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miércoles, 3 de julio de 2024

#hemeroteca #marginalidad #cine | El legado del cine quinqui

El legado del cine quinqui
¿Cine social o extractivismo capitalista a través de la imagen? Volver al cine quinqui es recuperar la periferia como escenario y preguntarse, 40 años después, qué herencia narrativa dejó, qué estereotipos continúan aún vigentes y qué grietas abrió para una representación crítica y politizada de la precariedad juvenil más allá del producto audiovisual
Sonia Herrera Sánchez | Pikara, 2024-07-03
https://www.pikaramagazine.com/2024/07/el-legado-del-cine-quinqui/

José Luis Manzano //
El cine quinqui tiene una narrativa cruda y artificial a la vez, interpeladora y desoladora, aparentemente abandonada en el tiempo y en la historia del cine español, pero, no obstante, actual. ‘La estanquera de Vallecas’, dirigida por Eloy de la lglesia y repuesta hace poco en una conocida plataforma de ‘streaming’, es un claro exponente de este género cinematográfico opuesto al policíaco y más cercano a las aventuras de bandoleros o de ladrones, pero sin la épica de un Robin Hood, ni la fineza de los cacos de Ocean o de ‘The Italian Job’, ni viajes iniciáticos con redención y recompensa como en las grandes historias de piratería. Un género que popularizó un relato supuestamente costumbrista de la precariedad juvenil de los años 70 y 80 del siglo pasado mientras construía una versión ‘made in Spain’ del negocio del ‘exploitation cinema’ de serie B.

Inolvidable resulta aquella secuencia donde Doña Justa se liaba a tiros contra los atracadores dentro de su propio estanco, medio poseída a lo ‘Rápida y mortal’, después de noquear con una maceta a un policía infiltrado. O aquella otra en la que los cuatro protagonistas conversaban y bebían Anís del Mono mientras escuchaban ‘Suspiros de España’ y en la que Leandro decía que “España no hay más que una”, a lo que Tocho respondía “que, si hubiera dos, nos iríamos todos para la otra”.

El cine quinqui, o el quinqui ‘exploitation’ —que diría Rafael Robles Gutiérrez—, se forjó alrededor de la figura de unes jóvenes antihéroes, “talegueros” sin porvenir; adherido al asfalto y a la velocidad desbocada por el hambre, la heroína y un Seat 124. Su puesta en escena fue la del barraquismo, las “casas baratas”, los descampados, los bloques con aluminosis y fibrocemento y las barriadas como Otxarkoaga, en Bilbao, Torre Baró o el Camp de la Bota, en Barcelona, La Mina, en Sant Adrià del Besòs o San Blas y El Pozo del Tío Raimundo, en Madrid. Barrios cuya lucha vecinal pervive, a pesar de la falta de relevo generacional, porque la precariedad testamentaria del desarrollismo franquista persiste crisis tras crisis como una herencia intergeneracional alimentada por las promesas políticas incumplidas y por los deseos de transformación frustrados.
El cine quinqui transformó la aporofobia y la criminalización de la juventud empobrecida y vulnerable en producto de consumo de masas sin asumir una verdadera perspectiva de clase ni politizar el discurso
Aunque con ciertas pretensiones de cinema ‘verité’ y neorrealismo, el cine quinqui nació como un género clandestino y paria dentro de la propia industria cinematográfica de su época, quizás, o precisamente, por la explotación que hizo de aquellos sujetos subalternos que, viendo una posible salida de la marginalidad en el mundo audiovisual, se convirtieron en objetos exprimidos mientras duró el fenómeno pop.

Este aprovechamiento utilitarista anclado en la criminalización de la juventud, la vulnerabilidad y la exclusión, hizo caja con la mirada ‘voyeur’ sobre la fronterización de la vida de aquellos y aquellas que habitaban —y habitan—esas periferias, a veces anómalas y situadas en el centro de la ciudad, marcadas por el paro juvenil y por la desesperanza aprendida.

Víctor Matellano
, en su libro ‘Spanish Exploitation. Sexo, sangre y balas’, define este uso y abuso como “todo un ‘exploit’ a la española”: “Las aventuras y desventuras de los adolescentes marginales se convierten en todo un género explotado por el cine español. En la mayoría de los casos con el exclusivo propósito de hacer taquilla, derrochando únicamente tremendismo, sensacionalismo, acción, sexo y drogadicción de forma explícita”. Un caso paradigmático lo podemos encontrar en la figura del actor amateur José Luis Manzano, protagonista de éxitos como ‘Navajeros’, ‘El Pico’ o ‘Colegas’. Descubierto por Eloy de la Iglesia y tras un fugaz idilio con la fama, Manzano fallecía en 1992, con tan solo 29 años, en el más absoluto ostracismo.

Podríamos decir que el cine quinqui transformó la aporofobia y la criminalización de la juventud empobrecida y vulnerable en producto de consumo de masas sin asumir una verdadera perspectiva de clase ni politizar el discurso para bosquejar siquiera una crítica al sistema político y económico depredador que situaba a las infancias en la encrucijada entre la miseria y la resignación o la resistencia y la evasión, canalizada a través de la navaja y la aguja. Poco o nada contaban esas películas sobre resiliencia y otras posibilidades de organización colectiva en los barrios, estereotipando más aún las posibilidades de futuro para miles de niñes de nuestras ciudades en el tardofranquismo y los primeros años de democracia.

¿Qué tuvo de performativo ese cine en el imaginario de las generaciones posteriores? ¿Qué semillas de cambio dejó en las narrativas cinematográficas de los años 90 y los primeros 2000? ¿Por qué las cineastas no encontraron en el cine quinqui un paraguas bajo el que cobijar un discurso distinto y más complejo y crítico? Son preguntas para las que no he hallado respuesta y que lanzo tras revisionar títulos como ‘Perros callejeros’ (que también tuvo su versión en femenino años más tarde), ‘Los últimos golpes de El Torete' o 'Yo, El Vaquilla’ de José Antonio de la Loma; ‘El pico’, del mismo Eloy de la Iglesia; las pelis de Vicente Aranda sobre ‘El Lute’ o ‘Deprisa, deprisa’, de Carlos Saura, por poner algunos ejemplos del género.

“El carrusel de sexo y delito fascinaba a millones de españolitos crecidos bajo las arengas del NODO. Por militancia ideológica o como coartada para enseñar cacha, el género quinqui exorciza cinematográficamente las formas que le correspondían a un periodo de emergencia de la imagen de la marginalidad urbana, la contracultura y la explicitud en España”, explica Mery Cuesta, crítica de arte y comisariada de la exposición ‘Quinquis de los 80. Cine, prensa y calle’.
Algunas películas permiten esbozar un imaginario donde la transgresión y los arquetipos más añejos de santas y putas se entremezclan generando narrativas híbridas, grotescas y desafiantes
En ese rasgo del “enseñar cacha”, cabe preguntarse por el papel que desempañaron las mujeres dentro del cine quinqui, un papel —no se puede obviar— que estaba íntimamente ligado al que ocupaban también las mujeres en el llamado cine del “destape” y que la propia historia del cine español y las reposiciones televisivas han invisibilizado. Títulos como ‘Las que empiezan a los quince años’ o ‘Los violadores del amanecer’ (ambas dirigidas por Ignacio F. Iquino en 1978), ‘Maravillas’ (Manuel Gutiérrez Aragón, 1980), 'Nunca en horas de clase' (José Antonio de la Loma, 1978) o ‘Barcelona Sur’ (Jordi Cadena, 1981) permiten esbozar un imaginario donde la transgresión y los arquetipos más añejos de santas y putas se entremezclan generando narrativas híbridas, grotescas y desafiantes sobre cuestiones aún hoy centrales en la agenda feminista como la prostitución, la violencia sexual, el abuso contra las infancias, la relación entre feminización de la pobreza y drogodependencia, la privación de libertad, la heteronormatividad o las representaciones de lo femenino en relación a la criminalidad. Muy a nuestro pesar, queda mucho por decir y analizar desde los feminismos sobre esta versión “patria” del cine de explotación.

Interesante podría ser, por ejemplo, un acercamiento desde la deconstrucción de la masculinidad hegemónica a la escena de ‘Navajeros’ en la que El Marqués, interpretado por un jovencísimo Quique San Francisco, alienta la violación del Jaro entre las risas de sus “secuaces” —aunque la agresión en sí misma la oculte una atinada elipsis temporal, recurso que se utiliza muy poco en el caso de las mujeres— y la venganza multitudinaria posterior.

Y en deuda también está el análisis fílmico feminista con el personaje de Ángela (Berta Socuéllamos) en ‘Deprisa, deprisa’, y esos primeros planos en silencio con la mirada perdida frente el cuerpo moribundo de Pablo, y sus pasos seguros con una bolsa de deporte al hombro con el dinero del último palo, perdiéndose en la noche en el fundido sonoro entre los gritos de la chiquillería y el ‘Me quedo contigo’ de Los Chunguitos.

Desaparecido el cine quinqui como género circunscrito a un momento muy concreto de nuestra historia, debemos y podemos interrogarnos sobre su legado: ¿qué punto de vista y qué relatos de ficción audiovisual encontramos hoy sobre la exclusión social en España?, ¿qué ha cambiado y qué permanece?, ¿quiénes serían los y las “quinquis” hoy?, ¿qué otros ejes de discriminación atraviesan ahora la precariedad económica que hace 40 años no se tenían en cuenta o no eran tan notorios?, ¿se ha caminado en algo hacia la autorrepresentación y los relatos de memoria y denuncia?

Quizás nos vengan a la cabeza películas recientes, protagonizadas además por mujeres, como ‘Techo y comida’ (Juan Miguel del Castillo, 2015) o ‘La hija de un ladrón’ (Belén Funes, 2019) y algunas anteriores como ‘Barrio’ (Fernando León de Aranoa, 1998) o ‘Báilame el agua’ (Josetxo San Mateo, 2000). Y, aunque no sea un leitmotiv homogéneo ni conformen un género propio, podemos constatar que la mirada se ha hecho más compleja, aunque todavía son muchas las inercias y silencios que estos filmes arrastran. Pero ¿qué más le podemos pedir al cine sobre la representación de la precariedad en las periferias, en las comunidades desfavorecidas, más allá de la mera visibilización sin sensacionalismo y de que prescinda de convertirlo en un safari por la pobreza como denuncia Darren McGarvey?

Judith Butler ofrece algunas claves en ‘Marcos de guerra: las vidas lloradas’ cuando explica que “si queremos ampliar las reivindicaciones sociales y políticas respecto a los derechos a la protección, la persistencia y la prosperidad, antes tenemos que apoyarnos en una nueva ontología corporal que implique repensar la precariedad, la vulnerabilidad, la dañabilidad, la interdependencia, la exposición, la persistencia corporal, el deseo, el trabajo y las reivindicaciones respecto al lenguaje y a la pertenencia social”.

Repensar las vidas al límite de las periferias hoy a la luz imperfecta del cine quinqui de entonces nos permite empezar a atisbar también reivindicaciones que continúan vigentes desde hace décadas y otras vulneraciones de derechos que aquel cine —más utilitarista que social— solo consiguió apuntar sin atreverse a involucrarse. Habrá que seguir tirando del hilo y hacerlo desde el reto ineludible de los saberes y luchas del antirracismo, de los movimientos LGTBIAQ+, del anticapacitismo..., desde las narrativas de quienes han forjado su mirada en los márgenes, también del relato oficial de la industria audiovisual.

miércoles, 24 de abril de 2024

#hemeroteca #lesbianismo #memoria | Empar Pineda, la memoria encarnada

Empar Pineda, durante la entrevista //

Empar Pineda, la memoria encarnada

Empar Pineda Erdozia es una referente histórica para los feminismos, para la visibilidad lésbica, para las luchas antifranquistas. Presente en movilizaciones, jornadas, medios de comunicación... Empar siempre ha estado. En esta entrevista desgrana algunos de sus recuerdos que ya forman parte de la memoria colectiva.
María Sanz, Elena G Ruiz | Pikara, 2024-04-24
https://www.pikaramagazine.com/2024/04/empar-pineda-la-memoria-encarnada/

Todos los lunes por la tarde, Empar Pineda Erdozia se rodea de libros, carpetas, archivadores, carteles, fotos y recortes de prensa. Y se sumerge en recuerdos de las luchas que ha encarnado: la resistencia antifranquista, la militancia comunista, el movimiento feminista en los años 70, las luchas por el aborto, el divorcio y la eliminación del adulterio. Fue también una de las primeras lesbianas visibles en medios de comunicación en el Estado español, con un discurso que ponía en el centro el deseo y una sexualidad gozosa y fuera de la norma.

