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domingo, 7 de febrero de 2021

#hemeroteca #gais #memoria | Antes de los Javis ya estuvieron los Costus: Enrique Naya y Juan Carrero, la carismática pareja de la Movida que vuelve

Antes de los Javis ya estuvieron los Costus: Enrique Naya y Juan Carrero, la carismática pareja de la Movida que vuelve.
Enrique Naya Igueravide y Juan José Carrero Galofré revolucionaron la capital con su pintura figurativa, plagada de iconos pop, sincretismo ideológico y un desconcertante mensaje (a)político. Una exposición en Madrid recupera ahora su legado.
Ianko López | Revista Vanity Fair, 2021-02-07
https://www.revistavanityfair.es/cultura/articulos/los-costus-enrique-naya-juan-jose-carrero-artistas-vida-obra/48688

De todos los relatos pequeños que integran el gran relato una y otra vez contado de la Movida, puede que el de Costus sea el más fecundo. Porque atraviesa una década fundamental en la historia de nuestra modernidad, y porque los hitos que lo jalonan –superación, auge, caída, enfermedad, muerte– responden sin desvíos al patrón demandado por la mitología del ‘show business’. De hecho, sorprende que no exista todavía un ‘biopic’ sobre esta pareja de pintores. O, por ser más específicos, que los Javis no se hayan interesado en dirigirlo, ya que podrían a través de ellos contar su propia historia con la ventaja extra de un final trágico. Pero luego iremos a eso.

El próximo 15 de febrero se inaugura en la galería madrileña Maisterravalbuena una exposición con obras de Costus, lo que para sus asiduos resultará sorprendente. Digamos que la apoteosis de ‘chochonismo’ que allí nos espera no es lo que suele encontrarse en este local de la calle Doctor Fourquet, más acostumbrado a artistas conceptuales europeos como A Kassen y Maria Loboda o a la exquisitez formal de Marisa Fernández y Jerónimo Elespe. Cuando le manifiesto mi pasmo a Pedro Maisterra (propietario de la galería junto con Belén Valbuena) él defiende su opción sin vacilaciones: “La exposición es un acercamiento al hecho cultural de la Movida. Además, la obra de Costus está en lugares más importantes de lo que se piensa. Pocos saben, por ejemplo, que el retrato que le hicieron a Carmen Polo forma parte de la colección ICO”.

Enrique Naya Igueravide (Cádiz, 1953 - Badalona, 1989) y Juan José Carrero Galofré (Palma de Mallorca, 1955 - Sitges, 1989), ‘in arte’ Costus, se conocieron en Cádiz, donde a mediados de los años setenta eran dos estudiantes de arte que encajaban mal con aquel entorno de provincianismo costero y familias conservadoras: ambos eran hijos de militares, e incluso un tío de Enrique estaría después involucrado en el golpe de Estado del 23-F.

Así que, convertidos en pareja sentimental, se fueron a Madrid, donde sí tenían su lugar, o se lo hicieron ellos. Llegaron en el momento justo para que su pintura figurativa, plagada de iconos pop, fuera saludada con entusiasmo en ciertos corrillos. Su enorme piso-estudio de la calle Palma, en el barrio de Malasaña, operó como central de operaciones de la Movida para alojar una especie de fiesta perpetua donde la gente entraba y salía a su aire, y entre tanta ida y venida ocurría de todo. “Era como una Factory a lo castizo”, sentencia Pedro, y hay poco que objetar a la comparación porque por aquel entonces la Factory de Andy Warhol era la medida de todas las cosas, el alfa y el omega de lo moderno. Y de eso iba el asunto en Casa Costus.

Por cierto, que la autoría del nombre de Costus es objeto de una disputa tan encarnizada como la de ‘La dama de armiño’. Muchos la atribuyen a Francisco Umbral, aunque el crítico musical Jesús Ordovás ha afirmado que fue él quien primero los llamó así. Julio Pérez Manzanares, autor de la biografía ‘Costus: You Are a Star’, señala en cambio a Fabio McNamara. “Costus” por costureras, porque Juanjo y Enrique trabajaban en sus cuadros sin descanso y con tanto mimo como las ‘petites mains’ sobre un modelo de alta costura. Julio añade otro dato interesante para comprender el fenómeno: “Fabio los llamaba las Costus, así, en femenino, pero ellos decidieron cambiarlo al masculino, porque a partir de cierto momento no se identificaban tanto con ese ‘las’”.

La Casa Costus puede apreciarse en todo su esplendor en ‘Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón’, primer largometraje de Almodóvar, y de hecho los artistas aparecen en una escena rodada allí junto a Carmen Maura, Alaska y el propio Fabio, mientras pintan algunos de los cuadros que –este dato interesará especialmente a los fetichistas– podrán verse en la exposición de Maisterravalbuena.

Ricardo Carrero, hermano de Juan, vivió un tiempo con la pareja, y hoy gestiona la página web dedicada a su memoria. Al habla por teléfono, evoca cuando, a finales de los setenta, Alaska fue de visita al chalé que su familia tenía en una urbanización de la costa gaditana: “Teníamos de vecinos a todos los terrys, los osbornes y los domecques. Pues allí vino Olvido, y nos fuimos con ella al mercadillo de los gitanos, y la que se armó porque ella llevaba unos leotardos no sé si de cebra o de pantera. Le dijeron de todo. Ellos eran los más modernos que había. ¡Y no sabes lo que era salir a ligar con Juan! Llegábamos a los sitios y todo era pase, pase, nos sacaban botellas de champán y nos rodeaban los chulos, que podías elegir al que quisieras. Siempre digo que los niños de hoy deberían estudiar la generación de la Movida como estudian la del 98 o la del 27”.

Poco después se fijó en ellos el galerista Fernando Vijande, que acababa de partir peras con su socia americana, Gloria Kirby, y estaba a punto de inaugurar en un garaje de la calle Núñez de Balboa su nueva galería, hecha a imagen y semejanza de lo último de Nueva York. Vijande estaba deseoso de extraerle todo el jugo a aquello que estaba pasando en Malasaña y alrededores sin mucho orden ni concierto y que era la primera manifestación genuina de modernidad en el país tras cuarenta años de dictadura. Buscaba su propia transvanguardia italiana y sus estrellas neopop neoyorquinas, y los encontró juntos y revueltos en aquella pareja gaditana llena de carisma.

Así que fue toda una declaración de intenciones que la primera exposición de Galería Vijande, inaugurada el 16 de octubre de 1981, se llamara ‘Chochonismo’ ilustrado y corriera a cargo del colectivo de artistas llamado Costus. Aquella fue una fiesta para recordar en la cosmogonía de la Movida, y también un inventario viviente de sus usos y costumbres. Todo el que fuera alguien –o que soñara con serlo– estaba allí. ¡Las paredes se llenaron de folklóricas, chulos y fauna del ‘¡Hola!’ en poses solemnes y colores ultrasaturados. Había muebles de la Casa Costus, y obras de Fabio y de Carlos Berlanga, y el catálogo oficial incluía un texto de Alaska, que, bajo el seudónimo de Angustias, se metía en la piel de una mujer que escribía una carta a un consultorio sentimental porque el hombre del que estaba enamorada no le hacía caso (Julio Pérez Manzanares me cuenta que no se trataba por completo de un ejercicio de ficción, ya que una Olvido Gara de 18 años vivía su particular calvario amoroso por culpa de Eduardo Benavente, líder del grupo Parálisis Permanente, que moriría dos años después).

