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lunes, 26 de junio de 2023

#hemeroteca #lgtbi #biopolitica | Orgullo instituyente

Marcha del Gay Liberation Front en Boston, 1970 //

Orgullo instituyente

La cuestión por antonomasia que ha vertebrado la historia de la filosofía y, en gran medida de nuestra existencia en la Tierra, han sido las preguntas por el ser y las formas de identidad humanas, así como sus relaciones con las otras especies que habitan el planeta y las cosas materiales que lo conforman.

Paul B. Preciado dice en 'Dysphoria mundi' (Anagrama, 2022) que el cuerpo vivo es el objeto central de toda política y que la tarea principal de las técnicas gubernamentales –“biopolíticas”- es fabricar nuestros cuerpos, ponernos a trabajar, definir nuestros modos de producción y reproducción, prefigurar los discursos a través de los cuales llegamos a decir “yo” o “nosotr+s”. Así, el sujeto heterosexual y la nación soberana son las principales construcciones de esas tecnologías de subjetivación y poder. Una vida ordenada sería por tanto una forma de naturalización del cuerpo, de la identidad o de la pertenencia, y el carné de identidad y el pasaporte los principales documentos que dan fundamento jurídico a nuestros datos personales -incluido el sexo explícito- y nacionalidad.

Aunque algunos pensemos que nuestra identidad es una entelequia y las naciones construcciones que se pueden derrumbar y reconfigurar, también somos conscientes de que el sentimiento de pertenencia nos da seguridad y nos protege, pero a la vez constatamos que nos encierra en un yo bloqueado y un nosotros defensivo. Es decir, nos proporciona una inmunidad que, de acuerdo con Roberto Esposito, autor de 'Inmunitas. Protección y negación de la vida' (Amorrortu, 2003) y 'Communitas. Origen y destino de la comunidad' (Amorrortu, 2005) construimos colectivamente en comunidad a través de criterios culturales, sociales y políticos que producen en paralelo soberanía y exclusión, protección y estigma, vida y muerte.

Walter Benjamin ya nos recordó que la historia se escribe desde el punto de vista de los vencedores y nos invitaba a interrumpir la repetición de las opresiones normativas, reescribiéndola a contrapelo desde el punto de vista de los vencidos y excluidos. Esto supone -dice Paul B. Preciado- deshacer los nudos del tiempo, arrancar las palabras a los ganadores para ponerlos de nuevo en la plaza pública, donde puedan ser objeto de un proceso de resignificación colectiva. La historia de la insurrección política -añade- es una colección de gestos prohibidos, de movimientos del cuerpo que se salen de la coreografía social. En los mapas de la opresión se inscribirían también los caminos de la liberación. Cuando el poder deviene biopoder, la resistencia deviene poder de la vida. 

Estos días que se celebra por todo el mundo el Día Internacional del Orgullo LGBTIAQ+, viene bien rememorar que esta conmemoración se instauró en recuerdo de los disturbios de Stonewall, ocurridos contra la represión policial que tuvo lugar el año 1969 en aquel pub de Nueva York, donde habitualmente se encontraban numerosos homosexuales, afeminados, travestis, 'drags queens', transexuales, transgénero, prostitutos o jóvenes sin techo. Aquellas revueltas formaron parte de otras iniciativas activistas organizadas para reafirmar el sentimiento de orgullo sobre las orientaciones sexuales e identidades de género tradicionalmente marginadas y reprimidas. También para visibilizar su presencia en la sociedad, en un país donde el sistema legal seguía siendo hostil con cualquier sexualidad que no fuera heteronormativa y donde, además, se extendía una peligrosa fobia social contra las comunidades LGBTIAQ+, como de manera muy preocupante está ocurriendo de nuevo entre determinados sectores sociales vinculados a movimientos ultra reaccionarios de todo el mundo. Además, en estos tiempos en que, despojándola de su intrínseco carácter político y transgresor, la cultura de la diversidad está siendo estetizada banalmente y capitalizada por procesos de mercantilización, es importante recordar que el movimiento apareció asimismo como una crítica al clasismo y al racismo dentro del propio movimiento homosexual en Estados Unidos.

