Mostrando entradas con la etiqueta Androgia. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Androgia. Mostrar todas las entradas

martes, 21 de junio de 2022

#hemeroteca #queer #musica | David Bowie: Ziggy Stardust, el disco que inventó el amor moderno

Página12 / David Bowie en la gira de 'Ziggy Stardust' //

David Bowie: Ziggy Stardust, el disco que inventó el amor moderno.

Cumple 50 años el álbum con el que Bowie, como Rimbaud, “fue otro”. Producido por un ingeniero de sonido de Los Beatles, visibilizó la cultura queer en una Inglaterra conservadora.
Nicolás Pichersky | Página12, 2022-06-21
https://www.pagina12.com.ar/430173-david-bowie-ziggy-stardust-el-disco-que-invento-el-amor-mode 

Nada es casual. 'Ziggy Stardust & the spiders from Mars' de David Bowie y piedra angular del rock comienza con “Five years” (5 años). La letra de la canción, narra una distopía: sólo falta un lustro para el fin de la tierra y la humanidad.

Un comienzo oscuro para uno de los discos más esperanzadores, luminosos y vanguardistas de la historia. Un álbum de los 70, como un cuerpo: desnudo y maquillado a la vez (no hay oxímoron). ‘Glam’, fantasía sexual y ciencia ficción se juntaron para derretir con su pistola de rayos laser roquera los nudos de la heteronormatividad en Inglaterra. Ese disco hoy cumple 50 años.

5 años de Rimbaud y de Bowie
Apenas 5 años transcurrieron entre que Arthur Rimbaud, poeta francés, escribió las subversivas 'Cartas del vidente' en 1871 y abandonó para siempre la escritura. En ese texto liminar de la poesía moderna escribió “yo soy otro”. Y también diagnosticó que la escritura debía “alcanzar lo desconocido por el desarreglo de todos los sentidos", la meta de toda creación. En apenas un lustro de fulgor creativo y despedida, Rimbaud vivió un romance con Paul Verlaine, cruzó los Alpes a pie, se enlistó como mercenario del ejército, desertó en la Isla de Java y escribió 'Una temporada en el infierno' e 'Iluminaciones'. Tenía 23 años.

También apenas 5 años transcurrieron entre el álbum debut de Bowie (una gema del brit-folk: ‘David Bowie’, de 1967) y su implosión como estrella mundial en el rock. En ese periodo compuso “Space oddity”, su primer clásico (que el astronauta canadiense grabó en la Estación Espacial Internacional, en 2013), sacó un álbum en que se lo veía andrógino y con un vestido pre-rafaelita, ‘The man who sold the world’ (que signaría muchos años al Kurt Cobain que usaba vestidos en sus shows) y aún, otro álbum extraordinario, ‘Hunky Dory’ que incluye canciones como "Changes", "Oh! You Pretty Things" y "Life on Mars?". En 1972 publicó 'Ziggy Stardust' y declaraba a la prensa inglesa: “Soy gay y siempre lo he sido”. Tenía 25 años.

Ser otro: David Bowie y lxs queers del planeta tierra
Acaso la idea ‘rimbaudiana’ de ser otro para ser más uno mismo siempre estuviera en el ADN de David Bowie. "I could make a transformation as a rock & roll star” canta Bowie en “Star”. 'Trans 'n roll', y de eso se trata el disco, como una autobiografía musicalizada en tiempo real. Pero Bowie se contaba como otro. Un alien hermoso, bisexual y alienígena: 'Ziggy Stardust'.

Y la identificación fue total: los músicos del álbum y el espectáculo teatralizado eran los “Spiders from Mars”. Bowie ya no era ni siquiera David Jones (de nacimiento), era Ziggy (inspirado en su admirado Iggy Pop, con quien tejería una amistad y colaboración fundamental en el rock junto también a Lou Reed).

El disco fue producido por el mismo Bowie y por Ken Scott, que entre otros había sido ingeniero de sonido de los Beatles, Pink Floyd y la Mahavishnu Orchestra. Scott encontró el equilibrio perfecto para las composiciones de Bowie.

Entre su voz —“nunca trabajé con un músico que cantara con ese nivel de perfección, casi todas las canciones fueron primeras tomas”, narra en el documental de la BBC 'David Bowie and the Story of Ziggy Stardust' narrada por Jarvis Cocker— y la guitarra angular y sexuada de Mick Ronson. Éste era un dotadísimo músico que podía unir la dulzura glam de Bowie con la fiereza hard-rock de Led Zeppelin o Black Sabbath.

