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martes, 18 de julio de 2017

#hemeroteca #testimonios #memoria | Ocaña, el último caníbal

Imagen: El Español / Ocaña en 1979, por Pieter Vandermeer
Ocaña, el último caníbal.
La gran conquista del emblema de la contracultura en la BCN de los 70 fue construirse desde principios estéticos una nueva vida; basta asomarse a sus piezas para arañar episodios de su biografía.
José María Rondón | Crónica Global, El Español, 2017-07-18
http://cronicaglobal.elespanol.com/letra-global/ocana-ultimo-canibal_76897_102.html

Llegó a Barcelona desde un pueblo de Sevilla con maneras de campo y una carpeta de dibujos pinzada bajo el sobaco. Había que estar en aquella ciudad, pensó, que empezaba a convertirse en los años finales de la dictadura de Franco en un hervidero de lo nuevo. En pocos años armó una biografía en la burbuja experimental de las Ramblas que sólo tomó sentido según el protagonista fue abriendo escándalos a su paso. Hasta quedarse a morir en uno de ellos.

Ocaña (Cantillana, 1947-1983) se hizo a sí mismo ese encargo: vivir aquello como si no hubiese en el mundo otra opción. Iba con el pelo volado, los ojos miopes y la quijada fuerte. Quería ser artista. Tenía veintitantos años. Le chiflaba la liturgia católica. Era anarquista. Y maricón. “Yo no conocía la palabra homosexual hasta que vine a Barcelona”, confiesa en ‘Ocaña, retrato intermitente’, la película-testimonio que le grabó Ventura Pons.

Primera aparición: un ángel
Atesoraba un talento inédito y, para darse a conocer, la tarde del 18 de diciembre de 1975 se puso un traje de ángel, plantó un lienzo frente al Liceo y se puso a pintar. Cultivó, desde entonces, una moral disipada en una lógica lúdica que todo lo convertía en fiesta. "¡Neeeenas, para nosotras todo el año es carnaval!", fue su grito de guerra. En aquellos años, Ocaña despeinó España a la cabeza de una patrulla de irreverentes surgidos de la acracia catalana y de la caverna del ‘underground’. Con ellos, sus amigos, formó una alegre corte por las Ramblas.

“Ocaña allí representaba la emancipación estética de las fuerzas productivas de Barcelona en la sombra”, señala Germán Labrador Méndez en el estudio 'Culpables por la literatura' (Akal), de reciente publicación. Es cierto: él, disfrazado de folclórica, se ponía a cantar las coplas que los niños-bien de la gauche divine detestaban. Y lo hacía al completo, entonando y reclamando toda la atención sobre ellas. Ni las ridiculizaba ni hacía parodia. Eso sí, nada más acabar la canción se levantaba la falda. Si estaba vestido de mujer, enseñaba el pene. Si estaba desnudo, lo escondía entre las piernas.

Exhibicionista y preso
Era fácil así verlo en el Café de la Ópera cantando ‘Ojos verdes’ vestido a lo Juanita Reina. Otras, directamente, en bolas. Pero nada como el desparrame de las Jornadas Libertarias celebradas en julio de 1977 en el Parc Güell​ . Hasta los anarquistas se plantearon prohibirle a él y a toda su tropa que volvieran a subir al escenario tras un delirio de estriptis y felaciones. También dio con sus huesos en la Modelo tras un choque con la Guardia Urbana. “Por las galerías de la cárcel oímos gritos desde otros pisos llamando a Ocaña y preguntando qué hacía allí”, recuerda Nazario en el primer tomo de sus memorias, “La vida cotidiana del dibujante 'underground'” (Anagrama).

Cualquiera de sus acciones públicas desplegaba un ventarrón de vanguardia. De algún modo, ponían del revés la vida. Hacían posible cosas de todo punto improbables. No iban dirigidas a un público ya existente, sino que lo creaba a través de una alteración de lo cotidiano, dinamitando las distancias entre participantes y espectadores. La mutua diversión era el único propósito. Ese calambre suyo todavía tiene un voltio que conmueve: Ocaña se construyó desde la estética, desde el arte, una vida radicalmente nueva. “Su obra es una suerte de huellas de vida”, explica Pedro G. Romero, comisario de la exposición que le dedicó La Virreina Centro de la Imagen en la primavera de 2010.

