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miércoles, 20 de septiembre de 2023

#hemeroteca #ablacion | “Un retroceso de 30 años” en Gambia: líderes religiosos y políticos quieren despenalizar la mutilación genital femenina

Niñas de uniforme en Banjul, Gambia //

“Un retroceso de 30 años” en Gambia: líderes religiosos y políticos quieren despenalizar la mutilación genital femenina

La condena a tres mujeres por practicar ablaciones a ocho bebés genera un intenso debate en el país africano, donde la práctica está prohibida desde 2015 pero el 75% de las adolescentes ha sido sometida a esta práctica
José Naranjo | Planeta Futuro, El País, 2023-09-20
https://elpais.com/planeta-futuro/2023-09-20/un-retroceso-de-30-anos-en-gambia-lideres-religiosos-y-politicos-quieren-despenalizar-la-mutilacion-genital-femenina.html

Líderes políticos y religiosos de Gambia han puesto en marcha una intensa campaña para despenalizar la mutilación genital femenina (MGF), prohibida en este país africano desde 2015, pero que se sigue practicando en la clandestinidad. El detonante ha sido la reciente detención y encarcelamiento de tres mujeres tras haber mutilado a ocho niñas de entre cuatro meses y un año de edad en el pueblo de Niani Bakadagi (en el centro del país), lo que supone la primera condena desde que la ley entró en vigor. Los promotores de esta iniciativa son el imam radical Abdoulie Fatty, defensor de la ablación, y el diputado Sulayman Saho, que ha pedido en el Parlamento su despenalización. El debate divide a Gambia, un pequeño país de 2,7 millones de habitantes en el que el 75% de las adolescentes entre 15 y 19 años han sido sometidas a esta práctica, según un informe publicado el año pasado por Unicef.

A finales del pasado mes de agosto, un juez de la región de Central River condenó a tres mujeres, una circuncidadora y dos madres, por practicar la mutilación a ocho bebés. La pena impuesta a cada una de ellas fue el pago de 15.000 dalasis (unos 217 euros) o un año de cárcel. Días más tarde, el imam radical Abdoulie Fatty, conocido entre otras cosas por haber sido el asesor religioso del dictador Yahya Jammeh, por su homofobia y por su defensa de la ablación como parte de la religión musulmana, pagó la multa de las tres mujeres para sacarlas de prisión y animó a los gambianos que continuaran con esta práctica sin esconderse. “Si todos acuerdan hacerlo abiertamente, el Gobierno no puede encarcelar a un pueblo entero y mucho menos a todo un país”, aseguró.

A raíz de estas declaraciones, Isatou Touray, directora de la asociación Gamcotrap que lucha contra la MGF, pidió públicamente la detención del imam Fatty. “Esto es una incitación a la violencia y, por lo tanto, un asunto urgente. Pido al Gobierno, a los ministros de Género y Salud, al presidente del Tribunal Supremo y al inspector general de la Policía que detengan al imam Fatty porque si alguien va en contra de la ley, la ley debe seguir su curso. Esto es inaceptable y hago un llamamiento a las mujeres para que sepan que se trata de sus vidas y del futuro de sus hijos”, dijo Touray.

Estas declaraciones, entendidas como una provocación a los líderes religiosos y al islam, generaron un debate que saltó inmediatamente a las calles del país y llegó incluso al Parlamento. El lunes de la semana pasada, el diputado opositor Sulayman Saho, elegido por el distrito de Central Baddibu, utilizó su turno de palabra en la Asamblea Nacional para pedir la derogación de la ley que prohíbe la mutilación genital femenina, propuesta que fue recibida con gestos de apoyo por parte de un grupo de diputados. Saho se mostró preocupado por las detenciones de “madres y hermanas” y vinculó la mutilación genital femenina al derecho a preservar las costumbres y religiones propias. En este sentido, señaló: “La prohibición infringe esos derechos y ampara la violencia en nuestro país (...) Debemos ponernos manos a la obra para revisar la ley que criminaliza la circuncisión femenina”. Su propuesta es que exista libertad en la toma de decisión sobre la MGF.

Para Adriana Kaplan, responsable de la ONG Wassu Gambia Kafo (que lleva décadas luchando contra la ablación en este país), que en este momento haya líderes en Gambia que planteen una posible despenalización representa “un retroceso de 30 años” con respecto a los derechos conseguidos para las mujeres gambianas. “Muestra que esta lucha no ha terminado, que el camino es largo y que se ha de trabajar desde una perspectiva de respeto y conocimiento”, asegura. A su juicio, el balance de la actual ley es positivo porque crea un marco jurídico dentro del que trabajar. “Es cierto que la ley no funciona, pero es por la dificultad que conlleva su aplicación. La policía o los profesionales sanitarios también forman parte de la comunidad”, considera.

“Cuerpos reducidos a herramientas políticas”

La iniciativa de Gambia para despenalizar la mutilación genital ha tenido una rápida respuesta por parte de las asociaciones que luchan contra esta práctica. La Coalición de la Sociedad Civil y ONG ha recordado al Gobierno que tiene la obligación legal de proteger los derechos y la salud de las mujeres y niñas. “También condenamos en los términos más enérgicos las acciones de los detractores [de la ley] que aprovechan la devoción social y religiosa para promover sus agendas personales en detrimento del bienestar de las mujeres”, aseguraron en un comunicado. “Sus vidas llevan cicatrices indelebles mientras sus cuerpos son reducidos a herramientas políticas. Lamentablemente, miles más en Gambia siguen siendo vulnerables a ser víctimas de esta terrible experiencia”, expresaron las ONG.

En diciembre de 2015, el Parlamento de Gambia aprobó una modificación de la Ley de Género (Women’s Act) de 2010 para incluir dos artículos que tipifican como delito la mutilación genital. De esta manera, se fijaron penas de hasta tres años y una multa de 50.000 dalasis (unos 773 euros) tanto para quien la practique como para quien “la solicite, incite o promueva proporcionando herramientas o mediante cualquier otro medio”, así como la cadena perpetua si dicha ablación conduce a la muerte. Finalmente, se estableció una multa de 10.000 dalasis (unos 154 euros) para quien, teniendo conocimiento de la práctica de la mutilación genital, no lo denuncie.

En los últimos años, las tasas de mutilación genital femenina han descendido considerablemente en niñas y adolescentes de todo el mundo, según distintos estudios. No obstante, unos cuatro millones de jóvenes todavía sufren MGF cada año, según datos de Unicef, y unos 200 millones de niñas y mujeres actualmente vivas han sido sometidas a la mutilación genital. Gambia es uno de los que menos ha avanzado en la erradicación de esta práctica en la última década, según un informe de Unicef.

La mutilación genital femenina se practica sobre todo en el África subsahariana y algunos países árabes, pero también hay casos en Estados de Asia, Europa oriental y América Latina. Instituciones internacionales como la Organización Mundial de la Salud, Unicef y el Fondo de Población de la ONU (UNFPA, por sus siglas en inglés) han puesto en marcha en los últimos 25 años distintas acciones para erradicar la mutilación genital femenina.

jueves, 26 de marzo de 2020

#hemeroteca #mujeres #testimonios | Fátima Djarra Sani: “No debemos juzgar a nuestras madres y abuelas”

Imagen: El Salto / Fátima Djarra Sani
Fátima Djarra Sani: “No debemos juzgar a nuestras madres y abuelas”.
Nació en 1968 en la Guinea Portuguesa que Amílcar Cabral y su partido liberaron en 1974 para convertir en Guinea-Bisáu. Ha vivido 31 años en África, seis en América y 15 en Europa. Habla mandinga, fula, papel, criollo, portugués, francés y español. Dedica su vida a la prevención de las violencias contra las mujeres.
Sanxikorrota | El Salto, 2020-03-26
https://www.elsaltodiario.com/pista-de-aterrizaje/fatima-djarra-sani-no-debemos-juzgar-nuestras-madres-abuelas

Nació en 1968 en la Guinea Portuguesa que Amílcar Cabral y su partido liberaron en 1974 para convertir en Guinea-Bisáu. Aprendió a leer y escribir en casa de una vecina y con la oposición de su padre, que murió cuando era una niña. Posteriormente estuvo en un internado, financiado por los países que habían apoyado la independencia de la colonia. Estudió ingeniería civil en Cuba con una beca del Gobierno. Ha vivido 31 años en África, seis en América y 15 en Europa. Habla mandinga, fula, papel, criollo, portugués, francés y español. Le gustan la música tradicional, el fado y Salif Keita. Dedica su vida a la prevención de las violencias contra las mujeres.

¿Cómo fue tu niñez?
Éramos un familia humilde, muy pobre, pero nos llegaba para comer. Mi tío pescador y mi tío camionero nos ayudaron. Soy la mayor, por lo que a los siete años ya cocinaba, limpiaba, iba a por agua y me ocupaba de mis cuatro hermanas pequeñas y de mi hermano. Siempre me ha gustado cuidar de otras personas y no depender de ningún hombre. Aprendí a leer gracias a mi carácter y, desde muy pequeña, levanté la voz cuando veía algo injusto.

Jugaste a fútbol en la adolescencia.
Empecé en un campeonato de los barrios de la capital y pasé por distintos equipos. Mi madre se enteró cuando el entrenador le pidió un permiso especial para jugar contra Senegal.

¿Eras buena?
Era mediocentro. No se me daba mal, tenía carácter en el campo. 
Aquello acabó cuando te fuiste a estudiar la carrera a Cuba.
Sí, aunque allí jugué varios campeonatos. Pero lo más importante es que a Cuba le debo entender quién era yo.

¿Por qué?
Porque venía de un país de miseria y analfabetismo. Mi propia familia rechazaba mis ideas. Y allí vi que hombres y mujeres iban juntos a la escuela, a la zafra, a trabajar. Vi la igualdad. Y que mi voluntad de no ser menos que ningún hombre, tenía un sentido. Ahora, con el paso del tiempo y después de muchos años viviendo en Europa, voy, poco a poco, reencontrándome con África.

¿El pasado siempre vuelve?
Europa me ha dado mucho. Mi hijo es todo un pamplonica, pero creo que la sociedad occidental está enferma de individualismo. El final de la vida de mi madre me ayudó a visualizarlo. Le diagnosticaron un cáncer y, en cuanto pudimos, nos la trajimos a Bilbao. Pero, después del tratamiento, volvió a su tierra y, cuando finalmente murió, las distintas partes de su extensa familia conseguimos ponernos de acuerdo para despedirla.

¿Cómo fue?
Creo que lo logramos porque prevaleció el sentimiento de comunidad, algo que me cuesta más encontrar en Europa. Mi madre pertenecía a una etnia animista, aunque se casó con un musulmán que tenía una parte de parientes católicos. Tuvimos que hablar mucho para ponernos de acuerdo. Primero hicimos la ceremonia musulmana. Después los animistas hicieron su ritual y, por último, los católicos celebraron una misa de funeral de cuerpo presente.