Pineda colabora con el Centro de Documentación Armand de Fluvià, que reúne una parte de la memoria histórica de las disidencias sexuales y de género en el Estado español. Dice, con ironía, que esta labor es una especie de penitencia, un castigo autoimpuesto. Cuando se está protagonizando la historia, a veces dejar registro queda en un segundo plano. “Yo no sé si por pereza o por falta de ponernos a pensarlo en serio, las feministas hemos sido más de tradición oral”, cuenta. Sin testimonios escritos, dice, a las palabras se las lleva el viento y las cosas quedan en “aventuras generacionales”. Esta tarde agarra al vuelo las anécdotas que no quedaron registradas, pero que hicieron historia.

¿Vamos entrando en harina?

  • Puta, zorra y comunista. “Uy, a esta la tengo que conocer”
  • Madrid, 1964. Facultad de Filosofía, Universidad de Madrid (hoy Universidad Complutense).Elecciones al sindicato democrático.

Empar Pineda acaba de aterrizar en la universidad para estudiar Filología Románica. Aún no sabe que la echarán -por alborotadora-, que le prohibirán matricularse en la Universidad de Barcelona, y que tendrá que dar mil vueltas y repasar miles de planes de estudios si quiere terminar la carrera. En mitad del franquismo, se tuvo que trasladar a Salamanca, y finalizó sus estudios en Oviedo.

Pero por ahora es una recién llegada desde Hernani, que mira con atención una lista con los nombres de las personas que se presentan a las elecciones del sindicato democrático en la universidad. Al lado de uno de los nombres, alguien ha escrito a mano: “Puta, zorra, comunista”. “Uy, a esta la tengo que conocer yo”, piensa Pineda. Todavía no sabe que no solo llegarán a conocerse y ser amigas, sino que esta persona le regalará una palabra que la acompaña desde entonces.

“Hasta ese momento, yo vivía mi deseo, mi atracción por las mujeres, sin ponerle nombre, sin saber de qué se trataba. Y le conté cómo yo tenía amigas que eran más amigas que otras amigas… Y me acuerdo que me dijo: ‘Mira, déjate de tonterías: eso es lesbianismo, y tú eres una lesbiana de tomo y lomo’. Oye, y no sabéis qué tranquilidad me dio tener un nombre, saber que tu experiencia de vida existe… para mí fue romper con una oscuridad”, expresa.

A partir de este momento, gran parte de su activismo y de su reivindicación feminista estará dedicado a visibilizar a las lesbianas. Desde su vida cotidiana, su conexión con su propio deseo y la convicción de que no tenía nada de malo, ser lesbiana aparece como una posibilidad, para ella y para muchas otras.

  • “Lesbiana porque sí”
  • Mayo 1985, revista Interviú. Titular a doble página: “Soy lesbiana porque sí”.

Empar Pineda es una de las primeras lesbianas que apareció como tal en los medios de comunicación. En aquel momento, no había muchas personas que se expusieran y, para los pocos medios que lo trataban, lo lesbiano era algo exótico, un objeto de estudio, algo sobre lo que se podía opinar sin encarnarlo. Un tabú, tal y como lo describió el programa Y usted, ¿qué opina? de Radio Televisión Española en 1987.

Este programa hablaba de “homosexualidad”, sin referencia explícita a lo lesbiano. Y en él se encontraba Pineda, junto al activista gay Jordi Petit, y frente a ambos un catedrático de Ética y Sociologia, un psiquiatra y el periodista que conducía el programa. Su objetivo era debatir qué suponía “la homosexualidad” en el plano moral, y se planteaba a la audiencia qué harían si un amigo de sus hijos fuera homosexual. Un cuadro.

En sus intervenciones, Empar Pineda es contundente: “A mí me llama poderosamente la atención que hoy, el día que sea de junio de 1987, se hable de homosexualidad y no se hable de lesbianismo. En la pregunta que habéis formulado se dice de si su ‘hijo’ tiene un ‘amigo’. El castellano, al igual que todas las lenguas, recoge o no recoge ideas dominantes en relación al predominio de los hombres sobre las mujeres. Y además existe una palabra que es ‘amiga’ en relación a ‘amigo’, y una palabra que es ‘lesbiana’ en relación a ‘homosexual’. El reportaje que habéis hecho sigue dando la idea de que la homosexualidad, como el coñac, es cosa de hombres. Eso es un prejuicio. Esta sociedad, que es tan tremendamente machista todavía, no acepta que dos mujeres puedan tener relaciones eróticas, amorosas, sexuales satisfactorias si no hay un hombre de por medio”.

Y por si fuera poco, continúa: “Creo que no hemos aclarado una cosa al principio del programa, por el hecho de tener amistades homosexuales o lesbianas, una no siente la pulsión sexual hacia personas del mismo sexo. Yo me preguntaría lo contrario: ¿A nadie le preocupa tener amistades heterosexuales?”.

Claridad, contundencia, presencia, exposición. Llamar a las cosas por su nombre y estar atenta a contraatacar en un medio y contexto hostil. Y, pese a todo, la negación. Cuenta Empar Pineda que, al día siguiente de la emisión del programa que se veía en todas las casas de la península, llamó a su madre para que le diera la pista de si se la entendía bien.

—Ama, ¿qué tal? ¿se me entendía?
—Sí chica, sí. Menuda diferencia con el catedrático y el psiquiatra.
—Menos mal, ama.

Pero, a pesar de esa claridad, su madre le explicó que su tía, que había ido a la panadería esa mañana, había escuchado a dos mujeres comentando entre ellas:
—Oye, ¿viste el programa de televisión?
—Sí, ¿por qué?
—¿Y no reconociste a la que hablaba? Pero si es Amparito, la hija de Yesi, la carnicera.
—¡Qué me dices! Por cierto, ¿qué fue de ella? ¿se casó?

“Imaginaos”, dice ahora Empar Pinera, “una horita entera hablando de lesbiana y el otro (Jordi Petit) como gay, y que si me casé…”, expresa.

  • “Allí besándonos como descosidas”
  • Un viernes a inicios de 1986, hacia las ocho de la tarde en la Puerta del Sol, Madrid. Un grupo de mujeres se besan entre ellas detrás de una pancarta morada con un lema en defensa del lesbianismo.

Un matrimonio baja por la calle Preciados de Madrid, cuando la mujer pregunta:
—Oye, y esas que están ahí, ¿qué estarán haciendo?

Y el marido responde, categórico:
—Pues están ahí, no sé, con la pancarta esa lila… pues serán las feministas, estarán ahí por lo del aborto.

“O sea, que estábamos allí besándonos como descosidas y van y dicen que seguramente estamos por lo del aborto”, dice ahora Pineda. La conversación se la refirió una periodista que cubría la protesta que el Colectivo de Feministas Lesbianas de Madrid convocó en la Puerta del Sol para protestar contra la detención de dos lesbianas que fueron arrestadas, encerradas en los calabozos y torturadas por haberse dado un beso en ese mismo lugar.

“Estábamos en una reunión del Colectivo y nos llega la noticia de que habían detenido a dos chicas por darse un beso. Y que además a las 72 horas, cuando las pasaron a disposición judicial, estaban tan, tan mal que el propio juez constató que habían sufrido torturas. Y cuando nos enteramos de esto, ¿qué decidimos? Pues dar la cara, pero además dar la cara en plan serio, y a romper la invisibilidad y todo lo que haga falta”, recuerda.

Esa invisibilidad sirvió algunas veces como camuflaje, pero tuvo como consecuencia la inexistencia.

“Teníamos la ventaja, en relación a los gais, de que dos mujeres que van del bracete o agarraditas o que se dan besos en la calle… pues ya se sabe, que las mujeres son muy tiernas, muy cariñosas. Esto era lo que nos permitía, en época franquista, andar por la calle. Es verdad que, en comparación con los gais, la vida cotidiana de las lesbis estaba a años luz de la represión que sufrían ellos, a quienes realmente se aplicó la ley de peligrosidad social. Pero en nuestro caso, no existíamos nada de nada de nada. De alguna forma, la ignorancia es tapar la existencia, y eso tiene unas repercusiones tremendas“, opina.

Frente a este prejuicio, Empar Pineda siempre ha defendido la importancia de hablar de sexo y de situar los derechos sexuales en el centro de su militancia. “Si se goza, si se disfruta, si se siente un placer, coño, ¿por qué no? Al revés, ¡a eso hay que apuntarse!“, insiste.

De todas formas, no era extraño que se asociase a las feministas con la lucha por el derecho al aborto. En esta reivindicación, y aunque pudiera parecer que no son las personas directamente afectadas, también las lesbianas han tenido históricamente mucha implicación: “Defendiendo el derecho al aborto, va aparejada la defensa de una sexualidad que no sea igual a heterosexualidad, una defensa clara y explícita de la diversidad sexual”. Ella misma estuvo implicada en varias acciones, campañas e incluso trabajos que estuvieron vinculados al derecho al aborto, que no se despenalizó hasta 1985.

  • “Hacíamos cosas muy increíbles”
  • Llars Mundet (hogar para personas en situaciones vulnerables), Barcelona, noviembre de 1985. Jornadas por los 10 años de los feminismos en el Estado español, organizadas por la coordinadora feminista.

Un grupo de médicas feministas, vestidas con bata blanca, practican un aborto quirúrgico a una mujer tumbada en una camilla. El espacio reúne las condiciones higiénicas y sanitarias necesarias. Pero la práctica es ilegal: en 1985, la ley solo permite a las mujeres abortar si el embarazo es producto de una violación, si seguir con el embarazo supone un grave peligro para la vida o la salud física o psíquica de la mujer, o si “el feto habrá de nacer con graves taras físicas o psíquicas”, según el texto aprobado en julio de ese año.

Las feministas consideran que estos tres supuestos son insuficientes. Y, para denunciarlo, practicaron tres abortos en el marco de las jornadas feministas organizadas en Barcelona.

“Hicimos una cosa tan increíble como hacer un aborto”, rememora Empar Pineda. “El embrión era una cosa muy pequeñita, era un embarazo de pocos meses, y no se nos ocurrió mejor idea que meterlo en una botella de agua, salir al conjunto de mujeres y explicarlo allá. Fue una pasada olímpica. Hacíamos unas cosas muy increíbles”, dice.

Una goma de borrar Milán


La reivindicación del derecho al aborto era una lucha que llevaba años presente en la agenda feminista. Uno de los hechos que la había impulsado fue el proceso penal contra once mujeres de Basauri (Bizkaia) que fueron acusadas de haber abortado. El caso despertó la solidaridad de diferentes grupos feministas por todo el Estado. Y allí, también estuvo Empar Pineda.

“Sabéis la goma de borrar Milán, esa que es cuadradita, pero que también había una rectangular… Lo que hicimos fue utilizarla como un sello. Y por las mañanas, que era cuando repartían los periódicos en los quioscos, dejaban el montón de periódicos y nosotras íbamos por detrás y pumba, pumba, pumba, con el sello estampábamos: amnistía 11 mujeres. Ya se sabía que eran las 11 de Bilbao. Eran iniciativas que ahora, con los medios que hay, pueden parecer de lo más atrasado”, rememora.

En otra ocasión, logró colarse junto con otras compañeras en una catedral, en Madrid, para encerrarse en reclamo del derecho al aborto y al divorcio. “Entramos unas cuantas con la idea de encerranos y había una señora de esas que se encargan de que la iglesia esté bien y el cura esté bien atendido. Estaba a punto de cerrar, la pobre, y le mentimos. Le dijimos: es que somos gente de fuera de Madrid y queremos conocer la catedral, y si no le importa déjenos estar un ratito, ¿no? Nos pusimos en la primera fila, nos sentamos en los bancos y ahí le dijimos que la habíamos engañado”, cuenta con una sonrisa pilla.

  • Color de ojos: otoño
  • Burgos, 1968. Empar camina por la calle junto con cuatro o cinco compañeras de militancia. Van a reunirse con miembros de la organización ETA Berri, cuando alguien les adelanta por un lado de la calzada.

“Pensamos que era el típico que nos quería vender algo, y resulta que era lo que llamábamos entonces ‘un social’, un miembro de la Brigada Político-Social”, recuerda. Empar y sus compañeras fueron detenidas y llevadas, primero, a la comisaría de Burgos y, después, a Gipuzkoa. Hacía poco que ETA había matado al torturador Melitón Manzanas, jefe de la Brigada Político-Social en Gipuzkoa, y el Gobierno franquista había decretado el estado de excepción en la provincia. Esto permitía que las detenciones se pudieran hacer sin límite de estancia en dependencias policiales. Fue lo que ocurrió con Pineda y sus compañeras. “No nos trataron bien precisamente. Nos aislaron en la cárcel de Martutene. Y no me olvidaré en la vida que, cuando me estaban haciendo la ficha, me preguntaron: color de los ojos. Y no se me ocurre a mí otra cosa que decir: color otoño. ¿Cómo que color otoño? Pues sí, así los tengo: otoño”.

