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miércoles, 30 de enero de 2019

#hemeroteca #lgtbi #derechos | Cinco cosas importantes que están pasando en África ahora mismo

Imagen: El Salto / Activistas de Iris Angola
Cinco cosas importantes que están pasando en África ahora mismo.
En el continente africano están pasando muchas cosas: las relaciones entre personas del mismo sexo se han despenalizado en Angola y la mutilación genital femenina ha sido prohibida en Sierra Leona. Mientras, en Sudán, Zimbabwe y Camerún, el descontento político y económico ha generado protestas multitudinarias en las calles con sus correspondientes respuestas represivas.
Sarah Babiker | El Salto, 2019-01-30
https://www.elsaltodiario.com/africa/cinco-cosas-importantes-que-estan-pasando-en-africa-ahora-mismo

La noticia de la despenalización de las relaciones entre personas del mismo sexo en Angola se ha abierto un hueco en los medios internacionales. Información que proviene de África en un ecosistema mediático generalmente impermeable a la actualidad del continente.

El avance en los derechos de la comunidad LGTBI de la antigua colonia portuguesa encabeza este breve repaso a la actualidad africana atravesada por algunos avances en los derechos humanos, pero también por la costosa puja de la sociedad civil por abrir brechas democráticas en regímenes que se resisten a ceder poder mientras someten a su población a cada vez más duras condiciones económicas.

Angola

El pasado miércoles 23 se aprobó un nuevo código civil en Angola que despenalizaba las relaciones sexuales no heterosexuales. Así, Angola se convertía en el primer país en dar este paso en el 2019. Queda atrás un código civil que databa de 1886 —instaurado durante la colonia portuguesa— en el cual las relaciones entre personas del mismo sexo eran castigadas con penas que iban desde el trabajo comunitario a condenas de hasta tres años de prisión.

El nuevo texto —fruto de un debate que duró una década— trae otros avances. Despenaliza el aborto en las siguientes circunstancias: cuando existe peligro para la vida o salud de la madre o del feto, y si el embarazo es consecuencia de una violación. Fuera de estos supuestos, la interrupción voluntaria del embarazo será castigada con penas que van de los dos a los ocho años de cárcel.

“Todos estos años de lucha por derechos e inclusión social empiezan a tener sentido ahora, fue necesario que proyectásemos nuestra propia voz y protagonizásemos nuestra historia”, afirmaba la Asociación Angoleña por los Derechos de las Minorías Sexuales, Iris, en sus redes sociales. De los 193 países reconocidos por Naciones Unidas 68 todavía criminalizan las relaciones entre personas del mismo sexo, entre ellos varios países africanos, incluyendo los más poblados: Nigeria, Uganda y Sudán.

Sierra Leona

Nueve de cada diez niñas sierraleonenses han pasado por la mutilación genital femenina (MGF), práctica cultural que implica la remoción de parte del órgano sexual femenino. Desde el pasado 25 de enero, día en el que gobierno del país africano comunicó su prohibición, entre otros rituales de paso, esta costumbre tradicional —que tiene graves consecuencias físicas y psicológicas en la vida de las mujeres— debería comenzar el camino de su erradicación.

Sucede que la MGF, en el contexto sierraleonés, es una práctica de iniciación a sociedades secretas de mujeres conocidas como ‘bondo’ que suponen un desafío al poder. Ha sido esta la motivación para la prohibición inmediata de la ablación, pero se desconoce si esta decisión será definitiva. Así, la activista contra la MGF, Rugiatu Turay, Amazonian Initiative Movement pese a admitir que la iniciativa supone un paso en la dirección correcta, señaló la necesidad de vigilar cómo el gobierno materializaba la prohibición. Su organización promueve la adopción de prácticas alternativas de iniciación que no generen daño a las mujeres y permitan al mismo tiempo preservar las tradiciones.

Sierra Leona está entre los pocos países africanos que aún no han legislado contra la ablación, junto a Chad, Liberia, Malí, Somalia y Sudán. Pero el problema trasciende el plano legal: a pesar de que la Unión Africana prohibió la MGF en 2016, y de que múltiples estados la persigan, la práctica continúa persistiendo por su fuerte arraigo cultural. Por otro lado emergen nuevos fenómenos, como la MGF en centros hospitalarios, una actualización de la tradición que supone un desafío para los Estados.

Sudán

Después de varias semanas de continua movilización, no parece que el pueblo sudanés esté dispuesto a retirarse de las calles. En este país del Sahel, una insurrección que arrancó en la ciudad de Atbara —población ubicada en el noroeste del país de fuerte tradición contestataria— como consecuencia de la subida del precio del pan, se extendió por todo el territorio. Manifestaciones, huelgas de profesores y doctores, concentraciones de solidaridad en muchas de las capitales del mundo donde reside parte de la gran diáspora sudanesa, la revuelta se convirtió en una exigencia masiva por el fin del régimen.

El presidente Omar Al Bashir, en el poder desde 1989, se ha resistido desde el inicio a tomarse en serio las protestas, que han sido duramente reprimidas por las fuerzas armadas, dejando un saldo de decenas de muertos y cientos de heridos. El pasado domingo 27 de enero, desde el Cairo, arropado por su aliado, el presidente egipcio Abdelfatah al Asisi, deslegitimó a quienes llevan semanas exigiendo su renuncia, acusándoles de intentar emular las primaveras árabes aún sabiendo cómo acaban estas. El pulso, de momento se mantiene, mientras el país sigue hundiéndose en una crisis económica que ahoga a la población.