Tanto es así que aquellos hechos deberíamos insertarlos en una lista interminable de gestos de insurrección históricos que sería inabarcable: revueltas campesinas, huelgas obreras, revoluciones antimperialistas, levantamientos contra el esclavismo y el racismo, luchas pacifistas, feministas y ecologistas, etc. Nuestro devenir mundo común sería como una constante dinámica de contrapesos sociales e institucionales entre las lógicas afirmativas de las “potencias” que se sublevan por la emancipación y las negativas de los “poderes” que se constituyen en sistemas de orden y pacificación, pero también de sometimiento y sumisión.

Los cambios de paradigma nacen de esas tensiones diferenciales. Ninguna institución ni forma de pensamiento puede permanecer encerrada en sí misma sin un punto de vista exterior que quiebre sus lógicas internas, por muy razonadas que sean. El reconocimiento y aceptación de esta dialéctica política, capaz de asumir todo tipo de emergencias, disidencias, confrontaciones y conflictos, es lo que distingue a una sociedad democrática de otra totalitaria.

También Esposito, en su reciente 'Institución' (Herder, 2022), sitúa en el centro de la cuestión la relación enigmática entre institución y vida humana, pero nunca –dice- consideradas como dos polaridades divergentes solo destinadas a enfrentarse, sino como los dos aspectos de una única figura que dibuja a la vez el carácter vital de las instituciones y el poder instituyente de la vida, capaz de regenerarse a lo largo del tiempo.

viernes, 6 de mayo de 2022

#hemeroteca #feminismo | Por un feminismo más allá de la identidad

Manifestación 8M en 2019 en la localidad de Sabadell //

Por un feminismo más allá de la identidad

Frente a un feminismo esencialista, centrado en exclusiva en las mujeres, hay otro dispuesto a construir alianzas para sumar a los sectores sociales más golpeados por el capitalismo y el patriarcado
Santiago Eraso Beloki | ctxt, 2022-05-06
https://ctxt.es/es/20220501/Firmas/39320/feminismo-identidad-alianzas-rebeldes-santiago-eraso-beloki.htm

Escribo estas notas a partir de la lectura de 'Alianzas Rebeldes' (Bellaterra, 2021), una recopilación de textos, coordinada por Clara Serra, Cristina Garaizabal y Laura Macaya.

A principios de los años setenta comencé a leer los primeros textos sobre feminismo, a la vez que descubría otros sobre libertad sexual, diversidad de género, justicia social, lucha de clases, movimientos contra el racismo o el imperialismo colonial. Mientras leíamos ‘La revolución sexual’ y ‘La función del orgasmo’ de Wilhelm Reich o ‘El arte de amar’ de Erich Fromm, leíamos también el ‘Informe Hite. Estudio de la sexualidad femenina’ de Shere Hite o ‘Segundo sexo’ de Simone de Beuavoir, junto a textos de Rosa Luxemburgo, Herbert Marcuse o Franz Fanon, entre otros, a la vez que nos dejábamos atrapar por la poesía desobediente de Walt Whitman, la psicodelia viajera de Jack Kerouac o el hedonismo vital y rebelde, un tanto nihilista, de Alan Ginsberg o William Burroughs. Era un magma ideológico inconcreto donde un día te levantabas eurocomunista y otro anarquista (algún amigo me dijo una vez que vivía en el cuerpo de un socialdemócrata radical con alma libertaria). Aquellas lecturas vinieron al mismo tiempo que se apagaban los últimos ecos de Mayo del 68 en Francia, llegaba el fin del franquismo y se iniciaba un periodo convulso de transformación democrática, acompañado por una profunda transición social y cultural (pude acceder directamente a muchas de estas publicaciones gracias a la amistad y a los buenos consejos recibidos de Mikel Corcuera –lamentablemente fallecido estos días– que durante aquellos años fue el responsable en Donostia/San Sebastián de Enlace, la mítica distribuidora de libros que entonces representaba a una parte importante de las editoriales progresistas de España y Latinoamérica).

Las sucesivas huelgas generales que se convocaron en las décadas de 1970 y 1980, las manifestaciones contra el franquismo, por la amnistía de los presos políticos o contra la guerra de Vietnam, habituales en muchas calles, se cruzaban con los ecos lejanos de las revueltas antirracistas en EE.UU, las anticoloniales en África o contra las dictaduras latinoamericanas y los más cercanos de las primeras manifestaciones de los frentes de liberación homosexual o de las históricas jornadas feministas que se sucedieron en Granada, Barcelona, Santiago de Compostela, Madrid, Córdoba, etc.

