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viernes, 6 de mayo de 2022

#hemeroteca #feminismo | Por un feminismo más allá de la identidad

Manifestación 8M en 2019 en la localidad de Sabadell //

Por un feminismo más allá de la identidad

Frente a un feminismo esencialista, centrado en exclusiva en las mujeres, hay otro dispuesto a construir alianzas para sumar a los sectores sociales más golpeados por el capitalismo y el patriarcado
Santiago Eraso Beloki | ctxt, 2022-05-06
https://ctxt.es/es/20220501/Firmas/39320/feminismo-identidad-alianzas-rebeldes-santiago-eraso-beloki.htm

Escribo estas notas a partir de la lectura de 'Alianzas Rebeldes' (Bellaterra, 2021), una recopilación de textos, coordinada por Clara Serra, Cristina Garaizabal y Laura Macaya.

A principios de los años setenta comencé a leer los primeros textos sobre feminismo, a la vez que descubría otros sobre libertad sexual, diversidad de género, justicia social, lucha de clases, movimientos contra el racismo o el imperialismo colonial. Mientras leíamos ‘La revolución sexual’ y ‘La función del orgasmo’ de Wilhelm Reich o ‘El arte de amar’ de Erich Fromm, leíamos también el ‘Informe Hite. Estudio de la sexualidad femenina’ de Shere Hite o ‘Segundo sexo’ de Simone de Beuavoir, junto a textos de Rosa Luxemburgo, Herbert Marcuse o Franz Fanon, entre otros, a la vez que nos dejábamos atrapar por la poesía desobediente de Walt Whitman, la psicodelia viajera de Jack Kerouac o el hedonismo vital y rebelde, un tanto nihilista, de Alan Ginsberg o William Burroughs. Era un magma ideológico inconcreto donde un día te levantabas eurocomunista y otro anarquista (algún amigo me dijo una vez que vivía en el cuerpo de un socialdemócrata radical con alma libertaria). Aquellas lecturas vinieron al mismo tiempo que se apagaban los últimos ecos de Mayo del 68 en Francia, llegaba el fin del franquismo y se iniciaba un periodo convulso de transformación democrática, acompañado por una profunda transición social y cultural (pude acceder directamente a muchas de estas publicaciones gracias a la amistad y a los buenos consejos recibidos de Mikel Corcuera –lamentablemente fallecido estos días– que durante aquellos años fue el responsable en Donostia/San Sebastián de Enlace, la mítica distribuidora de libros que entonces representaba a una parte importante de las editoriales progresistas de España y Latinoamérica).

Las sucesivas huelgas generales que se convocaron en las décadas de 1970 y 1980, las manifestaciones contra el franquismo, por la amnistía de los presos políticos o contra la guerra de Vietnam, habituales en muchas calles, se cruzaban con los ecos lejanos de las revueltas antirracistas en EE.UU, las anticoloniales en África o contra las dictaduras latinoamericanas y los más cercanos de las primeras manifestaciones de los frentes de liberación homosexual o de las históricas jornadas feministas que se sucedieron en Granada, Barcelona, Santiago de Compostela, Madrid, Córdoba, etc.

A pesar de las diferencias internas, entonces el feminismo también había iniciado un proceso de autonomía organizativa pero con plena consciencia de pertenecer al amplio campo de reivindicaciones de derechos sociales. Para nosotros las luchas por el reconocimiento y la igualdad del movimiento feminista formaban parte de un conjunto transversal de protestas y demandas políticas por la ampliación de las libertades y la consolidación de la democracia.

Un buen ejemplo, entre otros muchos, de esa militancia ahora nombrada como interseccional, podría ser la llevada a cabo por Empar Pineda, una de las grandes precursoras del feminismo en España. Fundadora del Colectivo de Feministas Lesbianas de Madrid, de la Comisión Pro-Derecho al aborto, fue tenaz luchadora antifranquista, militante comunista y, como miembro del colectivo Hetaira, defensora de los derechos de las trabajadoras sexuales (por cierto, estos días se puede ver en los cines 'El acontecimiento' de la directora Audrey Diwan, basada en la novela autobiográfica de Annie Ernaux. Un drama intimista y realista, profundo retrato psicológico de una estudiante de filología que a principios de los años sesenta en Francia descubre que está embarazada contra su voluntad y sin la posibilidad de compartir con nadie su drama. Desde el primer momento no le cabe la menor duda de que no quiere tener una criatura no deseada. En una sociedad en la que se penalizaba el aborto con prisión y multa, se encuentra sola; hasta su pareja y algunas de sus amigas se desentienden del asunto. Además del desamparo y la discriminación por parte de una sociedad que le vuelve la espalda, queda la lucha frente al profundo horror y dolor de un aborto clandestino y la posibilidad de morir o terminar encarcelada. El drama de muchas mujeres cuyo destino quedaba determinado por, como dice la propia protagonista, una enfermedad propia de las mujeres de aquel tiempo: ser obligada a ser ama de casa).

