Mostrando entradas con la etiqueta 9788417643492. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta 9788417643492. Mostrar todas las entradas

lunes, 13 de abril de 2026

#hemeroteca #inmemoriam | Muere Soraya González, la artista que vivió a caballo entre la exclusión y los escenarios

Mar Cambrollé, Soraya González y Raúl Solís //

Muere Soraya González, la artista que vivió a caballo entre la exclusión y los escenarios

La transformista sevillana, conocida por actuar en el espectáculo de La Esmeralda, pasó por prisión y vivió en la precariedad tras una vida marcada por la represión franquista
Víctor Rojas | Six, 2026-04-13
https://www.revistasix.es/actualidad/muere-soraya-gonzalez-artista-de-sevilla-y-referente-trans-que-sobrevivio-a-la-represion-franquista.html

Solo en un día llegaron a detenerla hasta 14 veces. Un dato que resume las dificultades a las que tuvo que enfrentarse Soraya (Sevilla, 1951-2026) en vida. Una vida que acabó el pasado jueves y que deja como legado su arte, sus historias, su memoria y, sobre todo, su resistencia.

«Fue encarcelada por la Ley de Vagos y Maleantes. De hecho, en un solo día llegaron a detenerla hasta 14 veces cruzando el puente de Triana», explica el periodista Raúl Solís, escritor de ‘La doble transición’, libro que narra la vida de supervivencia de diferentes mujeres trans que vivieron el franquismo, entre ellas, Soraya. «Nunca renunció a ser quien era y ha muerto siendo una mujer. Yo creo que eso es lo máximo que ha hecho por el colectivo: enseñar a muchas generaciones que merece la pena vivir como una es», asegura Mar Cambrollé, activista y amiga de Soraya.

Soraya González, vecina del sevillano barrio de Triana, acudía de forma asidua al Paseo de Colón, donde había una zona durante la dictadura en la que se reunían mujeres trans, personas queer y LGTBI. «Era un lugar donde quedaban, ligaban y socializaban», contextualiza el periodista. Un día, intentando llegar a ese sitio, que estaba justo al cruzar el puente, la detuvieron 14 veces. La última vez la llevaron a comisaría y de ahí a prisión. «La policía la detenía sin que hubiera hecho nada; simplemente por sus andares, que consideraban femeninos», señala Solís.

Tanto es así, que la sevillana estuvo cerca de un año en prisión. Un hecho que le permitió solicitar la indemnización como víctima del franquismo, un reconocimiento que recibió gracias a la ayuda de Cambrollé. «Le correspondió una indemnización única de 8.000 euros», recuerda la activista, quien explica que durante el gobierno de Zapatero se consignó una partida presupuestaria para reconocer e indemnizar a personas que habían sido encarceladas por la Ley de Vagos y Maleantes o la Ley de Peligrosidad Social. Sin embargo, Cambrollé hace hincapié en que «una indemnización no puede reparar el dolor de haber sido encarceladas sin haber cometido ningún delito», una opinión que Soraya también refleja en el libro de Solís.

En el mundo artístico, Soraya ganó importancia en aquella época gracias al trabajo de transformista que realizaba en el espectáculo más famoso durante el franquismo en Sevilla, el de La Esmeralda. «Era un grupo de mujeres trans que tenían una caseta propia en la Feria de Abril. Además, tenían un local donde actuaban por la noche, en un sitio entre La Algaba y Sevilla capital», explica el escritor. Solís añade que la artista le contó que a esos lugares iban policías, familias… Era, dentro de la dictadura, «un espacio de pseudonormalización», pero siempre en la oscuridad, por la noche. Luego, al día siguiente, a plena luz, esos mismos policías que acudían al espectáculo podían detenerlas.

Cambrollé pone sobre la mesa que los escenarios han sido espacios donde han podido «hacer una afirmación rotunda de lo que son», así como espacios de transgresión frente a un sistema que negaba su existencia o, más aún, que las castigaba. «Es interesante pensar dónde empieza lo artístico y dónde lo político. Porque su manera de expresarse, de sentir, de ser y de hacer este tipo de espectáculos también era un acto político», reivindica la presidenta de la Federación Plataforma Trans.

Soraya de joven antes de salir a actuar y con su perro paseando por Triana //

Soraya también trabajó en Madrid y se vinculó con Paco España. «Esa es la parte artística de su vida, pero luego su realidad era muy distinta», relata con cierta tristeza Solís. El periodista comenta que la artista vivía en condiciones muy precarias, en un pequeño apartamento de una casa antigua de Triana. «Era usuaria de los servicios sociales de la Esperanza de Triana y tenía una pensión muy baja», afirma el periodista, quien recuerda que estas mujeres no cotizaban por su trabajo debido a la exclusión laboral. Una exclusión que se ha reflejado en los últimos años de la vida de Soraya.

Solís recuerda a Soraya como una mujer valiente, linda y entrañable, además de siempre orgullosa por cantar con su propia voz en sus espectáculos. Y lamenta no tener contacto con nadie de su familia. «Muchas personas LGTBI, especialmente de generaciones anteriores, no tienen vínculos familiares fuertes. En su caso no había una mala relación, pero sí cierta distancia. Y ahora, por ejemplo, tras su muerte, yo no tengo contacto con nadie de su familia», narra. 

Su militancia, su propia vida
Soraya no fue activista, pero sí participó en distintas manifestaciones, como el primer orgullo celebrado en Andalucía, y campañas, como la que se hizo por la Ley Trans. «Ella participó en la primera manifestación que hubo en Sevilla, en 1976 [i.e. 1978], por la despenalización de la homosexualidad», recuerda Solís, quien añade que «no fue activista en el sentido clásico, pero su militancia fue su propia vida». «Simplemente el hecho de haber existido y resistido a un sistema social, político y cultural ya te convierte en una superviviente y, por tanto, en un referente», puntualiza Cambrollé.

El periodista también recuerda los viajes que hizo con Soraya, en 2019, para presentar ‘La doble transición’. «Recuerdo especialmente un viaje a Madrid en AVE: iba mirando por la ventana como un niño al que sacan de casa por primera vez. Era muy entrañable», dice Solís, quien añade que en sus últimos años tenía una «salud muy delicada» aunque desconoce la causa de su muerte. «Su propia existencia ya era una bandera», concluye. 

Trabajar sin cotizar
La exclusión laboral afectó a Soraya al igual que a muchas mujeres trans de esa época. «Son personas a las que se les impidió trabajar en empleos reglados y, por tanto, cotizar. Muchas no pudieron estudiar por la hostilidad en colegios e institutos», destaca Cambrollé, quien recuerda que no había posibilidad de cambiarse el nombre, por lo que les exigían estudiar ‘como hombres’ o renunciar.

«Hay otra compañera, Silvia Reyes, que también aparece en ‘La doble transición’ de Raúl Solís. Ella vino con una beca desde Canarias a Barcelona para estudiar Medicina. Cuando llegó a la facultad, le dijeron que así no podía presentarse. Y, como muchas de nosotras, no renunció a ser quien era, aunque eso implicara pagar un precio altísimo. Terminó renunciando a sus estudios», asegura, además de añadir que la sociedad empujaba a las mujeres trans a la prostitución o, en los mejores casos, al espectáculo.

En este sentido, Cambrollé cuenta que lleva desde 1994, junto a la Federación de Colectivos Trans de España y otras asociaciones memorialistas, trabajando para que se apruebe una ley sobre memoria LGTBI y trans que planteaba medidas concretas para mayores de 65 años que pudieran acreditar haber sido represaliados como una pensión vitalicia equiparable a la de cualquier pensionista; acceso a vivienda pública; y, en caso de dependencia, acceso a residencias públicas.

También incluía medidas simbólicas como recuperar espacios de represión, como la cárcel de Huelva o el centro de Tefía en Fuerteventura, y convertirlos en lugares de memoria del colectivo LGTBI, no solo en placas conmemorativas. «La ley sigue en un cajón, pese a contar con el apoyo de más de 90 colectivos LGTBI y de las principales asociaciones memorialistas del país. Está muy bien recuperar la memoria histórica y exhumar fosas, pero hay personas vivas que también necesitan reparación y un final digno». Un final digno que, probablemente, Soraya no ha tenido.

domingo, 3 de julio de 2022

#hemeroteca #trans #testimonios | La Petróleo y La Salvaora, dos revolucionarias con peineta

Diario de Cádiz / La Petróleo y La Salvaora //

La Petróleo y La Salvaora, dos revolucionarias con peineta.

En su libro 'La doble transición', el sevillano Raúl Solís Galván dedica un capítulo a las dos artistas gaditanas que recientemente han visto inaugurada una calle con su nombre en su ciudad. El escritor y periodista cede a 'Diario de Cádiz' la publicación de este capítulo íntegro.
Raúl Solís | Diario de Cádiz, 2022-07-03
https://www.diariodecadiz.es/cadiz/Petroleo-Salvaora-revolucionarias-peineta_0_1697832215.html

No hay nadie en Cádiz que no las conozca. La Petróleo (Cádiz, 1944) y La Salvaora (Cádiz, 1951), con artículo determinante delante del nombre, no han conocido en su vida otro estado que la libertad. No hay gaditano o gaditana que no las quiera, que no las admire, que no las respete y que no las sienta como patrimonio de la ciudad que cada año le canta a la libertad en Carnaval.

Son más famosas que la Constitución de La Pepa de 1812, época a la que hay que remontarse para explicar por qué en la ciudad en la que nacieron ambas, con siete años de diferencia, la libertad se respira con la misma intensidad que el salitre que te saluda en la cara nada más pisar el Puente de Carranza, uno de los que da acceso a la capital gaditana, el único hasta 2015, fecha en la que se inauguró el segundo puente que ha conseguido desatascar de tráfico a la entrada de la ciudad. La Petróleo y La Salvaora, nacidas en intramuros, “de Puerta Tierra p’adentro”, son libres porque sí, porque les da la gana, porque no han sabido ser otra cosa, porque sus madres las parieron así. No se entiende a la una sin la otra.

No responden a ningún tratado ideológico, ni son encasillables en ninguna ortodoxia, ni han militado en otra cosa que no sea su propia vida. Ni falta que les hace. Ni siquiera saben que han cambiado el mundo, el suyo y el nuestro. Son dos revolucionarias cotidianas, de diario, dos heroínas de la normalidad que han hecho de su sola existencia una bandera de libertad. Petróleo y Salvaora, uña y carne, se conocieron en el único bar donde recalaban los mariquitas de la bahía de Cádiz durante la tiniebla franquista. Las mujeres transexuales no nacen con 18 años. Ellas eran transexuales desde que nacieron, aunque, sin referentes, no sabían ponerle nombre a lo que les ocurría y pensaban que eran mariquitas.

