201805295b0e55fe0cf2d1bf22cdecf9.html

La diversidad es una reivindicación compartida y bajo el paraguas de la diferencia, el colectivo lucha por sus derechos y contra la violencia que sufre. No obstante, tener una determinada orientación sexual o identidad de género no evita que una persona excluya a otras, incluso cuando esas otras también forman parte del colectivo LGTBI.

Independientemente de cómo nos identifiquemos, podemos caer en este tipo de actitudes. Es cierto que muchas veces hay más inconsciencia que maldad, pero esto no debería ser una excusa para no reflexionar sobre ello. La autocrítica es enriquecedora, ¡practiquemos, pues!

Bisexuales: presentes, pero invisibles
“Quizás la mayor parte de comentarios bifóbicos que pude encontrar procedían del sector de las lesbianas, mientras que el sector de los gais optaban por una invisibilización utilitaria: muchos no creían en la existencia de la bisexualidad. Eso sí, cuando querían llevarse al catre a un chico que decía ser bisexual obviamente lo omitían y no entraba en su estrategia de ligoteo”, reflexiona Manuel Perdomo, sociólogo y activista bisexual.

Perdomo cree que durante los años 2009 y 2010, muchas personas que eran gais y lesbianas usaban la bisexualidad como etiqueta, como un airbag para reducir el impacto de la homofobia social y por tanto, como una identidad de paso.

Hoy, casi una década más tarde, reconoce que son muchas las cosas que han cambiado a pie de calle: “Se ha producido una mayor aceptación de la bisexualidad como una orientación legítima, y eso se nota incluso en los ambientes festivos de bares o fiestas. Me he encontrado a muchas de las personas que miraban a los bisexuales hace años como unos traidores categóricos y han reconocido sus errores pasados debido a los prejuicios. Creo que una disculpa en este sentido es la mayor de las victorias.”

Gaycentrismo
La andaluza Mar Cambrollé, activista, Presidenta de ATA-Sylvia Rivera y de la Federación Plataforma Trans, no duda en poner la atención en el binomio poder y masculinidad: “La mayoría de asociaciones LGTBIQ están lideradas por hombres”.

Sin embargo, la historia del colectivo tiene ya en 1969, durante la revolución de Stonewall, a dos mujeres trans como protagonistas: Marsha P. Jonhson y Sylvia Rivera. Las mujeres trans han estado presentes desde los primeros momentos de lucha y sin embargo, parece que la autoridad y el liderazgo dentro de la comunidad LGTBI continúan siendo monopolio de los varones homosexuales.

Al respecto, cree que tal y como las mujeres reivindican paridad desde el feminismo o se asume como tarea dentro del movimiento la despatriarcalización de las instituciones y sus organigramas, también hay que despatriarcalizar las políticas LGTBI.

No obstante, la reflexión de Cambrollé va más allá de la visibilidad. Ella considera que dentro del estado español, en el surgimiento de los primeros movimientos a favor de la diversidad, se fraguó un tutelaje por parte de gais y lesbianas hacia personas trans.

Las leyes sobre transexualidad del País Vasco, Navarra o de Canarias fueron negociadas institucionalmente por gais. Estas leyes se enmarcan en la patologización de las personas trans. A ello hay que añadir otra grave consecuencia: se ha impedido que las personas trans rompan ese techo para acabar con la discriminación que sufren y se sienten ellas mismas a negociar el marco jurídico con la administración".

"Hemos tenido que esperar a 2014, en Andalucía, para conseguir una ley que despatologizara la transexualidad, que reconociera las identidades trans y admitiera la libre determinación del género, es decir, reconocer a las personas trans como sujetos de pleno derecho y no como objeto de la medicina. Se consiguió gracias al liderazgo de un movimiento trans empoderado y a la vanguardia”, comenta.

“Nada de locas”
La frase es bastante despectiva y muestra como el desprecio hacia la feminidad no es exclusivamente propio de hombres heteros. Expresiones como ésta forman parte de lo que se conoce como “plumofobia”. Este concepto hace referencia a la discriminación que un homosexual hace a otro homosexual por tener un comportamiento o aspecto que socialmente se considera afeminado.

En este sentido, es importante recordar que nadie obliga a nadie a que te gusten los hombres afeminados, pero si queremos construir un mundo mejor, donde la sociedad comprenda a quienes aman y son amados independientemente de su sexo/género, necesitamos promover un valor fundamental: RESPETO. Tener un aspecto o comportamiento afeminado ni te convierte en una persona con trastornos mentales ni en alguien frívolo.

