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jueves, 22 de marzo de 2018

#hemeroteca #librerias #violencia | Lagun, referente cultural contra el totalitarismo, cumple 50 años

Imagen: El País / Ignacio Latierro
Lagun, referente cultural contra el totalitarismo, cumple 50 años.
La librería de San Sebastián fue perseguida por el franquismo, atacada por la extrema derecha y objetivo constante del entorno de ETA. Los lectores le rinden hoy homenaje.
Luis R. Aizpeolea | El País, 2018-03-22
https://elpais.com/cultura/2018/03/21/actualidad/1521661369_422624.html

“¡Cómo habrá sido de aterradora la vida cotidiana de un lugar para que las personas dedicadas a la venta de libros se conviertan, sin comerlo ni beberlo, en un símbolo de resistencia y libertades!”, señalaba el autor de 'Patria', el donostiarra Fernando Aramburu, refiriéndose a María Teresa Castells e Ignacio Latierro, promotores de la librería Lagun (compañero, en euskera) de San Sebastián que, hoy, a los 50 años de su apertura, recibe un homenaje de los lectores y de la Diputación de Gipuzkoa en el Teatro Victoria Eugenia, y el Gobierno le concede la Placa de Honor de la Orden Civil de Alfonso X El Sabio.

Sin embargo, no es tan sorprendente esa conversión si nos atenemos al relato de Latierro, de casi 75 años, memoria viva de esta pequeña librería: “Nacimos en 1968 en la Parte Vieja donostiarra, en plena efervescencia política y cultural con la proliferación de cineclubes, teatros, cantautores, etc. Quisimos contribuir, como muchas librerías que entonces se abrieron en España, a la extensión de la cultura democrática y a la oposición al franquismo. Nuestra rebelión política era hija de su censura cultural”.

La iniciativa fue de María Teresa Castells, fallecida el pasado septiembre a los 82 años, tras participar en la Feria del Libro de San Sebastián de 1967 en el estand del Fondo de Cultura Económica, animada por el editor Javier Pradera, que nueve años después sería el primer jefe de Opinión de El País. “Pradera, amigo de María Teresa y de su marido, José Ramón Recalde, jugó un papel decisivo. Nos asesoró sobre las editoriales y los catálogos de autores. María Teresa, a la que yo conocía de los medios de oposición al franquismo, me pidió que me incorporara”, señala Latierro. Años después se sumaría Rosa Cuezva, pareja de Latierro.

“Nuestro inicio coincidió con el ‘boom’ de la literatura latinoamericana, con la irrupción de ‘Cien años de soledad’, de Gabriel García Márquez, el libro más vendido de Lagun; con el interés por la historia, como ‘La España del siglo XIX’ y ‘La España del siglo XX ‘, de Manuel Tuñón de Lara, la recuperación de historiadores republicanos como Claudio Sánchez Albornoz y Américo Castro y los textos de la nueva generación de historiadores vascos, como Antonio Elorza. Entre los libros políticos destacaban los de editoriales como Ciencia Nueva y Alianza, con Jaime Salinas y Pradera”, apunta.

Latierro guarda en un rincón especial de su memoria al distribuidor José Latorre de Diego: “Aparecía con sus maletas cargadas de libros, muchos de editoriales latinoamericanas. Desde el ‘Ulises’, de Joyce, a la ‘Historia del pensamiento socialista’”. Los libros prohibidos se almacenaban en la trastienda y Castells y Latierro los compraban en Francia. “Eran de Ruedo Ibérico, Librería Española y Editorial Ebro. El más vendido entonces fue ‘La Guerra Civil española’, de Hugh Thomas”.

En pocos años, Lagun encontró su espacio como referente cultural del antifranquismo. Alimentó esa imagen su decisión de sumarse a la huelga general convocada el 3 de diciembre de 1970 por los partidos antifranquistas clandestinos contra el juicio militar a 16 militantes de ETA. Para seis de ellos, el fiscal pedía la pena de muerte. El cierre de Lagun acarreó una multa gubernativa contra María Teresa Castells que, tras negarse a pagarla, permaneció un mes en la prisión donostiarra de Martutene.