Ese día supuso al mismo tiempo la cumbre de los Costus y el inicio de su cuesta abajo. Aunque en el catálogo se anunciaba una próxima exposición titulada ‘El Valle de los Caídos’, Vijande nunca volvería a exponer su obra. Y aún hoy no está claro por qué a Enrique y Juan les dio boleto su Mefistófeles del barrio de Salamanca. Pedro Maisterra lo atribuye a dinámicas normales entre artistas y galeristas (algo debe saber del tema tras casi dos décadas en la profesión): “Puede que se produjera un desencanto mutuo y que hubiera que tomar decisiones. De hecho Costus no son los únicos artistas que expusieron una sola vez con Vijande. Lo mismo le pasó a Juan Muñoz, con el que también tuvo su desencuentro”.

Pero algo más debió de pasar, porque a continuación los artistas se las arreglaron para pelearse con casi todos sus amigos, y la situación en Madrid se les volvió complicada. Julio Pérez me lo resume así: “Le entraron las típicas paranoias de artistas. Vijande se había quedado toda su obra, y tuvieron que ponerse a trabajar de cero y muy presionados. Además, empezaron a pensar que todo el mundo a su alrededor estaba allí por la jarana, y que no les dejaban pintar al ritmo que necesitaban. Y por último vieron que amigos suyos como Alaska o Almodóvar alcanzaban de repente mucho éxito mientras ellos iban más lentos. Un poco por todo, las cosas saltaron por los aires”.

Buscando nuevos aires precisamente se fueron a México, donde vivía Luis Sanguino, escultor del Valle de los Caídos –y tío de Juan–, muy bien relacionado en las altas esferas del país norteamericano. Pero esas altas esferas no debieron saber cómo manejarse con unas estrellas glam de acento gachupín, así que al cabo de unos meses regresaron a la casilla de salida.

En 1987, un lustro después de lo previsto, inauguraron al fin su anunciada El Valle de los Caídos, solo que no en la galería de Vijande, sino en la Casa de Vacas del Retiro. En esta serie, en la que habían estado trabajado durante todo aquel tiempo, pintaban a sus amigos (Fabio, Alaska, Bibiana Fernández/Bibi Andersen, o Lucía Dominguín junto a una Bimba niña) en un estilo expresionista que había entregado cierta fracción de frescura a cambio de una nueva solemnidad y un desconcertante mensaje político. Político a fuerza de militantemente apolítico. Este sincretismo ideológico lo encarnaba mejor que ninguna otra imagen un Tino Casal posando melena al viento ante la cruz del monumento franquista y portando una gran bandera roja: el cuadro se llamaba precisamente “Caudillo”. Y lo subrayaba el propio Enrique Costus en una intervención televisiva trufada de frases de antología: “Un día fuimos al Valle de los Caídos en un estado sobrenatural [risas], y los fachas tienen allí enterrado al dictador, el pobrecito”. O también: ”Nuestro pasado está ahí, que no lo borren”. Y por último: “Además, a nosotros [el franquismo] no nos afectó, porque éramos pequeños. Yo hijo de militar y él hijo de marino, pues qué voy a decir del franquismo yo”.

Y toca en este punto retomar el asunto de los Javis: agitar en la coctelera monjas y electro latino (‘La llamada’) o presentar el mundo de la telebasura desde una dinámica de atracción-repulsión (‘Veneno’) para deslizar la idea de que todas las opciones vitales son igualmente válidas no es nada demasiado nuevo. Más aún: podría defenderse que por su voluntad por agradar a un amplio espectro, su preocupación por ofrecer una imagen moderna e icónica y su papel de anfitriones de un microcosmos que aspira a ser percibido como la modernidad de su tiempo, los Costus fueron un claro precedente de los autores de ‘Paquita Salas’. La hipótesis no le suena mal a Pérez Manzanares: “Incluso hay una sensibilidad similar. Grace Kelly y Carmen Polo son para los Costus lo que Paquita para los Javis: iconos del pasado que rescatan pero al mismo tiempo contemplan con cierta condescendencia. De todos modos esto es muy paradigmático de algunas parejas artísticas gais. Pienso en Pierre et Gilles o Gilbert and George, que están dentro de la misma línea genealógica”.

El último año y medio de su vida fue especialmente complicado. Ricardo Carrero había alquilado con unos amigos un gran chalé en El Puerto de Santa María (lo que allí se conoce como “un recreo”), pero los amigos fallaron y en su lugar entraron Enrique y Juan, llevando consigo su ajuar de modelos, muebles y obras de arte. Ellos se instalaron en la planta baja y Ricardo en el primer piso.

Al poco tiempo, Enrique empezó a dar señales de que algo no funcionaba bien. “No sabíamos aún que tenía el VIH, pero se ponía malo cada dos por tres y discutía con todo el mundo”, recuerda Ricardo. “Estaba muy petardo, tanto que hasta yo me enfadé con él y me alquilé un piso”. Juan comenzó a acariciar la idea de separarse y se buscó una casa en Sitges. También salió varios meses de gira con Tino Casal –su función consistía en simular que tocaba los teclados y agitar su melena dorada mientras sonaba la música pregrabada–, dejando a Enrique solo y aislado en El Puerto. Un día se puso tan mal que hubo que ingresarlo en Cádiz, donde le hicieron pruebas, y entonces llegó el diagnóstico médico.

“A partir de aquello Juan se volcó en Enrique, y se fueron los dos a vivir a Sitges”, prosigue Ricardo. “Pero el dueño de la casa se había enterado de la enfermedad por la prensa y había cambiado la cerradura. Se fueron a un juzgado y les dijeron que tenían todo el derecho a entrar, así que llamaron a un cerrajero y allí se quedaron”. Enrique Naya fallecería por causas derivadas del VIH en la primavera de 1989. Un mes más tarde, Juan Carrero se quitaba la vida. “Él era portador sin desarrollar la enfermedad. Pero al ver el deterioro que había sufrido Enrique debió de decirse, yo de pasar también por esto ‘ni mihita’”.

Ricardo no ha olvidado el día en que conoció a Enrique, por 1974. Juan se lo había presentado como un amigo. “Le pregunté, Juan, ¿tú tienes algo con Enrique? Me dijo que sí. Y yo le dije, pues yo también soy gay. Parece increíble: éramos hermanos, vivíamos juntos, dormíamos en el mismo cuarto, pero no lo habíamos hablado nunca porque en aquellos tiempos de eso no se hablaba. Fue un día mágico, porque desde entonces no solo fuimos hermanos. Éramos amigos”.

jueves, 2 de julio de 2020

#hemeroteca #trans #testimonios | Christine Jorgensen: la pionera en reasignación de sexo fue un soldado de la Segunda Guerra Mundial

Imagen: El País / Christine Jorgensen

Christine Jorgensen: la pionera en reasignación de sexo fue un soldado de la Segunda Guerra Mundial.

El documental de Netflix ‘Disclosure: ser trans en Hollywood’, recupera la figura de Christine Jorgensen, la primera celebridad trans de la historia que tuvo un papel esencial para la visibilización mediática del colectivo.
Carlos Megía | SModa, El País, 2020-07-02
https://smoda.elpais.com/moda/actualidad/christine-jorgensen-primera-mujer-trans-documental-netflix-disclosure/ 

“Nunca entendí por qué recibí tanta atención”. En 1986, convertida ya por entonces en un mito indeleble de la cultura del siglo XX y enfrascada en la lucha contra el cáncer, Christine Jorgensen seguía restando importancia a lo conseguido. Ella, defendía, solo era “alguien que había hecho lo que le había dado la gana” en un tiempo –principios de la década de los 50–, en el que nadie aspiraba siquiera a atreverse a pensar en sus anhelos. La neoyorquina se convirtió en la primera persona en someterse con éxito a una cirugía de reasignación de sexo y a una terapia hormonal, pero, sobre todo, se erigió en la imagen mediática por excelencia del colectivo trans para varias generaciones. Hoy, el documental de Netflix ‘Disclosure: ser trans en Hollywood’, rescata del olvido su increíble historia.