Amplio repertorio
Basta asomarse, por tanto, a algunas de sus piezas para arañar biografía. Los cuadros, por ejemplo, están llenos de autorretratos y de retratos de los amigos, de los familiares, de los conocidos, de los amantes, pero también de entierros, de viejas, de devociones marianas. "Muchos de sus cuadros no son otra cosa que rostros maquillados sobre lienzo”, ha visto con acierto Nazario. Como puede verse en la exposición ‘Ocaña. La pintura travestida’ (Espacio Turina, Sevilla, hasta el 1 de octubre), pintó, y pintó mucho. En ese conjunto de acrílicos que ejecutó de forma frenética en los últimos meses de vida probablemente esté lo más destacado de su producción pictórica.

Otro tanto ocurría con sus exposiciones, donde daba más prioridad a la intervención en el espacio de exhibición que a los propios cuadros, con enormes piezas de papel maché que representaban devociones marianas, monaguillos, ángeles detenidos en el instante previo a la inocencia. En Un poco de Andalucía (Galería Mec-Mec, 1977) trasladó su casa; en ‘La primavera’, su gran éxito, sin duda, celebrada en 1982 en la capilla del Hospital de la Santa Cruz de Barcelona, recreaba las fiestas de la Asunción de su pueblo natal. El lienzo ‘Sagrado Corazón de Jesús marica’ daba la bienvenida a los visitantes.

Viaje por Europa
Gracias al éxito del documental de Ventura Pons, Ocaña viajó por Europa. En Cannes paseó con mantón y peineta por la Croisette y, en la rueda de prensa más divertida en la historia del certamen, le cantó en verso a la Macarena. En Berlín, Gérard Courant lo grabó vestido de folclórica cantándole a una Marilyn Monroe de cartón en la Puerta de Brandeburgo, con los soldados de la RDA apuntando a aquel tipo extravagante que asomaba sobre el Muro. El resultado fue el cortometraje ‘Ocaña, el ángel que canta en el suplicio’, uno de sus trabajos audiovisuales junto a ‘Manderley’ de Jesús Garay y ‘Silencis’ de Xavier Daniel.

Pero Ocaña llegó a la inmortalidad por el camino más corto: morir antes de tiempo. A los 36 años falleció a consecuencia un fallo hepático mientras se reponía de las quemaduras sufridas a la conclusión de un desfile infantil en su pueblo natal. Su disfraz de sol acabó envuelto en llamas tras el encendido de las bengalas que lo remataban. Dejó una cierta cantidad de obra como para saber de su talento, pero también para especular hasta dónde habría llegado. Bien mirado siempre hubo algo de caníbal en todo lo que propuso. Pero de un caníbal que aceptaba el principio de su deseo: estar dispuesto a dejarse comer.

sábado, 12 de noviembre de 2016

#hemeroteca #libros #testimonios | Nazario, 40 años dibujando contra la censura: “Facebook es una dictadura”

Imagen: PlayGround / Ocaña, Camilo y Nazario en las Ramblas, Barcelona
Nazario, 40 años dibujando contra la censura: “Facebook es una dictadura”.
Fue el dibujante que más luchó por normalizar la homosexualidad en la España post-franquista. Ahora, ha topado con Facebook.
Alba Losada | PlayGround, 2016-11-12
http://www.playgroundmag.net/cultura/books/censura-Facebook-propia-dictadura_0_1861613854.html

Parc Güell, Barcelona, 1977. Las jornadas libertarias son el último congreso anarquista internacional de España. En el escenario, tres hombres semidesnudos: el dibujante Nazario Luque, el pintor José Pérez Ocaña y su compañero Camilo.

"¡Nena, hazles un estriptís!", dijo Nazario a Camilo. Acto seguido y sin pensarlo demasiado, Ocaña se dirigió hacia Camilo y simuló que le chupaba la polla mientras él gemía de aparente placer. Aquello desencadenó un revolcón por el suelo que terminó con un trío ficticio con Nazario.