Zimbabwe

También la represión se ha cebado con la población de Zimbabwe, donde fueron numerosos los muertos, detenidos y heridos después de las revueltas que iniciaron el 14 de enero en la capital, cuando el gobierno del presidente Emmerson Mnangagwa ordenó una subida del precio del petróleo del 130%. Las protestas, que se convirtieron en una huelga general que duró tres días, fueron contestadas con una campaña organizada en la que las fuerzas de seguridad se enfrentaron a la población con munición real.

Curtido en la lucha anticolonial, Mnangagwa estuvo a la sombra de Robert Mugabe, hasta que este fue destituido en 2017 por un golpe de estado. Al aliarse con los golpistas, el político tomó la presidencia que convalidó en verano de 2018 con poco más de la mitad de los votos. Por su astucia política es conocido como ‘Ngwena’ que significa “el cocodrilo”. Según publicaba ‘The Guardian’ ayer 29 de enero, el mandatario habría perdido el control de parte de su partido, que ha fomentado la continuidad de la campaña represiva, que se ha traducido en la persecución de activistas en las semanas posteriores a la protesta.

Camerún

A Paul Biya, que lleva al frente de Camerún desde 1982, tampoco le está resultando fácil dejar el poder. Tras las elecciones del pasado octubre donde renovó su mandato, la tensión no ha parado de crecer. En las últimas semanas, los seguidores del candidato opositor, Maurice Kamto, del Movimiento por el Renacimiento de Camerún, han incrementado las protestas en las que impugnan su mandato y denuncian la su intención de legar la presidencia del país a su hijo Frank. La noche del 27 de enero ocuparon las embajadas camerunesas en París y Berlín.

Mientras las cifras oficiales de los comicios dieron un 71% a Biya frente a Kamto, que habría alcanzado un 14% de los votos emitidos, este último, señalaba un conteo alternativo por el cual habría obtenido un 39%, un punto más que el 38% que, siempre según este escrutinio, habría alcanzado el presidente.

Ayer, 29 de enero, Kamto y otros miembros de su partido fueron detenidos en las ciudades de Duala y Yaundé. En el trasfondo de la crisis política, está el precario estado de la economía atravesada por un elevadísimo paro juvenil, junto al desafío a la integridad territorial planteado por el noroeste y suroeste del país, anglófono, frente a la mayoría de la población que estuvo bajo dominio francés.

miércoles, 4 de abril de 2018

#hemeroteca #niñas #prostitucion | Niñas de día, putas de noche

Imagen: El País / Fotograma de 'Love'
Niñas de día, putas de noche.
'Love' narra la historia de cientos de menores que se prostituyen como forma de supervivencia y cómo ayuda el único refugio que tienen: un hogar de las Misiones Salesianas.
Isabel Valdés · Mujeres | El País, 2018-04-04
https://elpais.com/elpais/2018/03/29/mujeres/1522274790_534055.html

Una mañana de mediados de marzo, como muchas otras mañanas, entregaron el correo y dejaron un paquete al lado del ordenador. Apenas pesaba, al menos hasta que fue abierto. Era de plástico fino, de pelo largo y de color yema, sandalias rosas de tacón, dos trozos de tela deshilachada como top y como falda y un bolso horrible con unas cuantas piedras brillantes para adornarlo. Se llamaba Aminata, 'La Muñeca Prostituta', y ya no solo pesaba, también desconcertaba, confundía y molestaba. Hasta que le dabas la vuelta: el reverso de la caja era una convocatoria de prensa de las Misiones Salesianas para asistir a la presentación del documental ‘Love’ sobre la prostitución de niñas en Freetown, la capital de Sierra Leona.

Aminata existe, tenía 13 años cuando se convirtió en prostituta, llegó a cobrar 20 céntimos de euro por tener sexo y 1,50 le parecía una pequeña fortuna. Enfermó, fue violada y maltratada. Contrajo enfermedades de transmisión sexual, a su padre ni lo recuerda y su madre murió, vivió entre la basura y durmió mientras las ratas caían por la hojalata del techo. Aminata se pintaba los labios y los párpados y las pestañas frente a un sucio espejo de plástico rodeado de velas siempre a punto de consumirse, y se iba a la calle, a buscar un lugar de paso de clientes, de madrugada, sin preservativos y sin ninguna certeza sobre si volvería al slum de donde salía, casi cada noche. Aminata tenía 13 años cuando empezó todo y no soñó nunca con ser prostituta.

Tampoco aspiraban a vender sus noches ni sus cuerpos las otras adolescentes que aparecen junto a Aminata en el documental, dirigido por Raúl de la Fuente e ideado por Alberto López, que fue quien descubrió el tema y realizó varias visitas de preproducción antes de viajar, como productor, junto a De la Fuente y Natxo Leuza. Este 4 de abril los tres están de estreno.

A De la Fuente le cuesta mantener la emoción y el orgullo cuando lleva un rato de conversación al teléfono. Por los datos técnicos pasó sin problema: el documental, que es la undécima colaboración del realizador con los salesianos, se grabó entre mayo y noviembre de 2017 con un equipo pequeño, no debía ser ni invasivo ni lesivo. “Trabajamos con cámaras bastante pequeñas e iluminación muy ligera; casi siempre de noche o a primeras o últimas horas del día [para buscar la luz más adecuada]”. En Sierra Leona tuvieron todas las facilidades que pueden pedirse en un contexto así: “Jorge Crisafulli [el misionero salesiano que encontró a las niñas y trabaja con ellas] no es solo una persona fantástica, es, además, un buen productor. Consiguió casi cualquier propuesta: favelas, basureros, una barca, los paisajes, grabar con dron, hablar con la policía...”.