Petróleo, con 19 años, vio entrar en el mítico Bar Constancia, situado en el barrio Santa María, a Salvaora, una criatura de 13 años con hechuras de marinero pero con andares y mirada de niña ávida de ser comprendida, de encontrar referentes, de socializar en ámbitos donde ser una más sin ser señalada y ponerle un poco de luz a la oscuridad de los años 60 y a su necesidad imperiosa de reivindicarse como mujer.

En el Bar Constancia, refugio de la disidencia sexual gaditana, se enamoraron por primera vez de los soldados, marineros y legionarios que iban a buscar en las luces de neón los placeres mundanos prohibidos por la moral ultracatólica de la dictadura. “Eran muy machos, muy varoniles; no eran homosexuales”, apostilla Salvaora, como en un intento de buscar la normalidad heteronormativa, dejando caer que a ella siempre le han gustado los hombres heterosexuales, como a las mujeres de toda la vida. Petróleo, a la que expulsaron de la escuela a los 10 años porque el maestro la pilló jugando a las casitas, y Salvaora firmaron en aquel bar de luces tenues de Cádiz una hermandad de por vida. Era el año 1963 cuando se hicieron amigas inseparables, hermanas, cómplices, compañeras de tablao, dúo musical, aliadas, confidentes, camaradas de hormonas y militantes de la libertad. La democracia ni se divisaba y España todavía se sacudía sus heridas del golpe de Estado fascista que acabó con la democracia en 1936, pero ellas ya vivían por encima de la libertad de un régimen franquista que castigaba la disidencia con prisión, tortura y exilio. Petróleo y Salvaora hicieron de la irreverencia su ideología, aunque estuviera prohibido.

Salvaora, peluquera de una familia humilde de tres hermanos e hija de una madre soltera que cosía para la calle, creció sin la protección y cariño de su padre, un médico cirujano de renombre que abandonó a su madre al quedar embarazada. En una España profundamente machista y patriarcal, quien vivió señalada fue la madre de Salvaora, por ser madre soltera, y no el padre que desatendió sus responsabilidades de crianza. Petróleo, también hija de una madre soltera, nació en una familia a la que no se le podía llamar ni sencilla, porque era pobre de solemnidad. En una habitación de 30 metros cuadrados, sin baño, creció entre literas la familia de Petróleo: su madre, sus tres hermanos y un tío. La dureza económica no sería impedimento para que las familias de Petróleo y Salvaora aceptaran a sus respectivas hijas. “Éramos muy femeninitas, yo me meneaba que parecía una hamaca”, dice Petróleo, con una sonora carcajada que bien podría ir dedicada a los miopes y estúpidos que la expulsaron de todos los colegios a los que la apuntó su madre y que no supieron ver que aquel “niño mariquita”, como la llamaban, al que condenaron al analfabetismo, no podía comportarse de otra manera que como lo que era, una mujer de los pies a la cabeza. Y desde que nació.

Reinas del Carnaval
Desde aquel sábado de 1963 en el que se encontraron en el único bar de Cádiz donde se reunía la comunidad LGTB, Salvaora y Petróleo han sido inseparables: “Como hermanas”, aseguran Salvaora y sus enormes ojos azules que volvían locos a los hombres en sus años mozos. Aquel sábado en el que se encontraron les cambió la vida y también ellas cambiaron a la misma vida, haciéndola más amable, valiente, atrevida, multicolor y tierna. Por separado no podían, pero juntas hicieron una revolución sin bajas, sin tanques, sin fuerza bruta, sin heridos, sin muertos, sin partes de guerra, sin fosas comunes, sin ejército y sin armas de fuego.

Sólo necesitaron el amor, la ternura, el humor, la desobediencia y las ganas de ser libres para conquistar el derecho a su propia identidad. Antes de que tuviera lugar la efervescencia europea de Mayo del 68 y los disturbios de 1969 por la libertad sexual en el barrio neoyorquino de Stonewall, que inauguraron la lucha moderna por los derechos de las minorías sexuales, Petróleo y Salvaora ya desafiaban la normatividad presentándose a los concursos informales de reina del carnaval que se organizaban en los patios de vecinos del populoso barrio gaditano de La Viña, entre la complicidad de las vecinas que cantaban y el poderío intuitivo de la inteligencia popular andaluza.

Con que sólo un vecino hubiera llamado a la policía franquista, Salvaora y Petróleo podrían haber ido a dar con sus huesos a la cárcel como lo hicieron tantas y tantas mujeres transexuales; pero Cádiz fue, es y será siempre diferente. Jamás un vecino del barrio humilde y pescador de La Viña traicionó la libertad y se fue de la lengua a las autoridades franquistas de que, entre el gentío y la bulla popular de los patios de vecinos, se fomentaba que dos mujeres, oficialmente varones en el registro civil, se presentaran a tan ilustres certámenes que retaban, mediante la alegría, el desacato, la parodia y el bullicio, las estrecheces morales e hipocresía de un régimen que no sabía toda la potencia subversiva que tenían los trajes de volante y lunares, y las peinetas de Petróleo y Salvaora.

No es que ya nadie se chivara de que Salvaora y Petróleo andaban vestidas de mujer en la intimidad de los patios de las casas de vecinos de La Viña, el barrio carnavalero por excelencia que mira al Atlántico a través de la playa de La Caleta, es que fueron elegidas reinas del carnaval en más de una ocasión. Petróleo y Salvaora jamás han recibido un solo insulto de sus familias. Ni en los duros años de la dictadura ni en los años más blandos, si es que el fascismo español tuvo algún año blando. Ni siquiera les ha hecho falta adecuar su documento nacional de identidad al nombre social con el que se las conoce porque, en una sociedad tan comunitaria como la gaditana, no les hace falta ningún documento oficial para hacer saber que son dos mujeres de la misma robustez que la piedra ostionera con la que están construidas las casas humildes y sencillas del barrio, donde aprendieron a ser mujeres y a cantar y bailar de la mano de los gitanos gaditanos. “A nosotras nos enseñaron a bailar y cantar los gitanos de La Viña”, dice ufana Salvaora.

El único episodio negativo que dicen recordar le ocurrió a Petróleo en unos carnavales. Hubo muchos más episodios negativos, seguro, pero ellas han decidido sólo contar lo bueno y teatralizar su vida para sobrevivir. Petróleo iba vestida de mujer por la calle, con su meneo de cintura de hamaca, cuando un guardia civil la detuvo y la llevó a comisaría: “Me dijo que no volviera a vestirme de mujer, pero me dejó salir con la misma ropa con la que entré”, narra con una risa desternillante. “¿Sería carajote el gachón?”, prosigue Petróleo, quien en realidad, al igual que Salvaora, a pesar de su desenfado y sentido del humor, ha sufrido no poder ser ella misma hasta que murió el dictador. “Con el tito Paco vivo sólo nos vestíamos de mujer por la noche, para ir a trabajar a los espectáculos, pero cuando murió el feo ese nos vestíamos de mujer hasta para ir a comprar el pan”, señala Salvaora, quien, con su inseparable Petróleo, iba a las obras del puerto de Cádiz a buscar ladrillos para romperlos y maquillarse con el polvo rojizo que salí al estrellarlos contra el suelo. Y las uñas, como no podían comprarlas postizas, se las ponían con chicles estirados como si fuera plastilina. “Y quedábamos bien guapas, pisha”, dice Petróleo, ‘meá’ de la risa.

Así, pintadas con el rojo de los ladrillos y con las uñas postizas de chicle, se contoneaban delante de los soldados, legionarios y marineros que paraban en el Bar Constancia, donde la luz baja les dejaba ser las mujeres que la dictadura no les permitía ser en la calle. “Yo en el franquismo vivía muy bien”, dice Petróleo delante de su hermana Encarnación, quien la corrige: “¿Cómo ibas a vivir bien si te robaron lo más preciado que tiene el ser humano, la libertad?”, le grita desde la otra punta del salón. Petróleo se queda pensativa, al borde de la tristeza, pero no se entretiene en esa búsqueda en el sufrimiento que le está recordando su hermana, con la que vive en un modesto piso del barrio de La Viña por el que pagan 137 euros de alquiler. Demelza, sobrina de Petróleo, confirma que su tía nunca ha contado lo malo que ha vivido: “Es como si no quisiera recordar para no sufrir”, reconoce.

Embajadoras de Andalucía
La vida de Petróleo y Salvaora cambia radicalmente en el año 1977, en plena Transición, después de muchos años de cantar y bailar en salas de fiestas de provincias por cuatro perras gordas. Ya se han empezado a poner sus primeras hormonas, recetadas por un médico amigo que fue el cómplice de ambas en su camino hacia la conquista de la propia identidad. Viven como mujeres y sus nombres cada vez son más conocidos en los circuitos artísticos. Son respetadas, valoradas y las caderas se les van ensanchando y los pechos creciendo, como resultado de las hormonas que están transformando sus cuerpos en los de las mujeres que siempre quisieron ser, que son. Manuel Portela, representante de artistas gaditanos, una institución en el sector, les propone montar un cuadro flamenco. Nacen así Las Folclóricas Gaditanas, formado exclusivamente por mujeres transexuales y dos guitarristas gitanos. Una revolución de la que se hicieron eco todos los medios de comunicación gaditanos y de las ciudades a las que iban a actuar.

"Llenábamos todas las salas donde íbamos, éramos un escándalo”, afirma orgullosa Salvaora. Por cada noche de actuación ganaban 5.000 pesetas, una auténtica burrada en aquellos años en los que el sueldo mínimo profesional era de 13.200 pesetas. Tal fue el éxito que Salvaora cerró su peluquería, oficio que había estado compaginando hasta el momento con las actuaciones de poca monta que les iban saliendo por las salas de fiesta de la provincia.

Con Las Folclóricas Gaditanas estuvieron en Madrid, País Vasco, Cataluña, Valencia, Extremadura y en todas las provincias andaluzas. A diferencia de otras artistas transexuales, que imitaban y cantaban en playback, Petróleo y Salvaora lo hacían a viva voz con canciones de Lola Flores, Marifé de Triana, Juanita Reina y todas las grandes de la copla andaluza. “Ponlo ahí, ponlo, pon que nosotras cantábamos con esto”, me sugiere Salvaora, llevándose la palma de su mano a la garganta.

Ganan mucho dinero, muchísimo, y son admiradas y aplaudidas allí donde van. Salvaora se administra mejor y se compra algunas propiedades, Petróleo se lo va gastando tal como lo va ganando. “Yo era más loca que la Salvaora”, dice, sin parar de morirse de la risa. Salvaora hoy vive holgada, Petróleo se las ve y se las desea para llegar a fin de mes con la pensión mínima que recibe.