En la prisión coincidió con otras mujeres, en su mayoría del pueblo gitano, que eran lo que entonces se llamaba “presas sociales”. Al tiempo de estar en la cárcel y por mediación del padre de una de sus compañeras, que tenía buena relación con la policía, salieron en libertad , y su causa no tuvo continuidad judicial. Ella le resta importancia a esta experiencia de represión.

  • El Patas, el aitona curandero
  • Caserío cerca de Hernani, entre finales de los años 40 y principios de los 50. Sentada en un banco de obra a la puerta de la casa, Empar ayuda su abuelo a machacar con un martillo los culos de vidrio de las botellas de cava.

El abuelo, el ‘aitona’ como le dice Empar Pineda, era “enorme, inmenso, como un gigantón tremendo”. El Patas, le llamaban. Se dedicaba al oficio de curandero, con el que recorría los pueblos del valle del Urumea ofreciendo remedios caseros. “Le querían como no os podéis imaginar”. Gracias a la confianza que le tenía la gente y al acceso que tenía a las casas, el abuelo de Empar fue haciendo campaña para recoger más votos para el Frente Popular en las elecciones de 1936. “Mi abuelo materno para mí fue una joya. Vivía con mi amona [abuela] en el caserío, en el monte, donde nació mi madre. Y yo le acompañaba muchas veces, y pasaba en el caserío tiempo y tiempo”, recuerda.

Una de las tareas que hacía cuando estaba en el caserío era ayudar al abuelo a preparar los remedios: “Cogía el culo de las botellas de champán y con un martillo de los metálicos lo machacaba, pimpam-pimpam-pimpan, y lo hacía añicos, y luego otra botella, venga y venga a dar… hasta que se hacía polvo de vidrio. Y esa cosita así chiquitita era un elemento increíble contra las infecciones respiratorias. El ‘aitona’ lo ponía como con un emplasto en el pecho, y el polvo de vidrio absorbía la humedad”.

  • ¡Tortilleras, tortilleras!
  • Madrid, década de los años 80. Empar pasea por el barrio junto a su compañera de aquel entonces. Van cogidas de la mano y se dirigen a casa.

Lo explica y lo recuerda con mucha emoción y ternura. “No lo olvidaré nunca”, dice. Un día, paseaba de la mano de su compañera por el barrio donde vivía en aquel entonces. Una cuadrilla de chavales se les puso detrás y les gritaron:
—¡Tortilleras, tortilleras!

Pineda se giró y les dijo:
—¿Por qué nos llamáis así, como si fuera un insulto?

Los chavales empezaron a excusarse y a inculparse unos a otros:
—No, no, si no he sido yo, ha sido él…
—Si no me importa quién haya sido: no podéis pensar que eso es un insulto. Hay mujeres que estamos enamoradas la una de la otra, y que tenemos relaciones sexuales.

Y ahí quedó la cosa. Lo que para ella fue increíble es lo que sucedió 15 años más tarde.

Un día, estaba en la editorial donde dirigía una colección que se llamaba ‘Hablan las mujeres’ y le dijeron: “Oye, ha pasado por aquí un señor preguntando por ti, quiere localizarte. Dejó su teléfono”. Le llamó con curiosidad. “No os lo vais a creer, era uno de los chavales que nos había gritado por la calle tortilleras, y me quería contactar para decirme lo importante que fue para él lo que le dijimos aquel día. Me pareció tan precioso y bonito”, dice abriendo los ojos, con una sonrisa muy grande y mucha satisfacción. “Se me ponen los pelos de punta con solo recordarlo”, añade. Y esa es parte de la lucha que valora más, la que se hizo de a poquito, con mucha perseverancia y cercanía.

  • Las travestis que nos protegieron de los grises
  • Las Ramblas de Barcelona, 28 de junio de 1977. Por primera vez, gais y lesbianas, pero también muchísimas personas trans, se manifiestan para pedir la derogación de la ley de peligrosidad y rehabilitación social.

A ella le tocó estar bien visible en la manifestación, portando una pancarta. Y esto de ocupar una posición visible era todo un debate, porque preocupaba la imagen que se pudiera dar a los medios. Pineda explica, por ejemplo, cómo algunas compañeras se oponían a que las mujeres trans fuesen visibles en la cabecera de la manifestación, por miedo a que se “ensuciara la imagen” de la marcha: “Era una forma de desdibujar completamente por qué estábamos luchando, como si hubiera que luchar de forma contenida. Y nos dieron [las travestis] una lección tremenda. No lo olvidaré nunca, cómo yendo por las Ramblas empezaron a venir los grises [la policía nacional] con las porras en la mano, y cómo de pronto nos vimos protegidas por una barrera de travestis. Un trabajazo, una protección tremenda. Y mientras la gente de la mani desaparecía por la calle Hospital, las travestis recibían los golpes de las porras de los grises. No me olvidaré en la vida”.

De esta “tremenda lección”, Empar Pineda reforzó su defensa de unos feminismos acogedores con la diversidad. “Consideramos que ‘las mujeres’ es una realidad que no tiene nada de homogénea. Tener en cuenta esa interseccionalidad creo que es fundamental”, observa.

  • Las I Jornades Catalanes de la Dona
  • Barcelona, del 27 al 30 de mayo de 1976. Pocos meses más tarde de la muerte del dictador, unas 4.000 personas se encuentran para reclamar sus derechos en el salón de actos de la Universidad de Barcelona.

Se esperaban unas 300 personas y asistieron 4.000. “Fue un estallido tremendo”, recuerda. Mujeres de grupos feministas de todo el Estado, partidos y asociaciones vecinales se encontraron en lo que fueron las I Jornades Catalanes de la Dona, unos meses después de que muriera Franco. Se expusieron, por primera vez fuera de la clandestinidad, en el espacio público y colectivo las reivindicaciones de las mujeres después de 40 años de dictadura. “Por primera vez compartimos esa primera manifestación de lo que en todas partes habíamos estado desarrollando”, cuenta. Fueron mujeres de Galicia, Andalucía, el País Vasco.

Recuerda que el ambiente era contagioso. Trataron temas como el trabajo asalariado, doméstico, reproductivo y de cuidados. La coeducación y el derecho al propio cuerpo. Se habló de sexualidad, principalmente desde una perspectiva heterocentrada, pero también de lesbianismo. De esas jornadas salió el mítico lema “anticonceptivos para no abortar, aborto libre para no morir”, en una época en que la Fiscalía contabilizaba que 3.000 mujeres al año abortaban de forma clandestina. También allí nació la coordinadora feminista, con el objetivo de coordinar los distintos grupos feministas que estaban activos en el conjunto de Catalunya. También articulaba la lucha por la amnistía de las presas políticas.

“Para mi fueron un antes y un después”, afirma Empar Pineda.

  • Ejercicios de memoria
  • Año 2024. Un lunes por la tarde en el Centre de Documentació Armand de Fluvià (CDAF), en el Centro LGTBI de Barcelona. Magda Costa, la archivera del CDAF, nos abre las puertas de este lugar, que está lleno de tesoros históricos. La grabadora está lista.

A Empar Pineda le encanta estar rodeada de libros y de archivos. También le gusta hablar con personas de otras generaciones y contar batallitas, y escuchar lo que se cuece ahora. Estar en contacto con las generaciones presentes. Habla pausado y, a veces, le bailan las fechas. Pero tiene una cantidad de recuerdos hermosos de aquello que fue su lucha y militancia, que marcaron toda una generación y contexto social y político. Ahora, sigue activa, nunca dejó de estarlo.

De estar con ella, surgen horas de historias, anécdotas y reflexiones sobre su trayectoria política que son puro archivo y memoria viva. Escucharla es una fortuna, y mientras hace historia se excusa y dice “oye, luego vais a tener un trabajazo de recorta y pega, que yo me enrollo como una persiana”.

miércoles, 14 de febrero de 2024

#hemeroteca #mujeres #feminismo | ¿Qué es una mujer?

¿Qué es una mujer?
Como feminista nunca diría que a las mujeres nos matan por tener vagina sino por nacer en una sociedad que ha creado unas estructuras sociales jerárquicas y de desigualdad en la que unas personas valen más que otras.
Beatriz Gimeno | Pikara, 2024-02-14
https://www.pikaramagazine.com/2024/02/que-es-una-mujer/ 

Ilustración de Nadzeya Dzivakova //
Esta es una pregunta trampa que le hacen periódicamente a Irene Montero con la única intención generar un poco de ruido por las redes. Sin embargo, si es una pregunta plausible es porque, en realidad, no es fácil de responder. Por una parte todo el mundo sabe lo que es una mujer; es decir, hay una definición que suponemos compartida (aunque no sea así) por la mayor parte de la humanidad. Pero, por otro lado, parte de esa definición, o toda, lleva siglos puesta en cuestión por algunas corrientes de pensamiento, especialmente feministas; hay filósofas que han dedicado obras monumentales a responderla. En ‘Carta de una mujer indignada’, Wassyla Tamzaly, por ejemplo, una mujer que reivindica el feminismo ilustrado frente a, digamos, el feminismo posmoderno, escribe que la pregunta “¿qué es una mujer?” es la pregunta fundamental que ha llevado al feminismo a hacer frente al orden patriarcal. Esa pregunta, radical y política, dice, es la única capaz de sacarnos del caparazón del sistema patriarcal. Es obvio que si la respuesta a esta pregunta fuera “una persona con vagina” o una “hembra de la especie humana”, la pregunta no tendría ningún sentido.

Hace 25 años, cuando yo comencé a estudiar feminismo en el seminario Feminismo e Ilustración, el biologicismo y el esencialismo eran anatema. Nadie hubiera dicho entonces que mujer era equivalente a hembra, precisamente porque lo que entonces se decía es que confundir mujer con hembra y hombre con macho era un error conceptual. Cuando la propia Celia Amorós reconoce que la categoría mujer es problemática está, simplemente, diciendo esto: que no es tan sencillo. Desde entonces han ocurrido muchas cosas, pero una de ellas es que la cuarta ola supuso, entre otras cosas, la masividad del feminismo, situación que tiene ventajas e inconvenientes, más de las primeras que de las segundas. El feminismo, o los feminismos, son un conglomerado de teorías críticas, filosóficas, éticas, de prácticas políticas… que pueden llegar a ser contraintuitivas en tanto que, en ocasiones, son saberes y propuestas que desafían lo que entendemos por la base antropológica o epistemológica de nuestras sociedades. Yo me tuve que preguntar el otro día qué hubiera respondido a la pregunta que le hicieron a Irene Montero, y mi respuesta era muy parecida a la que dio ella que, inmediatamente, fue acusada por las redes y por muchas feministas de ser ‘queer’, posmo, ‘woke’...

Soy muy crítica con la teoría ‘queer ‘y una de las razones para serlo es que mantengo que no ha sido tan original como se suele pensar y que mucho de lo dicho por Butler ya lo habían dicho antes otras feministas. No hace falta ser queer para dar una definición de mujer que no haga referencia a lo biológico y sí a la posición social. Y justo en el momento en que Irene contestaba esto yo estaba leyendo a Christine Delphy, una feminista materialista, amiga y compañera de Simone de Beauvoir, cofundadora con ella de la revista ‘Nouvelles questions feministes’ en 1980. Ella explica perfectamente la similitud (y la pertinencia) de la pregunta ¿qué es una mujer? con la de ¿qué es un negro? Que tampoco tiene una respuesta evidente, aunque la mayoría de la gente respondería que ser negro es tener la piel negra. Delphy asegura con firmeza que tanto ser mujer como ser una persona negra son posiciones sociales que nada tienen que ver con la biología. Si lo que hace a la mujer es su vagina (o cualquier otra parte de su biología), entonces la relación con los hombres será de diferencia biológica y no de dominación. Para ella, pensar en estos términos es esencialista y supone un límite para poder pensar la humanidad fuera de las categorías biológicas. La idea principal de Delphy es que las mujeres no están dominadas por la biología ni por las ideas, sino por las relaciones materiales de producción. En otras palabras, para Delphy las mujeres no son esos seres que tienen vulva, sino esos seres que trabajan más que los hombres de sus familias o de sus sociedades, pero que tienen menos dinero, capital, tiempo, espacio… Y esto es así en cualquier lugar del mundo. Lo importante no es lo que sea una mujer, sino qué significa serlo, es decir, el lugar social que ocupa; exactamente lo que dijo Irene Montero.

De Monique Wittig es de sobra conocida su aseveración de que las lesbianas no son mujeres ya que lo que sea que es una mujer se define siempre en la matriz heterosexual, que es lo que la coloca en su posición de dominada en relación con los hombres. No hay mujeres, para ella, fuera de la relación heterosexual. No hay espacio en este artículo para seguir citando a feministas que se han preguntado y respondido a la pregunta fundamental de qué es una mujer, pero si nos movemos al feminismo antirracista, entonces la explicación biologicista goza de aun menos prestigio, precisamente porque las definiciones de lo que sea la raza y el sexo han recorrido caminos paralelos.