Pero esa misma comunidad alienta o consiente el maltrato a las mujeres.
Sí, incluso va a la guerra.

¿Qué guerra?
Los once meses de la horrible guerra civil de 1998 en la que pasamos tanto miedo y en la que murieron miles de personas. Pero esa realidad esta cambiando. Cuando yo trabajé como técnica en la construcción en Guinea era la única, y ya empieza a haber mujeres en los sectores masculinos.

¿Y con respecto a la educación sexual?
Ahora hay leyes contra la ablación en muchos países y, poco a poco, cada vez hay más mujeres empoderadas en África que se rebelan ante la violencia contra sus cuerpos. Pertenezco a organizaciones que llevan años con campañas de información y de sensibilización aquí, con mujeres y hombres migrantes y, también, en Guinea.

Parece una tarea complicada.
No es fácil discutir con gente a la que quieres, que muchas veces son mujeres, y poniendo en cuestión tradiciones que se remontan a generaciones anteriores. No debemos juzgar a nuestras madres, tías y abuelas. Tampoco es sencillo repartir condones o informar sobre la copa menstrual en Bisáu. Aunque hay mucho desconocimiento, el deseo de ser libre suele imponerse.

viernes, 21 de junio de 2019

#hemeroteca #ablacion #activismo | Hawa Touré, superviviente de ablación: "En la noche de bodas te acuestas con tu marido y el dolor es terrible, pero tienes que aguantar"

IMagen: El Diario / Hawa Touré
Hawa Touré, superviviente de ablación: "En la noche de bodas te acuestas con tu marido y el dolor es terrible, pero tienes que aguantar".
La activista mauritana reside en Fuerteventura y ha hecho de su vivencia su lucha a través de la asociación Diambe, dedicada a sensibilizar sobre las consecuencias de la mutilación genital femenina: problemas vaginales, sexuales, depresión o ansiedad. En el mundo, más de tres millones de mujeres y niñas son sometidas a esta práctica: "Las secuelas de la ablación son eternas, yo la sufrí con diez años y no lo olvidaré jamás". Touré ha hecho de Canarias su campo de batalla por ser un territorio en el que conviven personas procedentes de países donde se ejecuta la escisión: "Muchas mujeres africanas viven aquí y cuando van de vacaciones a su país aprovechan para mutilar a las niñas".
Natalia G. Vargas | El Diario, 2019-06-21
https://www.eldiario.es/canariasahora/sociedad/Hawa-Toure-superviviente-ablacion-acuestas_0_912359316.html

Hawa Touré tenía solo diez años cuando en el interior de una pequeña casa en la ciudad de Kaedi, al sur de Mauritania, sufrió la mutilación genital. Esta tradición vigente en el país desde tiempos inmemorables condenó a la activista a la ablación, al igual que al 70% de las mujeres de su país que quedan abocadas a la escisión desde su nacimiento, según datos de Unicef. "Más allá de las secuelas físicas, las consecuencias psicológicas son eternas", confiesa. Desde 2005 esta práctica es ilegal en Mauritania y, pese a que se trata de una costumbre menguante, sigue ejecutándose en la clandestinidad. En el mundo, afecta aproximadamente a tres millones de mujeres y niñas.

La vida y la lucha de Touré quedaron marcadas por esta vivencia. En la actualidad tiene 43 años, reside en Fuerteventura y preside la asociación de mujeres mauritanas Dimbe, integrada por 18 personas y encargada de desempeñar una ardua labor de sensibilización acerca de la salud sexual femenina. La activista ha hecho de Canarias su campo de batalla por ser un territorio en el que convive una amplia comunidad de personas procedentes de países donde se ejecuta la ablación. "Por ejemplo, hay muchas mujeres africanas que viven aquí y que cuando van de vacaciones a sus lugares de origen aprovechan para mutilar a las niñas", explica.

La sensibilización y la formación constituyen el eje central de su trabajo, no solo mediante charlas formativas impartidas a las potenciales víctimas de esta práctica y a sus familias, sino también a profesionales de los centros de salud y de servicios sociales porque "son quienes tienen contacto directo con ellas". No es una tarea fácil, ya que en el Archipiélago hay "muchas personas que ni siquiera saben lo que es la mutilación", pese a relacionarse día a día con mujeres condicionadas por esta realidad, revela.

Hemorragias, infecciones e incluso la muerte son algunas de las complicaciones inmediatas que puede provocar la ablación, según la Organización Mundial de la Salud. A largo plazo, problemas sexuales, menstruales, vaginales, depresión o ansiedad. La escisión se practica habitualmente a las niñas en edad temprana. Hay ocasiones en las que, cuando llega el matrimonio, el ritual se repite.

"Las mayores dicen que la intención es defender el honor de la familia protegiendo la virginidad", cuenta Touré. Antes de casarse, las mujeres mutiladas no pueden tener relaciones sexuales con ningún hombre. "Lo peor es la noche de bodas, el dolor es terrible cuando te acuestas con tu marido, pero tienes que aguantar", lamenta. El sufrimiento se lleva por dentro y "eso afecta más que el sufrimiento físico, pero es una situación que no es agradable de contar".

En España viven más de 55.000 niñas y mujeres procedentes de países en los que se las mutila, tal y como publicó Médicos del Mundo el pasado 6 de febrero, día mundial contra la mutilación genital femenina. Por su parte, esta asociación ha exigido al Gobierno central un sistema de salud público concienciado en el que se conozca esta práctica y sus consecuencias, con un protocolo integral que garantice la atención especializada no solo a las supervivientes, sino también a familiares.

Este verano, Hawa Touré recorrerá con su asociación Tenerife y Gran Canaria, ya que su activismo se mueve a caballo entre las islas y Mauritania. En los últimos meses ha vuelto a visitar su país de origen en el marco de una investigación sobre la permanencia de la ablación en las distintas regiones de forma ilegal. Sin embargo, confiesa que le ha resultado muy complicado localizar a quienes ejecutan la mutilación genital.

En el país africano hay importantes colectivos de mujeres que luchan por erradicar esta histórica costumbre. Una lucha que trasciende a las aulas, ya que, según cuenta Touré, un amplio grupo de docentes que se ocupa de dar charlas y de recordar a las familias y a las menores las consecuencias de la escisión. Algunos de los países del continente africano en los que la movilización ha logrado que se prohíba la mutilación son Senegal, Níger o Etiopía, entre otros.

miércoles, 9 de mayo de 2018

#hemeroteca #ablacion | Nice Nailantei, la guerrera masái que quiere acabar con la mutilación genital femenina en Kenia

Imagen: El Diario / Nice Nailantei
Nice Nailantei, la guerrera masái que quiere acabar con la mutilación genital femenina en Kenia.
Nice Nailantei Leng’ete es la embajadora contra la mutilación genital de Amref Health Africa, ONG galardonada con el Princesa de Asturias de Cooperación 2018. Huyó dos veces de su ceremonia de mutilación genital y hoy es una destacada líder que ha salvado a unas 15.000 niñas de esta práctica. La revista ‘Time’ acaba de incluirla en su lista de las cien personas más influyentes del año.
Maribel Hernández | El Diario, 2018-05-09
https://www.eldiario.es/desalambre/kenia-mutilacion_genital_femenina-ablacion_0_769224276.html

Escapar era la única manera de convertirse en "la mujer de sus sueños". Nice lo hizo dos veces. A la misma hora. En torno a las cuatro de la madrugada. Después de la ducha con agua fría que precede al ritual a modo de anestesia. Escondida en el mismo árbol. La primera vez, con su hermana. La segunda, sola. "Sabía que si luchaba por mí, tal vez algún día podría hacer por otras chicas de mi comunidad lo que no pude hacer por mi hermana", cuenta a eldiario.es.

Aquella primera vez tenía ocho años. Hoy Nice Nailantei Leng’ete es una joven masái de 27 que no se imagina en ningún otro empleo que no sea el que realiza para Amref Health Africa, la ONG galardonada con el Premio Princesa de Asturias de Cooperación Internacional 2018. Trabaja como promotora de unos ritos de paso alternativos, con comunidades masái y samburu de Kenia y Tanzania. En ellos no hay "corte", se bendicen libros.

En los últimos siete años, estiman que han salvado a unas 15.000 niñas de la mutilación genital femenina. Lejos de ser consideradas una vergüenza y deshonra para sus familias -estigma que Nice sufrió durante años- ahora son respetadas, prosiguen con sus estudios y no contraen matrimonio a edades tan tempranas. Ser la impulsora de este "movimiento", como ella lo denomina, la ha llevado a aparecer recientemente en el listado de las 100 personas más influyentes de 2018 de la revista 'Time'. El camino ha sido largo.

"Si lloras durante el 'corte' nadie se casará contigo"
Las Naciones Unidas calculan que alrededor de 200 millones de mujeres en todo el mundo han sido mutiladas genitalmente, una práctica que persiste en al menos 27 países africanos, pese a ser ilegal en muchos de ellos. El último en sumarse a esta tendencia ha sido Liberia, que anunció el pasado mes de enero su prohibición, aunque solo durante un año. Gambia y Nigeria ilegalizaron la práctica en 2015.

La mutilación genital femenina está prohibida en Kenia por ley desde 2011. Según la última encuesta nacional demográfica y sanitaria, su prevalencia es del 21% en mujeres de 15 a 49 años y del 11% entre los 11 y 15 años. No obstante, se trata de una tradición arraigada entre la población masái, donde el porcentaje de mujeres que la han sufrido supera el 70%.

En su aldea natal, Noomayianat, el rito de paso o ‘emuatare’ marca la transición de la infancia a la edad adulta: la extirpación del clítoris las convierte en "mujeres". Antes de su propia ceremonia, concebida como una celebración, las niñas asisten durante un tiempo como espectadoras en una especie de entrenamiento para "ver cómo las otras niñas son fuertes". Desde pequeñas se les inocula la idea de que no deben llorar. Por supuesto, tampoco desobedecer.

Nice lo estuvo viendo durante un año. "Quieren prepararte. No puedes llorar, ni siquiera debes moverte, tienes que ser fuerte. Si lloras durante el 'corte' entonces ningún hombre se casará contigo porque eres una cobarde", explica.

A ella, este entrenamiento le sirvió para entender lo que no quería. "Antes de mi ceremonia había visto morir a una chica por culpa de la circuncisión, recuerdo que sangraba mucho. La mayoría de las chicas de mi edad ya no volvían a la escuela, se casaban, por eso decidí dar ese paso y luchar".