Lejos de arrepentirse, Petróleo se muestra orgullosa de la administración que ha hecho del dinero que ganó: “A mi familia no le faltaba de nada, que habíamos pasado muchas calamidades”, espeta en el salón de casa, entre el ruido de los platos y vasos de la comida que está recogiendo su hermana. En 1978 estamos ya en democracia o, mejor dicho, en los primeros años de la entrada a una democracia en la que la ultraderecha seguía agrediendo a mujeres transexuales por la calle y estas seguían siendo expulsadas de casa y de los colegios por no adaptarse a la normatividad imperante. La democracia había llegado, pero el único trabajo posible para las mujeres transexuales era el espectáculo o la prostitución.

El éxito artístico de Petróleo y Salvaora con el cuadro flamenco Las Folclóricas Gaditanas eleva sus vuelos. En el año 1986 firman un contrato de auténticas estrellas de la copla que las lleva a estar más de dos años en Miami. De cobrar 5.000 pesetas pasan a cobrar 12.000 por cada noche de actuación en Estados Unidos. Lo que ganaba un peón de albañil en un mes, 20.800 pesetas, ellas lo ganaban en dos noches. En una semana, Petróleo y Salvaora ganan más de lo que ingresaba por su salario un directivo de banca en un mes. Actúan todas las noches en una sala de fiestas a la que acude la colonia cubana exiliada de Fidel Castro, que quedan embobados con el arte de las gaditanas. Ambas se enamoran de un cubano, cada una del suyo, con quienes viven el amor de una manera normalizada como no lo habían podido hacer en España. Sin embargo, el amor no las ciega. Salvaora y Petróleo dejan a los novios cuando se acaba el contrato y regresan a Andalucía. El amor por su Cádiz era más fuerte que el amor cubano. La noche más memorable de todas las que pasaron en Miami fue la que acudió a verlas la mismísima Lola Flores, que andaba de gira por Estados Unidos y le habían hablado de dos gaditanas que llenaban día sí y día también la sala de fiestas. La jerezana universal se quedó tan maravillada de Salvaora y Petróleo que se acercó a los camerinos a saludarlas al terminar la función.

Allí nació una amistad que se fortificó al día siguiente en el hotel donde estaba hospedada Lola Flores, con un puchero de dimensiones astronómicas de berza gitana, un potaje típico de Cádiz que revive a los muertos, que cocinó Petróleo y para el que buscaron todos los avíos por los supermercados de Miami. Petróleo pasó toda la noche cocinando el potaje en su casa y lo llevó en un coche al día siguiente al hotel en el que se hospedaba la Faraona. Allí, en la habitación de Lola Flores, se jartaron de berza gitana, cantaron, bailaron y hablaron de Andalucía. Los ardores del potaje les duraron una semana. “Qué ardentías tuve, pisha”, rememora Petróleo.

Peinetas revolucionarias
Mientras el franquismo había usado la cultura popular andaluza para convertirla en la identidad oficial del régimen –consiguiendo con ello que los antifranquistas la odiaran porque la relacionaban directamente con el dictador–, Petróleo y Salvaora la usaron para darle un nuevo significado. Se valieron de la cultura popular andaluza, y de sus símbolos, para luchar a su manera contra el franquismo, resignificando las peinetas, los trajes de gitana, los abanicos y los lunares; de una brutal inteligencia intuitiva que no se ha estudiado lo suficiente en las facultades de Antropología.

Que el franquismo fue derrotado, y que Petróleo y Salvaora han ganado y conquistado la libertad, y el respeto y el cariño de todos los que las conocen, quedó plasmado en un pleno extraordinario convocado por el alcalde de Cádiz, José María González ‘Kichi’, en junio de 2016, para homenajear y dignificar a estas dos mujeres que tanto han luchado para poder ser quienes son. “Fue una de las cosas más bonitas que me han hecho en la vida”, dice Petróleo sobre el acto de justicia poética que toda la ciudad, a través de su alcalde, aplaudió y les dijo que su lucha por la libertad sí había servido, que su valentía había abierto las puertas para las nuevas generaciones, que su ciudad estaba en deuda con ellas y que hoy somos un país más libre gracias a su arrojo y su militancia cotidiana en la causa de la libertad.

La prueba de que las vidas de Salvaora y Petróleo han merecido ser vividas es andar con ellas por las calles de Cádiz, preguntar a sus vecinos y no encontrar a nadie que hable mal de ellas. Nadie es nadie. A sus 73 y 67 años, respectivamente, Petróleo y Salvaora no tienen intención de someterse a un proceso en el que las tratan como enfermas psiquiátricas para modificar sus documentos nacionales de identidad en virtud de la ley registral de 2007, que fue un avance en su momento, pero que hoy patologiza las identidades trans al obligar a estas personas a mostrar un informe psiquiátrico alegando que no están locas para poder modificar su nombre en el registro civil. Quizá la intención de la ley fue buena, pero el resultado es que ha postergado la discriminación contra las personas transexuales porque no las hace dueñas de su destino, sino que es un psicólogo o un psiquiatra quien tutela y les dice si son mujeres o no. Salvaora y Petróleo no necesitan cambiarse el nombre del DNI porque viven en una ciudad de dimensiones humanas, donde son toda una institución. Pocos gaditanos y gaditanas pueden presumir de haber sido carne de letra de carnaval desde el cariño y el respeto. Ellas dos lo han sido muchas veces, siempre como banderas de libertad y valentía.

Si nacieran ahora, ambas aseguran que volverían a recorrer el mismo camino que han andado y a las dos les gustaría nacer en los mismos cuerpos en los que nacieron. O bueno, igual, igual, tampoco: “Yo me operaría, me pondría más exótica”, se explica Petróleo con una ternura que dan ganas de abrazarla y no soltarla. Salvaora y Petróleo son dos mujeres muy sencillas, pero han conseguido abrir las puertas de la libertad para ellas y para todas las generaciones que vengan detrás. Salvaora y Petróleo son dos revolucionarias de la normalidad, de los afectos, del amor, de la libertad, de la camaradería, de la guasa gaditana y de la inteligencia intuitiva de las clases populares andaluzas, que no necesitan libros de instrucciones ni discursos elaborados para conquistar la libertad. Volverían a hacer dos, tres y hasta cuatro transiciones si al final del camino el premio es el reconocimiento social que han conquistado siendo ellas mismas, sin más banderas que su propia existencia.

sábado, 8 de junio de 2019

#hemeroteca #transfobia #transicion | Encarcelada por 'travesti': el regreso de Silvia a la cárcel de Badajoz donde la recluyó el franquismo

Imagen: El Diario / Silvia Reyes y Raúl Solís
Encarcelada por 'travesti': el regreso de Silvia a la cárcel de Badajoz donde la recluyó el franquismo.
Cerca de un millar de personas LGTBI pasaron por prisión entre 1970 y 1979 con la ley de Peligrosidad Social, entre ellas Silvia Reyes. Ha regresado 44 años más tarde al penal pacense. El régimen marcó dos centros, el de Huelva (para los que consideraba "activos") y Badajoz (para "pasivos"). Se tomó la dictadura con mucho humor. "Nos reíamos y hacíamos lo que nos daba la gana. Nos vestíamos de mujer, salíamos a la calle, de noche y de día, nos hormonábamos..."
Jesús Conde | El Diario, 2019-06-08
https://www.eldiario.es/eldiarioex/sociedad/Encarcelada-travesti-Silvia-Badajoz-franquismo_0_907460124.html

Ha recorrido los pasillos de este antiguo penal con paso firme. Con la cabeza bien alta, elegante. Convencida de que todo el sacrificio ha merecido la pena. Porque Silvia fue y sigue siendo una mujer libre. "Le he ganado la batalla al franquismo, a mi familia y a la sociedad".

La antigua cárcel de homosexuales de Badajoz es hoy la sede del Museo Extremeño e Iberoamericano de Arte Contemporáneo (MEIAC), pero 44 años atrás retuvo a Silvia Reyes en cumplimiento de la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. En su caso por ‘travesti’, por vivir conforme al género sentido tras ser detenida y enjuiciada en Barcelona.

Ante la presencia de un régimen ya agonizante, cerca de un millar de personas LGTBI fueron apresadas en dos cárceles diferentes: el centro penitenciario de Huelva (para los que consideraba homosexuales "activos") y el Badajoz (para "pasivos"). Las personas transexuales, entonces etiquetadas simplemente como ‘travestis’ sin más parangón, acabaron recluidas en la prisión pacense.

"No tuve ningún problema, ingresé el 2 de octubre y salí el 30 de noviembre de 1975. Me sentía preparadísima para afrontar mi cautiverio. Sabía a lo que me exponía decidiendo vivir como quería mi vida. Asumí con completo sosiego lo que se me venía encima".

La muerte de Franco
Silvia llegó a Badajoz con 22 años. No guarda una experiencia traumática. Comenta que aquél penal era un ‘paraíso’ comparado con la Modelo de Barcelona, donde también estuvo presa. Al menos en Badajoz no estaban aisladas, ‘apestadas’ en módulos especiales. Ellas, las ‘travestis’, compartían espacio con el resto reclusos gais y con presos comunes.

Vivió la muerte de franco allí dentro, de hecho cumplió su pena cinco días más tarde del fallecimiento del dictador. Se enteró de la noticia cuando salieron al patio y reconoce que sintió bastante indiferencia ante el asombro de sus compañeros. "Ni me puse triste, ni me alegré. Simplemente les manifesté: aquí no se acaba nuestra pesadilla".

En efecto, la Ley de Peligrosidad Social aprobada en los 70 siguió vigente hasta finales de esta década, momento en que entra en vigor la Ley de Escándalo Público, hasta el 1988. Las cosas cambiaron poco para las mujeres trans, por no decir nada. Siguieron siendo objetivo de detenciones constantes. "Ya no íbamos a la cárcel, pero nos detenían igual, pasábamos el fin de semana metidas en el calabozos de la policía. El resultado siguió siendo el mismo".

"La doble transición"
Silvia es una de las protagonistas del libro La doble transición, escrito por el periodista y escritor extremeño Raúl Solís. Ambos presentaron el libro en el MEIAC, en lo que fue la antigua cárcel, dentro de la programación cultural de la fiesta por la diversidad LGTBI ‘Los Palomos’ de Badajoz, organizada por Fundación Triángulo Extremadura.

El libro narra la historia de ocho mujeres transexuales, supervivientes de la dictadura franquista, que inician en este momento una transición personal para vivir su vida conforme a la identidad de género sentida.

Para el escritor ha sido una de las presentaciones más emocionantes. El hecho de regresar a este lugar de la mano de Silvia tenía "un alto contenido de justicia poética", según destaca.

Repudiadas por el régimen
Solís comenta que el franquismo se ensañó con las mujeres trans, a las que denomina ‘travestis’, porque representaban "la aberración total del régimen". "Se enfrentan y contradicen el modelo nacional-católico, contradicen el patriarcado sobre el que se fundamenta".

Además cuestionan el género, evidencian que es algo 'elástico', "es lo que tú quieras hacer con él, a pesar de que fueron educadas bajo un género normativo". Simbolizan por tanto "la aberración más evidente, la más completa. Cuestionan la moralidad de la época al convertir sus cuerpos en herramientas de libertad. Lo tienen todo".