A pesar de las diferencias internas, entonces el feminismo también había iniciado un proceso de autonomía organizativa pero con plena consciencia de pertenecer al amplio campo de reivindicaciones de derechos sociales. Para nosotros las luchas por el reconocimiento y la igualdad del movimiento feminista formaban parte de un conjunto transversal de protestas y demandas políticas por la ampliación de las libertades y la consolidación de la democracia.

Un buen ejemplo, entre otros muchos, de esa militancia ahora nombrada como interseccional, podría ser la llevada a cabo por Empar Pineda, una de las grandes precursoras del feminismo en España. Fundadora del Colectivo de Feministas Lesbianas de Madrid, de la Comisión Pro-Derecho al aborto, fue tenaz luchadora antifranquista, militante comunista y, como miembro del colectivo Hetaira, defensora de los derechos de las trabajadoras sexuales (por cierto, estos días se puede ver en los cines 'El acontecimiento' de la directora Audrey Diwan, basada en la novela autobiográfica de Annie Ernaux. Un drama intimista y realista, profundo retrato psicológico de una estudiante de filología que a principios de los años sesenta en Francia descubre que está embarazada contra su voluntad y sin la posibilidad de compartir con nadie su drama. Desde el primer momento no le cabe la menor duda de que no quiere tener una criatura no deseada. En una sociedad en la que se penalizaba el aborto con prisión y multa, se encuentra sola; hasta su pareja y algunas de sus amigas se desentienden del asunto. Además del desamparo y la discriminación por parte de una sociedad que le vuelve la espalda, queda la lucha frente al profundo horror y dolor de un aborto clandestino y la posibilidad de morir o terminar encarcelada. El drama de muchas mujeres cuyo destino quedaba determinado por, como dice la propia protagonista, una enfermedad propia de las mujeres de aquel tiempo: ser obligada a ser ama de casa).

Precisamente por representar un feminismo amplio, plural y mestizo, Pineda prologa ‘Alianzas rebeldes. Un feminismo más a allá de la identidad’, una recopilación de textos con distintas voces comprometidas con la pluralidad y el disenso en el interior del propio feminismo. Es decir, frente al feminismo esencialista, centrado en exclusiva en las mujeres como sujetos de la igualdad, nos hablan de otro dispuesto a construir alianzas para sumar a los sectores sociales más golpeados por el capitalismo y el patriarcado.

En los textos que componen esa publicación se reivindica una genealogía del feminismo capaz de contribuir a generar una alternativa al modelo social y económico que causa la exclusión de las mujeres, pero también de las personas trans, las trabajadoras sexuales y, en definitiva, de todas las vidas más castigadas por la pobreza, las políticas fronterizas excluyentes o el racismo institucional.

Algunos pensábamos entonces, y a la vista de las manifestaciones del último 8M seguimos aún creyendo, que el feminismo es un movimiento ético y cultural que se dirige a toda la sociedad y por eso algunos hombres nos sentíamos interpelados y copartícipes de sus reclamaciones. A lo largo de estas décadas el feminismo no ha dejado de requerir nuestra responsabilidad para conseguir una sociedad más justa, igualitaria y sin discriminación sexista. Sin embargo, los datos siguen siendo escalofriantes en relación con la violencia machista de género, de la cual los hombres somos protagonistas casi exclusivos; pero también los referidos a nuestro papel todavía insignificante en las implicaciones personales que supone sostener la sociedad de los cuidados. Es evidente que será mucho más difícil un verdadero y duradero cambio social si una gran mayoría de hombres no somos capaces de sumarnos, con todas las consecuencias, a las reivindicaciones en favor de la igualdad.

Las últimas décadas estamos asistiendo a un repliegue conservador, muy relacionado con políticas de identidad excluyentes y punitivas que están favoreciendo el resurgir del fanatismo. La extrema derecha –con el beneplácito de la derecha más moderada, como hemos comprobado en el reciente acuerdo de gobierno en Castilla y León– lanza de nuevo su odio misógino, sexista y racista contra muchas de las grandes conquistas de las luchas históricas feministas; desprecia las leyes en defensa de lesbianas, homosexuales o transexuales; quiere eliminar el reconocimiento de la diversidad y la educación sexual en las aulas; imponer el pin parental (autorizar a los padres para que sus hijos no asistan a determinadas clases); abolir el matrimonio igualitario o la ley del derecho al aborto, mientras propone medidas de apoyo a la maternidad, la reproducción familiar y, en consecuencia, el regreso al “hogar” de las mujeres para más gloria de la identidad racial y nacional.