En plena transición española el colectivo homosexual aún estaba muy discriminado, por lo que esa actuación fue una estampa insólita. Un gesto revolucionario, protagonizado por 3 cuerpos desnudos que reivindicaban su sexualidad con naturalidad.

Este es uno de los episodios que el dibujante Nazario Luque relata en sus memorias ‘La vida cotidiana de un dibujante underground’. 284 páginas en las que condensa sus experiencias en la Barcelona de los setenta: la más canalla, la de contracultura, la libertaria y la reivindicativa, entre muchas otras cosas.

Casi 40 años después, desde su piso de Plaça Reial, Nazario comenta que, hoy, su representación en las Jornadas Libertarias sería mucho más censurable y escandalosa. "Hay una censura asquerosa. No hemos ganado nada. Estamos invadidos por el puritanismo que ha venido de EE. UU., igual que pasó con los cómics underground del momento".

Después de vivir la Sevilla de los sesenta, condicionada por la ley franquista de vagos y maleantes, en 1972 cogió un tren rumbo Barcelona. A pesar de que los homosexuales también vivían en la clandestinidad, al menos, en esta ciudad tenían un poco más de libertad para ser ellos mismos.

El escenario preferido del colectivo fue la parte inferior de Las Ramblas, el barrio chino (actualmente conocido como El Raval) y Paral·lel, donde frecuentaban bares como el Elefante Blanco y el Café de la Ópera. Allí no existían prejuicios y todos, fuesen de la condición que fuesen, eran aceptados. "Había puterío, enemas, macarras, delincuentes, marineros, travestis y maricones...", explica en su libro.

Sin embargo, Las Ramblas eran mucho más que eso. Con la muerte de Franco en 1975, nació el Frente de Liberación Homosexual y, entonces, todos salieron a la calle. Allí Nazario protagonizó otras escenas, para muchos escandalosas, como pasearse vestido de mujer, junto a Camilo y Ocaña, o participar en la primera manifestación gay de 1977.

De este modo, hicieron de aquellas calles el espacio emblemático para el activismo, algo que, como recuerda ahora, "no ocurría en el resto de España". Así, su lucha acabó siendo un estímulo y ejemplo para las generaciones futuras.

Pero el espíritu reivindicativo que se respiraba en Las Ramblas se ha perdido. Ha sido arrasado por el turismo y ya solo quedan potenciales consumidores. "No queda nada. Y, aunque digan que quieren dignificarlas, no hay forma de hacerlo", sentencia sentado en el escritorio de su casa.

Su paso por los escenarios bohemios de Barcelona había empezado en una comuna de la calle Comerç, donde vivía con artistas conocidos como Mariscal, Pepichek y Farry, entre otros. Juntos, publicaron el primer fanzine underground de España, ‘El Rrollo Enmascarado’, que editaron ellos mismos y vendieron clandestinamente en bares y discotecas.

Con aquello sacaba el dinero suficiente para seguir con una vida de excesos, experiencias hilarantes, juergas y encuentros sexuales. Sin embargo, en su entorno también palpó hambre, degradación, enfermedades venéreas, alcoholismo y SIDA. Su estilo de vida y su entorno no tenían nada que ver con el de los miembros de la conocida como Gauche Divine, un movimiento de izquierdas pero conformado por "niños bien". "Lo que hacíamos nosotros era impensable para ellos", comenta Nazario.

Vivió muchos años acompañado de vicios y no sería hasta 1984 cuando se desprendería de todos ellos. Aunque habría uno que nunca sería capaz de dejar. "A partir de entonces pude disponer con plenitud de mis 5 sentidos para disfrutar del sexo, la única droga que nunca estaría dispuesto a abandonar", reconoce en sus memorias.

El colectivo de dibujantes tampoco duraría para siempre. En 1975 publicaron ‘La Piraña Divina’, que recopilaba una serie de relatos con referencias a la pornografía, homosexualidad y burlas a la iglesia. Ello desembocó en la persecución de las autoridades y el grupo acabó desintegrándose. Pero ya se habían convertido en emblemas de todo aquello que las autoridades intentaban combatir.