Ya sé que la respuesta fácil a esto es afirmar que, en realidad, toda posición social que ocupen las mujeres se levanta sobre la diferencia biológica por lo que responder a la pregunta haciendo alusión a la biología es más claro y preciso, ya que al final nos vamos a encontrar con ella. Pero esto sería como decir que las causas biológicas explican la dominación. Si podemos imaginar una sociedad igualitaria en la que la diferencia biológica no significase nada, ni jerarquía ni dominación, entonces esa diferencia no es la causa de esta. La categoría mujer es una categoría que cumple una función sociopolítica para la dominación y debe estar en cualquier definición política de la misma.

Por cierto, también fue el feminismo materialista de los años 70, y no el feminismo ‘queer’, el que sostuvo con claridad que la política cambia la biología. Sí, la biología se transforma, se comprende y se mide culturalmente, dicen las materialistas. Y hasta hace poco, no había dudas acerca de esto. Y siguiendo a Marx, este feminismo defiende que todo conocimiento es producto de una situación histórica, tanto si lo sabe como si lo ignora, y que es la organización social la que construye las ideas y no al revés. Las funciones biológicas, lo que percibimos como diferencias biológicas, no son un dato para Delphy, que solo habla de mujeres sociales y hombres sociales y esto vale para el sexo y para la raza.

Pero entonces... ¿la categoría biológica no es importante? Por supuesto que lo es, pero depende del contexto y para qué. Es obvio que no se puede entender la realidad humana sin esa categoría (que a su vez está sujeta a múltiples definiciones y tensiones) pero será más o menos importante dependiendo del contexto y de para qué la utilicemos. Como feminista nunca diría que a las mujeres nos matan por tener vagina sino por nacer en una sociedad que ha creado unas estructuras sociales jerárquicas y de desigualdad en la que unas personas valen más que otras. Y no lo diría porque creo que el factor más relevante explicativamente para una definición feminista es la posición social que ocupan las mujeres, esta es la definición que permite entender el patriarcado y combatirlo. Esta es la definición que nos importa.

Es cierto que la inmensa mayoría de las personas que ocupan una posición social u otra en el sistema sexo/género tienen determinados rasgos biológicos, nadie niega eso, pero esto puede cambiar (de hecho cambia dependiendo de las sociedades y de las épocas) y puede ocurrir que haya personas con otras características biológicas que ocupen sin embargo las posiciones sociales que consideramos de mujeres; lo que no cambia es que quien ocupa dicha posición sufrirá las discriminaciones propias de ese lugar social: discriminación de tipo laboral, económica, cultural, sexual, etcétera. ¿La misma discriminación exacta? No, como tampoco sufre la misma discriminación exacta una mujer rica que una pobre, una blanca que una negra, una guapa según el canon normativo que una fea… las discriminaciones se enredan en eso que se ha llamado interseccionalidad. Por ejemplo, las mujeres trans sufrirán discriminaciones laborales y pueden sufrir acoso o agresiones sexuales que no sufrirían si fueran hombres, pero dependiendo de sus trayectorias vitales pueden tener una mayor autoestima o seguridad en sí mismas adquiridas en un proceso de socialización masculino. También es probable que una mujer rica tenga más autoestima que una mujer pobre. Las trayectorias vitales son definitorias.

Es más complejo que esto, desde luego, porque el objetivo final de una gran parte del feminismo es que la categoría “mujer” desaparezca, lo que se aprovecha para afirmar que esto va en contra de la autoafirmación como tales de muchas mujeres trans. Tan en contra como la afirmación de que mujer es sinónimo de hembra. En definitiva, como feministas, pienso que debemos pensar en dicha categoría de manera estratégica, para construir un sujeto político imprescindible y en esta cuestión, curiosamente hay más acuerdo del que parece.

Complicado, sí, pero basta con señalar que la respuesta a la pregunta ¿qué es una mujer? no es sencilla ni obvia desde el feminismo y que desde hace décadas se han dado múltiples respuestas que han servido para contribuir a iluminar el camino.

martes, 28 de noviembre de 2023

#hemeroteca #lgtbifobia | “Estamos desapareciendo del espacio público y es triste, pero resistimos”

La comunidad queer libanesa resiste frente a los ataques //

“Estamos desapareciendo del espacio público y es triste, pero resistimos”

Durante los últimos meses la comunidad queer libanesa está siendo atacada por discursos y comportamientos de odio a diferentes escalas. Colectivos de activistas ven detrás de esta escalada la sombra de un poder dispuesto a todo para desviar la atención, en un contexto interno candente.
Ann Sansaor | Pikara Magazine, 2023-11-28
https://www.pikaramagazine.com/2023/11/estamos-desapareciendo-del-espacio-publico-y-es-triste-pero-resistimos/ 

El pasado 23 de agosto, cuando el bar Om acogía en Beirut un espectáculo de drag queens, el establecimiento fue asaltado por un grupo de hombres. Aunque no se registraron personas heridas, el balance fue elevado: a los cuantiosos destrozos materiales se sumó el trauma sufrido por quienes asistían al espectáculo, gente que fue retenida a la fuerza en el local y obligada a contemplar la escena durante interminables minutos.

Un acto que es todo menos aislado. En Beirut, donde en 2017 tuvo lugar la primera manifestación del Orgullo de la región, la comunidad queer sufre desde hace meses ataques e intimidaciones constantes. Una ola de ensañamiento que alcanzó su cúspide este verano y un odio que parece responder a una agenda política. Así, el ataque fue reivindicado por los Soldados de Dios, una milicia cristiana que se declara protectora de la moral libanesa, y que advirtió en su cuenta de X –antiguamente Twitter– que “esto era solo el inicio”.

Unas amenazas que han conmocionado a la comunidad, sobre todo porque está claro que el Estado, ausente y corrupto, no tiene ninguna intención de proteger a las personas acosadas por su identidad u orientación sexual. A esto se le añade que desde hace un año está sumergido en una crisis multidimensional, sin presidente de la República y sin gobierno, que hace la vida imposible a la población. Un paisaje sobre el que siguen reinando fuerzas políticas para las que el respeto de los derechos humanos no es una prioridad.

Amnistía Internacional explicó en el comunicado de prensa sobre el suceso del bar Om que las fuerzas de seguridad internas impidieron que los atacantes entraran dentro del bar, pero no evitaron el ataque ni tampoco arrestaron a ninguno de los agresores. Lo que facilita que la sensación de impunidad impregne a estos matones, que no tienen ningún reparo en utilizar la violencia extrema contra personas y colectivos.

De la esperanza a la parálisis
Líbano ha sido en la última década un refugio queer en un Oriente Medio convulso. Wadih Al-Asmar, cofundador y presidente del Centro Libanés de Derechos Humanos (CLDH), explica: “Antes de 2010 las organizaciones que trabajaban en este tema lo hacían de forma muy oculta. No obstante de 2010 a 2020 hubo oleadas de manifestaciones que crearon una atmósfera revolucionaria en el país, propicia para la emancipación de la causa LGBTQI+”. “Este momento de cambio llevó a la organización de la primera Marcha del Orgullo en el mundo árabe en 2017, así como a la proliferación de espacios seguros para la comunidad”, cuenta por su parte Whard Mougharbel, directora de comunicaciones de Helem, primera organización por los derechos LGBTQIA+ creada en Beirut en 2014.

Unos avances en tolerancia y espacios propios que se han conseguido a pesar de las leyes que siguen vigentes en el país. El artículo 534 del Código Penal, heredado de la época colonial francesa, prohíbe las llamadas relaciones “contra natura” con penas de hasta un año de cárcel. La situación se ha ido deteriorando gradualmente: en mayo de 2018, el Departamento de censura canceló la nueva edición de la Marcha del Orgullo e hizo detener a su organizador. Ese mismo año, la policía hizo redadas periódicas en locales queer de la capital, situación denunciada por Human Rights Watch (HRW) en una carta mandada a l’ONU.

En junio de 2023 se produjo un nuevo punto de inflexión, cuando nueve diputados y diputadas presentaron un proyecto de ley para eliminar el artículo 534 y despenalizar las relaciones entre personas del mismo género. Un intento que, finalmente, fue fallido y desde entonces, estos y estas parlamentarias, han sido objeto de una campaña de acoso por parte de autoridades políticas y religiosas. A partir de aquí se han ido sucediendo ataques por parte de las franjas radicales de todas las confesiones religiosas, una lucha que ha terminado por acercarlas. “Un clérigo suní emitió una fatwa contra el canal MTV, percibido como pro-LGBT, y tendió la mano a Hezbollah. Este hizo cortar el canal en las zonas que controla”, prosigue Mougharbel.

Objetivo: sembrar el terror

Emma Gration, que junto con Latiza Bombé estaban realizando su espectáculo de drag queen en el momento del ataque al bar, describe cómo tuvieron que parar el espectáculo de inmediato y esconderse durante 30 minutos. Con un tono tenso añade que se vieron obligadas a ello. Si no todo podía a escalar “aún más, pero por suerte pudimos escapar del bar con ayuda de la gente”. Estos últimos meses el odio hacia la comunidad queer se ha exacerbado en los diferentes discursos políticos y religiosos. En julio, Hassan Nasrallah, jefe del grupo proiraní Hezbolá, cuya voz es escuchada alto y claro por los chiíes del país – 30 por ciento de la población total – dijo que las personas LGBTQIA+ eran un “peligro para la sociedad”.

El ministro de Cultura libanés, Mohammad Wissam El-Mortada, respondió al ataque en el bar Om cuestionando por qué los servicios de seguridad no habían impedido antes que se “promoviera la homosexualidad”. Su declaración fue acompañada con una pintura bíblica del arcángel Miguel abatiendo a un demonio.

En sus redes sociales el Sheikh Hassan Merheb – miembro superior de la autoridad religiosa sunní Dar al-Fatwa – felicitaba a los Soldados de Dios y arremetía contra la “desviación y el atraso antinatural” en favor de la defensa de “nuestras familias y a la sociedad contra este pensamiento degenerado y destructivo”.

A pesar de todo, Gration afirma que “no tiene nada que ver con la comunidad LGTBIQA+ directamente, sino con la libertad de expresión”, ya que los ataques también se dirigen hacia comediantes, periodistas o abogados, entre otros. Contra este hecho, el 25 de agosto, 18 organizaciones de medios de comunicación, entre las que figuran L’Orient-Le Jour, MTV o Nidaa al-Watan, emitieron una declaración conjunta que expresaba que “[la] demonización de las libertades, en sus diversas formas, bajo el pretexto de ‘combatir la homosexualidad’, inevitablemente afectará todas las libertades públicas”.

El sábado 30 de septiembre 24 organizaciones de la sociedad civil organizaron en el centro de Beirut una marcha por las libertades que pretendía llegar hasta el Ministerio del Interior. Sin embargo, esta también fue acusada en los medios de comunicación de “promover la homosexualidad”. Según una nota de prensa del 3 de octubre de Amnistía Internacional, “en los últimos meses, grupos libaneses han calificado el uso de ‘libertades’ y ‘derechos’ como ‘propaganda’ LGBTI, instando a la criminalización de cualquier promoción de los derechos LGBTI en Líbano”.

“Cuando llegamos a la marcha, vimos mucha gente alrededor que nos atacó como si estuviera meticulosamente preparada”, describe con rabia Mougharbel. Como pasó con la agresión anterior, explica que “después de recibir una paliza, abrí las redes sociales para buscar apoyo. Lo único que encontré fue odio”.

En busca de un chivo espiratorio
Tanto Whard Mougharbel como Emma Gration coinciden en que, estos ataques, aunque son llevados a cabo por milicias callejeras, tienen el mismo denominador común: las autoridades libanesas. Y afirman que estas agresiones suelen producirse cuando salta algún escándalo relacionado con la desastrosa situación económica del país, al parecer, con la intención de taparlo. Por ejemplo, el ataque al bar Om sucedió al mismo tiempo que se publicaba una auditoría que denunciaba “las malas praxis” del Banque du Liban (Banco del Líbano). Esta, fue exigida por estados extranjeros donantes después que en 2019 el Banco se viera afectado por un colapso financiero que congeló los ahorros de la mayoría de sus clientes. “Siembran terror, hacen el trabajo sucio para permitir que los líderes libaneses mantengan el poder desviando la atención de los problemas reales”, dice Whard Mougharbel.

“Existe una especie de unión sagrada de todos los oscurantistas, suníes, chiíes y cristianos, en torno a esta cuestión. Buscar chivos expiatorios entre las minorías sexuales es una estrategia que conviene a la clase política libanesa, pero también a la oligarquía financiera y a los clérigos, todos ellos interesados en desviar la atención de la población de los delitos financieros que se han cometido o de la negligencia del gobierno”, explica el científico libanés Karim Émile Bitar.