En respuesta a esta movilización del odio, como dice la periodista Nuria Alabao en su aportación al libro ‘¿A quién libera el feminismo? Clase, reproducción social y neoliberalismo’, el feminismo tiene la tarea de organizar esa fuerza colectiva a partir de un sujeto plural y transversal, capaz de sumar otras luchas en marcha: las de la libertad sexual y de género, pero también las articuladas a partir de la redistribución de la riqueza, el derecho a la vivienda, la de la defensa de los servicios públicos, la renta básica universal o los derechos de todas las trabajadoras. Si la subordinación de las mujeres no puede entenderse sin el capitalismo, el feminismo no puede sino impugnarlo. No hay liberación feminista – añade Alabao– si no implica liberación de la mayoría.

lunes, 2 de marzo de 2020

#hemeroteca #queer #arte | La Karne y la Klorofila de Vicente Ameztoy

Vicente, 'poxpoliña' en el Festival, 1979 //
La Karne y la Klorofila de Vicente Ameztoy

Santiago Eraso Beloki | santieraso.com, 2020-03-02
https://santieraso.com/2020/03/02/la-karne-y-la-klorofila-de-vicente-ameztoy/

Tras su paso por el Círculo de Bellas Artes de Madrid, el Museo de Bellas Artes de Bilbao inauguró hace unas semanas la exposición retrospectiva de Vicente Ameztoy. Sus comisarios, Miriam Alzuri y Javier Viar, con la imprescindible colaboración de su viuda Virginia Montenegro y, la hija de ambos, Virginia, presentan un exhaustivo recorrido que se inicia en sus pinturas de juventud, de principios de los años sesenta, y termina con las ocho piezas del santoral de la ermita de Remelluri que, a lo largo de sus últimos siete años de vida (falleció el año 2001), realizó por encargo de la familia Rodríguez Hernandorena, propietaria de la bodega del mismo nombre situada en Labastida (Rioja Alavesa). Se exponen también algunas de sus cajas, varios grabados y litografías, dibujos, carteles, portadas de discos, revistas (fundamentales sus colaboraciones a finales de los 70 en la mítica ‘Euskadi Sioux’ y en la no menos imprescindible ‘Zeruko Argia’) y algunos materiales documentales de gran interés para conocer la vida intensa de este artista incomparable. 

Cuando hace treinta años, en 1990, Ameztoy denominó Karne & Klorofila a su primera gran exposición, celebrada en Arteleku, también puso título a su propio manifiesto estético y político. Tenía claro que el contenido de su obra artística, más allá de la indudable vinculación con las cualidades formales de la naturaleza, estaba profundamente ligado a sus intensas experiencias urbanas. 

Parafraseando al crítico de arte Fernando Golvano, el paisajismo de Ameztoy deconstruye cualquier canon del idealismo naturalista, que identifica al artista con la vida contemplativa, separada de las paradojas urbanas. En este sentido, estaría mucho más cerca de las tesis que Charles Baudelaire, el primer gran crítico de arte de la modernidad, desplegó en ‘El pintor de la vida moderna’ (1863), donde decía que el artista debería abandonar las ensoñaciones románticas con la naturaleza y, por el contrario, estaría obligado a ser también actor de la vida urbana, observar el presente, mirar al futuro e implicarse en las paradojas y convulsiones sociales, siempre atento a lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente y nunca a lo eterno y lo inmutable. 

Tanto es así, que Ameztoy insiste en poblar sus paisajes con arquitecturas industriales, artefactos y objetos de la vida cotidiana, pero, sobre todo, con cuerpos extraños, indeterminados en su condición sexual, andróginos, transfigurados; seres que le acompañaron en sus vivencias, algunos reconocibles, otros no tanto y muchos inventados por su imaginación desbordante; en cierto modo, adelantándose al tiempo, se podría hablar de personajes ‘queer’ (raros), desnormativizados, pobladores de paisajes que muy bien podrían formar parte de una película de ciencia ficción, género cinematográfico que tanto influyó en su obra. Es decir, siempre que nos muestra la naturaleza, fascinado por su presencia y absolutamente respetuoso con su conservación, lo hace como un escenario de ficciones, un teatro de la vida o, mucho mejor, un plató atravesado por formas culturales y figuraciones trans y poshumanistas. 