La desobediencia se convirtió en su mayor estandarte. Silvia Reyes cuenta que se tomó la dictadura con mucho humor. "Nos reíamos del franquismo porque hacíamos lo que nos daba la gana. Nos vestíamos de mujeres, salíamos a la calle, de noche y de día, nos hormonábamos y hacíamos de todo...".

"Algunas de mis compañeras me dijeron dentro de prisión: no tengas miedo, no te aterrorices. Estamos en una dictadura y desde comienzos de los 70 hemos salido a las calles en tacones y minifaldas. Estamos acostumbradas a que nos detengan".

El precio de vivir en libertad ha sido alto, primero con la prisión, y más tarde por el exilio. Pero mereció la pena. "Siempre he sido una persona muy psicológica. Con 17 ó 18 años, cuando decides lo que quieres ser, cuando dejas de fingir que eres un hombre, sabes lo que te va a pasar. Asumes las consecuencias. Es duro, pero sabes que va a ser así".

Mantiene en su retina la convivencia con otras 35 transexuales en la cárcel Modelo de Barcelona. "De ellas solo seis éramos fuertes, no nos importaba qué pudieran opinar nuestras familias, la gente, que se enteraran que estábamos en la cárcel, o que nos pudieran decir algo". "Pero a otras compañeras les afectó verse marginadas, la presión social... Con el paso de los años me enteré que al menos seis de ellas terminaron por suicidarse con una sobredosis".

Una cuestión de clases sociales
En torno a la marginalidad que ha rodeado a las mujeres transexuales, Raúl Solís incide en que hay una cuestión de clase que las ha acompañado toda la vida.

"Han sido invisibilizadas porque su denominador común es la pobreza y la exclusión social. No han podido desarrollarse en el mundo laboral, se han visto relegadas a ejercer el espectáculo o a prostituirse. No han sido aptas para ser usadas como objetos de consumo, que es lo que hace el capitalismo con la diversidad sexual. No son una bandera de consumo dentro del mercado, porque estas personas no tienen poder adquisitivo".

Silvia estuvo presente en la primera manifestación del colectivo LGTBI en España, que se celebró en las Ramblas de Barcelona en junio de 1977. Fue una de las que presidió la protesta, dando la cara. Hoy es la única superviviente de aquella instantánea. El resto ha fallecido.

Para el escritor extremeño es algo que simboliza el ‘genocidio’ al que se han visto sometidas. "Han muerto víctimas de la drogadicción, la prostitución y la violencia. Todo un mundo que las ha machacado y que hace que tengan una esperanza de vida muy baja". Silvia se acerca a los 70 años, "y es la prueba de que no han podido con ella, ella es la prueba de que el franquismo no ha ganado".

Muchas de las protagonistas que aparecen relatadas en ‘La doble transición’ se vieron obligadas a ejercer la prostitución. No lo hicieron en un ejercicio de libertad, se vieron sometidas por las circunstancias. Porque nadie les daba un empleo.

En este sentido narra Silvia Reyes que en el 72 abandonó las Palmas de Gran Canaria, su ciudad natal, tras hacer la mili. Se trasladó a la Península y rompió con su aspecto de ‘hombre’ para sentirse libre. Comenzó a hormonarse mientras trabajaba en la hostelería en la Costa Brava, pero pronto su aspecto físico comenzó a cambiar y empezaron los problemas.

Los pechos comenzaron a crecerle, el cabello también, y fue el inicio del rechazo social que le cerró todas las puertas laborales posibles. "Me dieron a elegir, si quería trabajar tenía que vestirme como un hombre y comportarme como un hombre. Yo lo tenía muy claro, mi libertad estaba por encima de todo".

El exilio a Europa
Cuando sale del penal de Badajoz en 1975, las Instituciones Penitenciarias le pagaron el billete de vuelta a Barcelona, pero una vez allí el secretario del juez le indicó que esa misma semana debía abandonar Cataluña. No podía regresar en al menos dos años.

"En ese momento de destierro decidí que no quería volver a la prostitución, y con un poco de dinero ahorrado, que había ganado ejerciéndola, me compré vestuario y me marché al extranjero a trabajar en diferentes cabarés y espectáculos".

Así comienza un periplo que le lleva a recorrer infinidad de locales de espectáculos de Francia, Suiza o Bélgica. Toda una vida llena de anécdotas y experiencias que acumula en la maleta que le acompañó a lo largo de miles de kilómetros, y a la que pone freno en 2003. "Ya con 50 años decidí que era el momento de parar, y regresé de nuevo a Barcelona para instalarme allí".

Memoria histórica y mujeres trans
Raúl Solís decidió titular su libro como La doble Transición porque todas las protagonistas tienen un denominador común: atravesaron su transición de género a finales del franquismo o en los primeros años de la transición. Una transición que culmina en torno al 82.

Hace hincapié en que se habla mucho del reconocimiento hacia los presos políticos del franquismo, pero no de las mujeres transexuales. "Ellas han sido doblemente excluidas del relato de la memoria. Excluidas por el relato mayoritario de la memorialista de presos políticos, que básicamente se centra en los presos políticos, cuando ellas siguen en prisión". De hecho las personas LGTBI continuaron encarceladas hasta el 79, a diferencia de los presos políticos, que dos años antes ya habían sido liberados.

A esto añade que el mundo LGTBI, cuando ha afrontado la memoria, lo ha hecho siempre desde la visión del hombre homosexual. "Pero resulta que la mayoría de personas encarceladas por homosexualidad en el franquismo fueron mujeres transexuales. Hasta en el 70 u 80 por ciento de los casos fueron ellas, según he podido constatar".

Son verdaderos estandartes de la transgresión, y sin embargo han sido objeto de todo tipo de críticas y discriminación. Han sufrido una barrera más desde algunos sectores del feminismo radical, que las ha excluido por expresar su condición de género como mujer.

Comenta Solís que se enfrentan hoy a una corriente, que aunque minoritaria, piensa por ejemplo que las mujeres transexuales están ‘hiper-sexualidazas’, y que están postergando el rol de género sobre las mujeres. "Quien ha escrito y piensa esto, es que no conoce a ninguna, porque las mujeres transexuales las hay de todos los tipos, como todas las mujeres. Las hay hiper-sexualizadas, no hiper-sexualizadas, con pendiente, con el pelo corto o largo, machistas, feministas, etc. Ellas siempre lo han tenido muy difícil, y de hecho la esperanza de vida de ellas en el franquismo era de 40 años, y hoy de 50".

Desde los años 70 hasta hoy se ha avanzado mucho. Cada vez se ven más realidades positivas, pero advierte que sigue habiendo personas que lo pasan mal por el hecho de ser transexuales. "Sigue habiendo niños a los que echan de casa por este motivo, que se tienen que ir con 18 años cuando muestran lo que son. Otros a los que llevan al psicólogo". "Con estas palabras hay que poner de manifiesto que la imagen ‘idílica’ de la que los tabúes ya están superados resulta erróneo".

Denuncia que hoy las personas trans no tienen reconocidos todos sus derechos, y desde la dictadura ha habido pocos cambios legales para ellas.

Hay una ley registral de 2007 que obliga a las personas transexuales a presentar un informe psiquiátrico que acredite que son mujeres u hombres y que solo contempla el cambio de nombre. Muchas de ellas no se han cambiado el nombre en el DNI porque no se quieren someter a ese proceso "humillante que las trata como enfermas mentales".

Reclama al mismo tiempo una ley integral que aborde todos los ámbitos de la vida donde estas personas sufren discriminación, como el laboral, educativo y sanitario, y una pensión que les permita vivir con dignidad el resto de sus vidas tras el ‘apartheid’ social al que se han visto sometidas.

martes, 4 de junio de 2019

#hemeroteca #transfobia #transicion | Silvia estuvo en la cárcel por transexual

Imagen: 48 Horas / José María Núñez, Silvia Reyes y Raúl Solís
Silvia estuvo en la cárcel por transexual.
Su historia junto a la de otras siete mujeres la ha rescatado el periodista extremeño Raúl Solís en el libro 'La doble transición'.
EFE | Hoy, 2019-06-04
https://www.hoy.es/badajoz/silvia-carcel-transexual-20190604222226-nt.html

Silvia Reyes volvió ayer a Badajoz, al lugar donde estuvo encarcelada durante el franquismo. Aquí venían destinados los condenados por la ley de peligrosidad y rehabilitación social. En su caso, su delito era ser una mujer transexual. A su regreso a la ciudad, Silvia se encontró un museo, el Meiac, en el mismo lugar donde pasó casi un año de su vida privada de libertad.

Su historia junto a la de otras siete mujeres transexuales, supervivientes de la dictadura franquista, protagonizan 'La doble transición', una obra con la que el periodista extremeño Raúl Solís pretende «sacarlas del olvido».

Son mujeres, relata el autor, que iniciaron sus procesos de transición personal durante la dictadura franquista y sobrevivieron a ella.

Solís presentó ayer la obra, que ha tardado dos años en escribir, en el marco de la programación cultural de Los Palomos. El autor estuvo acompañado de Silvia Reyes, quien estuvo encerrada casi un año en la cárcel de Badajoz, al final de la dictadura, por su condición sexual. Cuando salió, fue desterrada de la provincia de Barcelona, donde residía, por lo que se vio obligada a marcharse a Suiza.

A través de biografías noveladas relata cómo Silvia y las otras siete mujeres fueron apartadas de sus trabajos, lo que las condenó a prostituirse o a vivir en el mundo del espectáculo; cómo fueron víctimas de violencia no solo por el régimen franquista y, en muchos casos, cómo fueron abandonadas por sus familias a una corta edad. «Son unas supervivientes de aquella barbaridad», valora el extremeño.

La idea de la obra surgió en Sevilla, en una charla con la activista Mar Cambrollé, en la que llegaron a la conclusión de que no se ha contado nada de las mujeres transexuales desde la época franquista, por lo que «nace de la necesidad de sacarlas del olvido».

A su juicio, el relato de la memoria histórica solo habla de los presos políticos y no de los transexuales, al igual que las asociaciones LGTBI, que solo hablan de los homosexuales, a pesar de que fueron quienes lideraron las primeras manifestaciones que hubo en España en 1977 y 1978.

El periodista extremeño ha asegurado que para las mujeres transexuales ha habido muy pocos cambios desde los años de la dictadura. Así, recuerda que hay una ley registral de 2007 que obliga a las personas transexuales a presentar un informe psiquiátrico que acredite que son mujeres u hombres y que solo contempla el cambio de nombre.

Muchas de ellas no se han cambiado el nombre en el DNI porque no se quieren someter a ese proceso «humillante que las trata como enfermas mentales». En este sentido, el colectivo transexual reclama una ley integral que aborde todos los ámbitos de la vida donde estas personas sufren discriminación, como el laboral, educativo y sanitario.