La primera huida fue junto a su hermana mayor. Eran huérfanas y su tío había preparado el rito –son celebraciones muy costosas- para ellas y sus tres primas. Se escondieron en lo alto de una acacia durante más de dos horas. Cuando bajaron, caminaron 17 kilómetros hasta la casa de una tía materna.

"Nos dijo que estábamos creando problemas, que vendrían y nos pegarían a nosotras y a ella. Nos quedamos allí una semana. Mi tío llegó con un grupo de hombres, nos golpearon y amenazaron, que si no accedíamos a ser circuncidadas moriríamos, que traeríamos la vergüenza a toda la comunidad. Después de eso mi hermana me dijo que no podíamos estar siempre huyendo", relata.

La segunda vez escapó sola. Su hermana le prometió que no la delataría. A ella la mutilaron. Abandonó la escuela y a la edad de 12 años se casó con un hombre mayor. Tiene tres hijos. Nice lo escuchó todo desde el árbol. En esa ocasión, decidió ir a casa de su abuelo. Lloró. Era demasiado joven, quería estudiar. Le juró que se marcharía y jamás regresaría, que acabaría convertida en una niña de la calle. La mediación de su abuelo ante su tío fue determinante, la autoridad de los ancianos es incuestionable en las comunidades masái.

Y así, año tras año, consiguió ir posponiendo el momento y continuar en la escuela. Acabó el instituto y fue a la universidad. Nice cumplió su deseo, el precio fueron la soledad, las burlas y el rechazo: "Era un mal ejemplo".

Hasta que Amref Health África llegó a Noomayianat. Buscaban a una chica que supiera leer y escribir para participar en un programa de capacitación. A los ancianos no les quedó más remedio que elegirla. "No era la mejor opción, porque había desobedecido, pero era la única".

"Cuando los guerreros vieron que era mujer, se fueron"
Tras la experiencia, formada en temas de salud sexual y reproductiva, comenzó a trazar su plan para acabar con esta práctica entre los suyos. En él había una pieza esencial: los hombres. "En mi comunidad son los hombres quienes toman las decisiones así que por mucho que demos información a las mujeres y a las niñas necesitamos que ellos se involucren en nuestro trabajo", reconoce.

Decidió comenzar por los ‘morans’, los jóvenes guerreros masái, a quienes se les permite la poligamia. "Ellos son los futuros maridos, quienes te dirán que no puedes casarte por no estar circuncidada, por no considerarte una mujer". Tardaron dos años en consentir hablar con ella. "En mi primera reunión eran 14 y cuando vieron que yo era una mujer se levantaron y se fueron. Solo quedaron dos. Pero nunca me rendí", recuerda la activista.

Con el tiempo y la complicidad de algunos jóvenes pudo llegar a los ancianos, formar a hombres que hablaran con otros hombres y organizar debates abiertos, también con mujeres, en los que discutir cuestiones sobre desarrollo comunitario, VIH, educación sexual y poco a poco ir introduciendo el tema de la mutilación genital, el matrimonio forzado o los embarazos en adolescentes. Nice logró convencerles de que mutilar a las niñas no es bueno para el desarrollo, que es mejor educarlas.

Una vez comprendido el problema, sería más fácil encontrar solución. "Las soluciones tienen que venir desde la comunidad. Cuando les das la información y lo entienden, buscan las alternativas. Los ritos de paso alternativos surgieron desde la comunidad", comenta.

La alternativa: de extirpar el clítoris a los libros
El problema no es la ceremonia, sino la mutilación y las consecuencias de este acto sobre la salud y la vida de las mujeres. "Queremos conservar nuestra cultura, no estamos diciendo que todo sea malo", matiza. Los ritos de paso alternativos celebran la cultura y la identidad masái. "La fiesta es la misma, la comida, la cerveza tradicional, la gente baila, canta, llevamos los trajes rojos típicos, tan solo reemplazamos el corte por educación", explica.

"Durante tres días, reunimos a las niñas y las capacitamos en temas de salud, educación, derechos sexuales y reproductivos y después de este proceso tenemos la ceremonia. Se bendicen libros y reciben la bendición de los ancianos. Pero en el buen sentido, no para ir a cuidar a un marido o hijos sino para convertirse en personas importantes, en la persona que quieran llegar a ser", resalta con orgullo.

La activista reconoce que "no es fácil 100%". "Todavía hay chicas que escapan de sus familias y acuden a nosotras, tenemos la presión de otros hombres… Eso significa que aún hay mucho por hacer". En este sentido, Nice sueña con disponer algún día de un refugio donde poder acoger a las niñas que huyen.

"También quiero abrir una escuela para chicas y para empoderar a las mujeres, un lugar donde puedan recibir formación en actividades productivas que generen ingresos", proyecta. Por el momento, ya está trabajando en una academia para líderes. Cada año tiene previsto capacitar a 50 niñas de las distintas comunidades con las que trabaja para que se conviertan en modelos a seguir. "Necesitamos voces jóvenes, yo no puedo seguir siendo el modelo en los próximos 40 ó 50 años".

Veinte años después de la huida que hizo de ella un mal ejemplo para otras niñas, Nice Nailantei recorre el mundo como embajadora de la lucha contra la mutilación genital femenina. Los ancianos de su comunidad han reconocido su fortaleza otorgándole un ‘esiere’, el bastón negro que simboliza liderazgo entre los masái. Es la primera mujer en tenerlo. "Tenemos que celebrar las pequeñas victorias, apreciar los logros, por pequeños que sean. Así podremos hacer grandes cosas".

jueves, 29 de marzo de 2018

#hemeroteca #feminismo | Isatou Jeng: “No me he convertido en feminista. Nací feminista”

Imagen: El País / Isatou Jeng
“No me he convertido en feminista. Nací feminista”.
La activista gambiana Isatou Jeng lidera la iniciativa The Girls’ Agenda para acabar con la mutilación genital femenina y los matrimonios juveniles en su país.
Tiziana Trotta | El País, 2018-03-29
https://elpais.com/elpais/2018/03/22/planeta_futuro/1521740019_582570.html

Isatou Jeng no sabría decir cuándo se acercó al feminismo. Está convencida de que, si no hubiera logrado evitar su matrimonio con 15 años, probablemente a esta hora no estaría hablando de los derechos de las mujeres. Más bien, estaría rodeada de hijos a pesar de tener apenas 30 años. “Mi vida es un claro testimonio de discriminación, abusos, explotación y violencia. Pero es justamente todo lo vivido lo que me motiva para llevar adelante mi trabajo”, asegura la activista gambiana. La fundadora de la organización The Girls’ Agenda lucha para acabar con la mutilación genital femenina y las niñas esposas en su país, donde el 75% de las mujeres de entre 15 y 49 ha sido víctima de ablación.

“Feminismo para mí significa iguales oportunidades para chicos y chicas en todos los ámbitos, sin excepciones. Desde que era pequeña y veía cómo tenía que luchar mi madre para sacar adelante a la familia, me dije que un día contribuiría a acabar con la discriminación de la mujer”, explica desde Madrid, donde está de paso tras participar en el VIII Encuentro 'Mujeres que transforman el mundo', celebrado en Segovia entre el 16 y el 25 de marzo. “No me he convertido en feminista. Nací feminista”.

Jeng se quedó huérfana de padre con tan solo tres años. Su madre se vio obligada a volver con su anterior marido. “Él no me aceptaba como su propia hija y para mí fue un verdadero trauma crecer así”, recuerda. “Me trataba como una paria. Nunca me dio nada. Ni siquiera me llamaba por mi nombre”. No obstante, esto no fue tan duro para ella como ver a su madre día tras día levantarse a las cinco de la mañana para ir a vender verduras al mercado, trabajando de sol a sol fuera y dentro de casa. “Mi madre nunca fue a la escuela. Sin embargo, entendía la importancia de la educación y hacía todo lo posible para que sus hijos pudieran estudiar”, dice. “Nunca la trataron de manera digna, pero jamás la he oído quejarse. Crecí con la pasión por contribuir a hacer del mundo un lugar mejor, más justo para las mujeres. Afortunadamente, he acabado haciendo lo que siempre he deseado”.

A los seis meses fue víctima de ablación genital, una práctica formalmente prohibida en su país desde finales de 2015 pero que se resiste a desaparecer. “Más tarde, cuando empecé a entender qué es, cómo se realiza y qué consecuencias tiene, sentí que no era justo que me extirparan algo del cuerpo sin mi consentimiento”. Sin embargo, Jeng sabe que se trata de algo muy arraigado en la tradición y que su madre decidió cortarla al pensar que era lo justo para ella, para que fuera aceptada en la sociedad.

“En Gambia, el sexo y todo lo que rodea a los genitales son temas tabú”, señala. Y, por mucho que intentara hablar de mutilación genital con su madre, no obtenía explicaciones. Esta falta de educación sexual y el limitado acceso a contraceptivos fueron la causa de que se quedara embarazada a los 15 años. Echando la vista atrás, Jeng ya no se arrepiente de nada. “En mi país es muy duro ser una superviviente de embarazo juvenil. Incluso si eres mayor de edad, si no estás casada, eres una vergüenza para toda la familia. Mi embarazo, sin embargo, es uno de los factores que me dio la fuerza para embarcarme en esta lucha”.

“Normalmente, en Gambia, cuando pasa algo así toda la culpa se achaca exclusivamente a la chica. Pero, al contrario, mi madre siempre me apoyó y se opuso a que me casara con el padre del bebé, contrariamente a lo que intentaban imponerme los hombres de la familia”. Una vez más, su madre fue su salvación. A los seis meses, se hizo cargo de su hija para que ella pudiera mudarse con su hermana mayor y volver a la escuela, pese a la desaprobación de vecinos y familiares.

El estigma y la discriminación que acompañaron el regreso de Jeng a las aulas fueron enormes. Ella, por su parte, nunca intentó ocultar su historia delante de los demás, incluso cuando le señalaban con el dedo o le dirigían palabras ofensivas. Su empeño en los estudios le llevó a graduarse unos años después en Ciencias Políticas.

“En Gambia, licenciarse después de haber pasado por un embarazo juvenil es algo muy raro. Fue una época difícil, porque venía de una familia con pocos recursos y los estudios pueden ser muy caros. Cómo lo logramos, fue una sorpresa para todos. Fue increíble, pero en mi vocabulario no existe la palabra abandonar”, recalca.

Jeng sabe que su caso es más único que raro. Por eso decidió diseñar un proyecto piloto para ayudar a las chicas que se encuentran en su misma situación. “Quiero que las madres adolescentes vuelvan a soñar. Les damos formación en feminismo, mutilación genital, matrimonio juvenil y les preparamos para enfrentarse al estigma de la sociedad”, explica. “Comparto mi historia allá donde vaya para que vean que si yo pude, ellas también pueden”.