Nazario siempre intentó hacer relatos en los que denunciaba la represión que sufrían las mujeres y los homosexuales. Pero, con la llegada de los ochenta, se distanció de la simple denuncia y apostó por un nuevo estilo que plasmó en el cómic ‘Anarcoma’: la vida cotidiana de un travesti que se prostituía en Las Ramblas. Quería mostrar la homosexualidad con normalidad para que la gente también la percibiera así. Y aquello sería el gran valor de su obra.

Terminó publicándolo en la revista ‘El Víbora’, que tenía un público más bien heterosexual. De este modo, aquellas historias trascendieron más allá del movimiento gay. "Había muchos homosexuales jodidos, que vivían en la clandestinidad, por lo que una publicación así les sirvió para aceptar su personalidad", recuerda años después.

Aquello significó una victoria para él y para el colectivo, ya que, a pesar de que hacía tiempo que podían manifestarse en la calle, aún eran víctimas de constantes vejaciones. Como relata en su libro, años antes de esa publicación, en 1978, Ocaña y él fueron detenidos por ir vestidos de mujer.

Ocurrió en las inmediaciones del Café de la Ópera y, en consecuencia, el resto de gays que había en la zona tiraron, airados, vasos y botellas a la policía. Mientras se desencadenaba un motín entre los presentes, Nazario y Ocaña ya iban rumbo a la comisaria de Via Laietana, donde recibieron una paliza.

Después, les encerraron 3 días en cárcel La Modelo y, entonces, ocurrió algo inesperado: una manifestación espontánea en la que se reclamaba su liberación. Ese gesto también fue un pequeño logro, ya que, a pesar de todo, el colectivo aún tenía fuerzas para permanecer unido.

Para que sus obras salieran a la luz, Nazario, como muchos otros artistas del momento, tuvo que autocensurarse. Algo que, de hecho, sigue teniendo que hacer actualmente en Facebook.

"La censura de Facebook es propia de una dictadura. Si lo miras, ves que no ha cambiado nada en este sentido", insiste desde Plaça Reial. A él ya le han cerrado temporalmente su cuenta 4 o 5 veces por publicar fotos de desnudos. "En Facebook no puedes escandalizar ni hacer nada distinto a lo que hace todo el mundo. Ahora, todo tiene que ser ‘light’ porque sino no puedes publicarlo".

Los años setenta censuraron el espíritu libre de Nazario, pero 40 años después, en una sociedad presuntamente más tolerante y abierta, choca con la misma barrera. Solo que ahora no es una paliza, es el ostracismo en la red.

miércoles, 15 de junio de 2016

#libros #testimonios | La vida cotidiana del dibujante underground

La vida cotidiana del dibujante underground / Nazario Luque.
Barcelona : Anagrama, 2016 [06-15]
296 p.
Colección: Crónicas
ISBN 9788433926128 / 19,90 €

/ ES / BIO
/ Arte / Barcelona / Catalunya / Cómic / Historia - Siglo XX / Nazario Luque / Testimonios / Transgresión / Underground

Nazario Luque Vera, de nombre artístico Nazario, llegó a Barcelona procedente de Sevilla en 1972 con un trabajo de maestro bajo el brazo y el firme propósito de dejarlo en cuanto pudiese ganarse la vida dibujando cómics. No tardó en abandonar el colegio, pero lo de vivir de los tebeos resultó un poco más complicado. El joven dibujante vivió en primera persona la Barcelona libertaria, contracultural y canalla de los últimos años del franquismo y los primeros de la transición: hippies, pisos compartidos, comunas, homosexualidad vivida sin complejos, chulos, tríos, garitos y tugurios, porros, ácidos, litros de alcohol y, sobre todo, aires de libertad. Nazario empezó a publicar sus cómics abiertamente gays en el fanzine ‘El Rrollo Enmascarado’; también en ‘Star’ y ‘El Víbora’, y en la revista francesa ‘Zinc’. Era el momento álgido del underground, y el autor rememora sus encuentros, amistades y amores con variopintos personajes de aquellos años: Ocaña, Camilo, Alejandro la Tremenda, Mariscal, Barceló, Montesol, Pepichek, Onliyú, Pau Maragall, Marta Sentís, Manolito el loco, Alberto Cardín, Carme, Ana Seró, Eduardo Haro Ibars...