Precisamente por representar un feminismo amplio, plural y mestizo, Pineda prologa ‘Alianzas rebeldes. Un feminismo más a allá de la identidad’, una recopilación de textos con distintas voces comprometidas con la pluralidad y el disenso en el interior del propio feminismo. Es decir, frente al feminismo esencialista, centrado en exclusiva en las mujeres como sujetos de la igualdad, nos hablan de otro dispuesto a construir alianzas para sumar a los sectores sociales más golpeados por el capitalismo y el patriarcado.

En los textos que componen esa publicación se reivindica una genealogía del feminismo capaz de contribuir a generar una alternativa al modelo social y económico que causa la exclusión de las mujeres, pero también de las personas trans, las trabajadoras sexuales y, en definitiva, de todas las vidas más castigadas por la pobreza, las políticas fronterizas excluyentes o el racismo institucional.

Algunos pensábamos entonces, y a la vista de las manifestaciones del último 8M seguimos aún creyendo, que el feminismo es un movimiento ético y cultural que se dirige a toda la sociedad y por eso algunos hombres nos sentíamos interpelados y copartícipes de sus reclamaciones. A lo largo de estas décadas el feminismo no ha dejado de requerir nuestra responsabilidad para conseguir una sociedad más justa, igualitaria y sin discriminación sexista. Sin embargo, los datos siguen siendo escalofriantes en relación con la violencia machista de género, de la cual los hombres somos protagonistas casi exclusivos; pero también los referidos a nuestro papel todavía insignificante en las implicaciones personales que supone sostener la sociedad de los cuidados. Es evidente que será mucho más difícil un verdadero y duradero cambio social si una gran mayoría de hombres no somos capaces de sumarnos, con todas las consecuencias, a las reivindicaciones en favor de la igualdad.

Las últimas décadas estamos asistiendo a un repliegue conservador, muy relacionado con políticas de identidad excluyentes y punitivas que están favoreciendo el resurgir del fanatismo. La extrema derecha –con el beneplácito de la derecha más moderada, como hemos comprobado en el reciente acuerdo de gobierno en Castilla y León– lanza de nuevo su odio misógino, sexista y racista contra muchas de las grandes conquistas de las luchas históricas feministas; desprecia las leyes en defensa de lesbianas, homosexuales o transexuales; quiere eliminar el reconocimiento de la diversidad y la educación sexual en las aulas; imponer el pin parental (autorizar a los padres para que sus hijos no asistan a determinadas clases); abolir el matrimonio igualitario o la ley del derecho al aborto, mientras propone medidas de apoyo a la maternidad, la reproducción familiar y, en consecuencia, el regreso al “hogar” de las mujeres para más gloria de la identidad racial y nacional.

En respuesta a esta movilización del odio, como dice la periodista Nuria Alabao en su aportación al libro ‘¿A quién libera el feminismo? Clase, reproducción social y neoliberalismo’, el feminismo tiene la tarea de organizar esa fuerza colectiva a partir de un sujeto plural y transversal, capaz de sumar otras luchas en marcha: las de la libertad sexual y de género, pero también las articuladas a partir de la redistribución de la riqueza, el derecho a la vivienda, la de la defensa de los servicios públicos, la renta básica universal o los derechos de todas las trabajadoras. Si la subordinación de las mujeres no puede entenderse sin el capitalismo, el feminismo no puede sino impugnarlo. No hay liberación feminista – añade Alabao– si no implica liberación de la mayoría.

lunes, 20 de diciembre de 2021

#hemeroteca #feminismo | ¿Un feminismo centrado en la cuestión sexual o en la transformación social?

ctxt / Manifestación 8M en Madrid, 2018 //

¿Un feminismo centrado en la cuestión sexual o en la transformación social?
Resulta complicado organizarse en un movimiento transversal que diga que también son luchas feministas la vivienda, los derechos laborales o civiles, los de los migrantes, los de las trabajadoras domésticas y sexuales...
Nuria Alabao | ctxt, 2021-12-20
https://ctxt.es/es/20211201/Firmas/38179/feminismo-violencia-punitivismo-prostitucion-trans-nuria-alabao.htm 

Es evidente que no se puede hablar de feminismo en singular. Hoy más que nunca existe un movimiento diverso que está cruzado por disputas de clase, intereses divergentes y luchas por el poder. Una de las líneas de fractura más evidente es la que parte de quienes concebimos el feminismo como una herramienta fundamental para retar la actual configuración social injusta y el sistema económico –y que por tanto lo entendemos como parte de un proyecto de transformación más amplio–, y aquellas que piden igualdad dentro de lo existente: su 50% del infierno. Para algunas de estas liberales –o socialdemócratas– el feminismo puede llegar a ser un instrumento para un proyecto personal de ascenso social, justificar invasiones con el objetivo de “liberar a las mujeres” –como en Afganistán– o servir para el refuerzo del sistema penal –como la nueva Ley de Libertad Sexual que incluye una propuesta de criminalización de la prostitución–.