“¿Qué es lo que se nota?”
Según R. García: “No hay una cultura social de conocer otras opciones no binarias. Hay una invisibilización al respecto. En alguna ocasión sí que he recibido comentario de si eres una persona no binaria entonces ni eres trans ni eres LGTBI”.

En este contexto, algunas personas homosexuales y transexuales se sienten desconcertadas y hasta ofendidas ante personas trans, dado que rompen con el binarismo normativo de la masculinidad y la feminidad. Ese sentimiento de ofensa y desconcierto también se manifiesta cuando se trata de personas transformistas (aquellas que se caracterizan con ropa del género contrario bajo motivaciones o intereses artísticos). Partiendo de esto, utilizan expresiones como “no se te nota nada” o “para ser una mujer trans, estás muy lograda” como un cumplido.

Sin embargo, tratar de premiar o aceptar a las personas trans bajo este tipo de comentarios, como si acaso hubiera un único cuerpo o comportamiento de ser hombre y de ser mujer, es bastante discriminatorio.

Incluso puede acarrear sentimientos de culpa o problemas de autoestima en aquellas personas que no tienen una homogenidad estética con respecto al género, prefieren una imagen más andrógina, no desean una operación de “reasignación de sexo”, no toman hormonas porque se sienten bien con su cuerpo o inscriben estos desde lo abyecto, desde el rechazo al pensamiento binario.

El hecho de feminizarse o masculinizarse debe constituir una decisión libre, no ser objeto de una presión social para adecuar el cuerpo a unas exigencias normativas. De hecho, ese “que se note” también puede vivirse dentro de la identidad trans como motivo de orgullo. Hay hombres orgullosos de su vagina y mujeres orgullosas de su pene.

Al hilo de esto, también es bastante incómodo y maleducado preguntar a una persona trans, “¿te has operado?” Genitalizar a las personas trans parte de un planteamiento erróneo, pues la identidad sexual, es decir, sentirse hombre o sentirse mujer, no depende de los genitales que tengas.

miércoles, 6 de junio de 2018

#hemeroteca #sexofobia #feminismo | Follar con empatía: otra lección puritana que se disfraza de feminismo

Imagen: ctxt / Frresco en Pompeya
Follar con empatía: otra lección puritana que se disfraza de feminismo.
Hablar de “sexo patriarcal” para criminalizar las situaciones donde el varón tiene la iniciativa es un intento muy feo de condenar al hombre como eterno enemigo y crear la idea de que el sexo es territorio hostil para las mujeres.
Loola Pérez | ctxt, 2018-06-06
http://ctxt.es/es/20180606/Firmas/19986/follar-empatia-sexo-patriarcal-feminismo-Loola-Perez.htm

Las limitaciones del feminismo hegemónico en relación al sexo se han puesto sobre la mesa tras ese torbellino denominado #MeToo y más recientemente, en España, a través de la sentencia de la Manada o la puesta en libertad de ‘la Manada de Murcia’. La indignación, que comparto, ha dado paso a un panorama plagado de pánico moral e histeria colectiva del que trato de marcar distancia.

Lejos de abdicar aquí, las vacas sagradas del –ismo de moda echan más leña al fuego y colocan en el imaginario social eslóganes tan zafios como “es una guerra” o mensajes que afirman rotundamente que si no follas con empatía es violación, que sugieren que allí y donde no haya empatía es sexo patriarcal o que la iniciativa sexual masculina es un ejercicio de dominación. Al respecto, me pregunto sobre qué será lo siguiente: ¿sugerir que el coito sin contrato es violación? ¿Habilitar plataformas de consentimiento sexual para que todo quede registrado en una base de datos?

Mis dudas también afloran en cuanto a la expresión “sexo patriarcal” y al uso que se hace de la misma. No voy a negar que en las relaciones sexuales, en la seducción o en la coquetería se puedan dar actitudes machistas o misóginas. Sin embargo, hablar de “sexo patriarcal” para criminalizar aquellas situaciones donde el varón tiene la iniciativa sexual o donde el deseo no es correspondido me parece un intento feo, muy feo, de condenar, por un lado, al hombre como eterno enemigo y crear, por otro, la idea de que el sexo es territorio hostil para las mujeres.