Estos escándalos financieros que azotan al país desde hace una década fueron la gota que colmó el vaso para que se iniciara la Revolución del 17 de octubre en 2019. Entonces, miles de personas desafiaron el ‘statu quo’ libanés. Ahora, los líderes políticos, temerosos de volver a llegar al límite de perder el control de la situación, “están haciendo todo lo posible para impedir las manifestaciones y que la gente vuelva a las calles”, afirma Mougharbel.

“Por desgracia, la reacción por parte de las fuerzas políticas y de sus seguidores es muy violenta contra todas las personas de la comunidad queer. Somos el eslabón más débil, y por tanto las más expuestas a este tipo de venganza”, analiza Wadih el-Asmar presidente del Centro Libanés de Derechos Humanos.

Esto también está afectando a las organizaciones que trabajan por la defensa de los derechos LGBTQIA+. “Nuestra misión era integrar y descentralizar servicios para dárselos a la comunidad y este es un desafío importante”, cuenta Whard Mougharbel de la oenegé para la protección LGBTQIA+ Helem. Sin embargo, ahora se encuentran ante la imposibilidad de aportar este servicio a la sociedad. A esto se suma el peligro de que sus actividades sean prohibidas por la criminalización que están sufriendo. De hecho, en junio de este año el Centro Cultural Islámico presentó a la fiscalía una solicitud de cierre del Helem. Esta demanda fue dirigida al Ministerio del Interior, quien no tomó medidas al respecto, pero si restringió los actos relacionados con el mes del Orgullo.

“Debemos cambiar el sistema con un enfoque revolucionario”
La escena drag queen ha sido una gran partícipe de la cultura pop libanesa a mediados de los noventa y principios de los dos mil. El mejor ejemplo es Bassem Feghali, que en 2006 tenía un programa en la radio estatal llamado “Alf Wayle Bi Layle”, donde cada día imitaba a una celebridad diferente. Actualmente, otras muchas han seguido su estela como Andrea, Zuhal o Diva Beirut. “Fui educada en un país que en la región era considerado la tierra de la libertad, pero eso ha cambiado. La cultura drag queen en el Líbano es antigua y está integrada en nuestra identidad colectiva”, describe Whard Mougharbel.

“Nadie destaca el talento de las drag queens y de los espectáculos”, apunta Ivy Enchanté, modelo trans que abandonó el Líbano por la situación económico-social y ahora vive en Portugal. Y añade con indignación: “He viajado por muchos países en los últimos dos años y, para ser sincera, la escena queer en el Líbano es muy buena en comparación con otros países”. Emma Gration explica orgullosa que ellas llevan haciendo espectáculos en Beirut desde hace ocho o nueve años y no era un problema, “porque siempre ha habido drag queens aquí”. Para ella la cultura drag forma parte de una especie de lugar seguro: “Cantamos, bailamos, hacemos que la gente se sienta bien en los tiempos que corren en Líbano”.

Actualmente, sin embargo, la situación de inseguridad les está obligando a invisibilizarse. “Las mujeres trans se ven reducidas a dejarse crecer la barba, yo misma también he tenido que cortarme el pelo”, manifiesta Whard. “Estamos desapareciendo del espacio público y es triste, pero seguiremos resistiendo lo mejor que podamos.”

“Nadie está a salvo, al atacarnos a nosotras están atacando a todas las minorías y personas discriminadas que hoy están en peligro”, advierte Wahrd Mougharbel. En el Líbano la ira también se lanza contra las personas refugiadas sirias, así como otros colectivos migrantes que viven a la sombra de la sociedad libanesa.

Ivy Enchanté manifiesta con tristeza que con la situación que hay actualmente no volverá pronto a su país: “Necesito protegerme”. A lo que Emma Gration añade “Esto no significa que no estemos luchando, simplemente no tan visible como antes”.

“Nuestra lucha es interseccional, no se trata solo de derechos queer, debemos cambiar el sistema con un enfoque revolucionario”, apunta Mougharbel. Estas palabras evocan a los sentimientos de cambio radical que inundaron el país en 2019: derribar el sistema sectario, desarmar a las milicias, luchar contra la corrupción y por una justicia independiente y, sobre todo, devolver al Líbano la soberanía que ha perdido como consecuencia de las luchas de poder regionales. “El futuro del Líbano dependerá tanto de su capacidad de manejar las guerras subsidiarias que ocurren en su territorio, y de su facultad de defender las libertades públicas”, concluye Karim Emile Bitar.

Desde el pasado 7 de octubre, sin embargo, se baraja la posibilidad de que el Líbano sea arrastrado a una inminente guerra contra el Estado israelí, por lo que ahora mismo la frustración y el miedo recorre a todo el país. “Me temo que, una vez superado el momento de extrema tensión regional que estamos viviendo, la comunidad LGBTQI+ volverá a encontrarse en el punto de mira y será blanco de formas aún más violentas por parte de los reaccionarios del país”, analiza Wadih el-Asmar.

miércoles, 26 de abril de 2023

#hemeroteca #memoria | Las víctimas olvidadas por la memoria histórica

Archivo de Andrea Momoitio / Protesta 'puta' por la muerte de María Isabel //

Las víctimas olvidadas por la memoria histórica

Las políticas de memoria han dado un tratamiento muy distinto a la represión política y sindical frente a la “social”, la que el régimen franquista impuso, sobre todo, por razones de orientación sexual, de etnia y de pobreza.
Sergio Campo | Pikara Magazine, 2023-04-26
https://www.pikaramagazine.com/2023/04/las-victimas-olvidadas-por-la-memoria-historica/ 

Repasando unas notas de una entrevista que realicé hace un par de años a una travesti visible durante el franquismo me encontré con una frase que debe hacer reflexionar. Afirmaba —no sin su necesaria dosis de teatralidad— que si en el bolso en vez de un pintalabios hubiera llevado un arma, eso no habría cambiado mucho la represión que sufrió, pero probablemente hoy tendría más reconocimiento social y unos últimos años de su vida con menos estrecheces materiales.

Más allá de su literalidad, esta afirmación pone de manifiesto el tratamiento tan asimétrico que las políticas de memoria han dispensado a la represión política y sindical frente a la “social”, es decir, la que el régimen franquista realizó fundamentalmente a través de la Ley de Vagos y Maleantes y la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social. No hay ganancia alguna en señalar el agravio comparativo entre unas y otras, ni en argumentar algo sabido, como es que todas las víctimas de vulneraciones de derechos merecen verdad, justicia y reparación. Pero sí es imprescindible identificar qué se puede hacer para solventar la deuda pendiente que tenemos tantas décadas después con estas víctimas que, aún hoy, siguen siendo de segunda.

Aunque en este artículo realizo una argumentación más de tipo sociopolítica para justificar la necesidad de reconocer a estas víctimas, también caben otras diferentes. En todo caso, coinciden con ese mismo objetivo. Y ahí es donde está la finalidad de escribir estas líneas: su inclusión explícita, efectiva y completa en las políticas de memoria.

Desde mi punto de vista, la primera cuestión que debemos plantearnos tiene que ver con repensar la diferenciación entre unas víctimas y otras, entre las políticas y las sociales, porque estas últimas, aunque diferentes, también tienen un componente político. Como veremos más adelante, en aquella época la homofobia (hoy, LGTBIfobia), el antigitanismo y la aporofobia (rechazo y desprecio por las personas en situación de pobreza) no eran exclusivas del franquismo y estaban extendidas en todo Europa. Sin embargo, el elemento diferencial del régimen se encuentra en la intensidad, extensión y continuidad en el tiempo con el que las represalió.

Como muestra de ello durante las cuatro largas décadas que duró la dictadura estuvo en vigor legislación para perseguirlas. Así, por ejemplo, en julio 1954, coincidiendo con el aniversario del golpe militar, se publicaba en el Boletín Oficial una reforma de la Ley de Vagos y Maleantes con el fin de endurecer el castigo a la homosexualidad, que pasó a ser incluida expresamente como supuesto perseguible y no por escándalo público como ocurría hasta ese momento. Del mismo modo, en 1970 esta ley fue sustituida por la Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social que profundizó y amplió su contenido. Pero también hay que citar el Reglamento de la Guardia Civil que jugó un papel clave contra la población gitana.

Es importante destacar —tal y como señala Andrea Momoitio— que la ideología nacionalcatólica y el Estado totalitario encontraron en esta legislación un arma poderosa para disciplinar a la sociedad e imponer su proyecto político. Así, estamos ante víctimas de un régimen que las definía como enemigas de la patria y un peligro para la sociedad.

En este sentido, es importante señalar que esta legislación no castigaba delitos, es decir, actos, sino simplemente el hecho de ser. Estas leyes persiguieron a colectivos de personas a los que se presumía peligrosidad criminal por algunas de sus características sexuales, étnicas —en el caso del Pueblo Gitano— o económicas. Además, eran reprimidas con gran dureza, consistiendo las penas bien en la privación de libertad —ya fuera en prisiones o en campos de trabajos forzados—, en el destierro de su lugar de origen o de residencia o bien en su vigilancia a manos de miembros de Falange o de los delegados del Gobierno.

En el caso de las lesbianas hubo importantes particularidades. Más allá del debate de si su supuesta invisibilidad a ojos del régimen las evitó ser represaliadas con este tipo de legislación —aunque hay algunos casos documentados— parece que la persecución que realizó el franquismo —tal y como apunta Lucas R. Platero o Estefanía Sanz Romero en 'Silenciadas'— se realizó desde instancias como la psiquiatría y las órdenes religiosas. Esta realidad específica sumaba la discriminación de ser mujeres a la de su deseo sexual y como apunta María Giralt (fundadora del Col·lectiu de Lesbianes dentro del FAGC) devino para muchas de ellas en la vivencia del terror a ser descubiertas.

A pesar del escasísimo trabajo de investigación que se ha realizado en España y en Euskadi sobre estas vulneraciones de derechos, es posible identificar tres grandes vectores de persecución a través de esta legislación: la homofobia, el antigitanismo y la aporofobia. Se trata de vectores complejos, pues no solo emplean conceptos actuales con los que identificar la motivación de una persecución que en aquel momento histórico se expresaba en otros términos, sino que la represión se llevaba a cabo a través de unos supuestos que en muchos casos eran intercambiables entre sí. No era infrecuente que un “invertido” fuese castigado por el supuesto de prostitución o escándalo público en vez del de homosexualidad, o que personas gitanas lo fueran sistemáticamente por “vagos habituales” —el más frecuente según la asociación de mujeres gitanas ROMI y el investigador Xavier Rothea—, “mendicidad”, carecer de domicilio fijo o su “inclinación al delito”. Por si fuera poco, además, el Reglamento de la Guardia Civil (artículos 4, 5 y 6) hacían referencia directa a la vigilancia escrupulosa de las personas gitanas, el cuestionamiento de sus desplazamientos, sus actividades y modo de vida, o a su detención en caso de no tener documentación.

A la hora de abordar el vector aporofóbico de esta represión es relevante destacar que el mero hecho de carecer de medios y mendigar era un supuesto de persecución, así como no poder justificar el origen de un bien, pero sobre todo que se hacía a partir del concepto de “pobrezas desviadas”. Los investigadores Aarón Suarez y Javier Márquez lo proponen para explicar cómo el franquismo no perseguía toda pobreza, sino que diferenciaría entre una que sería legítima y tolerada de otra pobreza desviada que contravenía los valores del nacionalcatolicismo. Para el primer tipo de pobreza, la dictadura ofrecía algunos escasos recursos benéfico-asistenciales. Para el segundo reservó un duro disciplinamiento con el que trataba de invisibilizar y ocultar a estas vidas perturbadoras para la retórica del régimen.

Llegados a este punto es importante hacer una aproximación desde la interseccionalidad a estas realidades, puesto que existía un importante sesgo de clase social en esta represión. Toni Ruiz, presidente de la Asociación de Ex Presos Srociales, y también Arturo Arnalte —autor de 'Redada de violetas'—, explican cómo había un claro trato de favor cuando se trataba de personas homosexuales vinculadas al régimen o con alto poder adquisitivo. También cómo la propia sanción de la ley implicaba la pérdida del empleo, abocando en muchos casos a la prostitución y a la pobreza. Por su parte, en el caso del Pueblo Gitano, la sobrerrepresentación de las mujeres en las cárceles tenía implicaciones de represión de género muy específicas.