En una entrevista realizada en 1973 por Genoveva Gastaminza, llegó a describir sus figuraciones como “un lugar del planeta, donde el cielo y la tierra dialogan, juegan y se preparan a recibir unas nuevas criaturas; quiero crearme en mi mente un trozo del planeta en donde sean posibles todos estos fenómenos (Virginia Montenegro, que lo acompañó a lo largo de casi toda su vida, en alguna ocasión manifestó que a «Vicente le gustaba vivir al límite en todos los sentidos. En su vida privada, en su obra, arriesgaba siempre y lo hizo a su manera. No se puso barreras en nada y nunca le importó lo que los demás pensaran, y a mí me parecía muy bien»); un hueco, como un jardín donde pueda hacer e introducir seres vivos, quiero imaginar un mundo que sea así y en el que existan criaturas que puedan participar en él (...) y que no tendrían nada que ver con la figura humana (...) seres nuevos con vida propia (...) pero en total mímesis con la naturaleza, hasta el extremo de que (los personajes) están hechos de elementos y con factores naturales y no humanos”, para que el orden natural de las especies quede completamente trastocado, añadió también la crítica de arte Maya Aguiriano en un texto posterior. 

Ameztoy no pudo leer 'Un apartamento en Urano' de Paul B. Preciado (2019) pero su “visión” del mundo y los personajes que lo habitan – haciendo un quiebro epistemológico temporal- podrían remitir a ese concepto, conocido por uranismo, que utilizó en 1864 Karl-Heinrich Ullrichs, uno de los primeros activistas sexuales europeos, para definir el “tercer sexo”. Para Preciado ese apartamento en Urano –como para Vicente su jardín de otro mundo- sería un lugar donde vivir fuera de las relaciones de poder y de las taxonomías sexuales, de género y raciales que la modernidad ha inventado. “No soy un hombre – dice este autor-, tampoco soy una mujer. No soy heterosexual, ni homosexual. Soy un disidente del sistema sexo-género”. 

Tampoco pudo conocer a la bióloga, filósofa y feminista Donna J. Haraway, así que es imposible que hubiera oído hablar sobre las teorías desplegadas en su célebre ‘Manifiesto para cyborgs’, donde ella afirmaba que las mujeres no requieren una identidad estable o esencialista –podría también referirse a los hombres- ni haber escuchado sus últimas propuestas publicadas 'En seguir con el problema' (Edit. Consonni 2019) para generar nuevos parentescos en el ‘Chthuluceno’ que nos permitirían reconfigurar nuestras relaciones con la tierra y todos sus habitantes, humanos y no humanos, inextricablemente ligados por el compost en prácticas tentaculares. 

En cierto modo, Ameztoy fue un visionario y también un pensador de otros mundos posibles; militante de la libertad, tanto en los modos de vida, como en su independencia política, y sin duda alguna, un adelantado ecologista; heredero directo de la filosofía libertaria y contracultural de la revolución de Mayo del 68 francés, pero también de los movimientos pacifistas (hippies, psicodelia espiritual) y de las formas culturales ‘underground’ del rock y el punk internacional, a la vez que un pionero en las luchas por la protección de la naturaleza. La que fuera amiga y cómplice, Rosa Valverde, en unas declaraciones realizadas en 1975, comentó que “estaban furiosamente en contra de la plantación de pinos, del destrozo a pasos agigantados de la naturaleza, ocasionado por las fábricas y la industria en general, y que no se identificaban con ningún partido político, porque ninguno tenía una mínima respuesta ni el mínimo planteamiento cultural”. 

Tal vez un buen resumen de esa actitud lúdica, hedonista y transgresora pero, a la vez, profundamente comprometida con la vida y el compromiso político, sea la acción “performance” contra la implantación masiva para usos industriales de la especie invasora ‘pinus radiata’ o ‘pino insigne’ que llevó a cabo en Donostia/San Sebastián en las puertas del Teatro Victoria Eugenia, durante el Festival de Cine de 1979. Travestido de ‘poxpolina’ –popular figuración folklórica femenina, vinculada a la tradición rural- Ameztoy repartía pequeñas ramitas de pino entre los célebres paseantes de la alfombra roja. Casi veinte años después, en 1998, realizó su conocido cartel contra el Tren de Alta Velocidad que, hoy ya imparable, cruza las entrañas heridas de las montañas y valles vascos. La imagen no puede ser más significativa, una gran ‘Amalurra’ (representación de la tierra madre) atravesada y herida por uno de esos largos viaductos, encima de los cuales circulará la locomotora del progreso. 