En la Transición, entre 1976 y 1977, Lagun tuvo que pagar el precio de los ataques de la extrema derecha, incluida la explosión de una potente bomba incendiaria. Pero con lo que Castells y Latierro no contaban era que, desaparecido el franquismo, iban a seguir siendo objeto de ataques. Esta vez de ETA. Así lo recuerda Latierro: “Tras la muerte de Franco percibimos la fractura en la sociedad vasca. Nunca imaginamos que llegaría tan lejos. En julio de 1983, murió un militante de ETA al estallarle la bomba que manipulaba. La izquierda ‘abertzale’ convocó una huelga general. En Lagun nos negamos a cerrar. Solo otros dos comercios se sumaron a esta negativa: Perfumería Kenny y Mariano Larrandia. Desde ese momento fuimos objetivo de ETA con la conciencia de que nos atacaban a los mismos que luchamos contra el franquismo”.

Desde 1983 fueron incontables las veces que pintaron y rompieron los escaparates. “Desde la consolidación de la democracia decayó el libro político y potenciamos los autores clásicos en literatura e historia y los compaginamos con los autores nuevos”, señala Latierro. También permaneció la clientela. “Algunos, pocos, nos abandonaron cuando fuimos objetivo de ETA. Luego han vuelto”. Lagun tiene en su nómina de clientes a escritores donostiarras que cuando regresan a su ciudad la visitan como Fernando Savater, Fernando Aramburu, Juan Pablo Fusi, Raúl Guerra Garrido o Juan José Solozábal. Latierro recuerda a Joaquín Forradellas. “Murió hace pocos años. Era el cliente más habitual. Profesor de un instituto donostiarra, muy humilde. Pero un gran filólogo, cuya firma aparece junto a la de Francisco Rico en su primera edición de ‘El Quijote’”.

Lagun, tras superar la doble prueba del totalitarismo franquista y etarra, lucha hoy por sobrevivir en un mundo en el que compite con los libros digitales, las grandes superficies y la compra por Internet. “El libro de papel seguirá en las librerías. Aunque la figura del librero se va diluyendo, el boca a boca sigue siendo decisivo. Ahí seguimos. Yo, como librero emérito”, señala Latierro.

“Estuvimos tentados a abandonar”
El ataque más grave a Lagun se produjo en noviembre de 1996. “Fue arrasada y estuvimos tentados de abandonar. Pero el flujo de clientes fue impresionante, nos compraban hasta los libros quemados, su apoyo nos animó a seguir con la librería abierta. El nuevo ataque que sufrimos en enero de 1997 tuvo eco internacional y el Gobierno vasco nos puso una dotación de la Ertzantza”, relata Ignacio Latierro. En septiembre de 2000, el marido de María Teresa Castells, José Ramón Recalde, exconsejero de Educación del Gobierno vasco y reconocido intelectual, fue gravemente herido por ETA. “No cedimos al chantaje de ETA. Resistimos trasladando Lagun de la Parte Vieja a otra zona más resguardada, en la calle Urdaneta, donde sigue”.

martes, 12 de septiembre de 2017

#hemeroteca #testimonios | La discreta raza de los valientes

Imagen: Letras Libres / Librería Lagun en la plaza de la Constitución de Donostia
La discreta raza de los valientes.
María Teresa Castells, que falleció el 10 de septiembre, fue un símbolo de la resistencia contra el franquismo y el terrorismo etarra con su librería Lagun, en San Sebastián.
Rubén Sáez Carrasco | Letras Libres, 2017-09-12
http://www.letraslibres.com/espana-mexico/cultura/la-discreta-raza-los-valientes

Mis primeros recuerdos están asociados a una librería, a aquel primer refugio de infancia que compartía con mi hermana Eva, cuando mis padres, cansados de nuestras exigencias y rabietas, nos dejaban en Lagun al cuidado de Ignacio, Rosa y María Teresa, escondidos en el hermoso espacio de libros infantiles de la Plaza de la Constitución donostiarra, libres para jugar y enredar, descubriendo los infinitos mundos coloreados de palabras, con aquellos desplegables fantásticos que pugnábamos por monopolizar. Lo recuerdo ahora que me llega la noticia de la muerte de una de sus fundadoras, María Teresa Castells, apenas un año después de que lo hiciera su marido, José Ramón Recalde, quien fuera Consejero de Educación, y más tarde de Justicia, en los gobiernos del Lehendakari Ardanza y víctima de un atentado de ETA del que sobrevivió, maltrecho, y que no impidió que siguiera con su pausada labor intelectual, denunciando la sinrazón del terrorismo y los excesos esencialistas de quienes entienden la patria como una propiedad uniforme, totalizadora y sin tacha.