Ziggy Stardust: para escuchar a máximo volumen y con el cuerpo
El resultado no fue un disco glam. Fue otra cosa. Para Bowie, según confiesa en el libro ‘Bowie por Bowie’, el glam (“padre” del revoltoso punk inglés) debía ser más que, como diría Soda Stereo, cuero, piel y metal; carmín y charol. Para el hombre de la pupila dilatada, el espíritu del glam era “la suma de la obra ‘Cabaret’ con la película ‘Metropolis’”.

Así, Bowie/Ziggy crearon un disco conceptual en que la estrella mesiánica, rockera y sexualmente desprejuiciada terminaba, según las letras del disco, despedazada por los músicos y por el público. Una alegoría que también tomaría Pink Floyd, con ‘The Wall’, pero 7 años después. La estrella que venía de un cuerpo celestial desconocido, invitaba a escuchar el disco desarreglando los sentidos y la sexualidad normada. Es que Ziggy Stardust debe escucharse “a máximo volumen” como reza la contratapa del disco original ("To be played at maximum volume"). O sea, con el cuerpo.

Desde el comienzo, con la percusión y el piano in crescendo de la percusión de “5 Years”, Ziggy palpita. Está vivo, acaba de nacer. Como ese bebé del tamaño de un planeta que observa a la tierra en ‘2001: odisea en el espacio’. Es una batería que marca el ritmo como un latido. Un mundo como una internet pretérita: “teléfonos, óperas, melodías favoritas / niños, juguetes, planchas eléctricas y televisores / mi cerebro duele como un almacén de cosas / y ya sin espacio de sobra / tuve que meter tantas cosas”. Es a las claras, el mundo de un autor único.

Y continúa: “Y toda la gente gorda, flaca / toda la gente alta, petisa / Y toda los ‘nadies’ / Y todos los alguien” canta Bowie. Para terminar, lírico, confesional y humano, demasiado humano: “Nunca pensé que necesitaría tanta gente’’, con ese toque de swing (“so many people”) como si percibiéramos, sin verla (el desarreglo de los sentidos de Rimbaud) la sonrisa amarga de nuestro Pierrot espacial.

Luego, con “Soul love”, el cuerpo de quien lo escuche no podrá evitar moverse al son del ritmo ídem y del solo de Ronson doblado por el saxo de Bowie. “Moonage daydream” es un puro glam-rock a piano (otra vez el genio de Ronson) donde la ambigüedad llega con la primera estrofa. El cuerpo se desdobla: “Soy un lagarto, soy mamá y papá que vienen a buscarte”. Bowie se mete en el cuerpo de otro en “It Ain’t Easy” porque es la única canción que no es de su autoría en todo el disco.

El lado B comienza ya no como Ziggy, sino como "Lady Stardust", una balada brillante para que el cuerpo felino de Bowie descanse. Y nos canta, autorreferencial: “La gente miraba el maquillaje en su cara / se reía de su largo pelo negro, de su gracia animal” y emergen chicos de ‘blue jeans’ y ‘femme fatales’ para ver a esta criatura bella que es Lady Stardust.

Y nada ya podrá detener el cuerpo con las imparables “Star”, “Hang on to yourself” y la canción que da título al disco. Hay pocos comienzos como esta canción en la historia de la música. El gemido de “Je T'aime,... Moi Non Plus” de Serge Gainsbourg, el terrorífico “Right! now ha, ha”, preámbulo de “Aanarchy in the Uk” de los Sex Pistols. Bowie gime, guita e implora al mismo tiempo: “Oh!… oh yeaaaaaa!” y es lo más furioso del disco y allí la mejor frase de rock que Freud jamás escribió: “Hacer el amor con su ego”. Todo finaliza con una metáfora de mitología de crecimiento, madurez y transición: “cuando los niños mataron al hombre, tuve que disolver la banda”

Ziggy: esa estrella era mi lujo
Haciendo historia, Ziggy / Bowie, la estrella rockera, luminosa y ambigua, fue el catalizador de la reprimida sexualidad británica. Bowie como un ‘Zeitgeist’ Stardust de una Inglaterra de buenas costumbres, victoriana y (aún) de posguerra. El disco se lanzó en 1972 y, nuevamente, apenas habían pasado cinco años desde que en 1967 en Gran Bretaña la homosexualidad había dejado de ser prohibida por la ley y despenalizada mediante la ley de delitos sexuales (‘Sexual affences act’). Léase: se podía ser gay, trans, queer, pero sólo en privado. ‘What a surprise!’