Para dar cuenta de la intensidad y extensión de la represión que representó este derecho del enemigo, la obra 'El látigo y la pluma', de Fernando Olmeda, es una gran referencia. A nivel cuantitativo las fuentes son escasas, pero ofrecen cifras significativas. Por ejemplo, los autores de la obra 'Verdugos impunes' señalan que solo con la ley de peligrosidad social, entre 1974 y 1975, se instruyeron en toda España 58.000 expedientes con 21.000 condenas asociadas. Por su parte, la Asociación de Ex Presos Sociales cifró en 5.000 los homosexuales represaliados con estas leyes a lo largo de todo el franquismo y en 1.000 los encarcelados. En el caso del Pueblo Gitano, el historiador Javier Gómez Calvo señala su altísima presencia en las 5.661 fichas que ha estudiado de personas reclusas que cumplieron pena en establecimientos penitenciarios únicamente de Araba entre 1958 y 1970. La labor de la historia, el derecho o la criminología está llamada a ser clave para identificar a estas víctimas dentro de ese enorme volumen de expedientes en base a criterios claros y justos.

Si las cifras citadas dan una idea aproximada de la enorme magnitud de la represión social durante el franquismo, al ponerlas en relación con las políticas de memoria implementadas para atender esta realidad hallamos una contradicción grave y una enorme deuda pendiente con estas víctimas. Y ello a pesar de la reivindicación que de esta causa realizaron, sobre todo durante los primeros años de la democracia, colectivos sociales como EHGAM en Euskadi, CNT, COPEL o el impulso para derogar esta legislación realizado por parte del diputado gitano Juan de Dios Ramírez Heredia.

En el año 2007 la Ley de Memoria Histórica (artículo 2.2) reconoció como víctimas de la represión a las personas LGTBI junto a otros colectivos —no así al Pueblo Gitano— y abrió la puerta a que se creara la Comisión de indemnizaciones a expresos sociales. Sin embargo, la realidad es que —posiblemente por la inadecuación del procedimiento a las características de estas victimaciones— hasta el año 2012, en que la comisión fue derogada por el Partido Popular, solamente recibió 183 solicitudes de las que tan solo 116 fueron resueltas positivamente. La Ley de Memoria democrática aprobada el año pasado ha habilitado nuevamente esta comisión. Queda por ver con qué resultados.

En Euskadi a diferencia del trabajo realizado con las personas represaliadas durante el franquismo por diferentes causas (personal de las administraciones vascas de la época republicana, personal docente en ikastolas, las colectividades y centros vascos, privación de libertad por supuestos políticos o sindicales, batallones de trabajadores, abusos policiales...), nunca se ha atendido a las represaliadas con las leyes de vagos y maleantes o de peligrosidad social, como tampoco lo hizo en su día la Ley de Amnistía de 1977. Desde el punto de vista del reconocimiento solo consta una actuación en Euskadi: un homenaje el 3 de febrero de 2008 a los homosexuales que pasaron por Nanclares de la Oca.

Por todo lo expuesto es imprescindible y urgente adoptar una serie de medidas desde el ámbito institucional que traten de saldar la enorme deuda que tiene la sociedad vasca con estas víctimas del franquismo. Empezando por el reconocimiento expreso y explícito de todas estas víctimas (LGTBIfobia, antigitanismo y aporofobia), su carácter particular y la deuda existente con ellas aún hoy; siguiendo por garantizar que accedan de forma efectiva a las medidas de reparación económica que les corresponde como víctimas del franquismo, adoptando las instituciones un enfoque proactivo y adaptado al importante estigma que aún pesa sobre estos colectivos y circunstancias; y terminando con el impulso prioritario de estudios e investigaciones que aporten verdad y justicia sobre este conjunto de vulneraciones de derechos. La próxima Ley Vasca de Memoria Histórica y Democrática es una oportunidad inmejorable para todo ello.

miércoles, 15 de marzo de 2023

#hemeroteca #inmemoriam | Mikel/a, aquí estamos y no nos ocultamos

Mikela leyendo el manifiesto tras finalizar la manifestación en Donostia para denunciar el asesinato de Francis, 12 de junio de 1979 / Foto del archivo de EHGAM //

Mikel/a, aquí estamos y no nos ocultamos

Julen Zabala | Pikara, 2023-03-15

https://www.pikaramagazine.com/2023/03/mikel-a-aqui-estamos-y-no-nos-ocultamos/ 

Mikel Martin, militante de EHGAM y referente en el activismo transmaribibollo, entre otros, falleció el pasado 2 de marzo. En este artículo, Julen Zabala, amiga y compañera en EHGAM de Mikel/a, quiere recordar su personalidad, su activismo y su lucha por la liberación sexual. En esta lucha comenzaron allá por 1979, saliendo a las calles donostiarras por primera vez en junio de ese año con el lema ‘Aquí estamos y no nos ocultamos’.

Quedar con Mikel/a era una aventura. Quienes le conocíamos sabíamos perfectamente que al quedar con él/ella/elle (lo que cada una/o/e prefiera) lo de menos era el motivo de la quedada, pues tras ello habría una interminable lista de nuevas ideas, planteamientos, cuestiones, informaciones, proyectos, asuntos, todos expuestos con tal pasión que pareciera que fueran lo más importante del mundo. Y, sí, así eran al menos en ‘nuestro’ mundo, ese pequeño mundo en el que perpetrábamos las más diversas conspiraciones para nuestra/s luchas/s por la liberación (homo)sexual... También sabíamos que cada encuentro acabaría con una interminable lista de tareas pendientes y con el compromiso de llevarlas a cabo cuanto antes.

Bueno, hay que decir que resultaba imposible afrontar todo lo que incansablemente nos indicaba. Pero una de sus grandes virtudes era que también sabía escuchar a las demás, sus propuestas e iniciativas, y, acercando posturas y sensibilidades, establecer consensos y aceptar cuanto fuera o nos pareciera más razonable para abordar en ese momento.

Y, de igual modo, sabíamos que alguna bronca nos esperaba si nuestro compromiso se hubiera quebrado o no hubiéramos logrado los objetivos deseados en alguna de las acciones llevadas a cabo. Sin embargo sabía dar la vuelta a esas situaciones y cualquier enfado no le duraba más que el tiempo necesario para recomponerse/nos, dando un giro al asunto en cuestión con un nuevo planteamiento o proponiendo una nueva actividad que resultara más eficaz.

Incansable y pertinaz, Mikel/a estaba hecho/a de otra pasta y su manera de afrontar el activismo era de otra época, la de la lucha antifranquista y de la llamada transición, un modo de hacer que prácticamente casi nadie mantuvo. Por eso y por su forma de entender que la lucha era global, que no se limitaba a un único aspecto, Mikel/a es irrepetible. Y, bueno, no olvidemos tampoco su capacidad de estar en todas partes, en las que se cocía algo que pareciese interesante y en las que se fraguaba un nuevo hito para nuestra lucha.

Dar un pequeño paseo con él, no solo por Errenteria, sino por (casi) cualquier pueblo/ciudad de Euskal Herria era imposible sin pararse cada dos pasos, pues siempre se topaba con alguien a quien saludar, preguntar por esto o aquello, interesarse por su compañera/o/e o dar, sin más, una muestra de afectividad.

En su lucha nada le era ajeno y tanto le preocupaba la situación de las personas migrantes como la de las sintecho o las enganchadas a lo que fuera; se implicaba en todo lo trans, por supuesto, y también le interesaba lo relativo a lo no binario; las vivencias de chaperos y demás trabajadoras del sexo; las seropositivas; las precarias; las desfavorecidas; las marginadas; las personas en situación de discapacidad; y, claro, cuantas sufrían acoso por su orientación o identidad sexo-genérica; siempre pendiente de las recién llegadas e interesándose por el destino de las que partían...; todas las gentes, las más cercanas y las más lejanas (incluso aunque fueran desconocidas), y todas sus luchas le importaban. Luchaba por un mundo mejor, en el que todas tuvieran cabida y pudieran vivir sin sufrimiento alguno por mostrar su manera de ser, de estar y de sentir.

La trayectoria de Mikel/a es inabarcable en un texto como el presente. Por ello, solo quiero recordar aquí algunos momentos que nos acerquen, de uno u otro modo, a recordar esbozos de su (peculiar e irrepetible) forma de ser.

Como es bien conocido, en enero de 2005 sufrió una brutal agresión. Como cada jueves, habíamos tenido una reunión del grupo de EHGAM de Gipuzkoa. Normalmente solía quedarme con Mikel/a para ir a cenar y a tomar luego algo por el ambiente. Pero aquel día, por algún motivo que no recuerdo, no le acompañé, algo de lo que siempre me he arrepentido, pues, tal vez, aquel ataque no se hubiera producido.

Mikela en Errenteria, en la concentración del 17-M //

A la mañana del día siguiente, todavía muy malherido, me llamó (sería la primera llamada del día, aún no había trascendido nada) y me estuvo repasando diferentes temas de la reunión: “Haz ese cartel para el cine fórum tal, llamo a fulana, voy a quedar con mengana para no se qué, etcétera”. Pero, notando que no estaba del todo bien, le pregunté si le pasaba algo y tras bastantes “no, nada” e insistir me relató lo que le había sucedido la noche anterior. Así era Mikel/a: por encima de cualquier circunstancia, incluso personal y de aquella gravedad, está la acción colectiva y el compromiso con cualquier cosa que requiriese la militancia y el propio activismo.

De hecho, cuando lo recordábamos, siempre daba mayor importancia a las agresiones y ataques que recibieron militantes de EHGAM de Oarsoaldea en 1983, coincidiendo con el juicio al policía nacional por el asesinato de Vicente Vadillo ‘Francis’. En aquella ocasión se organizó un encierro en la iglesia donostiarra de Santa María, bajo el lema “los ‘incontrolados’ no nos moverán”. Un ejemplo más de que Mikel/a pensaba más en el sufrimiento ajeno que en el propio.

En el juicio, cinco años y nueve meses después, la jueza, antes de que testificara, le preguntó si podía declarar de pie, pues la brutal paliza tuvo serias consecuencias en una pierna. Mikel/a le contestó: “Bueno, la verdad es que sentada estaría más cómoda”. La jueza, haciéndose la sueca, le dijo que tenía por costumbre que las declaraciones se hicieran en pie. Y así estuvo Mikel/a, más tiesa que una vela...

Cuando se aprobó el cambio en el Código Civil que permitía el matrimonio entre parejas del mismo sexo, el 30 de junio de 2005, estaba con Mikel/a en Arrasate formando parte de una charla/debate sobre homosexualidad, iglesia y derechos civiles. Una más de las innumerables ocasiones en las que compartíamos nuestras cuestiones (para combatir prejuicios y desenmascarar la homo/lesbo/transfobia) allí donde nos lo solicitaban.

Recuerdo con especial cariño aquella vuelta de Arrasate a Donostia por la inmensa satisfacción que le produjo el derecho que lográbamos con aquel reconocimiento al matrimonio igualitario, no tanto por tratarse del matrimonio (institución del ‘patrimonio’ hetero/patriarcal que siempre habíamos criticado) sino por la igualdad con la que se reconocía el derecho mismo. Atrás quedaba una década que inició Cuerda en Gasteiz y en la que el asociacionismo asimilacionista, institucional y/o reformista había apostado por leyes de pareja que seguían considerándonos (a bollos y maris) de segunda categoría y de forma totalmente discriminatoria.

El PP, liderando las posturas reaccionarias contra la igualdad de derechos, intentó aguarnos la fiesta con la tramitación del recurso de anticonstitucionalidad, por considerar que la reforma “desnaturaliza la institución del matrimonio” y que llamar matrimonio a las uniones homosexuales “es un fraude de ley”.

La resolución tardó más de siete años en resolverse y, cuando empezó a anunciarse que estaba al caer, muchas parejas decidimos acogernos al derecho, por si acaso, no fuera que lo que tanto había costado conseguir nos fuera negado, al menos en idénticos términos de igualdad. Fue nuestro caso y cuando me casé con Manu en enero de 2013, Mikel/a, por supuesto encantado/a, asistió como ‘testigo/a’ a nuestra boda en el juzgado de Tolosa.

Tras aquella ‘ceremonia’, los/as tres pasamos unos días en Gran Canaria, siendo para Mikel/a la primera vez que iba. ¡Cómo lo disfrutó! Siempre que lo recordábamos hacíamos el comentario de que tras sus idas y venidas casi deja sin arena las dunas de Maspalomas. Como ya conocíamos el hotel en el que nos íbamos a alojar, antes de emprender el viaje tuve que advertir a nuestro/a Mikel/a que allí mantenían alguna rancia costumbre, como era no permitir acudir a la cena si no era con pantalón largo (únicamente a ‘los hombres’, claro).

A Mikel/a, que siempre tuvo presente todas las reivindicaciones de la COFLHEE (Coordinadora de Frentes de Liberación Homosexual del Estado Español) y muy especialmente los puntos 8 (derecho a vestirse como se quiera) y 18 (derecho al propio cuerpo) de su plataforma de 1978, no le quedó más remedio que comprarse un pantalón largo para aquel viaje. Y debió ser el primero.