Casi todas las mujeres involucradas en las actividades de The Girls’ Agenda han sido víctimas de ablación. Los miembros de la organización trabajan mucho en pequeñas comunidades rurales, donde se dirigen a la gente hablando el idioma local. “Al ser algo considerado cultural, no puedes simplemente ir a ver a la gente y decirle que lo que hace está mal. Tienes que ser estratégico: hablar con ellos para que lo entiendan, para que tengan tus mismos conocimientos”, insiste la activista. “En el momento en que les cuentas cómo la mutilación ha afectado tu vida sexual y a tu salud, muchas otras mujeres salen a la luz pública y comparten su testimonio”.

El simple hecho de poder abordar en público un tema tabú como la mutilación genital femenina para Jeng es síntoma de que hay un cambio en marcha. “La gente joven se opone de manera muy firme a la ablación. Si seguimos por este camino, la próxima generación en Gambia podrá estar libre de mutilación. Este es el momento, tenemos que seguir levantando la voz”.

viernes, 19 de enero de 2018

#hemeroteca #ablacion | “Mis padres querían mutilarme y casarme porque necesitaban una vaca”

Imagen: El País
“Mis padres querían mutilarme y casarme porque necesitaban una vaca”
En Tanzania se practica la ablación con el pretexto de que el clítoris seguirá creciendo y matará al marido, para evitar supuestas enfermedades y por motivos económicos.
Flavia Olivia Farraces | Planeta Futuro, El País, 2018-01-19
https://elpais.com/elpais/2018/01/08/planeta_futuro/1515424791_575314.html

“Un día mis padres me dijeron: 'Te vamos a mutilar para que puedas conseguir un marido”, cuenta Janeth Ropi, de 12 años. La joven tanzana no dijo nada, pero lloró sin pausa durante todo el día. Tanto que sus padres se asustaron y creyeron que huiría. Por eso encomendaron a uno de sus cuatro hermanos varones que hiciese de centinela. Poco tiempo después llegó la 'ngariba' (mutiladora en suajili). Intentó escapar, pero su hermano y otros hombres del pueblo la atraparon. Su padre la golpeó con un cable eléctrico. Y la mutiladora se llevó para siempre su clítoris.

Janeth lo cuenta mirando hacia el suelo, musitando las palabras y esquivando los detalles dolorosos. Todo está aún muy reciente para esta joven masai. Ocurrió en noviembre de 2016. La encerraron en una habitación durante un mes mientras se recuperaba con otras dos chicas que también habían sido mutiladas. El dolor le impedía levantarse, hasta el punto de que una persona tenía que cogerla en brazos y llevarla hasta el aseo para hacer sus necesidades. Hoy todavía siente molestias cuando camina rápido. En Tanzania, la mutilación genital afecta al 15% de las mujeres, según Unicef, por lo que está considerado un país de baja prevalencia y uno de los que más ha avanzado en la lucha contra esta peligrosa práctica que puede provocar la muerte y deja una indeleble huella psicológica. Pero en la región septentrional de Manyara, de donde procede Janeth, rural y mayoritariamente poblada por la etnia masai, el porcentaje asciende al 50,8%, según las estadísticas gubernamentales del Tanzanian Demographic Health Survey.

Janeth prosigue. Días después, llegó un hombre de unos 30 años con una dote de dinero y vacas para escoger esposa entre las tres convalecientes. Cuando ella terminó de recuperarse, todavía no había elegido a ninguna. La joven juguetea con el collar, sin despegar la vista del suelo. Recuerda que ya había regresado a su hogar tras la ablación. Su casa no tenía puerta, tan solo una pila vertical de cestas tapando la entrada, que el hombre apartó fácilmente cuando se introdujo en ella por la noche. “Después de violarme, le llevó las vacas a mi madre”, explica. Ella es una de las 40 jóvenes que acoge la ONG Nafgem en el norte de Tanzania. Todas han sufrido la mutilación o escaparon de ella y permanecen con la organización hasta que sea seguro regresar con sus familias.

Una práctica secreta
El coordinador de Nafgem, Francis Selasini, explica que la ablación se sigue practicando “discretamente”, a pesar de que está prohibida por ley desde 1998. A veces como parte del bautizo o de la comunión, incluso en recién nacidas, y otras en niñas más mayores como forma de prepararlas para un matrimonio temprano. “Hay mucha ignorancia sobre sus consecuencias: cuando una niña muere desangrada tras ser mutilada, las familias no conectan ambos eventos. Creen que se trata de mal fario y se han dado casos de padres que se deshacen de los cuerpos de sus hijas abandonándolos entre los arbustos para que los coman las hienas”, apunta.

Los argumentos para mutilar a una joven son muy variados. Desde que sea aceptada socialmente hasta preservar su castidad o la creencia de que puede prevenir una infección llamada lawa-lawa que, en realidad, puede ser evitada con una mayor higiene. Otras veces, el motivo puede ser tan pragmático como la necesidad de reunir una dote para uno de los hijos, como le ocurrió a Leah Mollel, de 24 años. Sus padres le presentaron a su futuro marido, un hombre de 45 años que había ofrecido 500.000 chelines tanzanos (casi 190 euros) y diez vacas para desposarla. Su familia quería usar esa dote para que el hermano de Leah pudiera, a su vez, encontrar una esposa. Pero la razón de fondo es controlar la sexualidad de las mujeres, socavar su placer.

En algunos lugares sobreviven incluso creencias tan exóticas como que si el clítoris no se secciona, seguirá creciendo y matará al marido durante el acto sexual. La explicación que dieron sus padres a Nagalal Territho, de 22 años, es que así no se convertiría en una prostituta. La noche anterior a que eso ocurriera decidió adueñarse de su destino y huyó. Tenía miedo porque había visto morir a una amiga suya por ese motivo. “Mis padres querían mutilarme y casarme porque necesitaban una vaca”, sentencia Nagalal.

En Tanzania, las mujeres son, con frecuencia, una moneda de cambio, un medio para conseguir dinero o ganado. Pero la resuelta y enérgica Nagalal tenía muy claro que quería estudiar y hoy se prepara para ser diseñadora de moda. La lucha contra la ablación de Nafgem no acaba cuando protegen a las víctimas, sino que también implica educar a los perpetradores: las familias, los líderes de la comunidad y las mutiladoras. La psicóloga de Nafgem, Beatha Lyamuya, explica que, tras ser sometidas a la mutilación, las niñas pierden la confianza en sus progenitores y el vínculo no siempre es fácil de reparar. “Al principio los padres no comprenden que hayan hecho algo mal, pero cuando hablamos con ellos la mayoría termina disculpándose con sus hijas”, señala. Solo cuando se comprometen a no mutilarlas y a dejar que estudien, pueden volver a convivir con ellas.

El retorno de las jóvenes a sus comunidades no es sencillo. La mayoría no ve con buenos ojos a quien ha osado desafiar el ‘status quo’. “Algunos les echan la culpa de lo que ha pasado y les dicen que nadie querrá casarse con ellas”, apunta Lyamuya. Pero sus familias no se atreven a imponerles de nuevo su voluntad, porque tienen miedo de que les denuncien ante las autoridades si lo hacen. Para evitar que, como Nagalal y Leah, las jóvenes puedan huir de la mutilación, la intervención se practica cada vez más temprano, incluso a recién nacidas.

La pequeña Evaline Kaipai, de siete años, tuvo suerte de que su hermana Ruti, de 25, la ayudara a huir. Ahora Evaline está interna en un colegio, donde estudia y juega como le corresponde por su edad. Su padre nunca la llevó a la escuela porque decidió era mejor que ayudara a su madre en el hogar. Para llegar hasta el centro hay que subir por la falda del Kilimanjaro, atravesando frondosos bananos, aguacateros y cafetales. Un rincón poco accesible donde está a salvo de los que quisieron robarle la infancia.

Mutiladora, un oficio prestigioso
En Tanzania, la mutilación no se produce en un entorno clínico, como ocurre en países como Egipto, sino que corre a cargo de mujeres que, paradójicamente, también ejercen como parteras. Martha Daudi, de 66 años, es consciente ahora de los riesgos. Hace 12 años que decidió enterrar la cuchilla. Esta mujer voluminosa, sonriente y vivaracha aprendió observando a otras mutiladoras y reconoce que lo hacía por el “prestigio” del que disfrutan estas practicantes. “La gente se quedaba admirada al ver a una joven tan valiente como para practicar la mutilación”, rememora. Se ganaba muy bien la vida, explica, cobrando 30.000 chelines (poco más de 11 euros) por cada intervención. “No he pedido perdón a las jóvenes que mutilé, pero me gustaría”, reconoce.

Ahora sus ingresos proceden de los cuencos, pendientes y pulseras, entre otras piezas de artesanía que fabrica con coloridas cuentas en un taller de Nafgem en Likramuni, a 60 kilómetros al sur de la ciudad de Moshi. Las pulseras son comercializadas en España por la ONG Mundo Cooperante, que apoya la labor de Nafgem en Tanzania. De esta forma, las mujeres encuentran incentivos económicos para dejar esta perniciosa práctica. Ana Lemri wa Miaka, de 83 años, ensarta cuentas con agilidad junto a Martha. También fue mutiladora, pero no añora su antigua vida. “A las chicas no se les permitía quejarse, se les decía que tenían que ser fuertes”, recuerda. Cuando Nafgem le explicó que su actividad podría costarle el ingreso en prisión o incluso aumentar sus posibilidades de contraer el sida al estar en contacto con sangre, decidió dejarlo.

La temporada alta de la mutilación tiene lugar durante las vacaciones de verano o de diciembre, cuando las jóvenes regresan de los colegios donde están internas y hay tiempo suficiente para organizar los preparativos. Los días previos a la mutilación suelen tener un aire de bullicio ajetreado, por lo que las jóvenes deben estar atentas para zafarse. La impunidad para mutilar a una joven en Tanzania cuesta 300.000 chelines (112 euros). Esa es la cantidad para eludir la pena de entre cinco y 15 años de cárcel que prevé la legislación para quienes mutilen o permitan que se mutile a una joven, lo que incluye no solo a las perpetradoras, sino también a las familias. Pero la norma solo se aplica a las menores de edad, dejando desprotegidas a las mujeres adultas, que también sufren esta práctica.

La amputación del clítoris es el doloroso rito de pasaje hacia la madurez. La señal de que la mujer está lista para casarse. Por eso mutilación y matrimonio infantil se dan la mano. El jefe masai de Likramuni, Salome Mollel, de 87 años, admite que como líder de la tribu, solía casar a niñas de ocho con hombres en la veintena, y a las de 12 años con varones de hasta 60. En la cultura masai, los hombres pueden tener varias mujeres, por lo que estas crías podían convertirse en segundas, terceras o cuartas esposas. “La niña tenía que cumplir con sus deberes de esposa le gustase o no. Y si se resistía a consumar el matrimonio, el marido tenía la potestad de violarla”, reconoce Mollel.