Y Bowie (¿o Ziggy?) mostró en público, en el mismo país que prohibió durante años la película ‘La naranja mecánica’, a un personaje o persona que era gay (“siempre lo fui” había dicho) que era hombre y que era mujer. O poco menos que un extraterrestre. Durante la promoción del disco Bowie se presentó en el programa que ningún adolescente se perdía, ‘Top of the Pops’, e interpretó “Starman”. Basta ver a Bowie, vampiro diurno coloreado de todos los colores primarios, coquetear con Mick Ronson. Lo mira, le pasa la mano por el hombro, se sonríen. ¿Pueden dos hombres heterosexuales hacer eso? ¿Hacen eso los amigos?

'Podemos ser héroes' cantaría Bowie unos años más tarde, pero en ese momento de la TV inglesa fue un semidiós (un semi-alien) con un mensaje para un millón de chicos y chicas. Bowie sonríe, señala y (nos) mira a cámara. Para peor (¡para mejor!) en un recital en el que Bowie se agachó para tocar la guitarra de Ronson con su boca, una fotografía lo captó en el justo ángulo en el que parece que el cantante le hiciera una felación al guitarrista. Es una de las imágenes más perfecta del rock. Lo que se dice un guitar héroe.

El legado y el lenguaje de Ziggy Stardust
Cada generación, cada país, cada cultura (que es un mundo) descubre y se descubre en y con canciones. Patti Smith narra en sus memorias que nunca escuchó a nadie decir una frase tan real como Bob Dylan al comienzo de su canción “Positively 4th street”: “Hay que tener cara para decir que sos mi amigo / cuando yo estaba hundido te quedaste ahí, sonriendo”.

Muchos argentinos supieron gracias a una canción sutilmente transgresora y de aroma a secreto como “Algo contigo”, que un amigo podía ser, justamente, mucho más que un amigo. Inglaterra (y luego el mundo) halló en ese avatar llamado Ziggy, alter-ego de Bowie, que toda máscara podía quitarse incluso usando maquillaje. No hacía falta pintarse un rayo en la frente o teñirse el pelo de furioso naranja mermelada.

Bowie, antes de ser el protagonista de ‘Laberinto’, condujo (sin ser ‘Hamelin’ ni bajar línea), a través del caos y la confusión de la vida cotidiana. Viajó de la contracultura de sus comienzos hacia la subversión estética y sexual. Más que "camaelónico", fue queer antes de queer. Fue muchas cosas y todas difíciles de clasificar. Y lo que no es simple de ordenar, causa un terror. Como una cosa de otro mundo.

Hoy el 20% de los millenials se autoperciben queer. Es una lucha simbólica y política. Y adolescentes de Buenos Aires, Londres o Tucumán lucen igual a Ziggy Stardust: uñas de negro y el pelo naranja mermelada. O lila, o verde manzana con zapatillas y bolsos con logos de ‘Hello Kitty’.

Bowie pudo ser otro. Para ser más sí mismo. Y con Ziggy inventó, además de una música contra las prohibiciones de turno, una gramática nueva. Que terminó convirtiéndose en materia. Se hizo alienígena para conquistar, con amor moderno, el terreno de lo simbólico en las relaciones en este mismo planeta tierra. Para toda la gente, alta o baja, en la calle o en las aulas. Una acción (política) a todo color.