Como alegoría, el cartel podría tener cierta semejanza – me atrevo con la analogía- con la del Ángel de la historia o 'Angelus Novus' el conocido dibujo de Paul Klee que el filósofo Walter Benjamin utilizó en su ‘Tesis sobre la filosofía de la historia’ para describir su visión pesimista del devenir histórico. Para este filósofo la revolución no sería la locomotora de la historia, sino el freno de emergencia que los pasajeros deberíamos pisar cuanto antes para hacernos con el control del tren y evitar caer en el abismo, frenar la maquinaria arrolladora y detener sus efectos perversos. Sería por tanto – como en los imaginarios mundos de Ameztoy- sobre todo una oportunidad para explorar posibilidades alternativas y abrir caminos de futuro que no conduzcan a nuestra autodestrucción.

sábado, 4 de noviembre de 2017

#hemeroteca #libros | Leer en la era de las multinacionales

Imagen: Facebook / Tobacco Days liburudenda en Tabakalera, Donostia
Leer en la era de las multinacionales.
Santiago Eraso | El Diario Vasco, 2017-11-04
http://www.diariovasco.com/opinion/leer-multinacionales-20171104204343-nt.html

En estos días se han publicado dos noticias sobre el sector del libro en Donostia. Por una lado, la apertura de una nueva librería, Tobacco Days -homenaje a la novela de Anjel Lertxundi- que se suma al entramado de actividades de Tabakalera. Por otro, el anuncio de la próxima inauguración de La Casa del Libro, una más de las 45 franquicias del mismo nombre que se despliegan por toda España.

Podría parecer que ambas noticias son excelentes, sin embargo, desde el punto de vista social, dejando de lado la libertad de empresa, dan cuenta de dos maneras radicalmente opuestas de entender el desarrollo de la ciudad y su urbanismo cultural. La primera iniciativa se suma a la larga tradición de librerías con arraigo social (en este caso heredera de la desaparecida Garoa, que afortunadamente sigue manteniendo su tradicional espacio en Zarautz), como Hontza o Lagun -sirva esta mención para recordar a su fundadora María Teresa Castells, recientemente fallecida-; o Kaxilda, de más reciente creación, original lugar de encuentro, donde leer, conversar o compartir una buena mesa, se hace a la vez que se piensa la vida en común. Todas ellas, junto a otras que sería largo de mencionar, forman parte de ese entramado de pequeñas empresas que constituye el músculo de una ciudad cohesionada con fuertes lazos comunitarios. Esa ciudad de «los caminos cortos» de la que nos habla Felipe Delmont, arquitecto-urbanista y consultor de UNESCO, compacta, densa e intensa, que promueve la posibilidad del trabajo, el encuentro, el recreo y el reposo en todas sus partes, como antagonista de la suburbial, segregada y diluida que individualiza y privatiza la experiencia y nos convierte en meros y resignados consumidores.

El segundo proyecto, no es ni más ni menos que un apéndice del entramado de intereses empresariales y financieros del grupo Planeta. Según Wikipedia, esta multinacional de la comunicación, además de la cadena de librerías, aglutina a multitud de empresas, entre las que destacan las 64 editoriales que la convierten en el primer grupo editorial en lengua castellana y el décimo del mundo. Actúa también en el ámbito de los coleccionables, plataformas educativas, enseñanza a distancia, industria audiovisual y medios de comunicación. Asimismo, a través de su fondo Hemisferio, tiene numerosas inversiones inmobiliarias, acciones en Vueling Aerolíneas y en el Banco Sabadell. Los últimos años, junto a otros grupos internacionales como Penguin Random House o Feltrinelli, actual propietaria de la histórica Anagrama, controlan casi el 70% de la producción y distribución editorial en España. Como resultado de esta tendencia a la concentración de medios, junto a los grandes proveedores de bienes y servicios como Amazon o Google, los convierte en auténticos monstruos de la comunicación, que van apoderándose de la creación de contenidos y, por tanto, del control del imaginario colectivo, así como, claro está, del pensamiento, con la subsiguiente alteración de la hegemonía cultural y su incidencia en los modos de vida.

Lamentablemente, como en casi todos los procesos de acumulación y concentración de capital promovidos por las políticas financieras liberales de las últimas décadas, toda la cadena de valor relacionada con la lectura está siendo afectada por una severa centralización monopolística que está devastando el rico y plural ecosistema del libro que, durante siglos, ha sobrevivido con encomiable dignidad.