Pero tras esa consecución de detalles técnicos, “impecables, eso sí”, está la historia, y está convencido el director de que es “la más sensible y más dura y más aberrante” con la que se ha cruzado nunca. Volver a la sala de edición para revisar a través de una pantalla lo que seguía ocurriendo en Freetown no fue fácil. “Había que enfrentarse a ello cada mañana, siendo conscientes de esa realidad... El objetivo de esta película es mostrarla y enaltecer la figura de estas chicas. Porque de verdad son tremendamente valientes”.

De la Fuente, que conoció Sierra Leona en 2006, sabe que la herida de la violencia y la muerte en el país supura sin descanso: los ecos de la guerra civil, el ébola, los incendios, las inundaciones... Y a pesar de conocerlo, recuerda con “horror” el día que entró por primera vez al cuchitril donde vivía Aminata: “Parecía un cuento de los hermanos Grimm. Las niñas estaban en círculo, una contra otra, contando aquellas pesadillas. El día del primer contacto perdí el sueño, era como la casa del terror”. Por su memoria también ronda el chulo, al que las menores llaman Daddy, para quien el sometimiento y el control está tan normalizado y es tan impune que ni siquiera le importó ser filmado. Rabia, impotencia e incredulidad son las palabras que usa De la Fuente para describir el choque emocional que supuso verlas sonreír como niñas mientras relataban los pequeños infiernos por los que habían pasado.

Ese es exactamente el resumen que hace, pidiendo perdón con antelación por si la frase resulta cruda, Jorge Crisafulli: “Son niñas de día, pero por la noche son prostitutas, ejercen la prostitución como adultas”. Desde hace años, las Misiones Salesianas recorren las calles de Freetown buscando a los menores huérfanos o abandonados, a los que pudieran ayudar. En esa búsqueda, en septiembre de 2016, el salesiano se dio cuenta de la enorme cantidad de niñas que había en ciertos puntos de la ciudad. Recuerda que era época de lluvias la primera vez que se topó con el grupo de Aminata; sobre ese suelo embarrado que levantaba gotas de fango al pisar, Crisafulli se acercó, espantando a los hombres que las rodeaban y en 15 minutos de conversación les explicó quién era, dónde trabajaba y qué les podía ofrecer: una revisión médica en el Connaught Hospital de Freetown, un techo y comida. “Recuerdo que Aminata, Teresa y Victoria se rieron y se marcharon”.

Al día siguiente, seis de las siete se presentaron en la casa. “La más pequeña tenía nueve años, la mayor no había cumplido los 15”. Las llevaron al hospital, les dieron un plato de arroz que ellas quisieron repetir y, entonces, entraron en escena los peluches. “Antes de irnos para el médico me acordé de que tenía un saco de ositos que habían enviado. Le di uno a cada una y se pusieron a jugar y a colocárselos a la espalda con una tela, como llevan las mujeres africanas a sus bebés. Me di cuenta ahí, de forma clarísima: eran niñas. Sentían, miraban, pensaban, se reían y vivían como niñas”. Con esa “revelación” nació el programa Girls OS+ (Os, en criollo, significa refugio): análisis clínicos (sífilis, gonorrea, hepatitis, sida…), atención sanitaria, tres comidas al día, una casa donde vivir y la ayuda y el empuje para retomar los estudios y reinsertarse con sus familias. Algo que consiguen cada vez más niñas.

Detrás de cada pequeño éxito está el trabajo de 15 trabajadores sociales. “Un ejército de gente trabajando contra todo aquello que perjudique a las menores y con un programa que fue haciéndose más completo con el tiempo”. A través de Girls Shelter+ se las empodera para salir de las calles, y otras chicas que ya han conseguido salir de la prostitución, comparten sus experiencias para animar al resto.

El trabajo de Don Bosco Fambul tiene varias ramas y es concienzudo y constante. En cuanto a salud, cubren las revisiones médicas y los análisis de las menores, que ellas no pueden costearse prácticamente nunca en un país en el que si no tienes dinero, puedes olvidarte de la sanidad: “Lamentablemente, el 100% padece alguna enfermedad de transmisión sexual y un porcentaje alto tiene sida y hepatitis B”. Dos semanas antes de esta entrevista, una niña de 14 años había muerto por hepatitis B, “con sida, además, y llena de verrugas genitales”. Crisafulli explica que esta muerte no solo impactó emocionalmente en la vida del resto de las chicas que vivían con ella y que la vieron fallecer, sino que hay un efecto resorte que las empuja a pedir ayuda a los salesianos, que en la mayoría de ocasiones buscan de forma proactiva a las chicas.

“Un autobús de Don Bosco sale cada viernes a las cuatro de la tarde para recorrer las calles de Freetown e ir recogiendo a las chicas. Ellas ya saben que ese día no han de preocuparse por la comida, así que no se trabaja”, cuenta Crisafulli. Y cada viernes, al final del recorrido, donde tienen montado un pequeño stand, hay entre 70 y 90 niñas. “Estas salidas con el autobús han sido una estrategia increíblemente afortunada. No hay que esperar, hay que salir antes, de que lleguen con los problemas ya irresolubles, hay que prevenir”. Durante el recorrido y en distintos talleres surgidos de esos viajes las chicas aprenden higiene sexual y reproductiva, pueden saber si tienen VIH/sida y la congregación las inscribe en un programa de antirretrovirales del Gobierno, conocen mecanismos para detectar señales de violencia de género, turismo sexual y tráfico de personas y, quienes son buenas comunicadoras, hacen un curso con una ONG para aprender a compartir su experiencia y evitar que otras chicas pasen por lo mismo. “Es importante que sean ellas mismas quienes transmitan su experiencia. Si yo les intento dar consejos... ¡bah!, a mí no me dan ni bolilla. Entre ellas sí”.