Hay que celebrar entonces los 50 de ‘Ziggy Stardust’. En todo el mundo, sí; pero aún más aquí. Porque aunque su apellido se pronuncie y se exprese correctamente como “ba-güi”, termina al fin con la vocal “-e”. La mejor manera de expresar a toda la gente.

lunes, 2 de marzo de 2020

#hemeroteca #queer #arte | La Karne y la Klorofila de Vicente Ameztoy

Vicente, 'poxpoliña' en el Festival, 1979 //
La Karne y la Klorofila de Vicente Ameztoy

Santiago Eraso Beloki | santieraso.com, 2020-03-02
https://santieraso.com/2020/03/02/la-karne-y-la-klorofila-de-vicente-ameztoy/

Tras su paso por el Círculo de Bellas Artes de Madrid, el Museo de Bellas Artes de Bilbao inauguró hace unas semanas la exposición retrospectiva de Vicente Ameztoy. Sus comisarios, Miriam Alzuri y Javier Viar, con la imprescindible colaboración de su viuda Virginia Montenegro y, la hija de ambos, Virginia, presentan un exhaustivo recorrido que se inicia en sus pinturas de juventud, de principios de los años sesenta, y termina con las ocho piezas del santoral de la ermita de Remelluri que, a lo largo de sus últimos siete años de vida (falleció el año 2001), realizó por encargo de la familia Rodríguez Hernandorena, propietaria de la bodega del mismo nombre situada en Labastida (Rioja Alavesa). Se exponen también algunas de sus cajas, varios grabados y litografías, dibujos, carteles, portadas de discos, revistas (fundamentales sus colaboraciones a finales de los 70 en la mítica ‘Euskadi Sioux’ y en la no menos imprescindible ‘Zeruko Argia’) y algunos materiales documentales de gran interés para conocer la vida intensa de este artista incomparable. 

Cuando hace treinta años, en 1990, Ameztoy denominó Karne & Klorofila a su primera gran exposición, celebrada en Arteleku, también puso título a su propio manifiesto estético y político. Tenía claro que el contenido de su obra artística, más allá de la indudable vinculación con las cualidades formales de la naturaleza, estaba profundamente ligado a sus intensas experiencias urbanas. 

Parafraseando al crítico de arte Fernando Golvano, el paisajismo de Ameztoy deconstruye cualquier canon del idealismo naturalista, que identifica al artista con la vida contemplativa, separada de las paradojas urbanas. En este sentido, estaría mucho más cerca de las tesis que Charles Baudelaire, el primer gran crítico de arte de la modernidad, desplegó en ‘El pintor de la vida moderna’ (1863), donde decía que el artista debería abandonar las ensoñaciones románticas con la naturaleza y, por el contrario, estaría obligado a ser también actor de la vida urbana, observar el presente, mirar al futuro e implicarse en las paradojas y convulsiones sociales, siempre atento a lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente y nunca a lo eterno y lo inmutable. 

Tanto es así, que Ameztoy insiste en poblar sus paisajes con arquitecturas industriales, artefactos y objetos de la vida cotidiana, pero, sobre todo, con cuerpos extraños, indeterminados en su condición sexual, andróginos, transfigurados; seres que le acompañaron en sus vivencias, algunos reconocibles, otros no tanto y muchos inventados por su imaginación desbordante; en cierto modo, adelantándose al tiempo, se podría hablar de personajes ‘queer’ (raros), desnormativizados, pobladores de paisajes que muy bien podrían formar parte de una película de ciencia ficción, género cinematográfico que tanto influyó en su obra. Es decir, siempre que nos muestra la naturaleza, fascinado por su presencia y absolutamente respetuoso con su conservación, lo hace como un escenario de ficciones, un teatro de la vida o, mucho mejor, un plató atravesado por formas culturales y figuraciones trans y poshumanistas. 

En una entrevista realizada en 1973 por Genoveva Gastaminza, llegó a describir sus figuraciones como “un lugar del planeta, donde el cielo y la tierra dialogan, juegan y se preparan a recibir unas nuevas criaturas; quiero crearme en mi mente un trozo del planeta en donde sean posibles todos estos fenómenos (Virginia Montenegro, que lo acompañó a lo largo de casi toda su vida, en alguna ocasión manifestó que a «Vicente le gustaba vivir al límite en todos los sentidos. En su vida privada, en su obra, arriesgaba siempre y lo hizo a su manera. No se puso barreras en nada y nunca le importó lo que los demás pensaran, y a mí me parecía muy bien»); un hueco, como un jardín donde pueda hacer e introducir seres vivos, quiero imaginar un mundo que sea así y en el que existan criaturas que puedan participar en él (...) y que no tendrían nada que ver con la figura humana (...) seres nuevos con vida propia (...) pero en total mímesis con la naturaleza, hasta el extremo de que (los personajes) están hechos de elementos y con factores naturales y no humanos”, para que el orden natural de las especies quede completamente trastocado, añadió también la crítica de arte Maya Aguiriano en un texto posterior. 