La violación dentro del matrimonio sigue siendo legal en Tanzania. Al igual que el matrimonio infantil, a partir de los 14 años con permiso de un juez o de los 15 años con consentimiento de los padres. Aunque la Corte Suprema de Tanzania anuló en julio de 2016 los artículos que permitían el matrimonio infantil, la legislación todavía no ha sido modificada. Una vez casadas, los abusos eran constantes. El marido podía humillar, ridiculizar o golpear a su joven esposa como si fuese de su propiedad. Y si la mataba, “las familias de ambos se reunían y los parientes del marido entregaban 49 vacas a los de la mujer y la deuda quedaba saldada”, detalla Mollel. Pero cada vez más mujeres se niegan a que su valor se mida en vacas.

miércoles, 26 de abril de 2017

#hemeroteca #feminismo #testimonios | Nawal el Saadawi: "No se puede ser feminista y aprobar el uso del velo"

Imagen: El País / Nawal el Saadawi
Nawal el Saadawi: "No se puede ser feminista y aprobar el uso del velo".

Eterna candidata al Nobel de Literatura, pionera en la lucha por la igualdad y activista contra la violencia amparada en la tradición o la religión, la egipcia Nawal el Saadawi ha utilizado su vida como material para sus 60 libros. El más conocido, ‘Mujer en punto cero’, acaba de reeditarse.
Anatxu Zabalbeascoa | EPS, El País, 2017-04-26
https://elpais.com/elpais/2017/04/26/eps/1493157934_149315.html 

La igualdad por la que la escritora, psiquiatra y activista egipcia Nawal el Saadawi (Kafr Tahl, 1931) lleva seis décadas luchando está lejos de ser real. “Tanto en Egipto como en Estados Unidos”, precisa. Eterna aspirante al Premio Nobel de Literatura, la polémica autora de Mujer en punto cero (Capitán Swing, en castellano, y Angle, en catalán) ha conocido los dos lados del poder. Fue directora de salud pública en su país y consejera de la ONU para el programa Mujeres en África. Pero tuvo que publicar sus libros en Líbano cuando fueron censurados en Egipto y exiliarse tras ser encarcelada y acusada de revolucionaria. En el Palau Macaya de la Fundación La Caixa de Barcelona explica por qué incluso la prostitución puede ser liberadora en ciertos países y por qué es una feminista en contra del velo, aunque algunas mujeres aseguren llevarlo voluntariamente. Sus 60 libros, traducidos a 40 idiomas, están basados en sus vivencias. Tras años de destierro, regresó a El Cairo porque cree que allí puede ser más útil. En 2011 muchos ciudadanos coreaban sus ideas en la plaza Tahrir de su ciudad. Ella también estuvo allí. Nada en sus movimientos y energía delata los 85 años que tiene.

Lleva décadas defendiendo los derechos de la mujer en la zona del mundo en la que parecen más vulnerables. ¿Qué ha mejorado?
La esperanza es poder. En prisión, bailaba para animarme. Nunca me he rendido. Pero lo que más me preocupa de Egipto es lo mismo que me inquieta del resto del mundo. No es posible separar lo local de lo global. Vivimos en un único mundo, no en tres, y está dominado por el mismo poder capitalista, patriarcal y religioso.

¿Todas las religiones son represivas?
Todas: el cristianismo, el islamismo y el judaísmo, las tres religiones monoteístas que dominan al mundo, son un sistema machista, racista, militar y fanático que oprime particularmente a las mujeres y a los pobres. En Egipto fuimos colonizados por los británicos y ahora estamos colonizados por los estadounidenses y los europeos. Las mujeres nunca podrán ser liberadas en un país que no esté liberado. En el ámbito solo de los derechos de las mujeres ha habido regresión. Hace medio siglo, en la Facultad de Medicina nadie llevaba velo. Ahora el 90% de las mujeres se cubre la cabeza.

Bajo un mismo nombre, el feminismo lucha por cosas diversas. Algunas feministas aprueban el velo. Lo consideran parte de la libertad individual. ¿No es posible estar a favor del velo si defiendes la igualdad?
El velo empezó en el judaísmo y el cristianismo. Era el castigo a Eva por haber accedido al conocimiento, comiendo del árbol de la ciencia. El velo simbolizaba el corte de la cabeza. Ese es el problema: convierte a las mujeres en cuerpos sin cabeza. En el cristianismo, cuanto más devota era una mujer, más se cubría. Piense en las monjas. El islam lo heredó. De modo que no se puede ser feminista y aprobar el uso del velo. Ahí no hay libertad de elección, admitirlo es aceptar la esclavitud.

¿Qué ha visto mejorar?
En Egipto luchamos conjuntamente contra los islamistas radicales y el colonialismo estadounidense y europeo. Las mujeres también estamos luchando. Y estamos ganando.

¿Qué están ganando? Según Unicef, en el mundo todavía hay 200 millones de mujeres con los genitales mutilados. La ONU quiere erradicar la ablación para 2030. ¿Por qué tan tarde?
La ONU es muy conservadora. Tampoco han condenado la mutilación genital masculina. Como médico, estoy en contra de ambas. Millones de hombres sufren biológica, psicológica y socialmente cuando se les practica la circuncisión. He luchado toda mi vida contra esto y creo que avanzamos porque el Gobierno egipcio aprobó en 2008 una ley que prohíbe la circuncisión y la ablación.

Cuando Nawal el Saadawi tenía seis años, su daya, la mujer que cuidaba de ella y sus hermanos, entró en su habitación y buscó su cuerpo bajo las sábanas con una cuchilla de afeitar. La niña no supo qué ocurrió aunque sintió un dolor que la atravesaba y empezó a sangrar. Lo ha contado en su novela La hija de Isis (Del Bronce).

Que a usted le cortaran el clítoris marcó su vida. Y su literatura.
El enfado te despierta. He utilizado mi rabia para proteger a las mujeres, a los niños y a los hombres.

¿Qué recuerda? ¿Estaba su madre delante?
Por supuesto. Ella también había sido mutilada. 
 
¿Y ni siquiera así pudo evitarlo?
No se daba cuenta. No conocía otra cosa. Ni yo me planteaba que hubiera posibilidad de no pasar por eso. Solo fui consciente del daño que implicaba cuando estudiando Medicina vi cómo mutilaban a otras niñas. Entonces regresó el dolor. En psiquiatría existe una amnesia llamada de infancia, uno olvida lo doloroso, pero ese daño vuelve cuando lo ves en otros.

Su escritura habla de ese dolor.
Es mi memoria.

En su infancia, ¿no habló de la ablación con sus hermanas o amigas?

Imposible. Lo considerábamos algo natural, no se nos pasaba por la cabeza que pudiera no practicarse.

¿Cómo la afectó físicamente?
Al principio no me di cuenta.

¿Pudo sentir placer sexual?
No. En realidad, yo no he tenido vida sexual.

Tiene dos hijos.
Los hijos no tienen nada que ver con los orgasmos. Las mujeres mutiladas sabemos que el primer órgano sexual del cuerpo es el cerebro. He alcanzado orgasmos con mi mente; en mis matrimonios, jamás.

¿Por la ablación?
En parte, pero la inhibición por educación es tan negativa como la mutilación.

Usted, que lo ha discutido todo, ¿no cuestionaba esa inhibición?
La primera educación puede lavarte el cerebro. Me costó aprender que el sexo no era algo sucio. El islamismo, el judaísmo y el cristianismo están de acuerdo en ese punto. La Virgen María no tuvo sexo. Pensé que yo sería igual, que pariría sin practicar sexo.

¿Su hija padeció ablación?
No. Jamás lo hubiera permitido.

Se convirtió en psiquiatra para lidiar con este tema.

Muchos problemas físicos se resuelven en la mente. Fui una niña inhibida sexual, política y socialmente. Pero mi mente rompió todos esos tabús y me hizo libre. Aunque la mente tiene límites: cuando te cortan el clítoris, no te lo puede implantar de nuevo.

De 1966 a 1972 fue directora general del Ministerio de Sanidad egipcio. Protestar le costó el puesto.
El ministro era un dictador y me acusó de revolucionar a la gente por decir cosas como las que le estoy contando. El poder no quiere afrontar cómo ejerce el mando. Incluso cuando viví exiliada en Misuri (Estados Unidos) tuve que enfrentarme al presidente de mi universidad. Era pro Bush. Yo lo critiqué durante una conferencia y me echó. Siempre he tenido problemas por opinar por lo que me parecía injusto.

¿Cómo ha lidiado con tanto conflicto?
Escribiendo: la escritura es poder.

Vivió casi dos décadas en EE UU y dio clase en Nueva York, Florida, California...
Sí. Y en todas partes vi mujeres oprimidas. Viven bajo el mismo sistema capitalista, patriarcal y de control religioso.

¿No hay algún lugar en el mundo donde los derechos humanos sean más respetados?
Claro que hay grados de desigualdad: no es lo mismo Suecia que Arabia Saudí, pero hoy todos vivimos bajo la misma sociedad de consumo que pone el dinero por encima de las personas.

Una carta de protesta a Dios fue su primer escrito.
El poder del Estado y el divino oprimen. Por eso los Gobiernos necesitan a la religión. Precisan de Dios para justificar la injusticia. Escribí la carta con siete años. Sacaba muy buenas notas y le dije que si era justo debía tratarme como a mi hermano, o incluso mejor, porque las suyas eran malas. Le escribí que si no respondía no creería en él.

¿Por eso nunca creyó? ¿Qué entendemos por Dios?
Para mí Dios es la justicia. Eso lo aprendí de mi abuela paterna, que era campesina y no había leído nunca el Corán. La justicia, la libertad, el amor es mi Dios. Es mi diosa [carcajada], corríjalo.

Ha escrito que deshacerse del deseo nos hace libres. ¿Eso no es budismo?
El budismo también tiene cosas malas. Y Buda era machista. Desprenderse de cualquier atadura nos libera. Incluso de la de la maternidad, que esclaviza a las mujeres. Fui una esclava de mis hijos. Toleré tres maridos por ellos. Cuando me divorcié me libré de la prisión del matrimonio y de la atadura de la maternidad. Hay montones de prisiones: salimos de una y caemos en otra.

¿Qué relación tiene con sus hijos?
Muy buena. Son independientes. Mi hija escribe. Mi hijo hace películas. Los veo poco. Pero me alegro cuando ellos se alegran. Eso es todo lo que necesito.