Siempre lo tuvo claro, la vestimenta también era una forma de expresar la reivindicación del derecho a la diferencia. Cuando ocurrió el asesinato de ‘Francis’ los medios se referían a “un hombre vestido de mujer” y eso nos causó especial indignación a quienes ya participábamos en EHGAM, pues no era sino una manera de disculpar el crimen y revictimizar a la persona asesinada. Así lo recordó, hace un par de años, Mikel/a: “Me cabreó mucho, me dolió, porque se ponía el peso en cómo iba vestida esa persona, como si ello pudiera justificar un crimen”.

Resulta imposible enumerar cuanto Mikel/a ha promovido en su/s lucha/s a lo largo de toda su vida: actividades para dar visibilidad a la diversidad sexual y acciones para denunciar cualquier signo de trans/homo/lesbofobia y otras discriminaciones. Quiero destacar una de las que más satisfacción le produjo: en mayo de 2006, un par de meses después de que el cineasta Eloy de la Iglesia falleciera entre el olvido y el ostracismo, EHGAM organizó en Zarautz, su localidad natal, a modo de homenaje una sesión de cine fórum.

Contactamos con el entorno del ‘gaztetxe’ de entonces (Putzuzulo) y pudimos emitir allí (en una enorme sábana blanca a modo de pantalla) su película ‘El diputado’, de 1978. Mikel/a, como no podría ser de otra forma, lio a alguien para que hiciera la oportuna presentación, que en este caso fue el apasionado cinéfilo Xabier Portugal. Los aplausos de la juventud asistente al finalizar la proyección del filme (28 años después de su estreno) fue el mayor homenaje y reconocimiento que Eloy podría recibir en ‘su’ Zarautz y así lo sentimos.

Del mismo modo, apenas un año después, cuando EHGAM estaba organizando con los colectivos Medeak y Garaipen el ciclo de cine ‘Otros amores..., otros tiempos...’ para el mes de junio de 2007, nos impactó recibir la noticia del suicidio de Aimar/Moio en Hernani. Y decidimos, con rapidez, incluir una sesión allí, que tuvo lugar en Sandiusterri. Mikel/a no tuvo ninguna duda en tirar de sus contactos, traer el documental ‘El camino de Moisés’ e invitar a dar sus testimonios como trans al propio Moisés Martínez, desde Barcelona, y a Iván Garde, del colectivo Ilota Ledo de Iruñea. Fue la excusa perfecta para tributar un espontáneo homenaje a Moio y acompañar a su familia. Y, una vez más, con la satisfacción del deber cumplido.

Los contactos de Mikel/a han marcado, sin duda, nuestro activismo. Si no conocía a alguien, ya se encargaba de mover los hilos adecuados para llegar a él/ella/elle. De igual modo sus aficiones y pasiones también nos han dejado huella: nada le era ajeno, pero sentía especial estima por las actividades culturales, lecturas y publicaciones, cine y teatro, espectáculos y cabaret... En todo ello cualquier manifestación de la diversidad afectivo-sexual y del homoerotismo le fascinaba.

Y aún más si provenía de los márgenes, del ‘underground’ o de la contracultura. Recuerdo cómo enloquecía al encontrarse con un grafiti con alguna connotación erótico/festiva. Cualquier descubrimiento de este tipo lo compartía con sus compañeros/as, al igual que cualquier noticia que apareciese en (toda) la prensa que tuviera relación con ‘nuestras cosas’, por muy pequeña o marginal que fuera. Las fotos que hacía de esas noticias, sus recortes, sus notas y sus apuntes... ¡cómo vamos a echar de menos todo eso!

Otra de las acciones de las que se sentía muy orgulloso/a fue la concentración que realizamos en enero de 2010 en las inmediaciones de la catedral del Buen Pastor, contra Munilla y su apología del odio, en su toma de posesión como obispo de la diócesis de San Sebastián. Dijo entonces Mikel/a: “Estamos hablando de un homófobo que se considera a sí mismo ‘sanador de los impulsos neuróticos que están presentes en el deseo homosexual’, y que afirma que la pandemia del sida se debe a la ‘obsesión pansexualista de las autoridades'”.

Mikel/a consideraba la lucha de una forma global, y todas sus facetas eran caras de un mismo poliedro: por eso apostaba por la apostasía, el laicismo y la separación de las instituciones religiosas y políticas; el antimilitarismo y la insumisión; el derecho a la autodeterminación de naciones y de cuerpos; el feminismo y la liberación sexual; contra el machismo y sus violencias; contra el racismo y sus violencias; contra el capitalismo y el ‘gaypitalismo’ y sus violencias; por la justicia social, los derechos humanos, el desarrollo sostenible, el ecologismo… Nadie como Mikel/a ponía tanta pasión para luchar por cuanto le parecía justo y necesario: cómo olvidar, por ejemplo, su implicación en la recogida de firmas para la Iniciativa Legislativa Popular en defensa del Mar Menor.

El último encargo que me hizo Mikel/a, y como (casi) siempre de forma urgente, fue el cartel para anunciar la última concentración del 1 de diciembre en Donostia, otra fecha clave en nuestro particular calendario, en la que se conmemora el día mundial de lucha contra el vih-sida. Solo me comentó que el lema de este año era “indetectable = intransmisible”. Así lo hice, pero le añadí “¿inVIHsible?”, pues me parece que todavía está lejos de normalizarse la situación de las personas seropositivas. Por supuesto, le gustó, la idea y el cartel. Y, como cada año, comentamos a ver cuándo conseguiríamos cambiar el nombre de la plaza en la que se hace esta concentración anual: no es de recibo que Donostia dedique una plaza a Teresa de Calcuta, ‘apologeta del odio’ como la que más, y menos aún que en ella se ubique el lazo rojo en recuerdo a las víctimas del sida.

Mar y Mikel en Errenteria, 2022-12-01 //
Ese 1 de diciembre, por la enfermedad que le iba minando, Mikel/a ya estaba muy cansado/a y con su mirada nos decía lo mismo que a aquella jueza (“bueno, la verdad es que sentada estaría más cómoda”). Ya no puso carteles, con esa visibilidad que le caracterizaba; se limitó a difundirlo por las redes. Y no asistió a la concentración del 1 de diciembre. Pero todavía tuvo fuerza para acudir a otras movilizaciones en defensa de la ley trans.

Se fue, sin duda, con el enorme agrado de ver aprobada esta ley, que tantos disgustos le había producido por el rechazo de compañeras/os en antiguas batallas, y también por haberse encontrado con una persona interesada en escribir la historia de Francis y que había logrado contactar y recoger mucha información de su entorno familiar y de amistades, algo que no habíamos conseguido por nuestros medios. Y, eso, nos dejó algunas tareas y con la satisfacción del deber cumplido.

El 1 de diciembre pasado no asistió, como digo, a la concentración de la lucha contra el vih/sida, pero sí vino, ese mismo día, al acto que Alternatiba (formación en la que también participaba) organizó en Errenteria para desmentir los bulos en torno a la ley trans y en defensa del reconocimiento de los derechos de las personas trans. Entre las invitadas al acto estaba la histórica activista trans Mar Cambrollé. Mikel/a, ¡cómo no!, fue a recibirla y se fotografiaron en el paso de cebra arcoíris contra la trans/lesbo/homofobia que el pueblo dedicó a Francis en 2014, al cumplirse el 35 aniversario de su asesinato. Al revisar esa foto me doy cuenta de lo mal que ya estaba nuestro/a Mikel/a: se había puesto un pantalón largo.

miércoles, 8 de marzo de 2023

#hemeroteca #testimonios | Historia de vida de Mikel Martín Conde

Ez adiorik, lagun!

Historia de vida de Mikel Martín Conde

Republicamos la entrevista realizada en 2014 a Mikel Martín Conde, fallecido recientemente, para el libro MIRADAS ATREVIDAS. Historias de vida y amor lésbico y gay durante el franquismo y la transición en Euskadi, sobre la memoria histórica y realizado por EGHAM y Aldarte.
Pikara Magazine, 2023-03-08
https://www.pikaramagazine.com/2023/03/historia-de-vida-de-mikel-martin-conde/

He de reconocer que yo he vivido mucho.

Soy Mikel Martín Conde, tengo 58 años y aunque nací en Donostia hasta los 29 años viví en Renteria, a donde regresé tras un periodo de 14 años viviendo en Bilbao. Empecé a trabajar a los 15 años, y estuve en diferentes trabajos hasta que con 45 años, hace ya 14 años, enfermé de una derivada del sida y me retiraron del mundo laboral.

Siempre fui un poco revoltoso. Si empecé a trabajar joven fue porque tuve que dejar los estudios de Formación Profesional (FP), debido a mi temperamento. En realidad fue cosa del director del centro que era un fascista. Ya de antes venía a por mí y me acusó de haber sido uno de los provocadores de una huelga de estudiantes. Era el año 1973. El Proceso de Burgos me marcó mucho, muchísimo, y adquirí conciencia política. Total que me largué de la escuela porque allí me hacían la vida imposible. Además, yo venía de una escuela mixta, donde estudiábamos chicos y chicas y ahí me sentía yo muy a gusto. Durante toda mi vida con quienes mejor me he encontrado ha sido con las chicas. Éramos amigas, teníamos confidencias, jugábamos, construíamos nos divertíamos también.

A mí los chicos no me hacían mucha gracia. No me gustaba la manera como se mostraban, como se comportaban. Los veía tan machos, tan masculinos, aquello no era para mí. Y en FP sólo había chicos. El cambio fue tremendo. Yo no me sentía con ellos. Para ellos todo era fútbol, todo se centraba en el deporte y en la competición, y eso a mí no iba, nada, nada. Así es que, empecé a trabajar, hasta que me jubilaron. 

Un chico como los demás
Yo de pequeño no sabía, no tenía conciencia de lo que era ser heterosexual, de lo que era ser homosexual. La sexualidad era algo que me llamaba la atención, por supuesto, la sentía, me provocaba, era algo que quería buscar, algo que notaba. Pero era la sexualidad, no la heterosexualidad, ni la homosexualidad. Me acuerdo perfectamente de que no era un chico como los demás, y por eso recibía muchos insultos, comentarios que luego se han codificado como insultos: “nena”, me decían; “qué nena eres”; “mariquita”, me decían también. Y yo no tenía ni pajolera idea de qué es lo que había detrás de eso. Recuerdo que en la comunidad de vecinos y vecinas todos, sobre todo ellas, las señoras, me trataban en femenino, y yo encantada. Eso no me generaba ningún problema, ninguna culpa. Yo me sentía súper a gusto. Claro, entonces no tenía esa conciencia de heterosexualidad, o de homosexualidad. Yo solo sabía que era diferente, porque notaba que era distinto a los demás chicos, que no era igual que mis hermanos.

Yo tengo dos hermanos, y tres hermanas más. Con todos ellos, y con mi padre y con mi madre compartía yo la vida, además de con primos y primas que vinieron de la emigración, de Extremadura. Yo en ese ambiente notaba que era distinto a mis hermanos, yo sabía, más bien intuía, que no me iba a casar nunca. Mis hermanos hablaban de matrimonio, hablaban de tener hijos y yo tenía esa sensación de que iba a estar siempre solo, de que iba a vivir solo y que no me iba a casar. No sabría decir por qué, pero así era. Quizás fuera por mi carácter, por mi forma de ser. No me gustaba que me manipularan, yo quería ser libre, y para mí el matrimonio era una especie de corsé.

La sexualidad me llamaba la atención, pese a que cuando hablaban de relaciones sexuales siempre tenían que ver con la reproducción, y poco más. El caso es que con 10 o 12 años me iba a la biblioteca del pueblo a mirar libros que hablaran de sexualidad. Allí empecé a ver todo el tema de los cuerpos de hombres y de mujeres en imágenes, en fotografías o en láminas. Y también algunos contenidos sobre cómo se nombraban a los órganos genitales, y de ahí seguido recuerdo que empezaban a pasar imágenes en las que se veía ya el vientre de mujeres embarazadas. Sobre reproducción había mucho, pero de homosexualidad nada. 

Solo maricas y maricones
De niño no recuerdo haber oído nada en torno a la homosexualidad. Solo oía de maricones y de maricas, del hombre del saco, y de los solterones, los ‘mutilzaharrak’. Recuerdo que cuando yo tenía 10 u 11 años en el barrio se hablaba mucho de un señor, que era peluquero y que vivía lejos de nuestro barrio. Mi padre nos llevaba a mis hermanos y a mí a un peluquero de otro barrio que a mí no me gustaba nada. No me gustaba cómo me cortaba el pelo, con esa raya al medio. Un día agarré y yo solito me fui con el otro peluquero, con ese del que todo el mundo hablaba. La verdad es que me sentí muy bien cuando me metí en su casa. Y me dejó el pelo fantástico, como a mí me gustaba. De hecho años más tarde cuando supe que había muerto me dio un palo de la hostia. Habíamos perdido a alguien a quien el pueblo había hecho sufrir. Fue con el tiempo que yo tomé conciencia de lo que había ocurrido con este hombre del que todo el mundo hablaba mal: “Ese maricón que vivía ahí arriba”. Todo sobre él era despectivo, todo era malo. Ser maricón era algo malo, muy malo.