Durante la segunda ola –los 60, 70, parte de los 80– fue cuando se produjeron muchos de los debates y las aportaciones teóricas que todavía llegan al presente. En esos años se produjo un momento de fuerte agitación política y un despliegue extraordinariamente rico de diversos movimientos feministas que pusieron en el centro la cuestión sexual y retaron la división sexual del trabajo y el mandato de domesticidad. Una parte importante de esos feminismos asumió una retórica de liberación y se vinculó con los movimientos de protesta en marcha –aunque también cuestionaron el papel subordinado de las mujeres en ellos–. En esos años, por supuesto, también tuvo un papel relevante el feminismo liberal, el de la igualdad formal, con organizaciones como NOW en EE.UU., donde participó Betty Friedan que en su ‘La mística de la feminidad’ había analizado los problemas de insatisfacción de las mujeres de clase media que no se conformaban ya con ser amas de casa.

Liberal o revolucionario, lo esencial de esos años es la producción de nuevas herramientas políticas. El feminismo abrió líneas de pensamiento novedosas que habían estado excluidas de la política porque habían sido conceptualizadas como pertenecientes al ámbito privado. Los grupos de autoconciencia significan eso: convertir el malestar en algo político porque a partir de lo que nos atraviesa podemos dar cuenta de áreas enteras de desigualdad –explotación– que estaban invisibilizadas. Por ejemplo la cuestión del cuerpo y la sexualidad, que se reivindicó como un ámbito de disfrute y autonomía para las mujeres a la vez que se pedían derechos reproductivos –y se cuestionaba la heterosexualidad y la monogamia obligatorias–. También se empezó a contestar la violencia en un momento en que en muchos lugares la violación dentro del matrimonio ni siquiera se consideraba delito. Precisamente fue a partir de la cuestión sexual que surgió todo un ámbito de producción teórica en Europa –sobre todo en Francia– y en EE.UU. En este último país, Sulamith Firestone y Kate Millet –entre otras– fundan la corriente radical que tuvo una extraordinaria influencia en todo el feminismo posterior. Para ellas, y reutilizando términos marxistas, las mujeres somos una clase y la sexualidad es núcleo fundamental de la opresión que sustenta las relaciones de dominio de los hombres sobre las mujeres. El patriarcado, en palabras de Millet, es la “política sexual de dominación de la mujer” y el principal eje de desigualdad. Desde entonces la cuestión sexual estaría en el centro de la producción teórica feminista.

Las radicales no solo hablaron de subordinación en el ámbito de la sexualidad sino que esta está estrechamente vinculada con la reproducción, por lo que hicieron importantes críticas a la maternidad y a la familia. Aunque esta línea será profundizada por el feminismo marxista o postmarxista. Autoras como Maria Rosa dalla Costa o Silvia Federici analizaron el trabajo de reproducción social –o de reproducción de la mano de obra– como un pilar de la organización capitalista donde se produce la apropiación del trabajo gratuito de las mujeres. Para ellas, el sexo era una parte de esta función más amplia de reproducción social pero no –como para las radicales– el lugar central del que surge toda la relación de subordinación. La violencia sexual se entiende como una manifestación más del patriarcado, como una herramienta que sirve para el sometimiento a esta estructura de dominación.

Feminismo cultural / feminismo marxista
Esas dos líneas de pensamiento llegan hasta hoy y se entremezclan de diversas maneras. Sin embargo, pensar que el origen de la desigualdad está centrado en la cuestión sexual o en la reproducción social, tiene consecuencias divergentes a la hora de hacer política. De hecho, la línea radical derivará en lo que algunas autoras llaman feminismo cultural, muy centrado en la violencia sexual pero también en luchar contra la pornografía y la prostitución. Hoy, buena parte de las que se reivindican como seguidoras de las radicales han derivado en un feminismo de carácter esencialista o identitario que les sirve para oponerse a los derechos de las personas trans o los derechos de las trabajadoras sexuales y que llega a cuestionar la revolución sexual como un logro “que solo sirve a los hombres”. En medio de este ambiente reaccionario, parece que nos toca reivindicar de nuevo la sexualidad como un ámbito de realización y de disfrute para las mujeres.