Son éstas unas memorias escritas a corazón abierto, que hablan de juveniles exploraciones de nuevos territorios, de juergas legendarias, imaginación desbordante, transgresiones y provocaciones, pero también de hambre, de penurias y de picaresca. Y del lado oscuro: alcoholismo, enfermedades venéreas, sobredosis, psiquiátricos y la aparición del sida.

Un testimonio valiosísimo de un momento irrepetible y de una Barcelona creativa, caradura y desmadrada que desapareció con el olimpismo, el diseño y el apoltronamiento. Un libro repleto de anécdotas jugosas, como la de aquella ilustración suya que acabó en la carátula de ‘Take No Prisoners’ de Lou Reed sin que Nazario viera un duro ni se le reconociese la autoría.
  • «Artista inclasificable, rupturista y transgresor, dibujante, guionista de sus propias historietas, fotógrafo y pintor, Nazario, homosexual y artísticamente revolucionario como Caravaggio, implacable, sadomasoquista y subversivo como el marqués de Sade, nunca ha dejado de provocar irritación» (Alfred Rexach, La Vanguardia).
  • «Toda una institución del cómic español» (Diario de Barcelona).
  • «Con sus divinas transgresiones, Nazario y Ocaña fueron las verdaderas reinas de la transición» (Pau Riba).
  • «Con Nazario la fiesta está siempre asegurada» (Joan de Sagarra).
DOCUMENTACIÓN
Nazario, referente de la Barcelona libertaria, se desnuda.

Las memorias del artista underground recorren una era de sexo, drogas y cultura.
Xavi Ayén | La Vanguardia, 2016-06-04
http://www.lavanguardia.com/cultura/20160604/402268168471/nazario-se-desnuda.html

sábado, 4 de junio de 2016

#hemeroteca #libros #testimonios | Nazario, referente de la Barcelona libertaria, se desnuda

Imagen: La Vanguardia / Nazario
Nazario, referente de la Barcelona libertaria, se desnuda.
Las memorias del artista underground recorren una era de sexo, drogas y cultura.
Xavi Ayén | La Vanguardia, 2016-06-04
http://www.lavanguardia.com/cultura/20160604/402268168471/nazario-se-desnuda.html

No sabe uno, tras ­leer 'La vida cotidiana del dibujante underground', las memorias de Nazario (Castilleja del Campo, Sevilla, 1944) –que Anagrama publicará el próximo 15 de junio– si le hubiera gustado ser amigo del creador de Anarcoma y ver expuestas ahí tantas intimidades detalladas, con profusión de detalles pornográficos. Lo que está claro es que, si uno no ha formado parte de ese grupo de artistas libertarios que cometieron toda clase de excesos pero también mostraron una creatividad vigorosa y lucharon con arrojo por que les dejaran vivir su vida, en unos tiempos en que eso no era nada fácil, podrá dejarse transportar sin reservas a la misma atmósfera que respiraron, entre otros, nombres como Mariscal, Miquel Barceló, Pau Riba, Sisa o, por supuesto, Ocaña (1947-1983), gran amigo de Nazario y uno de los secundarios de lujo de esta obra, por un lado repleta de espíritus libres, orgías, drogas, nuevas exploraciones, imaginación desbordada, anécdotas hilarantes... pero también de hambre, degradación, enfermedades venéreas, alcoholismo, psiquiátricos y el sida.

Lejos de ofrecer una panorámica analítica global de aquel grupo donde florecieron varios creadores –lo que sería un plano cenital más o menos omnisciente– Nazario opta por narrar las cosas desde dentro, como si llevara una cámara oculta en sus gafas mientras todo aquello va sucediendo –a veces inserta incluso su diario de la época– y prioriza los temas en función de sus intereses personales: su historia de amor con Alejandro es mucho más importante que las interacciones entre artistas o los proyectos de revistas, por ejemplo. Hay que decir que, en el año 2000, ya publicó ‘La Barcelona de los años 70 vista por Nazario y sus amigos’, que es el complemento perfecto para esta nueva autobiografía, que sucede en lugares de los que se habla en aquel otro libro.