“Jorgensen ha sido, desde siempre, un icono de nuestra historia y una gran referente para el colectivo trans”, explica a ‘S Moda’ Marcos Ventura, Coordinadora del Grupo de Políticas Trans de la FELGTB (Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Trans y Bisexuales). Ventura no solo reseña la importancia del éxito de su reasignación de género, que supuso un hito esperanzador para muchas personas, sino su visibilidad mediática, esencial para colectivos oprimidos y minoritarios. “No es lo mismo salir del armario como mujer trans cuando tu familia no tiene ni idea de qué significa eso, o la única idea que tiene de ello es la de personas que viven en la prostitución y la marginalidad, que hacerlo cuando tu familia puede vincular tu realidad con la de esa actriz tan famosa que sale en los medios de comunicación”, manifiesta.

Nacido en 1926, los adjetivos que Christine dedicaría a George Jorgensen, el hijo de un carpintero que creció en el seno de una familia de origen danés en el Bronx, fueron los de “introvertido, frágil y triste”. “Él nunca se identificó como un joven homosexual, sino como una mujer atrapada en el cuerpo de un hombre”, confesó a la ‘BBC’ el cineasta Teit Ritzau, autor de un documental sobre ella. Tras conseguir el graduado escolar se alistó en el ejército, sirviendo durante 14 meses en los estertores de la Segunda Guerra Mundial. Poco después, aquel soldado leería un artículo sobre los avances en terapia hormonal para reasignación de género por un doctor danés llamado Christian Hamburguer. Gracias a sus conexiones familiares con el país, viajó hasta Copenhague en 1950 sin que nadie supiera que su intención era regresar a Estados Unidos como una mujer. La transición comenzó con un año de terapia hormonal y continuó con una orquiectomía y una penectomía, que el Ministro de Justicia danés aprobó expresamente para su caso.

A su vuelta, el 1 de diciembre de 1952, se convirtió en toda una celebridad. “Exsoldado se transforma en belleza rubia”, sostenía en portada el ‘New York Daily News’, enfrentando el retrato del joven George con la Christine de 27 años y labios pintados de rojo. Su mediático aterrizaje en el aeropuerto fue visto tanto como un triunfo de la medicina moderna (en Estados Unidos se sometió a una vaginoplastia), como un episodio ‘freak’ por parte de la prensa más sensacionalista. En aquella época, incluso decir la palabra homosexual estaba prohibido en televisión y las cadenas vetaron su presencia. “Estaban aterrorizados de mí. Llegué a la conclusión de que pensaban que iba a quitarme la ropa y correr desnuda hacia la cámara”, declaró en el programa de Gary Collins.

‘Disclosure: ser trans en Hollywood’ es un documental producido por la actriz Laverne Cox (‘Orange is the new black’) en el que decenas de voces de la comunidad trans analizan la (infra)representación y el impacto del colectivo en la industria cinematográfica y televisiva desde los inicios de la meca del cine. La obra arroja luz sobre el larguísimo historial de representaciones ofensivas, burlonas, ignorantes e incluso peligrosas, que han dado vida y forma a los prejuicios que la sociedad exhibe hoy en día, teniendo en cuenta que hasta un 80% de los estadounidenses afirman no conocer personalmente a ninguna persona trans. “Este documental tiene una importancia enorme para mejorar nuestras vidas”, defiende Ventura, convencida de que recuperar la historia y los referentes del colectivo en un medio de masas como Netflix es clave para “acabar con los prejuicios que sustentan nuestra discriminación”.

“No fue la primera persona trans, ni la primera en recurrir a hormonas o cirugías, pero sí fue la primera en ser mundialmente famosa por ello. Fue la imagen de la gente transgénero para toda una generación”, explica en ‘Disclosure’ la historiadora Susan Stryker, que alaba que Jorgensen fijara las pautas de la conversación sobre la identidad trans. Ya en la televisión de los 80 pedía clínicas de orientación para transexuales y rechazaba que la cirugía fuera el centro del debate de una condición que va mucho más allá de la mera operación. “La cirugía es el anticlímax, se hace después de todo lo demás”, aducía. Stryker recuerda también cómo algunas de las reacciones más transfóbicas proceden precisamente del colectivo gay y tenían a Jorgensen como objetivo de serias amenazas. Una, en concreto, la instaba a “acabar el trabajo que empezó el médico” en una carta de un hombre que se identificaba como gay y que incluía una cuchilla.

Jorgensen trabajó como cabaretera y anfitriona en clubs de fiestas y, aunque estuvo prometida, no consiguió obtener la licencia matrimonial al ser calificada como “varón” en su certificado de nacimiento. Su mayor logro no fue el éxito de su transición, sino su constante trabajo activista para concienciar a la sociedad de la época sobre qué significa ser trans. Ofreció innumerables entrevistas, escribió varios libros y dio conferencias en universidades, sosteniendo que había hablado con más de 200.000 estudiantes a lo largo del tiempo.

“La aceptación es increíble en los campus universitarios, pero tengo que admitir que lo que hice solo lo hice por mí. No tenía ni idea de que iba a afectar al resto del mundo”, sostuvo en una entrevista televisiva en 1981. Para Ventura, que tanto jóvenes como adultos conozcan la realidad de las personas trans es el paso previo a una igualdad real que sigue sin materializarse. “Llegará cuando dejemos de ser para la mayoría social un ente abstracto y empecemos a ser seres de carne y hueso, personas con sentimientos y preocupaciones que tienen tanto derecho a la felicidad como las demás. Las charlas en primera persona son uno de los instrumentos más potentes que tenemos”.

Jorgensen murió en 1989 a los 62 años, después de una larga batalla contra los cánceres de vejiga y pulmón y es recordada como una de las pioneras y heroínas de la comunidad LGTB. Aunque se han producido avances indiscutibles en los últimos años, lo cierto es que la igualdad real sigue siendo una quimera. “En España, sin ir más lejos, las personas trans aún necesitamos ser acreditadas por profesionales sanitarios como enfermas mentales para poder acceder a los pocos derechos que tenemos”, corrobora la coordinadora, que concluye arrojando luz sobre la cruda realidad del colectivo: “Aún seguimos teniendo altísimas tasas de paro y exclusión social, aún nos siguen echando de casa por ser trans, y aún seguimos teniendo unos datos de suicidio intolerablemente elevados, reflejo de las consecuencias que tiene la transfobia en nuestro bienestar y salud mental. Y, todavía peor, sigue habiendo gente que se cree con derecho a discutir sobre nuestra realidad, sobre si existimos de verdad o no, sobre si merecemos dignidad y respeto”.

jueves, 9 de abril de 2020

#hemeroteca #gais #arte | Keith Haring contra la insumisión

Imagen: El País / Untitled (1982), de Keith Haring, en el MoMA de Nueva York
Keith Haring contra la insumisión.
Los museos han cerrado sus puertas, pero la contemplación del arte sigue abierta. Cada día, recordamos la historia de una obra que visitamos a distancia. Hoy: 'Untitled (1982)'.
Peio H. Riaño | El País, 2020-04-09
https://elpais.com/cultura/2020/04/09/babelia/1586441125_777125.html

Imaginar un lenguaje significa imaginar una forma de vida. Lo hizo Keith Haring en Nueva York, en los ochenta. Una década, hasta su muerte en 1990, en la que actuó sin pausa, en cualquier lugar y a la vista de todos. Tres virtudes que el arte sublime contempla como perversiones de la creación auténtica, que se hace sin prisa, en un lienzo y en secreto. Los mandamientos dictan que sin óleo no hay gloria ni posteridad. Haring vivió el arte con la urgencia de lo que va a desaparecer. Tan frágil como un ‘graffiti’ en la pared, tan fuerte como una rebelión. A Roy Lichtenstein le pareció que Haring tenía un enorme talento para componer sobre la marcha escritos que improvisaba y no corregía. “Supongo que Keith miró nuestro arte pop, nuestras figuras de dibujos animados y se dio cuenta de que podrían ser arte”, dijo uno de los padres del pop, cuyos orígenes se remontan al expresionismo abstracto. Haring, no: era el relevo pop neto, había mamado el ‘graffiti’ y la televisión como forma de expresión irremediable y natural, aunque nunca llegara a ser un escritor de grafito. No era un rebotado de la intelectualidad, ni un decepcionado con la angustia existencial. Era pura vida sin destilar procedente de Reading (Pensilvania), donde casi un cuarto de la población vive por debajo del umbral de pobreza.