Sin embargo, esa red de pequeñas empresas y cooperativas que añade valor a la vida comunitaria, está renovando su presencia pública y, con encomiable capacidad de innovación, diversifica su oferta cultural e incrementa su importancia social. Han sofisticado sus servicios, pueden ser cafeterías, restaurantes, centros culturales, jugueterías, galerías de arte, salas de concierto, espacios de debate público o productoras culturales, a la vez que editoriales independientes. Como nos recuerda Guillermo Schavelzon en ‘Seis problemas del mundo del libro y la edición’, publicado en la revista Texturas dirigida por J. M. Barandiarán y M. Ortuño, en nuestro paisaje urbano, frente a la tendencia a la concentración, están apareciendo editoriales independientes que no siguen el modelo que señala la época e intentan mantenerse alejadas de esos valores que hoy parecen indiscutibles, como el crecimiento sin límites, la masificación de la producción, el lector considerado como un simple consumidor y la rentabilidad como emblema de su misión; valores que la industria cultural, promueve como los únicos posibles. Son editoriales que no necesitan best sellers, se aventuran con catálogos especializados y de calidad, arriesgan con nuevos escritores, apuestan por la traducción o rescatan libros que habían dejado de circular. Son pequeños empresarios o cooperativas que, con el objetivo de tener un trabajo y una vida digna y consecuente, tan solo pretenden caminos alternativos al mainstream o la moda dominante. Propietarios o simplemente lectores para quienes una fajilla que diga «un millón de ejemplares vendidos» es ya un indicador de poco interés. Si realmente queremos que nuestras ciudades sean espacios de vida en común, parafraseando a la célebre socióloga Saskia Sassen, podríamos preguntarnos si de verdad necesitamos a una multinacional para tomarnos un café o comprar un libro en nuestros barrios.

VERSIÓN AMPLIADA
Leer en Donostia en la era de las multinacionales.
La apertura de la librería Tobacco Days y la de una franquicia de la Casa del Libro suponen dos maneras opuestas de entender el desarrollo de la ciudad y del urbanismo cultural.
Santi Eraso | El Salto, 2018-01-03
https://elsaltodiario.com/literatura/leer-donostia-era-multinacionales-tobacco-days-casa-libro
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Y TAMBIÉN…
Inés García: «Las librerías nos alimentamos unas de otras».

La primera librería que se abre en los espacios privados de Tabakalera buscará la complicidad del visitante del centro y del vecino de Egia.
Alberto Moyano | El Diario Vasco, 2017-10-28
http://www.diariovasco.com/culturas/ines-garcia-librera-20171018001338-ntvo.html
La cadena Casa del Libro abrirá en Donostia la mayor librería de Gipuzkoa.
El establecimiento ocupará 600 metros cuadrados en tres plantas de un local de la Avenida de la Libertad, con más de 50.000 referencias.
Alberto Moyano | El Diario Vasco, 2017-10-25
http://www.diariovasco.com/culturas/cadena-casa-libro-20171025193507-nt.html
Inés García. Responsable de la nueva librería Tobacco Days de Tabakalera. “La gente que entra en Tabakalera ya tiene una sensibilidad para los libros”.
Después de tres años trabajando en Garoa, primero en Zarautz y luego en Donostia, Inés García ha abierto su propia librería, Tobacco Days, en Tabakalera.
Harri Fernández | Noticias de Gipuzkoa, 2017-10-17
http://www.noticiasdegipuzkoa.com/2017/10/17/ocio-y-cultura/la-gente-que-entra-en-tabakalera-ya-tiene-una-sensibilidad-para-los-libros

domingo, 23 de agosto de 2015

#hemeroteca #machismo | Contra la violencia machista, deshacer el patriarcado

Imagen: El País / Concentración en Gasteiz, 2015-08-21
Contra la violencia machista, deshacer el patriarcado.
Santiago Eraso Beloki | santieraso, 2015-08-23
https://santieraso.wordpress.com/2015/08/23/contra-la-violencia-machista-deshacer-el-patriarcado/

Estos días, una vez más, han vuelto a aparecer en los medios de comunicación numerosos casos de mujeres inocentes asesinadas por hombres sin escrúpulos. Lamentablemente, más allá de las noticias cercanas, cientos de mujeres son asesinadas a diario en todo el mundo; las violaciones, los malos tratos físicos y psicológicos, depresiones y suicidios están presentes a diario en nuestra vida cotidiana; en consecuencia, también la “feminización de la pobreza”, el subempleo, las diferencias salariales, la discriminación y exclusión laboral son sistemáticos. En fin, todo un entramado complejo de discriminaciones personales, sociales y económicas que convierten a las mujeres en el blanco perfecto de la violencia machista.