Procedente de Sevilla, Nazario llegó a Barcelona en 1972, en un tren que llamaban El Catalán, con una plaza de maestro en una escuela de Torre Baró, en Nou Barris, soñando con poder dedicarse al cómic. Aquel trabajo normal le duró solo un curso: “Atiborrado de consignas de mayo del 68, de lecturas sobre las escuelas libres de Summerhill y el Libro rojo de los escolares, del que una de las primeras máximas era aquella de que un niño obediente jamás llegaría a ser libre”, sufrió la incomprensión del resto del claustro, harto de aquel docente bajo cuya responsabilidad los niños se asomaban a las ventanas, salían y entraban de clase y jugaban a rugby en el pasillo, mientras, en el aula, recibían lecciones de cómo colocar un condón. Lo que le atrajo de Barcelona fue su libertad en las prácticas sexuales, “con váteres públicos y cines donde los maricones campaban a su anchas. La diferencia, en este sentido, entre Barcelona y Sevilla, era como la de ir de compras a una tienda o a unos grandes alma­cenes”.

Su posterior paso a la bohemia tiene varios escenarios, como la comuna de la calle Comerç, donde vivían y trabajaban un grupo de dibujantes –Farry, Mariscal, Pepichek, Montesol– que publicarán “el primer tebeo underground” de España, 'El Rrollo Enmascarado', y que de vez en cuando mitigaban sus problemas de abastecimiento acudiendo a “las inauguraciones de la cercana y espléndida Galería Maeght” con el fin principal de saciar sus estómagos. Nazario era “el único homosexual del grupo” y Montesol, “el guapo oficial”. Más tarde, varios de ellos participan en la fundación de la revista 'Star', e incluso cuentan con un estand propio en el Canet Rock. Otros pisos que ocupó son los de la plaza Sant Josep Oriol o el de la plaza ­Reial donde se estableció con “novio fijo” en los años 80.

La precariedad es una constante. A veces se alimenta atiborrándose de frankfurts gratis en el puesto de un amigo, u otras se va a duchar con agua caliente a los baños públicos de la plaza Urquinaona.

Causar escándalo en unas Jornadas Libertarias no está al alcance de cualquiera, pero eso consiguieron en 1977 Nazario y sus amigos Ocaña y Camilo subiéndose al escenario del parque Güell y manteniendo sexo en público: “Los músicos apenas si se atrevían a protestar por el acoso que sufrían y porque les reventábamos la actuación”. El autor analiza el método de Ocaña –que ve “daliniano”– de organizar espectáculos escandalosos con el fin de llamar la atención sobre su obra y destaca su vis exhibicionista “que hacía que los directores de cine sólo tuvieran que poner las cámaras delante y la película salía sola sin necesidad de guiones ni ensayos”. Las anécdotas sobre él son varias, y van desde el día en que acabó con diversas quemaduras al fallarle un dispositivo de bengalas con el que quería culminar una cabalgata por su pueblo, o al día en que ambos fueron ingresados en la cárcel Modelo. Nazario explica que, mientras eran conducidos a sus celdas por los guardias, “oímos gritos desde otros pisos llamando a Ocaña y preguntando qué hacía allí. Muchos de aquellos inquilinos habían pasado por su casa en más de una ocasión”, con lo que se comportó como una celebridad lumpen: “Era llevado de una celda a otra y con unos cantaba unos fandangos y a otros, mientras yo les hacía a duras penas un dibujo en el brazo para que luego se lo tatuaran, él les chupaba la polla en la litera de abajo”. En cualquier caso, “la celda se convertiría en centro de peregrinación porque Ocaña comenzó a pintar en una de las paredes una Asunción plagada de angelitos”. Entre los encerrados, tres miembros de Els Joglars, Andreu Solsona, Gabi Renom y Arnau Vilardebó, “que habían solicitado ser trasladados a la sección de travestidos, una barriada dentro de la cárcel”.

De sus visitas a Madrid, hay un cameo de Almodóvar, a quien recuerda “interpretando las voces de los actores o cantando una canción de Olga Guillot” para poner sonido “a los cortos mudos que había rodado en Súper 8”.