“Keith era un ‘showman’”, remató con ternura Lichtenstein, que vio en el joven la culminación de su proyecto de fama en Nueva York. En parte tenía razón: la gente lo veía trabajar con sus tizas sobre los carteles del metro y Tseng Kwong Chi lo seguía y lo fotografiaba mientras ejecutaba los dibujos. Era una ‘performance’, era algo más que fama. Como escribía recientemente Álex Vicente en estas páginas, Haring adoptó “los códigos gráficos del mundo capitalista para inocular en él ideas susceptibles de destruir su dogma blanco y heterosexual. Cada dólar gastado en los productos derivados que reutilizan los motivos de sus obras supone una victoria para su causa”. El lenguaje imaginado por Haring fue la expresión desobediente de un diccionario contra la docilidad. Y uno de sus mejores ejemplos está en las paredes del baño The Center: Lesbian, Gay, Bisexual & Transgender Community Center, en Manhattan, donde en 1989 pintó un mural para celebrar el vigésimo aniversario de los disturbios de Stonewall, considerado el comienzo del movimiento de Liberación Gay y Derechos LGBT. El MoMA de Nueva York conserva un enorme mural de papel, de 1982, dividido en dos partes y con una extensión que supera los 17 metros de longitud.

Jeffrey Deitch, galerista, escribió en 1982 que “Haring nunca ha tenido que esperar a que alguien se le ofrezca para organizar una exposición. Su arte emerge directamente cuando está listo e invade las calles”. Tenía el metro. Haring encuentra en los vagones la edad dorada del ‘graffiti’ y “una increíble sensibilidad pop de dibujo animado”, que provenía de chavales que crecieron viendo dibujos animados y con “un concepto del color aprendido en la televisión”. Haring también incumplía todos los mandatos del ‘graffiti’ cuando sacaba sus tizas y actuaba sobre la publicidad de las paradas sin esconderse. Con una tiza dibujó una nueva forma de vida, era el arma perfecta de la insumisión.

sábado, 16 de noviembre de 2019

#hemeroteca #antimilitarismo #memoria | 30 años de insumisión, el movimiento que llenó calles y cárceles de desobediencia civil

Imagen: Cuarto Poder / Manifestación por la Insumisión en Albacete
30 años de insumisión, el movimiento que llenó calles y cárceles de desobediencia civil.
El 16 de noviembre de 1989 se celebraron los primeros juicios militares contra insumisos en nuestro país contra Josep María Moragriega y Carlos Hinojosa. “El rechazo a la mili era compartido por la mayoría de la sociedad, era muy transversal”, afirma Nacho Murgui, juzgado por insumisión en 1996. “Nuestra lucha sigue siendo un referente para los movimientos sociales”, señala José Manuel López, antimilitarista e insumiso a principios de los años 90.
Miguel Muñoz | Cuarto Poder, 2019-11-16
https://www.cuartopoder.es/espana/2019/11/16/30-anos-de-insumision-el-movimiento-que-lleno-calles-y-carceles-de-desobediencia-civil/

Año 1989. Mes de noviembre. El PSOE de Felipe González gobierna con una mayoría absoluta obtenida, en esta ocasión, por la mínima. En las calles aún resonaban los ecos de la huelga general celebrada un año antes. Y de las movilizaciones anti OTAN surgidas años antes del referéndum de permanencia celebrado en 1986. 1989 sería un año clave para entender un movimiento político histórico en nuestro país: la insumisión. El rechazo a formar parte del ejército, al servicio militar obligatorio. A “la mili”. Tal día como hoy, 16 de noviembre, se celebraron hace tres décadas los primeros juicios militares contra insumisos en nuestro país.

Josep María Moragriega y Carlos Hinojosa fueron los nombres propios de aquel día. Ambos formaron parte de los 57 primeros insumisos declarados. Se presentaron, coordinadamente, el 20 de febrero del citado año 89, ante diferentes gobiernos militares. Solo 11 fueron detenidos. Moragriega fue uno de ellos. Pasó quince días en prisión preventiva. Y posteriormente fue citado, junto a Hinojosa, a juicio militar para el mes de noviembre.

“Organizamos una movilización estudiantil muy potente, hubo huelga ese día. Culminó con una macromanifestación a las puertas del gobierno militar donde se realizaba el juicio en Barcelona”, recuerda el propio Moragriega en conversación con cuartopoder. El juicio se celebró un año después de la primera presentación. La condena fue de 13 meses de prisión. “Intentaron hacer una condena suave para intentar desmovilizar a los futuribles insumisos. Eso no fue así porque en la segunda presentación se incrementó el número de manifestantes”, señala Moragriega.

Aunque el primer objetor de conciencia por razones no sólo religiosas fue Pepe Beunza, que se declaró insumiso en 1971 y estuvo preso hasta 1974, el año 1989 marca un antes y un después. Se había anunciado la próxima puesta en marcha de la Prestación Social Sustitutoria (PSS) por parte del Gobierno. Es decir, realizar un servicio social en sustitución de la mili. Además, se comenzaron a denegar las declaraciones colectivas de objeción de conciencia que habían sido aceptadas en años anteriores. Los colectivos antimilitaristas, entre los que destacan el Movimiento de Objeción de Conciencia (MOC) o el Mili KK, intensificaron sus acciones.

“Usaban la represión selectiva de baja intensidad, con el objetivo de intentar frenar la ola que se les venía encima. Fue una ola que creció exponencialmente. No tuvo fin ni siquiera cuando sacaron la ley civil para regular la PSS”, reflexiona. La variedad de movimientos también produjo diferentes estrategias que variaban entre hacer visible la causa entrando voluntariamente a la cárcel o la “insumisión total”, que incluía no presentarse a los juicios.

La sentencia de Moragriega tardó en llegar tras varias vistas. No ingresó en prisión hasta el año 1991. “Del juicio militar salí por la puerta, la sentencia salió 48 horas después”, recuerda. Entonces pasó a situación de clandestinidad para no ser detenido. La idea era entregarse cuando más le interesara al movimiento, para que causara mayor impacto. Ese momento llegó el 15 de Mayo, Día Internacional de la Objeción de conciencia.

Moragriega fue detenido. Se presentó solo porque Hinojosa seguía la línea de la “insumisión total”. “Fui al gobierno militar, dije que ahí estaba y que procedieran a hacer lo que tuvieran que hacer. Me trasladaron a Cartagena después de un viaje larguísimo, incomunicado. Me aplicaron ley antiterrorista, estuve desaparecido más de 72 horas, todas de conducción. Pisé cuatro prisiones: Modelo y Trinidad en Barcelona. Modelo de Valencia, Sangonera (Murcia) y finalmente Cartagena, en el Penal Naval de Santa Lucía”, relata. Pasó allí unos 11 meses.

Dentro de prisión, la lucha seguía. Entre otras cuestiones, aportaba textos que eran leídos en actos del movimiento insumiso. “Había que mantener alta la moral antirepresiva. Yo desde la cárcel poca cosa más podía hacer, confiar en todos mis compañeros y esperar mi día”, apunta. Moragriega “celebró” su 25 cumpleaños en prisión y allí acabó su carrera universitaria. Luego empezó a trabajar como profesor.