Por otro lado, ha manifestado que en España hay leyes integrales de transexualidad en cinco comunidades autónomas, entre ellas Extremadura.

Y TAMBIÉN…
‘La doble transición’ pone cara a las mujeres transexuales perseguidas por el franquismo.
Nicolás Lavado | 48 Horas Magazine, 2019-06-04

https://48horasmagazine.com/la-doble-transicion-pone-cara-a-las-mujeres-transexuales-perseguidas-por-el-franquismo/

miércoles, 1 de mayo de 2019

#hemeroteca #trans #testimonios | Una transición en el armario

Imagen: El País / Algunas de las protagonistas de 'La doble transición'
Una transición en el armario.
El periodista Raúl Solís reúne en un libro el testimonio de ocho mujeres transexuales que se enfrentaron al franquismo.
Fran Serrato | El País, 2019-05-01
https://elpais.com/politica/2019/05/01/diario_de_espana/1556728053_013417.html

“Escuchaba el cajón de los cubiertos y pensaba que mi padre venía a matarme”, relata Mar Cambrollé. A los ocho años ya dormía con un cuchillo debajo de la almohada, por si tenía que defenderse de su progenitor, que la condenó a comer sola en la cocina y a palizas correctivas que buscaban que aquel niño afeminado se convirtiera en un hombre. Cambrollé, que acaba de cumplir 61 años, vivió una infancia y una adolescencia dura. Como la mayoría de las mujeres transexuales durante el franquismo. El suyo es uno de los ocho testimonios que aparecen en el libro 'La doble transición', del periodista Raúl Solís.

Solís (Mérida, 1982) aborda en sus páginas la heroicidad de un colectivo “perseguido durante la dictadura y olvidado en democracia”. En su opinión, la sociedad intentó convencerlas de que habían nacido en cuerpos equivocados, pero su lucha por la libertad durante el franquismo y en la Transición les permitió demostrar que era la sociedad quien se equivocaba. “Estas mujeres se rieron de la dictadura, subvirtieron todos los tratados de la España en blanco y negro. Por eso dieron con sus huesos en la cárcel”, reconoce el autor.

Manolita Saborido es otra de esas mujeres. Lo que más temía de pequeña era que llegasen las fiestas de su pueblo, Arcos de la Frontera (Cádiz). “Nos encerraban para que no nos vieran los turistas. Decían que los echábamos y estropeábamos el negocio de los hoteles y de los restaurantes”. El relato de la Transición está incompleto si no se cuenta la lucha de estas mujeres. Ellas también trajeron la libertad. Lo hicieron con su cuerpo como bandera. “Ni un solo gay, bisexual o lesbiana se atrevió a ocupar la cabecera de la primera manifestación del Orgullo en España”, insiste Solís. Se celebró en 1977 en Barcelona y estuvo presidida por travestis. Un año más tarde el Orgullo se extendió a otras ciudades españolas, pero se repitió la misma imagen, lo que suponía un peligro para ellas.

Moral impuesta

Los presos políticos salieron de la cárcel en 1977 y la Constitución se aprobó un año después, pero las personas transexuales no pudieron pasear tranquilas por la calle hasta 1988, cuando se derogó la Ley de Escándalo Público. La Ley de Peligrosidad Social estuvo vigente en el Código Penal hasta 1995. Todavía hoy necesitan un informe psiquiátrico que diga que no son enfermas mentales para optar a la modificación registral, que les permite disponer de un documento de identidad acorde a su género. La primera ley que reconocía sus derechos llegó en 2007, pero aún no existe una norma estatal que les permita acceder a todos los ámbitos con su verdadera identidad.

“Las transexuales han sido el último colectivo en salir de la dictadura, que las castigó especialmente. La mayoría de las 5.000 personas encarceladas por homosexualidad durante el franquismo en realidad fueron transexuales”, explica Solís. En su opinión, un homosexual puede disimular sus gustos, pero estas personas no pueden esconder lo que son: mujeres. “No les bastaban los armarios, necesitaban vitrinas”. El autor del libro, financiado a través del ‘crowdfunding’, subraya que el colectivo también ha desaparecido del relato LTBI. “El hecho de que sean transexuales les hace descender directamente a los infiernos”. Solís sostiene que estas personas sufrieron un ‘apartheid’ durante el franquismo. “A la mayoría no las dejaron trabajar y ahora viven con muchas necesidades”.

Son mujeres violadas, expulsadas de su hogar, perseguidas, pobres y excluidas. Miriam Amaya afirma que solo les quedaban dos salidas: la prostitución o el espectáculo. Ella tenía 16 años cuando le ofrecieron hacer la calle. “Era dinero rápido, pero no tenía nada de fácil”. Para entonces ya tenía pechos. Había comenzado a hormonarse de forma clandestina a los 13. Por extraño que parezca, encontró en su familia, de etnia gitana, la comprensión que le faltó fuera. Ahora, a punto de cumplir 60, asegura que no cambiaría nada de su vida porque también le han sucedido cosas buenas, como el amor. Su primer novio, un alemán llamado Karl, le pidió en la puerta de la clínica de Casablanca (donde acudió para eliminar su pene y reasignar el sexo) que no se operara. “Entonces lo que hacían eran castraciones”, rememora Amaya.

“Este es un libro de sonrisas y lágrimas. No solo cuenta la crueldad que soportaron estas mujeres, también cómo se rieron del franquismo sin estar organizadas”, explica Solís. “Hicimos una gran revolución pacífica. Con carmín, tacones, plumas y lentejuelas”, afirma Cambrollé, que ahora preside la Asociación de Transexuales de Andalucía. Esta comunidad autónoma aprobó en 2014 la Ley de Transexualidad más avanzada de Europa, gracias su empeño. Sin embargo, a Cambrollé siempre le persiguió el desprecio de su padre. Después de cinco años sin hablarse, y cuando había completado su transición personal, un día le espetó: “Qué guapa estás, hija mía”. Eso le bastó para perdonarlo. “Entendí que mi padre era una víctima más de una moral impuestas por la sociedad”.

domingo, 7 de abril de 2019

#hemeroteca #trans #testimonios | La doble transición del mariquita al transexual, del franquismo al Orgullo

Imagen: Heraldo / Manifestación del Orgullo LGTBI en Zaragoza
La doble transición del mariquita al transexual, del franquismo al Orgullo.
El periodista Raúl Solís aborda en el libro 'La doble transición', con mirada humana y cercana, la vida de mujeres transexuales que con heroicidades cotidianas conquistaron libertades y derechos.
Alberto Santacruz | Heraldo, 2019-04-07
https://www.heraldo.es/noticias/sociedad/2019/04/07/la-doble-transicion-del-mariquita-al-transexual-del-franquismo-al-orgullo-1307874.html

"Le tendría que haber comprado un tutú", le dijo José a su esposa. Su hijo, un gitano riojano que se amarraba la toalla a la cabeza a modo de melena y que desfilaba por el pasillo de casa con los zapatos de su madre, le había rechazado una equipación del F.C Barcelona.

Aquel niño, que a los 13 años ya tomó hormonas procedentes del estraperlo a finales de los sesenta del siglo XX, que pasó noches y días en comisarías, "se veía mujer cuando apagaba las luces y, de manera intuitiva, iba preparando su cuerpo y su vida" para ser lo que realmente era, mujer; su nombre: Miryam Amaya.

Es uno de los ocho perfiles, detallados, esculpidos y narrados, que el periodista Raúl Solís ha "vitrineado" en el libro 'La doble transición', en el que aborda, con mirada humana y cercana, la vida de mujeres transexuales que con heroicidades cotidianas conquistaron libertades y derechos que hoy son patrimonio colectivo.

La contraportada del libro lo dice todo: "Son mujeres que se burlaron de la dictadura, que subvirtieron todos los tratados religiosos y morales de la España en blanco y negro, que dieron con sus huesos en la cárcel por ser libres".

"No tenían armarios, tenías vitrinas", afirma Solís en declaraciones a Efe, quien con este libro quiere "hacer justicia con un colectivo pionero que abrió las grandes avenidas de la libertad por donde ahora circulan las personas LGTBI".

Quienes entonces lideraban las primeras manifestaciones LGTBI "son ahora las invisibilizadas", ha criticado el periodista extremeño, quien señala como culpable al propio colectivo LGTBI, "que ha perdido la memoria".

La "causa" del colectivo LGTBI "se ha construido mal", pues "se centra en la identidad y no en la justicia". "Cuando los movimientos buscan ser y no transformar acaban perdiendo su sentido", añade.

Otro de los perfiles es el de Mar Cambrollé, una mujer a la que al nacer le fue asignado sexo varón, como al resto; cuyo padre la obligaba a comer sola en la cocina y que con palizas buscaba que su niño "mariquita" se hiciera un macho. Ella dormía con un cuchillo bajo la almohada por si tenía que defenderse de su padre.

En sus primeros día de "mili" pidió "un camisón o una combinación más mona"; finalmente se libró del mismo tras el diagnóstico clínico del médico militar: "Psiconeurosis grave con tendencia irresistible al travestismo".

Con mil episodios de represión, pero también de descaro y lucha, Mar se convirtió en la líder del movimiento andaluz por la libertad sexual, tras viajar a Barcelona, "el hervidero del Orgullo".

"La mayoría de ellas empiezan a hacer su transición completa después de la mili", como también se narra en la vida de Manolita Saborido, quien, al margen de palizas y de destierros sociales, lo que más temía era que llegasen las fiestas de Arcos de la Frontera, donde nació, ya fueran las de Navidad o Semana Santa.

Junto a otras, la encerraban por las noches en el cementerio y dormían en la camilla de la autopsias, relata Manolita "con tanta frialdad como dolor".

De los 5.000 presos encarcelados por el franquismo por "peligrosidad social" a causa de su homosexualidad, el 80 por ciento eran mujeres transexuales, explica el autor. "El franquismo no distinguía entre orientación sexual e identidad de género... Todos eran maricones o mariquitas. El concepto transexual no llegó hasta los años 90".

Sufrían "apartheid laboral", no tenían más salida que "ser putas o artistas" para poder sobrevivir. Sin embargo, y merced a su lucha, encabezaron las primeras manifestaciones, allá por los años 1977 y 1978.

Los presos políticos salieron de las cárceles franquistas en 1977, pero las mujeres transexuales tardaron dos años más en salir de las cárceles, una vez que en 1979 entró en vigor la despenalización de la homosexualidad.