También en esos pequeños recorridos se les insiste en la Line Child, una línea telefónica que funciona de forma ininterrumpida desde 2010 y que sirve para que cualquier menor llame para compartir y buscar solución a sus problemas. “Ahora queremos crear la Hot Line, un número gratis y anónimo que sirva como campaña antitráfico, para que cualquiera que vea una situación rara pueda denunciarla”, apunta el misionero. Sabe que sin una base educativa, en todos los sentidos, será difícil que las niñas quieran y puedan salir de ese bucle en el que se convierte la prostitución, ya sea por supervivencia propia, la de familiares o para pagar los estudios de sus hermanos o los suyos propios. En Don Bosco Fambul tienen ya algunos programas para aportarles esa base y formarlas profesionalmente: “Darles no solo la esperanza, sino las herramientas para avanzar en aquel oficio que se propongan”. Crisafulli apunta, por ejemplo, a negocios de peluquería, abastos, hostelería, catering o limpieza, estructurados, en parte, a través de acuerdos con negocios de Freetown para que el aprendizaje sea realmente práctico y efectivo.

Y la última parte, a veces la más dolorosa y la más difícil: la reinserción. Lo que desde las misiones se llama reunificación y que ya han conseguido con éxito en 146 casos. “Haber estado prostituyéndose es una llaga infecciosa. Si las familias se enteran [las que todavía la tienen] las rechazan. Cuando hacemos el estudio para ver dónde pueden reinsertarse, los más abiertos son los abuelos”. Es entonces cuando uno de los trabajadores de las misiones les explica los abusos, traumas, violencia y dificultades por las que han pasado las niñas. ”Y los abuelos siempre están ahí, dispuestos a entender y a hacerles un hueco para volver a empezar”.

Exactamente lo que ocurrió con Aminata, a pesar de lo difícil que fue que se diera cuenta de que su vida no tenía por qué ser esa. Ella, cuando mira hacia atrás, cuando vio el documental, no puede evitar llorar, incontenible, y repite “cuánto dolor” una y otra vez. Volvió a casa de su abuela, en la aldea de Pebel, para cuidarla y dejarse cuidar. Allí tiene montado un servicio de peluquería y un pequeño mercado; ahora, sin lágrimas, cuenta que es respetada, querida y admirada por su comunidad. Ahora, por fin, la tratan bien.

Y así, lejos de los golpes, las violaciones, las torturas, los proxenetas, las bandas y los gangsters, el hambre, la soledad y la suciedad, la miseria, el dolor y la muerte deberían vivir las niñas de Freetown, las niñas de cualquier lugar del mundo. “Lejos de la prostitución, lejos del horror”, repite Crisafulli. Por eso y para eso ellas quisieron plantarse frente a la cámara de Raúl de la Fuente: para que el mundo sepa que están ahí, para que eso ayude a acabar con sus infiernos. Para dejar de ser invisibles.

lunes, 6 de febrero de 2017

#hemeroteca #mujeres | Los peligros de nacer niña en distintas partes del mundo

Los peligros de nacer niña en distintas partes del mundo.
Violaciones, mutilación genital, represión, embarazo precoz... El estremecedor relato de nacer niña en muchas partes del planeta.
Alexis Okeowo | National Geographic, 2017-02-06
http://www.nationalgeographic.com.es/mundo-ng/grandes-reportajes/los-peligros-nacer-nina-distintas-partes-del-mundo_11111

Sierra Leona es uno de los peores lugares del mundo para ser niña. En este país del África occidental, habitado por unos seis millones de personas, desgarrado por una cruenta guerra civil que duró más de una década y devastado por el ébola, el simple hecho de nacer niña se traduce en una vida de barreras y tradiciones que a menudo dan más valor a su cuerpo que a su mente.

La mayoría de las mujeres de Sierra Leona –el 90% según Unicef– han sido sometidas a la mutilación genital, una práctica que las inicia en la vida adulta y supuestamente las hace más deseables para el matrimonio, pero que también es un método de represión sexual profundamente arraigado en su cultura.

Casi la mitad de las chicas se casan antes de los 18 años, y muchas se quedan embarazadas mucho más jóvenes, a menudo en su segundo o tercer ciclo menstrual. Muchas son víctimas de la violencia sexual; las violaciones suelen quedar impunes. En 2013 más del 25% de las sierraleonesas de entre 15 y 19 años estaban embarazadas o ya eran madres, lo que supone una de las tasas de gestación más elevadas del mundo para esa franja de edad.

Y demasiadas mueren en el parto: es el porcentaje más alto del mundo, según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud y otras entidades internacionales. La mutilación genital femenina puede elevar el riesgo de sufrir complicaciones obstétricas.

«Si vas a las provincias te encuentras con chicas de 13 años, de 15 años, ya casadas y con sus bebés en brazos», dice Annie Mafinda, comadrona del Rainbo Center, que ayuda a víctimas de la violencia sexual en Freetown, la capital de Sierra Leona. Muchas de las pacientes atendidas en este centro tienen entre 12 y 15 años.

Cuando conocí a Sarah en Freetown, una ciudad que se levanta sobre una península montañosa junto a un puerto rutilante, tenía 14 años y estaba embarazada de seis meses, aunque parecía varios años más joven. Hablaba en un susurro, era bajita y menuda, llevaba las uñas de los pies pintadas de rojo y el pelo bien recogido bajo un pañuelo de color melocotón. Me contó que la había violado un muchacho, vecino de su familia, que se marchó de la ciudad tras la supuesta agresión.