Con los años se vinculó mucho a la situación creada por la Guerra de los Balcanes. “La insumisión continuaba activa pero ya dejé paso a nuevos insumisos. A nivel de organización me retiré y pasé a fundar y trabajar en Maestros por Bosnia”, señala. En febrero de este año, aprovechando el aniversario de aquella primera presentación ante los gobiernos militares, la prisión de la Modelo en Barcelona, convertida ahora en un centro de memoria, organizó un acto de recuerdo y homenaje de aquellos pioneros.

Coordinación y multiplicación de casos

El número de personas insumisas creció exponencialmente con el paso de los años. Los juicios pasaron a ser de carácter civil por la entrada en vigor de la PSS. Las historias son innumerables. Otros hitos a tener en cuenta tuvo lugar en 1991 en Albacete. Allí tuvo lugar el primer juicio contra insumisos a la PSS. Los juicios siguieron mientras la administración ejecutaba esa “represión selectiva” o “de baja intensidad”. Entre otras cosas esto derivaba en diversidad de condenas dependiendo del juez en cuestión e incluso absoluciones.

El periodista Joan Canela es autor del libro ‘Insubmissió. Quan joves dearmats van derrotar a un exércit’ (Sembra Libres, 2019). También fue activista, en su caso del Mili KK. “El movimiento fue muy potente pero más tarde, no en sus primeros años”, señala a este medio. Canela destaca que la estrategia a seguir era dura, había que asumir que se iba a la cárcel y no se sabían bien las consecuencias de las acciones. “Al principio hubo muchas dudas y debates, si seguir una estrategia u otra, si había posibilidades, etc.”. El periodista recuerda además la actuación del PSOE amnistiando a todos los objetores acumulados en espera de aprobar la nueva ley. “Se hizo para quitarse un grueso de activismo de en medio”, afirma.

“El movimiento antimilitarista fue muy capilar. En número y cantidad, Catalunya y País Vasco fueron los puntos fuertes, pero hubo insumisos en todos sitios. En sitios con escasa presencia de movimientos sociales alternativos, había insumisos. Fue muy generacional y transversal”, describe este periodista. Además, destaca la coordinación estatal que había entre diferentes partes del Estado. El MOC y el Mili KK eran coordinadoras estatales, asamblearias. Tenían núcleos locales, intercomarcales y una coordinación estatal que cada dos meses iba a Madrid a reunirse durante el fin de semana.

“Era un nivel de militancia muy intenso, la gente estaba muy comprometida”, señala. La actividad era incesante, y en época pre-redes sociales. “Era muy espectacular, detenían a dos insumisos en Sevilla y desde allí llamaban por teléfono, local por local, a todo el Estado. A la mañana siguiente ya había concentración en Valencia, Madrid, etc. Había cierta cohesión de colectivo. Eso ayudó mucho a mantener la lucha contra la represión”, argumenta Canela.

Esa coordinación estatal la vivieron personas como Carlos Herrero Canencia. En 1988 descubrió el movimiento insumiso mientras estudiaba Filología en la Universidad Complutense. Además, participó en unas pioneras jornadas antimilitaristas en Zaragoza ese mismo año. “Me daba al principio mucho miedo, era algo ilegal, podías entrar en la cárcel”, reconoce. Su condición de homosexual, además, fue relevante para su lucha. “Tenía claro que el ejército era un sitio completamente homófobo. En el juicio, una de las razones que alegué era el hecho de ser gay y estar en contra del ejército por su homofobia”, afirma. En marzo de 1990 se presentó como insumiso y tuvo el juicio cuatro años más tarde.

Herrero pertenecía a la Coordinadora Antimilitarista. “Fueron años de muchísimo activismo, dando charlas, montando manifestaciones, acompañamiento a los presos, etc. En Madrid se hizo un trabajo antirrepresivo muy importante”, comenta. Recuerda una acción concreta en la prisión militar de Alcalá de Henares, donde el director de la prisión provocó agresiones entre algunos soldados presos y los insumisos. A él le tocó visitar a los presos el día de los hechos. “Llegué a casa, llame a toda la gente, se organizó mucho follón, una manifestación, etc. Aparte de que fue algo muy bonito y surgió un efecto grande. Contamos con el apoyo de varios diputados y el director de la prisión se acojonó”, señala.

Aquello fue en 1998. Pero antes, Herrero pasó por su proceso judicial. Juicio. “Fue, por un lado, muy tenso y por otro muy emocionante porque se montó un acto de solidaridad brutal. En el momento del discurso final vi que había entrando gente y la sala estaba hasta arriba”, apunta. Su condena fue de un año de cárcel por lo que te podían hacer firmar la libertad condicional y no entrar. “Me pasaba que no sabía qué hacer. Si firmaba me quitaba de problemas. Fue muy duro pero no lo firmé. Me volvieron a llamar pidiendo que firmara un papel diciendo que no había firmado el otro papel. Yo dije que no iba a firmar ya nada. Los meses que mayor tensión tuve fueron ahí cuando tenía la orden de búsqueda y captura. Me podían detener en cualquier momento”, recuerda.

La estrategia pasaba por elegir alguna acción concreta llamativa para provocar la detención y darle un sentido político. Pero había mandos policiales y políticos que preferían no dar más publicidad al movimiento y no los detenían. Finalmente, Herrero se presentó a entregarse junto con tres compañeros más. “Convocamos a la prensa y una concentración y fuimos. Fue muy emocionante, tener a toda la gente coreándote y gritando consignas mientras entras en prisión”. Cumplió su condena en Carabanchel, luego en Yeserías y finalmente en Valdemoro en régimen abierto. Desde entonces ha seguido vinculado a movimientos sociales y ha impulsado un colectivo en Madrid de Docentes LGBTi.

Referente de los movimientos sociales actuales
“Nuestra lucha sigue siendo un referente para los movimientos sociales”. Habla con José Manuel López, activista antimilitarista que formó parte del MOC desde el año 1987. Él estuvo presente, acompañando, aquel 20 de febrero, en Madrid en la primera presentación de insumisos pese a que todavía no lo era.

También pasó por la cárcel. “Hubo jueces que pensaban que no deberíamos ir a la cárcel y se inventaban eximentes. Es lo que pasó en mi caso, me condenaron a 6 meses”. Un tiempo que repartió entre las cárceles de Carabanchel y Valdemoro. “La PSS no tenía ninguna intención social, era simplemente un castigo. Durante los años que duró era una chapuza. Muchas organizaciones sociales se negaron a colaborar con el Estado. Como Cáritas, por ejemplo”, apunta.

Recuerda este activista aquellos años al movimiento “bastante coordinado y con muchos colectivos”. Y señala su vigencia. En su caso, el MOC pasó a llamarse Alternativa Antimilitarista. “A día de hoy se nos sigue llamando en muchos movimientos para pedirnos talleres sobre acción directa no violenta, desobediencia civil, campañas, etc. Desde el 15M hasta los movimientos por la crisis climática”.

Y es que los insumisos fueron en cierto modo pioneros en acciones llamativas. “Lo de colgarse de una pancarta en un puente, encadenarse en juzgados, ocupar cuarteles, etc. Fueron los primeros en actuar de esa forma. Supieron usar los medios de forma muy inteligente”, apunta por su parte el periodista Canela.

“El hecho de la desobediencia civil tiene una capacidad de impacto enorme. Se pusieron en juego todo un repertorio de acciones que de alguna manera fueron novedad y lograron que el movimiento tuviera mucha visibilidad: acciones en los cuarteles con las entregas de insumisos, encadenamientos en el gobierno militar, en el cuartel general del ejército, etc. Con no mucha gente lograbas un impacto enorme”. Quien habla es Nacho Murgui, insumiso en los años 90 y actual concejal de Más Madrid en el Ayuntamiento.