Capítulo especial merece el episodio en que la discográfica RCA le pirateó un dibujo suyo para la portada del disco 'Take no prisoners' (1978) de Lou Reed. Tuvieron que pasar veintidós años hasta que, en el 2000, un juez le diera la razón y recibiera “cuatro millones de pesetas como compensación, aunque tengo que resignarme a ver cómo el disco se seguirá vendiendo toda la vida con mi dibujo pero sin mi nombre”.

Los amantes de los chismes disfrutarán viendo cómo el pintor Miquel Barceló le roba novias a Javier Mariscal. Dice el autor que “Javier se burlaba a menudo de Barceló diciendo que vivía la vida como si fuera un personaje de ficción inspirado en las novelas que había leído”. Cuando Barceló le arrebató por segunda vez una novia, “pasando por encima del cadáver de su mejor amigo sin ningún escrúpulo”, eso hundió al diseñador “en el cinismo y un caparazón de tortuga”.

Salpican el libro varias drogas, el sida y un extenso catálogo de enfermedades venéreas, más o menos pintorescas o trágicas. El propio autor no elude la crudeza en la descripción de sus problemas con el alcohol –“hubo un tiempo en que pensé que lo ideal hubiera sido poder inyectármelo”–, que al final dejará, junto al tabaco.

También explica la fundación de la revista 'El Víbora' en el año 1979, que “no pudo llamarse 'Goma-3', como habíamos decidido, por sus connotaciones vascas y etarras”, y que sería el referente del movimiento underground en los años 80, financiado “sin arriesgar demasiado” por Josep Toutain.

Su crítica a la Barcelona olímpica es contundente. Trajo consigo una gentrificación del barrio, la marcha de inquilinos que pagaban rentas bajas, mediante mobbing, y “el cierre de pensiones, con la consiguiente expulsión de gente que llevaban muchos años instalados en ellas, fue algo así como la expulsión de los moriscos”.

Nazario, en cualquier caso, hubiera escrito o no sus memorias, ya forma parte para siempre de la historia de esta ciudad, como su amigo Ocaña.

#hemeroteca #testimonios | De cuando Nazario era ‘underground’

De cuando Nazario era ‘underground’.
La próxima semana llegan a las librerías las memorias del dibujante de cómic, una crónica sentimental y erótica de la Barcelona de los setenta y ochenta.
Tomàs Delclós | Babelia, El País, 2016-06-04
Versión electrónica, 2016-06-09:
http://cultura.elpais.com/cultura/2016/06/01/babelia/1464786658_153351.html

El dibujante, pintor y, ahora, cronista audiovisual de la barcelonesa plaza Reial, Nazario, publica ‘La vida cotidiana del dibujante underground’ (Anagrama). Es la crónica sentimental y el dietario erótico de los arrumacos, amores y aventuras de la tropa que protagonizó el lado libertario de la Barcelona de los setenta y ochenta. En el libro, como en su vida, uno de los verbos más conjugados es “follar” y habla de “maricones” porque no le gustan los eufemismos. “Por llamarte gay no eres menos maricón”. En el libro apenas habla de su obra y apenas pone fechas. ¿Por qué? “Porque ya hay muchos catálogos y obras antológicas. Además, tengo mala memoria para las fechas, y quien quiera saberlas puede consultarlas en la biografía de la web, nazarioluque.com”, comenta en una entrevista en su casa.

A Nazario le interesaba contar la vida cotidiana para que se sepa que no todo en la peripecia del underground fueron risas. Los escombros de las resacas, el suicidio de amigos, la muerte por sobredosis, el trágico final de Ocaña (abrasado con un disfraz de papeles de seda) o la aparición del sida están muy presentes en su relato biográfico. “Nos movíamos por el ambiente como por campos de minas. Éramos unos supervivientes”. Y también quería contarla porque, “a diferencia de la movida madrileña, con un alcalde como Tierno que la apoyaba, aquí no se ha hecho nada. La movida barcelonesa es una desconocida. No se ha interesado nadie por ella”. No era una Barcelona confortable. Nazario explica, por ejemplo, la verbena de 1977, cuando él, Ocaña y el Osito fueron detenidos en el Café de la Ópera por cantar y mariconear con unos amigos. Las malas pulgas de unos guardias urbanos provocaron un motín de la gente. Total, tres días de cárcel, donde coincidieron con los actores de Els Joglars. Una Barcelona, sin embargo, con un fulgor que, considera, se ha apagado. “Ahora es una ciudad más reprimida”.