Cuando su madre se enteró de que estaba embarazada, la echó de casa. Ahora Sarah (cuyo apellido nos reservamos) vive con la madre del chico que según ella la forzó. La madre del supuesto violador fue la única que se prestó a acogerla; en Sierra Leona las mujeres suelen vivir con la familia del esposo.

Sarah tiene que cocinar, limpiar la casa y hacer la colada. Me contó que la madre del chico le pega cuando, de puro agotamiento, no cumple con sus tareas. Con tantas trabas, ¿cómo puede una chica como Sarah sobrevivir y salir adelante en Sierra Leona?

En un país pobre regido por un Gobierno que no parece demasiado interesado en proteger a las niñas, lo más sensato que estas pueden hacer es intentar escapar del entorno en el que han nacido. En un universo lleno de amenazas, la escuela puede ser su único refugio.

Estudiar es complicado porque cuesta dinero, pero al mismo tiempo constituye un rayo de esperanza. Sacarse la secundaria puede traducirse en una mayor libertad económica y en la oportunidad de tomar las riendas de su propia vida, quizás abriéndoles las puertas de la universidad o de un empleo cualificado. Sin embargo, se calcula que entre 2008 y 2012 solo una de cada tres chicas cursaron estudios se­cundarios; en este sentido el embarazo supone una de las barreras más importantes. No en vano el ministro de Educación de Sierra Leona ha vedado la entrada en los centros escolares de las jóvenes gestantes.

El objetivo de esta política, formalizada por el Gobierno en 2015, es impedir que influyan en sus compañeras y protegerlas de las burlas. La prohibición de que las chicas embarazadas acudan a la escuela «es un ejemplo de moralismo anticuado e irreflexivo que lanza un mensaje equivocado –declara la escritora Aminatta Forna, quien en 2003 fundó una pequeña escuela rural en Sierra Leona–. Hablamos de jóvenes vulne­rables, que en este país son objeto de continuas depredaciones».

Elizabeth Dainkeh fue coordinadora de un centro educativo de Freetown para jóvenes en edad escolar que estuvieran en estado de gestación o que ya fuesen madres, financiado por Unicef y el Ministerio de Educación sierraleonés, y otras instituciones.

Marginación tras el embarazo
«Cuando te quedas embarazada, te marginan», me dice. Estamos en el fondo de un aula sofocante en la que chicas con los cabellos trenzados y tocados de vivos colores, algunas con bebés en el regazo, se abanican con los libros de texto mientras escuchan a la maestra con atención.

«Yo creí que les daría vergüenza volver al colegio, pero no, están encantadas», dice con orgullo. La propia Dainkeh se quedó embarazada a los 17 años, y su padre la echó de casa. La hija que tuvo murió de desnutrición antes de cumplir un año de vida. Ahora, a sus 35 años, Dainkeh aconseja a sus alumnas que perseveren: que se olviden de los años que han estado desescolarizadas y sigan adelante.

Mary Kposowa, exdirectora de uno de esos centros femeninos, explica que algunas de sus antiguas alumnas se habían topado con dificultades al querer matricularse de nuevo en escuelas ordinarias después de dar a luz.

Para complicar aún más las cosas, en agosto de 2016 los centros para chicas embarazadas cerraron sus puertas; Unicef declara que se abrieron como un «puente» alternativo a la educación cuando la crisis del ébola tuvo cerradas escuelas de todo el país du­­rante nueve meses. En aquellos centros había matriculadas unas 14.000 jóvenes embarazadas o puérperas, lo que hace temer a Dainkeh que actualmente haya en el país «un gran número de chicas marginadas del sistema educativo».

Los sierraleoneses suelen decir que el trauma de su país tiene su origen en la guerra civil que enfrentó a grupos rebeldes y al Gobierno. Desde 1991 y durante más de 10 años, miles de niñas y mujeres fueron violadas. Decenas de miles de personas fueron asesinadas. Y más de dos millones se vieron desplazadas. Más recientemente ha sido el virus del Ébola el que ha hecho estragos en el país, cobrándose unas 4.000 vidas en menos de dos años. La epidemia afectó a muchas familias, y dejó huérfanas a un gran número de niñas que tuvieron que hacerse cargo de sus hermanos sin estar aún preparadas para ello.

El país ha ido evolucionando a trompicones hacia la democracia, pero la opresión de las niñas y las mujeres no ceja. «En este país no importa la vida, ni el cuerpo, ni el alma de las mujeres jóvenes –afirma Fatou Wurie, nacida en Sierra Leona, criada en el extranjero y que regresó a su país natal, a Freetown, donde trabaja en pro de los derechos de las mujeres–. Hasta la última política que implantamos excluye la voz de las jóvenes sierraleonesas».

A pesar de que he pasado largas temporadas en diversos lugares de África occidental, la primera vez que pisé Sierra Leona me quedé profundamente impactada. He estado en Nigeria, Ghana, Senegal y Costa de Marfil, pero Sierra Leona me pareció diferente: menos acogedora, menos exuberante, más suspicaz y recelosa. Sin embargo, también descubrí que incluso en este país tan turbulento hay jóvenes que encuentran la manera de sobreponerse por encima de todo.

Regina Mosetay está en la biblioteca de su colegio de Freetown mientras sus compañeras de clase almuerzan entre risas en el patio. Se ha preparado los exámenes finales todo cuanto ha podido. Madre a los 17 años, Regina no puede estudiar como antes porque tiene que cuidar de su hija, Aminata, pero saca tiempo para los libros entre tomas y mudas. Tiene los ojos almendrados y un rostro ovalado que ladea cuando reflexiona sobre algo. Creció en un barrio obrero de calles estrechas y abarrotadas de peatones, tiendas de ropa y de electrónica, y puestos de comida. Su madre la crió a ella, a su hermano y a su hermana en una casa donde también vivían su abuela, primos, un tío y más familiares; en total, 11 personas.