El sexo patriarcal que yo conozco se llama violencia sexual y por tanto, esas situaciones incómodas en las que él se corre y yo no, que muestran la apetencia de él y mi particular desgana o que están sujetas a algún malentendido no tienen cabida aquí. ¿Tanto cuesta entender que cada persona es responsable de su placer? ¿Tan difícil es asumir que el hecho de que un tío tenga iniciativa sexual no es sinónimo de abuso, violación o actitud de dominio? ¿Por qué nos deberíamos sentir agredidas y ofendidas ante la evidencia de que hay amantes hábiles y otros sumamente torpes? ¿Tan débiles somos las mujeres que no podemos lidiar con una experiencia incómoda en nuestra intimidad? ¿Necesitamos protección hasta cuando no nos corremos?

Pretender, en el nombre del feminismo, que los tíos tengan un código de conducta adecuado en el terreno sexual para satisfacer el deseo de las mujeres es, bajo mi juicio, una forma más de control social de la sexualidad. Prefiero la libertad de expresión antes que cualquier autoritarismo bienintencionado, que bajo la promesa de darme seguridad física, quiera colarse en mi cama. Pienso que el camino que debe seguir el feminismo es otro, pues evitar que negociemos, que establezcamos límites, que tomemos decisiones y que expresemos lo que nos gusta y lo que no solo nos relega sólo a una actitud pasiva. Es decir, a la actitud que el patriarcado históricamente ha prescrito en el terreno sexual para las mujeres.

Por supuesto, también tiene miga esto del “sexo con empatía”, como si acaso la empatía tuviera que ser una exigencia para no hacer “sexo patriarcal”. La empatía es una habilidad afectiva, cognitiva y emocional que puede poseer el individuo. Por tanto, no se inscribe como un proceso automático y requiere de cierta destreza para ponerla en práctica en las relaciones interpersonales. La empatía, como muchos sospecharán, mejora cuanto más conocemos a la otra persona. Así, follar con empatía requeriría de contacto, de conocimiento del otro y de cierto grado de compromiso.

En este sentido, yo no niego que se pueda follar con empatía (¡ojo!) del mismo modo que no niego que se pueda follar sin deseo (como hacen muchas trabajadoras sexuales) o que se pueda follar con compasión (¡hay parejas dispuestas a todo!). Considero que lo que diferencia el sexo de la violencia viene marcado por el consentimiento sexual. Lo demás, es un añadido. El peligro está cuando adquiere una pretensión de obligatoriedad o cuando subyace la intención de inscribirse como una ética, como un decálogo de buena conducta. Follar con empatía en el sexo casual es muy difícil e incluso cuando no se trata de un encuentro esporádico, la mayoría de los mortales no follamos para poner a prueba nuestras habilidades de empatía, comunicación y asertividad. ¿No suena esto sumamente ridículo? Quizá el debate sea otro: reconocer que somos sujetos sexuales, que somos seres deseantes y deseados, que nadie es víctima del deseo de nadie, que tu placer no es responsabilidad del otro o que concebir lo políticamente correcto en el sexo nos aburre y deserotiza.

Personalmente, contemplo como la estupidez convive, sin pudor, con el puritanismo en este renovado discurso feminista. Así, avistamos un escenario perturbador donde lo rancio ahora es progre y donde lo progre (o disidente) se condena al ostracismo a través de la manipulación, la difamación y el silencio. En esta tesitura no hay diálogo: Javier Marías es ya siempre el malo, 'Lolita' una peligrosa fantasía masculina, el porno es el máximo exponente de la “cultura de la violación” y ser una zorra, en el sentido que cantaban Las Vulpes, es una expresión machista, si sale de la boca de un tío. La retórica oficial de la élite feminista adquiere cotas de nuevo catecismo: pecados, pecadores y mujeres que solo admiten el calificativo de santas y víctimas protagonizan la ópera de la neurosis, el simplismo y la caliente emotividad.

En el otro lado, habitamos las malas, las malas feministas: las que creemos que Javier Marías, independientemente de las arrugas de su polla, puede tener razón cuando habla de feminismo y mojigatería, que 'Lolita' más allá de una ficción es la historia de una víctima astuta, que el porno es ese erotismo bruto que permite explorar las fantasías sexuales y hacer más interesante la masturbación; y que ser una zorra no pone en jaque nuestra respetabilidad sino que nombra nuestro poder, nuestra capacidad de agencia. Evidentemente hay más, mucho más: detrás de la crítica y la disidencia feminista prolifera una actitud constructiva y comprometida. Esto no es un espectáculo, es un ejercicio de resistencia: no se trata de cambiar de amo, sino de renunciar a ser ovejas. El deseo no cabe en ningún panfleto.

Loola Pérez es graduada en Filosofía e Integración Social. Estudia Sexología y Psicología.