Recuerdo que, al entrar a Lagun, era Ignacio Latierro quien nos saludaba desde la inmensa altura de su silla giratoria, mirando por detrás de sus gafas, escondido en el velo de humo que salía de su eterno cigarro-puro. Fue mi primer encuentro con el mito, pues me parecía que aquel gigante que nos miraba desde su tarima, atrincherado tras montañas de volúmenes, parecía esconder secretos arcanos, la elusiva clave de una vida de aventuras y misterios. Y allí, correteando por el campo de juegos de las estanterías, ordenando libros en la mesa corrida del centro del espacio, acercándose a algún cliente despistado, saludando a todos y siempre sonriendo, estaba María Teresa, aquel duende bajito que nos acompañaba hacia la cueva de los secretos y nos dejaba allí libres, abrumados por los juegos y hazañas que nos aguardaban y que siempre se acababan antes de tiempo, cuando mis padres regresaban a recogernos y siempre protestábamos: “¡Un poco más, mamá! ¡Vamos, papá, déjanos terminar!”.

Las recuerdo a ella y a Rosa observándonos desde la puerta lateral mientras abríamos todos los libros, acudiendo a intervalos regulares, siempre pacientes, para comprobar que todo iba bien, que seguíamos allí, en el mejor lugar del mundo, sin preocuparse jamás del desorden que, inevitablemente, invadía la pequeña habitación tras el paso de los indios. Fue más tarde cuando, un poco paralizado por mi temprana timidez, comencé a adentrarme cauteloso en aquel extraño mundo de mis mayores, volviendo la mirada hacia mi padre e Ignacio mientras cogía y tocaba las tapas de libros incomprensibles que, más tarde, fueron dejándome entrar poco a poco en sus mil mundos inventados. No sabía aún que aquel lugar había albergado reuniones clandestinas durante los últimos años del franquismo, ni el papel corajudo de aquella librería en la resistencia, intelectual y personal, contra el terrorismo de ETA y las presiones de sus simpatizantes, que intentaban monopolizar el espacio de la parte vieja donostiarra y arremetían contra los pocos que se negaban a plegarse a sus amenazas. Si no lo consiguieron, fue por personas como María Teresa e Ignacio, quienes soportaron a menudo amenazas y agresiones a su librería y tuvieron que vivir una década acompañados, como otros muchos, por la sombra protectora de los escoltas.

No olvido los días en que la tinta rojiblanca manchaba los libros detrás de la vitrina hecha añicos por la furia de los pusilánimes, los viles cachorros que, refugiados tras la careta o el pañuelo palestino, se enseñoreaban en su vileza sin entender que aquel refugio también les protegía a ellos: ignorantes todos, cobardes todos. Y veo aún en mi cabeza cómo la gente compraba aquellos libros manchados e inservibles para decir en silencio: “Estamos aquí. No estáis solos”. Porque allí siguieron contra todos María Teresa, Ignacio y Rosa, dedicándose al más hermoso de los oficios, acogiendo a viajeros literarios, organizando presentaciones, hablando de autores, de cine y de libros, siempre de libros. Fue en Lagun donde descubrí que existía una raza discreta y constante, una familia secreta, casi silenciosa, que era en realidad alegre, fuerte y valiente, una estirpe que jamás se dejaría avasallar y que alzaría la voz ante la injuria, el abuso y el terror cotidianos de esa tierra tan rica, también hermosa, donde los más contemplaban impasibles, con guiños de complicidad (¡Algo habrán hecho!), la más absurda e indecente de las causas: la estúpida revolución de los ricos.

Fue allí, con ellos, como me vacuné contra el peor de los males y descubrí que aquel hombre miope, barbudo y gordito que miraba los libros tras sus gafas de colores era en realidad un príncipe que se batía en duelo y luchaba con su pluma contra los piratas. Porque allí vi y escuché por primera vez a Savater, sí, pero también a Pradera y a otros muchos (Juaristi, Recalde, López de la Calle y tantos otros), a aquellos peregrinos que, año tras año, siempre que la vida les llevaba a Donosti, pasaban por Lagun a conversar, fumar, abrazarse y regocijarse. Y allí, muy pronto, decidí que era aquella la raza a la que quería pertenecer toda mi vida. Y por eso, hoy, mañana, siempre, acudiré a Lagun en mi eterno peregrinar. Porque a Lagun, a mis padres, a Ignacio y a Rosa y a María Teresa les debo todo. Porque a ellos les debo todos mis libros.