La echaron del colegio por estar embarazada, una experiencia «dolorosa de verdad», dice. Le encantaba estudiar; su asignatura preferida era lengua (es muy habladora). Nunca pensó que acabaría formando parte del colectivo de adolescentes embarazadas de Sierra Leona, pero en 2014 el ébola empezó a propagarse por Freetown y el Gobierno cerró los colegios para contener la epidemia.

Entonces, en 2015, fue cuando se quedó embarazada de su novio, Alhassan, que en ese momento estaba terminando sus estudios universitarios. «Durante el ébola muchas chicas se quedaron embarazadas –cuenta Regina–. Como no había clase, teníamos mucho tiempo libre». «Sentí que estaba decepcionando a todo el mundo. Tenía vergüenza –confiesa–. Algunas compañeras decían que éramos un mal ejemplo». Esa primavera se quedó encerrada en casa sin nada que hacer ni nadie con quien hablar mientras sus amigas estaban en el colegio. Al cabo de unos meses, una tía le habló de los nuevos centros que daban a las embarazadas o madres en edad escolar la oportunidad de no quedarse atrás en los estudios para que pudiesen retomarlos más adelante.

Regina quiso apuntarse al momento, y habló de esos centros a todas las chicas que conocía que estuvieran en estado o acabaran de parir. Casi todo lo que le enseñaban ya lo sabía, pero disfrutaba estando de nuevo en un aula, sentada en un pupitre de madera con los libros y la libreta abiertos, leyendo, atendiendo, pensando. Llevaba un bebé dentro, sí, pero seguía teniendo cerebro, y eso era fundamental para ella.

«Era feliz solo con estar allí, y no en casa sin hacer nada», me cuenta Regina. Estudió en aquel centro tres meses; fue una de las 180 chicas que pasaron una temporada más o menos larga en el año inaugural del programa. Regresó a la escuela pública un mes después de dar a luz a Aminata en diciembre de 2015. Desde que ha vuelto, Regina aconseja a todas sus amigas que tengan cuidado con los chicos si no quieren que les pase lo mismo que a ella.

Ya no está desescolarizada. «No quiero que mi hija pase por lo mismo que yo. Quiero que tenga un futuro mejor», dice. Vive con su novio, ya graduado en ciencias empresariales, y con la madre y la abuela de este, que ayudan en el cuidado de Aminata. Confía en poder formar una familia con él y sabe que terminar los estudios es crucial. Quiere trabajar en alguna organización de ayuda a la infancia, para que los niños –y sobre todo las niñas– tengan una vida mejor. «Cuando termine los estudios podré cuidar de mi familia; cuidaré de mí misma», asegura.

Salmatu Fofanah vive en una ladera de Mountain Cut, un barrio muy poblado de Freetown. Tiene 17 años, es tímida, esbelta y muy gua­pa, y ya está acostumbrada a cuidar de sí misma. Tanto su madre como su padrastro contrajeron el virus del Ébola hace dos años. Él enfermó tras asistir a un funeral en 2014. (Su padre biológico había muerto de malaria en 2011).

La madre de Salmatu, enfermera de profesión, cuidó a su marido en casa. No tenían ni idea de que había una epidemia de ébola. Cuando el enfermo empeoró, intentó llevarlo al hospital, pero se le murió en el coche. Ella cayó enferma unos días después y falleció en casa un mes más tarde. Entonces Salmatu empezó a encontrarse mal. Le dolía la cabeza y tenía fiebre. Lo mismo les pasó a su tía, su tío, su hermana mayor, su hermano, su abuelo y varios primos. «Todos teníamos miedo», me cuenta Salmatu. Ingresaron en un centro de tratamiento. Solamente sobrevivieron ella y tres primos. Todos los demás murieron. A principios de diciembre de 2014 llegó a Mountain Cut, tambaleante por las náuseas y la pena, para vivir con otros tíos y primos en una amplia casa.
Cada vez que se sentía enferma, le entraba el pánico. En marzo regresó al colegio, temiendo que sus amigas le dieran de lado por haber tenido ébola, pero se llevó una grata sorpresa. «No me marginaron en absoluto», explica. Cada vez que se acuerda de cómo era todo antes de la epidemia de ébola, sus amigas intentan animarla. Salmatu entra en Facebook y WhatsApp para buscar chistes, solo para volver a reír, y cuanto más duerme, mejor se siente.

Asiste a un grupo de ayuda psicológica donde puede hablar de sus problemas. «Me gusta contar lo que me preocupa; me quito un peso de encima», dice. Cuando me entrevisté con ella, su mayor preocupación eran los exámenes finales. «Tienes que pasar página y concentrarte en el futuro. Debes ser feliz con lo que tienes». La asignatura favorita de Salmatu es historia; le gusta conocer lo que ha ocurrido en su país y aspira a ser periodista. Sale con un chico que acaba de terminar el instituto, pero no le permite que la presione para hacer nada que no desee. Quiere seguir cantando y yendo a la playa con sus amigas. A veces ir a clase le da una pereza infinita. («Me encanta dormir, es mi hobby», me confiesa con una sonrisa. Cuando de pequeña cogía una rabieta, su madre la ponía a dormir y se le pasaba). Pero entonces recuerda las metas que se ha marcado. Su madre murió por su familia. ¿Cómo no va ella a terminar los estudios y llevar una vida de la que su madre se habría enorgullecido?