En 1995, la Ley de Peligrosidad Social sale del Código Penal y no es hasta 2007 cuando aparece la primera ley que "les otorga derechos, la de la Identidad de Género".

sábado, 30 de marzo de 2019

#hemeroteca #trans #memoria | Mujeres trans, pioneras de la lucha por la libertad sexual y heroínas de una “doble transición” en la España posfranquista

El Diario / Mar Cambrollé, Soraya González y Raúl Solís //

Mujeres trans, pioneras de la lucha por la libertad sexual y heroínas de una “doble transición” en la España posfranquista

El periodista Raúl Solís novela las biografías de ocho mujeres que, pese a tener todos los elementos en contra, fueron ejemplo de superación personal y colectiva. “Este país tiene un importante debe con las mujeres transexuales”, explica el autor de 'La doble transición'. “Petróleo, Salvaora, Silvia, Miryam, Mar, Soraya, María José o Manolita son mujeres que se rieron de la dictadura en su cara”.
Javier Ramajo | El Diario, 2019-03-30
https://www.eldiario.es/andalucia/lacajanegra/libros/libros-la-doble-transicion-transexualidad-mujeres-transexuales-raul-solis_1_1632682.html

Repudiadas por el franquismo, marginadas, encarceladas, sobrevivieron a la intolerancia en blanco y negro y encabezaron las primeras manifestaciones de lucha por la libertad sexual en España cuando el dictador ya se había marchado para siempre. Un libro repasa las vidas de algunas de esas mujeres transexuales que “han desaparecido del relato triunfador” del movimiento LGTBI y que son verdaderas supervivientes de aquellos que no quisieron ni quieren entender la diferencia. “Petróleo, Salvaora, Silvia, Miryam, Mar, Soraya, María José o Manolita son mujeres que se rieron de la dictadura en su cara”, dice Raúl Solís, autor de 'La doble transición'.

El 31 de marzo se conmemora el Día Internacional de la Visibilidad Trans. Este libro, prologado por la vicepresidenta del Consell de la Generalitat Valenciana, Mónica Oltra, surge precisamente “por la necesidad de contar la historia LGTB con los ojos de quienes la protagonizaron, que fueron las mujeres transexuales. Ellas lideraron, valientes, aquellas primeras marchas, en Andalucía, en España y, un poco antes, en 1969, en Nueva York, que es donde arrancó la lucha por la libertad sexual. ”Estaban en las cabeceras de todas las manifestaciones. Ahora no están ni en la cola. El movimento LGTBI se las ha tragado y las ha invisibilizado“, explica Solís a eldiario.es Andalucía.

Invisibilización

Cuesta trabajo ver a mujeres transexuales en las marchas LGTBI para reclamar mayores derechos, apunta el autor. En Sevilla, el pasado año, el Día del Orgullo LGTBI se dividió en Andalucía por primera vez en 40 años con dos manifestaciones paralelas. Y sobre todo, “no se ve a mujeres transexuales de más de 60 años, que son las que protagonizan el libro y que tienen la característica común de haber transitado por la exclusión social”.

Acerca de los motivos de esa invisibilización, Solís explica que las mujeres transexuales “no pueden ser productos de consumo, porque en su mayoría son pobres, porque el abandonar el hogar familiar y haber sido excluidas del mundo del trabajo, no tienen capacidad de consumo. En el mundo gay actual está muy asumido por el capitalismo. Si no tienes capacidad de consumo como grupo social, no tienes capacidad para ser visible”.

Cierto es que el respeto social hacia el colectivo transexual ha avanzado de un tiempo a este parte, pero aún falta camino por recorrer, explica el autor. “Hay familias que crían a sus hijos con cariño y hay mucha más empatía de la sociedad hacia las personas transexuales, pero eso no nos puede llevar a pensar que eso es lo general. Se siguen dando casos de chavales jóvenes que son expulsados del hogar y esa realidad hay que tenerla presente para cambiarla”.

Historias de superación

Las protagonistas de libro saben bien cómo ha evolucionado la sociedad española. A ellas, que abrieron el paso, “si les hubiera contado que un niño con 14 años puede ahora tomar bloqueadores hormonales o que en cualquier instituto de Andalucía cualquier joven transexual va a ser tratado por su sexo sentido, no se lo hubieran creído, porque ellas con esa edad recibían palizas, detenciones, violaciones y encarcelamientos. Evidentemente, se ha avanzado muchísimo a favor de la libertad sexual y, sobre todo, de las mujeres transexuales”, explica el periodista, nacido en Mérida en 1982.

Entre las historias que novela, el autor destaca quizá la de Mar Cambrollé. “Desde el barrio más pobre de España, con el rechazo de su familia desde los 10 u 11 años, durmiendo con un cuchillo debajo de la almohada, expulsada de la escuela con 13 años... y ahora es impulsora de leyes de transexualidad hiperavanzadas a nivel europeo y dando charlas a los médicos sobre cómo afrontar la realidad trans. Me parece una historia de superación brutal”. O la de Silvia Reyes, nacida en Las Palmas y que vive en Barcelona, “de una familia muy afín al régimen, de clase alta, que la repudia, encarcelada en La Modelo y en la prisión de Badajoz, y que ha vivido siempre de la prostitución y ha sido también una gran activista”.

También se narra la vida de Miriam Amaya, que vive en Zaragoza y que “su familia, gitana, pese a los clichés que se puedan tener, fue la que mejor la aceptó de todas las protagonistas del libro”. Está también Manolita Saborido, 'la otra Manolita Chen', “la primera mujer transexual con proyección pública en España a finales de los 60, además de ser la primera madre transexual, que adoptó en 1982”.

Solís explica que “una de las realidades de las mujeres de esta época es que el VIH, la prostitución, la violencia y la drogadicción provocaron un genocidio entre las mujeres transexuales que nacieron durante el franquismo”. Su esperanza de vida era de 35-40 años, detalla, ejemplificando que, de la fotografía que viste el libro, de la primera manifestación en Barcelona en 1977, solo Silvia Reyes está viva, Silvia. “Son supervivientes de una época muy dura para ellas”, dice.

A juicio del autor, la sociedad española está “muy preparada para la aceptación de la transexualidad”, gracias en gran parte a las leyes que se han ido aprobando, “pero es muy importante el movimiento social”. Y ahí se detiene: “El movimiento social LGTB no ha sido muy beligerante por la causa transexual y creo que se debe de escindir de la ecuación LGTB y trabajar por su realidad. No tiene una sola ley que les reconozca derechos. La ley de 2007 lo único que hizo fue permitirles el cambio de nombre pero a cambio de su esterilización y de presentar un informe de que no están locas. España sigue tratando a las personas transexuales como enfermas mentales. El año pasado se presentó una ley pero no se llegó a tramitar”, apunta en referencia a la norma registrada por Unidos Podemos en el Congreso.

“Las minorías necesitan derechos, no ser bandera electoral”

Raúl Solís considera que “las personas transexuales han sido toda la vida visibles, lo que necesitan es igualdad, un marco que les permita ser iguales al resto de ciudadanos”. “No veo peligro de involución. No se puede hacer política en base al miedo. Las minorías necesitan derechos y no ser bandera electoral de ningún partido”, apunta.

Con pensiones de entre 400 y 600 euros, o en pisos de 40 metros cuadrados, como se cuenta en el libro. “Tienen que ir a pedir comida porque su situación es muy, muy precaria, porque al haber trabajado en la prostitución o en el espectáculo no han cotizado a la Seguridad Social. Deberían incluirse en una ley pensiones vitalicias para este tipo de mujeres para que, en el final de su vida, pudieran vivir con cierta dignidad, porque el régimen franquista lo que hizo fue matarlas en vida al no permitirles su integración en la vida civil”, señala.

El libro aporta el contexto histórico en el que estas mujeres vivieron. En 1970 se aprobó la Ley de Peligrosidad Social, por la cual muchas personas homosexuales entraron en la cárcel “pero que se llevó por delante a una mayoría de personas transexuales, un 70-80%”. Se derogó en 1979 pero no salió del Código Penal hasta 1995. En 1982, con la Ley de Escándalo Público, que hizo que personas transexuales fueran detenidas por la calle hasta el año 1988. Esto es, las personas transexuales “tardaron 29 años más que las demás en acceder a la democracia y fueron sacadas de las cárceles dos años después que los presos políticos. Este país tiene un importante debe con las mujeres transexuales”, sintetiza el periodista.

“La transexualidad no es un hecho médico sino psicosocial. Hay que sacarlo de la medicina. El discurso biomédico ha hecho muchísimo daño a las personas transexuales, como el hecho de pensar que viven en cuerpos equivocados, que les falta algo o que no son mujeres u hombres completos”, señala Solís.

domingo, 3 de marzo de 2019

#hemeroteca #libros #trans | Ocho historias de la revolución transexual

Imagen: Público / Raúl Solís, Mar Cambrollé y María José Navarro
Ocho historias de la revolución transexual.
El periodista Raúl Solís reivindica en el libro 'La doble transición' el papel de las mujeres transexuales en el movimiento por la igualdad de derechos de los disidentes sexuales.
Raúl Bocanegra | Público, 2019-03-03
https://www.publico.es/sociedad/sociedad-ocho-historias-revolucion-transexual.html

‘La doble transición’ es el título del libro que acaba de sacar del horno el periodista Raúl Solís. En él, a través de la historia de ocho mujeres, reivindica el papel de las personas transexuales en el movimiento por la igualdad de derechos de las disidentes sexuales. “El libro nace de la hipótesis de que ellas son las que lideran el movimiento de liberación sexual. Eran todas mujeres transexuales las que dieron la cara. El relato épico está apoderado por gais. Y las trans no forman parte de él”, reflexiona Solís, al sevillano sol de febrero, mientras comparte un café con Público y con dos de las protagonistas del libro, la activista transexual Mar Cambrollé (Sevilla, 1957), una de las personas que más han hecho por la visibilización de la causa en los últimos tiempos, y María José Navarro (Sevilla, 1953), también conocida como la otra Pantoja.

Cambrollé y Navarro se conocen desde hace 40 años. Han elegido la orilla sevillana del ramal del Guadalquivir -al otro lado Triana y la calle Betis- para este encuentro, porque allí fue donde todo empezó. Donde comenzó la historia de su emancipación y el descubrimiento del sexo. Allí iban a ligar, allí se escondían de la persecución. Allí iniciaron “una gran guerra”, en palabras de Cambrollé. “Raúl ha sabido contar las vidas de mujeres sin discurso político, de mujeres que no necesitaban de teoría ni de filosofía, de mujeres que supieron subsistir, vivir, burlando y riéndose de las almas fascistas y de la moral judeocristina y nacionalcatólica. Ellas hicieron una gran guerra desde unas herramientas que hoy nos pueden parecer superfluas, pero que fueron herramientas que no tenían sinónimo con violencia: lo hicieron desde el carmín”.

Recuerda Navarro aquella época: Yo tenía el show normal de dos pases. Primer pase y segundo pase. Yo hago Isabel Pantoja. Cambié al principio una vez, por Sarita Montiel. Me atrae la forma de actuar de la Pantoja, su estilo, su carisma, sevillana, de aquí de Triana. La conocí. Fui, incluso, a Cantora.