El movimiento, como decía López, sigue vigente. Su “horizonte utópico” es la desmilitarización de la sociedad. Por ello han desarrollado varias campañas. Una, contra el gasto militar. Más antigua aún que la insumisión que es la objeción fiscal a los gastos militares. Se lleva haciendo desde principios de los años 80. “En el 15M tuvo un importante impulso”, apunta López. También se realizan campañas contra fabricación y venta de armamentos, que incluye, por ejemplo, denunciar las ferias de armas que se celebraban en Ifema. La militarización de las fronteras, en colaboración con otros colectivos como Caravana Abriendo Fronteras, es otro de los temas que siguen.

Amplio apoyo social
“En el tiempo que estuve en busca y captura a mí me avisaban todo el rato los vecinos. El frutero de la esquina, que no era un hombre de izquierdas precisamente, estaba pendiente y cada vez que veía alguna cosa extraña de que fueran a por mí, me avisaba. Lo viví con mucho apoyo, se generó una comunidad potente”. Son los recuerdos de Murgui, que fue juzgado en 1996 tras estar más de un año en busca y captura. En su caso, optó por no asistir a la citación judicial y formaba parte de un pequeño colectivo autónomo madrileño.

Una de las acciones que realizaban era mandar cartas a los juzgados, una vez citados a declarar, exponiendo sus razones políticas para no asistir. "No reconozco a ningún tribunal la capacidad de juzgar las conciencias y mucho menos a un movimiento social ampliamente reconocido por la población”, destaca uno de los alegatos de Murgui en su momento.

“El rechazo a la mili era compartido por la mayoría de la sociedad, era muy transversal”, destaca el actual concejal. La gran cantidad de personas que se fueron declarando insumisas suponía un problema incluso práctico a la hora de que el Gobierno aplicará la ley. “Era una ley inaplicable por la extensión del movimiento de desobediencia civil”, comenta.

Por su parte, el periodista Canela comparte que la insumisión generaba muchas simpatías sociales. Y además pone de relevancia que, visto desde la perspectiva actual, al movimiento insumiso lo trataban muy bien en los medios de comunicación. “En el momento, el movimiento no se sentía demasiado apoyado. Pero si lo comparas con cómo se tratan ahora los movimientos similares, es impresionante. Destacaban al movimiento antimilitarista como un actor político, no como una tribu urbana. Después sacaban las barbaridades del ministro o artículos criminalizando. Pero también salía la otra parte. No fue un apoyo pero sí una cobertura seria”. Un ejemplo: el diario El País publicó un artículo de Moragriega e Hinojosa el día que fueron juzgados.

Otro aspecto curioso fue la cierta presencia del cristianismo de base. “El MOC, en sus orígenes, tiene cierta conexión con el cristianismo de base”, destaca el periodista. Conviene recordar que el mencionado Pepe Beunza venía de ahí. Esas conexiones se van diluyendo a partir de los 80 y 90 pero agrupaciones con peso en la base, como Justicia y Pau, representada por Arcadi Oliveres, tuvieron su importancia. No obstante, aunque desde la jerarquía católica tuvieron su reflexión interna, se hizo una pastoral criticando a los insumisos. “La Iglesia en sí no apoyó nunca la insumisión”, apunta Canela.

Un movimiento que logró vencer
La mili acabó porque el gobierno de José María Aznar lo pactó con la CIU de Jordi Pujol en el famoso pacto del Majestic, en 1996. Se hizo efectiva en 2001. “En una década acabar con la mili está bastante bien. Teniendo en cuenta que veníamos de una dictadura militar, que el ejército en este país era una institución sagrada, el éxito es bastante grande, nosotros así lo vivimos. Supuso un impulso importante y 30 años después seguimos luchando”, señala López.

“El movimiento murió de éxito. Al principio todos los insumisos formaban parte de un colectivo, estaban coordinados, tenían abogados del movimiento. Pero llega un momento en que se desborda, empiezan a salir montones de insumisos, no se pueden juzgar a todos. Se creó como un manual para hacer campañas, se replican de formas autónomas, se desbordó el movimiento”, destaca, por su parte Canela. El periodista considera que el movimiento no tuvo la fuerza necesaria para vender políticamente su victoria. “Creo que estaba un poco decaído pero también hay que entender que del 89 al 92 o 93 fue la dinámica de activismo frenético. Desgastó a muchos activistas. En el 95 o 96 había mucha gente en segunda línea porque no podía más”, añade.

“Fue una victoria enorme. El movimiento partía de un discurso de mayor alcance, logró acumular mucha fuerza contra la mili pero cuando esa cuestión se acaba, el movimiento antimilitarista queda mucho más aislado de la sociedad”, apunta Murgui. Considera, además, que “cuando los movimientos sociales logran algunos de sus objetivos muchas veces languidecen”. Murgui reconoce que no recuerda que por ejemplo hubiera actos celebrativos. “En estos ámbitos siempre tenemos un carácter muy crítico y cuesta reconocer las victorias. Pasa en los movimientos sociales y en la izquierda. Pero el acabar con una institución como la mili, tan arraigada en un país como éste, tiene un mérito tremendo, fue una transformación de un alcance tremendo. No se ha reconocido, ni siquiera por quienes formamos parte de él, el papel que tuvo el movimiento”, concluye.

viernes, 15 de noviembre de 2019

#hemeroteca #vih #testimonios | Francesc y Mar, infectados por VIH: "En los 90, aprendíamos a morirnos juntos"

Imagen: El Periódico / Francesc Solà y Mar Linares
Francesc y Mar, infectados por VIH: "En los 90, aprendíamos a morirnos juntos".
Dos activistas explican su lucha contra la enfermedad en una época en que reinaban el desconocimiento y el miedo.
Beatriz Pérez | El Periódico, 2019-11-15
https://www.elperiodico.com/es/barcelona/20191115/mar-francesc-vih-sida-barcelona-7737271

Mar Linares tenía 27 años cuando en 1989 fue diagnosticada con VIH. Francesc Solà contaba con 32 cuando descubrió que estaba infectado de lo mismo en 1991. Ninguno de los dos pensó que llegarían vivos a los 60 años. "Entonces tener VIH/sida era una sentencia de muerte. Yo era consumidora de drogas y me contagié por vía intravenosa. Me dieron tres meses de vida", relata Mar. El Centre LGTBI de Barcelona acoge una exposición sobre la lucha contra el VIH/sida llevada a cabo por las asociaciones en las décadas de los 80 y 90. La historia de personas como Francesc y Mar.

"Al principio entras en una fase de desesperación. Piensas: 'Esto no me está pasando a mí'. Un día vi un cartel de Gais Positius, me acerqué y así entré en el mundo del activismo", dice Francesc, quien actualmente es el vicepresidente de esta entidad. "Daba apoyo emocional a las familias con personas infectadas por VIH. Mientras tanto, yo no sabía si me iba a morir o no", prosigue.

Tanto Mar como Francesc recuerdan cómo las primeras medicaciones les hacían sentir aún peor. "Te alargaban la vida unos meses y ya". Mar entró a formar parte de Actúa, una asociación de personas con VIH. "Entré en un grupo de mujeres. Aprendíamos a morirnos juntas. Cada semana, desaparecía una de nosotras", relata.

Por su parte Francesc recuerda una anécdota de la época. "Conocí a una madre que había perdido a dos hijas por culpa del sida. Solo quedaban ella y otro hijo. Ambos acabaron sucidándose. Sí, la gente se suicidaba", destaca. "Y había quienes se suicidaban porque no se reconocían en el espejo", añade Mar. En Actúa, cuentan, había "varios funerales cada semana". "Por eso trabajábamos mucho el duelo", dice Francesc.