Kadiatu Kamara, a quien todos llaman KK, nació en un pueblo costero llamado Bureh, a orillas del Atlántico. Es un torbellino de fuerza y energía, con un racimo de estrellas tatuadas en el cuello. Ha vivido aquí toda su vida; sus padres la criaron –junto con cuatro hermanos y una hermana– en esta compacta comunidad. Se ganaban la vida vendiendo carbón que recogían en la zona. Cuando su padre falleció siendo ella muy joven, las cosas se pusieron difíciles. Su madre, Baby, se vio muy apurada –como todavía se ve hoy– para ganar lo suficiente, y solo pudo permitirse costear los estudios de dos de sus hijos: KK y un hermano mayor.

KK tiene 19 años, es la benjamina de la familia y siempre ha tendido a buscar aquellos entornos en los que siente que encaja. Vive con su madre y otros familiares, así que anhela un espacio propio. Hace cuatro años se fundó en la playa un club de surf al que asistían muchos chicos de su pueblo, y a ella le apeteció ver cómo era. Solo había visto surfistas en las revistas que se dejaban en la playa los turistas extranjeros. Para KK el mar es un bálsamo. Cuando se mete en el agua, se siente más libre, más serena. «Cuando surfeo, es como si estuviese en otro país», dice. Al principio ni siquiera sabía nadar bien. Un día se le soltó la cuerda del tobillo y las olas se llevaron la tabla. Un compañero tuvo que ir a rescatarla porque se ahogaba.

KK es una de las pocas surferas de Sierra Leona. Conoce chicas que se quedaron en estado y dejaron los estudios o que acabaron con hombres que les doblan la edad, pero siempre ha sabido que no quiere eso para ella. Cuando en el colegio las advirtieron contra las relaciones sexuales prematuras, ella tomó nota. El surf la ayudó a no perder el norte.

«A algunas chicas sus madres no pueden pa­garles el colegio, así que van con los chicos para que ellos les den el dinero, explica KK. A veces les cobran el favor en especias y las abandonan cuando se quedan embarazadas, por lo que las chicas acaban en la calle. A su madre jamás le ha sobrado el dinero, pero como KK es hábil y trabajadora, está ganando su propio dinero y nunca ha tenido que recurrir a ningún chico. Trabaja en la cocina del chiringuito de la playa y a veces vende galletas a los bañistas. Se levanta a las seis o siete de la mañana, surfea un poco si hay buenas olas y luego se va a clase. Está en el colegio toda la tarde hasta la noche, y cuando vuelve a casa estudia y hace la cena. KK ayuda a su madre dándole parte de lo que gana.

Un sábado por la tarde del pasado mes de julio la vi estirarse en la arena tórrida de Bureh Beach. Luego se levantó de un salto y se lanzó, intrépida, con la tabla de surf contra una ola espumosa en las aguas turquesas. Remó con los brazos, flotando boca abajo, aguardando con paciencia a que llegase otra ola alta. Los chicos se empeñaban en cabalgar olas flojas y se caían todo el rato. Un mu­chacho flaco se persignó antes de zambullirse. KK lanzó un grito de júbilo cuando la descabalgó una ola frustrada.

KK quiere fabricar sus propias tablas. Su meta es abrir una tienda para venderlas y tener una escuela de surf. «Quiero enseñar a otras chicas», me dice. Entre tanto, surfea varios días a la semana, sobre todo durante la estación lluviosa, cuando las olas llegan a alcanzar los dos metros de altura. KK está perfeccionando su técnica. Cree que si mejora lo bastante, podrá dedicarse profesionalmente a este deporte.

Le gustaría estudiar medicina o contabilidad, pero no sabe si tendrá suficiente nivel para entrar en la universidad. A veces los profesores no les enseñan nada, y ella tiene problemas con la lectura.

«Si me dedico al surf, a lo mejor algún día viene alguien al club, me ve y me escoge [para patrocinarme] –me dijo, llena de esperanza–. Y así podré mantener siempre a mi familia».

domingo, 8 de noviembre de 2015

#hemeroteca #discriminaciones | Sierra Leona: Las adolescentes embarazadas que no pueden volver a su escuela por ser "una mala influencia"

Imagen: El Diario / Khadi
Las adolescentes embarazadas que no pueden volver a su escuela por ser "una mala influencia".
El gobierno de Sierra Leona prohibió en abril que las jóvenes "visiblemente embarazadas" asistan a clase con sus compañeras por su "impacto negativo". A finales de este mes se celebran los exámenes de acceso a la educación secundaria, y las jóvenes embarazadas no pueden presentarse. Amnistía Internacional recoge testimonios de menores que denuncian que sus profesoras examinaron sus pechos y vientre para comprobar si estaban embarazadas.
Laura Olías | El Diario, 2015-11-08
http://www.eldiario.es/desalambre/adolescentes-embarazadas-Sierra-Leona-Gobierno_0_449356013.html

Khadi, de 16 años, descubrió que estaba embarazada y supo que todo iba a cambiar. "Me sentí mal porque soy la hija mayor y era la esperanza de mi madre porque era muy buena en el colegio". Habla en pasado de sus cualidades como estudiante por una antigua práctica, avalada por el Gobierno en abril de este año, que prohíbe a las chicas "visiblemente embarazadas" asistir a clase con el resto de sus compañeras y presentarse a sus exámenes. Las próximas evaluaciones que permiten acceder a la Secundaria y a otros estudios superiores son a finales de este noviembre.