Estas constates agresiones de todo tipo contra las mujeres, su condición subordinada a los hombres en la vida cotidiana, el papel secundario que todavía juegan en la política y, por tanto, en las decisiones que rigen el mundo, son consecuencia de una profunda injusticia que el dominio masculino perpetúa contra ellas.

El machismo asesino tiene una triple raíz ancestral: padre, patrón y patria (patriarcado, capitalismo y patriotismo) y sus conocidas instituciones reguladoras. Ya en el siglo IV antes de Cristo, Aristóteles nos enseñó que la imitación es el medio por excelencia para el aprendizaje. Lo que no intuyó fue hasta qué punto ese método de socialización de la experiencia podría llegar a hacer insufrible la vida de las personas que no encajaban con los esquemas de los comportamientos dominantes.

Sabemos que la herencia cultural se manifiesta en múltiples rituales familiares y sociales. Lamentablemente esa transmisión de costumbres impone y perpetua los viejos ideales de las sociedades patriarcales. Judith Butler escribió en "El género en disputa" que el género es el resultado de un conjunto de leyes y de normas sociales que, mediante palabras, acciones, gestos y deseos produce y mantiene la ficción de la coherencia y del privilegio heterosexual reproductivo, provocando la ilusión de que las cosas siempre son así y no pueden ser de otra manera.

Por el contrario, la autonomía de la mujer -y por extensión la de todo ser humano- y su acción individual o colectiva siempre están ligadas a la crítica social transformadora o a la superación de las normas coercitivas. Esta ha sido durante décadas la tarea fundamental de los movimientos de liberación feminista, gays, lesbianas, transexuales y todos aquellos que desde las políticas de acción entendemos que los cuerpos también son herramientas de emancipación política.

En fin, si no se actúa radicalmente desde la infancia no habrá solución para detener esta lacra universal contra las mujeres. Mi ultima hija tiene casi diez años y aunque en su ámbito privado/público familiar intentemos darle una educación más o menos igualitaria – con las contradicciones que arrastramos todos los componentes de la tribu familiar- en la escuela, en un porcentaje muy alto, se sigue exponiendo a una educación tan convencional y binaria como hace décadas, con todo lo que implica; y no digamos lo que le ocurre en la sociedad donde queda(mos) totalmente expuesta a los mecanismos del consumo; es decir, la mejor manera para conducirla a su papel de “mujer” reproductora, esposa, princesa etc.. (no hay más que pararse un poco a analizar la publicidad y todo el imaginario audiovisual que nos desborda ideológicamente).

Creo que queda muchísimo trabajo por hacer, mucho más de lo que inocentes de nosotr@s nos creemos. Ya no valen solo las medias tintas de esas reformas humanistas por aquí y por allí que no atacan de raíz los problemas, ni la retórica electoral apresurada, cuando ocurre el ultimo asesinato. Las políticas de igualdad que se están aplicando no dejan de ser ejercicios de buena voluntad ante la inmensa labor que nos queda por hacer. Las medidas de corrección de la violencia masculina/machista deben aplicarse desde la infancia y en todos los ámbitos sociales. El contexto familiar, la escuela, los medios de comunicación, el ámbito social de convivencia cotidiana deben abordar el problema con mucha mayor radicalidad.

Hacen falta muchas medidas estructurales y más tajantes para que afecten de lleno a las instituciones que nos rigen y ordenan las vidas. Judith Buttler en su recopilación de textos publicados en "Deshacer el género" afirma que escoger y vivir el propio cuerpo implica, ineludiblemente, establecer el significado preciso de su autonomía respecto a las leyes naturales que intentan imponer determinadas concepciones esencialistas o incluso a las que emanan del Estado, que tratan de encerrarlo en una normativización indiscutible.

Hace tiempo que esas medidas están mil veces escritas. Son aquellas que a lo largo de estos dos últimos siglos ya han sido señaladas por el movimiento feminista. Solo hay que mirar en esa dirección y aplicarlas, así de sencillo, ni más ni menos.