Tercia Solís: Cuéntale de La Esmeralda.

Retoma Cambrollé: La Esmeralda era una marica de Sevilla. Siempre se la ha conocido en un rol femenino. Era un empresario antiguo, con peso en la venta Marcelino, donde se hacían shows de travestis, como se decía entonces. Iban por la noche gente de la burguesía, policías, comisarios… Gente que de día hacía ascos, pero que de noche iban a alternar y a pasárselo bien y si tocaba, algún escarceo.

Navarro: Tenían una cara y luego, por detrás… Y lo hacían. Yo lo he vivido. Hay mucha hipocresía. Es una gente muy rara. Lo blanco y luego lo negro.

Luego, Mar puso en el Duque un puesto, un quiosquito. Ella siempre ha sido muy trabajadora.

Cambrollé: Siempre hemos tenido contacto.

Navarro: La amistad es lo más grande. Como un familiar allegado o más. Las personas de la calle, muchas veces son mejores que la familia. Las que son buenas. Las que son malas, no. Una persona de la calle te da y te toma y si hace falta, da la vida por ti. Yo con mi familia, bien. Con mis padres. Lo demás me sobra. Jamás he tenido problema con mis padres. Me han ayudado toda la vida. Me han ayudado toda la vida.

Cambrollé: No era la suerte de todas. Muchas han tenido que irse a la calle.

Navarro: Sí. Otros no le hablan al hijo por ser como es. Por ser trans. ¿Eso se hace? Tienes que tener un corazón de cocodrilo diabólico. Tienes que criar a tu hijo como es, como salga, porque es tu hijo.

Cambrollé: Mi padre sí me ha maltratado. En esta época lo hubieran metido preso. Me daba palizas. La mayoría de personas trans eran desterradas de la familia y exiliadas de la escuela. El caso de María José es mínimo. Su caso es un 7%, un 8% de lo que pasaba. Si quieres ser mujer, haz lo que quieras, pero en la calle. Y pasaba a edades muy tempranas. 16-17 años. ¿Qué haría una mujer en esa época? Ponerse en una equina a trabajar, o ponerse por la noche a hacer espectáculos. Muchas han tenido que pagar más dinero en pintura o en traje que lo que les pagaban por una actuación.

Navarro: A mí me ha costado el dinero trabajar. Algunas son desgraciadas de la vida, porque esa pena se las come por dentro, de ver que sus padres no las quieren y las echan a la calle. Eso no se hace.

Cambrollé: Eso ha condicionado que la gente no tuviera un trabajo reglado, que la gente viviera de la prostitución, se arriesgara a las palizas, al VIH, se arriesgara a no tener una casa propia, a llegar a esta edad, la de jubilación, y no tener para vivir. Ni siquiera una paga digna.

Navarro: Todo, todo.

Cambrollé: Ha sido, digamos, una situación de discriminación estructural. Yo creo que es el momento de que se haga justicia y se repare. Esto tiene que repararlo el Estado. Ha sido el responsable de esta discriminación. Ha permitido que no podamos trabajar ni acceder a puestos de trabajo reglados. Las personas transexuales que están vivas tienen una vejez de extrema precariedad. Han sido vulneradas y pisoteadas en su juventud y tienen una vejez, en la que también se las discrimina. Es hora de que el Estado repare.

Tercia Solís: El común denominador de casi todas las mujeres transexuales que tienen más de 50 años es la exclusión social. El común. Del libro, casi todas. Ella tiene una paguita muy pequeña, no contributiva. Soraya cobra 420 euros. Silvia y Miriam, igual.

Cambrollé: Es la exclusión social.

Navarro: Qué pena. ¿Tú me ves a mí como una persona o como un bicho? ¿De qué planeta soy?

Bromea Cambrollé: Tú de Marte, por lo menos. Guapa.

Navarro: Pero bueno, ¿qué tienen que ver las tendencias de esta mujer y la mía? ¿Qué tiene que ver?

Cambrollé: Nuestras tendencias políticas. (risas)

Navarro: Si a ti te gusta un caramelo de fresa y a mí de menta, ¿qué pasa? ¿A la gente no le cabe en la cabeza?

Cambrollé: Y también la gente a la que le gusta el caramelo de menta y se lo toma a oscuras.

Navarro: ¿Y los del vicio qué hacemos con ellos? Y en la Iglesia los ves metidos.

Las siglas LGTBi: desgajar la T

“Las transexuales han sido el último colectivo en salir de la Dictadura. La primera ley de reconocimiento de derechos para la comunidad transexual no llegó hasta el año 2007, 29 años después de que se aprobase la Constitución. [...] Las personas transexuales han sufrido -afortunadamente, cada vez menos- un apartheid social, laboral, afectivo, político y médico. Son las más nadies de los nadies, las castigadas entre los castigados, las humilladas entre los humillados”, escribe Solís en la introducción de su libro.

Cambrollé tiene un discurso profundo, que le brota con pasión, fruto de la experiencia y de la reflexión permanentes acerca de la situación de las personas transexuales. Cambrollé cree que ha llegado el momento de separar la lucha transexual, desgajar la letra T de las siglas LGTBi. Estas son sus razones: “Sigue predominando el gaycentrismo y el gaypatriarcado. ¿Qué tenemos que ver en un conglomerado de siglas? ¿Las mujeres por qué están discriminadas? ¿Por lo que les gusta o por lo que son? Por ser mujeres. Por una cuestión de identidad. Y nosotras lo estamos porque nuestra identidad no coincide con la asignada al nacer. Mientras que las políticas trans se sigan abordando dentro de las políticas LGTBi, las personas trans seguiremos como seguimos ahora. Que después de 40 años, la democracia no ha llegado a nosotras”.

“Hasta que nosotras no estemos presentes, no se va a acabar este apartheid político e institucional. Nuestra situación es de transfobia y no de homofobia. LGTBi es un acrónimo que nos invisibiliza. Niega nuestra existencia como un grupo humano que tiene discriminación distinta de las personas gais y lesbianas”, remacha Cambrollé.

Un logro y una reflexión
El café termina con una reflexión de Cambrollé, con la que Navarro se muestra de acuerdo: “La falsa moral sigue igual. Pero un logro hemos conseguido. Que lo políticamente correcto sea una norma, que de boca para afuera o públicamente te tengas que callar tu hipocresía. Ahora, aunque lo pienses lo haces en privado. Y eso es un logro. Hemos conseguido que el no respeto sea políticamente incorrecto”.

Después del café, Solís, Navarro y Cambrollé se acercan a la vera del río Guadalquivir. Allí, entre bromas, se hacen unos selfies -uno de los cuales ilustra esta crónica-, y hablan de lo mismo que habla todo el mundo en España: Vox. 

Dice Cambrollé: “Pienso que el resurgir de una ideología no es nuevo. El discurso de Vox lo siguen repitiendo los obispos desde la entrada a la democracia. Siguen diciendo que los maricones tienen que estar fuera, que nosotras somos ideología de género. Se atreven a decir que son ellos los provocados por los menores. Esas salvajadas que dice Vox las han estado diciendo los obispos con total impunidad. El fascismo no lo trae Vox. El fascismo no se ha ido de España nunca. Ahí tenemos a la Fundación Francisco Franco cogiendo dinero. Hemos permitido que durante 40 años siga enterrada en las cunetas la gente torturada y asesinada por el franquismo”.

Remacha la activista: “Hoy cualquier país nos adelanta, todos tienen legislaciones que nos protegen contra los delitos de odio. Hoy estamos vendidas, ¿eso lo trae Vox? No, mire usted. Llevan dos leyes en trámite más de un año y pico paradas en el Congreso. ¿Las tiene paradas Vox? No, las tiene paradas un arco político que impiden que salgan adelante. Creo que el miedo no ha sido nunca consejero de los avances sociales y civiles. El miedo ha sido herramienta para utilizarnos y para frenarnos bien en derechos o bien para que confrontemos políticamente. Nuestros derechos no me parece que formen parte de una estrategia política, ni que sean una herramienta de carga, de munición para confrontar con los demás. Nuestros derechos son derechos humanos y hay que sacarlos adelante. Y si ahora tienes la posibilidad porque las cuentas salen, es indigno que mañana te quejes y critiques que esto no sale por Vox, PP, Ciudadanos. Todo esto sale de la misma hipocresía”.

Cambrollé, Navarro se despiden. “La sociedad las intentó convencer de que habían nacido en cuerpos equivocados, pero su lucha por la libertad en los duros años del franquismo y la Transición permitió demostrar que quien estaba equivocada era la sociedad”, escribe Solís. “Este país tiene una deuda impagable con todas ellas”.

Al fondo, frente a Triana, la obra del escultor Eduardo Chillida: unos brazos de piedra que quieren simbolizar el encuentro entre culturas. ¿Su nombre? Monumento a la Tolerancia.

jueves, 28 de febrero de 2019

#hemeroteca #libros #trans | Presentación en Mérida del libro “La doble transición”, una historia de la lucha trans

Imagen: El Salto / Mar Cambrollé
Presentación en Mérida del libro “La doble transición”, una historia de la lucha trans.
Libro necesario, fundamental para conocer la historia por la libertad, para dignificar y homenajear al colectivo trans, pioneras de las luchas LGTBI y, sin embargo, muchas veces las grandes olvidadas. Aprovechamos, además, para exponer la situación en Extremadura de las personas transexuales.
Abel Álvarez Germán | El Salto, 2019-02-28
https://www.elsaltodiario.com/transexualidad/presentacion-merida-libro-doble-transicion-historia-lucha-trans-

Tras el éxito que está teniendo el libro 'La doble transición' y las presentaciones por localidades de toda la geografía española, por fin recaba en la ciudad de nacimiento del autor, Mérida, acto que tendrá lugar el jueves 28 de febrero a las 20:30 horas en La Librería. Dicho autor, Raúl Solís Galván, es periodista de profesión especializado en reportajes en profundidad sobre pobreza, exclusión y precariedad laboral. El libro ha sido financiado mediante una campaña de ‘crowdfunding’ para la cubrir los gastos de la edición y una parte de la recaudación va destinada a la defensa de los Derechos Humanos y la integración de las personas transexuales.

Raúl nos acerca a la lucha por las libertades, al desafío, como afirma Mónica Oltra en el prólogo del libro, a un régimen y sociedad bajo las normas y valores del patriarcado, el machismo y la LGTBIfobia, del androcentrismo y la misoginia. Y todo ello a través del relato ameno, conmovedor y con gran dosis de empatía, comprensión y complicidad por parte del autor de las vivencias, luchas y sentimientos de ocho mujeres transexuales pioneras y valientes durante el tardofranquismo, la transición y la posterior democracia española, que llegó con mucho más retraso a las personas transexuales.