Amnistía Internacional ha dedicado a la exclusión educativa de las jóvenes embarazadas el informe 'Shamed and blamed: Pregnant girls’ rights at risk in Sierra Leone' en el que denuncia la estigmatización de las chicas y las secuelas que puede acarrear esta situación en el futuro de las jóvenes. Sierra Leona es un país en el que el 48% de las mujeres entre los 14 y los 25 años son analfabetas, según las estadísticas de Unicef.

La exclusión de las chicas embarazadas de las aulas era una práctica recurrente pero este abril recibió el respaldo del gobierno del país. El Ministerio de Educación prohibió a las chicas "visiblemente embarazadas" asistir al colegio con sus compañeras porque son "una mala influencia" para el resto, llegó a decir el ministro de Educación, Minkailu Bah.

En una carta del Ministerio, las autoridades desarrollaron en abril sus argumentos: "Las chicas tienen permitido ahora continuar su educación después de dar a luz a sus bebés" y que tienen acceso a "servicios prenatales". "Si se permite a las chicas embarazadas ir al colegio, hay más probabilidades de que que más niñas se queden embarazadas", reza la misiva que cita un estudio de Unicef mal referenciado, indican en la agencia de la ONU a eldiario.es.

El gobierno indica que la presencia de las chicas embarazadas puede tener un "impacto negativo en la habilidad para concentrarse y participar en clase, las expone a la mofa de sus compañeras y mina los estándares éticos requeridos en nuestras instituciones educativas". Ese argumento de protección a las menores y del 'estigma' que padecen por estar embarazadas cala en algunos docentes, como muestra un reportaje de CCTV Africa, en el que un maestro indica que "la tradición no permite" que las adolescentes embarazadas reciban clase con el resto de sus compañeras por las burlas que pueden recibir.

"Excluir a las niñas embarazadas de las escuelas regulares y prohibirles presentarse a pruebas académicas cruciales es discriminatorio y tendrá consecuencias desastrosas. La educación es un derecho, y no algo que los gobiernos puedan quitar arbitrariamente como castigo", declaró Sabrina Mahtani, investigadora de Amnistía Internacional sobre África Occidental. Todo el discurso y la propia medida estigmatiza y culpa a las menores por haberse quedado embarazadas, critica la ONG.

En las entrevistas del informe, varias chicas indicaron que, si pudieran, les gustaría asistir a la escuela con sus compañeras. Algunas estudiantes que no están embarazadas expresan su malestar por que algunas chicas sean expulsadas: "Cuando me presenté al WASSCE (examen necesario para acceder a la universidad) en 2014 muchas chicas no pudieron hacerlo porque no habían hecho sus exámenes de BECE. El gobierno lanza una política pero no provee de planificación familiar", afirma una estudiante en el informe.

Violación de la intimidad de las jóvenes
Amnistía Internacional ha documentado que en algunas escuelas esta prohibición ha dado lugar a "un trato humillante y degradante a las niñas". El informe documenta, con el testimonio de niñas, periodistas y expertos locales, que se ha sometido a niñas a registros y exámenes físicos degradantes.

Una chica de 18 años entrevistada por la organización en junio de este año explicó uno de estos exámenes. "Las profesoras nos dijeron a todas las chicas que seríamos examinadas porque las niñas embarazadas no tenían permitido presentarse a los exámenes. Hicimos una cosa y fuimos verificadas. Nos tocaron los pechos y el estómago para ver si estábamos embarazadas. Otras chicas tuvieron que hacer análisis de orina".

La ONG denuncia que, aunque estas exploraciones no son parte de la política del gobierno, pero son prácticas "ampliamente conocidas" y pide una prohibición expresa de que se dispense a las niñas este trato humillante y degradante.

El ébola aumentó los embarazos tempranos
En estos días Sierra Leona celebra el fin de la epidemia de ébola, que infectó a unas 14.000 personas – el más afectado en número de contagios– y que se ha cobrado 3.955 vidas. Es hora de mirar hacia adelante y en Amnistía Internacional señalan que, en el camino, están dejando abandonadas a estas chicas.

Varios estudios, de Naciones Unidas y diferentes ONG internacionales, registraron un aumento de las agresiones sexuales a las mujeres y de los embarazos de adolescentes. Durante la epidemia, el Programa de las Naciones Unidas (PNUD) para el Desarrollo constató un aumento de los embarazos de 65% en algunas comunidades de la región oriental del país. Otra investigación de Save The Children, Plan Internacional y World Visión con grupos de discusión formados por niñas y jóvenes también registró un aumento en un 44% de los encuentros.

La suspensión de las escuelas, la falta de adultos responsables (en algunos casos debido a la enfermedad y la falta de información prenatal y diferentes servicios paralizados en el país expusieron a las niñas a situaciones de riesgo.

Clases especiales para embarazadas
La presión de varias organizaciones locales e internacionales consiguieron que el gobierno diera el visto bueno a finales de octubre unas "clases alternativas", indica el informe debido a la presión de organizaciones nacionales e internacionales. Durante seis meses, desde la prohibición de abril, las jóvenes embarazadas no tuvieron acceso a ningún recurso educativo, recuerdan en Amnistía.

A este programa "alternativo", en el que participa Unicef entre otras organizaciones humanitarias, se han acogido unas 3.000 alumnas embarazadas según las cifras oficiales. Amnistía Internacional considera que esta opción no es la más adecuada porque la separación forzosa estigmatiza y, además, no se les permite "presentarse a las pruebas académicas".

Con los exámenes a la vuelta de la esquina, la ONG exige que tumbe esta prohibición para las menores embarazadas y que estas clases diferenciadas sean una "opción voluntaria" y no impuesta a las chicas. Khadi, embarazadas de nueve meses en el momento de la entrevista, deja ver signos de ilusión. "Tengo la convicción y la esperanza de ser abogada".