Para entonces yo ya era consciente de que no notaba deseo sexual con las chicas. Con las chicas del barrio jugaba, claro, pero éramos amigas, nada más. Por suerte, donde vivíamos era una zona bastante salvaje, con muchísimo monte y muy pocos vecinos. Alrededor todo era monte, monte y monte. Y muchos árboles. A mí me encantaba tanta naturaleza. Cada año, en mayo, siempre llegaba a casa con ramos de flores y cuando era pequeño jugábamos y nos vestíamos con plantas, con enredaderas que tenían campanillas blancas. Era una gozada, nada que ver con el ambiente del cemento que conocí después.

Cuando llegaba el verano solía ir al ‘baserri’ de un amigo a cortar la hierba, a dar la vuelta a la cuadra, a limpiar; o me juntaba con otro chaval que venía con 30 o 40 caballos. Aquel era un chico muy guapo. Me encantaba aquel chaval, su pelo, como lo tenía cortado, el color del pelo, su cara, la forma de su cuerpo... Bueno, todavía hoy cada vez que lo veo me encanta. Era hijo de un amigo de mi padre. Yo tendría entonces 9 o 10 años y él era como 10 años mayor. De hecho yo me escapaba, no iba a la escuela en verano, desde que venía él con sus caballos, y me iba con él, solo a estar con él. Alguna vez montamos en el mismo caballo los dos. Yo me agarraba a él y era fantástico.

Primeros contactos
Mis primeros contactos físicos con otros hombres fueron en la escuela de Formación Profesional, cuando tenía yo unos 14 años. Antes que eso solo había visto a los chicos mayores del barrio, que tendrían entre 15 y 18 años, masturbarse en el camino viejo. Ahí solíamos ir todos los chicos a pajearnos. Pero el primer contacto que yo tengo con el cuerpo de otro hombre es en la escuela. Fue con un compañero que se sacó la polla y me dejó que se la masturbara. Aquello me gustó, me parecía bonito ver como la polla se pone dura, crece, cambia... Recuerdo que me encantó aquello, lo pasé bien y me gustó.

Cuando íbamos a la playa y paseábamos por la orilla, me encantaba ver a los chicos, mirar sus bañadores. No sabía exactamente por qué, pero se me iba la vista hacia ellos. Los demás chicos hablaban de chicas, de sus tetas, de su culo. A mí me gustaba ver a los hombres, mirarles el paquete, la polla, los genitales... Me encantaba observar a los hombres, mirar esa parte de su cuerpo.

Para entonces yo era consciente de que soy una persona sexual, que mi cuerpo me producía bienes, que me producía placer cuando me masturbaba. Lo que me faltaba y quería era poder compartir ese goce, poder estar con alguien. Era todo un gran interrogante: ¿cómo son?, ¿serán iguales?, ¿distintos?, ¿qué pasará? 

Palabras que hieren
Tengo que reconocer que desde pequeño siempre viví la sensación del sexo como pecado, como algo nocivo, malo. Recuerdo perfectamente que vivía con miedo todo lo que tuviera que ver con la sexualidad. Era una sensación muy compleja, nada lineal. Esa era la información que recibíamos en aquel momento. Y la peor información, la que más temor me producía, la que recibía con mayor temor era la que me trasmitía un cabrón, un cura. ¡Me decía unas barbaridades! Sus palabras las tenía como una losa, me producían una gran angustia, una desazón. Menos mal que en la misma congregación de este señor había otro cura, muy conocido y muy querido en el pueblo, con el que tuve una relación bien diferente. Fue de los curas que en la época dejaron la sotana para ponerse un buzo. Todavía recuerdo la impresión que me dio el día que lo vi en la playa en traje de baño. Tendría yo 13 o 14 años y... fue espectacular lo que mis ojos vieron, el cuerpo que había debajo de aquella sotana, de aquel buzo de currela.

En aquellos primeros años de juventud no pasaba de masturbarme con revistas pornográficas, o de pasar a Hendaya a ver películas X. Durante mucho tiempo el sexo era conmigo mismo, hasta que llegó ese momento en el que, digamos, me ofrecí, nunca mejor dicho, me dejé someter, por un chico. Las caricias, los besos, chuparnos las pollas... todo eso fue encantador. Ahora bien, el sexo anal, la penetración fue más o menos placentera, más o menos buena. Ahí fue donde yo empecé a descubrir otra faceta de mi sexualidad, más adulta, diferente, más desarrollada.

Fue en Donostia, después de una reunión de amigos que tenía que ver con el movimiento de liberación gay. Fue una ocasión en la que solamente nos juntamos chicos. Después de la reunión nos fuimos a comer, anduvimos poteando y ya a la noche fuimos al hostal donde estaba hospedada la gente que había venido de Bilbao. Ahí pasamos la noche, cuatro tíos en dos camas, y esa fue la primera vez que tuve sexo explícito con otro hombre. Yo tendría 21 años.

Ya para entonces en Donostia existía lo que se conocía como La cuesta del culo, en Miraconcha. Aquel no era un mundo abierto, era un mundo dentro de otro mundo. Ahí te encontrabas diferentes bares donde poder encontrar otros hombres: el Master, el Valentino, el Mostacho, el Cul, la Malmesón [La Malmaison]... Había otros dos bares, Txirula y el Maruxa [La Maruja], que quedaban un poco más apartados. He de decir que en aquel momento todo esto fue para mí como una explosión. Yo ya tenía una actitud muy vital y muy reivindicativa. Ya había asumido para entonces que iba a vivir de una forma muy destapada. Muy, muy destapada. De hecho sí que veía un chico en la calle que me hacía tilín, me lo hacía notar, no me cortaba nada: miraba, me fijaba, me paraba, le seguía, o me acercaba directamente a él y lo saludaba. Él podía girar la cabeza, andar cinco metros, o veinte y volver y girarse. O simplemente se quedaba quieto, y en ese estar quieto, en vez de ir en sentido contrario y girarse, lo que hacía era, venir hacia donde yo estaba, y en ese él venir y yo ir, nos encontrábamos.

Yo había empezado a vivir con libertad, o con la libertad que yo decidía tener, y reconozco que igual era muy descarado. Aunque eso sí, siempre respetuoso. Y a la vez, libre. Si a mí un tío me gustaba, yo era el que se acercaba y le decía:

– Hola, ¿qué tal por aquí?, ¿estás de paso?, ¿te apetece que charlemos?, ¿te apetece dar una vuelta?

Y eso, de alguna manera, dejaba muy claro que lo que buscaba era mantener una relación sexual con él. Eso podía ocurrirte, o puede ocurrirte, en cualquier sitio. Con el tiempo me di cuenta que en Donostia había sitios donde los hombres iban directamente a eso. Y digo Donostia porque yo salía de Renteria donde no conocía a nadie de mi edad y me iba a Donostia, a Iruñea o a Bilbao para poder encontrarme chicos. Allí había bares donde poder bailar, beber, cantar, dejarte ver, dejarte tirar los tejos y… al final dependía de las las habilidades de cada cual. Me estoy refiriendo a bares gais, a bares de encuentro de hombres, aunque algunos de ellos se negaban a reconocerse como tales. Recuerdo que hace 33 o 34 años fui a uno de esos bares con propaganda de EHGAM, el movimiento de liberación gay, y me dijeron que ese no era un bar de maricas, que esa propaganda ahí no tenía sentido y no me dejaron ponerla.

Digo maricas porque esa era la terminología que usábamos entonces: maricón y homosexual. Ese era el argot. El término gay yo siempre lo he utilizado como término político, como un término de liberación. Para mí gay sigue siendo un término fundamentalmente liberación.

Luego, poco a poco ya fui dándome cuenta y fui conociendo que también se podía ligar en los bajos de La Concha, al aire libre, sobre todo durante la noche. Había otra zona, en Amara, por el puente de hierro. Con el nuevo puente toda esa zona ha cambiado, pero entonces aquel era un sitio de la periferia de Donostia. Tiempo después me di cuenta que de niño ya había oido hablar de ese sitio como un punto negro, un lugar peligroso al que era mejor no acercarse. Era peligroso porque había hombres.
Soy seropositivo

He de reconocer que yo he vivido mucho, que he sido una persona muy activa en esa parte de mi vida. Por unos años me voy a Bilbao a vivir, conozco Madrid, Barcelona, Valencia. En todas partes he descubierto sitios de ligue, sitios al aire que me encantan. Me encanta el sexo en la naturaleza, entre árboles, rocas... a mí eso me gusta mucho. En mi caso ocurre que un día hace ya un montón de años van y me dicen que soy seropositivo. Fue un impacto, pero yo ya sabía que me podía ocurrir. La verdad no me alteré mucho. Sabía que me podía ocurrir. Por otro lado desde los 15 años yo viví un proceso de vida duro, porque he sido una persona que, aparte de maricón, era una persona luchadora, una persona que quería hacer la revolución. Durante cinco años fui clandestino, antes de cumplir los 16 años, hasta que murió el dictador Francisco Franco, aquel mal nacido. En aquellas circunstancias yo sabía que me podían matar, que me podía morir. Yo era muy consciente de los riesgos que tenía vivir en la clandestinidad y aprendí a no temer a la muerte.

Llegados a este punto, quiero recordar mis años de militancia política porque fue una mis responsables políticas en la organización la que me animó a contactar con EHGAM. Antes de que yo tomara la decisión, ella me animaba a conocer el movimiento de liberación gay. Me acuerdo de ella perfectamente, una compañera a la que he quiero mogollón. Con esto quiero decir que en la organización política en la que yo estaba, el EMK (movimiento comunista de Euskadi), hicimos mucho por la liberación sexual. Fuimos una organización que montamos, dentro de la propia organización, una estructura de gais y lesbianas a escala de Euskadi y del Estado español. Una estructura que a su vez hacía trabajo ideológico dentro de la organización. Estoy hablando de la década de los 80. Pero he de confesar que esto no era así siempre, ni con todas las personas. Una compañera del partido, lesbiana ella, me contaba como otro compañero le llegó a decir que no se preocupara, que algún día encontraría un buen camarada. Eso también ocurría dentro de nuestra organización.

Retomando el tema del vih y el sida, no puedo negar que la pandemia se vivió mal, muy mal en el colectivo homosexual. Se vivió con miedo, con mucho temor, porque se trataba de una enfermedad que esos años era mortal. A pesar de lo que he dicho antes, yo no sé hasta qué punto era consciente de que podía infectarme, porque no lo supe hasta que estuve muy grave. Cuando ya lo supe, lo asumí. Decidí que iba a vivir con ella y que iba a vivir sin miedo, sin esconderme. Decidí hacerle frente, y decidí cuidarme. También decidí convertirme desde ese momento en un agente de salud, en un activista en pro de la salud y en contra de toda sidofobia. Eso por un lado, y por otro, las relaciones sexuales cambian. El contacto con los hombres es diferente, porque ya sabes cómo no tienes que hacerlo y cómo sí. Verbalizar que eres seropositivo a otro hombre es muy difícil, es muy duro. Tu condición te genera miedo, miedo al rechazo, una gran inseguridad frente a la respuesta que te va a dar el otro cuando sepa que eres seropositivo. El rechazo ya lo he vivido. 

Ese culo perfecto
Las cosas han cambiado mucho gracias a los antirretrovirales. Pero no podemos olvidar los inicios y los primeros años de esta enfermedad. Algunos fármacos que nos metimos en aquellas épocas generaron una metamorfosis en nuestro cuerpo. Ya no eres ese culo perfecto, no son esos brazos maravillosos, no es ese pecho fantástico, ni es esa cara preciosa. Todo se transformó. El cuerpo dejó de ser aquella atracción, dejó de ser atrayente para el resto de ojos. También es verdad que, a pesar de que en el mundo gay sigue dominando el culto al cuerpo, últimamente he notado que se está abriendo una cuña y que cada vez se valora más la persona, más allá del cuerpo.

Pero, claro, si eres una persona pública y todo el mundo sabe que eres seropositivo, efectivamente los hombres no van a querer follar contigo. Porque, hoy por hoy, follar con condón no es lo mismo que follar sin condón. Yo creo que es más placentero follar sin, esa es mi experiencia. Pero, siendo seropositivo hay que follar con condón, no hay de otra más allá de lo que cada quien quiera arriesgar en su vida. Yo tengo muy claro que esta situación la quiero vivir con mucha tranquilidad, con mucha naturalidad, intentando ser la persona más feliz del mundo, o al menos tan feliz como los demás, como los no infectados. Trato de engañarme lo menos posible, y de no sucumbir a la sidofobia social, que se transmite incluso entre los seropositivos.