De la línea postmarxista, sin embargo, se extraen una serie de demandas que son específicamente anticapitalistas y que conectan con las líneas del feminismo histórico más apegadas a las luchas sociales y las cuestiones de clase. Una propuesta que en general ha pretendido recoger los cuestionamientos que los feminismos postcoloniales y negros hicieron del sujeto del feminismo dominado por los intereses y las preocupaciones de las mujeres de clase media occidentales. Para estos feminismos, el universalismo abstracto –“las mujeres son una clase”, “todas estamos igualmente oprimidas por la violencia sexual”– acaba escondiendo las diferencias sociales, raciales y de estatus entre las propias mujeres. El debate actual sobre el sujeto del feminismo, por tanto, no tiene que ver únicamente con lo trans, o lo queer, y si caben o no en el feminismo, sino con una discusión de más de cien años: qué demandas hay que priorizar –¿las sexuales?, ¿las de clase? ¿las anticapitalistas? y quién tiene la capacidad para enunciarlas o liderarlas. E incluso, yendo más allá, si tienen que existir feministas que hagan de mediadoras institucionales o queremos un movimiento más horizontal y democrático capaz de retar el actual estado de las cosas.

Dominación sexual y capitalismo
Sabemos que la violencia sexual tiene una función de sujección de las mujeres a los roles establecidos, pero un feminismo que pone en el centro únicamente esta cuestión –por muy importante que sea luchar contra todas sus manifestaciones– y se olvida de la desigualdad económica o del resto de violencias vinculadas a esta desigualdad jamás será un feminismo emancipador. Sobre todo si acaba legitimando un reforzamiento del sistema penal o el dar más poder a la policía sobre las mujeres –como hacen las demandas punitivistas del trabajo sexual–. Luchar contra la violencia sexual sin conectarla con el resto de violencias estructurales o policiales y pensar que el Estado va a protegernos es olvidarse de que para muchas mujeres, ya sean putas, trans o migrantes sin papeles, ese mismo Estado puede ser el principal origen de la violencia que sufren. El feminismo tiene la tarea de explicar cómo el género atraviesa las violencias institucionales, las que se derivan de ser pobres o de estar en prisión, aquellas vinculadas con la explotación de la naturaleza y el extractivismo o con la explotación neocolonial de los territorios. Un feminismo emancipador tiene el reto pues de enfrentar todas estas manifestaciones de la violencia en su declinación “de género” y también de relacionarlas con las luchas por las condiciones de vida, no son ámbitos separados.

Las cuestiones relacionadas con la sexualidad son capaces de interpelar a las mujeres de clase media que pueden imaginarse fácilmente en el papel de víctimas, también excitan todo tipo de pánicos morales y por tanto, movilizan ampliamente fuera y dentro del feminismo. El peligro de este amplio alcance de los terrores sexuales no es solo el de la tentación punitivista, sino también el de encerrar al movimiento en debates poco transformadores y que lo despotencian. (El terror invocado contra las mujeres trans porque pueden compartir baños o vestuarios es solo un síntoma de esto.) Más complicado resulta organizarse en un movimiento transversal que diga que además de la abolición del género y la violencia sexual también son luchas feministas: la lucha por el derecho a la vivienda, contra la precariedad y por los derechos laborales o civiles, contra la instrumentalización nacionalista e islamófoba del ideal de liberación de las mujeres, por los derechos de los migrantes, de las trabajadoras domésticas y sexuales o contra las prisiones. Si el feminismo no es capaz de hacer eso como movimiento, tendrá que infiltrarse y atravesar los otros movimientos en marcha que apuntan a estas cuestiones.

Abolir la violencia
De EE.UU. aprendemos sobre el método abolicionista que se ha desarrollado para luchar contra el sistema carcelario o la policía. El principio que lo impulsa no es el de reformar estos sistemas, sino el de cambiar la sociedad que los necesita. ¿Cómo sería entonces una sociedad donde no fuera necesaria la violencia machista? Como dice un editorial de la revista Invert Journal –traducido en ‘Las degeneradas trans acaban con la familia’–: “El verdadero abolicionismo de las manifestaciones violentas del género requiere la abolición de las condiciones que lo hacen necesario. No tanto la abolición de los marcadores de género en los pasaportes sino la abolición de un mundo en que las fronteras, las naciones y los pasaportes existen. No tanto la abolición de la violencia doméstica vista como un fenómeno inconexo, sino de una sociedad que requiere de la estructura familiar y la esfera doméstica. No tanto la abolición de la violencia homofóbica, del transfeminicido o la mutilación genital a les intersexuales, sino de todo el sistema de género que sustenta esas miserias. En tanto que el género está mediado por todas las demás formas sociales que abarcan la totalidad del modo de producción capitalista, su abolición no puede darse de forma independiente, sino que es una parte esencial del ‘verdadero movimiento que abolirá el estado presente de todas las cosas’”.

  • Una versión de este artículo fue publicada originalmente en catalán en la revista Nexe nº 47.