En 2011, mucha gente congregada en la plaza Tahrir de El Cairo gritaba sus ideas. ¿Cómo transformar el enfado en política?
Despertando a la gente. Nadie puede liberar a nadie, excepto uno mismo.

¿Las mujeres poderosas ayudan a alcanzar la igualdad?
Algunas no entienden el feminismo. Creen que ser feminista es odiar a los hombres. Y nada de eso: yo amo a los hombres progresistas. Y a las mujeres progresistas. No me gustan las que para mandar se vuelven patriarcales, y la mayoría de las que llegan a ministras o consiguen presidir algo lo hacen. Ese tipo de persona no ayuda a las mujeres. Las perjudica. Por eso las mujeres poderosas para mí son las que luchan contra la desigualdad en su propia familia, en sus trabajos y en su vida cotidiana. Eso es lo que cambia las cosas.

Ha escrito que todas las mujeres son prostitutas.
El matrimonio es prostitución.

Usted se ha casado tres veces. ¿Así se sintió en sus matrimonios?
No, por una razón muy sencilla: siempre he sido el sustento económico. Nunca me trasladé a una casa de mi marido. Nunca acepté un regalo, ni de él ni de ningún otro. En una relación sentimental no puede haber relación económica, y no es fácil porque entendemos los regalos como demostraciones de afecto, pero conducen al sometimiento. Y en mi país, con mucha frecuencia, un matrimonio oculta lo que entiendo como prostitución encubierta. La dignidad tiene mucho que ver con poder pagar tus gastos.

¿Amó a sus maridos?
Bueno, amor es una palabra muy grande. No he encontrado el hombre que me hiciera amarlo. Amé a mi abuela, a mis hijos, a mis padres. Pero el amor pleno no puede existir en una sociedad capitalista y patriarcal en la que una parte de la población domina a la otra. Lo que entendemos por amor también es producto del sistema bajo el que vivimos. Los hombres tienen tantos prejuicios como las mujeres. Viví con mi tercer marido, un activista marxista, durante 43 años. Estuvo encarcelado por defender los derechos humanos y sin embargo en casa oprimía a nuestra criada. Estaba lleno de contradicciones. Ninguna de mis parejas –ni mi marido médico, ni el segundo que era juez ni el tercero activista– me ha tratado como a un igual.

¿Usted no tiene contradicciones?
Claro. Tratar de ser justo es un trabajo vitalicio porque las capas psicológicas que heredamos nos hacen ver como natural el sometimiento.

¿La prostitución no es otro tipo de esclavitud?
Depende. La protagonista de ‘Mujer en punto cero’ se libera de la esclavitud a la que la somete su marido gracias a la prostitución.

¿Existió?
Estuve con ella tres horas. Fue ejecutada. Pero me contó su demoledora historia. Por eso escribí el libro.

Ella asesinó a su chulo. ¿Defiende llegar al asesinato para ser libre?
Estoy contra el asesinato, pero puedo matar. Cuando me encarcelaron, mi mejor amiga era una asesina. Cuando uno es creativo, mata con su lápiz. Si no hubiera sido escritora, hubiera podido llegar a matar.

¿Se convirtió en novelista para llegar a un mayor número de lectores?
No. Escribí mi primer libro con 13 años: Memorias de una niña llamada Squad. Quería ser bailarina porque soy muy atlética. Todavía nado. Mi sueño era unir la fuerza de mi cuerpo, mente y espíritu. El esplendor se da cuando esos tres van juntos. Lo que los separa es la religión.

¿Cómo educó a sus hijos?
No los eduqué. Se educaron ellos. Mi hija es escritora. Y hace poco publicó un texto explicando que los había educado sin ser autoritaria pero siendo valiente. Observándolos, dejando que tomaran decisiones.

¿Usted ha hecho lo mismo?
Me temo que no.

¿Los oprimió?
Bueno, espero que ellos no lo sientan así.

¿Cómo se educa sin intervenir?
Cuando me preguntaban, respondía. Nunca los obligué a nada. No quise utilizar la autoridad. Uno educa más con lo que hace que con lo que dice. No puedes enseñar algo que tú no practicas. Mis hijos viven en Egipto porque no serían capaces de irse. Creemos que tenemos que ayudar.

¿Sus maridos trataban de educar a sus hijos?
No quise que les mandaran. Estoy en contra de toda autoridad que no sea moral. Los niños necesitan madres poderosas que los protejan de sus padres.

Está asumiendo que los padres son negativos.

Ser poderoso sin razón para serlo genera agresividad. Mis hijos fueron libres y ahora son personas creativas.

Cuando en 1981 la encarcelaron, ¿la juzgaron?
Qué va. [El entonces presidente egipcio] Anuar el Sadat dio la orden por unas conferencias que di oponiéndome al acuerdo entre Israel y Egipto.

Pero años antes, cuando Israel invadió Egipto en 1968, sí la dejaron trabajar como médico voluntaria en el frente.
Estoy contra la injusticia, la colonización, la invasión militar. No diferencio entre política, economía o sexualidad. En todos los ámbitos la injusticia es inadmisible.

Pasó tres meses en la cárcel.
Hasta que asesinaron a El Sadat. Si no lo hubieran matado podría seguir allí.

¿Qué aprendió?
Mucho. Siempre aconsejo una temporada en prisión. El dolor es el mejor educador: mi vida está llena de él, por eso he podido crecer. En la cárcel, los presos están clasificados por grupos: ladrones, asesinos, traficantes y políticos. Me hice amiga de una asesina que se había convertido en la asistenta de la carcelera porque esta se dio cuenta de que era una asesina honesta: había matado a su marido harta de que violara a su hija.

¿Volvió a verla?
La mataron en la cárcel. Allí escribí ‘Memorias de la cárcel de mujeres’. A los presos políticos no nos daban papel, pero las prostitutas tenían papel higiénico y lo escribí en uno de sus rollos. Es uno de mis mejores libros.

Mubarak, sucesor en la presidencia de El Sadat, la sacó de la cárcel en 1981 y luego, en 2005, usted se presentó a las elecciones a la presidencia de su país compitiendo con él.
Fue para enviar un mensaje sobre lo que se podía hacer, pero la policía empezó a perseguirnos. Al final nos lo prohibieron. Todos los Gobiernos que he conocido están contra los pobres y del lado del 1% de la humanidad que controla el capital. Eso hoy es aplicable a todo el planeta.

¿Preferiría el Nobel de Literatura o el de la Paz?
El premio que me interesa es que uno de mis libros le cambie la vida a alguien.

domingo, 12 de febrero de 2017

#hemeroteca #ablacion | Asha Ismail: “Cuando terminan de cortar, empieza tu pesadilla”

Imagen: Deia / Asha Ismali
Asha Ismail · Presidenta de ‘Save a Girl, Save a Generation’: “Cuando terminan de cortar, empieza tu pesadilla”.
“Me cosieron con hilo y aguja y me dejaron un pequeño agujero para mantenerme pura y virgen”. Este es un relato crudo, pero necesario para comprender.
I. Alonso | Deia, 2017-02-12
http://www.deia.com/2017/02/12/sociedad/euskadi/cuando-terminan-de-cortar-empieza-tu-pesadilla

Asha es una mujer somalí de Kenia que debe rondar los 50 años ya que no sabe exactamente cuándo nació. Con su testimonio como superviviente de la Mutilación Genital Femenina (MGF), esta activista pretende erradicar una práctica ancestral que sufren 200 millones de niñas y mujeres en 28 países de África y Oriente Medio. Cuando tuvo a su primera hija hace 27 años, Asha decidió que “ella no iba a pasar por lo que yo” y nació la idea de fundar ‘Save a Girl, Save a Generation’ ya que su hija fue la primera generación de su familia que fue salvada. Reconoce que en el Estado “aún no hemos dado con la varita mágica” para evitar que las hijas de familias de etnias que practican la MFG la sufran aquí o cuando van de vacaciones a los países de origen. A su juicio, es muy necesaria la labor de mediación para ayudar a las mujeres a decir “no” ya que la ablación es “algo irreversible que no se puede cambiar por mucha cirugía reconstructiva de clítoris que haya porque es un daño que no se puede borrar en la vida”.

¿Cómo se plantea a una niña la Mutilación Genital Femenina?
-Es una práctica que está muy arraigada entre ciertas etnias de distintos países de África. El planteamiento es casi natural, llega en el momento en el que la familia está bien económicamente para hacer este ritual. En la comunidad somalí se hace a las niñas desde los cinco años a los doce. Normalmente se hace antes de que les llegue la primera regla y lo que se hace es decir a la criatura que va a pasar algo especial que le va a purificar. Digamos que es un acontecimiento familiar muy importante, aunque las familias no celebren una ceremonia propiamente dicha. En ocasiones, mutilan a la niña en solitario y hay veces en que varias familias se pueden juntar y mutilar a todas sus hijas el mismo día.

¿Cómo recuerda ese día?
-Me acuerdo muchísimo porque es una de esas cosas que no se olvidan. Fue cuando tenía cinco años, más o menos, porque no sé exactamente cuando nací. La noche anterior pasé muchos nervios; por la mañana me mandaron a comprar las cuchillas y las llevé a casa de mi abuela. Estábamos en la cocina de aquella casa de paredes de barro y techo de paja. Habían cavado un agujero en el suelo, que es donde se suponía que tenía que caer la sangre. Mi abuela me sujeta las manos a la espalda y usa sus piernas para abrir las mías. Frente a mí está mi madre y la señora que empezó a cortar...

(Asha coge aire al otro lado del teléfono y yo contengo el mío a éste).
-...No es fácil describir lo que sentí en ese momento. Intenté gritar con todas mis fuerzas, pero no pude porque me metieron un trapo en la boca porque allí es vergonzoso oír los gritos de una mujer por dolor. Cuando la mujer termina de cortar, mi madre le dice que me cosa bien lo que quedaba ahí para que quedase completamente cerrado, sellado, porque es una manera de mantener a la niña pura y virgen. Me cosieron con hilo y aguja y me dejaron un agujero muy pequeño para hacer las necesidades.

No sé qué decir, la verdad.
-La mutilación se cura, al fin y al cabo, es una herida. Pero a partir de ese momento tu vida cambia, te levantas de allí siendo otra persona a la que le han robado algo muy, muy importante. Obviamente en ese momento no te das cuenta de todas las consecuencias que implica la mutilación, pero tus pesadillas acaban de empezar y no tienen fin.

Secuelas físicas, psíquicas...
-Tu pesadilla acaba de empezar porque no tienes la misma seguridad, aunque no lo relacionas con lo que te han hecho. Te avergüenzas de ti misma, no se podía hablar de ello ni siquiera con mis hermanas. Era dolor al hacer pis, infecciones, cuando te baja tu primera regla es horrible porque no tiene por dónde salir, la primera relación sexual es muy dolorosa, con tu primer hijo...