Hombres heteros
No obstante, Francesc asegura que quienes peor llevaban la infección por VIH eran los hombres heterosexuales. "Para los medios de comunicación, esta era una enfermedad de gais y drogadictos. Los heteros creían que esto no iba con ellos... ¡Y tanto que iba!", dice.

La aparición en 1998 del fármaco que convirtió en crónica la enfermedad supuso un "atisbo de esperanza" para el colectivo. Pero tenía sus efectos secundarios. "Yo estuve un mes en cama", relata Francesc. "La recompensa de la subida de las defensas te la dejabas en esos efectos secundarios. Teníamos cara de 'sidosos' -entonces se decía así-. Era un tipo de delgadez muy concreto", apunta Mar.

En cuanto a cómo se solían tomar las familias el tener a alguien infectado por VIH, ambos explican que "había de todo". Algunas apoyaban a sus hijos, en otras se producía un silencio "que se te caía encima", en palabras de Mar. "En mi caso, todos dieron por hecho que iba a durar poco".

Supervivientes
Francesc y Mar forman parte del grupo SuperVIHvents, formado por personas que lograron sobrevivir al sida. "Ahora lo que pedimos es que, dado que estamos envejeciendo, se abran nuevas líneas de investigación. Los estudios demuestran que nuestra edad biológica es 10 años mayor que la de la población normal por el estrés oxidativo", dice Mar.

También piden más apoyo socioeconómico. "Mucha gente que tiene VIH no ha podido trabajar ni cotizar, hay mucha pobreza en este colectivo", asegura Francesc. Reclama más recursos habitacionales. "Y las mujeres con VIH seguimos sintiéndonos muy sobremedicadas, porque los estándares de medicación están hechos en función de los hombres. Es verdad que hay estudios, pero sobre todo se están haciendo en mujeres africanas", señala Mar.

Mar lamenta, además, que el VIH no esté reconocido como una "enfermedad incapacitante". Ella trabaja en la misma empresa desde el 2001 y, en los últimos años, ha ido encadenando "bajas y vacaciones", debido a su "deterioro cognitivo". "La burocracia es así. Como mi carga viral es indetectable...", se queja.

Por último Francesc destaca que las personas con VIH, dado su supervivencia, han pasado a ser "cuidadoras" de sus padres y madres. "Son situaciones nuevas que no sabíamos que podríamos afrontar. Llevamos toda la vida en la trinchera", finaliza.

jueves, 14 de noviembre de 2019

#hemeroteca #musica | Nacho Canut: “Absolutamente todos los estilos musicales tienen algo aprovechable”

Imagen: El País / Nacho Canut, visto por Setanta
Nacho Canut: “Absolutamente todos los estilos musicales tienen algo aprovechable”.
Fangoria publica ‘Extrapolaciones y dos respuestas’, segunda parte de su disco de versiones para conmemorar su 30º aniversario.
Babelia | El País, 2019-11-14
https://elpais.com/cultura/2019/11/08/babelia/1573218941_459751.html

Junto a la incombustible Alaska, Nacho Canut (Valencia, 62 años) forma parte de la escena de baile más recomendable desde hace 30 años. Para conmemorar el aniversario, Fangoria ha publicado este año dos discos con versiones de canciones que los han marcado. 'Extrapolaciones y dos preguntas 1989-2000' salió en febrero. Ayer se lanzó ‘Extrapolaciones y dos respuestas 2001-2009’.

¿Qué le hizo querer ser músico?
En realidad fue una coincidencia entre conocer a las personas adecuadas en el momento adecuado y el no tener ninguna ambición profesional clara.

¿De no ser músico, qué le hubiera gustado ser?
No me imagino siendo otra cosa que lo que soy, que no creo que sea exactamente “músico”.

¿La última canción que le ha impresionado?
‘Midnight Hour’, de Skrillex, ­Boys Noize & Ty Dolla Sign.

¿Qué canción de sus dos discos de versiones le hubiera gustado componer?
‘Supervaga’, de Chico y Chica.

Defina en una palabra a Hidrogenesse, La Casa Azul, Astrud, Family, Los Planetas y Dorian.
Hidrogenesse: genialidad. La Casa Azul: perfección. Astrud: admiración. Family: únicos. Los Planetas: impresionantes. Dorian: profesionalidad.

¿Qué se pierde la gente que no escucha a Fangoria? ¿Y a Camela?

Pues se pierde maneras diferentes de enfocar la música popular.

¿En qué ha cambiado Fangoria en estos 30 años?

Más bien ha cambiado lo que rodea a Fangoria.

¿Qué estilo musical no puede soportar?
Absolutamente todos tienen algo aprovechable.

Recomiende un libro sobre música. Y una película.
‘Please Kill Me’, de Legs McNeil y Gillian McCain. Y ‘El fantasma del paraíso’, de Brian de Palma.

Si tuviese que usar una canción como autorretrato, ¿cuál sería?

‘Being Boring’, de los Pet Shop Boys.

viernes, 7 de diciembre de 2018

#hemeroteca #sida | El día que Keith Haring hizo visible el Sida

Keith Haring pintando el mural en el Raval
El día que Keith Haring hizo visible el Sida.
El próximo febrero se cumplirán 30 años de la visita de Keith Haring a la ciudad. El mural que regaló a Barcelona, 'Todos juntos podemos parar el sida', provocó una pequeña revolución en el Raval y marcó la concienciación respecto al sida. Una exposición en el Macba y un documental recuerdan aquel momento.
Leticia Blanco | El Mundo, 2018-12-07
https://www.elmundo.es/cataluna/2018/12/07/5c0aa6e521efa015488b45eb.html

El próximo febrero se cumplirán 30 años de la visita de Keith Haring a Barcelona. El artista aterrizó en el Raval como un ovni: con una enorme sudadera, unas Air Max último modelo que fascinaron a todos los niños (y no tan niños) del barrio y un radiocassete gigante del que durante dos días, los que tardó en completar su famoso mural contra el sida, no paró de salir ‘acid house’, su música favorita para pintar. Haring escogió la calle más deprimida de lo que por entonces todavía se llamaba Barrio Chino (la leyenda dice que contó las jeringuillas que había por el suelo y donde más encontró, ahí se quedó) para pintar un mural con un mensaje activista, 'Todos juntos podemos parar el sida', que marcó un antes y un después en la lucha contra el VIH en España. La exposición ‘Anarchivo sida’ en el Macba y el documental '30 años +' de Lulu Martorell y Roger la Puente conmemoran el regalo que el artista pop hizo a la ciudad.

Haring aterrizó en España en febrero de 1989. La primera parada fue Madrid: visitó el Museo del Prado, le encantó ‘El jardín de las delicias del Bosco’ («contemplarlo te abre los sentidos», apuntó en su diario personal), le llevaron a Arco («aburridísimo, el efecto opuesto que el Prado») y al cabo de unos días vino a Barcelona. Allí visitó el Museo Picasso y en la inauguración de una exposición de Frederic Amat coincidió con Montse Guillén, a la que ya conocía de frecuentar El Internacional, el restaurante de tapas que Guillén tenía con su compañero, Antoni Miralda, en Nueva York. «Un día vino Andy Warhol con Haring y Basquiat al restaurante. Pidieron ‘butifarra amb mongetes’. Le pedí a Warhol que me firmara dos menús y recuerdo que dijo: ¡pero si ellos son mucho más importantes que yo!», cuenta Guillén en el documental.