Ameztoy no pudo leer 'Un apartamento en Urano' de Paul B. Preciado (2019) pero su “visión” del mundo y los personajes que lo habitan – haciendo un quiebro epistemológico temporal- podrían remitir a ese concepto, conocido por uranismo, que utilizó en 1864 Karl-Heinrich Ullrichs, uno de los primeros activistas sexuales europeos, para definir el “tercer sexo”. Para Preciado ese apartamento en Urano –como para Vicente su jardín de otro mundo- sería un lugar donde vivir fuera de las relaciones de poder y de las taxonomías sexuales, de género y raciales que la modernidad ha inventado. “No soy un hombre – dice este autor-, tampoco soy una mujer. No soy heterosexual, ni homosexual. Soy un disidente del sistema sexo-género”. 

Tampoco pudo conocer a la bióloga, filósofa y feminista Donna J. Haraway, así que es imposible que hubiera oído hablar sobre las teorías desplegadas en su célebre ‘Manifiesto para cyborgs’, donde ella afirmaba que las mujeres no requieren una identidad estable o esencialista –podría también referirse a los hombres- ni haber escuchado sus últimas propuestas publicadas 'En seguir con el problema' (Edit. Consonni 2019) para generar nuevos parentescos en el ‘Chthuluceno’ que nos permitirían reconfigurar nuestras relaciones con la tierra y todos sus habitantes, humanos y no humanos, inextricablemente ligados por el compost en prácticas tentaculares. 

En cierto modo, Ameztoy fue un visionario y también un pensador de otros mundos posibles; militante de la libertad, tanto en los modos de vida, como en su independencia política, y sin duda alguna, un adelantado ecologista; heredero directo de la filosofía libertaria y contracultural de la revolución de Mayo del 68 francés, pero también de los movimientos pacifistas (hippies, psicodelia espiritual) y de las formas culturales ‘underground’ del rock y el punk internacional, a la vez que un pionero en las luchas por la protección de la naturaleza. La que fuera amiga y cómplice, Rosa Valverde, en unas declaraciones realizadas en 1975, comentó que “estaban furiosamente en contra de la plantación de pinos, del destrozo a pasos agigantados de la naturaleza, ocasionado por las fábricas y la industria en general, y que no se identificaban con ningún partido político, porque ninguno tenía una mínima respuesta ni el mínimo planteamiento cultural”. 

Tal vez un buen resumen de esa actitud lúdica, hedonista y transgresora pero, a la vez, profundamente comprometida con la vida y el compromiso político, sea la acción “performance” contra la implantación masiva para usos industriales de la especie invasora ‘pinus radiata’ o ‘pino insigne’ que llevó a cabo en Donostia/San Sebastián en las puertas del Teatro Victoria Eugenia, durante el Festival de Cine de 1979. Travestido de ‘poxpolina’ –popular figuración folklórica femenina, vinculada a la tradición rural- Ameztoy repartía pequeñas ramitas de pino entre los célebres paseantes de la alfombra roja. Casi veinte años después, en 1998, realizó su conocido cartel contra el Tren de Alta Velocidad que, hoy ya imparable, cruza las entrañas heridas de las montañas y valles vascos. La imagen no puede ser más significativa, una gran ‘Amalurra’ (representación de la tierra madre) atravesada y herida por uno de esos largos viaductos, encima de los cuales circulará la locomotora del progreso. 

Como alegoría, el cartel podría tener cierta semejanza – me atrevo con la analogía- con la del Ángel de la historia o 'Angelus Novus' el conocido dibujo de Paul Klee que el filósofo Walter Benjamin utilizó en su ‘Tesis sobre la filosofía de la historia’ para describir su visión pesimista del devenir histórico. Para este filósofo la revolución no sería la locomotora de la historia, sino el freno de emergencia que los pasajeros deberíamos pisar cuanto antes para hacernos con el control del tren y evitar caer en el abismo, frenar la maquinaria arrolladora y detener sus efectos perversos. Sería por tanto – como en los imaginarios mundos de Ameztoy- sobre todo una oportunidad para explorar posibilidades alternativas y abrir caminos de futuro que no conduzcan a nuestra autodestrucción.