¿Tiene hijos?
-Tengo tres, un niña y dos niños. Mi primera hija tiene 27 y mi bebé 19.

Todo un chicarrón su “bebé”.
-(Asha ríe, pero este respiro dura poco) Y nada, como te he dicho tu vida cambia, es algo que te llevas hasta la tumba aunque quieres perder la memoria. Te han arrancado unas hojas de tu vida que no las vas a recuperar. Una mujer mutilada no va a saber nunca cómo se siente una mujer normal o cómo es tener la confianza de tener un cuerpo entero, no manipulado.

¿En algún momento de su vida ha mirado a la cara a su madre y le ha preguntado por qué?
-Primero tienes que darte cuenta de que esas madres aman a sus hijas. Sé que cuesta creerlo, viéndolo desde tu punto de vista. Pero esas madres aman a sus hijas y cuando las someten a la Mutilación Genital Femenina lo que intentan es protegerlas, darles dignidad y que sean respetadas en la comunidad para que se puedan casar con un buen hombre (del que dependerán económicamente). Si no lo hacen sienten que les están negando esa posibilidad o poniendo obstáculos en su futuro ya que la comunidad exige que se haga porque los hombres buscan a la mujer más pura. ¿Y quién es la mujer más pura? Aquella que ha sido mutilada. Cuando me lo hicieron a mí era impensable negarse porque era como quitar a una hija un derecho que le pertenece. Las madres no lo hacen por maldad u odio; al contrario, lo hacen con todo el amor que sienten hacia sus criaturas.

¿El tiempo no ha cambiado nada?
-Con el tiempo, claro, hay más información. Pero te va a sorprender saber que esta cultura está tan arraigada y es tan fuerte que se han dado casos de mujeres que habiendo estudiado, incluso en el extranjero, han mutilado a sus hijas.

¿La presión internacional contra la Mutilación Genital Femenina está ayudando a romper con esa tradición?
-Esta presión que ha obligado a ciertos países africanos a prohibir la MGF está causando un efecto no tan positivo en el sentido de que la gente piensa: “A mí no va a venirme nadie de fuera a decirme que lo que estoy haciendo está mal y que tengo que dejar de hacerlo”. La gente reacciona protegiendo aún más sus tradiciones.

La historia está llena de reacciones similares, mire EE.UU. y Trump.
-Hay un dicho en suajili que dice: ‘Quien deja su cultura es un esclavo’. Y eso está entrando con mucha fuerza en Europa.

¿Entonces cómo se debe abordar esta cuestión para que sea efectiva?
-Para erradicar la MGF es muy importante que todo el mundo entienda el problema, sobre todo los profesionales que desde diferentes ámbitos -educación, sanidad, justicia, tercer sector- se pueden encontrar con una niña en situación de riesgo. Hasta ahora prevalece la reacción “¡qué horror!. Pero el espanto, la compasión o la victimización no solo no ayudan a crear lazos sino que pueden tener un efecto nocivo, de distanciamiento, hacia las víctimas y sus familias.

¿Qué le diría a una madre que podría estar pensando en mutilar a su hija?
-Le diría que se tome un minuto para pensar lo que ella ha pasado, que coja un papel y haga una lista con los beneficios de la mutilación y las cosas malas. Creo que si hiciesen ese balance no dejarían a sus hijas pasar por lo que ellas han pasado. Pero si eso no fuese suficiente le diría: primero, que la ley del país de acogida en el que está lo prohíbe; segundo, que no es cierto que tenga motivos religiosos porque ninguna religión ni el Corán dicen que se mutile a ninguna mujer; y en tercer lugar, que piense que lo que le va a hacer a su hija le va a afectar como persona toda la vida, del mismo modo que a ella le ha afectado. En definitiva, que la mutilación es un daño irreversible que no se puede cambiar por mucha cirugía reconstructiva del clítoris que haya, porque es un daño que no se puede borrar.

lunes, 6 de febrero de 2017

#hemeroteca #mujeres | Los peligros de nacer niña en distintas partes del mundo

Los peligros de nacer niña en distintas partes del mundo.
Violaciones, mutilación genital, represión, embarazo precoz... El estremecedor relato de nacer niña en muchas partes del planeta.
Alexis Okeowo | National Geographic, 2017-02-06
http://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/los-peligros-nacer-nina-distintas-partes-del-mundo_11111

Sierra Leona es uno de los peores lugares del mundo para ser niña. En este país del África occidental, habitado por unos seis millones de personas, desgarrado por una cruenta guerra civil que duró más de una década y devastado por el ébola, el simple hecho de nacer niña se traduce en una vida de barreras y tradiciones que a menudo dan más valor a su cuerpo que a su mente.

La mayoría de las mujeres de Sierra Leona –el 90% según Unicef– han sido sometidas a la mutilación genital, una práctica que las inicia en la vida adulta y supuestamente las hace más deseables para el matrimonio, pero que también es un método de represión sexual profundamente arraigado en su cultura.

Casi la mitad de las chicas se casan antes de los 18 años, y muchas se quedan embarazadas mucho más jóvenes, a menudo en su segundo o tercer ciclo menstrual. Muchas son víctimas de la violencia sexual; las violaciones suelen quedar impunes. En 2013 más del 25% de las sierraleonesas de entre 15 y 19 años estaban embarazadas o ya eran madres, lo que supone una de las tasas de gestación más elevadas del mundo para esa franja de edad.

Y demasiadas mueren en el parto: es el porcentaje más alto del mundo, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud y otras entidades internacionales. La mutilación genital femenina puede elevar el riesgo de sufrir complicaciones obstétricas.

«Si vas a las provincias te encuentras con chicas de 13 años, de 15 años, ya casadas y con sus bebés en brazos», dice Annie Mafinda, comadrona del Rainbo Center, que ayuda a víctimas de la violencia sexual en Freetown, la capital de Sierra Leona. Muchas de las pacientes atendidas en este centro tienen entre 12 y 15 años.

Cuando conocí a Sarah en Freetown, una ciudad que se levanta sobre una península montañosa junto a un puerto rutilante, tenía 14 años y estaba embarazada de seis meses, aunque parecía varios años más joven. Hablaba en un susurro, era bajita y menuda, llevaba las uñas de los pies pintadas de rojo y el pelo bien recogido bajo un pañuelo de color melocotón. Me contó que la había violado un muchacho, vecino de su familia, que se marchó de la ciudad tras la supuesta agresión.

Cuando su madre se enteró de que estaba embarazada, la echó de casa. Ahora Sarah (cuyo apellido nos reservamos) vive con la madre del chico que según ella la forzó. La madre del supuesto violador fue la única que se prestó a acogerla; en Sierra Leona las mujeres suelen vivir con la familia del esposo.

Sarah tiene que cocinar, limpiar la casa y hacer la colada. Me contó que la madre del chico le pega cuando, de puro agotamiento, no cumple con sus tareas. Con tantas trabas, ¿cómo puede una chica como Sarah sobrevivir y salir adelante en Sierra Leona?

En un país pobre regido por un Gobierno que no parece demasiado interesado en proteger a las niñas, lo más sensato que estas pueden hacer es intentar escapar del entorno en el que han nacido. En un universo lleno de amenazas, la escuela puede ser su único refugio.

Estudiar es complicado porque cuesta dinero, pero al mismo tiempo constituye un rayo de esperanza. Sacarse la secundaria puede traducirse en una mayor libertad económica y en la oportunidad de tomar las riendas de su propia vida, quizás abriéndoles las puertas de la universidad o de un empleo cualificado. Sin embargo, se calcula que entre 2008 y 2012 solo una de cada tres chicas cursaron estudios se­cundarios; en este sentido el embarazo supone una de las barreras más importantes. No en vano el ministro de Educación de Sierra Leona ha vedado la entrada en los centros escolares de las jóvenes gestantes.

El objetivo de esta política, formalizada por el Gobierno en 2015, es impedir que influyan en sus compañeras y protegerlas de las burlas. La prohibición de que las chicas embarazadas acudan a la escuela «es un ejemplo de moralismo anticuado e irreflexivo que lanza un mensaje equivocado –declara la escritora Aminatta Forna, quien en 2003 fundó una pequeña escuela rural en Sierra Leona–. Hablamos de jóvenes vulne­rables, que en este país son objeto de continuas depredaciones».

Elizabeth Dainkeh fue coordinadora de un centro educativo de Freetown para jóvenes en edad escolar que estuvieran en estado de gestación o que ya fuesen madres, financiado por Unicef y el Ministerio de Educación sierraleonés, y otras instituciones.

Marginación tras el embarazo
«Cuando te quedas embarazada, te marginan», me dice. Estamos en el fondo de un aula sofocante en la que chicas con los cabellos trenzados y tocados de vivos colores, algunas con bebés en el regazo, se abanican con los libros de texto mientras escuchan a la maestra con atención.

«Yo creí que les daría vergüenza volver al colegio, pero no, están encantadas», dice con orgullo. La propia Dainkeh se quedó embarazada a los 17 años, y su padre la echó de casa. La hija que tuvo murió de desnutrición antes de cumplir un año de vida. Ahora, a sus 35 años, Dainkeh aconseja a sus alumnas que perseveren: que se olviden de los años que han estado desescolarizadas y sigan adelante.

Mary Kposowa, exdirectora de uno de esos centros femeninos, explica que algunas de sus antiguas alumnas se habían topado con dificultades al querer matricularse de nuevo en escuelas ordinarias después de dar a luz.

Para complicar aún más las cosas, en agosto de 2016 los centros para chicas embarazadas cerraron sus puertas; Unicef declara que se abrieron como un «puente» alternativo a la educación cuando la crisis del ébola tuvo cerradas escuelas de todo el país du­­rante nueve meses. En aquellos centros había matriculadas unas 14.000 jóvenes embarazadas o puérperas, lo que hace temer a Dainkeh que actualmente haya en el país «un gran número de chicas marginadas del sistema educativo».

Los sierraleoneses suelen decir que el trauma de su país tiene su origen en la guerra civil que enfrentó a grupos rebeldes y al Gobierno. Desde 1991 y durante más de 10 años, miles de niñas y mujeres fueron violadas. Decenas de miles de personas fueron asesinadas. Y más de dos millones se vieron desplazadas. Más recientemente ha sido el virus del Ébola el que ha hecho estragos en el país, cobrándose unas 4.000 vidas en menos de dos años. La epidemia afectó a muchas familias, y dejó huérfanas a un gran número de niñas que tuvieron que hacerse cargo de sus hermanos sin estar aún preparadas para ello.