El underground eran los tebeos del grupo El Rrollo; era que la traducción inglesa de un cómic solo pudiera venderse en Estados Unidos en las sex-shops y envuelto en celofán, o era tener que imprimir (1975) en una vietnamita de la universidad 200 ejemplares de La Piraña Divina, donde Nazario reunió sus trabajos más impublicables. Curiosamente, un año después pudieron editarse legalmente las mismas historietas y únicamente hubo una multa porque, en el prólogo, Terenci Moix nombraba las palabras “paja” y “masturbación” más de veinte veces en una página y media. Pero el underground, para Nazario y sus amigos, también era provocación cotidiana. El despelote, y más en público, en los años setenta, en Canet Rock o en las Jornadas Libertarias fue casi un ritual. En otro sitio Nazario ha escrito que ellos eran unos pequeñoburgueses pasotas y drogadictos para la izquierda comunista y socialista, y basura anarquista, rayando en terroristas, para la derecha. El libro permite dibujar una ruta de los bares y locales predilectos de aquella tribu: Las Cuevas, Kike, La Gran Cava, London, Zeleste, Cúpula Venus, Magic…

Nazario, sin embargo, siempre ha sido muy estricto al aplicar el concepto underground a una obra. “Ha de cumplir tres condiciones: que la edites con tu dinero, que te niegues a autocensurarte y que distribuyas tu material por circuitos paralelos”. De hecho, en el libro da como una fecha del entierro del underground cuando el suplemento Arte y pensamiento de El País (20 noviembre de 1977) publicó unas páginas dedicadas a Ceesepe, Mariscal, Hortelano y él. Sin embargo, en 1981, cuando clausure en Barcelona su primera exposición individual, convocará a los amigos, pondrá crespones negros en la obra expuesta y con un ataúd celebrará las exequias del underground. “Cómo me voy a seguir creyendo underground cuando te dan la Medalla de Oro de Bellas Artes. Sería jugar al equívoco”, comenta ahora.

Evidentemente, las cosas han cambiado. Tentación, Martirio y Triunfo de San Reprimonio, Virgen y mártir tuvo que publicarlo en la revista francesa Zinc. Hoy está en el Reina Sofía. Este mes tiene una exposición en Córdoba donde, todavía en 1990, tuvo problemas para exponer y la imprenta Tipografía Católica se negó a editar el catálogo alegando cláusula de conciencia. Claro que Facebook le ha cerrado cinco veces su cuenta. “No voy a poner otro desnudo para que me la vuelvan a cerrar”. Nazario dejó el cómic por la pintura, que también ha abandonado. “Me di cuenta de que hacía una obra demasiado refinada y temí repetirme, caer en el manierismo. Además, las dos galerías con las que trabajaba han cerrado”.

Dedicado a escribir su biografía y, como un voyeur minucioso, a fotografiar desde el balcón de su piso lo que sucede en la plaza Reial, Nazario ha estado esperando unos tres años a que una editorial se interesara por el libro, que dedica a “mi Alejandro”, su pareja, fallecido en 2014. Educado en las confidencias del confesionario, Nazario escribe en él: “Los exhibicionistas nos volcamos en nuestros diarios como el náufrago que mete un escrito en la botella y lo lanza al mar”.

Un libro en el que las escenas libertinas se mezclan con iconos de vírgenes y toreros. Donde se cita al inevitable Jean Genet, que vivió otra Barcelona más canalla, pero también a Bataille o Dreyer. Donde en la larga lista de amantes tiene cabida un novio guardia civil. Ahora es abstemio, no fuma y, dice en el libro, la única droga que no piensa abandonar es el sexo. Nazario entendía el underground también como una forma de vida. Por eso no cree que sus amigos se enfaden por lo que ha escrito. “Todo lo cuento como una cosa normal”. Y ahí está el relato de este, como dijo Vázquez Montalbán, agitador moral.