Otro de los cicerones de Haring en Barcelona fue el DJ César de Melero, un gran admirador del artista que además tuvo la brillante idea de llamar a una amiga que tenía una videocámara (una ‘handycam’ de Sony) y grabó a Haring en acción aquellos 27 y 28 de febrero de 1989. El grafitero no derramó ni una sola gota de pintura roja en los dos días que tardó en pintar el mural. Lo hizo de memoria, sin bocetos, en la calle Salvador Seguí, rodeado de curiosos, niños que se arremolinaban junto a él en busca de chapas y una sonrisa y bastante prensa, para disgusto del tímido Haring. Más de un vecino con negocios no del todo legales se molestó, temeroso de que tanta atención mediática atrajera a la policía al lugar. De Melero también se llevó a Haring de fiesta al local donde pinchaba, el Club Billares ARS. El DJ recuerda cómo la primera noche, los gorilas del club no dejaron entrar a aquel joven que, con sus gafas redondas y su camiseta sin mangas, parecía un guiri más. Tuvo que salir a la puerta a buscarle y, una vez dentro, pidió champán para todos y Haring pintó un mural antidroga en la pared de la discoteca.

En el documental, Bonaventura Clotet se felicita por los avances que han permitido cronificar la enfermedad, pero recuerda que las diferencias entre ser portador del VIH en el primer y tercer mundo son más grandes que nunca:«Sigue muriendo un millón de personas cada año». «No era fácil estar vivo en aquella época», recuerda Ferran Pujol, impulsor de Bcncheckpoint, que recuerda el activismo de Act up en los años más duros de Reagan: «El sida afectó sobre todo a heroinómanos y homosexuales, así que hubo quien vio la pandemia como un limpieza social».

«Mis días están contados. Mis amigos están cayendo como moscas. No sé si me quedan cinco meses o cinco años de vida», escribía en su diario Keith Haring en febrero de 1989. En aquella época, antes de la aparición de los antirretrovirales, el diagnóstico del VIH era prácticamente una sentencia de muerte. Haring afrontó la noticia con miedo y tristeza, pero también con una insospechada entereza alimentada por la idea de que «el arte es más importante que la vida» y un objetivo: emplear el tiempo que el quedaba de vida en luchar contra el sida. «He de hacer todo lo que pueda, sacrificar comodidad y tiempo libre». Sus últimos meses fueron frenéticos: viajó por todo el mundo, pintando y concienciando. 353 días después de pintar el mural, Haring falleció en Nueva York, el 16 de febrero de 1990.

sábado, 27 de octubre de 2018

#hemeroteca #moda #nusica | Lurdes Iribar: “Estoy muy ilusionada, porque vuelvo a tener proyectos con Locomía”

Imagen: Noticias de Gipuzkoa / Lurdes Iribar
Lurdes Iribar · Tolosarra, formó parte de la primera agrupación de Locomía: “Estoy muy ilusionada, porque vuelvo a tener proyectos con Locomía”.
¿Qué fue de la quinta componente de Locomía? La tolosarra Lurdes Iribar asegura que el mítico grupo de los 80 “nunca ha muerto” y tiene proyectos a la vista.
Marta San Sebastián | Noticias de Gipuzkoa, 2018-10-27
https://www.noticiasdegipuzkoa.eus/2018/10/27/vecinos/tolosaldea/estoy-muy-ilusionada-porque-vuelvo-a-tener-proyectos-con-locomia

Los recordamos por el terciopelo, los brocados y las hombreras. Y por sus abanicos. Locomía marcó el panorama musical y la moda de los 80 y 90, y tuvo una quinta integrante, Lurdes Iribar, que se encargaba de los diseños y traía de cabeza a las fans femeninas cada vez que salía a escena. La tolosarra acaba de vivir un reencuentro con los componentes de la primera agrupación de Locomía y asegura que “están pasando cosas”.

¿Vuelve Locomía?
-No como tal, porque, además, ahora hay una nueva generación de Locomía. Estoy ilusionada, porque tenemos algunos proyectos entre manos, que no se pueden desvelar aún, pero tendrán que ver con la parte del diseño. Siempre he dicho que Locomía fue mucho más que un grupo de música; fue un modo de vida, una forma de ser libres y ser cómo uno realmente es.

Cuenta que en Tolosa usted es como una leyenda urbana, que dice que hubo una tolosarra que formaba parte de Locomía...
-Sí, así es... Yo viví en Tolosa hasta los 18 años, que me fui a Barcelona a estudiar diseño de moda. Después la gente me veía en la televisión, algunos sabían que formaba parte del grupo, otros no... y se creó una especie de leyenda urbana.

¿Cómo empezó a rodearse de la gente de Locomía?
-El grupo musical surgió después. Yo conocí en Barcelona a Javier, el que fue la inspiración creativa del grupo. Nos vimos en una discoteca y fue como verme en un espejo: por la forma de vestir enseguida nos dimos cuenta de todo lo que nos unía. Yo en Tolosa ya me vestía diferente, y en Barcelona viví un descubrimiento. Los 80 fueron años muy creativos y aquella música no ha dejado de estar de moda.

¿Cómo empezó la era Locomía?
-Pasamos el verano del 88 en Ibiza, y al principio trabajábamos “haciendo la calle” como le llamábamos nosotros, que consistía en hacer de relaciones públicas, hablar con la gente, bailar... El manager vio que allí había material para crear un grupo y eligió cuatro chicos para Locomía. Y me eligió a mí como diseñadora, pero también hacía los coros y muchas otras cosas más... La fama llegó de repente, el verano del 89, el verano que murió mi madre. Lo recuerdo como una época agridulce. Recorrimos muchas ciudades y llegamos hasta Japón, y en Iberoamérica Locomía fue una verdadera revolución.

Las fans se creían que era novia de alguno de los integrantes, pero también le confundían con Madonna...
-¡Sí! Las fans me odiaban y se ponían muy celosas;cuando salía a escena hasta me abucheaban. Y con Madonna me han confundido mucho;una vez en Irun unas chavalas incluso me pidieron autógrafos.

¿Aquella época marcó su vida?
-Claro. Si algo fueron los 80, fueron años de creatividad. Yo me hacía pendientes con trozos de lámparas, o un vestido con una cortina si me gustaba. Todo era posible. La moda ha sido la forma de sacar lo que soy.

¿Qué hizo después de terminar la etapa con Locomía?
-Me fui a Washington y luego a Miami a vivir, donde me casé y tuve a dos de mis hijos. Volví a Tolosa hace 20 años y tuve otro hijo más.

¿Qué queda de la tolosarra que formó parte de Locomía?
-Todo. Locomía es libertad. Sigo siendo la misma, solo que después decidí tener hijos y tuve que dejar a un lado mi parte artística.

¿Ahora vive feliz en Tolosa?
-Sí, fue duro el regreso, pero creo que es lo mejor que pude hacer. He criado sola a mis tres hijos aquí, y estoy contenta porque es un lugar seguro donde nos conocemos todos. He dedicado unos años de mi vida a criarlos y no me ha importado trabajar de lo que sea. Aquí hay mucho problema de apariencia y yo nunca he tenido vergüenza de nada. A mis hijos les he transmitido que sean ellos mismos y que hagan lo que les gusta sin hacer mal a nadie.

¿Le ilusionan los nuevos proyectos?
-Estoy muy contenta. El pasado fin de semana nos juntamos los componentes de la primera agrupación de Locomía y... están pasando cosas. La gente se ha vuelto a empezar a interesar por el grupo, aunque nunca ha muerto porque ha habido más agrupaciones y el concepto de Locomía sigue vivo. Yo nunca he dejado de crear, dibujar y diseñar, y ahora que tengo a los hijos más crecidos, me gustaría retomar esta faceta, volver a la moda, que nunca lo he dejado, y sacar una línea de ropa que sea asequible y para todos los días. Creo firmemente en que hay que desear las cosas, y hacer que pasen.