El país ha ido evolucionando a trompicones hacia la democracia, pero la opresión de las niñas y las mujeres no ceja. «En este país no importa la vida, ni el cuerpo, ni el alma de las mujeres jóvenes –afirma Fatou Wurie, nacida en Sierra Leona, criada en el extranjero y que regresó a su país natal, a Freetown, donde trabaja en pro de los derechos de las mujeres–. Hasta la última política que implantamos excluye la voz de las jóvenes sierraleonesas».

A pesar de que he pasado largas temporadas en diversos lugares de África occidental, la primera vez que pisé Sierra Leona me quedé profundamente impactada. He estado en Nigeria, Ghana, Senegal y Costa de Marfil, pero Sierra Leona me pareció diferente: menos acogedora, menos exuberante, más suspicaz y recelosa. Sin embargo, también descubrí que incluso en este país tan turbulento hay jóvenes que encuentran la manera de sobreponerse por encima de todo.

Regina Mosetay está en la biblioteca de su colegio de Freetown mientras sus compañeras de clase almuerzan entre risas en el patio. Se ha preparado los exámenes finales todo cuanto ha podido. Madre a los 17 años, Regina no puede estudiar como antes porque tiene que cuidar de su hija, Aminata, pero saca tiempo para los libros entre tomas y mudas. Tiene los ojos almendrados y un rostro ovalado que ladea cuando reflexiona sobre algo. Creció en un barrio obrero de calles estrechas y abarrotadas de peatones, tiendas de ropa y de electrónica, y puestos de comida. Su madre la crió a ella, a su hermano y a su hermana en una casa donde también vivían su abuela, primos, un tío y más familiares; en total, 11 personas.

La echaron del colegio por estar embarazada, una experiencia «dolorosa de verdad», dice. Le encantaba estudiar; su asignatura preferida era lengua (es muy habladora). Nunca pensó que acabaría formando parte del colectivo de adolescentes embarazadas de Sierra Leona, pero en 2014 el ébola empezó a propagarse por Freetown y el Gobierno cerró los colegios para contener la epidemia.

Entonces, en 2015, fue cuando se quedó embarazada de su novio, Alhassan, que en ese momento estaba terminando sus estudios universitarios. «Durante el ébola muchas chicas se quedaron embarazadas –cuenta Regina–. Como no había clase, teníamos mucho tiempo libre». «Sentí que estaba decepcionando a todo el mundo. Tenía vergüenza –confiesa–. Algunas compañeras decían que éramos un mal ejemplo». Esa primavera se quedó encerrada en casa sin nada que hacer ni nadie con quien hablar mientras sus amigas estaban en el colegio. Al cabo de unos meses, una tía le habló de los nuevos centros que daban a las embarazadas o madres en edad escolar la oportunidad de no quedarse atrás en los estudios para que pudiesen retomarlos más adelante.

Regina quiso apuntarse al momento, y habló de esos centros a todas las chicas que conocía que estuvieran en estado o acabaran de parir. Casi todo lo que le enseñaban ya lo sabía, pero disfrutaba estando de nuevo en un aula, sentada en un pupitre de madera con los libros y la libreta abiertos, leyendo, atendiendo, pensando. Llevaba un bebé dentro, sí, pero seguía teniendo cerebro, y eso era fundamental para ella.

«Era feliz solo con estar allí, y no en casa sin hacer nada», me cuenta Regina. Estudió en aquel centro tres meses; fue una de las 180 chicas que pasaron una temporada más o menos larga en el año inaugural del programa. Regresó a la escuela pública un mes después de dar a luz a Aminata en diciembre de 2015. Desde que ha vuelto, Regina aconseja a todas sus amigas que tengan cuidado con los chicos si no quieren que les pase lo mismo que a ella.

Ya no está desescolarizada. «No quiero que mi hija pase por lo mismo que yo. Quiero que tenga un futuro mejor», dice. Vive con su novio, ya graduado en ciencias empresariales, y con la madre y la abuela de este, que ayudan en el cuidado de Aminata. Confía en poder formar una familia con él y sabe que terminar los estudios es crucial. Quiere trabajar en alguna organización de ayuda a la infancia, para que los niños –y sobre todo las niñas– tengan una vida mejor. «Cuando termine los estudios podré cuidar de mi familia; cuidaré de mí misma», asegura.

Salmatu Fofanah vive en una ladera de Mountain Cut, un barrio muy poblado de Freetown. Tiene 17 años, es tímida, esbelta y muy gua­pa, y ya está acostumbrada a cuidar de sí misma. Tanto su madre como su padrastro contrajeron el virus del Ébola hace dos años. Él enfermó tras asistir a un funeral en 2014. (Su padre biológico había muerto de malaria en 2011).

La madre de Salmatu, enfermera de profesión, cuidó a su marido en casa. No tenían ni idea de que había una epidemia de ébola. Cuando el enfermo empeoró, intentó llevarlo al hospital, pero se le murió en el coche. Ella cayó enferma unos días después y falleció en casa un mes más tarde. Entonces Salmatu empezó a encontrarse mal. Le dolía la cabeza y tenía fiebre. Lo mismo les pasó a su tía, su tío, su hermana mayor, su hermano, su abuelo y varios primos. «Todos teníamos miedo», me cuenta Salmatu. Ingresaron en un centro de tratamiento. Solamente sobrevivieron ella y tres primos. Todos los demás murieron. A principios de diciembre de 2014 llegó a Mountain Cut, tambaleante por las náuseas y la pena, para vivir con otros tíos y primos en una amplia casa.
Cada vez que se sentía enferma, le entraba el pánico. En marzo regresó al colegio, temiendo que sus amigas le dieran de lado por haber tenido ébola, pero se llevó una grata sorpresa. «No me marginaron en absoluto», explica. Cada vez que se acuerda de cómo era todo antes de la epidemia de ébola, sus amigas intentan animarla. Salmatu entra en Facebook y WhatsApp para buscar chistes, solo para volver a reír, y cuanto más duerme, mejor se siente.

Asiste a un grupo de ayuda psicológica donde puede hablar de sus problemas. «Me gusta contar lo que me preocupa; me quito un peso de encima», dice. Cuando me entrevisté con ella, su mayor preocupación eran los exámenes finales. «Tienes que pasar página y concentrarte en el futuro. Debes ser feliz con lo que tienes». La asignatura favorita de Salmatu es historia; le gusta conocer lo que ha ocurrido en su país y aspira a ser periodista. Sale con un chico que acaba de terminar el instituto, pero no le permite que la presione para hacer nada que no desee. Quiere seguir cantando y yendo a la playa con sus amigas. A veces ir a clase le da una pereza infinita. («Me encanta dormir, es mi hobby», me confiesa con una sonrisa. Cuando de pequeña cogía una rabieta, su madre la ponía a dormir y se le pasaba). Pero entonces recuerda las metas que se ha marcado. Su madre murió por su familia. ¿Cómo no va ella a terminar los estudios y llevar una vida de la que su madre se habría enorgullecido?

Kadiatu Kamara, a quien todos llaman KK, nació en un pueblo costero llamado Bureh, a orillas del Atlántico. Es un torbellino de fuerza y energía, con un racimo de estrellas tatuadas en el cuello. Ha vivido aquí toda su vida; sus padres la criaron –junto con cuatro hermanos y una hermana– en esta compacta comunidad. Se ganaban la vida vendiendo carbón que recogían en la zona. Cuando su padre falleció siendo ella muy joven, las cosas se pusieron difíciles. Su madre, Baby, se vio muy apurada –como todavía se ve hoy– para ganar lo suficiente, y solo pudo permitirse costear los estudios de dos de sus hijos: KK y un hermano mayor.

KK tiene 19 años, es la benjamina de la familia y siempre ha tendido a buscar aquellos entornos en los que siente que encaja. Vive con su madre y otros familiares, así que anhela un espacio propio. Hace cuatro años se fundó en la playa un club de surf al que asistían muchos chicos de su pueblo, y a ella le apeteció ver cómo era. Solo había visto surfistas en las revistas que se dejaban en la playa los turistas extranjeros. Para KK el mar es un bálsamo. Cuando se mete en el agua, se siente más libre, más serena. «Cuando surfeo, es como si estuviese en otro país», dice. Al principio ni siquiera sabía nadar bien. Un día se le soltó la cuerda del tobillo y las olas se llevaron la tabla. Un compañero tuvo que ir a rescatarla porque se ahogaba.

KK es una de las pocas surferas de Sierra Leona. Conoce chicas que se quedaron en estado y dejaron los estudios o que acabaron con hombres que les doblan la edad, pero siempre ha sabido que no quiere eso para ella. Cuando en el colegio las advirtieron contra las relaciones sexuales prematuras, ella tomó nota. El surf la ayudó a no perder el norte.

«A algunas chicas sus madres no pueden pa­garles el colegio, así que van con los chicos para que ellos les den el dinero, explica KK. A veces les cobran el favor en especias y las abandonan cuando se quedan embarazadas, por lo que las chicas acaban en la calle. A su madre jamás le ha sobrado el dinero, pero como KK es hábil y trabajadora, está ganando su propio dinero y nunca ha tenido que recurrir a ningún chico. Trabaja en la cocina del chiringuito de la playa y a veces vende galletas a los bañistas. Se levanta a las seis o siete de la mañana, surfea un poco si hay buenas olas y luego se va a clase. Está en el colegio toda la tarde hasta la noche, y cuando vuelve a casa estudia y hace la cena. KK ayuda a su madre dándole parte de lo que gana.

Un sábado por la tarde del pasado mes de julio la vi estirarse en la arena tórrida de Bureh Beach. Luego se levantó de un salto y se lanzó, intrépida, con la tabla de surf contra una ola espumosa en las aguas turquesas. Remó con los brazos, flotando boca abajo, aguardando con paciencia a que llegase otra ola alta. Los chicos se empeñaban en cabalgar olas flojas y se caían todo el rato. Un mu­chacho flaco se persignó antes de zambullirse. KK lanzó un grito de júbilo cuando la descabalgó una ola frustrada.

KK quiere fabricar sus propias tablas. Su meta es abrir una tienda para venderlas y tener una escuela de surf. «Quiero enseñar a otras chicas», me dice. Entre tanto, surfea varios días a la semana, sobre todo durante la estación lluviosa, cuando las olas llegan a alcanzar los dos metros de altura. KK está perfeccionando su técnica. Cree que si mejora lo bastante, podrá dedicarse profesionalmente a este deporte.

Le gustaría estudiar medicina o contabilidad, pero no sabe si tendrá suficiente nivel para entrar en la universidad. A veces los profesores no les enseñan nada, y ella tiene problemas con la lectura.

«Si me dedico al surf, a lo mejor algún día viene alguien al club, me ve y me escoge [para patrocinarme] –me dijo, llena de esperanza–. Y así podré mantener siempre a mi familia».