Rescata del olvido en un ejercicio de catarsis y valentía las historias de ocho mujeres transexuales nacidas entre el año 1943 y el 1959, las historias de Silvia Reyes, María José Navarro, Miryam Amaya, “La Petróleo”, “La Salvaora”, Soraya González, Mar Cambrollé y Manolita Saborido, cuando aún no se utilizaba la palabra transexual y eran tildadas con apelativos como marica, maricón, sarasa o bujarrón.

Como narra Raúl Solís en la introducción del libro, las personas trans fueron las pioneras de la lucha por la libertad afectivo-sexual, las que estuvieron al frente de las movilizaciones el 28 de junio de 1969 en Stonwell o en la cabecera de la primera manifestación del Orgullo que tuvo lugar en España, la celebrada en Barcelona en 1977, dando la cara en una época en la que ello conllevaba duras consecuencias. Incluso, como cuenta una de las protagonistas del libro, Silvia Reyes, la primera manifestación del Orgullo no fue la del año 77 sino la de 1976, también en Barcelona, y que estuvo protagonizada exclusivamente por mujeres transexuales, aunque dicha fecha haya sido en gran parte olvidada por el relato oficial.

Como sigue contando en la introducción, el colectivo trans fue el que más se visibilizó y expuso en la lucha por la libertad, las grandes castigadas de la dictadura y, sin embargo, las grandes olvidadas de la democracia. El autor llega a la conclusión de que han sido borradas y olvidadas por la historia básicamente porque son pobres y no sirven de reclamo para las grandes marcas comerciales, y porque su condición de mujer las convertía en unas traidoras de las reglas patriarcales.

Condenadas a la prostitución o espectáculos
Al cerrarse las puertas del mercado laboral al colectivo trans, y más en una época tan dura con el final del franquismo y comienzo de la democracia, la gran mayoría de las transexuales fueron condenadas a ser prostituidas o al mundo del espectáculo, como se dice en el libro, deseadas de noche y odiadas de día.

Así, por ejemplo, Silvia Reyes pudo haber sido un médico de éxito pero le quisieron obligar, para optar a una beca de acceso a la universidad, a dejarse barba y vestirse como un hombre, cosa que no estaba dispuesta a hacer porque suponía renunciar a su dignidad y a su sexo sentido, algo que se repitió cuando intentó buscar diferentes trabajos. Igualmente, a Myriam Amaya le hubiera gustado trabajar de cocinera pero no le dieron otra oportunidad que trabajar como prostituta o en el mundo del espectáculo.

Otras de las protagonistas del libro desarrollaron parte de su actividad profesional en el mundo del espectáculo. Manolita Saborido, tras alternar con diferentes trabajos precarios pasó a una exitosa carrera artística que le llevaría por toda España y diferente países, así como empresaria de locales de ocio. María José Navarro pasó por diferentes trabajos esporádicos antes de comenzar a imitar a Isabel Pantoja. Por su parte, las gaditanas “La Petróleo” y “La Salvaora” se integraron en un cuadro flamenco, las ‘Folclóricas Gaditanas’, con el que se convirtieron en estrellas de la copla, actuando también por tierras extremeñas. Fruto del cariño que se les tiene en Cádiz se les homenajeó y dignificó en un pleno extraordinario convocado por el actual alcalde de Cádiz, Kichi.

Quizás una de las excepciones fue Mar Cambrollé, que comenzó con un puesto ambulante de artesanía y siguió de manera exitosa como empresaria en un local, aunque trabajó durante un breve periodo de tiempo como prostituta.

Fruto de esta exclusión laboral y de trabajos realizados al margen de la economía formal, las personas trans, como se refleja en algunas de las protagonistas del libro, han de sobrevivir ahora con escasas pensiones. Por otro lado, desde muy jóvenes empezaron a tomar hormonas de manera clandestina, se autohormonaban, con el grave riesgo para su salud que ello suponía.

Cárcel y detenciones
Como afirma Raúl Solís, las personas transexuales han sufrido un “apartheid” social, laboral, afectivo, político y mediático. Una represión que llegaba hasta los aspectos más cotidianos, pero que llegó quizás a su punto álgido con las numerosas detenciones y estancias en prisión por su mera condición y forma de ser.

Así, por ejemplo, Silvia Reyes estuvo recluida en la tristemente conocida cárcel de Badajoz y de detenciones en comisaría no recuerda, pero afirma que fueron más de 50, simplemente por su forma de vestir, andar o comportarse, amparado, primeramente, bajo el delito de peligrosidad social y, después, por el de escándalo público, que no fue eliminado del Código Penal hasta el año 1988.

María J. Navarro fue trasladada a comisaría con tan solo 12 años al ser vista con un chico con el que había tenido un escarceo en el parque. Soraya González recibió una buena paliza de su padre a la edad de los 13 años, la misma edad a la que empezó a ser detenida y llevada a la comisaría que había en Triana. Afirma que en un mismo día le detuvieron hasta 14 veces. Porque otro de los aspectos más duros que tuvieron que soportan las personas trans fue el rechazo, e incluso palizas, de su familiares más cercanos. Una honrosa y aleccionadora excepción fue la de Myriam Amaya, la pequeña de los Amaya, que demostraría la tolerancia y comprensión de una familia gitana y humilde hacia su hija trans.

Activismo
Algunas de las protagonistas del libro fueron pioneras en la lucha a favor de la libertad afectivo-sexual, estando presentes e incluso organizando las primeras movilizaciones. Quizás el referente más conocido es la sevillana Mar Cambrollé, precursora del Movimiento Homosexual de Acción Revolucionaria de Andalucía, que convocó la primera manifestación del Orgullo andaluz y que desde 2007 preside la Asociación de Transexuales de Andalucía y desde 2018 es también la portavoz de la federación estatal Plataforma Trans.

Del mismo modo, Myriam Amaya participó en la primera manifestación de Barcelona y es fundadora de Visión Trans, una entidad de Aragón de defensa de los derechos trans. Silvia Reyes, por su parte, estuvo presente en esa misma manifestación y sigue implicada en el activismo a favor de las personas transexuales.

Pero el verdadero activismo o revolución que llevaron a cabo las protagonistas del libro, y otras tantas personas trans anónimas, es, como muy bien refleja Raúl Solís, su propia vida libre, actuando conforme al sexo sentido, sin símbolos, manifiestos ni discurso político, abriendo espacio en el estrecho cerco del entramado moral, religioso e ideológico del momento con su alegría, irreverencia, picardía y naturalidad.

Extremadura
Aunque no es la pretensión del libro reflejar la realidad concreta de ningún territorio, aprovechamos para dar algunas pinceladas de la situación trans en Extremadura. Si, como hemos comentado, la primera manifestación del Orgullo tuvo lugar en Barcelona en el año 1977 y al año siguiente se produjeron sus réplicas en diversos puntos del territorio peninsular, es significativo que, como publicamos en El Salto, en Extremadura la primera manifestación del Orgullo no se celebró hasta el año 2018.

En este mismo sentido, Extremadura fue la última Comunidad Autónoma en contar con una asociación o colectivo LGTBI, en concreto “De Par en Par”, actualmente inactiva. En cuanto al tema específico de la transexualidad, las diferentes colectivos LGTBI lo abordaron, incluso con área específica en asociaciones como Fundación Triángulo Extremadura, y ya en 2017 nace en Extremadura la delegación regional de Chrysallis, Asociación de Familias de Menores Trans.

Quizás este retraso en la lucha por los derechos de las personas trans en Extremadura sea debido al mayor peso de las tradiciones, el control social y la presión familiar, lo que conllevó un significativo nivel de emigración a núcleos urbanos de hombres y mujeres para poder vivir su orientación sexual y/o identidad de género, así como a la falta de referentes donde poder verse reflejados. Seguramente faltó en Extremadura una Manolita Saborido, que recientemente recibió un premio de la Asociación de Transexuales de Andalucía en reconocimiento a la lucha por la libertad y visibilidad de la realidad trans en el mundo rural.

Sin lugar a duda, una de los hitos normativos en materia LGBTI en Extremadura lo constituye la aprobación en 2015 de la Ley 12/2015 de igualdad social de lesbianas, gais, bisexuales, transexuales, transgénero e intersexuales y de políticas públicas contra la discriminación por orientación sexual e identidad de género.

Ya con la entrada de la actual legislatura, se reclama que pongan en práctica las medidas contempladas en esa Ley, aparte de que se elabore y se apruebe el desarrollo reglamentario, pues gran parte de las reivindicaciones han sido contempladas en la Ley pero no se han llegado a implantar. Lo comienza solicitando el Partido Popular a principios de 2016 con una propuesta de impulso que es aprobada por unanimidad de los grupos parlamentarios, a la que se añaden diferentes enmiendas de Podemos, entre ellas las de tomar las medidas necesarias para aprobar el protocolo de atención integral a personas transexuales, siguiendo los pasos de la Unidad Funcional sobre Identidad de Género existente en la región, así como el protocolo contra la transbofia.

Especialmente activa en reivindicar los derechos de las personas trans en esta legislatura ha sido la diputada de Podemos Jara Romero, que ha presentado o defendido varias iniciativas en este sentido, como preguntar a la Junta por el desarrollo de la Ley de Igualdad y denunciar su incumplimiento, pues considera que “veintiocho meses después de su aprobación, la mayor parte del articulado sigue en barbecho”.

Destaca la propuesta que presentó la diputada de la formación morada, con la consulta de Fundación Triángulo y la Asociación Crhysallis, para que la Junta elaborase un protocolo de actuación para que el SES emitiera las tarjetas sanitarias individuales con el nombre del género sentido para las personas transexuales que lo solicitasen, sin que fuese necesario una modificación previa de los datos inscritos en el Registro Civil, en el DNI o la aprobación de los juzgados y tribunales, en el caso de menores, que posteriormente fue implementada por la Junta de Extremadura. Si las iniciativas sobre esta temática habían contando anteriormente con el consenso de la Asamblea, está vez, con los nuevos vientos de la derecha, esta propuesta contó con el apoyo de Podemos y PSOE y la abstención del PP y Ciudadanos.

Por último, la Ley de Memoria Histórica y Democrática de Extremadura, aprobada recientemente por PSOE y Podemos, incluye entre su objeto recuperar la memoria de las personas perseguidas por su género o identidad y orientación sexual durante la Guerra Civil y la dictadura, así como asentar los valores de la la diversidad afectivo-sexual y de identidad de género o identificar y procurar el reconocimiento jurídico de todas las víctimas que sufrieron represión, torturas, tratos degradantes, inhumanos o similares por su orientación afectivo-sexual, expresión o identidad de género.

Aún cuando queda por avanzar, se ha conseguido grandes logros para las personas transexuales desde que esta ocho pioneras de ‘La doble transición’ comenzaron su andadura, y no hay que olvidar lo que decía Mar Cambrollé: "de lo que más orgullosa me siento es de haberles asegurado a los menores transexuales un presente y un futuro de normalidad y felicidad que yo no pude disfrutar".